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Papa: la necesidad de sentirse amados. Catequesis

El Papa: “detrás del odio social hay a menudo personas infelices”

Durante la Audiencia general, Francisco criticó la «meritocracia» de un mundo infernal en el que todos «mendigan atención» y nadie ama con gratuidad. Primero saludó a los enfermos en el Aula Pablo VI y dijo: «En la plaza será un baño turco»
REUTERS

El Papa durante la Audiencia general

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Pubblicato il 14/06/2017
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«Detrás de muchas formas de odio social a menudo hay un corazón que no ha sido reconocido». Lo dijo el Papa durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro. El Pontífice afirmó que «no existen niños malos, como tampoco existen adolescentes del todo malvados, sino que existen personas infelices», y dijo que en este «infierno» de mundo en el que, siguiendo la vía de la «meritocracia», todos mendigan «motivos para suscitar la atención de otros», nadie está dispuesto a «amar gratuitamente a otra persona». Por ello, la «medicina» para «cambiar el corazón de una persona infeliz» es «abrazarla» y amarla.

 

Antes de dirigirse a la Plaza San Pedro, Francisco visitó a los enfermos que se encontraban en el Aula Pablo VI. «Hoy —dijo— haremos la audiencia en dos lugares diferentes, pero estaremos unidos con la mega-pantalla, así estarán ustedes más cómodos, porque el calor pega, será un baño turco hoy… Muchas gracias por haber venido y escuchen lo que diré, pero con el corazón unido a los que están en la plaza. La Iglesia —añadió— es así, un grupo aquí, un grupo allá, pero todos unidos. ¿Y qué une a la Iglesia? El Espíritu Santo; recemos al Espíritu Santo para que nos una a todos en esta audiencia de hoy». Palabras que Francisco repitió después con los fieles que estaban en la Plaza San Pedro.

 

«Ninguno de nosotros puede vivir sin amor», dijo Jorge Mario Bergoglio al retomar su ciclo de catequesis dedicado a la esperanza cristiana. Hy reflexionó sobre el tema «Hijos amados, certeza de la esperanza». «Una fea esclavitud en la que podemos caer es la de considerar que hay que merecer el amor», prosiguió. «Tal vez buena parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de esto: creer que si no somos fuertes, atractivos y bellos, entonces nadie se ocupará de nosotros. Es la vía de la meritocracia, ¿no? Muchas personas buscan hoy una visibilidad solo para colmar un vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de confirmas. Pero, ¿se imaginan un mundo en el que todos mendigan motivos para suscitar la atención de los demás, y nadie, en cambio, está dispuesto a amar gratuitamente a otra persona? Imagínense un mundo sin la gratuidad del amar. Parece un mundo humano, pero en realidad es un infierno. Muchos narcisismos del hombre nacen de un sentimiento de soledad. Incluso de orfandad. Detrás de muchos comportamientos aparentemente inexplicables se cela una pregunta: ¿es posible que yo no merezca ser llamado por mi nombre? Es decir: ser amado, porque el amor se llama por su nombre. Cuando el que no es o no se siente amado es un adolescente, entonces —subrayó Francisco— puede nacer la violencia. Detrás de muchas formas de odio social hay a menudo un corazón que no ha sido reconocido. No existen niños malos, así como no existen adolescentes del todo malvados, sino que existen personas infelices».

 

El Papa argentino prosiguió: «¿qué puede hacernos felices si no la experiencia del amor dado y recibido? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguien que al mirarnos nos arranca la primera sonrisa, y nosotros que gratuitamente sonreímos a los que están encerrados en la tristeza, y así le abrimos una salida. Intercambio de miradas, ver a los ojos y se abren las puertas del corazón».

