Loiola XXI

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El Papa comenta su viaje a Egipto.

Catequesis del Papa: “Egipto, signo de esperanza, de refugio, de ayuda”

2017-05-03 Radio Vaticana

(RV).- “Egipto, para nosotros, ha sido un signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando aquella parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fue allá; luego cuando Jesús fue perseguido, se fue allá. Por esto, narrarles este viaje, entra en el camino de hablar de la esperanza: para nosotros Egipto tiene este signo de esperanza sea para la historia, sea para hoy, para esta fraternidad que acabo de contarles”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del primer miércoles de mayo, el significado de su reciente Viaje Apostólico en Egipto.

Comentando su Visita a Egipto, el Santo Padre agradeció a cada uno de las Autoridades civiles y religiosas que lo han invitado y han acogido, una acogida, dijo, verdaderamente calurosa. “Y agradezco al entero pueblo egipcio – agregó – por la participación y por el afecto con el cual han vivido esta visita del Sucesor de San Pedro”.

Su Viaje, precisó el Pontífice, tuvo un doble horizonte: “aquel del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, aquel de la promoción de la paz en el mundo”. Asimismo, el Papa Francisco ha querido alentar a los cristianos de estas tierras, a la pequeña comunidad católica en Egipto a quienes exhortó a, “revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que hemos encontrado al Señor”.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy deseo hablarles del Viaje Apostólico que, con la ayuda de Dios, he realizado en los días pasados en Egipto. He ido a este País después de una cuádruple invitación: del Presidente de la República, de Su Santidad el Patriarca Copto ortodoxo, del Gran Imán de Al-Azhar y el Patriarca Copto católico. Agradezco a cada uno de ellos por la acogida que me han reservado, verdaderamente calurosa. Y agradezco al entero pueblo egipcio por la participación y por el afecto con el cual han vivido esta visita del Sucesor de San Pedro.

El Presidente y las Autoridades civiles han puesto un empeño extraordinario para que este evento pudiera desarrollarse en los mejores modos; para que pudiera ser un signo de paz, un signo de paz para Egipto y para toda aquella región, que lamentablemente sufre por los conflictos y el terrorismo. De hecho, el lema del Viaje era: “El Papa de la paz en un Egipto de paz”.

Mi visita a la Universidad de Al-Azhar, la más antigua universidad islámica y máxima institución académica del Islam sunita, ha tenido un doble horizonte: aquel del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, aquel de la promoción de la paz en el mundo. En Al-Azhar se realizó el encuentro con el Gran Imán, encuentro que después se amplió en la Conferencia Internacional por la Paz. En este contexto he ofrecido una reflexión que ha valorizado la historia de Egipto como tierra de civilización y tierra de alianzas. Para toda la humanidad Egipto es sinónimo de antigua civilización, de tesoros de arte y de conocimiento; y esto nos recuerda que la paz se construye mediante la educación, la formación de la sabiduría, de un humanismo que comprende como parte integrante la dimensión religiosa, la relación con Dios, como lo ha recordado el Gran Imán en su discurso. La paz se construye también partiendo de la alianza entre Dios y el hombre, fundamento de la alianza entre todos los hombres, basado en el Decálogo escrito en las tablas de piedra del Sinaí, pero más profundamente en el corazón de todo hombre de todo tiempo y lugar, ley que se resume en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo.

Este mismo fundamento esta también a la base de la construcción del orden social y civil, al cual están llamados a colaborar todos los ciudadanos, de todo origen, cultura y religión. Esta visión de sana laicidad ha aparecido en el intercambio de discursos con el Presidente de la República de Egipto, con la presencia de las Autoridades del país y del Cuerpo Diplomático. El gran patrimonio histórico y religioso de Egipto y su rol en la región medio oriental le confiere una tarea peculiar en el camino hacia una paz estable y duradera, que se basa no en el derecho de la fuerza, sino en la fuerza del derecho.

