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La misión no es proselitismo. Comentario.

La misión no es proselitismo; no a la arrogancia”

Durante el Ángelus, el Papa exhortó a «anunciar el Evangelio con mansedumbre, sin imposición»
AFP

El Ángelus de Papa Francisco

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Pubblicato il 08/01/2017
Ultima modifica il 08/01/2017 alle ore 12:51
GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO
Llamado de Francisco a «anunciar el Evangelio con mansedumbre y firmeza, sin arrogancia o imposición». Después de la misa con la administración del bautismo a un grupo de bebés en la Capilla Sixtina, a las 12 del día Francisco se asomó desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se reunieron en la Plaza San Pedro, a pesar de que fuera uno de los días más fríos del año. Y dijo al respecto: «En estos días de tanto frío pienso y los invito a pensar en todas las personas que viven en la calle, golpeadas por el frío y muchas veces por la indiferencia. Por desgracia algunos no sobrevivieron. Recemos por ellos y pidamos al Señor que nos caliente los corazones para poder ayudarlos».

«Esta fiesta nos hace volver a descubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir de pecadores salvados por la gracia de Cristo, incluidos realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, acogidos en el seno de la Madre Iglesia, vueltos capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras —sostuvo Jorge Mario Bergoglio. Que la Virgen María nos ayude a todos nosotros los cristianos a conservar una conciencia siempre viva y con reconocimiento de nuestro Bautismo y a recorrer con fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacer».

El Papa recordó que «la verdadera misión nunca es proselitismo, sino atracción hacia Cristo, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos». Por ello, insistió el Pontífice, «a imitación de Jesús, pastor bueno y misericordioso, hagamos de nuestra vida un testimonio alegre que ilumine el camino y lleve esperanza y amor».

Francisco subrayó que «en el contexto de la fiesta del Bautismo del Señor, hoy por la mañana he bautizado a un buen grupo de recién nacidos». Y exhortó a los fieles a rezar por sus familias. «También ayer por la tarde —reveló— bauticé a un joven catecúmeno, y me gustaría extender la oración a todos los padres que en este periodo se están preparando para el Bautismo de uno de sus hijos, o lo acaban de celebrar. Invoco al Espíritu Santo sobre ellos y sobre los niños, para que este Sacramento, tan simple y al mismo tiempo tan importante, sea vivido con fe y con alegría. Quisiera también invitar a unirse a la Red Mundial de Oración del Papa, que difunde, incluso a través de las redes sociales, las intenciones de oración que propongo cada mes a toda la Iglesia. Así se saca adelante el apostolado de la oración y se hace crecer la comunión».

Francisco comentó la liturgia de la Palabra: «Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio nos presenta la escena que se verificó en el río Jordán: en medio de la multitud penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el Bautismo también está Jesús, haciendo cola —afirmó el Papa—; Juan quisiera impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesito ser bautizado por ti”. El Bautista, de hecho, está consciente de la gran distancia que hay entre él y Jesús». Pero Jesús, insistió Francisco, «vino justamente para colmar la distancia entre el hombre y Dios: si Él está completamente de la parte de Dios, también está completamente de la parte del hombre, y reúne lo que había sido dividido». Por ello, «pide a Juan que lo bautice, para que se haga toda justicia y se lleve a cabo el plan del Padre, que pasa a través de la vía de la obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, la vía de la humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos».

Después, prosiguió Jorge Mario Bergoglio, «en el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se escucha desde lo alto: “Este es mi Hijo, el amado: en Él he puesto toda mi predilección”. Y, al mismo tiempo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que comienza públicamente su misión de salvación». Una misión, recordó el Papa, «caracterizada por el estilo del siervo humilde y manso, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: “El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad”. Siervo humilde y manso, he aquí el estilo de Jesús y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo».

