Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Venta del edificio de la residencia de los jesuitas de Bilbao.

Hoy mismo, 22 de mayo de 2017, se ha firmado la venta del edificio de la antigua Residencia de la calle Ayala. Los compradores quieren dedicarlo a la promoción inmobiliaria para la construcción de un equipamiento hotelero de nueva planta. Con esta venta culmina lo fundamental de la transformación apostólica de todo el complejo de la Residencia, que se inició hace más de una década con la reforma total del antiguo edificio de los Luises y su conversión en Arrupe Etxea. Los ingresos obtenidos sirven en cierta manera para paliar el coste de la inversión que se hizo entonces.


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Qué es La Civiltá Cattolica. Historia y nuevos proyectos.

“La Civiltà Cattolica” festeja el número 4 mil

La revista más antigua de Italia festeja con un número especial y un volumen conmemorativo, pero también ve hacia el futuro ampliando el propio horizonte internacional con ediciones en 4 lenguas. Mañana una audiencia con el Papa

“La Civiltà Cattolica” festeja el número 4 mil

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Pubblicato il 08/02/2017
Ultima modifica il 08/02/2017 alle ore 13:30
REDACCIÓN
ROMA

Cuatro mil volúmenes, cinco lenguas. El 11 de febrero de 2017 será publicado con un nuevo diseño y una sorpresa en la portada el número 4 mil de “La Civiltà Cattolica”, que nació el 5 de abril de 1850. La revista es prácticamente única en la historia de las revistas culturales. Dirigida en la actualidad por el padre Antonio Spadaro, la revista celebrará el evento con una audiencia concedida por el Papa al Colegio de los Escritores y a los colaboradores de la misma. La cita es para mañana, 9 de febrero.

 

Antes de Francisco, habían celebrado los números millares anteriores Pío XI (1892), León XIII (1933) y Pablo VI (1975). Doce Pontífices han dirigido mensajes y discursos directamente a los padres escritores de la revista durante su historia. En esta ocasión serán publicados estos discursos por primera vez en “La valentía y la audacia. De Pío IX a Francisco”, un volumen editado por Rizzoli en Italia, que contará con una abundante introducción histórica.

 

Entre las novedades absolutas en la historia de la revista de los jesuitas, está la publicación, también el próximo 11 de febrero, de cuatro ediciones mensuales en español (que será presentada el 9 de febrero a las 18 horas en la Embajada de España ante la Santa Sede), inglés (que será persentada el 28 de febrero a las 18.30 en la residencia del Embajador del Reino Unido ante la Santa Sede), en francés y coreano.

 

El volumen 4 mil será presentado en la sede de la revista en la calle de Porta Pinciana, 1, el sábado 18 de febrero a las 18 horas, con una mesa redonda en la que participarán el prof. Giuliano Amato, Emma Fattorini y el profesor Andrea Riccardi. Habrá también en los próximos meses otras iniciativas conmemorativas.

 

«La tradición florece, implica un crecimiento». Es lo que Papa Francisco dijo al padre Antonio Spadaro en una conversación que fue publicada en el libro «En tus ojos está mi palabra». La revista, escrita desde siempre solo por jesuitas, ha vivido una importante renovación gráfica desde 2011, y también otras innovaciones relacionadas con su presencia en el mundo digital.

 

Los escritores, mientras tanto, han crecido exponencialmente y también han aumentado su origen geográfico y cultural. Y hay una novedad absoluta: el lanzamiento de las ediciones de la revista en francés (Parole et Silence), inglés (Union of Catholic Asian News), español (Herder) y coreano (de la que se ocuparán los provinciales coreanos de los jesuitas). La dimensión plurilingüístíca cambiará la identidad misma de la revista, justamente porque tendrá lectores en muchas otras lenguas y las instancias de otros países y culturas formarán parte de ella como nunca antes.

 

Una relación de confianza con el Papa: desafío y no mérito. «La Civiltà Cattolica» también es conocida por su especial «sintonía» con la Santa Sede. Una relación que ha durado a lo largo de la historia y que todos los que han pasado por la Cátedra de Pedro, a partir de 1850, han reconocido como «carácter esencial de esta revista».

 

En el editorial del número 3 mil (de 1975) hay palabras que resuenan todavía en la actualidad: «Nos parece que hay que insistir particularmente en este carácter de absoluta fidelidad al Papa, no tanto como un marito, sino más bien como un compromiso de “La Civiltà Cattolica”. Frente a ataques cada vez más violentos en contra de la persona y de la enseñanza del Papa, incluso por parte de algunos católicos; frente a los intentos por minimizar y reducir a poca cosa, cuando no negar, el primado y el magisterio del Romano Pontífice….». Y en el primer número de 1850 se lee: «Una civilización católica no sería católica, es decir universal, si no pudiera componerse con algo de cosa pública». Los escritores jesuitas lo creen todavía.


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En memoria del P. Peter Hans Kolvenbach, exsuperior general de los jesuitas.

En memoria del P. Peter Hans Kolvenbach

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Recientemente ha fallecido el P. Peter Hans Kolvenbach (1928/2016),  una buena forma de recordar su valioso legado es recordar esta reflexión que ofreció en la Universidad del Deusto – Bilbao en el año 2007, siendo Superior General de la Compañía de Jesús y dentro de los Actos del Centenario del nacimiento del P. Pedro Arrupe…    

“Pedro Arrupe: profeta de la renovación Conciliar”