 

En este sentido, Dios «nos ha amado incluso cuando estábamos equivocados». Y «¿quién de nosotros ama de esta manera, si no quien es un padre o una madre? Una mamá —dijo Francisco— sigue queriendo a su hijo incluso cuando este hijo está en la cárcel. Yo recuerdo a muchas mamás haciendo la cola para entrar a la cárcel en mi diócesis de antes», Buenos Aires. «No se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel pero era su hijo. Y sufrían muchas humillaciones, cateos antes de entrar. “Pero, señora, su hijo es un delincuente”. “Es mi hijo”. Solo este amor de madre y de padre nos hace comprender cómo es el amor de Dios. Una madre no pide la eliminación de la justicia humana, porque cada error exige una redención, pero una madre no deja nunca de sufrir por el propio hijo. Lo ama incluso cuando es pecador. Dios hace lo mismo con nosotros: ¡todos somos sus hijos amados! ¿Hay alguien que no pueda no ser amado? No, todos. No hay ninguna maldición sobre nuestra vida, sino solamente una benévola palabra de Dios, que sacó nuestra existencia de la nada».

 

«Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina?», preguntó el Papa al final. Y a la multitud de fieles que gritaba «Amor», el Papa respondió: «¡Muy bien! Y ¿cómo se hace sentir que uno la ama? Antes que nada hay que abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. Amor llama amor, con mucha más fuerza que el odio que llama la muerte». La resurrección de Jesús indica que es «tiempo de resurrección para todos: tiempo para volver a levantar a los pobres del desánimo, sobre todo a los que yacen en el sepulcro desde un tiempo mucho más largo que tres días. Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Germina aquí el don de la esperanza. Y la esperanza —dijo el Papa— es la del Dios Padre que nos ama como somos, nos ama siempre, a todos, buenos y malos, ¿de acuerdo?».


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Un Dios paternal. Catequesis del Papa, Comentario.

“Podemos profesarnos sin Dios, pero Dios no puede estar sin nosotros”

Durante la Audiencia general, el Papa subrayó que «llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada descontado», y que el arameo “Abbá” con el que Jesús llama al Padre se puede traducir como “papá”
ANSA

El Papa Francisco durante la Audiencia general

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Pubblicato il 07/06/2017
Ultima modifica il 07/06/2017 alle ore 12:26
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«Podemos estar lejos, ser hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”», pero «Él no será jamás un Dios “sin el hombre”; es Él quien no puede estar sin nosotros». El Papa Francisco reflexionó sobre la paternidad de Dios durante la catequesis de la Audiencia general en la Plaza San Pedro y subrayó que «llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho descontado», y además también refirió que el término arameo «abbá» con el que Jesús llama al Padre, y que San Pablo «Pablo no se siente seguro de traducir al griego», es un término mucho más íntimo que “Padre”, y algunos lo traducen como «papá».

 

«Nunca estamos solos», dijo el Papa: «Podemos estar lejos, ser hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”; es Él quien no puede estar sin nosotros, y esto es un gran misterio. Dios no puede ser Dios sin el hombre: ¡este es un gran misterio! Y esta certeza es la fuente de nuestra esperanza, que encontramos conservada en todas las invocaciones del Padre Nuestro».

 

Francisco llegó a la Plaza San Pedro alrededor de las 9.20 de la mañana y continuó con su ciclo de catequesis dedicado a la esperanza cristiana. Reflexionó sobre el Evangelio de Lucas, según el cual, «los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se “sumerge” en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles también a ellos a orar. Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la oración cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: “Padre”» Jorge Mario Bergoglio subrayó que «todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión “nos atrevemos a decir”». De hecho, observó, «llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido. Somos conducidos a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cambio, invocarlo como “Padre” nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él. Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, que siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, “salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí”. Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: “No tengan miedo”».

 

Después el Papa recordó el ejemplo de la parábola del padre misericordioso, mejor conocida como la parábola del Hijo pródigo, y subrayó que «Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrío del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo “amar”. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre».

 

«¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos!», exclamó el Papa. «Tal vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de traducir al griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: “abbá”. En dos ocasiones San Pablo, en su epistolario, toca este tema, y en las dos veces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, “abbà”, un término todavía más íntimo respecto a “padre”, y que alguno traduce “papá”».

