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Génova; la misión y la fuerza de la oración. El Papa Francisco

“Dejemos las discusiones de los que solo se escuchan a sí mismos, y trabajemos por la paz”

El Papa en la homilía en la Plaza Kennedy, último acto de la visita pastoral en Génova: «Pongámonos en juego con valentía, convencidos de que hay más alegría en el dar que en el recibir»; que los chismes los hagan los otros y que cada uno haga obras «por el bien común»
REUTERS

La misa de Papa Francisco en Génova

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Pubblicato il 27/05/2017
Ultima modifica il 27/05/2017 alle ore 18:00
DOMENICO AGASSO JR.
ENVIADO A GÉNOVA

Los chismes «dejémoslos a los demás». A los que se pierden en «falsas discusiones», escuchándose solo a sí mismos. Hay que trabajar «por el bien común y por la paz», poniéndose en juego «con valentía, convencidos de que hay más alegría en el dar que en el recibir». Lo afirmó el Papa Francisco hoy, 27 de mayo de 2017, en la homilía que pronunció durante la misa en la Plaza Kennedy de la ciudad de Génova, última cita de su visita pastoral. Además, el Pontífice observó y aconsejó: «Viviendo siempre entre cosas que hacer, podemos inquietarnos por nada. Para no dejarnos sumergir por este “mal del vivir”, recordemos cada día “arrojar el ancla en Dios”: llevémosle los pesos, encomendémosle todo».

 

El obispo de Roma reveló: «El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa las Lecturas de hoy: en la primera, Jesús dice que los discípulos no deben conocer “tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su poder”, pero les promete la “fuerza del Espíritu Santo”; en la segunda Lectura, San Pablo habla sobre la “extraordinaria grandeza de su potencia hacia nosotros” y sobre “la eficacia de su fuerza”». Pero, ¿en qué consiste esta fuerza, «este poder de Dios?», se preguntó el Papa Bergoglio.

 

Cristo dice que es un «poder “en el cielo y sobre la tierra”. Es, antes que nada, el poder de conectar el cielo y la tierra». El poder del Hijo de Dios «no se acabó una vez que subió al cielo; continúa todavía y dura para siempre. De hecho, antes de subir hacia el Padre, Jesús dijo: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”». Esta no es solo una forma de decir, «una simple tranquilización, como cuando antes de partir para un largo viaje se le dice a los amigos: “Pensaré en ustedes”. No –puntualizó el Papa. Jesús está verdaderamente con nosotros y para nosotros: en el cielo siempre le muestra al Padre su humanidad, nuestra humanidad, es asó “está siempre vivo para interceder” a nuestro favor».

 

El Pontífice subrayó que esta es «la palabra clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús intercede ante el Padre día a día, en cada momento, por nosotros. En cada oración, en cada una de nuestras peticiones de perdón, sobre todo en cada Misa, Jesús interviene: le muestra al Padre los signos de su vida ofrecida, sus llagas, e intercede, obteniendo misericordia para nosotros. Él es nuestro “abogado” y, cuando tenemos alguna “causa” importante, hacemos bien al encomendársela a Jesús, intercede por mí, por esa persona, por esa situación…».

 

El Hijo de Dios también nos ha dado la capacidad para interceder, «a nosotros, a su Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar por todos». Francisco invitó a preguntarse: «¿Yo rezo? Nosotros, como Iglesia, como cristianos, ¿ejercemos este poder llevando a Dios a las personas y las situaciones?». Según el Papa, «el mundo lo necesita. Nosotros mismos lo necesitamos».