Después de la oración mariana, Francisco saludó a los peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro, en particular al «grupo de jóvenes de Cágliari, a quienes animo a a proseguir el camino comenzado con el Sacramento de la Confirmación, y a quienes agradezco porque me ofrecen la ocasión para subrayar que la Confirmación no es solo un punto de llegada (como algunos dicen: “el sacramento del adiós”), es sobre todo un punto de partida en la vida cristiana, adelante con la alegría del Evangelio. Les deseo a todos un buen domingo y por favor no se olviden de rezar por mí».


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Homilía del Papa en la misa del 1 de enero.

El Papa en la Solemnidad de la Madre de Dios: “la mirada maternal de María nos libra de la orfandad”

2017-01-01 Radio Vaticana

(RV).- “Queremos recibir a María en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía este uno de enero, en la celebración Eucarística en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, y también, Jornada Mundial de la Paz.

En la primera Santa Misa de 2017, el Santo Padre recordó la “actitud de María” descrita en el Evangelio de San Lucas. El Pontífice señaló que, “María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo”. En María, dijo el Papa, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

“Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año – afirmó el Obispo de Roma – significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”. Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. “Una sociedad sin madres – precisó el Pontífice – no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, agregó el Papa Francisco, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. “Esa orfandad – precisó el Pontífice – que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común”.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – subrayó el Vicario de Cristo – nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. “Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – exhortó el Papa – nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios”.

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco dijo que, “celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan”. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días. Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.

En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.

(from Vatican Radio)


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Octubre 23: jornada mundial de las misiones.

VATICANO – El domingo 23 de octubre se celebra la 90 Jornada Mundial de las Misiones

viernes, 21 octubre 2016jornada mundial de las misiones  

CIUDAD DEL VATICANO

2016-10-21

2016-10-01
Octubre: Mes Misionero y 90ª Jornada Misionera

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El domingo 23 de octubre se celebrará la Jornada Mundial de las Misiones, instituida hace exactamente 90 años. En su sesión plenaria de marzo de 1926, el Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe decidió pedir al Papa Pío XI la institución de una “Jornada Misionera Universal”, estableciendo un domingo, “en concreto el penúltimo de octubre, como un día de oración y de promoción misionera en todo el mundo católico”. Un mes más tarde, el 14 de Abril de 1926, el Papa Pío XI expresó su asentimiento. Con el pontificado de Pablo VI se instauró la costumbre de enviar un mensaje especial a todo el pueblo de Dios para esta circunstancia. En algunos países la celebración de la Jornada Misionera se transfiere a otra fecha, por necesidades pastorales o de organización.
En su mensaje para la Jornada Misionera de 1986, el Papa Juan Pablo II recordaba los sesenta años de la Jornada Misionera con estas palabras: “Al comienzo de esta historia escuchamos la voz genuina de una pequeña porción del Pueblo de Dios que, con su adhesión a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, supo hacerse intérprete de la misión universal de la Iglesia católica que, por su misma naturaleza, se inserta en las diversas culturas locales, sin perder nunca su profunda identidad de ser ‘sacramento universal de salvación’.Y cuando la sugerencia para la institución de esta Jornada llegó a la Sede de Pedro, su promotor Pío XI, de feliz memoria, la acogió inmediatamente, exclamando: ‘Es ésta una idea que viene del cielo’. La iniciativa, confiada a las Obras Misionales Pontificias, especialmente a la Obra de la Propagación de la Fe, ha tenido siempre como objetivo dar al Pueblo de Dios conciencia de la necesidad de implorar, promover y sostener las vocaciones misioneras, y de la obligación de cooperar espiritual y materialmente a la causa misionera de la Iglesia”.
El Papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2016 subraya: “En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad”. (SL) (Agencia Fides 21/10/2016)


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El Papa comenta la visita realizada a Georgia y Azerbaiyan.

Papa: Balance de su viaje apostólico a Georgia y Azerbaiyán

2016-10-05 Radio Vaticana

(RV).- Miles de fieles y peregrinos de numerosos países asistieron a la Audiencia General del primer miércoles de octubre celebrada en la Plaza de San Pedro. El Papa Francisco recordó – como suele hacer cada vez que regresa de un viaje apostólico – que con su estancia en Georgia y Azerbaiyán, completó la visita a los tres países caucásicos, que había iniciado el pasado mes de junio en Armenia.

