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Nueva intervención de Benedicto XVI sobre el Papa y los conflictos en la Iglesia

foto archivofoto archivo  (Vatican Media)

Benedicto XVI: el papa es uno, Francisco. La unidad es más fuerte que las divisiones

El Papa emérito recuerda, en una entrevista, que la historia de la Iglesia siempre ha estado atravesada por luchas internas y cismas: pero la unidad siempre debe prevalecer

Ciudad del Vaticano

“La unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, durante siglos. Lo ha sido por toda su historia. Guerras, conflictos internos, fuerzas centrífugas, amenazas de cismas. Pero al final, siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas “. Es la certeza de Benedicto XVI que todos recuerdan: “El Papa es uno, Francisco”.

Su preocupación por la unidad de la Iglesia se vuelve aún más fuerte en nuestros tiempos, en los que los cristianos a menudo parecen estar divididos en la plaza pública y se enfrentan entre sí incluso con tonos encendidos, tal vez utilizando el mismo nombre de Ratzinger de una manera absolutamente impropia. Las palabras de Benedicto estarán publicadas en el Corriere della Sera, que anuncia la próxima publicación de una entrevista con el Papa emérito en su semanario.

Unidad en la diversidad

Estas son palabras que se refieren al gran compromiso de fortalecer la comunión eclesial que caracterizó todo el pontificado de Benedicto XVI, hasta el último día de su ministerio petrino: “Permanezcamos unidos, queridos hermanos”, dijo en su último discurso a los cardenales el 28 de Febrero de 2013 – en “esta profunda unidad” donde las diversidades, expresión de la Iglesia universal, siempre contribuyen a la armonía superior y armoniosa “y” así servimos a la Iglesia y al conjunto de la humanidad “. Y había asegurado su oración por la elección de su sucesor: “Que el Señor le muestre lo que Él desea. Y entre ustedes, entre el Colegio de Cardenales, también está el futuro Papa a quien ya le prometo mi Reverencia incondicional y obediencia “.


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Coincidencia doctrinal de Benedicto XVI y Papa Francisco en su actitud ante los abusos de menores. (Comentario de Tornielli)

Los 92 años de Benedicto y ese “camino penitencial” que une a dos pontificados

El cumpleaños del Papa emérito va acompañado de este año por el debate en torno a sus escritos sobre los abusos. Una lectura de tres documentos que unen a los dos últimos Obispos de Roma en la lucha contra esta plaga

Andrea Tornielli

El Papa emérito llega a la meta de sus 92 años y esta vez su cumpleaños va acompañado por un animado debate en torno a uno de sus escritos, algunos de sus “apuntes” – como él mismo los ha llamado – dedicados al tema del abuso contra menores. En ese texto, Benedicto XVI se pregunta cuáles son las respuestas correctas a la plaga de los abusos y escribe: “El antídoto contra el mal que últimamente nos amenaza a nosotros y al mundo entero sólo puede consistir en el hecho de que nos abandonemos” al amor de Dios. No puede existir ninguna esperanza en una Iglesia hecha por nosotros, construida por las manos del hombre, que confía en sus propias capacidades. “Si reflexionamos sobre qué hacer, es evidente que no necesitamos otra Iglesia inventada por nosotros”. Hoy “la Iglesia es vista en gran parte sólo como una especie de aparato político” y “la crisis causada por muchos casos de abusos por parte de sacerdotes nos impulsa a considerar a la Iglesia incluso como algo mal hecho que decididamente debemos tomar en nuestras manos y formar de una manera nueva. Pero una Iglesia hecha por nosotros no puede representar ninguna esperanza”.

Al celebrar el cumpleaños de Joseph Ratzinger puede ser útil subrayar, el enfoque que tanto Benedicto XVI como su sucesor Francisco han adoptado ante los escándalos y los abusos contra menores. Una respuesta poco mediática y poco pomposa, que no se presta a ser reducida a eslóganes.

