Loiola XXI

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El Papa a un congreso sobre ética teológica celebrado en Sarajevo.

El Papa: el mundo no necesita gritos y eslóganes, sino diálogo

Mensaje al encuentro de 500 teólogos reunidos en Sarajevo: ecología y migraciones en las mesas de discusión: «el tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros»
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Pubblicato il 27/07/2018
Ultima modifica il 27/07/2018 alle ore 00:36
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

«No hay necesidad de eslóganes gritados que a menudo se quedan vacíos o antagonismos de partidos que se confrontan para conquistar el escenario», sino «un liderazgo que sea capaz de ayudar a encontrar y poner en práctica un modo más justo para vivir en este mundo y compartir un destino común». El Papa Francisco lo escribió en un mensaje enviado al encuentro de 500 teólogos de todo el mundo en Sarajevo. Todos ellos afrontarán cuestiones como el cambio climático y las migraciones: «El tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros», afirmó el Papa.

 

«Queridos hermanos y hermanas, les saludo a todos ustedes que participan en esta tercera conferencia mundial sobre la ética teológica, que tiene lugar en Sarajevo, ciudad de gran valor simbólico por el viaje de reconciliación y pacificación después de los horrores de una guerra reciente que ha provocado tanto sufrimiento a las personas de esta región», escribió Jorge Mario Bergoglio en el mensaje firmado el 11 de julio y leído en inglés por monseñor Luigi Pezzuto, nuncio apostólico en Bosnia y Herzegovina.

 

«Sarajevo es una ciudad de puentes. Su encuentro está inspirado en este motivo dominante que pone en guardia sobre la necesidad de construir en un ambiente de tensión y divisiones nuevos caminos de cercanía entre personas, culturas, religiones, visiones de la vida y orientaciones políticas. El tema de su encuentro es un tema sobre el que yo mismo he llamado la atención: la necesidad de construir puentes y no muros. No dejo de repetirlo con la esperanza de que las personas, donde quiera que se encuentren, pongan atención en esta necesidad que es cada vez más reconocida, aunque a veces suscite resistencias y formas de regresión. Sin renunciar a la prudencia, estamos llamados a reconocer cada signo y movilizar todas nuestras energías para remover los muros de la división y construir puentes de fraternidad por doquier en el mundo».

 

Entre los puntos del encuentro que pretende «construir puentes en un tiempo crítico como el nuestro», escribió el Papa, «ustedes han dado un sitio central al desafío de la ecología, puesto que algunos de sus aspectos pueden crear graves desequilibrios no solo en términos de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, sino también entre las generaciones y las personas. Este desafío, como se deduce de la encíclica Laudato si’, no es solo uno de tantos, sino el más amplio escenario para una comprensión tanto de la ética ecológica como de la ética social. Por este motivo, su preocupación por la cuestión de los migrantes y de los refugiados es muy seria y suscita un radical cambio en la manera de concebir las cosas que puede promover una reflexión ética y teológica incluso antes de inspirar deseables actitudes pastorales y políticas responsables y planificadas con cuidado».

 

«En este escenario complejo y exigente –subraya el Papa Francisco– se necesitan personas e instituciones capaces de asumir un liderazgo renovado. No se necesitan, por el contrario, eslóganes ni gritos que a menudo permanecen vacíos o antagonismos de partidos que se confrontan para conquistar el escenario. Necesitamos un liderazgo capaz de ayudar a encontrar y poner en práctica una manera justa para vivir en este mundo y compartir un destino común».

 

En relación con la manera en la que la ética teológica puede ofrecer una contribución específica, prosigue Bergoglio, «me parece penetrante su propuesta de crear una red entre personas y diferentes continentes con diferentes expresiones y modalidades que puedan dedicarse a una reflexión ética en clave teológica, en un esfuerzo para encontrar recursos efectivos. Con tales recursos se pueden llevar a cabo análisis necesarios y, mucho más importante, se pueden poner en movimiento energías para una práctica compasiva y atenta a las situaciones humanas trágicas, preocupada por acompañar con cuidado misericordioso. Para crear una red de este tipo es urgente, antes que nada, construir puentes entre ustedes, compartir ideas y programas y desarrollar programas de cercanía. No es necesario decir que esto no significa apostar por la uniformidad de los puntos de vista, sino más bien buscar sinceramente y con buena voluntad una convergencia de propuestas, en una apertura dialógica y en la discusión de las diferentes perspectivas».

 

«Les será de ayuda –prosigue el Papa– una particular forma de competencia a la que me he referido en la introducción de la reciente exhortación apostólica Veritatis gaudium: al citar los criterios fundamentales para una renovación de los estudios eclesiásticos, subrayé la importancia de un diálogo de más amplio alcance que puede servir como base para una apertura interdisciplinaria y transdisciplinaria tanto para la teología como para la ética teológica. Subrayé también la urgente necesidad de que las instituciones en el mundo creen redes para cultivar y promover los estudios eclesiásticos».

 

El Papa animó a todos los participantes, «hombres y mujeres que trabajan en el campo de la ética teológica, a apasionarse por un diálogo de este tipo y a crear redes». «Este enfoque puede inspirar análisis que pueden ser, por lo menos, penetrantes y atentos sobre las complejidades de la realidad humana. Ustedes mismos aprenderán cada vez mejor cómo ser fieles a la palabra de Dios que nos desafía en la historia a mostrar solidaridad con el mundo que no hemos sido llamados a juzgar, sino a ofrecer nuevos caminos, a acompañar viajes, apoyar en las debilidades. Ustedes ya han tenido experiencia, desde hace más de diez años, en la construcción de puentes en su asociación. Sus encuentros internacionales en Padua, en 3006, y en Trento, en 2010, sus encuentros regionales en diferentes continentes y sus diferentes iniciativas, publicaciones, actividades de enseñanza les han enseñado un estilo para compartir que, espero, pueda impulsarles a ser fructuosos para toda la Iglesia».

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La Humanae vitae y las consultas de Paulo VI. Nuevas investigaciones.

“Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI

El libro de Marengo sobre el origen de la encíclica: durante el primer Sínodo de los obispos, en 1967, el Papa Montini pidió un parecer sobre la anticoncepción; respondieron pocos y la mayor parte de ellos se mostró favorable a la apertura. Detalles del texto aprobado y después corregido

“Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI

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Pubblicato il 10/07/2018
Ultima modifica il 10/07/2018 alle ore 19:23
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

En octubre de 1967, durante el primer Sínodo de los obispos celebrado en el Vaticano, Pablo VI le pidió al cardenal Secretario de Estado que solicitara pareceres sobre la contracepción en vista de la publicación de la encíclica. Solamente 26 de los 200 obispos que estaban presentes respondieron por escrito. De ellos, la mayor parte se dijo a favor de algunas concesiones con respecto a la píldora. Los que se opusieron fueron 7. Pero el Papa Montini, que ya había decidido no someter el argumento a la discusión conciliar y ya había escuchados los pareceres de una comisión de expertos (que se expresó a favor de la apertura), no halló elementos para cambiar la postura hasta entonces mantenida por sus predecesores y promulgó, pocos meses después, “Humanae vitae”, en julio de hace 50 años, aunque sin otorgarle la infalibilidad, como algunos habrían querido.

 

Es uno de los nuevos elementos que surgieron gracias a la investigación de monseñor Gilfredo Marengo, autor del libro apenas publicado en Italia “El nacimiento de una encíclica. «Humanae vitae» a la luz de los Archivos vaticanos” (Libreria Editrice Vaticana). Una investigación detallada a partir de documentos hasta ahora nunca consultados, gracias a la cual se han podido reconstruir el origen de la encíclica, sus diferentes redacciones y las correcciones que hizo Pablo VI. Un trabajo minucioso, que permite cancelar reconstrucciones fantásticas o basadas en testimonios individuales no siempre equilibrados. Un trabajo que también cancela las elucubraciones interesadas de cierta propaganda antipapal que actúa a golpe de invectivas por parte de anónimos. Esa misma campaña que recientemente atribuyó a Marengo (en cuanto ejecutor de directivas papales) el intento de «replantear» y cambiar la encíclica montiniana. Un libro que ayuda a comprender el trabajo personal del Pontífice, que en mayo de 1968 aprobó un primer borrador de la encíclica, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero lo corrigió después de haber leído las consideraciones de la Secretaría de Estado (que sugerían un enfoque diferente, a pesar de que afirmaran la misma postura contraria en relación con los anticonceptivos).