Mediante la lectura de un pasaje del Evangelio de San Juan (14, 27-29) – en el que el Apóstol refiere las palabras de Cristo: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” –, hablando en italiano el Santo Padre dio gracias al Señor por haberle permitido realizar este nuevo viaje apostólico y renovó su reconocimiento a las autoridades civiles y religiosas de ambos países, y de modo especial – dijo – al Patriarca de toda Georgia y al Jeque de los Musulmanes del Cáucaso; a la vez que manifestó su agradecimiento fraterno a los Obispos, sacerdotes, religiosos y a todos los fieles que le hicieron sentir su afecto caluroso.

De este último periplo, que representa la continuación y cumplimiento de su proyecto de visitar los tres países del Cáucaso para confirmar a la Iglesia Católica que allí vive y para animar el camino de aquellas poblaciones hacia la paz y la fraternidad, el Obispo de Roma dijo que Georgia y Azerbaiyán tienen raíces históricas, culturales y religiosas muy antiguas y, al mismo tiempo, están viviendo una fase nueva, puesto que ambas naciones celebran este año el 25° aniversario de su independencia tras haber estado durante buena parte del siglo XX bajo el régimen soviético.

De ahí que el Papa Bergoglio haya puesto de manifiesto que en esta fase deben afrontar numerosas dificultades en los diversos ámbitos de la vida social. Sin embargo afirmó elSucesor de Pedro, la Iglesia Católica debe estar presente y cercana, especialmente bajo el signo de la caridad y de la promoción humana. Y añadió que la Iglesia trata de hacer esto en comunión con las demás Iglesias y comunidades cristianas y en diálogo con las otras comunidades religiosas, con la certeza de que Dios es Padre de todos y nosotros somos hermanos y hermanas.

Por último, y tras sintetizar las principales etapas de este 16º Viaje Apostólico internacional,Francisco manifestó su deseo de que Dios bendiga precisamente a Armenia, Georgia y Azerbaiyán, y que acompañe el camino de su santo pueblo, peregrino en esas naciones


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Homilia del Papa en Bakú (Azerbaiyan)

El Papa en Azerbaiyán: el servicio es el estilo de vida del cristiano

 

En la misa celebrada en Bakú, Francisco recuerda la persecución de los años de la URSS. El Papa no “pierde el tiempo” al hacer tantos kilómetros por unos pocos cientos de fieles, sino que “imita al Espíritu Santo” que en el Cenáculo dio coraje a una pequeña comunidad.

Bakú (AsiaNews) – El servicio “es un estilo de vida, más aún, resume en sí todo el estilo de vida cristiana: servir a Dios en la adoración y la oración; estar abiertos y disponibles; amar concretamente al prójimo; trabajar con entusiasmo por el bien común”. El Papa habló del “estilo de vida” del cristiano en la misa celebrada esta mañana en Bakú, Azerbaiyán, donde arribó a las 9.30, hora local,  proveniente de Georgia.

Francisco celebra la misa en la Iglesia de la Inmaculada, en el Centro salesiano. El edificio es muy reciente, fue inaugurado en el año 2007, luego de que Juan Pablo II viajara a este país, en mayo de 2002. En esa ocasión la misa fue celebrada en un estadio, porque no existían escuelas católicas –la única que había fue destruida en 1931- para una comunidad de pocos centenares de fieles, que además era perseguida en tiempos de la Unión Soviética y quedó privada de sacerdotes, puesto que el último que había fue asesinado. Y Juan Pablo II dio las gracias a los ortodoxos por haber acogido a los católicos perseguidos y que hasta 1991 permanecieron sin un solo sacerdote. Hablo de ello también Francisco, quien, antes del rezo del Angelus, dijo: “Queridos hermanos y hermanas: En esta celebración eucarística he dado gracias a Dios con ustedes, pero también por ustedes: aquí la fe, después de los años de persecución, ha hecho maravillas. Quisiera recordar a tantos cristianos valientes, que han tenido fe en el Señor y han sido fieles en la adversidad. A ustedes les digo, como hizo san Juan Pablo II, las palabras del apóstol Pedro: «¡Honor a ustedes, que creen!»”

