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Celebración del 50º del diálogo entre católicos y luteranos.

Card. Koch: En Suecia celebraremos los 50 años del comienzo del diálogo entre católicos y luteranos
Miercoles 26 Oct 2016 | 15:36 pm

Ciudad del Vaticano (AICA):

“No celebramos tanto los 500 años de la reforma protestante, como los 50 años del comienzo del diálogo entre luteranos y católicos”, afirmó el cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en una rueda de prensa celebrada este miércoles, durante la presentación del programa de la visita apostólica del papa Francisco a Suecia el próximo 31 de octubre.

“Es la primera vez en la historia que católicos y luteranos hacen esta conmemoración común”, señaló el cardenal Koch y subrayó que en ese hecho reside la novedad del acto, ya que hasta entonces luteranos y católicos celebraban actos conmemorativos por separado.

Acompañó al purpurado en la conferencia de prensa el secretario general de la Federación Luterana Mundial, reverendo Martin Junge,

El cardenal Koch hizo mención del documento ‘Del conflicto a la comunión’ y explicó que el texto menciona tres puntos:

“Primero: gratitud, por todo lo que hemos podido descubrir que existe en común entre protestantes y católicos”.

“Segundo: Lutero no quería hacer una división ni crear nuevas Iglesias. Lutero quería renovar la Iglesia católica y en ese tiempo no era posible y llegó la división de la Iglesia. Y las horribles guerras confesionales del siglo XVI y XVII. En particular la Guerra de los Treinta años que transformó la Europa de entonces en un mar rojo de sangre”.

“Tercer punto: esperanza. En esta conmemoración común puede traer frutos futuros”.

“El primero y tercer punto podemos –aseguró el cardenal– festejarlo sin problema, sobre el segundo punto tenemos que hacer penitencia. Y por ello hay que entender qué punto se festeja”.

“El lunes próximo tenemos esta conmemoración” recordó el purpurado y que “es la primera vez en la historia que los católicos y luteranos hacen esta conmemoración común”. En cambio, señaló, “en el pasado hemos tenido centenarios confesionales con tonos triunfalistas y polémicos”.

Asimismo indicó que el ecumenismo tiene muchas páginas, pero que “el fundamento del ecumenismo es el ecumenismo espiritual: la oración por la unidad. Jesús rezó por la unidad de sus discípulos”, recordó. Señaló además la existencia de tres tipos de ecumenismo: cultural, práctico y teológico.

“Tenemos un ecumenismo cultural. Por ejemplo, en Navidad se hace un concierto conjunto del Coro de la Capilla Sixtina y del coro del Patriarcado de Moscú. La música es la lengua más universal del mundo, y puede ayudar al diálogo. Y luego tenemos un ecumenismo práctico, que consiste en la colaboración conjunta, como el viaje del papa Francisco a Lesbos con el patriarca ecuménico Bartolomeo, y el arzobispo Jerónimo de Atenas, para ofrecer un gesto ecuménico hacia los refugiados”.

Por último, “el diálogo ecuménico teológico no es algo fácil. Hubo cuestiones difíciles en el pasado, sobre todo en lo referente a la cuestión de la justificación. La Iglesia estaba dividida sobre esto. Ahora hay que buscar caminos para caminar juntos”.

Por su parte, el reverendo Junge celebró que “el tiempo está maduro para avanzar del conflicto hacia la comunión” en las relaciones entre cristianos.

Aseguró que “es sumamente significativo contar con la presencia del Papa Francisco en Suecia. Estamos sumamente agradecidos por su presencia y por el alto valor que esa presencia le va a dar a la conmemoración conjunta. Somos conscientes de que el Papa está dando continuidad al camino ecuménico emprendido por sus predecesores. Está cosechando los frutos de ese camino, pero dándole un nuevo impulso. Indudablemente, hemos registrado un gran interés por el Papa Francisco por parte de la opinión pública en los países nórdicos”.+


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Domingo de ramos: homilía del Papa

“Aprendamos a renunciar por amor y sigamos el camino del servicio”, el Papa el Domingo de Ramos

2016-03-20 Radio Vaticana

(RV).- “La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen del anonadamiento de Jesús. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre”, lo recordó el Papa Francisco en su homilía en la Misa del Domingo de Ramos. La Plaza de San Pedro, magníficamente adornada para la ocasión con numerosos olivos y flores, fue el marco en el que el Pontífice presidió la Procesión y la bendición de las Palmas y la celebración de la Pasión del Señor.

Ante miles de fieles y peregrinos italianos y procedentes de numerosos países, el Obispo de Roma recordó en su homilía que “hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas”. Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, afirmó el Pontífice. Que nada pueda detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en Él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.