Es una respuesta que no se basa en las estructuras (aunque sean necesarias), en las nuevas normas de emergencia (igualmente necesarias) o en los protocolos cada vez más detallados y precisos para garantizar la seguridad de los niños (de todos modos indispensables): todos instrumentos útiles ya definidos o en proceso de definición. La de Benedicto primero, y la de Francisco, es una respuesta profunda y sencillamente cristiana. Para entenderlo basta releer tres documentos. Tres cartas al pueblo de Dios, en Irlanda, en Chile y en el mundo entero, que dos Papas han escrito en los momentos de mayor tensión por los escándalos.

Al escribir a los fieles de Irlandaen marzo de 2010, el Papa Ratzinger explicaba que “las medidas para contrarrestar adecuadamente los delitos individuales son esenciales, pero por sí solos no bastan: hace falta una nueva visión que inspire a la generación actual y a las futuras a atesorar el don de nuestra fe común”.

Benedicto XVI invitaba “a todos a ofrecer durante un año, desde ahora hasta la Pascua de 2011, las penitencias de los viernes para este fin. Os pido que ofrezcáis vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de la Sagrada Escritura y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia en Irlanda. Os animo a redescubrir el sacramento de la Reconciliación y a aprovechar con más frecuencia el poder transformador de su gracia”.

“Hay que prestar también especial atención – añadía el Papa – a la adoración eucarística”. Oración, adoración, ayuno y penitencia. La Iglesia no acusa a los enemigos externos, es consciente de que el ataque más fuerte proviene de los enemigos internos y del pecado en la Iglesia. Y el remedio propuesto es el redescubrimiento de lo esencial de la fe y de una Iglesia “penitencial”, que se reconoce necesitada de perdón y de ayuda desde lo Alto. El corazón del mensaje, impregnado de humildad, dolor, vergüenza, contrición, pero al mismo tiempo abierto a la esperanza, es la mirada cristiana, evangélica.

 

Ocho años después, el 1° de junio de 2018, se hace pública otra carta de un Papa a los cristianos de un país afectado por el escándalo de la pedofilia. Es la carta que Francisco envía a los chilenos.

“Apelar a ustedes, pedirles oración no fue un recurso funcional – escribe – como tampoco un simple gesto de buena voluntad”. Por el contrario, “quise poner el tema donde tiene que estar: la condición del Pueblo de Dios (…). La renovación en la jerarquía eclesial por sí misma no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa. Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos”.

El Papa Bergoglio insiste en el hecho de que la Iglesia no se construye a sí misma, no confía en sí misma: “Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo”.

Se llega así al 20 de agosto de 2018, a la carta de Francisco al pueblo de Dios sobre el tema de los abusos. La primera de un Pontífice dirigida a los fieles de todo el mundo sobre este tema. También este nuevo llamamiento al pueblo de Dios se cierra del mismo modo:

“Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor, que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el ‘nunca más’ a todo tipo y forma de abuso”.

Además, la penitencia y la oración “nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”.

Una vez más, Francisco propone un camino penitencial, lejos de todo triunfalismo – tal como lo reafirmó en su homilía de este Domingo de Ramos – y de la imagen de una Iglesia fuerte y protagonista, que busca ocultar sus debilidades y su pecado. La misma propuesta de su predecesor.


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Benedicto XVI cumple mañana 92 años y hoy le visita el Papa Francisco. Nota en varios idiomas,

Vaticano

Sala stampa della Santa Sede

Vaticano – lunedì 15 aprile 2019 (foto Vatican Media)

