Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Audiencia semanal del Papa

Aliento y bendición del Papa a peregrinos de tantas partes del mundo: renovemos nuestra adhesión y nuestra confianza en Jesús

2017-09-20 Radio Vaticana

 

(RV).- En su audiencia general, cuya catequesis centró en la importancia de educar a la esperanza cristiana, el Obispo de Roma reiteró su invitación a confiar en Jesús, en su bienvenida a los peregrinos de tantos países:

«¡Dios no defrauda! Ha puesto una esperanza en nuestros corazones para hacerla prosperar, no para mortificarnos con decepciones continuas. Renovemos nuestra adhesión y nuestra confianza en Jesús, que vive en nuestros corazones para superar nuestras debilidades y atravesar nuestras pruebas ¡Que Dios los bendiga!»

El actual y apremiante desafío ético de que la medicina respete la dignidad de la vida humana, en las palabras del Papa a los que trabajan en el sector sanitario:

«Saludo a los numerosos médicos y operadores sanitarios presentes, al tiempo que aliento sus esfuerzos por impulsar el respeto y la protección del don de la vida ante los urgentes desafíos éticos de nuestros tiempos. Sobre todos ustedes y sus familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo».

En su saludo a los peregrinos de lengua alemana, el Santo Padre destacó la numerosa presencia de jóvenes, con su exhortación a testimoniar la esperanza cristiana:

«En particular, a los numerosos jóvenes presentes, les pido, que permaneciendo unidos a Jesús, den a todo el mundo un testimonio de esperanza cristiana»

«Los aliento a buscar siempre la mirada de la Virgen que conforta a cuantos están en la prueba y mantiene abierto el horizonte de la esperanza», dijo el Papa en sus palabras a los peregrinos de lengua portuguesa, para luego dirigirse a los de lengua árabe, en particular a los de Oriente Medio:

«Queridos hermanos y hermanas, no se rindan a la noche. Obren la paz en medio de los hombres y respeten el camino de todos, porque cada uno tiene una historia para contar».

El ejemplo del santo polaco Estanislao Kotska, en su saludo cordial a los peregrinos de la nación polaca:

«El lunes, en Polonia, han celebrado la memoria de San Estanislao Kotska, patrono de los niños y de los jóvenes, Deseando dar un objetivo más alto a su propia vida, unido estrechamente a Dios, ingresó entre los jesuitas contra la voluntad de sus padres. La oración continua, la confesión frecuente, la Santa Misa cotidiana, el trabajo espiritual sobre sí mismo, formó su santidad ya desde su juventud. Que su ejemplo recuerde a los padres y a los jóvenes, que la perspectiva de alcanzar una posición social no nos debe hacer sordos a la llamada del Señor».

En la víspera de la celebración litúrgica de San Mateo, el Papa recordó en sus palabras de aliento a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados,  al publicano al que Jesús le dijo ¡sígueme! Y  él lo siguió:

«Mañana es la Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista. Que su conversión sea un ejemplo para ustedes, queridos jóvenes, para vivir la vida con los criterios de la fe; que su mansedumbre los sostenga a ustedes, queridos enfermos, cuando el sufrimiento parece insoportable; y que su abandonar los cálculos del mundo les recuerde a ustedes, queridos recién casados la importancia de la lógica de amor en la vida matrimonial que han emprendido».

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Colombia: el Papa en Cartagena.

El Papa bendice la primera piedra de las casas para los sin techo y encuentra a la comunidad afroamericana de San Pedro Claver

2017-09-10 Radio Vaticana

 

Este 10 de septiembre, durante su última jornada en Colombia, el  Papa Francisco se despidió muy temprano de la Nunciatura Apostólica de Bogotá para dirigirse a Cartagena, la cuarta ciudad de su recorrido en tierra colombiana. El avión que llevaba al Pontífice recorrió 653 km para aterrizar, en el aeropuerto internacional Rafael Núñez de Cartagena, una hora y media después. Allí, el Pontífice fue recibido por el Arzobispo de la ciudad, Mons. Jorge Enrique Jiménez Carbajal, el gobernador, el alcalde y algunas Autoridades Militares.

Antes de subir al automóvil que lo llevó hacia la Plaza de San Francisco, el Santo Padre se detuvo en el hangar donde unos 300 jóvenes representaron una coreografía inspirada a los temas de la dignidad de la persona y del valor de la radicalización de la cultura local.

