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Comentario al discurso del Papa a la UE

El Papa: que Europa vuelva a descubrir la solidaridad, antídoto contra los populismos

El discurso a los líderes de la Unión en el 60 aniversario de los Tratados de Roma. No tengan miedo «de asumir decisiones eficaces, capaces de responder a los problemas reales de las personas»
AP
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Pubblicato il 24/03/2017
Ultima modifica il 24/03/2017 alle ore 18:47
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Europa vuelve a encontrar esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones». Esto implica «la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos» que la componen. Lo dijo Francisco a los líderes de los 27 países de la Unión Europea, que fueron recibidos en el Vaticano este 24 de marzo de 2017 por la tarde, en ocasión de los sesenta años de los Tratados de Roma, que marcaron el nacimiento de la Comunidad Europea. Se trata de un discurso que continúa con el recorrido que comenzó con los discursos de Bergoglio en Estrasburgo (en noviembre de 2014) y en ocasión del Premio Carlo Magno (en mayo de 2016) y que llega un momento en el que crecen los movimientos populistas de la mano del miedo por los atentados yihadistas. Después de los discursos iniciales del Presidente del Consejo italiano, Paolo Gentiloni, y del Presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, el Papa comenzó su discurso invitando a volver a descubrir y a dar vida a los ideales de los padres fundadores, recordó las raíces cristianas de Europa, habló sobre la solidaridad como «el más eficaz antídoto contra los modernos populismos» e invitó a los líderes europeos a «no tener miedo a tomar decisiones eficaces, para responder a los problemas reales de las personas y para resistir al paso del tiempo».

 

Europa no es un conjunto de reglas que hay que seguir

 

En la primera parte de su discurso, el Papa volvió a proponer los ideales europeos con las palabras de los padres fundadores, recordando que el aniversario «no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente» y poder afrontar los desafíos «del futuro». Los padres fundadores nos recuerdan, dijo Francisco, que Europa «no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir», sino «una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar». El origen de la idea de Europa, decía Alcide De Gasperi, es «la figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, […] con su deseo de verdad y de justicia que se ha aquilatado a través de una experiencia milenaria». El espíritu de solidaridad europea, continuó Francisco, «es especialmente necesario ahora, para hacer frente a las fuerzas centrífugas, así como a la tentación de reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras».

 

Los muros que se levantan y la paz «por descontado»

 

El Papa también recordó todos los esfuerzos que hubo que hacer para derrumbar la barrera artificial que dividió a Europa en dos, cuyo simbolo era el Muro de Berlín. «¡Cuánto se ha luchado para derribar ese muro! Sin embargo, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo. Se ha perdido también la conciencia del drama de las familias separadas, de la pobreza y la miseria que provocó aquella división. Allí donde desde generaciones se aspiraba a ver caer los signos de una enemistad forzada, ahora se discute sobre cómo dejar fuera los “peligros” de nuestro tiempo: comenzando por la larga columna de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y la pobreza, que sólo piden tener la posibilidad de un futuro para ellos y sus seres queridos». Después Francisco se refirió al gran éxito de la paz en Europa, «el tiempo de paz más largo de los últimos siglos». Un bien que «para muchos», de alguna manera, «se da por descontado, y así no es difícil que se acabe por considerarla superflua. Por el contrario, la paz es un bien valioso y esencial, ya que sin ella no es posible construir un futuro para nadie, y se termine por “vivir al día”».

 

La crisis es una oportunidad

 

Bergoglio explicó que el común denominador de los padres fundadores de Europa unida «era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo, sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles». Esos valores, continuó, «seguirán teniendo plena ciudadanía si saben mantener su nexo vital con la raíz que los engendró. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades auténticamente laicas», sin «contraposiciones ideológicas, en las que encuentran igualmente su lugar el oriundo, el autóctono, el creyente y el no creyente». La «crisis», concepto que domina nuestro tiempo (desde la crisis económica hasta la de la familia, pasando por la de las instituciones o la de los migrantes) es un término que «por sí mismo» no tiene «una connotación negativa», y no indica «solamente un mal momento que hay que superar»: la palabra en griego significa «investigar, valorar, juzgar. Por esto, nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades».

 

¿Cuáles son las esperanzas para la Europa del mañana?

 

Las respuestas a esta pregunta, según Francisco, se encuentran justamente en los pilares sobre los que fue edificada la Comunidad económica europea: «la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro». Los que gobiernan deben «identificar los procesos concretos» para evitar que «los pasos significativos» que se dan se dispersen, sino que «aseguren un camino largo y fecundo». Para volver a encontrar la esperanza se requiere «la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos que componen la Unión». Desgraciadamente, «a menudo se tiene la sensación de que se está produciendo una «separación afectiva» entre los ciudadanos y las Instituciones europeas, con frecuencia percibidas como lejanas y no atentas a las distintas sensibilidades que constituyen la Unión». Bergoglio recordó que «Europa es una familia de pueblos» y que la Unión Europea «nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias».

 

Los populismos y el liderazgo político

 

Hoy la Unión Europea necesita «redescubrir el sentido de ser ante todo «comunidad» de personas y de pueblos». La solidaridad, explicó el Papa, es «el antídoto más eficaz contra los modernos populismos», e «implica la conciencia de formar parte de un solo cuerpo, y al mismo tiempo implica la capacidad que cada uno de los miembros tiene para “simpatizar” con el otro y con el todo. Si «uno sufre, todos sufren. Por eso, hoy también nosotros lloramos con el Reino Unido por las víctimas del atentado que ha golpeado en Londres hace dos días». Por el contrario, los populismos «florecen precisamente por el egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante». Se necesita, como consecuencia, «volver a pensar en modo europeo, para conjurar el peligro de una gris uniformidad o, lo que es lo mismo, el triunfo de los particularismos». Los líderes políticos, afirma Francisco, deben evitar «usar las emociones para ganar el consenso, para elaborar en cambio, con espíritu de solidaridad y subsidiaridad, políticas que hagan crecer a toda la Unión en un desarrollo armónico, de modo que el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio, y el que tiene dificultad se esfuerce para alcanzar al que está a la cabeza».

 

Migrantes, un desafío cultural

 

Europa «vuelve a encontrar esperanza cuando no se encierra en el miedo de las falsas seguridades». Por lo demás, su historia «su historia está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y su identidad es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural». «No se puede limitar —observó el Pontífice— a gestionar la grave crisis migratoria de estos años como si fuera sólo un problema numérico, económico o de seguridad. La cuestión migratoria plantea una pregunta más profunda, que es sobre todo cultural». Francisco subrayó que el miedo advertido a menudo encuentra «su causa más profunda en la pérdida de ideales». Sin «una verdadera perspectiva de ideales, se acaba siendo dominado por el temor de que el otro nos cambie nuestras costumbres arraigadas, nos prive de las comodidades adquiridas, ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado sólo con frecuencia en el bienestar material». Por el contrario, «la riqueza de Europa ha sido siempre su apertura espiritual y la capacidad de platearse cuestiones fundamentales sobre el sentido de la existencia». Europa, insistió Bergoglio, «tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que merece ser propuesto una vez más con pasión y renovada vitalidad, y que es el mejor antídoto contra la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo». Estos son los ideales «que han hecho a Europa, la “península de Asia” que de los Urales llega hasta el Atlántico».