All’inizio della Settimana Santa, Papa Francesco si è recato questo pomeriggio al Monastero Mater Ecclesiae per rivolgere a Benedetto XVI gli auguri di Pasqua. L’incontro ha offerto anche l’occasione al Santo Padre di porgere, con particolare affetto, gli auguri di compleanno al Papa emerito, che domani compirà 92 anni.
Traduzione in lingua inglese
This afternoon, at the beginning of Holy Week, Pope Francis went to Mater Ecclesiae Monastery to offer Benedict XVI his best wishes for Easter. The visit also offered the Pope the opportunity to extend his birthday wishes, with particular affection, to the Pope emeritus who turns 92 tomorrow.
Traduzione in lingua spagnola
Iniciando la Semana Santa, esta tarde el Papa Francisco se ha dirigido al Monasterio Mater Ecclesiae para saludar a Benedicto XVI por Pascuas. Este encuentro también ha permitido al Santo Padre expresar con especial afecto su saludo al Papa emérito, que mañana cumplirá 92 años.
Traduzione in lingua francese
En ce premier jour de la Semaine Sainte, le Pape François s’est rendu cet après-midi au monastère Mater Ecclesiae pour présenter ses voeux de Pâques à Benoît XVI. Cette visite a, par ailleurs, offert au Saint-Père l’occasion de souhaiter, avec une affection particulière, un joyeux anniversaire au Pape émérite qui fête demain ses 92 ans.


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Benedicto XVI cumple mañana 92 años y recibe la visita de Papa Francisco

Vaticano

Sala stampa della Santa Sede

Foto archivio

All’inizio della Settimana Santa, Papa Francesco si è recato questo pomeriggio al Monastero Mater Ecclesiae per rivolgere a Benedetto XVI gli auguri di Pasqua. L’incontro ha offerto anche l’occasione al Santo Padre di porgere, con particolare affetto, gli auguri di compleanno al Papa emerito, che domani compirà 92 anni.
Traduzione in lingua inglese
This afternoon, at the beginning of Holy Week, Pope Francis went to Mater Ecclesiae Monastery to offer Benedict XVI his best wishes for Easter. The visit also offered the Pope the opportunity to extend his birthday wishes, with particular affection, to the Pope emeritus who turns 92 tomorrow.
Traduzione in lingua spagnola
Iniciando la Semana Santa, esta tarde el Papa Francisco se ha dirigido al Monasterio Mater Ecclesiae para saludar a Benedicto XVI por Pascuas. Este encuentro también ha permitido al Santo Padre expresar con especial afecto su saludo al Papa emérito, que mañana cumplirá 92 años.
Traduzione in lingua francese
En ce premier jour de la Semaine Sainte, le Pape François s’est rendu cet après-midi au monastère Mater Ecclesiae pour présenter ses voeux de Pâques à Benoît XVI. Cette visite a, par ailleurs, offert au Saint-Père l’occasion de souhaiter, avec une affection particulière, un joyeux anniversaire au Pape émérite qui fête demain ses 92 ans.


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Crítica de un vaticanista a la intervención pública de Benedicto XVI sobre el abuso de menores.

Francisco y la sombra de Ratzinger; la coexistencia que pesa sobre el Vaticano

Hace seis años renunció el Pontífice alemán a la Cátedra de Pedro, con lo que llegó la elección de Bergoglio: un caso único para la Iglesia. Los «apuntes» de Benedicto XVI sobre la pederastia abren la cuestión «consustancial» y desencadenan acusaciones a su entorno

Francisco visitando al Papa emérito Benedicto XVI

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Pubblicato il 15/04/2019
Ultima modifica il 15/04/2019 alle ore 17:42
DOMENICO AGASSO JR
CIUDAD DEL VATICANO

Por primera vez en seis años el Vaticano se queda chico para «dos Papas». O, mejor dicho, para el Pontífice y para el emérito. Los «apuntes» de Benedicto XVI sobre la pederastia podrían llegar a crear una fracutra en esta situación única: la coexistencia de dos sucesores de San Pedro dentro del «recinto de Pedro». Hasta ahora, el equilibrio se había mantenido gracias a la relación afectuosa entre ambos, además de la prudencia del Papa emérito, pero ahora la Santa Sede sufre debido al peso de esta coexistencia. Se plantea, pues, una cuestión «consustancial» sobre el papel del Papa emérito.

