Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Domingo16. Homilía por J.A. Jáuregui S.J.

 

iglesia1DOMINGO 16 T.O.C.  

 

Ev.: Lc 10,38-46 (Marta y María)

 

A continuación de la parábola del buen samaritano que nos hablaba del precepto del amor colocó el evangelista san Lucas esta escena doméstica para poner de relieve la única cosa necesaria: escuchar la palabra de Jesús.

Camino de Jerusalén, Jesús se encuentra en casa de dos hermanas Marta y María, bien conocidas en la tradición evangélica. Marta es la auténtica señora de la casa, enérgica, activa, verdadera dueña del hogar. Acoge con hospitalidad a Jesús, le tributa los debidos honores, le prepara la mesa, le colma de atenciones.

María aparece descrita como un alma tranquila, una mujer de profunda vida interior, sentada a los pies del Señor para escuchar con avidez su palabra.

La diferencia entre las dos hermanas se revela donde Marta, totalmente afanada y absorta en los preparativos de la hospitalidad debida al ilustre huésped, revela con cierta excitación su enojo ante la pasividad de su hermana. Se dirige directamente a Jesús porque él es, en cierto sentido, el responsable del comportamiento de su hermana. Jesús, sorprendentemente, se pone de parte de María, reprendiendo suavemente la solicitud y turbación afanosa de Marta.

Orígenes, el sabio alejandrino en sus homilías sobre Lucas, relacionó el episodio con la distinción entre la acción (praxis) y la contemplación (teoría). Una distinción más propia de la cultura helénica que de la bíblica. Pese a ello esta exégesis consiguió las simpatías de los teólogos monásticos. Desde Basilio de Cesarea hasta Juan Casiano se veían con esta interpretación justificados en su renuncia al mundo agitado y en su opción por la vida contemplativa. Hasta nosotros en nuestros primeros años de formación llegaron los ecos de esta interpretación que exaltaba la vida religiosa contemplativa por encima de la vida de los religiosos y religiosas de vida activa. Flotaba en el aire que en la intención fundadora de Jesús de la vida consagrada mostró sus preferencias por la vida contemplativa, prefigurada en María.

Pero esta interpretación metía en el texto un problema moderno, ajeno totalmente al contexto evangélico. Juan Crisóstomo se enfrentó con el tipo origeniano de interpretación simbólica y reivindicó un sentido más literal. A su juicio, Jesús no reprocha a Marta su actividad, sino su incapacidad de aprovechar la ocasión de la visita de Jesús para escuchar su palabra. En esta misma dirección fueron san Cirilo de Alejandría  quien centró su homilía en los vínculos entre la hospitalidad cristiana y la escucha de la palabra de Dios.

La exégesis literal moderna les da la razón. Se trata en este contexto de la visita del Señor en su camino hacia Jerusalén. Jesús quiere revelar a Marta que sólo una cosa es necesaria: pensar en la salvación, y por eso María es la única que ha sabido aprovecharse de la visita del Señor para escuchar su palabra. María ha escogido la parte buena,- no dice la parte mejor ni la parte óptima – que no le puede ser arrebatada. Si sólo la parte de María es llamada buena, esto quiere decir implícitamente que Jesús reprende la labor doméstica de acogida, no porque Marta quería agasajar a Jesús sino porque su modo de actuar cobraba a sus ojos una estima excesiva. Lo que Marta consideraba necesario – escribe Sickenberger – “era una especie de veneración de Jesús, ciertamente bien intencionada, pero que desconocía la importancia del momento de la visitación del Señor y, por consiguiente, en tal circunstancia dejaba de ser del todo buena”.

Una comparación con otra escena del camino de Jesús a Jerusalén ilustra por contraste el sentido de la reprobación matizada de la actitud de Marta. Bajando del monte de los Olivos a Jerusalén hay un punto que la tradición llama “Dominus flevit”. Allí se detuvo Jesús y lloró sobre la ciudad diciendo: “Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise acogerte como la gallina recoge a sus polluelos bajo sus alas, y tú no has querido”. Jesús predijo entonces la destrucción: “…. No quedará de ti piedra sobre piedra”. Y añade la razón: “Porque no has reconocido el día de tu visitación”.

         La sutil reprobación de la actividad de Marta es muy distinta. Si, como parece probable, Marta y María con sus actitudes ante Jesús, representan los dos grandes ministerios presentes en la vida de la Iglesia desde sus comienzos, es evidente que Jesús no reprueba la actividad caritativa de la Iglesia.

