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Romero doctor de la Iglesia? Por qué? Historia. Requisitos.

¿San Romero, Doctor de la Iglesia?

El arzobispo de San Salvador acaba de solicitar al Papa que “autorice la apertura del debido proceso”

¿San Romero, Doctor de la Iglesia?

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Pubblicato il 17/10/2018
Ultima modifica il 17/10/2018 alle ore 09:06
ALVER METALLI

Il Salvador todavía no está satisfecho. Mártir, beato, santo desde hace dos días, y ahora quiere nada menos que a san Romero Doctor de la Iglesia. Hace poco más de un año parecía simplemente la extravagancia de un religioso estadounidense apasionado por América Latina. Pero después llegaron las palabras del nuncio apostólico en El Salvador León Kalenga Badikebele, quien partiendo hacia Buenos Aires, su nuevo destino, afirmó en el discurso de despedida ante la jerarquía de El Salvador en pleno que sin duda valía la pena trabajar por el reconocimiento del beato Romero como “Doctor de la Iglesia”. En mayo de ese mismo año 2017, en la homilía pronunciada durante la apertura de la XXXVI Asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) que se llevó a cabo precisamente en El Salvador, Kalenga, doctorado a su vez en Derecho Canónico, volvió sobre el tema y prometió que apoyaría el reconocimiento de Romero como Doctor de la Iglesia Universal “arrancando – refiere una crónica del CELAM – espontánea y efusivamente un grande y masivo aplauso” a los presentes, delegados de 22 países de Latinoamérica y el Caribe, Estados Unidos y Canadá.

 

Todavía se escuchan ahora los ecos de los festejos en la Plaza San Pedro, con setenta mil compatriotas deambulando por la Ciudad Eterna, y el arzobispo de San Salvador José Luis Escobar Alas, en nombre de los obispos salvadoreños, vuelve a renovar el mismo pedido. El sucesor de Romero ha implorado al Papa “de manera atenta, humilde y respetuosa, que tenga a bien autorizar la apertura del debido proceso para que Oscar Romero sea doctor de la Iglesia pues estamos seguros que su testimonio de vida y magisterio será un faro de luz en el mundo actual”.

 

El primer antecedente de ese pedido fue la propuesta de Robert Pelton, un sacerdote estadounidense que desde hace treinta años organiza jornadas romerianas en la Universidad Notre Dame de Indiana, Estados Unidos. Esos encuentros se llevan a cabo en la importante institución católica cerca de la fatídica fecha del 24 de marzo, día del asesinato, y en 2017 estuvieron presentes los cardenales de Manila, Luis Antonio Tagle y de Honduras Óscar Rodríguez Maradiaga. En dicha oportunidad Pelton, miembro de la Facultad de Teología y autor de “Monseñor Romero: Un obispo del tercer milenio”, lanzó la propuesta de honrar con el título de “Doctor de la Iglesia” al mártir de El Salvador. Afirmó que Romero tiene “un vasto magisterio de textos que ya son objeto de estudio en muchas universidades e institutos de formación relacionados con la Iglesia, sobre todo en centros fundados por laicos y religiosos comprometidos con el pueblo”.

 

La propuesta de sumar a la santidad recién reconocida esta otra faceta de Romero tampoco resulta tan descabellada para otro doctor en filosofía, el chileno Álvaro Ramis: “La propuesta teológica, pastoral y ética de monseñor Romero tiene un valor universal que supera su existencia en vida” – dijo en el curso de una conferencia en Santiago de Chile el año pasado – y afirmó que el pensamiento del obispo que acaba de ser reconocido santo por el Papa Francisco constituye el desarrollo de la doctrina tradicional de la Iglesia comprometida con el bienestar de los pueblos pobres de América Latina. Y a quienes hacen notar que Mons. Romero no fue un académico ni frecuentó las aulas universitarias como docente, les responde el Prof. Michael E. Lee, profesor asociado de Teología en la Universidad Fordham latinoamericana y en el Latino Studies Institute, en una nota publicada por la prensa salvadoreña donde argumenta que “eso no significa que no haya tenido un gran impacto en la Teología”, y si bien “no ostentaba un título de doctorado, no tenía nombramiento en una universidad y nunca publicó un libro o un artículo académico” aun así “dejó un rico legado teológico”. Según Lee, en el caso de Romero “su predicación y ministerio sirvieron, como ha demostrado Martin Maier [jesuita alemán director de Stimmen der Zeit y profesor invitado en la Universidad Centroamericana de El Salvador que ha escrito numerosos artículos sobre Romero, N.d.A.], para fundar una sólida pastoral de inspiración teológica”.

 

Para ser reconocido como “Doctor”, resume el carmelita Payne, un santo debe aportar algo original que arroje nueva luz sobre la revelación divina, sus escritos «deben haber ejercido una influencia considerable en el pensamiento de la iglesia” durante un período de tiempo apreciable, su enseñanza debe tener tanto una relevancia pastoral contemporánea como un valor perenne, y debe ser algo más que el pensamiento de “un catequista o predicador incansable, un gran asceta y servidor de los pobres, o el principal promotor de un importante movimiento o devoción religiosa». Y el arzobispo de San Salvador que volvió a lanzar el audaz reclamo al día sigiente de la ceremonia en la Plaza San Pedro considera que San Romero tiene todos los títulos para serlo. Tampoco constituyen una objeción los antecedentes estadísticos sobre el exiguo número de aquellos que la Iglesia ha honrado con el máximo título de Doctor, que solo son treinta y seis en dos mil años de historia cristiano-católica.

 

Aceptando esa perspectiva, quedaría por determinar si Romero cumple con los requisitos de eminens doctrina (doctrina eminente) según las normas establecidas por el Vaticano en los años 80 y la constitución apostólica “Pastor Bonus” de San Juan Pablo II (1988), para obtener la Ecclesiae declaratio reservada a un san Agustín o santo Tomás. Lo que ha pedido la Iglesia de El Salvador por boca de su arzobispo es someter a san Romero a ese ulterior examen. Ya superó muchos, a lo largo de casi cuatro décadas, y el último de ellos fue el de la Congregación para la Doctrina de la Fe que dio via libre a la causa de beatificación tras un escrupuloso análisis de los escritos y de la vida del candidato. El dicasterio presidido en aquel momento por el cardenal Raztinger determinó que eran totalmente conformes a las enseñanzas que siempre había transmitido la Iglesia. Y la teología de Romero, hacen notar los allegados al cardenal Escobar Alas, está estrechamente relacionada con su pastoral, tal como desea el Papa Francisco. Nada impide, en definitiva, que Óscar Arnulfo Romero, después de ser proclamado santo, sea reconocido también como el primer “Doctor de la Iglesia” de América Latina.


