Loiola XXI

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Los católicos filipinos y el presidente justiciero.

Duterte y el Dios-Justiciero

¿Cómo conciliar la vasta aceptación del “presidente-sheriff” con la conciencia profundamente católica del pueblo filipino? Las raíces se encuentran en la concepción de un Dios que extirpa el mal, en lugar de redimir a los malvados
REUTERS

El presidente Duterte

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Pubblicato il 05/08/2017
PAOLO AFFATATO
MANILA

Ni siquiera el jaque de Marawi, en donde un manojo de yihadistas ocuparon una capital provincial y que todavía resiste a 7 mil soldados del ejército filipino, pudo afectar la fuerte aceptación que goza: después de su primer año en la presidencia, Rodrigo Duterte sigue firmemente a la cabeza de Filipinas y sus ciudadanos siguen tributándole un aprecio que, según los observadores internacionales, es, en cierta manera, inesperado. Es más, su fama de “justiciero” y la figura del líder “de una sola pieza” lo convierten, para la opinión pública, en el hombre preciso para contrarrestar la amenaza terrorista y en el “comandante en jefe” capaz de derrotar a los yihadistas y garantizar la seguridad. Paradójicamente, el ataque en Marawi, a pesar de haber hecho evidentes enormes fallas en la inteligencia filipina, podría llegar a reforzar su posición.

 

No es casual que lo llamen “el Justiciero”. En su larga experiencia política como alcalde de la ciudad de Davao, Rodrigo Duterte, elegido presidente de Filipinas a finales de mayo de 2016, había demostrado ampliamente que era un líder que ejerce el poder con una actitud represiva y punitiva. Esta fama, que lo favoreció en la aplastante victoria en las elecciones nacionales, quedó completamente confirmada. Duterte inauguró una estación política marcada, como prioridad, por la “lucha sin cuartel” contra las drogas y la criminalidad.

 

El presidente dio a las fuerzas de policía la tarea de “eliminar el cáncer de la sociedad”. Pero la operación en contra de los traficantes, vendedores y tóxicodependientes se transformó en una “masacre de estado”: a un año de que comenzara la campaña, las incursiones que ha hecho la policía para encontrar a los vendedores de droga ha provocado 4000 víctimas, pero también muchas otras han sido asesinadas por “escuadrones de vigilantes”, bandas paramilitares que matan en absoluta impunidad e ilegalidad, pero que actúan bajo la cobertura de las fuerzas del orden o, según algunas ong, contratadas por los militares. Una masiva campaña en contra de las ejecuciones extrajudiciales ha nacido en la sociedad civil filipina y también los obispos han condenado, en varias ocasiones, los métodos ligitimados por el presidente, que van en contra del estado de derecho y en contra de los más básicos derechos de los ciudadanos.

 

A pesar del cinismo justificado, como un nuevo Machiavelli, con la exigencia de mantener “orden y seguridad” (tanto que algunos evocan la dictadura de los tiempos de Ferdinando Marcos), el consenso con el que cuenta Rodrigo Duterre sigue sin sufrir mella en una sociedad compuesta por 90% de ciudadanos que se profesan orgullosamente católicos. La popularidad del presidente ha llegado a tocar el 85% y normalmente es apreciado por el 75% de la población, que comparte abiertamente sus políticas como, por ejemplo, confirman los sondeos sobre la opinión en relación con la ley marcial impuesta en Mindanao. Hay que recordar que Duterte no solo gusta a las masas, gracias a sus acentos populistas, sino que también cuenta con el apoyo de personas de alto rango, de cultura y formación liberal.

 

Por lo tanto, muchos se siguen interrogando sobre las razones profundas de este apoyo incondicional, que parece ir más allá de las circunstancias políticas para tocar cuestiones profundamente éticas y morales, que involucran a la conciencia individual y la capacidad de reconocer el bien y el mal. Las razones para tratar de explicar el amor de los filipinos por Duterte implican, claro, la esfera social (la pobreza y el desempleo), la psicología (fascinación por el “hombre fuerte”), la historia (el “homo novus” ajeno a los tradicionales clanes familiares) y la política (la lucha contra la corrupción y la criminalidad). Pero también hay un factor que hasta ahora no ha sido considerado: el factor teológico-espiritual.

 

Es fácil encontrar en los mercados de Manila cómics de las aventuras de “The Punisher, Frank Castle”, despiadado justiciero que elimina a los criminales de las calles sin problemas. En la mente del pueblo filipino parece suceder lo mismo. Los filipinos sostienen firmemente a Duterte, justamente porque “hace su trabajo”, aunque muchos mueran asesinados extrajudicialmente. Los fieles católicos que van cotidianamente a la misa matutina de las 6 de la mañana en la Iglesia de Baclarán, en Manila, lo dicen con candidez: “¿Los vendedores de droga muertos? Se lo merecen. Los ciudadanos honestos no tienen nada que temer. La justicia de Dios les ha dado lo que se merecían”. Pero, ¿cómo es posible conciliar esta posición (y apoyar los métodos del “justiciero”) con la conciencia profundamente católica de los filipinos? Y sobre todo después de las posturas expresadas y de los numerosos llamados de altos representantes de la Iglesia.

 

Hay una vía para explorar esta aparente paradoja. Y es la idea de Dios que tienen los católicos filipinos. “Demasiado a menudo, los filipinos conciben a Dios como a un violento erogador de castigos”, explicó a Vatican Insider el fraile franciscano Baltazar Obico, Superior en el Santuario-parroquia de San Antonio, en el barrio Makati, corazón de Manila. «Dios es un redentor, no un justiciero. Los filipinos deberían cambiar su idea de Dios, que, en su misericordia, quiere siempre la salvación del hombre. Dice el Libro de Ezequiel que Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Él mandó a su Hijo Jesucristo a morir para redimir a la humanidad».