 

El sondeo “sinodal”

 

Durante el primer Sínodo de los obispos de otoño de 1967, precisamente el 4 de octubre, Pablo VI le pidió al cardenal Jean Villot que enviara una invitación a todos los padres sinodales para que le enviaran reflexiones y sugerencias sobre la regulación de los embarazos. «La noticia de esta voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante –subraya Marengo–, porque una de las acusaciones más repetidas, tras la publicación de “Humanae vitae”, fue que el Papa decidió en soledad, de una manera no colegial». Sin embargo, respondió solamente un poco más del 12 por ciento de la asamblea (los miembros del Sínodo eran en total casi 200), en un arco temporal que fue del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968. La mayor parte de ellos se expresó a favor del uso de métodos contraceptivos: solamente siete pidieron que el Papa se pronunciara para insistir en que eran ilícitos. En el libro de Marengo aparece la lista de las comunicaciones escritas, 25 en total. Algunos de los que respondieron lo hicieron más de una vez; otros, en cambio, enviaron un único documento con varias firmas.

 

Los nombres de los que se expresaron

 

A favor de la apertura estaban los cardenales Suenens (Bruselas) y Döpfner (Mónaco de Baviera), los cardenales y obispos estadounidenses Shehan (Baltimor), Krol (Filadelfia), Dearden (Detroit), Wright (Pittsburgh); el cardenal Renard (Lyon), el obispo Martinj (Nouméa en Nueva Caledonia), en nombre de los obispos de las islas del sur de Oceanía; el cardenal Legér (Montreal), el administrador apostóolico de Toronto Phocock, el obispo Hurley (Durban); el obispo Lorscheider (Brasilia); el cardenal Darmojuwono (Semerang), en nombre de la Conferencia Episcopal de Indonesia; el obispo Martensen (Copenhague); el consconsejero del Patriarca de Antioquía de los melequitas, Edelby; el obispo Flahiff (Winnipeg), el obispo Beck (Liverpool); el obispo Dupuy (Albi en Philippe). En cambio, los que se expresaron en contra fueron siete: el estadounidense Fulton Sheen, obispo de Rochester; el cardenal Santos (Manila); el cardenal Tappouni, Patriarca de Antioquía de los sirios; el cardenal Siri (Génova); el obispo Attipetty (Verapoly, en India); el vicario apostólico Hartl (Araucanía, Chile); el obispo de Cracovia, Karol Wojtyla.

 

Las razones de los que estaban a favor…

 

Entre las diferentes respuestas que pedían de alguna manera revisar los términos de las enseñanzas de la Iglesia en relación con la regulación de los nacimientos, destacaban, indica el autor del libro, las de los cardenales Suenens y Döpfner. El purpurado belga, gran elector de Pablo VI (se asomó desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico junto al nuevo Papa al final de su primer Ángelus, del domingo 23 de junio de 1963), envió tres textos. «Conociendo bien las preocupaciones de Pablo VI de mantenerse en línea con el magisterio de sus predecesores, en el primero trataba de demostrar que la decisión de Pío XII de juzgar lícito el método Ogino-Knaus, a pesar de introducir un elemento de novedad con respecto a la “Casti connubii”, no podía ser considerada discordante en relación con el magisterio de Pío XI. Así habría sido, análogamente, si se hubiera acogido la tesis de cuantos sostenían que, en determinadas condiciones, los cónyuges podían usar la píldora contraceptiva». En una tercera carta, Suenens, en cambio, examinaba la decisión del Papa de no someter a la decisión del Concilio la discusión sobre los métodos anticonceptivos; insistiendo en su desacuerdo, proponía plantear el argumento en un Sínodo posterior, puesto que habría sido «dramáticamente peligroso para el bien de la Iglesia que el Santo Padre asuma, solo, el papel de defensor y guardián de la fe y de la moral, y se presente al mundo evidentemente alejado del colegio de los obispos, del clero, de los fieles». Döpfner presentó la opinión de la mayor parte de los obispos alemanes, a favor de la apertura. Después, poco antes de la publicación de la encíclica, invitó al Papa a considerar bien la decisión, diciéndose preocupado y previendo consecuencias desastrosas.

 

…y las razones de los que estaban en contra

 

Entre los que se pronunciaron en sintonía con la intención de Pablo VI, solamente Wojtyła fue más allá de la «simple petición de que un futuro documento del magisterio insistiera en lo que Pío XI y Pío XII habían afirmado». El futuro Juan Pablo II envió, presentado como “Votum” en nombre de los obispos de Polonia, el llamado “Memorial de Cracovia”. «El fastidio por las posiciones conservadores –escribe Marengo– surge en la primera parte del “Memorial”, en donde se muestra la insatisfacción por la manera en la que ellas argumentaban sobre el valor del magisterio eclesial a propósito de la ley natural, con un énfasis especial sobre la continuidad infalible de su enseñanza». Son dos los elementos críticos expresados. El primero tenía que ver con el método: «no se podía dar por descontado que el rechazo de la contracepción perteneciera definitivamente al magisterio ordinario infalible de la Iglesia, precisamente porque el Papa había considerado necesario volver a examinar el problema (a través de la misma Comisión pontificia). La observación identificaba el límite de las posiciones de la minoría que, dando por descontado el perfil autoritativo de las enseñanzas eclesiales ya producidas, consideraban sustancialmente inútil cualquier enfoque sobre la cuestión que fuera más allá de la mera repetición de los datos tradicionalmente presentes en el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por esta razón, los teólogos de Cracovia resaltaban el límite de esta postura que, invocando a priori la autoridad del magisterio, descuidaba desarrollar una argumentación de las tesis sostenidas, particularmente en relación con el perfil fisiológico y teológico de la categoría de ley natural». Las investigaciones publicadas en el libro revelan que Wotyła contaba con importantes contribuciones (la más célebre era el “Memorial de Cracovia” de febrero de 1968), pero no influyeron en la redacción de la encíclica. «Las fuentes no permiten afirmar –escribe Marengo– que estos textos haya sido utilizados significativamente para la redacción de “Humanae vitae”».

 

El borrador aprobado y luego corregido

 

Los documentos nunca publicados demuestran que Pablo VI aprobó el 9 de mayo de 1968 el texto de una encíclica y fijó la fecha para su publicación (habría sido el día de la Ascensión, el 23 de mayo). Llevaba como título “De nascendae prolis” y fue el resultado de la reelaboración que llevó a cabo el padre Mario Luigi Ciappi (entonces Teólogo de la Casa Pontificia y futuro cardenal) de un proyecto que preparó la Congregación para la Doctrina de la Fe entre el otoño y el invierno de 1967. El Papa Montini le pidió a Ciappi que evitara enfatizar el carácter “definitivo” de su pronunciamiento y que tuviera mucho cuidado para que la exposición doctrinal no pudiera dar pie a equívocos o incertezas. «Ciappi intervino en el texto -escribe Marengo– con tres finalidades: insistir en el primado del fin procreador del matrimonio; negar legitimidad al uso del principio de totalidad, dar ala encíclica el valor de un documento que cancelara de una vez por todas el debate». Se trataba de un texto con una conspicua parte doctrinal, lleno de citas de Pío XII. «Con estas decisiones –observa el autor del libro– la futura encíclica se habría reducido completamente, en sus finalidades, a un riguroso pronunciamiento de doctrina moral. No es casual que precisamente en los primeros párrafos se cancelara la alusión a la especificidad cristiana de la comprensión del amor conyugal», contenido en un borrador anterior.

