Loiola XXI

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Opinión del P. Restrepo jesuita sobre el Papa Bergoglio

Álvaro Restrepo sj: “Jorge Mario es directo y franco, a veces reservado, pero siempre acogedor y fraterno”

“Nos llamábamos simplemente por nuestro nombre, dejando de lado protocolos innecesarios”

Álvaro Restrepo , 05 de septiembre de 2017 a las 13:01

No se limitaba a enseñar y a predicar acerca de la oración, la vivía

Bergoglio y sus padres/>

Bergoglio y sus padres

 Artículo del Anuario de los jesuitas reproducido por Religión Digital

(Álvaro Restrepo sj).- En el mes de septiembre el Papa Francisco visitará Colombia. Estará en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena. Se me ha pedido una colaboración.  Con este motivo quiero compartirles un artículo que escribí para el Anuario de la Compañía y que lleva por título “Entre jesuitas: desde el Arzobispo Jorge Mario Bergoglio al Papa Francisco”.

El teólogo José María Castillo escribía: “El Vaticano no es una isla. Por eso, cuando tanta gente de buena voluntad dice que la Iglesia necesita un buen papa, no se refiere a que el nuevo Pontífice sea conservador o progresista, de derechas o de izquierdas. Lo que importa es que sea un hombre libre y decidido. Necesita un hombre tan apasionado por el Evangelio, que desconcierte a todos cuantos en el papado buscan un hombre de poder y mando. El Papa debe resultar desconcertante. El día en que el Vaticano sea el ‘punto de encuentro’ de todos los que sufren, ese día la Iglesia habrá encontrado el buen Papa que necesita”.

Desde el momento en que a través del “correo de las brujas” se supo en Colombia que yo había sido Provincial de Argentina y que por tanto en varias oportunidades había tratado con el entonces Arzobispo de la capital Jorge Mario Bergoglio, actual Papa Francisco, los medios de comunicación colombianos no cesaron de llamar.

Mucho se ha escrito a propósito del Papa Francisco. Me propongo compartir con los lectores algunas de las cosas que aún recuerdo con admiración y gratitud.

Conocí en Roma a Jorge Mario durante una reunión internacional de la Compañía de Jesús. Trabajamos juntos el tema de los Hermanos (los jesuitas no sacerdotes). Recuerdo su profundo aprecio por ellos.

A los pocos meses de haber yo llegado a la Argentina para prestar el servicio de Provincial, Monseñor Bergoglio asumía el arzobispado de Buenos Aires. Fue así como nos encontramos en la Capital Federal. Nuestras relaciones se caracterizaron siempre por el respeto a la labor de cada uno.

Sus raíces familiares piamontesas y sencillas me ayudaron a comprender mejor los valores y el carácter de Jorge Mario. Nació el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores. Se graduó como técnico químico. A los 21 años decide ser sacerdote. Entra al seminario diocesano de Devoto, dirigido en ese entonces por los jesuitas. Fué ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús en 1969 y nombrado Provincial para el sexenio 1973-1979. En 1998 es designado Arzobispo de Buenos Aires.

No es amigo de ostentaciones ni de publicidades. Vivía en un modesto apartamento acanto a la Catedral. Por lo demás, considero inútil tratar de compararlo con alguno de los Papas del siglo pasado. Hay que tratarlo personalmente. Es directo y franco, a veces reservado, pero siempre acogedor y fraterno. Nos llamábamos simplemente por nuestro nombre dejando de lado protocolos innecesarios.

Destaco su afecto sincero por los pobres, por los enfermos, por los jóvenes y por los sacerdotes. Cuando uno de los párrocos le informaba que uno de sus familiares estaba delicado de salud, el Arzobispo Jorge Mario se ofrecía gustoso a reemplazarlo en sus tareas parroquiales.

No olvido sus llamadas telefónicas para preguntarme por la salud de los jesuitas y pedirme el favor de averiguar el horario más conveniente para conversar tranquila y discretamente con el enfermo.

