Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Economía y ética. Discurso del Papa

2019.05.03 Udienza Papa Francesco – Servizio Sviluppo Umano IntegraleAudiencia del Papa a los miembros de la Fundación Guido Carli  (Vatican Media)

El Papa agradece a la Fundación Carli su compromiso solidario

Al recibir a los miembros de la Fundación Guido Carli el Papa Francisco reiteró que “la economía presta un servicio al bien común si permanece ligada a la ética, que es la medida universal del auténtico bien humano”

María Fernanda Bernasconi  – Ciudad del Vaticano

Al dar su bienvenida a los representantes de la Fundación “Guido Carli” y del Jurado del homónimo Premio, con motivo del décimo aniversario de su institución, el Papa Bergoglio saludó cordialmente la todos y agradeció a la Dra. Romana Liuzzo sus palabras en nombre de los presentes.

Además, Francisco puso de manifiesto que a través de sus iniciativas, dan continuidad a la obra del economista y estadista Guido Carli, cuya figura se caracteriza por su fuerte sentido del deber y su compromiso perseverante por el bien de la comunidad. En efecto, el Santo Padre recordó que era originario de la localidad italiana de Brescia, y que dio sus primeros pasos en el campo de la responsabilidad institucional gracias a un sacerdote amigo de los Montini, la familia del Santo Papa Pablo VI, a quien los Carli estaban vinculados por una antigua amistad.

“ Es importante reiterar que la economía presta un servicio al bien común si permanece ligada a la ética, que es la medida universal del auténtico bien humano ”

De ahí que el Pontífice haya destacado que todos somos conscientes de que, entre las contradicciones de la sociedad actual, también está ésta: por un lado, se asiste a la prevalencia de criterios puramente económicos y de actividades orientadas al consumo y, por otro, la creciente incapacidad para conciliar la distribución justa de la renta con la valoración de las perspectivas de desarrollo. Por esta razón afirmó que “es importante reiterar que la economía presta un servicio al bien común si permanece ligada a la ética, que es la medida universal del auténtico bien humano”.

En cuanto al significativo compromiso social de su Fundación – que pretende promover la solidaridad – el Obispo de Roma les dijo que es “un valor humano” y que, desde una perspectiva cristiana, “cumple el deber de la caridad evangélica”. Por esta razón manifestó su complacencia ante los reconocimientos que han atribuido a hombres y mujeres que se han distinguido en todo el mundo por su compromiso civil y ético. Y dijo que en Italia hay muchos representantes de la cultura, de la ciencia, del mundo del trabajo, del voluntariado y también de la Iglesia que, mediante su actividad, “representan ejemplos y modelos positivos a imitar”.

El Santo Padre aprovechó esta oportunidad para expresarles su agradecimiento y animarlos a que perseveren en su acción, especialmente en favor de los sectores más débiles de la sociedad, como estímulo para el crecimiento de todos sus componentes. Y se despidió con el deseo de que el Señor sostenga y bendiga sus propósitos de bien.


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El Papa a un congreso sobre ética teológica celebrado en Sarajevo.

El Papa: el mundo no necesita gritos y eslóganes, sino diálogo

Mensaje al encuentro de 500 teólogos reunidos en Sarajevo: ecología y migraciones en las mesas de discusión: «el tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros»
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Pubblicato il 27/07/2018
Ultima modifica il 27/07/2018 alle ore 00:36
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

«No hay necesidad de eslóganes gritados que a menudo se quedan vacíos o antagonismos de partidos que se confrontan para conquistar el escenario», sino «un liderazgo que sea capaz de ayudar a encontrar y poner en práctica un modo más justo para vivir en este mundo y compartir un destino común». El Papa Francisco lo escribió en un mensaje enviado al encuentro de 500 teólogos de todo el mundo en Sarajevo. Todos ellos afrontarán cuestiones como el cambio climático y las migraciones: «El tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros», afirmó el Papa.

 

«Queridos hermanos y hermanas, les saludo a todos ustedes que participan en esta tercera conferencia mundial sobre la ética teológica, que tiene lugar en Sarajevo, ciudad de gran valor simbólico por el viaje de reconciliación y pacificación después de los horrores de una guerra reciente que ha provocado tanto sufrimiento a las personas de esta región», escribió Jorge Mario Bergoglio en el mensaje firmado el 11 de julio y leído en inglés por monseñor Luigi Pezzuto, nuncio apostólico en Bosnia y Herzegovina.

 

«Sarajevo es una ciudad de puentes. Su encuentro está inspirado en este motivo dominante que pone en guardia sobre la necesidad de construir en un ambiente de tensión y divisiones nuevos caminos de cercanía entre personas, culturas, religiones, visiones de la vida y orientaciones políticas. El tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros. No dejo de repetirlo con la esperanza de que las personas, donde quiera que se encuentren, pongan atención en esta necesidad que es cada vez más reconocida, aunque a veces suscite resistencias y formas de regresión. Sin renunciar a la prudencia, estamos llamados a reconocer cada signo y movilizar todas nuestras energías para remover los muros de la división y construir puentes de fraternidad por doquier en el mundo».

 

Entre los puntos del encuentro que pretende «construir puentes en un tiempo crítico como el nuestro», escribió el Papa, «ustedes han dado un sitio central al desafío de la ecología, puesto que algunos de sus aspectos pueden crear graves desequilibrios no solo en términos de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, sino también entre las generaciones y las personas. Este desafío, como se deduce de la encíclica Laudato si’, no es solo uno de tantos, sino el más amplio escenario para una comprensión tanto de la ética ecológica como de la ética social. Por este motivo, su preocupación por la cuestión de los migrantes y de los refugiados es muy seria y suscita un radical cambio en la manera de concebir las cosas que puede promover una reflexión ética y teológica incluso antes de inspirar deseables actitudes pastorales y políticas responsables y planificadas con cuidado».

 

«En este escenario complejo y exigente –subraya el Papa Francisco– se necesitan personas e instituciones capaces de asumir un liderazgo renovado. No se necesitan, por el contrario, eslóganes ni gritos que a menudo permanecen vacíos o antagonismos de partidos que se confrontan para conquistar el escenario. Necesitamos un liderazgo capaz de ayudar a encontrar y poner en práctica una manera justa para vivir en este mundo y compartir un destino común».