Llegado a la plaza San Francisco de Asís, que forma parte del complejo del Convento del mismo nombre construido en 1560, el Obispo de Roma bendijo la primera piedra de las casas para los sin techo y de la obra “Talitha Qum”, la Red Internacional de la Vida Consagrada contra la trata de personas.

Después de visitar una casa de la Obra, la etapa sucesiva en el recorrido del Papa será la visita a la Casa Santuario de San Pedro Claver, cuya memoria litúrgica se celebró ayer, 9 de septiembre. La Iglesia y el monasterio dedicados al Santo jesuita,  apóstol entre los negros deportados, pertenece a la Compañía de Jesús. La Iglesia, además de su relevancia histórica y religiosa, es considerada una de las joyas arquitectónicas más representativas de la ciudad colonial.

Allí, ante la Iglesia donde el Santo “defensor de los esclavos afroamericanos” transcurrió sus últimos años de vida y que hoy es meta de peregrinaciones, el Papa Francisco rezará el Ángelus a la Madre de Dios y se detendrá en oración ante las reliquias del “santo esclavo de los negros”, acompañado por el calor y el afecto de unas 300 personas pertenecientes a la comunidad afroamericana, asistida por los padres jesuitas.

(MCM– RV)


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Colombia: homilía del Papa en la misa en Medellín.

El Santo Padre ofrece la Misa en Medellín: “La vida cristiana como discipulado”

 

 

(RV).- Homilía del Santo Padre del sábado 9 de septiembre, fiesta de San Pedro Claver, en Medellín, Colombia: «La vida cristiana como discipulado»

En la homilía del sábado comienza Papa Francisco recordando un Evangelio anterior, el del jueves 7 de San Lucas, como inicio del llamado de JESÚS a los Doce, a los discípulos.  Hoy Papa Francisco repara en lo que esa llamada significa: “mucho esfuerzo de purificación.” “El Señor, les enseña, que cumplir es caminar tras Él …La libertad de Jesús,…lleva la ley a su plenitud y por eso quiere ponernos en esa dirección, en ese estilo de seguimiento que supone ir a lo esencial, renovarse e involucrarse.

Ir a lo esencial – comienza explicando el Papa – “porque tampoco Jesús vino a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud”. “No es simplemente el apego a la explicación de una doctrina, sino la experiencia de la presencia amigable, viva y operante del Señor…la escucha de su Palabra.”

Renovarse – continúa con su plática Francisco – “Como Jesús “zarandeaba” a los doctores de la ley…ahora también la Iglesia es “zarandeada” por el Espíritu para que deje sus comodidades y apegos.” Y en Colombia” – prosigue el Papa dirigiendo sus palabras al pueblo colombiano- “hay tantas situaciones que reclaman de los discípulos el estilo de vida de Jesús”.

La tercera palabra trata de involucrarse, “ensuciarse, mancharse – prosigue en su homilía el Papa – “…porque son muchos los que tienen hambre de Dios, hambre de dignidad, porque han sido despojados”. ”Como Pedro Claver”- santo cuya fiesta celebra hoy la iglesia y que trabajó en Colombia durante 34 años – “que no podía permanecer indiferente ante el sufrimiento de los más desamparados y ultrajados de su época y tenía que hacer algo para aliviarlo.”

“Hermanos y hermanas” – concluye Su Santidad – “la Iglesia en Colombia está llamada a la formación de discípulos misioneros”, “como lo proponía en aquel documento latinoamericano que nació en estas tierras”: Aparecida.

 “Pidamos a través de nuestra Madre, Nuestra Señora de la Candelaria, que nos acompañe… para que poniendo nuestra vida en Cristo, seamos simplemente misioneros que llevemos la luz y la alegría del Evangelio a todas las gentes.”

(Isabel Cantos para Radio Vaticana)

TEXTO COMPLETO Y AUDIO DE LA HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO EL SÁBADO 9 DE SEPTIEMBRE EN MEDELLÍN, COLOMBIA.