Deseo que mis primeras palabras sean para expresarles a todos Ustedes mi más profundo agradecimiento por su presencia y participación en este ciclo de conferencias que conmemora el nacimiento, en esta villa de Bilbao, del recordado Padre Pedro Arrupe Gondra, hace exactamente un siglo. Agradezco en particular a la Universidad de Deusto por su acogida y a los organizadores de este acto por su feliz iniciativa.
El título de esta conferencia es “La figura y el mensaje del P. Pedro Arrupe”, pero antes de entrar en materia debo hacerles una confesión. En cuanto su sucesor como superior general de la Compañía de Jesús, mis encuentros personales con él fueron, por desgracia, más bien raros. Yo vivía en el Próximo Oriente, cuya situación explosiva es conocida por todos, y durante la larga guerra civil del Líbano los contactos con Roma eran más bien difíciles y esporádicos. Cuando, por fin, pude visitar al Padre Arrupe todos los días, pues los dos vivíamos en la Curia General, su grave enfermedad hacía casi imposible una auténtica conversación, dada su incapacidad de expresión, aun cuando tuviera ciertamente tantos consejos que darme. Con todo, aunque estuviera limitada su capacidad de expresarse, quedaba el testimonio de lo que había hablado por todo el mundo. Y este testimonio nos presenta al Padre Arrupe como un testigo fiel del Concilio Vaticano II. Algunos lo llamarán “el hombre de la utopía”, otros se referirán a él como “un místico y un profeta para nuestro siglo”, otros, por fin, lo reconocerán como aquel que ha hecho tantas cosas nuevas, en nombre del Señor que nos dice, en el libro del Apocalipsis (Ap 21,5): “Mira, renuevo el universo”. Éste es el aspecto característico de la figura y mensaje del Padre Pedro Arrupe que quisiera destacar en el día de hoy.
El 22 de mayo de 1965, el Padre Pedro Arrupe fue elegido Prepósito General de la Compañía de Jesús. Antes de este momento se había enfrentado a muchas sorpresas, a grandes cambios y profundas novedades en su vida. Un “golpe de la gracia” en Lourdes hará cambiar su prometedora carrera como médico por la vida de jesuita, dejándose guiar en su camino hacia Dios por su compatriota vasco Ignacio de Loyola. Los avatares de la política nacional le convierten en exiliado, condenado a una experiencia internacional en el desafío de aprender nuevas lenguas y afrontar varios cambios culturales en Europa y los Estados Unidos.
Todos estos desarraigos, no apagan en él el deseo de seguir la huella de otro compatriota suyo, Francisco Javier. Estas separaciones no agotan su deseo de anunciar la buena noticia del Señor en Japón, que dotado de una cultura religiosa perfecta, parece no tener necesidad de ninguna buena noticia que venga de fuera. En “Este Japón increíble” experimentará la novedad del aislamiento durante un mes en una celda de la prisión en Yamaguchi, acusado de espionaje. Llegará a decir que esta experiencia inesperada fue un golpe de gracia, pues en soledad con el único Señor vivió “el mes más instructivo de mi vida”.
Otra novedad vivida en Japón será la moderna invención del horror humano que se llama la bomba atómica de Hiroshima. Cuando al día siguiente del cataclismo celebra la Sagrada Eucaristía ante tantos cuerpos que yacen en el suelo, el Padre Arrupe queda como paralizado cuando ante tanto sufrimiento cruel ha de decir “Dominus vobiscum”. Sin embargo, contra toda apariencia, el Señor está con vosotros.
Unos treinta años más tarde, cuando el Padre Arrupe visitó el Líbano y yo le enseñaba las ruinas del centro de la ciudad de Beyrut, le dije que tras una terrible noche de bombardeos destructivos, a la mañana siguiente los pájaros cantaban desde los árboles. Él me respondió que también en Hiroshima el Señor de la Vida no permitió que la increíble potencia de la muerte dijera la última palabra. Como dice el Cantar de los Cantares, “Es fuerte el amor como la muerte. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni los ríos anegarlo.” (Cantar 8, 6-7).
Todavía en el Japón, vive otra novedad cuando es nombrado responsable de un grupo importante de jesuitas, de origen internacional. El Padre Arrupe anima a estos apóstoles a abandonar con generosidad las maneras occidentales de orar, de vivir y de trabajar, para, siguiendo al apóstol Pablo, hacerse todo a todos. Este reto pretendía que los japoneses pudieran reconocer en el rostro de Cristo y de su Iglesia, los rasgos japoneses de su ancestral deseo religioso. Tal fidelidad a este modo de acercamiento nuevo del apóstol Pablo suscitaba en unos el entusiasmo apostólico, pero despertaba en otros una resistencia de principio.
Este es el modo como el Señor había ido preparando al Padre Arrupe para guiar a la Compañía en la novedad que el Espíritu había inspirado en la Iglesia del Vaticano II, en el mundo y para el mundo. Al dirigirse a los jesuitas de Roma el 11 de marzo de 1967, el Padre Arrupe subraya que la Congregación General 31 -que le eligió General- es como una semilla y una exigencia de vida nueva que compromete nuestra responsabilidad ante Dios y ante la Historia. Terrible responsabilidad ante la historia, pero, sobre todo y más aún, grave responsabilidad ante Jesucristo. El nos ha elegido no por nuestros méritos, ni en razón de nuestros gustos, sino según el beneplácito de su voluntad. De este modo, nuestra misión en la Iglesia, aunque limitada y modesta, queda confiada a nuestra responsabilidad personal y comunitaria para que vivificados y reunidos en su Espíritu, nos encaminemos hacia la consumación de la historia humana que corresponde plenamente a su designio de Amor.
Esta conclusión, que asume plenamente en Dios la realidad de una Iglesia que cambia y la exigencia de descubrir aproximaciones nuevas para responder a las necesidades nacientes de la Iglesia y del mundo, no elimina los esfuerzos, las conmociones y los sacrificios que comportan todos estos cambios y acomodaciones.
El Padre Arrupe es realista: se nos exigirá más que a los jesuitas del tiempo de San Ignacio. Apenas finalizado el Concilio pide no dejarse impresionar por declaraciones como “se ha cambiado la Compañía”, o bien aquella otra, más cruel por la referencia personal, “lo que Ignacio, un vasco, ha construido, otro vasco lo va a destruir”. Previendo reacciones de este tipo, el Padre Arrupe al final de la Congregación confiesa que él deseaba comprometerse en total y plena fidelidad al Concilio Vaticano II. Un “optimismo realista, lleno de confianza en el Espíritu Santo que guía a la Iglesia y a la Compañía. No se trata de mantener un recuerdo nostálgico del tiempo pasado, ni un resentimiento o descontento por los cambios difíciles que probamos en el interior de la Compañía o fuera de ella”. Siempre respetuoso de la reacción de la otra persona a los principios y a las concretizaciones de todo “aggiornamento”, el Padre Arrupe afirma que “si bien no se puede exigir de todos el mismo grado de optimismo, sí se nos impone a todos al menos la exigencia de no admitir jamás el pesimismo”, pues la novedad del Concilio es un don de Dios que merece nuestra fidelidad total.
Este espíritu y este mensaje del Padre Arrupe se hacían sentir en detalles concretos de la vida de los jesuitas y, dado el grado de nerviosismo de este tiempo post-conciliar, cualquier hecho banal podía desencadenar auténticas tempestades. Así sucedió, por ejemplo, durante su primera visita a los jesuitas de París, apenas un año después del Concilio. En esta época, yo era estudiante de lingüística en la Sorbona y era la primera ocasión en la que pude verlo verdaderamente tal y como quisieron los primeros jesuitas que fuera el “superior general”. Es decir, como “uno entre nosotros”: acogedor y dialogante, sin formalidades de protocolo, sin búsqueda de un culto de la personalidad. El Provincial de París, con el deseo de quedar bien, había impuesto a sus compañeros la sotana, o por lo menos el traje clerical con la camisa de cuello romano. Tal era la disciplina de ese tiempo. Solamente dos jóvenes jesuitas, que provenían del norte de Europa, rompieron la uniformidad del conjunto, pues estaban vestidos de traje y corbata. El provincial en vano trataba de alejarlos o de esconderlos detrás de los demás jesuitas vestidos “como Dios manda”. Para mayor embarazo del Provincial, casualmente fueron de los primeros en saludar a su Superior General que se entretuvo gustosamente con ellos conversando sobre la Compañía de Jesús en el norte de Europa y que él conocía tan bien por los años de su exilio. El incidente, como se pueden imaginar, no pasó desapercibido y dio pie a comentarios bien diversos.
Sucedió algo parecido al día siguiente. Dadas mis obligaciones en la Universidad, yo no pude participar en el encuentro de los jesuitas de París con el Padre Arrupe, pero por la noche en la comunidad se expresaron claramente las distintas reacciones. Mientras unos mostraban reacciones entusiastas, otros profirieron palabras de indignación pues el Padre Arrupe en su discurso había quebrantado santas costumbres, había sacudido posiciones adquiridas tras largos años al colocar a cada uno de sus auditores, de forma personal, con la novedad del Espíritu que de una forma nueva ha irrumpido en nuestra historia. En consecuencia, no es suficiente una conducta impecable, una fidelidad minuciosa y formal al reglamento y al horario (ni siquiera al más tradicional y sagrado), ni basta una observancia perfecta a cualquier punto de vista para ser un auténtico compañero de Jesús. Ante todo, es necesario una adhesión sin reservas a esta novedad cristiana a la que el Espíritu urge a la Iglesia a través de una disponibilidad apostólica a toda prueba, iluminada por un discernimiento orante en la escucha de los “signos de los tiempos”.
Esto era lo que decía el Padre Arrupe a los jesuitas de París, como lo hará más tarde por todo el mundo, provocando en consecuencia una auténtica conmoción en la espiritualidad y en la misión de la Compañía, sin ahorrar ningún detalle de la vida de todos los días.
Cuando unos diez años más tarde, el Padre Arrupe hace balance de esta situación, comienza en primer lugar a renovar su fe en la gracia del Concilio. Mantenía un optimismo realista, que algunos han atribuido a una ingenuidad personal que le impedía ver la realidad desastrosa de la Iglesia post-conciliar. Sin embargo, sus múltiples contactos y su numerosa correspondencia le hablaban sin cesar de dimisiones y de salidas, de situaciones conflictivas en el interior de la Iglesia y de la Compañía, de peligrosos malentendidos sobre la renovación en marcha y de divergencias sobre lo esencial de nuestra fe, poniendo a su vez en cuestión casi todo lo que había sido tan querido para la Iglesia antes del Concilio. El Padre Arrupe, con todo, no negaba esta realidad, pero rechazaba reconocer en ella toda la verdad.
Efectivamente, aplicando la bien conocida ley de Zipf que afirma que una buena noticia no es noticia y que únicamente una mala noticia merece el nombre de noticia, todo el material negativo que se refiere al post-concilio recibía amplia publicación en los periódicos, revistas y reportajes televisivos, alimentando de este modo un pesimismo que incluso alcanzaba a las más altas esferas del Vaticano. A pesar de este cuadro tan negro, el Padre Arrupe no dejaba nunca salir de sus labios una palabra que no fuera de confianza y de esperanza, de ánimo y de fe en el empuje del Espíritu de Dios que renueva la faz de este mundo a través de su Iglesia, a través de los que han sido enviados a anunciar la buena noticia. Esta esperanza que no cae de ninguna manera en la noche oscura de nuestra historia, se encontraba como sintetizada en un proverbio que el Padre Arrupe repetía con frecuencia, y que el Santo Padre Benedicto XVI ha repetido este verano cuando hablaba a un grupo de sacerdotes sobre el tiempo post-conciliar: “si cae un árbol, hace mucho ruido, pero si mil flores se abren, sucede en el mayor de los silencios”.
Toda esta publicidad unilateral y tendenciosa sobre la novedad del concilio era un mal menor comparada con una dificultad más fundamental. El Padre Arrupe nos recordaba con frecuencia que con respecto a las gracias y logros del Concilio Vaticano II, nos comportamos con gusto como advenedizos, como nuevos ricos que hacen ostentación de las riquezas recibidas para hacerse ver y admirar, olvidando sin embargo, que todos estos nuevos tesoros recibidos implican responsabilidades nuevas para con los demás. Tenemos el gran peligro de presumir de las conquistas del Concilio como son el “aggiornamento” y la nueva presencia de la Iglesia en el mundo, la libertad religiosa de conciencia y la responsabilidad de los fieles en la Iglesia, el diálogo interreligioso y la opción preferencial por los pobres, el compromiso por el desarrollo humano y el redescubrimiento de la Escritura y de la liturgia. Estos son valores innegables del Concilio, pero para que sean fruto del Espíritu suponen una verdadera conversión de nuestro corazón. De lo contrario, tales conquistas no producirían más que acomodaciones superficiales o se transformarían en concesiones al oportunismo, cediendo a las presiones de la moda o a las corrientes llamadas modernas.
Una irrupción del Espíritu en la vida de la Iglesia puede ser fácilmente deformada e impedida por el hombre. Como lo decía el Padre Arrupe, “somos extraordinariamente inventivos a la hora de encontrar modos de cortar el paso a la acción del Espíritu, y, en consecuencia, el evangelio se convierte en letra muerta. Estoy profundamente convencido de una cosa: sin una profunda conversión personal, no estaremos en condiciones de responder a los desafíos que nos lanza el hoy. Antes al contrario, si lográramos derribar las barreras que se levantan en nosotros mismos, experimentaremos de nuevo la irrupción de Dios y aprenderemos lo que significa ser cristianos hoy.”
La actitud del Padre Arrupe con respecto a la novedad del concilio presenta otros rasgos. Mientras en la época post-conciliar todos debían ser fatalmente clasificados como conservadores o progresistas, son muchos los que han señalado que el Padre Arrupe no se dejaba clasificar, pues se encontraba en otra situación. Y esta situación no es, de ninguna forma, una especie de compromiso entre la postura de los integristas fanáticos de la pureza de un sistema, que se ha de mantener a cualquier precio, y la actitud de aquellos partidarios de una apertura incondicionada, con el riesgo de innovar con una radicalidad tal que no deja sino vacíos y ruinas. Para el Padre Arrupe, la novedad no era ni de derechas ni de izquierdas; no se encuentra ni en el mantenimiento del pasado, ni en la obsesión del presente, sino en el porvenir, según la fe profesada por San Ireneo de Lyon: “Sabed que [Cristo] aportó consigo toda la novedad que había sido anunciada. Esto es precisamente lo que tiempo atrás estaba anunciado: que la Novedad habría de venir para renovar y dar vida al ser humano.” (Adv, Haer, IV, 34,1). A la luz de Aquél que ha de venir como nuestro futuro, en la convocatoria del Concilio, su Santidad Juan XXIII apuntaba no solamente a una especie de “sabia modernización de la Iglesia”, sino a su renovación en la novedad de Cristo. Así pues, tratando de ser fiel a esta orientación, el Padre Arrupe urgía a sus compañeros a “hacer un coloquio”, un encuentro de persona a persona con Aquel que ha de venir, el Cristo, “el modelo jamás pasado de moda y la fuente de toda nueva inspiración”. El, que es la novedad, hace nuevos todos los componentes de nuestro ser y de nuestra acción apostólica, tanto de hoy como de ayer. Hace revivir nuestra fidelidad y nuestra audacia, nuestra espiritualidad en acción y nuestra presencia en el mundo. De esta oración que mira a Cristo como nuestro futuro, el Padre Arrupe sacaba como conclusión práctica que habrá cambios que no son ni capitulaciones ni derrotas, sino una necesidad y un verdadero progreso. En esta búsqueda de formas nuevas se pueden cometer errores, en parte debido al hecho de que los cambios a veces han de ejecutarse según puntos de referencia que a su vez están en movimiento; y en parte porque están en juego valores de signo diferente que es necesario tener en cuenta con equilibrio. Con todo, sería todavía un error mayor no intentar esta búsqueda. Toda esta renovación es tan delicada porque la uniformidad que en otro tiempo era más accesible y se podía imponer a priori, hoy resulta impracticable en un mundo caracterizado en su mayor parte por la entrada en acción de nuevos países, por la relación con nuevas culturas y por la descristianización creciente de países que habían sido tradicionalmente evangelizadores. En este camino hacia la renovación, el Padre Arrupe ha podido ayudar a tantas personas, a tanta gente, puesto que él mismo ha tenido que seguir este camino que se le presentaba como un verdadero éxodo. Se trata, según sus palabras cuando es elegido superior general de la Compañía, de un éxodo radical lleno de incertidumbres y de responsabilidades; un éxodo que implicaba el abandono de todo un conjunto de actitudes, de concepciones, de prioridades. De todo ello, según el espíritu del Concilio, era necesario desprenderse para adoptar otras actitudes a precisar, a clarificar y a definir. Se trataba de salir de un mundo lleno de seguridades afirmadas, heredadas de la tradición secular de la Iglesia y de la Compañía, para entrar en otro mundo aún “in fieri”, desconocido para nosotros, pero al que Dios nos llamaba por la voz del Concilio, del Santo Padre, de las Congregaciones Generales.
Este camino comportaba numerosos túneles y nuevos desafíos, pero también innumerables esperanzas y posibilidades pues era, y lo es siempre para nosotros, el camino de Dios “que hace todas las cosas nuevas en su Hijo Jesús, la novedad.” Se trata del testimonio pronunciado por el mismo Padre Arrupe, el 15 de enero de 1977, con ocasión de los 50 años de su entrada en la Compañía de Jesús.
Esta homilía, pronunciada cerca de la tumba de San Ignacio, nos recuerda también que este vasco del siglo dieciséis fue un inventor que ha abierto tantas nuevas vías, ha impulsado un nuevo espíritu misionero en el mundo y ha iniciado una nueva forma de vida consagrada a imagen de los apóstoles. A su vez, en los Ejercicios Espirituales San Ignacio ha abierto la contemplación de los misterios de la vida de Cristo a las elecciones que el Señor ha hecho en nuestro favor para que de este modo nuestra vida se vaya conformando a la suya. En consecuencia, difícilmente se puede uno decir ignaciano si no recorre esta vía de la novedad.
Como ven, no tiene nada de extraño que el Padre Arrupe, fiel al espíritu del Vaticano II, avanzara sobre esta línea trazada ya por San Ignacio, consciente de que se trataba de una línea de cumbres, en cuyo recorrido pueden producirse caídas y accidentes de camino. Caminar siguiendo esta línea de cumbres para construir lo nuevo en nombre del Señor exige valor y prudencia. En este esfuerzo por introducir la novedad del Concilio, el Padre Arrupe hacía suyo lo que Su Santidad Juan Pablo II solicitaba a los profesores jesuitas de la Universidad Gregoriana de Roma: “Sabed ser día a día creativos, sin contentaros fácilmente de lo que ha sido útil en el pasado. Tened el ánimo de explorar nuevos caminos, aunque con prudencia”. Esta consigna del Santo Padre era muy adecuada, pues el post-Concilio comportaba para la Iglesia, y en particular para la Compañía de Jesús, peligros no ilusorios. Esto es, una especie de complacencia en no contemplar, en no volver a decir las maravillosas novedades del Concilio, a no ponerlas en práctica como consecuencia de una especie de miedo a comprometerse en un camino nuevo sin saber con anterioridad hacia dónde nos lleva y conduce. En ocasiones el Padre Arrupe se lamenta que también los jesuitas fallan en el intento: los mayores por sentirse tentados huyendo de la novedad, los más jóvenes por dejarse llevar por una precipitación inconsciente.