 

Seguro de su larga experiencia pastoral, Obico continúa: “Duterte se presenta como un líder eficaz, que alcanza sus objetivos, después de años de gobierno poco eficientes y corruptos. En segundo lugar, responde a la necesidad de protección y de seguridad difundida en la sociedad. Pero, en el fondo, es apreciado por un motivo de carácter exquisitamente espiritual: muchos católicos lo apoyan porque encarna, incluso inconscientemente, su idea de Dios: alguien que los libera «hic et nunc» del mal y de los malvados, en lugar de salvar a los pecadores. Esta visión muestra una falta de fe en el Dios revelado por el Evangelio, que ama y no condena, y que, con su gracia, tiene el poder de cambiar el corazón del hombre».

 

Y es justamente esta manera (errónea) de concebir la omnipotencia de Dios lo que permite conciliar pacíficamente, en lo profundo de la conciencia individual, la propia fe cristiana y el apoyo consciente al “presidente sheriff” que, sin demasiados ni inútiles escrúpulos, limpia la nación de criminales, vendedores de droga y terroristas. Esta visión del “Dios-justiciero” provoca que en las católicas Filipinas pueda reinar sin problemas un “Presidente-justiciero”.


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Amoris laetitia: respuesta a los cuatro Cardenales críticos.

“Amoris laetitia”, una duda sobre los “dubia”

En el postfacio de un volumen sobre la exhortación apostólica se discute sobre los actos «intrínsecamente malos» y sobre los condicionamientos, a partir de las críticas de los cuatro cardenales

Un matrimonio

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Pubblicato il 05/05/2017
Ultima modifica il 05/05/2017 alle ore 19:25
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El volumen «¿“Amoris laetitia”: punto crucial para la teología moral?» (ediciones San Pablo) fue presentado el 4 de mayo en la Pontificia Universidad Gregoriana y contiene un postfacio firmado por dos de los editores que se ocupa directamente sobre el tema de las críticas contra la exhortación apostólica. Stephan Goertz, profesor de teología moral en la Universidad de Mainz y Antonio Autiero, que fue profesor de teología moral en la Universidad de Münster, publican un capítulo final titulado «A propósito de dudas, errores y distinciones».

 

Antes que nada, los dos estudiosos recuerdan que, para la situación e los divorciados que se han vuelto a casar, Papa Francisco «aclaró que para él la solución pastoral contenida en su documento sin duda es conciliable con la ley de Dios, con la instancia de la misericordia y con el concepto cristiano de la conciencia formada». Es, pues, posible que, en ciertos casos y en determinadas condiciones, los divorciados que se han vuelto a casar puedan recibir el sacramento de la penitencia y de la eucaristía, «cuando para ellos se configura —escriben Goertz y Autiero— lo que “Amoris laetitia” dice sobre el discernimiento ético sobre su situación de vida, conducido de manera diferencial y cuidadosa». De hecho, «Amoris laetitia» afirma: «Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna de las llamadas situaciones “irregulares” viven en estado de pecado mortal, privados de la gracia santificante».

 

Un papel central en las críticas contra la exhortación, observan los estudiosos, lo tiene la categoría de los actos «intrínsecamente malos». Así, por ejemplo, la ya famosa carta que contiene las dudas de los cuatro cardenales dice: «¿En la exhortación apostólica post-sinodal “Amoris laetitia” (cfr. 304) todavía es válida la doctrina de la encíclica “Veritatis splendor” (cfr. 79) de San Juan Pablo II, basada en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia, sobre la existencia de normas morales absolutas, que valen sin excepción y que prohíben actos intrínsecamente malos?».

 

«Una respuesta simplificada con un sí o no —dice el postfacio— no estaría en sintonía con la discusión teológico-moral sobre los actos intrínsecamente malos. La materia es mucho más diferenciada de lo que la pregunta pudiera sugerir. Según los autores de los “dubia”, la posición de “Amoris laetitia”, en definitiva, deja imaginar la plausibilidad de un “homicidio” legal».

 

La referencia a ese pasaje de la carta de los cardenales Burke, Caffarra, Brandmüller y Meisner critica la insistencia en las circunstancias atenuantes y en las intenciones subjetivas. Los cuatro purpurados afirman: «Para estas teorías, la conciencia podría, efectivamente, legítimamente decidir que, en cierto caso, la voluntad de Dios para mí consiste en un acto en el que yo transgredo uno de sus mandamientos. “No cometerás adulterio” sería visto apenas como una norma general. Aquí y ahora, y dadas mis buenas intenciones, cometer adulterio sería lo que Dios realmente me pediría. En estos términos, casos de adulterio virtuoso, de homicidio ella y de perjurio obligatorio serían, cuanto menos, hipotizables».

 

Justamente en este punto, según los autores del postfacio, «se debe constatar una insensata» contradicción de términos. «Un acto de asesinato moralmente injustificado no puede ser al mismo tiempo moralmente legítimo. Matar es ya en sí mismo un término con connotación negativa, como por ejemplo hurto o mentira. La cuestión es, por ello poco sensata, si semejantes actos pueden ser permitidos o no. Claro, pero —añaden Goertz y Autieri— es una cuestión éticamente sensata, si cualquier acto de homicidio es un asesinato, cualquier enajenación de patrimonio ajeno es un hurto o cualquier afirmación falsa es también una mentira. La tradición moral conoce en estos tres casos circunstancias que hacen admisible un acto de homicidio, una enajenación del patrimonio ajeno o una afirmación falsa».

