Loiola XXI

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La blasfemia imperdonable o el que no se deja perdonar. Papa Francisco.

“Hay una blasfemia imperdonable: contra el Espíritu Santo”

El Papa en Santa Marta: imprecar contra el «fundamento del amor de Dios» es cerrarse «al perdón», una de las «maravillas» del sacerdocio de Cristo. Las demás: «intercede y volverá»
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Papa Francisco

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Pubblicato il 23/01/2017
Ultima modifica il 23/01/2017 alle ore 14:15
DOMENICO AGASSO JR.
CIUDAD DEL VATICANO

Estas son las “grandes maravillas del sacerdocio de Cristo”, que se dio a Sí Mismo, por la eternidad, para el perdón de los pecados de todos los hombres; ahora intercede frente al Señor y después volverá para llevar a todos con Él. Pero cuidado, porque hay una blasfemia que es “imperdonable”: la blasfemia contra el Espíritu Santo. Lo afirmó Papa Francisco en la homilía matutina de hoy, 23 de enero de 2017, en la capilla de la Casa Santa Marta.Según indicó la Radio Vaticana, el Papa comenzó su reflexión de hoy leyendo la Primera Lectura del día, tomada de la Carta a los Hebreos, que se refiere a Cristo Mediador de la Alianza que Dios hace con los hombres. Jesús es el Sumo Sacerdote. Y el sacerdocio de Cristo es la gran maravilla, la más grande de las maravillas, que nos hace cantar un canto nuevo al Señor, como dice el Salmo responsorial.

El Obispo d Roma explicó que el sacerdocio de Cristo se desarrolla en tres momentos. El primero es la Redención: mientras los sacerdotes de la Antigua Alianza debían ofrecer sacrificios cada año, “Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, por el perdón de los pecados”. Con esta maravilla – dijo el Papa – “nos ha llevado al Padre”, “ha re-creado la armonía de la creación”.

La segunda maravilla es la que el Señor hace ahora, es decir, reza por nosotros. “Mientras nosotros rezamos aquí, Él reza por nosotros”, “por cada uno de nosotros”, subrayó Francisco: “Ahora – dijo – vivo ante el Padre, intercede”, para que la fe no decaiga. En efecto – añadió – “cuántas veces se pide a los sacerdotes que recen porque sabemos que la oración del sacerdote tiene cierta fuerza, precisamente en el sacrificio de la Misa”.
La tercera maravilla será cuando Cristo volverá, pero esta vez no será con relación al pecado, sino que será “para hacer el Reino definitivo”, cuando nos llevará a todos con el Padre. “Existe esta gran maravilla, este sacerdocio de Jesús en tres etapas – aquella en la que perdona los pecados, una vez para siempre; aquella en la que intercede ahora por nosotros; y aquella que sucederá cuando Él volverá – pero también está lo contrario, ‘la imperdonable blasfemia’. Es duro escuchar decir a Jesús estas cosas, pero Él lo dice y si Él lo dice es verdad. ‘En verdad les digo: todo será perdonado a los hijos de los hombres – y nosotros sabemos que el Señor perdona todos si nosotros abrimos un poco el corazón. ¡Todo! – los pecados y también todas las blasfemias que dirán  – ¡también las blasfemias serán perdonadas! – pero quien habrá blasfemado contra el Espíritu Santo no será perdonado eternamente’”.

Para explicar esto, el Papa aludió a la gran unción sacerdotal de Jesús que hizo el Espíritu Santo en el seno de María, mientras los sacerdotes en la ceremonia de ordenación son ungidos con el óleo. “También Jesús, como Sumo Sacerdote recibió esta unción. ¿Y cuál fue la primera unción? La carne de María con la obra del Espíritu Santo. Y aquel que blasfema sobre esto, blasfema sobre el fundamento del amor de Dios, que es la redención, la re-creación; blasfema sobre el sacerdocio de Cristo. ‘Pero ¡qué malo!, ¿el Señor no perdona?’ – ‘¡No! ¡El Señor perdona todo! Pero al que dice estas cosas se le cierra el perdón. ¡No quiere ser perdonado! ¡No se deja perdonar!’. Esto es lo feo de la blasfemia contra el Espíritu Santo: no dejarse perdonar, porque reniega la unción sacerdotal de Jesús, que hizo el Espíritu Santo”.