Partiendo del presupuesto de que el Papa es el Obispo de Roma, quien subraya esta nueva cuestión alude a las indicaciones para «el ministerio de los obispos», en el que se lee: «El emérito desempeñará su actividad siempre de acuerdo y en dependencia del Obispo, para que todos comprendan claramente que solamente este último está encargado del gobierno». Los apuntes de Benedicto XVI sobre la pederastia abren la “consustancial” cuestión y desencadenan acusaciones a su entorno. Más allá del contenido del texto de Ratzinger (en el que critica la teología progresista y escribe que el colapso espiritual debido a la pederastia comenzó en con el ’68), nunca como en esta ocasión la forma se convierte en contenido. En el Vaticano se vive un clima tenso, porque muchos consideran que, con esta aparición, Ratzinger no ha permanecido «oculto al mundo» como había anunciado después de renunciar al Papado. Y, agravando la situación, surge nuevamente el tema de la pederastia, decisivo en el Pontificado de Bergoglio y para toda la Iglesia.

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La acusación es explícita: el Papa emérito interviene con un texto que puede representar «una línea pastoral y teológicamente paralela a la del Papa», por lo que se presta a ser instrumentalizado como arma por los adversarios de Francisco.

Entre todas las “rarezas” encontradas, está, por ejemplo, el descuido de casos emblemáticos como el de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que comenzó a cometer sus primeros abusos sexuales en la década de los años 40, mucho antes del ’68, y que no pertenecía precisamente de la corriente progresista. Al mismo tiempo las afirmaciones ratzingerianas son consideradas por la galaxia conservadora y tradicionalista de la Iglesia como palabras de verdad necesarias y urgentes para salvar la «barca de Pedro», que se estaría hundiendo. Un poco como “tuiteó” el cardenal Robert Sarah: «Debemos agradecer al Papa Emérito por haber tenido el valor de hablar. Su análisis de la crisis en la Iglesia es de fundamental importancia».

Las acusaciones caen principalmente sobre el entorno de Ratzinger, acusado de querer insistir en continuar de alguna manera con el Pontificado ratzingeriano, dando por cierta la tesis de que en realidad el verdadero Papa sería el alemán y no el argentino. El primero de los indicios serían las modalidades de esta nueva operación mediática, con la participación de los medios católicos y no católicos que en los Estados Unidos forman parte del aparato que produce constantemente propaganda contra el Papa Francisco.

Además, se pone en duda la autenticidad del largo artículo. Según sostiene Luis Badilla, director del blog “Il Sismografo”, cercano al Vaticano: «El férreo círculo alrededor de Ratzinger se ha sustituido en no pocas ocasiones al Papa emérito». Y, según declara Gian Franco Svidercoschi, ex vicedirector de “L’Osservatore Romano”, autor del panfleto “Iglesia, líbrate del mal. El escándalo de un creyente ante la pederastia”: la incertidumbre «es casi obligada, vinculada a las precarias condiciones de salud, no solo física, de Ratzinger». Por lo que se habría creado una «acrimonia que no le pertenece». Si alguien pudiera «responder que no es así –prosigue–, ¿entonces por qué no se limitó a transmitir estos “apuntes” a Francisco?». Svidercoschi cree que, aunque hubieran sido advertidos tanto «Parolin como el Papa Francisco», no se «atenúa la gravedad de un gesto inevitablemente interpretado como un ataque contra Bergoglio». Sobre todo porque, «¿cómo habrían podido responder “no” a una petición del Papa emérito?». Además, el personal que colabora con Ratzinger, con esta «coordinación internacional anti-Francisco, pone también en dificultades a Ratzinger, obligado a tener un papel que no quiere. Sufre nuevamente otra imposición». Explica: después de la renuncia, «él quería llamarse padre Benedicto y no asumir el título de emérito, ni estar vestido de blando ni vivir en el Vaticano. Pero después alguien lo forzó».

