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Es oportuna la próxima visita del Papa a Myanmar? La opinión de Thomas Reese, S.J.

Pope Francis shouldn’t risk going to Myanmar

This article appears in the Francis in Myanmar and Bangladesh feature series. View the full series.

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A Rohingya refugee carries his son and belongings into Teknaf, Bangladesh, Oct. 25. (CNS/Adnan Abidi, Reuters)

Next week, Pope Francis will make a visit to Myanmar, where he risks either compromising his moral authority or putting in danger the Christians of that country. I have great admiration for the pope and his abilities, but someone should have talked him out of making this trip.

I pray I am wrong.

Myanmar is a mess.

Under a veneer of democracy, the military still holds most of the power, including control of the police and other security forces. Allied with the military are radical Buddhist monks who have rallied their people against the Rohingya, a Muslim minority whom they consider hostile foreigners even though they have been in Myanmar for generations. The result has been what the United Nations calls a textbook case of ethnic cleansing, one that some people think borders on genocide.

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The evidence is overwhelming. Satellite photos show scores of villages burned to the ground. Nearly 600,000 Rohingya have fled their country becoming refugees in Bangladesh. Journalists and human rights organizations have recorded hundreds of eyewitness stories of systematic rape, mass murder, and organized terror against the Rohingya by the Myanmar military. The refugees in overcrowded, disorganized camps are clearly traumatized by their experience.

This crisis did not just suddenly appear without notice. The U.S. Commission on International Religious Freedom has been documenting the abuse of the Rohingya for years and has listed Myanmar, which the U.S. State Department still calls Burma, as a “country of particular concern,” one of the worst countries in the world on religious freedom.

Although I have been a commissioner of the commission since appointed by President Barack Obama in 2014, the views expressed in this column are my own and do not necessarily represent the views of the commission.

In its annual reports, the commission has been very critical of Myanmar. In December 2016, it also published a special report on “The Ongoing Persecution of Rohingya Muslims in Burma.” But it is not only the Muslims who have been persecuted by the Buddhist majority. Also documented by the commission is the hidden plight of the Christian minorities in Burma.

This is why the pope’s Myanmar visit, which begins on Nov. 27, is so dangerous for the 4 percent of the population that is Christian, including the 659,000 Catholics.

On the one hand, his prophetic voice should be on the side of the Rohingya refugees, but the Myanmar military and government deny any ethnic cleansing is happening. A strong defense of the Rohingya will lead to increased persecution of the Christians in Myanmar. Cardinal Charles Maung Bo, archbishop of Yangon, has warned the pope not to even use the word “Rohingya,” a term the Buddhist majority rejects.

In the last century, Pope Pius XII faced a similar dilemma. Would speaking out against genocide of the Jews during World War II put Catholics at risk? Francis is walking through the same mine field in Myanmar. If he is prophetic, he puts Christians at risk; if he is silent about the persecution of the Rohingya, he loses moral credibility. While I hope he and the Myanmar Christians survive the experience, Pius XII’s credibility clearly did not.

This is not the first visit of Francis to a troubled land. He visited the Middle East in 2014, and Cuba and the Central African Republic in 2015. Those trips were almost universally deemed successes. If he is equally successful in Myanmar, I will not be surprised to see him walk on water.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a columnist for Religion News Service and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church.]

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Los Rohingya y el régimen de Myanmar. Dura condena de Amn. Int.

Myanmar: La población rohingya, atrapada en un régimen deshumanizador de apartheid

Personas refugiada rohingyas esperan durante horas en una línea de distribución en el Thaing Kali Refugee Camp, Bangladesh. Copy: AI
  • La población rohingya sufre segregación y abusos en una “prisión al aire libre”.
  • Una investigación de dos años revela las causas fundamentales de la actual crisis en el estado de Rajine.
  • El sistema de discriminación constituye el crimen de lesa humanidad de apartheid.
  • Amnistía Internacional hace campaña para que esta situación cambie.