Al concluir, el Pontífice volvió a afrontar el tema de las grandes maravillas del sacerdocio de Cristo y de la “imperdonable blasfemia”, que es tal “no porque el Señor no quiera perdonar todo, sino porque el que la comete está tan cerrado que no se deja perdonar: la blasfemia contra esta maravilla de Jesús”.

“Hoy nos hará bien, durante la Misa, pensar que aquí, en el altar, se hace memoria viva del primer sacerdocio de Jesús, porque Él estará presente aquí, cuando ofrece su vida por nosotros; también está la memoria viva del segundo sacerdocio, porque Él rezará aquí; y también, en esta Misa – lo diremos después en el Padrenuestro – está el tercer sacerdocio de Jesús, cuando Él volverá, nuestra esperanza de la gloria. En esta Misa pensemos en estas cosas bellas. Y pidamos al Señor la gracia de que nuestro corazón no se cierre jamás, ¡no se cierre jamás! – pensemos en esta maravilla, en esta gran gratuidad”.


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El evangelio nos pide un cambio de mentalidad. El Papa Francisco.

Papa: Que los cristianos superen la mentalidad que condena siempre

2017-01-20 Radio Vaticana

(RV).- Vencer la mentalidad egoísta de los Doctores de la Ley que siempre condena. Fue la admonición de Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Inspirándose en la Primera Lectura, el Papa subrayó que la nueva alianza que Dios establece con nosotros en Jesucristo nos renueva el corazón y nos cambia la mentalidad.

Dios renueva todo “desde las raíces y no sólo en su apariencia”, afirmó el Pontífice al comentar la Carta a los Hebreos, centrada en la recreación que Dios hace en Cristo. Y añadió que “esta alianza nueva tiene sus características”. Ante todo – dijo – “la ley del Señor no es un modo de actuar externo”, sino que entra en el corazón y “nos cambia la mentalidad”. A la vez que en la Nueva Alianza –  agregó –  “hay un cambio de mentalidad, un cambio del corazón, un cambio en el sentir y en el modo de actuar”, en una palabra: “Un modo diverso de ver las cosas”.

Superar la mentalidad egoísta de los Doctores de la Ley que sólo saben condenar

Francisco propuso el ejemplo de una obra a la que un arquitecto puede mirar de modo frío, con envidia o con una actitud de alegría y “de benevolencia”:

“La nueva alianza nos cambia el corazón y nos hace ver la ley del Señor con este nuevo corazón, con esta nueva mente. Pensemos en los Doctores de la Ley que perseguían a Jesús. Estos hacían todo, todo lo que estaba prescripto por la Ley. Tenían el derecho en su mano, todo, todo, todo. Pero su mentalidad era una mentalidad alejada de Dios. Era una mentalidad egoísta, centrada en ellos mismos: su corazón era un corazón que condenaba, siempre condenando. La Nueva Alianza nos cambia el corazón y nos cambia la mente. Hay un cambio de mentalidad”.

Dios perdona nuestros pecados, la nueva alianza nos cambia la vida

El Señor – añadió el Obispo de Roma – “va adelante” y nos asegura que perdonará las iniquidades y que olvidará nuestros pecados. “Y a veces  – comentó – a mí me gusta pensar un poco bromeando con el Señor: ‘¡Tú no tienes buena memoria!’”. “Es – dijo  – la debilidad de Dios. Cuando Dios perdona, se olvida”:

“Él olvida, porque perdona. Ante un corazón arrepentido, perdona y olvida: ‘Yo olvidaré, no recordaré sus pecados’. Pero también esto es una invitación a no hacer recordar al Señor los pecados, es decir a no pecar más: ‘Tú me has perdonado, tú has olvidado, pero yo debo…’. Un cambio de vida. Nueva Alianza: me renueva y me hace cambiar la vida, no sólo la mentalidad y el corazón, sino la vida. Vivir así: sin pecado, lejos del pecado. Ésta es la recreación. Así el Señor nos recrea a todos nosotros”.

