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Nueva reunión del C-9 de Cardenales.

C9; comienzan los trabajos de la 20a reunión

La tercera sesión de 2017 concluirá el miércoles 14 de junio. Participa en las sesiones el Papa

Cardenales y obispos

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Pubblicato il 12/06/2017
Ultima modifica il 12/06/2017 alle ore 12:12
REDACCIÓN ROMA

Comenzaron hoy, lunes 12 de junio, en el Vaticano, las sesiones de trabajo de la 20a reunión del Consejo de los nueve cardenales (el llamado «C9»), que proseguirán hasta el próximo miércoles 14. El Papa Francisco participa en ellas. Se trata de la tercera reunión en este 2017 del grupo de nueve cardenales elegidos por el Pontífice para la reforma de la Curia y que lo ayudan en el gobierno de la Iglesia universal.

 

La última sesión del Consejo se llevó a cabo del 24 al 26 de abril de este año. Buena parte de las discusiones se concentró en la «selección y formación» del personal, tanto de los clérigos como de los laicos, y también en la «descentralización» de la Iglesia y en el «servicio» de la Curia a las Conferencias Episcopales nacionales.

 

El «C9» también está estudiando los casos de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (Propaganda Fide) y del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. También habían discutido sobre algunos textos que serían sometidos a la atención del Papa sobre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, sobre el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y sobre tres tribunales: la Penitenciaria Apostólica, el Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y el Tribunal de la Rota Romana.

 

En la reunión de abril intervinieron el cardenal Sean O’Malley, presidente de la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores, quien insistió en la necesidad de escuchar a las víctimas de los sacerdotes pederastas, y el cardenal australiano George Pell, que expuso el desarrollo del trabajo de la Secretaría para la Economía, que preside, con especial atención en el monitoreo del presupuesto de este año.


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Papa Francisco: cambios en su pontificado. Comentario.

Cambios que el Papa representa

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El Papa Francisco es señal de grandes cambios. Algunos de estos, Francisco los ha comenzado, otros los desea, otros los deseamos nosotros. No sabemos si él también. Lo que nadie puede dudar es que el Papa agita las aguas adrede. Que los cambios que impulsa provoquen reacciones, no debiera extrañarnos. No son pequeños.

LOS CAMBIOS COMENZADOS

Francisco ha empezado cambios. El Papa pareciera querer dar un tranco adelante. La reforma de la Iglesia, según parece, le es aún más importante que la reforma de la Curia. Se dice que el cónclave de cardenales que lo eligió le pidió la reforma de esta. Todo indica que no imaginaron que comenzaría por lo más importante: procurar que la Iglesia vuelva al Evangelio.

“Una Iglesia pobre y para los pobres”

La frase “cuánto quisiera una Iglesia pobre y para los pobres” fue el pitazo inicial del partido que Francisco ha querido jugar. Mi opinión es que este constituye el motivo central de su pontificado. En la medida que Francisco ha querido gobernar la Iglesia con este motivo, ha debido enfrentar reacciones en contra de variada índole.

Francisco sorprendió a todos con sus primeros viajes fuera de Roma: Lampedusa, Albania… Fueron, sin duda, intencionales. A los latinoamericanos no nos sorprendió del todo que el Papa realizara estos gestos, pues son acordes de la “opción por los pobres” de la Iglesia de nuestro continente. El magisterio latinoamericano ha sido consistente en la proclamación de esta opción. Pero las palabras y gestos realizados por Francisco en esta línea han podido incomodar otros sectores de la Iglesia. En el mundo el neoliberalismo reina y la riqueza se  acumula. La otra frase de Francisco: “esta economía mata”, ha podido servir para hacerse una idea clara de su manera de pensar. No todos los católicos están de acuerdo con él.

¿Qué hay en este giro hacia los pobres? Francisco ha re-puesto a la Iglesia en la vía del Evangelio. El primer papa latinoamericano, si algo tiene que aportar, es una compresión del Evangelio desde la periferia. Hace prácticamente 50 años la Iglesia latinoamericana, concretamente en Medellín (1968), se autocomprendió a sí misma como la Iglesia de un continente pobre y empobrecido. Hoy, con Francisco, la Iglesia de América Latina devuelve a Europa y comparte con el resto del mundo, el Evangelio que ella recibió de sus mayores.

Francisco pone a la Iglesia en camino a “las periferias existenciales”. A cada rato hace señales en la dirección de una opción por pobres y marginados. La otra expresión que dio vuelta al planeta fue: “quién soy yo para juzgar a un gay”. El puro uso de la palabra “gay” sonó a una aceptación de una realidad que la posición eclesiástica oficial no ha querido reconocer. El “no juzgarlos”, por otra parte, nos recordó al Jesús que pasó por Galilea escandalizando a los fariseos que se creían mejores y excluían a los demás.

En Amoris laetitia son muchas las indicaciones de lo mismo. No hay una familia ideal. Para Francisco, “hay un collage” de familias. El papa como papa tiene que tener una palabra de aliento para las familias y personas reales más que para las “ideales”. Estas, en realidad, no existen. Pero cuando la Iglesia juega en favor de esta hipótesis termina por excluir precisamente a aquellos que Jesús habría incluido e integrado. En Amoris laetitia hay un lugar para cada uno con su realidad familiar, con lo quedó de su familia, con su lucha por levantar un nuevo matrimonio y darle un hogar a niños regulares o irregulares.

Francisco ha hecho todo lo posible para que se dé la comunión a los divorciados vueltos a casar. ¿Quiénes no han querido? Figuras eclesiásticas y laicos muy parecidos a los fariseos que combatieron a Jesús. En contrario, merece un especial reconocimiento el coraje de los episcopados de Alemania y Malta que han explicado a sus fieles los alcances de la Exhortación apostólica.