 

Por ello, los actos en cuestión «no valen como actos intrínsecamente malos, con obligación moral sin excepción». El adulterio es un término con connotación negativa, «a tal punto que obviamente nunca podría existir un “adulterio virtuoso”. Pero con esto la cuestión no se ha aclarado para nada, si, pongamos, una persona, después de un matrimonio catastrófico desde el punto de vista humano, privo de amor y cuyo carácter de imagen del amor de Dios se ha destrozado, no puede encontrar en una nueva relación esa plenitud humana y espiritual, vivida también en las formas expresivas de su existencia corporal. “Amoris laetitia” no excluye del todo la posibilidad —escriben los estudiosos—, aunque con ello no se puede decir que apruebe al adulterio».

 

«Parece casi que se asoma el temor —se lee en el postfacio— de que en el ámbito de la sexualidad humana ya no haya actos absolutamente condenables y vinculantes para la conciencia, si ya no se reconoce explícitamente la enseñanza de “Veritatis splendor” sobre los actos intrínsecamente malos. Pero, ¿es posible nutrir tal duda seriamente? Lo que la teología moral nos dice al respecto es muy claro: existen normas morales que valen de manera universal y categórica, y existen actos que se pueden cualificar como intrínsecamente malos, en el sentido de que para ellos no existe ninguna justificación posible».

 

Por ello, los dos profesores de teología moral afirman que se puede «fácilmente disipar la duda» sobre la convicción de que existen realmente instancias morales, cuya validez es incondicional. «Claro que existen preceptos morales absolutos. Pero también hay un debate considerable en la teología moral sobre la cuestión de si todos esos actos, que en los recientes pronunciamientos del magisterio (bajo la influencia del pensamiento neoclásico sobre la sexualidad y el matrimonio) son adscritos a esta clase de preceptos, realmente pertenecen a ellas en cuanto actos intrínsecamente malos».

 

Por lo tanto, se podría preguntar si verdaderamente «cualquier sexualidad vivida en un segundo matrimonio» representa, de por sí, un acto de adulterio y de pecado grave, «incluso cuando, por ejemplo, la anterior “íntima comunidad de vida y de amor” (“Gaudium et spes”, n.48) ya no existe. Hay que evitar creer que semejantes cuestiones sean consideradas cerradas o resueltas de una vez por todas, a la luz de la ley divina».

 

«La idea de conjunto de que con “Familiaris consortio” y “Veritatis splendor” se haya codificado una doctrina completamente inatacable desde el punto de vista de la teología moral, una doctrina que se basa sólidamente en la Sagrada Escritura y en la tradición, una doctrina que no requiere más desarrollo, ha provocado bloqueos en el pensamiento y en la acción de la Iglesia católica. Con “Amoris laetitia”, el Papa Francisco se propone ofrecer un impulso para continuar con la búsqueda, incluso en este campo».


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Representantes de 1.000 moralistas católicos de unos 80 Países en el Vaticano.

Representantes de una asociación de unos 1.000 moralistas católicos han visitado al Papa y a la Curia Vaticana. Sus impresiones son muy positivas. El reportaje lo consideramos de indudable importancia. Véase en Religión Digital en la siguiente clave:

http://www.periodistadigital.com/religion/america/2017/03/27/keenan.shtml


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Comentario al discurso del Papa a la UE

El Papa: que Europa vuelva a descubrir la solidaridad, antídoto contra los populismos

El discurso a los líderes de la Unión en el 60 aniversario de los Tratados de Roma. No tengan miedo «de asumir decisiones eficaces, capaces de responder a los problemas reales de las personas»
AP
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Pubblicato il 24/03/2017
Ultima modifica il 24/03/2017 alle ore 18:47
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Europa vuelve a encontrar esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones». Esto implica «la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos» que la componen. Lo dijo Francisco a los líderes de los 27 países de la Unión Europea, que fueron recibidos en el Vaticano este 24 de marzo de 2017 por la tarde, en ocasión de los sesenta años de los Tratados de Roma, que marcaron el nacimiento de la Comunidad Europea. Se trata de un discurso que continúa con el recorrido que comenzó con los discursos de Bergoglio en Estrasburgo (en noviembre de 2014) y en ocasión del Premio Carlo Magno (en mayo de 2016) y que llega un momento en el que crecen los movimientos populistas de la mano del miedo por los atentados yihadistas. Después de los discursos iniciales del Presidente del Consejo italiano, Paolo Gentiloni, y del Presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, el Papa comenzó su discurso invitando a volver a descubrir y a dar vida a los ideales de los padres fundadores, recordó las raíces cristianas de Europa, habló sobre la solidaridad como «el más eficaz antídoto contra los modernos populismos» e invitó a los líderes europeos a «no tener miedo a tomar decisiones eficaces, para responder a los problemas reales de las personas y para resistir al paso del tiempo».

 

Europa no es un conjunto de reglas que hay que seguir

 

En la primera parte de su discurso, el Papa volvió a proponer los ideales europeos con las palabras de los padres fundadores, recordando que el aniversario «no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente» y poder afrontar los desafíos «del futuro». Los padres fundadores nos recuerdan, dijo Francisco, que Europa «no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir», sino «una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar». El origen de la idea de Europa, decía Alcide De Gasperi, es «la figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, […] con su deseo de verdad y de justicia que se ha aquilatado a través de una experiencia milenaria». El espíritu de solidaridad europea, continuó Francisco, «es especialmente necesario ahora, para hacer frente a las fuerzas centrífugas, así como a la tentación de reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras».