Si tratamos de aplicar a nosotros mismos esta enseñanza evangélica de hoy, puede ayudarnos la interpretación agustiniana que hizo realidad en su vida. Agustín estimaba por encima de todo la vida interior. Pero aceptó, aun corriendo el riesgo de cierta merma de su vida interior, el ministerio episcopal que le encomendó la Iglesia. El evangelio de hoy nos invita a hacer realidad en nuestra vida personal estos dos ministerios que recogen la doble actividad de Jesús por la palabra y por el gesto. La escucha de la Palabra que hace consciente la presencia de Jesús dentro de nosotros y la acción caritativa son indispensables en la vida de la Iglesia y en nuestra vida cristiana.

Bilbao  21 de julio de 2019


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Domingo 15. Homilia de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

 

iglesia1DOMINGO 15 T.O.C.

Ev.: Lc 15,25-37: El buen samaritano

 

A lo largo de los últimos domingos los evangelios de este ciclo C nos van presentando distintos rasgos característicos de lo que fue la novedad cristiana. El evangelio de hoy nos ofrece el modelo de conducta de Jesús y de todo el que quiere seguirle, la substancia misma de la Ley cristiana. Y lo presenta en términos de una parábola que se ha hecho mundialmente famosa con el título de “el buen samaritano”. El punto culminante de esta parábola fue, desde la intención de Jesús, corregir radicalmente la comprensión judía del mandamiento más importante de la Ley de Dios. Un escriba pregunta a Jesús: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. El letrado le contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. El tenor literal de la respuesta es el mismo que confesamos los cristianos. Por eso Jesús le aprueba la respuesta: “Bien dicho. Haz esto y vivirás”.

         Pero el letrado no se contenta con el aprobado. Quiere sacar nota y plantea una pregunta para justificarse, o sea, para afirmar su personalidad frente al mandamiento de Dios. Intenta transformar en problema lo que no puede ser objeto de un debate teórico, con el fin de buscar una escapatoria ante la exigencia del mandamiento. En realidad esta pregunta “¿Y quién es mi prójimo?”, puesta en boca de un erudito de la Ley judía viene a ser un recurso literario frecuentemente utilizado por san Lucas para enseñar a los oyentes el sentido cristiano de la respuesta del letrado, corrigiendo la mentalidad del ambiente judío ante la Ley. La pregunta no le ofrecía al letrado la menor duda. Él sabia muy bien quién era su prójimo. Era el compatriota, distinto del extranjero. Su doctrina a este respecto se desarrollaba en círculos concéntricos. Desde el círculo más íntimo se extendía al menos cercano y en la misma proporción iban disminuyendo gradualmente las obligaciones para con ellos hasta llegar al círculo de aquellos con los que no tenía ninguna obligación, más aún, tenía el derecho y aun el deber de odiar (Mira Mateo 5,43-48). Jesús, con esta parábola del buen samaritano pone el punto final a tal interpretación del amor al prójimo. Jesús coloca en el centro al otro, a la persona concreta que se encuentra de manera imprevista en mi camino, como ese desgraciado con quien se encuentra el samaritano que era un extranjero semi-pagano para los judíos. El relato evangélico hace que el lector simpatice, más aún, se identifique con aquel pobre desafortunado, apaleado brutalmente por unos salteadores desalmados. Colocado el lector en esta perspectiva ve que a la víctima le importa muy poco que el sacerdote y el levita tengan razones graves para justificar su conducta en virtud de las leyes rituales del culto oficial del templo. Lo que sorprende al lector, puesto en el lugar de la víctima, es que un samaritano, un hereje extranjero, de quien no se podía esperar absolutamente ninguna ayuda, se apiade de él y se pare a socorrerle. El evangelista se detiene morosamente en la descripción de este punto: el samaritano venda las llagas, alivia el sufrimiento, monta al herido en su cabalgadura, le lleva al albergue, se lo confía al posadero, paga los primeros gastos y promete pagar el resto cuando vuelva. El evangelio presenta al samaritano con la mayor sencillez, sin hacer cesiones al menor sentimentalismo. Es un comerciante ahorrador que emplea su dinero y los medios de que dispone como un hombre práctico que no hace nada superfluo. No hay retórica religiosa en el relato. Lo que hace, lo hace por ese  pobre hombre, sin que su ojo lance un guiño a Dios. Lo mismo se expresa de manera incomparable en las sentencias del juez en el último juicio con los que coloca a su derecha y a su izquierda. De ambos juicios simétricos se desprende que el amor al prójimo no debe realizarse indirectamente con el rodeo de un presunto amor a Dios.

