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Sobre el origen de los indígenas del Amazonas. Nuevas revelaciones.

SOBRE EL ORIGEN DE LOS PUEBLOS DE AMÉRICA. Una nueva investigación revela rastros de ADN comunes entre los pueblos del Amazonas y aborígenes australianos. Duelo entre Science y Nature

Mezclas americanas

Mezclas americanas

La revista estadounidense Science publicó recientemente un estudio sobre el origen de los antiguos pueblos de América. Los resultados de la investigación demuestran que existirían conexiones genéticas entre los aborígenes australianos y los indígenas del Amazonas. Esa matriz común también fue confirmada por las investigaciones realizadas por el equipo de la revista británica Nature.

Hace muchos años que antropólogos y arqueólogos debaten sobre el origen y las dinámicas de esta conexión. La tesis de los migrantes que partieron del continente asiático y atravesaron la franja de tierra que unía Siberia y Alaska –actualmente cubierta por las aguas del estrecho de Bering- es universalmente aceptada por la comunidad científica. El equipo de Nature está convencido de que el contacto se verificó a consecuencia de una o dos antiguas oleadas migratorias en el continente, mientras los investigadores de Science afirman que ocurrió mucho después del poblamiento inicial. Jennifer Raff, antropóloga de la “University of Texas” de Austin, explica que, más allá de las normales divergencias, las dos revistas han abierto una «incredibly exciting window» en los estudios sobre los antepasados de los amerindios actuales.

Cuatro años de investigaciones permitieron al equipo de expertos de Science secuenciar 31 genomas completos y 79 parciales de individuos provenientes de Norte y Sudamérica, de Siberia y de Oceanía. Los mapas se compararon después con los genomas de tres antiguos esqueletos: Mal‘ta child (24.000 años, Siberia), Anzick child (12.600 años, Montana) y el hombre de Saqqaq (4.000 años, Groenlandia). Los resultados confirman que todos los amerindios, antiguos y modernos, derivan de una «source population» común localizada en Siberia. Hace aproximadamente 23.000 años se habría separado de las otras poblaciones asiáticas para asentarse en “Beringia”, la franja de tierra actualmente sumergida. Allí permanecieron unos 8.000 años y luego se difundieron por América en una sola oleada migratoria, para dividirse posteriormente entre América del Norte y América del Sud hace 13.000 años.

Rastros de ADN australo-melanesio en algunos amerindios vivientes, incluso en habitantes de las islas Aleutianas y la población Suruí del Brasil amazónico, son el dato más sorprendente de la investigación. Algunos antropólogos ya había sugerido una conexión, ilustrada en lo que se denomina «Paleoamerican model». Walter Neves de la “University of Sao Pãolo” de Brasile y Mark Hubbe de la “Ohio State University” de Columbia afirman la existencia de una «source population» diferente, ya que algunos individuos amerindios extintos presentaban cráneos estrechos y largos, muy semejantes a los de muchos australo-melanesios.

Por otra parte, los datos obtenidos por la investigación del equipo de Science refutan el «Paleoamerican model» porque el mapa de 17 individuos extintos de Sudamérica con esos rasgos distintivos no ha mostrado ningún rastro de ascendencia australo-melanesia. Por su parte David Reich, genetista de la “Harvard Medical School” de Boston, que dirige el grupo de investigación de Nature, concuerda con Mark Hubbe al afirmar que los 17 genomas son incompletos y cubren un rango demasiado estrecho para ofrecer datos científicos razonables. Su equipo ha realizado secuencias parciales del genoma de 106 amerindios de 25 poblaciones diferentes de Centro y Sudamérica y los ha comparado con los datos de ADN de 197 poblaciones externas al continente americano. Al final ha descubierto que algunas tribus del Amazonas tienen un 1 ó 2%  de su ADN en común con los nativos actuales de Australia, Nueva Guinea y las Islas Andaman. Las diferencias entre los ADN compartidos sugieren que la ascendencia no proviene directamente de estas poblaciones sino de otra –actualmente extinta- denominada “Pueblo Y”, que vivió en algún lugar de Asia del este y que en una época muy remota transmitió genes comunes a los paleo-americanos y los australo-melanesios.