 

El Papa lo piensa mejor

 

En uno de los apéndices del libro de Marengo se publica íntegro el texto de esta encíclica pronta pero archivada. La versión oficial latina ya había sido impresa y solamente se esperaban las traducciones a las lenguas modernas para poder proceder con su publicación oficial. Pero sucedió algo inesperado. «Los traductores franceses de la Secretaría de Estado, monseñor J. Martin y monseñor P. Poupard, de acuerdo con Eduardo Martínez Somalo, encargado de la traducción española, le enviaron al Santo padre, mediante G. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, sus reservas sobre el texto». «Un atento análisis del documento preparado –escribieron los tres traductores, que después habrían sido creado cardenales– confirma la primera impresión. Es relativamente fácil darle algunos retoques formales (abreviar frases demasiado largas, cancelar repeticiones, mover algunos argumentos…) y ello evitaría ciertamente una cantidad de fastidios: nuevo trabajo, nuevos retrasos, indiscreciones, odiosidades… Pero, en conciencia, debemos decir que en nuestra opinión el remedio sería insuficiente. Es la configuración misma, la formulación negativa o restrictiva, más allá de la presentación estilística, lo que parece poco adecuado al objetivo: hacer inteligible y (en la medida de lo posible) aceptable la doctrina de la iglesia al hombre de hoy en relación con una materia tan discutida y delicada. Si los Superiores consideran suficiente la primera solución (retoques formales), el documento puede estar listo dentro de pocos días. De lo contrario, será necesario un trabajo más largo y mayor esfuerzo. + JM e Poupard». Después de esta comunicación, la publicación de la encíclica fue bloqueada. Por esta razón “Humanae vitae” no fue publicada sino hasta el 25 de julio siguiente: no se pretendía divulgar el documento en pleno verano para que pasara inobservado (cosa, además, imposible, teniendo en cuenta el argumento). No: la publicación estiva se debió a estas observaciones sobre el texto que había formulado Ciappi.

 

El borrador Martin-Poupard

 

A partir de entonces, el trabajo para preparar la que habría sido “Humanae vitae” se desarrolló «dentro de una polarización entre los ambientes de la Secretaría de Estado y el protagonismo de Philippe, a quien Pablo VI reconoció, como fuera, el papel de coordinador último de la redacción del texto. El Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con este encargo, se apoyó por completo en las sugerencias de B. Duroux O.p., colaborador suyo desde hacía mucho tiempo y que en esos años era uno de los asesores más escuchados de la misma Congregación». Martin y Popuard recibieron el encargo de redactar una nueva propuesta: a pesar de volver a proponer todos los contenidos doctrinales fundamentales, el nuevo texto se caracteriza «por un profundo cambio de estilo y de presentación, que se puede apreciar principalmente en el tenor de la sección introductoria y en la sección pastoral». Si en la “De nascendae prolis” se enfatizaba el deber de ajustarse a la doctrina, en este nuevo documento se pone en primer lugar ofrecer la ayuda y el apoyo de la Iglesia para acompañar a una cabal correspondencia con el plan de amor de Dios creador. En los primeros párrafos dirigidos a los sacerdotes que cuidan almas, retomando la invitación a la fidelidad a las enseñanzas del magisterio, se da mayor importancia a la necesidad de «una acogida llena de paciencia y de bondad para los pecadores», concentrada sobre la importancia de la fidelidad a los sacramentos como indispensable para un camino de perfección que no es cuestionado por «caídas, aunque sean demasiado reiteradas».

 

Nuevas dificultades

 

Pablo VI no aprobó tampoco el nuevo texto, duramente criticado por el Secretario del ex Santo Oficio Philippe. «Aunque todos los principales contenidos doctrinales –escribe Marengo– fueran sido acogidos, el conjunto del texto (proponiéndose interpretar “problemas de vida conyugal en la fidelidad al plan de amor de Dios”) parecía sugerir que licitud o menos de la contracepción no era el objeto de la futura intervención magisterial; por otra parte, la plena centralidad otorgada al “amor conyugal” permitía, sin dudas, un enfoque unitario, pero también podía ser entendida como una implícita descentración de la atención al fin procreador del matrimonio. Además, la tonalidad con la que se afronta la invitación a seguir las indicaciones del magisterio en relación con los métodos de regulación de los nacimientos se alejaba de todo tono de rigor doctrina y disciplinario, apostando, más bien, por una perspectiva de acompañamiento para las parejas, invitadas a adherir progresivamente a la plenitud de la forma cristiana de su amor recíproco». El padre Philippe metió, pues, las manos en el texto que fue entregado al Papa Pablo VI el 22 de junio. Montini también corrigió, amplió (probablemente con la ayuda de su “teólogo de cabecera”, el obispo Carl Colombo) y al final aprobó el texto definitivo el 8 de julio de 1968.

 

Finalmente, la “Humanae vitae”

 

El texto final de la encíclica deja clara «la conciencia de que todo lo propuesto y las normas expresadas no eran de fácil recepción, puesto que la Iglesia pretendía presentarse capaz de mostrar al mismo tiempo compasión por las debilidades y los pecados de los hombres y firmeza al proponer su enseñanza. El tono del lenguaje –escribe Marengo– mostraba haber tenido presentes muchas de las objeciones que habían sido propuestas sobre la hipótesis de un posible rechazo de las prácticas contraceptivas, objeciones que, principalmente, argumentaban a partir del rechazo de tal norma por parte de muchas parejas y también de la dificultad de utilizar los métodos naturales. Sin perseguir dialécticamente esas posiciones, el Papa las englobaba al tomar nota de una difícil condición cultural y social en la que viven las parejas casadas y en el reconocimiento realista de la nada sorprendente experiencia de la debilidad y del pecado». La elección de este paradigma de comunicación, cuya intención era la de favorecer la recepción de la encíclica fuera de polémicas ideológicas, ubica en primer lugar «un elemento fundamental de la vida moral del cristiano: aunque la libertad humana siga de manera imperfecta la salvación ofrecida en el Evangelio, la Iglesia debe proponerla siempre con fidelidad y totalidad». También es significativo el perfil pastoral del documento: se dejan claros tres elementos fundamentales: «el indispensable recurso al apoyo de la gracia divina, así como a los apreciables esfuerzos de las acciones humanas; el llamado a no aislar la práctica de la regulación de los nacimientos del mucho más amplio contexto de una vida matrimonial comprendida en todas sus dimensiones constitutivas; la noción de “dominio de sí” y de “castidad conyugal”».

 

Las conclusiones de Marengo

 

 

«Alrededor de la encíclica –concluye el autor del libro– se catalizaron todas las tensiones de esos años: sin restar nada al valor objetivo de su enseñanza ni a la importancia del argumento afrontado, hay que reconocer que ese documento sufrió una sobreexposición notable, no solo en el panorama de la opinión pública, sino también en el ámbito de la vida eclesial y de la reflexión teológica». Tomar partido a favor o en contra de “Humanae vitae” a veces ha coincidido, según Marengo, «con radicales decisiones de campo y se ha comprendido como la necesaria, previa verificación, de fuertes perfiles identitarios en la Iglesia. De esta manera se han favorecido dos actitudes extremas: un rechazo prejuicioso de su enseñanza o una defensa (sin peros) que le ha otorgado la desproporcionada dimensión de defensa frente a cualquier insurgencia de crisis en la Iglesia y en el mundo». Un mejor conocimiento del delicado camino de redacción y de todos los factores que determinaron su evolución «puede ayudar a dar una dimensión más real de los enfoques sobre la encíclica, que ha exasperado los diferentes resultados de su recepción».