El pueblo rohingya de Myanmar está atrapado en un cruel sistema de discriminación institucionalizada y patrocinada por el Estado que constituye apartheid, declaró hoy Amnistía Internacional con motivo de la publicación de un importante nuevo análisis de las causas fundamentales de la crisis actual del estado de Rajine.

El informe, titulado Caged without a roof, contextualiza la reciente oleada de violencia en Myanmar, en la que las fuerzas de seguridad mataron a personas rohingyas, incendiaron pueblos enteros reduciéndolos a ceniza y forzaron a huir a Bangladesh a más de 600.000 personas.

Esta investigación de dos años revela que las autoridades limitan rigurosamente casi todos los aspectos de la vida de las personas rohingyas en el estado de Rajine confinándolas a una existencia similar a la que se vive en un gueto, en la que tienen dificultades para acceder a la atención médica y la educación y, en algunas zonas, incluso para salir de su pueblo. La situación actual cumple todos los requisitos de la definición legal del crimen de lesa humanidad de apartheid.

“Las autoridades de Myanmar mantienen a las mujeres, hombres y niños y niñas rohingyas segregados e intimidados en un sistema deshumanizador de apartheid. Se violan sus derechos a diario y la represión se ha intensificado aún más en los últimos años”, afirmó Anna Neistat, directora general de Investigación de Amnistía Internacional.

“Este sistema parece concebido para hacer que la vida de las personas rohingyas sea lo más desesperada y humillante posible. La brutal campaña de limpieza étnica de las fuerzas de seguridad de los últimos tres meses no es más que otra manifestación extrema de esta actitud atroz.

“Aunque puede que estas violaciones de derechos no sean tan visibles como las que han ocupado los titulares en los últimos meses, son igual de terribles. Hay que abordar las causas fundamentales de la crisis actual para acabar con el ciclo de abusos y permitir que las personas refugiadas rohingyas vuelvan a una situación en la que se respeten sus derechos y su dignidad”.

Amnistía Internacional hace campaña para que esta situación cambie, recogiendo firmas a través de su centro de activismo on line.

El estado de Rajine: una prisión al aire libre

Aunque la población rohingya lleva decenios sufriendo en Myanmar una discriminación sistemática patrocinada por el gobierno, la investigación de Amnistía Internacional revela que esta represión se intensificó enormemente a partir de 2012, cuando se extendió en el estado la violencia entre las comunidades budista y musulmana.

La comunidad rohingya del estado de Rajine está básicamente aislada del mundo exterior y sometida a severas restricciones a su libertad de circulación que la confinan en sus pueblos y municipios. Estas restricciones se imponen a través de una intrincada red de leyes nacionales, “órdenes locales” y políticas que implementan las autoridades del estado exhibiendo un comportamiento abiertamente racista.

Una norma en vigor en todo el estado de Rajine establece claramente que las “personas extranjeras” y las “razas bengalíes [término peyorativo para los rohingyas]” necesitan permisos especiales para viajar entre municipios. En el norte del estado de Rajine, donde vivía la mayoría de la población rohingya hasta el reciente éxodo, incluso los desplazamientos entre pueblos están severamente restringidos por un sistema de permisos. En los últimos cinco años, se imponen cruel y continuamente toques de queda arbitrarios en las zonas predominantemente rohingyas.

En el centro del estado de Rajine, la población rohingya está rigurosamente encerrada en sus pueblos y en campos para personas desplazadas. En algunas zonas no se la permite usar las carreteras y sólo puede desplazarse  por vías fluviales y únicamente a otros pueblos musulmanes.

Para las personas rohingyas que logran un permiso para viajar en el norte del estado de Rajine, los frecuentes controles, atendidos en su mayoría por la Policía de Fronteras, son un peligro constante donde es habitual que sufran acoso, agresiones físicas y detención, y se las obligue a pagar sobornos.