 

El Papa concluyó su catequesis afirmando que «todas nuestras necesidades, desde las más evidentes y cotidianas, como el alimento, la salud, el trabajo, hasta aquellas de ser perdonados y sostenidos en la tentación, no son el espejo de nuestra soledad: existe en cambio un Padre que siempre nos mira con amor, y que seguramente no nos abandona». Por ello propuso a los fieles que estaban en la Plaza San Pedro: «cada uno de nosotros tiene tantos problemas y tantas necesidades. Pensemos un poco, en silencio, en estos problemas y en estas necesidades. Pensemos también en el Padre, en nuestro Padre, que no puede estar sin nosotros, y que en este momento nos está mirando. Y todos juntos, con confianza y esperanza, oremos: “Padre nuestro, que estas en los cielos…”. Gracias».

 

Al principio de la Audiencia el Papa, después de la vuelta en el jeep para saludar a los fieles y antes de bajarse del vehículo, se ató un zapato ante las miradas sorprendidas de sus colaboradores. Al final de la Audiencia, Francisco recordó el aniversario de su encuentro con el presidente israelí Shimon Peres y con el presidente palestino Mahmoud Abbas, que es mañana. Saludó en particular a la Asociación Comunidad Reina de la Paz de Radom, Polonia.


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Catequesis del Papa sobre la esperanza.

El Papa en la catequesis: “Jesús camina siempre junto a nosotros para darnos esperanza”

(RV).- “En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra dar esperanza”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del cuarto miércoles de mayo, en que consiste la “terapia de la esperanza”.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma comentando el pasaje bíblico de la narración de los discípulos de Emaús y su encuentro con Jesús, dijo que estos “dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo”. Pero no fue así. “Los dos peregrinos – afirma el Papa – cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz izada en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado”.

En este contexto, el encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Texto y Audio completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en la experiencia de los dos discípulos de Emaús, del cual habla el Evangelio de Lucas (Cfr. 24,13-35). Imaginemos la escena: dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien habían confiado sus vidas, parecía finalmente haber llegado a la batalla decisiva: ahora habría manifestado su poder, después de un largo periodo de preparación y de ocultamiento. Esto era aquello que ellos esperaban, y no fue así.

Los dos peregrinos cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz izada en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado. Si de verdad ese Jesús era según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme, indefenso en las manos de los violentos, incapaz de oponer resistencia al mal.

Así, esa mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. En sus ojos todavía están los sucesos de la pasión, la muerte de Jesús; y en el ánimo el penoso desvelarse de esos acontecimientos, durante el obligado descanso del sábado. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más doloroso de sus vidas. Dejan Jerusalén para ir a otra parte, a un poblado tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas intencionadas a quitar un recuerdo que duele. Entonces están por la calle y caminan. Tristes. Este escenario – la calle – había sido importante en las narraciones de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el momento en el cual se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Aunque si conoce ya el motivo de la desilusión de estos dos, les deja a ellos el tiempo para poder examinar en profundidad la amargura que los ha envuelto. El resultado es una confesión que es un estribillo de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero Nosotros esperábamos, pero …» (v. 21). ¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos existen en la vida de cada persona! En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra dar esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la mano el libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil, tempestivas campañas de conquista. La verdadera esperanza no es jamás a poco precio: pasa siempre a través de la derrota. La esperanza de quien no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que conduce a la victoria a su pueblo aplastando en la sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es una farol suave que arde en un día frío y con viento, y por cuanto parezca frágil su presencia en este mundo, Él ha escogido el lugar que todos despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto-cardinal de toda Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. ¿En esta serie de gestos, no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada Eucaristía, también el signo de qué cosa debe ser la Iglesia? Jesús nos toma, nos bendice, “parte” nuestra vida – porque no hay amor sin sacrificio – y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Es un encuentro rápido, el de Jesús con los discípulos de Emaús. Pero en ello está todo el destino de la Iglesia. Nos narra que la comunidad cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino camina en su ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas, con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor, amor fiel hasta el final. Y entonces el corazón de las personas vuelve a arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro corazón y decir: “Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante”

El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: ahí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza: vayamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


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El Papa comenta su viaje a Egipto.