El Señor nos cambia el corazón para cambiarnos la mentalidad

En fin, el Papa dirigió su atención a otro rasgo, el “cambio de pertenencia”. Nosotros – dijo – pertenecemos a Dios, “los demás dioses no existen”, “son estupideces”. “Cambio de mentalidad”, por tanto, “cambio de corazón, cambio de vida y cambio de pertenencia”. Y ésta – reafirmó – es la recreación que el Señor hace mejor que con la primera creación. De ahí su invitación a pedir al Señor que vayamos en esta alianza “de ser fieles”:

“El sello de esta alianza, de esta fidelidad, es ser fiel a este trabajo que el Señor hace para cambiarnos la mentalidad, para cambiarnos el corazón. Los profetas decían: ‘Pero el Señor cambiará tu corazón de piedra en corazón de carne’. Cambiar el corazón, cambiar la vida, no pecar más o no hacer recordar al Señor lo que ha olvidado con nuestros pecados de hoy y cambiar la pertenencia: jamás pertenecer a la mundanidad, al espíritu del mundo, a las estupideces del mundo, sólo al Señor”.


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“Silencio” el film de Scorsese. Comentario.

Gracias a Dios existe Scorsese

«Silence», la obra maestra del director neoyorquino, inspirado en la novela de Shusaku Endo, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial, incluso en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo
ANSA

Un fotograma de la película “Silence” de Martin Scorsese

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Pubblicato il 16/01/2017
Ultima modifica il 16/01/2017 alle ore 15:04
GIANNI VALENTE

A veces, para ver qué es el cristianismo, son mejores un par de horas en el cine que diez cursos de teología o de moral en las Universidades Pontificias. Sucedió en el pasado con Pasolini y Benigni, con Robert Bresson y Xavier Beauvois. Y vuelve a suceder ahora con Martin Scorsese y su película «Silence», inspirada (con una gestación que duró décadas) en la novela del escritor católico japonés Shusaku Endo, publicada en 1966. Una obra maestra que, narrando una historia de hace cuatro siglos, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo y con su comunicación.

La película es una historia de persecución cristiana, de debilidades cristianas y de apostasía, en la que incluso renegar en público de la propia pertenencia a la Iglesia, por paradoja de la gracia, se convierte en la ocasión más real de la experiencia de la redención que opera Cristo, y de su manera incomparable para dar la salvación, sin medida.

La aventura cristiana que retoma Scorsese es la de los misioneros jesuitas y de los cristianos «ocultos» en el Japón del siglo XVII. Aquellas comunidades soportaban y sufrían la persecución cruel ordenada por los shogunes. Llegó el rumor a Europa de que Cristovão Ferreira, jesuita portugués que animaba los corazones de sus hermanos con las narraciones de los prodigios de la evangelización en las duras tierras japonesas, en medio de la persecución, hizo una apostasía. Dos de sus jóvenes alumnos son enviados a Japón para verificar las alarmantes noticias que circulan sobre su maestro. Y así, se sumergen entre las vicisitudes de campesinos y pescadores bautizados, que viven su fe a escondidas, tratando de huir de las sospechas de las autoridades locales, que siempre están buscando cristianos para obligarlos a abjurar mediante suplicios atroces y perversos.

En la película de Scorsese, y en el libro de Shusaku Endo, el cristianismo no es «una religión superior para clases superiores» (Péguy). Para los campesinos y pescadores de las islas japonesas, todo el dinamismo de la fe cristiana se reduce a sus rasgos esenciales mínimos: la gracia de los sacramentos es el tesoro que han recibido y gracias al cual se sienten revestidos de Cristo, la fuente en la que constantemente quieren apagar su sed dentro de una condición humana marcada por la miseria y la violencia de los feroces perseguidores. Los dos jesuitas, ocultándose durante el día, ejercen en secreto su misión sacerdotal por las noches y perciben la grandeza y la necesidad, en esa condición tan difícil: la persecución que rodea a todos es brutal y no tiene ningún motivo, expresa odio gratuito, incluso cuando se trata de presentar con el disfraz de razones pseudo-culturales, insistiendo en el teorema según el cual el cristianismo «no está hecho para Japón».