Un hombre rohingya contó los abusos que presenció cuando la policía detuvo el autobús en el que viajaba: “Había cuatro policías en total, dos de ellos pegaban con un bastón a la gente en la espalda, los hombros y los muslos. Otro abofeteó a la señora cuatro o cinco veces. […] Después de eso se los llevaron a la comisaría de policía”.

Mientras investigaban para el informe, el equipo de Amnistía Internacional vio en un control a un policía de fronteras dando puntapiés a un rohingya y documentó al menos un caso de ejecución extrajudicial en el que agentes de la Policía de Fronteras mataron a tiros a un joven de 23 años que viajaba durante el toque de queda.

Durante la oleada de violencia de 2012, decenas de miles de personas rohingyas fueron expulsadas de las zonas urbanas del estado de Rajine, especialmente de Sittwe, la capital del estado, donde quedan en la actualidad alrededor de 4.000 que viven en una zona similar a un gueto, cerrada con barreras de alambre de espinos y controles policiales. Si tratan de salir, corren el riesgo de ser detenidas o de sufrir violencia a manos de la comunidad circundante.

Una vida al límite de la supervivencia

Las restricciones a la circulación están teniendo un impacto demoledor en la vida cotidiana de cientos de miles de personas rohingyas a las que se ha empujado al límite de la supervivencia.

Mientras que la calidad de los hospitales y clínicas del estado de Rajine es en general precaria para todas las comunidades, el acceso de la población rohingya a la atención médica se encuentra con graves obstáculos, a menudo mortales.

La población rohingya tiene prohibido el acceso al hospital de Sittwe, el centro médico de mayor calidad del estado de Rajine, salvo para casos de extrema gravedad. Incluso entonces necesitan un permiso de las autoridades del estado de Rajine y viajar escoltados por la policía. En el norte del estado de Rajine, muchas personas no tienen más opción que ir a Bangladesh para acceder a la atención médica que necesitan, pero este viaje es muchas veces prohibitivo para todas las familias salvo para las más acomodadas.

Un hombre de unos 50 años contó: “Quería ir al hospital de Sittwe para recibir tratamiento médico, pero está prohibido, el personal del hospital me dijo que no podía ir allí por mi propia seguridad y que tenía que ir a Bangladesh a recibir tratamiento. Eso es muy caro. Mi hermano tiene muchos arrozales y bueyes, y tuvo que vender algunos para pagar mi viaje. Tuve suerte… la mayoría de la gente no puede pagárselo y terminan muriéndose”.

Fuera del estado de Rajine, la población rohingya sólo tiene acceso a algunos centros médicos, donde ha de estar en “salas para musulmanes” custodiadas por la policía. Un trabajador de ayuda humanitaria comparó una de estas salas con un “hospital penitenciario”.

Varias personas rohingyas contaron que habían tenido que pagar sobornos al personal del hospital y a los policías para llamar a sus familiares o comprar comida del exterior. Otras evitaban totalmente los hospitales por miedo a sufrir abusos a manos del personal médico y de enfermería o porque pensaban que no las atenderían.

“Negar a la población rohingya el acceso a la atención médica es aberrante; hablamos con mujeres que dijeron que preferían dar a luz en casa, en condiciones insalubres, que correr el riesgo de sufrir abusos y extorsión en los hospitales”, dijo Anna Neistat.

Desde 2012, las autoridades de Myanmar han endurecido las restricciones impuestas al acceso a la educación de la población rohingya. En grandes partes del estado de Rajine, los niños y niñas rohingyas ya no pueden asistir a las escuelas estatales antes mixtas, al mismo tiempo que el personal docente del gobierno suele negarse a viajar a las zonas musulmanas.

Con la educación superior en gran medida fuera del alcance de los rohingyas, muchas personas con las que habló Amnistía Internacional expresaron su desánimo y

Las restricciones más rigurosas a los viajes también han afectado a las posibilidades de gran parte de la población rohingya de ganarse la vida o llevar suficiente comida a casa. Quienes venden productos no pueden acceder a las rutas comerciales y a los mercados, y a menudo se impide a los agricultores que trabajen en sus campos. La malnutrición y la pobreza se han convertido en norma entre la población rohingya en las zonas afectadas, situación que las autoridades han agravado al limitar severamente el acceso de la ayuda humanitaria.