 

Efectivamente, en nuestros días, observó, «corremos y trabajamos tanto, nos empeñamos por muchas cosas, pero corremos el peligro de llegar cansados a la noche y con el alma apesumbrada, semejantes a una nave llena de mercancías que después de un viaje fatigoso vuelve al puerto con el único deseo de atracar y apagar las luces». Así, viviendo siempre entre «muchas carreras y cosas que hacer, son podemos perder, encerrarnos en nosotros mismos e inquietarnos por nada». Para no dejarnos sumergir «por este “mal de vivir” –aconsejó el Papa–, recordemos cada día “arrojar el ancla en Dios”: llevémosle los pesos, a las personas y las situaciones, encomendémosle todo». Es justamente esta la fuerza decisiva «de la oración, que conecta el cielo con la tierra, que permite que Dios entre en nuestro tiempo».

 

La oración cristiana «no es una manera para estar un poco más en paz con uno mismo o para encontrar cierta armonía interior; nosotros rezamos para llevarle todo a Dios, para encomendarle el mundo: la oración es intercesión. No es tranquilidad, es caridad. Es pedir, es buscar, es llamar a la puerta».

 

Para Francisco la primera responsabilidad de cada ser humano es «interceder sin cansarnos, porque la oración es la fuerza que saca adelante el mundo; es nuestra misión, una misión que –reconoció– al mismo tiempo cuesta fatigas y da paz».

 

Y es «nuestro poder: no prevalecer o gritar más fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercer la fuerza mansa de la oración, con la que se puede incluso detener las guerras y obtener la paz».

 

El Papa también reflexionó sobre la «segunda palabra clave» que se deduce del Evangelio de hoy: el anuncio. Dios envía «a los suyos a anunciarlo solamente con la potencia del Espíritu Santo». Se trata de «un acto de extrema confianza en los suyos», y de la misma manera «Jesús confía en nosotros, ¡cree en nosotros más de lo que nosotros creamos en nosotros mismos! Nos envía, a pesar de nuestras faltas; sabe que no seremos nunca perfectos y que, si esperáramos volvernos mejores para evangelizar, nunca empezaríamos».

 

Pero después Francisco adviritó: «Para Jesús es importante que superemos inmediatamente una gran imperfección: la cerrazón». Porque la Palabra del Señor no puede ser encerrada ni sigilada, el amor de Dios es «dinámico y quiere alcanzar a todos». Para anunciar, pues, se necesita «andar, salir de sí mismos. Con el Señor no se puede estar quietos, acomodados en el propio mundo o en los recuerdos nostálgicos del pasado; con Él está prohibido mecerse en las seguridades adquiridas». Dios no aprecia las comodidades, «sino que incomoda e impulsa siempre». Desea que los hombres siempre estén «en salida, libres de la tentación de conformarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo control».

 

El cristiano, entonces, «no está quieto, sino en camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no es un atleta que corre enloquecido o un conquistador que debe llegar antes que los demás. Es un peregrino, un misionero, un “maratoneta con esperanza”: manso pero decidido a caminar; con confianza y al mismo tiempo activo; creativo pero siempre respetuoso; emprendedor y abierto; laborioso y solidario». Por ello, el Papa exhortó: «¡Recorramos con este estilo las calles del mundo!».

 

Los lugares en los que hay que anunciar a Jesús son «las calles del mundo: es sobre todo allí en donde el Señor espera ser conocido hoy». Quiere que «el anuncio sea llevado con su fuerza; no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y mansa del testimonio alegre».

 

Francisco invocó: «Pidamos al Señor la gracia de no “fosilizarnos” en cuestiones que no son centrales, sino dedicarnos plenamente a la urgencia de la misión». Y exhortó: «Dejemos para los demás los chismes y las falsas discusiones de quienes solo se escuchan a sí mismos, y trabajemos concretamente por el bien común y por la paz; pongámonos en juego, convencidos de que hay más alegría en el dar que en el recibir».


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El Papa camino de Egipto

El Papa ha iniciado su 18º Viaje Apostólico Internacional

2017-04-28 Radio Vaticana

(RV).- El Papa ha iniciado su viaje a Egipto como “peregrino de paz al Egipto de paz”, como él mismo afirmó en un tuit, ayer, en la vigilia de su décimo octavo viaje apostólico internacional y como dice también el logo de esta visita al país que dio refugio a la Sagrada Familia.