La persecución es narrada en la película de Scorsese crudamente, sin «protestas» indignadas y sin suaves matices hagiográficos. Antes de ser capturados, los dos jesuitas asisten impotentes al martirio de los pobres campesinos que no pueden disimular su fe ante gestos de apostasía (como pisotear las imágenes sacras o escupir sobre el crucifijo) que les piden los perseguidores. El padre Paolo Rodrigues, protagonista principal de la obra, vive el escándalo frente a los sufrimientos atroces que los pobres soportan sin ningún motivo, esos mismos que deberían ser los preferidos de Cristo, en el «silencio» de Dios. No hay nada de heroico ni de sublime en la manera en la que los pobres cristianos japoneses son asesinados cuando se niegan a la apostasía. Existe solo el absoluto ensimismamiento de sus suplicios con la pasión de Cristo, también asesinado «como un malhechor». Así, gracias al genio artístico de Scorsese y de Shusaku Endo, alejándose de la desmemoria y de los equívocos que difunden hoy los aparatos «persecucionistas» en todas las comunidades cristianas, el martirio cristiano es reconocido y narrado en sus rasgos propios. Los mártires, en su participación en la muerte y resurrección de Cristo, aplican la salvación de Cristo a los hombres de su generación. Y la Iglesia nunca ha «protestado» por los mártires: en su «memoria», la liturgia siempre ha celebrado el martirio de Cristo, que sigue por la salvación del mundo.

Quien traiciona a los padres jesuitas, que serán capturados, es Kichijiro, el cristiano pusilánime que en más de una ocasión, durante la película, reniega de su fe para después pedir cada vez el perdón por las traiciones y recaídas. Kichijiro declara que no es capaz de vivir en una época en la que para no renegar de la fe hay que estar listos para el martirio. Para justificarse, afirma que en tiempos «normales» también él habría sido un buen cristiano como los demás y no habría debido reprocharse nada. El padre Rodrigues nunca le niega la absolución en la confesión ni el perdón sacramental, incluso cuando él mismo se encuentra viviendo como prisionero apóstata y no se siente digno de ejercer el sacerdocio. Así, Scorsese ayuda a reconocer que la naturaleza humana, debilitada por el pecado original, permanece débil. Que puede traicionar y seguir traicionando. Que hasta la valentía es un don que no se puede pretender ni presuponer. Solo se puede describir con agradecimiento, cuando sucede. Y el padre Rodrigues administra durante toda su vida los sacramentos, incluso a Kichijiro, porque cuenta con la eficacia de la gracia que transmiten. Así, confiesa, con toda la historia de la Iglesia, que los sacramentos no son solo el premio para quien se los merece, sino un tesoro que hay que ofrecer a quien no es digno, como hizo Jesús.

Bajo el peso del suplicio físico y psicológico de la persecución, «Silence» se convierte también en una historia de caídas, de ruina y fracasos, de sospechas y desencantos. Los inquisidores japoneses creen que podrán podar desde la raíz el florecer cristiano en esas islas si logran que los misioneros cometan apostasía. Llevan al padre Rodrigues a visitar al apóstata Ferreira, para que este induzca a su hermano jesuita por el mismo camino. Y los argumentos que utiliza el ex-maestro con su ex-discípulo, además de teorizar la impermeabilidad de los japoneses al cristianismo, cancelan cualquier pretensión de concebir la evangelización como una prestación propia, fruto de la propia coherencia y fidelidad, en la cual complacerse a sí mismo y los propios planes misioneros. Los inquisidores le piden que pise una tablita de madera que representa a Jesús, para salvar con ese gesto de formal y pública apostasía a cinc de sus amigos cristianos torturados en un pozo (ese en el que los condenados eran colgados de cabeza con pequeñas heridas detrás de la oreja, desde las que se iba perdiendo la sangre gota a gota, en una terrible y larga agonía). En el libro de Shusaku Endo, las palabras de Ferreira le reprochan no apostatar solo por amor propio, para no convertirse  en uno de esos que son considerados lo peor de la Iglesia, y para salvarse, sin importarle la vida de esos cinco pobrecitos, evidentemente considerados «inferiores».

Rodrigues toca sus impotencia. También su ímpetu de joven misionero generoso, listo para sacrificar su vida por Cristo, se derrumba. Pero justamente su caída, ese gesto sacrílego que certifica públicamente su apostasía, se convierte para él en el momento más íntimo de encuentro con Cristo, se convierte en la ocasión más inesperada para admirar cómo opera su salvación. Porque es el rostro de Cristo mismo, de la tablita que le piden que pise, el que lo invita a confiar, a no tener miedo, y le promete cargar sobre sí todo el dolor del misionero fracasado («¡Pisa! ¡Pisa! Yo sé mejor que nadie cuán lleno de dolor está tu pie. ¡Pisa! Para ser pisoteado por los hombres yo vine a este mundo. Para compartir el dolor de los hombres cargué la cruz»).

