Loiola XXI

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Vaticano: celebraciones centenarias en Roma de las iglesias orientales católicas.

Encuentro del Papa Francisco con los Padres y Líderes de las Iglesias Orientales Católicas

2017-10-09 Radio Vaticana

 

La cordial bienvenida del Obispo de Roma a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias Orientales Católicas, pone en marcha la Sesión Plenaria de la Congregación para las Iglesias Orientales, convocada del 9 al 12 de octubre de 2017, sobre el tema: «A los cien años de la Congregación para las Iglesias Orientales y 25 del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales».

Con el del lunes 9 de octubre, el Santo Padre renovó el gesto de dedicar un encuentro a los Patriarcas y Arzobispos Mayores, como hizo en noviembre de 2013, siguiendo las huellas de sus predecesores: un momento para escuchar y compartir.

Un Comunicado de Prensa de la Congregación para las Iglesias Orientales señala, en el marco de esta Plenaria, que «la vida de las Iglesias Orientales Católicas se desarrolla ante todo en los respectivos territorios de origen: si se piensa en Siria, Irak, Egipto, Turquía, El Líbano, Jordania, Ucrania, Armenia, Etiopía y Eritrea, emergen enseguida las numerosas pruebas y numerosos sufrimientos, por la violencia, la guerra, pero también los desafíos de la pobreza social, las carestías y los masivos fenómenos migratorios».

El mismo comunicado subraya por otra parte que «los territorios de antigua y reciente emigración, la denominada ‘diáspora’, plantean el problema de la acogida, de la adecuada asistencia pastoral, en preservar el precioso patrimonio teológico, litúrgico, espiritual y disciplinar del que son portadores los hijos e hijas del Oriente Católico».

La Plenaria se propone reflexionar sobre el camino del Dicasterio en estos cien años, con la conciencia cada vez mayor en la Iglesia católica de una identidad ‘unida y plural’. Asimismo sobre el discernimiento que lleva a las elecciones de los candidatos al episcopado, la gestión de los bienes temporales, las nuevas figuras jurídicas para el cuidado pastoral de los fieles, la misión ecuménica de las Iglesias Orientales Católicas, la identidad de los presbiterios y los trabajos de la Comisión Litúrgica restablecida por el Papa Francisco, en septiembre de 2015.

Citas destacadas en el Programa de la Plenaria:

El miércoles 11 de octubre, la participación de los miembros de la Plenaria y de los Oficiales sacerdotes y laicos del Dicasterio en la Audiencia General del Santo Padre, en la Plaza de San Pedro.

El jueves 12 de octubre, la solemne conmemoración conjunta del Centenario de la Congregación para las Iglesias Orientales y del Pontificio Instituto Oriental. Con un momento reservado para la vista del Santo Padre y la bendición del Papa de un árbol plantado para la conmemoración, además de su saludo a los benefactores del Pontificio Instituto Oriental, entre otros actos.

Luego, el mismo día, jueves 12 de octubre, a las 10 y 15 de la mañana, en la Basílica Papal de Santa María la Mayor,  la Solemne Celebración Eucarística del Centenario, presidida por el Papa y concelebrada por los Superiores, los Miembros y los Oficiales del dicasterio y por el Prepósito General de la Compañía de Jesús, el Padre Delegado, el Rector y los Docentes y algunos huéspedes de la misma Compañía de Jesús.

(CdM)

(from Vatican Radio)

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China: cómo deben comportarse los católicos. La opinión del P. Shi

El padre Shih: no se necesita en China “una Iglesia de oposición”

Entrevista en “La Civiltà Cattolica” con el jesuita se Shanghái que durante varios años dirigió los programas chinos de la Radio Vaticana: entre la Iglesia y el gobierno chino conviene intentar recorrer el camino de la «tolerancia recíproca»

El padre Joseph Shih con el director de “La Civiltà Cattolica”, el padre Antonio Spadaro

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Pubblicato il 05/10/2017
GIANNI VALENTE
CIUDAD DEL VATICANO

La Iglesia católica en China «existe y funciona». Y precisamente para facilitar su vitalidad apostólica conviene reconocer que «el gobierno en China es comunista», que con ese gobierno hay que hacer cuentas y que el registro más apropiado para llegar a acordar las relaciones entre la Iglesia y el poder chino no es el de la «oposición» ni mucho menos el del «compromiso», sino el de un «saludable realismo» y una «tolerancia recíproca». Lo sugiere el jesuita chino Joseph Shih, de 90 años, en una amplia entrevista publicada en el último número de “La Civiltà Cattolica”, hecha por el padre Antonio Spadaro, director de la revista de los jesuitas italianos, cuyos borradores son revisados en el Vaticano.

 

El padre Shih habla con conocimiento de causa: durante su larga vida de sacerdote, sagaz y discreto, ha vivido los senderos, los sufrimientos y las anomalías del catolicismo chino en la China Popular. Oriundo de una familia católica de Shanghái con 10 hijos, entró a la Compañía de Jesús en 1944. Después de salir de la China maoísta, fue ordenado sacerdote en Filipinas (en 1957) y después enseñó durante 35 años en la Pontificia Universidad Gregoriana. Trabajó durante 25 años en la Radio Vaticana, en donde fue también responsable de los programas en chino de la Radio del Papa. Ahora pasa la mayor parte del año en Shanghái, por lo que sigue en estrecho contacto con las dinámicas y los procesos reales que plasman las vivencias de las comunidades católicas chinas en el presente.

 

El eclipse de las “aldeas cristianas”

 

«La vida de la Iglesia», explicó el padre Shih, «ha cambiado junto con la sociedad. Los católicos chinos vivían principalmente en las zonas rurales, mientras que ahora los jóvenes de las aldeas van a buscar trabajo a las ciudades. A menudo sus padres los siguen para ocuparse de sus hijos. Así las aldeas se vacían. Las Iglesias pierden a sus parroquianos. Los viejos católicos están dispersos». Además, precisamente los desequilibrios sociales en acto provocan nuevas inquietudes y nuevas preguntas. Según el padre Shih, no hay que sorprenderse de que, en los últimos años, los fieles de las diferentes religiones hayan aumentado. Incluso la vieja aldea cristiana de Zikawei, en donde surgía la iglesia de San Ignacio, dice el anciano jesuita, ahora fue devorada por el tejido comercial de Shanghái; las viejas casas de las familias cristianas fueron demolidas por completo, pero a las siete misas que se celebran entre el sábado y el domingo en San Ignacio la iglesia siempre está llena, y entre los nuevos fieles que llegan desde diferentes partes del país hay «muchos jóvenes e intelectuales».

 

Divisiones fomentadas y una fe que sabe “distinguir”

 

En la entrevista, el padre Shih describe apropiadamente el origen y la naturaleza real de las divisiones entre las comunidades “oficiales” y las llamadas “clandestinas” que todavía atormentan a la Iglesia en China. Tal división, sugiere Shih, es principalmente un efecto de la política religiosa del gobierno, que impone también a la Iglesia, como a las demás comunidades de fe, sus órganos de control. No todos, en la Iglesia católica, aceptan esta situación. Por ello, desde el punto de vista del gobierno, «hay dos partes en la Iglesia católica. El gobierno reconoce la parte que acepta sus leyes y no reconoce a la otra que las rechaza. Pero «los católicos que viven en China –resalta el jesuita chino– conocen estas definiciones, y, sin embargo, saben distinguir entre la política religiosa del gobierno y la propia fe. Para ellos, en China no hay más que una sola Iglesia, es decir la Iglesia una, santa, católica y apostólica. En esta única Iglesia se encuentran dos comunidades distintas, cada una con sus obispos y sus sacerdotes. Entre ellos hay frecuentes disputas, que no se deben a diferencias en la fe, sino que son más bien expresión de conflictos de interés religioso. Además, después de los inistentes llamados del Papa Juan Pablo II –recordó el padre Shih– las dos partes comenzaron a reconciliarse».

 

En contra de estos procesos de reconciliación, reconoció el jesuita de Shanghái, están los que acentúan exagerada e instrumentalmente las diferencias entre la «Iglesia oficial» y la «Iglesia clandestina», apostando principalmente por sabotear el diálogo que han retomado China y la Santa Sede. Esta contraposición, fomentada principalmente en el extranjero, anotó el jesuita, «no ayuda para nada la vida y la misión de la Iglesia en China». Mientras, precisamente una mirada de fe sugiere también cuáles son los criterios que hay que seguir en las relaciones con el gobierno».

 

Una Iglesia que no tiene el problema de “desafiar” a nadie

 

El realismo de la fe, explicó Shih, lleva a reconocer que «el gobierno chino es comunista», que esto no cambiará «ciertamente durante mucho tiempo», y que «la Iglesia en China debe tener alguna relación con el gobierno chino». Una relación de «oposición», responde Shih a la pregunta del padre Spadaro, «sería un suicidio». Pero también la perspectiva de un compromiso complaciente y que ceda sería, según Shih, inadecuado, puesto que por este camino «la Iglesia perdería la propia identidad». La fórmula que sugiere el jesuita chino es la de la «tolerancia recíproca». La tolerancia, explicó, «es diferente del compromiso. El compromiso cede algo al otro, hasta el punto de que el otro se encuentra satisfecho. La tolerancia no cede ni exige que el otro ceda». Y, puesto que la Iglesia católica en China «existe y funciona», significa que «de alguna manera la tolerancia ya se experimenta».