Francisco ha puesto un grito en el cielo en favor de los migrantes. La Tierra es para todos. Nos recuerda la clave de bóveda de la enseñanza social de la Iglesia: el destino universal de los bienes. Un migrante es un ser humano al que se le niega un derecho fundamental. Se le niega y se le culpa de luchar por la vida propia y de sus hijos.

Este Papa, en fin, ha asumido el grito de los pobres y el grito de la Tierra, fenómenos dramáticos que tiene una sola causa: el capitalismo que se sirve de la tecno-ciencia. El planeta está al borde del abismo. La codicia y un sistema económico centrado en la búsqueda de la mayor ganancia posible, amenaza gravemente el futuro de la humanidad

Libertad de expresión

Otro cambio notable, pero talvez no suficientemente advertido y destacado, es la libertad para hablar y expresarse. Un Papa que habla en vez de leer, que da entrevistas, que a veces dice leseras como afirmar que la gente de Osorno “es tonta” porque rechaza al obispo que él mismo le ha impuesto, un Papa que, en suma, es capaz, por lo mismo, de decir “no soy infalible”, ha generado la posibilidad de que otros hagan lo mismo.

Hasta hace poco en la Iglesia la palabra estaba reservada para la autoridades y estas, las más, no hacían más que citar a los papas o salir del paso con respuestas alambicadas. Muchas veces hemos tenido la impresión de oír a obispos o sacerdotes que pareciera que, en realidad, no tienen nada que decir. Hemos vivido en silencio por muchos años. Miedo y silencio. Hemos tenido la impresión que nuestros propios obispos han vivido atemorizados y silenciados.

A decir verdad, esta situación persiste en buena medida. Es inevitable sospechar. ¿No será que las autoridades se están cuidando? Francisco es un hombre mayor… ¿Cuánto le queda? El efecto péndulo es conocido. Más en este caso. El próximo Papa probablemente será más comedido que este. Si un eclesiástico se entusiasma mucho con Francisco, puede quedar mal parado con el papa siguiente.

Pero también cabe la posibilidad de que se instale en la Iglesia la costumbre de hablar abiertamente y de discrepar. El mismo Sínodo, seguido con interés por la opinión pública, fue ocasión de ver a los prelados discutir abiertamente sobre temas hasta hace poco “intocables”. ¿Ha hecho mal esta apertura? Todo lo contrario. La libertad para hablar ha devuelto protagonismo a católicos ya cansados de no ser considerados en nada.

La Iglesia ingresa, con Francisco, al registro 2.0. Este no consiste en un progreso, sino en la posibilidad que ofrece el mundo digital de interactuar horizontalmente, de expresarse de igual a igual. En esta Iglesia ha de primar el diálogo y la argumentación. No la imposición de la verdad.

Si el Papa admite que puede equivocarse, este es un derecho de todo el Pueblo de Dios.

LOS CAMBIOS QUE ESPERO VER

No se puede decir que Francisco haya comenzado un cambio en cuanto a la participación de la mujer en la toma de decisiones y los cargos en la Iglesia.

Debe reconocérsele una mirada benévola, misericordiosa, con la mujer en Amoris laetitia. Las aperturas en la concepción de la sexualidad, el matrimonio y la familia, junto a la ya mencionada posibilidad de comulgar en misa para los divorciados vueltos a casar, deben imputarse como favorables a las mujeres católicas.

¿Cómo no será un enorme progreso haber entregado la decisión del control de natalidad a la conciencia de las parejas? Se dirá que esto atañe también a los esposos. No de igual manera. Tomar o no tomar la píldora ha sido un cuidado de la mujer. Ella ha sido quien ha debido cargar con un eventual embarazo y la angustia de dar a luz un niño no querido. Los hombres muchas veces se han desentendido de la paternidad responsable. Simplemente han descansado en que esta preocupación le corresponde a su pareja. La encíclica Humanae vitae (1968), por casi cincuenta años, ha sido un tormento moral para las mujeres. La pretensión de imponer su observancia sin contemplaciones ha significa una angustia moral y el motivo de la ida de la Iglesia de muchísimas mujeres.

Ahora último el Papa ha abierto un estudio sobre la posibilidad de ordenar diaconisas. Es otro paso, aunque tímido, en favor de la integración de la mujer. ¿Vendrá luego la posibilidad del sacerdocio femenino? Hoy es culturalmente impresentable su exclusión. La teología tiene dificultades para encontrar en la tradición de la Iglesia antecedentes significativos. Será necesario que la teología, y el magisterio que necesita fundamentar sus decisiones, se abran a considerar la autoridad que tiene oír hoy la voz de Dios en los signos de los tiempos.

Independientemente del sacerdocio femenino, se requiere que las mujeres sean admitidas por igual en los cargos de gobierno de la Iglesia. En este campo esperamos mucho de Francisco, aunque es improbable que tenga fuerzas para tanto.

Otro cambio importante, que esperamos se realice algún día, aunque estamos muy lejos de ello, es la constitución de una Iglesia policéntrica como la han pensado Rahner y Metz. Hoy la concentración del poder en Roma y la curia es impresionante. Las demás Iglesias tienen poquísima autonomía para desarrollarse. Aún conferencias como la latinoamericana son humilladas por Roma. Recuérdese aquí las intervenciones vaticanas en las dos últimas conferencias episcopales. En Santo Domingo la intervención de la curia fue grotesca. La conferencia estuvo a punto de fracasar. Luego en Aparecida una serie de textos aprobados por la asamblea volvieron del Vaticano gravemente cambiados. Estos son botones de muestra de una falta de respecto que no sería posible si el problema no fuera estructural.

Lo que está pendiente es el desarrollo de Iglesia regionales autónomas. Unidas unas a otras, sin duda, en virtud del obispo de Roma. Pero con la capacidad de abordar con creatividad las tareas de una evangelización que siempre debe ser inculturada. Los nuncios, en esto, no ayudan. Ellos, especialmente con los nombramientos de obispos afines, aseguran el predominio cultural del centro sobre las periferias.

