Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Cardenal Kasper y el Sínodo sobre la familia.

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Elisabetta Piqué ha entrevistado al Cardenal Kasper sobre el ya inminente Sínodo de obispos sobre la familia.

La periodista expone diversos temas problemáticos y en particular la cuestion de la comunión a los divorciados reesposados. El Cardenal puntualiza que además de este problema hay otros relacionados con el matrimonio y la familia.

Para acceder a la entrevista, basta pulsar el siguiente enlace:

http://vaticaninsider.lastampa.it/es/reportajes-y-entrevistas/dettagliospain/articolo/sinodo-famiglia-36662/

 

 

 

 

http://vaticaninsider.lastampa.it/es/reportajes-y-entrevistas/dettagliospain/articolo/sinodo-famiglia-36662/


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No más muertes en el mar. Campaña Amn.Int.

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No más muertes en el mar. #SOSEurope

Iniciada el 09 de julio de 2014. Actualizada el 30 de septiembre de 2014.

¡Actúa!

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17.221 firmantes

Enviaremos esta petición en tu nombre al Presidente del Gobierno Sr. Mariano Rajoy

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Más información
Buque de la Armada italiana "Virginio Fasan" realizando actividades de búsqueda y rescate en el Mediterráneo central dentro de la operación "Mare Nostrum"
Buque de la Armada italiana “Virginio Fasan” realizando actividades de búsqueda y rescate en el Mediterráneo central dentro de la operación “Mare Nostrum”, agosto de 2014 © Amnistía Internacional

Este año, 130.000 personas han intentando llegar a Europa por mar, huyendo de conflictos, persecución ypobreza. Por desgracia, entre enero y septiembre son más de 2.500 los hombres, mujeres, niños y niñas que se han dejado la vida en el intento. La cifra exacta nunca la sabremos porque son muchos los cuerpos que se pierden en el mar, muchas las muertes que caen en el olvido.

“Cuando la barca se hundió, no encontraba a mis amigos. Me preguntaba: ¿Dónde están? Entonces encontré a Omar, pero había otro amigo que no aparecía por ningún lado. Quise ayudar a otros, pero no pude. Omar y yo nos ayudamos el uno al otro, pero fue difícil nadar durante horas. En el agua, todo el mundo buscaba a familiares y amigos.”
Mohammed, refugiado sirio de 21 años, contó su testimonio a Amnistía Internacional. Mohammed y otras 400 personas viajaban en un barco que se hundió el 11 de octubre de 2013 a unas siete millas de la isla de Lampedusa (Italia).

Todos los años, los conflictos, la persecución y la pobreza obligan a millones de personas como Mohammed a abandonar sus hogares en todo el mundo. Un porcentaje muy pequeño busca refugio o una vida mejor en los estados miembros de la Unión Europea que, sin embargo, están cada vez más decididos a impedirles entrar. En los últimos años, no han dejado de levantar vallas – reales e invisibles – que han puesto las cosas aún más difíciles a quienes, desesperados, se arriesgan todavía a emprender el viaje.

Las políticas migratorias de la UE ponen vidas en peligro. El coste humano es incalculable.

¡ACTÚA! Exige a Mariano Rajoy que utilice su influencia para que la UE:

  • refuerce las operaciones de búsqueda y salvamento en el Mediterráneo y el Egeo;
  • abra rutas legales y seguras para evitar que las personas que huyen del conflicto y persecución se vean obligadas a realizar viajes peligrosos;
  • y deje de cooperar con países que violan derechos humanos, para que estos países restrinjan los flujos migratorios hacia la Unión Europea.

Envía tu propio barco de salvamento:

Como tú, no queremos ver más muertes en el mar. Por eso, te pedimos que nos ayudes a recordarle a Rajoy que rescatar a las persona debe estar por delante de la protección de las fronteras. Construye tu propio barco de papel con el mensaje #SOSEurope y envíaselo a través de Twitter utilizando la etiqueta #SOSEurope. Infórmate en este enlace.


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Los ancianos. Su situación real hoy en el mundo.

Casi la mitad de las personas de edad carecen de pensión, según la OIT

Personas mayores en Seúl, Corea del Sur Foto archivo: ONU/Kibae Park

30 de septiembre, 2014 — El 48% de las personas que superan la edad de la jubilación en el mundo carecen de una pensión, reveló un nuevo informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El estudio también señala que el 52% de quienes sí perciben esa remuneración no tienen una cobertura adecuada y el nivel de su ingreso es insuficiente.

Según la OIT, esta situación obliga a las personas en ese grupo de edad a seguir trabajando el mayor tiempo posible, con frecuencia en condiciones precarias y con una remuneración muy baja.

El informe, que analiza la situación en 178 países, explica que en los últimos años, muchas economías de ingresos medios y bajos han expandido rápidamente la cobertura de las pensiones gracias a una combinación de ingresos sociales financiados por los impuestos.

Asimismo, constata que más de 45 países han alcanzado el 90% de cobertura y 20 países en desarrollo han logrado casi un alcance universal.

En este sentido, la directora del Departamento de Seguridad Social de la OIT, Isabel Ortiz, subrayó la importancia de que esa expansión de las pensiones también garantice que éstas sean adecuadas.

“Las mujeres y los hombres de edad tienen el derecho a jubilarse con dignidad, sin caer en la pobreza. Este es un problema a escala mundial”, apuntó.

Ortiz agregó que debido a su impacto positivo tanto en el desarrollo económico como en el social, la protección social está en el primer plano de la agenda de desarrollo post 2015.

Muchos países de ingresos medios están ampliando la protección social como parte de sus estrategias dirigidas a impulsar el crecimiento económico.

“China, por ejemplo, ha logrado una cobertura casi universal de las pensiones y un aumento de los salarios”, indicó Ortiz.


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ONU: los discursos del Secretario de Estado del Vaticano en la asamblea y en el Consejo de Seguridad (Italiano e inglés)

 onu 

69ª SESSIONE DELL’ASSEMBLEA GENERALE DELLE NAZIONI UNITE

INTERVENTO DEL SEGRETARIO DI STATO CARDINALE PIETRO PAROLINNew York
Lunedì, 29 settembre 2014
Signor Presidente,

Nell’estenderle le congratulazioni della Santa Sede per la sua elezione alla presidenza della 69ª Sessione dell’Assemblea Generale, desidero trasmettere i cordiali saluti di Sua Santità Papa Francesco a lei e a tutte le delegazioni partecipanti. Egli vi assicura della sua vicinanza e delle sue preghiere per il lavoro di questa sessione dell’Assemblea Generale, nella speranza che si possa svolgere in un clima di collaborazione produttiva, per la costruzione di mondo più fraterno e unito, individuando modi per risolvere i gravi problemi che oggi affliggono l’intera famiglia umana.

In continuità con i suoi predecessori, di recente Papa Francesco ha ribadito la stima e l’apprezzamento della Santa Sede per le Nazioni Unite quale mezzo indispensabile per costruire un’autentica famiglia di popoli. La Santa Sede apprezza gli sforzi di questa illustre istituzione, «realizzati a favore della pace mondiale e del rispetto della dignità umana, della protezione della persona, specialmente dei più poveri o più deboli, e dello sviluppo economico e sociale armonioso» (Discorso ai Membri del Consiglio dei Capi Esecutivi per il Coordinamento delle Nazioni Unite, 9 maggio 2014). Su questa linea, e in numerose occasioni, Sua Santità ha incoraggiato gli uomini e le donne di buona volontà a mettere le loro capacità efficacemente al servizio di tutti lavorando insieme, in collaborazione con la comunità politica e ogni settore della società civile (cfr. Messaggio al World Economic Forum, 17 gennaio 2014).

Pur ricordando i doni e le capacità della persona umana, Papa Francesco osserva che oggi esiste il pericolo di una diffusa indifferenza. Nella misura in cui questa indifferenza riguarda il campo della politica, colpisce anche i settori economico e sociale, «visto che una parte importante dell’umanità continua ad essere esclusa dai benefici del progresso e, di fatto, relegata a esseri umani di seconda categoria» (Discorso ai Membri del Consiglio dei Capi Esecutivi per il Coordinamento delle Nazioni Unite, 9 maggio 2014). Talvolta tale apatia è sinonimo di irresponsabilità. È questo il caso oggi, quando un’unione di Stati, creata con l’obiettivo fondamentale di salvare le generazioni dall’orrore della guerra che porta dolore indicibile all’umanità (cfr. Preambolo della Carta delle Nazioni Unite, 1), resta passiva dinanzi alle ostilità subite da popolazioni indifese.