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San Oscar Romero. Homilía del P. Tojeira, jesuita

Homilía de la celebración por la canonización de monseñor Romero

15/10/2018
  
Queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy emocionados la canonización de monseñor Romero. Sabíamos que era un santo desde el primer momento y esperábamos con ansiedad la declaración oficial de la Iglesia sobre su santidad. Este es el día. Y no podemos menos que comenzar citando a nuestro Señor Jesucristo, maestro nuestro y de monseñor Romero. Cuando Pilatos lo estaba juzgando, Jesús le dijo: “He venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Hoy podemos afirmar que a monseñor Romero lo envió Dios a El Salvador para ser, como Jesús, testigo de la verdad. Testigo de la fe en ese Cordero Degollado que permanece de pie, como le llama el libro del Apocalipsis a Jesús de Nazaret. Testigo y apóstol que sigue los pasos del Señor Jesús en su vida, en su palabra y en su capacidad de juicio sobre la situación salvadoreña. Monseñor Romero, testigo del Señor, sigue iluminando nuestra hambre y sed de justicia. Nos da la esperanza de que tanta sangre de víctimas inocentes se convierta para nosotros en el cimiento y en la base de un El Salvador construido sobre el respeto y la dignidad de todos, especialmente de los más sencillos y humildes.


Recuerdos

Mientras en nuestro país se despreciaba a los pobres, se les explotaba, se les manipulaba y se les tenía como inferiores, Mons. Romero se identificaba con ellos y con sus causas. Su vida fue testimonio del amor preferencial de Dios a los más pobres, al luchar con ellos, pacífica y proféticamente, en favor de sus derechos. En el acta de beatificación, se le llamaba con toda razón “padre de los pobres”. Y así era porque exigía justicia para los campesinos y los trabajadores, apoyaba sus reivindicaciones y su organización popular, y los defendía ante el odio y la violencia de los poderosos. Pero además de estar con las causas de los pobres, vivía con ellos en el hospitalito de la Divina Providencia. Allí, donde se hospedan o incluso van a morir los enfermos de cáncer más pobres de nuestro país, allí vivía, también en pobreza y sencillez, nuestro obispo mártir. Allí acompañaba el sufrimiento de los enfermos sin más recursos que la generosidad de las hermanas del hospitalito, y les animaba con el consuelo de un Dios, el nuestro, que nunca abandona al débil y al afligido, y le ofrece siempre la solidaridad de los que rezamos el Padre Nuestro de corazón y deseamos que venga su Reino. Antes, estando en Santiago de María como obispo, abrió las puertas de la catedral para que los cortadores de café, que llegaban desde lejos a esa tierra de cafetales, pudieran dormir bajo techo. Las fotografías de Romero con niños que juegan con su cruz pectoral no dejan duda de su tierna cercanía a los más pobres.

Y es esa cercanía amorosa a los pobres, junto con su fe en el Señor Jesús, la que le llevó a ser profeta de justicia. Voz de los sin voz, sin más poder que la fuerza de la conciencia, sin más ley que la del amor al prójimo, y sin más patrón que el Divino Salvador. Su única arma era la Palabra. Mons. Romero, nuestro san Romero, con esa palabra beligerante y defensora del oprimido, hacía retorcerse de rabia a quienes mataban a los pobres, a quienes perseguían sus organizaciones o amenazaban de muerte a toda persona que mostrara deseos firmes de justicia social. Como a Jesús, lo odiaban aquellos que no soportaban la buena noticia de un Dios de amor y creador de fraternidad. Su palabra disgustaba a los neutrales e indiferentes, y molestaba a los cómplices hipócritas, que desde instituciones del Estado disimulaban y encubrían la barbarie de los escuadrones de la muerte. Y ante los odios y ataques, respondía siempre con las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen”. Su amor cubría a todos, curando a los heridos por la injusticia y diciéndoles la verdad a los victimarios. Dos formas de amar clásicas y siempre exigidas por la Iglesia, en coherencia con nuestro Dios, que es amor, y nos llama a consolar a las víctimas y a ser profetas frente a quienes abusan del prójimo.

Mons. Romero recuerda la terrible dificultad que tienen para entrar en el Reino de los Cielos aquellos que ponen su corazón en las riquezas. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor y su sabiduría, con su palabra combativa como espada de doble filo, desnudaba las intenciones de los soberbios. A los ricos les recordaba que la idolatría de la riqueza estaba en la base de las injusticias salvadoreñas. A los poderosos les recriminaba utilizar la muerte como instrumento de poder. Y a las organizaciones populares les recordaba que no podían poner la organización por encima de los derechos de las personas. Toda idolatría pone primero la ley del más fuerte en vez del amor al prójimo y la solidaridad evangélica. No hablaba de dar, sino de compartir. Porque cuando los ricos dan algo, no están dando de lo suyo, sino de lo que pertenece a todos, y especialmente a los más pobres. A esos pobres a los que el Señor prometió el Reino de los Cielos y en los que se hace siempre presente el rostro de Jesús. Inspirado siempre en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia, en el destino universal de los bienes, en la solidaridad y la participación, nuestro santo arzobispo trabajaba desde el deseo profundo de paz con verdadera justicia social. Sabiendo además que la paz solo puede construirse negando las idolatrías, devolviendo a las víctimas su dignidad de seres humanos, restaurando los derechos de quienes son despojados de ellos y trabajando sistemáticamente para eliminar el sufrimiento en el mundo en que vivimos.


Resurrección

Hoy su voz sigue sonando, cada vez con mayor fuerza en todo el mundo. Desde el primer momento, diversas Iglesias cristianas se solidarizaron con él. Y tras su muerte, muchos lo consideramos mártir. En cuenta Mons. Rivera, María Julia Hernández, Mons. Urioste y tantos amigos, hoy en la gloria, que nunca le abandonaron. Las Iglesias que nos acompañaron en la devoción a Romero desde el principio están hoy aquí en la alegría de la canonización, celebrando con nosotros al santo de todos. Ellos han contribuido también a que el nombre de Romero se haya hecho universal. Sus reliquias han llegado hasta diócesis remotas de África y su imagen o su retrato se multiplican en iglesias y catedrales de diversas denominaciones cristianas. Y por si fuera poco, el 24 de marzo ha sido declarado por las Naciones Unidas Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas. En otras palabras, la ONU está reconociendo a nuestro san Romero como patrón universal del derecho de las víctimas a la verdad. Él, que fue con tanto coraje y valentía voz de los sin voz, es hoy víctima resucitada con su voz defensora de las víctimas de la historia que ansían y esperan resurrección.

Mons. Romero, san Óscar Arnulfo Romero, resucitado ya en la fuerza del Espíritu Santo, resucita en el mundo y continúa resucitando entre nosotros y en nosotros, su pueblo salvadoreño que busca justicia y fraternidad. Su voz resuena hoy más fuerte reclamando un mundo sin víctimas, libre del sufrimiento creado por los Caínes de la historia. En las lecturas se nos decía que nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Mons. Romero es una prueba viva y presente de ese amor de Dios que no se cansa nunca de amar y bendecir a su pueblo, enviándole santos y profetas. En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos dice que pone en manos de Dios a sus discípulos para que ellos sientan la plenitud de la alegría. Esa misma alegría es la que hoy nos transmite ese discípulo eximio de Jesús de Nazaret al que hoy llamamos jubilosos san Óscar Arnulfo Romero.