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Casos de personalidades de la Iglesia con problemas de conducta inmoral.

Paradojas del caso Capella y qué sucede con McCarrick

El diplomático vaticano fue condenado a 5 años por pedopornografía, pero algunos sacerdotes abusadores seriales nunca han pisado una prisión. La historia del cardenal estadounidense plantea dudas sobre los mecanismos de los nombramientos

Nubes sobre el Vaticano

Pubblicato il 02/07/2018
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

En estos días se sabrá si monseñor Carlo Alberto Capella, ex consejero de la nunciatura en Washington condenado en el Vaticano a cinco años de cárcel por poseer e intercambiar «enormes cantidades» de material pedopornográfico, apelará la sentencia. Circunstancia que varias fuentes vaticanas dan por muy probable. El intercambio de material pedopornográfico es uno de los delitos más oscuros y las legislaciones de muchos estados (incluido el de la Ciudad del Vaticano) han puesto en vigor normas muy severas para castigarlo. Capella no renegó la evidencia, admitió su culpa y explicó que había comenzado a buscar material pedopornográfico debido a una crisis provocada por su traslado a Washington. En su teléfono celular y en su computadora fueron hallados películas y dibujos explícitos. Soledad, frustración por no haberse sentido apreciado y por haberse encontrado solo, sin amigos. Obviamente el prelado debía tener una predisposición para ese tipo de imágenes macabras, que incluyen a niños en actos sexuales y abusos, porque, afortunadamente, la pedopornografía no representa un “remedio” difundido para las crisis de adaptación o los excesos de soledad.

 

Más allá de la conclusión del caso judicial vaticano, y del posterior proceso canónico que se celebrará en contra el ex consejero de la nunciatura, hay una paradoja: un religioso que ha desahogado sus fantasías perversas buscando imágenes en internet tendrá que pasar cinco años en la cárcel, mientras prelados que han efectivamente abusado de niños y chicos adolescentes (arruinándoles la vida) en varios casos no han pasado ni siquiera un día en una celda. Casos recientes de ilustres fundadores o de religiosos muy conocidos (como demuestra el caso chileno) lo demuestran. Es evidente que en el caso de Capella las autoridades vaticanas han querido dar un ejemplo, para hacer ver que en contra del oscuro fenómeno no se hacen descuentos a nadie. Pero la paradoja permanece.

 

El otro caso que sorprende es el del cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington. Acusado de haber abusado de un adolescente hace 45 años en Nueva York, el religioso (ya jubilado desde hace años) fue suspendido de sus funciones episcopales mientras se aclara su posición.

 

Con McCarrick ya suman cuatro los purpurados creados durante el largo Pontificado de Juan Pablo II involucrados en abusos (fueron creados en total 231, en nueve Consistorios). El primero fue el arzobispo de Vienna Hans Hermann Groer: nombrado sorpresivamente como sucesor del cardenal Franz König en 1986, recibió la púrpura en 1988 y se vio obligado a dejar la diócesis en 1995 después de haber sico acusado de haber abusado de muchos algunos seminaristas menores de edad muchos años antes. El segundo fue el cardenal Keith O’Brien, arzobispo de Saint Andrews, Edimburgo Escocia), elevado a la púrpura en 2003 y que se retiró en 2013, casi al cumplir 75 años y sin participar en el Cónclave, porque se le había acusado de haber abusado reiteradamente, en los años ochenta y noventa de dos seminaristas y un sacerdote (mayores de edad). El tercero es el cardenal Geroge Pell, Prefecto de la Secretaría para la Economía, que se está defendiendo en Australia de la acusación de haber abusado de menores. Y ahora llega McCarrick.

 

Sin entrar en detalles de cada uno de los casos (en el caso de Pell, por ejemplo, ciertos testigos han dejado abiertas notables dudas), no se puede dejar de notar la existencia de un problema en el proceso para nombrar a los obispos. Lo que sorprende en el caso de McCarrick, además de la acusación de un menor de edad cuando era sacerdote en la diócesis de Nueva York, son las noticias publicadas en el comunicado del cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de la diócesis de Newark, quien reveló que «en el pasado, ha habido acusaciones según las cuales él (McCarrick) estaba involucrado en relaciones sexuales con adultos. Esta archidiócesis y la diócesis de Metuchen han recibido tres acusaciones de mala conducta sexual con adultos; dos de estas acusaciones llevaron a ofrecer indemnizaciones». Ninguno de los tres casos sobre el pasado de McCarrick (ya obispo) involucra a menores, pero se habla de molestias a seminaristas y sacerdotes.

 

El cardenal Tobin explicó que nunca se había tenido en Newark de denuncias por abusos contra menores para el emérito de Washington. Por lo que, si no había ecos, es más que probable que no se supiera nada en Roma sobre la denuncia que ahora llevó a la suspensión del purpurado. Más difícil es comprender, en cambio, cómo fue posible que nombraran de Metuchen a Newark y, sobre todo, su traslado de Newark a Washington (con promoción cardenalicia) a un religioso que había indemnizado a mayores de edad por molestias.

 

Se deberían tener en cuenta, antes de la eventual ordenación sacerdotal, problemas relacionados con el ejercicio de la sexualidad, que revelan personalidades no maduras afectivamente. Y obviamente antes de la eventual ordenación episcopal y de la creación cardenalicia. Hay un evidente problema en el mecanismo para nombrar a los obispos, vinculado con el poder de grupos (las caídas morales no son sopesadas de la misma manera) y de lobbies. Y demuestra todos sus límites también la práctica de los nombramientos directos, que rebasan los normales recorridos (como sucedió, por ejemplo, con Groer). Se trata de casos que sería absurdo relacionar con formaciones ideales: de los cuatro purpurados citados pueden ser considerados parte de la llamada área progresista (O’Brien y McCarrick) y dos de la llamada área conservadora (Groer y Pel). El caso de McCarrick, más allá de su especificidad, representa, pues, una significativa señal de alarma que no se relaciona simplemente con el problema de la pedofilia o de los abusos contra adolescentes, sino que tiene que ver con los responsables de los procesos y de la elección de los criterios con los que se seleccionan los obispos.

 


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Nota de los obispos de Cataluña sobre la situación actual.

Nota de los obispos de Cataluña

Nota de los obispos de Cataluña

En este tiempo de Cuaresma, cuando se nos invita a la conversión personal y comunitaria, no podemos obviar los acontecimientos políticos y sociales que se han producido en los últimos meses en Cataluña.

Desde esta perspectiva los obispos de las diócesis catalanas dirigimos un llamamiento a todos para esforzarnos en rehacer la confianza mutua en el seno de una sociedad como la nuestra en la que se da una gran pluralidad cultural, política y también religiosa. La cohesión social, la concordia, la cercanía mutua y el respeto a los derechos de todas las personas que viven en Cataluña deben ser uno de nuestros objetivos prioritarios en este momento.

No podemos ignorar ni menospreciar que en relación a Cataluña existe un problema político de primer orden que obliga a buscar una solución justa a la situación creada que sea mínimamente aceptable para todos, con un gran esfuerzo de diálogo desde la verdad, con generosidad y búsqueda del bien común de todos. Por ello, tal como hemos pedido repetidamente, en palabras del papa Francisco con las que nos sentimos comprometidos, decimos a los católicos y a todos los que nos quieran escuchar que «es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones». (Evangelii Gaudium 239).

El pasado 21 de diciembre se celebraron elecciones al Parlamento con gran participación de electores. Es necesario que, con voluntad de servicio, los parlamentarios elegidos impulsen los mecanismos democráticos para la formación de un nuevo gobierno de la Generalitat que actúe con sentido de responsabilidad para con todos los colectivos del país, y especialmente los más necesitados de superar las consecuencias de la crisis institucional, económica y social que vivimos.

