Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Homilía domingo 33. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1DOMINGO  33 (T.O.C.)

Ev.: Lc 21,5-19 (discurso apocalíptico)

          Toda la tradición sinóptica dedicó al tema de la Apocalíptica el último apartado de sus enseñanzas encaminadas a la comprensión cristiana de  los acontecimientos salvíficos de la Pascua. A partir de 1960 la investigación bíblica ha cultivado mucho el estudio de la Apocalíptica como clave interpretativa del Nuevo Testamento. El camino que señala la Apocalíptica para introducirnos en el misterio más profundo de nuestra fe  se opone radicalmente al fenómeno que denuncia Benedicto XVI en su obra “Caminos de Jesucristo”: “Contemporáneamente con la presencia múltiple de la figura de Jesús, hay en la cristiandad una perturbadora pérdida del significado propio de la Cristología”. El intento de recuperar al Jesús histórico con métodos histórico-críticos puros, ha puesto en riesgo el ser o no ser de la Cristología porque pasa por alto que la expresión más antigua y genuina del contenido de la fe cristiana es de carácter apocalíptico y por consiguiente las primeras fórmulas de fe cristológica no son comprensibles más que dentro de una mentalidad apocalíptica. La espera de la vuelta del Señor, la cristología del Hijo del Hombre, la llegada inminente del fin con la resurrección de todos los fieles cristianos ya difuntos (1 Thess 4,13-18; 1 Cor 15), todos estos conceptos y representaciones no se pueden comprender más que sobre un trasfondo apocalíptico. No cabe duda de que este trasfondo resulta difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, pero ilustra mejor que cualquier otra metodología de investigación histórica la gravedad de los contenidos de nuestra fe cristiana.

         Esta perspectiva apocalíptica de los evangelios se opone a dos actitudes con las que se pretende extraer el verdadero Jesús histórico a partir de los evangelios para hacer de él el motor de toda la evolución que va desde el movimiento suscitado por Jesús a la iglesia cristiana y hacer de él la clave interpretativa de nuestra época. La primera es la de quienes extraen la figura de un Jesús amable, un filántropo, cuya característica principal es su solidaridad con todos los hombres. La segunda, muy pujante en nuestros días, es – como denuncia Bornkamm- “la de quienes quieren acaparar a Jesús para hacer de él el gran revolucionario, el profeta de un mundo nuevo, el iniciador de una nueva era a la que todo lo antiguo, la palabra de Dios en la ley y en los profetas, debe ser sacrificado. Para estos hombres, obsesionados por una cierta imagen del mundo futuro, la voluntad de Dios, que siempre nos llama y nos compromete, es un estorbo que hay que rechazar. Esta imagen del mundo futuro se convierte entonces en la única ley que vale y el deber del momento es esforzarse por hacer realidad este futuro, proclamarlo y actualizarlo” (Jesús de Nazaret, 106).

         El mensaje de Jesús en los evangelios está mucho más cerca de la esperanza apocalíptica y cósmica de su tiempo. En el evangelio de Marcos Jesús habla de la irrupción próxima y repentina del día del juicio, del fin de este mundo y de las catástrofes que lo acompañan, de la venida del Hijo del Hombre, juez del mundo… De esta calidad apocalíptica participa también esencialmente la misión universal anunciada por Jesús. Sin embargo, también aquí la distancia que hay entre su mensaje y lo apocalíptico del judaísmo tardío es esencial. Jesús abandona todas las especulaciones acerca del momento final. En lugar de dar respuesta a la curiosa pregunta: “Señor, ¿cuánto tiempo queda todavía?”, Jesús responde que “a ningún hombre se le ha dado el conocer el día ni la hora”. Eso es cosa exclusiva del Padre. Ni siquiera el Hijo lo sabe (Mc 13,32).

         San Lucas fue el evangelista que, por ser historiador, tuvo que reflexionar sobre el factor tiempo en el momento histórico de su época  que fue la que comprendía la tercera generación cristiana. Para entonces habían pasado muchas cosas que tradicionalmente estaban asociadas al fin del mundo, al juicio final apocalíptico. Pero éste no llegaba. Por eso san Lucas, después de enunciar todos los signos precursores del final, introduce una serie de acontecimientos que son como signos de los tiempos y van a dar un sentido nuevo a la vida de la Iglesia. El primero es la destrucción del templo. Desde la perspectiva de san Lucas esta destrucción no es, como para san Marcos, el comienzo de los dolores del parto final, sino un signo de los tiempos que, junto con  la persecución generalizada de la Iglesia y las tensiones familiares provocadas por el Cristianismo constituyen el preludio del fin y la característica propia de la existencia cristiana como participación de la cruz del Señor. “Seréis odiosos para todos por causa de mi nombre”. Todas estas calamidades no son motivo de desesperación. Al contrario, son la señal de que el Señor está cerca. Hay que vivir de esta seguridad: “No perecerá un pelo de vuestra cabeza, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”.

          Desde esta esperanza apocalíptica digna de Abraham, quien creyó contra toda esperanza, nos introduce el evangelio en los acontecimientos estremecedores de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La confianza en ese poder de Dios da al cristiano la seguridad de que la realidad definitiva manifestada en el Hijo del Hombre que va a la cruz no la podrá destruir la corrupción como canta la Iglesia a Jesús resucitado el día de Pentecostés por boca de san  Pedro:”Pues no abandonarás mi alma al lugar de los muertos ni a tu justo le darás a ver la corrupción”. (Cfr. Hch 2,27; Ps 16,10). Pero cuando venga el Hijo del Hombre, – escribe san Lucas en otro pasaje – ¿encontrará esta fe en la tierra?