Nuestra responsabilidad     

Ante este Romero santo, profeta, pastor y padre amoroso que cuida a sus ovejas y protege los derechos de los empobrecidos de nuestra tierra, los salvadoreños debemos mirar hacia nuestra realidad personal y social. Romero se tomó en serio el testamento del Señor Jesús cuando dijo a sus apóstoles y a nosotros que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso su espíritu ha resucitado ya y vive en su pueblo. Quiere vivir en todos nosotros e insiste en que seamos autocríticos. Quiere que nos preguntemos si seguimos a Jesucristo y a tantos testigos generosos de la fe que antes de nosotros pusieron el Evangelio como el centro de sus vidas. Nos pide, desde la mirada al Evangelio, al Señor y a sus santos, que venzamos la desigualdad y el individualismo consumista, en los que hoy se concentra la idolatría del dinero. Mons. Romero nos pide que trabajemos por una sociedad donde el espíritu cristiano, generoso y fraterno esté por encima del afán de lucro individual.

Como Jesús a sus discípulos, nos recuerda que el que quiera ser superior debe convertirse en servidor y esclavo de los demás. No nos está permitido a los cristianos compararnos con otros y creernos superiores. Ese es el camino para despreciar al más sencillo y al más pobre. Cerrar los ojos y las entrañas a las necesidades del prójimo no es cristiano ni es digno de personas que veneramos a san Romero de América. Alegrarnos con la santidad de Romero, amarlo y respetarlo como santo y como el salvadoreño más universal, es comprometernos a seguir a Jesucristo, vivo en nuestros hermanos y que continúa crucificado en los más pobres.

Por eso mismo, el ejemplo profético de Romero nos impulsa a mirar a nuestra sociedad y a trabajar en la transformación de la misma. No queremos ni podemos permitir que se impongan leyes que dejen morir de sed a los pobres, como bien advertían nuestros obispos. No deseamos una sociedad en la que la corrupción esté presente en los ámbitos del poder económico y político. Tampoco queremos un sistema judicial que sea débil con los fuertes y fuerte con los débiles, que continúe, como decía Romero, mordiendo únicamente el pie del que camina descalzo. Eso se llama corrupción judicial, como ya se lo dijo una vez nuestro santo Romero a la Corte Suprema de Justicia. Nuestro santo pastor nos invita a revisar y aumentar un salario mínimo que no alcanza para vivir. Nos pide formalizar y proteger el trabajo informal, que hoy mantiene en vulnerabilidad permanente a casi la mitad de la población económicamente activa de El Salvador. Nos llama a exigir escuelas decentes en cantones olvidados o con escuelas deterioradas por el paso del tiempo, las lluvias y el abandono oficial. Y nos pide también superar un sistema público de salud injusto y obsoleto, que separa y da diferente calidad de servicio a los que cotizan al Seguro Social y a los que no pueden cotizar. La salud, como el agua, la educación, el trabajo decente y la vivienda digna son derechos de todos y todas. Como decía san romero, hay que cambiar las cosas desde la raíz.

No veneramos un cadáver, sino a alguien que está vivo. Vivo junto a Dios y en el corazón de todos los cristianos que quieren seguir con radicalidad el Evangelio. Nuestro santo nos felicita hoy y se siente contento de su Iglesia porque ha presionado en favor de aumentar el salario mínimo, porque ha promovido la supresión de la minería metálica en El Salvador y porque continúa presionando para que el agua sea cuidada por todos, nos llegue a todos y podamos decir que es de todos, no de unos pocos. Pero también nos pide que trabajemos intensamente en superar y vencer el clima de violencia existente, que tanto dolor y sufrimiento produce. Repitiendo las palabras del profeta Isaías que le gustaba citar, nos exige convertir las armas en instrumentos de trabajo, nos anima a promover el trabajo decente para todos, y especialmente para los jóvenes. Solo así, con una juventud educada para el trabajo digno y con salario justo, superaremos esa plaga violenta heredada de la locura de una guerra civil entre hermanos y multiplicada posteriormente por la desigualdad y la injusticia social. Bien decía nuestro santo que hay una violencia superior a las armas de la guerrilla y a las tanquetas del Ejército: la violencia que uno se hace a sí mismo contra todo deseo de muerte, de explotación, abuso o venganza. Sin fraternidad no hay futuro. Y por eso nos pide que cuidemos la familia como fuente de paz, de generosidad y de servicio. Exigir al Estado protección, apoyo y servicios para las familias en pobreza y vulnerabilidad es prevenir la violencia. Monseñor Romero nos habla más de rehabilitación de los delincuentes que de mano dura. Exige pensiones dignas para nuestros ancianos y denuncia la terrible marginación que sufre la mujer al no reconocerle sus esfuerzos por sacar adelante la familia y negarle el derecho a pensión como retribución justa por el trabajo realizado en el hogar.


El santo luminoso

Jesús de Nazaret nos dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Monseñor Romero es un mártir luminoso, iluminador de una nueva sociedad en la que los pobres recuperan su dignidad y alzan su voz. Como decía la primera lectura, su vida brilla entre nosotros con la fuerza del incendio en un cañaveral. Contagia un fuego que nadie puede contener. Un hombre como Romero, que sistemáticamente luchó contra el sufrimiento humano y que aceptó el sufrimiento de una muerte injusta por defender a los pobres y a los injustamente perseguidos, nos muestra la luz de Cristo y el camino para construir una nueva historia en El Salvador. Él va venciendo y mostrándonos día a día la fuerza del bien. Mientras las argucias y mentiras de quienes le insultaban y agraviaban van quedando como telarañas en los rincones olvidados de la historia, él se ha vuelto el salvadoreño más universal. Los Pilatos, los Herodes y los Caifás que asesinaron a Jesús son ahora mero recuerdo de personas oscuras, débiles y condenadas a la insignificancia histórica. Lo mismo pasa con quienes mataron a Romero. Mientras ellos, los asesinos, pasan a las páginas oscuras de la ignominia y el olvido, él brilla como defensor de los derechos de los humildes, como voz cada vez más potente que nos invita a defender la vida y la dignidad de todos y todas. Y no solo en El Salvador, sino en todo el mundo.

Y es por eso que nuestro san Romero es motor y guía de nuestra esperanza. Viviendo en circunstancias peores que las nuestras, nunca dejó de esperar un mañana mejor. Pero ponía en nuestras manos, en las manos de su pueblo, esa capacidad de forjar un futuro diferente. Tenía la valentía y el coraje de un profeta y el corazón de un santo. Un corazón abierto a las necesidades de los pobres y a los deseos de paz de todas las personas de buena voluntad. Por eso buscaba la reconciliación de todos los habitantes de El Salvador, empoderando de dignidad a los pobres y exigiendo justicia y paz. Desde su santidad nos sigue invitando a esa misma reconciliación, construida sobre la verdad, la justicia, la reparación de las víctimas y la generosidad del perdón. La verdad sin justicia y sin reparación de las víctimas acaba siendo una farsa. Pero la reconciliación no sería auténtica si no logramos establecer mecanismos que ofrezcan caminos de perdón que no burlen la justicia. Perdón que solo la víctima puede dar, porque es moralmente superior a los verdugos y tiene siempre un corazón más generoso que los asesinos.