Catequesis del Papa: “Egipto, signo de esperanza, de refugio, de ayuda”

2017-05-03 Radio Vaticana

(RV).- “Egipto, para nosotros, ha sido un signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando aquella parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fue allá; luego cuando Jesús fue perseguido, se fue allá. Por esto, narrarles este viaje, entra en el camino de hablar de la esperanza: para nosotros Egipto tiene este signo de esperanza sea para la historia, sea para hoy, para esta fraternidad que acabo de contarles”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del primer miércoles de mayo, el significado de su reciente Viaje Apostólico en Egipto.

Comentando su Visita a Egipto, el Santo Padre agradeció a cada uno de las Autoridades civiles y religiosas que lo han invitado y han acogido, una acogida, dijo, verdaderamente calurosa. “Y agradezco al entero pueblo egipcio – agregó – por la participación y por el afecto con el cual han vivido esta visita del Sucesor de San Pedro”.

Su Viaje, precisó el Pontífice, tuvo un doble horizonte: “aquel del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, aquel de la promoción de la paz en el mundo”. Asimismo, el Papa Francisco ha querido alentar a los cristianos de estas tierras, a la pequeña comunidad católica en Egipto a quienes exhortó a, “revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que hemos encontrado al Señor”.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy deseo hablarles del Viaje Apostólico que, con la ayuda de Dios, he realizado en los días pasados en Egipto. He ido a este País después de una cuádruple invitación: del Presidente de la República, de Su Santidad el Patriarca Copto ortodoxo, del Gran Imán de Al-Azhar y el Patriarca Copto católico. Agradezco a cada uno de ellos por la acogida que me han reservado, verdaderamente calurosa. Y agradezco al entero pueblo egipcio por la participación y por el afecto con el cual han vivido esta visita del Sucesor de San Pedro.

El Presidente y las Autoridades civiles han puesto un empeño extraordinario para que este evento pudiera desarrollarse en los mejores modos; para que pudiera ser un signo de paz, un signo de paz para Egipto y para toda aquella región, que lamentablemente sufre por los conflictos y el terrorismo. De hecho, el lema del Viaje era: “El Papa de la paz en un Egipto de paz”.

Mi visita a la Universidad de Al-Azhar, la más antigua universidad islámica y máxima institución académica del Islam sunita, ha tenido un doble horizonte: aquel del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, aquel de la promoción de la paz en el mundo. En Al-Azhar se realizó el encuentro con el Gran Imán, encuentro que después se amplió en la Conferencia Internacional por la Paz. En este contexto he ofrecido una reflexión que ha valorizado la historia de Egipto como tierra de civilización y tierra de alianzas. Para toda la humanidad Egipto es sinónimo de antigua civilización, de tesoros de arte y de conocimiento; y esto nos recuerda que la paz se construye mediante la educación, la formación de la sabiduría, de un humanismo que comprende como parte integrante la dimensión religiosa, la relación con Dios, como lo ha recordado el Gran Imán en su discurso. La paz se construye también partiendo de la alianza entre Dios y el hombre, fundamento de la alianza entre todos los hombres, basado en el Decálogo escrito en las tablas de piedra del Sinaí, pero más profundamente en el corazón de todo hombre de todo tiempo y lugar, ley que se resume en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo.

Este mismo fundamento esta también a la base de la construcción del orden social y civil, al cual están llamados a colaborar todos los ciudadanos, de todo origen, cultura y religión. Esta visión de sana laicidad ha aparecido en el intercambio de discursos con el Presidente de la República de Egipto, con la presencia de las Autoridades del país y del Cuerpo Diplomático. El gran patrimonio histórico y religioso de Egipto y su rol en la región medio oriental le confiere una tarea peculiar en el camino hacia una paz estable y duradera, que se basa no en el derecho de la fuerza, sino en la fuerza del derecho.