Tampoco en esta ocasión Francisco faltó a su cita en la Basílica de Santa María la Mayor, donde se dirige antes de cada viaje para encomendar su misión a la Virgen, la Salus Populi Romani.

Se trata del tercer país de mayoría musulmana que el Papa Francisco visita, después de Turquía y Azerbaiyán, y todo el país está listo para recibirlo.

Un viaje bajo el signo del diálogo y de la fraternidad, en un momento muy difícil para esta tierra, herida por los atentados terroristas que han golpeado a la minoría cristiana pero cuyas consecuencias son pagadas por toda la población. El Pontífice, según el programa de viaje, llegará al Cairo a las 14.00 de hoy y volverá a Roma a las 20.30 de mañana, sábado 29 de abril.

(MCM – RV)

(from Vatican Radio


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Cómo es el camino de la evangelización: Papa Francisco.

Misa por Teodoro II- En la fiesta de san Marcos el Papa ofrece la celebración en Santa Marta por el patriarca copto

2017-04-25 L’Osservatore Romano

A pocas horas del viaje en Egipto, el Papa Francisco ofreció «por mi hermano Teodoro II, patriarca de Alejandría de los coptos», la misa celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta, el martes por la mañana 25 abril. «Hoy es san Marcos evangelista, fundador de la Iglesia de Alejandría» dijo el Pontífice, pidiendo también «la gracia que el Señor bendiga nuestras dos Iglesias con la abundancia del Espíritu Santo».

Y precisamente las palabras del Marcos «al final del Evangelio» (16, 15-20), propuestas por la liturgia de hoy, fueron el hilo conductor de la meditación del Papa: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación». En este mandato, explicó Francisco, «está la misión que Jesús da a los discípulos: la misión de anunciar el Evangelio, de proclamar el Evangelio». Y «lo primero que pide Jesús es ir, no permanecer en Jerusalén: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación”». Es una invitación a «salir, ir».

Por otro lado, hizo notar el Papa, «el Evangelio es proclamado siempre en camino: nunca sentados, siempre en camino, siempre». Salir, por tanto, parar ir «donde Jesús no es conocido y donde Jesús es perseguido o donde Jesús es desfigurado, para proclamar el verdadero Evangelio». Y «como hemos escuchado en el cántico del aleluya, «nosotros anunciamos a Cristo crucificado, poder de Dios y y sabiduría de Dios». Precisamente «este es el Cristo que Jesús nos manda a anunciar».

Así los cristianos son llamados a «salir para anunciar, y también en esta salida va la vida, se juega la vida del predicador: no es seguro, no hay seguro de vida para los predicadores». Tanto que «si un predicador busca un seguro de vida, no es un verdadero predicador del Evangelio: no sale, permanece, seguro».

«Primero: ir, salir» insistió el Pontífice. Porque «el Evangelio, el anuncio de Jesucristo, se hace en salida, siempre; en camino, siempre». Y «tanto en camino físico como en camino espiritual o en camino del sufrimiento: pensemos en el anuncio del Evangelio que hacen tantos enfermos – ¡tantos enfermos! — que ofrecen los dolores por la Iglesia, por los cristianos». Son personas que «siempre salen de sí mismas».

Pero «¿cómo es el estilo de este anuncio?» es la cuestión propuesta por Francisco. «San Pedro, que fue precisamente el maestro de Marcos, es muy claro en la descripción de este estilo: ¿cómo se anuncia el Evangelio?». He aquí su respuesta, propuesta de nuevo en la primera lectura (1 Pedro 5, 5-14): «revestíos todos de humildad en vuestras mutuas relaciones». Sí, explicó el Papa, «el Evangelio es anunciado en humildad, porque el Hijo de Dios se ha humillado, se ha aniquilado: el estilo de Dios es este, no hay otro». Y «el anuncio del Evangelio no es un carnaval, una fiesta que es algo bellísimo, pero esto no es el anuncio del Evangelio». Es necesaria «la humildad: el Evangelio no puede ser anunciado con el poder humano, no puede ser anunciado con el espíritu de trepar e ir arriba, ¡no! ¡Esto no es el Evangelio!».