Dudamos que este cambio sea posible con Francisco. Apenas podrá hacer algunos cambios en la Curia, plano en el que tiene mucho viento en contra. Solo podemos esperar que la libertad que el Papa está desencadenando en la Iglesia ayude a que las iglesias locales pierdan miedo y se atrevan a exigir mayor participación.

UN CAMBIO PROPUESTO

 Francisco en Evangelii Gaudium promueve un “Iglesia en salida”. El diagnóstico callado es que la Iglesia está enferma de encierro, de volcarse sobre sí misma. Habría que agregar que la institución eclesiástica suele parapetarse contra un mundo que le parece equivocado y amenazante. En muchos aspectos esto es verdad, pero lo propio de la Iglesia no es defenderse, menos aún condenar al mundo sino colaborar con Cristo en su salvación.

Se trata de “salir”, de ir a los otros, de llegar todos. Es más, si se analizan bien los textos del documento, descubrimos que ir a los demás equivale a acogerlos con todas sus diferencias. Esta es la Iglesia católica. Es católica, es decir, universal: de ella nadie debiera ser excluido.

No podemos pasar por alto que una Iglesia “en salida”, tal como Francisco la quiere, es una Iglesia alegre. Fijémonos en los títulos de los tres documentos principales: Evangelii Gaudium, Laudato si, Amoris laetitia. Son títulos que evocan la alegría que predominó en la Iglesia de los orígenes. La Iglesia es alegre cuando se entrega por completo a anunciar que Jesucristo es una buena noticia. Ella sale contenta a anunciarlo, esta es su misión, aunque no sabe si este éxodo tendrá éxito o terminará en un fracaso. La Iglesia no debiera controlar resultados. Los frutos auténticos son obras del Espíritu.

Francisco entiende que la Iglesia es una realidad histórica cuyo éxito no se puede calcular ni controlar. Su actitud pastoral principal es la de acompañar al Pueblo de Dios, involucrándose con él, respetando el camino que las personas van haciendo. Los sacerdotes y otros guías han de ser cercanos y respetuosos de las decisiones que las personas toman. La Iglesia institucional ha de ayudar a discernir el llamado que el Señor hace a los católicos individual o colectivamente considerados. Al promover la actitud de discernimiento, el Papa da vuelta todo. La verdad fundamental no es la de la doctrina, sino la que las personas van descubriendo en sus vidas, no sin los demás, como una verdad personal y vivificadora. El cristianismo no consiste en ajustarse a una enseñanza sino en seguir a una persona, a Jesucristo, iluminados por su Espíritu.

UN CAMBIO DIFÍCIL DE ESPERAR

Confieso, por último, que tengo pocas esperanzas que Francisco cambie la concepción y el lugar del sacerdote en la Iglesia. Hoy predomina por doquier una versión eclesiástica de la Iglesia. Congar, años atrás, hablaba de “jerarcología”. Una Iglesia vertical como la que tenemos, en la cual el poder, además, se encuentra “sacralizado”, es culturalmente insostenible. Siempre habrá laicos sumisos a poderes sacros o deseosos de conseguir el favor de Dios por la vía de la magia. Pero en los sectores sanos del cristianismo un sacerdocio de seres revestidos de una divinidad que les exige evacuar su humanidad, no debiera tener autoridad alguna. El Papa ha sido duro con el clericalismo que se sirve de la separación de lo sagrado y lo profano para dominar a los fieles y,  de paso, escalar posiciones. Dudo que Francisco, en esta materia, logre cambios importantes.

Jorge Costadoat, S.J.

Ponencia expuesta en la Presentación del libro: “Francisco. Palabra Profética y Misión” en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile y en la Iglesia de San Antón en Madrid.


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Vaticano: Guardia suiza. Discurso del Papa

El Papa a la Guardia Suiza: fuertes y valientes, pero también un ejemplo de vida

Francisco recibió al cuerpo militar vaticano y a los nuevos 40 reclutas que prestan juramento hoy: «Gracias por su servicio»

El Papa con la Guardia Suiza

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Pubblicato il 06/05/2017
Ultima modifica il 06/05/2017 alle ore 16:46
REDACCIÓN
ROMA

«Aprovecho esta ocasión para renovar a todo el Cuerpo de la Guardia Suiza mi gratitud por la diligencia y solicitud con que desarrollan su preciosa actividad al servicio del Papa y del Estado de la Ciudad del Vaticano».

 

Así el Papa Francisco renovó su agradecimiento a la Guardia Suiza Pontificia, según indicó la Radio Vaticana, en el tradicional encuentro, que coincide con la celebración del histórico Saqueo de Roma, en 1527, cuando sus predecesores se distinguieron por su valiente defensa del Papa, hasta el sacrificio de su propia vida.

 

En sus cordiales palabras y saludo también a los nuevos reclutas, el Santo Padre señaló el destacado servicio al que están llamados después de casi cinco siglos: «Hoy no están llamados a ese heroico ofrecimiento de su vida física, sino a otro sacrificio no menos arduo: a servir el poder de la fe. La fe es una válida barrera para resistir a las fuerzas y poderes de esta tierra y sobre todo a aquel que es el ‘príncipe de este mundo’, el padre de la mentira’ que ‘ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar’, según las palabras del Apóstol Pedro».

 

«Están llamados —continuó— a ser fuertes y valientes, sostenidos por la fe en Cristo y por su palabra de salvación. su presencia en la Iglesia, su importante servicio en el Vaticano es una ocasión para crecer como valientes ‘soldados de Cristo’».

 

Alentando a los miembros de la Guardia Suiza a perseverar en su seriedad profesional y en su generoso testimonio cristiano y santidad de vida, con el anhelo de que «ésta sea su principal preocupación», el Papa hizo hincapié en la importancia de la fe, como impulso para su servicio en la Ciudad Eterna y su testimonio cristiano.