Los cristianos, en Egipto como en toda nación de la tierra, están llamados a ser levadura de fraternidad. Y esto es posible si viven en sí mismos la comunión con Cristo. Un fuerte signo de comunión, gracias a Dios, hemos podido darlo junto con mí querido hermano el Papa Tawadros II, Patriarca de los Coptos ortodoxos. Hemos renovado el compromiso, también firmando una Declaración Conjunta, de caminar juntos y de comprometernos para no repetir el Bautismo administrado en las respectivas Iglesias. Juntos hemos orado por los mártires de los recientes atentados que han golpeado trágicamente aquella venerable Iglesia; y su sangre ha fecundado este encuentro ecuménico, en el cual ha participado también el Patriarca de Constantinopla Bartolomé. El Patriarca ecuménico, mí querido hermano.

El segundo día del viaje ha sido dedicado a los fieles católicos. La Santa Misa celebrada en el Estadio puesto a disposición por las Autoridades egipcias ha sido una fiesta de fe y de fraternidad, en la cual hemos sentido la presencia viva del Señor Resucitado. Comentando el Evangelio, he exhortado a la pequeña comunidad católica en Egipto a revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que “hemos encontrado al Señor”.

Y el último momento lo he vivido junto con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas y los seminaristas, en el Seminario Mayor. Hay tantos seminaristas… Y esta es una consolación. Ha sido una liturgia de la Palabra, en la cual se han renovado las promesas de la vida consagrada. En esta comunidad de hombres y mujeres que han elegido donar la vida a Cristo por el Reino de Dios, he visto la belleza de la Iglesia en Egipto, y he orado por todos los cristianos de Oriente Medio, para que, guiados por sus pastores y acompañados por los consagrados, sean sal y luz en estas tierras, en medio a estos pueblos. Egipto, para nosotros, ha sido un signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando aquella parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fue allá; luego cuando Jesús fue perseguido, se fue allá. Por esto, narrarles este viaje, entra en el camino de hablar de la esperanza: para nosotros Egipto tiene este signo de esperanza sea para la historia, sea para hoy, para esta fraternidad que acabo de contarles.

Agradezco nuevamente a quienes han hecho posible este Viaje y a cuantos de diversos modos han dado su aporte, especialmente a tantas personas que han ofrecido sus oraciones y sus sufrimientos. La Santa Familia de Nazaret, que emigró a las orillas del Nilo para huir de la violencia de Herodes, bendiga y proteja siempre al pueblo egipcio y lo guie en la vía de la prosperidad, de la fraternidad y de la paz. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

Al término de la audiencia general el Papa Francisco, saludando a los jóvenes, enfermos y recién casados, los invitó a invocar de manera particular en este mes de mayo, “la celeste intercesión de María, la Madre de Jesús”:

“Queridos jóvenes, aprendan a rezarle con la oración simple y eficaz del Rosario, queridos enfermos, que la Virgen sea vuestro apoyo en la prueba del dolor, queridos recién casados, imiten su amor por Dios y por los hermanos”.


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Fatima, Juan Pablo II y Semana Santa en la catequesis semanal del Papa.

Abrir la puerta a Cristo, con mensajes de Misericordia, Fátima y Juan Pablo II, alentó el Papa

2017-04-05 Radio Vaticana

(RV).- En su audiencia general de la V semana de la Cuaresma 2017, el Obispo de Roma deseó  que las celebraciones de la Semana Santa nos ayuden a «renovar nuestra fe pascual y a brindar la esperanza de Cristo Resucitado en nuestro alrededor».

Acojamos los grandes mensajes de Jesús Misericordioso y de Fátima que San Juan Pablo II dirigió al mundo, fue la exhortación del Papa Francisco en sus palabras a los peregrinos polacos:

«Saludo cordialmente a los compatriotas de Juan Pablo II aquí presentes. En los primeros días de abril recordamos su regreso a la casa del Padre. Él ha sido un gran testigo de Cristo, celoso defensor de la herencia de la fe.

Dirigió al mundo los dos grandes mensajes de Jesús Misericordioso y de Fátima. El primero ha sido recordado durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia; el segundo, referido al triunfo del Corazón Inmaculado de María sobre el mal, nos recuerda el centenario de las apariciones de Fátima. Acojamos estos mensajes para que inunden nuestros corazones y le abramos las puertas a Cristo».