 

Homilía: «La vida cristiana como discipulado»

Queridos hermanos y hermanas:

En la misa del jueves en Bogotá escuchábamos el llamado de Jesús a sus primeros discípulos; esta parte del Evangelio de Lucas que comenzó con aquella narración, culmina con el llamado a los Doce. ¿Qué recuerdan los evangelistas entre ambos acontecimientos? Que este camino de seguimiento supuso en los primeros seguidores de Jesús mucho esfuerzo de purificación. Algunos preceptos, prohibiciones y mandatos los hacían sentir seguros; cumplir con determinadas prácticas y ritos los dispensaba de una inquietud, la inquietud de preguntarse: ¿Qué es lo que le agrada a nuestro Dios? Jesús, el Señor, les señala que cumplir es caminar detrás Él, y que ese caminar lo ponía frente a leprosos, paralíticos, pecadores. Esas realidades demandaban mucho más que una receta o una norma establecida. Aprendieron que ir detrás de Jesús supone otras prioridades, otras consideraciones para servir a Dios. Para el Señor, también para la primera comunidad, es de suma importancia que quienes nos decimos discípulos no nos aferremos a cierto estilo, a ciertas prácticas que nos acercan más al modo de ser de algunos fariseos de entonces que al de Jesús. La libertad de Jesús se contrapone con la falta de libertad de los doctores de la ley de aquella época, que estaban paralizados por una interpretación y práctica rigorista de la ley. Jesús no se queda en un cumplimento aparentemente «correcto», Él lleva la ley a su plenitud y por eso quiere ponernos en esa dirección, en ese estilo de seguimiento que supone ir a lo esencial, renovarse, involucrarse. Son tres actitudes que tenemos que plasmar en nuestra vida de discípulos.

Lo primero, ir a lo esencial. No quiere decir «romper con todo» romper con aquello que no se acomoda a nosotros, porque tampoco Jesús vino «a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud» (Mt 5,17); ir a lo esencial es más bien ir a lo profundo, a lo que cuenta y tiene valor para la vida. Jesús enseña que la relación con Dios no puede ser un apego frío a normas y leyes, ni tampoco un cumplimiento de ciertos actos externos que no llevan a un cambio real de vida. Tampoco nuestro discipulado puede ser motivado simplemente por una costumbre, porque contamos con un certificado de bautismo, sino que debe partir de una viva experiencia de Dios y de su amor. El discipulado no es algo estático, sino un continuo camino hacia Cristo; no es simplemente el apego a la explicitación de una doctrina, sino la experiencia de la presencia amigable, viva y operante del Señor, un permanente aprendizaje por medio de la escucha de su Palabra. Y esa palabra, lo hemos escuchado, se nos impone en las necesidades concretas de nuestros hermanos: será el hambre de los más cercanos en el texto proclamado, o la enfermedad en lo que narra Lucas a continuación.

La segunda palabra, renovarse. Como Jesús «zarandeaba» a los doctores de la ley para que salieran de su rigidez, ahora también la Iglesia es «zarandeada» por el Espíritu para que deje sus comodidades y sus apegos. La renovación no nos debe dar miedo. La Iglesia siempre está en renovación —Ecclesia semper reformanda—.  No se renueva a su antojo, sino que lo hace «firme y bien fundada en la fe, sin apartarse de la esperanza transmitida por la Buena Noticia» (Col 1,23). La renovación supone sacrificio y valentía, no para considerarse mejores o más pulcros, sino para responder mejor al llamado del Señor. El Señor del sábado, la razón de ser de todos nuestros mandatos y prescripciones, nos invita a ponderar lo normativo cuando está en juego el seguimiento; cuando sus llagas abiertas, su clamor de hambre y sed de justicia nos interpelan y nos imponen respuestas nuevas. Y en Colombia hay tantas situaciones que reclaman de los discípulos el estilo de vida de Jesús, particularmente el amor convertido en hechos de no violencia, de reconciliación y de paz.