LEA TAMBIÉN: “La coexistencia entre los dos Papas es posible solamente si el Emérito sabe permanecer invisible”


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El juicio de un historiador y teólogo sobre la intervención pública de Benedicto XVI

“La coexistencia entre los dos Papas solo es posible si el Emérito sabe permanecer invisible”

Entrevista con Massimo Faggioli, historiador del cristianismo y teólogo: «es necesaria una reglamentación, porque es probable que se verifiquen otras situaciones semejantes»

Massimo Faggioli (foto de YouTube)

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Pubblicato il 15/04/2019
Ultima modifica il 15/04/2019 alle ore 17:18
DOMENICO AGASSO JR
CIUDAD DEL VATICANO

La coexistencia de un Papa y su predecesor puede funcionar si el Emérito permanece «invisible». Y, como sea, se trata de una situación que debe ser reglamentada, de lo contrario se «abandona a responsabilidades individuales, que no forzosamente persiguen el interés de la Iglesia». Massimo Faggioli, historiador del cristianismo y teológo, profesor en la Villanova University (de Filadelfia), comenta de esta manera el caso de los “apuntes” de Ratzinger sobre los abusos en la Iglesia. Según el teólogo, no tiene sentido de que el entorno de Benedicto XVI «no responda a nadie, solo a Ratzinger, y no se sabe de qué maneras».

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Profesor, ¿qué la parece la publicación del texto de Benedicto XVI?

«Es una intervención impropia sobre una cuestión delicadísima, la de los abusos sexuales, sobre la cual la Iglesia universal, principalmente en los países más afectados por la crisis, no hay unidad de interpretación. El Papa emérito dijo su opinión en un proceso todavía en desarrollo. Además, la decisión de publicar los apuntes en los medios católicos y no católicos que en los Estados Unidos forman parte del aparato conservador y tradicionalista que desde siempre hace propaganda contra el Papa Francisco nutre las dudas: ¿se trata de un golpe (de parte no de Benedicto, sino de otros) para tratar de debilitar a Bergoglio?».

¿Hay también una cuestión de método y «constitucional» en el Vaticano?

«Sí. En seis años Joseph Ratzinger ha publicado algunos textos, pero sobre cuestiones para especialistas. El punto en cuestión es que el Papa emérito (que mejor sería llamar Obispo de Roma emérito) como institución es nueva para la Iglesia, y esto puede funcionar bien sin particulares reglamentaciones o estatutos jurídicos solamente si permanece invisible. Como comienza a tener visibilidad, debe ser regulado. La situación se ha mantenido hasta ahora, porque Ratzinger ha sido, en relación con todas las cuestiones cruciales de la Iglesia, bastante invisible».

¿Cómo explicar este cambio?

«No creo que se trate a la malicia de Benedicto, sino de quienes tienen la intención de extender su Pontificado y, por lo tanto, volverlo visible».

¿En qué sentido?

«Entre febrero y marzo de 2013 se podía imaginar que todo esto habría salido bien gracias al sentido común de quienes orbitan alrededor de Benedicto, pero, por el contrario, hay que decir que no todos están obrando con sentido de responsabilidad».

¿Qué se espera ahora?

«Se plantea la cuestión de reglamentar la figura del emérito para el futuro, porque es posible que haya otros, y es una situación que no debe ser abandonada a sí misma, de lo contrario quiere decir abandonarla a responsabilidades individuales, que no forzosamente persiguen el interés de la Iglesia».

Algunos ponen en dudas la autenticidad del texto. ¿Qué le parece?

«Efectivamente, no se comprende su génesis, no se comprende claramente si fue compilado exclusivamente por Benedicto. El artículo parece una caricatura del pensamiento de Ratzinger. Incluso porque la respuesta institucional a la crisis de los abusos sexuales comenzó con su Pontificado. Y luego, es improbable que Ratzinger descuide la evidencia de que la pederastia en la Iglesia existía antes del ’68, y no solo se relaciona con el ala “progresista”, sino también con prelados importantes vinculados con la rígida ortodoxia».

¿Cuál es el principal problema de esta historia?

«La libertad del Papa emérito, desde quiénes pueden disponer su acceso a los medios masivos de comunicación, hasta los canales de información en la era de las comunicaciones digitales y de las redes sociales. Su entorno es impenetrable e irresponsable, en el sentido de no responder a nadie, solo a Benedicto, y no se sabe de qué maneras».