 

En relación con la manera en la que la ética teológica puede ofrecer una contribución específica, prosigue Bergoglio, «me parece penetrante su propuesta de crear una red entre personas y diferentes continentes con diferentes expresiones y modalidades que puedan dedicarse a una reflexión ética en clave teológica, en un esfuerzo para encontrar recursos efectivos. Con tales recursos se pueden llevar a cabo análisis necesarios y, mucho más importante, se pueden poner en movimiento energías para una práctica compasiva y atenta a las situaciones humanas trágicas, preocupada por acompañar con cuidado misericordioso. Para crear una red de este tipo es urgente, antes que nada, construir puentes entre ustedes, compartir ideas y programas y desarrollar programas de cercanía. No es necesario decir que esto no significa apostar por la uniformidad de los puntos de vista, sino más bien buscar sinceramente y con buena voluntad una convergencia de propuestas, en una apertura dialógica y en la discusión de las diferentes perspectivas».

 

«Les será de ayuda –prosigue el Papa– una particular forma de competencia a la que me he referido en la introducción de la reciente exhortación apostólica Veritatis gaudium: al citar los criterios fundamentales para una renovación de los estudios eclesiásticos, subrayé la importancia de un diálogo de más amplio alcance que puede servir como base para una apertura interdisciplinaria y transdisciplinaria tanto para la teología como para la ética teológica. Subrayé también la urgente necesidad de que las instituciones en el mundo creen redes para cultivar y promover los estudios eclesiásticos».

 

El Papa animó a todos los participantes, «hombres y mujeres que trabajan en el campo de la ética teológica, a apasionarse por un diálogo de este tipo y a crear redes». «Este enfoque puede inspirar análisis que pueden ser, por lo menos, penetrantes y atentos sobre las complejidades de la realidad humana. Ustedes mismos aprenderán cada vez mejor cómo ser fieles a la palabra de Dios que nos desafía en la historia a mostrar solidaridad con el mundo que no hemos sido llamados a juzgar, sino a ofrecer nuevos caminos, a acompañar viajes, apoyar en las debilidades. Ustedes ya han tenido experiencia, desde hace más de diez años, en la construcción de puentes en su asociación. Sus encuentros internacionales en Padua, en 3006, y en Trento, en 2010, sus encuentros regionales en diferentes continentes y sus diferentes iniciativas, publicaciones, actividades de enseñanza les han enseñado un estilo para compartir que, espero, pueda impulsarles a ser fructuosos para toda la Iglesia».


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La Humanae vitae y las consultas de Paulo VI. Nuevas investigaciones.

“Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI

El libro de Marengo sobre el origen de la encíclica: durante el primer Sínodo de los obispos, en 1967, el Papa Montini pidió un parecer sobre la anticoncepción; respondieron pocos y la mayor parte de ellos se mostró favorable a la apertura. Detalles del texto aprobado y después corregido

“Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI

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Pubblicato il 10/07/2018
Ultima modifica il 10/07/2018 alle ore 19:23
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

En octubre de 1967, durante el primer Sínodo de los obispos celebrado en el Vaticano, Pablo VI le pidió al cardenal Secretario de Estado que solicitara pareceres sobre la contracepción en vista de la publicación de la encíclica. Solamente 26 de los 200 obispos que estaban presentes respondieron por escrito. De ellos, la mayor parte se dijo a favor de algunas concesiones con respecto a la píldora. Los que se opusieron fueron 7. Pero el Papa Montini, que ya había decidido no someter el argumento a la discusión conciliar y ya había escuchados los pareceres de una comisión de expertos (que se expresó a favor de la apertura), no halló elementos para cambiar la postura hasta entonces mantenida por sus predecesores y promulgó, pocos meses después, “Humanae vitae”, en julio de hace 50 años, aunque sin otorgarle la infalibilidad, como algunos habrían querido.

 

Es uno de los nuevos elementos que surgieron gracias a la investigación de monseñor Gilfredo Marengo, autor del libro apenas publicado en Italia “El nacimiento de una encíclica. «Humanae vitae» a la luz de los Archivos vaticanos” (Libreria Editrice Vaticana). Una investigación detallada a partir de documentos hasta ahora nunca consultados, gracias a la cual se han podido reconstruir el origen de la encíclica, sus diferentes redacciones y las correcciones que hizo Pablo VI. Un trabajo minucioso, que permite cancelar reconstrucciones fantásticas o basadas en testimonios individuales no siempre equilibrados. Un trabajo que también cancela las elucubraciones interesadas de cierta propaganda antipapal que actúa a golpe de invectivas por parte de anónimos. Esa misma campaña que recientemente atribuyó a Marengo (en cuanto ejecutor de directivas papales) el intento de «replantear» y cambiar la encíclica montiniana. Un libro que ayuda a comprender el trabajo personal del Pontífice, que en mayo de 1968 aprobó un primer borrador de la encíclica, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero lo corrigió después de haber leído las consideraciones de la Secretaría de Estado (que sugerían un enfoque diferente, a pesar de que afirmaran la misma postura contraria en relación con los anticonceptivos).

 

El sondeo “sinodal”

 

Durante el primer Sínodo de los obispos de otoño de 1967, precisamente el 4 de octubre, Pablo VI le pidió al cardenal Jean Villot que enviara una invitación a todos los padres sinodales para que le enviaran reflexiones y sugerencias sobre la regulación de los embarazos. «La noticia de esta voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante –subraya Marengo–, porque una de las acusaciones más repetidas, tras la publicación de “Humanae vitae”, fue que el Papa decidió en soledad, de una manera no colegial». Sin embargo, respondió solamente un poco más del 12 por ciento de la asamblea (los miembros del Sínodo eran en total casi 200), en un arco temporal que fue del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968. La mayor parte de ellos se expresó a favor del uso de métodos contraceptivos: solamente siete pidieron que el Papa se pronunciara para insistir en que eran ilícitos. En el libro de Marengo aparece la lista de las comunicaciones escritas, 25 en total. Algunos de los que respondieron lo hicieron más de una vez; otros, en cambio, enviaron un único documento con varias firmas.