Desidero ricordare le parole che Sua Santità ha rivolto al Segretario Generale all’inizio d’agosto: «È con il cuore carico e angosciato che ho seguito i drammatici eventi di questi ultimi giorni nel nord Iraq», pensando alle «lacrime, le sofferenze e le grida accorate di disperazione dei Cristiani e di altre minoranze religiose dell’amata terra dell’Iraq». Nella stessa lettera il Papa ha rinnovato il suo appello urgente alla comunità internazionale «ad intervenire per porre fine alla tragedia umanitaria in corso». Ha inoltre incoraggiato «tutti gli organi competenti delle Nazioni Unite, in particolare quelli responsabili per la sicurezza, la pace, il diritto umanitario e l’assistenza ai rifugiati, a continuare i loro sforzi in conformità con il Preambolo e gli Articoli pertinenti della Carta delle Nazioni Unite» (Lettera del Santo Padre al Segretario Generale dell’O.N.U. circa la situazione nel Nord dell’Iraq, 9 agosto 2014).

Oggi sono costretto a ripetere il sentito appello di Sua Santità e a proporre all’Assemblea Generale, come anche agli altri organi competenti delle Nazioni Unite, che questo organismo approfondisca la sua comprensione del momento difficile e complesso che stiamo vivendo.

Con la drammatica situazione nel nord dell’Iraq e in alcune parti della Siria, constatiamo un fenomeno totalmente nuovo: l’esistenza di un’organizzazione terrorista che minaccia tutti gli Stati promettendo di scioglierli e di sostituirli con un governo mondiale pseudoreligioso. Purtroppo, come il Santo Padre ha detto di recente, anche oggi c’è chi pretende di esercitare il potere forzando le coscienze e togliendo vite, perseguitando e assassinando nel nome di Dio (cfr. «L’Osservatore Romano», 3 maggio 2014). Queste azioni feriscono interi gruppi etnici, popolazioni e culture antiche. Occorre ricordare che questa violenza nasce dal disprezzo di Dio e falsifica la «religione stessa, la quale, invece, mira a riconciliare l’uomo con Dio, a illuminare e purificare le coscienze e a rendere chiaro che ogni uomo è immagine del Creatore» (Benedetto XVI, Discorso ai Membri del Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede, 7 gennaio 2013).

In un mondo di comunicazioni globali, questo nuovo fenomeno ha trovato proseliti in molti luoghi ed è riuscito ad attrarre giovani da tutto il mondo, spesso disillusi da una diffusa indifferenza e dalla mancanza di valori nelle società opulente. Questa sfida, in tutti i suoi aspetti tragici, dovrebbe spingere la comunità internazionale a promuovere una risposta unificata, basata su solidi criteri giuridici e sulla volontà collettiva di cooperare per il bene comune. A tal fine, la Santa Sede ritiene utile concentrare l’attenzione su due ambiti importanti. Il primo è quello di affrontare le origini culturali e politiche delle sfide contemporanee, riconoscendo il bisogno di strategie innovative per far fronte a questi problemi internazionali in cui i fattori culturali svolgono un ruolo fondamentale. Il secondo ambito su cui riflettere è un ulteriore studio dell’adeguatezza del diritto internazionale oggi, vale a dire l’efficacia della sua attuazione da parte dei meccanismi utilizzati dalle Nazioni Unite per prevenire la guerra, fermare gli aggressori, proteggere le popolazioni e aiutare le vittime.

Dopo gli attacchi dell’11 settembre 2001, quando il mondo si risvegliò alla realtà di una nuova forma di terrorismo, alcuni media e centri di pensiero hanno eccessivamente semplificato quel tragico momento interpretando tutte le situazioni susseguenti e problematiche in termini di scontro di civiltà. Tale visione non teneva conto delle antiche e profonde esperienze di buone relazioni tra culture, gruppi etnici e religioni, e interpretava attraverso questa lente altre situazioni complesse quale la questione mediorientale e i conflitti civili attualmente in corso altrove. Similmente, ci sono stati dei tentativi per trovare cosiddetti rimedi legali per contrastare e prevenire la crescita di questa nuova forma di terrorismo. Talvolta sono state preferite soluzioni unilaterali a quelle fondate sul diritto internazionale. Anche i metodi adottati non hanno sempre rispettato l’ordine costituito o le particolari circostanze culturali di popoli che spesso si sono trovati involontariamente al centro di questa nuova forma di conflitto globale. Questi errori, e il fatto che siano stati approvati almeno tacitamente, ci dovrebbero portare a un serio e profondo esame di coscienza. Le sfide che pongono le nuove forme di terrorismo non devono farci soccombere a visioni esagerate e a estrapolazioni culturali. Il riduzionismo dell’interpretare situazioni in termini di uno scontro di culture, giocando sulle paure e i pregiudizi esistenti, porta solo a reazioni di natura xenofoba che, paradossalmente, servono a rafforzare proprio quei sentimenti che stanno al centro del terrorismo stesso. Le sfide che ci si pongono devono spronare a un rinnovato appello al dialogo religioso e interculturale e a nuovi sviluppi nel diritto internazionale, al fine di promuovere iniziative di pace giuste e coraggiose.

Quali sono, dunque, i cammini che possiamo seguire? Prima di tutto, c’è il cammino della promozione del dialogo e della comprensione tra culture, che è già implicitamente contenuto nel Preambolo e nel primo articolo della Carta delle Nazioni Unite. Questo cammino deve diventare un obiettivo sempre più esplicito della comunità internazionale e dei Governi se davvero siamo impegnati per la pace nel mondo. Allo stesso tempo dobbiamo ricordare che non spetta alle organizzazioni internazionali o agli Stati inventare la cultura, né è possibile farlo. Similmente, non compete ai Governi affermarsi come portavoce di culture, né essere gli attori principali responsabili del dialogo culturale e interreligioso. La crescita naturale e l’arricchimento della cultura sono, piuttosto, frutto di tutte le componenti della società civile che lavorano insieme. Le organizzazioni internazionali e gli Stati hanno sì il compito di promuovere e sostenere, in modo decisivo e con i necessari mezzi finanziari, quelle iniziative e quei movimenti che promuovono il dialogo e la comprensione tra culture, religioni e popoli. La pace, dopo tutto, non è il frutto di un equilibrio di poteri, ma piuttosto l’esito della giustizia a ogni livello e, cosa più importante, responsabilità condivisa degli individui, delle istituzioni civili e dei Governi. In effetti, ciò significa comprendersi reciprocamente e apprezzare la cultura e le circostanze dell’altro. Implica anche preoccuparsi gli uni degli altri condividendo i patrimoni spirituali e culturali e offrendo opportunità per l’arricchimento umano.

E tuttavia, non affrontiamo le sfide del terrorismo e della violenza solo con l’apertura culturale. Abbiamo a disposizione anche l’importante via del diritto internazionale. La situazione attuale esige una comprensione più incisiva di questo diritto, prestando particolare attenzione alla «responsabilità di proteggere». Di fatto, una delle caratteristiche del recente fenomeno terrorista è che ignora l’esistenza dello Stato e, di fatto, dell’intero ordine internazionale. Il terrorismo non mira solo a portare cambiamenti ai Governi, a danneggiare le strutture economiche o a commettere semplicemente dei crimini. Cerca di controllare direttamente aree all’interno di uno o più Paesi, di imporre le proprie leggi, che sono distinte e opposte rispetto a quelle dello Stato sovrano. Inoltre mina e rifiuta ogni sistema giuridico esistente, cercando di imporre il dominio sulle coscienze e il controllo completo sulle persone.