“Es muy difícil en este momento porque no tenemos bastante para comer. Estaríamos mejor en la cárcel o en prisión porque al menos entonces tendríamos comida periódicamente. De todos modos es como si viviéramos en prisión”, dijo un rohingya de 25 años.

La prohibición de reuniones de más de cuatro personas, que se aplica específicamente en las zonas de mayoría musulmana, también supone que la población rohingya —en su inmensa mayoría musulmana— no puede practicar de hecho su religión en grupo. Las autoridades de Myanmar también han cerrado mezquitas, dejando que se deterioren los lugares de culto musulmanes.

Negación de la ciudadanía

La discriminación contra la población rohingya se basa en que ésta carece de derechos legales en Myanmar y se articula alrededor de una serie de leyes y prácticas discriminatorias —especialmente la Ley de Nacionalidad de 1982— que niegan de hecho la nacionalidad a la población rohingya debido a su etnia.

La investigación de Amnistía Internacional revela también que las autoridades de Myanmar han lanzado una campaña deliberada para despojar a la población rohingya incluso de las limitadas formas de identificación con las que cuentan. Desde 2016, el gobierno dificulta enormemente que las personas rohingyas inscriban a los recién nacidos en las “listas de hogares” que a menudo son la única prueba que tienen las familias rohingyas de que residen en Myanmar. Mientras tanto, en el norte del estado de Rajine, quienes no están en su domicilio durante las “comprobaciones de población” anuales corren el riesgo de ser borrados totalmente de los registros oficiales.

Una consecuencia de esta campaña es que es casi imposible que las personas rohingyas que han huido del país regresen a su casa, lo que es especialmente preocupante dado que las operaciones militares de 2016 y 2017 han empujado a casi 700.000 personas a huir a Bangladesh, donde viven en campos para personas refugiadas en condiciones desesperadas.

“Hay que devolver urgentemente los derechos y la condición jurídica de las personas rohingyas, y reformar cuanto antes las discriminatorias leyes de nacionalidad, tanto para quienes permanecen en el país como para las que desean regresar. No se puede pedir a los hombres y mujeres rohingyas que han huido de la persecución en Myanmar que vuelvan a un sistema de apartheid”, dijo Anna Neistat.

Desmantelar el sistema de apartheid

Tras un exhaustivo análisis jurídico de este amplio conjunto de pruebas, Amnistía Internacional concluye que el trato que dispensan las autoridades de Myanmar a la población rohingya constituye apartheid, definido como crimen de lesa humanidad en la Convención contra el Apartheid y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

Myanmar tiene la obligación legal de desmantelar el sistema de apartheid en el estado de Rajine y debe garantizar asimismo la rendición de cuentas de los responsables de cometer actos que constituyen crímenes de lesa humanidad.

“El estado de Rajine es la escena de un crimen. Y ya lo era mucho antes de la cruel campaña de violencia militar de los últimos tres meses. Este aberrante sistema de discriminación y segregación impregna todos los aspectos de la vida de la población rohingya y salvo que se tomen medidas inmediatas para desmantelarlo, seguirá vigente mucho tiempo después de que termine la campaña militar”, declaró Anna Neistat.

“Las autoridades no pueden alegar argumentos huecos sobre la necesidad de ‘seguridad’ o de combatir el ‘terrorismo’ para imponer más restricciones a la población rohingya. La represión es ilegítima y totalmente desproporcionada. Los crímenes de lesa humanidad no pueden justificarse nunca, ni como ‘medidas de seguridad’ ni por ningún otro motivo”.

“La comunidad internacional debe despertar de esta pesadilla diurna y afrontar la realidad de lo que lleva ocurriendo desde hace años en el estado de Rajine. Aunque una parte importante de la solución es el desarrollo, éste no se puede llevar a cabo de un modo que afiance aún más la discriminación. La comunidad internacional, y en especial los donantes, deben garantizar que su intervención no los convierte en cómplices de estas violaciones de derechos”.