 

Invertir en el desarrollo y en la familia

 

El Papa recordó que «no hay verdadera paz cuando hay personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria», ni cuando «falta el trabajo o la expectativa de un salario digno», ni «en las periferias de nuestras ciudades, donde abunda la droga y la violencia».

 

Hay que ofrecerles a los jóvenes «perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo del trabajo». Europa vuelve a encontrar su esperanza «cuando invierte en la familia, que es la primera y fundamental célula de la sociedad. Cuando respeta la conciencia y los ideales de sus ciudadanos. Cuando garantiza la posibilidad de tener hijos, con la seguridad de poderlos mantener. Cuando defiende la vida con toda su sacralidad».

 

A sus 60 años, la Unión no está vieja

 

«A diferencia de un ser humano de sesenta años —concluyó Francisco—, la Unión Europea no tiene ante ella una inevitable vejez, sino la posibilidad de una nueva juventud. Su éxito dependerá de la voluntad de trabajar una vez más juntos y del deseo de apostar por el futuro. A vosotros, como líderes, os corresponde discernir el camino para un “nuevo humanismo europeo”, hecho de ideales y de concreción. Esto significa no tener miedo a tomar decisiones eficaces, para responder a los problemas reales de las personas y para resistir al paso del tiempo». Y es por ello que Francisco, retomando las palabras del Primer Ministro de Luxemburgo, Joseph Bech, concluyó diciendo: «Creo que Europa merece ser construida».


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Restaurado el Santo Sepulcro de Jerusalén.

El Santo Sepulcro restaurado vuelve a ser lugar de oración ecuménica

Entrevista con el Custodio de la Tierra Santa, Francesco Patton, a una semana de la celebración para agradecer las obras realizadas, prevista para el 22 de marzo

La Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén

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Pubblicato il 20/03/2017
Ultima modifica il 20/03/2017 alle ore 12:58
MARIA TERESA PONTARA PEDERIVA
TRENTO

La restauración del edículo que se encuentra en el Santo Sepulcro de Jerusalén, el lugar de la tumba de Cristo y sitio más importante para toda la cristiandad, se tardó casi un año, bajo la dirección de Antonia Moropoulou, profesora de la National Technical University de Atenas, quien se ocupó de coordinar un equipo de alrededor de 30 colegas de diferentes departamentos del NTUA, con la asesoría del arquitecto Osama Hamdan y del profesor fray Eugenio Alliata, historiador y arqueólogo. La restauración, que concluye en estos días, fue posible gracias a una serie de financiamientos por parte de, en primer lugar, las confesiones cristianas de la Tierra Santa (católica, greco-ortodoxa y armenia), a las que se sumaron fondos de proveniencia pública, como de la administración griega o del Fondo Mundial para la Conservación de los Monumentos, y muchos otros benefactores, entre los que se cuenta el rey Abdallah de Jordania.

 

Fue necesario intervenir debido a alteraciones de diferentes tipos, para consolidar los bloques de mármol y la relativa estructura (construida en el año 324 por el emperador Constantino) que durante los siglos ha resistido a diferentes ataques dolosos (la acción de los personas en 614 y el saqueo de 1009). Tras su destrucción por un incendio en 1808, fue reconstruida en 1810 en su forma actual, con estilo barroco-otomano, y resistió al terremoto de 1927 (de 6,2 grados de magnitud), pero su estado avanzado de degradación, a pesar de los tirantes que instalaron los británicos en 1947, hizo impostergable la decisión. Desde 1009 los Cruzados llevaron a cabo obras significativas que le dieron a toda la basílica (como en el caso del pavimento) el rostro románico todavía apreciable, mientras que en 1555 los franciscanos llevaron a cabo una imponente obra de restauración.

 

Durante las últimas restauraciones no faltaron momentos de intensa emoción, como sucedió en el mes de octubre con la apertura del lecho fúnebre cuando se levantó la placa que, con toda probabilidad, colocaron los Cruzados en 1009: la «tumba del Cristo vivo». Desde entonces, el banco de roca sobre el que fue colocado el cuerpo de Jesús fue descubierto por primera vez en 1555, un hecho descrito en una carta de Bonifaz de Ragusa, entonces Custodio de la Tierra Santa: «Se ofreció a nuestros ojos el sepulcro del Señor… En el centro del lugar santo encontramos un pedazo de madera, que allí había sido depositado envuelto en un paño precioso». Ahora, después de haber quitado los últimos sostenes, el lugar físico de la sepultura del Señor y de su Resurrección volverá a ser lugar de oración a partir del próximo 22 de marzo, aniversario de la firma del acuerdo con el que comenzaron los trabajos de las tres comunidades religiosas (y se prevé una celebración ecuménica de acción de gracias).

 

Logramos hablar con el Custodio de la Tierra Santa, fray Francesco Patton, a pocos días de que regresara a la isla de Rodas, en donde participó, con los líderes de las otras comunidades religiosas, en las celebraciones por los 70 años de la anexión del Dodecaneso a Grecia, tierra en donde los Frailes de la Custodia tienen presencia desde 1972. Allí, Patton pudo presentar la conclusión de las obras de restauración.

 

¿Cómo ha vivido y cómo vive este momento la comunidad cristiana local?

 

Diría que lo vive con gran esperanza, porque este es el lugar símbolo de la identidad cristiana de Jerusalén, que junto con la identidad hebráica y la identidad musulmana, concurre para representar la vocación universal de esta ciudad. En este tiempo de Cuaresma y después en el tiempo de Pascua, el Santo Sepulcro se convertirá en el verdadero centro de la vida de la comunidad cristiana local, pero también de todo el mundo, porque en estos días llegan a Jerusalén cristianos de todas las partes de la Tierra Santa y del todo el mundo. Y luego, este año, por una feliz coincidencia, todos celebramos la Pascua en la misma fecha y así se puede apreciar mucho más la riqueza de los ritos y de las liturgias, de las liturgias católicas de la Pasión y de las Orientales cuyo momento más sugestivo es cuando el Sábado Santo, justamente desde el Sepulcro restaurado, surgirá el Fuego Santo, símbolo del Cristo resucitado, e iluminará toda la Basílica. En lo personal, espero que esta unidad de la fecha de la Pascua, que este año se debe a la coincidencia de los calendarios Juliano y Gregoriano, en el futuro pueda ser esperada y convertirse en un pequeño paso hacia la plena unidad.

 

¿Qué valor asume la restauración desde el punto de vista ecuménico, interreligioso e incluso político, tomando en cuenta las diferentes proveniencias de los financiamientos?