La natura globale di questo fenomeno, che non conosce confini, è esattamente la ragione per cui il quadro del diritto internazionale offre l’unica via percorribile per affrontare questa sfida urgente. Questa realtà esige Nazioni Unite rinnovate, che s’impegnino a promuovere e a preservare la pace. Attualmente, i partecipanti attivi e passivi di un tale sistema sono tutti gli Stati, i quali si pongono sotto l’autorità del Consiglio di Sicurezza e si impegnano a non intraprendere atti di guerra senza l’approvazione di questo stesso Consiglio. In tale quadro, l’azione militare svolta da uno Stato in risposta a un altro Stato è possibile solo nel caso di autodifesa quando si è sotto attacco armato diretto, e solo fino a quando il Consiglio di Sicurezza riesce a prendere con successo le misure necessarie per ripristinare la pace e la sicurezza internazionale (cfr. Carta delle Nazioni Unite, art. 51). Le nuove forme di terrorismo compiono azioni militari su vasta scala. Non riescono ad essere contenute da un solo Stato, e intendono esplicitamente dichiarare guerra alla comunità internazionale. In tal senso, abbiamo a che fare con un comportamento criminale non previsto dalla configurazione giuridica della Carta delle Nazioni Unite. Ciononostante, bisogna riconoscere che le norme vigenti per la prevenzione della guerra e l’intervento del Consiglio di Sicurezza sono ugualmente applicabili, su basi diverse, nel caso di una guerra provocata da un “attore non statale”.

È così, in primo luogo, perché l’obiettivo fondamentale della Carta è di evitare la piaga della guerra alle generazioni future. La struttura giuridica del Consiglio di Sicurezza, pur con tutti i suoi limiti e difetti, è stata stabilita proprio per questa ragione. Inoltre, l’articolo 39 della Carta delle Nazioni Unite attribuisce al Consiglio di Sicurezza il compito di determinare le minacce o le aggressioni alla pace internazionale, senza specificare il tipo di attori che compiono queste minacce o aggressioni. Infine, gli Stati stessi, in virtù della loro adesione alle Nazioni Unite, hanno rinunciato a qualsiasi uso della forza che sia incoerente con i fini delle Nazioni Unite (cfr. Carta delle Nazioni Unite, art. 2, 4).

Considerato che le nuove forme di terrorismo sono “transnazionali”, esse non rientrano più nelle competenze delle forze di sicurezza di un solo Stato: riguardano i territori di diversi Stati. Pertanto, saranno necessarie le forze combinate di diverse nazioni per garantire la difesa di cittadini disarmati. Poiché non esiste norma giuridica che giustifichi azioni di polizia unilaterali oltre i propri confini, non c’è alcun dubbio che si tratti di un ambito di competenza del Consiglio di Sicurezza. Ciò perché, senza il consenso e la supervisione dello Stato nel quale viene esercitato l’uso della forza, questa forza si tradurrebbe in una instabilità regionale o internazionale, e pertanto rientrerebbe negli scenari previsti dalla Carta delle Nazioni Unite.

La mia Delegazione desidera ricordare che è sia lecito sia urgente arrestare l’aggressione attraverso l’azione multilaterale e un uso proporzionato della forza. Come soggetto rappresentante una comunità religiosa mondiale che abbraccia diverse nazioni, culture ed etnicità, la Santa Sede spera seriamente che la comunità internazionale si assuma la responsabilità riflettendo sui mezzi migliori per fermare ogni aggressione ed evitare il perpetrarsi di ingiustizie nuove e ancor più gravi. La situazione presente, pertanto, pur essendo di fatto molto seria, è un’occasione perché gli Stati membri dell’Organizzazione delle Nazioni Unite onorino lo spirito stesso della Carta delle Nazioni Unite parlando apertamente dei tragici conflitti che stanno lacerando interi popoli e nazioni. È deludente che finora la comunità internazionale sia stata caratterizzata da voci contraddittorie e perfino dal silenzio riguardo ai conflitti in Siria, in Medio Oriente e in Ucraina. È importantissimo che ci sia unità d’azione per il bene comune, evitando il fuoco incrociato di veti. Come Sua Santità ha scritto lo scorso 9 agosto al Segretario Generale, «la più elementare comprensione della dignità umana, costringe la comunità internazionale, in particolare attraverso le norme ed i meccanismi del diritto internazionale, a fare tutto ciò che le è possibile per fermare e prevenire ulteriori violenze sistematiche contro le minoranze etniche e religiose».

Pur essendo il concetto di «responsabilità di proteggere» implicito nei principi costituzionali della Carta delle Nazioni Unite e del Diritto Umanitario, non favorisce in modo specifico il ricorso alle armi. Piuttosto, afferma la responsabilità dell’intera comunità internazionale, in spirito di solidarietà, di combattere crimini odiosi come il genocidio, la pulizia etnica e la persecuzione per motivi religiosi. Qui con voi, oggi, non posso non menzionare i molti cristiani e le minoranze etniche che negli ultimi mesi hanno subito persecuzioni e sofferenze atroci in Iraq e in Siria. Il loro sangue esige da tutti noi un fermo impegno a rispettare e a promuovere la dignità di ogni singola persona in quanto voluta e creata da Dio. Ciò significa anche rispetto della libertà religiosa, che la Santa Sede considera un diritto fondamentale, poiché nessuno può essere costretto «ad agire contro la sua coscienza» e ognuno «ha il dovere e quindi il diritto di cercare la verità in materia religiosa» (Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 3).

In sintesi, la promozione di una cultura di pace esige sforzi rinnovati a favore del dialogo, dell’apprezzamento culturale e della cooperazione, nel rispetto della varietà delle sensibilità. Quel che occorre è un approccio politico lungimirante che non imponga rigidamente modelli politici a priori che sottovalutano le sensibilità dei singoli popoli. Infine deve esserci una disponibilità autentica ad applicare scrupolosamente gli attuali meccanismi del diritto, restando allo stesso tempo aperti alle implicazioni di questo momento cruciale. Ciò assicurerà un approccio multilaterale che servirà meglio la dignità umana e proteggerà e promuoverà lo sviluppo umano integrale in tutto il mondo. Questa disponibilità, laddove viene espressa in modo concreto attraverso nuove formulazioni giuridiche, certamente porterà una rinnovata vitalità alle Nazioni Unite. Aiuterà anche a risolvere conflitti gravi, siano essi in atto o latenti, che ancora colpiscono alcune parti dell’Europa, dell’Africa e dell’Asia, e la cui risoluzione definitiva richiede l’impegno di tutti.

Signor Presidente,

Con la Risoluzione a/68/6 della 68ª Sessione dell’Assemblea Generale è stato deciso che la presente Sessione avrebbe discusso l’Agenda di sviluppo post-2015, perché fosse poi formalmente adottata durante la 70ª Sessione a settembre 2015. Lei stesso, Signor Presidente, ha opportunamente scelto il tema della presente Sessione: Delivering and Implementing a Transformative Post-2015 Development Agenda.

Durante il suo recente incontro con tutti i capi esecutivi delle agenzie, dei fondi e dei programmi delle Nazioni Unite (cfr. Discorso ai Membri del Consiglio dei Capi Esecutivi per il Coordinamento delle Nazioni Unite, 9 maggio 2014), Sua Santità ha chiesto che i futuri obiettivi per uno sviluppo sostenibile fossero formulati «con generosità e coraggio, affinché arrivino effettivamente a incidere sulle cause strutturali della povertà e della fame, a conseguire ulteriori risultati sostanziali a favore della preservazione dell’ambiente, a garantire un lavoro decente per tutti e a dare una protezione adeguata alla famiglia, elemento essenziale di qualsiasi sviluppo economico e sociale sostenibile. Si tratta, in particolare, di sfidare tutte le forme di ingiustizia, opponendosi alla “economia dell’esclusione”, alla “cultura dello scarto” e alla “cultura della morte”». Papa Francesco ha incoraggiato i capi esecutivi a promuovere «una vera mobilitazione etica mondiale che, al di là di ogni differenza di credo o di opinione politica, diffonda e applichi un ideale comune di fraternità e di solidarietà, specialmente verso i più poveri e gli esclusi» (ibid.).