Este artículo fue publicado en la edición de hoy del periódico italiano “La Stampa”


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Qué han dicho Papa Francisco y Benedicto XVI sobre el origen de los casos de pederastia. Análisis de la revista SJ America

Pope Francis pays a pre-Christmas visit to retired Pope Benedict XVI on Dec. 21, 2018, in the Mater Ecclesiae monastery. (CNS photo/Vatican Media)Pope Francis visits retired Pope Benedict XVI on Dec. 21, 2018, in the Mater Ecclesiae monastery. (CNS photo/Vatican Media)

Our church’s divisions can make it hard, sometimes, to hear popes unfiltered—even when they are retired. Benedict XVI’s three-part reflection on clerical sex abuse has been variously greeted as a shot across the bow of Pope Francis’ anti-abuse strategy, as a vindication of Archbishop Carlo Maria Viganò’s attack on Francis last summer and as a ham-fisted intervention that will feed the nostalgia for the church before the Second Vatican Council.

The optics of the release reinforced these ideas: Why is that only media outlets which have been highly critical of Pope Francis had the translated text before anyone else, each claiming it as an exclusive?

Why is that only media outlets which have been highly critical of Pope Francis had the translated text before anyone else?

But I think the intention and nature of his text is what Benedict XVI says it is: a helpful contribution. The recent summit called by Pope Francis in Rome to tackle clerical sexual abuse got him thinking about how he could assist “in this difficult hour,” he writes.

“I had to ask myself—even though, as emeritus, I am no longer directly responsible—what I could contribute to a new beginning,” he writes in the article. So he came up with some thoughts, asked Pope Francis if he could publish them and sent the 6,000 words to a Bavarian clergy periodical.

The reflections are mostly unsurprising to anyone familiar with Benedict’s thinking, but there are some intriguing nuggets along with some crude generalizations, and in his third part I see significant backing for Francis’ approach.

The first part, seeking the origins of the abuse crisis, restates Benedict’s well-known horror at the cultural and sexual “revolutions” in the West in the 1960s and their effects on the church. In linking this outbreak of permissiveness to sex abuse, he is on firm ground: The John Jay College of Criminal Justice reports of 2004 and 2011, commissioned by the U.S. bishops, locate the greatest frequency of abuse in the 1970s, coming down gradually in the 1980s. Virtually every other major study since shows the same.

What is the connection? Benedict blames a collapse in Catholic moral theology that left the church “defenseless” against these changes in wider society. This is not an attack on the theology of the Vatican II. Benedict notes approvingly that the Council had sought to root moral theology in Scripture rather than natural law, but he says that theologians never quite succeeded (at least at the time) in expressing a “systematic” morality capable of replacing the old natural-law edifice, and so the church ended up in a halfway house of morality needing to be determined by “the purposes of human action.”

Benedict blames a collapse in Catholic moral theology that left the church “defenseless” against changes in wider society. But this is not an attack on Vatican II.

That account is arguable, but again it sits well with the the John Jay study’s claim that pre-conciliar formation left clergy ill-prepared to deal with the sudden and open eroticization of relationships around them. Part of that eroticization was, as Benedict says, to destigmatize pedophilia. Again, he is right: It is quite astonishing to look back at 1970s television programs to find candid discussions about the legalization of sex with minors.

It is clear that Benedict believes passionately in the mission to root morality in the Gospel rather than any code of law because he concludes that first section by arguing that “the image of God and morality belong together and thus result in the particular change of the Christian attitude towards the world and human life.”

The way out of sex abuse, in other words, is not a restorationist return to natural-law moral codes but a deep-seated relationship with God. This is a point Benedict returns to in the third part of his article, when he speaks of the risk of theologians being “masters of faith” rather than “renewed by faith”—that is, considering God as an abstract idea rather than “presenting” God, or inviting people to know God.

The way out of sex abuse is not a restorationist return to natural-law moral codes but a deep-seated relationship with God.