Jesús no fundó jamás esta exigencia del amor en una idea universal de Dios ni en un profundo análisis de las polémicas raciales y religiosas entre judíos y samaritanos, ni en una particular concepción del hombre, como la que enseñaban los filósofos griegos. El único fundamento de esta exigencia de amor es la voluntad de Dios. No es posible una reconciliación con él, si no estamos dispuestos a reconciliarnos con nuestros hermanos: “Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros hermanos”, reza la quinta petición del Padrenuestro.

¿Cómo hay que entender, entonces, el doble mandamiento del amor, si el amor de Dios no puede reducirse al amor del prójimo, ni el amor del prójimo al amor de Dios? La unidad indisociable a la que Jesús reduce

ambos  mandamientos encuentra su fundamento en la naturaleza misma del amor. El amor por su misma naturaleza exige una renuncia al amor de sí mismo; es disponibilidad y don exigido allí donde está el prójimo que tiene necesidad de él. Así y sólo así el amor de Dios y el amor del prójimo se hacen una sola cosa. Amor de sí a Dios no significa repliegue del alma en el paradisíaco jardín de la vida interior. Se trata de estar dispuesto ante Dios que me interpela en el prójimo.

Terminado el relato, Jesús se vuelve al letrado y le contesta a su pregunta con otra pregunta, a la gallega: “¿Quién te parece que ha sido el prójimo para el pobre hombre apaleado y abandonado?” De esta manera la pregunta del letrado “¿Y quién es mi prójimo?” queda corregida y reconvertida en esta otra: ¿De quién soy yo el prójimo? Por este trueque de preguntas resulta que el que preguntaba se ve obligado a hacer suya la situación del otro, se ve de pronto remitido a sí mismo y aprende lo que significa el precepto de amar al prójimo: Significa amarle como a sí mismo.


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Domingo 14 tiempo ordinario: homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

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DOMINGO CATORCE T.O.C

La primera línea de este evangelio nos resulta tan conocida y asimilada que apenas se nos ocurre que haya podido plantear un problema a la investigación sobre los evangelios. Sin embargo, se ha escrito con razón que la significación del grupo de los doce en el momento de su elección y en la intención de Jesús debió ser tan obvia que sus primeros transmisores no se tomaron la molestia de explicarla. Todos los estudiosos están de acuerdo en un punto: “el número doce tuvo algo que ver obviamente con el pueblo ideal escatológico reconstruido de las doce tribus de Israel”.

San Marcos explica la razón por la que Jesús se rodeó de doce discípulos con esta frase: “Los escogió para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar y para que tuvieran poder de expulsar demonios”. . Campenhausen levantó la sospecha de que esta explicación es una relectura del evangelista, influenciada por la idea apostólica y misionera que los evangelistas quisieron aplicar a los Doce.

La función especial de los Doce, según san Lucas, comienza a hacer su aparición en la escena del capítulo sexto donde Jesús selecciona de entre el grupo general de los discípulos a un grupito reducido de doce a los que da el nombre de apóstoles. Este nombramiento de los “Doce Apóstoles”, los únicos apóstoles en la obra de san Lucas, adquiere especial significación ya que tiene por objeto el núcleo de testigos que proporcionarán la continuidad entre la historia de Jesús y la de la Iglesia primitiva. Según el fragmento evangélico de hoy, esos mismos doce son “enviados”, tal es el significado del término apóstol, “a predicar el Reino de Dios y  curar”: exactamente la misma misión que tuvo Jesús y que caracterizará a la comunidad primitiva de los Hechos de los Apóstoles. La función característica de los Doce apóstoles será ser el vínculo autoritativo entre Jesús y la comunidad cristiana.

         Este vínculo en continuidad histórica entre la actividad del Jesús terreno dedicada en exclusiva a las ovejas descarriadas del pueblo para  congregarlas en un solo rebaño y la Iglesia posterior abierta al mundo entero, ha creado grandes problemas a la investigación del siglo XX.

         Desde un punto de vista histórico parece claro que este envío de los Doce al pueblo de Israel se opone radicalmente al concepto de una Iglesia abierta a los gentiles y querida por Jesús. Parece evidente que la muerte de Jesús supuso una ruptura de un camino cuya meta era la concentración del pueblo escatológico de las doce tribus de Israel. En esta dirección parece ir orientada la misión de los doce apóstoles enviados por Jesús en exclusiva a Israel. Todo intento de crear una continuidad histórica entre el final abrupto de Jesús y la Iglesia posterior a la Pascua ha ido al fracaso. Esa continuidad sólo la podemos afirmar en la fe, esa fe que tuvo el evangelista y le hizo ver en el envío de los Doce el testimonio irrefutable de que el movimiento iniciado por Jesús y sus doce apóstoles se dirigió en plenitud a todo Israel y por eso cabalmente se justifica la Iglesia posterior abierta a todos los hombres. Por eso, aunque resulte paradójico, tenemos que afirmar que sin la actividad salvífica y el mensaje del Jesús terreno no puede explicarse de modo convincente la apertura de la Iglesia de Cristo a la misión universal.