Queremos mencionar una cuestión concreta que nos preocupa. En cuanto a la prisión preventiva de algunos antiguos miembros del gobierno y de algunos dirigentes de organizaciones sociales, sin entrar en debates jurídicos, pedimos una reflexión serena sobre este hecho, en vistas a propiciar el clima de diálogo que tanto necesitamos y en la que no se dejen de considerar las circunstancias personales de los afectados.

Como ciudadanos de este país y pastores de la Iglesia que camina en Cataluña, nuevamente reafirmamos que, aunque no nos corresponde a nosotros optar por una determinada propuesta a los nuevos escenarios que en los últimos tiempos se han planteado, defendemos la legitimidad moral de las diversas opciones sobre la estructura política de Cataluña que se basen en el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos y sean defendidas de forma pacífica y democrática.

Finalmente, pedimos a los católicos que, descubriendo el paso de Dios por la vida en estos momentos de complejidad, seamos instrumentos de paz y reconciliación en medio de la sociedad catalana, y no dejemos de orar al buen Dios por la paz y la justicia en Cataluña.


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Sobre la Amoris laetitia, aclaración del prof. Buttiglione.

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

El filósofo Buttiglione continúa su «amigable» discusión con quienes atacan al Papa: «La de la exhortación es una doctrina monolíticamente tradicional, existen casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden ser admitidos a los sacramentos»
LAPRESSE

El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 20/11/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Existen algunos casos en los que divorciados que se han vuelto a casar pueden ser considerados en la gracia de Dios. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina monolíticamente tradicional. En los críticos de “Amoris laetitia” surge una desviación nueva: Es el objetivismo en la ética». El filósofo Rocco Buttiglione, amigo de Juan Pablo II y autor del libro que defiende la exhortación de Francisco sobre el matrimonio y la familia, publicación que lleva un prefacio del cardenal Gerhard Luwig Müller, desde Vatican Insider continúa su discusión «amigable» con quienes critican al actual Pontífice. Identificando la «desviación» en la que corren el riesgo de caer muchos de los que se oponen a «Amoris laetitia».

 

El prefacio del cardenal Müller a su libro fue recibido con embarazo por parte de los críticos más encendidos contra el Papa, que después de algunos días (por ejemplo, mediante títulos forzados como «Nunca habló sobre excepciones a la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar») han tratado de disminuir lo que escribió el purpurado. Quien, por el contrario, como se puede leer en el texto, puso algunos ejemplos de posibilidades para admitirlos. ¿Qué le parece?

 

Creo que, gracias a mi libro y al prefacio del cardenal Müller, por primera vez los críticos se han visto obligados a responder y no pueden negar un punto: existen circunstancias atenuantes en fuerza de las cuales un pecado mortal (un pecado que de lo contrario sería mortal) se convierte en un pecado más leve, solamente venial. Existen, pues, algunos casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden (por el confesor y un adecuado discernimiento espiritual) ser considerados en la gracia de Dios y, por lo tanto, merecedores de recibir los sacramentos. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina completamente, osaría decir, monolíticamente tradicional.

 

Algunos objetan que estos casos son pocos…

 

El Papa no dice que sean muchos, y probablemente serán poquísimos en ciertos contextos y más numerosos en otros. Las circunstancias atenuantes son, efectivamente, la falta de la plena advertencia y del deliberado consenso. En una sociedad completamente evangelizada se puede presumir que los que no tienen la plena advertencia de los rasgos propios del matrimonio cristiano son muy pocos o no existen. En una sociedad en vías de evangelización, estos casos serán más numerosos. ¿Y en una sociedad ampliamente descristianizada? No lo sabría. Aunque los casos fueran muy pocos, los pasos incriminados de «Amoris laetitia» serían perfectamente ortodoxos y muy grave sería la culpa de los que han acusado de herejía al Papa: calumnia, cisma y herejía. A menos que, como espero y creo, no haya que concederles los atenuantes de la falta de plena advertencia y deliberado consenso.

 

Usted conoce a Müller desde hace tiempo: ¿cuál es el significado de las palabras que ha escrito en el prefacio a su libro?

 

El cardenal Müller es un gran teólogo; seguramente uno de los más grandes teólogos de la generación que no participó directamente en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha vivido incomprensiones y dificultades en la relación con la Curia e incluso con el Santo Padre, que no le renovó como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Muchos disidentes esperaban convertirlo en el propio guía en el camino que lleva hacia el cisma. Con el prefacio a mi libro, el cardenal nos ofrece un parecer «pro veritate» sobre la ortodoxia de la doctrina de «Amoris laetitia». Pero también hay, evidentemente, algo más: cuando el Pontífice es atacado en el terreno de la fe y de la moral cristiana, Müller, como católico y como cardenal, se siente en el deber de intervenir para defenderlo (sean cuales sean las incomprensiones o las divergencias personales, verdaderas o presuntas). Él mismo escribió, por lo demás, una obra monumental sobre el Papa, que es también un gran testimonio de amor por el papel del Obispo de Roma en la Iglesia. Incluso si fuera verdad que el cardenal Müller no está de acuerdo con algunos aspectos de la línea pastoral del Papa, esto no le restaría nada al valor de su testimonio: se puede no estar de acuerdo y ser fiel. El desacuerdo leal es una riqueza; las acusaciones de herejía, las calumnias, los llamados al cisma, el fanatismo que erosiona la actitud fundamental de confianza y estima, debida al Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, es completamente diferente.

 

Usted sigue sosteniendo que «Amoris lateitia» representa un desarrollo de la «Familiaris consortio» y no una ruptura con la exhortación de Juan Pablo II. ¿Por qué?

 

Hay un fundamento teológico común: aceptar la distinción entre el pecado mortal y el pecado venial, el reconocimiento de que para que haya un pecado mortal es necesaria la plena advertencia y el deliberado consenso; el reconocimiento de que las situaciones sociales en las que una persona vive pueden obstaculizar poderosamente el reconocimiento de la verdad y provocar que se obre mal sin darse cuenta plenamente o incluso que sea coartada y comprometida la libertad de hacer el bien. Todas estas cosas se encontraban ya en «Familiaris consortio» (y en «Reconciliatio et paternita») antes de llegar a «Amoris laetitia». Con esta base común se toman dos decisiones disciplinarias diferentes. San Juan Pablo II, para defender en la conciencia del pueblo fiel y, sobre todo, de los más pequeños la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, prohíbe que los divorciados que se han vuelto a casar puedan recibir la comunión, a menos que no se preparen o no se comprometan a renunciar a las relaciones sexuales. No dice que en su caso no puede haber atenuantes subjetivas, no niega que en algunos casos pueden estar en la gracia de Dios. Dice simplemente que el escándalo objetivo que ellos provocan es demasiado grande como para que puedan ser admitidos a los sacramentos. El Papa Francisco, en cambio, dice que deben ser admitidos a la penitencia como todos los demás pecadores. Que vayan al confesor, confiesen sus pecados, expongan las circunstancias atenuantes, si las tienen, y el confesor les dará la absolución, si existen las condiciones para poderla dar. Probablemente el Papa Francisco considera que, por lo menos en algunas sociedades, la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio ya se ha perdido en la conciencia popular, y que ya es inútil cerrar el establo, pues los bueyes ya se han escapado. Ahora, en cambio, hay que ir a buscarlos a donde se hayan perdido para volver a llevarlos a la casa del Señor. La misma teología, dos decisiones disciplinarias diferentes, pero, en realidad, una única línea pastoral.

 

¿También han tenido un papel los diferentes contextos en los que los dos documentos fueron escritos?