Bilbao,  17 de noviembre de 2019

DOMINGO  33 (T.O.C.)

Ev.: Lc 21,5-19 (discurso apocalíptico)

          Toda la tradición sinóptica dedicó al tema de la Apocalíptica el último apartado de sus enseñanzas encaminadas a la comprensión cristiana de  los acontecimientos salvíficos de la Pascua. A partir de 1960 la investigación bíblica ha cultivado mucho el estudio de la Apocalíptica como clave interpretativa del Nuevo Testamento. El camino que señala la Apocalíptica para introducirnos en el misterio más profundo de nuestra fe  se opone radicalmente al fenómeno que denuncia Benedicto XVI en su obra “Caminos de Jesucristo”: “Contemporáneamente con la presencia múltiple de la figura de Jesús, hay en la cristiandad una perturbadora pérdida del significado propio de la Cristología”. El intento de recuperar al Jesús histórico con métodos histórico-críticos puros, ha puesto en riesgo el ser o no ser de la Cristología porque pasa por alto que la expresión más antigua y genuina del contenido de la fe cristiana es de carácter apocalíptico y por consiguiente las primeras fórmulas de fe cristológica no son comprensibles más que dentro de una mentalidad apocalíptica. La espera de la vuelta del Señor, la cristología del Hijo del Hombre, la llegada inminente del fin con la resurrección de todos los fieles cristianos ya difuntos (1 Thess 4,13-18; 1 Cor 15), todos estos conceptos y representaciones no se pueden comprender más que sobre un trasfondo apocalíptico. No cabe duda de que este trasfondo resulta difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, pero ilustra mejor que cualquier otra metodología de investigación histórica la gravedad de los contenidos de nuestra fe cristiana.

         Esta perspectiva apocalíptica de los evangelios se opone a dos actitudes con las que se pretende extraer el verdadero Jesús histórico a partir de los evangelios para hacer de él el motor de toda la evolución que va desde el movimiento suscitado por Jesús a la iglesia cristiana y hacer de él la clave interpretativa de nuestra época. La primera es la de quienes extraen la figura de un Jesús amable, un filántropo, cuya característica principal es su solidaridad con todos los hombres. La segunda, muy pujante en nuestros días, es – como denuncia Bornkamm- “la de quienes quieren acaparar a Jesús para hacer de él el gran revolucionario, el profeta de un mundo nuevo, el iniciador de una nueva era a la que todo lo antiguo, la palabra de Dios en la ley y en los profetas, debe ser sacrificado. Para estos hombres, obsesionados por una cierta imagen del mundo futuro, la voluntad de Dios, que siempre nos llama y nos compromete, es un estorbo que hay que rechazar. Esta imagen del mundo futuro se convierte entonces en la única ley que vale y el deber del momento es esforzarse por hacer realidad este futuro, proclamarlo y actualizarlo” (Jesús de Nazaret, 106).

         El mensaje de Jesús en los evangelios está mucho más cerca de la esperanza apocalíptica y cósmica de su tiempo. En el evangelio de Marcos Jesús habla de la irrupción próxima y repentina del día del juicio, del fin de este mundo y de las catástrofes que lo acompañan, de la venida del Hijo del Hombre, juez del mundo… De esta calidad apocalíptica participa también esencialmente la misión universal anunciada por Jesús. Sin embargo, también aquí la distancia que hay entre su mensaje y lo apocalíptico del judaísmo tardío es esencial. Jesús abandona todas las especulaciones acerca del momento final. En lugar de dar respuesta a la curiosa pregunta: “Señor, ¿cuánto tiempo queda todavía?”, Jesús responde que “a ningún hombre se le ha dado el conocer el día ni la hora”. Eso es cosa exclusiva del Padre. Ni siquiera el Hijo lo sabe (Mc 13,32).

         San Lucas fue el evangelista que, por ser historiador, tuvo que reflexionar sobre el factor tiempo en el momento histórico de su época  que fue la que comprendía la tercera generación cristiana. Para entonces habían pasado muchas cosas que tradicionalmente estaban asociadas al fin del mundo, al juicio final apocalíptico. Pero éste no llegaba. Por eso san Lucas, después de enunciar todos los signos precursores del final, introduce una serie de acontecimientos que son como signos de los tiempos y van a dar un sentido nuevo a la vida de la Iglesia. El primero es la destrucción del templo. Desde la perspectiva de san Lucas esta destrucción no es, como para san Marcos, el comienzo de los dolores del parto final, sino un signo de los tiempos que, junto con  la persecución generalizada de la Iglesia y las tensiones familiares provocadas por el Cristianismo constituyen el preludio del fin y la característica propia de la existencia cristiana como participación de la cruz del Señor. “Seréis odiosos para todos por causa de mi nombre”. Todas estas calamidades no son motivo de desesperación. Al contrario, son la señal de que el Señor está cerca. Hay que vivir de esta seguridad: “No perecerá un pelo de vuestra cabeza, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”.

          Desde esta esperanza apocalíptica digna de Abraham, quien creyó contra toda esperanza, nos introduce el evangelio en los acontecimientos estremecedores de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La confianza en ese poder de Dios da al cristiano la seguridad de que la realidad definitiva manifestada en el Hijo del Hombre que va a la cruz no la podrá destruir la corrupción como canta la Iglesia a Jesús resucitado el día de Pentecostés por boca de san  Pedro:”Pues no abandonarás mi alma al lugar de los muertos ni a tu justo le darás a ver la corrupción”. (Cfr. Hch 2,27; Ps 16,10). Pero cuando venga el Hijo del Hombre, – escribe san Lucas en otro pasaje – ¿encontrará esta fe en la tierra?