«Humildad» sobre todo, como pide vivamente Pedro en la primera carta: «Revestíos todos de humildad en vuestras mutuas relaciones». Y en seguida explica la razón de este estilo: «Porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes». Y «para anunciar el Evangelio es necesaria la gracia de Dios, y para recibir esta gracia es necesaria la humildad: el estilo del anuncio es esta propuesta». Y Pedro añade también estas palabras: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, confiadle todas vuestras preocupaciones».

La humildad es necesaria, afirmó el Pontífice, «precisamente porque nosotros llevamos adelante un anuncio de humillación, de gloria pero a través de la humillación». Y «el anuncio del Evangelio padece tentación: la tentación del poder, la tentación de la soberbia, la tentación de la mundanidad, de tantas mundanidades que hay y nos llevan a predicar o a recitar». Sí, explicó, «porque no es predicación un Evangelio aguado, sin fuerza un Evangelio sin Cristo crucificado y resucitado». Precisamente «por esto Pedro dice que hay que vigilar: “Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistid firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos”».

«El anuncio del Evangelio, si es verdad, padece la tentación» remarcó Francisco. «Si un cristiano que dice que anuncia el Evangelio, con la palabra o con el testimonio, nunca es tentado», puede estar «tranquilo» que el diablo no se preocupa «y cuando el diablo no se preocupa es porque no le hacemos problemas, porque estamos predicando algo que no sirve». He aquí porque «en la verdadera predicación está siempre algo de tentación y también de persecución».

En resumen, indicó el Papa, «estilo de humildad, camino — porque se va fuera — camino de tentación, pero la esperanza» no debe disminuir. De hecho, escribe Pedro: «El Dio de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá». Y,

añadió el Papa, «será precisamente el Señor el que nos lleve, dé la fuerza, porque esto es lo que Jesús ha prometido cuando envió a los apóstoles». Como indica Marcos en el pasaje evangélico de hoy: «Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban». Sí, afirmó Francisco, «será el Señor quien nos consuele, nos dé la fuerza para ir adelante, porque Él actúa con nosotros si somos fieles al anuncio del Evangelio, si salimos de nosotros mismo para predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura, y si nosotros hacemos esto con un estilo de humildad, de verdadera humildad».

«Que el Señor — deseó Papa — nos dé este gracia, como bautizados, todos, de tomar el camino de la evangelización con humildad, con confianza en Él mismo, anunciado el verdadero Evangelio: “El Verbo se hizo carne”». Y «esto es una locura, es un escándalo». Evangelizar, por tanto, «en la conciencia de que el Señor está junto a nosotros, actúa con nosotros y confirma nuestro trabajo».


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Los días 24 y 25 de marzo, 24 horas para el Señor.

“Quiero misericordia”. 24 horas para el Señor y liturgia penitencial

2017-03-16 Radio Vaticana

(RV).- “Quiero misericordia”, es el lema de la Jornada de oración y confesión de la iniciativa “24 horas para el Señor”, organizada por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, que este año 2017, es tomado de un pasaje del Evangelio según San Mateo (9,13).

La celebración tendrá lugar los días 24 y 25 de marzo, en todas las diócesis del mundo, pero ya este viernes 17, el Papa Francisco presidirá la liturgia penitencial en la Basílica de San Pedro, anticipando de una semana la fecha en la cual, todas las Iglesias ofreceran el sacramento de la reconciliación al centro del camino de la nueva evangelizacion.