Sin embargo, esta resistencia pasiva que encuentra entre sus hermanos jesuitas al deseo de los Vicarios de Cristo en la tierra, de “poner en práctica la novedad del Concilio”, no desanima de ninguna manera al Padre Arrupe en su proyecto de mostrar las puertas que el Espíritu Santo ha abierto y que ya nadie podrá cerrar. Siguiendo el impulso del Concilio, y a su luz, quedaban muchas tareas por cumplir, con frecuencia sobre terrenos sin rutas marcadas, sin contar con mapas en los que aparezcan claramente los caminos a seguir. Tal y como lo repetía el papa Juan Pablo II, era necesario ir hacia delante, pero con prudencia.
Los pareceres sobre la interpretación de este consejo papal no concuerdan y el alcance de esta prudencia tampoco consigue la unanimidad. ¿Será acaso necesario en esta línea de cumbres medir los pasos, ralentizar o incluso echar marcha atrás? Apoyado en la experiencia de San Ignacio, el Padre Arrupe confía la prudencia al discernimiento orante: delante de Dios, en el Señor, la verdad toda entera es escrutada para leer lo que Dios quiere cumplir con nosotros. Se trata, como pueden comprobar, de una verdadera aproximación “holística”, que no se detiene en aspectos parciales o particulares de la realidad, y que tampoco se deja hipnotizar por las ideologías o corrientes al uso. No sigue ideas fijas y petrificadas, sino que selecciona de la larga historia de Dios con nosotros, de lo antiguo y de lo nuevo, lo necesario para construir la ciudad de Dios con los hombres, una tierra nueva y un cielo nuevo.
Esta apertura orante es la que caracteriza la prudencia del Padre Arrupe. En su forma de poner en práctica la novedad del Concilio, reconoce que el Espíritu nunca nos fuerza a volver hacia atrás, sino que, antes al contrario, nos alienta hacia una incesante búsqueda de la vía de Cristo. Así pues, alentados por el Espíritu, hemos de sopesar lo que hacemos para ver si, con el Señor, es lo que se podría hacer o se debería hacer. El Padre Arrupe subraya que coleccionar o interpretar los hechos es esencial, como también analizar las tendencias, pero no se trata todavía de un verdadero discernimiento. El auténtico discernimiento consiste en escrutar los signos de los tiempos y en interpretarlos a la luz del evangelio por medio de la oración sobre la realidad humana.
Está contento de ver que esta tarea delicada y ardua exige una constante transformación interior, una verdadera meta-noia o conversión al Cristo crucificado y, por otra parte, implica para nosotros una liberación de todo lo que puede turbar nuestro juicio u ocupar inútilmente nuestro corazón. De este modo se podrá permanecer constantemente a la escucha y disposición del Espíritu.
Gracias a este discernimiento orante, practicado en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia, el Padre Arrupe vive el “aggiornamento” del Concilio con intensidad. Tras la letra de múltiples documentos conciliares, reconoce la revelación del Espíritu que lo hace todo nuevo. En las fórmulas y expresiones de la letra percibe la nueva fe, expresión de la tradición viva y de la pasión por la unidad de toda la humanidad en su Señor. Aunque el cambio que actúa después del Concilio ha sido a veces demasiado rápido y desconcertante, y tiende a detenerse, el Padre Arrupe desea que el “aggiornamento” continúe, aunque solo sea por el simple hecho de que nuestro mundo cambia y evoluciona, obligando a la Iglesia a ofrecer nuevas respuestas ante nuevas necesidades. Si estas respuestas llevan ahora nombres bien conocidos como diálogo e inculturación, espiritualidad e Iglesia de los laicos, desarrollo y paz, la promoción de la justicia en el mundo a través de una neta y clara opción preferencial por los pobres, podemos decir que todas estas respuestas han tenido un lugar privilegiado en el “aggiornamento” según el Padre Arrupe.
También aquí se ha revelado toda la resistencia contra la puesta en práctica del Concilio, a pesar de toda la prudencia solicitada por el llorado Santo Padre Juan Pablo II. Si deseamos trabajar por la justicia de una forma seria y hasta sus últimas consecuencias, la cruz aparecerá de forma inmediata en nuestro horizonte. Si somos fieles a nuestro carisma sacerdotal y religioso, aun cuando actuemos con prudencia, veremos levantarse contra nosotros a aquellos que en la sociedad industrial de hoy practican la injusticia, a aquellos que por otra parte son considerados como excelentes cristianos y que quizá hayan podido ser nuestros bienhechores, nuestros amigos e incluso miembros de nuestras familias: nos acusarán de marxismo y de subversión. Nos apartarán su amistad y con ello retirarán su antigua confianza y su apoyo económico. ¿Estamos dispuestos a asumir esta responsabilidad de entrar en el camino de una cruz más pesada, a llevar las incomprensiones de las autoridades civiles y eclesiásticas y de nuestros mejores amigos? ¿Estamos nosotros mismos dispuestos a ofrecer un verdadero testimonio en nuestra vida, en nuestros trabajos, en nuestro estilo de vida?
Para el Padre Arrupe, este planteamiento era una consecuencia lógica de la novedad que supone para la Iglesia su ley fundamental, el mandamiento nuevo del amor, “amaos los unos a los otros como yo, Jesús, os he amado y así conocerán que sois mis discípulos” (Juan 13, 34). ¿Era previsible, y hasta cierto punto rutinaria, la indignación que ha suscitado tal planteamiento? El mandamiento nuevo del amor nos invita siempre a dar el primer paso para la reconciliación, a saludar fraternamente a los que no nos saludan, a amar no solamente a los que nos son prójimos, sino también a los que se alejan de nosotros -amigos y enemigos-. Aún más, en nuestra caridad cristiana no hemos de contentarnos con dar de nuestras cosas, sino darnos a nosotros mismos, nuestra vida, y ser así a imagen del Señor una persona al servicio de los demás.
Es claro que todo nuestro egoísmo reacciona con fuerza contra este mandamiento nuevo, aun cuando no hayamos hablado para nada de la injusticia en el mundo, de la opresión y de la esclavitud, lacras también de nuestro tiempo, así llamado moderno, que mantiene en circunstancias intolerables que los medios de comunicación colocan ante nuestros ojos y que el mundo de los pobres ha de tolerar sin esperanza y sin apoyo.
En su esfuerzo por dar un nuevo impulso al nuevo mandamiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, el Padre Arrupe se reconocía en estrecha continuidad con el Concilio y los sínodos, con las declaraciones de los papas y de los obispos, si bien por costumbre y prudencia sus exigencias prácticas no alcanzaban la línea de cumbres que el Padre Arrupe desea seguir. Cualquier conversión a lo social podría alejar al cristiano de la espiritualidad, aun cuando tal alejamiento no es de ninguna forma indispensable. Toda opción y lucha por la liberación de los oprimidos, toda defensa de los pobres y todo testimonio de la justicia puede conducir a la injusticia de la violencia y del odio, aunque este cambio de valores no se impone de forma fatalista. Mientras el Papa Juan Pablo II afirma que no es suficiente la lucha por la justicia en contra de las estructuras injustas y que es necesario que dicha lucha esté al servicio de la caridad y condicionada por ésta, el Padre Arrupe, con una posición que me permito señalar más matizada, subraya en primer lugar que no toda caridad es de por sí auténtica. Esta caridad puede ser falsa y no es más que aparente, es decir, viene a ser una injusticia camuflada cuando más allá de la ley se concede a una persona por benevolencia aquello que le es debido en justicia. En concreto, la limosna no puede ser una especie de subterfugio último para no cumplir con una persona la justicia a la que tiene derecho.
Por otra parte, el Padre Arrupe se muestra menos reticente con respecto a la justicia, pues jamás se ha hablado tanto de la misma y a su vez jamás se le ha despreciado de una forma tan flagrante. Sigue a su Santidad Juan Pablo II en la convicción de que la caridad, como amor al prójimo y promoción de la justicia, se encuentran inseparablemente unidas al nuevo mandamiento del amor. La lectura que el Concilio hace del evangelio confirma que no se ama si no se hace justicia y que la justicia se degrada y se convierte en injusticia si a su vez no se practica con amor.
Por decirlo aún más claramente, su confianza en la justicia vivida a la luz del evangelio apunta a esta expresión y matiz nuevos: la justicia vivida como seguimiento del evangelio es de por sí el sacramento del amor y de la misericordia de Dios. De esta manera, el Padre Arrupe desea reafirmar, en línea con la más pura tradición ignaciana, que el amor no se ha de poner en las palabras, sino que se ha de traducir en acciones concretas de justicia.
Se trata de la novedad del Concilio que lleva hasta sus últimas consecuencias el nuevo mandamiento del amor, aun con el riesgo de presentarlo como una utopía y de suscitar la desconfianza y la sospecha al descubrir, desde esta perspectiva, la dimensión social del evangelio. Cuando posteriormente aparezca la cuestión del diálogo con el mundo, no solamente a nivel de las religiones y de los creyentes, sino también en el contexto de las grandes ideologías, el padre Arrupe, en vez de cerrar a priori y de golpe la puerta del diálogo, impulsa en la Compañía la exigencia de estudiar los elementos positivos de dichas ideologías. En el caso concreto del marxismo, mantiene con firmeza que la Compañía de Jesús no puede aceptar nunca una ideología que tenga como fundamento esencial el ateísmo. Pero a su vez, afirma con claridad que se ha de estudiar con seriedad y a conciencia lo que tenga de verdad. Y esta postura fundamental, la aplica como una necesidad en el diálogo con el marxismo, otras ideologías y otras religiones.
¿No hemos de reconocer como una novedad del Concilio, que cree en la presencia de las “semina Verbi”, los elementos válidos presentes en el hinduísmo, el islam, el budismo y en otras religiones? ¿No hemos de reconocer tales “semina Verbi” como un punto de partida para un diálogo constructivo con el otro? Una vez más el Padre Arrupe se ha adelantado para caminar por la línea de cumbres, al proclamar la novedad del espíritu del Concilio hasta en las exigencias de apertura y de diálogo. Su lenguaje, en su contenido y en su expresión, es totalmente fiel a la petición del Señor que nos dice que “nuestro sí sea sí, y nuestro no sea no”, sin ambigüedad lingüística, sin hábil diplomacia. En este lenguaje franco y claro, el punto de partida lo señala siempre la situación del hoy: no se pierde en comparaciones con el pasado a la hora de acoger la novedad siempre presente en las perspectivas del mañana. De hecho, tales perspectivas las ha desplegado Aquél que ha de venir para hacer todas las cosas nuevas. Es precisamente en la búsqueda de formas nuevas donde se presenta el cambio que viene del Espíritu en el contexto actual. Puesto que Aquel que hace nuestra historia es el alfa y la omega, el que era, el que es y el que será. El Padre Arrupe no puede imaginarse un cambio que estuviera en ruptura radical con el pasado, o una discontinuidad que supusiera el abandono de una santa tradición, pues si así fuera se trataría de un vacío que nada lo podría llenar.
En este sentido, hemos de reconocer que la introducción de la dimensión social en el cuerpo de la Iglesia se halla en continuidad con el contenido del mandamiento nuevo del Evangelio. Y por lo que se refiere a la Compañía de Jesús, el apostolado social, sin duda, estaba ya en ciernes en la acción social de San Ignacio. Continuidad, ciertamente, pero también cambio y novedad. Es oportuno recordar, en este punto, que Su Santidad Benedicto XVI ha reconocido a San Ignacio como un santo social, y permítanme que solamente lo cite a él entre tantos otros testimonios de la Historia que así lo confiesan. En consecuencia, ver en todo este proceso únicamente una especie de capitulación ante las ideologías marxistas o socialistas sería sencillamente una falsa interpretación.
Todo lo que el Padre Arrupe ha realizado ha sido una respuesta fiel a la llamada del Papa Juan Pablo II, quien decía que la Iglesia esperaba hoy de la Compañía que contribuyera eficazmente a la puesta en práctica del Concilio Vaticano II, que de este modo hiciera avanzar a toda la Iglesia sobre la vía trazada por el Concilio y que convenciera a los que por desgracia se hallaban tentados por los caminos del progresismo o del integrismo (27.02.1982). Con anterioridad, puesta su confianza en la fuerza espiritual de la Compañía, que se fundamenta en la experiencia de Dios a través de San Ignacio, el Papa Pablo VI (1974) había designado a la Compañía de Jesús como el lugar en el que la novedad del Concilio debería tomar forma. “Vuestra Compañía, por así decirlo, es un test de la vitalidad de la Iglesia a través de los siglos, constituye una especie de cruce de caminos, en el que confluyen de una manera muy significativa las dificultades, las tentaciones, los esfuerzos y las realizaciones, la perpetuidad y el éxito de la Iglesia entera”.
Sobre esta línea de cumbres encontramos al Padre Arrupe, que camina por delante. Trata de recibir la novedad del Concilio, en cuyo seno se desarrolla la hermenéutica de la reforma, de la renovación en el interior de la continuidad con una Iglesia viva, pues es el Señor quien da la Vida. Aplicando esta terminología introducida por el papa Benedicto XVI, esta hermenéutica de la reforma se distingue claramente de una hermenéutica de la ruptura y de la discontinuidad, en la que el cambio se busca únicamente por el cambio, como si la Iglesia tuviera que re-fundarse y no re-formarse (22.12.2005).
Estas referencias pontificias que acabo de mencionar, aplicadas a la actuación renovadora del Padre Arrupe, podrían extrañar a quien lee este capítulo de la historia postconciliar únicamente como un conflicto de la Compañía con el Papado. La documentación de cartas y de discursos de los papas a los que he mencionado no contradice en modo alguno las nuevas orientaciones defendidas con rigor y con fervor por el Padre Arrupe. Al mismo tiempo, es un deber reconocerlo, tal documentación contiene señales de precaución, de preocupación y de reservas con respecto a este camino hacia delante por la línea de cumbres. En el interior de la Compañía las preocupaciones de los papas eran utilizadas en diversas partes para fomentar una resistencia contra la renovación lanzada por el Padre Arrupe. A su vez, algunas expresiones del Padre Arrupe eran interpretadas a la ligera como una justificación de iniciativas y conductas extrañas a la misión de la Compañía, dando un peso casi dominante a la promoción humana y únicamente al progreso social.
Tanto las decisiones del Concilio, como la puesta en práctica del mismo que el Padre Arrupe deseaba impulsar, exigían la irrupción del Espíritu de Dios en lo concreto de nuestra historia y no una simple reorganización. Como lo he recordado al principio, el mismo Padre Arrupe constataba que los hombres, tenemos una extraordinaria capacidad de inventiva a la hora de situar barreras al paso del Espíritu. Y por ello, el Evangelio se convierte en letra muerta y no somos ya capaces de comprender el radicalismo del mensaje evangélico. Lo minimizamos por causa de nuestro egoísmo desenfrenado y no llevamos a cabo las reformas personales y sociales necesarias, pues tenemos miedo de las consecuencias que resultarían para nuestras personas.
El Padre Arrupe está profundamente convencido de una cosa: sin una conversión personal profunda, no estaremos en condiciones de responder a los desafíos que se nos lanzan hoy en día. Y así, tratando de vivir incluso con dolor este valor conciliar que es el respeto al otro en su libertad de elección, rechaza recurrir a argumentos de autoridad y de poder para imponer lo que él sabía que venía del Espíritu. Su actitud será la de proponer con toda su fe, no la de imponer, aun a riesgo de ser acusado de debilidad o de segundas intenciones. ¿Cómo evitar las ambigüedades de una palabra de Dios expresada en palabras humanas? Es el precio a pagar por ir por delante abriendo camino sobre una línea de cumbres.
Las dos últimas homilías del Padre Arrupe reflejan esta figura que vengo delineando: no la de una audaz, sino la de un renovador total. En Manila pronuncia una homilía que contiene este primer testimonio: “me refiero a la re-formulación del fin de la Compañía, desde la defensa y la propagación de la fe al servicio de la fe y promoción de la justicia. La nueva fórmula no es, en modo alguno, reductiva, des-viacionista o dis-yuntiva: más bien explicita elementos contenidos en germen en la antigua formulación, gracias a una referencia más expresa a las necesidades presentes de la Iglesia y de la humanidad, a cuyo servicio estamos comprometidos por vocación”. Toda la figura y todo el mensaje del Padre Arrupe quedan expresados en este denso sumario.
La otra homilía es la de comienzos de septiembre de 1983, pronunciada en La Storta, lugar ignaciano por excelencia, en el que Ignacio experimenta el cumplimiento de su oración de ser puesto con Cristo como su compañero, servidor de la misión del Señor. El Padre Arrupe no estaba en condiciones de pronunciar esta homilía que él había redactado personalmente: “Pido al Señor que esta celebración, que para mí es un adiós y una conclusión, sea para Ustedes y para toda la Compañía aquí representada, el inicio, con renovado entusiasmo, de una nueva etapa de servicio”.
Durante los nueve años que seguirán a estas palabras, sumido en una inutilidad aparente, incapacitado para la comunicación, capaz únicamente de sufrir una lenta agonía, el Padre Arrupe se siente más que nunca en las manos del Señor. Son sus palabras. Considera su figura sufriente como el cumplimiento de lo que él ha deseado durante toda su vida: la profunda experiencia que hoy el mismo Señor tiene toda la iniciativa.
Este será también un mensaje vivido por todos los compañeros que se encuentran en la plenitud de la vida activa: que no se agoten en el trabajo, que el centro de gravedad de sus vidas no esté en las cosas a hacer, sino en Dios (cfr. 03.09.1983). El mensaje que os dirijo hoy, es un mensaje de plena disponibilidad al Señor. Que busquemos sin cesar lo que hemos de hacer para su mayor servicio y que lo pongamos en práctica del mejor modo posible, con amor, despojados de todo. Tengamos un sentido muy personal de Dios.
Ésta es la figura y mensaje del Padre Pedro Arrupe nacido en esta Villa de Bilbao hace un siglo.
Universidad del Deusto / Bilbao  –  13 de noviembre de 2007