A monseñor Romero lo mataron mientras celebraba la eucaristía. Ya antes del 24 de marzo habían intentado acabar con él poniendo una bomba bajo el altar de la iglesia de la Basílica del Sagrado Corazón, en la que iba a celebrar su misa dominical. Había un odio evidente al servicio sacerdotal de monseñor Romero. Pero los asesinos no se daban cuenta de que matando al arzobispo en la eucaristía lo unían definitivamente a la sangre derramada del Señor. Jesús se nos dio como alimento en la eucaristía, pidiendo que hiciéramos memoria de su muerte y de su presencia resucitada entre nosotros en el pan y en el vino. Cuando celebramos una vez más la misa, emocionados en este momento histórico para nuestro pueblo, no dudemos de que la presencia del Señor está siempre acompañándonos. Está con nosotros en el pan de la palabra de Dios y también en la palabra firme de Romero. Esa palabra de sus homilías que lo caracteriza como un verdadero doctor de la Iglesia. El Señor permanece con nosotros en el pan compartido y en el vino con el que brindamos por la alegría de la resurrección. Está también con nosotros en la vida de Romero, unida a la resurrección de Cristo y compartida con nosotros. Jesús, el Cristo, está en la vida de todos los mártires y víctimas de El Salvador, incluso los más anónimos y olvidados. Ellos, unidos a Romero, celebran en el cielo la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, que ha iluminado la mente y el corazón de nuestro papa Francisco para regalar a la Iglesia universal, y al pueblo salvadoreño, la proclamación como santo, mártir y ejemplo de vida a nuestro san Romero de América. Que esta eucaristía, alegre ahora en la tierra y unida a la alegría de los mártires en el Reino de Dios, nos una a todos los pobres y afligidos del mundo. Que renueve, en ellos y en nosotros, la esperanza de un mundo más justo. Y que nos una también a la Iglesia universal en la que siempre florece la santidad cuando los corazones se abren al hermano en necesidad.

Que viva Monseñor Romero.

Que viva la Iglesia martirial de El Salvador.

Que viva el papa Francisco.

Que viva el pueblo salvadoreño con el que no cuesta ser pastor.

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Audiencia del Papa a los peregrinos de El Salvador en Roma. Comentario

Papa a obispos, “no escandalicen al pueblo”. Y piden a Romero doctor de la Iglesia

Francisco se reúne con los cinco mil salvadoreños llegados a Roma para participar en la canonización de Óscar Arnulfo Romero. Los pastores del país piden al Papa que inicie el proceso para declarar doctor de la Iglesia al “obispo de los pobres”
AP

El Papa con los salvadoreños

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Pubblicato il 15/10/2018
Ultima modifica il 15/10/2018 alle ore 12:42
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

 

 

“A los sacerdotes y a los obispos les pido: cuiden al pueblo santo de Dios, ¡no lo escandalicen!”. El ejemplo de Óscar Arnulfo Romero, mártir y emblema de El Salvador, en las palabras del Papa. Francisco se reunió hoy con cinco mil fieles llegados a Roma para participar en la canonización del “obispo de los pobres”, este domingo 14 de octubre en la Plaza de San Pedro. Ahí, en el Aula Pablo VI del Vaticano, escuchó la petición en bloque de los obispos salvadoreños: iniciar el proceso para declarar al arzobispo de San Salvador, asesinado en 1980, doctor de la Iglesia.

 

“El mensaje de san Óscar Romero va dirigido a todos sin excepción. Él repetía con fuerza que cada católico ha de ser un mártir, porque mártir quiere decir testigo, es decir, testigo del mensaje de Dios a los hombres”, sostuvo el pontífice, hablando en español. Fue una audiencia de fuertes trazos latinoamericanos, con alegría y música, que empezó temprano con una misa.

 

Luego llegó el Papa. La expectación era grande, porque muchos esperaban el anuncio de una visita apostólica a El Salvador. Desde hace meses, los obispos del país la piden con insistencia. Primero apuntaron a lograr que el líder católico canonizase a Romero en su país. Desechada esta opción, en junio el cardenal Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, habló con Jorge Mario Bergoglio y le planteó la posibilidad de un gira corta, incluso de algunas horas, al margen del ya programado viaje a Panamá para la Jornada Mundial de la Juventud de enero. “Me gusta la idea”, deslizó el líder católico.

 

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Pero el anuncio no llegó esta vez. De todas maneras los pastores salvadoreños no se desanimaron. Al contrario, doblaron la apuesta y volvieron a insistir con su invitación. El encargado de transmitir el mensaje de saludo al pontífice, a su llegada al Aula Pablo VI, fue José Luis Escobar Alas, actual arzobispo de San Salvador. No sólo pidió el viaje papal, hizo otras solicitudes.

 

“Deseo suplicarle, en nombre de los pastores del pueblo de Dios, de la manera más atenta, humilde y respetuosa, tenga a bien autorizar la apertura del debido proceso para que san Oscar Arnulfo Romero sea declarado doctor de la Iglesia, pues estamos seguros que su valiosísimo magisterio ayudará a la Iglesia, a la falta de fe y será un mensaje ante las violaciones gravísimas de los derechos humanos”, dijo.

 

Una petición que nadie esperaba y que podría convertirse en un poderoso signo del actual pontificado. Luego, renovó la solicitud del viaje. “En nombre de todos los salvadoreños le extendemos una cordial invitación a visitar nuestro país. Le invitamos a visitar a monseñor Romero y le pedimos que, en esa misma ocasión, tenga la bondad de beatificar al padre Rutilio Grande. Tener a su santidad en nuestro país será una inmensa gracia”, continuó.

 

REUTERS

 

Se refirió así al sacerdote asesinado en 1977 y cuyo ejemplo impulsó un viraje en el compromiso pastoral de Romero. El propio obispo mártir confesó que, a su llegada a la Arquidiócesis de San Salvador, uno de los que más le animó fue Grande, pocas semanas antes de su homicidio. Actualmente, el proceso de beatificación de este jesuita se encuentra abierto en la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano.

 

Antes de concluir su mensaje, el arzobispo Escobar Alas habló de los “momentos de turbulencia” que vive la Iglesia por los escándalos de los últimos meses (a causa de los abusos sexuales contra menores) y aseguró la “enorme fidelidad”, el “total apoyo” y la “oración constante” de todos los salvadoreños por su ministerio petrino.