 

Diría que el valor es, principalmente, de tipo ecuménico, porque la fase de preparación del acuerdo que llevó a la obra misma, es decir hasta el 22 de marzo de 2016, fue un ejercicio de diálogo constante entre el Patriarca greco-ortodoxo Theophilos III, mi predecesor como Custodio de la Tierra Santa, Pierbattista Pizzaballa (ahora administrados apostólico del Patriarcado latino de Jerusalén) y el Patriarca Armeno Nourhan Manougian. Y después, durante este año dedicado a los trabajos de restauración, el diálogo ha continuado, porque nos encontramos periódicamente para ser informados sobre el avance de las obras y para tomar eventuales decisiones compartidas. Si surgían problemas, tratábamos, obviamente, de resolverlos de común acuerdo. Como dije hace poco, el trabajo en el Santo Sepulcro, además del valor de haber restaurado el santuario más importante de la cristiandad, que custodia la memoria de la Resurrección del Señor Jesús, tiene un valor simbólico añadido, porque es el signo de un importante trabajo de consolidación, restauración y rehabilitación que tiene que ver con las relaciones entre nuestras comunidades cristianas.

 

Desde el punto de vista interreligioso, este trabajo tiene el valor de contribuir a recordar que la comunidad cristiana, a pesar de ser pequeña, es un elemento irrenunciable de esta tierra y es un elemento que, como sea, representa también una parte significativa para el mundo entero, debido a la difusión del cristianismo a nivel planetario. Desde el punto de vista político, el lugar es delicado porque se encuentra, de hecho, en una ciudad en la que diferentes sujetos deben dialogar: Israel, Palestina, Jordania y la misma comunidad internacional que tutela el llamado Status Quo, es decir los derechos de propiedad y de uso de las comunidades greco-ortodoxas, católico latina y armenia. Como sea, el 22 de marzo deberían estar presentes representantes de estas realidades políticas y esperamos que otros eventos como este puedan contribuir a ese diálogo que, y nos lo recuerdan constantemente los Papas que se han sucedido en el último siglo, es la vía hacia la paz.

 

¿Qué significa para los frailes de la Custodia y para el Custodio esta restauración?

 

Para mí ha significado participar en una iniciativa absolutamente única, y ha significado poder dar una pequeña contribución al diálogo. Hace pocos días, por ejemplo, estuvimos juntos en Rodas para presentar a la comunidad griega de la isla estas obras, y fue una experiencia muy significativa y muy bella: viajamos juntos griegos, católicos y armenios, comimos juntos, participamos juntos en momentos públicos civiles y religiosos, y experimentamos una acogida cordial y calurosa por parte de las autoridades locales, tanto civiles como religiosas, y también de la gente. En ocasiones como esta me doy cuenta de que se trata de ponerse en diálogo, con el corazón abierto y sin prejuicios, porque todos, al final, queremos lo mismo, es decir poder manifestar un día la unidad del Cuerpo de Cristo incluso en la variedad de ritos, que corresponde a la legítima variedad de las culturas en las que la misma fe se ha encarnado. Para todos los cristianos, este lugar es absolutamente el más importante. Para nosotros los frailes, tiene un significado afectivo que se relaciona con la historia de nuestra presencia. El mismo san Francisco, en una de sus cartas, recuerda la veneración por el sepulcro, debido a que el cuerpo del Señor Jesús yació en él durante algún tiempo. Los primeros frailes que llegaron aquí en 1217 trataron, antes que nada, de poder rezar en este lugar, y, durante el breve periodo en el que fueron expulsados de la Tierra Santa, después de la caída del Reino Latino, entre 1291 y 1233, viajaban por barco desde Chipre para poder rezar en este lugar. Uno de los fundadores del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén, el padre Virgilio Corbo (1918-1991), hace unos cincuenta años, condujo y después documentó excavaciones arqueológicas muy importantes justamente en la zona del Santo Sepulcro, y este trabajo facilitó también los estudios preliminares para las obras de restauración que se han hecho en este año. Además, nuestra comunidad franciscana que se ocupa del Santuario vive dentro de la Basílica del Santo Sepulcro, y es un privilegio único poder vivir y prestar servicio en el lugar que vio la victoria de Cristo sobre la muerte, por lo que llevar a cabo obras de restauración en este lugar, para nosotros, tiene, además de un valor práctico, un extraordinario valor afectivo.

 

¿Cuáles perspectivas hay para el futuro de otros lugares santos? Por ejemplo, la Iglesia de la Natividad, que está en fase de restauración, o la de la Ascención, que ha sufrido daños recientemente…

 

En relación con el Santo Sepulcro, la perspectiva es la de insistir mientras la cosa está fresca, por lo que estamos dialogando con las otras dos comunidades titulares del Status Quo para llegar a suscribir un nuevo acuerdo que, en el respeto de los derechos de las tres comunidades, permita poner en marcha una segunda fase de trabajos de restauración, en el pavimento que rodea al Sepulcro y en el que está debajo de él, para poder resolver otros problemas relacionados principalmente con la humedad y con las estructuras que se encuentran bajo el pavimento. La Basílica de la Natividad de Belén está en buen punto: se trata de una restauración de elevadísima calidad que ha permitido descubrir nuevos mosaicos, pero todavía no se ha terminado y también será necesario negociar para un nuevo acuerdo y poder restaurar la gruta de la Natividad.

 

En relación con el santuario de la Ascención de Jesús, sobre el Monte de los Olivos, lo que sé es lo que se puede encontrar en línea, es decir que se trató de una disputa entre dos familias por la gestión del santuario, que es propiedad de los musulmanes, aunque nosotros, gracias a la disciplina del Status Quo, celebramos allí en ocasión de la solemnidad de la Ascención. Pero los trabajos de restauración de la Gruta de la Anunciación de Nazareth, que tiene serios problemas de humedad, requerirá dentro de poco obras en el cuerpo de la basílica que fue hecho hace medio siglo. Si se tiene en cuenta que la Custodia se ocupa de alrededor de 50 santuarios, se comprende fácilmente que los trabajos de manutención deben ser constantes. Por no hablar de los trabajos relacionados más con el compromiso social de la Custodia, como, por ejemplo, las escuelas y las casas que se ponen a disposición de los cristianos locales para facilitar su permanencia en esta tierra.

 

¿Los datos sobre los peregrinos parecen indicar un resultado positivo?

 

En los últimos meses hemos registrado, efectivamente, una vuelta de peregrinos, sobre todo a partir de octubre. Sabemos que están disminuyendo los peregrinos europeos, mientras que aumentan los que provienen de los Estados Unidos y de Asia, sobre todo de China e Indonesia, y que comienzan a crecer también los peregrinos de África. Nosotros siempre recordamos que los peregrinos no tienen que tener miedo de venir a la Tierra Santa, porque son bien recibidos y respetados por todos. Además los peregrinajes son una manera concreta para apoyar, también económicamente, a la pequeña comunidad local. Pero el peregrinaje le hace bien principalmente a quien lo hace, porque es una ocasión para volver a encender la propia fe en contacto con los lugares de nuestra redención, que Papa Pablo Vi llamaba, y no casualmente, «el Quinto Evangelio».


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Mujica, expresidente de Uruguay. Entrevista primera parte.