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Cómo fue el diálogo del Papa con los jesuitas reunidos en asamblea mundial en Roma.-

Diálogo del Papa con la 36 Congregación General de la Compañía de Jesús

2016-11-25 Radio Vaticana

(RV).- El pasado 24 de octubre el Santo Padre dialogó con los jesuitas reunidos en su 36° congregación general, diálogo que fue publicado por la revista jesuita Civiltà Cattolica este jueves 24 de noviembre. Entre los temas afrontados, la audacia profética, el clericalismo, la política y el discernimiento de las situaciones morales, la paz y la crisis de las vocaciones. Estos son algunos puntos de las respuestas del Papa sobre los temas tratados resaltados por nuestro compañero Sergio Centofanti.

Una parresia actualizada. “Hoy más que nunca se necesita tener valor y  audacia profética, una parresia actualizada”, dijo el Papa, señalando luego que a veces, “la audacia profética se une con la diplomacia, con un trabajo de convencimiento y al mismo tiempo con signos fuertes. Por ejemplo, la audacia profética está llamada a combatir una corrupción muy difundida en algunos países. Una corrupción por la cual, para dar un ejemplo, cuando terminan los períodos constitucionales de un mandato, enseguida se busca reformar la Constitución para permanecer en el poder”.

La pequeña política. Sobre la política en general, el Papa refiere creer que “la política en general, la gran política, se ha degradado cada vez más en la pequeña política”. “Faltan esos grandes políticos que eran capaces de jugarse en serio por sus ideales y no le tenían miedo al diálogo ni a la pelea, sino que iban adelante, con inteligencia y con el carisma propio de la política. La política es una de las formas más altas de la caridad. La gran política. Y en eso creo  que las polarizaciones no ayudan. Por el contrario, lo que ayuda en la política es el diálogo.”