Bilbao,  17 de noviembre de 2019

 

Domingo 32, homilía de J.A. Jáuregui S.J.

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iglesia1DOMINGO 32 T.O.C.

Ev.: Lc 20,27-38: Resurrección (objeción saducea)

A lo largo de la lectura de los fragmentos evangélicos del ciclo litúrgico Jesús va sellando, con su autoridad de único Maestro, las soluciones que da a las preguntas más acuciantes de la Iglesia antigua. En la lectura de hoy unos saduceos plantean a Jesús una pregunta capciosa sobre un tema crucial de la fe cristiana: la resurrección final de los muertos. San Pablo aborda este tema en la 1ª carta a los Corintios: “¿Cómo es que algunos dicen que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no vive resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. Por consiguiente, también los que durmieron en Cristo perecieron. Si estamos esperando en Cristo sólo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todos los hombres”.

El evangelio de hoy escenifica dentro del cuadro de la vida de Jesús la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de la resurrección de los muertos al hilo de una pregunta capciosa de los saduceos. San Lucas menciona a los saduceos solamente en este pasaje de su evangelio. Lo hace también al comienzo y a final de los Hechos de los Apóstoles. Los presenta como adversarios decididos de la resurrección. La pregunta de los saduceos menciona una anécdota que se apoya en la ley del Levirato. Esta ley estipulaba que un cuñado debía casarse con su cuñada cuando ésta perdía a su marido sin que hubiera dejado descendencia masculina (Deut 25,5-10). Una ley que subsistía con toda su fuerza en tiempos de Jesús, si bien fue cayendo en desuso. La ley del Levirato no pretendía proteger a la viuda sino asegurar una solución de recambio que pudiera ofrecer al varón una descendencia dentro del ámbito familiar.

Jesús en su respuesta no entra dentro de la casuística saducea. Va directo al fondo de la cuestión y corta de un tajo la argumentación saducea.

El matrimonio es una institución de esta vida que sirve para la reproducción de la especie. Aquí es necesario para la conservación del género humano. Pero aquellos que con la resurrección han entrado en la otra vida ya no tienen necesidad del matrimonio porque son inmortales. Y son inmortales porque su naturaleza será igual a la de los ángeles. Jesús añade una prueba de la escritura en la que ve claramente afirmada la resurrección de los muertos. Se trata del texto del libro del Exodo donde Dios se revela a Moisés en el episodio bíblico de la zarza ardiendo diciendo que es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Jesús reinterpreta el sentido de esta autorrevelación de Dios en el sentido cristiano de la resurrección: “Dios es un Dios de vivos porque para El todos están vivos”. Esta frase recalca la gran diferencia existente entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, al menos en la época más antigua. También para el A.T. Dios era un Dios de vivos, pero lo era en un sentido totalmente distinto. En el sentido de que Dios sólo se ocupa de los vivos. Según el A.T. en su versión más antigua con la muerte se interrumpe para siempre toda relación entre Dios y los hombres. Los muertos no se ocupan de Dios como tampoco Dios se ocupa de los muertos. La añadidura del evangelio “porque para Dios todos están vivos” deja en claro que todos los que están destinados a la vida eterna están en relación con Dios incluso en el período intermedio entre la muerte y la resurrección final.

Termina el evangelio con una aclamación, un coro conclusivo, compuesto por los fariseos presentes en la escena: “Maestro, has hablado bien”. Esta conclusión tiene gran importancia porque certifica no sólo la voz autorizada de Jesús como único maestro de la ley sino la fiel acogida de la Iglesia. Muchas preguntas le plantearía el piadoso pueblo de Dios a Jesús en la actualidad si estuviera presente entre nosotros.  Marcel Gauchet  lamenta la crisis de autoridad en la Iglesia de nuestros días: “Cuanto más exigentes son las recomendaciones de la Iglesia, en costumbres y comportamientos, más rechazadas son por los fieles”. Piénsese – comenta Jean Delumeau en su obra reciente sobre Cristianismo del futuro – en cómo viven los católicos las prohibiciones que conciernen a la anticoncepción, las fecundaciones in vitro, la negación de la eucaristía a los divorciados que se han vuelto a casar, etc. En cuanto a la mujer, actualmente tiene elevadas responsabilidades en la vida civil y cada vez comprenderá menos por qué la confesión romana y las iglesias ortodoxas la relegan a un status secundario. Ninguna razón teológica justifica esta exclusión. A propósito del ministerio pastoral – continúa Delumeau – me gustaría insistir en las celebraciones dominicales cuando no hay sacerdotes. Los fieles tienen derecho a la Eucaristía, que constituye la cumbre de nuestra vida religiosa por la unión íntima a Jesús y la señal más importante de la convivencia cristiana. Otras muchas cosas de palpitante actualidad denuncia la obra de Delumeau sin que se observe un eco de acogida en la Iglesia gobernante. En bioética se plantea hoy, por ejemplo, la cuestión del status del embrión. Por ahora el embrión de los primeros días sigue siendo un enigma. El proceso de la fecundación dura más de veinte horas. Existe una pérdida natural de vidas, la mayoría de las veces sin saberlo la madre. Antes del séptimo no podemos distinguir las células que formarán el embrión de las que formarán la placenta. Lo mismo que consideramos el encefalograma plano como criterio de la muerte ¿por qué no considerar la aparición de las primicias del cerebro como el comienzo de la existencia de una persona? Otras tantas cuestiones deberían disuadir de las afirmaciones demasiado categóricas sobre el momento en que el embrión llega a ser un ser sagrado y el rechazo sistemático de emplear con fines terapéuticos los embriones sobrantes no utilizados en las fecundaciones in Vitro. Muchas preguntas que necesitan una respuesta autorizada y una acogida de la base eclesial.