 

Los que critican al Papa Francisco no recuerdan cuál era el contexto en el que se inserta «Familiaris consortio». Antes de «Familiaris consortio», los divorciados que se han vuelto a casar estaban prácticamente excomulgados. Estaban excluidos de la participación en la vida de la Iglesia, solamente eran objeto de invectiva y de condena. «Familiaris consortio» (y el nuevo Código de Derecho canónico) quita la excomunión, los invita a asistir a la misa dominical, a bautizar a sus hijos y a darles una educación cristiana, a que participen en la vida de la comunidad. El famoso párrafo 84 de «Familiaris consortio» (el que contiene la prohibición de la comunión) pone un límite en este camino. «Amoris laetitia» continúa el recorrido de la re-integración de los divorciados que se han vuelto a casar en la vida de la Iglesia. Por ello decimos que, a pesar de la diversidad disciplinaria, existe una profunda unidad de la línea pastoral entre san Juan Pablo II y Francisco. ¿Esto quiere decir que ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores y que el adulterio ha dejado de ser un pecado? No, simplemente ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores «extraordinarios», excluidos de la confesión. Son pecadores «ordinarios» que pueden ir a confesarse, explicar sus circunstancias atenuantes (si las tienen) y, «en ciertos casos» (pocos o muchos, no lo sabemos), recibir la absolución.

 

¿Por qué, en su opinión, la cuestión más discutida (la de la posibilidad en ciertos casos, después de un camino penitencial y un discernimiento, de administrar los sacramentos a los divorciados que se han vuelto a casar) fue relegada a una nota en el documento de Francisco?

 

Creo que el motivo es que el Papa no pretendía dictar una norma general. Hoy existen en el mundo tantos contextos y tantas situaciones diferentes que no es posible dictar una norma disciplinaria que valga para todos uniformemente. El Papa quería, en mi opinión, solamente invitar a los episcopados y a los obispos a asumir las propias responsabilidades. En contextos de cristiandad compacta, probablemente tiene sentido mantener una actitud rígida, que podría parecer priva de misericordia, pero que nace de la misericordia por los pequeños, los pobres, los indefensos que podrían ser inducidos al error. En contextos «líquidos», en los cuales los límites de las viejas estructuras se encuentran rotos, una defensa rígida no tiene sentido; hay que ir a buscar a la gente a donde se encuentre, dentro de su condición existencial. A los bautizados no evangelizados habrá que, antes que nada, proponerles el amor de Cristo. Ya llegará el tiempo para aclarar y resolver las situaciones matrimoniales. El riesgo del escándalo falló será mínimo, porque la sensibilidad al valor se ha perdido y debe ser reconstituida.

 

¿Por qué «Amoris laetitia» es acusada de acercarse a la ética situacional?

 

La ética de la situación dice que ningún comportamiento es bueno o malo por completo. Para ella cualquier comportamiento es bueno o malo según las circunstancias; la conciencia del sujeto su intención determinan el valor moral del acto. San Juan Pablo II, retomando una larga tradición que existe por lo menos desde santo Tomás de Aquino, dijo que existen actos que son intrínsecamente malvados, sea la que sea la intención del sujeto agente. Existe una intención que es necesariamente inmanente en el acto y que es diferente de la intención del sujeto agente. En conclusión: la intención subjetiva no hace bueno o malo un acto.

 

Sin embargo, ni santo Tomás ni san Juan Pablo II pretendieron negar que el lado subjetivo de la acción (la conciencia y la libertad que confluyen en la intención del sujeto) determine el nivel de responsabilidad del sujeto por su acto. Un gran amigo de Juan Pablo II (y mío) Tadeusz Styczeń decía «innocens sed nocens»: uno puede ser subjetivamente inocente pero hacer objetivamente algo equivocado y, por lo tanto, dañarse a sí mismo y a los demás. Por esto don Giussani solía decir no tengan miedo de juzgar las acciones ni de decir qué es bueno y malo; nunca se atrevan a juzgar a las personas, porque solamente Dios conoce el corazón del hombre y puede medir su nivel de responsabilidad (Dios y, tentativamente, el sujeto mismo y el confesor al que se encomienda).

 

Los críticos más acérrimos contra el actual Pontífice lo acusan de favorecer el subjetivismo…

 

A mí me parece que en los críticos de «Amoris laetitia» en realidad surge de una desviación nueva, paralela y opuesta a la ética de la situación y al subjetivismo en la ética. Esta nueva desviación es el objetivismo en la ética. Como el subjetivismo (la ética de la situación) ve solo el lado subjetivo de la acción, es decir la intención del sujeto, de la misma manera el objetivismo ve solamente el lado objetivo de la acción, es decir la materia más o menos grave. La ética católica es realista. El realismo ve tanto el lado subjetivo que el lado objetivo de la acción, y evalúa, entonces, tanto la materia grave como la plena advertencia y el deliberado consenso. Como enseña Dante Alighieri, lo contrario de un error no es la vedad, sino el error de signo contrario. La verdad es el sendero estrecho entre dos errores de signo contrario.

 

¿Por qué eligió para su libro el título «Respuestas amigables a los críticos de “Amoris laetitia”»? ¿Qué quiere decir, en este caso, «amigables»?

 

Muchos de los críticos son amigos míos. Josef Seifert es amigo de toda la vida, con el que he compartido muchas batallas y un gran trabajo en el campo de la filosofía, en el que ha ofrecido contribuciones de gran relevancia. A Roberto de Mattei lo conozco desde hace cuarenta años, cuando estábamos juntos en el Instituto de Historia y Política de la Universidad de Roma, él como asistente de Saitta y yo de Del Noce. Lo defendí cuando, como presidente del CNR, fue atacado por sus posturas en materia de evolución. Traté de mantener la polémica dentro de los límites del respeto, del reconocimiento recíproco de la buena fe, del espíritu de búsqueda de la verdad y les agradezco porque trataron de seguir la misma regla.


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USA: satisfacción de los obispos por la aprobación de la objeción de conciencia en el Obamacare

Satisfacción de los obispos estadounidenses por el reconocimiento de la objeción de consciencia en el Obamacare

2017-10-10 Radio Vaticana

 

“Un retorno al sentido común, a una antigua práctica federal y a la pacífica convivencia entre Iglesia y Estado”. Los obispos de los Estados Unidos saludan con satisfacción el anuncio dado por el gobierno Trump el pasado 6 de octubre, de introducir una “amplia exención moral y religiosa” de las obligaciones de seguro previstas por el Obamacare, la reforma sanitaria del Presidente Obama.

Después de una añosa prueba de fuerza que involucró también a la Corte Suprema, los entes y las organizaciones confesionales no estarán más obligados a suscribir seguros sanitarios para los propios empleados que prevean incluso el reembolso de servicios abortivos y contraceptivos, contraviniendo de este modo a los propios principios éticos.

Para los obispos la medida anunciada no es una innovación sino que “corrige una anomalía normativa que jamás debería haber existido y que no se debe repetir”.  Y  en una nota firmada por el Cardenal Daniel N. DiNardo, arzobispo de Galveston-Houston y Presidente de la Conferencia episcopal estadounidense (Usccb)  y por Mons. William E. Lori, arzobispo de Baltimore y Presidente de la Comisión Episcopal para la Libertad Religiosa,  los obispos afirman que “estas medidas son una buena noticia no sólo para las organizaciones involucradas sino para todos los americanos. La medida coercitiva de un gobierno que obliga a las personas a hacer una elección imposible entre la obediencia a la propia conciencia y la obediencia a la llamada a servir a los pobres, es dañina no sólo para los católicos, sino para el bien común. La libertad religiosa es un derecho fundamental para todos y cuando se ve amenazada para algunos, está amenazada para todos”.


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El Prof. Buttiglione responde a los que acusan de herejías al Papa

“¿La «correctio»? El método no es correcto: no discuten, condenan”

El filósofo Buttiglione responde y desmonta una por una las siete acusaciones de herejía que han dirigido a Francisco: «Si se sacan consecuencias lógicas de sus afirmaciones, incluso los críticos admiten que en algunos casos los divorciados pueden estar exentos de culpa grave y, por lo tanto, recibir la comunión»

El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 03/10/2017
Ultima modifica il 03/10/2017 alle ore 20:23
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Juzgan y condenan». Y sobre todo utilizan un «método incorrecto». El filósofo Rocco Buttiglione, profundo conocedor del pensamiento de Juan Pablo II, en esta larga entrevista con Vatican Insider desmenuza (discutiéndolas) todas las acusaciones de herejía que los firmantes de la «correctio filialis» han dirigido al actual Pontífice.