La explotación de las naciones causa las guerras. “Trabajar por la paz es urgente” – reiteró– porque “estamos en la tercera guerra mundial, a pedacitos. Ahora los pedacitos se están juntando cada vez más. Estamos en guerra. No hay que ser ingenuos. El mundo está en guerra y el pato de la boda lo pagan algunos países. Pensemos en Medio Oriente, en África: allí se da una situación de continuas guerras. Guerras que se derivan de toda una historia de colonización y explotación. Es cierto que hay países que tienen su independencia, pero muchas veces el país que les dio la independencia se reservó el subsuelo para sí. África sigue siendo un objetivo de la explotación por las riquezas que tiene. Incluso por parte de países que antes ni pensaban en este continente. A  África  siempre  se  la  mira  desde  la  óptica  de  la  explotación. Y claramente esto provoca guerras”. De este modo el pontífice señala nuevamente el camino de la paz, a través de la convivencia: “con las actitudes cristianas que el Señor nos marca en el Evangelio, se puede hacer mucho, y se hace mucho y se va adelante. A veces esto se paga a precios muy caros en la propia vida. Y bueno, pero se va delante de todas maneras. El martirio forma parte de nuestra vocación”.

La Laudato Sii no es una encíclica verde sino social. Con respecto a la encíclica Alabado seas, sobre el cuidado de nuestra casa común, el Papa afirmó que no se trata de una encíclica verde, sino social, porque “es evidente que los que sufren las consecuencias son los más pobres, los que son descartados. Es una encíclica que confronta esta cultura del descarte de las personas”.

El mundo líquido crea el desempleo. Respondiendo a una pregunta sobre el tema de la digitalización de esta época moderna el Papa subrayó que “la liquidez de la economía, la liquidez del trabajo: todo esto provoca desocupación. Y el mundo líquido”. “Existe el deseo de recuperar la dimensión concreta del trabajo”.

El clericalismo, uno de los más serios males de la Iglesia. El Obispo de Roma volvió a hablar de una Iglesia pobre para los pobres: el clericalismo que tiene la Iglesia, dijo Francisco, se aparta de la pobreza. “El clericalismo es rico. Y si no es rico en dinero, es rico en soberbia. Pero es rico: hay en él un apego a la posesión. No se deja engendrar por la madre pobreza, no se deja custodiar por el muro pobreza. El clericalismo es una de las formas de riqueza más graves que se sufre hoy día en la Iglesia. Al menos en algunos lugares de la Iglesia”. “En este punto de la pobreza San Ignacio nos ha superado en grande. Cuando uno lee cómo concebía la pobreza, ese voto que hace hacer de no cambiar la pobreza a no ser para estrecharla más…, tenemos que reflexionar”.

Piedad popular. En América Latina – dijo – “la única cosa que más o menos se salvó del clericalismo es la piedad popular. Porque, como la piedad popular es una de esas cosas «de la gente» en la que los curas no creían, los laicos fueron creativos. Quizás haya sido necesario corregir algunas cosas, pero la piedad popular se salvó porque los curas no se metieron. El clericalismo no deja crecer, no deja crecer la fuerza del bautismo. La gracia y la fuerza evangelizadora de la expresión misionera la tiene la gracia del Bautismo. Y el clericalismo disciplina mal esta gracia y da lugar a dependencias, que tienen a veces a pueblos enteros en un estado de inmadurez muy grande”.

Crisis de vocaciones. “Creo que las vocaciones existen, simplemente hay que saber cómo se las propone y cómo se las atiende. Si el cura siempre está apurado, si está metido en mil cosas administrativas, si no nos convencemos de que la dirección espiritual es un carisma no clerical sino laical (que también puede desarrollar el cura), y si no metemos y convocamos a los laicos en el discernimiento vocacional, es evidente que no vamos a tener vocaciones”. “No promover vocaciones locales es un suicidio, es directamente esterilizar a una Iglesia, la Iglesia es madre. No promover las vocaciones es una ligadura de trompas eclesial. Es no dejar que esa madre tenga sus hijos. Y eso es grave”.

Profundizar la Evangelii Gaudium. El Santo Padre Francisco invitó a profundizar sobre la  Exhortación apostólica, «Evangelii gaudium» porque en ella se encuentra todo un modo de encarar diversos problemas eclesiales y la evangelización misma de la vida cristiana.

El discernimiento de las situaciones morales. “El discernimiento es el elemento clave: la capacidad de discernimiento. Y estoy notando precisamente la carencia de discernimiento en la formación de los sacerdotes. Corremos el riesgo de habituarnos al «blanco o negro» y a lo que es legal.  Estamos bastante cerrados, en general, al discernimiento. Una  cosa es clara: hoy en una cierta cantidad de seminarios ha vuelto a reinstaurarse una rigidez que no es cercana a un discernimiento de las situaciones. Y eso es peligroso, porque nos puede llevar a una concepción de la moral que tiene un sentido casuístico. Con diferentes formulaciones, se estaría siempre en esa misma línea”. “Es evidente que en el campo moral hay que proceder con rigor científico – agregó – y con amor a la Iglesia y discernimiento. Hay ciertos puntos de la moral sobre los cuales solo en la oración se puede tener la  luz  suficiente  para  poder  seguir  reflexionando  teológicamente. Y en esto, me permito repetirlo, y lo digo para toda la teología, se debe hacer «teología de rodillas». No se puede hacer teología sin oración. Esto es un punto clave y hay que hacer así”.

La globalización destruye los pueblos indígenas. Al responder a una pregunta sobre el trato dispensado por parte de los colonizadores a los pueblos indígenas, en discusión hasta nuestros días, el Papa afirma que hoy el proceso de globalización uniformante entra en destrucción de las culturas indígenas, que son en cambio lo que hay que recuperar. “Hay que recuperarlas con la hermenéutica correcta, que nos facilita esta tarea. Una hermenéutica que no es la misma que había en la época de la colonia. La hermenéutica de aquella época era la de buscar la conversión de los pueblos, la de ensanchar la Iglesia…, y por lo tanto se anulaban las independencias indígenas. Era una hermenéutica de tipo centralista, donde el imperio que dominaba era el que de alguna manera imponía su fe y su cultura. Es comprensible que se pensara así en aquella época, pero hoy es necesaria una hermenéutica radicalmente diferente. Tenemos que interpretar las cosas de otra manera: valorando a cada pueblo, su cultura, su lengua. Nos tiene que ayudar este proceso de inculturación, que fue cobrando cada vez mayor importancia a partir del Vaticano II”. “Las hermenéuticas juegan un papel central. En este momento creo que es importante, con esta mayor conciencia que tenemos respecto de los pueblos indígenas, apoyar la expresión, la cultura de cada uno de ellos… y la misma evangelización, que toca también a la liturgia y llega hasta las expresiones de culto. Y la Congregación para el culto divino acepta esto”.

No nos salvamos solos. Una pregunta también fue dirigida al pontífice acerca de la salvación comunitaria y personal: “Nadie se salva solo. Creo que este principio hay que mantenerlo muy claro: la salvación es para el pueblo de Dios. Nadie se salva solo. El que pretende salvarse solo, a través de un camino propio de cumplimiento, termina en ese adjetivo que Jesús usa tantas veces: hipócrita. El Señor vino a salvar a todos”.

Teología y vida real. “Debe haber estudio académico, contacto con realidades, no solo periféricas sino limítrofes en la periferia, oración y discernimiento personal y comunitario”. “Debe haber estudio académico, contacto con realidades, no solo periféricas sino limítrofes en la periferia, oración y discernimiento personal y comunitario”.

No cerrar las puertas a las críticas. Sobre las críticas a las Compañía el Papa señaló que “hay que escucharlas todas y discernirlas. Y no cerrar la puerta a ninguna crítica, porque corremos el riesgo de habituarnos a cerrar puertas. Y eso no es bueno. Después de un discernimiento se puede decir: esta crítica no tiene ningún fundamento y descartarla. Pero tenemos que someter todo lo que vamos oyendo de críticas a un discernimiento yo diría cotidiano, casero, pero siempre con buena voluntad, con apertura de corazón  y delante del Señor”.

La consolación del Papa. El Santo Padre confesó “porque estamos en familia”, ser “bastante pesimista” porque tiende siempre a ver la parte que no ha funcionado: “Así que para mí la consolación es el mejor antidepresivo que he encontrado. La encuentro cuando me pongo delante del Señor, y dejo que El manifieste lo que ha hecho durante el día. Cuando al final del día me percato de que soy conducido, cuando me percato que pese a mi resistencia, hubo una conducción ahí, como una ola que me llevó adelante: eso me consuela. Es como sentir: Él está aquí’”.

El texto completo en el siguiente enlace: «TENER CORAJE Y AUDACIA PROFÉTICA» Diálogo del Papa Francisco con los jesuitas reunidos en la Congregación General XXXVI

(Griselda Mutual –  Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)


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Homilía del P. Arturo Sosa, en la clausura de la Congregación General de los jesuitas.

jesuitas

Homilía del Padre General en la Misa de Clausura de la Congregación General 36

Homilía de la Eucaristía de Clausura de la Congregación General 36.
En la Iglesia de San Ignacio, Roma.  
Sábado 12 de Noviembre de 2016

Al final de una fuerte experiencia de discernimiento suele aparecer en nosotros un sentimiento de vértigo frente a lo que va a venir después. Sentimos la dificultad de hacer vida la elección realizada, de convertirnos al modo de proceder que exprese la decisión que hemos tomado siguiendo el soplo del Espíritu Santo.

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio presentan como transición a la vida cotidiana la “contemplación para alcanzar amor”. Una contemplación en la que resuena con fuerza la primera carta del apóstol san Juan que acabamos de escuchar. Dios quiere darse a conocer como Aquel que es Amor. Por eso se hace presente en la humanidad enviando a su Hijo, gesto de amor que nos da vida, la única vida verdadera a la que nosotros aspiramos. Dios Padre pone en práctica las dos observaciones que nos hace san Ignacio al comienzo de la contemplación: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” y “el amor consiste en comunicación de las dos partes”, en la que cada uno da todo lo que tiene y es. El Señor se ha entregado totalmente, hasta la muerte en cruz, y está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, porque nos ha dado su Espíritu. San Ignacio nos invita a pedir el reconocimiento de tanto bien recibido como motor para que también nosotros nos entreguemos enteramente para en todo amar y servir a su divina Majestad.

Esta es la frase que ha guiado nuestras sesiones en el aula de la Congregación. Cristo en cruz ha estado presente en nuestras tareas para llevar nuestro discernimiento más allá de nuestros razonamientos, de nuestros gustos o malestares, para llegar a la consolación que proviene de estar en sintonía con la voluntad del Padre. Jesús, en la víspera de su pasión, se acercó al monte los Olivos y luchaba en su oración incluso hasta sudar “como gotas espesas de sangre” para aceptar las consecuencias de su misión, bastante alejadas de lo que le gustaba o con las que pudiera estar de acuerdo. Nosotros también nos quedamos impactados por los testimonios de nuestros hermanos en situaciones de guerra y así, nos sentimos empujados por el amor para decir juntos: “Tomad, Señor, y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta”.

También en esta Congregación General hemos vivido de nuevo esta experiencia del amor de Dios que se hace presente de modos tan distintos en nuestra vida personal y en nuestro cuerpo de compañeros de Jesús. Una vez más nos ha sorprendido la abundancia, la variedad y la profundidad de sus dones. Todo lo que hemos experimentado ha sido gracia, don gratuito y sorprendente.