A tale riguardo, la Santa Sede apprezza i diciassette «Obiettivi di Sviluppo Sostenibile» proposti dal gruppo di lavoro (Gruppo aperto di lavoro sugli obiettivi di sviluppo sostenibile), che cercano di affrontare le cause strutturali della povertà promovendo un lavoro dignitoso per tutti. Allo stesso modo, la Santa Sede apprezza che la maggior parte degli obiettivi e dei mezzi non rifletta i timori delle popolazioni ricche riguardo alla crescita demografica nei Paesi più poveri. Apprezza anche il fatto che gli obiettivi e i mezzi non impongano agli Stati più poveri stili di vita che di solito sono associati alle economie avanzate e che tendono a mostrare disprezzo per la dignità umana. Inoltre, per quanto riguarda l’Agenda di sviluppo post-2015, l’incorporazione dei risultati del Gruppo aperto di lavoro sugli obiettivi di sviluppo sostenibile, insieme con le indicazioni date dal Rapporto del comitato intergovernativo di esperti sul finanziamento dello sviluppo sostenibile e quelle che emergono dalle consultazioni tra le agenzie, appare indispensabile per la realizzazione degli Obiettivi di sviluppo sostenibile e dell’Agenda di sviluppo post-2015.

Tuttavia, e malgrado gli sforzi delle Nazioni Unite e di tante persone di buona volontà, il numero dei poveri e degli esclusi sta crescendo non soltanto nei Paesi in via di sviluppo, ma anche in quelli sviluppati. La «responsabilità di proteggere», come affermato prima, si riferisce alle aggressioni estreme contro i diritti umani, ai casi di grave spregio del diritto umanitario o alle catastrofi naturali gravi. In modo analogo, c’è l’esigenza di prendere provvedimenti giuridici per proteggere le persone da altre forme di aggressione, che sono meno evidenti ma altrettanto gravi e reali. Per esempio, un sistema finanziario governato solo dalla speculazione e dalla massimizzazione dei profitti, o in cui le singole persone sono considerate come oggetti usa e getta in una cultura dello spreco, potrebbe equivalere, in alcune circostanze, a una offesa contro la dignità umana. Ne consegue, pertanto, che le Nazioni Unite e i suoi Stati membri hanno un’urgente e grave responsabilità verso i poveri e gli esclusi, ricordando sempre che la giustizia sociale ed economica è una condizione essenziale per la pace.

Signor Presidente,

Ogni giorno della 69ª Sessione dell’Assemblea Generale, e di fatto anche delle prossime quattro Sessioni, fino a novembre 2018, recherà con sé il triste e doloroso ricordo della futile e disumana tragedia della prima guerra mondiale (una inutile strage, come l’ha definita Papa Benedetto XV), con i suoi milioni di vittime e l’indicibile distruzione. Ricordando il centenario dell’inizio del conflitto, Sua Santità Papa Francesco ha formulato l’auspicio che «non si ripetano gli sbagli del passato, ma si tengano presenti le lezioni della storia, facendo sempre prevalere le ragioni della pace mediante un dialogo paziente e coraggioso» (Angelus, 27 luglio 2014). In quell’occasione, il pensiero di Sua Santità si è concentrato in modo particolare su tre aree di crisi: il Medio Oriente, l’Iraq, l’Ucraina. Ha esortato tutti i cristiani e le persone di fede a pregare il Signore perché «conceda alle popolazioni e alle Autorità di quelle zone la saggezza e la forza necessarie per portare avanti con determinazione il cammino della pace, affrontando ogni diatriba con la tenacia del dialogo e del negoziato e con la forza della riconciliazione. Al centro di ogni decisione non si pongano gli interessi particolari, ma il bene comune e il rispetto di ogni persona. Ricordiamo che tutto si perde con la guerra e nulla si perde con la pace» (ibid.).

Signor Presidente,

Facendo miei i sentimenti del Santo Padre, spero fervidamente che possano essere condivisi da tutti i presenti. Porgo a tutti voi i miei migliori auguri per il vostro lavoro, fiducioso che questa Sessione non lesinerà sforzi per porre fine al fragore delle armi che caratterizza i conflitti in corso e che continuerà a promuovere lo sviluppo dell’intera razza umana, e in particolare dei più poveri tra noi.

Grazie, Signor Presidente.

 

INTERVENTO DEL SEGRETARIO DI STATO
CARDINALE PIETRO PAROLIN,
 
AL CONSIGLIO DI SICUREZZA DELL’ONU
 
SUL TEMA “
MINACCE ALLA PACE E ALLA SICUREZZA 
INTERNAZIONALI CAUSATE DA ATTI TERRORISTICI
New York
Mercoledì, 24 settembre 2014
Signor Presidente,La mia Delegazione congratula gli Stati Uniti per l’assunzione della presidenza del Consiglio di sicurezza e plaude all’opportuna convocazione di questo dibattito aperto del Consiglio di Sicurezza circa le “Minacce alla pace e alla sicurezza internazionali causate da atti terroristici”.

Signor Presidente,

Il dibattito odierno giunge in un momento in cui ogni regione del mondo si confronta con l’impatto disumanizzante del terrorismo. Non è un fenomeno che affligge solo alcuni popoli, religioni o regioni, bensì un crimine che colpisce l’intera comunità internazionale. L’uso costante, e in alcune regioni sempre più intenso, del terrorismo ci ricorda che una tale sfida comune esige l’impegno condiviso di tutte le nazioni e le persone di buona volontà. Di fatto, il terrorismo costituisce una minaccia fondamentale alla nostra umanità comune e condivisa, poiché disumanizza sia l’autore sia la vittima e cerca di distruggere la libertà e la dignità umana, radicate nell’ordine morale naturale, sostituendo ad esse la logica della paura, del potere e della distruzione (cfr. Giovanni Paolo II, Messaggio per la Giornata Mondiale della Pace, Non c’è pace senza giustizia, non c’è giustizia senza perdono, 1° gennaio 2002, n. 4).

Questa istituzione è stata fondata nella scia di un’era in cui un’analoga visione nichilistica della dignità umana cercò di distruggere e dividere il nostro mondo. Oggi, come allora, le nazioni devono unirsi per adempiere alla nostra responsabilità primaria di proteggere le persone minacciate dalla violenza e da attacchi diretti alla loro dignità umana (cfr. Papa Benedetto XVI, Incontro con i Membri dell’Assemblea Generale dell’Organizzazione delle Nazioni Unite, 18 aprile 2008).

Come ci ha ricordato Papa san Giovanni Paolo II nella scia dei tragici eventi dell’11 settembre 2001, il diritto di difendere paesi e popoli contro atti di terrorismo non autorizza a rispondere semplicemente con violenza alla violenza, ma piuttosto “deve essere esercitato rispettando i limiti morali e legali nella scelta dei fini e dei mezzi. I colpevoli devono essere correttamente identificati, poiché la responsabilità penale è sempre personale e non può essere estesa alla nazione, al gruppo etnico o alla religione di appartenenza dei terroristi“. Inoltre, stiamo discutendo della questione in seno a un organismo che è parte di una struttura legale internazionale vincolante per tutti i paesi. Pertanto, ogni azione nei confronti del terrorismo al di là dei confini del paese che è direttamente sotto attacco, così come definito dall’articolo 51 della Carta delle Nazioni Unite, deve essere sanzionata dal Consiglio di Sicurezza. Pacta sunt servanda è uno dei principi centrali del diritto internazionale.

La cooperazione internazionale deve anche affrontare le cause fondamentali di cui il terrorismo internazionale si alimenta per crescere. Inoltre, l’attuale sfida terroristica ha una forte componente culturale. I giovani che si recano all’estero per unirsi alle organizzazioni terroristiche spesso sono ragazzi provenienti da famiglie povere di immigranti, delusi da quella che percepiscono come una situazione di esclusione e dalla mancanza di valori di alcune società opulente. Insieme con gli strumenti legali e le risorse per evitare che i cittadini diventino combattenti terroristi stranieri, i Governi dovrebbero impegnarsi con la società civile per affrontare i problemi delle comunità più a rischio di reclutamento e di radicalizzazione e ottenere la loro integrazione sociale serena e soddisfacente.