 

Los nombres de los que se expresaron

 

A favor de la apertura estaban los cardenales Suenens (Bruselas) y Döpfner (Mónaco de Baviera), los cardenales y obispos estadounidenses Shehan (Baltimor), Krol (Filadelfia), Dearden (Detroit), Wright (Pittsburgh); el cardenal Renard (Lyon), el obispo Martinj (Nouméa en Nueva Caledonia), en nombre de los obispos de las islas del sur de Oceanía; el cardenal Legér (Montreal), el administrador apostóolico de Toronto Phocock, el obispo Hurley (Durban); el obispo Lorscheider (Brasilia); el cardenal Darmojuwono (Semerang), en nombre de la Conferencia Episcopal de Indonesia; el obispo Martensen (Copenhague); el consconsejero del Patriarca de Antioquía de los melequitas, Edelby; el obispo Flahiff (Winnipeg), el obispo Beck (Liverpool); el obispo Dupuy (Albi en Philippe). En cambio, los que se expresaron en contra fueron siete: el estadounidense Fulton Sheen, obispo de Rochester; el cardenal Santos (Manila); el cardenal Tappouni, Patriarca de Antioquía de los sirios; el cardenal Siri (Génova); el obispo Attipetty (Verapoly, en India); el vicario apostólico Hartl (Araucanía, Chile); el obispo de Cracovia, Karol Wojtyla.

 

Las razones de los que estaban a favor…

 

Entre las diferentes respuestas que pedían de alguna manera revisar los términos de las enseñanzas de la Iglesia en relación con la regulación de los nacimientos, destacaban, indica el autor del libro, las de los cardenales Suenens y Döpfner. El purpurado belga, gran elector de Pablo VI (se asomó desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico junto al nuevo Papa al final de su primer Ángelus, del domingo 23 de junio de 1963), envió tres textos. «Conociendo bien las preocupaciones de Pablo VI de mantenerse en línea con el magisterio de sus predecesores, en el primero trataba de demostrar que la decisión de Pío XII de juzgar lícito el método Ogino-Knaus, a pesar de introducir un elemento de novedad con respecto a la “Casti connubii”, no podía ser considerada discordante en relación con el magisterio de Pío XI. Así habría sido, análogamente, si se hubiera acogido la tesis de cuantos sostenían que, en determinadas condiciones, los cónyuges podían usar la píldora contraceptiva». En una tercera carta, Suenens, en cambio, examinaba la decisión del Papa de no someter a la decisión del Concilio la discusión sobre los métodos anticonceptivos; insistiendo en su desacuerdo, proponía plantear el argumento en un Sínodo posterior, puesto que habría sido «dramáticamente peligroso para el bien de la Iglesia que el Santo Padre asuma, solo, el papel de defensor y guardián de la fe y de la moral, y se presente al mundo evidentemente alejado del colegio de los obispos, del clero, de los fieles». Döpfner presentó la opinión de la mayor parte de los obispos alemanes, a favor de la apertura. Después, poco antes de la publicación de la encíclica, invitó al Papa a considerar bien la decisión, diciéndose preocupado y previendo consecuencias desastrosas.

 

…y las razones de los que estaban en contra

 

Entre los que se pronunciaron en sintonía con la intención de Pablo VI, solamente Wojtyła fue más allá de la «simple petición de que un futuro documento del magisterio insistiera en lo que Pío XI y Pío XII habían afirmado». El futuro Juan Pablo II envió, presentado como “Votum” en nombre de los obispos de Polonia, el llamado “Memorial de Cracovia”. «El fastidio por las posiciones conservadores –escribe Marengo– surge en la primera parte del “Memorial”, en donde se muestra la insatisfacción por la manera en la que ellas argumentaban sobre el valor del magisterio eclesial a propósito de la ley natural, con un énfasis especial sobre la continuidad infalible de su enseñanza». Son dos los elementos críticos expresados. El primero tenía que ver con el método: «no se podía dar por descontado que el rechazo de la contracepción perteneciera definitivamente al magisterio ordinario infalible de la Iglesia, precisamente porque el Papa había considerado necesario volver a examinar el problema (a través de la misma Comisión pontificia). La observación identificaba el límite de las posiciones de la minoría que, dando por descontado el perfil autoritativo de las enseñanzas eclesiales ya producidas, consideraban sustancialmente inútil cualquier enfoque sobre la cuestión que fuera más allá de la mera repetición de los datos tradicionalmente presentes en el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por esta razón, los teólogos de Cracovia resaltaban el límite de esta postura que, invocando a priori la autoridad del magisterio, descuidaba desarrollar una argumentación de las tesis sostenidas, particularmente en relación con el perfil fisiológico y teológico de la categoría de ley natural». Las investigaciones publicadas en el libro revelan que Wotyła contaba con importantes contribuciones (la más célebre era el “Memorial de Cracovia” de febrero de 1968), pero no influyeron en la redacción de la encíclica. «Las fuentes no permiten afirmar –escribe Marengo– que estos textos haya sido utilizados significativamente para la redacción de “Humanae vitae”».

 

El borrador aprobado y luego corregido

 

Los documentos nunca publicados demuestran que Pablo VI aprobó el 9 de mayo de 1968 el texto de una encíclica y fijó la fecha para su publicación (habría sido el día de la Ascensión, el 23 de mayo). Llevaba como título “De nascendae prolis” y fue el resultado de la reelaboración que llevó a cabo el padre Mario Luigi Ciappi (entonces Teólogo de la Casa Pontificia y futuro cardenal) de un proyecto que preparó la Congregación para la Doctrina de la Fe entre el otoño y el invierno de 1967. El Papa Montini le pidió a Ciappi que evitara enfatizar el carácter “definitivo” de su pronunciamiento y que tuviera mucho cuidado para que la exposición doctrinal no pudiera dar pie a equívocos o incertezas. «Ciappi intervino en el texto -escribe Marengo– con tres finalidades: insistir en el primado del fin procreador del matrimonio; negar legitimidad al uso del principio de totalidad, dar ala encíclica el valor de un documento que cancelara de una vez por todas el debate». Se trataba de un texto con una conspicua parte doctrinal, lleno de citas de Pío XII. «Con estas decisiones –observa el autor del libro– la futura encíclica se habría reducido completamente, en sus finalidades, a un riguroso pronunciamiento de doctrina moral. No es casual que precisamente en los primeros párrafos se cancelara la alusión a la especificidad cristiana de la comprensión del amor conyugal», contenido en un borrador anterior.