 

«La singular misión que tienen encomendada en favor de la Santa Sede y de la Iglesia tiene su manantial en el Bautismo, que los habilita para testimoniar la fe en Cristo muerto y resucitado, allí donde la Providencia los lleva a vivir. Queridos guardias, siéntanse parte activa del gran Pueblo de Dios, discípulos misioneros comprometidos en testimoniar el Evangelio en el ambiente en el que obran y en los lugares donde transcurren su tiempo libre».


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Cuatro años de pontificado. Análisis de Thomas Reese.

Five great achievements of Pope Francis’ first four years

  • Pope Francis, right, and new cardinals visit with Pope Emeritus Benedict XVI at the retired pope’s residence after a consistory at the Vatican Nov. 19, 2016. (CNS/L’Osservatore Romano, handout)
It is hard to believe but Pope Francis is coming up on the fourth anniversary of his election as pope on March 13. In four years, the pope has had a profound impact on the church. True, he has not changed the church’s position on birth control, celibacy, women priests and gay marriage, but he has fundamentally changed how we see the church in five ways.

First, the pope has called for a new way of evangelizing. He tells us that the first words of evangelization must be about the compassion and mercy of God, rather than a list of dogmas and rules that must be accepted. He speaks daily of the compassion and love of God. Our response, he says, is to show compassion and love to all our brothers and sisters, especially the poor and marginalized. He not only talks about it; he does it by reaching out to refugees, the homeless, and the sick.

Previous popes wrote about the “new evangelization” in an abstract and boring way. This pope communicates in a way that grabs people’s attention with his words and actions. His message is the message of the Gospel — it is about the Father’s love for his people and their responsibility to love one another. He does not obsess over rules and regulations. He is more interested in orthopraxis (how we live the faith) than orthodoxy (how we explain the faith).

Second, Pope Francis is allowing open discussion and debate in the church. He is not scandalized by disagreements, even over doctrine. It is impossible to exaggerate how extraordinary this is. Only during Vatican II was such a debate possible. Ironically, conservatives who attacked progressives as dissenters under earlier papacies have now become dissenters to the teaching of Pope Francis.

During the last two papacies, dissent was roundly condemned and suppressed. The theologies of John Paul II and Benedict XVI could not be questioned. Episcopal candidates were screened on the basis of loyalty not pastoral skills. Bishops with contrary ideas were pressured into silence. An Australian bishop was removed from office for even suggesting the church might discuss women priests.

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At synods of bishops, Vatican officials controlled the agenda and even instructed the bishops on what topics could not be discussed. The synods, which were supposed to advise the pope, became forums for bishops to profess their loyalty.

Under Francis, synodal participants were encouraged by the pope to speak their minds boldly and not worry about disagreeing with him. The result is a freer exchange of views, public disagreements, and even outright criticism of the pope by some conservative cardinals. All of this would never have been allowed under earlier popes.


Related: How the synod process is different under Pope Francis (Oct. 17, 2014)


There is also a long list of theologians who were investigated and silenced by the Vatican Congregation for Doctrine of the Faith during the last two papacies. This was especially true of moral theologians in the United States, liberation theologians in Latin America, and those interested in interreligious dialogue in Asia. Many lost their jobs in seminaries and were forbidden to publish. Even more practiced self-censorship lest they get into trouble.

This was especially true for priest theologians, who were controlled through ecclesial rather than academic channels. They were simply ordered under obedience to comply. Academic freedom for theologians was a joke, unless they were laypersons with tenure. Priest journalists were also censured and fired.

All that is gone. One no longer hears of theologians being investigated and silenced. This is extremely important if theology is to develop and deal with contemporary issues in a way that is understandable by people of the 21st century. The theological guild, if it is left alone, can be a self-correcting community of scholars.

Third, Cardinal Burke and the pope’s critics are right; the pope is presenting a new way of thinking about moral issues in Chapter 8 of Amoris Laetitia. He is moving the church away from an ethics based on rules to one based on discernment. Facts, circumstances, and motivations matter in such an ethics.

Under this approach to moral theology, it is possible to see holiness and grace in the lives of imperfect people, even those in irregular marriages. Rather than seeing the world as divided between the good and the bad, we are all seen as wounded sinners for whom the church serves as a field hospital where the Eucharist is food for the wounded rather than a reward for the perfect. Gone is any attempt to scare people into being good.

Fourth, the pope has raised environmental issues to a central place in the Catholic faith. He recognizes that global warming may be the most important moral issue of the 21st century. In his encyclical, Laudato Si, the pope tells us that “Living our vocation to be protectors of God’s handiwork is essential to a life of virtue; it is not an optional or a secondary aspect of our Christian experience.”

His encyclical was greeted enthusiastically by environmentalists who in the past saw the church as an enemy because of its position on birth control. Now the church is an ally because environmentalists are recognizing that religion is one of the few things that can motivate people to the kind of self-sacrifice required to save the planet. The pope’s encyclical has shown the way.


Related: Year-old Laudato Si’ has stirred up action for Earth (June 16, 2016)


Finally, the pope has moved to reform the governance structures of the church. True, reform of the Roman Curia has proceeded slowly, but it is happening. The financial reforms are spreading through the various Vatican agencies, beginning with the Vatican bank and moving through other entities. The Vatican budgetary process has been tightened up, and various offices have been consolidated. This is all for the good of the church. There is still lots to be done, but it is happening.

More importantly, he is trying to change the culture of the clergy, moving them away from clericalism to a vocation of service. He wants bishops and priests to see themselves as servants of the people of God, not princes.

Most important for the protection of his legacy, he has broken with tradition and seized control of the process for appointing cardinals. Rather than simply promoting prelates in traditional cardinalatial sees, he has reached into the college of bishops for cardinals that reflect his priorities and values. This increases the chances that his successor, elected by these cardinals, will continue his agenda and not roll back the changes that he has made.