La tercera palabra, involucrarse. Aunque para algunos eso parezca ensuciarse, mancharse. Como David o los suyos que entraron en el Templo porque tenían hambre y los discípulos de Jesús entraron en el sembrado y comieron las espigas, también hoy a nosotros se nos pide crecer en arrojo, en un coraje evangélico que brota de saber que son muchos los que tienen hambre, hambre de Dios, cuanta gente tiene hambre de Dios, hambre de dignidad, porque han sido despojados. Y me pregunto si el hambre de Dios de tanta gente, quizás no venga porque con nuestras actitudes se la hemos despojado. Y, como cristianos, ayudar a que se sacien de Dios; no impedirles o prohibirles ese encuentro. Hermanos, la Iglesia no es una aduana, quiere las puertas abiertas porque el corazón de su Dios está no solo abierto sino traspasado por el Amor que se hizo dolor. No podemos ser cristianos que alcen continuamente el estandarte de «prohibido el paso», ni considerar que esta parcela es mía, adueñándome de algo que no es absolutamente mío. La Iglesia no es nuestra hermanos, es de Dios; Él es el dueño del templo y del sembrado; todos tienen cabida, todos son invitados a encontrar aquí y entre nosotros su alimento. Todos. Y el que preparó las bodas para su hijo, manda buscar a todos, sanos y enfermos, buenos y malos. Todos. Nosotros somos simples «servidores», (cf. Col 1,23) no podemos ser quienes impidamos ese encuentro. Al contrario, Jesús nos pide, como lo hizo a sus discípulos: «Denles ustedes de comer» (Mt 14,16); este es nuestro servicio. Comer el pan de Dios. Comer el Amor de Dios.  Comer el pan que nos lleva a sobrevivir también. Bien lo entendió Pedro Claver, a quien hoy celebramos en la liturgia y que mañana veneraré en Cartagena. «Esclavo de los negros para siempre» fue su lema de vida, porque comprendió, como discípulo de Jesús, que no podía permanecer indiferente ante el sufrimiento de los más desamparados y ultrajados de su época y que tenía que hacer algo para aliviarlo.

Hermanos y hermanas, la Iglesia en Colombia está llamada a empeñarse con mayor audacia en la formación de discípulos misioneros, así como lo señalamos los obispos reunidos en Aparecida. Discípulos que sepan ver, juzgar y actuar, como lo proponía aquel documento latinoamericano que nació aquí en estas tierras (cf. Medellín, 1968). Discípulos misioneros que saben ver, sin miopías heredadas; que examinan la realidad desde los ojos y el corazón de Jesús, y desde ahí, juzgan. Y que arriesgan, que actúan, que se comprometen.

He venido hasta aquí justamente para confirmarlos en la fe y en la esperanza del Evangelio: manténganse firmes y libres en Cristo, firmes y libres en Cristo porque toda firmeza en Cristo nos da libertad. De modo que lo reflejen en todo lo que hagan; asuman con todas sus fuerzas el seguimiento de Jesús, conózcanlo, déjense convocar e instruir por Él, anúncienlo con la mayor alegría.

Pidamos a través de la intercesión de nuestra Madre, Nuestra Señora de la Candelaria, que nos acompañe en nuestro camino de discípulos, para que poniendo nuestra vida en Cristo, seamos siempre misioneros que llevemos la luz y la alegría del Evangelio a todas las gentes


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El Papa en la audiencia general: el sufrimiento y la esperanza cristiana.

El Papa: Barcelona, Congo, prófugos… «Dios llora con nosotros y nos sorprende»

En la Audiencia general el Francisco rezó también por las personas afectadas por el terremoto que sacudió la isla de Isquia, Italia, y habló sobre el Dios que renueva todas las cosas: «nosotros los cristianos, somos gente de primavera, no de otoño»
AFP

El Papa Francisco entre los fieles en el Aula Pablo VI

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Pubblicato il 23/08/2017
Ultima modifica il 23/08/2017 alle ore 11:30
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«He saludado a alguien de Barcelona: cuántas noticias tristes desde allí… Saludé a alguien del Congo: cuántas noticias tristes desde allá, por nombrar solo a dos de ustedes que están aquí. Traten de pensar en los rostros de los niños atemorizados por la guerra, el llanto de las madres, los sueños rotos de muchos jóvenes, en los prófugos que afrontan viajes terribles y son explotados tantas veces…». Durante la Audiencia general de este miércoles 23 de agosto, el Papa, que después de la catequesis rezó también por los muertos, los heridos, los familiares y los que perdieron las casas en el terremoto que sacudió la isla de Isquia, en Italia, invitó a los fieles a leer «no de manera abstracta, sino después de haber leído una noticia de nuestros días» el pasaje de la Biblia en el que Dios afirma: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!». Porque «la grande visión de la esperanza cristiana» se basa en que «nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros», «un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente», un «Dios de las novedades y de las sorpresas». Y el cristiano, dijo Francisco, «es una persona de primavera, que espera el fruto, que espera la flor, que espera el sol», no una persona «de otoño», que ve hacia abajo «como los cerdos», siempre «amargado, con la cara de pimiento en vinagre».