 

El Papa lo piensa mejor

 

En uno de los apéndices del libro de Marengo se publica íntegro el texto de esta encíclica pronta pero archivada. La versión oficial latina ya había sido impresa y solamente se esperaban las traducciones a las lenguas modernas para poder proceder con su publicación oficial. Pero sucedió algo inesperado. «Los traductores franceses de la Secretaría de Estado, monseñor J. Martin y monseñor P. Poupard, de acuerdo con Eduardo Martínez Somalo, encargado de la traducción española, le enviaron al Santo padre, mediante G. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, sus reservas sobre el texto». «Un atento análisis del documento preparado –escribieron los tres traductores, que después habrían sido creado cardenales– confirma la primera impresión. Es relativamente fácil darle algunos retoques formales (abreviar frases demasiado largas, cancelar repeticiones, mover algunos argumentos…) y ello evitaría ciertamente una cantidad de fastidios: nuevo trabajo, nuevos retrasos, indiscreciones, odiosidades… Pero, en conciencia, debemos decir que en nuestra opinión el remedio sería insuficiente. Es la configuración misma, la formulación negativa o restrictiva, más allá de la presentación estilística, lo que parece poco adecuado al objetivo: hacer inteligible y (en la medida de lo posible) aceptable la doctrina de la iglesia al hombre de hoy en relación con una materia tan discutida y delicada. Si los Superiores consideran suficiente la primera solución (retoques formales), el documento puede estar listo dentro de pocos días. De lo contrario, será necesario un trabajo más largo y mayor esfuerzo. + JM e Poupard». Después de esta comunicación, la publicación de la encíclica fue bloqueada. Por esta razón “Humanae vitae” no fue publicada sino hasta el 25 de julio siguiente: no se pretendía divulgar el documento en pleno verano para que pasara inobservado (cosa, además, imposible, teniendo en cuenta el argumento). No: la publicación estiva se debió a estas observaciones sobre el texto que había formulado Ciappi.

 

El borrador Martin-Poupard

 

A partir de entonces, el trabajo para preparar la que habría sido “Humanae vitae” se desarrolló «dentro de una polarización entre los ambientes de la Secretaría de Estado y el protagonismo de Philippe, a quien Pablo VI reconoció, como fuera, el papel de coordinador último de la redacción del texto. El Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con este encargo, se apoyó por completo en las sugerencias de B. Duroux O.p., colaborador suyo desde hacía mucho tiempo y que en esos años era uno de los asesores más escuchados de la misma Congregación». Martin y Popuard recibieron el encargo de redactar una nueva propuesta: a pesar de volver a proponer todos los contenidos doctrinales fundamentales, el nuevo texto se caracteriza «por un profundo cambio de estilo y de presentación, que se puede apreciar principalmente en el tenor de la sección introductoria y en la sección pastoral». Si en la “De nascendae prolis” se enfatizaba el deber de ajustarse a la doctrina, en este nuevo documento se pone en primer lugar ofrecer la ayuda y el apoyo de la Iglesia para acompañar a una cabal correspondencia con el plan de amor de Dios creador. En los primeros párrafos dirigidos a los sacerdotes que cuidan almas, retomando la invitación a la fidelidad a las enseñanzas del magisterio, se da mayor importancia a la necesidad de «una acogida llena de paciencia y de bondad para los pecadores», concentrada sobre la importancia de la fidelidad a los sacramentos como indispensable para un camino de perfección que no es cuestionado por «caídas, aunque sean demasiado reiteradas».

 

Nuevas dificultades

 

Pablo VI no aprobó tampoco el nuevo texto, duramente criticado por el Secretario del ex Santo Oficio Philippe. «Aunque todos los principales contenidos doctrinales –escribe Marengo– fueran sido acogidos, el conjunto del texto (proponiéndose interpretar “problemas de vida conyugal en la fidelidad al plan de amor de Dios”) parecía sugerir que licitud o menos de la contracepción no era el objeto de la futura intervención magisterial; por otra parte, la plena centralidad otorgada al “amor conyugal” permitía, sin dudas, un enfoque unitario, pero también podía ser entendida como una implícita descentración de la atención al fin procreador del matrimonio. Además, la tonalidad con la que se afronta la invitación a seguir las indicaciones del magisterio en relación con los métodos de regulación de los nacimientos se alejaba de todo tono de rigor doctrina y disciplinario, apostando, más bien, por una perspectiva de acompañamiento para las parejas, invitadas a adherir progresivamente a la plenitud de la forma cristiana de su amor recíproco». El padre Philippe metió, pues, las manos en el texto que fue entregado al Papa Pablo VI el 22 de junio. Montini también corrigió, amplió (probablemente con la ayuda de su “teólogo de cabecera”, el obispo Carl Colombo) y al final aprobó el texto definitivo el 8 de julio de 1968.

 

Finalmente, la “Humanae vitae”

 

El texto final de la encíclica deja clara «la conciencia de que todo lo propuesto y las normas expresadas no eran de fácil recepción, puesto que la Iglesia pretendía presentarse capaz de mostrar al mismo tiempo compasión por las debilidades y los pecados de los hombres y firmeza al proponer su enseñanza. El tono del lenguaje –escribe Marengo– mostraba haber tenido presentes muchas de las objeciones que habían sido propuestas sobre la hipótesis de un posible rechazo de las prácticas contraceptivas, objeciones que, principalmente, argumentaban a partir del rechazo de tal norma por parte de muchas parejas y también de la dificultad de utilizar los métodos naturales. Sin perseguir dialécticamente esas posiciones, el Papa las englobaba al tomar nota de una difícil condición cultural y social en la que viven las parejas casadas y en el reconocimiento realista de la nada sorprendente experiencia de la debilidad y del pecado». La elección de este paradigma de comunicación, cuya intención era la de favorecer la recepción de la encíclica fuera de polémicas ideológicas, ubica en primer lugar «un elemento fundamental de la vida moral del cristiano: aunque la libertad humana siga de manera imperfecta la salvación ofrecida en el Evangelio, la Iglesia debe proponerla siempre con fidelidad y totalidad». También es significativo el perfil pastoral del documento: se dejan claros tres elementos fundamentales: «el indispensable recurso al apoyo de la gracia divina, así como a los apreciables esfuerzos de las acciones humanas; el llamado a no aislar la práctica de la regulación de los nacimientos del mucho más amplio contexto de una vida matrimonial comprendida en todas sus dimensiones constitutivas; la noción de “dominio de sí” y de “castidad conyugal”».