To my progressive friends who are disappointed that the pope has not changed the church’s position on birth control, celibacy, women priests and gay marriage, I urge you to look at what he has done. It is revolutionary. Let us celebrate and give thanks for Francis.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a senior analyst for NCR and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church. His email address is treesesj@ncronline.org.]


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Hacia el 4º aniversario de la elección del Papa. Una biografía de Svidercoschi

“FRANCISCO EL INCENDIARIO”. A pocos días del IV aniversario de la elección de Bergoglio, anticipamos un capítulo del libro que está por salir del vaticanista Svidercoschi

Los comienzos en Lampedusa

Los comienzos en Lampedusa

Es suficiente ir a Google y tipear “las herejías de Francisco” para descubrir que hay medio millón de resultados donde se acusa al Papa Bergoglio de hacer afirmaciones gravemente erróneas respecto de la Tradición y de la doctrina católica. En realidad muchos de sus predecesores, sobre todo Juan Pablo II y Benedicto XVI, fueron expresamente culpados de herejía. Pero el Papa actual tiene el primado absoluto de ataques –y es un primado que sigue creciendo en número- de parte de esa caótica mezcolanza de mitómanos, integristas, nostálgicos, tradicionalistas y en términos generales opositores a Francisco. Opositores, todos ellos, extremadamente intolerantes e injuriosos.

Pues bien, esta podría ser también una confirmación más de cuánto ha cambiado en cuatro años el rostro del catolicismo. Y ha cambiado, obviamente, porque desde aquel 13 de marzo hay un Papa como Francisco, que es portador de un gran proyecto de renovación que en ciertos aspectos es incluso revolucionario. Por esa razón es un Papa que inevitablemente divide, es decir, que está destinado a hacer entrar en crisis muchas conciencias pero también a provocar rechazo, a crear divisiones o acentuarlas. La Fraternidad San Pío X, la de los lefebvristas más radicales, ha decidido rezar y hacer penitencia para que el Papa – al que considera uno de los principales responsables de la “grande y dolorosa confusión” que actualmente reina en la Iglesia – “tenga la fuerza para proclamar integralmente la fe y la moral”.

Ya no es la misma Iglesia. Pero si en estos cuatro años ha cambiado el rostro del catolicismo no es solo por el Efecto Francisco. También se debe a que las semillas del proyecto bergogliano, pese a las resistencias y hostilidades, han comenzado a echar raíces en el terreno de la Iglesia. Aunque no siempre los mismos creyentes lo perciben verdaderamente.

En efecto, ésta ya no es la Iglesia que –vista a través del prisma deformante de lo que estaba ocurriendo en el Vaticano y sus alrededores – parecía ser solo escándalos, luchas de poder, intrigas, negocios sucios, curas pedófilos y eclesiásticos carreristas. Sin duda no todos los problemas están resueltos y dentro de la muralla leonina siempre existe el riesgo de que vuelva a formarse una “casta”, menos visible pero precisamente por eso más insidiosa que la anterior. Sin embargo, ahora por lo menos hay transparencia. Están haciendo limpieza y ya no volverá a ocurrir que laven dinero sucio en el IOR. Hay un compromiso concreto de demoler el aparato burocrático y el sistema clerical que proliferaba en su interior.

Ya no es la Iglesia que daba la impresión de sentirse constantemente acosada, rodeada de enemigos, atemorizada por una modernidad que solo se identificaba por sus aspectos negativos como el secularismo, el relativismo ético, el anticlericalismo y ciertas investigaciones temerarias de la ciencia médica. Ahora, según uno de los pilares fundamentales del pensamiento de Francisco, es una “Iglesia en salida”. Por lo tanto es una Iglesia misionera, abierta a todos, en diálogo con todos y que debe anunciar el Evangelio en todas partes, en cualquier situación y oportunidad, sin miedos ni complejos. Es la famosa “cultura del encuentro” que se abrió paso entre los agnósticos, ateos recalcitrantes y laicistas, primero sorprendidos y después conquistados por un Pontífice que se mostraba severo en primer lugar con la gente que estaba “dentro” de su propia casa, empezando por los obispos y los curas.

Tampoco es ya la Iglesia que asistía en silencio, y cuya voz de todos modos pocos escuchaban, a la trágica involución de un mundo presa de nuevos conflictos, de nuevas macroscópicas injusticias, de nuevas violencias y de un nuevo y más terrible terrorismo. Ahora la Iglesia católica no solo ha recuperado toda su autoridad moral, no solo (gracias naturalmente a un Papa que vino del Sur) se ha convertido en la “voz” de los países pobres, de los pueblos arrasados por las guerras y reducidos a la miseria por las migraciones forzadas, sino que es capaz de ejercer una función mediadora en algunas situaciones de crisis e incluso movilizar las energías de otras Confesiones cristianas para apoyar la paz y la solidaridad.

Dureza de corazón. En síntesis, hace cuatro años predominaba una Iglesia que se consideraba detentora, si no dueña absoluta, de la “verdad”. Una Iglesia autorreferencial y contraria a los cambios, a las novedades, por miedo a debilitar sus defensas, a perder sus privilegios. En cambio ahora la Iglesia debe trabajar y esforzarse porque ya no tiene la centralidad ni puntos de apoyo institucionales. Y lo que más impresiona es que tiene grandes dificultades para pasar de lo que era una dialéctica puramente interna del poder eclesiástico a una confrontación directa con la palabra misma del Evangelio. Dicho de otro modo, a pasar de una dureza de corazón a la lógica evangélica del amor y de la misericordia.