La Liturgia de hoy – señaló el Sucesor de Pedro – nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. Por ello, el apóstol Pablo, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo.  “Estos dos verbos, precisó el Santo Padre, nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, Él que no conoce el pecado”.

El primer gesto de este amor «hasta el extremo», afirmó el Papa, es el lavatorio de los pies. «El Maestro y el Señor» se abaja hasta los pies de los discípulos, como solamente hacían lo siervos. Pero esto es solamente el inicio. La humillación que sufre Jesús, dice el Pontífice, llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible.

“Precisamente aquí, subrayó el Obispo de Roma, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión”. Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por Él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, afirmó el Papa, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo.

Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Por ello, los invito en esta semana, dijo el Papa Francisco, a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homília del Papa este Domingo de Ramos

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Cf. Lc 19,38), gritaba la muchedumbre de Jerusalén acogiendo a Jesús. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Así como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un simple pollino, viene a nosotros humildemente, pero viene «en el nombre del Señor»: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, y ante la protesta de los fariseos para que haga callar a quien lo aclama, responde: «si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.

Sin embargo, la Liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo (Fil 2,7.8). Estos dos verbos nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, él que no conoce el pecado. Pero no solamente esto: ha vivido entre nosotros en una «condición de esclavo» (v. 7): no de rey, ni de príncipe, sino de esclavo. Se humilló y el abismo de su humillación, que la Semana Santa nos muestra, parece no tener fondo.

El primer gesto de este amor «hasta el extremo» (Jn 13,1) es el lavatorio de los pies. «El Maestro y el Señor» (Jn 13,14) se abaja hasta los pies de los discípulos, como solamente hacían lo siervos. Nos ha enseñado con el ejemplo que nosotros tenemos necesidad de ser alcanzados por su amor, que se vuelca sobre nosotros; no puede ser de otra manera, no podemos amar sin dejarnos amar antes por él, sin experimentar su sorprendente ternura y sin aceptar que el amor verdadero consiste en el servicio concreto.

Pero esto es solamente el inicio. La humillación que sufre Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo envía posteriormente a Herodes, y este lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumirse la responsabilidad de su destino. Y pienso en tanta gente, en tantos migrantes, en tantos prófugos, en tantos refugiados, a aquellos de los cuales muchos no quieren asumirse la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de él sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio.

Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, más que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Los invito en esta semana a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35); con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos algo de su anonadación por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana. Reconozcámoslo como Señor de esta semana.


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Terminados los ejercicios espirituales, el Papa y la curia regresan al Vaticano

El coraje de soñar El Papa Francisco concluye los ejercicios espirituales

2016-03-11 L’Osservatore Romano

Es necesario redescubrir «el coraje de soñar», ese coraje testimoniado por los santos como Francisco Javier, que a lo largo de su vida cultivó el «sueño» de llegar a China. Fue la invitación que hizo el Papa Francisco al final de los ejercicios espirituales en los que participó junto a la Curia Romana.

Al término de la décima y última meditación del padre Ermes Ronchi, el viernes 11 de marzo por la mañana en la capilla del Divino Maestro de los religiosos paulinos, en Ariccia, el Papa dirigió palabras de agradecimiento al predicador, agradeciéndole, en particular, su «pasión». A continuación, antes de abandonar el instituto, saludó al personal de la casa y a los superiores de la Sociedad de San Pablo. Luego regresó al Vaticano en uno de los tres autobuses que trasladaron a todos los participantes.

Iniciados el domingo 6 por la tarde, los ejercicios sobre el tema «Las desnudas preguntas del Evangelio» concluyeron con una meditación mariana que se centró en la Anunciación, en particular, en la pregunta dirigida al ángel por la Virgen: «¿Cómo será esto?». El predicador, religioso de los Siervos de María, recordó esas palabras para revivir el encanto de una fe fraguada en la vida cotidiana, en la simplicidad de una vida tocada por la gracia de Dios. Después el padre Ronchi, siguiendo las indicaciones del Papa, ha impartido a los presentes la bendición con indulgencia plenaria adjunta.


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Mexico: homilia del Papa en Ecatepec

«Riqueza, vanidad y orgullo: las tres tentaciones diarias para el cristiano»

Papa Francisco celebró la Misa en Ecatepec: la Cuaresma es un tiempo para vencer las seducciones del dinero, de la fama y del poder: «Dios tiene un nombre: misericordia»; «Hermanos y hermanas, ¡metámonoslo bien en la cabeza, con el demonio no se dialoga!»
AP

Papa Francisco durante la multitudinaria misa en Ecatepec

14/02/2016
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A ECATEPEC
La riqueza, la vanidad y el orgullo. Son las tres tentaciones con las que «el cristiano se enfrenta diariamente», tres tentaciones que « buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio». Francisco celebró la Misa en Ecatepec, que en lengua náhuatl significa «cerro del viento», una ciudad que se encuentra en la periferia de la Ciudad de México, en la que viven principalmente personas que trabajan en la capital del país. En la zona campestre del Centro de Estudios Superiores se reunieron alrededor de 500 mil personas.