 

Las perspectivas que sugiere Shih también aluden a la Santa Sede, pues, indicó, si pretende verdaderamente facilitar la vida de los católicos chinos, debe resistir a las presiones y reproches de quienes quisieran crear una «fuerza antagonista» frente al gobierno de Pekín. «Si la Santa Sede se opusiera al gobierno», anotó Shih, «la Iglesia en China se vería obligada a elegir entre ambos, y elegiría, necesariamente, a la Santa Sede. Así, la Iglesia sería mal vista por el gobierno chino». Benedicto XVI, en su Carta a los católicos chinos de 2007, escribió que en China la Iglesia católica «no tiene la misión de cambiar la estructura o la administración del Estado, sino anunciar a Cristo a los hombres». A diez años de ese texto, el padre Shih expresó su deseo de que los católicos chinos puedan vivir una vida auténticamente cristiana en China tal y como es en la actualidad, y, por ello espera que la Santa Sede «no desafíe al gobierno con un ideal demasiado elevado e irreal», porque «obligaría a elegir entre la Iglesia y el gobierno chino». El jesuita aconsejó a los católicos chinos no escuchar a quienes intervienen, desde el extranjero, en sus problemas, y que lo hacen siempre «sin congruencia y dañando a la Iglesia».

 

El “caso Ma Daqin”

 

En la entrevista concedida al padre Spadaro, el jesuita chino Joseph Shih interpreta con los criterios de un «sano realismo», sugerido por el “sensus fidei”, el caso del obispo Taddeo Ma Daqin, a quien conoce bien y por quien se preocupa mucho.

 

Ma Daqin fue ordenado obispo auxiliar de Shanghái el 7 de julio de 2012, con el consenso del Papa y con el reconocimiento del gobierno chino, pero al final de su ordenación episcopal declaró públicamente la intención de abandonar los encargos que hasta aquel momento tenía en los organismos “patrióticos”, de los que se sirve la política religiosa gubernamental, para dedicarse por completo al ministerio pastoral. Esa declaración provocó la inmediata reacción de los aparatos gubernamentales, que obligaron a Ma Daqin a vivir en un retiro en el seminario de Sheshán, impidiéndole ejercer su ministerio episcopal. En junio de 2016, el obispo “impedido” de Shanghái publicó en su sitio un largo artículo para expresar su arrepentimiento por haber abandonado la Asociación patriótica. En abril de este año se trasladó a la provincia de Fujián, en donde celebró públicamente la misa con el obispo “ilegítimo” Zhan Silu, ordenado sin el visto bueno de la Santa Sede. En los medios de comunicación occidentales aparecieron inmediatamente textos y opiniones que etiquetaban a Ma Daqin como un “traidor”. «Yo», explicó el padre Shih, «conozco muy bien al obispo Ma Daqin. Él no ha cambiado de bando ni se ha rendido: más bien creo que se ha despertado. Muchos dicen que aman a China, pero tienen una idea abstracta del país. Aman, tal vez, la China de Confucio o la de Jiang Jieshi (Chiang Kai-shek). Para el obispo Taddeo Ma Daqin, amar a China quiere decir amar a la China concreta, es decir la China actual, la China gobernada por el Partido comunista. Él ya no cree que la Iglesia debe necesariamente oponerse al gobierno chino; es más, ha comprendido que, para poder existir y actuar en la China de hoy, la Iglesia necesariamente debe volverse por lo menos “tolerable” para el gobierno. Es decir, monseñor Ma Daqin es un obispo chino que tiene un saludable realismo. El hecho de que haya ido a Mindong y que haya concelebrado con el obispo “ilegítimo” Zhan Silu tenía, efectivamente, como objetivo una reconciliación con el gobierno chino». Y el padre Shih espera que «la Santa Sede lo apoye y deje que lo intente».


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Más católicos que el Papa. La Iglesia hoy. Comentario del jesuita Thomas Reese.

More Catholic than the pope

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Pope Francis gestures as he talks during a pastoral visit in Cesena, Italy, Oct. 1. (CNS/Reuters/Alberto Lingria)

“More Catholic than the pope” used to be a joking reference to conservative Catholics, but these days there truly are some people who think they are more Catholic than the pope.

Four cardinals (two of whom have recently gone to their eternal reward) criticized the pope publicly in 2016 by issuing what they called a “dubia,” asking the pope to clarify what they considered his straying from the true faith. Last month, several dozen theologians accused the pope of spreading heresy.

Joy-of-the-Family-Guide.jpgExplore Pope Francis’ apostolic exhortation on the family. Download our free study guide.

The fuss is over the pope’s willingness to open the door to the possibility of divorced and remarried Catholics receiving Communion, even if they do not have a church annulment. But it raises a larger question:  Who has the right to challenge the pope’s teachings in the Catholic Church?

These criticisms of Pope Francis put progressive Catholics in an awkward position. Progressives are big fans of Francis, but it would be somewhat hypocritical of them to suddenly become papal absolutists when they clearly had disagreements with Pope John Paul II and Pope Benedict XVI. On the other hand, conservatives who are now critical of Francis accused progressives of being “cafeteria Catholics” when they disagreed with John Paul or Benedict.

All I can say is, “Welcome to the cafeteria.”

The truth is all Catholics are cafeteria Catholics. Conservative Catholics were quite willing to ignore John Paul’s and Benedict’s strong statements on justice and peace, and progressive Catholics are happy to ignore Francis’ opposition to women priests.

Disagreeing with the pope was not welcomed during the papacies of John Paul and Benedict. Bishops, priests, theologians, and Catholic publications were expected to unreservedly cheer any statement that came out of Rome. Priests were silenced, seminary professors were removed, and magazine editors were fired if they strayed from the party line. The open debate that occurred during the Second Vatican Council was closed down. Candidates for the episcopacy were chosen based on loyalty to Rome rather than on intelligence or pastoral abilities.

The atmosphere has changed under Francis. Bishops are being chosen because of their pastoral abilities and identification with the poor. Theologians are free to speak and write what they please. Catholic publications are not subject to censorship. And cardinals and theologians are publicly criticizing the pope, something that would never have been allowed in earlier papacies.

Francis can only blame himself for this. He asked for it. At the beginning of the 2016 synod on the family, he told the bishops to “Speak clearly. Let no one say, ‘This can’t be said, they will think this or that about me.’ Everything we feel must be said, with ‘parrhesia’ (boldness).”

The Greek word “parrhesia” comes from the Acts of the Apostles where Paul takes on Peter, the first pope, in arguing that the Gentile Christians need not be circumcised. Paul won that argument.

Francis remembers how when he was a cardinal at an earlier synod, officials from the Roman Curia told him what subjects could not be brought up. Although the purpose of the Synod of Bishops is to advise the pope, most bishops at earlier synods spent most of their time quoting the pope to himself. It was a silly exercise.

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Pope Francis arrives to celebrate the closing Mass of the Synod of Bishops on the family in St. Peter’s Basilica at the Vatican October 2015. (CNS/Paul Haring)

Francis is not afraid of open discussion in the church. “Open and fraternal debate makes theological and pastoral thought grow,” he said. “That doesn’t frighten me. What’s more, I look for it.”

Well, he got it. Some people would like to see him crack down on those dissenting from his teaching, but I rather admire him for his patience and willingness to let people speak their minds. He trusts that the Spirit will guide the church in the right direction.

Catholics need to grow up and learn to live in a church where arguments take place, but we should not let disagreements break up the family. We need to understand that people have different viewpoints and that we can learn from one another by having dialogue. Rather than dividing into partisan factions, we need to model what it means to be a community.


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Ecuador: los obispos en visita al Papa

Visita ad Limina Obispos de Ecuador. Mons. Coba Galarza: tres horas de encuentro con el padre, con el maestro, con el pastor

(RV).- Tras 8 años el Episcopado ecuatoriano realiza su visita ‘Ad Limina’, para encontrarse con el Papa Francisco y con los representantes de los distintos dicasterios y congregaciones. Una visita que inició  el 25 y que se extiende hasta el próximo 29 de septiembre. El Secretario General de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y Obispo Castrense del Ecuador, describió así el encuentro mantenido con el romano Pontífice: “Han sido tres horas de encuentro con el padre, con el maestro, con el pastor. Lo tuvimos hace dos años en Ecuador, y ha sido como un continuar ese encuentro”. “El Papa nos ha insistido en que somos una iglesia latinoamericana, el CELAM es el gran motor que anima el trabajo pastoral, estamos en la gran misión y en eso nos tocará seguir empeñándonos: en la misión puerta a puerta, en la misión continental. En ese sentido – explica el Secretario de la CEE –  ha sido un revisar nuestros planes, volverlos a restructurar, siempre en esta la línea de cercanía y  de respeto a la propia identidad de nuestro pueblo”.