Signor Presidente,

La Santa Sede – che è un soggetto internazionale rappresentante anche una comunità di fede mondiale – afferma che le persone di fede hanno la decisa responsabilità di condannare quanti cercano di scindere la fede dalla ragione e di strumentalizzarla per giustificare la violenza. Come ha ribadito Papa Francesco durante la sua visita in Albania, “Nessuno pensi di poter farsi scudo di Dio mentre progetta e compie atti di violenza e sopraffazione! Nessuno prenda a pretesto la religione per le proprie azioni contrarie alla dignità dell’uomo e ai suoi diritti fondamentali, in primo luogo quello alla vita ed alla libertà religiosa di tutti!” (Incontro con le autorità, Tirana, 21 settembre 2014). Allo stesso tempo, però, è bene sottolineare che per porre fine al nuovo fenomeno terroristico, l’obiettivo di raggiungere la comprensione culturale tra popoli e paesi e la giustizia sociale per tutti è essenziale.

Come ha affermato Papa Francesco, “Ogni volta che l’adesione alla propria tradizione religiosa fa germogliare un servizio più convinto, più generoso, più disinteressato all’intera società, vi è autentico esercizio e sviluppo della libertà religiosa” (Incontro con i leader di altre religioni e altre denominazioni cristiane, Tirana, 21 settembre 2014).

Grazie, Signor Presidente.

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ADDRESS OF HIS EMINENCE CARDINAL PIETRO PAROLIN,
SECRETARY OF STATE OF HIS HOLINESS POPE FRANCIS,
AT THE 69th SESSION OF THE GENERAL ASSEMBLY OF THE UNITED NATIONS

New York
Monday 29 September 2014

 

Mr President,

In extending to you the Holy See’s congratulations on your election to the presidency of the sixty-ninth Session of the General Assembly, I wish to convey the cordial greetings of His Holiness Pope Francis to you and to all the participating delegations. He assures you of his closeness and prayers for the work of this session of the General Assembly, with the hope that it will be carried out in an atmosphere of productive collaboration, working for a more fraternal and united world by identifying ways to resolve the serious problems which beset the whole human family today.

In continuity with his predecessors, Pope Francis recently reiterated the Holy See’s esteem and appreciation for the United Nations as an indispensable means of building an authentic family of peoples. The Holy See values the efforts of this distinguished institution “to ensure world peace, respect for human dignity, the protection of persons, especially the poorest and most vulnerable, and harmonious economic and social development” (Address to the Secretary General of the United Nations and the UN System Chief Executives Board for Coordination, 9 May 2014). Along these lines and on numerous occasions, His Holiness has encouraged men and women of good will to place their talents effectively at the service of all by working together, in tandem with the political community and each sector of civil society (cf. Letter to the World Economic Forum, 17 January 2014).

Though mindful of the human person’s gifts and abilities, Pope Francis observes that today there is the danger of widespread indifference. As much as this indifference concerns the field of politics, it also affects economic and social sectors, “since an important part of humanity does not share in the benefits of progress and is in fact relegated to the status of second-class citizens” (Address of Pope Francis to the Secretary General of the United Nations and the UN System Chief Executives Board for Coordination, 9 May 2014). At times, such apathy is synonymous with irresponsibility. This is the case today, when a union of States, which was created with the fundamental goal of saving generations from the horror of war that brings untold sorrow to humanity (cf. Preamble of the Charter of the United Nations, 1), remains passive in the face of hostilities suffered by defenceless populations.

I recall the words of His Holiness addressed to the Secretary General at the beginning of August: “It is with a heavy and anguished heart that I have been following the dramatic events in northern Iraq”, thinking of “the tears, the suffering and the heartfelt cries of despair of Christians and other religious minorities of [that] beloved land”. In that same letter the Pope renewed his urgent appeal to the international community to “take action to end the humanitarian tragedy now underway”. He further encouraged “all the competent organs of the United Nations, in particular those responsible for security, peace, humanitarian law and assistance to refugees, to continue their efforts in accordance with the Preamble and relevant Articles of the United Nations Charter” (Letter of the Holy Father to the Secretary General of the United Nations Organization concerning the situation in Northern Iraq, 9 August 2014).

Today I am compelled to repeat the heartfelt appeal of His Holiness and to propose to the General Assembly, as well as to the other competent organs of the United Nations, that this body deepen its understanding of the difficult and complex moment that we are now living.

With the dramatic situation in northern Iraq and some parts of Syria, we are seeing a totally new phenomenon: the existence of a terrorist organization which threatens all States, vowing to dissolve them and to replace them with a pseudo-religious world government. Unfortunately, as the Holy Father recently said, even today there are those who would presume to wield power by coercing consciences and taking lives, persecuting and murdering in the name of God (cf. L’Osservatore Romano, 3 May 2014). These actions bring injury to entire ethnic groups, populations and ancient cultures. It must be remembered that such violence is born out of a disregard for God and falsifies “religion itself, since religion aims instead at reconciling men and women with God, at illuminating and purifying consciences, and at making it clear that each human being is the image of the Creator” (Benedict XVI, Address to the Members of the Diplomatic Corps Accredited to the Holy See, 7 January 2013).

In a world of global communications, this new phenomenon has found followers in numerous places, and has succeeded in attracting from around the world young people who are often disillusioned by a widespread indifference and a dearth of values in wealthier societies. This challenge, in all its tragic aspects, should compel the international community to promote a unified response, based on solid juridical criteria and a collective willingness to cooperate for the common good. To this end, the Holy See considers it useful to focus attention on two major areas. The first is to address the cultural and political origins of contemporary challenges, acknowledging the need for innovative strategies to confront these international problems in which cultural factors play a fundamental role. The second area for consideration is a further study of the effectiveness of international law today, namely its successful implementation by those mechanisms used by the United Nations to prevent war, stop aggressors, protect populations and help victims.

Following the attacks of 11 September 2001, when the world woke up to the reality of a new form of terrorism, some media and “think tanks” oversimplified that tragic moment by interpreting all subsequent and problematic situations in terms of a clash of civilizations. This view ignored longstanding and profound experiences of good relations between cultures, ethnic groups and religions, and interpreted through this lens other complex situations such as the Middle Eastern question and those civil conflicts presently occurring elsewhere. Likewise, there have been attempts to find so-called legal remedies to counter and prevent the surge of this new form of terrorism. At times, unilateral solutions have been favoured over those grounded in international law. The methods adopted, likewise, have not always respected the established order or particular cultural circumstances of peoples who often found themselves unwillingly at the centre of this new form of global conflict. These mistakes, and the fact that they were at least tacitly approved, should lead us to a serious and profound examination of conscience. The challenges that these new forms of terrorism pose should not make us succumb to exaggerated views and cultural extrapolations. The reductionism of interpreting situations in terms of a clash of civilizations, playing on existing fears and prejudices, only leads to reactions of a xenophobic nature that, paradoxically, then serve to reinforce the very sentiments at the heart of terrorism itself. The challenges we face ought to spur a renewed call for religious and intercultural dialogue and for new developments in international law, to promote just and courageous peace initiatives.

What, then, are the paths open to us? First and foremost, there is the path of promoting dialogue and understanding among cultures which is already implicitly contained in the Preamble and First Article of the Charter of the United Nations. This path must become an ever more explicit objective of the international community and of governments if we are truly committed to peace in the world. At the same time we must recall that it is not the role of international organizations or states to invent culture, nor is it possible to do so. Similarly, it is not the place of governments to establish themselves as spokespersons of cultures, nor are they the primary actors responsible for cultural and interreligious dialogue. The natural growth and enrichment of culture is, instead, the fruit of all components of civil society working together. International organizations and states do have the task of promoting and supporting, in a decisive way, and with the necessary financial means, those initiatives and movements which promote dialogue and understanding among cultures, religions and peoples. Peace, after all, is not the fruit of a balance of powers, but rather the result of justice at every level, and most importantly, the shared responsibility of individuals, civil institutions and governments. In effect, this means understanding one other and valuing the other’s culture and circumstances. It also entails having concern for each other by sharing spiritual and cultural patrimonies and offering opportunities for human enrichment.

And yet, we do not face the challenges of terrorism and violence with cultural openness alone. The important path of international law is also available to us. The situation today requires a more incisive understanding of this law, giving particular attention to the “responsibility to protect”. In fact, one of the characteristics of the recent terrorist phenomenon is that it disregards the existence of the state and, in fact, the entire international order. Terrorism aims not only to bring change to governments, to damage economic structures or simply to commit common crimes. It seeks to directly control areas within one or various states, to impose its own laws, which are distinct and opposed to those of the sovereign State. It also undermines and rejects all existing juridical systems, attempting to impose dominion over consciences and complete control over persons.