Bilbao  10 de noviembre de 2019


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Domingo 31. Homilía J.A. Jáuregui S.J.

 

 

 

 

iglesia1DOMINGO 31 T.O.C.

 

 

Otra vez vuelve a recordarnos el evangelio de san Lucas la importancia de las riquezas para poder entrar en el Reino de Dios. La revolución que suscita el evangelio – y en particular este  tercer evangelio a este propósito es brutal. En las Bienaventuranzas es

preciso entregarlo todo. Se trata de una ley absoluta sin excepciones ni atenuaciones. “Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33). “Qué difícil es que un rico se salve. Le es más fácil a un camello entrar por el ojo de una aguja”. Los pobres son los destinatarios directos del mensaje de la salvación según el discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret:   

El evangelio del Reino anuncia el don total de Dios, la comunión perfecta con él, la entrada en el hogar del Padre. Sólo para recibirlo, es enviado a anunciar el evangelio a los pobres”.

Son muchos los domingos de este ciclo litúrgico que abundan en la idea de las riquezas y de su recto uso. El domingo 18 veíamos con qué cuidado había conservado la iglesia antigua dos ejemplos contrapuestos para enseñar a los recién convertidos a considerar sus bienes desde la perspectiva del Reino. A la codicia del hijo mayor que se negaba a repartir equitativamente la herencia del padre rico con su hermano menor, se oponía el gesto de Bernabé, recordado en los Hechos de los Apóstoles. Bernabé poseía un campo, lo vendió y entregó su importe a los Apóstoles. Venía a ser así el contra-modelo del heredero anónimo de aquel fragmento evangélico. Bernabé compartió con sus hermanos de comunidad lo que poseía. Su actitud se opone a la codicia del hermano que lo quería todo para sí. El evangelio que propone Jesús es también una herencia, pero una herencia que se comparte con los demás. Participar del Reino de Dios es saber repartir nuestras rentas.

El domingo 25 nos hablaba de un administrador infiel que para asegurarse su futuro timó a su dueño favoreciendo a sus deudores. El evangelista forzaba un tanto el sentido del elogio que el señor hacía del comportamiento de su administrador añadiendo una consideración curiosa que nos lleva como de la mano al evangelio de hoy: “Buscaos  amigos con el dinero injusto para que, cuando se acabe, os reciban en las moradas eternas”.

El evangelio de hoy nos transmite otro ejemplo que la comunidad cristiana conservó celosamente. Jesús no se limitaba a tratar con los publicanos pobres que cuidaban de los impuestos para sus dueños ricachones. Zaqueo era un publicano rico que quiso entrar en contacto con Jesús, quizás por mera curiosidad. Como era pequeño de estatura se encaramó en una morera para poder ver a Jesús que pasaba por allá seguido de una multitud. Su deseo de ver a Jesús quedó recompensado pues Jesús, al verlo, le mandó bajar y se invitó a comer en su casa. Todos los que lo vieron murmuraron contra la decisión de Jesús. Pero su reacción honesta y generosa es fruto de la presencia de Jesús en su casa. La distribución que hace de sus bienes supera ampliamente las estipulaciones de la doctrina rabínica y el cuádruplo de sus bienes adquiridos injustamente y ofrecidos a sus damnificados sobrepasa más todavía la medida establecida por la Ley. La respuesta de Jesús: “Hoy ha entrado la salvación a esta casa” , además de justificar la visita de Jesús a este publicano, hijo de Abraham como cualquier israelita, abre autoritativamente al publicano rico la posibilidad de acceder a la salvación – que es Jesús – por medio de la limosna.

Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que la verdadera riqueza no es la que se posee sino la que se da porque sólo el que comparte se hace partícipe de la herencia del Reino. Así entendió la Iglesia desde el comienzo la comunión de todos los fieles. El mismo san Lucas la describe en estos términos: “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y el producto lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. Este es uno de los rasgos constitutivos de la Iglesia junto con la adhesión a la doctrina de los Apóstoles, la fracción del pan (la Eucaristía) y las oraciones. Es verdad que esta descripción de la koinonia lleva una fuerte carga de idealización bíblica y filosófica griega. Pero la Iglesia ha sido siempre consciente de su responsabilidad de ser fiel a este factor constitutivo de la Iglesia. Se han creado muchas iniciativas para actualizar y hacer operante esta brecha de la limosna abierta por san Lucas  para atraer a todos los hombres al Reino de Dios. El mismo Papa Benedicto XVI en su obra sobre los caminos de Jesucristo y en su encíclica “Dios es amor” sugiere pistas de actualidad que lleven por la eucaristía y la comunión a la solidaridad en este mundo complejo y difícil de la globalización.

Bilbao,  3 de noviembre de 2019

 


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Domingo 28: homilía de J.A.Jáuregui S.J.

iglesia1

DOMINGO 28 T.O.C.