Nuevo aliento del Papa Francisco a los que luchan contra la trata y tutelan y ayudan a las víctimas:

«Saludo a la Comunidad Papa Juan XXIII y, al tiempo que exhorto a proseguir la obra en favor de las jóvenes salvadas de la prostitución, invito a los romanos a participar en el Vía Crucis por las mujeres crucificadas. Que tendrá lugar el viernes 7 de abril en la Garbatella».

«Que el Señor resucitado y vivo en nuestros corazones nos ayude a ser signos luminosos del amor con el que Dios nos ha colmado y de la esperanza que está en nosotros, ante todos, en especial a los pequeños y pobres, deseó el Santo Padre en su bienvenida a los peregrinos de lengua francesa.

Luego, a los queridos amigos, de lengua portuguesa les recordó que «la fe en la Resurrección nos impulsa a mirar hacia el futuro, fortalecidos por la esperanza en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte que celebramos en la Pascua».

A los queridos hermanos y hermanas, procedentes de Oriente Medio, el Papa los exhortó a ser instrumento de consolación y de paz, según el corazón de Dios:

«Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, ¡en particular a los provenientes de Oriente Medio! Queridos hermanos y hermanas, cada vez que nos ponemos al lado de los últimos y de los marginados o que no respondemos al mal con el mal, sino perdonando y bendiciendo, nosotros resplandecemos como signos vivos y luminosos de esperanza, volviéndonos así instrumento de consolación y de paz, según el corazón de Dios.

La audiencia general coincidió con la memoria litúrgica de San Vicente Ferrer, como recordó el Papa en sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados:

«Hoy recordamos a San Vicente Ferrer, predicador dominico. Queridos jóvenes, siguiendo su ejemplo aprendan a hablar con Dios y de Dios, evitando habladurías inútiles y dañinas. Queridos enfermos, aprendan de su experiencia espiritual a confiar en toda circunstancia en Cristo crucificado. Queridos recién casados, acudan a su intercesión para asumir con generoso compromiso su misión de padres de familia».


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Catequesis del Papa sobre la esperanza.

El Papa en la Catequesis: “Hoy el Señor nos pide ser sembradores de esperanza”

(RV).- “En las Escrituras el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como el Dios de la perseverancia y de la consolación. Y es ahí que nos hacemos conscientes de que nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del cuarto miércoles de marzo, que la esperanza cristiana tiene como fundamento a Dios mismo.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, el Apóstol Pablo nos ayuda a entender mejor en que consiste esta virtud, y hoy “lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la perseverancia y la consolación”. “La perseverancia – afirmó el Pontífice – podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, ‘soportar’, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y seremos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos”. Y la consolación, precisó el Papa, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios.

Por ello, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras, es decir, por la Biblia. De hecho, señaló el Papa Francisco, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo», que permanece siempre fiel a su amor por nosotros. Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia.

Texto completo y audio de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya desde hace algunas semanas el Apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en que cosa consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, no: era otra cosa. Y el Apóstol nos ayuda a entender que cosa es esto. Hoy lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la «perseverancia» y la «consolación» (vv. 4.5). En el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos apenas escuchado son citados dos veces: la primera en relación a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? Y ¿En qué modo iluminan la realidad de la esperanza? Estas dos actitudes: la perseverancia y la consolación.

La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “soportar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras (v. 4), es decir, por la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, no se cansa de amarnos: ¡no! Es perseverante: ¡siempre nos ama! Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Tampoco, se cansa de consolarnos.

En esta perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del Apóstol: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (v. 1). Esta expresión «nosotros, los que somos fuertes» podría parecer arrogante, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es justamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación está en grado, es más, en el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de sus fragilidades. Si nosotros estamos cerca al Señor, tendremos esta fortaleza para estar cerca a los más débiles, a los más necesitados y consolarlos y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros podemos hacerlo sin auto-complacencia, sino sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros, con esa fortaleza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy, se necesita sembrar esperanza, ¿eh? No es fácil.