The second part of the article, on the church’s evolving legal response to abuse, is also interesting. Rather than blame the lack of willingness to make use of canon law in the post-conciliar period, as he has often done in the past, he criticizes an imbalance in the law itself that he calls “guarantorism.” He argues that guarantorism caused canon law to guarantee the rights of the accused to such an extent that canonical convictions were practically impossible (which may be one reason few bishops had much faith in it).

In explaining why he persuaded St. John Paul II to allow his Congregation for the Doctrine of the Faith to take over the handling of sexual abuse cases, he argues that canon law must not only protect the rights of the accused but also “protect the Faith, which is also an important legal asset.” In other words, the rights of the accused are not the only “good” being weighed in a case; there is also the faith of the church that is imperiled by abuse. He expresses frustration that people (canonists? bishops? he does not say) do not readily grasp this point.

Yet clearly this was part of the jurisprudential thinking that went into the motu proprio “Sacramentorum sanctitatis tutela,” (2001), which established the reforms to canon law the then-Cardinal Ratzinger created under the Vatican’s chief prosecutor, Archbishop Charles Scicluna; this led to many hundreds of priests being tried and punished over the following decade. Benedict sees the same regime still in place today, and he salutes Francis’ reforms to bolster the process with more staff and swifter procedures.

Benedict warns against a ‘self-made church’

Benedict’s third part contains to me his most important—and helpful—suggestions. Noting how the crisis has led some to see the church “as something almost unacceptable, which we must now take into our own hands and redesign,” he warns that “a self-made Church cannot constitute hope.”

It seems obvious that this is a riposte to many of the right-wing responses to institutional failure that treat the church as a kind of renegade corporation needing a purge of bad employees under new management. This was the kind of thing called for last October by the Napa Institute and the “Red Hat Report,” inspired by the attack on Francis by Archbishop Viganò.

Benedict does not use the word, but Francis did recently on his return from Morocco, when he warned of “the church’s danger today of becoming Donatist, making human regulations that are necessary, but limiting ourselves to this and forgetting the other spiritual dimensions, prayer, penitence and self-accusation.” Francis similarly warned the U.S. bishops on the eve of their New Year’s retreat that “many actions can be helpful, good and necessary, and may even seem correct, but not all of them have the ‘flavor’ of the Gospel.”

Both the pope and the pope emeritus are at one in defending the freedom of the church to be redeemed by God’s mercy, and in opposing any attempt at neo-Donatist reform.

Is this not Benedict’s point, when he follows his master St. Augustine—who battled the Donatists of his day—in calling up Jesus’ descriptions of the church as a fishing net containing both good and bad, or a field in which both wheat and darnel grow?

It is essentially a Donatist temptation—one to which many followers of Archbishop Viganò succumb—to want to create a church of the pure, to see the church as irredeemably bad and needing to be replaced by “a better Church, created by ourselves,” in Benedict’s words. He describes this idea as “in fact a proposal of the devil, with which he wants to lead us away from the living God, through a deceitful logic by which we are too easily duped.”

Rather, he writes, “the Church of God also exists today, and today it is the very instrument through which God saves us.” It persists in the “many people who humbly, believe, suffer and love, in whom the real God, the loving God, shows Himself to us.”

When I read this I could not help but think of Francis’ long speech to the clergy of Romeat the start of Lent, when he told them not to be discouraged by the scandals, how “the Lord is purifying his bride and is converting us all to himself…. He is saving us from hypocrisy, from the spirituality of appearances. He is blowing his Spirit to restore beauty to his bride caught in flagrant adultery.”

Surprise, surprise. Both the pope and the pope emeritus are at one in defending the freedom of the church to be redeemed by God’s mercy, and in opposing any attempt at neo-Donatist reform.

They are very different men, and very different popes. But on the fundamentals, there seems to be little distance between them. That is why it is not just courtesy for Benedict to sign off by thanking Francis “for everything he does to show us, again and again, the light of God, which has not disappeared, even today.”