Entrevistado en los estudios de Radio Vaticano le preguntamos, en primer lugar, cuál ha sido la Iglesia que le han presentado al Papa Francisco:

Le hemos contado cada uno la propia experiencia, en la que hay muchas cosas preciosas, pero también  muy duras: el pueblo necesita un referente y el referente tiene que ser Jesucristo. Hay que sacar la fe a la vida, a la calle, al trabajo. Hay que demostrar que somos cristianos en el templo, en la parroquia, pero sobre todo en la estructura social. Mostrar que somos cristianos por el estilo de vida que llevamos, porque el Evangelio tiene que verse a través de las acciones cotidianas: ése es el anhelo. Vamos intentando hacerlo a través de pequeñas comunidades con un trabajo fuerte en la catequesis, pero también con un trabajo de cercanía hacia los jóvenes, que son nuestra ilusión. Y también con las familias, especialmente con los más pobres, que son los rostros sufrientes y dolientes del Señor. Le hemos agradecido al Papa por el regalo de la Laudato Sí, que realmente es una bendición y desde donde nos ha iluminado en un camino que hay que irlo concretando.

La región amazónica de Ecuador representa un 48 por ciento del territorio amazónico, y son más de 90 las iglesias de raíces bolivarianas que comparten la selva pan amazónica. El Santo Padre, en otras oportunidades, dijo que anhelaría un sínodo sobre la Iglesia en Amazonía. ¿Se tocó el tema?

Sí. Recordando que también en el encuentro anterior en Ecuador, la REPAM nos llevó bastante diálogo con el Papa. Tenemos varios hermanos obispos, particularmente de los vicariatos apostólicos, que viven esa realidad concreta y sienten todo el sufrimiento de esos pueblos. Y el tema salió ahora, el Papa volvió a insistir con un sínodo propio para ese sector.  Estamos empeñados en eso, somos parte de la red Pan amazónica, donde se viene trabajando particularmente en el área de la comisión de la pastoral social.  Aunque ahora estamos preocupados y angustiados por las situaciones que hemos vivido últimamente, los terremotos, las inundaciones, los huracanes, pero esto sin olvidar el compromiso que tenemos en la región amazónica con el tema del extractivismo, el tema terrible de esas grandes empresas que han ido succionando no solamente el petróleo, sino también devastando tantos lugares, por lo que los pueblos originarios se han sentido invadidos y desalojados de sus propios territorios, y a los cuales la Iglesia ha siempre sido cercana.

Los vicariatos apostólicos han sido heroicos tratando de hacer iglesias locales, con el anhelo de ministros propios de esas jurisdicciones. Podemos dar gracias a Dios porque ya hay sacerdotes, religiosas, y hermanos laicos de esas etnias que están intentando hacer un camino.

En ese sentido, el Ecuador existen 13 nacionalidades indígenas con presencia en las tres regiones del país. Cada nacionalidad mantiene su lengua y cultura propias. ¿Se habló de las problemáticas de los pueblos originarios?

El Papa sobre todo nos ha insistido en el respeto que debemos tener  a la identidad de esos pueblos y  la cercanía que tenemos que tener en un trabajo de inculturación del Evangelio. El gran reto es siempre cómo hacer creíble el Evangelio, sin atropellar no sólo sus convicciones, su cosmovisión, sino evangelizando sus propias raíces, y poniendo en ellas la riqueza grande del Evangelio. Indudablemente para nosotros lo más grande que puede pasarle a un pueblo es encontrarse con Jesucristo: Él es la buena noticia y queremos volvernos buena noticia para esos hermanos. Y ellos deben sentir que la buena noticia es en respeto a su propia identidad.

Muchos hermanos obispos y sacerdotes que trabajan en esa zona tienen la bendición de haber compartido tanto que hablan su propio idioma, entonces, también la liturgia se hecho cercana. El Papa nos ha insistido en hacer presencia respetuosa y cercana: la Iglesia no mira desde fuera, sino que quiere hacerse pueblo para compartir con él esa realidad.

La Visita ‘Ad limina’ es ocasión propicia para hacer balances y trazar futuras líneas de actuación pastoral: ¿qué otras indicaciones que les ha dado el pontífice?

Nosotros hemos enviado informes a la Santa Sede con anterioridad, en donde hemos informado la realidad de las propias jurisdicciones, y con preguntas que hemos puesto en las manos de los distintos dicasterios que visitaremos en estos días, para que ellos también nos indiquen el camino y nos digan qué es lo que hay que rectificar y sobre todo qué hay que potenciar: el Papa nos ha insistido en que somos una iglesia latinoamericana, el CELAM es el gran motor que anima el trabajo pastoralestamos en la gran misión y en eso nos tocará seguir empeñándonos. En la misión puerta a puerta, en la misión continental. En ese sentido ha sido un revisar nuestros planes, volverlos a restructurar, siempre en la línea de cercanía y  de respeto a la propia identidad de nuestro pueblo.

¿Hay algo que desee destacar de este encuentro con el Papa Francisco?

Es de destacar la sencillez y la cercanía del Papa, lo que es un reto para nosotros,  porque hay cosas que  uno aprende de sus palabras, pero hay cosas grandes que uno aprende de sus gestos.Una anécdota: con los obispos le entregamos una imagencita, y cuando yo se la entregué me preguntó: “¿está bendecida?”. “No”, le respondí. “Bendícela tú”, me dijo. Bendecir yo, un obispo, delante del Papa, ha sido un detalle muy lindo, porque es la ternura del pastor con sus hijos que comparten su misma misión. Es un “llévate la bendición y tu vida convierte en bendición para tus hermanos”. Hay alegría entre los hermanos obispos, hemos compartido cosas lindas y cosas difíciles también: el Papa nos ha escuchado, en algunas cosas nos ha dicho “no tengo la respuesta”. “Ustedes tienen que ir discerniendo la realidad concreta y desde allí ir respondiendo, desde su propia vida. 

Yo hacía esto como obispo de Buenos Aires, ahora lo hago acá, pero ustedes como obispos desde su propia realidad: hagan”.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)


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Colombia: el Papa al CELAM (obispos lationamericanos)

El Papa al CELAM: “Si queremos servir desde el CELAM, lo tenemos que hacer con pasión”

 

 

(RV).- “La Iglesia debe reapropiarse de los verbos que el Verbo de Dios conjuga en su divina misión. Salir para encontrar, sin pasar de largo; reclinarse sin desidia; tocar sin miedo”, lo dijo el Papa Francisco al Comité Directivo del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), a quienes encontró en la Nunciatura Apostólica de Colombia, el primer jueves de septiembre, en el marco de su 20° Viaje Apostólico a este país sudamericano.

En su denso discurso, el Santo Padre agradeció a los miembros del Comité Directivo del CELAM por el esfuerzo que hacen para transformar esta Conferencia Episcopal continental en una casa al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia en América Latina. “Les agradezco – afirmó el Pontífice – por el esfuerzo que hacen para transformar el CELAM en un centro propulsor de la conciencia discipular y misionera; en una referencia vital para la comprensión y la profundización de la catolicidad latinoamericana, delineada gradualmente por este organismo de comunión durante décadas de servicio”. Y hago propicia la ocasión, subrayó el Papa Francisco,  para animar los recientes esfuerzos con el fin de expresar esta solicitud colegial mediante el Fondo de Solidaridad de la Iglesia Latinoamericana.

Recordando que hace cuatro años, en Río de Janeiro, el Santo Padre les habló sobre la herencia pastoral de Aparecida, el último acontecimiento sinodal de la Iglesia Latinoamericana y del Caribe. “En aquel momento – subrayó el Pontífice –  se evidenciaba la permanente necesidad de aprender de su método, sustancialmente compuesto por la participación de las Iglesias locales y en sintonía con los peregrinos que caminan en busca del rostro humilde de Dios que quiso manifestarse en la Virgen pescada en las aguas, y que se prolonga en la misión continental que quiere ser, no la suma de iniciativas programáticas que llenan agendas y también desperdician energías preciosas, sino el esfuerzo para poner la misión de Jesús en el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir la eficacia de las estructuras, los resultados de su trabajo, la fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de suscitar”.

En ese contexto, agregó el Obispo de Roma, me detuve entonces en las tentaciones, todavía presentes, de la ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y del clericalismo, porque está siempre en juego la salvación que nos trae Cristo. Esta debe llegar con fuerza al corazón del hombre para interpelar su libertad, invitándolo a un éxodo permanente desde la propia autorreferencialidad hacia la comunión con Dios y con los demás hermanos. “No se puede, por tanto – precisó el Papa – reducir el Evangelio a un programa al servicio de un gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical”.

Aparecida, concluyó el Papa Francisco, es un tesoro cuyo descubrimiento todavía está incompleto. Estoy seguro de que cada uno de ustedes descubre cuánto se ha enraizado su riqueza en las Iglesias que llevan en el corazón. “Y todo esto – afirmó el Pontífice – lo quisiera resumir en una frase que les dejo como síntesis y recuerdo de este encuentro: Si queremos servir desde el CELAM, a nuestra América Latina, lo tenemos que hacer con pasión. Hoy hace falta pasión. Poner el corazón en todo lo que hagamos, pasión de joven enamorado y de anciano sabio, pasión que transforma las ideas en utopías viables, pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras Iglesias como santo Toribio de Mogrovejo, que pasó entre los pueblos de su diócesis con pasión evangelizadora”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Voz y texto completo del discurso del Papa Francisco

 

Queridos hermanos, gracias por este encuentro y por las cálidas palabras de bienvenida del Presidente de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano. De no haber sido por las exigencias de la agenda, hubiera querido encontrarlos en la sede del CELAM. Les agradezco la delicadeza de estar aquí en este momento.