Información complementaria: ¿Qué es el apartheid?

En virtud de la Convención Internacional sobre la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid y del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, el apartheid es un crimen de lesa humanidad que abarca diversos actos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión y dominio sistemáticos de un grupo racial sobre otro grupo o grupos raciales con la intención de mantener dicho régimen.

Los actos concretos cometidos en este contexto y tipificados como apartheid van desde actos abiertamente violentos, como el asesinato, la violación y la tortura, a medidas legislativas, administrativas y de otra índole calculadas para impedir que un grupo o grupos raciales participen en la vida política, social, económica y cultural del país y negarles los derechos humanos y libertades fundamentales. Un ejemplo claro de esta combinación de actos normativos y actos violentos por parte de las autoridades del estado de Rajine son las restricciones extremas a la libertad de circulación de la población rohingya, que constituyen el crimen de “privación grave de la libertad física”, definido en el Estatuto de Roma.


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Jesuitas en Myanmar en espera de la visita del Papa

 

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Girish Santiago, SJ (GUJ)

Mientras nos preparamos ansiosamente para recibir y dar la bienvenida a nuestro querido papa Francisco en Myanmar (o Birmania) el 27 de noviembre de 2017, me vienen a la cabeza sus palabras tan llenas de solicitud: “Debemos salir a las ‘periferias’, donde hay sufrimiento, sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones” e “ir más allá de los muros de las iglesias“. En la actualidad, el mundo está asistiendo a la trasformación de nuestro ‘Myanmar’ de oro en un ‘Myanmar en llamas’, con los refugiados rohinyás, las personas internamente desplazadas en el estado de Kachin y los refugiados retornados en el estado de Kayah.

Es aquí donde nosotros, la misión jesuita de Myanmar, hemos escuchado el grito de nuestro pueblo y hemos respondido a la llamada de Dios para participar en su misión. Con esta confianza focalizada, el escolar Vincent Pham Doan (VIE) y yo fuimos enviados a la diócesis de Myitkyina, en el estado de Kachin. En el St. Luke’s College (en adelante SLC), un centro de formación sociopastoral, atendemos a 87 estudiantes de ambos sexos procedentes de las cuatro diócesis del Alto Myanmar -Banmaw, Lashio, Myitkyina y Kengtung- que se preparan para ser catequistas.

Es aquí donde nos impresiona hondamente la metáfora del papa sobre las ovejas y su olor. Es aquí donde colaboramos con el sencillo P. Leo Gopal, director del centro, y su comprometido equipo en el acompañamiento de los ‘olorosos estudiantes’ venidos de distintas periferias. Puesto que la cultura moderna ha desarraigado a las personas que orientamos pastoralmente, aquí es donde entramos en contacto con las hediondas situaciones de ‘nuestras ovejas y sus olores‘ en su contexto: personas afectadas por la guerra y personas internamente desplazadas y su agonía de una vida frustrada, diluida; un número enorme de pobres en las zonas mineras, que corren peligro de muerte por diversas causas; un número inmenso de jóvenes con problemas de drogas, sus familias y la oscuridad de su deseperación; muchachas cuya vida ha sido destrozada por la trata de personas y la esclavitud; comunidades remotas sin atención sociopastoral, privadas de formación en la fe-justicia. ¡Estas situaciones están necesitadas de liberación!

Para satisfacer esta necesidad, el SLC selecciona a aquellos jóvenes de ambos sexos de las comunidades afectadas que muestran mayor generosidad para ofrecer su servicio sin buscar grandes recompensas, inspirados por catequistas de mayor edad. A estos estudiantes les ofrecemos en el SLC, en colaboración con el EAPI de Manila (Filipinas), la posibilidad de obtener el Certificado Conjunto (Joint Diploma Certificate). En nuestros métodos de enseñanza nos esmeramos en contextualizar las ideas en la realidad, teniendo presentes las palabras del papa: “La realidad es superior a la idea” (Evangelii gaudium 231). Tenemos un plan de estudios altamente contextualizado: clases impartidas por profesores locales, pero también de otros lugares del mundo, todos los cuales conocen también de cerca el sufrimiento.