Los cristianos, en Egipto como en toda nación de la tierra, están llamados a ser levadura de fraternidad. Y esto es posible si viven en sí mismos la comunión con Cristo. Un fuerte signo de comunión, gracias a Dios, hemos podido darlo junto con mí querido hermano el Papa Tawadros II, Patriarca de los Coptos ortodoxos. Hemos renovado el compromiso, también firmando una Declaración Conjunta, de caminar juntos y de comprometernos para no repetir el Bautismo administrado en las respectivas Iglesias. Juntos hemos orado por los mártires de los recientes atentados que han golpeado trágicamente aquella venerable Iglesia; y su sangre ha fecundado este encuentro ecuménico, en el cual ha participado también el Patriarca de Constantinopla Bartolomé. El Patriarca ecuménico, mí querido hermano.

El segundo día del viaje ha sido dedicado a los fieles católicos. La Santa Misa celebrada en el Estadio puesto a disposición por las Autoridades egipcias ha sido una fiesta de fe y de fraternidad, en la cual hemos sentido la presencia viva del Señor Resucitado. Comentando el Evangelio, he exhortado a la pequeña comunidad católica en Egipto a revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que “hemos encontrado al Señor”.

Y el último momento lo he vivido junto con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas y los seminaristas, en el Seminario Mayor. Hay tantos seminaristas… Y esta es una consolación. Ha sido una liturgia de la Palabra, en la cual se han renovado las promesas de la vida consagrada. En esta comunidad de hombres y mujeres que han elegido donar la vida a Cristo por el Reino de Dios, he visto la belleza de la Iglesia en Egipto, y he orado por todos los cristianos de Oriente Medio, para que, guiados por sus pastores y acompañados por los consagrados, sean sal y luz en estas tierras, en medio a estos pueblos. Egipto, para nosotros, ha sido un signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando aquella parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fue allá; luego cuando Jesús fue perseguido, se fue allá. Por esto, narrarles este viaje, entra en el camino de hablar de la esperanza: para nosotros Egipto tiene este signo de esperanza sea para la historia, sea para hoy, para esta fraternidad que acabo de contarles.

Agradezco nuevamente a quienes han hecho posible este Viaje y a cuantos de diversos modos han dado su aporte, especialmente a tantas personas que han ofrecido sus oraciones y sus sufrimientos. La Santa Familia de Nazaret, que emigró a las orillas del Nilo para huir de la violencia de Herodes, bendiga y proteja siempre al pueblo egipcio y lo guie en la vía de la prosperidad, de la fraternidad y de la paz. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

Al término de la audiencia general el Papa Francisco, saludando a los jóvenes, enfermos y recién casados, los invitó a invocar de manera particular en este mes de mayo, “la celeste intercesión de María, la Madre de Jesús”:

“Queridos jóvenes, aprendan a rezarle con la oración simple y eficaz del Rosario, queridos enfermos, que la Virgen sea vuestro apoyo en la prueba del dolor, queridos recién casados, imiten su amor por Dios y por los hermanos”.


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Fatima, Juan Pablo II y Semana Santa en la catequesis semanal del Papa.

Abrir la puerta a Cristo, con mensajes de Misericordia, Fátima y Juan Pablo II, alentó el Papa

2017-04-05 Radio Vaticana

(RV).- En su audiencia general de la V semana de la Cuaresma 2017, el Obispo de Roma deseó  que las celebraciones de la Semana Santa nos ayuden a «renovar nuestra fe pascual y a brindar la esperanza de Cristo Resucitado en nuestro alrededor».

Acojamos los grandes mensajes de Jesús Misericordioso y de Fátima que San Juan Pablo II dirigió al mundo, fue la exhortación del Papa Francisco en sus palabras a los peregrinos polacos:

«Saludo cordialmente a los compatriotas de Juan Pablo II aquí presentes. En los primeros días de abril recordamos su regreso a la casa del Padre. Él ha sido un gran testigo de Cristo, celoso defensor de la herencia de la fe.

Dirigió al mundo los dos grandes mensajes de Jesús Misericordioso y de Fátima. El primero ha sido recordado durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia; el segundo, referido al triunfo del Corazón Inmaculado de María sobre el mal, nos recuerda el centenario de las apariciones de Fátima. Acojamos estos mensajes para que inunden nuestros corazones y le abramos las puertas a Cristo».