Agradezco el esfuerzo que hacen para transformar esta Conferencia Episcopal continental en una casa al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia en América Latina; en un centro propulsor de la conciencia discipular y misionera; en una referencia vital para la comprensión y la profundización de la catolicidad latinoamericana, delineada gradualmente por este organismo de comunión durante décadas de servicio. Y hago propicia la ocasión para animar los recientes esfuerzos con el fin de expresar esta solicitud colegial mediante el Fondo de Solidaridad de la Iglesia Latinoamericana.

Hace cuatro años, en Río de Janeiro, tuve ocasión de hablarles sobre la herencia pastoral de Aparecida, último acontecimiento sinodal de la Iglesia Latinoamericana y del Caribe. En aquel momento subrayaba la permanente necesidad de aprender de su método, sustancialmente compuesto por la participación de las Iglesias locales y en sintonía con los peregrinos que caminan en busca del rostro humilde de Dios que quiso manifestarse en la Virgen pescada en las aguas, y que se prolonga en la misión continental que quiere ser, no la suma de iniciativas programáticas que llenan agendas y también desperdician energías preciosas, sino el esfuerzo para poner la misión de Jesús en el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir la eficacia de las estructuras, los resultados de su trabajo, la fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de suscitar. Porque sin alegría no se atrae a nadie.

Me detuve entonces en las tentaciones, todavía presentes, de la ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y del clericalismo, porque está siempre en juego la salvación que nos trae Cristo. Esta debe llegar con fuerza al corazón del hombre para interpelar su libertad, invitándolo a un éxodo permanente desde la propia autorreferencialidad hacia la comunión con Dios y con los demás hermanos.

Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir como lo hace cualquier funcionario de lo sacro. Dios habla con la inconfundible voz del Padre al hijo, y respeta su misterio porque lo ha formado con sus mismas manos y lo ha destinado a la plenitud. Nuestro mayor desafío como Iglesia es hablar al hombre como portavoz de esta intimidad de Dios, que lo considera hijo, aun cuando reniegue de esa paternidad, porque para Él somos siempre hijos reencontrados.

No se puede, por tanto, reducir el Evangelio a un programa al servicio de un gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical.

La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús; la Iglesia es Misterio (cf. Lumen Gentium, 5) y Pueblo (cf. ibíd., 9), o mejor aún: en ella se realiza el Misterio a través del Pueblo de Dios.

Por eso insistí sobre el discipulado misionero como un llamado divino para este hoy tenso y complejo, un permanente salir con Jesús para conocer cómo y dónde vive el Maestro. Y mientras salimos en su compañía conocemos la voluntad del Padre, que siempre nos espera. Sólo una Iglesia Esposa, Madre, Sierva, que ha renunciado a la pretensión de controlar aquello que no es su obra sino la de Dios, puede permanecer con Jesús aun cuando su nido y su resguardo es la cruz.

Cercanía y encuentro son los instrumentos de Dios que, en Cristo, se ha acercado y nos ha encontrado siempre. El misterio de la Iglesia es realizarse como sacramento de esta divina cercanía y como lugar permanente de este encuentro. De ahí la necesidad de la cercanía del obispo a Dios, porque en Él se halla la fuente de la libertad y de la fuerza del corazón del pastor, así como de la cercanía al Pueblo Santo que le ha sido confiado. En esta cercanía el alma del apóstol aprende a hacer tangible la pasión de Dios por sus hijos.

Aparecida es un tesoro cuyo descubrimiento todavía está incompleto. Estoy seguro de que cada uno de ustedes descubre cuánto se ha enraizado su riqueza en las Iglesias que llevan en el corazón. Como los primeros discípulos enviados por Jesús en plan misionero, también nosotros podemos contar con entusiasmo todo cuanto hemos hecho (cf. Mc 6,30).

Sin embargo, es necesario estar atentos. Las realidades indispensables de la vida humana y de la Iglesia no son nunca un monumento sino un patrimonio vivo. Resulta mucho más cómodo transformarlas en recuerdos de los cuales se celebran los aniversarios: ¡50 años de Medellín, 20 de Ecclesia in America, 10 de Aparecida! En cambio, es otra cosa: custodiar y hacer fluir la riqueza de tal patrimonio (pater – munus) constituyen el munus de nuestra paternidad episcopal hacia la Iglesia de nuestro continente.

Bien saben que la renovada conciencia, de que al inicio de todo está siempre el encuentro con Cristo vivo, requiere que los discípulos cultiven la familiaridad con Él; de lo contrario el rostro del Señor se opaca, la misión pierde fuerza, la conversión pastoral retrocede. Orar y cultivar el trato con Él es, por tanto, la actividad más improrrogable de nuestra misión pastoral.

A sus discípulos, entusiastas de la misión cumplida, Jesús les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado» (Mc 6,31). Nosotros necesitamos más todavía este estar a solas con el Señor para reencontrar el corazón de la misión de la Iglesia en América Latina en sus actuales circunstancias. ¡Hay tanta dispersión interior y también exterior! Los múltiples acontecimientos, la fragmentación de la realidad, la instantaneidad y la velocidad del presente, podrían hacernos caer en la dispersión y en el vacío. Reencontrar la unidad es un imperativo.

¿Dónde está la unidad? Siempre en Jesús. Lo que hace permanente la misión no es el entusiasmo que inflama el corazón generoso del misionero, aunque siempre es necesario; más bien es la compañía de Jesús mediante su Espíritu. Si no salimos con Él en la misión pronto perderíamos el camino, arriesgándonos a confundir nuestras necesidades vacuas con su causa. Si la razón de nuestro salir no es Él será fácil desanimarse en medio de la fatiga del camino, o frente a la resistencia de los destinatarios de la misión, o ante los cambiantes escenarios de las circunstancias que marcan la historia, o por el cansancio de los pies debido al insidioso desgaste causado por el enemigo.

No forma parte de la misión ceder al desánimo cuando, quizás, habiendo pasado el entusiasmo de los inicios, llega el momento en el que tocar la carne de Cristo se vuelve muy duro. En una situación como esta, Jesús no alienta nuestros miedos. Y como bien sabemos que a ningún otro podemos ir, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68), es necesario en consecuencia, profundizar nuestra elección.

¿Qué significa concretamente salir con Jesús en misión hoy en América Latina? El adverbio «concretamente» no es un detalle de estilo literario, más bien pertenece al núcleo de la pregunta. El Evangelio es siempre concreto, jamás un ejercicio de estériles especulaciones. Conocemos bien la recurrente tentación de perderse en el bizantinismo de los doctores de la ley, de preguntarse hasta qué punto se puede llegar sin perder el control del propio territorio demarcado o del presunto poder que los límites prometen.

Mucho se ha hablado sobre la Iglesia en estado permanente de misión. Salir con Jesús es la condición para tal realidad. El Evangelio habla de Jesús que, habiendo salido del Padre, recorre con los suyos los campos y los poblados de Galilea. No se trata de un recorrido inútil del Señor. Mientras camina, encuentra; cuando encuentra, se acerca; cuando se acerca, habla; cuando habla, toca con su poder; cuando toca, cura y salva. Llevar al Padre a cuantos encuentra es la meta de su permanente salir, sobre el cual debemos reflexionar continuamente. La Iglesia debe reapropiarse de los verbos que el Verbo de Dios conjuga en su divina misión. Salir para encontrar, sin pasar de largo; reclinarse sin desidia; tocar sin miedo. Se trata de que se metan día a día en el trabajo de campo, allí donde vive el Pueblo de Dios que les ha sido confiado. No nos es lícito dejarnos paralizar por el aire acondicionado de las oficinas, por las estadísticas y las estrategias abstractas. Es necesario dirigirse al hombre en su situación concreta; de él no podemos apartar la mirada. La misión se realiza en un cuerpo a cuerpo.

Una Iglesia capaz de ser sacramento de unidad

¡Se ve tanta dispersión en nuestro entorno! Y no me refiero solamente a la de la rica diversidad que siempre ha caracterizado el continente, sino a las dinámicas de disgregación. Hay que estar atentos para no dejarse atrapar en estas trampas. La Iglesia no está en América Latina como si tuviera las maletas en la mano, lista para partir después de haberla saqueado, como han hecho tantos a lo largo del tiempo. Quienes obran así miran con sentido de superioridad y desprecio su rostro mestizo; pretenden colonizar su alma con las mismas fallidas y recicladas fórmulas sobre la visión del hombre y de la vida, repiten iguales recetas matando al paciente mientras enriquecen a los médicos que los mandan; ignoran las razones profundas que habitan en el corazón de su pueblo y que lo hacen fuerte exactamente en sus sueños, en sus mitos, a pesar de los numerosos desencantos y fracasos; manipulan políticamente y traicionan sus esperanzas, dejando detrás de sí tierra quemada y el terreno pronto para el eterno retorno de lo mismo, aun cuando se vuelva a presentar con vestido nuevo. Hombres y utopías fuertes han prometido soluciones mágicas, respuestas instantáneas, efectos inmediatos. La Iglesia, sin pretensiones humanas, respetuosa del rostro multiforme del continente, que considera no una desventaja sino una perenne riqueza, debe continuar prestando el humilde servicio al verdadero bien del hombre latinoamericano. Debe trabajar sin cansarse para construir puentes, abatir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del encuentro y del diálogo, educar al perdón y a la reconciliación, al sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz. Ninguna construcción duradera en América Latina puede prescindir de este fundamento invisible pero esencial.