 

Las conclusiones de Marengo

 

 

«Alrededor de la encíclica –concluye el autor del libro– se catalizaron todas las tensiones de esos años: sin restar nada al valor objetivo de su enseñanza ni a la importancia del argumento afrontado, hay que reconocer que ese documento sufrió una sobreexposición notable, no solo en el panorama de la opinión pública, sino también en el ámbito de la vida eclesial y de la reflexión teológica». Tomar partido a favor o en contra de “Humanae vitae” a veces ha coincidido, según Marengo, «con radicales decisiones de campo y se ha comprendido como la necesaria, previa verificación, de fuertes perfiles identitarios en la Iglesia. De esta manera se han favorecido dos actitudes extremas: un rechazo prejuicioso de su enseñanza o una defensa (sin peros) que le ha otorgado la desproporcionada dimensión de defensa frente a cualquier insurgencia de crisis en la Iglesia y en el mundo». Un mejor conocimiento del delicado camino de redacción y de todos los factores que determinaron su evolución «puede ayudar a dar una dimensión más real de los enfoques sobre la encíclica, que ha exasperado los diferentes resultados de su recepción».


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Casos de personalidades de la Iglesia con problemas de conducta inmoral.

Paradojas del caso Capella y qué sucede con McCarrick

El diplomático vaticano fue condenado a 5 años por pedopornografía, pero algunos sacerdotes abusadores seriales nunca han pisado una prisión. La historia del cardenal estadounidense plantea dudas sobre los mecanismos de los nombramientos

Nubes sobre el Vaticano

Pubblicato il 02/07/2018
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

En estos días se sabrá si monseñor Carlo Alberto Capella, ex consejero de la nunciatura en Washington condenado en el Vaticano a cinco años de cárcel por poseer e intercambiar «enormes cantidades» de material pedopornográfico, apelará la sentencia. Circunstancia que varias fuentes vaticanas dan por muy probable. El intercambio de material pedopornográfico es uno de los delitos más oscuros y las legislaciones de muchos estados (incluido el de la Ciudad del Vaticano) han puesto en vigor normas muy severas para castigarlo. Capella no renegó la evidencia, admitió su culpa y explicó que había comenzado a buscar material pedopornográfico debido a una crisis provocada por su traslado a Washington. En su teléfono celular y en su computadora fueron hallados películas y dibujos explícitos. Soledad, frustración por no haberse sentido apreciado y por haberse encontrado solo, sin amigos. Obviamente el prelado debía tener una predisposición para ese tipo de imágenes macabras, que incluyen a niños en actos sexuales y abusos, porque, afortunadamente, la pedopornografía no representa un “remedio” difundido para las crisis de adaptación o los excesos de soledad.

 

Más allá de la conclusión del caso judicial vaticano, y del posterior proceso canónico que se celebrará en contra el ex consejero de la nunciatura, hay una paradoja: un religioso que ha desahogado sus fantasías perversas buscando imágenes en internet tendrá que pasar cinco años en la cárcel, mientras prelados que han efectivamente abusado de niños y chicos adolescentes (arruinándoles la vida) en varios casos no han pasado ni siquiera un día en una celda. Casos recientes de ilustres fundadores o de religiosos muy conocidos (como demuestra el caso chileno) lo demuestran. Es evidente que en el caso de Capella las autoridades vaticanas han querido dar un ejemplo, para hacer ver que en contra del oscuro fenómeno no se hacen descuentos a nadie. Pero la paradoja permanece.

 

El otro caso que sorprende es el del cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington. Acusado de haber abusado de un adolescente hace 45 años en Nueva York, el religioso (ya jubilado desde hace años) fue suspendido de sus funciones episcopales mientras se aclara su posición.

 

Con McCarrick ya suman cuatro los purpurados creados durante el largo Pontificado de Juan Pablo II involucrados en abusos (fueron creados en total 231, en nueve Consistorios). El primero fue el arzobispo de Vienna Hans Hermann Groer: nombrado sorpresivamente como sucesor del cardenal Franz König en 1986, recibió la púrpura en 1988 y se vio obligado a dejar la diócesis en 1995 después de haber sico acusado de haber abusado de muchos algunos seminaristas menores de edad muchos años antes. El segundo fue el cardenal Keith O’Brien, arzobispo de Saint Andrews, Edimburgo Escocia), elevado a la púrpura en 2003 y que se retiró en 2013, casi al cumplir 75 años y sin participar en el Cónclave, porque se le había acusado de haber abusado reiteradamente, en los años ochenta y noventa de dos seminaristas y un sacerdote (mayores de edad). El tercero es el cardenal Geroge Pell, Prefecto de la Secretaría para la Economía, que se está defendiendo en Australia de la acusación de haber abusado de menores. Y ahora llega McCarrick.

 

Sin entrar en detalles de cada uno de los casos (en el caso de Pell, por ejemplo, ciertos testigos han dejado abiertas notables dudas), no se puede dejar de notar la existencia de un problema en el proceso para nombrar a los obispos. Lo que sorprende en el caso de McCarrick, además de la acusación de un menor de edad cuando era sacerdote en la diócesis de Nueva York, son las noticias publicadas en el comunicado del cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de la diócesis de Newark, quien reveló que «en el pasado, ha habido acusaciones según las cuales él (McCarrick) estaba involucrado en relaciones sexuales con adultos. Esta archidiócesis y la diócesis de Metuchen han recibido tres acusaciones de mala conducta sexual con adultos; dos de estas acusaciones llevaron a ofrecer indemnizaciones». Ninguno de los tres casos sobre el pasado de McCarrick (ya obispo) involucra a menores, pero se habla de molestias a seminaristas y sacerdotes.