Hace cuatro años la Iglesia plasmada por el Concilio Vaticano II estaba, de hecho, bloqueada. Bloqueada debido a los atrasos para poner en práctica los documentos conciliares; pero también debido a la preocupación de muchos representantes de la jerarquía por el “fantasma” de nuevas reformas. Por eso era una Iglesia imposibilitada para expresar su carga carismática, su representación de todo el pueblo de Dios (formado en su amplia mayoría por laicos, cosa que a menudo se olvidaba) y la riqueza de su diversidad de tradiciones, culturas, lenguas y experiencias. Ahora esta Iglesia se ha puesto nuevamente en camino. Y, remodelada por Francisco, está experimentando nuevas vías para anunciar la perenne novedad del mensaje de Cristo.

Mucho ha cambiado, desde aquel 13 de marzo, el rostro del catolicismo. Así como está cambiando progresivamente su dimensión interior. Ha mejorado el clima de fraternidad, de relaciones de comunión, del vivir juntos, del diálogo, dentro del mundo eclesial. Y además, sobre todo, se empiezan a advertir los primeros efectos de un retorno de la Iglesia a la inspiración evangélica,  a una fe más límpida, más transparente, liberada de tantas formalidades, de demasiados preceptos, de demasiadas construcciones (y restricciones) doctrinales, de tantas “jaulas” institucionales y tantas intromisiones ideológicas.

“Nostalgia” del Evangelio. Esta “nostalgia” del Evangelio, si se la puede llamar de esa manera, se agitaba desde hace tiempo en la profundidad de la conciencia de grandes sectores del pueblo católico; pero era algo indefinido, algo vago, algo que quedaba siempre al nivel de una aspiración y nada más. O quizás era un gran deseo de escuchar el Evangelio, eso sí, pero ¿cómo se hace para vivirlo? ¿dónde se lo puede vivir?

Y vaya a saber cuándo habría aflorado ese deseo, esa necesidad, si no hubiera llegado alguien como Francisco. La primera revolución la llevó a cabo en sí mismo, porque inmediatamente transformó la manera de “ser”, la manera de “actuar como Papa”. Era un estilo que podía parecer solo algo personal, pero muy pronto se pudo ver el sello “bíblico”, la completa identificación con las raíces, con las fuentes del cristianismo. Entonces es un Papa que vive el Evangelio. Anunciándolo siempre de nuevo, todos los días, como si fuera la primera vez. Y dando testimonio con su propia vida, en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión.

Es cierto que a veces su manera de hablar resulta chocante y puede desconcertar. Pero dejando de lado las bromas y algunas frases ocurrentes, resulta evidente que las palabras de Bergoglio son palabras del Evangelio y por eso, al igual que las palabras del Evangelio, pueden escandalizar. Palabras que llegan directamente a la gente, que anulan las distancias, porque traen a colación –como hacía Jesús en sus relatos- imágenes y situaciones de la vida cotidiana. Y además estas palabras acompañan los gestos, los interpretan. O bien son gestos que toman el lugar de las palabras. Un gesto de ternura, de solidaridad – como aquellos encuentros con los prófugos de Lesbos – es capaz de transmitir mucho mejor un sentimiento de cercanía, de comprensión.

Y el silencio, que a veces puede tener más fuerza que un gesto, que puede ser más elocuente que las palabras. Por ejemplo cuando Francisco fue a Auschwitz y pasó sin acompañantes bajo ese espantoso cartel, “Arbeit macht frei”, recorrió el campo de exterminio y después Birkenau, rezando, en silencio. Sus predecesores, el polaco Wojtyla y el alemán Ratzinger, habían hablado, se habían visto obligados a hablar. Bergoglio en cambio venía del otro lado del mundo, era la primera vez que estaba allí. Y el silencio quería expresar toda su angustia al ver directamente el lugar del dolor absoluto y descubrir que esa crueldad sigue existiendo.

Un espíritu reformador. Muchos otros Papas, naturalmente, han vivido la radicalidad del Evangelio y han dado un testimonio ejemplar del primado, en cuanto fundamento originario y decisivo de la vocación cristiana. Y cada Papa lo ha hecho a partir de su propia sensibilidad personal y espiritual. Cada Papa se ha caracterizado por una determinada “cualidad” evangélica, en íntima relación con la situación de la Iglesia en ese determinado momento histórico y eclesial.

Por ejemplo, Juan XXIII y Pablo VI, a través del Concilio Vaticano II se preocuparon por mostrar en qué sentido el Evangelio también puede ser una “buena noticia” para el hombre del siglo XX. El Papa Luciani, a pesar de la brevedad de su pontificado, tuvo tiempo para volver a proponer la extraordinaria normalidad de la humanidad de Cristo. Juan Pablo II comenzó a viajar por todo el mundo como “peregrino del Evangelio” y cuando estuvo en la laica Francia, un “comecuras” como Eugène Ionesco fue quien hizo notar que hacía mucho tiempo que no se escuchaba a un hombre de la Iglesia hablar de Dios y de amor, y no de política. Y Benedicto XVI cuando fue elegido se presentó diciendo que su verdadero programa de gobierno sería ponerse a la escucha, junto con toda la comunidad católica, “de la palabra y la voluntad el Señor”.

El Papa Bergoglio vive la fidelidad al Evangelio con la misma transparencia y totalidad que sus predecesores. Pero tal vez por sus orígenes o por su experiencia latinoamericana, por la combinación ignaciano-franciscana o porque ha podido observar (y juzgar) el “centro” de la catolicidad desde otra perspectiva, o quizás por todo el conjunto de su vivencia humana y religiosa, lo cierto es que la figura de Francisco termina identificándose automática y linealmente con la de un reformador.

Mirándolo, no solo se puede entender sino que también se puede “ver” por qué un Papa, viviendo el Evangelio en lo concreto de la historia, en los problemas de su tiempo, de este tiempo, se ve impulsado e incluso obligado a asumir una actitud profundamente renovadora en su ministerio, en su manera de conducir la catolicidad.