Nuevo aliento del Papa Francisco a los que luchan contra la trata y tutelan y ayudan a las víctimas:

«Saludo a la Comunidad Papa Juan XXIII y, al tiempo que exhorto a proseguir la obra en favor de las jóvenes salvadas de la prostitución, invito a los romanos a participar en el Vía Crucis por las mujeres crucificadas. Que tendrá lugar el viernes 7 de abril en la Garbatella».

«Que el Señor resucitado y vivo en nuestros corazones nos ayude a ser signos luminosos del amor con el que Dios nos ha colmado y de la esperanza que está en nosotros, ante todos, en especial a los pequeños y pobres, deseó el Santo Padre en su bienvenida a los peregrinos de lengua francesa.

Luego, a los queridos amigos, de lengua portuguesa les recordó que «la fe en la Resurrección nos impulsa a mirar hacia el futuro, fortalecidos por la esperanza en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte que celebramos en la Pascua».

A los queridos hermanos y hermanas, procedentes de Oriente Medio, el Papa los exhortó a ser instrumento de consolación y de paz, según el corazón de Dios:

«Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, ¡en particular a los provenientes de Oriente Medio! Queridos hermanos y hermanas, cada vez que nos ponemos al lado de los últimos y de los marginados o que no respondemos al mal con el mal, sino perdonando y bendiciendo, nosotros resplandecemos como signos vivos y luminosos de esperanza, volviéndonos así instrumento de consolación y de paz, según el corazón de Dios.

La audiencia general coincidió con la memoria litúrgica de San Vicente Ferrer, como recordó el Papa en sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados:

«Hoy recordamos a San Vicente Ferrer, predicador dominico. Queridos jóvenes, siguiendo su ejemplo aprendan a hablar con Dios y de Dios, evitando habladurías inútiles y dañinas. Queridos enfermos, aprendan de su experiencia espiritual a confiar en toda circunstancia en Cristo crucificado. Queridos recién casados, acudan a su intercesión para asumir con generoso compromiso su misión de padres de familia».


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Catequesis del Papa sobre la esperanza.

El Papa en la Catequesis: “Hoy el Señor nos pide ser sembradores de esperanza”

(RV).- “En las Escrituras el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como el Dios de la perseverancia y de la consolación. Y es ahí que nos hacemos conscientes de que nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del cuarto miércoles de marzo, que la esperanza cristiana tiene como fundamento a Dios mismo.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, el Apóstol Pablo nos ayuda a entender mejor en que consiste esta virtud, y hoy “lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la perseverancia y la consolación”. “La perseverancia – afirmó el Pontífice – podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, ‘soportar’, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y seremos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos”. Y la consolación, precisó el Papa, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios.

Por ello, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras, es decir, por la Biblia. De hecho, señaló el Papa Francisco, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo», que permanece siempre fiel a su amor por nosotros. Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia.

Texto completo y audio de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya desde hace algunas semanas el Apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en que cosa consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, no: era otra cosa. Y el Apóstol nos ayuda a entender que cosa es esto. Hoy lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la «perseverancia» y la «consolación» (vv. 4.5). En el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos apenas escuchado son citados dos veces: la primera en relación a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? Y ¿En qué modo iluminan la realidad de la esperanza? Estas dos actitudes: la perseverancia y la consolación.

La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “soportar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras (v. 4), es decir, por la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, no se cansa de amarnos: ¡no! Es perseverante: ¡siempre nos ama! Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Tampoco, se cansa de consolarnos.

En esta perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del Apóstol: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (v. 1). Esta expresión «nosotros, los que somos fuertes» podría parecer arrogante, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es justamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación está en grado, es más, en el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de sus fragilidades. Si nosotros estamos cerca al Señor, tendremos esta fortaleza para estar cerca a los más débiles, a los más necesitados y consolarlos y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros podemos hacerlo sin auto-complacencia, sino sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros, con esa fortaleza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy, se necesita sembrar esperanza, ¿eh? No es fácil.