         Visto así, el evangelio de hoy, lejos de cuestionar la voluntad salvífica universal de Jesús en su envío de los Doce a Israel, es según san Lucas un testimonio válido para todos los tiempos de la Iglesia, de que Jesús en su dedicación exclusiva a su pueblo, estaba incluyendo el envío de la Iglesia a todas las naciones porque Jesús estaba convencido, lo mismo que san Pablo más tarde, de que el punto central y la meta de la historia de la salvación era en primer lugar la salvación de Israel. Así queda marcada la vocación de la Iglesia con el sello de la apostolicidad desde el primer envío de los Doce por parte de Jesús. La Iglesia es apostólica porque está enviada por Jesús al mundo desde el envío de sus doce apóstoles

a realizar la salvación de todos los hombres.

         De aquí se sigue lo que el Concilio Vaticano II formuló en su Decreto ad Gentes: la tarea misionera sigue siendo primordial si la Iglesia quiere seguir siendo la Iglesia de Jesucristo y no ser infiel a su misión. Muchos especulaban en aquel tiempo de crisis si la Iglesia no estaría destinada, por circunstancias históricas, quizás providenciales, a ser en el mundo una especie de pusillus Grex. En muchos representantes de la Iglesia católica latía entonces la misma pusilanimidad que pocos años antes se había detectado en la Conferencia mundial de Ginebra ante la empresa sobrehumana de recobrar para la Iglesia un rasgo que había sido constitutivo a todo lo largo y ancho del Nuevo Testamento.

         Esta tensión sutil entre Iglesia asamblea e Iglesia misión la supo captar perfectamente san Lucas cuando describió una Iglesia inicial fiel al Templo y a las instituciones del pueblo y, al mismo tiempo, profundamente evangelizadora: una Iglesia representada en los Doce apóstoles enviados al pueblo en plenitud para lograr una transformación espiritual y al mismo tiempo enfilada, a través de la misión conducida por el Espíritu, hasta los confines de la tierra. Esta dimensión polarizada de la misión que se desprende del evangelio de hoy nos revela la función profética de la Iglesia tal como la definió el Manual para los Comités de la Asamblea Ecuménica para la unión de las Iglesias: “La Iglesia es una institución profundamente histórica que recibe su tradición del pasado, su llamada del futuro y su desafío de su situación actual”.


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Domingo 13 del tiempo ordinario. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

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DOMINGO 13 DEL T.O.C.

Evangelio: Lc 9,51-62

Os decía el domingo pasado  cómo el mismo Jesús con la primera predicción de su pasión, muerte y resurrección nos daba la verdadera perspectiva desde la que los evangelistas contemplaron todo el acontecimiento de Cristo.

Todo el misterio del Cristo, en la presentación evangélica, pivota  sobre dos ejes igualmente imprescindibles. El primero  lo enuncia el evangelio de hoy.: “Cuando se cumplieron los días de su ascensión”, es decir, de todo el proceso de la salvación realizado en Jesucristo que san Lucas lo concibe en términos de una  subida de Jesús desde Galilea a Jerusalén para subir a los cielos. El otro eje es la revelación de Jesucristo resucitado, la experiencia pascual.

El evangelio de hoy, después de enunciar el primer aspecto, lo desarrolla en forma de un viaje de Jesús a Jerusalén. Todo  su destino, objeto del designio divino, está marcado por la necesidad ineludible de subir a Jerusalén, como tantos profetas que dieron su vida en Jerusalén por la salvación del pueblo. Todo este viaje está jalonado en  los evangelios por tres predicciones de la pasión, muerte y resurrección  de Jesús que revelan el verdadero sentido de la mesianidad de Jesús y de su paso desde este mundo al mundo de Dios, así como el profundo sentido de la vida de la Iglesia y del cristiano en este mundo.. Jesús camina hacia Jerusalén con una especie de dialéctica de  rechazo y avance. Los samaritanos no le permiten cruzar sus tierras para llegar a Jerusalén. Pero Jesús, para cumplir el  designio divino presenta un estilo de obediencia y sumisión opuesto a toda violencia. Los “hijos del trueno” – Santiago y Juan – quieren tirar por el camino de la violencia: (“Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos? El se volvió y los reprendió. No sabéis de qué espíritu sois”). Y  avanzó hacia otro pueblo, lo mismo que había avanzado abriéndose paso entre sus paisanos de Nazaret cuando pretendieron despeñarlo desde lo alto del barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad. En su avance hacia Jerusalén Jesús va provocando una  llamada radical al seguimiento. El evangelista presenta tres ejemplos sacados de una fuente histórica común con el evangelista san Mateo.