Ev.: Lc 17,11-19 (Diez leprosos)

 

Desde el domingo 18 de este ciclo C hemos tenido ocasión de leer y escuchar una selección de parábolas de Jesús. Se descubre en todas ellas la orientación de la predicación de Jesús hacia el Reino de Dios. En la presentación lucana de las parábolas destaca la idea de que el Reino de Dios está presente entre nosotros con la persona de Jesús, como lo dice expresamente a continuación del fragmento evangélico que acabamos de escuchar (“Mirad, el Reino de Dios está entre vosotros”). Y también en otro pasaje dice: “Porque, si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es  que el Reino de Dios ha llegado hasta vosotros” (Lc 11,20). Las parábolas remiten al Reino de Dios, pero en la misma medida remiten también a la verdadera imagen del Reino que es la persona de Jesús. En el fondo de todas sus enseñanzas – del buen samaritano, del pastor que busca la oveja perdida, del padre del hijo pródigo, del pobre Lázaro –  se adivina  la actitud de Jesús con los enfermos, con los oprimidos por el mal, con los pobres y con los pecadores. Jesús no es solamente el gran poeta de la misericordia de Dios que fascina por la  facilidad con que enlaza en sus parábolas las vivencias más cotidianas de la vida real de sus oyentes con el mundo religioso de la  manifestación del Reino de Dios. La misericordia de Dios desborda los límites de una bella teoría enriquecida por las brillantes parábolas. Es una realidad fascinante. Por la presencia y la palabra imperiosa de Jesús los enfermos recuperan la salud, los poseídos del demonio son rescatados de su mundo de dolor, de aislamiento y de tinieblas e integrados en una sociedad nueva, sana y fraterna por la salvación que trae su persona.

Todo este cambio prodigioso alumbrado por la irrupción del Reino de Dios en la persona y la actividad de Jesús se plasma en el episodio de la curación de los diez leprosos. La tragedia de estos enfermos no consistía tanto en el mal que desgarra físicamente el cuerpo cuanto en la vergüenza y humillación de sentirse seres sucios y repulsivos a los que todos rehuían. Su verdadero drama consistía en no poder casarse ni tener hijos, ni participar en las fiestas y peregrinaciones, en vivir condenados a la separación y al ostracismo. Pero sobre todo les preocupaba el carácter religioso de la enfermedad. Según la mentalidad semita, Dios, mucho más a fondo que cualquier otro factor de carácter biológico, está en el origen de la salud y de la enfermedad. Por eso los israelitas entienden que una vida fuerte y vigorosa es una vida bendecida por Dios; y a su vez, una vida enferma, lisiada o mutilada es una maldición. El mismo ambiente de la formación del Nuevo Testamento se hace eco de esta mentalidad. “Rabbí, ¿quién pecó éste o sus padres para que naciera ciego?”, preguntan los discípulos a Jesús en la escena del ciego de nacimiento en el evangelio según san Juan (9,2). Si bien Jesús corrigió claramente esta mentalidad tanto en este pasaje del ciego de nacimiento como en el caso de la enfermedad de Lázaro (Jn 11,4), lo cierto es que los leprosos vivían separados de la comunidad no por temor al contagio sino porque eran considerados impuros. La prescripción del Levítico era cruel: “El afectado por la lepra irá gritando: “Impuro, impuro”. Todo el tiempo que le dure la llaga quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado” (Lev 13,45-46).

El signo conmovedor – escandaloso para muchos – de la llegada del  Reino de Dios es que Jesús se dedica a ellos antes que a nadie. Se acerca a los que se consideran abandonados por Dios, se acerca  a estos diez leprosos y los envía a los sacerdotes para curarlos e integrarlos en el pueblo de Dios. Y cuando iban de camino quedaron limpios.  Estos tienen que ser los primeros en experimentar la misericordia del Padre y la llegada de su Reino. Su curación es la mejor prueba para que todos comprendan que Dios es, antes que nada, el Dios de los que sufren el desamparo y la exclusión.

Pero el evangelista añade un dato muy intencionado: “Uno de ellos, viendo que se habían curado, se volvió alabando a Dios con grandes gritos y cayó de cara ante los pies de él, dándole gracias. Y éste  era samaritano”. Lucas se preocupa también de que no se acabe el relato sin una frase de Jesús a este samaritano: “Levántate y vete”, en segunda persona, para subrayar después la relación entre la fe y el milagro, así como la realidad más que física ofrecida por Jesús al curado. Mientras los otros nueve han sido curados e integrados en la comunidad de la Ley, en este samaritano es la fe, es decir, la confianza en el poder divino de Jesús, la que, más allá de la curación física y de la reinserción en la comunidad judía, ha salvado al samaritano. Jesús invita al leproso curado a levantarse e irse: “Vete”, una frase que forma inclusión con la frase inicial de nuestro pasaje evangélico e introduce al samaritano en el camino que recorre Jesús con sus discípulos de Galilea a Jerusalén que es, por cierto, para san Lucas una prefiguración del camino que ha de recorrer la predicación cristiana desde Jerusalén por Samaría hasta los confines de la tierra. Así el samaritano curado de la lepra y salvado por la inserción en el camino de Jesús anticipa de alguna manera la conversión de Samaría al Cristianismo por obra de los apóstoles. ¿No será este milagro la realización de aquella promesa hiperbólica de Jesús a sus discípulos: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a esta morera, arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”? ¿No es la mostaza el grano diminuto que llega a ser el árbol gigantesco en el que anida toda clase de pájaros una imagen de la Iglesia en cuyo seno entran los hombres y mujeres de todas las razas? Terminemos con la petición de los discípulos a Jesús al comienzo de esta sección: “Señor, auméntanos la fe”.

 

 

 

 

 


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Domingo 17: homilía de J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1DOMINGO 27 T.O.C.