Mújica, el hombre sabio

Así lo definió Bergoglio hace cuatro años, cuando lo recibió al comienzo de su pontificado. Entrevista al ex presidente de Uruguay: “Me siento acólito del Papa”
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Mújica, el hombre sabio

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Pubblicato il 11/03/2017
Ultima modifica il 11/03/2017 alle ore 17:05
ALVER METALLI

Fue el primer presidente latinoamericano que recibió en audiencia el Papa argentino, su vecino de enfrente. Desde Montevideo, donde vive con su esposa senadora, lleva poco menos de tres horas de catamarán cruzar el Río de la Plata y llegar a Puerto Madero, y desde allí se puede ir caminando hasta el domicilio de Bergoglio, frente a la Plaza de Mayo. Cuando Mujica era presidente, entre marzo de 2010 y el mismo mes de 2015, nunca recorrió ese trayecto. Prefirió esperar y voló 12.000 kilómetros para llegar a Roma, llevando de regalo el libro de un amigo en común con el Papa argentino que iba a visitar, el historiador y filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré, fallecido en noviembre de 2009. “Nos abrió la mente”, comentó Mujica cuando se lo entregaba. “Nos ayudó a pensar”, le contestó Bergoglio con una sonrisa de entendimiento. Una hora de conversación y un breve comentario al salir retrataron el encuentro entre los dos rioplatenses, el Papa y el Presidente: fue como hablar “con un amigo del barrio” le dijo Mujica a un periodista; “un hombre sabio” hizo saber el Papa a través de su vocero. El ex presidente de Uruguay de ochenta y un años, con un pasado guerrillero, nunca más perdió de vista al Papa argentino. Hasta el día de hoy.

 

Delante del micrófono admite que no recuerda qué estaba haciendo o dónde se encontraba aquel 13 de marzo, hace cuatro años. “Uno de mis muchos defectos es no recordar las etapas que he atravesado”, se excusa. “Sobre todo ahora que ya no tengo mucho tiempo por delante y trato de concentrarme en las claves de los tiempos que vendrán”. Pero asegura que sí tiene muy claro “la sorpresa gigantesca que nos llevamos”. El plural mayestático refleja una manera de ser reservada y propia del hombre de campo. “Nos parecía difícil que la iglesia tuviera tanta audacia renovadora como para elegir a un latinoamericano, y sobre todo un personaje tan singular y un poco contestatario de la filosofía concreta que habían aplicado los últimos papas. Era un viraje, un cambio global de toda la orientación de la iglesia hasta ese momento. Lo que habla de la sabiduría y de los misteriosos recursos de esa realidad tan vieja que es la iglesia católica, apostólica y romana. Supo dar un viraje muy fuerte en la lucha por su credibilidad en un momento de fenomenal crisis en el mundo. Cuando su peso histórico y social estaba siendo jaqueado desde muchos ángulos, la iglesia – con el nuevo papa – se dio cuenta de que su suerte se empezaba a jugar en el mundo pobre y la causa de los pobres, y trató de retomar lo más hondo del viejo mensaje cristiano”.

 

¿Por qué viejo?

 

Viejo no en el sentido peyorativo, sino más bien en el sentido de la eternidad, por lo menos de eternidad humana. Yo me considero un admirador político de la Iglesia católica, apostólica y romana.

 

¿“Admirador político”?

 

Sí, admiro el trabajo de la iglesia católica, la obra civilizadora gigantesca que realizó en términos humanos a pesar de sus defectos. La lengua y la presencia de la iglesia católica en América Latina son las dos columnas vertebrales de la formación de nuestro modo de ser. No reconocerlo es señal de superficialidad. Los pueblos latinoamericanos, sobre todo los pobres, son masivamente creyentes, y a lo largo de toda nuestra historia la iglesia tuvo una enorme participación en la construcción de nuestras nacionalidades. La iglesia está profundamente entrelazada con nuestras raíces. Lengua e iglesia son las dos cosas que más nos unen. Que yo tenga mis dudas como creyente, es otra historia. La cuestión de fondo es cómo es la gente de mi pueblo, de mi sociedad, quiénes somos los latinoamericanos, y eso lo debo entender y respetar. Por eso cuando a la iglesia le disputan su espacio, la legitimidad de su presencia, no puedo ser neutral, me siento amigo, como institución y como historia. Yo sé que a la Iglesia se le pueden reprochar muchas cosas, pero es mucho más lo que debemos reconocerle. Porque en definitiva, lo que habría para cobrarle son los defectos de los hombres, no de la iglesia, no de la institución.

 

¿Y a usted de dónde le viene esta sabiduría, esa tradición? ¿De sus padres, su historia, las experiencias que tuvo…? Porque no es común escuchar hablar así a un político de izquierda que fue presidente del país más laico de América Latina.

 

Siempre fui un aficionado a la historia de nuestra Latinoamérica, y mirara donde mirase, me encontré con la iglesia por todos lados. Desde la época de la revolución y del nacimiento y afirmación de las ideas republicanas. En todas las gestas emancipadoras americanas siempre hubo la pluma de un sacerdote detrás del pensamiento de los libertadores. Porque los sacerdotes eran un caudal de formación universitaria, del pensamiento de su época; eran los que conocían la filosofía antigua y el pensamiento moderno, el humanista y el científico, y lo retransmitían. Es muy difícil concebir a nuestro Artigas sin algunos curas que tenía al lado.

 

En las épocas más duras, más primitivas, la iglesia tuvo un rol de santuario, de conservación de la sabiduría primitiva de la civilización greco-romana que se conservó en los monasterios, y de alguna manera en un mundo duro y de barbarie y de guerra, como fue el feudalismo, mantuvo encendida la mechita de la civilización. Después vinieron otros tiempos, pero la historia de la iglesia, a lo largo de los siglos, fue como un protector para recoger y conservar parte de esa vieja sabiduría que había acumulado el dolor la humanidad. La transmitió, con mayor o menor conciencia, como una espora del futuro.

 

¿No hubo ningún sacerdote que influyera en usted?

 

Probablemente sí. Tuve muchos amigos entre los frailes conventuales franciscanos, algunos de ellos vivían en Italia hasta hace poco. En definitiva, estoy convencido de que lo más fundamental del hombre es la fe. Vivimos en tiempos de ciencia, pero si me quitas la fe, no existe la sociedad. Es un acto de fe si voy a un banco, pongo unos pesos y me dan un papelito, porque yo creo que me los van a devolver cuando se los pida. Tengo mercadería, la vendo porque me la van a pagar; es un acto de fe, ¿yo cómo sé si me lo pagan? Toda la sociedad está construida sobre la fe. El día que derrumbemos la fe estamos terminados.

 

La pregunta sigue planteada. ¿Esta actitud suya, crítica y valorizadora de lo que es la iglesia en la historia de la humanidad, de lo que es la fe para la vida de los latinoamericanos, del pontificado de Francisco, tiene su origen en los estudios que hizo, en el conocimiento que maduró a través de los años o hay algo más en su experiencia personal?