Como parte de su formación, los estudiantes son enviados de forma regular los fines de semana a parroquias y centros sociales cercanos. Además, viven dos semanas de intensiva exposición apostólica. Debidamente aleccionados, salen al encuentro de las ovejas y retornan con el olor de ellas. Las áreas de este programa de inmersión son: atención pastoral en comunidades remotas que no cuentan con sacerdote ni religiosos o religiosas residentes; trabajo en centros de atención a drogadictos; trabajo con personas internamente despazadas en campamentos; trabajo con personas con discapacidades en centros de atención a enfermos de sida e inmunoportadores; e iniciativas paz con comunidades ecuménicas e interreligiosas.

Habiéndome percatado de la importancia de este programa en el college, yo, como científico social, sentí la necesidad de acompañar a los estudiantes también en sus lugares de acción apostólica. Así, con el consentimiento del director, el escolar Doan y yo empezamos a visitar a los estudiantes participantes en el programa y en cuatro campamentos de personas internamente desplazadas incluso entregamos a cada familia una manta para combatir el punzante frío. A los estudiantes les asombró este planteamiento de “amor en acción”. Sobre las visitas me gustaría decir lo siguiente:

  • Merece la pena ver a los estudiantes contextualizando gozosamente las lecciones aprendidas en las aulas. Cuando les preguntaba cómo se sentían respecto de su experiencia, la respuesta, en kachin y en inglés, era invariablemente: “Grai Kaja, Wa Jau – fantástico, padre “
  • Sin duda, merece la pena que olamos a nuestras ovejas, que las veamos orar, predicar y practicar durante su experiencia de exposición apostólica.

Viendo el enfoque sociopastoral de los jesuitas, el P. Leo me dijo: “P. Girish, Ud. como director adjunto y profesor, y el escolar Doan, como administrador, además de realizar su ministerio en el campus, han ido a ver a nuestra gente in situ. De hecho, esta es la primera vez que algún religioso sale del campus para visitar a los estudiantes en los lugares donde están viviendo su experiencia apostólica. ¡Veo que Uds. los jesuitas son muy diferentes!”. Escuchar estas palabras testimoniales supuso para mí una lección de humildad y, sin embargo, también todo un reto. En efecto, somos enviados para introducir esa diferencia creativa pensando y sintiendo con la Iglesia. ¡Que Dios bendiga nuestra vida, nuestra misión y nuestro proceso de creación de redes!


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Los próximos viajes del Papa a Myanmar y Bangladesh y la cuestión de los Rohingya

La tragedia de los Rohinyá; expectativa por las palabras y gestos del Papa

Las Iglesias local y el gobierno pidieron no nombrar explícitamente a la minoría musulmana perseguida. Todos estarán muy pendientes sobre el discurso a las autoridades políticas de Myanmar

Niños en un campo de refugiados para los Rohinyá

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Pubblicato il 16/11/2017
Ultima modifica il 16/11/2017 alle ore 16:11
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

A finales de noviembre Francisco partirá hacia Myanmar y Bangladesh. En el primer país se encontrará con una democracia frágil y con un problema diplomático. El pasado 27 de agosto, durante el Ángelus, el Papa Bergoglio pronunció un fuerte llamado a favor de esa que, según la ONU, es una de las minorías más perseguidas del mundo: los Rohinyá, grupo étnico de religión musulmana que vive en Myanmar. «Han llegado tristes noticias sobre la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos Rohinyá —dijo el Pontífice. Todos nosotros pidamos al Señor que los salve y suscite hombres y mujeres capaces de salvarlos y que les ofrezcan su ayuda».