En cierta ocasión un joven estudiante jesuita le pidió un consejo para su apostolado con los más necesitados. La respuesta es reflejo de una honda experiencia pastoral:

“Visita con frecuencia a los pobres, acércate a ellos, mira cómo viven y cómo comparten generosamente lo poco que tienen. Después reflexiona y ora. Lo que pastoralmente les guste y necesiten es eso lo que debes hacer”.

Las homilías del Arzobispo el 25 de mayo, día nacional argentino, partían siempre del Evangelio. Con sumo respeto pero sin ambages predicaba acerca de lo que creía necesario comunicar a los presentes: gobernantes, ministros de estado y pueblo fiel -para el que, durante la ceremonia de la Catedral, permanecían las puertas abiertas.

Me acuerdo de la fuerza con la que pidió a los presentes que no se discriminaran a los emigrantes provenientes de Paraguay, Bolivia y Perú, so pretexto de que eran indocumentados:

“Ellos son hijos de Dios, personas hermanas y hermanos nuestros; poseen la tarjeta de identidad de sus países y si emigran a la Argentina es porque aquí buscan trabajo asumiendo con frecuencia las labores más duras. Sus salarios, si es que los reciben, son miserables. Respetémoslos y ayudémoslos”.


El interlocutor captaba inmediatamente la cultura amplia y la honda espiritualidad de Jorge Mario. Fue profesor de literatura y de sicología, licenciado en filosofía y teología. En Alemania completó su tesis doctoral sobre Romano Guardini. Su entrega apostólica no reñía con sus tareas de gobierno de la Arquidiócesis. Por el contrario, la hacía más creíble.

No se limitaba a enseñar y a predicar acerca de la oración, la vivía. Conocía perfectamente y meditaba las cartas y los escritos de San Ignacio de Loyola, de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús y el diario espiritual de Pedro Fabro.

Sabemos también su aprecio por la obra de Jorge Luis Borges y de Leopoldo Marechal.

Bergoglio es hombre de discernimiento. En cierta ocasión conferí con él un asunto delicado. Me admiró su respuesta: “si lo que quieres viene de Dios, el Espíritu Santo te lo hará sentir internamente y se encargará de que lo que proyectas se lleve a cabo. Pero si lo que buscas no proviene de Él, tu plan no resultará”.

El afecto por la persona de Jesús y la devoción a la Virgen María son recurrentes en sus charlas, escritos y homilías. La devoción a San José ocupa para Jorge Mario un puesto especial. No es simple coincidencia que asumiera oficialmente su pontificado un 19 de marzo.

Una cadena de televisión me hizo esta pregunta: ¿qué piensa usted de los cincuenta primeros días del Papa Francisco? Recordé que Dios es “el Dios de las sorpresas”, “el Dios siempre mayor”. Ciertamente me sorprendí al recibir la noticia de la elección de Francisco. Por vez primera teníamos en la historia un Papa latinoamericano y jesuita!

En la entrevista hice hincapié en sus gestos profundamente simbólicos del Papa Francisco y que llegan al corazón de la gente. La alegría y la esperanza de quienes lo escuchan y lo ven en la televisión son voz común, y no es raro oír personas que dicen haberse reconciliado con la Iglesia.

El 14 de marzo, día siguiente a la elección del nuevo Pontífice, el entonces Padre General de los jesuitas Adolfo Nicolás declaraba:

“En nombre de la Compañía de Jesús doy gracias a Dios por la elección del nuevo Papa, Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., que abre para la Iglesia una etapa llena de esperanza.Todos los jesuitas acompañamos con la oración a este hermano nuestro y le agradecemos su generosidad para aceptar la responsabilidad de guiar a la Iglesia en un momento crucial. El nombre de ‘Francisco’ con el que desde ahora le conocemos, nos evoca su espíritu evangélico de cercanía a los pobres, su identificación con el pueblo sencillo y su compromiso con la renovación de la Iglesia. Desde el primer momento en que se ha presentado ante el pueblo de Dios nos ha dado testimonio visible de su sencillez, su humildad, su experiencia pastoral y su profundidad espiritual”.