 

Ambas cosas. Desde el punto de vista histórico, cuanto más atrás miro en la historia de los grupos humanos siempre me encuentro con gente que cree en algo que va más allá de su propia vida. Que es sobrenatural. Considero que el hombre es el animal más utópico que existe. Porque necesita creer en algo, en algo no tangible, no cuestionable, en algo que está más allá de él mismo. Creer es una característica antropológica del hombre. La evolución de las religiones es el desarrollo adulto de esa necesidad.

 

Ayuda a bien morir, dijo una vez…

 

Estuve internado en la sala de hospital y vi morir gente. Y muchas veces pensé que si la religión cumple con la función de ayudar a bien morir, ¡bendita sea la religión! En el dilema de la vida y muerte necesitamos creer en algo más allá, que no se corrompe. ¡Cuidémosla, prestémosle atención a la religión! Yo, con mis límites, no la puedo cuestionar. Por eso la respeto. La religión es un servicio humano, una necesidad humana. Respeto la actitud religiosa del hombre en general, es cierto, pero yo soy de Occidente, nací en América Latina. La imagen que aquí sembraron de Dios tiene un rostro cristiano, apostólico, romano. Y eso ha penetrado profundamente en millones y millones de latinoamericanos. ¡Quién soy yo con mis dudas delante del universo para cuestionar el valor que éste tiene! Tengo que respetarlo. Por eso le decía que soy un admirador político del rol de la iglesia católica. ¡Claro, me pueden tirar a la cara los defectos de este o de aquel, los límites de una persona o de otra. ¡Pero de qué nos sorprendemos! Si está formada por hombres y los hombres somos eclécticos, pecadores, llenos de errores. ¿Qué culpa tiene la iglesia?

 

¿Se puede decir sin retórica, sin que parezca una exageración dialéctica, que estos cuatro años del Papa Bergoglio han cambiado la historia?

 

Yo creo que son una ventana abierta. Él es un formidable luchador social. Por la igualdad, por la misericordia, por el derecho a la compasión, por tratar de hacer entender que la fraternidad es vital entre los hombres, por darse cuenta de que triunfar en la vida no es acumular riquezas.

 

Es una lucha dura la suya, y sé que muchos no van a estar de acuerdo. Pero está dando pasos civilizadores y ante el tribunal de la historia tendrán mérito y reconocimiento.

 

Cuando éramos jóvenes luchábamos por el poder. Que en su aspecto digno es la lucha para mejorar la civilización a la que pertenecemos. No para crear un mundo perfecto, sino para ir subiendo escalones de humanidad. Yo al Papa lo veo como un luchador formidable que usa todo su peso institucional para golpear nuestra conciencia, para convocar a la sociedad, para mostrar que es posible un mundo un poco mejor. Pero también depende de nosotros. Por eso me considero amigo ideológico del Papa, y lo acompañaré en todo lo que pueda. Tengo mucha confianza en lo que hará, mucha confianza.

 

Cuando fue a visitarlo en mayo de 2015, poco antes del viaje que hizo el Papa Francisco a Cuba en el mes de septiembre de ese año, Raúl Castro dijo: “si sigue así, me hago católico…”. Era una broma, por supuesto. ¿Usted diría algo así?

 

Yo soy un acólito del Papa. Mis dudas con Dios son filosóficas. O tal vez yo creo en Dios. Tal vez, no sé… O tal vez como me estoy acercando a la muerte, lo estoy necesitando…

 

A Marcelo Figueroa, actual director de la edición argentina del Observatorio Romano que se acaba de inaugurar, usted le habló de lo que lo une a Bergoglio. “Creo que por caminos muy distintos ambos percibimos el drama humano y las condiciones de ese drama humano que está a la base de América Latina y también del mundo. Es inevitable una identificación con Francisco”. ¿Cuál es ese drama humano, esa tragedia que está a la base de América Latina? ¿Dónde lo ve?

 

Está en una cultura funcional a la ganancia que ha creado el propio sistema capitalista. Esa cultura que se ha difundido con fuerza por todas partes y nos convierte a todos en compradores desesperados. Tenemos que consumir. Consumir y comprar, siempre cosas nuevas y distintas, como si ese fuera el desiderata de la felicidad humana, y no nos damos cuenta de que cuando compramos cosas estamos pagando con el tiempo de nuestra vida; en cierto sentido, junto con el dinero que hace falta para comprar, nos gastamos también nosotros. Después nos damos cuenta de que no nos queda tiempo para los afectos, para la fraternidad, para el que está enfermo, para las cosas que no dan ganancias. Pero que dan el gusto de vivir.

 

La vida no debe ser una carga. La vida debe ser un mensaje de felicidad. No hay que confundir la idea de felicidad, que es un equilibrio profundo, con la idea simplista de placer. La felicidad en el fondo implica la libertad: qué hago, qué elijo, si tengo tiempo en mi vida para hacer aquellas cosas que tienen un significado. Pero si tengo que trabajar, trabajar y trabajar para pagar cuotas y cuotas y cuotas, y el auto no me sirve porque tiene que ser más nuevo y más grande, y después que tengo la casa, necesito la casa en la playa para ir a bañarme, y después me tengo que desesperar porque necesito un hombre que me ayude a cuidar lo que tengo porque si no me roban… Y cuando me quiero acordar, se me fue la vida y no me quedó tiempo… Y yo no quiero que a mi hijo le falte nada, como me faltó a mí… Sí, pero le faltás vos, no tenés tiempo para andar un par de horas con tu hijo de la mano y llevarlo a un partido de fútbol… Tiempo para las cosas más elementales de la vida. Para los afectos, los afectos humanos. Ésa es la trampa de nuestro tiempo. Y casi sin darnos cuenta nos volvemos incapaces de compadecernos del clamor de los demás; ya no lloramos ante el drama de otro o no nos interesa ayudarlo a sobrellevarlo, como si eso fuera una responsabilidad de alguien más que no tiene nada que ver con nosotros. Perdemos la calma y nos ponemos nerviosos si el mercado ofrece algo que todavía no pudimos comprar, mientras todas las vidas truncadas por la falta de posibilidades parece un mero espectáculo que no nos altera.

 

Mejor pobres que alienados…

 

No estoy haciendo una apología de la pobreza, estoy hablando de sobriedad. Vivir con lo necesario, con lo imprescindible. Pero tener tiempo para gastar en cosas que sin perjudicar a otros generan sentimientos, solidaridad, amistad. Es muy elemental lo que estoy diciendo, y creo que el mensaje cristiano, en el fondo, no puede estar muy apartado de eso.

 

No puede ser que este mundo sea un valle de lágrimas para ir después al paraíso. No. Ni valle de lágrimas ni paraíso. Acá está todo, y si hay un más allá, la raíz está acá. Hoy la idea de triunfar coincide con la de acumular riquezas. Sea como sea. ¡Pero si al final nos iremos desnudos de este mundo como vinimos! No le encuentro mucho sentido a esa manera de vivir, a esa obsesión por poseer. Me parece que el mensaje cristiano recoge el viejo principio griego: nada en demasía.