El proceso de discernimiento de la Compañía reunida en Congregación General nos pone ante el reto de convertirnos en ministros de la reconciliación en un mundo que no se ha detenido durante nuestras deliberaciones. Las heridas de las guerras siguen ahondándose, los flujos de refugiados crecen, los sufrimientos de los migrantes nos golpean cada vez más, el Mediterráneo se ha tragado decenas de personas en estos dos meses que nosotros hemos pasado juntos. Las desigualdades entre los pueblos y dentro de las naciones son el signo del mundo que desprecia a la humanidad. La política, ese “arte” de negociar para poner el bien común por encima de los intereses particulares sigue debilitándose ante nuestros ojos. Los intereses particulares, de hecho, enmascarados bajo capa de nacionalismos, eligen gobernantes y toman decisiones que detienen los procesos de integración y el actuar como ciudadanos del mundo. La política no consigue convertirse en el modo humano de tomar decisiones razonables cuando renuncia a invocar la imposición de los poderosos. El deseo profundo de las madres y de los niños de todos los rincones del mundo de poder vivir una vida en paz, con relaciones fundadas en la justicia, parece alejarse en medio de conflictos y guerras por motivos opuestos al amor que nos puede hacer vivir.

Nuestro discernimiento nos lleva a ver este mundo con los ojos de los pobres y a colaborar con ellos para hacer crecer la vida verdadera. Nos invita a ir a las periferias y a intentar comprender cómo afrontar globalmente la integralidad de la crisis que impide las condiciones mínimas de vida a la mayoría de la humanidad y pone en riesgo la vida sobre el planeta Tierra, para abrir espacio a la Buena Nueva. Nuestro apostolado es, por lo tanto, necesariamente intelectual. Los ojos misericordiosos que hemos adquirido al identificarnos con Cristo en cruz nos permiten afrontar la comprensión de todo lo que oprime a los hombres y mujeres de nuestro mundo. Los signos que acompañan nuestro anuncio del Evangelio son los que corresponden a expulsar los demonios de las falsas comprensiones de la realidad. Por eso aprendemos lenguas nuevas para comprender la vida de los distintos pueblos y a compartir la Buena Nueva de la salvación para todos. Si abrimos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo y nuestras mentes a la verdad del amor de Dios no beberemos el veneno de las ideologías que justifican la opresión, la violencia entre los seres humanos y la explotación irracional de las reservas naturales. Nuestra fe en Cristo muerto y resucitado nos permitirá contribuir, con tantos otros hombres y mujeres de buena voluntad, a imponer las manos sobre este mundo enfermo y colaborar en su curación.

Vayamos, pues, a predicar el Evangelio por todas partes, consolados por la experiencia del amor de Dios que nos ha puesto juntos como compañeros de Jesús. Como a los primeros Padres, el Señor nos ha sido propicio en Roma, y nos envía a todos los lugares del mundo y a todas las culturas humanas. Vayamos confiados porque Él trabaja a nuestro lado y confirma con signos inéditos nuestra vida y misión.


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La Compañía de Jesús. Nota histórica.

La Compañía de Jesús en píldoras

La historia de una orden religiosa que ha tenido un papel decisivo en  la Iglesia
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San Ignacio de Loyola

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Pubblicato il 15/10/2016
Ultima modifica il 15/10/2016 alle ore 15:56
ANDREA TORNIELLI
ROMA
¿Qué es la Compañía de Jesús?

Es una orden religiosa masculina de derecho pontificio compuesta por religiosos, sacerdotes o no, que son llamados «jesuitas». Observan un voto especial de total obediencia al Papa y se comprometen a no aceptar cargos eclesiásticos. Si alguno de ellos es elegido por el Pontífice como obispo, el superior de la orden debe resistirse en un primer momento. El recorrido de formación de un jesuita es mucho más largo con respecto a los de los curas seglares y de los religiosos de otros institutos. Tienen una particular atención por la preparación académica y siguen dedicándose especialmente a la educación.

¿Quién fundó la orden?

San Ignacio de Loyola con algunos de sus compañeros. La fundación fue en París en 1534. El programa de san Ignacio, ex soldado que decidió poner la compañía a la orden del Papa, fue aprobado por Pablo III a seis años de su fundación.

¿Siempre ha existido desde entonces la Compañía?

No. La orden fue suspendida en 1773 por Clemente XIV, después de las presiones de las grandes monarquías, que consideraban a los jesuitas como el ejército del Papa y los acusaban de querer subvertir el orden social. La Compañía fue restablecida 41 años después por Pío VII. Sobrevivió en Rusia, porque la zarina Catalina II no ejecutó el decreto papal de suspensión.

¿Cuántos son los jesuitas?

A finales del Concilio Ecuménico Vaticano II eran 35 mil; en la actualidad son 16.740. Más de una tercera parte tiene más de 70 años. En Europa son 5 mil, así como en América Latina. En Asia son 5.600 y el África, 1600.

¿Por qué se llama «Papa negro»?

Los miembros de la Compañía de Jesús tienen como uniforme la sotana negra, con una franja también negra, por ello el prepósito general de los jesuitas el llamado el «Papa negro».

¿Cómo es elegido?

El prepósito general es elegido con una votación secreta durante la Congregación general de 212 representantes de los jesuitas de todo el mundo, después de días de oración y de «murmurationes», es decir consultas y diálogos personales e informales entre los delegados (pero siempre de dos en dos), que se interrogan sobre el perfil del candidato.

Este artículo fue publicado en el número de hoy del periódico «La Stampa».


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Entrevista autobiográfica del P. Arturo Sosa, superior general de los jesuitas.

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De Caracas A Roma: la historia del Arturo Sosa Entrevista con el nuevo Padre General de la Compañía de Jesús (Roma, 16 de Octubre de 2016)

Dos días después de la elección, el equipo de comunicación de la Congregación General se encontró con el Padre Arturo Sosa, SJ para conversar sobre su vida y su pensamiento. La conversación pretende dar a conocer al nuevo Padre General de forma más personal, y está pensada para todos los Jesuitas y los amigos y amigas de la gran familia ignaciana distribuida por el mundo.

Sobre su elección como Padre General

Como todos los electores llegué a la Congregación preguntándome quienes serían los mejores candidatos para el cargo de Padre General y, obviamente, yo no me tenía en esa lista. El primer día de las murmuraciones1 fue empezar a averiguar sobre los que yo creía que eran los candidatos, el segundo día empecé a escuchar que me preguntaban a mí, o que habían preguntado por mí, el tercer día comencé a preocuparme pues ya era mucho más directo y el cuarto más todavía. En los tres días últimos hablé con 60 personas, y muchos ya preguntaban por mi salud. Así que empecé a hacerme a la idea, aunque rogando que los compañeros se tomaran en serio lo que dice San Ignacio sobre ir a la elección sin la decisión cerrada. El día de la elección, al ver las votaciones, me fui haciendo a la idea, con una profunda intuición de que aquí me tengo que fiar del juicio de los hermanos, pues del mío no me fío. Si ellos me eligieron ha sido por algo, y trataré de responder lo mejor que pueda. En esta elección yo creo que se valora la experiencia de trabajo local e internacional, y no dudo que los últimos años en Roma tienen que ver con ello. Pero principalmente entiendo que soy uno de tantos jesuitas de la Compañía Latinoamericana que ha intentado poner en práctica lo que las Congregaciones han dicho en los últimos 40 años. Yo lo entiendo como una confirmación de la dirección que comenzó la Compañía en tiempo de Arrupe. Entiendo esta elección como una confirmación de que hay que seguir por aquí. Pero yo, personalmente, soy como muchos jesuitas de mi generación.

 1. Origen y formación

 Familia

 

Nací en el escasísimo periodo de democracia que hubo en la primera mitad del S. XX en Venezuela, en 1948. Mi nacimiento fue el 12 de noviembre, y el 24 de ese mes hubo un golpe de estado contra el 1er presidente elegido democráticamente en el país después de la independencia. Mis abuelos vivieron una gran pobreza, pero mi padre ya fue de la generación que construyó el país. 1 Las murmuraciones (en latín murmuratio) es la etapa de la Congregación previa a la elección del Padre General donde se dedican cuatro días a la oración personal y a la conversación de los electores de dos en dos para avanzar en el discernimiento y el conocimiento de los posibles candidatos de cada elector.

2 Éramos una familia muy extendida, donde compartíamos espacio varias generaciones. Para mí fue muy importante estar tan juntos. Nuestras casas no tenían muros, no había distinción entre un jardín y otro, todos vivíamos conjuntamente. Éramos una familia muy católica, aunque poco expresiva en su religiosidad. En ese entorno aprendí a ver la realidad desde la perspectiva de ir más allá de lo que hay, de que las cosas no son necesariamente como están. Me crié siempre batallando por ir un poco más allá de lo que había. Era una familia en ese sentido muy sensible a la realidad y convencida de la necesidad de estudiar. Siempre me motivaron muchísimo a conocer la realidad, a abrirme al mundo, a aprender idiomas… Mi papá era un hombre muy inquieto, viajaba mucho fuera y dentro del país. Si en aquel tiempo en Venezuela habría 10 personas que leían la revista Time, uno era él. Era economista y abogado y estuvo dos veces en el gobierno. Muchas veces me invitaba a acompañarlo en los viajes internos. Cuando llegábamos a una ciudad que yo no conocía siempre me decía: “vamos a montarnos en la circunvalación”, y dábamos la vuelta a la ciudad mientras me explicaba todo lo que íbamos viendo. Era como un constante abrir los ojos a una realidad siempre más grande, a no quedarme encerrado en lo que ya conocía.

El colegio 

El otro ambiente donde se desarrolló mi infancia fue el colegio San Ignacio, en Caracas. Empecé el colegio en kínder cuando tenía 5 años y ahí pasé 13 años hasta que terminé el bachillerato. Mi papá también había sido alumno del mismo colegio. Entonces en los colegios de la Compañía había muchos jesuitas, sobre todo jóvenes: maestrillos2 y hermanos. Para mí era una especie de segunda casa. Según mi mamá la primera, porque yo nunca estaba en la casa. Había actividad desde el lunes a veces hasta el domingo, día que había misa en el colegio. Si soy sincero no me acuerdo de la química o la matemática, pero sí recuerdo muy bien haber creado grupos dentro del colegio como la Congregación Mariana, el centro de estudiantes… teníamos mucha actividad de este tipo. Esto tiene mucho que ver con el nacimiento de mi vocación al haber experimentado la dimensión de sentido de la vida cuando te entregas a los demás

II.Itinerario jesuita

 

  Mi Vocación

Yo conocí a los jesuitas en el colegio y nunca tuve ninguna duda sobre mi vocación a la Compañía. Ni siquiera me la planteaba como sacerdocio, sino como ser jesuita. En concreto, haciendo memoria, los jesuitas que más me impresionaron fueron los hermanos. Había muchos hermanos en la Provincia de Venezuela. En concreto, en el colegio había hermanos cocineros, el que arreglaba el autobús, el chófer… y había hermanos maestros. 2 Se llama maestrillo al joven jesuita que se encuentra aún en etapa de formación, realizando una actividad apostólica en alguna obra de la Compañía, en este caso en un colegio. A esta etapa de formación se le denomina “Magisterio.”

3 Las clases de los grados de primaria las daban bastantes hermanos, que eran de verdad pedagogos. Los hermanos y los maestrillos eran la gente que de verdad nos acompañaba, a los curas ni los veíamos. Mi interés por la Compañía nace en este contexto, muy alimentado también con una fuerte mirada a la situación del país. Yo pensaba que uno puede hacer algo por la situación de este país y el mejor sitio, para mí, era la Compañía. Mi generación fue muy sensible a las necesidades de seguir construyendo el país, otros compañeros de grupos y de la Congregación Mariana fueron médicos, ingenieros, se fueron al Amazonas… había un sentido de fondo, creímos en un proyecto de país, de sociedad.