El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “serie A”, es decir, los fuertes, y otros de “serie B”, es decir, los débiles. El fruto en cambio es, como dice Pablo, «tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en el compartir, en el servicio recíproco. Porque incluso quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y de la necesidad de la consolación de los demás; y viceversa en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y así es una comunidad que «con un solo corazón y una sola voz, glorifica a Dios» (Cfr. v. 6). Pero todo esto es posible si se pone al centro a Cristo, su Palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es quien nos da la fortaleza, quien nos da la paciencia, quien nos da la esperanza, quien nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos de hecho tenemos necesidad de ser llevados en los hombros del Buen Pastor y de sentirnos acogidos en su mirada tierna y solícita.

Queridos amigos, jamás agradeceremos suficientemente a Dios por el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Es ahí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es ahí que nos hacemos conscientes de como nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios. Gracias.


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El Papa a los párrocos de Roma.

Encuentro cuaresmal del Papa Francisco con los párrocos de Roma

(RV).- El Papa Francisco fue a la Basílica Papal de San Juan de Letrán, Catedral de Roma, para el tradicional encuentro con los párrocos de la Diócesis del Papa, el jueves después del Miércoles de Ceniza, encuentro que comenzó confesando a algunos párrocos.

Aumentar nuestra fe y perseverar en ella, gracias a la Palabra de Dios y por medio de la caridad: memoria, esperanza y discernimiento, son algunos de los puntos que destacó el Papa en su meditación titulada: «El progreso de la fe en la vida del sacerdote».

«¡Señor: auméntanos la fe!» (Lc 17,5) Éste fue el ruego espontáneo de los discípulos, que surgió cuando el Señor les hablaba de la misericordia y él les dijo que debemos perdonar setenta veces siete», recordó el Papa Francisco:

«‘Auméntanos la fe’, pedimos también nosotros al comienzo de esta conversación. Lo hacemos con la sencillez del Catecismo, que dice: Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia» (n. 162).

«Me ayuda apoyarme en tres puntos firmes: la memoria, la esperanza y el discernimiento del momento», subrayó el Papa, destacando luego que «la memoria, como dice el Catecismo, se arraiga en la fe de la Iglesia, en la fe de nuestros padres; la esperanza es lo que nos sostiene en la fe; y el discernimiento del momento, lo tengo presente en el momento de actuar, de poner en práctica aquella ‘fe que debe actuar por la caridad’»:

El Obispo de Roma explicó los pasos de su meditación:

«Dispongo de una promesa – siempre es importante recordar la promesa del Señor que me ha puesto en camino – .

Estoy en camino – tengo esperanza – : la esperanza me indica el horizonte, me guía: es la estrella y es también lo que sostiene, es el ancla, anclada en Cristo.

Y, en el momento específico, en cada encrucijada debo discernir un bien concreto, el paso adelante en el amor que puedo dar, y también el modo en el que el Señor quiere que lo cumpla».

Hacer memoria fue el primer punto que señaló el Papa:

«Hacer memoria de las gracias pasadas confiere a nuestra fe la solidez de la encarnación; la coloca en el interior de una historia, la historia de la fe de nuestros padres que ‘murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos’ (Heb 11,13)»

Luego, el Santo Padre destacó la importancia de la esperanza

«La esperanza, por su parte es la que abre la fe a las sorpresas de Dios. Nuestro Dios es siempre más grande que todo lo que podemos pensar e imaginar sobre Él, sobre lo que le pertenece y sobre su modo de actuar en la historia. La apertura a la esperanza confiere a nuestra fe frescor y horizonte».

Y, por último el discernimiento:

«El discernimiento, en fin, concretiza la fe, es lo que la hace obrar por la caridad, lo que nos permite dar un testimonio creíble: ‘Por medio de las obras, te demostraré mi fe’ (Stgo 2,18)

Con estas tres cosas vamos adelante: memoria, esperanza, discernimiento del momento presente».

(CdM – RV)