Cuando Rodrigues apoya su pie y todo su ser sobre la imagen del Hijo de Dios, justamente ese gesto sacrílego se convierte, en realidad, en una inigualable confesión de fe.

Después de la apostasía, el sacerdote Paolo Rodrigues vivirá hasta el último de los días en una especie de jaula de oro, con una esposa y un nombre japoneses impuestos por sus perseguidores. Algunos detalles que muestra Socrsese al final de la película dejan ver que su corazón de apóstata nunca será abandonado por el amor de Cristo, hasta el final.

«Para mí», declaró Martin Scorsese en la entrevista que concedió al padre Antonio Spadaro y publicada en «La Civiltà Cattolica», «todo se reduce a la cuestión de la gracia. La gracia se da a lo largo de la vida. Viene cuando menos te lo esperas». La película de Scorsese tiene las connotaciones de un don inesperado, justamente en su vertiginosa intuición de los rasgos esenciales de la experiencia cristiana. Un vértigo con respecto al cual resultan patéticas y grotescas las polémicas clericales que tratan de explotar hasta la película de Scorsese para orear resentimientos sobre el espíritu misionero de la Iglesia, insinuando algún tipo de conexión con los reiterados llamados de Papa Francisco a reconocer que la Iglesia «no crece por proselitismo, sino por atracción». La gran película de Scorsese es un don inesperado, incluso porque deja ver justamente la fuente verdadera que siempre ha alimentado el auténtico dinamismo misionero de la Iglesia. Como escribía Joseph Ratzinger, cuando participó como perito teólogo en la redacción del texto conciliar «De missionibus» durante el Concilio II Vaticano, la misión para la Iglesia «no es una batalla para capturar a los demás o llevarlos al propio grupo». No puede ser concebida como una conquista de almas operada por la Iglesia por fuerza propia, en lugar y por cuenta de Cristo. La misión de anunciar la salvación de Cristo, explicó el futuro Benedicto XVI, solo puede surgir como reflejo del atractivo de la gracia. Y justamente y solo por esto, no se trata de una actividad «opcional», porque una Iglesia encerrada en su auto-suficiencia, o preocupada por promoverse e incrementarse a sí misma, en lugar de anunciar el Evangelio, no sería la Iglesia de Cristo.


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Regalo del Papa en la epifanía.

Epifanía; los “Íconos de la Misericordia” distribuidos por los “sin techo”

Un librito será regalado al final de la oración del Ángelus: lo entregarán pobres y refugiados a los fieles y peregrinos
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Fieles en la Plaza San Pedro

Pubblicato il 06/01/2017
Ultima modifica il 06/01/2017 alle ore 11:06
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
Un pequeño nuevo regalo para los fieles hoy, 6 de enero de 2017, por la mañana, participan en el Ángelus en la Plaza San Pedro, en el día de la Epifanía. Se trata del pequeño volumen titulado «Íconos de Misericordia».«La pequeña obra de bolsillo, que será distribuido gratuitamente como regalo de Papa Francisco —se lee en el comunicado de la Limosnería apostólica guiada por el obispo Konrad Krajewski— pretende seguir ofreciendo, como uno de los pequeños frutos del Jubileo Extraordinario, concluido hace poco, algunos puntos de reflexión y de oración sobre la misericordia infinita de Dios. La figura de Jesús misericordioso es presentada en estas pocas páginas mediante seis episodios evangélicos que cuentan la experiencia de otras tantas personas transformadas por su amor: la pecadora, Zaqueo, Mateo el publicano, la samaritana, el buen ladrón, el apóstol Pedro. Seis íconos, justamente, de misericordia».

Francisco presentará y enseñará el librito desde la ventana del Palacio Apostólico y, al concluir la oración mariana, «nuevamente los pobres, los sin techo y los prófugos, además de muchos religiosos y voluntarios, regalarán los 50.000 libritos a las personas que estén presentes en la Plaza». Al final de la distribución el Papa ofrecerá un «tentempié» a los encargados de ella, que serán más de 300.


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Homilía del Papa en la misa del 1 de enero.

El Papa en la Solemnidad de la Madre de Dios: “la mirada maternal de María nos libra de la orfandad”

2017-01-01 Radio Vaticana

(RV).- “Queremos recibir a María en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía este uno de enero, en la celebración Eucarística en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, y también, Jornada Mundial de la Paz.