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El Papa celebró con los jesuitas la fiesta de S. Ignacio

El Papa celebró con los jesuitas la fiesta de San Ignacio de Loyola

Martes 1 Ago 2017 | 11:12 am

Roma (Italia) (AICA):

 El papa Francisco almorzó, este lunes 31 de julio, con la comunidad de los padres jesuitas, en la Curia de la Compañía de Jesús en Roma, con ocasión de la fiesta de San Ignacio de Loyola. El pontífice fue recibido por el padre Arturo Sosa SJ, superior general de la Compañía. Es la quinta vez, en su pontificado, que el Santo Padre visita la Curia de los padres jesuitas.

Ya se convirtió en una costumbre del primer pontífice jesuita festejar al fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola con sus hermanos jesuitas.

Asimismo Francisco envió ayer el siguiente mensaje en su cuenta twitter: “Como San Ignacio de Loyola, dejémonos conquistar por el Señor Jesús y guiados por Él, coloquémonos al servicio del prójimo”.+


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Homilía del Prepósito general de los jesuitas en la fiesta de S.Ignacio

  Padre Sosa: recorramos sin miedo el camino hacia las fuentes carismáticas de la Compañía

 

 

Celebrar la fiesta de San Ignacio es una invitación a profundizar nuestro carisma y espiritualidad: lo afirmó el padre Arturo Sosa Abascal, Superior General de los Jesuitas, en la homilía de la misa celebrada en la Iglesia del Jesús en Roma, ocasión de la fiesta del santo de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, este 31 de julio.

Recordando que el Concilio Vaticano II envió a “fundadores y fundadoras de congregaciones” a recorrer el camino de las propias fuentes carismáticas, el Superior de los Jesuitas los definió en su homilía “portadores de dones del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo”.

“Cada carisma – puntualizó el padre General de los Jesuitas – es dado para contribuir en la construcción del cuerpo de la Iglesia y para enriquecer su servicio a la misión del Cristo”. Y en este sentido subrayó que referirse a “San Ignacio fundador” es el modo de los jesuitas de “renovar la fidelidad al carisma recibido” y de abrirse a su enseñanza, siempre con un fundamento: “el amor de Jesús”. Por lo tanto – agregó – “el primer paso para volverse cristiano y jesuita es enamorarse de Jesús, volverse su amigo y compartir su vida y misión con los compañeros”.

Precisamente, señaló el padre Sosa, “es el amor de Jesús que funde aquella unión de mentes y corazones que hace posible la Compañía de Jesús, como ha escrito San Ignacio en las Constituciones”.

Unión de mentes que no significa compartir una ideología – precisó – porque los jesuitas “están invitados, como todos los cristianos a reflexionar por su cuenta, a tener ideas personales y a desarrollar el pensamiento”.

“Unión de mentes – especificó – quiere decir tener la mente dirigida, en primer lugar, a Dios y por ende, a la vocación a la cual hemos sido llamados”.

El Padre Sosa habló también de “la unión de los corazones” realizable solamente con una condición: si el amor de Cristo llena completamente nuestra afectividad, amor que es capaz de liberarnos de los afectos no dirigidos “solamente a Dios”.

Con la invitación a sus hermanos jesuitas a no tener miedo de recorrer el camino hacia las fuentes carismáticas de la Compañía, el padre General invocó a Nuestra Señora della Strada, la Virgen del Buen Camino, para que sea para ellos la guía en este camino hacia el origen de la fuente de vida, “el amor del Señor Jesús”.