 

¿Qué piensa sobre la «correctio filialis» enviada al Papa y sobre el grupo de estudiosos que hace afirmaciones tan duras sobre el sucesor de Pedro?

 

Jesús no escribió un manual de metafísica y mucho menos de teología. Se encomendó a un grupo de hombres y después a uno, Pedro. Les prometió la asistencia del Espíritu Santo. Aquí, un grupo de hombres se erigen en jueces por encima del Papa. No exponen objeciones, no discuten. Juzgan y condenan. ¿Quién les autorizó a constituirse en jueces por encima del Papa?

 

Después de su publicación, algunos de los que firmaron el documento afirmaron que nunca habían dicho que el Papa fuera un hereje. ¿Se deduce esto al leer el texto?

 

Leamos el texto: “nos vemos obligados a dirigir una corrección a Su Santidad, a causa de la propagación de herejías ocasionada por la Exhortación apostólica «Amoris laetitia» y por otras palabras, hechos y omisiones de Su Santidad”. Si esta no es una acusación de herejía, yo no sé qué es. Los que firmaron el documento que dicen que nunca afirmaron que el Papa fuera un hereje no leyeron el texto que firmaron.

 

Antes de entrar detalladamente en las 7 «herejías», me gustaría detenerme sobre el lenguaje utilizado: se hacen afirmaciones («propositiones») dando a entender que el Papa las escribió, dijo o sostuvo: en realidad ninguna de ellas ha sido afirmada por Francisco. ¿Es correcto el método?

 

No, no es un método correcto. Las proposiciones no resumen correctamente el pensamiento del Papa. Pongamos un ejemplo: en la segunda proposición atribuyen al Papa la afirmación de que los divorciados que se han vuelto a casar y que permanecen en ese estado «con absoluta advertencia y deliberado consenso» están en la gracia de Dios. El Papa dice otra cosa: en algunos casos un divorciado que se ha vuelto a casar y permanece en tal estado sin plena advertencia y deliberado consenso puede estar en la gracia de Dios.

 

¿Por qué es tan significativo este ejemplo?

 

Los críticos comienzan sosteniendo que en ningún caso un divorciado que se ha vuelto a casar puede estar en la gracia de Dios. Y luego algunos (yo, por ejemplo) les han recordado que para tener un pecado mortal es necesaria no solo una materia grave (y el adulterio es ciertamente materia grave de pecado), sino también de plena advertencia y deliberado consenso. Ahora parece que se echan para atrás: incluso ellos han comprendido que en algunos casos el divorciado que se ha vuelto a casar puede estar exento de culpa debido a atenuantes subjetivos (la falta de la plena advertencia y del deliberato consenso). ¿Qué hacen para encubrir la retirada? Le atribuyen al Papa la afirmación de que el divorciado que se ha vuelto a casar que permanezca en su situación con plena advertencia y deliberado consenso sigue estando en estado de gracia. Esta falsificación de la postura del Papa, a la que se ven obligados, indica cuán desesperada es su situación desde el punto de vista lógico. Admiten implícitamente que hay algunas situaciones en las que el divorciado que se ha vuelto a casar puede recibir la Comunión, pero toda la revuelta contra «Amoris laetitia» nació de un rechazo visceral frente a esta posibilidad.

 

La Iglesia, cuando condenaba proposiciones juzgadas heréticas, siempre era muy precisa en establecer qué se hubiera dicho y las intenciones de aquel que lo había dicho. En este caso no ha sido así…

 

A los correctores les gusta convertirse en un Nuevo Santo Oficio, pero evidentemente no conocen los procedimientos…

 

Hablando sobre las 7 «herejías» atribuidas al Pontífice, se ve que giran alrededor del punto de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. ¿Son fundadas en su opinión?

 

La primera corrección atribuye al Papa la afirmación de que la gracia no es suficiente para permitirle al hombre evitar todos los pecados. El Papa dice, con toda evidencia, muy otra cosa: la cooperación del hombre con la gracia a menudo es insuficiente y parcial. Por ello no logra evitar todos los pecados. La cooperación con la gracia, además, se desarrolla en el tiempo. Cuando el hombre comienza a moverse hacia la salvación lleva consigo una carga de pecados de los que se liberará poco a poco. Por ello una persona que no logra llevar a cabo por completo las obras de la ley puede estar en la gracia de Dios. Es la noción del pecado venial.

 

De la segunda ya hemos hablado. Vayamos a la tercera…

 

La tercera corrección atribuye al Papa la afirmación de que se puede conocer el mandamiento de Dios y violarlo y, a pesar de ello, permanecer en la gracia de Dios. También en este punto el Papa dice, con toda evidencia, otra cosa: es posible conocer las palabras del mandamiento y no comprenderlas o reconocerlas en su verdadero significado. El cardenal Newman distinguía entre comprender la noción (he comprendido el sentido verbal de una proposición) y la comprensión real (he comprendido qué significa para mi vida). Algo semejante dice también Santo Tomás, cuando habla del error en buena fe.

 

La cuarta censura atribuye al Papa la afirmación de que se puede cometer un pecado obedeciendo a la voluntad de Dios.

 

Probablemente quien haya redactado la censura tenía en mente un pasaje de «Amoris laetitia» en el que el Papa dice que cuando una pareja de divorciados que se han vuelto a casar decide vivir junta como hermano y hermana (es decir actuando según la ley del Señor) se puede dar que acaben teniendo relaciones sexuales con terceras personas y destruyendo el nido que habían creado y en el que sus hijos encontraban el ambiente adecuado para su crecimiento y su madurez humana. El Papa no saca conclusiones de esta afirmación empírica. Pero, si se quieren sacar conclusiones, hay que tener mucha malicia para llegar a la conclusión propuesta por los censores. La conclusión más obvia es: que el confesor recomiende a la pareja interrumpir las relaciones sexuales y que tome seriamente en consideración su temor de no poder hacerlo y pasar de un pecado (el adulterio) a un pecado mayor (el adulterio más la traición de la segunda relación). El confesor debe acompañar a la pareja hasta que su maduración interior les permita dar el paso que pide la ley moral.

 

La quinta proposición atribuye al Papa la afirmación de que los actos sexuales de los divorciados que se han vuelto a casar entre ellos pueden ser buenos y no ser desagradables ante los ojos de Dios.

 

Aquí probablemente el aterro tenía en mente un pasaje de «Amoris laetitia» en el que el Papa dice que «esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena». El Papa no dice que Dios está contento porque los divorciados que se han vuelto a casar sigan teniendo relaciones sexuales entre sí. La conciencia reconoce que no está alineada a la ley. Pero la conciencia también sabe que ha comenzado un camino de conversión. Uno va a la cama con una mujer que no es su esposa, pero ha dejado de drogarse y de ir con prostitutas, ha encontrado un trabajo y cuida a sus hijos. Tiene el derecho de pensar que Dios está contento de él, por lo menos en parte (Santo Tomás diría: «secundum quid»). Dios no está contento por los pecados que sigue cometiendo. Está contento por las virtudes que comienza a practicar y, naturalmente, espera que en el futuro dé nuevos pasos hacia adelante.

 

¿Puede ofrecer otro ejemplo de esta situación?