 

«La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedades en la vida del hombre, en la historia y en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios de las novedades porque es el Dios de las sorpresas», explicó el Papa prosiguiendo con su ciclo de catequesis dedicado a la esperanza cristiana. «No es cristiano caminar con la mirada hacia abajo, como hacen los cerdos, sin alzar los ojos al horizonte».

«¡Yo hago nuevas todas las cosas!»

 

«Traten –propuso el Papa a los fieles que se encontraban en el Aula Pablo VI– de meditar en este pasaje de la Sagrada Escritura no de manera abstracta, sino después de haber leído una noticia de nuestros días, después de haber visto el telediario o la primera página de los periódicos en donde hay tantas tragedias, en donde se dan noticias tristes a las que todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Yo he saludado a alguien de Barcelona: cuántas noticias tristes desde allí… Saludé a alguien del Congo: cuántas noticias tristes desde allá, por nombrar solo a dos de ustedes que están aquí. Traten de pensar en los rostros de los niños atemorizados por la guerra, el llanto de las madres, los sueños rotos de muchos jóvenes, en los prófugos que afrontan viajes terribles y son explotados tantas veces… La vida, desgraciadamente, también es esto. A veces se podría decir que es sobre todo esto. Puede ser. Pero –prosiguió– hay un Padre que llora lágrimas de infinita piedad por sus hijos. Nosotros tenemos un padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata sobre todos los días de nuestra existencia, y que quiere levantarnos

 

«Dios no quiso nuestras vidas por equivocación, obligándose a sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia», continuó Francisco. «Nos ha creado porque nos quiere felices» y «nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas sobre la parábola de la existencia humana».

 

Ser cristianos, prosiguió Francisco, «implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Algunos creen que la vida mantiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que vivir es un lento decaer. Otros más consideran que nuestras alegrías son solo episódicas y pasajeras, y que en la vida de los hombres está escrito el sinsentido. Esos que frente a tantas calamidades dicen que la vida no tiene sentido. Pero nosotros los cristianos no creemos esto. Creemos, en cambio, que en el horizonte del hombre hay un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos todavía están por venir. Somos más gente de primavera que de otoño. A mí –dijo el Pontífice– me gustaría preguntar, cada uno responda en su corazón: ¿soy un hombre, una mujer, un chico, una chica de primavera o de otoño? ¿Mi alma está en primavera o en otoño? No nos mezamos en nostalgias, arrepentimientos y quejas: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e infatigables cultivadores de sueños. ¿Soy persona de primavera, que espera el fruto, que espera la flor, que espera el sol, o persona de otoño, que siempre está con la cara viendo hacia abajo, amargado, como he dicho otras veces: con cara de pimiento en vinagre». El cristiano sabe que el Reino de Dios «está creciendo como un gran campo de trigo, aunque en medio haya cizaña, problemas, chismes, guerras, enfermedades… pero el trigo crece. Y al final el mal será eliminado».

 

El futuro, concluyó el Papa, «no nos pertenece» y al momento de la muerte, en el que tras la muerte estaremos con el Señor, «será bello descubrir en ese instante que no se perdió nada, ninguna sonrisa y ninguna lágrima. Por larga que haya sido nuestra vida, nos parecerá haber vivido en un soplo. Y que la Creación no se detuvo en el sexto día del Génesis, sino que ha proseguido, incansable, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumpla, en la mañana en la que se extingan las lágrimas, en el mismo instante en el que Dios pronuncie su última palabra de bendición: “¡Yo hago nuevas todas las cosas!”. Sí, nuestro Padre es el Dios de las novedades y de las sorpresas. Y en ese día nosotros estaremos verdaderamente felices, ¿y lloraremos? Sí, pero lloraremos de alegría».