 

Primera de dos partes. La segunda aparecerá el miércoles 15 de marzo


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La blasfemia imperdonable o el que no se deja perdonar. Papa Francisco.

“Hay una blasfemia imperdonable: contra el Espíritu Santo”

El Papa en Santa Marta: imprecar contra el «fundamento del amor de Dios» es cerrarse «al perdón», una de las «maravillas» del sacerdocio de Cristo. Las demás: «intercede y volverá»
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Papa Francisco

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Pubblicato il 23/01/2017
Ultima modifica il 23/01/2017 alle ore 14:15
DOMENICO AGASSO JR.
CIUDAD DEL VATICANO

Estas son las “grandes maravillas del sacerdocio de Cristo”, que se dio a Sí Mismo, por la eternidad, para el perdón de los pecados de todos los hombres; ahora intercede frente al Señor y después volverá para llevar a todos con Él. Pero cuidado, porque hay una blasfemia que es “imperdonable”: la blasfemia contra el Espíritu Santo. Lo afirmó Papa Francisco en la homilía matutina de hoy, 23 de enero de 2017, en la capilla de la Casa Santa Marta.Según indicó la Radio Vaticana, el Papa comenzó su reflexión de hoy leyendo la Primera Lectura del día, tomada de la Carta a los Hebreos, que se refiere a Cristo Mediador de la Alianza que Dios hace con los hombres. Jesús es el Sumo Sacerdote. Y el sacerdocio de Cristo es la gran maravilla, la más grande de las maravillas, que nos hace cantar un canto nuevo al Señor, como dice el Salmo responsorial.

El Obispo d Roma explicó que el sacerdocio de Cristo se desarrolla en tres momentos. El primero es la Redención: mientras los sacerdotes de la Antigua Alianza debían ofrecer sacrificios cada año, “Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, por el perdón de los pecados”. Con esta maravilla – dijo el Papa – “nos ha llevado al Padre”, “ha re-creado la armonía de la creación”.

La segunda maravilla es la que el Señor hace ahora, es decir, reza por nosotros. “Mientras nosotros rezamos aquí, Él reza por nosotros”, “por cada uno de nosotros”, subrayó Francisco: “Ahora – dijo – vivo ante el Padre, intercede”, para que la fe no decaiga. En efecto – añadió – “cuántas veces se pide a los sacerdotes que recen porque sabemos que la oración del sacerdote tiene cierta fuerza, precisamente en el sacrificio de la Misa”.
La tercera maravilla será cuando Cristo volverá, pero esta vez no será con relación al pecado, sino que será “para hacer el Reino definitivo”, cuando nos llevará a todos con el Padre. “Existe esta gran maravilla, este sacerdocio de Jesús en tres etapas – aquella en la que perdona los pecados, una vez para siempre; aquella en la que intercede ahora por nosotros; y aquella que sucederá cuando Él volverá – pero también está lo contrario, ‘la imperdonable blasfemia’. Es duro escuchar decir a Jesús estas cosas, pero Él lo dice y si Él lo dice es verdad. ‘En verdad les digo: todo será perdonado a los hijos de los hombres – y nosotros sabemos que el Señor perdona todos si nosotros abrimos un poco el corazón. ¡Todo! – los pecados y también todas las blasfemias que dirán  – ¡también las blasfemias serán perdonadas! – pero quien habrá blasfemado contra el Espíritu Santo no será perdonado eternamente’”.

Para explicar esto, el Papa aludió a la gran unción sacerdotal de Jesús que hizo el Espíritu Santo en el seno de María, mientras los sacerdotes en la ceremonia de ordenación son ungidos con el óleo. “También Jesús, como Sumo Sacerdote recibió esta unción. ¿Y cuál fue la primera unción? La carne de María con la obra del Espíritu Santo. Y aquel que blasfema sobre esto, blasfema sobre el fundamento del amor de Dios, que es la redención, la re-creación; blasfema sobre el sacerdocio de Cristo. ‘Pero ¡qué malo!, ¿el Señor no perdona?’ – ‘¡No! ¡El Señor perdona todo! Pero al que dice estas cosas se le cierra el perdón. ¡No quiere ser perdonado! ¡No se deja perdonar!’. Esto es lo feo de la blasfemia contra el Espíritu Santo: no dejarse perdonar, porque reniega la unción sacerdotal de Jesús, que hizo el Espíritu Santo”.

Al concluir, el Pontífice volvió a afrontar el tema de las grandes maravillas del sacerdocio de Cristo y de la “imperdonable blasfemia”, que es tal “no porque el Señor no quiera perdonar todo, sino porque el que la comete está tan cerrado que no se deja perdonar: la blasfemia contra esta maravilla de Jesús”.

“Hoy nos hará bien, durante la Misa, pensar que aquí, en el altar, se hace memoria viva del primer sacerdocio de Jesús, porque Él estará presente aquí, cuando ofrece su vida por nosotros; también está la memoria viva del segundo sacerdocio, porque Él rezará aquí; y también, en esta Misa – lo diremos después en el Padrenuestro – está el tercer sacerdocio de Jesús, cuando Él volverá, nuestra esperanza de la gloria. En esta Misa pensemos en estas cosas bellas. Y pidamos al Señor la gracia de que nuestro corazón no se cierre jamás, ¡no se cierre jamás! – pensemos en esta maravilla, en esta gran gratuidad”.


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El evangelio nos pide un cambio de mentalidad. El Papa Francisco.

Papa: Que los cristianos superen la mentalidad que condena siempre

2017-01-20 Radio Vaticana

(RV).- Vencer la mentalidad egoísta de los Doctores de la Ley que siempre condena. Fue la admonición de Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Inspirándose en la Primera Lectura, el Papa subrayó que la nueva alianza que Dios establece con nosotros en Jesucristo nos renueva el corazón y nos cambia la mentalidad.

Dios renueva todo “desde las raíces y no sólo en su apariencia”, afirmó el Pontífice al comentar la Carta a los Hebreos, centrada en la recreación que Dios hace en Cristo. Y añadió que “esta alianza nueva tiene sus características”. Ante todo – dijo – “la ley del Señor no es un modo de actuar externo”, sino que entra en el corazón y “nos cambia la mentalidad”. A la vez que en la Nueva Alianza –  agregó –  “hay un cambio de mentalidad, un cambio del corazón, un cambio en el sentir y en el modo de actuar”, en una palabra: “Un modo diverso de ver las cosas”.

Superar la mentalidad egoísta de los Doctores de la Ley que sólo saben condenar

Francisco propuso el ejemplo de una obra a la que un arquitecto puede mirar de modo frío, con envidia o con una actitud de alegría y “de benevolencia”:

“La nueva alianza nos cambia el corazón y nos hace ver la ley del Señor con este nuevo corazón, con esta nueva mente. Pensemos en los Doctores de la Ley que perseguían a Jesús. Estos hacían todo, todo lo que estaba prescripto por la Ley. Tenían el derecho en su mano, todo, todo, todo. Pero su mentalidad era una mentalidad alejada de Dios. Era una mentalidad egoísta, centrada en ellos mismos: su corazón era un corazón que condenaba, siempre condenando. La Nueva Alianza nos cambia el corazón y nos cambia la mente. Hay un cambio de mentalidad”.