 

Imaginemos a un padre que tiene un hijo enfermo y el niño mejora. Todavía tiene fiebre, pero ha dado de vomitar, logra mantener en el estómago lo que come, ha comenzado un tratamiento que parece funcionar. ¿El padre está contento porque su hijo está enfermo? No, está contento porque su hijo tiene síntomas de mejoría y de curación. Pensemos por un momento en la viuda del Evangelio que ofrece al tesoro del Templo dos pequeñas monedas de cobre. Jesús comenta: esta mujer ha dado mucho más que los ricos y potentes, incluso si han derramado toneladas de monedas de oro y plata. Esos dieron lo superfluo, ella dio todo lo que tenía. De la misma manera Dios tal vez se alegre más por un paso incierto hacia el bien de una persona que nació en una familia dividida, que fue bautizado pero nunca verdaderamente evangelizado, que nunca ha tenido frente a sus ojos un ejemplo de amor entre un hombre y una mujer, que ha crecido dentro de la ideología dominante según la cual el sexo es real y el amor no existe, que por el paso de una persona que observa plenamente la ley pero  tuvo buenos padres, buenos ejemplos, buenos maestros, un buen párroco y (tal vez lo más importante de todo) una buena esposa.

 

Vayamos a la sexta censura, en la que se afirma que el Papa dijo que no existen actos intrínsecamente malos, sino que, según las circunstancias, cada acto humano puede ser bueno o malo.

 

Aquí se quiere aplanar el pensamiento del Papa sobre la llamada «ética de la situación». Una vez más, «Amoris laetitia» dice otra cosas, absolutamente tradicionales, que hemos estudiado desde niños en el catequismo de la Iglesia católica, no solo en el nuevo de san Juan Pablo II, sino también en el viejo de san Pío X. Para tener un pecado mortal se necesitan tres condiciones: la materia grave (el adulterio siempre es, y sin excepciones, materia grave de pecado), la plena advertencia (debo saber que lo que estoy haciendo está mal) y el deliberado consenso (debo elegir libremente hacer lo que estoy haciendo). Si falta la plena advertencia y el deliberado consenso, un pecado mortal puede pasar de mortal a venial. La acción siempre es equivocada, pero el sujeto que la lleva a cabo no siempre tiene toda la responsabilidad. Es como en el derecho penal: el homicidio es un delito grave. Pero la pena puede ser muy diferente: tú manejas respetando todas las reglas y un borracho se te arroja mientras pasas. Tal vez serás absuelto o te darán una pequeña pena. Tú no respetas las reglas del código, manejas borracho y matas a un pobrecito que estaba pasando por allí. Tendrás una condena severa. Usas el coche como un arma para matar a una persona que odias. Te mereces la cadena perpetua.

 

La séptima y última «corrección filial» en el documento dice que el Papa es hereje porque se le acusa de querer dar la comunión a los divorciados que «no expresen ninguna contrición, ni el propósito firme de enmendarse de su actual estado de vida».

 

El Papa quiere acompañar a los divorciados que tienen la contrición por su estado de vida y el firme propósito de enmendarse. No dice que hay que darles la comunión siempre y como sea, sino que hay que acompañarlos en la situación concreta en la que se encuentran y evaluar también su nivel de responsabilidad subjetiva. El punto de llegada del camino es (cuando la reconciliación con el verdadero cónyuge no sea posible) la renuncia a las relaciones sexuales. Pero en el camino hay muchas etapas. Puede haber casos en los que una persona pueda estar en la gracia de Dios debido a atenuantes subjetivos (falta de plena advertencia y deliberado consenso) incluso si continúa a tener relaciones sexuales con la propia pareja. Pensemos en una mujer que quisiera tomar esta decisión de castidad pero el hombre no lo quiere, y si ella se la impusiera él se sentiría traicionado y se iría, destruyendo el vínculo de amor en el que crecen los hijos. ¿Quién negaría las atenuantes subjetivas a una mujer que siguiera teniendo relaciones sexuales con su hombre mientras, por otra parte, persevera en su intento de convencerlo de que se acerque a la castidad? En la disciplina canónica que no admite a los divorciados que se han vuelto a casar en los sacramentos hay que distinguir dos elementos o, si se prefiere, dos diferentes razones. La primera es una razón que deriva de la teología moral. El adulterio es intrínsecamente malo y nunca puede ser justificado. Pero esto no impide que la persona pueda no ser completamente responsable por esa transgresión debido a circunstancias atenuantes subjetivas. Existe una imposibilidad absoluta de dar la comunión a quienes estén en pecado mortal ( y esta regla es de derecho Divino y, por lo tanto, inderogable), pero si, debido a la falta de plena advertencia y deliberado consenso, no hay pecado mortal, la comunión se puede dar, desde el punto de vista de la teología moral, incluso a un divorciado que se ha vuelto a casar.

 

También existe otra prohibición, no moral, sino jurídica. La convivencia extra-matrimonial contradice claramente la ley de Dios y genera escándalo. Para proteger la fe del pueblo y reforzar la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, la legítima autoridad puede decidir no dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar aunque no estén en pecado mortal. Pero esta regla es de derecho humano y la legítima autoridad puede permitir derogaciones por razones justas.

 

¿Le parece que los que firmaron la «correctio» tuvieron en cuenta las posibles circunstancias atenuantes?

 

Si comparamos este último documento con los anteriores, no es difícil ver las huellas de cierto embarazo. Los documentos anteriores ignoraban completamente el problema relativo a las circunstancias atenuantes. Ahora tratan de tomarlo en consideración. Y para hacerlo deben hacer finta de que no comprendieron lo que el Papa dijo verdaderamente. Una consecuencia mucho más importante es que, ahora, si se sacan consecuencias lógicas de sus afirmaciones, incluso los críticos admiten que en algunos casos los divorciados que se han vuelto a casar pueden estar exentos de la culpa grave debido a las atenuantes subjetivas y, por lo tanto, recibir la comunión. Pero este, desde el inicio, es el verdadero objeto de la contienda.

 

¿El objetivo de las críticas, en su opinión, son solamente algunas afirmaciones del actual Pontífice o el magisterio, más en general, de los últimos Papas y, en el fondo, de la Iglesia post-conciliar?

 

No conozco a todos los que firmaron la «correctio». Entre los que conozco yo hay algunos lefebvrianos. Estaban en contra del Concilio, en contra de Pablo VI, en contra de Juan Pablo II, contra Benedicto XVI y ahora contra el Papa Francisco. Otros tienen que ver con el movimiento “Tradição, Familia, Propriedade”, que en su momento sostuvo al régimen militar en Brasil. Algunos afirman públicamente que la desviación de la Iglesia comienza con León XIII y la encíclica “Au milieu des sollicitudes”, que habría traicionado la alianza entre el trono y el altar, renunciando al principio del derecho divino de los reyes… Tratan de aislar al Papa Francisco, comparándolo con sus predecesores, pero estos adversarios también son adversarios de sus predecesores. No veo que haya entre los firmantes muchos cardenales (es más, no veo ninguno), no veo muchos obispos (uno solo, de 94 años), no veo muchos profesores ordinarios de teología o de filosofía (pero está Antonio Livi, a quien estimo tanto).

 

No hay duda de que el documento ha tenido un gran eco en los medios de comunicación…

 

Veo una campaña de opinión muy bien orquestada para dar la impresión de una «revuelta de los expertos», tan expertos que se pueden permitir dar lecciones al Papa. Claramente no es así. Permítaseme expresar una preocupación. Tengo la impresión de que algunos piensan que la Iglesia existe para defender una Tradición de la precede, que se opone a cualquier cambio histórico y que no es la Tradición cristiana. Los sabios, que son el depósito de esta Tradición increpada y eterna, tienen el derecho de juzgar también a la Iglesia, cuando falte a su tarea de combatir la modernidad. Un pensamiento de este tipo se presentó con fuerza en la “Action Françaiseˮ condenada por Pío XI. Siguiendo un razonamiento de este tipo, René Guenon pasó del catolicismo al islam, convencido de que ofrecía una defensa más eficaz de la Tradición contra la modernidad.