The global nature of this phenomenon, which knows no borders, is precisely why the framework of international law offers the only viable way of dealing with this urgent challenge. This reality requires a renewed United Nations that undertakes to foster and preserve peace. At present, the active and passive participants of such a system are all the states, which place themselves under the authority of the Security Council and who are committed not to engage in acts of war without the approval of the same Council. Within this framework, military action carried out by one state in response to another state is possible only in the event of self-defence when under direct armed attack and only up until such time as the Security Council successfully takes the necessary steps to restore international peace and security (cf. Charter of the United Nations, Art. 51). New forms of terrorism engage in military actions on a vast scale. They are not able to be contained by any one state and explicitly intend to wage war against the international Community. In this sense we are dealing with criminal behaviour that is not envisaged by the juridical configuration of the United Nations Charter. This notwithstanding, it must be recognized that the norms in place for the prevention of war and the intervention of the Security Council are equally applicable, on varying grounds, in the case of a war provoked by a “non-State actor”.

In the first place, this is because the fundamental objective of the Charter is to avoid the scourge of war for future generations. The juridical structure of the Security Council, for all its limits and defects, was established for this very reason. Moreover, Article 39 of the Charter of the United Nations assigns the Security Council the task of determining threats or aggressions to international peace, without specifying the type of actors carrying out the threats or aggressions. Finally, the states themselves, by virtue of membership to the UN, have renounced any use of force which is inconsistent with the purposes of the United Nations (cf. Charter of the United Nations, Art.2, 4).

Given that the new forms of terrorism are “transnational”, they no longer fall under the competence of the security forces of any one state: the territories of several states are involved. Thus the combined forces of a number of nations will be required to guarantee the defence of unarmed citizens. Since there is no juridical norm which justifies unilateral policing actions beyond one’s own borders, there is no doubt that the area of competence lies with the Security Council. This is because, without the consent and supervision of the state in which the use of force is exercised, such force would result in regional or international instability, and therefore enter within the scenarios foreseen by the Charter of the United Nations.

My Delegation wishes to recall that it is both licit and urgent to stop aggression through multilateral action and a proportionate use of force. As a representative body of a worldwide religious community embracing different nations, cultures and ethnicities, the Holy See earnestly hopes that the international community will assume responsibility in considering the best means to stop all aggression and avoid the perpetration of new and even graver injustices. The present situation, therefore, though indeed quite serious, is an occasion for the member states of the United Nations Organization to honour the very spirit of the Charter of the United Nations by speaking out on the tragic conflicts which are tearing apart entire peoples and nations. It is disappointing, that up to now, the international community has been characterized by contradictory voices and even by silence with regard to the conflicts in Syria, the Middle East and Ukraine. It is paramount that there be a unity of action for the common good, avoiding the cross-fire of vetoes. As His Holiness wrote to the Secretary General on 9 August last, “the most basic understanding of human dignity compels the international community, particularly through the norms and mechanisms of international law, to do all that it can to stop and to prevent further systematic violence against ethnic and religious minorities”.

While the concept of “the responsibility to protect” is implicit in the constitutional principles of the Charter of the United Nations and of Humanitarian Law, it does not specifically favour a recourse to arms. It asserts, rather, the responsibility of the entire international community, in a spirit of solidarity, to confront heinous crimes such as genocide, ethnic cleansing and religiously motivated persecution. Here with you today, I cannot fail to mention the many Christians and ethnic minorities who in recent months have endured atrocious persecution and suffering in Iraq and Syria. Their blood demands of us all an unwavering commitment to respect and promote the dignity of every single person as willed and created by God. This means also respect for religious freedom, which the Holy See considers a fundamental right, since no one can be forced “to act against his or her conscience”, and everyone “has the duty and consequently the right to seek the truth in religious matters” (Second Vatican Council, Dignitatis Humanae, 3).

In summary, the promotion of a culture of peace calls for renewed efforts in favour of dialogue, cultural appreciation and cooperation, while respecting the variety of sensibilities. What is needed is a far-sighted political approach that does not rigidly impose a priori political models which undervalue the sensibilities of individual peoples. Ultimately, there must be a genuine willingness to apply thoroughly the current mechanisms of law, while at the same time remaining open to the implications of this crucial moment. This will ensure a multilateral approach that will better serve human dignity, and protect and advance integral human development throughout the world. Such a willingness, when concretely expressed in new juridical formulations, will certainly bring fresh vitality to the United Nations. It will also help resolve serious conflicts, be they active or dormant, which still affect some parts of Europe, Africa and Asia, and whose ultimate resolution requires the commitment of all.

Mr President,

With Resolution A/68/6 of the 68th Session of the General Assembly, it was decided that this present Session would discuss the Post-2015 Development Agenda, to be then formally adopted in the 70th Session in September 2015. You yourself, Mr President, aptly chose the main theme of this present Session: Delivering and Implementing a Transformative Post-2015 Development Agenda.

During your recent meeting with all the Chief Executives of Agencies, Funds and Programs of the United Nations (cf.Address to the Secretary General of the United Nations and the UN System Chief Executives Board for Coordination, 9 May 2014), His Holiness requested that future objectives for sustainable development be formulated “with generosity and courage, so that they can have a real impact on the structural causes of poverty and hunger, attain more substantial results in protecting the environment, ensure dignified and productive labour for all, and provide an appropriate protection for the family, which is an essential element in sustainable human and social development. Specifically, this involves challenging all forms of injustice and resisting the ‘economy of exclusion’, the ‘throwaway culture’ and the ‘culture of death’”. Pope Francis encouraged the Chief Executives to promote “a true, worldwide ethical mobilization which, beyond all differences of religious or political convictions, will spread and put into practice a shared ideal of fraternity and solidarity, especially with regard to the poorest and those most excluded” (ibid).

In this regard, the Holy See welcomes the 17 “Sustainable Development Goals” proposed by the Working Group (Open Working Group for Sustainable Goals), which seek to address the structural causes of poverty by promoting dignified labour for everyone. Equally, the Holy See appreciates that the goals and targets, for most part, do not echo wealthy populations’ fears regarding population growth in poorer countries. It also welcomes the fact that the goals and targets do not impose on poorer states lifestyles which are typically associated with advanced economies and which tend to show a disregard for human dignity. Furthermore, with regard to the Post-2015 Development Agenda, the incorporation of the results of the OWG [Open Working Group for Sustainable Goals], alongside the indications given in the Report of the Intergovernmental Committee of Experts on Sustainable Development Financing and those arising out of the interagency consultation, would seem indispensable for the realization of the Sustainable Development Goals and the Post-2015 Development Agenda.

Nevertheless, and notwithstanding the efforts of the United Nations and of many people of good will, the number of the poor and excluded is increasing not only in developing nations but also in developed ones. The “Responsibility to protect”, as stated earlier, refers to extreme aggressions against human rights, cases of serious contempt of humanitarian law or grave natural catastrophes. In a similar way there is a need to make legal provision for protecting people against other forms of aggression, which are less evident but just as serious and real. For example, a financial system governed only by speculation and the maximization of profits, or one in which individual persons are regarded as disposable items in a culture of waste, could be tantamount, in certain circumstances, to an offence against human dignity. It follows, therefore, that the UN and its member states have an urgent and grave responsibility for the poor and excluded, mindful always that social and economic justice is an essential condition for peace.

Mr President,

Each day of the 69th Session of the General Assembly, and indeed of the next four Sessions, up until November 2018, will bear the sad and painful memory of the futile and inhumane tragedy of the First World War (a senseless slaughter, as Pope Benedict XV referred to it), with its millions of victims and untold destruction. Marking the centenary of the start of the conflict, His Holiness Pope Francis expressed his desire that “the mistakes of the past are not repeated, that the lessons of history are acknowledged, and that the causes for peace may always prevail through patient and courageous dialogue” (Angelus, 27 July 2014). On that occasion, the thoughts of His Holiness focused particularly on three areas of crisis: the Middle East, Iraq and Ukraine. He urged all Christians and people of faith to pray to the Lord to “grant to these peoples and to the Leaders of those regions the wisdom and strength needed to move forward with determination on the path toward peace, to address every dispute with the tenacity of dialogue and negotiation and with the power of reconciliation. May the common good and respect for every person, rather than specific interests, be at the centre of every decision. Let us remember that in war all is lost and in peace nothing” (ibid).