La Iglesia conoce como pocos aquella unidad sapiencial que precede cualquier realidad en América Latina. Convive cotidianamente con aquella reserva moral sobre la que se apoya el edificio existencial del continente. Estoy seguro de que mientras estoy hablando de esto ustedes podrían darle nombre a esta realidad. Con ella debemos dialogar continuamente. No podemos perder el contacto con este sustrato moral, con este humus vital que reside en el corazón de nuestra gente, en el que se percibe la mezcla casi indistinta, pero al mismo tiempo elocuente, de su rostro mestizo: no únicamente indígena, ni hispánico, ni lusitano, ni afroamericano, sino mestizo, ¡latinoamericano!

Guadalupe y Aparecida son manifestaciones programáticas de esta creatividad divina. Bien sabemos que esto está en la base sobre la que se apoya la religiosidad popular de nuestro pueblo; es parte de su singularidad antropológica; es un don con el que Dios se ha querido dar a conocer a nuestra gente. Las páginas más luminosas de la historia de nuestra Iglesia han sido escritas precisamente cuando se ha sabido nutrir de esta riqueza, hablar a este corazón recóndito que palpita custodiando, como una pequeña luz encendida bajo las aparentes cenizas, el sentido de Dios y de su trascendencia, la sacralidad de la vida, el respeto por la creación, los lazos de solidaridad, la alegría de vivir, la capacidad de ser feliz sin condiciones.

Para hablar a esta alma que es profunda, para hablar a la Latinoamérica profunda, la Iglesia debe aprender continuamente de Jesús. Dice el Evangelio que hablaba sólo en parábolas (cf. Mc 4,34). Imágenes que involucran y hacen partícipes, que transforman a los oyentes de su Palabra en personajes de sus divinos relatos. El santo Pueblo fiel de Dios en América Latina no comprende otro lenguaje sobre Él. Estamos invitados a salir en misión no con conceptos fríos que se contentan con lo posible, sino con imágenes que continuamente multiplican y despliegan sus fuerzas en el corazón del hombre, transformándolo en grano sembrado en tierra buena, en levadura que incrementa su capacidad de hacer pan de la masa, en semilla que esconde la potencia del árbol fecundo.

Una Iglesia capaz de ser sacramento de esperanza

Muchos se lamentan de cierto déficit de esperanza en la América Latina actual. A nosotros no nos está consentida la «quejumbrosidad», porque la esperanza que tenemos viene de lo alto. Además, bien sabemos que el corazón latinoamericano ha sido amaestrado por la esperanza. Como decía un cantautor brasileño «a esperança è equilibrista; dança na corda bamba de sombrinha» (João Bosco, O Bêbado e a Equilibrista). Cuando se piensa que se ha acabado, hela aquí nuevamente donde menos se la esperaba. Nuestro pueblo ha aprendido que ninguna desilusión es suficiente para doblegarlo. Sigue al Cristo flagelado y manso, sabe desensillar hasta que aclare y permanece en la esperanza de su victoria, porque —en el fondo— tiene conciencia de que no pertenece totalmente a este mundo.

Es indudable que la Iglesia en estas tierras es particularmente un sacramento de esperanza, pero es necesario vigilar sobre la concretización de esta esperanza. Tanto más trascendente cuanto más debe transformar el rostro inmanente de aquellos que la poseen. Les ruego que vigilen sobre la concretización de la esperanza y consiéntanme recordarles algunos de sus rostros ya visibles en esta Iglesia latinoamericana.

La esperanza en América Latina tiene un rostro joven

Se habla con frecuencia de los jóvenes —se declaman estadísticas sobre el continente del futuro—, algunos ofrecen noticias sobre su presunta decadencia y sobre cuánto estén adormilados, otros aprovechan de su potencial para consumir, no pocos les proponen el rol de peones del tráfico y de la violencia. No se dejen capturar por tales caricaturas sobre sus jóvenes. Mírenlos a los ojos y busquen en ellos el coraje de la esperanza. No es verdad que estén listos para repetir el pasado. Ábranles espacios concretos en las Iglesias particulares que les han sido confiadas, inviertan tiempo y recursos en su formación. Propongan programas educativos incisivos y objetivos pidiéndoles, como los padres le piden a los hijos, el resultado de sus potencialidades y educando su corazón en la alegría de la profundidad, no de la superficialidad. No se conformen con retóricas u opciones escritas en los planes pastorales jamás puestos en práctica.

He escogido precisamente Panamá, el istmo de este continente, para la Jornada Mundial de la Juventud 2019 que será celebrada siguiendo el ejemplo de la Virgen que proclama: «He aquí la sierva» y «se cumpla en mí» (Lc 1,38). Estoy seguro de que en todos los jóvenes se esconde un istmo, en el corazón de todos nuestros chicos hay un pequeño y alargado pedazo de terreno que se puede recorrer para conducirlos hacia un futuro que sólo Dios conoce y a Él le pertenece. Toca a nosotros presentarles grandes propuestas para despertar en ellos el coraje de arriesgarse junto a Dios y de hacerlos, como la Virgen, disponibles.

La esperanza en América Latina tiene un rostro femenino

No es necesario que me alargue para hablar del rol de la mujer en nuestro continente y en nuestra Iglesia. De sus labios hemos aprendido la fe; casi con la leche de sus senos hemos adquirido los rasgos de nuestra alma mestiza y la inmunidad frente a cualquier desesperación. Pienso en las madres indígenas o morenas, pienso en las mujeres de la ciudad con su triple turno de trabajo, pienso en las abuelas catequistas, pienso en las consagradas y en las tan discretas artesanas del bien. Sin las mujeres la Iglesia del continente perdería la fuerza de renacer continuamente. Son las mujeres que, con meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe. Es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de cuanto realizan. Acompañaron a Jesús misionero; no se retiraron del pie de la cruz; en soledad esperaron que la noche de la muerte devolviese al Señor de la vida; inundaron el mundo con su presencia resucitada. Si queremos una nueva y vivaz etapa de la fe en este continente, no la obtendremos sin las mujeres. Por favor, no pueden ser reducidas a siervas de nuestro recalcitrante clericalismo; ellas son, en cambio, protagonistas en la Iglesia latinoamericana; en su salir con Jesús; en su perseverar, aun en el sufrimiento de su Pueblo; en su aferrarse a la esperanza que vence a la muerte; en su alegre modo de anunciar al mundo que Cristo está vivo, y ha resucitado.

La esperanza en América Latina pasa a través del corazón, la mente y los brazos de los laicos

Quisiera reiterar lo que recientemente he dicho a la Pontificia Comisión para América Latina. Es un imperativo superar el clericalismo que infantiliza a los Christifideles laici y empobrece la identidad de los ministros ordenados.

Si bien se invirtió mucho esfuerzo y algunos pasos han sido dados, los grandes desafíos del continente permanecen sobre la mesa y continúan esperando la concretización serena, responsable, competente, visionaria, articulada, consciente, de un laicado cristiano que, como creyente, esté dispuesto a contribuir en los procesos de un auténtico desarrollo humano, en la consolidación de la democracia política y social, en la superación estructural de la pobreza endémica, en la construcción de una prosperidad inclusiva fundada en reformas duraderas y capaces de preservar el bien social, en la superación de la desigualdad y la custodia de la estabilidad, en la delineación de modelos de desarrollo económico sostenibles que respeten la naturaleza y el verdadero futuro del hombre, que no se resuelve con el consumismo desmesurado, así como también en el rechazo de la violencia y la defensa de la paz.

Y algo más: en este sentido, la esperanza debe siempre mirar al mundo con los ojos de los pobres y desde la situación de los pobres. Ella es pobre como el grano de trigo que muere (cf. Jn 12,24), pero tiene la fuerza de diseminar los planes de Dios.

La riqueza autosuficiente con frecuencia priva a la mente humana de la capacidad de ver, sea la realidad del desierto sea los oasis ahí escondidos. Propone respuestas de manual y repite certezas de talkshows; balbucea la proyección de sí misma, vacía, sin acercarse mínimamente a la realidad. Estoy seguro de que en este difícil y confuso pero provisorio momento que vivimos, las soluciones para los problemas complejos que nos desafían nacen de la sencillez cristiana que se esconde a los poderosos y se muestra a los humildes: la limpieza de la fe en el Resucitado, el calor de la comunión con Él, la fraternidad, la generosidad y la solidaridad concreta que también brota de la amistad con Él.

Y todo esto lo quisiera resumir en una frase que les dejo como síntesis y recuerdo de este encuentro: Si queremos servir desde el CELAM, a nuestra América Latina, lo tenemos que hacer con pasión. Hoy hace falta pasión. Poner el corazón en todo lo que hagamos, pasión de joven enamorado y de anciano sabio, pasión que transforma las ideas en utopías viables, pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras Iglesias como —permítanme recordarlo— santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión evangelizadora.

A ustedes, hermanos obispos del CELAM, a las Iglesias locales que representan y al entero pueblo de América Latina y del Caribe, los confío a la protección de la Virgen, invocada con los nombres de Guadalupe y Aparecida, con la serena certeza de que Dios, que ha hablado a este continente con el rostro mestizo y moreno de su Madre, no dejará de hacer resplandecer su benigna luz en la vida de todos.