 

Los muros que se levantan y la paz «por descontado»

 

El Papa también recordó todos los esfuerzos que hubo que hacer para derrumbar la barrera artificial que dividió a Europa en dos, cuyo simbolo era el Muro de Berlín. «¡Cuánto se ha luchado para derribar ese muro! Sin embargo, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo. Se ha perdido también la conciencia del drama de las familias separadas, de la pobreza y la miseria que provocó aquella división. Allí donde desde generaciones se aspiraba a ver caer los signos de una enemistad forzada, ahora se discute sobre cómo dejar fuera los “peligros” de nuestro tiempo: comenzando por la larga columna de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y la pobreza, que sólo piden tener la posibilidad de un futuro para ellos y sus seres queridos». Después Francisco se refirió al gran éxito de la paz en Europa, «el tiempo de paz más largo de los últimos siglos». Un bien que «para muchos», de alguna manera, «se da por descontado, y así no es difícil que se acabe por considerarla superflua. Por el contrario, la paz es un bien valioso y esencial, ya que sin ella no es posible construir un futuro para nadie, y se termine por “vivir al día”».

 

La crisis es una oportunidad

 

Bergoglio explicó que el común denominador de los padres fundadores de Europa unida «era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo, sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles». Esos valores, continuó, «seguirán teniendo plena ciudadanía si saben mantener su nexo vital con la raíz que los engendró. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades auténticamente laicas», sin «contraposiciones ideológicas, en las que encuentran igualmente su lugar el oriundo, el autóctono, el creyente y el no creyente». La «crisis», concepto que domina nuestro tiempo (desde la crisis económica hasta la de la familia, pasando por la de las instituciones o la de los migrantes) es un término que «por sí mismo» no tiene «una connotación negativa», y no indica «solamente un mal momento que hay que superar»: la palabra en griego significa «investigar, valorar, juzgar. Por esto, nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades».

 

¿Cuáles son las esperanzas para la Europa del mañana?

 

Las respuestas a esta pregunta, según Francisco, se encuentran justamente en los pilares sobre los que fue edificada la Comunidad económica europea: «la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro». Los que gobiernan deben «identificar los procesos concretos» para evitar que «los pasos significativos» que se dan se dispersen, sino que «aseguren un camino largo y fecundo». Para volver a encontrar la esperanza se requiere «la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos que componen la Unión». Desgraciadamente, «a menudo se tiene la sensación de que se está produciendo una «separación afectiva» entre los ciudadanos y las Instituciones europeas, con frecuencia percibidas como lejanas y no atentas a las distintas sensibilidades que constituyen la Unión». Bergoglio recordó que «Europa es una familia de pueblos» y que la Unión Europea «nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias».

 

Los populismos y el liderazgo político

 

Hoy la Unión Europea necesita «redescubrir el sentido de ser ante todo «comunidad» de personas y de pueblos». La solidaridad, explicó el Papa, es «el antídoto más eficaz contra los modernos populismos», e «implica la conciencia de formar parte de un solo cuerpo, y al mismo tiempo implica la capacidad que cada uno de los miembros tiene para “simpatizar” con el otro y con el todo. Si «uno sufre, todos sufren. Por eso, hoy también nosotros lloramos con el Reino Unido por las víctimas del atentado que ha golpeado en Londres hace dos días». Por el contrario, los populismos «florecen precisamente por el egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante». Se necesita, como consecuencia, «volver a pensar en modo europeo, para conjurar el peligro de una gris uniformidad o, lo que es lo mismo, el triunfo de los particularismos». Los líderes políticos, afirma Francisco, deben evitar «usar las emociones para ganar el consenso, para elaborar en cambio, con espíritu de solidaridad y subsidiaridad, políticas que hagan crecer a toda la Unión en un desarrollo armónico, de modo que el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio, y el que tiene dificultad se esfuerce para alcanzar al que está a la cabeza».

 

Migrantes, un desafío cultural

 

Europa «vuelve a encontrar esperanza cuando no se encierra en el miedo de las falsas seguridades». Por lo demás, su historia «su historia está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y su identidad es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural». «No se puede limitar —observó el Pontífice— a gestionar la grave crisis migratoria de estos años como si fuera sólo un problema numérico, económico o de seguridad. La cuestión migratoria plantea una pregunta más profunda, que es sobre todo cultural». Francisco subrayó que el miedo advertido a menudo encuentra «su causa más profunda en la pérdida de ideales». Sin «una verdadera perspectiva de ideales, se acaba siendo dominado por el temor de que el otro nos cambie nuestras costumbres arraigadas, nos prive de las comodidades adquiridas, ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado sólo con frecuencia en el bienestar material». Por el contrario, «la riqueza de Europa ha sido siempre su apertura espiritual y la capacidad de platearse cuestiones fundamentales sobre el sentido de la existencia». Europa, insistió Bergoglio, «tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que merece ser propuesto una vez más con pasión y renovada vitalidad, y que es el mejor antídoto contra la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo». Estos son los ideales «que han hecho a Europa, la “península de Asia” que de los Urales llega hasta el Atlántico».