Un gran baño de multitud

La gente pasó toda la noche en el lugar en el que se llevó a cabo la celebración, con un frío tremendo. Para acceder al espacio recibieron un boleto gratuito que distribuyó la Conferencia Episcopal de México. Pero imprimieron muchos menos de los que habrían sido suficientes.

«En mi parroquia de Toluca, a tres horas de camión de aquí —cuenta Angélica, una señora anciana que todavía estaba temblando de frío, envuelta en su jorongo de lana marrón— solo distribuyeron 100 boletos. ¡Pero ahora estamos aquí felices!».

El palco es enorme, con una enorme cruz metálica montada sobre una estructura de madera. En la parte interior hay un enorme tapete decorativo con el fondo negro que representa elementos florales y animales, típicos de la tradición indígena. Una obra que realizó un grupo de artesanos.

Tres tentaciones de los cristianos

El Evangelio del día habla de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Papa, después de haber recordado que la Cuaresma «es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre», explicó: «Nuestro Padre, es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único pero no sabe generar y criar “hijos únicos”. Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro no del “padre mío” y “padrastro de ustedes”».

Pero este sueño siempre está «amenazado por el padre de la mentira, por aquel que busca separarnos, generado una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos». Cuántas veces, recordó Francisco, «experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces (y con dolor lo digo) somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena».

La Cuaresma es un tiempo «para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido plasmar. tentaciones de Cristo… Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados. Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos».

La primera de ellas, indicó el Papa, es la riqueza, es decir adueñarnos «de bienes que han sido dados para todos utilizándolos tan solo para mi o “para los míos”. Es tener el “pan” a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta es el pan que se le da de comer a los propios hijos».

La segunda es la tentación de la vanidad, es decir «esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que “no son como uno”. La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la “fama” de los demás»

La tercera es el orgullo, o sea « ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la “común vida de los mortales” y que reza todos los días: “gracias Señor porque no me has hecho como ellos”». Son estas las tres tentaciones « a las que el cristiano se enfrenta diariamente. Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado».

Y el Pontífice después se preguntó: «¿hasta que punto somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?». «¿ Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida? ¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuentes de alegría y esperanza?».

«Si nos acordamos lo que escuchamos en el Evangelio —añadió Papa Francisco dejando a un lado el texto preparado de la homilía—, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, las palabras de la Escritura. Hermanos y hermanas, ¡metámonoslo bien en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre! Solamente la fuerza de la palabra de Dios puede derrotarlo».

«Hemos optado por Jesús y no por el demonio —explicó Francisco—, queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso la Iglesia, nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que lo degrada, degradándose o degradando. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, Su nombre es nuestra fama, Su nombre es nuestro poder y en Su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo “Tú eres mi Dios y en ti confío”. Podemos repetirlos juntos: “Tú eres mi Dios y en ti confío”».


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Papa Francisco: homilía el miércoles de ceniza

“La oración, la caridad y el ayuno, nos curan del pecado”, el Papa en el Miércoles de Ceniza

2016-02-10 Radio Vaticana

(RV).- “El tiempo cuaresmal es un tiempo para alejarse de la falsedad, de la mundanidad y de la indiferencia; es el tiempo para limpiar el corazón y la vida para redescubrir la identidad cristiana”, lo dijo el Papa Francisco en la celebración Eucarística al inicio de la Cuaresma. La tarde de este miércoles, el Pontífice presidió la Santa Misa con el rito de la imposición de las Cenizas y envío de los Misioneros de la Misericordia.

En su homilía, el Santo Padre recordó que al inicio del camino cuaresmal, la Palabra de Dios dirige a la Iglesia y a cada uno de nosotros dos invitaciones: “El primero es el de San Pablo: el de dejarse reconciliar con Dios (Cfr. 2 Cor 5,20)”. Porque Cristo – señala el Papa – sabe que somos frágiles y pecadores, conoce la debilidad de nuestro corazón; lo ve herido y sabe cuánta necesidad tenemos de perdón y de sentirnos amados para realizar el bien. “Cristo – subrayó el Obispo de Roma – ha vencido el pecado y nos levanta de las miserias si confiamos en Él. Depende de nosotros reconocernos como necesitados de misericordia y este – dice el Papa – es el primer paso del camino del cristiano”.