(MCM-RV)

Texto completo de la homilía del Superior General de los Jesuitas

San Ignacio es un punto de referencia permanente para nosotros jesuitas y para tantas personas que se nutren de su espiritualidad. Celebrar su fiesta en esta Chiesa del Gesù (Iglesia del Jesús) en Roma, junto a los lugares donde él murió y donde antes había transcurrido años de su vida para consolidar los fundamentos de la Compañía de Jesús y para guiarla en su difusión apostólica en todo el mundo entonces desconocido, es, por lo tanto, una invitación a profundizar nuestro carisma y su espiritualidad. Celebramos esta tarde a San Ignacio como fundador, junto a otros nueve compañeros, de la Compañía de Jesús para dar gloria a Dios, que ha demostrado también en él su magnanimidad y su amor misericordioso, y por “la ayuda de las almas”.

El Concilio Vaticano II ha enviado a todas las congregaciones religiosas a recorrer el camino hacia sus propias fuentes carismáticas. Los fundadores y las fundadoras no son solamente buenas personas, con una profunda experiencia de la misericordia de Dios y una vida ejemplar, sino que reconocemos también en ellas una especial presencia del Espíritu Santo. Son portadores de dones específicos del Espíritu a la Iglesia y para el mundo. Cada carisma es dado para contribuir en la construcción del cuerpo de la Iglesia y enriquecer su servicio a la misión del Cristo en el cual Dios, uno y trino, reconcilia todas las cosas. La referencia a San Ignacio fundador es, por lo tanto, nuestro modo de renovar la fidelidad al carisma recibido y de abrirnos a su enseñanza, fuente también de la creatividad apostólica de la cual tenemos tanta necesidad en nuestros tiempos.

El fundamento es siempre el amor de Jesús. “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a Él, y haremos morada con Él. Jesús, después de habernos amado, viene al encuentro de cada uno de nosotros, nos invita a seguirlo y nos reúne como sus compañeros. El primer paso para volverse cristiano y jesuita es entonces enamorarse de Jesús, volverse su amigo y compartir su vida y misión con los compañeros, también ellos enamorados y reunidos en su nombre para servir a la Iglesia.

Es el amor de Jesús que funde aquella unión de mentes y corazones que hace posible la Compañía de Jesús, como ha escrito San Ignacio en las Constituciones (671): “El principal vínculo recíproco entre ellos y con su jefe es el amor de Dios nuestro Señor. En efecto, si superiores e inferiores estarán muy unidos con su divina suma bondad, lo estarán con toda facilidad también entre ellos, en virtud del único amor, que de ella descenderá y se extenderá a todo el prójimo, especialmente al cuerpo de la Compañía”. Aquí y solamente aquí encontramos las condiciones para el discernimiento espiritual en común, a través del cual el Espíritu Santo guía nuestra contribución en la misión de Cristo.

Unión de mentes no significa compartir una ideología, una forma de pensamiento único entorno al cual levantamos muros para encontrar una falsa identidad que nos tranquiliza. Los jesuitas, como todos los cristianos, discípulos del Señor Jesús, están invitados a reflexionar por su cuenta, a tener ideas personales, a desarrollar el pensamiento y a hacer búsqueda profundizada en todos los campos del conocimiento humano. En efecto, la Compañía de Jesús invierte mucho tiempo y energías en la preparación intelectual de sus miembros, convencida de tener en la actividad intelectual un valioso instrumento apostólico para hacer presente la buena noticia de Jesús en todas las dimensiones de la vida humana, en todo tiempo, cultura y lugar.

Sino que unión de mentes quiere decir tener la mente dirigida, en primer lugar, a Dios y por ende a la vocación a la cual hemos sido llamados. Con las palabras de la Formula del Instituto (1), nuestra carta fundamental, del 1550: quien quiera formar parte de esta Compañía, “trate también de tener ante los ojos, hasta que vivirá, antes que cualquier otra cosa, a Dios, y luego la forma de este Instituto suyo que es una camino para llegar a Él, y de conseguir con todas las fuerzas tal fin que le fue propuesto por Dios”:

También la unión de los corazones es posible solamente si el amor de Cristo llena completamente nuestra afectividad, de manera tal que nos liberemos de todos nuestros “afectos desordenados”, es decir, de los afectos no dirigidos solamente a Dios. Parecería más simple unir los corazones que las mentes, pero no lo es. En el corazón de cada uno de nosotros se multiplican estos afectos desordenados que nos vinculan a las personas, lugares, trabajos apostólicos y se transforman en lazos tan cortos que hacen perder la libertad interior, la “indiferencia” del principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales (23), aquella que hace “que no deseemos de parte nuestra la salud antes que la enfermedad, la riqueza antes que la pobreza, el honor antes que la deshonra, una vida larga antes que una vida breve, así para todo lo demás, deseando y eligiendo solamente aquello que nos puede conducir mejor al fin para el cual hemos sido creados”.