 

Inmediatamente después tomó la palabra el Papa. No hizo el esperado anuncio de viaje, tampoco habló del posible nombramiento de doctor de la Iglesia. Pero sí repasó algunos trazos característicos en la figura de Romero. “San Óscar veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres”, señaló. Y lo puso como ejemplo para los presbíteros, pidiéndoles que trabajen sin cercar para que Dios perdone sin cesar a los hombres que se arrepienten de su miseria.

 

“Desde aquí envío mi saludo a todo el pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y vibra hoy por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. Sus gentes tienen una fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar”, dijo.

 

“Sin embargo, no han faltado las dificultades y el flagelo de la división y de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente. No son pocos los salvadoreños que han tenido que abandonar su tierra buscando un futuro mejor. El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica”, abundó.

 

Al final, pronunció algunas palabras fuera del discurso preparado. A Romero, afirmó, la gente lo quería porque el pueblo de Dios “sabe olfatear bien dónde hay santidad”. Agregó que, entre los presentes, debía agradecer a mucha gente pero, como no podía saludar a todos, convocó a una persona elegida especialmente: Angelita Morales, una mujer que siempre estuvo junto al obispo mártir y a quien llamó al escenario para un saludo particular.

 

El Papa se despidió con una broma: Preguntó a los presentes si habían pagado el ingreso a la audiencia y todos respondieron que no, a coro. Entonces exclamó, desatando la risa y el aplauso generalizado: “Ahora van a tener que pagar y el precio es que recen por mí”.


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El Papa a los salvadoreños peregrinos en Roma pàra la canonización de Romero

El Papa a los peregrinos de El Salvador: “San Romero, mártir del mensaje de Dios”

El Papa Francisco recibió en audiencia la mañana de este lunes, 15 de octubre, en el Aula Pablo VI del Vaticano, a los peregrinos de El Salvador que vinieron a Roma con ocasión de la canonización de San Óscar Romero y pide a los sacerdotes y obispos que “no escandalicen” al Santo pueblo fiel de Dios, sino que “le cuiden”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Desde aquí envío mi saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y vibra hoy por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. Sus gentes tienen una fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar”, con estas palabras el Papa Francisco alentó este lunes, 15 de octubre, a los peregrinos de El Salvador que vinieron a Roma con ocasión de la canonización de San Óscar Romero, a quienes recibió en audiencia en el Aula Pablo VI del Vaticano.

San Óscar Romero, encarna la imagen del buen Pastor

En su discurso, el Santo Padre agradeció y saludó a los más de cinco mil peregrinos que han venido a Roma para participar en la canonización de Mons. Romero y venerar un pastor insigne del continente americano, y al mismo tiempo, para manifestar su adhesión y cercanía al Sucesor de Pedro. “San Óscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas – precisó el Pontífice al saludar a los Obispos de El Salvador – por ello, y ahora mucho más desde su canonización, pueden encontrar en él un «ejemplo y un estímulo» en el ministerio que les ha sido confiado. Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con celante afecto colegial. Que el santo Obispo Romero – invocó el Papa – los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo de Dios”.

San Óscar Romero, servidor del pueblo sacerdotal

Asimismo, el Papa Francisco dirigió unas palabras de afecto a los numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas presentes. “Ustedes, que se sienten llamados a vivir un compromiso cristiano inspirado en el estilo del nuevo santo – alentó el Pontífice – háganse dignos de sus enseñanzas, siendo ante todo «servidores del pueblo sacerdotal», en la vocación a la que Jesús, único y eterno sacerdote, los ha llamado. San Óscar Romero veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres. Queridos hermanos, trabajen sin descanso para dar cauce a ese anhelo infinito de Dios – agregó el Papa – de perdonar a los hombres que se arrepienten de su miseria, y para abrir el corazón de sus hermanos a la ternura del amor de Dios, también a través de la denuncia profética de los males del mundo”.

San Óscar Romero, cada católico ha de ser un mártir

De igual modo, el Santo Padre expresó un cordial saludo a los numerosos peregrinos venidos a Roma para participar en esta canonización, procedentes de El Salvador y de otros países de Latinoamérica. “El mensaje de san Óscar Romero va dirigido a todos sin excepción. Él repetía con fuerza que cada católico ha de ser un mártir – recordó el Papa citando la homilía que pronunció el Santo el I Domingo de Adviento de 1977 – porque mártir quiere decir testigo, es decir, testigo del mensaje de Dios a los hombres. Dios quiere hacerse presente en nuestras vidas, y nos llama a anunciar su mensaje de libertad a toda la humanidad. Solo en Él podemos ser libres: libres del pecado, del mal, del odio en nuestros corazones, libres para amar y acoger al Señor y a los hermanos”.

San Óscar Romero, la fuerza de la oración

Pero ser verdaderamente libres, no es fácil, puntualizó el Papa Francisco, y por eso necesitamos el apoyo de la oración. Necesitamos estar unidos a Dios y en comunión con la Iglesia. “San Óscar nos dice que sin Dios, y sin el ministerio de la Iglesia, esto no es posible. En una ocasión, se refería a la confirmación como al «sacramento de mártires» – señaló el Pontífice y es que sin «esa fuerza del Espíritu Santo, que los primeros cristianos recibieron de sus obispos, del Papa…, no hubieran aguantado la prueba de la persecución; no hubieran muerto por Cristo». Llevemos a nuestra oración estas palabras proféticas, pidiendo a Dios su fuerza en la lucha diaria para que, si es necesario, estemos dispuestos también a dar nuestra vida por Cristo”.

San Óscar Romero, signo de paz y reconciliación en Latinoamérica

Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco envió un saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y vibra hoy por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. “Sus gentes tienen una fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar”. Y pese a que no han faltado las dificultades y el flagelo de la división y de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente – aseguró el Papa – ese Pueblo resiste y va adelante”. No son pocos los salvadoreños que han tenido que abandonar su tierra buscando un futuro mejor. El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica”.

“Junto a todos ustedes, uniéndome a su alegría, concluyó el Papa Francisco, pido a María, Reina de la Paz, que cuide con ternura de El Salvador y nuestro Señor bendiga a sus gentes con la caricia de su misericordia. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias”.


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Todo sobre la ceremonia de canonización del 14 octubre

The banners of new saints Oscar Romero and Paul VI hang from the facade of St. Peter’s Basilica as Pope Francis celebrates the canonization Mass for seven new saints in St. Peter’s Square at the Vatican Oct. 14. \(CNS photo/Paul Haring)

Seventy thousand pilgrims from all continents, including thousands from Latin America, applauded enthusiastically this morning in St. Peter’s Square when Pope Francis declared Paul VI, the reforming pope of the Second Vatican Council, Óscar Romero, the martyr archbishop of El Salvador and advocate of the poor, and five others—including two women religious, two priests and a 19-year-old layman—saints of the universal church.