 

Invertir en el desarrollo y en la familia

 

El Papa recordó que «no hay verdadera paz cuando hay personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria», ni cuando «falta el trabajo o la expectativa de un salario digno», ni «en las periferias de nuestras ciudades, donde abunda la droga y la violencia».

 

Hay que ofrecerles a los jóvenes «perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo del trabajo». Europa vuelve a encontrar su esperanza «cuando invierte en la familia, que es la primera y fundamental célula de la sociedad. Cuando respeta la conciencia y los ideales de sus ciudadanos. Cuando garantiza la posibilidad de tener hijos, con la seguridad de poderlos mantener. Cuando defiende la vida con toda su sacralidad».

 

A sus 60 años, la Unión no está vieja

 

«A diferencia de un ser humano de sesenta años —concluyó Francisco—, la Unión Europea no tiene ante ella una inevitable vejez, sino la posibilidad de una nueva juventud. Su éxito dependerá de la voluntad de trabajar una vez más juntos y del deseo de apostar por el futuro. A vosotros, como líderes, os corresponde discernir el camino para un “nuevo humanismo europeo”, hecho de ideales y de concreción. Esto significa no tener miedo a tomar decisiones eficaces, para responder a los problemas reales de las personas y para resistir al paso del tiempo». Y es por ello que Francisco, retomando las palabras del Primer Ministro de Luxemburgo, Joseph Bech, concluyó diciendo: «Creo que Europa merece ser construida».


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Todos los derechos humanos son necesarios.

¿ES POSIBLE LA DIGNIDAD SIN TODOS LOS DERECHOS?

Xavier Alonso. Es una pregunta peligrosa, porque puede justificar que se limiten los derechos. No, no es  posible. La máxima dignidad consiste en tener todos los derechos. Si hablamos de inmigración, su integración está condicionada por el principio de gradualidad. En España y en todos los países los derechos son adquiridos por los extranjeros gradualmente, paso a paso, con el paso del tiempo. Al llegar al país, aunque no tengas “papeles”[1], dispones ya de ciertos derechos: servicios sociales básicos, reunión, asociación, sindicación, huelga, educación obligatoria, asistencia sanitaria pública (en algunas comunidades autónomas), tutela judicial, asistencia jurídica gratuita. Y hay un derecho-obligación que es fundamental, un derecho-bisagra fundamental: el derecho  a empadronarse. Toda persona, tenga o no papeles, debe empadronarse. Empadronarse sirve para hacer contar el tiempo, 3 años, hasta que puedas obtener la autorización de residencia por arraigo social[2], que da paso al segundo nivel de derechos, los de los extranjeros “con papeles”: reagrupación familiar, ayudas públicas de vivienda, educación postobligatoria, trabajo y seguridad social, sufragio activo y pasivo en las elecciones locales bajo ciertas circunstancias.La culminación de todo este sistema es adquirir la nacionalidad[3]: ya no eres extranjero, eres español. Al obtener la nacionalidad, se consigue el último derecho, a votar en el resto de las elecciones, autonómicas y nacionales. Ahí está la dignidad. Dignidad = todos los derechos. Dignidad = cuando dejas de ser extranjero y eres español.

Ciudadanía, nacionalidad y derechos

Por ello, en la Constitución hay que tender a fijarse en si habla de “español”, “extranjero”, “extranjero residente”, “todas las persona”, etc., para saber hasta dónde alcanza el derecho respectivo. La palabra ciudadano suele tener allí un valor programático. La palabra ciudadano evoca la máxima dignidad, pero, si la dignidad equivale a todos los derechos, eso solo es de los españoles. La ciudadanía europea no existe si no es en referencia a la condición de nacional de algunos de los 28 estados miembros. Es ciudadano de la Unión Europea toda persona que ostente la nacionalidad de uno de los 28 estados miembros[4]. Por lo demás, algunas políticas de inmigración en España, por ejemplo, la catalana, anunciaron el principio de ciudadanía residente[5], como queriendo expresar: se es ciudadano con todos los derechos de un modo alternativo al de alcanzar la nacionalidad. Pero esta es una declaración de principios, un desiderátum, algo no alegable ante un tribunal: “Oiga, yo ya tengo todos los derechos que se pueden tener en España, porque resido aquí”. No, no es posible. Los principios no son derechos pero sí que obligan a las Administraciones: es la famosa cláusula de “estado social” de España y de algunas comunidades autónomas[6] también: son poderes públicos que están obligados a “remover los obstáculos” que impidan o dificulten que la plenitud de la libertad y la igualdad sean reales y efectivas. Las Administraciones, pues, deben arremangarse, hacer, moverse, deben empujar el proceso para que la gente tenga el máximo de derechos cuanto antes…

Dignidad y derechos

Volvamos a la pregunta peligrosa: ¿Es posible la dignidad sin todos los derechos mientras que el extranjero no llega obtener nuestra nacionalidad? ¿Hay algo entre medio? ¿Hay vida, más allá del pasaporte español? Un apunte previo: el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Parece entonces que una cosa es la dignidad, y otra los derechos. ¿Qué hay entre  el primer día en que llegas a España, y el día en que obtienes el pasaporte? Sí, hay un camino horizontal, un conjunto de años dentro de los cuales la persona reconstruye su capital social[7], con la ayuda de varios acompañantes de ese camino: la ayuda de sí mismo, de su familia y amigos, de sus co-nacionales, de sus vecinos españoles, de las ONG, de las Administraciones, de… Todo el tiempo hasta la adquisición de la nacionalidad no es un tiempo vacío, al contrario, es un tiempo de oportunidades. Un tiempo en que se adquiere conciencia de ser lo que se es: primero, una persona vulnerable, y todavía expulsable, necesitada de ayuda; después, una persona con derechos básicos (llevar a los hijos al cole, ir al ambulatorio, alquilar un piso); y finalmente, una persona con reivindicaciones políticas y que exige igualdad de trato y participación plena[8].