Queriendo hacer una síntesis, casi se podría decir que no es Francisco el que quiere cambiar y renovar la Iglesia, sino que es el Evangelio – habiendo encontrado en Francisco un “intérprete ideal” – el que obliga a la Iglesia a convertirse, a purificarse y en consecuencia a cambiar.

Es difícil prever a dónde llevará este retorno – un retorno que no puede ser meramente simbólico – a los orígenes del cristianismo. Indudablemente si este estilo evangélico, que por ahora encarna el Papa Francisco, llegara a convertirse en el signo distintivo de la presencia y el testimonio de la Iglesia en el mundo, ¡entonces sí que sería una revolución! Una Iglesia que se sometiera constantemente al juicio del Evangelio recuperaría su identidad más íntima, más verdadera. Y recobraría coraje y profecía para ayudar a los hombres de hoy – como dice san Buenaventura en una cita que tanto le gusta a Bergoglio – a “encontrar a Dios en todas las cosas”.

Gianfranco Svidercoschi, “U.Francisco el incendiario”. “Un papado entre resistencias, contradicciones y reformas”, Editrice TA


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Hace cuatro años la dimisión de Benedicto XVI. Su situación actual según Lombardi

El Papa emérito reza por la Iglesia y por su Sucesor

2017-02-11 Radio Vaticana

(RV).-  El lunes 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI renunciaba al ministerio petrino. Un gesto inédito que  – a distancia de cuatro años –  se comprende cada vez más profundamente, también gracias a la extraordinaria relación de hermandad entre Francisco y el Papa emérito. Nuestro colega Alessandro Gisotti entrevistó al Padre Federico Lombardi, Presidente de la Fundación vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, quien nos ofrece una reflexión sobre el testimonio que esta importante figura de la Iglesia está ofreciendo en estos años de retiro y oración:

“La manera en la que Benedicto XVI ha vivido y vive estos años corresponde a aquello que nos había dicho, ósea en oración, en retiro, desde un punto de vista espiritual y con extrema discreción, su servicio de acompañamiento a la vida de la Iglesia y de solidaridad también, con su sucesor. Esto es lo que está ocurriendo en total serenidad”.

El Padre Lombardi, que ha tenido últimamente la posibilidad de visitar a Benedicto XVI, nos cuenta cómo lo ha encontrado:

“Si, en los últimos meses he tenido algunas ocasiones. Espero continuar teniéndolas, más aun habiendo recibido la responsabilidad de la Fundación Ratzinger, seguramente habrán más motivos para visitarlo. Lo he hallado muy bien desde el punto de vista de la lucidez, de la presencia espiritual, mental, por lo que da verdadero gusto estar con él.  Naturalmente el tiempo pasa y las fuerzas disminuyen. Mientras aquellas mentales y espirituales son perfectas, las fuerzas físicas van debilitándose un poco. Sin embargo Benedicto XVI es una persona que no tiene enfermedades particulares, por lo tanto se ve la fragilidad que aumenta con la edad, pero sigue en pie, puede caminar. Es una persona anciana un poco más frágil con el pasar del tiempo, pero que está perfectamente presente y a la cual es muy agradable encontrarlo”.

En el libro “Últimas conversaciones”, Benedicto XVI afirma que poner en el centro el tema de Dios y la fe en primer plano, ha sido la orientación fundamental de su Pontificado. De ahí la pregunta al Padre Lombardi acerca de cuál es, a su juicio, el testimonio más fuerte que el Papa emérito está ofreciendo:

“Diría que el hecho de vivir este tiempo en la oración está en perfecta coherencia con lo afirmado anteriormente, es decir, Dios en el centro, la fe como sentido de nuestra vida y, la cosa que encuentro también muy bella – y que también resulta en este libro de las “Últimas conversaciones”,  es este sentido de la proximidad del encuentro con Dios, el hecho de vivir la edad de la ancianidad como un tiempo de preparación y de familiarización – diría – con el Señor que se prepara a encontrar. Esto me parece un hermoso testimonio. Creo que, verdaderamente, es muy lindo tener al Papa emérito que reza por la Iglesia, por su Sucesor. Es una presencia que sentimos. Sabemos que él está y si bien no lo vemos con frecuencia, cuando lo vemos estamos todos muy contentos, porque lo queremos. Por tanto, lo sentimos como una presencia que nos acompaña, que nos consuela y nos tranquiliza”.

Teniendo en cuenta que el Padre Federico Lombardi conoce bien al Papa Francisco y a Benedicto XVI, la última pregunta se refiere a lo que lo sorprende de la relación entre ambos, algo que también es inédito en la historia de la Iglesia:

“Es verdad, es inédito, pero se lo vive con extrema serenidad y normalidad, porque la motivación y el modo en que esto se ha producido, ha sido sumamente lineal, claro y sereno. Todos recordamos, evidentemente, el último encuentro del Papa Benedicto con los Cardenales que estaban llegando a Roma para prepararse para el Cónclave, en el que él, aun no sabiendo aún a quién se refería, prometía su obediencia, su respeto por quien habría sido su Sucesor. El Cardenal Bergoglio estaba presente y naturalmente todos recordamos este momento. Después se ha realizado lo que había dicho el Papa Benedicto, en su discreta y serena cercanía espiritual a su Sucesor que – ciertamente – también siente – como nos ha dicho en diversas ocasiones – el apoyo de esta presencia y de esta oración y que cultiva esta relación, a veces con visitas, otras con llamadas telefónicas; ciertamente con muchos signos de familiaridad, de respeto y de expectativa del apoyo espiritual. Por tanto sí, estamos viviendo esta realidad inédita, pero es hermosa, es consoladora; diría que todas las veces que vemos imágenes del Papa Francisco y de su Predecesor juntos, es una gran alegría para todos y es un bello ejemplo de unión en la Iglesia, en la variedad de las condiciones”.