Dios perdona nuestros pecados, la nueva alianza nos cambia la vida

El Señor – añadió el Obispo de Roma – “va adelante” y nos asegura que perdonará las iniquidades y que olvidará nuestros pecados. “Y a veces  – comentó – a mí me gusta pensar un poco bromeando con el Señor: ‘¡Tú no tienes buena memoria!’”. “Es – dijo  – la debilidad de Dios. Cuando Dios perdona, se olvida”:

“Él olvida, porque perdona. Ante un corazón arrepentido, perdona y olvida: ‘Yo olvidaré, no recordaré sus pecados’. Pero también esto es una invitación a no hacer recordar al Señor los pecados, es decir a no pecar más: ‘Tú me has perdonado, tú has olvidado, pero yo debo…’. Un cambio de vida. Nueva Alianza: me renueva y me hace cambiar la vida, no sólo la mentalidad y el corazón, sino la vida. Vivir así: sin pecado, lejos del pecado. Ésta es la recreación. Así el Señor nos recrea a todos nosotros”.

El Señor nos cambia el corazón para cambiarnos la mentalidad

En fin, el Papa dirigió su atención a otro rasgo, el “cambio de pertenencia”. Nosotros – dijo – pertenecemos a Dios, “los demás dioses no existen”, “son estupideces”. “Cambio de mentalidad”, por tanto, “cambio de corazón, cambio de vida y cambio de pertenencia”. Y ésta – reafirmó – es la recreación que el Señor hace mejor que con la primera creación. De ahí su invitación a pedir al Señor que vayamos en esta alianza “de ser fieles”:

“El sello de esta alianza, de esta fidelidad, es ser fiel a este trabajo que el Señor hace para cambiarnos la mentalidad, para cambiarnos el corazón. Los profetas decían: ‘Pero el Señor cambiará tu corazón de piedra en corazón de carne’. Cambiar el corazón, cambiar la vida, no pecar más o no hacer recordar al Señor lo que ha olvidado con nuestros pecados de hoy y cambiar la pertenencia: jamás pertenecer a la mundanidad, al espíritu del mundo, a las estupideces del mundo, sólo al Señor”.


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“Silencio” el film de Scorsese. Comentario.

Gracias a Dios existe Scorsese

«Silence», la obra maestra del director neoyorquino, inspirado en la novela de Shusaku Endo, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial, incluso en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo
ANSA

Un fotograma de la película “Silence” de Martin Scorsese

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Pubblicato il 16/01/2017
Ultima modifica il 16/01/2017 alle ore 15:04
GIANNI VALENTE

A veces, para ver qué es el cristianismo, son mejores un par de horas en el cine que diez cursos de teología o de moral en las Universidades Pontificias. Sucedió en el pasado con Pasolini y Benigni, con Robert Bresson y Xavier Beauvois. Y vuelve a suceder ahora con Martin Scorsese y su película «Silence», inspirada (con una gestación que duró décadas) en la novela del escritor católico japonés Shusaku Endo, publicada en 1966. Una obra maestra que, narrando una historia de hace cuatro siglos, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo y con su comunicación.

La película es una historia de persecución cristiana, de debilidades cristianas y de apostasía, en la que incluso renegar en público de la propia pertenencia a la Iglesia, por paradoja de la gracia, se convierte en la ocasión más real de la experiencia de la redención que opera Cristo, y de su manera incomparable para dar la salvación, sin medida.

La aventura cristiana que retoma Scorsese es la de los misioneros jesuitas y de los cristianos «ocultos» en el Japón del siglo XVII. Aquellas comunidades soportaban y sufrían la persecución cruel ordenada por los shogunes. Llegó el rumor a Europa de que Cristovão Ferreira, jesuita portugués que animaba los corazones de sus hermanos con las narraciones de los prodigios de la evangelización en las duras tierras japonesas, en medio de la persecución, hizo una apostasía. Dos de sus jóvenes alumnos son enviados a Japón para verificar las alarmantes noticias que circulan sobre su maestro. Y así, se sumergen entre las vicisitudes de campesinos y pescadores bautizados, que viven su fe a escondidas, tratando de huir de las sospechas de las autoridades locales, que siempre están buscando cristianos para obligarlos a abjurar mediante suplicios atroces y perversos.

En la película de Scorsese, y en el libro de Shusaku Endo, el cristianismo no es «una religión superior para clases superiores» (Péguy). Para los campesinos y pescadores de las islas japonesas, todo el dinamismo de la fe cristiana se reduce a sus rasgos esenciales mínimos: la gracia de los sacramentos es el tesoro que han recibido y gracias al cual se sienten revestidos de Cristo, la fuente en la que constantemente quieren apagar su sed dentro de una condición humana marcada por la miseria y la violencia de los feroces perseguidores. Los dos jesuitas, ocultándose durante el día, ejercen en secreto su misión sacerdotal por las noches y perciben la grandeza y la necesidad, en esa condición tan difícil: la persecución que rodea a todos es brutal y no tiene ningún motivo, expresa odio gratuito, incluso cuando se trata de presentar con el disfraz de razones pseudo-culturales, insistiendo en el teorema según el cual el cristianismo «no está hecho para Japón».

La persecución es narrada en la película de Scorsese crudamente, sin «protestas» indignadas y sin suaves matices hagiográficos. Antes de ser capturados, los dos jesuitas asisten impotentes al martirio de los pobres campesinos que no pueden disimular su fe ante gestos de apostasía (como pisotear las imágenes sacras o escupir sobre el crucifijo) que les piden los perseguidores. El padre Paolo Rodrigues, protagonista principal de la obra, vive el escándalo frente a los sufrimientos atroces que los pobres soportan sin ningún motivo, esos mismos que deberían ser los preferidos de Cristo, en el «silencio» de Dios. No hay nada de heroico ni de sublime en la manera en la que los pobres cristianos japoneses son asesinados cuando se niegan a la apostasía. Existe solo el absoluto ensimismamiento de sus suplicios con la pasión de Cristo, también asesinado «como un malhechor». Así, gracias al genio artístico de Scorsese y de Shusaku Endo, alejándose de la desmemoria y de los equívocos que difunden hoy los aparatos «persecucionistas» en todas las comunidades cristianas, el martirio cristiano es reconocido y narrado en sus rasgos propios. Los mártires, en su participación en la muerte y resurrección de Cristo, aplican la salvación de Cristo a los hombres de su generación. Y la Iglesia nunca ha «protestado» por los mártires: en su «memoria», la liturgia siempre ha celebrado el martirio de Cristo, que sigue por la salvación del mundo.