Después de la catequesis, el Papa recordó y aseguró su cercanía a «todos los que sufren debido al terremoto que el lunes por la noche sacudió la isla de Isquia. Rezamos por los muertos, por los heridos, por los respectivos familiares y por las personas que han perdido la casa». Entre los fieles presentes, Francisco bendijo a Polonia, recordando que el sábado y el domingo en el santuario nacional en Jasna Gora se celebra la solemnidad de la Beata María Virgen de Czestochowa y el tercer centenario de la coronación de su milagrosa estatua; también saludó a un grupo de estudiantes universitarios españoles que entonaron un canto coral: «Creía que en la universidad de Salamanca solo les enseñaban a estudiar en los libros, ¡pero cantan bien, felicidades!».


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Catequesis del Papa: Jesús y los pecadores.

El Papa en la catequesis: “El perdón de Dios nos ofrece la esperanza de una vida nueva”

 

(RV).- “El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este ‘tatuaje’ imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios”, con estas palabras el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del segundo miércoles de agosto, sobre el perdón como motor de nuestra esperanza.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros. De este modo, señaló el Pontífice, los pecadores son perdonados. No solamente somos consolados a nivel psicológico, ya que el perdón nos consuela mucho, porque somos liberados del sentimiento de culpa. “Jesús hace mucho más – afirma el Papa – ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. Y esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor”.

Texto y audio ompleto de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la reacción de los comensales de Simón el fariseo: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» (Lc 7,49). Jesús ha apenas realizado un gesto escandaloso. Una mujer de la ciudad, conocida por todos como una pecadora, ha entrado en la casa de Simón, se ha inclinado a los pies de Jesús y ha derramado sobre sus pies óleo perfumado. Todos los que estaban ahí en la mesa murmuraban: si Jesús es un profeta, no debería aceptar gestos de este género de una mujer como esta. Desprecio. Aquellas mujeres, pobrecitas, que sólo servían para ser visitadas a escondidas, incluso por los jefes, o para ser lapidadas. Según la mentalidad de ese tiempo, entre el santo y el pecador, entre lo puro y lo impuro, la separación tenía que ser neta.

Pero la actitud de Jesús es diversa. Desde el inicio de su ministerio en Galilea, Él se acerca a los leprosos, a los endemoniados, a todos los enfermos y los marginados. Un comportamiento de este tipo no era para nada habitual, tanto es así que esta simpatía de Jesús por los excluidos, los “intocables”, será una de las cosas que más desconcertaran a sus contemporáneos. Ahí donde hay una persona que sufre, Jesús se hace cargo, y ese sufrimiento se hace suyo. Jesús no predica que la condición de pena debe ser soportada con heroísmo, a la manera de los filósofos estoicos. Jesús comparte el dolor humano, y cuando lo encuentra, de su interior emerge esa actitud que caracteriza el cristianismo: la misericordia. Jesús, ante el dolor humano siente misericordia; el corazón de Jesús es misericordioso. Jesús siente compasión. Literalmente: Jesús siente estremecer sus vísceras. Cuantas veces en los evangelios encontramos reacciones de este tipo. El corazón de Cristo encarna y revela el corazón de Dios, y ahí donde existe un hombre o una mujer que sufre, quiere su sanación, su liberación, su vida plena.

Es por esto que Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuanta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… ¡Eh, así es Jesús!

A veces olvidamos que para Jesús no se ha tratado de un amor fácil, de poco precio. Los evangelios registran las primeras reacciones negativas en relación a Jesús justamente cuando Él perdonó los pecados de un hombre (Cfr. Mc 2,1-12). Era un hombre que sufría doblemente: porque no podía caminar y porque se sentía “equivocado”. Y Jesús entiende que el segundo dolor es más grande que el primero, tanto que lo acoge enseguida con un anuncio de liberación: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Libera de aquel sentimiento de opresión de sentirse equivocado. Es entonces que algunos escribas – aquellos que se creen perfectos: yo pienso en tantos católicos que se creen perfectos y desprecian a los demás… es triste esto – algunos escribas allí presentes se escandalizan por las palabras de Jesús, que suenan como una blasfemia, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.

Nosotros que estamos acostumbrados a experimentar el perdón de los pecados, quizás demasiado a “buen precio”, deberíamos algunas veces recordarnos cuanto le hemos costado al amor de Dios. Cada uno de nosotros ha costado bastante: ¡la vida de Jesús! Él lo habría dado por cada uno de nosotros. Jesús no va a la cruz porque cura a los enfermos, porque predica la caridad, porque proclama las bienaventuranzas. El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este “tatuaje” imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Y con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros.