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Lombardi autor de un libro sobre los Vatileaks2

Vatileaks; Lombardi: nos interesa la verdad, no la imagen

A partir de hoy estará disponible en las librerías italianas «Vatileaks 2 – El Vaticano ante la justicia de los hombres», del ex vocero de la Santa Sede: «No me sorprendería que sucediera de nuevo»
ANSA

El proceso vaticano “Vatileaks”

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Pubblicato il 02/02/2017
Ultima modifica il 02/02/2017 alle ore 18:58
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«No faltaron personas que creían que el proceso no se iba a hacer para evitar que se dañara la imagen. Yo, acaso porque soy un poco viejo y un poco duro, tengo una línea completamente diferente sobre este caso». El Padre Federico Lombardi, que hasta hace pocos meses fue el director de la Sala de Prensa vaticana, siguió paso a paso el proceso sobre la fuga de documentos reservados de la Santa Sede, el conocido caso Vatileaks 2, que comenzó en el tribunal del Estado vaticano el 24 de noviembre de 2015 y concluyó el 7 de julio del año pasado, con las condenas de los dos principales imputados, monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda y Francesca Immacolata Chaouqui, que en esa época eran miembros de la comisión que creó Papa Francisco para instruir la reforma financiera vaticana, y con la absoluciónn de los periodistas Gianluigi Nuzzi y Emiliano Fittipaldi, autores de los dos libros que publicaron los documentos en cuestión («Vía Crucis» y «Avaricia»).

 

Concluida la historia, que, según el jesuita, podría incluso repetirse, y publicadas las motivaciones de la sentencia, Lombardi dio a la prensa el libro «Vatileaks 2 – El Vaticano ante la justicia de los hombres» (editado en Italia por Rizzoli), en colaboración con el periodista Massimiliano Menichetti, para «dar a conocer el adecuado funcionamiento de la justicia en el Vaticano, realidad poco conocida, y ofrecer una documentación sobre cómo fue afrontado durante el proceso el tema de la libertad de prensa y el involucramiento de los dos periodistas». Pero también para ofrecer a la opinión pública, y a las actas de la historia, los pasos que se han dado en estos años en el Vaticano en cuanto a transparencia.

 

«No faltaron personas que creían que el proceso no se iba a hacer para evitar que se dañara la imagen», dijo Lombardi en una conferencia de prensa que se llevó a cabo en la Sala de Prensa extranjera. El mismo jesuita escribió hace algunos meses un artículo publicado por «La Civiltà Cattolica» que era una crónica del proceso y al mismo tiempo un análisis sobre su significado para el Vaticano. «Yo, acaso porque soy un poco viejo y un poco duro, tengo una línea completamente diferente sobre este caso, así como la tengo en relación con otros casos, por ejemplo los abusos (sexuales de miembros del clero, ndr.): no creo de ninguna manera que la preocupación imperante tenga que ser la de la imagen; por el contrario, creo que la preocupación principal es la verdad. El esfuerzo de llegar a la verdad, para llegar a la sustancia de las cosas y después tomar una postura frente a ella. Estoy convencido de que al final las personas inteligentes y honestas reconocerán que la imagen es mejor si se actúa así».

 

Según Lombardi, quien cuando era el vocero vaticano siguió el primer proceso «Vatileaks» en la última etapa del Pontificado de Benedicto XVI, «era correcto hacer este proceso: había una ley», promulgada por Papa Francisco justamente después del primer caso «Vatileaks», «había una evidente falta que debía ser afrontara a la luz de la ley y encontrar una respuesta a aquella situación. Esta —subrayó Lombardi— también es, creo, la línea que siguió Papa Benedicto frente al caso de los abusos». En el Vaticano, pues, durante estos años, «se han dado pasos en la línea de la verdad, de la transparencia, frente a cierto espíritu de mundanidad»:

 

En relación con el futuro, «decir “no volverá a suceder” es una profecía que no me permito hacer. Lo espero, me disgustaría que sucediera, pero no me sorprendería que sucediera de nuevo», dijo Lombardi, quien también subrayó que, como demuestra la última fuga de documentos (originada en el seno de una comisión encargada por el Papa argentino para la reforma de las estructuras económicas y financieras del Vaticano, «el peligro más fuerte es que cuando hay tensiones y discusiones fuertes surja en los protagonistas la tentación de influir en los eventos con discreciones o documentos enviados a la prensa, lo saben mejor que yo, y saben mejor que yo también cómo aprovecharse de una situación de este tipo, porque a veces ustedes los periodistas acuden a las personas que hablan más fácilmente o que se encuentran, justamente, en una situación de tensión para provocarlas y obtener información». Una cuestión que «plantea, más allá del aspecto jurídico, una cuestión moral», es decir de deontología profesional de los periodistas.

 

El padre Lombardi no dijo nada sobre el libro que justamente uno de los imputados del proceso «Vatileaks 2», Francesca Immacolata Chaouqui, publicará en los próximos días y que, según la autora, tendrá documentos inéditos: «Estamos contentos de hacer hoy la presentación y no hablamos de hipótesis de futuro. No me dan ganas, para nada, de hablar de un libro que ni he leído ni conozco». A los que le preguntaron, durante la conferencia de prensa, si el caso de la fuga de documentos se debía a un complot, el padre Lombardi respondió que «hay un aspecto humano» relevante, pero, refiriéndose a los imputados condenados, añadió: «no quiero psicoanalizar a estos dos personajes, que quiero bien, con los que he tenido una relación, digamos, profesional», pero, insistió, sintió «un poco de compasión, porque fue un caso doloroso para todos».

 

El padre Lombardi no respondió a otras cuestiones vaticanas, y a quienes le pedían algún comentario sobre el caso de la Orden de Malta, se limitó a responder: «Una de las ventajas de haber concluido mi trabajo es la de ya no tener que ocuparme de estas cosas».