Quien traiciona a los padres jesuitas, que serán capturados, es Kichijiro, el cristiano pusilánime que en más de una ocasión, durante la película, reniega de su fe para después pedir cada vez el perdón por las traiciones y recaídas. Kichijiro declara que no es capaz de vivir en una época en la que para no renegar de la fe hay que estar listos para el martirio. Para justificarse, afirma que en tiempos «normales» también él habría sido un buen cristiano como los demás y no habría debido reprocharse nada. El padre Rodrigues nunca le niega la absolución en la confesión ni el perdón sacramental, incluso cuando él mismo se encuentra viviendo como prisionero apóstata y no se siente digno de ejercer el sacerdocio. Así, Scorsese ayuda a reconocer que la naturaleza humana, debilitada por el pecado original, permanece débil. Que puede traicionar y seguir traicionando. Que hasta la valentía es un don que no se puede pretender ni presuponer. Solo se puede describir con agradecimiento, cuando sucede. Y el padre Rodrigues administra durante toda su vida los sacramentos, incluso a Kichijiro, porque cuenta con la eficacia de la gracia que transmiten. Así, confiesa, con toda la historia de la Iglesia, que los sacramentos no son solo el premio para quien se los merece, sino un tesoro que hay que ofrecer a quien no es digno, como hizo Jesús.

Bajo el peso del suplicio físico y psicológico de la persecución, «Silence» se convierte también en una historia de caídas, de ruina y fracasos, de sospechas y desencantos. Los inquisidores japoneses creen que podrán podar desde la raíz el florecer cristiano en esas islas si logran que los misioneros cometan apostasía. Llevan al padre Rodrigues a visitar al apóstata Ferreira, para que este induzca a su hermano jesuita por el mismo camino. Y los argumentos que utiliza el ex-maestro con su ex-discípulo, además de teorizar la impermeabilidad de los japoneses al cristianismo, cancelan cualquier pretensión de concebir la evangelización como una prestación propia, fruto de la propia coherencia y fidelidad, en la cual complacerse a sí mismo y los propios planes misioneros. Los inquisidores le piden que pise una tablita de madera que representa a Jesús, para salvar con ese gesto de formal y pública apostasía a cinc de sus amigos cristianos torturados en un pozo (ese en el que los condenados eran colgados de cabeza con pequeñas heridas detrás de la oreja, desde las que se iba perdiendo la sangre gota a gota, en una terrible y larga agonía). En el libro de Shusaku Endo, las palabras de Ferreira le reprochan no apostatar solo por amor propio, para no convertirse  en uno de esos que son considerados lo peor de la Iglesia, y para salvarse, sin importarle la vida de esos cinco pobrecitos, evidentemente considerados «inferiores».

Rodrigues toca sus impotencia. También su ímpetu de joven misionero generoso, listo para sacrificar su vida por Cristo, se derrumba. Pero justamente su caída, ese gesto sacrílego que certifica públicamente su apostasía, se convierte para él en el momento más íntimo de encuentro con Cristo, se convierte en la ocasión más inesperada para admirar cómo opera su salvación. Porque es el rostro de Cristo mismo, de la tablita que le piden que pise, el que lo invita a confiar, a no tener miedo, y le promete cargar sobre sí todo el dolor del misionero fracasado («¡Pisa! ¡Pisa! Yo sé mejor que nadie cuán lleno de dolor está tu pie. ¡Pisa! Para ser pisoteado por los hombres yo vine a este mundo. Para compartir el dolor de los hombres cargué la cruz»).

Cuando Rodrigues apoya su pie y todo su ser sobre la imagen del Hijo de Dios, justamente ese gesto sacrílego se convierte, en realidad, en una inigualable confesión de fe.

Después de la apostasía, el sacerdote Paolo Rodrigues vivirá hasta el último de los días en una especie de jaula de oro, con una esposa y un nombre japoneses impuestos por sus perseguidores. Algunos detalles que muestra Socrsese al final de la película dejan ver que su corazón de apóstata nunca será abandonado por el amor de Cristo, hasta el final.

«Para mí», declaró Martin Scorsese en la entrevista que concedió al padre Antonio Spadaro y publicada en «La Civiltà Cattolica», «todo se reduce a la cuestión de la gracia. La gracia se da a lo largo de la vida. Viene cuando menos te lo esperas». La película de Scorsese tiene las connotaciones de un don inesperado, justamente en su vertiginosa intuición de los rasgos esenciales de la experiencia cristiana. Un vértigo con respecto al cual resultan patéticas y grotescas las polémicas clericales que tratan de explotar hasta la película de Scorsese para orear resentimientos sobre el espíritu misionero de la Iglesia, insinuando algún tipo de conexión con los reiterados llamados de Papa Francisco a reconocer que la Iglesia «no crece por proselitismo, sino por atracción». La gran película de Scorsese es un don inesperado, incluso porque deja ver justamente la fuente verdadera que siempre ha alimentado el auténtico dinamismo misionero de la Iglesia. Como escribía Joseph Ratzinger, cuando participó como perito teólogo en la redacción del texto conciliar «De missionibus» durante el Concilio II Vaticano, la misión para la Iglesia «no es una batalla para capturar a los demás o llevarlos al propio grupo». No puede ser concebida como una conquista de almas operada por la Iglesia por fuerza propia, en lugar y por cuenta de Cristo. La misión de anunciar la salvación de Cristo, explicó el futuro Benedicto XVI, solo puede surgir como reflejo del atractivo de la gracia. Y justamente y solo por esto, no se trata de una actividad «opcional», porque una Iglesia encerrada en su auto-suficiencia, o preocupada por promoverse e incrementarse a sí misma, en lugar de anunciar el Evangelio, no sería la Iglesia de Cristo.


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Regalo del Papa en la epifanía.

Epifanía; los “Íconos de la Misericordia” distribuidos por los “sin techo”

Un librito será regalado al final de la oración del Ángelus: lo entregarán pobres y refugiados a los fieles y peregrinos
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Fieles en la Plaza San Pedro

Pubblicato il 06/01/2017
Ultima modifica il 06/01/2017 alle ore 11:06
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
Un pequeño nuevo regalo para los fieles hoy, 6 de enero de 2017, por la mañana, participan en el Ángelus en la Plaza San Pedro, en el día de la Epifanía. Se trata del pequeño volumen titulado «Íconos de Misericordia».«La pequeña obra de bolsillo, que será distribuido gratuitamente como regalo de Papa Francisco —se lee en el comunicado de la Limosnería apostólica guiada por el obispo Konrad Krajewski— pretende seguir ofreciendo, como uno de los pequeños frutos del Jubileo Extraordinario, concluido hace poco, algunos puntos de reflexión y de oración sobre la misericordia infinita de Dios. La figura de Jesús misericordioso es presentada en estas pocas páginas mediante seis episodios evangélicos que cuentan la experiencia de otras tantas personas transformadas por su amor: la pecadora, Zaqueo, Mateo el publicano, la samaritana, el buen ladrón, el apóstol Pedro. Seis íconos, justamente, de misericordia».

Francisco presentará y enseñará el librito desde la ventana del Palacio Apostólico y, al concluir la oración mariana, «nuevamente los pobres, los sin techo y los prófugos, además de muchos religiosos y voluntarios, regalarán los 50.000 libritos a las personas que estén presentes en la Plaza». Al final de la distribución el Papa ofrecerá un «tentempié» a los encargados de ella, que serán más de 300.