Así los pecadores son perdonados. No solamente son consolados a nivel psicológico: el perdón nos consuela mucho, porque son liberados del sentimiento de culpa. Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”. Esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor. Mateo el publicano se convierte en apóstol de Cristo: Mateo, que era un traidor de la patria, un explotador de la gente. Zaqueo, rico corrupto: este seguramente tenía un título en coimas, ¿eh?, Zaqueo, rico corrupto de Jericó, se transforma en un benefactor de los pobres. La mujer de Samaria, que tenía cinco maridos y ahora convive con otro, recibe la promesa del “agua viva” que podrá brotar por siempre dentro de ella. (Cfr. Jn 4,14). Y así, cambia el corazón, Jesús; hace así con todos.

Nos hace bien pensar que Dios no ha elegido como primera amalgama para formar su Iglesia a las personas que no se equivocan jamás. La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios. Pedro ha entendido más la verdad de sí mismo al canto del gallo, en vez que de sus impulsos de generosidad, que le henchían el pecho, haciéndolo sentir superior a los demás.

Hermanos y hermanas, somos todos pobres pecadores, necesitados de la misericordia de Dios que tiene la fuerza de transformarnos y devolvernos la esperanza, y esto cada día. ¡Y lo hace! Y a la gente que ha entendido esta verdad fundamental, Dios regala la misión más bella del mundo, es decir, el amor por los hermanos y las hermanas, y el anuncio de una misericordia que Él no niega a ninguno. Y esta es nuestra esperanza. Vayamos adelante con esta confianza en el perdón, en el amor misericordioso de Jesús. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


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Angelus del Papa el 15 de agosto.

El Papa a la hora del Ángelus: María nos trae la gracia que es Jesús

 

(RV).- Puntualmente a mediodía del 15 de agosto, y ante la presencia de miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco explicó en la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, que el Evangelio nos presenta a la joven de Nazaret que, tras recibir el anuncio del Ángel, parte de prisa para estar cerca de Isabel en los últimos meses de su prodigioso embarazo.

El Santo Padre afirmó que el don más grande que María lleva a su prima, y a todos nosotros, es Jesús, que ya vive en Ella, no sólo por la fe y por la espera, sino porque Cristo tomó la carne humana de la Virgen para su misión de salvación.

Después de aludir al clima de alegría que se vivió en ese entonces en la casa de Isabel y de su marido Zacarías, en espera del niño que llegaría a ser Juan Bautista, el precursor del Mesías; elObispo de Roma se refirió a la alegría plena que se expresa con la voz de María en la estupenda oración del Magníficat.

El Magníficat – prosiguió el Pontífice – canta a Dios misericordioso y fiel, que realiza su designio de salvación con los pequeños y los pobres, con los que tienen fe en Él y con los que confían en su Palabra, como María.

Por esta razón, al celebrar a María Santísima Asunta en el Cielo, el Papa Bergoglio no dudó en afirmar que todos quisiéramos que Ella, una vez más, trajera a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades, ese don inmenso, esa gracia única que siempre debemos pedir en primer lugar y por encima de las demás gracias que también deseamos, a saber: ¡La gracia que es Jesucristo!

Hacia el final de su reflexión el Santo Padre dijo que María, al traer a Jesús, también nos trae una alegría nueva, llena de significado, una nueva capacidad de franquear, con fe, los momentos más dolorosos y difíciles. En una palabra: nos trae la capacidad de misericordia, para que nos perdonemoscomprendamos y sostengamos recíprocamente.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Los pueblos del mundo que sufren, en el corazón del Papa, que los encomendó a María Reina de la paz, asunta en el cielo

 

Que la Madre de Dios obtenga consolación para todos los que sufren en el mundo por desastres naturales y por conflictos, pidió el Papa Francisco, después de la oración mariana del Ángelus y del responso por los difuntos:

«Queridos hermanos y hermanas

A María Reina de la paz, que contemplamos hoy en la gloria del Paraíso, le quisiera encomendar, una vez más, las angustias y los dolores de las poblaciones que, en tantas partes del mundo, sufren debido a calamidades naturales, tensiones sociales o conflictos.