Toda esta fuente histórica ha sido objeto de opiniones opuestas en la investigación sobre  los evangelios. El comentario ecuménico al evangelio de Mc  hace responsable a este evangelista de haber dejado colar en su evangelio y, a través de él en la tradición sinóptica, un material tradicional sobre el Jesús histórico para demostrar la identidad del Jesús histórico y del Cristo de la fe, siendo así que por naturaleza la tradición evangélica no tenía ningún interés por la tradición histórica de Jesús. Esta llegó a Marcos a través de unos galileos que no eran cristianos porque no conocían la pasión de Jesús ni sus títulos cristológicos y era, por tanto, un material espureo y sin valor para la confesión cristológica.

En el extremo opuesto se ha pretendido recientemente con un método sociológico explicar el conjunto del misterio de Cristo como el resultado de un proceso  en continuidad que arranca de este seguimiento radical de los discípulos a Jesús. Tales discípulos, después de la muerte en cruz de Jesús, quedaron aislados como un grupo de estigmatizados sociales y para poder sobrevivir tuvieron que acogerse a sagrado e inventar la resurrección de Jesús. Y así consiguieron una continuidad entre el movimiento de Jesús y la Iglesia posterior. Pero este procedimiento no funciona porque esta vuelta al Jesús histórico  motor único de todo el misterio del origen del Cristianismo pone – en frase feliz de otros investigadores – “las caballerías detrás del carro”  ya que desde la vida de Jesús, como puro fenómeno histórico, no se puede reconstruir todo el proceso genético de la formación del Nuevo Testamento que, como os he dicho, gira sobre dos polos en tensión entre el Jesús de la historia y el Cristo glorioso.

Pero san Lucas que no era un sociólogo ni tampoco un filósofo existencialista supo  enmarcar estas fuentes históricas del seguimiento radical así como otras escenas de exorcismos y curaciones dentro del misterio de la muerte y resurrección de Jesús para enseñar a los cristianos de su tiempo cuál debía ser su actitud y su sensibilidad ante la realidad social en un tiempo de la Iglesia oprimida y rechazada por la comunidad judía y por la sociedad pagana del imperio romano.

Los Hechos de los Apóstoles presentan ejemplos elocuentes para entender la importancia de este seguimiento a Jesús. La reconstrucción de los Doce, pone de manifiesto que para ser del grupo íntimo de sus seguidores hay que haber recorrido con Jesús todo ese camino que va de Galilea a Jerusalén. San Pedro mismo es el portavoz del grupo encargado de formular esa condición.: (“De todos los que nos acompañaron mientras el  Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, desde el bautismo de  Juan hasta que nos fue arrebatado, uno tiene que ser con nosotros testigo de su resurrección”).

El final del evangelio de Marcos con su mensaje de vuelta a Galilea es una invitación a releer el evangelio para realizar de nuevo el viaje a Jerusalén en pos de Jesús.

De esta consideración surge en la obra de san Lucas una Iglesia peregrina – no ya hacia Jerusalén – cuanto a los confines de la tierra para llevar adelante la misión encomendada por el Resucitado a sus discípulos. A esta peregrinación en pos de una misión abierta al mundo entero y a todas sus culturas, con todo el desarraigo que ella exige, nos invita el evangelio de hoy dentro de la preparación gradual que presenta el ciclo litúrgico hacia la próxima Pascua.

Bilbao,  30 de junio de 2019


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Domingo de la Ascensión. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

iglesia1 

  ASCENSION  DEL SEÑOR

          El domingo pasado escuchábamos de labios de Jesús la solución que da san Juan al problema del retorno del Señor. La Iglesia primitiva entendió que el retorno de Jesús – la Parusía – consistía en que, pasado un tiempo, volvería sobre las nubes del cielo. Pero en los primeros 20 capítulos de cuarto evangelio no se menciona la parusía. El retorno de Cristo para san Juan viene a ser algo muy distinto de la expectativa primitiva. Si bien mantiene la creencia en un futuro día del Señor, carga el acento en un significado de la Parusía que lo explica en varios textos del cap. 14: “No os dejaré huérfanos, volveré; el mundo no me verá más, vosotros sí me veréis pues de la vida que yo tengo viviréis también vosotros”. Jesús retorna junto a los que, mientras viven en la tierra, le aman y guardan sus mandamientos. Vuelve para morar con ellos en su Espíritu: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos y entonces yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”.   Juan da al problema del retorno de Jesús una solución basada en la Escatología realizada ya aquí. El Espíritu es el don por excelencia del final.