Mr President,

In making my own the sentiments of the Holy Father, I fervently hope that they may be shared by all present here. I offer to each of you my best wishes for your work, while trusting that this Session will spare no effort to put to an end the clamour of weapons that marks existing conflicts and that it will continue to foster the development of the entire human race, and in particular, the poorest among us.

Thank you, Mr President.

 

 

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STATEMENT BY CARD. PIETRO PAROLIN, SECRETARY OF STATE,
AT THE UNITED NATION SECURITY COUNCIL
ON THE THEME “
THREATS TO INTERNATIONAL PEACE
AND SECURITY CAUSED BY TERRORIST ACTS

New York
Wednesday, 24 September 2014

 

 

Mr. President,

My Delegation congratulates the United States of America on assuming the Presidency of the Security Council and commends the convening of this timely open debate on “Threats to international peace and security caused by terrorist acts”.

Mr. President,

Today’s debate comes at a time when every region of the world faces the dehumanizing impact of terrorism. This is not a phenomenon which impacts only certain peoples, religions or regions but rather is a crime which impacts the entire international community. The ongoing, and in some regions, escalating use of terrorism is a reminder that such a shared challenge requires a shared commitment from all nations and people of good will. Indeed, terrorism represents a fundamental threat to our common and shared humanity since it dehumanizes both perpetrator and victim and seeks to destroy freedom and human dignity rooted in the natural moral order, replacing it instead with the logic of fear, power and destruction.(1)

This institution was founded in the wake of an era in which a similar nihilistic view of human dignity sought to destroy and divide our world. Today, as then, nations must come together in order to fulfill our primary responsibility to protect people threatened by violence and direct assaults on their human dignity.(2)

As, Pope Saint John Paul II reminded us in the wake of the tragic events of 11 September 2001, the right to defend countries and peoples from acts of terrorism does not provide license to merely meet violence with violence but rather “must be exercised with respect for moral and legal limits in the choice of ends and means. The guilty must be correctly identified, since criminal culpability is always personal and cannot be extended to the nation, ethnic group or religion to which the terrorists may belong.” Moreover, we are discussing this matter in a body that is part of an international legal framework that is obligatory for all countries. Hence, any action against terrorism beyond the frontiers of the country which is directly under attack, as defined by article 51 of the Charter of the United Nation, should be sanctioned by the Security Council. Pacta sunt servanda is one of the core principles of international law.

International cooperation must also address the root causes upon which international terrorism feeds in order to grow. Moreover, the present terroristic challenge has a strong cultural component. Young people travelling abroad to join the ranks of terrorist organizations are often youth of poor immigrant families, deluded by what they feel as a situation of exclusion and by the lack of values of some wealthy societies. Together with the legal tools and resources to prevent citizens from becoming foreign terrorist fighters, Governments should engage with civil society to address the problems of communities most at risk of recruitment and radicalization and to achieve their smooth and satisfactory social integration.

Mr. President,

The Holy See – which is a sovereign international subject that also represents a world faith community – affirms that people of faith have a resolute responsibility to condemn those who seek to detach faith from reason and to instrumentalize faith as a justification for violence. As Pope Francis reiterated during his visit to Albania, “Let no one consider using God as a shield while planning and carrying out acts of violence and oppression! May no one use religion as a pretext for actions against human dignity and against the fundamental rights of every man and woman, above all, the right to life and the right of everyone to religious freedom!“(3) But, at the same time, it should be stressed that to end the new terroristic phenomenon, the goal of achieving cultural understanding among peoples and countries, and social justice for all, is indispensable. As Pope Francis stated, “whenever adherence to a specific religious tradition gives birth to service that shows conviction, generosity and concern for the whole of society without making distinctions, then there too exists an authentic and mature living out of religious freedom.“(4)

Thank you Mr. President.

_________________

1 Cf. Pope John Paul II, Message for the World Day of Peace, No Peace Without Justice No Justice Without Forgiveness, 1 January 2002, para 4

2 Pope Benedict XVI, Meeting with the Member of the General Assembly of the United Nations Organization, 18 April 2008.

3 Pope Francis, Address at Welcoming Ceremony in Tirana, Albania, 21 September 2014.

4 Ibid.

 

 

 

 

 

 

 


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España: informe de Caritas sobre el ejercicio 2013. (Oficial)

CRECE EL APOYO DE VOLUNTARIOS Y DONANTES A LA ACCIÓN SOCIAL DE CÁRITAS EN TODA ESPAÑA
Cáritas. 29 de septiembre de 2014.- Durante 2013, la Confederación Cáritas Española ha seguido avanzando en su opción por los últimos y no atendidos, construyendo oportunidades y procesos para 2.513.563 personas en situación de exclusión social en España y otras 2.509.771 en los países del Sur.Para ello, el conjunto de las 70 Cáritas Diocesanas del todo el país invirtieron291.346.117 euros, de los cuales 218.290.147 euros (el 75%) proceden de aportaciones privadas y 73.055.970 euros (25%) de fondos públicos.

La acción de Cáritas ha sido posible con la participación de 78.017 voluntarios y 4.171 trabajadores remunerados que desarrollan su actividad a través de 7.194 centros y servicios.

Estos datos han sido dados a conocer hoy en Madrid durante un encuentro informativo en el que se ha presentado la Memoria 2013 de la institución y que ha contado con las intervenciones monseñorAtilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara y responsable de Cáritas en el seno de la CEPS (Comisión Episcopal de Pastoral Social), y el presidente y secretario general de Cáritas Española,Rafael del Río y Sebastián Mora, respectivamente.

Fortalecimiento de voluntarios y donantes

En la Memoria anual se pone de manifiesto, un año más, el fortalecimiento del compromiso solidario de voluntarios y donantes privados que colaboran con la acción de Cáritas. Así lo pone de manifiesto el incremento de un 10% con relación a 2012 del número de personas voluntarias (un aumento que en los últimos 5 años ha sido de 18.331 personas, un 30,7 %).

Lo mismo cabe señalar para los fondos privados manejados por Cáritas Española, que en 2013 registran un aumento de casi 25 millones de euros con relación a 2012. Se trata de un compromiso sostenido en el tiempo, ya que en los últimos cinco años las aportaciones de donantes particulares han crecido alrededor de 75 millones de euros, lo que supone una subida del 52,7%.

La fortaleza de la solidaridad privada ha hecho posible que los más de 291 millones de euros invertidos en 2013 hayan aumentado unos 15 millones de euros con relación a 2012, que suponen un incremento del 5,45%. Si se observa la evolución del último quinquenio, los recursos anuales invertidos por Cáritas han aumentado en más de 61 millones, lo que supone una subida del 26,6 %.

Compromiso social cada vez más amplio

Este apoyo social al trabajo de Cáritas ha sido especialmente valorado por Rafael del Río durante la presentación de la Memoria, quien ha asegurado que “junto al ejemplo de coraje que nos dan los destinatarios de nuestras acciones, el verdadero valor de estas páginas está también en la generosidad y el compromiso cada vez mayor de voluntarios, socios y donantes para estar allí donde no está nadie y para caminar al lado de los últimos”. “Queremos agradecer –afirmó– el compromiso social cada vez más amplio, que nos impulsa a seguir avanzado en la ayuda y la escucha a los más indefensos, y en la defensa de sus derechos.

Para el presidente de Cáritas, la Memoria anual “ofrece un retrato real y positivo de las posibilidades de futuro que, en medio de un escenario social de dificultades, hemos conseguido abrir para que más de cinco millones de personas recuperen su dignidad”.

Principales prioridades durante 2013

En la detallada explicación de los contenidos de la Memoria, Sebastián Mora destacó el aumento de los recursos destinados el año pasado a programas estratégicos dentro de la respuesta de Cáritas al impacto de la precariedad en las personas en situación de mayor exclusión social, como son los capítulos de empleo, acogida y vivienda.

Mientras que a los programas de Empleo e inserción laboral se destinaron 36 millones de euros, al de Vivienda 9 millones y al de Acogida y atención primaria 69,3 millones.