Ev.: Lc 17,5-10

El evangelio de hoy comienza con una máxima que no tiene una conexión lógica con el episodio precedente que hablaba del deber de perdonar a quien te pide perdón. El aumento de fe que los  apóstoles piden al Señor no se refiere a la fe en su dignidad mesiánica sino a esa fe que equivale a una confianza inquebrantable en Dios. Jesús responde con una metáfora intencionadamente exagerada: la verdadera fe, aunque no sea más grande que un pequeño grano de mostaza, es capaz de arrancar un árbol tan proverbial por la solidez de sus raíces como el sicomoro y trasplantarlo al mar. La estructura de esta frase en la pluma de san Lucas expresa un cambio radical en el orden de valores de la naturaleza tal como se encuentra en escritores griegos y romanos: los árboles no crecen en el mar y no se dan peces en la tierra.

Entendida de esta forma esta sentencia de Jesús sobre la fe viene a ser una especie de marco de referencia de la parábola del siervo que viene a continuación y nos mete de lleno en lo que es la economía de la fe en el Reino de Dios proclamado por Jesús en contraposición con la economía de los derechos humanos que rigen las relaciones entre los hombres. Una mentalidad incomprensible para los hombres y mujeres de nuestra generación tan marcada por la carta de los derechos humanos. La parábola toma todo el material metafórico de la situación, superada entre nosotros, de un campesino que tiene un siervo, un esclavo propiamente. En Israel el esclavo era propiedad de su amo. El esclavo que al atardecer vuelve a casa cansado y hambriento no puede pensar todavía en cenar y descansar. Tampoco el amo piensa en mostrarse agradecido por el trabajo realizado invitándolo a cenar. Más aún, le exige otro trabajo ulterior, el trabajo doméstico de servirle la cena. Sólo cuando haya terminado este servicio y el amo no le mande otra cosa más, podrá él ir pensando en comer y descansar. Al amo no se le ocurre darle las gracias por todo el trabajo porque esto no forma parte de la relaciones amo-esclavo.

La recompensa ni siquiera se menciona. El esclavo es propiedad del amo y, por tanto, no recibe ninguna recompensa. La cena final no ha de entenderse como una recompensa, sino como algo necesario para el mantenimiento de su vida y de la mano de obra para seguir trabajando por su amo. Aquí no se habla por ningún lado de derechos humanos del siervo. La interpretación de la parábola es evidente. Exactamente igual que el esclavo no puede pretender un agradecimiento por su obligado trabajo, así también el hombre en su relación con Dios vive una absoluta dependencia y no puede presentarse ante él con ninguna pretensión. Aun cuando haya hecho todo lo que Dios le pide que haga, el discípulo no debe perder jamás la conciencia de ser un siervo inútil y sin provecho, un pobre hombre que ha cumplido simplemente con su deber. El único punto de referencia que importa en esta parábola es la relación del hombre con Dios, su único amo.   Encontramos en ella la mejor descripción y motivación de la humildad cristiana. Esta parábola no tiene otro punto de mira. No pretende poner en evidencia un concepto  completo de Dios. La parábola ni afirma ni niega   que Dios no es un amo despiadado ni tiránico porque como todo discurso en forma de parábola se fija únicamente en un aspecto, un único punto de referencia. No es un tratado teológico sobre Dios. Por consiguiente, de esta parábola no se puede deducir un concepto completo de Dios en su relación con sus criaturas. Sólo se puede deducir que la compensación de la que Jesús habla continuamente en los evangelios es pura gracia de Dios, un regalo libre de la bondad divina.

No obstante esta explicación restrictiva del alcance de la parábola, deja en suspenso muchas preguntas en los hombres y mujeres de nuestro tiempo.  ¿Caía dentro del horizonte de Jesús el derecho humano al libre desarrollo de la personalidad? ¿al tema tan barajado en la psicología moderna acerca de la autorrealización del hombre? Hay que reconocer que el Nuevo Testamento no presta ninguna atención a este tema. Si se habla del ser humano, no se hace desde el punto de vista del despliegue global de sus recursos. Los seres humanos son acaparados para el Reino de Dios, puestos a su servicio. Las Escrituras parten de que Dios es un Creador que crea a los hombres cual si fueran vasijas; y esto a su arbitrio. La persona no tiene nada que litigar con Dios al respecto. Las cosas son así. Es lo que Dios ha dispuesto. Esto se hace patente en el capítulo 9 de la carta a los Romanos donde se afirma a propósito de Dios: “El hace vasijas de la ira y vasijas de la elección”.  En este contexto Pablo se pregunta: “¿Acaso es Dios injusto?”. Debería responder: Así es en efecto. Pero no se atreve a emitir juicio semejante.

Entre los logros más significativos de la modernidad se cuenta la aceptación general de la democracia como la forma de gobierno que posibilita la mayor libertad para todos. Pero Jesús no se encuentra rodeado de un equipo que funciona conforme al juego democrático. Jesús  toma decisiones de forma autoritaria. Llama a quien quiere. A los discípulos les dice: “Vamos, seguidme”. No les permite despedirse de sus padres. Y no se trata de llamamientos por tiempo limitado y con condiciones. Se es apóstol para toda la vida. Por último, la Biblia no propone concepto positivo alguno de libertad. Para nosotros la libertad es parte esencial del ser humano, sobre todo la libertad para llegar a ser yo mismo. La única libertad que conoce el Nuevo Testamento consiste en que el hombre quede libre del pecado y de la muerte para entregarse sin reservas  a Dios.

 

Bilbao, 6 de octubre de 2019


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Domingo 24 tiempo ordinario. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

iglesia1DOMINGO 24 T.O.C.