Entre las iniciativas que se realizaran en la diocesis del Papa, se señala que, el viernes 24 de marzo desde las 8.00 de la noche, la iglesia de Santa María en Trastevere, permanecerá abierta para la Adoración Eucarística y las Confesiones. Al día siguiente, desde las 5.00 de la tarde, en la iglesia de Santo Espirito en Sassia, se concluirá la Jornada con la celebración de acción de gracias con las primeras vísperas del IV Domingo de Cuaresma, que serán presididas por Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización.

(Renato Martinez – Radio V


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La misión no es proselitismo. Comentario.

La misión no es proselitismo; no a la arrogancia”

Durante el Ángelus, el Papa exhortó a «anunciar el Evangelio con mansedumbre, sin imposición»
AFP

El Ángelus de Papa Francisco

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Pubblicato il 08/01/2017
Ultima modifica il 08/01/2017 alle ore 12:51
GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO
Llamado de Francisco a «anunciar el Evangelio con mansedumbre y firmeza, sin arrogancia o imposición». Después de la misa con la administración del bautismo a un grupo de bebés en la Capilla Sixtina, a las 12 del día Francisco se asomó desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se reunieron en la Plaza San Pedro, a pesar de que fuera uno de los días más fríos del año. Y dijo al respecto: «En estos días de tanto frío pienso y los invito a pensar en todas las personas que viven en la calle, golpeadas por el frío y muchas veces por la indiferencia. Por desgracia algunos no sobrevivieron. Recemos por ellos y pidamos al Señor que nos caliente los corazones para poder ayudarlos».

«Esta fiesta nos hace volver a descubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir de pecadores salvados por la gracia de Cristo, incluidos realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, acogidos en el seno de la Madre Iglesia, vueltos capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras —sostuvo Jorge Mario Bergoglio. Que la Virgen María nos ayude a todos nosotros los cristianos a conservar una conciencia siempre viva y con reconocimiento de nuestro Bautismo y a recorrer con fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacer».

El Papa recordó que «la verdadera misión nunca es proselitismo, sino atracción hacia Cristo, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos». Por ello, insistió el Pontífice, «a imitación de Jesús, pastor bueno y misericordioso, hagamos de nuestra vida un testimonio alegre que ilumine el camino y lleve esperanza y amor».

Francisco subrayó que «en el contexto de la fiesta del Bautismo del Señor, hoy por la mañana he bautizado a un buen grupo de recién nacidos». Y exhortó a los fieles a rezar por sus familias. «También ayer por la tarde —reveló— bauticé a un joven catecúmeno, y me gustaría extender la oración a todos los padres que en este periodo se están preparando para el Bautismo de uno de sus hijos, o lo acaban de celebrar. Invoco al Espíritu Santo sobre ellos y sobre los niños, para que este Sacramento, tan simple y al mismo tiempo tan importante, sea vivido con fe y con alegría. Quisiera también invitar a unirse a la Red Mundial de Oración del Papa, que difunde, incluso a través de las redes sociales, las intenciones de oración que propongo cada mes a toda la Iglesia. Así se saca adelante el apostolado de la oración y se hace crecer la comunión».

Francisco comentó la liturgia de la Palabra: «Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio nos presenta la escena que se verificó en el río Jordán: en medio de la multitud penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el Bautismo también está Jesús, haciendo cola —afirmó el Papa—; Juan quisiera impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesito ser bautizado por ti”. El Bautista, de hecho, está consciente de la gran distancia que hay entre él y Jesús». Pero Jesús, insistió Francisco, «vino justamente para colmar la distancia entre el hombre y Dios: si Él está completamente de la parte de Dios, también está completamente de la parte del hombre, y reúne lo que había sido dividido». Por ello, «pide a Juan que lo bautice, para que se haga toda justicia y se lleve a cabo el plan del Padre, que pasa a través de la vía de la obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, la vía de la humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos».

Después, prosiguió Jorge Mario Bergoglio, «en el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se escucha desde lo alto: “Este es mi Hijo, el amado: en Él he puesto toda mi predilección”. Y, al mismo tiempo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que comienza públicamente su misión de salvación». Una misión, recordó el Papa, «caracterizada por el estilo del siervo humilde y manso, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: “El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad”. Siervo humilde y manso, he aquí el estilo de Jesús y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo».