Francis, the first Latin American pope, identifies strongly with both Paul VI and Archbishop Óscar Arnulfo Romero. He sees Paul VI (1897-1978) as the pope who had a broad vision of the church that was inspired by Vatican II, and Archbishop Romero (1917-80) as one who incarnated that vision in his total commitment to the poor. Francis sees himself as continuing the reforming work of the Second Vatican Council that Paul VI first began and as following in the footsteps of Archbishop Romero’s commitment and dedication to the poor. He made this clear at Mass today by wearing the blood-stained cincture that Archbishop Romero was wearing when he was assassinated “out of hatred for the faith” while celebrating Mass on March 24, 1980 and also by wearing a pallium, carrying the crozier and using a chalice belonging to Paul VI.

He referred to both saints in his homily when he commented on the Gospel story told by St. Mark the Evangelist that was sung in Latin and Greek at the Mass. That story recounted how a rich young man ran up to Jesus and asked what he must do “to inherit eternal life,” since he had observed all the commandments. Francis noted that the young man asked what he must “do”; in other words, he wanted “a good to be obtained, by his own efforts.” But, the pope recalled, “Jesus changes the perspective: from commandments observed in order to obtain a reward, to a free and total love. That man was speaking in terms of supply and demand, Jesus proposes to him a story of love” and calls on him to “sell what you have and give to the poor.”

Pope Francis told the crowd “the Lord does not discuss theories of poverty and wealth but goes directly to life. He asks you to leave behind what weighs down your heart, to empty yourself of goods in order to make room for him, the only good. We cannot truly follow Jesus when we are laden down with things. Because if our hearts are crowded with goods, there will not be room for the Lord, who will become just one thing among the others.”

Then, looking at the 120 cardinals, 500 bishops and 3,000 priests that were concelebrating with him, the presidents of El Salvador, Chile, Italy and Panama, who were seated on the steps of the basilica alongside the former queen of Spain, Sofia, and delegations from many countries as well as the former Archbishop of Canterbury, Rowan Williams, and the Nobel peace laureate Adolfo Perez Esquivel, the pope told them: “Jesus is radical. He gives all and he asks all: He gives a total love and asks for an undivided heart.”

He made clear that Paul VI and Archbishop Romero responded to the radical call of Jesus with “an undivided heart,” each in their own way: one as pope and leader of the Catholic world and one as an archbishop serving the poor and oppressed in the midst of a civil war in El Salvador.

“Paul VI spent his life for Christ’s Gospel, crossing new boundaries and becoming its witness in proclamation and in dialogue, a prophet of a church turned outward, looking to those far away and taking care of the poor,” Pope Francis said.

Francis sees himself as continuing the reforming work of the Second Vatican Council that Paul VI first began and as following in the footsteps of Archbishop Romero’s commitment and dedication to the poor.

His words appeared to refer to the missionary outreach of Paul VI, who served as pope from 1963 to 1978. As pope, he visited the Holy Land in 1964 where, overcoming centuries of division, he embraced the Orthodox Patriarch of Constantinople, Athenagoras I, in Jerusalem. He also traveled to India and the Lebanon that same year to reach out to the poor, and later to Geneva. He went to the United Nations in New York in 1965 and appealed to the governments of the world, “Never again war!” He visited Fatima in 1967 and Turkey that same year to meet the ecumenical patriarch and reach out the Muslims. He went to Colombia in 1968 to encourage the bishops of Latin America and the Caribbean implement the teachings of the Second Vatican Council through the preferential option for the poor; and he went to Iran, Pakistan, the Philippines, the Samoan Islands, Australia, Indonesia, Hong Kong and Sri Lanka in 1970. He wrote famous encyclicals, including his first “Ecclesiam Suam” (1964), which highlights the importance of dialogue, and “Populorum Progressio” (1967) on “the development of peoples.”

In his homily, Francis recalled that “even in the midst of tiredness and misunderstanding, Paul VI bore witness in a passionate way to the beauty and the joy of following Christ totally.” Here, he appeared to be referring, among other things, to the opposition Paul VI encountered both from traditionalist sectors in the church over his Vatican II-inspired reform of the liturgy and his imposing age limits on bishops and cardinals as well as the opposition that came from progressive sectors over the encyclical “Humanae Vitae” (1968), and from right-wing political and economic sectors in the world.

Francis told his worldwide audience, and the thousands who had come from Brescia and Milan where Giovanni Battista Montini, the future pope, was born and served as archbishop, “Today, Paul VI still urges us, together with the Council whose wise helmsman he was, to live our common vocation: the universal call to holiness. Not to half measures but to holiness.”

He said, “It is wonderful that together with him and the other new saints today, there is Archbishop Romero, who left the security of the world, even his own safety, in order to give his life according to the Gospel, close to the poor and to his people, with a heart drawn to Jesus and his brothers and sisters.”

His words about Romero were surprisingly few but they went to the essential and were cheered on by the 8,000 Salvadoran pilgrims present, many of whom waved their national flag.

Archbishop Romero’s faithful friend and collaborator, Gregorio Rosa Chávez, the humble auxiliary bishop of San Salvador whom Francis made cardinal in 2017, concelebrated the Mass with Francis along with the archbishop of that same archdiocese.

“Paul VI spent his life for Christ’s Gospel, crossing new boundaries and becoming its witness in proclamation and in dialogue, a prophet of a church turned outward, looking to those far away and taking care of the poor,” Pope Francis said.

Pope Francis will meet the Salvadoran bishops tomorrow and is expected to announce that when he goes to the World Youth Day in Panama in January 2019, he will also visit El Salvador and pray at the tomb of Saint Óscar Romero.

In his homily, Pope Francis briefly mentioned the other five new saints who also responded “with undivided hearts” to the radical call of Jesus. Two were Italian priests:Francesco Spinelli (1853-1913), who founded a religious order of women devoted to the adoration of the Blessed Sacrament, and Vincenzo Romano (1751-1831), a diocesan priest. Another two were women religious: the German-born, Maria Caterina Kasper (1820-98), and the Spanish born Nazaria Ignazia of St. Teresa of Jesus (1889-1943), who spent most of her life in Bolivia but died in Argentina. The Bolivians consider her their country’s first saint. The seventh saint was a 19-year-old Italian young man, Nunzio Sulprizio (1817-36). He was a blacksmith’s apprentice who suffered ill health but was renowned for his holiness. Pope Francis was delighted that he could canonize him during the synod on young people, many of whom were present at the ceremony today.

At the end of Mass, Pope Francis, who is in good health and clearly full of joy, greeted the cardinals and distinguished visitors before driving among the enthusiastic crowd. It was a historic day in the life of the church and one that will be remembered for decades to come, especially in Latin America.


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Las últimas palabras de Mons. Romero poco antes de su muerte.

Archbishop Romero with Saint John Paul II (Wikimedia Commons).

As archbishop of San Salvador, Óscar Romero advocated for the poor and worked for peace amid an escalating civil war. For this reason, he was assassinated as he concluded his homily on March 24, 1980. On Sunday, Oct. 14, Óscar Romero will be canonized in Rome.