Luchar para que se cumplan las normas

 ¿Y cómo incidir en que el extranjero salve, de la mejor manera posible, el camino entre tener algunos de nuestros derechos y tenerlos todos? En primer lugar, luchando porque mejoren -o no empeoren- los requisitos para tener un determinado derecho. Por ejemplo, antes los extranjeros irregulares tenían derecho a la asistencia sanitaria pública gratuita, pero una ley[9] acabó, sin ningún debate parlamentario, con un derecho que había costado 15 años de luchas sociales y políticas conseguir[10]. Ahora hay que tener papeles[11] para acceder a la sanidad  pública. A veces la lucha no es porque una norma cambie, sino porque se cumpla: ¿cuánto tiempo tarda el Estado en citar a una persona que solicita la nacionalidad? Y una vez citada, ¿cuánto tiempo tarda en reconocerle la nacionalidad? ¡Años! Juzgados, registros, prestan un servicio público, y ese servicio está colapsado, es demasiado lento, frustrándose así las expectativas de docenas de miles de personas en cada momento. En segundo lugar, que las personas estén informadas. Cuanta más información tengan, mejor planificarán el progreso de su situación legal en España. Y por último, tengamos en cuenta que el camino es horizontal pero no es llano. Está lleno de dificultades: colas, pequeñas o grandes batallas legales, discriminaciones sutiles, alguna humillación… Los que acompañan a los extranjeros lo saben: abogados, voluntarios, trabajadoras sociales… Pero, ojo, que en el camino aparecerán algunos cómplices inesperados: la ayuda existe, y está a veces en donde menos la esperas, incluso en la policía, en los jueces, en… Un trato amable, una resolución favorable… Preguntemos a alguien que tenga por fin toda su situación arreglada, después de años de dar vueltas. Somos el fruto de nuestros propios esfuerzos, y de los esfuerzos de muchos que nos han echado una mano. Finalmente, no creamos que conseguir el pasaporte español es porque se quiera tener la identidadespañola, se quiera ser culturalmente español. Quizás se quiera o no, pero la nacionalidad de un nuevo país europeo se quiere sobre todo por seguridad jurídica, para no ser clandestino, para poder ir a tu país cuando quiera con seguridad, para mejorar

Para el inmigrante, la dignidad consiste en tener todos los derechos, que en nuestro país consiste en adquirir la nacionalidad española. Los derechos se adquieren gradualmente, durante una serie de años en los que también hay una posibilidad de dignidad. Se puede acompañar a los extranjeros en su camino, lleno de dificultades pero también de oportunidades. Incidir en que ese recorrido se haga con dignidad conlleva informar bien, de entrada, al inmigrante, luchar para que los requisitos de los derechos mejoren o no se endurezcan, para que los requisitos, simplemente, se cumplan –sin demoras no justificadas- y que los años hasta llegar a la nacionalidad estén jalonados de oportunidades de formación, creación de redes sociales propias y pequeñas victorias jurídicas intermedias, como el arraigo, la autorización de residencia de larga duración o la reagrupación de las familias. La finalidad de obtener la nacionalidad española es que el extranjero –que deja de serlo- sea realmente igual a nosotros…

***

[1] Aunque a España se puede llegar legalmente o “con papeles”, y miles de personas lo hacen cada año: por trabajo, estudios, reagrupación familiar, etc.

[2] En 2015, 35.060 personas “sin papeles” en todo el Estado estaban regularizadas por arraigo.

[3] “Adquisición de la nacionalidad por residencia”, según el Código Civil.

[4] Artículo 20.1 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea

[5] V. el Pla de Ciutadania i Immigració 2005-08. Barcelona: Generalitat de Catalunya.

[6] Art. 9.2 de la Constitución, art. 11.3 del Estatuto de Autonomía de Aragón, art. 10.1 del de Andalucía, art. 4 del de Castilla-La Mancha, art. 7.1 del de Extremadura,  art. 4.2 del de  Cataluña, etc.

[7] Concepto fundamental de Pierre Bourdieu: recursos por lo regular intangibles basados en pertenencia a grupos, relaciones, redes de influencia y colaboración. [Wikipedia, consulta de 28 de febrero de 2017]

[8] El conocido como ciclo migratorio, v. Felice Dassetto.

[9] Real Decreto Ley 16/2012.

[10] Los que van de la Ley orgánica 7/1985 y la Ley orgánica 4/2000.

[11] Salvo en algunas Comunidades Autónomas.


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La sociedad norteamericana y la elección del presidente Trump.

feb102017

 

images2Ya durante la campaña nos habíamos horrorizado por el atrevimiento e inmoralidad de sus provocaciones: nos parecía extraño que un candidato a presidente pudiera afirmar que “puedo disparar a alguien en plena Quinta Avenida y no perdería votos”, que nunca había pagado impuestos, sus afirmaciones xenófobas, su defensa de la tortura, su misoginia, el desprecio hacia México.