Hoy se puede decir que, en la iglesia y en pequeño edificio frente a ella están presentes todos los católicos de Azerbaiyán, que son oficialmente 500, y se componen prácticamente sólo de extranjeros.  Antes de la oración mariana, Francisco se refirió a ello: “Alguien puede pensar que el Papa pierde tanto tiempo: recorrer tantos kilómetros de viaje para visitar una pequeña comunidad de 700 personas, en un pueblo de 2 millones… Además en una comunidad no uniforme, porque entre ustedes se habla el azerí, el italiano, el inglés y el español: tantas lenguas… Es una comunidad de periferia. Pero el Papa, en esto, imita al Espíritu Santo: también Él ha bajado del cielo a una pequeña comunidad de periferia encerrada en el Cenáculo. Y esta comunidad con temor; se sentía pobre y tal vez perseguida o dejada de lado: a ellos les da el valor, la fuerza, la Parresia para ir adelante y proclamar el nombre de Jesús. Y las puertas de esta comunidad de Jerusalén, que estaban cerradas por el miedo o la vergüenza, se abren y emerge la fuerza del Espíritu. El Papa pierde el tiempo como lo ha perdido el Espíritu Santo en aquel tiempo. Solo dos cosas son necesarias. En aquella comunidad estaba la Madre. ¡No se olviden de la Madre! En esa comunidad existía la caridad, el amor fraterno que el Espíritu Santo ha derramado sobre ellos. ¡Ánimo! ¡Adelante! ¡Sin miedo, adelante!”.

Anteriormente, durante la misa, en la homilía había hablado acerca del estilo de vida y de la fe. Dios, afirmó entonces “no favorece nuestros deseos de cambiar el mundo y a los demás de manera inmediata y continuamente, sino que busca ante todo curar el corazón, mi corazón, tu corazón, el corazón de cada uno; Dios cambia el mundo cambiando nuestros corazones, y esto no puede hacerlo sin nosotros. El Señor quiere que le abramos la puerta del corazón para poder entrar en nuestra vida. Este abrirnos a él, esta confianza en él es precisamente lo que ha vencido al mundo: nuestra fe (cf. 1 Jn 5,4). Porque cuando Dios encuentra un corazón abierto y confiado, allí puede hacer sus maravillas. Pero tener fe, una fe viva, no es fácil, y de ahí la segunda petición, esa que los Apóstoles dirigen al Señor en el Evangelio: «Auméntanos la fe» (Lc 17,6). Es una hermosa súplica, una oración que también nosotros podríamos dirigir a Dios cada día. Pero la respuesta divina es sorprendente, y también en este caso da la vuelta a la petición: «Si tuvierais fe…». Es él quien nos pide a nosotros que tengamos fe. Porque la fe, que es un don de Dios y hay que pedirla siempre, también requiere que nosotros la cultivemos. No es una fuerza mágica que baja del cielo, no es una «dote» que se recibe de una vez para siempre, ni tampoco un súper poder que sirve para resolver los problemas de la vida. Porque una fe concebida para satisfacer nuestras necesidades sería una fe egoísta, totalmente centrada en nosotros mismos. No hay que confundir la fe con el estar bien o sentirse bien, con el ser consolados para que tengamos un poco de paz en el corazón. La fe es un hilo de oro que nos une al Señor, la alegría pura de estar con él, de estar unidos a él; es un don que vale la vida entera, pero que fructifica si nosotros ponemos nuestra parte”.