 

El cardenal Tobin explicó que nunca se había tenido en Newark de denuncias por abusos contra menores para el emérito de Washington. Por lo que, si no había ecos, es más que probable que no se supiera nada en Roma sobre la denuncia que ahora llevó a la suspensión del purpurado. Más difícil es comprender, en cambio, cómo fue posible que nombraran de Metuchen a Newark y, sobre todo, su traslado de Newark a Washington (con promoción cardenalicia) a un religioso que había indemnizado a mayores de edad por molestias.

 

Se deberían tener en cuenta, antes de la eventual ordenación sacerdotal, problemas relacionados con el ejercicio de la sexualidad, que revelan personalidades no maduras afectivamente. Y obviamente antes de la eventual ordenación episcopal y de la creación cardenalicia. Hay un evidente problema en el mecanismo para nombrar a los obispos, vinculado con el poder de grupos (las caídas morales no son sopesadas de la misma manera) y de lobbies. Y demuestra todos sus límites también la práctica de los nombramientos directos, que rebasan los normales recorridos (como sucedió, por ejemplo, con Groer). Se trata de casos que sería absurdo relacionar con formaciones ideales: de los cuatro purpurados citados pueden ser considerados parte de la llamada área progresista (O’Brien y McCarrick) y dos de la llamada área conservadora (Groer y Pel). El caso de McCarrick, más allá de su especificidad, representa, pues, una significativa señal de alarma que no se relaciona simplemente con el problema de la pedofilia o de los abusos contra adolescentes, sino que tiene que ver con los responsables de los procesos y de la elección de los criterios con los que se seleccionan los obispos.

 


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Nota de los obispos de Cataluña sobre la situación actual.

Nota de los obispos de Cataluña

Nota de los obispos de Cataluña

En este tiempo de Cuaresma, cuando se nos invita a la conversión personal y comunitaria, no podemos obviar los acontecimientos políticos y sociales que se han producido en los últimos meses en Cataluña.

Desde esta perspectiva los obispos de las diócesis catalanas dirigimos un llamamiento a todos para esforzarnos en rehacer la confianza mutua en el seno de una sociedad como la nuestra en la que se da una gran pluralidad cultural, política y también religiosa. La cohesión social, la concordia, la cercanía mutua y el respeto a los derechos de todas las personas que viven en Cataluña deben ser uno de nuestros objetivos prioritarios en este momento.

No podemos ignorar ni menospreciar que en relación a Cataluña existe un problema político de primer orden que obliga a buscar una solución justa a la situación creada que sea mínimamente aceptable para todos, con un gran esfuerzo de diálogo desde la verdad, con generosidad y búsqueda del bien común de todos. Por ello, tal como hemos pedido repetidamente, en palabras del papa Francisco con las que nos sentimos comprometidos, decimos a los católicos y a todos los que nos quieran escuchar que «es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones». (Evangelii Gaudium 239).

El pasado 21 de diciembre se celebraron elecciones al Parlamento con gran participación de electores. Es necesario que, con voluntad de servicio, los parlamentarios elegidos impulsen los mecanismos democráticos para la formación de un nuevo gobierno de la Generalitat que actúe con sentido de responsabilidad para con todos los colectivos del país, y especialmente los más necesitados de superar las consecuencias de la crisis institucional, económica y social que vivimos.

Queremos mencionar una cuestión concreta que nos preocupa. En cuanto a la prisión preventiva de algunos antiguos miembros del gobierno y de algunos dirigentes de organizaciones sociales, sin entrar en debates jurídicos, pedimos una reflexión serena sobre este hecho, en vistas a propiciar el clima de diálogo que tanto necesitamos y en la que no se dejen de considerar las circunstancias personales de los afectados.

Como ciudadanos de este país y pastores de la Iglesia que camina en Cataluña, nuevamente reafirmamos que, aunque no nos corresponde a nosotros optar por una determinada propuesta a los nuevos escenarios que en los últimos tiempos se han planteado, defendemos la legitimidad moral de las diversas opciones sobre la estructura política de Cataluña que se basen en el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos y sean defendidas de forma pacífica y democrática.

Finalmente, pedimos a los católicos que, descubriendo el paso de Dios por la vida en estos momentos de complejidad, seamos instrumentos de paz y reconciliación en medio de la sociedad catalana, y no dejemos de orar al buen Dios por la paz y la justicia en Cataluña.


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Sobre la Amoris laetitia, aclaración del prof. Buttiglione.

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

El filósofo Buttiglione continúa su «amigable» discusión con quienes atacan al Papa: «La de la exhortación es una doctrina monolíticamente tradicional, existen casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden ser admitidos a los sacramentos»
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El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 20/11/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Existen algunos casos en los que divorciados que se han vuelto a casar pueden ser considerados en la gracia de Dios. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina monolíticamente tradicional. En los críticos de “Amoris laetitia” surge una desviación nueva: Es el objetivismo en la ética». El filósofo Rocco Buttiglione, amigo de Juan Pablo II y autor del libro que defiende la exhortación de Francisco sobre el matrimonio y la familia, publicación que lleva un prefacio del cardenal Gerhard Luwig Müller, desde Vatican Insider continúa su discusión «amigable» con quienes critican al actual Pontífice. Identificando la «desviación» en la que corren el riesgo de caer muchos de los que se oponen a «Amoris laetitia».

 

El prefacio del cardenal Müller a su libro fue recibido con embarazo por parte de los críticos más encendidos contra el Papa, que después de algunos días (por ejemplo, mediante títulos forzados como «Nunca habló sobre excepciones a la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar») han tratado de disminuir lo que escribió el purpurado. Quien, por el contrario, como se puede leer en el texto, puso algunos ejemplos de posibilidades para admitirlos. ¿Qué le parece?

 

Creo que, gracias a mi libro y al prefacio del cardenal Müller, por primera vez los críticos se han visto obligados a responder y no pueden negar un punto: existen circunstancias atenuantes en fuerza de las cuales un pecado mortal (un pecado que de lo contrario sería mortal) se convierte en un pecado más leve, solamente venial. Existen, pues, algunos casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden (por el confesor y un adecuado discernimiento espiritual) ser considerados en la gracia de Dios y, por lo tanto, merecedores de recibir los sacramentos. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina completamente, osaría decir, monolíticamente tradicional.