San Lucas, en cambio,  resuelve en términos de una Ascensión el problema de la demora de la Parusía. Una solución más acorde con su programa teológico de historia de la salvación. No había otra disyuntiva.  Tenemos que confesar que se nos hace imposible, en plena era espacial, aceptar esta ascensión vertical de Jesús al cielo en cuerpo y alma. Los estudios concienzudos y eruditos hechos para tratar de dar con el acontecimiento histórico narrado en nuestra primera lectura no han tenido éxito. Lo más que se ha logrado demostrar es que todos los términos y motivos literarios son  propios del evangelista.  Pero estos hallazgos no llegan a demostrar la historicidad fáctica del hecho de la ascensión. El presupuesto tradicional que tenía a los evangelistas por testigos oculares de los hechos narrados o, en el caso de Lucas por un historiador que había comprobado rigurosamente los acontecimientos, hace años que no lo acepta la exégesis católica actual. Una elemental modestia intelectual nos obliga a detenernos ante el abismo que separa los más sólidos logros de la investigación de muchos hechos inalcanzables y refractarios a la ciencia histórica. Pero en este caso no es aventurado sospechar que san Lucas intentó con las formas literarias de la historiografía judeo-helenística de su tiempo y dentro de los límites de las categorías espaciales de la época resolver el problema teológico del retorno del Señor más que reconstruir un hecho histórico sobre las bases de la historiografía  moderna.  San Lucas era un hombre de la tercera generación cristiana que escribió los Hechos de los Apóstoles por los años 90 de nuestra era. Para aquella generación no constituía un problema la resurrección de Jesús en el cuerpo tal como se había expresado en las fórmulas tradicionales más antiguas. Ahora bien, si Cristo había resucitado con su cuerpo, no para volver a este mundo sino para subir al mundo de Dios, la conclusión era evidente: había subido al cielo con su cuerpo. Pero aquí es donde entra el problema de la interpretación. El mismo Lucas explica cómo entendía esta resurrección corporal en las fórmulas de apariciones elaboradas en Hch 10,40ss.; y 13,31. En 10,40ss. Pedro describe la aparición como una acción de Dios: “(Dios) lo hizo manifiesto”. La fórmula no equivale a “Hacerse  visible” como en Rom 10,20, sino a “Dios lo hizo visible”, es decir, lo hizo visible a la percepción humana.  El v. 41 explicita el momento de la aparición: “mientras comía y bebía con ellos después de la resurrección”. Esta frase remite a la escena del final del tercer evangelio donde Jesús, comiendo un pez, elimina cualquier sombra de duda acerca de su presencia corporal. Esta es la prueba de que las ataduras de la muerte no le han retenido como arguye también Pedro en la aplicación que hace del salmo 16 a la resurrección de Cristo introduciendo la dualidad de alma y cuerpo: “pues no fue abandonado (su alma) en el Hades ni su carne vio la corrupción” (Hch 2,31).        Cabe en buena lógica preguntarse dónde tuvo su origen esta concepción de la resurrección que no aparece ni en Marcos ni en las cartas de Pablo. Parece que esta concepción fue característica de fines del siglo I. (Mira Jn 20, 24-29 y Jn 21,9-14). Estos relatos de apariciones fueron motivados por intereses apologéticos. Los destinatarios de estas narraciones bien pudieron ser, entre otros, algunos grupos docetas que ponían en duda  que Jesús resucitara con el cuerpo.  La misma mentalidad y la misma mano se ven en la redacción de la aparición a los discípulos al final del evangelio. Refleja una comprensión de la resurrección que se acerca a la revivificación de un muerto ya que no es un fantasma, come y bebe con ellos, parece empeñado en superar las categorías docetas de un ambiente generalizado que propugnó una comprensión falsa de la muerte y resurrección de Jesús: como si se tratara de un cuerpo aparente.

De todo este recorrido acerca de la comprensión lucana de la resurrección con categorías helenísticas de división cuerpo – alma se desprende como algo obvio la legitimidad de representar la subida de Jesús al cielo en términos visibles, utilizando el género literario bien extendido de  una ascensión, similar a las ascensiones de tantos héroes conocidos de la cultura bíblica y helenística, aunque fuera un dato nuevo respecto de las tradiciones anteriores de Pablo y Marcos. El único rasgo  original y diferente respecto de las anteriores ascensiones de la literatura bíblica y griega, era que se trataba, no de un ser vivo que sube al cielo antes de morir para volver después a la vida, como Elías,  sino de un crucificado que sube al cielo después de resucitar con la promesa cierta de volver como había subido, es decir, en la gloria de la nube. La Ascensión nos prepara para la venida ya próxima del Espíritu Santo enviado por Jesús en Pentecostés.