Ev.: Lc 15,1-32

El evangelio de hoy está formado por las tres parábolas que integran el capítulo 15 del evangelio según san Lucas. Todas ellas tratan del amor paternal de Dios hacia aquellos que están perdidos. Por razón de brevedad me voy a ceñir a la tercera. Esta parábola, por la profundidad y grandeza de su idea central y por la belleza de la forma está considerada con razón como la perla entre todas las parábolas de Jesús trasmitidas en los evangelios, como el evangelio dentro del evangelio.

No quiero pasar por alto la llamada interpretación de la modernidad que se ha divulgado recientemente. Es la afirmación de algunos críticos modernos que ven aquí anunciado el evangelio de la misericordia de Dios sin ninguna referencia a la cruz ni a la obra redentora de Cristo.

Pero esta doctrina teológica no encaja bien en el punto de mira de la parábola. Esta quiere poner de relieve una verdad religiosa únicamente y es la bondad de Dios para con los pecadores, a los que quiere salvar y por cuya conversión hay más alegría en el cielo que por todos los justos que no necesitan penitencia. Esta parábola no pretende ser un resumen de la doctrina cristiana de la redención ni un compendio de toda la reflexión teológica del cristianismo. En el contexto narrativo de Lucas, la finalidad de esta espléndida parábola, lo mismo que las dos que le preceden, consiste en una legitimación del comportamiento de Jesús con los pecadores, demostrando que en su actitud de acogida se cumple la voluntad salvífica de Dios, mientras que la crítica de los fariseos y de los doctores de la ley va contra el plan de Dios. El principio fundamental de la relación de Dios con el pecador, como lo establece Jesús en esta parábola, es que Dios ama al pecador aun en su situación de pecador, es decir, incluso antes de que se convierta, es más, en cierto modo, lo que realmente hace posible la conversión es el amor divino.

La exégesis moderna ha reconocido que la denominación tradicional “El hijo pródigo” o “El hijo perdido” no logra captar más que un aspecto de la parábola. Llamarla “parábola de los dos hijos” no mejora sustancialmente la cosa. Se acerca más al verdadero sentido de la narración llamarla “parábola del amor del Padre”  ya que el protagonista es realmente el Padre.

La problemática suscitada a propósito de esta parábola y del perdón otorgado directamente por Dios sin mediaciones fue en su origen una manifestación de la tendencia crítica de ciertos sectores que quisieron exigir a Lucas una reproducción exacta de las concepciones paulinas de la redención y veían en esta interpretación una falsificación  lucana de la doctrina paulina de la justificación.  Hoy día, curiosamente, en ciertos sectores considerados  progresistas esta interpretación ha suplantado las concepciones de Pablo para erigirse en la auténtica concepción evangélica de Jesús. Pero un estudio más amplio de todo el pensamiento de san Lucas en su doble obra revela que la presentación lucana de la redención por la cruz difiere de las de los otros autores del N.T. y no es anterior a Pablo. La insistencia en el martirio de Jesús, el silencio sobre el valor expiatorio de su muerte, la reserva lucana respecto de la concepción sacrificial de la muerte de Jesús, se deben a su mentalidad griega y a la de sus lectores. Para los griegos del siglo I, un sacrificio humano era algo bárbaro, no cabía en la mente griega que la muerte pudiera tener valor expiatorio. La predicación de Cristo crucificado les parecía una locura. Parece, pues, que hay que atribuir a san Lucas la originalidad de la presentación del misterio redentor de la cruz. Pero de aquí no se desprende que Lucas haya suprimido la fe en el misterio del sacrificio de la cruz. De hecho san Lucas en sus escritos no suprime la cruz, ni su sentido trágico ni su misterio ni su sentido salvífico ni la necesidad que tiene el discípulo de cargar con su cruz y seguir al Maestro. La novedad lucana consiste en insistir más en la salvación por el conjunto del acontecimiento Cristo que incluye el ministerio de Jesús hasta la gloria de la resurrección y exaltación a través de la muerte en cruz. Donde se omite sistemáticamente una relación directa entre la muerte de Jesús y el perdón de los pecados. Para explicar la muerte de Jesús Lucas prefiere la imagen del mártir que muere perdonando a los verdugos que las del sacrificio y la expiación. Pero bien entendido que todo ello no son sino imágenes radicalmente deficientes para agotar los diversos aspectos del sentido sacral que Jesús dio a su propia muerte. En esta época que nos ha tocado vivir de tolerancia y pluralismo religioso, deberíamos alegrarnos de encontrar hasta en los mismos evangelios varios modos de explicar este misterio.

La increíble parábola del evangelio según Lucas se cierra con la proclamación de que por encima de todo, incluso del pecado más abominable, está el amor y la comprensión del Padre. Y así es como describe san Lucas la personalidad  de Jesús: como el heraldo privilegiado de esa proclamación salvífica. Si Jesús acoge a los recaudadores y descreídos y hasta come con ellos es porque Dios mismo los acoge y los quiere. Por consiguiente, esta parábola y todo el capítulo 15 en su integridad rebosa un clima de alegría y de celebración gozosa porque se ha encontrado lo que estaba perdido. Y esto constituye el centro de la teología de la salvación según san Lucas.

La oveja perdida, la dracma perdida, el hijo perdido nos hablan del perdón de Dios y tienen un lugar secreto en el corazón. Sobre todo la tercera, escribe el gran poeta Péguy: “Un hombre tenía dos hijos. La parábola es bella en Lucas. Es bella en todas partes. Sólo está en Lucas. Está en todas partes”. “Es la palabra de Jesús que mayor eco ha tenido en el mundo”.