¿Una o dos «source population»? ¿Contactos antiguos o recientes entre las poblaciones? Los datos científicos que ofrecen Science y Nature no permiten una interpretación unívoca, pero sí ofrecen fundamentación para dos diferentes análisis perfectamente razonables. Solo el mapeo de un número cada vez mayor de genomas aumentará los datos disponibles y quizás resolverá el misterio, para reconocer el triunfo de una de las dos prestigiosas revistas. O tal vez la ciencia, la historia o la arqueología puedan revelar la existencia de una tercera vía.


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Día de los pueblos indígenas. Mensaje Ban Ki-moon

El Día de los Pueblos Indígenas destaca este año el derecho a la salud

Familia indígena guatemalteca. Foto de archivo: ONU/F. Charton

10 de agosto, 2015 — Los indígenas tienen derecho al disfrute del más alto nivel de atención física y mental, lo que implica acceso a servicios sociales y médicos, dijo hoy el Secretario General de la ONU en un evento en ocasión del Día Internacional de los Pueblos Indígenas.

La conmemoración se centra este año en llamar la atención sobre el bienestar y la salud de esa población y su inclusión en los nuevos objetivos de desarrollo sostenible.

En su discurso, Ban Ki-moon citó algunos de los desafíos que afrontan esas poblaciones y subrayó que la mayoría son prevenibles.
“Esos desafíos incluyen saneamiento y vivienda inadecuadas, falta de atención prenatal y violencia generalizada contra las mujeres.

Demasiados grupos indígenas sufren altas tasas de diabetes, abuso de drogas y alcohol, suicidio de los jóvenes y mortalidad infantil”, destacó el Secretario General.

Ban Ki-moon mencionó, entre otros, el caso de Panamá donde la mortalidad infantil promedio entre los niños indígenas es tres veces mayor a la del resto de la población.

Esas estadísticas son inaceptables, dijo Ban y pidió abordar esos problemas con urgencia como parte de la agenda 2030 para el desarrollo sostenible.


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Bolivia: movimientos populares. Encuentro con el Papa.

“Queremos y necesitamos un cambio”, el Papa en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia

2015-07-10 Radio Vaticana

(RV).- “Necesitamos un cambio, un cambio real, un cambio positivo, un cambio redentor”, lo dijo el Papa Francisco en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Santa Cruz de la Sierra.

En la segunda etapa de su Visita Apostólica a Latinoamérica el Santo Padre participó en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, evento organizado en colaboración con el Pontificio Consejo de Justicia y Paz y la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. El Encuentro reúne a delegados de los movimientos populares de todo el mundo: indígenas, inmigrantes, campesinos “sin tierras”, “villeros”, etc.

En su discurso, el Pontífice recordó con alegría el primer Encuentro de los Movimientos Populares realizado en Roma en octubre de 2014, el que se vivió en un clima de “fraternidad, garra, entrega, sed de justicia”. En este segundo Encuentro, dijo el Papa, “invito a todos, a los Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar este encuentro”, con el fin de superar la graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en América Latina y en toda la tierra.

Asimismo, el Obispo de Roma señaló que ante los problemas comunes de los latinoamericanos y en general de toda la humanidad, necesitamos y queremos un cambio. “Un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco”. Por ello, afirmó el Papa, el mundo entero necesita “respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia”.

(Renato Martinez – RV)

Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco

Buenas tardes a todos.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

– ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

– ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos. Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para mis problemas? ¡Mucho! Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!

2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Sabemos dolorosamente que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien».

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al territorio, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Rezo a la Virgen María, a la que el pueblo boliviano se confía con fervor, para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.

3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno».[1] Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la inovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien».

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y todo el hombre».[2] El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que a pesar de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, a pesar de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por si sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

En este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia».[3]

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta distintas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denuncian con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones».[4] En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de Africa, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco».[5]

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Eso es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.

Aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II pido que la Iglesia «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos».[6] Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en latinoamericana. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del idolo dinero. Hoy vemos con espanto como en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie de genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3.3. La tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un grave pecado. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizare, a exigir –pacifica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’.

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, la esperanza que no defrauda, gracias.  Y, por favor, les pido que recen por mí.

 

[1] Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.

[2] Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio, n. 14.

[3] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.

[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), Documento Conclusivo, Aparecida, 66.

[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32-33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.

[6] Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.

(from Vatican Radio)


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Las tribus indígenas en grave peligro.

DE ELLAS TAMBIÉN HABLA LA NUEVA ENCÍCLICA. Las tribus indígenas que todavía se encuentran aisladas en la selva amazónica y están siendo diezmadas por las enfermedades y la deforestación.

Los últimos de los últimos

Los últimos de los últimos

De ellas también habla la nueva encíclica del Papa Laudato sii, dedicada al medio ambiente y al destino de la humanidad. Porque son una parte fundamental del medio ambiente aunque no se sabe por cuánto tiempo, si las cosas siguen como hasta ahora. Lamentablemente, en torno a ellas ellas su hábitat se va estrechando como una trampa a medida que se contamina irremediablemente, dejándolas desamparadas. Estamos hablando de comunidades enteras de indígenas del Amazonas, diezmadas por enfermedades que los matan y un proceso de deforestación que las leyes de los gobiernos no son capaces de controlar. La consecuencia es que hay tribus que están a punto de desaparecer, desde Perú hasta Brasil, como denuncia en base a datos concretos la revista Science.

La prestigiosa publicación científica de la American Association for the Advancement of Science lanza la alarma en los días previos a la difusión del documento papal. “Estamos en el umbral de una gran extinción de culturas” denuncia Francisco Estremadoyro, director de la ONG  ProPurus con sede en Lima, Perú. “No hay duda de que es un momento histórico”, agrega, y ciertamente no para el bien de las poblaciones autóctonas.

Resulta difícil saber con exactitud lo que ocurre dentro de tribus que viven aisladas o en muy escaso contacto con personas de otras proveniencias, pero aún así Science recoge testimonios y evidencias suficientes para afirmar que la introducción de enfermedades provoca hasta un 90 por ciento de víctimas dentro de grupos humanos cuya principal defensa contra la agresión de los “enemigos” ha sido el aislamiento, enemigos que no siempre tienen el rostro odioso de los cazadores de riquezas naturales. Como prueba, la revista ilustra el caso de tres grupos que entraron en contacto con poblaciones “vecinas” en los últimos 18 meses: los xinane, los korubo y los awá guajá, y reporta las bajas que inmediatamente se produjeron entre ellos, tanto en términos de natalidad como de mortalidad.

En Brasil, los especialista consideran que entre el 50 y el 90% de las tribus han desaparecido por las enfermedades introducidas desde el mundo exterior entre 1970 y 1989. El gobierno hace todo lo que está a su alcance para impedir el contacto cuando éste puede resultar fatal, pero no consigue frenar una dinámica ya bien conocida y  relacionada con las actividades de extracción y mineras, de las represas hidroeléctricas que son extremadamente necesarias en el país, los oleoductos y las rutas. Las consecuencias resultan inexorables: se reduce el hábitat para las poblaciones indígenas, disminuye el territorio útil con los recursos primarios y medicinales con los que siempre contaron y, junto con el hábitat, se reduce la distancia necesaria con los asentamientos modernos y sus amenazas objetivas.

Grupos étnicos aislados o con contactos muy reducidos todavía quedan en las montañas de Nueva Guinea y de las islas Andamane en el Océano Indico. Pero es en la Amazonia, explica Science, con sus cinco millones de kilómetros cuadrados -el 61 por ciento del territorio nacional brasileño-, una población de 24 millones de almas según el último censo, distribuida en 775 municipios principalmente indígenas, y contenida en un hábitat que incluye un tercio de las selvas y un quinto del agua potable del planeta, con una inmensa red de ríos que cruzan la reserva verde más extensa sobre la faz de la tierra, donde la situación humana de tribus enteras se ha vuelto dramática.