¡Que nuestra Madre celeste obtenga para todos consolación y un futuro de serenidad y de concordia!

¡Saludo a todos, romanos y peregrinos provenientes de diversos países!

En particular, saludo a los jóvenes de Mira, Venecia, y a la Asociación Don Bosco de Noci

Saludo a todos… veo banderas españolas y polacas…

Les agradezco por haber venido: les deseo una feliz fiesta de la Asunción y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista»

(CdM – RV)

(from Vatican Radio)


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Las tempestades de la Vida. Angelus del Papa

La fe no es una escapatoria de los problemas de la vida”

Durante el Ángelus, el Pontífice puso en guardia frente a los «horóscopos y adivinos», y exhortó a «permanecer en la barca de la Iglesia, rechazando ideologías, modas y eslóganes»
AFP
Pubblicato il 13/08/2017
Ultima modifica il 13/08/2017 alle ore 13:08
GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«Cuando no te aferras a la palabra del Señor, y consultas horóscopos y adivinos, uno se empieza a hundir», advirtió el Papa durante el Ángelus. La Iglesia es una barca que «a lo largo de la travesía, debe afrontar también vientos contrarios y tempestades, que amenazan con hundirla. Lo que la salva no es el coraje y las cualidades de su hombre: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su palabra. Esta es la garantía: la fe en Jesús y en su palabra».

 

Antes de la oración mariana, Francisco subrayó que la fe «no es una escapatoria a los problemas de la vida, sino nos sostiene en el camino y le da un sentido». E invocó a la Virgen para que nos «ayude a permanecer firmes en la fe para resistir a las tormentas de la vida, a quedarnos en la barca de la Iglesia rechazando la tentación de subirse en los botes fascinantes pero inseguros de las ideologías, de las modas y de los eslóganes».

 

Reflexionando sobre las Sagradas Escrituras con los fieles reunidos en la Plaza San Pedro, Jorge Mario Bergoglio recordó que «hoy, la página del Evangelio describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche en la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos, caminando sobre las aguas». La barca, añadió, «se encontraba en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento contrario. Cuando ven venir a Jesús caminando sobre las aguas, los discípulos lo confunden con un fantasma y se aterrorizan». Pero Jesús los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

 

El Papa después observó que Pedro, «con su ímpetu típico», le dice: «“Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”; y Jesús lo llama “Ven”». Pedro baja de la barca y se pone a caminar sobre el agua hacia Jesús, pero debido al viento se agita y comienza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!», y Jesús le tiende la mano y lo aferra. «Esta narración del Evangelio —explicó Francisco— contiene un rico simbolismo y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, sea como individuos, sea como comunidad, también la fe de todos los que estamos hoy, aquí en la Plaza. La comunidad eclesial, esta comunidad eclesial, ¿tiene fe? ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad? La barca es la vida de cada uno de nosotros pero es también la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas».

 

La invocación de Pedro: «Señor, mándame ir a tu encuentro» y su grito: «Señor, sálvame» se parecen mucho «a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan los momentos más duros de nuestra vida y de nuestras comunidades, marcadas por fragilidades internas y por dificultades externas». De hecho, continuó el Papa, «a Pedro, en ese momento, no le bastó la palabra segura de Jesús, que era como la cuerda extendida a la cual sujetarse para afrontar las aguas hostiles y turbulentas».

 

Y es lo que puede pasarnos a nosotros, dijo Bergoglio: «El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino donde todo es fácil y tranquilo; no nos quita las tempestades de la vida».

 

Además, «la fe nos da la seguridad de una Presencia – no olviden esto: la fe nos da la seguridad de una Presencia, esa presencia de Jesús – una Presencia que nos impulsa a superar las tormentas existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades, indicándonos el camino incluso cuando esta oscuro». Esta es una imagen «estupenda de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía, debe afrontar también vientos contrarios y tempestades, que amenazan con hundirla». Por ello, sostuvo el Papa, «lo que la salva no es el coraje y las cualidades de su hombre: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su palabra. Esta es la garantía: la fe en Jesús y en su palabra. Sobre esta barca estamos seguros, no obstante nuestras miserias y debilidades, sobre todo cuando nos ponemos de rodillas y adoramos al Señor».