Junto a ellos, la Confederación Cáritas ha seguido haciendo importantes esfuerzos en las acciones para las personas especialmente vulnerables, como son, entre otros, Mayores (28,5 millones de euros), Personas Sin Hogar (21 millones), Familia e Infancia (22,8 millones) e Inmigrantes (4,7 millones).

Las acciones de Cáritas han ampliado su compromiso fuera de nuestras fronteras con las víctimas de graves condiciones de pobreza o situaciones de emergencia en más de 40 países, donde, a través del apoyo y acompañamiento a sus respectivas Cáritas nacionales ha invertido más de 28 millones de euros en 2013.

Gestión austera

Esta vasta acción de lucha contra la pobreza desarrollada por la Confederación Cáritas ha vuelto a ser posible, un año más, sin dejar de lado lo que Sebastian Mora definió como una de las señas de identidad de la institución: la apuesta permanente por la austeridad.

En ese apartado, los números cantan, ya que de cada euro invertido en 2103, sólo se destinaron 5,98 céntimos a Gestión y Administración, una tendencia que se mantiene al menos en los últimos diez años.

Crear juntos una nueva realidad

Al hilo de los datos contenidos en la Memoria, el secretario general de Cáritas ha lanzado una invitación al conjunto de la sociedad a “crear juntos una nueva realidad”, utilizado la misma idea de la breve pieza multimedia que se ha difundido para acompañar la presentación del informe anual.

Para ello, Sebastián Mora ha incidido en la urgencia de articular sinergias sociales que permitan revertir el actual modelo de “descarte” de personas denunciado por el Papa Francisco. Un objetivo que se basa en el marco de identidad de Cáritas de “hacerse presentes allí donde no está nadie, y de aprender de los últimos y no atendidos, de crear oportunidades para que los más vulnerables recuperen su dignidad y de que todos seamos responsables de todos”.

Esa acción del conjunto de la sociedad tiene que abarcar también losderechos sociales, para lo que, en palabras de Sebastián Mora, hace falta “denunciar las causas económicas de la desigualdad, optar por una sociedad donde salud, protección social, educación y vivienda estén garantizados para todos, y abrir nuestros espacios de convivencia a la participación de los empobrecidos”.

Esta apelación se dirige también a “construir una economía que ponga en el centro a las personas y no descarte a los más pobres, a redistribuir el trabajo para que todos podamos acceder a un empleo digno y de calidad; y a asumir estilos de vida sencillos y hábitos de consumo responsable, respetuosos con el medio ambiente”.

En el ámbito de la cooperación internacional, la propuesta de Cáritas pasa por “actuar en las regiones y comunidades del mundo más olvidadas, de aprender de la sabiduría de los países del Sur para formar una sola familia humana que trabaje por la paz, la reconciliación y la democracia; y de solidarizarnos con las víctimas de las emergencias, el hambre o las migraciones

Y es que sólo estando dispuesto a darse y a compartir tiempo, bienes y capacidades con los últimos, a reclamar modelos austeros y transparentes de gestión pública y privada es posible construir una nueva realidad.

 

DATOS sobre la acción de Cáritas en 2013

VOLUNTARIOS: 78.017
Supone una subida del 10% con relación a 2012
evolución: En los últimos 5 años han aumentado en 18.331 personas (el 30,7 %).

TRABAJADORES CONTRATADOS: 4.171
En 2013 se registran 82 trabajadores menos con relación a 2012.
evolución: Esta tendencia a la baja se mantiene en el último quinquenio.

RECURSOS INVERTIDOS: 291.346.117 euros
Aumentaron unos 15 millones de euros con relación a 2012,
lo que supone un incremento del 5,45%.
evolución: En los últimos cinco años, los recursos han aumentado
en más de 61 millones, lo que supone un incremento del 26,6 %

APORTACIONES PRIVADAS: 218.290.147 euros (74,92% del total de recursos)
Se registra un aumento de 24,9 millones de euros con relación a 2012.
evolución: En los últimos cinco años, los fondos privados manejados por Cáritas
crecieron alrededor de 75 millones de euros, lo que supone una subida del 52,7%.

FONDOS PÚBLICOS: 73.055.970 euros (25,08% del total de recursos)
evolución: El volumen de fondos públicos invertidos en 2013
es el más bajo de los últimos cinco años.

GASTOS DE GESTIÓN Y ADMINISTRACIÓN: 5,98 %
De cada euro invertido en 2013, se destinaron 5,98 céntimos a Gestión y Administración.
evolución: Esta misma tendencia se mantiene en los últimos cinco años.

PERSONAS APOYADAS en 2013:
En España: 2.513.563 – En proyectos de cooperación internacional: 2.509.771
evolución: 1.904.737 de personas apoyadas en España en 2012 y 3.024.624 en proyectos de cooperación internacional.


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España: examen y directrices para el crecimiento económico

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España: Crecimiento con Empleo

El objetivo de la serie Estudios sobre el Crecimiento con Equidad es mostrar cómo las medidas de empleo, trabajo y protección social bien diseñadas son fundamentales – en combinación con las políticas de apoyo macroeconómicas – para crear un crecimiento sostenible y generador de empleo.

Qué: Libro
Fecha de la publicación: 29 de septiembre de 2014
Referencia: 978-92-2-329098-6[ISBN]
Formatos: xvi + 212 pàgs.
Precio: CHF 30; USD; 30; GBP 20; EUR 25
Medio: Libro en rústica
La economía española ha comenzado a recuperarse tanto de la crisis económica mundial de 2008 como de la crisis de la deuda soberana de 2011, al mismo tiempo que las mejoras en términos de empleo comienzan a manifestarse. Sin embargo, la recuperación sigue siendo incompleta y frágil. Así, si se mantuviesen las actuales tendencias, la tasa de desempleo no volvería a los niveles anteriores a la crisis hasta por lo menos dentro de una década. Por lo tanto, es fundamental fortalecer la recuperación del empleo con el fin de asegurar un crecimiento económico sostenible y evitar una mayor erosión de las condiciones sociales. Este informe señala una serie de áreas sobre las que el gobierno y los interlocutores sociales podrían actuar conjuntamente para consolidar estos logros recientes y construir un nuevo camino hacia más y mejores puestos de trabajo.


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Confesión pública de un obispo inglés

English bishop resigns after admitting he was ‘unfaithful’

Bishop Kieran Conry of Arundel and Brighton, previously considered one of the most influential prelates in England, abruptly resigned.

Bishop Kieran Conry of Arundel and Brighton, previously considered one of the most influential prelates in England, abruptly resigned.
By Inés San Martín
Vatican correspondent September 28, 2014
ROME — Bishop Kieran Conry of Arundel and Brighton, previously considered one of the most influential prelates in England, has abruptly resigned after admitting to “being unfaithful to his promises to the Catholic Church.”
In a brief statement, Conry only said that the reasons for his resignation “were not illegal nor did they involve minors.”
According to reports in the English media, Conry stepped down after allegations of affairs with adult female parishioners, althoughThe Daily Mail indicates that Conry has admitted to only one such relationship that allegedly occurred six years ago.
Confronted by reporters at the door of his bishops’ residence last night, he said: “This relates to a relationship of six years ago.”
The identity of woman was not published, as British law protects confidentiality in such cases.
In a statement being read in all Masses in his diocese today, Conry apologized to those hurt by his action and “to all of those inside and outside the diocese who will be shocked, hurt and saddened to hear this.”
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“I am sorry for the shame that I have brought on the diocese and the Church and I ask for your prayers and forgiveness,” he said.
Cardinal Vincent Nichols of Westminster, president of the Bishops’ Conference of England and Wales, released a statement saying, “This is a sad and painful moment.”
“It makes clear that we are always a Church of sinners called to repentance and conversion and in need of God’s mercy,” Nichols said. “All involved in this situation are much in my prayers today.”
Conry was ordained priest in the Archdiocese of Birmingham in 1975.
In 1980, he was appointed private secretary to the papal envoy in the United Kingdom, Archbishop Bruno Heim. He also served Heim’s successor, Archbishop Luigi Barbarito.
From 1994 to 2001, Conry was the Director of the Catholic Media Office in London, the press office of the Bishop’s Conference of England & Wales, and also Editor of Briefing, the Bishop’s official journal.
Pope St. John Paul II named him the fourth bishop of Arundel and Brighton on May 8, 2001.