The Mass was being offered for the first anniversary of the death of Sara Meardi de Pinto, mother of Jorge Pinto, publisher and editor of El Independiente, a small weekly newspaper. The Gospel reading was Jn. 12:23-26:

The hour has come for the Son of Man to be glorified. I assure you, unless the grain of wheat falls to the ground and dies, it remains infertile. But if it dies, it produces a great yield. Those who love their own life lose it; those who hate themselves in this world will be preserved for life eternal. Let whoever wants to serve me, follow me; and my servant will be where I am. Whoever serves me will be rewarded by my Father.

James R. Brockman, S.J., author of Romero: A Life (Orbis Books) and editor/translator of Romero’s The Violence of Love (Harper), reexamined the tape recording of Archbishop Romero’s homily and published the following translation of it in the March 28, 1992, issue of America:

Because of what Jorgito has written in today’s editorial in El Independiente, I have some understanding of his filial emotions on the anniversary of his mother’s death. In particular, I can glimpse her noble spirit, how she placed all of her refined education, her graciousness, at the service of a cause that is so important today: our people’s true liberation.

You have just heard Christ’s Gospel, that one must not love oneself so much as to avoid getting involved in the risks of life which history demands of us.

My dear brothers and sisters, I think we should not only pray this evening for the eternal rest of our dear Doña Sarita, but above all we should take up her message, which every Christian ought to give intense life to. Many do not understand, and they think Christianity should not get involved in such things. But, to the contrary, you have just heard Christ’s Gospel, that one must not love oneself so much as to avoid getting involved in the risks of life which history demands of us, that those who would avoid the danger will lose their life, while those who out of love for Christ give themselves to the service of others will live, like the grain of wheat that dies, but only apparently. If it did not die, it would remain alone. The harvest comes about because it dies, allows itself to be sacrificed in the earth and destroyed. Only by destroying itself does it produce the harvest.

From her place in eternity, Doña Sarita wonderfully confirms the message of the following passage from Vatican II, which I have chosen on her behalf. It says:

We do not know when the earth and humanity will be consummated, nor do we know how the universe will be transformed. This world’s present state, deformed by sin, is to pass away. But God teaches us that He is preparing a new dwelling place and a new earth where justice dwells and whose blessedness will fulfill and surpass all the longings for peace which spring up in the human heart. Then, when death has been overcome, God’s children will arise in Christ. What was sown as something weak and corrupt will be clothed with incorruptibility. Charity and its fruits will endure, and all the creatures that God created with human beings in mind will be free of the bondage of futility.

We are warned that it profits one nothing to gain the whole world and lose oneself. Nevertheless, the expectation of a new earth must not weaken but rather stimulate our concern for perfecting this earth, where the body of the new human family grows, a body that even now is able in some way to foreshadow that new age. And so, to the extent that temporal progress can contribute to the better ordering of human society, it is of serious concern for the kingdom of God, even though temporal progress must be carefully distinguished from the growth of Christ’s kingdom.

Let us do what we can. We can all do something, at least have a sense of understanding.

For after we have spread the benefits of human dignity, brotherhood and freedom across the earth in the Lord’s Spirit and following his command, we shall rediscover all those good effects of our nature and of our efforts, but clean of every stain, brightened and transfigured. Then Christ will hand over to the Father “an eternal and universal kingdom: a kingdom of truth and life, a kingdom of holiness and grace, a kingdom of justice, love and peace” [Preface from the Mass of Christ the King]. “On this earth that kingdom is already present in mystery. When the Lord returns, its perfection will be accomplished” [Gaudium et Spes, No. 39].

This is the hope that inspires us Christians. We know that every effort to better a society, especially one that is so enmeshed in injustice and in sin, is an effort that God blesses, that God desires, that God demands of us. And when one finds generous people, like Sarita, and her thought incarnated in Jorgito and in all those who work for these ideals—one must try to purify them, of course, Christianize them, clothe them with the hope of what lies beyond. That makes them stronger, giving us the assurance that all that we work at on earth, if we nourish it in a Christian hope, will never be a failure. We’ll find it in a purer form in that kingdom where our merit will be in what we have worked at here on earth.

I think that to aspire is not without purpose at a time of hope and struggle, on this anniversary. We remember with gratitude that generous woman who was able to sympathize with the concerns of her husband and of her son and of all who work for a better world, and who added her own part, her grain of wheat, in her suffering. Beyond a doubt, this will guarantee that her heavenly reward will be in proportion to that sacrifice and understanding, which many lack at this moment in El Salvador.

This holy Mass, the Eucharist, is itself an act of faith. With Christian faith we know that at this moment the wheaten host is changed into the body of the Lord who offered himself for the world’s redemption and in that chalice the wine is transformed into the blood that was the price of salvation. May this body immolated and this blood sacrificed for humans nourish us also, so that we may give our body and our blood to suffering and to pain—like Christ, not for self, but to impart notions of justice and peace to our people.

Let us, then, join together intimately in faith and hope at this moment of prayer for Doña Sarita and for ourselves.

[At this moment the fatal shot struck Archbishop Romero, and he fell mortally wounded.]

Nuevas revelaciones sobre la personalidad de Mons. Romero

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Frases desconocidas de Romero: “Si algo me sucede estoy dispuesto a todo”

A escasas horas de la declaración como santo del “obispo de los pobres”, el domingo 14 de octubre en la Plaza de San Pedro, aparecen palabras hasta ahora desconocidas del arzobispo de San Salvador y revelan una misteriosa “conexión argentina” con el francotirador que lo asesinó en 1980
AFP
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Pubblicato il 11/10/2018
Ultima modifica il 11/10/2018 alle ore 22:46
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Dios va conmigo y, si algo me sucede, estoy dispuesto a todo”. Se lo nota tranquilo a Óscar Arnulfo Romero mientras pronuncia estas palabras. Verlo con tal serenidad impresiona. A escasas horas de su elevación a los altares como santo, estas y otras frases -hasta ahora desconocidas- salieron a la luz gracias a la recuperación de un documental realizado por una televisión suiza casi 40 años atrás. Un testimonio único que confirma cuán consciente era, el arzobispo de San Salvador, del riesgo que corría. Un presagio de aquel 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado por un francotirador, hasta ahora anónimo, vinculado con una misteriosa “conexión argentina”.

 

En el año 1979, un equipo televisivo propuso a Romero seguirlo con sus cámaras, día y noche durante una semana. El obispo aceptó. En una pausa de sus visitas pastorales, uno de los periodistas -en improvisado español- le hizo dos preguntas claves. Las respuestas resultan emblemáticas, aunque permanecieron olvidadas por décadas. El programa original estaba doblado en alemán. Fue necesario ir a buscar los videos maestros, para descubrir el contenido.