Sin embargo, como en algunas ocasiones, la verdad ha superado todas las expectativas. Después de su toma de posesión el 20 de enero nos ha acostumbrado al desafío diario, a la audacia y al “in crescendo” del disparate, que, como una coraza, convierte en normal el disparate del día anterior

: el muro, el oleoducto, los nombramientos, el mantenimiento de sus propias empresas aun siendo presidente, su desprecio por el estado de derecho y el poder legislativo, su fobia hacia el mundo árabe, la prohibición de la entrada —en un país de inmigrantes por historia y realidad—  a los ciudadanos de los siete países afectados, con síntomas de comportamiento antisocial, agresividad, paranoia, grandiosidad, egocentrismo. La ausencia total de sentido moral y ético tanto en el lenguaje como la falta de escrúpulos en los hechos del dirigente de la nación más poderosa es un salto en la degradación social colectiva.

Sin duda el Tea Party es de derechas o de ultraderechas, pero Trump es otra cosa. Hay quien lo define como la adaptación empresarial del Ku Kux Klan del siglo XXI, la reacción histérica y patológica del blanco a quien se le ha hecho creer que está perseguido y tiene que atacar.

¿Patología? Lo de menos es pensar sobre el Trump-persona. Lo preocupante es pensar en la sociedad que le ha votado. ¿Por qué la mitad de una sociedad teóricamente civilizada, cumbre del mundo libre, heredera de Washington y Tocqueville, que con su independencia en 1776 selló la primera declaración de Derechos Humanos, en la que desde sus orígenes ha predominado el modelo de sociedad abierta, democracia representativa y prensa libre, ha dado su confianza a un personaje así?

Sencillamente, porque tanto Trump como la ultraderecha europea son un producto de la globalización financiera, del neoliberalismo y,  sobre todo,  representan la indignación popular por la crisis de 2008. Su auge en Estados Unidos lo han hecho posible tanto republicanos como demócratas, y en Europa las instituciones financieras, la Troika, padres de la arquitectura económica que ha generado estos monstruos.

¿Fascismo? No al estilo de los fascismos europeos del siglo pasado, pero sí utilizando su misma retórica racista o afirmando que en el interior mismo de los Estados Unidos, si se quiere que la nación prospere, hay cuerpos extraños que hay que extirpar. El mismo discurso de Hitler en su día.

Es importante releer su discurso de toma de posesión.  Como en todas las dictaduras,  hay un intento de conexión directa entre él, el elegido y carismático, creyéndose vocero de Dios y el pueblo, sin mediaciones, sin partidos, donde se vincula a sí mismo y a su gobierno directamente con el pueblo, sin cortapisas, con argumentos populistas y numerosas referencias a Dios. Dijo en su discurso: “Lo que realmente importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino si nuestro gobierno está controlado por el pueblo” o “estamos protegidos por Dios”.

El fascismo especula demagógicamente con las necesidades de la gente. Exprimirá a las masas hasta no poder más, pero se acerca a ellas hablando de anticapitalismo, alimentando el sentimiento popular contra el expolio de la burguesía y de los bancos, los trusts y los magnates y lanzando consignas de proteccionismo económico y aislacionismo cultural. En Alemania: “Nuestro estado no es un estado capitalista, sino un estado corporativo”; en la España franquista: “Hemos superado la lucha de clases”; en Estados Unidos,  apropiándose del mito de pueblo elegido.

El fascismo es cada vez menos una amenaza y cada vez más una realidad. Un fascismo actualizado en sus formas pero idéntico en el fondo, y que gana sus apoyos entre las clases más afectadas por la globalización y las políticas neoliberales. Al día siguiente de la toma de posesión se reunieron en Alemania los principales líderes de la ultraderecha europea, desde Marine Le Pen a la alemana Petry, bajo el lema “Libertad para Europa”. No es casual. Estamos a las puertas de elecciones clave este año en Holanda, Francia y Alemania. Se hacen llamar “los líderes políticos de la nueva Europa, que están cerca de asumir responsabilidades de gobierno en sus respectivos países”. Al fin y al cabo Trump es brutalmente claro. Pero la vieja y cobarde Europa, que se proclama defensora de valores, decide pagar a un tercero para que le haga el trabajo sucio y pare a los que huyen de la guerra y la muerte. Y en España ponemos concertinas. El “huevo de la serpiente” se pone en evidencia.

Qué hacer?

La única ventaja de lo ocurrido es que puede despertarnos. Trump ha puesto las cosas fáciles: o conmigo o contra mí. Nos toca a nosotros escoger entre el racismo y egoísmo (individual, familiar o de grupo) o la posibilidad de construir una sociedad fundamentada en una justicia igual para todos, la del altruismo y la solidaridad por lo colectivo.

Es admirable la valentía de los numerosos colectivos que se movilizan en Estados Unidos: mujeres, jueces, universidades, iglesias, algunos ya seriamente amenazados. Antes de la II Guerra Mundial el silencio cómplice de las potencias europeas dio alas al rápido crecimiento del fascismo hasta que fue imparable. Ojalá la prudente reacción de la Europa de hoy no suponga lo mismo.

La sociedad norteamericana tiene una oportunidad para organizarse contra el fascismo encubierto de Trump y contra el modelo neoliberal y militarista impuesto en Estados Unidos y desde Estados Unidos a todo el mundo en los últimos mandatos, también por Obama y Clinton. Trump no es sino su exacerbación patológica. Y la sociedad europea tiene también la oportunidad de escoger: o la solidaridad y cambio de modelo de la UE o el fascismo y la ultraderecha que avanza sobre una UE en descomposición. Permanecer impasibles supone repetir los errores del pasado.