 

Bilbao. 2 de junio de 2019


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Domingo quinto de Cuaresma. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

 

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Domingo quinto de cuaresma

Me han preguntado a veces algunos compañeros en qué capítulo de san Lucas está el episodio de la mujer adúltera. Se suelen quedar sorprendidos cuando les digo que no está en Lucas sino en Juan. No les falta motivo porque esta manera de actuar de Jesús encaja muy bien con otros episodios del tercer evangelio. Concretamente este pasaje parece un ejemplo elocuente de la enseñanza que considerábamos el domingo pasado a propósito del Hijo Pródigo donde Jesús pone en el comportamiento del Padre el modelo que él sigue en su trato con los pecadores: acogiéndolos misericordiosamente, comiendo con ellos y perdonando sus pecados.

Es ilustrativa en el orden práctico pastoral actual la primera pregunta que se plantean los exegetas. ¿Formaba parte este relato evangélico del evangelio original de Juan o fue insertado en una época posterior? La respuesta es clara: fue una inserción posterior y, por cierto de una manera   un tanto  abrupta porque interrumpe un discurso unitario de Jesús.

Sin embargo, hay buenos argumentos para afirmar que el relato tiene orígenes orientales y es muy antiguo. Esta constatación hace más extraña aún su ausencia en los  manuscritos griegos más importantes que son de origen oriental. Hasta el siglo X no empieza a aparecer en los textos griegos. ¿Por qué, pues, no entró inmediatamente a formar parte del evangelio si se trata de una narración tan antigua relacionada con el mismo Jesús? La explicación más plausible parece ser la facilidad con la que Jesús perdonó un adulterio. Resultaba difícil conciliar esta actitud de Jesús con la rígida disciplina penitencial de la Iglesia primitiva en cuestiones matrimoniales. Hasta que no se impuso en oriente una disciplina más suave no obtuvo este relato una aceptación más amplia.

Esta circunstancia histórica hace que este relato evangélico de hoy contenga un mensaje especialmente actual en nuestra sociedad cristiana en la que la disciplina eclesiástica tiene alejados de los sacramentos a tantos hombres y mujeres que, después de separarse por serias razones, desean estar a bien con la Iglesia. En contraste con la disciplina eclesiástica manifestada recientemente una vez más por el Papa Benedicto XVI, tales cristianos escuchan con esperanza la sobria expresión de piedad de Jesús con esta mujer del evangelio de hoy. Jesús aparece aquí como un juez que posee toda la majestuosidad con que san Juan presenta a Jesús en su evangelio, pero cumpliendo lo que dirá unos versículos más adelante: “Yo no juzgo a nadie” (8,15). Lo mismo aquí que en otras ocasiones en que los doctores de la ley le planteaban preguntas capciosas sobre el tema matrimonial, Jesús no entra en la casuística jurídica. El delicado equilibrio que mantiene al no excusar el pecado y perdonar al pecador es una de las grandes lecciones evangélicas que invitan a reforzar el vínculo matrimonial a través del perdón, mientras la experiencia nos dice que arriesgarse por la senda de la casuística jurídica corre el peligro de enredarse en las complicaciones de la ley. Estas consiguen, a lo sumo, disolver el vínculo, pero raras veces reforzarlo y acrecentar el amor. Encauzar el amor ha sido la  consigna perseguida en la teología pastoral durante estos últimos decenios de secularización y desbandada matrimonial. En aras de ese noble esfuerzo pastoral se ha consumido la vida de muchos sacerdotes empeñados en atraer a la Iglesia a muchos matrimonios desgarrados. Sirvió de estímulo, más que la disciplina jurídica rígida de la Iglesia institucional, la imagen de este Jesús ante quien comparece la mujer pecadora en esta escena evangélica de exquisito dramatismo que ya san Agustín captó certeramente en su tersa fórmula latina: “Relicti sunt duo, misera et misericordia”. (Quedaron dos: la miserable y la misericordia).