Bilbao, 15 de septiembre de 2019


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Domingo 21: homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

iglesia1DOMINGO 21 T.O.C.

Evangelio: Lc 13,22-30

Recuerdo el fuerte impacto que me produjo la reacción de dos buenos amigos míos después de una misa en la que tocó leer este fragmento evangélico.  Su comentario unánime fue: “Ese no es mi Dios, ese que habla en este evangelio en esos términos no es el Jesús en quien yo creo”: Nos resultan mucho más atractivas otras frases de Jesús como aquella en que nos exhorta: “Venid a Mí todos los que estáis cargados y yo os aliviaré porque yo soy manso y humilde corazón”. Pero Klaus Berger en su obra reciente sobre Jesús atribuye este tipo de reacciones a una imagen de Jesús inventada en siglo XIX que todavía se comercializa con éxito hoy día. Lo describe como un muchacho suave y asexuado, un apóstol de la ecología de la naturaleza que vaga por los campos de cereales. En alguna obra reciente de gran éxito editorial en España se presenta a Jesús en una contraposición con Juan Bautista. La preocupación central de Juan Bautista – se lee en ella – fue el tema del pecado, mientras que la preocupación central de Jesús fue el problema del sufrimiento humano. No porque para Jesús el ser humano esté antes que Dios, sino porque Jesús se dio cuenta de que Dios y el ser humano están fundidos de tal forma que la única manera de creer en Dios y hacer su santa voluntad es hacer felices a los seres humanos. Pero una lectura atenta de los evangelios demuestra que el Jesús histórico se halla próximo a un agente provocador de Dios, a Juan Bautista. En los evangelios se habla de que Jesús causa escándalo. Con este término se designa una conducta con la que provoco al otro, lo perturbo, lo confundo, le suscito inseguridad en su ser cristiano. Quien es motivo de escándalo amarga la vida a otros hasta el punto de hacer que se marchen. Según los evangelios y la literatura del Nuevo Testamento “escandalizar”  es, más o menos, lo peor que un cristiano puede hacer a su prójimo. Quien se escandaliza se siente expulsado de la comunidad. Ahora bien Jesucristo vino a ser un escándalo, no sólo cuando fue clavado en la cruz y fue tenido por un maldito conforme a la sentencia del Deuteronomio 21 (“Maldito el que cuelga de un palo”), sino también por la forma en que tomó partido durante su vida terrena. Después de su acción en el templo expulsando a los cambistas y vendedores de palomas, los fariseos escandalizados le someten a interrogatorio: “Tú ¿con qué autoridad haces esto?”. Jesús  les da una respuesta evasiva. “Decidme: ¿el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres?“. No quisieron contestarle. “Pues yo tampoco os digo con qué autoridad hago esto”. Los fariseos no le contestan  porque, en la mente del evangelista, Jesús los está enfrentando con las dos preguntas más importantes del cristianismo primitivo: ¿Quién fue Juan Bautista y quién es Jesús? La identidad de Jesús estaba en conexión con la de Juan Bautista, no en un sentido de contraposición sino de complementación e iluminación mutua. Lo confirma la parábola de los niños quisquillosos que riñen en sus juegos ilustrando así la actitud frívola de una generación que, incapaz de ver una crisis de primera magnitud en el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llevado a su plenitud por Jesús de Nazaret gastaba su tiempo en criticar neciamente el ascetismo de Juan y la camaradería con la que Jesús trataba y aceptaba a todos los hombres y mujeres de su entorno social: “A quién compararé los hombres de esta generación?…Se parecen a unos chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros: Os tocamos la flauta y no bailasteis, entonamos endechas y no llorasteis. Porque vino Juan Bautista que ni comía ni bebía y decís: Está poseído del demonio. Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe, y decís: ¡Mira un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores!” No caían en la cuenta de que con el bautismo de Juan y la predicación de Jesús se había producido una auténtica erupción volcánica que daba comienzo a algo absolutamente nuevo que provocó un grave escándalo. El primer escandalizado fue, por cierto, el mismo Juan Bautista quien había enviado desde la prisión a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús: ¿Eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro? Jesús respondió: “Id a informar a Juan de lo que veis y oís: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia” y añade: “Y dichosos los que no se escandalizan por mí”. Lo interesante en esta fórmula de Jesús es que el culmen de todos los milagros es algo que a nosotros en absoluto se nos antoja como milagroso: que a los pobres se les anuncie el evangelio. Pero en el evangelio dista mucho de ser una fórmula vacía. Precisamente el evangelista san Lucas hace de todo su evangelio una buena noticia para los pobres. Así se presenta Jesús en su discurso programático de Nazaret y así en Hch 2-5 la comunidad primitiva lleva esto a la práctica  ya que en ella los cristianos poseen fundamentalmente todo en común.

En el siglo 19 cada investigador extraía de los evangelios un Jesús hecho a la medida de su ideal moral. La investigación actual sobre el Jesús histórico cree caer fuera de esa sospecha de ideología fácil porque extrae un Jesús revolucionario que explica la condena a muerte en cruz de Jesús por parte del representante del imperio romano. Pero Jesús no llamó a los pobres a la sublevación. Eso los habría puesto a merced de los romanos. Tampoco los consuela remitiéndolos a la esfera de lo puramente espiritual. Los levanta como personas, les dice que son amados por Dios con especial predilección. Y el mismo Jesús hace presente con su persona esa predilección de Dios riendo y llorando, festejando y estando de luto con  ellos. Todo esto provoca escándalo. Por eso añade esa frase enigmática: “Bienaventurados los que no se escandalizan de mí”.

Bilbao, 25 de agosto de 2019