Después de la oración mariana, Francisco saludó a los peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro, en particular al «grupo de jóvenes de Cágliari, a quienes animo a a proseguir el camino comenzado con el Sacramento de la Confirmación, y a quienes agradezco porque me ofrecen la ocasión para subrayar que la Confirmación no es solo un punto de llegada (como algunos dicen: “el sacramento del adiós”), es sobre todo un punto de partida en la vida cristiana, adelante con la alegría del Evangelio. Les deseo a todos un buen domingo y por favor no se olviden de rezar por mí».


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Homilía del Papa en la misa del 1 de enero.

El Papa en la Solemnidad de la Madre de Dios: “la mirada maternal de María nos libra de la orfandad”

2017-01-01 Radio Vaticana

(RV).- “Queremos recibir a María en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía este uno de enero, en la celebración Eucarística en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, y también, Jornada Mundial de la Paz.

En la primera Santa Misa de 2017, el Santo Padre recordó la “actitud de María” descrita en el Evangelio de San Lucas. El Pontífice señaló que, “María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo”. En María, dijo el Papa, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

“Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año – afirmó el Obispo de Roma – significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”. Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. “Una sociedad sin madres – precisó el Pontífice – no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, agregó el Papa Francisco, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. “Esa orfandad – precisó el Pontífice – que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común”.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – subrayó el Vicario de Cristo – nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. “Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – exhortó el Papa – nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios”.

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco dijo que, “celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan”. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días. Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.

En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.

(from Vatican Radio)


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Octubre 23: jornada mundial de las misiones.

VATICANO – El domingo 23 de octubre se celebra la 90 Jornada Mundial de las Misiones

viernes, 21 octubre 2016jornada mundial de las misiones  

CIUDAD DEL VATICANO

2016-10-21

2016-10-01
Octubre: Mes Misionero y 90ª Jornada Misionera

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El domingo 23 de octubre se celebrará la Jornada Mundial de las Misiones, instituida hace exactamente 90 años. En su sesión plenaria de marzo de 1926, el Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe decidió pedir al Papa Pío XI la institución de una “Jornada Misionera Universal”, estableciendo un domingo, “en concreto el penúltimo de octubre, como un día de oración y de promoción misionera en todo el mundo católico”. Un mes más tarde, el 14 de Abril de 1926, el Papa Pío XI expresó su asentimiento. Con el pontificado de Pablo VI se instauró la costumbre de enviar un mensaje especial a todo el pueblo de Dios para esta circunstancia. En algunos países la celebración de la Jornada Misionera se transfiere a otra fecha, por necesidades pastorales o de organización.
En su mensaje para la Jornada Misionera de 1986, el Papa Juan Pablo II recordaba los sesenta años de la Jornada Misionera con estas palabras: “Al comienzo de esta historia escuchamos la voz genuina de una pequeña porción del Pueblo de Dios que, con su adhesión a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, supo hacerse intérprete de la misión universal de la Iglesia católica que, por su misma naturaleza, se inserta en las diversas culturas locales, sin perder nunca su profunda identidad de ser ‘sacramento universal de salvación’.Y cuando la sugerencia para la institución de esta Jornada llegó a la Sede de Pedro, su promotor Pío XI, de feliz memoria, la acogió inmediatamente, exclamando: ‘Es ésta una idea que viene del cielo’. La iniciativa, confiada a las Obras Misionales Pontificias, especialmente a la Obra de la Propagación de la Fe, ha tenido siempre como objetivo dar al Pueblo de Dios conciencia de la necesidad de implorar, promover y sostener las vocaciones misioneras, y de la obligación de cooperar espiritual y materialmente a la causa misionera de la Iglesia”.
El Papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016 subraya: “En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad”. (SL) (Agencia Fides 21/10/2016)