El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “serie A”, es decir, los fuertes, y otros de “serie B”, es decir, los débiles. El fruto en cambio es, como dice Pablo, «tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en el compartir, en el servicio recíproco. Porque incluso quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y de la necesidad de la consolación de los demás; y viceversa en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y así es una comunidad que «con un solo corazón y una sola voz, glorifica a Dios» (Cfr. v. 6). Pero todo esto es posible si se pone al centro a Cristo, su Palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es quien nos da la fortaleza, quien nos da la paciencia, quien nos da la esperanza, quien nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos de hecho tenemos necesidad de ser llevados en los hombros del Buen Pastor y de sentirnos acogidos en su mirada tierna y solícita.

Queridos amigos, jamás agradeceremos suficientemente a Dios por el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Es ahí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es ahí que nos hacemos conscientes de como nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios. Gracias.


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El Papa a los párrocos de Roma.

Encuentro cuaresmal del Papa Francisco con los párrocos de Roma

(RV).- El Papa Francisco fue a la Basílica Papal de San Juan de Letrán, Catedral de Roma, para el tradicional encuentro con los párrocos de la Diócesis del Papa, el jueves después del Miércoles de Ceniza, encuentro que comenzó confesando a algunos párrocos.

Aumentar nuestra fe y perseverar en ella, gracias a la Palabra de Dios y por medio de la caridad: memoria, esperanza y discernimiento, son algunos de los puntos que destacó el Papa en su meditación titulada: «El progreso de la fe en la vida del sacerdote».

«¡Señor: auméntanos la fe!» (Lc 17,5) Éste fue el ruego espontáneo de los discípulos, que surgió cuando el Señor les hablaba de la misericordia y él les dijo que debemos perdonar setenta veces siete», recordó el Papa Francisco:

«‘Auméntanos la fe’, pedimos también nosotros al comienzo de esta conversación. Lo hacemos con la sencillez del Catecismo, que dice: Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia» (n. 162).

«Me ayuda apoyarme en tres puntos firmes: la memoria, la esperanza y el discernimiento del momento», subrayó el Papa, destacando luego que «la memoria, como dice el Catecismo, se arraiga en la fe de la Iglesia, en la fe de nuestros padres; la esperanza es lo que nos sostiene en la fe; y el discernimiento del momento, lo tengo presente en el momento de actuar, de poner en práctica aquella ‘fe que debe actuar por la caridad’»:

El Obispo de Roma explicó los pasos de su meditación:

«Dispongo de una promesa – siempre es importante recordar la promesa del Señor que me ha puesto en camino – .

Estoy en camino – tengo esperanza – : la esperanza me indica el horizonte, me guía: es la estrella y es también lo que sostiene, es el ancla, anclada en Cristo.

Y, en el momento específico, en cada encrucijada debo discernir un bien concreto, el paso adelante en el amor que puedo dar, y también el modo en el que el Señor quiere que lo cumpla».

Hacer memoria fue el primer punto que señaló el Papa:

«Hacer memoria de las gracias pasadas confiere a nuestra fe la solidez de la encarnación; la coloca en el interior de una historia, la historia de la fe de nuestros padres que ‘murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos’ (Heb 11,13)»

Luego, el Santo Padre destacó la importancia de la esperanza

«La esperanza, por su parte es la que abre la fe a las sorpresas de Dios. Nuestro Dios es siempre más grande que todo lo que podemos pensar e imaginar sobre Él, sobre lo que le pertenece y sobre su modo de actuar en la historia. La apertura a la esperanza confiere a nuestra fe frescor y horizonte».

Y, por último el discernimiento:

«El discernimiento, en fin, concretiza la fe, es lo que la hace obrar por la caridad, lo que nos permite dar un testimonio creíble: ‘Por medio de las obras, te demostraré mi fe’ (Stgo 2,18)

Con estas tres cosas vamos adelante: memoria, esperanza, discernimiento del momento presente».

(CdM – RV)