La unión de los corazones corresponde a la experiencia relatada por el profeta Jeremías, obligado a dejarse seducir por la fuerza de la presencia de Dios en su vida, no obstante todas las resistencias que él pone ante el encuentro con el Señor. A pesar de la sensación de vergüenza y la burla continua de la cual es víctima, reconoce finalmente que el amor del Señor se impuso en su corazón: “Había como un fuego ardiente, retenido en mis huesos; me esforzaba para contenerlo pero no podía”.

Por consiguiente, no tenemos que tener miedo de recorrer este camino hacia nuestras fuentes carismáticas, “en unión de mentes y corazones”. El Señor ha enviado el Paráclito, su Espíritu, para recordarnos todo lo que nos ha enseñado. No importa cual haya sido la vida antes del encuentro con el Señor. Él quiere usar su misericordia y regalarnos “gracia superabundante junto a la fe y la caridad que está en Jesucristo”, para ponernos al servicio de su misión, para hacer que nos transformemos en sus compañeros y confiarnos el ministerio de la reconciliación (cfr. 2 Corintios 5, 18).

Que Nuestra Señora della Strada (Virgen del Buen Camino) sea nuestra guía en este recorrido y obtenga para cada uno de nosotros la gracia de caminar incansablemente, hacia el origen de nuestra fuente de vida, el amor del Señor Jesús.


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Cuatro años de un Papa jesuita

Cuatro años de un papa jesuita

¿Qué ha supuesto para nosotros, los jesuitas, el nombramiento del papa Francisco, a los cuatro años de su elección? No puedo hablar, como es obvio, en nombre de “los jesuitas”, sino solo en el mío propio, pero sí con la esperanza de que al expresar mi sentir más personal esté expresando también el de otros muchos compañeros.

Comienzo distinguiendo dos niveles, conectados entre sí pero con distinto peso específico. El primero es más emotivo, toca fibras más sensibles a nuestro ser de jesuitas y de Compañía de Jesús. Que quien fue en otro tiempo compañero nuestro sea ahora nada menos que Pastor de la Iglesia universal nos llena de una gran alegría. El papa Francisco sintió de joven la misma llamada que nosotros, bebió de las mismas fuentes ignacianas, se incendió por dentro del mismo Cristo de los Ejercicios, pasó por las mismas etapas de formación… ¿Cómo no sentir alegría por un hecho así, el primero en quinientos años de historia de la Iglesia, y más teniendo en cuenta que las relaciones entre el Vaticano y la curia jesuítica no siempre fueron fáciles? Por otra parte –estoy seguro de ello- esa alegría no es narcisista ni muestra de un orgullo corporativo, sino de una honda gratitud al Señor y de una mayor disponibilidad para trabajar, bajo su guía, en la viña del Señor.

El segundo nivel es más hondo, más teológico, por decirlo así, tiene mayor peso. La Compañía de Jesús, tal como está configurada en la actualidad, nació de la segunda parte de un doble voto de Ignacio y sus compañeros en la colina de Montmartre (París) en 1534): si no salía adelante, como así sucedió, el proyecto de ir a Jerusalén, el grupo de los diez se pondría a disposición del Papa para ser enviados donde creyera que había mayor necesidad. Así lo hicieron, una vez fracasado el “proyecto Jerusalén” y constituidos ya en orden religiosa. No hay que extrañarse por tanto de que Nadal, el mejor intérprete de san Ignacio, dijera que este voto que vincula esencialmente a la Compañía de Jesús con el papa en lo tocante a sus misiones, era “nuestro primero y principal fundamento”. Es decir, que la Compañía de Jesús había nacido de él y que esa promesa sagrada sería siempre consustancial a nuestra Orden y a cada jesuita en ella. La Compañía de Jesús, afirmó en cierta ocasión un Provincial jesuita, nació con un impulso “paulino”, es decir, misionero, ad extra de sí, y con una devoción “petrina”, esto es, con una referencia operativa y afectiva al sucesor de Pedro como primer mediador de su presencia en el mundo.