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Colombia: el Papa a los obispos

“Cuiden el primer paso de Dios hacia ustedes”, el Papa a los Obispos de Colombia

2017-09-07 Radio Vaticana

 

(RV).-“Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliación, hacia la abdicación de la violencia como método, la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos, la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción”, con estas palabras el Papa Francisco animó a los obispos de Colombia en el encuentro que mantuvo con ellos en el salón del Palacio Cardenalicio de Bogotá, el jueves 7 de septiembre, en la segunda jornada de su Viaje Apostólico a Colombia.

En un ambiente de entusiasmo y cercanía el Santo Padre fue recibido por el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Mons. Óscar Urbina Ortega, así como por el Arzobispo de Bogotá, el Cardenal Rubén Salazar Gómez. Tras escuchar el saludo de bienvenida de ambos prelados, Francisco se dirijió a los cerca de 130 obispos procedentes de distintas diócesis del país.

“Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!”, afirmó el Sucesor de Pedro destacando su deseo de “compartir con todos a Cristo Resucitado para quien ningún muro es perenne, ningún miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable”.

Tras recordar las dos memorables visitas de sus predecesores, el Beato Pablo VI y San Juan Pablo II, el Obispo de Roma reflexionó sobre el lema de su visita «Dar el primer paso», un mensaje que nace a partir del modelo instaurado por Dios mismo, que tal y como dijo Francisco “es el Señor del primer paso. Él siempre nos primerea”. Un primer paso del uno para con el otro, que implica, según el Papa, anticiparse en la disposición de comprender las razones del otro. “Déjense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y construyan una Iglesia que ofrezca a este País un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos”, añadió el Pontífice.

Entre algunos de los consejos que el Santo Padre dio a los obispos, destaca la necesidad de “cuidar con santo temor y conmoción, ese primer paso de Dios hacia los sacerdotes y mediante su ministerio, cuidar a la gente que les ha sido confiada”. “No descuiden la vida espiritual de los consagrados y consagradas”, “no se midan con el metro de aquellos que quieren ser sólo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente”, sino más bien “tengan siempre fija la mirada en la eternidad de Aquél que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios”, exhortó el Vicario de Cristo.

Un pensamiento final del Pontífice fue dirigido a los desafíos de la Iglesia en la Amazonia, región que supone un orgullo nacional, ya que es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este País. “La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo”, expresó Francisco.

(SL-RV)

Texto completo del discurso del Santo Padre a los Obispos colombianos

La paz esté con ustedes

Así saludó el Resucitado a su pequeña grey después de haber vencido a la muerte, así consiéntanme que los salude al inicio de mi viaje.

Agradezco las palabras de bienvenida. Estoy contento porque los primeros pasos que doy en este País me llevan a encontrarlos a ustedes, obispos de Colombia, para abrazar en ustedes a toda la Iglesia colombiana y para estrechar a su gente en mi corazón de Sucesor de Pedro. Les agradezco muchísimo su ministerio episcopal, que les ruego continúen realizándolo con renovada generosidad. Un saludo particular dirijo a los obispos eméritos, animándolos a seguir sosteniendo, con la oración y con la presencia discreta, a la Esposa de Cristo por la cual se han entregado generosamente.

Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!

Estoy convencido de que Colombia tiene algo de original que llama fuertemente la atención: no ha sido nunca una meta completamente realizada, ni un destino totalmente acabado, ni un tesoro totalmente poseído. Su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa síntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegría gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no sólo anunciada sino muchas veces sembrada: todo esto se sustrae, digamos se esconde, a aquellos que se presentan como forasteros hambrientos de adueñársela y, en cambio, se brinda generosamente a quien toca su corazón con la mansedumbre del peregrino. Así es Colombia.

Por esto, como peregrino, me dirijo a su Iglesia. De ustedes soy hermano, deseoso de compartir a Cristo Resucitado para quien ningún muro es perenne, ningún miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable.

No soy el primer Papa que les habla en su casa. Dos de mis más grandes Predecesores han sido huéspedes aquí: el beato Pablo VI, que vino apenas concluyó el Concilio Vaticano II para animar la realización colegial del misterio de la Iglesia en América Latina; y san Juan Pablo II en su memorable visita apostólica de 1986. Las palabras de ambos son un recurso permanente, las indicaciones que delinearon y la maravillosa síntesis que ofrecieron sobre nuestro ministerio episcopal constituyen un patrimonio para custodiar. Quisiera que cuanto les diga sea recibido en continuidad con lo que ellos han enseñado.

Custodios y sacramento del primer paso

«Dar el primer paso» es el lema de mi visita y también para ustedes este es mi primer mensaje. Bien saben que Dios es el Señor del primer paso. Él siempre nos primerea. Toda la Sagrada Escritura habla de Dios como exiliado de sí mismo por amor. Ha sido así cuando sólo había tinieblas, caos y, saliendo de sí, Él hizo que todo viniese a ser (cf. Gn 1.2,4); ha sido así cuando en el jardín de los orígenes Él se paseaba, dándose cuenta de la desnudez de su creatura (cf. Gn 3,8-9); ha sido así cuando, peregrino, Él se alojó en la tienda de Abraham, dejándole la promesa de una inesperada fecundidad (cf. Gn 18,1-10); ha sido así cuando se presentó a Moisés encantándolo, cuando ya no tenía otro horizonte que pastorear las ovejas de su suegro (cf. Ex, 3,1-2); ha sido así cuando no quitó de su mirada a su amada Jerusalén, aun cuando se prostituía en la vereda de la infidelidad (cf. Ez 16,15); ha sido así cuando migró con su gloria hacia su pueblo exiliado en la esclavitud (cf. Ez 10,18-19).

Y, en la plenitud del tiempo, quiso revelar el verdadero nombre del primer paso, de su primer paso. Se llama Jesús y es un paso irreversible. Proviene de la libertad de un amor que todo lo precede. Porque el Hijo, Él mismo, es la expresión viva de dicho amor. Aquellos que lo reconocen y lo acogen reciben en herencia el don de ser introducidos en la libertad de poder cumplir siempre en Él ese primer paso, no tienen miedo de perderse si salen de sí mismos, porque llevan la fianza del amor emanado del primer paso de Dios, una brújula que no les consiente perderse.

Cuiden pues, con santo temor y conmoción, ese primer paso de Dios hacia ustedes y, con su ministerio, hacia la gente que les ha sido confiada, en la conciencia de ser sacramento viviente de esa libertad divina que no tiene miedo de salir de sí misma por amor, que no teme empobrecerse mientras se entrega, que no tiene necesidad de otra fuerza que el amor.

Dios nos precede, somos sarmientos y no la vid. Por tanto, no enmudezcan la voz de Aquél que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misión que les ha confiado Dios. Al contrario, mendiguen en la oración cuando no puedan dar ni darse, para que tengan algo que ofrecer a aquellos que se acercan constantemente a sus corazones de pastores. La oración en la vida del obispo es la savia vital que pasa por la vid, sin la cual el sarmiento se marchita volviéndose infecundo. Por tanto, luchen con Dios, y más todavía en la noche de su ausencia, hasta que Él no los bendiga (cf. Gn 32,25-27). Las heridas de esa cotidiana y prioritaria batalla en la oración serán fuente de curación para ustedes; serán heridos por Dios para hacerse capaces de curar.

Hacer visible su identidad de sacramento del primer paso de Dios

De hecho, hacer tangible la identidad de sacramento del primer paso de Dios exigirá un continuo éxodo interior. «No hay ninguna invitación al amor mayor que adelantarse en ese mismo amor» (San Agustín, De catechizandis rudibus, liber I, 4.7, 26: PL 40), y, por tanto, ningún ámbito de la misión episcopal puede prescindir de esta libertad de cumplir el primer paso. La condición de posibilidad para el ejercicio del ministerio apostólico es la disposición a acercarse a Jesús dejando atrás «lo que fuimos, para que seamos lo que no éramos» (Id., Enarr. in psal., 121,12: PL 36).

Les recomiendo vigilar no sólo individualmente sino colegialmente, dóciles al Espíritu Santo, sobre este permanente punto de partida. Sin este núcleo languidecen los rasgos del Maestro en el rostro de los discípulos, la misión se atasca y disminuye la conversión pastoral, que no es otra cosa que rescatar aquella urgencia de anunciar el Evangelio de la alegría hoy, mañana y pasado mañana (cf. Lc 13,33), premura que devoró el Corazón de Jesús dejándolo sin nido ni resguardo, reclinado solamente en el cumplimiento hasta el final de la voluntad del Padre (cf. Lc 9,58.62). ¿Qué otro futuro podemos perseguir? ¿A qué otra dignidad podemos aspirar?

No se midan con el metro de aquellos que quisieran que fueran sólo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente. Tengan, en cambio, siempre fija la mirada en la eternidad de Aquél que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios.

En la complejidad del rostro de esta Iglesia colombiana, es muy importante preservar la singularidad de sus diversas y legítimas fuerzas, las sensibilidades pastorales, las peculiaridades regionales, las memorias históricas, las riquezas de las propias experiencias eclesiales. Pentecostés consiente que todos escuchen en la propia lengua. Por ello, busquen con perseverancia la comunión entre ustedes. No se cansen de construirla a través del diálogo franco y fraterno, condenando como peste las agendas encubiertas. Sean premurosos en cumplir el primer paso, del uno para con el otro. Anticípense en la disposición de comprender las razones del otro. Déjense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y construyan una Iglesia que ofrezca a este País un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. El rol de las Provincias Eclesiásticas en relación al mismo mensaje evangelizador es fundamental, porque son diversas y armonizadas las voces que lo proclaman. Por esto, no se contenten con un mediocre compromiso mínimo que deje a los resignados en la tranquila quietud de la propia impotencia, a la vez que domestica aquellas esperanzas que exigirían el coraje de ser encauzadas más sobre la fuerza de Dios que sobre la propia debilidad.