 

Ahora, mientras se aproxima el viaje, la Iglesia birmana le ha pedido al Papa que no pronuncie el nombre de los Rohinyá durante su viaje. «No es prudente que el Papa pronuncie en suelo birmano el término Rohinyá —afirmó el cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de de Yangon, en un informe sobre la situación del país— porque podría provocar reacciones descompuestas por parte de los grupos nacionalistas budistas. Y sobre la cuestión de la minoría musulmana oprimida, al lideresa Aung San Sus Kyi está haciendo lo posible y cuenta con el apoyo total de la Iglesia católica». También la presidencia birmana recomendó lo mismo al Vaticano.

 

Francisco nunca ha tenido escrúpulos frente a las injusticias y hasta el último siempre existe la posibilidad para cambiar las cosas (se puede recordar lo que sucedió en Armenia cuando decidió añadir una referencia explícita al «genocidio» de 1915, que no se encontraba en el texto preparado para la ocasión), pero la línea que parece prevalecer es la de hablar claramente frente a las autoridades de ese país sobre los derechos de las minorías, incluso sin pronunciar la palabra Rohinyá para no provocar involuntariamente. Después de Myanmar, en donde estará del 27 al 30 de noviembre, Francisco irá a Bangladesh, en donde se encuentran cientos de miles de Rohinyá, que huyeron de Myanmar en agosto de este año. No se puede excluir que el Papa quiera reunirse con algunos de ellos y, de esta manera, demostrar su cercanía y la de toda la Iglesia católica hacia esta minoría perseguida y que s esa visto obligada a huir y sobrevivir en condiciones precarias. Como ya sucedió en otras ocasiones, la fuerza de un gesto y de un abrazo podrían tener más forza que muchas palabras.

 

Este artículo fue publicado en la edición de hoy del periódico italiano «La Stampa».


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Myanmar: crece el número de prófugos rohingyas a Bangladesh

Crece el número de rohingyas que llegan a Bangladesh en balsas de fabricación casera

Los refugiados rohingyas se ven obligados a usar balsas construidas con todo tipo de material para cruzar el río Naf hacia Bangladesh. Foto: ACNUR / Andrew McConnell

17 de noviembre, 2017 — Durante los 10 últimos días unas 30 balsas de fabricación casera transportaron de Myanmar a Bangladesh a casi 1.000 refugiados rohingya, informó hoy la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Muchas de esas personas no pueden pagar el precio de un pasaje y se ven obligadas a usar estas balsas construidas con todo tipo de material como palos de bambú y bidones vacíos atados con cuerdas y cubiertos con láminas de plástico.

ACNUR estima que desde el pasado 25 de agosto unos 620.000 refugiados rohingya han huido de Myanmar y que más de 100 se han ahogado en naufragios u otros incidentes marítimos en su intento de llegar a las costas de Bangladesh.

Pese a los esfuerzos para prestar ayuda humanitaria y servicios, el hacinamiento y las difíciles condiciones de vida en los campamentos y lugares provisionales de asentamiento, incrementan los riesgos de enfermedades, saneamiento e incendios, así como la violencia y la trata de personas.

Hasta la fecha, ACNUR ha entregado cientos de miles de artículos de socorro, como tiendas de campaña, láminas de plástico, mantas, colchonetas, mosquiteros y utensilios de cocina.


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Mensaje del Papa a Myanmar en visperas de su visita.

Mensaje en vídeo del Santo Padre en vísperas de su inminente viaje apostólico a Myanmar