Tiempo del Concilio

El Concilio tuvo mucha importancia para mí, fue sin duda una gran noticia. Lo seguimos como si fuera una novela. La Congregación Mariana era como el lugar donde nuestra reflexión vinculaba lo social con lo espiritual y era allá donde leíamos los documentos que alimentaron la reflexión semanal de nuestros grupos durante los 4 años. Lo seguíamos muy paso a paso… Y en ese tiempo vino la elección de Arrupe, que fue otra bocanada de aire nuevo. Arrupe es elegido cuando en mi grupo estábamos decidiendo si entrar a la Compañía. En el colegio era histórica la relación con las misiones de Japón y Ahmedabad, en la India. Así que la elección de un misionero en Japón fue muy simbólica e importante. Ya en el noviciado, teníamos el libro de los decretos de la Congregación General 31 (CG 31) y los leíamos más que al Padre Rodríguez3 , los estudiábamos. Y vino la Carta de Río4 , coincidiendo con la Conferencia de obispos latinoamericanos en Medellín. Ocurrió algo parecido que con el Concilio, pues vivimos muy de cerca toda la dinámica y la reflexión. Los documentos preparatorios de esa conferencia fueron prácticamente transformados por una dinámica que venía de las bases, como un grito que había que escuchar, la propia gente decía que teníamos que cambiar, y eso significó un grandísimo aliento para la Iglesia latinoamericana y para la Iglesia venezolana. Hay que decir que la Iglesia venezolana era una Iglesia muy frágil y por eso el Concilio es tan importante para nosotros. La Iglesia en Venezuela fue prácticamente exterminada durante el s.XIX. Se trata de una sociedad mucho más laica que la de Méjico o Colombia, mucho menos expresivamente religiosa. Además fue muy golpeada y expropiada por los distintos gobiernos. Por eso llegaron los jesuitas a Venezuela, los llamaron para trabajar en el seminario, para formar el clero de una iglesia pobre y frágil en la que no había vocaciones. Este es el contexto en el que el Vaticano II, Río, Medellín… era como decir: la Iglesia ha encontrado su fuerza en la gente, ha encontrado su fuerza en la fe 3 Autor de un libro clásico utilizado durante siglos en la formación de los jesuitas en la Compañía.

Meses antes de la Conferencia de Obispos de Medellín, los Provinciales jesuitas de América Latina, reunidos con el Padre Arrupe, dirigen una carta a la Compañía, llamada “Carta de Río ” (mayo 1968) que resultará clave para el impulso de la posición de la Compañía en la defensa de la justicia social en Latinoamérica. 4 del pueblo y de esa fe tenemos que vivir y de esa fe vamos a poder generar otra Iglesia.

Magisterio en el Centro Gumilla

En este momento la Compañía estaba creando en América Latina los centros de investigación y acción social (CIAS), haciendo un esfuerzo para que los jesuitas se formaran en ciencias sociales. Muchos compañeros fueron enviados a estudiar economía, sociología, antropología… y empezaron a formarse grupos de investigación y de trabajo. Al primero de esos CIAS en Venezuela se le puso el nombre de Centro Gumilla, un jesuita que anduvo por el Amazonas5 y escribió una gran cantidad de obras sobre antropología y botánica. Ese grupo comenzó justo cuando yo acababa de entrar en la Compañía y como novicios nos tocó ayudar a montar la biblioteca. Yo tenía muchas ganas de estudiar ciencias sociales y toda esta coincidencia fue muy motivadora. Años más tarde, los provinciales empezaron a plantearse posibles destinos de magisterio fuera de los colegios y tuve la suerte de ser enviado de maestrillo al Centro Gumilla de Barquisimeto. Este Centro se ocupaba fundamentalmente de las cooperativas campesinas en los barrios de dicha población. Otros compañeros fueron a parroquias. La provincia estaba en la actitud de ofrecer a los jóvenes posibilidades distintas de las tradicionales.

 Teología en Roma

Tuve que venir a Roma a regañadientes pues en Venezuela no había oportunidad de estudiar teología. Nosotros queríamos estudiar teología en Chile o en Centroamérica, pues en esos momentos eran lugares de un vivo dinamismo religioso y político. Viéndolo desde este momento, agradezco que me hayan obligado a venir a Roma, pues nunca habría podido experimentar de otra manera el vivir intensamente con jesuitas de 30 países distintos. En este tiempo la gente y el entorno estaban muy vivos. En Italia conecté muy bien con comunidades cristianas. Estos años fueron claves para mi apertura a otras perspectivas de sociedad, de Iglesia y de Compañía. Eso sí, en mi grupo nos empeñamos en que el 4º año de teología queríamos hacerlo de vuelta en Venezuela, y Arrupe – con la palanca del padre McGarry – fue muy comprensivo. Tras la creación del Centro Gumilla, se creó un conjunto de comunidades religiosas en Venezuela con la idea de hacer una facultad de teología, y en este tiempo pude hacer un cuarto año ad hoc de seminario intensivo.

III – Ciencias políticas

Universidad Central de Venezuela

El padre Gumilla, misionero jesuita del siglo XVIII, fundador de varias poblaciones en los ríos Apure, Meta y Orinoco, era sobre todo un hombre de acción y un perspicaz observador de la naturaleza y la antropología. Murió en algún lugar de Los Llanos venezolanos el 16 de julio de 1750, tras 35 años de labor como misionero. 5 Durante el último año de teología también trabajábamos. En ese tiempo yo estaba en actividad más bien pastoral. Ese año vivíamos en Catia6 – parroquia de la Compañía en Caracas – y trabajaba con otro compañero en una parroquia cercana en El Valle mientras se hacían los estudios de teología. Al terminar este año comencé los estudios en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela. Se trataba de la universidad más importante del país, donde además había jesuitas profesores y llevábamos la parroquia universitaria. Era un ambiente muy importante para la Compañía, empeñada en mantener presencias no solamente en la Universidad Católica, sino también en la Central donde había mucha más amplitud de discusión ideológica.

 Centro Gumilla

En este tiempo me destinan al Centro Gumilla, en Caracas, de forma que comienzo a trabajar en la revista SIC al mismo tiempo que hago el doctorado y doy clases en el ciclo básico. Estuve trabajando en este centro desde el año 1977. Cuando al P. Ugalde le nombran provincial, me nombran director de la revista y en dicho trabajo estaré volcado por los siguientes 18 años hasta el 96. La revista era el órgano de comunicación del Centro Gumilla, encargado de la difusión del trabajo intelectual y de investigación que realizaba el Centro directamente. La revista se llama SIC, que significa “sí” en latín, pues había nacido en el Seminario Interdiocesano de Caracas, muchos años antes y fue después tomada por el Centro Gumilla. En esa revista intentábamos hacer un seguimiento mensual de la realidad social además de fomentar la formación socioeconómica de estudiantes, grupos de las parroquias, grupos populares… Teníamos también una fuerte vinculación con la universidad donde todos trabajábamos dando clase o con algún grupo de investigación. En Barquisimeto promovíamos cooperativas de ahorro y crédito en los barrios y cooperativas agrícolas en las zonas campesinas. Teníamos una reflexión común muy interesante y esos años me dediqué a escribir, leer, discutir, y participar en cursos de formación

. IV –Liderazgo jesuita

Época como Provincial

Me toca comenzar de Provincial en 1996 cuando ya se veía que los cambios sociales iban a ser fuertes y se necesitaba fortalecer la identidad de la provincia. Todo estaba ya listo para abrirse a las vocaciones venezolanas dentro de la provincia, no sólo a las vocaciones jesuitas sino también a tanta gente que ya estaba comprometida con las distintas instituciones: la universidad, colegios, Fe y Alegría, parroquias… era un momento muy interesante, ya había un cuerpo de gente que estaba con nosotros y con un fuerte sentido de identidad en una misión compartida. De ahí salió la idea de hacer un proyecto apostólico de 6 Las Flores de Catia es un barrio popular de Caracas donde la Compañía de Jesús tiene el Instituto Técnico Jesús Obrero, Instituto universitario Fe y Alegría, y la Parroquia Jesús Obrero donde reside la comunidad jesuita en la que vivió el P. General. 6 largo plazo, hasta el 2020, que aún está en marcha. Aquellos años fueron muy intensos, fue una reflexión muy interesante en la que la oficina provincial era únicamente un catalizador, se implicó a muchísima gente, laicos y jesuitas, y duró varios años hasta llegar a las grandes orientaciones de la provincia. Llegó un momento en que logramos dar un sentido de sujeto apostólico. Esa expresión que hoy todo el mundo usa, la inventamos en Venezuela en ese tiempo. Ahí viví en primera persona la intuición de que la misión apostólica no nos pertenece. No la he leído, la he experimentado al encontrarme con gente que vive la misión con mayor profundidad que uno mismo, desde condiciones mucho más difíciles. Al fin y al cabo nosotros estamos liberados para hacer eso pero hay muchos colaboradores que lo hacen a la vez que llevan adelante una familia y en situaciones bien complejas, sin disminuir por ello su gran compromiso con la misión. A raíz de este movimiento comenzó la necesidad de crear condiciones para fomentar la identidad compartida. Lo mismo que hacen falta 20 años para formar un jesuita, con estudios, experiencias, ejercicios, etc… nos pusimos a pensar en una oferta de formación y experiencias más sistemática para los laicos. De ahí surgieron nuevas formas de ofrecer Ejercicios Espirituales a todos los niveles sociales, o el mismo movimiento Huellas, que se plantea como un itinerario de formación para jóvenes. La idea de fondo es que la experiencia cristiana es una experiencia de formación en la fe y que junta el compromiso apostólico con la formación y con la vida espiritual y el conocimiento del país.

Universidad de Frontera en Táchira

Táchira está a 1000 km de Caracas, ya en la frontera con Colombia, y allá no había posibilidad de estudios universitarios. En los años anteriores al Concilio, el obispo del Táchira intuyó que la forma de mantener a la gente joven en la zona era ofrecer una universidad. Los jesuitas ayudaron a hacer una extensión de la Universidad Católica Andrés Bello en el Táchira, bajo la responsabilidad de la diócesis. Tras 20 años se convirtió en la Universidad Católica del Táchira. Cuando llegué, la universidad estaba más o menos consolidada, había que impulsar su crecimiento tanto institucional como misionalmente. Hicimos un campus nuevo, creció el número de estudiantes, pero sobre todo pusimos mucho énfasis en fomentar el contacto con la realidad, clave de nuestro concepto de formación integral que va más allá de lo académico. En Táchira, además de la universidad, los jesuitas tenemos la responsabilidad de dos parroquias en la zona de frontera, una emisora de radio y cinco escuelas de Fe y Alegría. En la parte colombiana también hay instituciones de la Compañía, especialmente escuelas de Fe y Alegría. Así que se planteó hacer el esfuerzo de trabajar en un proyecto interprovincial y regional, ya que en esa zona la frontera es algo completamente artificial. Es cierto que tiene razones históricas, pero es la misma cultura, la misma gente e incluso las familias están dispersas en los dos lados. Se trata de la frontera más fluida entre Venezuela y Colombia y nos planteamos aprovechar ese fuerte sentido de identidad y crear una zona apostólica que pudiera juntar las dos naciones con varios tipos de trabajo propios de la Compañía, como la educación universitaria, primaria, secundaria, el trabajo pastoral, el 7 trabajo con refugiados… Logramos un trabajo interesantísimo porque los estudiantes participaban en las actividades de la pastoral y los centros educativos, y el resto de las obras utilizaban la universidad como centro de referencia.