         De un análisis sobre la intención literaria de la sentencia de Jesús sobre el divorcio en Mt 5,32, se desprende que Jesús no quiso dictar una ley propiamente dicha  sobre la indisolubilidad del matrimonio, sino más  bien, lanzar una provocación profética para profundizar hasta la verdadera realidad del matrimonio, cuyas raíces calan más hondo que todas las leyes posibles y jamás podrán protegerse convenientemente sólo a base de leyes. De acuerdo con estas premisas escribe Gerhard Lohfink: “Resulta claro que, en la doctrina moral de la Iglesia, – la sentencia de Jesús sobre el divorcio – “no debe interpretarse como un principio jurídico, como una norma casuística con que resolver clara y tajantemente todos los casos de teología moral: ¿Qué hacer cuando un matrimonio está desgarrado y ha fracasado completamente? ¿Podrán separarse los esposos? Y, sobre todo, ¿qué debe hacer el que es inocente del fracaso de su matrimonio? ¿Le será lícito emprender un nuevo matrimonio? Y en los casos de matrimonios precipitados que chocaron con inevitables conflictos, ¿qué hacer si luego encontraron su dicha en segundas nupcias y viven desde entonces ejemplarmente? A estas y parecidas preguntas no responden las palabras de Jesús. Porque Jesús no quiso más que provocar con la máxima insistencia al amor y a la fidelidad: no quiso dictar un derecho matrimonial concreto… Esto no desvaloriza la doctrina de Jesús, ni la mitiga, ni la vuelve inoperante. ¡Al contrario! Nos la presenta como la última y radical exigencia con que Dios impulsa al hombre desde su propia intimidad. Evidentemente, la Iglesia tiene el derecho de proteger el matrimonio por medio de leyes específicas. Pero estas leyes deben estar en consonancia con el sermón de la montaña donde se habla largo y tendido sobre la misericordia y el perdón. Es bueno que se busquen en la Iglesia nuevos caminos. Estos deben tomar muy en serio las exigencias de Jesús en orden a la fidelidad matrimonial, pero también en orden a la misericordia y el perdón”.

Bilbao,  7 DE ABRIL DE 2019


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Homilìa para el domingo 3 de marzo. Autor J.A. Jáuregui S.J.

DOMINGO 8 TOC.

 

Evangelio: Lc 6,39-45

 

ESte fragmento evangélico recoge la tercera parte del gran discurso de Jesús que san Lucas sitúa en una llanura en contraposición con san Mateo que lo sitúa en una montaña con un ssentido más teológico y programático. Hace dos domingos (6 del TOC) veíamos la primera parte del discurso que contiene las biernavneturanzas o antítesis de san Lucas(6,20-23). El domingo pasado meditábamos la segunda parte del discurso cuyo motivo central era el amor a los enemigos. El núcleo de esta tercera parte del gran discurso de Jesús gira en torno al mandato de Jesús “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados. Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: un medida buena, recalcada, remecida y desbordante”. Estas exhortaciones introducen el evangelio de hoy. La primera frase: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos a la zanja?” era un dicho conocido en la literatura griega pero empleado muy raramente. Cualquiera  que desea conducir a los demás debe antes asegurarse de que él sabe a dónde va y cómo se llega allá. En el versículo siguiente (40) san Lucas lo aplica a la enseñanza. Las formulación más larga de Mateo: “El discípulo no está por encima de su maestro ni el esclavo por encima re su señor” forma parte de otro contexto, del discurso misionero en el cuadro de una instrucción sobre el comportamiento durante la persecución (10,24). Se lee curiosamente una recomendación semejante en el discurso de despedida de Jesús según san Juan: “Recordad lo que os he dicho: El siervo no es más grande que su señor. Si ellos me han perseguido, también os perseguirán a vosotros”(15,20).

La necesidad de ser sincero constituye la enseñanza central de los últimos versiculos de este evangelio de hoy (vv.41-46). La comparación de la paja y de la viga en el ojo sirve para ilustrarla. Este desarrollo en parábolas explica según Mateo por qué no se debe juzgar a los demás (7,3-4). El mensaje de Lucas es un poco diferente: antes de intentar corregir a otros asegúrate de que tu propia conducta es ejemplar. De otro modo serás como un ciego que guía a otro ciego, o un hipócrita indulgente consigo mismo  pero presto siempre a censurar a los demás. En los vv. siguientes sobre los frutos de los árboles se ve más claro que se trata de la sinceridad como lo sugiere el v. 45: el buen corazón produce frutos buenos, el malo, frutos malos. Jesús propone aquí a sus discípulos una regla de discernimiento para desenmascar a los falsos profetas. Para comprender este versículo es útil tener en la mente una controversia con los fariseos en la que Jesús declaró que el mal y los pecados vienen del interior, del corazón del hombre. Lucas expone una aplicación particular: La sinceridad supone que las palabras de un hombre corresponden con lo que se encuentra en su corazón según aquello de que de la abundancia del corazón habla la boca.

 

Bilbao, 3 de marzo de 2019