Publicamos a continuación el texto del mensaje en vídeo que el Santo padre Francisco ha enviado con motivo de su inminente  viaje apostólico a Myanmar  del 26 al 30 de noviembre de 2017
Mensaje del Santo Padre
Queridos amigos, Mientras me preparo para visitar Myanmar, quiero enviar unas palabras de saludo y amistad a todo su pueblo. Tengo muchas ganas de encontraros.
Vengo a proclamar el Evangelio de Jesucristo, un mensaje de reconciliación, de perdón y de paz. Mi visita está destinada a confirmar  a la comunidad católica de Myanmar en su fe en Dios y en su testimonio del Evangelio, que enseña la dignidad de cada hombre y mujer, y nos exige que abramos  el corazón a los demás, especialmente a los pobres y necesitados.
Al mismo tiempo, deseo  visitar  la Nación con  espíritu de respeto y aliento por  todos los esfuerzos encaminados a  construir  armonía y  cooperación al servicio del bien común. Vivimos en una época en que los creyentes y  los hombres de buena voluntad sienten cada vez más  la necesidad de crecer en la comprensión mutua y en el respeto y de apoyarse unos a otros como miembros de la única familia humana. Porque todos somos hijos de Dios Sé que muchos en Myanmar están trabajando tanto para preparar mi visita y se lo agradezco. Pido a cada uno que rece para que los días  que esté con vosotros sean fuente de esperanza y aliento para todos. ¡Sobre vosotros  y sobre vuestras  familias invoco las bendiciones divinas de alegría y de paz! Hasta pronto!


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Los Rohingya y la proxima visita del Papa a Myanmar y Bangladesh

La tragedia de los Rohinyá; expectativa por las palabras y gestos del Papa

Las Iglesias local y el gobierno pidieron no nombrar explícitamente a la minoría musulmana perseguida. Todos estarán muy pendientes sobre el discurso a las autoridades políticas de Myanmar

Niños en un campo de refugiados para los Rohinyá

Pubblicato il 16/11/2017
Ultima modifica il 16/11/2017 alle ore 16:11
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

A finales de noviembre Francisco partirá hacia Myanmar y Bangladesh. En el primer país se encontrará con una democracia frágil y con un problema diplomático. El pasado 27 de agosto, durante el Ángelus, el Papa Bergoglio pronunció un fuerte llamado a favor de esa que, según la ONU, es una de las minorías más perseguidas del mundo: los Rohinyá, grupo étnico de religión musulmana que vive en Myanmar. «Han llegado tristes noticias sobre la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos Rohinyá —dijo el Pontífice. Todos nosotros pidamos al Señor que los salve y suscite hombres y mujeres capaces de salvarlos y que les ofrezcan su ayuda».

 

Ahora, mientras se aproxima el viaje, la Iglesia birmana le ha pedido al Papa que no pronuncie el nombre de los Rohinyá durante su viaje. «No es prudente que el Papa pronuncie en suelo birmano el término Rohinyá —afirmó el cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de de Yangon, en un informe sobre la situación del país— porque podría provocar reacciones descompuestas por parte de los grupos nacionalistas budistas. Y sobre la cuestión de la minoría musulmana oprimida, al lideresa Aung San Sus Kyi está haciendo lo posible y cuenta con el apoyo total de la Iglesia católica». También la presidencia birmana recomendó lo mismo al Vaticano.

 

Francisco nunca ha tenido escrúpulos frente a las injusticias y hasta el último siempre existe la posibilidad para cambiar las cosas (se puede recordar lo que sucedió en Armenia cuando decidió añadir una referencia explícita al «genocidio» de 1915, que no se encontraba en el texto preparado para la ocasión), pero la línea que parece prevalecer es la de hablar claramente frente a las autoridades de ese país sobre los derechos de las minorías, incluso sin pronunciar la palabra Rohinyá para no provocar involuntariamente. Después de Myanmar, en donde estará del 27 al 30 de noviembre, Francisco irá a Bangladesh, en donde se encuentran cientos de miles de Rohinyá, que huyeron de Myanmar en agosto de este año. No se puede excluir que el Papa quiera reunirse con algunos de ellos y, de esta manera, demostrar su cercanía y la de toda la Iglesia católica hacia esta minoría perseguida y que s esa visto obligada a huir y sobrevivir en condiciones precarias. Como ya sucedió en otras ocasiones, la fuerza de un gesto y de un abrazo podrían tener más forza que muchas palabras.

 

Este artículo fue publicado en la edición de hoy del periódico italiano «La Stampa».