“Y, ¿cuál es nuestra parte? Jesús nos hace comprender que es el servicio. En el Evangelio, en efecto, el Señor pone las palabras sobre el servicio después de las referidas al poder de la fe. Fe y servicio no se pueden separar, es más, están estrechamente unidas, enlazadas entre ellas. Para explicarme, quisiera usar una imagen que os es familiar, la de una bonita alfombra: vuestras alfombras son verdaderas obras de arte y provienen de una antiquísima tradición. También la vida cristiana de cada uno viene de lejos, y es un don que hemos recibido en la Iglesia y que proviene del corazón de Dios, nuestro Padre, que desea hacer de cada uno de nosotros una obra maestra de la creación y de la historia. Cada alfombra, lo sabéis bien, se va tejiendo según la trama y la urdimbre; sólo gracias a esta estructura el conjunto resulta bien compuesto y armonioso. Así sucede en la vida cristiana: hay que tejerla cada día pacientemente, entrelazando una trama y una urdimbre bien definidas: la trama de la fe y la urdimbre del servicio. Cuando a la fe se enlaza el servicio, el corazón se mantiene abierto y joven, y se ensancha para hacer el bien. Entonces la fe, como dice Jesús en el Evangelio, se hace fuerte y realiza maravillas. Si avanza por este camino, entonces madura y se fortalece, a condición de que permanezca siempre unida al servicio. Pero, ¿qué es el servicio? Es posible pensar que consista sólo en ser fieles a nuestros deberes o en hacer alguna obra buena. Pero para Jesús es mucho más. En el Evangelio de hoy, él nos pide, incluso con palabras muy fuertes, radicales, una disponibilidad total, una vida completamente entregada, sin cálculos y sin ganancias. ¿Por qué es tan exigente? Porque él nos ha amado de ese modo, haciéndose nuestro siervo «hasta el extremo» (Jn 13,1), viniendo «para servir y dar su vida» (Mc 10,45). Y esto sucede aún hoy, cada vez que celebramos la Eucaristía: el Señor se presenta entre nosotros y, por más que nosotros nos propongamos servirlo y amarlo, es siempre él quien nos precede, sirviéndonos y amándonos más de cuanto podamos imaginar y merecer. Nos da su misma vida. Y nos invita a imitarlo, diciéndonos: «El que quiera servirme que me siga» (Jn 12,26). Por lo tanto, no estamos llamados a servir sólo para tener una recompensa, sino para imitar a Dios, que se hizo siervo por amor nuestro. Y no estamos llamados a servir de vez en cuando, sino a vivir sirviendo. El servicio es un estilo de vida, más aún, resume en sí todo el estilo de vida cristiana: servir a Dios en la adoración y la oración; estar abiertos y disponibles; amar concretamente al prójimo; trabajar con entusiasmo por el bien común”.

“También los creyentes sufren tentaciones que alejan del estilo de servicio y terminan por hacer la vida inservible. ¡Donde no hay servicio la vida es inservible! Aquí podemos destacar dos. Una es dejar que el corazón se vuelva tibio. Un corazón tibio se encierra en una vida perezosa y sofoca el fuego del amor. Un corazón tibio se cierra en una vida que sofoca, con su pereza, el fuego del amor. El que es tibio vive para satisfacer sus comodidades, que nunca son suficientes, y de ese modo nunca está contento; poco a poco termina por conformarse con una vida mediocre. El tibio reserva a Dios y a los demás algunos «porcentajes» de su tiempo y de su corazón, sin exagerar nunca, sino más bien buscando siempre recortar. Así su vida pierde sabor: es como un té que era muy bueno, pero que al enfriarse ya no se puede beber. Estoy convencido de que vosotros, viendo los ejemplos de quienes os han precedido en la fe, no dejaréis que vuestro corazón se vuelva tibio. Toda la Iglesia, que tiene una especial simpatía por vosotros, os mira y os anima: sois un pequeño rebaño, ¡pero de gran valor a los ojos de Dios!  Hay una segunda tentación en la que se puede caer, no por ser pasivos, sino por ser «demasiado activos»: es la de pensar como dueños, de trabajar sólo para ganar prestigio y llegar a ser alguien. Entonces, el servicio se convierte en un medio y no en un fin, porque el fin es ahora el prestigio, después vendrá el poder, el querer ser grandes. «Entre vosotros —nos recuerda Jesús a todos— no será así: el que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Así se edifica y se embellece la Iglesia. Retomo la imagen de la alfombra, aplicándola a vuestra hermosa comunidad: cada uno de vosotros es como un espléndido hilo de seda, pero sólo si los distintos hilos están bien entrelazados crean una bella composición; solos, no sirven. Permaneced siempre unidos, viviendo humildemente en caridad y alegría; el Señor, que crea la armonía en la diferencia, os custodiará”