La Funai, el ente nacional brasileño encargado de la tutela del ambiente, contabiliza 26 grupos indígenas que aún se encuentran aislados en Brasil y considera que puede haber otros 78 ocultos en la selva que en otros tiempos se consideraba impenetrable. Pero en la Amazonia peruana “la situación es aún más grave”. Los expertos consultados por Science estiman que hay cerca de 8 mil conglomerados indígenas dispersos en pequeños grupos en la selva tropical. Y las tribus aisladas “son una de las poblaciones más amenazadas del mundo”, asegura Beatriz Huertas, antropóloga con sede en Lima. Sufren en carne propia las distorsiones de un desarrollo que genera marginación y pobreza y que amenaza su misma supervivencia. Estos son precisamente los capítulos a los cuales la encíclica papal dedicará al más que unas cuantas palabras, y es sabido que en la preparación de la misma participó el cardenal brasileño Claudio Hummes, presidente de la Comisión episcopal para la región amazónica. El vecino de banco de Bergoglio en el momento de la elección papal y el hermano que le “inspiró” el nombre que tomó como pontífice.


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La tragedia del pueblo Rohingya (Birmania)

bengalaCÁRITAS DENUNCIA LA EXTREMA VULNERABILIDAD DEL PUEBLO «ROHINGYA» EN EL SUDESTE ASIÁTICO
 29/05/2015
Cáritas. 29 de mayo de 2015.- Los recientes descubrimientos de fosas comunes en Tailandia y Malasia con cadáveres de supuestos migrantes birmanos están revelando la magnitud que el tráfico de seres humanos tiene en los países del Sudeste Asiático, un escenario que claramente puede equipararse a la tragedia que viven a diario los miles de personas que se lanzan a las aguas del Mediterráneo para intentar alcanzar las costas europeas.

El drama adquiere todavía mayores similitudes con el que vivimos en nuestro propio entorno geográfico, a la vista de las imágenes de embarcaciones atestadas de inmigrantes birmanos exhaustos, que navegan a la deriva en aguas de Tailandia y Malasia a la espera de ser acogidos por algunos de estos países.

La extrema vulnerabilidad de los rohingya

El caso del pueblo rohingya es especialmente crítico en este escenario migratorio, ya que al ser un pueblo de apátridas, sin nacionalidad ni ciudadanía reconocida por ningún Estado, su vulnerabilidad se incrementa doblemente y se convierten en objetivo prioritario para el negocio inhumano de la trata de personas.

Carentes de reconocimiento legal en su país de origen, Myanmar, donde son considerados como auténticos parias, los rohingya no pueden iniciar ningún proceso migratorio regular. Además, dado que tanto Tailandia, como país de tránsito, como Malasia, como país de destino preferente de esta comunidad, no son firmantes de la Convención para el Estatuto de los Refugiados de 1951, no pueden acogerse a los derechos recogidos en la misma cuando consiguen entrar en estos países.

Estas condiciones de máxima vulnerabilidad son ampliamente aprovechadas por las mafias de traficantes. Además de cobrarles por el viaje a terceros países, los traficantes pueden después “vender” a los viajeros, quienes, además, tendrán que pagar a sus “empleadores” el coste que estos hayan pagado por ellos o ser objeto de explotación laboral mientras los traficantes reclaman a sus familias un rescate. Este círculo de explotación puede acabar en la muerte de sus víctimas, como demuestran las fosas comunes recién descubiertas.

Respuesta regional en clave de derechos humanos

El Gobierno de Tailandia está revisando tanto su legislación como sus políticas en materia de migración y tráfico de personas, sobre todo a raíz de que Estados Unidos incluyera a este país asiático en el grupo de aquellos cuyos Gobiernos no cumplen con los estándares mínimos en la lucha contra el tráfico de seres humanos. Asimismo, las autoridades de Bangkok han puesto en marcha diversas medidas de control y mejora de la situación de los migrantes en el país. Sin embargo, el respeto y la protección de los derechos humanos siguen sin estar la base de las respuestas políticas que todos los Gobiernos del Sudeste Asiático están obligados a articular sin demora para afrontar este grave problema migratorio.