 

Algunos objetan que estos casos son pocos…

 

El Papa no dice que sean muchos, y probablemente serán poquísimos en ciertos contextos y más numerosos en otros. Las circunstancias atenuantes son, efectivamente, la falta de la plena advertencia y del deliberado consenso. En una sociedad completamente evangelizada se puede presumir que los que no tienen la plena advertencia de los rasgos propios del matrimonio cristiano son muy pocos o no existen. En una sociedad en vías de evangelización, estos casos serán más numerosos. ¿Y en una sociedad ampliamente descristianizada? No lo sabría. Aunque los casos fueran muy pocos, los pasos incriminados de «Amoris laetitia» serían perfectamente ortodoxos y muy grave sería la culpa de los que han acusado de herejía al Papa: calumnia, cisma y herejía. A menos que, como espero y creo, no haya que concederles los atenuantes de la falta de plena advertencia y deliberado consenso.

 

Usted conoce a Müller desde hace tiempo: ¿cuál es el significado de las palabras que ha escrito en el prefacio a su libro?

 

El cardenal Müller es un gran teólogo; seguramente uno de los más grandes teólogos de la generación que no participó directamente en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha vivido incomprensiones y dificultades en la relación con la Curia e incluso con el Santo Padre, que no le renovó como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Muchos disidentes esperaban convertirlo en el propio guía en el camino que lleva hacia el cisma. Con el prefacio a mi libro, el cardenal nos ofrece un parecer «pro veritate» sobre la ortodoxia de la doctrina de «Amoris laetitia». Pero también hay, evidentemente, algo más: cuando el Pontífice es atacado en el terreno de la fe y de la moral cristiana, Müller, como católico y como cardenal, se siente en el deber de intervenir para defenderlo (sean cuales sean las incomprensiones o las divergencias personales, verdaderas o presuntas). Él mismo escribió, por lo demás, una obra monumental sobre el Papa, que es también un gran testimonio de amor por el papel del Obispo de Roma en la Iglesia. Incluso si fuera verdad que el cardenal Müller no está de acuerdo con algunos aspectos de la línea pastoral del Papa, esto no le restaría nada al valor de su testimonio: se puede no estar de acuerdo y ser fiel. El desacuerdo leal es una riqueza; las acusaciones de herejía, las calumnias, los llamados al cisma, el fanatismo que erosiona la actitud fundamental de confianza y estima, debida al Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, es completamente diferente.

 

Usted sigue sosteniendo que «Amoris lateitia» representa un desarrollo de la «Familiaris consortio» y no una ruptura con la exhortación de Juan Pablo II. ¿Por qué?

 

Hay un fundamento teológico común: aceptar la distinción entre el pecado mortal y el pecado venial, el reconocimiento de que para que haya un pecado mortal es necesaria la plena advertencia y el deliberado consenso; el reconocimiento de que las situaciones sociales en las que una persona vive pueden obstaculizar poderosamente el reconocimiento de la verdad y provocar que se obre mal sin darse cuenta plenamente o incluso que sea coartada y comprometida la libertad de hacer el bien. Todas estas cosas se encontraban ya en «Familiaris consortio» (y en «Reconciliatio et paternita») antes de llegar a «Amoris laetitia». Con esta base común se toman dos decisiones disciplinarias diferentes. San Juan Pablo II, para defender en la conciencia del pueblo fiel y, sobre todo, de los más pequeños la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, prohíbe que los divorciados que se han vuelto a casar puedan recibir la comunión, a menos que no se preparen o no se comprometan a renunciar a las relaciones sexuales. No dice que en su caso no puede haber atenuantes subjetivas, no niega que en algunos casos pueden estar en la gracia de Dios. Dice simplemente que el escándalo objetivo que ellos provocan es demasiado grande como para que puedan ser admitidos a los sacramentos. El Papa Francisco, en cambio, dice que deben ser admitidos a la penitencia como todos los demás pecadores. Que vayan al confesor, confiesen sus pecados, expongan las circunstancias atenuantes, si las tienen, y el confesor les dará la absolución, si existen las condiciones para poderla dar. Probablemente el Papa Francisco considera que, por lo menos en algunas sociedades, la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio ya se ha perdido en la conciencia popular, y que ya es inútil cerrar el establo, pues los bueyes ya se han escapado. Ahora, en cambio, hay que ir a buscarlos a donde se hayan perdido para volver a llevarlos a la casa del Señor. La misma teología, dos decisiones disciplinarias diferentes, pero, en realidad, una única línea pastoral.

 

¿También han tenido un papel los diferentes contextos en los que los dos documentos fueron escritos?

 

Los que critican al Papa Francisco no recuerdan cuál era el contexto en el que se inserta «Familiaris consortio». Antes de «Familiaris consortio», los divorciados que se han vuelto a casar estaban prácticamente excomulgados. Estaban excluidos de la participación en la vida de la Iglesia, solamente eran objeto de invectiva y de condena. «Familiaris consortio» (y el nuevo Código de Derecho canónico) quita la excomunión, los invita a asistir a la misa dominical, a bautizar a sus hijos y a darles una educación cristiana, a que participen en la vida de la comunidad. El famoso párrafo 84 de «Familiaris consortio» (el que contiene la prohibición de la comunión) pone un límite en este camino. «Amoris laetitia» continúa el recorrido de la re-integración de los divorciados que se han vuelto a casar en la vida de la Iglesia. Por ello decimos que, a pesar de la diversidad disciplinaria, existe una profunda unidad de la línea pastoral entre san Juan Pablo II y Francisco. ¿Esto quiere decir que ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores y que el adulterio ha dejado de ser un pecado? No, simplemente ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores «extraordinarios», excluidos de la confesión. Son pecadores «ordinarios» que pueden ir a confesarse, explicar sus circunstancias atenuantes (si las tienen) y, «en ciertos casos» (pocos o muchos, no lo sabemos), recibir la absolución.

 

¿Por qué, en su opinión, la cuestión más discutida (la de la posibilidad en ciertos casos, después de un camino penitencial y un discernimiento, de administrar los sacramentos a los divorciados que se han vuelto a casar) fue relegada a una nota en el documento de Francisco?