“Que nos ayude la intercesión de la Virgen Inmaculada y de los santos, en particular santa Teresa de Calcuta, los frutos de cuya fe y servicio están entre vosotros. Acojamos algunas de sus espléndidas palabras, que resumen el mensaje de hoy y dicen así: «El fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz» (Camino de sencillez, Introducción)”.


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Eucaristía del Papa en la capital de Georgia.

 Vaticano8

 Misa en el estadio Meskhi: Dichosas las comunidades pobres de recursos pero ricas de Dios

Esta mañana a las 10,00 el Papa Francisco ha celebrado la santa misa en el estadio Meskhi de Tiflis a la que han asistido las autoridades civiles georgianas, los representantes del Patriarcado de Georgia, el Patriarca y el Sínodo caldeo y una nutrida representación de la Iglesia armenio-católica junto con miembros de otras confesiones cristianas.
Cabe destacar que las denominaciones cristianas en Georgia (latinos, armenios, católicos, asirio-caldeos, baptistas, luteranos) se encuentran casi mensualmente para discutir entre ellos de sus problemas religiosos y se dan cita para la oración ecuménica el 25 de enero. En Georgia hay además un Consejo de las religiones en que participan una veintena de denominaciones bajo la tutela de un defensor civil. Muchas de estas confesiones estaban en la misa celebrada por el Santo Padre.
En su homilía, que reproducimos a continuación,  Francisco recordó que era misión urgente de la Iglesia recibir y llevar el consuelo de Dios  que no elimina los problemas, pero da la fuerza del amor, que ayuda a llevar con paz el dolor e hizo hincapié en la importancia de no encerrarse en un “microclima” eclesial sino en compartir horizontes de esperanza amplios y abiertos. También elogió a las comunidades cristianas que viven con sencillez evangélica, pobres de recursos pero ricas de Dios y al “pequeño y amado rebaño de Georgia” por su dedicación a la caridad y a la formación y, en el día en que la Iglesia la celebra, citó varias veces a santa Teresa del Niño Jesús y su “pequeño camino hacia Dios”.
“Entre los muchos tesoros de este espléndido país destaca el gran valor que representan las mujeres. Ellas —escribía santa Teresa del Niño Jesús, cuya memoria celebramos hoy— «aman a Dios en número mucho mayor que los hombres» (Manuscritos autobiográficos, Manuscrito A, VI). Aquí en Georgia, hay muchas abuelas y madres que siguen conservando y transmitiendo la fe, sembrada en esta tierra por santa Nino, y llevan el agua fresca del consuelo de Dios a muchas situaciones de desierto y conflicto.
Esto nos ayuda a comprender la belleza de lo que el Señor dice en la primera lectura de hoy: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» Como una madre toma sobre sí el peso y el cansancio de sus hijos, así quiere Dios cargar con nuestros pecados e inquietudes; él, que nos conoce y ama infinitamente, es sensible a nuestra oración y sabe enjugar nuestras lágrimas. Cada vez que nos mira se conmueve y se enternece con un amor entrañable, porque, más allá del mal que podemos hacer, somos siempre sus hijos; desea tomarnos en brazos, protegernos, librarnos de los peligros y del mal. Dejemos que resuenen en nuestro corazón las palabras que hoy nos dirige: «Como una madre consuela, así os consolaré yo».
El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón. Porque su presencia en nosotros es la fuente del verdadero consuelo, que permanece, que libera del mal, que trae la paz y acrecienta la alegría. Por lo tanto, si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida. Y para que el Señor habite establemente en nosotros, es necesario abrirle la puerta y no dejarlo fuera. Hay que tener siempre abiertas las puertas del consuelo porque Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y la Eucaristía. A través de estas puertas el Señor entra y hace que las cosas tengan un sabor nuevo. Pero cuando la puerta del corazón se cierra, su luz no llega y se queda a oscuras. Entonces nos acostumbramos al pesimismo, a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán. Y terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en los sótanos de la angustia, solos. Si, por el contrario, abrimos de par en par las puertas del consuelo, entrará la luz del Señor.