Reunión de la Asean en Bangkok

Más de 3.000 personas, entre bengalíes y rohingya, han desembarcado en Tailandia, Indonesia y Malasia en lo que va de mes, y se calcula que unos 6.000 más están aún abandonados en el mar. Hoy viernes tiene lugar en Bangkok, convocada por el Gobinero tailandés, una reunión de los miembros de ASEAN (Asociación del Sudeste Asiatico) y otros países, así como organizaciones internacionales, a la que asiste también el Gobierno de Myanmar, con el fin de encontrar soluciones regionales a la actual crisis.

Por su parte, la Comisión de Migraciones y la Oficina de Emergencias y Refugiados de Cáritas Tailandia, y la Caritas Diocesana de Suratthani están participando en las plataformas de la sociedad civil que reclaman acciones urgentes y soluciones duraderas para este problemas, basadas en el reconocimiento y el respeto de los derechos humanos de estos “descartados” del siglo XXI. Estas plataformas –como el Grupo de Trabajo sobre Migrantes y la Red Asia Pacífico para los Derechos del Refugiado– han reclamado de forma reiterada a los Estados su obligación de tomar medidas legales y eficaces contra el tráfico de personas, así como de prestar ayuda a los inmigrantes en base al respeto de los derechos humanos y los principios humanitarios.

En concreto, la Red Asia Pacifico viene insistiendo en que “todas las personas tienen el derecho de pedir y recibir asistencia humanitaria y protección internacional. Este principio es aplicable en el contexto de los rescates en el mar y de operaciones marítimas de intercepción. Todas ellas deben asegurar el acceso a tierra y a un procedimiento completo y justo de asilo para aquellos que expresen una necesidad de protección internacional. Ningún refugiado debe ser penalizado por el modo en que han entrado en un país. Los acuerdos de recepción de personas rescatadas en el mar también tienen que cumplir con los estándares internacionales”.

Programas de acogida de Cáritas en Tailandia

Para Cáritas, es especialmente relevante que se aborde este problema desde un enfoque regional. La alta movilidad humana del Sudeste Asiático, motivada bien por oportunidades laborales como por conflictos o situaciones de exclusión y persecución, es un aspecto central de este drama que exige medidas comunes y coordinadas para garantizar el reconocimiento y el respeto de los derechos de cada persona.

Cáritas Tailandia lleva más de 25 años asistiendo a refugiados de Myanmar, peticionarios de asilo y migrantes  laborales. Cáritas Española, dentro de su opción de acompañar a los últimos y no atendidos en cualquier lugar del mundo, apoya desde hace 7 años sus proyectos de protección y asistencia humanitaria en los campos de refugiados, de promoción de la educación para la infancia migrante, de acceso a los derechos legales y de prevención del tráfico de personas


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Palabras de Ban Ki-moon a la Cumbre de las Américas en Panamá.

Ban Ki-moon anima a Cuba y EE.UU. a acelerar su “reconciliación”

10 de abril, 2015 — El Secretario General de Naciones Unidas, en un discurso en el acto oficial de inauguración de la VII Cumbre de las Américas en Panamá, instó hoy al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y al líder de Cuba, Raúl Castro, a que utilicen este foro para seguir “mejorando sus relaciones diplomáticas”.

Una de las novedades de la cita de este año, cuyo lema es la “Prosperidad con equidad”, es que cuenta por primera vez con la participación de Cuba.

Tras felicitar al presidente panameño Juan Carlos Varela por su iniciativa, Ban Ki-moon subrayó la naturaleza histórica de esta Cumbre.

“Esta es la primera vez que los 35 Estados Miembros participan en la Cumbre de las Américas. La presencia aquí de Raúl Castro representa el cumplimiento de un deseo de muchos en la región”, dijo el titular de la ONU.

En su discurso, Ban destacó algunos de los logros más importantes de la región en el marco de los tres pilares de las Naciones Unidas, que son la paz, la democracia y la inclusión.