¿Qué sucede en el caso del Papa Francisco? Dos cosas, a mi modo de ver. La primera es que los vínculos humanos, afectivos y espirituales, que unen a la Compañía con el papa hacen más “fácil” –digámoslo así- nuestra disponibilidad y obediencia a él para lo que quiera encomendarnos. La segunda, que la Compañía siente tan cercana a su carisma originario la orientación que el papa Francisco está imprimiendo en la Iglesia, que es para nosotros un gozo y un honor secundarle.

– “Demasiado humanas ambas razones”, pensará alguien. – “No, si estamos dispuestos a mantener la misma actitud en otras circunstancias distintas…”. El ejemplo lo tenemos en el propio san Ignacio a quien le tocó vivir su propio voto de obediencia al papa con uno “amigo” (Marcelo II) y con otro muy hostil (Paulo IV).

 

Toño García SJ


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Fiesta de S. Ignacio de Loyola.

Desde la Cueva de Manresa,
Feliz día de
SAN IGNACIO 2017
En nuestra Eucaristía a las 20h recordaremos a todos los
amigos/as de la Cueva.
Vamos preparando el 2022, quinientos años de la venida
de Ignacio a Manresa.
Quisiéramos que este Lugar Santo estuviera muy a disposición de los que, como el
Ignacio manresano, desean encontrar a Dios en el Silencio de la Cueva que les lleva a la
misión: en todo amar y servir


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USA: los jesuitas piden cumplimiento acuerdos de París sobre cambio climático.

 

ESTADOS UNIDOS: Los jesuitas reclaman que la Administración Trump y el Congreso respalden el Acuerdo de París

Los jesuitas de los Estados Unidos han reclamado que el gobierno siga comprometido con los Acuerdos de París sobre el cambio climático. El comunicado de la Conferencia de provinciales de Estados Unidos y Canadá afirma: “Los Estados Unidos deben mantener su compromiso con el cuidado de la creación y la ayuda a los países pobres […] Como líder global, tenemos la responsabilidad moral de ser un ejemplo positivo en el cuidado de nuestros hermanos y hermanas del mundo, especialmente los más vulnerables. Enfrentarse al cambio climático exige un esfuerzo internacional, y la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París constituye un precedente desalentador para la continuidad del compromiso de muchas otras naciones.”


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El Salvador: piden la libertad del responsable de los asesinatos de jesuitas.

 

 

 

 

EL SALVADOR: Los jesuitas piden la libertad para el ex-coronel de los asesinatos de 1989

Los jesuitas de El Salvador han pedido al gobierno que conmute la sentencia de prisión del excoronel condenado por el asesinato, en 1989, de los seis sacerdotes de su orden, y de una empleada con su hija. Al presentar esta petición en el Ministerio de Justicia y de Seguridad Pública, la Compañía de Jesús reitera que perdona al antiguo Coronel Guillermo Benavides que ha cumplido ya 26 años de prisión de los 30 a los que fue condenado. “Hacemos esta petición fundados, desde nuestro punto de vista, en que el proceso de verdad, justicia y reparación se ha cumplido”, dice el P. Andreu Oliva, Rector de la Universidad Centro Americana (UCA). Los sacerdotes españoles Segundo Montes, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno, y el salvadoreño Joaquín López, fueron asesinados en noviembre de 1989 junto con la empleada Elba Ramos y su hija, de 15 años, Celina