Experiencias de articulación latinoamericana

La época de Provincial fue un momento también de entrar en contacto con la Compañía de Jesús y la Iglesia latinoamericana. Destacaría tres experiencias muy fuertes de construcción conjunta en esos años: La Conferencia de Provinciales de América Latina (CPAL) nació cuando yo estaba de Provincial en Venezuela. Ya estaba madura la decisión de mantener dos asistencias pero a la vez crear una única conferencia de provinciales. El arranque de la CPAL fue una apuesta por la articulación en contra del parecer de mucha gente. Mucho le debemos a la tenacidad del P. Francisco Ivern. Latinoamérica es muy grande y diversa, de México a la Patagonia hay una buena distancia y el Caribe no tiene nada que ver con la Argentina. Nuestro esfuerzo tenía que romper con una larguísima tradición de América Latina norte y cono sur caminando separados. Pero nos pusimos a ello y empezaron a salir proyectos comunes. La otra experiencia fue el nacimiento de la Asociación de Universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL). Ha sido precioso participar en la evolución de la AUSJAL hacia una red efectiva. Pasar de ser un club de amigos donde los rectores nos reuníamos una vez al año para compartir experiencias, a una organización donde lo que funciona es el cuerpo – lo que llamamos los grupos de homólogos – promoviendo proyectos sobre pobreza o liderazgo juvenil y donde participan varias universidades. Así se va creando la red. En mi experiencia de universidad pequeña, aislada, en la frontera… AUSJAL supuso un respiro de verdad, abría posibilidades de experiencias, intercambio de profesores, de estudiantes, ideas, proyectos, que dan otra dimensión al sentido de mantener proyectos frágiles, pero significativos. Otra experiencia de articulación supra-provincial fue el nacimiento de Fe y Alegría y su transformación en una red internacional. Con Fe y Alegría los lazos son de mucho tiempo. Realmente tengo que decir que yo empecé a conocer los barrios de la mano de Fe y Alegría. Desde el colegio San Ignacio cuando estaba en 6º grado – que fue cuando empezó Fe y Alegría – ya íbamos a los barrios de la mano de este movimiento. En bachillerato me encantaba la biología y mis padres me regalaron un microscopio y yo iba con mucha frecuencia al barrio de Petares al colegio Madre Emilia, uno de los primeros colegios de Fe y Alegría. Cuando entré en la Compañía mi madre me preguntó “¿qué haces con el microscopio?, ¿se lo regalas al colegio Madre Emilia?” El Padre Vélaz, el fundador de Fe y Alegría, era una persona conocida en el círculo que nos movíamos. Poder apoyar desde donde yo estaba y ver el crecimiento de Fe y Alegría como red internacional, fue una experiencia bien gozosa. Las redes son especialmente importantes desde las fronteras, donde los recursos son muy escasos. Es un privilegio ver cómo la pertenencia a la red hace posible una escuela de Fe y Alegría en zonas muy vulnerables con una fortaleza que no puede tener por sí sola.

  Experiencia en el gobierno central

Viví la CG32 cuando estaba estudiando en Roma. Nunca olvidaré lo que fue escuchar al propio Arrupe contarnos a los estudiantes del Gesù7 su propia experiencia en dicha Congregación tan importante para nuestra Compañía. Mi primera experiencia como delegado fue en la CG 33, a donde fui elegido con tan solo 34 años. Era el congregado más joven. Fue una experiencia muy intensa, un momento complejo en que no era fácil acertar y vivimos el rápido consenso en la elección de Kolvenbach como una experiencia realmente inspiradora. El nuevo Padre General se manejó magistralmente en esa transición hacia ganarse de nuevo la confianza de otros sectores de la Iglesia hacia la Compañía sin que dejásemos de profundizar en las grandes intuiciones de la CG32. Luego participé también en la 34, muy de la mano del P. Michael Czerny, encargado de la coordinación de la comisión de justicia social. Ahí conocí al P. Adolfo Nicolás, que era el secretario de la Congregación. Mi vinculación en el gobierno central comienza en la CG35 cuando el P. Nicolás crea los asistentes no residentes (otros nos llamaban volátiles o volantes…). Tras ser elegido, me dijo en un pasillo: “quiero que participes del gobierno de la Compañía, pero no desde aquí”. Nos nombraron al P. Mark Rotsaert y a mí, y fue una experiencia bien interesante pues participábamos del consejo general pero no vivíamos en Roma. Veníamos fundamentalmente en los tiempos fuertes, 3 veces al año y traíamos una mirada y una voz más allá de la cotidianeidad. Fue una etapa agotadora, pero aprendí mucho ya que suponía mantener contacto con la compañía universal, ya a nivel de gobierno general, no en clave deliberativa como son las Congregaciones. Años más tarde, el asistente me mandó un email preguntándome “cómo ves tú la posibilidad de trabajar como responsable de las casas internacionales de Roma?” y yo le mandé la clásica respuesta jesuita: “Entré en la Compañía para hacer lo que me digan, no lo que yo quiera, pero me parece que…” y expliqué todos los argumentos para el no. Honestamente me quedé muy tranquilo pues pensaba que las casas internacionales de Roma estaban fuera de mis competencias y además había sido muy crítico con ellas. Semanas más tarde me llegó el nombramiento. No me preguntaron más. El provincial me llamó y me dijo “tengo una noticia que no puedo ni decirte, no puedo ni hablar, pues no sé qué vamos hacer con la universidad si tú te vas”. Y así terminé viniendo a Roma por segunda vez. Debo decir que la experiencia de estos dos años aquí ha sido muy interesante. Es muy distinto estar de estudiante en la Gregoriana con 28 años que venir a los 60 y pico para ser responsable de 400 jesuitas que trabajan en las casas internacionales. Esta nueva perspectiva supone conocer las personas más de cerca y las dinámicas de las instituciones. Tengo que reconocer los grandes esfuerzos que se han hecho en los años anteriores por renovar estas estructuras. El gran sueño ahora es que se constituya el consorcio universitario entre las tres instituciones clásicas de la Compañía en Roma. 7 Nombre que recibe la comunidad de jesuitas que cursan su primer ciclo de teología en Roma. La comunidad es adyacente a la Iglesia del Gesù. 9 Durante estos dos últimos años he tenido la ocasión de encontrar al Papa Francisco cuatro o cinco veces, siempre con ocasión de cuestiones relacionadas con las casas internacionales de la Compañía en Roma. La relación ha sido siempre muy gentil y con mucha chispa, con esa sintonía propia de este Papa que nace de la simpatía. Creo que el mensaje del Papa Francisco en estos últimos años ha sido una manera de entusiasmar a la Compañía en lo que estamos haciendo – aquí y en otras muchas partes. Así como en la CG35 fue clave el discurso de Benedicto, en este tiempo Francisco nos está confirmando que estamos en la dirección propia de la misión de la Compañía. Incluso nos anima a ir más allá, como si dijera: “ustedes están todavía muy atrás en lo que pueden hacer”. Es el Santo Padre, con su ejemplo y con su conocimiento de la Compañía, el que continuamente nos confirma que estamos en buena dirección.

 V – Y ahora… de Espíritu y de corazón

 Mirando al Futuro

La gente me pregunta ¿cómo está? y siempre respondo que estoy tranquilo. Estoy convencido que no hay Compañía si no es “de Jesús”. Y esto tiene dos vertientes: no habrá Compañía si no hay una unión íntima con el Señor, y por otro lado si verdaderamente es de él, confiamos que nos ayude a cuidar de ella. Creo que esa centralidad es una de nuestras claves: si la persona de Jesucristo no está delante de nosotros, dentro de nosotros y con nosotros todos los días, la Compañía no tiene razón de ser. Una consecuencia de esta intuición es la certeza de que se trata de “su” misión, la misión que compartimos nosotros es la de Jesús, junto con todos los demás que comparten dicha llamada. Por eso hay dos temas que me parecen fundamentales, y que abordé en la homilía de la Eucaristía de acción de gracias: la colaboración y la interculturalidad. El énfasis en la colaboración no es una consecuencia de que no podemos solos, es que no queremos. La Compañía de Jesús no tiene sentido sin la colaboración con otros. Ahí estamos llamados a una enorme conversión, pues en muchas partes aún vivimos la nostalgia de cuando hacíamos todo, y no nos queda más remedio que compartir la misión. Creo profundamente que es exactamente lo contrario, nuestra vida está en que podamos colaborar con otros. El otro es el de la multiculturalidad/interculturalidad, pues es lo propio del Evangelio. El Evangelio es una llamada a la conversión de todas las culturas para afianzarlas como culturas y llevarlas a Dios. El verdadero rostro de Dios es multicolor, multicultural y multivariado. Dios no es un Dios homogéneo. Todo lo contrario. La creación nos está mostrando por todas partes la diversidad, cómo se complementan unas cosas con las otras. Si la Compañía logra ser imagen de esto estará siendo ella misma expresión de ese rostro de Dios. Creo que tras el Concilio la Compañía ha logrado esta variedad cultural. Hemos logrado enraizarnos en todas partes del mundo y de ahí surgen vocaciones tan auténticas 10 unas como otras. Puedes encontrar jesuitas, verdaderos jesuitas, en cualquier lado, de cualquier color, en cualquier actividad. Creo que hay ahí un signo de la Iglesia para el mundo. En nuestra diversidad nos une la vinculación con Jesús y el Evangelio y de ahí surge la creatividad de la Compañía y la gente con la que compartimos misión. Es increíble cómo son capaces darle el propio toque al mismo mensaje que es el mensaje para todos.

Conclusión

Tengo una gran esperanza en que esta congregación ayude a la Compañía y al recién electo General a tener claro hacia dónde hemos de caminar y cómo. La Compañía no tiene muchas dudas de cuál es su misión, pues lo que formuló la CG 32 y reformularon las siguientes ya se ha hecho sangre en nuestra gente. Podemos decir que ya sabemos lo que podemos ofrecerle a la Iglesia. El gran desafío de la Compañía de Jesús es ahora cómo nos organizamos para ser eficaces en esa misión. Por eso introduje el otro tema de la profundidad intelectual, porque no es una cuestión de copiar modelos, sino de crear. Crear significa entender. La creación es un proceso intelectual muy arduo. Entender lo que está pasando en el mundo de hoy, en la Iglesia de hoy, poder entender la fe… es lo que nos puede dar las claves para focalizar la misión sobre la que ya hemos encontrado un gran consenso y encontrar los modos más eficaces de hacerlo. Mi impresión es que la Compañía está muy viva y que hay muchos procesos en marcha. Hay que focalizar lo que hacemos, hemos de abonar, sabiendo que podemos plantar, pero no sabemos cómo crecerán nuestras semillas. Eso lo sabe Dios. Él es el que labora, la clave es ayudar, no estorbar. Nuestra pasión está fundada en la certeza de que acompañamos a la gente con la garantía que Dios está con nosotros, precediéndonos!!