Pero Dios no nos consuela sólo en el corazón; por medio del profeta Isaías, añade: «En Jerusalén seréis consolados».En Jerusalén, en la comunidad, es decir en la ciudad de Dios: cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios. En la Iglesia se encuentra consuelo, es la casa del consuelo: aquí Dios desea consolar. Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado? El cristiano, incluso cuando padece aflicción y acoso, está siempre llamado a infundir esperanza a quien está resignado, a alentar a quien está desanimado, a llevar la luz de Jesús, el calor de su presencia y el alivio de su perdón. Muchos sufren, experimentan pruebas e injusticias, viven preocupados. Es necesaria la unción del corazón, el consuelo del Señor que no elimina los problemas, pero da la fuerza del amor, que ayuda a llevar con paz el dolor. Recibir y llevar el consuelo de Dios: esta misión de la Iglesia es urgente. Queridos hermanos y hermanas, sintámonos llamados a esto; no a fosilizarnos en lo que no funciona a nuestro alrededor o a entristecernos cuando vemos algún desacuerdo entre nosotros. No está bien que nos acostumbremos a un «microclima» eclesial cerrado, es bueno que compartamos horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas y salir de nosotros mismos.
Pero hay una condición fundamental para recibir el consuelo de Dios, y que hoy nos recuerda su Palabra: hacerse pequeños como niños, ser «como un niño en brazos de su madre».Para acoger el amor de Dios es necesaria esta pequeñez del corazón: en efecto, sólo los pequeños pueden estar en brazos de su madre.
Quien se hace pequeño como un niño —nos dice Jesús— «es el más grande en el reino de los cielos». La verdadera grandeza del hombre consiste en hacerse pequeño ante Dios. Porque a Dios no se le conoce con elevados pensamientos y muchos estudios, sino con la pequeñez de un corazón humilde y confiado. Para ser grande ante el Altísimo no es necesario acumular honores y prestigios, bienes y éxitos terrenales, sino vaciarse de sí mismo. El niño es precisamente aquel que no tiene nada que dar y todo que recibir. Es frágil, depende del papá y de la mamá. Quien se hace pequeño como un niño se hace pobre de sí mismo, pero rico de Dios.
Los niños, que no tienen problemas para comprender a Dios, tienen mucho que enseñarnos: nos dicen que él realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es simple y sincero, sin dobleces. Nos lo muestra el Evangelio, donde se realizan grandes maravillas con pequeñas cosas: con unos pocos panes y dos peces con un grano de mostaza, con un grano de trigo que cae en tierra y muere, con un solo vaso de agua ofrecido, con dos pequeñas monedas de una viuda pobre con la humildad de María, la esclava del Señor.
He aquí la sorprendente grandeza de Dios, un Dios lleno de sorpresas y que ama las sorpresas: nunca perdamos el deseo y la confianza en las sorpresas de Dios. Nos hará bien recordar que somos, siempre y ante todo, hijos suyos: no dueños de la vida, sino hijos del Padre; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos, recibir amor y perdón. Dichosa las comunidades cristianas que viven esta genuina sencillez evangélica. Pobres de recursos, pero ricas de Dios. Dichosos los pastores que no se apuntan a la lógica del éxito mundano, sino que siguen la ley del amor: la acogida, la escucha y el servicio. Dichosa la Iglesia que no cede a los criterios del funcionalismo y de la eficiencia organizativa y no presta atención a su imagen. Pequeño y amado rebaño de Georgia, que tanto te dedicas a la caridad y a la formación, acoge el aliento que te infunde el Buen Pastor, confíate a Aquel que te lleva sobre sus hombros y te consuela.
Quisiera resumir estas ideas con algunas palabras de santa Teresa del Niño Jesús, a quien recordamos hoy. Ella nos señala su «pequeño camino» hacia Dios, «el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre», porque «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud» . Lamentablemente –como escribía entonces, y ocurre también hoy–, Dios encuentra «pocos corazones que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito». La joven santa y Doctora de la Iglesia, por el contrario, era experta en la «ciencia del Amor» y nos enseña que «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar»; nos recuerda también que «la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón». Pidamos hoy, todos juntos, la gracia de un corazón sencillo, que cree y vive en la fuerza bondadosa del amor, pidamos vivir con la serena y total confianza en la misericordia de Dios”.
Después de la oración eucarística el obispo Giuseppe Pasotto saludó al Papa en nombre de todas las denominaciones católicas del país. Un saludo al que Francisco respondió así:
“Agradezco a Mons. Pasotto las amables palabras que me ha dirigido en nombre de las Comunidades latina, armenia y asirio-caldea. Saludo al Patriarca Sako y a los Obispos caldeos, a Mons. Minassian y a los que han venido de la vecina Armenia, y a todos vosotros, queridos fieles de las diversas regiones de Georgia . Doy las gracias al Presidente, a  las autoridades, a los amigos queridos de la Iglesia Apostólica Armenia y de las confesiones cristianas que han venido, y en especial a los fieles  de la Iglesia Ortodoxa de Georgia aquí presentes. Os Pido, por favor, que recéis por mí, al mismo tiempo que os aseguro mi recuerdo y os renuevo mi agradecimiento: Didi madloba [Muchas gracias]”.