La segunda invitación de la Palabra de Dios es la del Profeta Joel: “regresen a mí con todo el corazón (2,12)”. No es difícil darse cuenta – afirma el Pontífice – que por el misterio del pecado nos hemos alejado de Dios, de los demás y de nosotros mismos. Muchas veces, evidencia el Papa, es fatigoso tener confianza en Dios, tenemos miedo de acercarnos a Él como Padre, pero no recordamos que junto a esta historia de pecado, Jesús ha inaugurado una historia de salvación”. Por ello, “el Evangelio que abre la Cuaresma – afirma el sucesor de Pedro – nos invita a ser protagonistas, abrazando tres remedios o medicinas que nos curan del pecado: La oración, la caridad y el ayuno”.

Antes de concluir su homilía el Papa Francisco invitó a vivir este tiempo cuaresmal como un auténtico tiempo para alejarse de la “falsedad, de la mundanidad y de la indiferencia”. Es el tiempo – dijo el Papa – de limpiar el corazón y la vida para redescubrir la identidad cristiana, es decir, el amor que sirve y no el egoísmo que se sirve.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

La palabra de Dios al inicio del camino cuaresmal dirige a la Iglesia y a cada uno de nosotros dos invitaciones. La primera es aquella de San Pablo: “Déjense reconciliar con Dios”. No es simplemente un buen consejo paterno y mucho menos una sugerencia. Es una verdadera y propia súplica en nombre de Cristo: “Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar  con Dios”. ¿Por qué un llamamiento así tan solemne y apasionado?

Porque Cristo sabe cuán frágiles y pecadores somos. Conoce la debilidad de nuestro corazón, lo ve herido por el mal que hemos cometido y rápidamente,  sabe cuánta necesidad tenemos de perdón, sabe que es necesario que nos sintamos amados para realizar el bien. Solos no podemos hacerlo, por esto el Apóstol no nos dice que “hagamos cualquier cosa”,  sino que “nos dejemos reconciliar con Dios”, permitirle que nos perdone con confianza porque Dios es más grande que nuestro corazón. Él vence el pecado y nos levanta de la miseria si nos confiamos a Él. Está en nosotros reconocernos necesitados  de misericordia: es el primer paso del camino del cristiano; se trata de entrar a través de la puerta abierta, que es Cristo, donde Él nos espera, el Salvador y nos ofrece una vida nueva y alegre.

Puede haber  algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón. Está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándonos siempre, pensando que no somos peores que los demás y de esta manera bloqueamos la cerradura del alma y permanecemos encerrados en nosotros mismos, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma porque indica que queremos cortar con el mal. Sin embargo, no debe jamás transformarse en temor o miedo.

Y existe una tercera insidia: aquella de alejarnos de la puerta. Sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias. Cuando “rumeamos”  continuamente relacionando entre ellas las cosas negativas hasta el punto de hundirnos en el sótano más oscuro del alma. Entonces nos convertimos en familiares de la tristeza que no queremos, nos acobardamos y somos débiles frente a las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos en nosotros mismos, encerrándonos y huyendo de la luz. Solamente la gracia del Señor nos libera. Dejémonos entonces reconciliar escuchando a Jesús, que dice a quien está cansado y oprimido: “Vengan a mí”. No permanecer en sí mismo  sino ir hacia él. Ahí existe la Paz y el descanso.

En esta celebración están presentes los Misioneros de la Misericordia para recibir el mandato de ser signos e instrumentos del perdón de Dios. Queridos  hermanos, puedan ayudar a abrir las puertas del corazón y superar la vergüenza y no huir de la luz. Que sus manos bendigan y levanten a los hermanos y a las hermanas con paternidad. Que a través de ustedes la mirada y las manos del Padre se posen sobre sus hijos y les curen las heridas.

Hay una segunda invitación de Dios que dice por medio del profeta Joel: “Vuelvan a mí con todo el corazón”. Es necesario  regresar porque nos hemos alejado. Es el misterio del pecado. Nos hemos alejado  de Dios, de los demás y de nosotros mismos. No es difícil darse cuenta. Todos sabemos cómo fatigamos para confiar verdaderamente en Dios. Confiar en él como Padre, sin miedo. Es arduo amar a los demás, pero no lo es pensar mal de ellos. Cómo nos cuesta hacer el bien verdadero, mientras que somos atraídos y seducidos por tantas realidades materiales, que finalmente desaparecen  dejándonos pobres. Junto a esta historia de pecado Jesús ha inaugurado una historia de Salvación. El Evangelio que abre la Cuaresma nos invita a ser protagonistas abrazando tres remedios, tres medicinas que curan del pecado.