 

Creo que el motivo es que el Papa no pretendía dictar una norma general. Hoy existen en el mundo tantos contextos y tantas situaciones diferentes que no es posible dictar una norma disciplinaria que valga para todos uniformemente. El Papa quería, en mi opinión, solamente invitar a los episcopados y a los obispos a asumir las propias responsabilidades. En contextos de cristiandad compacta, probablemente tiene sentido mantener una actitud rígida, que podría parecer priva de misericordia, pero que nace de la misericordia por los pequeños, los pobres, los indefensos que podrían ser inducidos al error. En contextos «líquidos», en los cuales los límites de las viejas estructuras se encuentran rotos, una defensa rígida no tiene sentido; hay que ir a buscar a la gente a donde se encuentre, dentro de su condición existencial. A los bautizados no evangelizados habrá que, antes que nada, proponerles el amor de Cristo. Ya llegará el tiempo para aclarar y resolver las situaciones matrimoniales. El riesgo del escándalo falló será mínimo, porque la sensibilidad al valor se ha perdido y debe ser reconstituida.

 

¿Por qué «Amoris laetitia» es acusada de acercarse a la ética situacional?

 

La ética de la situación dice que ningún comportamiento es bueno o malo por completo. Para ella cualquier comportamiento es bueno o malo según las circunstancias; la conciencia del sujeto su intención determinan el valor moral del acto. San Juan Pablo II, retomando una larga tradición que existe por lo menos desde santo Tomás de Aquino, dijo que existen actos que son intrínsecamente malvados, sea la que sea la intención del sujeto agente. Existe una intención que es necesariamente inmanente en el acto y que es diferente de la intención del sujeto agente. En conclusión: la intención subjetiva no hace bueno o malo un acto.

 

Sin embargo, ni santo Tomás ni san Juan Pablo II pretendieron negar que el lado subjetivo de la acción (la conciencia y la libertad que confluyen en la intención del sujeto) determine el nivel de responsabilidad del sujeto por su acto. Un gran amigo de Juan Pablo II (y mío) Tadeusz Styczeń decía «innocens sed nocens»: uno puede ser subjetivamente inocente pero hacer objetivamente algo equivocado y, por lo tanto, dañarse a sí mismo y a los demás. Por esto don Giussani solía decir no tengan miedo de juzgar las acciones ni de decir qué es bueno y malo; nunca se atrevan a juzgar a las personas, porque solamente Dios conoce el corazón del hombre y puede medir su nivel de responsabilidad (Dios y, tentativamente, el sujeto mismo y el confesor al que se encomienda).

 

Los críticos más acérrimos contra el actual Pontífice lo acusan de favorecer el subjetivismo…

 

A mí me parece que en los críticos de «Amoris laetitia» en realidad surge de una desviación nueva, paralela y opuesta a la ética de la situación y al subjetivismo en la ética. Esta nueva desviación es el objetivismo en la ética. Como el subjetivismo (la ética de la situación) ve solo el lado subjetivo de la acción, es decir la intención del sujeto, de la misma manera el objetivismo ve solamente el lado objetivo de la acción, es decir la materia más o menos grave. La ética católica es realista. El realismo ve tanto el lado subjetivo que el lado objetivo de la acción, y evalúa, entonces, tanto la materia grave como la plena advertencia y el deliberado consenso. Como enseña Dante Alighieri, lo contrario de un error no es la vedad, sino el error de signo contrario. La verdad es el sendero estrecho entre dos errores de signo contrario.

 

¿Por qué eligió para su libro el título «Respuestas amigables a los críticos de “Amoris laetitia”»? ¿Qué quiere decir, en este caso, «amigables»?

 

Muchos de los críticos son amigos míos. Josef Seifert es amigo de toda la vida, con el que he compartido muchas batallas y un gran trabajo en el campo de la filosofía, en el que ha ofrecido contribuciones de gran relevancia. A Roberto de Mattei lo conozco desde hace cuarenta años, cuando estábamos juntos en el Instituto de Historia y Política de la Universidad de Roma, él como asistente de Saitta y yo de Del Noce. Lo defendí cuando, como presidente del CNR, fue atacado por sus posturas en materia de evolución. Traté de mantener la polémica dentro de los límites del respeto, del reconocimiento recíproco de la buena fe, del espíritu de búsqueda de la verdad y les agradezco porque trataron de seguir la misma regla.


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USA: satisfacción de los obispos por la aprobación de la objeción de conciencia en el Obamacare

Satisfacción de los obispos estadounidenses por el reconocimiento de la objeción de consciencia en el Obamacare

2017-10-10 Radio Vaticana

 

“Un retorno al sentido común, a una antigua práctica federal y a la pacífica convivencia entre Iglesia y Estado”. Los obispos de los Estados Unidos saludan con satisfacción el anuncio dado por el gobierno Trump el pasado 6 de octubre, de introducir una “amplia exención moral y religiosa” de las obligaciones de seguro previstas por el Obamacare, la reforma sanitaria del Presidente Obama.

Después de una añosa prueba de fuerza que involucró también a la Corte Suprema, los entes y las organizaciones confesionales no estarán más obligados a suscribir seguros sanitarios para los propios empleados que prevean incluso el reembolso de servicios abortivos y contraceptivos, contraviniendo de este modo a los propios principios éticos.

Para los obispos la medida anunciada no es una innovación sino que “corrige una anomalía normativa que jamás debería haber existido y que no se debe repetir”.  Y  en una nota firmada por el Cardenal Daniel N. DiNardo, arzobispo de Galveston-Houston y Presidente de la Conferencia episcopal estadounidense (Usccb)  y por Mons. William E. Lori, arzobispo de Baltimore y Presidente de la Comisión Episcopal para la Libertad Religiosa,  los obispos afirman que “estas medidas son una buena noticia no sólo para las organizaciones involucradas sino para todos los americanos. La medida coercitiva de un gobierno que obliga a las personas a hacer una elección imposible entre la obediencia a la propia conciencia y la obediencia a la llamada a servir a los pobres, es dañina no sólo para los católicos, sino para el bien común. La libertad religiosa es un derecho fundamental para todos y cuando se ve amenazada para algunos, está amenazada para todos”.