Además del liderazgo en las conversaciones para combatir el narcotráfico y el cambio climático, el titular de la ONU señaló que las Américas han logrado importantes avances en las prácticas democráticas, los derechos humanos y el empoderamiento de la mujer. Como ejemplo, mencionó que tienen el mayor número de mujeres sirviendo como jefas de Estado.

Sin embargo, Ban insistió en que todavía queda mucho por hacer para mejorar la inclusión de los grupos históricamente marginalizados, como las comunidades indígenas, y combatir otros problemas, como la violencia contra la mujer y la erradicación de la pobreza.

El titular de la ONU cerró su intervención invitando a todos los presentes a participar en los eventos paralelos a la Asamblea General, que se celebrará en septiembre en Nueva York. En esa cita, además de conmemorar el 70 aniversario de Naciones Unidas, se organizará una Cumbre especial para adoptar la agenda de desarrollo post-2015.

“Este es un año de cambios. En el horizonte hay un futuro más brillante y sostenible. Un futuro de prosperidad con equidad, en el que nadie queda rezagado. Todos los países en las Américas están bien posicionados para ayudarnos a conseguirlo”, dijo Ban.

Como parte de la visita, el titular de la ONU también está sosteniendo encuentros bilaterales con varios mandatarios y funcionarios que han acudido a la Cumbre.

El viernes, Ban se reunió con los mandatarios de Cuba, Panamá y República Dominicana.


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India: jesuitas denuncian ataques contra minorías religiosas.

Los jesuitas denuncian 600 ataques contra las minorías religiosas en la India
Lunes 20 Oct 2014 | 10:56 am

Nueva Delhi (India) (AICA):
Los jesuitas de la India reunidos en la red “Jesa” (Jesuits in Social Action) enviaron un fuerte llamado al gobierno central y a los gobiernos de varios estados indios para que adopten “medidas urgentes para poner fin a la campaña orquestada y motivada por el odio y la violencia contra las minorías religiosas, que tiene un impacto negativo en la armonía social en muchas ciudades y pueblos de numerosas zonas del país”, según informó la agencia Fides.El texto del llamado recuerda que “el evidente apoyo de los líderes políticos a los grupos radicales y extremistas hindúes desató la violencia en muchos lugares. Los medios de comunicación informaron que entre mayo y septiembre de este año hubo más de 600 casos de violencia contra las minorías”, y que “los autores de tales actos quedan impunes”.“La impunidad –señalan los jesuitas de la India- alienta a los extremistas que actúan fuera de la ley”, mientras que la sociedad civil pidió desde hace tiempo a los gobiernos que detengan a “los que crean discordia y polarizan la sociedad”. Más de 30 organizaciones que defienden los derechos humanos reiteraron su pedido de proteger los derechos de las minorías, especialmente el derecho a vivir con la misma dignidad e igualdad que todos los ciudadanos de la India.

La situación, dice el texto de los jesuitas, es tan crítica que incluso una jurista de la talla de Fali Nariman expresó abiertamente su preocupación. “Los primeros 100 días del nuevo gobierno -dicen los jesuitas- han visto un aumento progresivo de los discursos que incitan al odio contra los musulmanes y los cristianos. Se burlan de su identidad, cuestionan su ciudadanía, se ríen de su fe. Se multiplican las coacciones, las divisiones y las sospechas. Los ataques contra las minorías religiosas han adquirido proporciones alarmantes: más de 600, entre mayo y septiembre de 2014, en varias partes del país”

Los jesuitas añaden que “la campaña de odio y violencia se dirige no sólo sobre las minorías religiosas, sino también contra la sociedad, abogados y académicos, y que el gobierno permanece en silencio. Los cristianos son blanco de la violencia colectiva en Uttar Pradesh, Madhya Pradesh y Chhattisgarh”, según un enfoque que cambió su estrategia: “pocas muertes, peor una violencia cotidiana de baja intensidad que se está convirtiendo en rutina”. Por esta razón pedimos “una acción rápida contra los que crean tensión en la sociedad”, y sugiere al Ministerio de Interior “dar una directiva para que la policía no se condicione por los grupos extremistas”.+