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Georgia y Azerbaiyan ante la visita del Papa. Ficha técnica

El Papa en Georgia: peregrino de comunión entre las Iglesias y de paz en la región

Tiflis: residencia del Patriarca – RV

29/09/2016 12:52
(RV).- En la primera etapa de este nuevo viaje apostólico el Papa vuelve en pocas horas a tocar tierra georgiana.  Llegará a la capital de este pequeño país del Cáucaso, Tiflis.  La ciudad es atravesada por el Mtkvari, un imponente río que desde siempre ha servido de protección, sustento y medio de transporte y comunicación para los pueblos que se han establecido en sus orillas. Muchos puentes lo atraviesan, antiguos y modernísimos.  Como un puente,  la visita de Francisco de las próximas horas  se une idealmente a aquella de Juan Pablo II en 1999. Los más grandes recuerdan  con emoción el paso del papa Wojtyla.  Los jóvenes esperan con gran ilusión y no poca curiosidad al papa Bergoglio.  Un puente generacional y también entre comunidades diversas que conviven aquí desde hace siglos.

Con una población de algo más de cuatro millones la presencia católica en Georgia es del 1%  perteneciente a tres ritos diversos: latino, armenio y siro-caldeo.  Los ortodoxos conforman el 85% de la población.  La Iglesia apostólica autocéfala georgiana es guiada desde 1977 por Elías II,  considerado la más alta autoridad moral del pueblo georgiano. Los musulmanes representan el 11%.

“La paz esté con ustedes”: la invitación tomada del capítulo 20 del Evangelio de Juan es el lema de esta nueva visita apostólica que, con Azerbaiyán, culminará el viaje iniciado por Francisco el pasado mes de junio en Armenia.  El Papa viene a constatar la vida de las Iglesias y la comunión entre ellas, y a confirmar la aspiración a la paz en una región continuamente amenazada hace décadas por conflictos como aquel entre Armenia y Azerbaiyán por el Nagorno Karabaj, o la situación de enfrentamiento por los territorios de Abjasia y Osetia del Sur.  En este nuevo milenio el Pontífice, el “constructor de puentes”, volverá llegar a Georgia como un peregrino de comunión entre las Iglesias  y de paz  en la región del Cáucaso.