Reserven una particular sensibilidad hacia las raíces afro-colombianas de su gente, que tan generosamente han contribuido a plasmar el rostro de esta tierra.

Tocar la carne del cuerpo de Cristo

Los invito a no tener miedo de tocar la carne herida de la propia historia y de la historia de su gente. Háganlo con humildad, sin la vana pretensión de protagonismo, y con el corazón indiviso, libre de compromisos o servilismos. Sólo Dios es Señor y a ninguna otra causa se debe someter nuestra alma de pastores.

Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliación, hacia la abdicación de la violencia como método, la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos, la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción, la paciente y perseverante consolidación de la «res publica» que requiere la superación de la miseria y de la desigualdad.

Se trata de una tarea ardua pero irrenunciable, los caminos son empinados y las soluciones no son obvias. Desde lo alto de Dios, que es la cruz de su Hijo, obtendrán la fuerza; con la lucecita humilde de los ojos del Resucitado recorrerán el camino; escuchando la voz del Esposo que susurra en el corazón, recibirán los criterios para discernir de nuevo, en cada incertidumbre, la justa dirección.

Uno de sus ilustres literatos escribió hablando de uno de sus míticos personajes: «No imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla» (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, capítulo 9). Todos sabemos que la paz exige de los hombres un coraje moral diverso. La guerra sigue lo que hay de más bajo en nuestro corazón, la paz nos impulsa a ser más grandes que nosotros mismos. En seguida, el escritor añadía: «No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo» (ibíd., cap. 15). No es necesario que les hable de ese miedo, raíz envenenada, fruto amargo y herencia nefasta de cada contienda. Quiero animarlos a seguir creyendo que se puede hacer de otra manera, recordando que no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; el mismo Espíritu atestigua que son hijos destinados a la libertad de la gloria a ellos reservada (cf. Rm 8,15-16).

Ustedes ven con los propios ojos y conocen como pocos la deformación del rostro de este País, son custodios de las piezas fundamentales que lo hacen uno, no obstante sus laceraciones. Precisamente por esto, Colombia tiene necesidad de ustedes para reconocerse en su verdadero rostro cargado de esperanza a pesar de sus imperfecciones, para perdonarse recíprocamente no obstante las heridas no del todo cicatrizadas, para creer que se puede hacer otro camino aun cuando la inercia empuja a repetir los mismos errores, para tener el coraje de superar cuanto la puede volver miserable a pesar de sus tesoros.

Los animo, pues, a no cansarse de hacer de sus Iglesias un vientre de luz, capaz de generar, aun sufriendo pobreza, las nuevas creaturas que esta tierra necesita. Hospédense en la humildad de su gente para darse cuenta de sus secretos recursos humanos y de fe, escuchen cuánto su despojada humanidad brama por la dignidad que solamente el Resucitado puede conferir. No tengan miedo de migrar de sus aparentes certezas en búsqueda de la verdadera gloria de Dios, que es el hombre viviente.

La palabra de la reconciliación

Muchos pueden contribuir al desafío de esta Nación, pero la misión de ustedes es singular. Ustedes no son técnicos ni políticos, son pastores. Cristo es la palabra de reconciliación escrita en sus corazones y tienen la fuerza de poder pronunciarla no solamente en los púlpitos, en los documentos eclesiales o en los artículos de periódicos, sino más bien en el corazón de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias, en el calor esperanzado que los atrae a la escucha de la voz del cielo que proclama «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). Ustedes deben pronunciarla con el frágil, humilde, pero invencible recurso de la misericordia de Dios, la única capaz de derrotar la cínica soberbia de los corazones autorreferenciales.

A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Precisamente allí tienen la autonomía para inquietar, allí tienen la posibilidad de sostener un cambio de ruta.

El corazón humano, muchas veces engañado, concibe el insensato proyecto de hacer de la vida un continuo aumento de espacios para depositar lo que acumula. Precisamente aquí es necesario que resuene la pregunta: ¿De qué sirve ganar el mundo entero si queda el vacío en el alma? (cf. Mt 16,26).

De sus labios de legítimos pastores de Cristo, tal cual ustedes son, Colombia tiene el derecho de ser interpelada por la verdad de Dios, que repite continuamente: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). Es un interrogatorio que no puede ser silenciado, aun cuando quien lo escucha no puede más que abajar la mirada, confundido, y balbucir la propia vergüenza por haberlo vendido, quizás, al precio de alguna dosis de estupefaciente o alguna equívoca concepción de razón de Estado, tal vez por la falsa conciencia de que el fin justifica los medios.

Les ruego tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto. No sirvan a un concepto de hombre, sino a la persona humana amada por Dios, hecha de carne, huesos, historia, fe, esperanza, sentimientos, desilusiones, frustraciones, dolores, heridas, y verán que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones, recordándoles que «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

Una Iglesia en misión

Teniendo en cuenta el generoso trabajo pastoral que ya desarrollan, permítanme ahora que les presente algunas inquietudes que llevo en mi corazón de pastor, deseoso de exhortarles a ser cada vez más una Iglesia en misión. Mis Predecesores ya han insistido sobre varios de estos desafíos: la familia y la vida, los jóvenes, los sacerdotes, las vocaciones, los laicos, la formación. Los decenios transcurridos, no obstante el ingente trabajo, quizás han vuelto aún más fatigosas las respuestas para hacer eficaz la maternidad de la Iglesia en el generar, alimentar y acompañar a sus hijos.

Pienso en las familias colombianas, en la defensa de la vida desde el vientre materno hasta su natural conclusión, en la plaga de la violencia y del alcoholismo, no raramente extendida en los hogares, en la fragilidad del vínculo matrimonial y la ausencia de los padres de familia con sus trágicas consecuencias de inseguridad y orfandad. Pienso en tantos jóvenes amenazados por el vacío del alma y arrastrados en la fuga de la droga, en el estilo de vida fácil, en la tentación subversiva. Pienso en los numerosos y generosos sacerdotes y en el desafío de sostenerlos en la fiel y cotidiana elección por Cristo y por la Iglesia, mientras algunos otros continúan propagando la cómoda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de sí mismos. Pienso en los fieles laicos esparcidos en todas las Iglesias particulares, resistiendo fatigosamente para dejarse congregar por Dios que es comunión, aun cuando no pocos proclaman el nuevo dogma del egoísmo y de la muerte de toda solidaridad. Pienso en el inmenso esfuerzo de todos para profundizar la fe y hacerla luz viva para los corazones y lámpara para el primer paso.

No les traigo recetas ni intento dejarles una lista de tareas. Con todo quisiera rogarles que, al realizar en comunión su gravosa misión de pastores de Colombia, conserven la serenidad. Bien saben que en la noche el maligno continúa sembrando cizaña, pero tengan la paciencia del Señor del campo, confiándose en la buena calidad de sus granos. Aprendan de su longanimidad y magnanimidad. Sus tiempos son largos porque es inconmensurable su mirada de amor. Cuando el amor es reducido el corazón se vuelve impaciente, turbado por la ansiedad de hacer cosas, devorado por el miedo de haber fracasado. Crean sobre todo en la humildad de la semilla de Dios. Fíense de la potencia escondida de su levadura. Orienten el corazón sobre la preciosa fascinación que atrae y hace vender todo con tal de poseer ese divino tesoro.

De hecho, ¿qué otra cosa más fuerte pueden ofrecer a la familia colombiana que la fuerza humilde del Evangelio del amor generoso que une al hombre y a la mujer, haciéndolos imagen de la unión de Cristo con su Iglesia, transmisores y guardianes de la vida? Las familias tienen necesidad de saber que en Cristo pueden volverse árbol frondoso capaz de ofrecer sombra, dar fruto en todas las estaciones del año, anidar la vida en sus ramas. Son tantos hoy los que homenajean árboles sin sombra, infecundos, ramas privadas de nidos. Que para ustedes el punto de partida sea el testimonio alegre de que la felicidad está en otro lugar.

¿Qué cosa pueden ofrecer a sus jóvenes? Ellos aman sentirse amados, desconfían de quien los minusvalora, piden coherencia limpia y esperan ser involucrados. Recíbanlos, por tanto, con el corazón de Cristo y ábranles espacios en la vida de sus Iglesias. No participen en ninguna negociación que malvenda sus esperanzas. No tengan miedo de alzar serenamente la voz para recordar a todos que una sociedad que se deja seducir por el espejismo del narcotráfico se arrastra a sí misma en esa metástasis moral que mercantiliza el infierno y siembra por doquier la corrupción y, al mismo tiempo, engorda los paraísos fiscales.

¿Qué cosa pueden dar a sus sacerdotes? El primer don es aquel de su paternidad que asegure que la mano que los ha generado y ungido no se ha retirado de sus vidas. Vivimos en la era de la informática y no nos es difícil alcanzar a nuestros sacerdotes en tiempo real mediante algún programa de mensajes. Pero el corazón de un padre, de un obispo, no puede limitarse a la precaria, impersonal y externa comunicación con su presbiterio. No se puede apartar del corazón del obispo la inquietud sobre dónde viven sus sacerdotes. ¿Viven de verdad según Jesús? ¿O se han improvisado otras seguridades como la estabilidad económica, la ambigüedad moral, la doble vida o la ilusión miope de la carrera? Los sacerdotes precisan, con necesidad y urgencia vital, de la cercanía física y afectiva de su obispo. Requieren sentir que tienen padre.