En la primera Santa Misa de 2017, el Santo Padre recordó la “actitud de María” descrita en el Evangelio de San Lucas. El Pontífice señaló que, “María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo”. En María, dijo el Papa, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

“Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año – afirmó el Obispo de Roma – significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”. Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. “Una sociedad sin madres – precisó el Pontífice – no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, agregó el Papa Francisco, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. “Esa orfandad – precisó el Pontífice – que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común”.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – subrayó el Vicario de Cristo – nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. “Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – exhortó el Papa – nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios”.

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco dijo que, “celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan”. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días. Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.

En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.

(from Vatican Radio)


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Cuatro millones de fieles con el Papa en el Vaticano en 2016

Casi cuatro millones de fieles con el Papa en el 2016

2016-12-29 Radio Vaticana

(RV).- Un total de casi cuatro millones de fieles. La Prefectura de la Casa Pontificia hizo público el cuadro resumen de la participación de los fieles en los diversos encuentros con el Santo Padre en el Vaticano durante las audiencias generales y especiales, audiencias jubilares, celebraciones litúrgicas, Ángelus y Regina Coeli de este 2016.

Se trata de datos aproximados, que se calculan sobre la base de las solicitudes de participación en los eventos y por los billetes distribuidos por la Prefectura de la Casa Pontificia, así como por una asistencia estimada de las presencias en momentos como el Ángelus o el Regina Coeli y las diversas celebraciones en la plaza de San Pedro. Los datos más relevantes se encuentran en marzo, en coincidencia con la Semana Santa, y en septiembre, con motivo de la canonización de la Madre Teresa de Calcuta.

El informe se refiere sólo a las participaciones en el Vaticano y no incluye otros momentos vividos por el Papa con gran participación de los fieles, como las visitas en la diócesis de Roma, en Italia, y los viajes internacionales en los que el pontífice se reunió con muchos millones de personas.


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Catequesis del Papa; la verdadera fe en Dios.

Fe también es luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura sin simulaciones

2016-12-28 Radio Vaticana

(RV).- La esperanza cristiana, tema del ciclo de catequesis del Papa Francisco durante este período natalicio, “es una esperanza que abre nuevos horizontes” y que “nos hace capaces de soñar aquello que no es siquiera imaginable”.

En un Aula Pablo VI repleta de fieles y peregrinos, el pontífice explicó aún la esperanza, esa que “nos hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto, para caminar en la luz”.

Se trata de un camino difícil en el que, como el anciano Abrahán, puede suceder que nos sintamos solos y nos lamentemos con el Señor. Algo que, en definitiva, es parte de la misma fe porque, tal como explicó el Papa, la fe “no es sólo silencio que todo lo acepta sin replicar” ni la esperanza “es certeza que nos pone al seguro de la duda y de la perplejidad”. La fe también es “luchar con Dios”, y “mostrarle nuestra amargura sin simulaciones”, porque esperanza “también es no tener miedo de ver la realidad por lo que es y aceptar sus contradicciones”.

A continuación el resumen de la catequesis que el Papa pronunció en nuestro idioma:

Queridos hermanos y hermanas

Abrahán es modelo de fe y de esperanza: «creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones». Creyó en la palabra de Dios que sería padre, aun cuando pareciera imposible, porque él era anciano y su mujer estéril. Su fe se abrió a una esperanza que parecía absurda, pero así es la esperanza, sorprende y abre horizontes, nos hace soñar lo inimaginable, y lo realiza.

El desaliento y la frustración también llegaron a la vida de Abrahán. Él veía pasar el tiempo y la promesa hecha por Dios seguía sin cumplirse, aunque Dios ratificaba una y otra vez su promesa. A Abrahán lo único que le quedaba era confiar en la Palabra del Señor y seguir esperando.

Pero Dios le dio un signo: «mira el cielo y cuenta las estrellas […] así será tu descendencia». Para creer, es necesario saber mirar con los ojos de la fe; a simple vista eran sólo estrellas, pero para Abrahán eran signo de la fidelidad de Dios.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica… Son lieros estos latinoamericanos, ¿eh? Los animo a confiar en el Señor, como lo hizo Abrahán, para que salgamos de nosotros y descubramos su promesa en cada signo y acontecimiento que nos toca vivir. Les deseo un año nuevo lleno de la gracia y bendición de Dios.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)