En primer lugar la oración, expresión de apertura y de confianza en el Señor. Es el encuentro personal con Él, que reduce las distancias creadas por el pecado. Rezar significa decir: “no soy autosuficiente, tengo necesidad de Ti. Tú eres mi vida y mi salvación”.

En segundo lugar la caridad para superar el sentimiento de extrañeza en el encuentro con los demás. El amor verdadero, de hecho, no es un acto exterior. No es dar algo en modo paternalista para calmar  la conciencia, sino aceptar  a quien tiene  necesidad de nuestro tiempo, de nuestra amistad, de nuestra ayuda. Es vivir el servicio, venciendo la tentación de complacerse. En tercer lugar, el ayuno, la penitencia para liberarnos de las dependencias en relación de aquello que pasa y ejercitarnos para ser más sensibles y misericordiosos.  Es una  invitación a la simplicidad y al compartir, quitar algo de nuestra mesa y de nuestros bienes para reencontrar el  bien verdadero de la libertad.

“Regresen a mí, dice el Señor, con todo el corazón”. No sólo con un acto externo sino desde lo profundo de nosotros mismos. De hecho Jesús nos llama a vivir la oración, la caridad y la penitencia con coherencia y autenticidad venciendo la hipocresía. La Cuaresma sea un tiempo de auténtica “podadura” de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia, para no pensar que todo está bien y  que yo estoy bien, para entender aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso; sino la limpieza del corazón y de la vida para reencontrar la identidad  cristiana, es decir, el  amor que sirve; no el egoísmo que se sirve.

Pongámonos en camino juntos como Iglesia recibiendo las cenizas, también nosotros nos convertiremos en cenizas, y tengamos fija la mirada en el crucificado. Él, amándonos nos invita a dejarnos reconciliar con Dios y a regresar a Él para reencontrarnos con nosotros mismos.

(Traducción del italia


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Cómo vivir la cuaresma. El Papa

“La oración, la caridad y el ayuno, nos curan del pecado”, el Papa el Miércoles de Ceniza

2016-02-10 Radio Vaticana

(RV).- “El tiempo cuaresmal es un tiempo para alejarse de la falsedad, de la mundanidad y de la indiferencia; es el tiempo para limpiar el corazón y la vida para redescubrir la identidad cristiana”, lo dijo el Papa Francisco en la celebración Eucarística al inicio de la Cuaresma. La tarde de este miércoles, el Pontífice presidió la Santa Misa con el rito de la imposición de las Cenizas y envío de los Misioneros de la Misericordia.

Audio de la homilía del Papa en la misa del miércoles de ceniza 2016

En su homilía, el Santo Padre recordó que al inicio del camino cuaresmal, la Palabra de Dios dirige a la Iglesia y a cada uno de nosotros dos invitaciones: “El primero es el de San Pablo: el de dejarse reconciliar con Dios (Cfr. 2 Cor 5,20)”. Porque Cristo – señala el Papa – sabe que somos frágiles y pecadores, conoce la debilidad de nuestro corazón; lo ve herido y sabe cuánta necesidad tenemos de perdón y de sentirnos amados para realizar el bien. “Cristo – subrayó el Obispo de Roma – ha vencido el pecado y nos levanta de las miserias si confiamos en Él. Depende de nosotros reconocernos como necesitados de misericordia y este – dice el Papa – es el primer paso del camino del cristiano”.

La segunda invitación de la Palabra de Dios es la del Profeta Joel: “regresen a mí con todo el corazón (2,12)”. No es difícil darse cuenta – afirma el Pontífice – que por el misterio del pecado nos hemos alejado de Dios, de los demás y de nosotros mismos. Muchas veces, evidencia el Papa, es fatigoso tener confianza en Dios, tenemos miedo de acercarnos a Él como Padre, pero no recordamos que junto a esta historia de pecado, Jesús ha inaugurado una historia de salvación”. Por ello, “el Evangelio que abre la Cuaresma – afirma el sucesor de Pedro – nos invita a ser protagonistas, abrazando tres remedios o medicinas que nos curan del pecado: La oración, la caridad y el ayuno”.

Antes de concluir su homilía el Papa Francisco invitó a vivir este tiempo cuaresmal como un auténtico tiempo para alejarse de la “falsedad, de la mundanidad y de la indiferencia”. Es el tiempo – dijo el Papa – de limpiar el corazón y la vida para redescubrir la identidad cristiana, es decir, el amor que sirve y no el egoísmo que se sirve.