 

“¿Cómo es que usted se convirtió de un obispo conservador a un obispo progresista?”, le interrogaron. Romero contestó: “Yo no creo que hubo un cambio sustancial, hubo más bien una evolución con las circunstancias. Como sacerdote quise ser siempre fiel a la vocación, al servicio de la Iglesia. No había habido una circunstancia violenta como la que me tocó al llegar al arzobispado, que cuando yo llegué estaban expulsando sacerdotes y, al mes siguiente de mi llegada, mataron al padre Rutilio Grande. Él que participó en los primeros diálogos con el clero me dio mucho ánimo, sobre todo porque no era sólo un colaborador sino un ejemplo de fidelidad”.

 

Ahí confirma lo que muchos sabían: fue el impacto del asesinato del jesuita, en 1977, el que lo empujó a sentar posición. “El impulso de él, por una parte, y el deseo de defender una Iglesia tan perseguida, del asesinato del sacerdocio, me impulsaron a una pastoral con más sentido de fortaleza, en defensa de los derechos de la Iglesia y de los derechos del hombre”, añadió.

 

Inmediatamente después, el comunicador cuestiona sin ambigüedades: “¿Usted tiene miedo que lo maten, como lo mataron al padre Rutilio Grande?”. La contestación es sugestiva: “Miedo propiamente no, cierto temor prudencial sí pero no un miedo que me inhiba, que me impida trabajar. Al contrario, creo que muchos me dicen que debo cuidarme un poco, que no debo andar exponiéndome, pero yo siento que mientras camine en el cumplimiento de mi deber, que me desplace libremente a ser un pastor de las comunidades, Dios va conmigo y si algo me sucede, estoy dispuesto a todo”.

 

Estas dos respuestas se encuentran entretejidas con episodios significativos en la vida de Óscar Romero. Por un lado, prevalece su contradicción interna entre una tendencia interior “conservadora”, de gran influjo romano, y, por otro, se impone el llamado de su conciencia a una predicación incisiva, una pastoral incómoda, social y políticamente.

 

Contradicción plasmada en un documento conservado en la Santa Sede, que el propio arzobispo escribió para defenderse de acusaciones en su contra y en cuya redacción le ayudó el hoy cardenal Gregorio Rosa Chávez. Fue el propio obispo auxiliar de San Salvador a revelar ese detalle, la tarde de este jueves durante una conferencia en la sala de prensa del Vaticano. Dirigido a un cardenal de la Curia Romana, Romero precisó: “Yo soy conservador, pero esta realidad me obliga a mi a reaccionar. Dios me lo pide, no es que yo lo quiera. Es contra mi voluntad”.

 

Rosa Chávez, uno de los hombres más cercanos al mártir, recordó el vínculo del “obispo de los pobres” con cuatro Papas. Pablo VI fue su guía y maestro, lo elevó al episcopado. “Con Juan Pablo II tuvo dos momentos: uno desconcertante, al principio, cuando el Papa lo trató bastante mal. Él pensaba en la experiencia de los comunistas en Polonia, estaba acostumbrado a luchar contra el comunismo y el nazismo, no le parecía un obispo que estaba ahí en El Salvador ‘con los izquierdistas’, pero después comprendió que era otra cosa”, contó el purpurado.

 

Luego relató el viraje de Karol Wojtyla, ilustrándolo con dos anécdotas específicas. La primera ya conocida, cuando el Papa visitó la tumba de Romero durante su primer viaje al país, en 1983. Incluso contra la oposición del gobierno. La otra ocurrió el 21 de noviembre del año 2000, durante una audiencia privada del entonces arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, y él, como auxiliar, con el pontífice polaco.

 

“Papa estaba ya muy enfermo, casi ni reaccionaba y de repente levantó la cabeza y preguntó: ‘¿Y monseñor Romero?’. Después de escuchar algunas explicaciones, se levantó, tomó su bastón y exclamó: ‘Es un martirio’ y se fue. Eso fue todo lo que dijo”, precisó Rosa Chávez. Aquel episodio salió a relucir un día después, durante una reunión con Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El cardenal sostuvo: “Le conté ese episodio y añadí: ‘Eminencia, el santo padre dijo: Romero es nuestro, no dejemos que nos lo arrebaten’. Él replicó: ‘Romero es nuestro’. Así que Ratzinger descubrió a Romero poco a poco, pensó que era un liberacionista fanático y encontró un pastor apasionado, dos cosas muy diferentes”.

 

El purpurado salvadoreño detalló cómo el equipo de la Doctrina de la Fe analizó, “palabra por palabra” todas las homilías públicas del mártir, registradas en 30 horas de grabación. Incluso afirmó que el propio Ratzinger preguntó si no había “homilías que hubiesen sido escondidas porque eran heréticas”. Y apuntó: “Se sorprendió porque no había nada heterodoxo”. Muchos años después, en 2007, cuando viajó a Brasil para participar en la asamblea del episcopado latinoamericano en Aparecida, ante la pregunta sobre qué pensaba de Romero, Benedicto XVI señaló sin dudar: “Es un gran testigo de la fe”.

 

No obstante, durante años y hasta inicios de 2013, el proceso de beatificación del arzobispo de San Salvador permaneció bloqueado. Rosa Chávez identificó en varios personajes la responsabilidad por la mala imagen que, a lo largo dos décadas, Romero tuvo en la Curia Romana. Entre ellos a obispos, cardenales y el embajador salvadoreño ante la Santa Sede, quien “se exaltaba” cada vez que alguien le hablaba del obispo.

 

También recordó que, aún siendo cardenal y en la misma reunión de Aparecida, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, ante la pregunta de un sacerdote sobre Romero él contestó: “Para mi es un santo y un mártir, si fuera Papa ya lo habría canonizado”.

 

El país natal del Papa Francisco parece recurrente en la historia del arzobispo mártir. Y ahora, Rosa Chávez, reveló una “conexión argentina” relacionada con el autor del disparo que acabó con su vida, mientras celebraba misa en la capilla del hospital Divina Providencia de la Colonia Miramonte. “Un cura argentino me dijo: Cerca de mi ciudad se encuentra una escuela para formar francotiradores y me dicen que de ahí salió el que mató a Romero. Esta hipótesis tiene relación con la conexión argentina en el asesinato”, relató el cardenal.

 

Agregó que, antes del homicidio, el nuncio apostólico en Argentina recibió a un representante de la embajada estadounidense y este le reveló: “Romero está en peligro, por favor dígale que -quizás- la semana próxima será asesinado”. Entonces, el secretario de la embajada vaticana en Buenos Aires llamó al nuncio en Costa Rica, Lajos Kada, y este, a su vez, llamó al arzobispo.

 

Rosa Chávez completó así su relato: “El arzobispo escribió en su diario: me llamó el nuncio y me dijo que, quizás, la próxima semana seré asesinado. E inmediatamente ofreció su vida. Cuando fui administrador apostólico porque falleció (el arzobispo Arturo) Rivera y Damas, escribí a este nuncio y le pregunté al respecto, él me respondió: ‘Es verdad, yo le avisé a Romero’. Por lo tanto tenemos datos concretos sobre la conexión argentina. Aunque el nombre del francotirador aún no lo sabemos”.