Sobre las espaldas de los sacerdotes frecuentemente pesa la fatiga del trabajo cotidiano de la Iglesia. Ellos están en primera línea, continuamente circundados de la gente que, abatida, busca en ellos el rostro del pastor. La gente se acerca y golpea a sus corazones. Ellos deben dar de comer a la multitud y el alimento de Dios no es nunca una propiedad de la cual se puede disponer sin más. Al contrario, proviene solamente de la indigencia puesta en contacto con la bondad divina. Despedir a la muchedumbre y alimentarse de lo poco que uno puede indebidamente apropiarse es una tentación permanente (cf. Lc 9,13).

Vigilen por tanto sobre las raíces espirituales de sus sacerdotes. Condúzcanlos continuamente a aquella Cesarea de Filipo donde, desde los orígenes del Jordán de cada uno, puedan sentir de nuevo la pregunta de Jesús: ¿Quién soy yo para ti? La razón del gradual deterioro que muchas veces lleva a la muerte del discípulo siempre está en un corazón que ya no puede responder: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (cf. Mt 16,13-16). De aquí se debilita el coraje de la irreversibilidad del don de sí, y deriva también la desorientación interior, el cansancio de un corazón que ya no sabe acompañar al Señor en su camino hacia Jerusalén.

Cuiden especialmente el itinerario formativo de sus sacerdotes, desde el nacimiento de la llamada de Dios en sus corazones. La nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, recientemente publicada, es un valioso recurso, aún por aplicar, para que la Iglesia colombiana esté a la altura del don de Dios que nunca ha dejado de llamar al sacerdocio a tantos de sus hijos.

No descuiden, por favor, la vida de los consagrados y consagradas. Ellos y ellas constituyen la bofetada kerigmática a toda mundanidad y son llamados a quemar cualquier resaca de valores mundanos en el fuego de las bienaventuranzas vividas sin glosa y en el total abajamiento de sí mismos en el servicio. No los consideren como «recursos de utilidad» para las obras apostólicas; más bien, sepan ver en ellos el grito del amor consagrado de la Esposa: «Ven Señor Jesús» (Ap 22,20).

Reserven la misma preocupación formativa a sus laicos, de los cuales depende no sólo la solidez de las comunidades de fe, sino gran parte de la presencia de la Iglesia en el ámbito de la cultura, de la política, de la economía. Formar en la Iglesia significa ponerse en contacto con la fe viviente de la Comunidad viva, introducirse en un patrimonio de experiencias y de respuestas que suscita el Espíritu Santo, porque Él es quien enseña todas las cosas (cf. Jn 14,26).

Un pensamiento quisiera dirigir a los desafíos de la Iglesia en la Amazonia, región de la cual con razón están orgullosos, porque es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este País. La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo. Pienso, sobre todo, en la arcana sabiduría de los pueblos indígenas amazónicos y me pregunto si somos aún capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza, la conciencia de que no solamente la razón instrumental es suficiente para colmar la vida del hombre y responder a sus más inquietantes interrogantes.

Por esto los invito a no abandonar a sí misma la Iglesia en Amazonia. La consolidación de un rostro amazónico para la Iglesia que peregrina aquí es un desafío de todos ustedes, que depende del creciente y consciente apoyo misionero de todas las diócesis colombianas y de su entero clero. He escuchado que en algunas lenguas nativas amazónicas para referirse a la palabra «amigo» se usa la expresión «mi otro brazo». Sean por lo tanto el otro brazo de la Amazonia. Colombia no la puede amputar sin ser mutilada en su rostro y en su alma.

Queridos hermanos:

Los invito ahora a dirigirnos espiritualmente a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, cuya imagen han tenido la delicadeza de traer de su Santuario a la magnífica Catedral de esta ciudad para que también yo la pudiera contemplar.

Como bien saben, Colombia no puede darse a sí misma la verdadera Renovación a la que aspira, sino que ésta viene concedida desde lo alto. Supliquémosla al Señor, pues, por medio de la Virgen.

Así como en Chiquinquirá Dios ha renovado el esplendor del rostro de su Madre, que Él siga iluminando con su celestial luz el rostro de este entero País y bendiga a la Iglesia de Colombia con su benévola compañía.


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Solidaridad del Papa con los Rohinya de Myanmar.

Francisco: “Toda mi cercanía a los Rohinyá perseguidos”

El Pontífice durante el Ángelus recordó las «tristes noticias» sobre la minoría religiosa en Myanmar, que, según un informe de la ONU es de las más perseguidas en el mundo
ANSA

El Ángelus del Papa Francisco

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Pubblicato il 27/08/2017
Ultima modifica il 27/08/2017 alle ore 12:58
GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«Han llegado tristes noticias sobre la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos Rohinyá —afirmó el Papa durante el Ángelus. Todos nosotros pidamos al Señor que los salve y que suscite hombres y mujeres capaces de salvarlos y que les den su ayuda». Desde 2012 800 mil Rohinyá, grupo étnico de religión musulmana, viven en Myanmar y según los informes de la ONU son una de las minorías más perseguidas del planeta. Francisco se prepara para visitar precisamente ese país, en donde se consuman las violencias contra la minoría étnica, en noviembre de este año y recibió hace poco a la lideresa San Sus Kyi, que vivió durante años en arresto domiciliario y ahora forma parte del gobierno.

 

«La Iglesia es comunidad de vida, hecha de muchísimas piedras, todas diferentes, que forman un único edificio en el signo de la fraternidad y de la comunión», advirtió Francisco. «En los últimos días, grandes aluviones han afectado Bangladesh, Nepal y la India septentrional —explicó el Papa. Expreso mi cercanía a las poblaciones y rezo por las víctimas y por cuantos sufren debido a esta calamidad».

 

El Evangelio de hoy, recordó el Pontífice, «nos recuerda que Jesús ha querido para su Iglesia un centro visible de comunión en Pedro y en aquellos que le iban a suceder en la misma responsabilidad primacial, que desde los orígenes han sido identificados en los Obispos de Roma, la ciudad donde Pedro y Pablo han dado testimonio de la sangre». La Iglesia «tiene fundamentos sólidos pero no faltan grietas y necesita constantemente ser reparada, como en los tiempos de san Francisco de Asís». Después exhortó a los fieles: «encomendémonos a María, Reina de los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella estaba en el cenáculo, al lado de Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y los impulsó a salir y a anunciar a todos que Jesús es el Señor». Por ello, invocó el Papa, hoy, nuestra Madre nos sostenga y nos acompañe con su intercesión, para que realicemos plenamente aquella unidad y aquella comunión por la cual Cristo y los Apóstoles ha rezado y han dado la vida».

 

Reflexionando sobre las Escrituras con los fieles y peregrinos que asistieron a la Plaza San Pedro, Francisco insistió en que «el Evangelio de este domingo nos presenta un pasaje clave en el camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que Él quiere verificar en qué punto está su fe en Él». Primero, subrayó el Papa, «quiere saber qué piensa sobre Él la gente; y la gente piensa que Jesús es un profeta, cosa que es verdadera, pero no aprecia el centro de su Persona ni de su misión; después, plantea a los discípulos la pregunta que más le importa». Es decir, les pregunta directamente a todos ellos: «Pero, ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Con ese «pero», Jesús separa con decisión a los Apóstoles de la masa, como diciéndoles: «Pero ustedes, que están conmigo todos los días y me conocen de cerca, ¿qué es lo que más han apreciado?».

 

Según Jorge Mario Bergoglio, «el Maestro se espera de los suyos una respuesta alta y diferente con respecto a las de la opinión pública». Y, de hecho, el primero de los Apóstoles responde al Maestro con palabras que nacen de su corazón: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Simón Pedro pronuncia palabras más grandes que él, palabras que «no provienen de sus capacidades naturales, sino inspiradas por el Padre celeste, el cual revela al primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad». De esta respuesta, añadió Francisco, «Jesús comprende que, gracias a la fe dada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el que se puede construir su comunidad, su Iglesia. Por ello dice a Simón: “Tú eres Pedro (es decir piedra, roca), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

 

Entonces, prosiguió el Papa, «también con nosotros, hoy, Jesús quiere continuar construyendo su Iglesia, esta casa con fundamentos sólidos, pero en la que no faltan las grietas, y que necesita constantemente ser reparada, como en tiempos de san Francisco de Asís». Y nosotros, «claramente, no nos sentimos rocas, sino solo piedras pequeñas, pero ninguna piedrita es inútil; es más, en manos de Jesús se vuelve preciosa, porque Él la recoge, la ve con gran ternura, la trabaja con su Espíritu, y la coloca en el lugar preciso, que Él, desde siempre, había pensado y en donde puede ser más útil a la construcción entera». Y, precisó el Pontífice, «todos nosotros, por pequeños que seamos, somos hechos “piedras vivas” por su amor, y así tenemos un sitio y una misión en la Iglesia: es comunidad de vida, hecha de muchísimas piedras, todas diferentes, que forman un único edificio en el signo de la fraternidad y de la comunión»