Desde el seguimiento de Jesús

La figura de Jesús está en las antípodas. No sólo por el programa ético y político de justicia social de Mateo 25 sobre las obras de misericordia del dar de comer al hambriento, vestido al desnudo y acoger al perseguido,  sino,  y quizá de manera más contundente,  por el mensaje de las Bienaventuranzas — humanamente imposible de digerir y que sólo puede aceptarse desde la fe— en las que Jesús, en el pórtico de su vida publica, anuncia que los pobres, los que lloran, los humildes, son los preferidos de Dios y de ellos es el Reino. Poner esto en práctica en el mundo de hoy supondrá unos riesgos que como seguidores de Jesús habrá que aceptar.


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El Papa Francisco y los homosexuales.

El Papa y los homosexuales: distinguir pecado y pecador es la tradición cristiana

La respuesta de Francisco, que contó cómo siempre ha estado cerca de las personas homosexuales desorienta a los «relativistas» y a los «rigoristas», pero arroja una luz interesante sobre la vida de la Iglesia
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Un “gay pride”

03/10/2016
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Las duras palabras sobre el «adoctrinamiento» de la teoría de género que pronunció Papa Francisco el sábado pasado, primero de octubre, en Tiflis, dieron la vuelta al mundo. En esa ocasión estaba respondiendo al testimonio de una joven madre de familia, y no había en ellas particulares novedades, salvo la imagen de la «guerra mundial» en contra del matrimonio. En varias ocasiones el Pontífice argentino se ha expresado en contra de las «colonizaciones ideológicas» refiriéndose explícitamente a la teoría de género. Los que siguen de lejos ciertas afirmaciones papales se quedaron sorprendidos, en su momento, por aquel «¿quién soy yo para juzgar?», pero les ha costado asimilar las afirmaciones de Bergoglio, como si se estuvieran despertando de un sueño, según el cual el pecado ya no existiría.

Durante el vuelo de regreso de Bakú a Roma, al dialogar con los periodistas que lo acompañaron en su viaje a Azerbaiyán, el Papa respondió a una pregunta sobre la teoría de género y sobre la actitud del pastor frente a las personas que sufren por su identidad sexual. Francisco, sin cambiar ni una coma a sus críticas hacia la teoría de género, dijo que había acompañado y «acercado al Señor» a personas con tendencias homosexuales, a personas que practican la homosexualidad e incluso a transexuales. Dijo que lo había hecho cuando era cura, cuando era obispo e incluso como Papa. Y sus palabras sorprendieron la sensibilidad de muchos. Una actitud de acogida, de apertura, puesto que Jesús «seguramente no diría: “¡Vete, porque eres homosexual!”, no».

Algunos tal vez se podrán sorprender porque no estaban acostumbrados a escuchar a un Papa decir estas cosas, pero (una vez más), Francisco simplemente ha sido cura. La distinción entre el error y quien yerra, entre el pecado y el pecador, no es un invento bergogliano, sino pertenece a la tradición cristiana. Debería, más bien, llamar la atención que las palabras de apertura sean interpretadas o instumentalizadas tanto por los «relativistas» como por los «rigoristas», como el fin anunciado de cualquier regla en materia de moral sexual. Una buena noticia para los primeros; el apocalipsis para los segundos. En ambos casos, falta el ensimismamiento con la mirada de Jesús, que siente compasión y derrama misericordia, con la parábola del Buen Pastor que deja a las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a la oveja extraviada. Para los primeros, cada frase del Pontífice debe ser reducida a consigna e interpretada como «¡todos libres!». Para los segundos, cualquier alusión pastoral de misericordia, cualquier llamado a la acogida y al discernimiento de las diferentes situaciones, suena como una peligrosa forma de «buenismo».

El ejemplo fulminante para describir la situación de la Iglesia contemporánea se lo ofreció a Francisco el transexual español Diego Neria Lejárrag. Es un ejemplo que vale la entrevista entera. Y así lo contó el Papa: «en el barrio en el que vivía estaban el viejo sacerdote, el viejo párroco, y uno nuevo. Cuando el nuevo párroco lo veía, le gritaba desde la acera: “¡Te vas a ir al infierno!”. Cuando se encontraba con el viejo, le decía: “¿Desde hace cuánto que no te confiesas? Ven, ven, así te confieso y puedes hacer la comunión”». Sorprenden estas actitudes tan diferentes. El cura más joven ya había condenado a Diego. El cura más viejo, que se formó en la Iglesia de los años cincuenta, trataba de acercarlo y de acompañarlo. Cuando era arzobispo en Buenos Aires, a los que le preguntaban qué habría escrito sobre su lapida, el actual Pontífice respondió: «Jorge Mario Bergoglio. Cura». Y no es difícil imaginar con cuál de los dos sacerdotes citados se identifica, proponiendo hacer lo mismo.

Cuando uno entra en contacto con las vidas, con los sufrimientos, las experiencias e veces dramáticas de las personas, en la condición en la que se encuentren, explicó el Papa durante la entrevista en el avión, hay que ensimismarse con la mirada de Jesús Ya lo indicaba San Ambrosio, en el «De Abraham»: «En donde se trata de extender la gracia, allí Cristo está presente; cuando se debe ejercer el rigor, están presentes solo los ministros, pero Cristo está ausente».

El ejemplo que le contó a Francisco el transexual español describe bien la diferencia entre los que se dedican a ser «repetidores» de doctrinas abstractas sin involucrarse verdaderamente con las vidas de los hombres y de las mujeres heridos, y los que, por el contrario, no se olvidan de que la Iglesia «no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios».