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El Card. Muller sobre la encíclica “Amoris laetitia”. Entrevista

 

Müller: “El libro de Buttiglione ha disipado las dudas de los cardenales”

Entrevista con el purpurado sobre “Amoris laetitia” y la posibilidad de dar los sacramentos a quienes viven en segundas nupcias: «Debemos conectar la palabra salvación de Dios con la situación concreta excluyendo tanto el legalismo como el individualismo auto-referencial»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

 

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Pubblicato il 30/12/2017

Ultima modifica il 30/12/2017 alle ore 23:59

ANDREA TORNIELLI

CIUDAD DEL VATICANO

 

Las palabras más significativas que recibió para sus 70 años fueron las quele dedicó el Papa emérito Benedicto XVI: el cardenal Gerhard Ludwig Müller «ha defendido las claras tradiciones de la fe, pero en el espíritu del Papa Francisco», «ha tratado de entender cómo pueden ser vividas hoy». Y precisamente hacia esta dirección se dirigía la densa y articulada introducción que el purpurado alemán quiso escribir para apoyar la iniciativa del filósofo Rocco Buttiglione, quien reunió en un volumen recién publicado sus ideas para una lectura de “Amoris laetitia” más allá de los opuestos extremismos y al mismo tiempo consciente del paso que se ha dado. Desde hace ya muchos años, primero como cardenal y después como Papa, Joseph Ratzinger se ha referido al problema que representan los cada vez más numerosos matrimonios celebrados sin fe y sin la conciencia del sacramento. Un problema del que el mismo Müller se ocupó en una carta pastoral publicada cuando comenzó su episcopado en Regensburg. En esta entrevista con Vatican Insider, el cardenal vuelve a hablar sobre las “dudas” de los cardenales y profundiza algunos de los pasajes de la introducción al libro de Buttiglione.

 

Eminencia, ¿por qué ha apoyado el libro del filósofo Rocco Buttiglione sobre “Amoris laetitia”?

 

La intención de mi amigo Rocco Buttiglione en este libro es la de ofrecer respuestas competentes a preguntas formuladas de manera competente. Yo he querido apoyar esta contribución a un diálogo honesto sin facciosidades y sin polémicas. En alemán hay un dicho: “quien quiere pacificar acaba golpeado por ambas partes”. Pero creo que debemos aceptar este riesgo por amor a la verdad del Evangelio y a la unidad de la Iglesia.

 

¿Usted cree que el libro del profesor Buttiglione ha respondido a las famosas “dudas” formuladas por los cuatro cardenales?

 

Estoy convencido de que ha disipado las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en “Amoris laetitia” se hubiera alterado sustancialmente la doctrina de la fe tanto sobre la manera válida y fecunda de recibir la santa comunión como sobre la indisolubilidad del un matrimonio válidamente contraído entre bautizados.

 

La impresión que se tienen al leer el texto de las cinco “dudas” de los cardenales es que no se trata de verdaderas preguntas, es decir dudas expresadas para tener una respuesta positiva o negativa, sino más bien de preguntas un poco retóricas que conducen hacia una dirección establecida de antemano. ¿Qué piensa al respecto?

 

Siempre que he expresado mis posiciones, que me las han pedido desde muchas partes, he tratado de superar las polarizaciones y una manera de pensar por campos contrapuestos. Por ello, el profesor Buttiglione me pidió una introducción para su libro titulada “Por qué se puede y se debe interpretar «Amoris laetitia» en sentido ortdoxo”. Pero ahora ya no debemos perder más tiempo con la cuestión de la manera en la que entramos a esta situación llena de tensiones, sino concentrarnos más bien en la manera para salir de ella. Necesitamos más confianza y atención benévola los unos por los otros. Como cristianos, nunca debemos dudar de la buena voluntad de nuestros hermanos, sino que “cada uno de ustedes, en toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo” (Fil. 2,3); así el Apóstol nos amonesta para que tengamos todos los mismos sentimientos en el amor.

 

En la introducción al libro de Buttiglione usted habla por lo menos de una excepción en relación con los sacramentos para quienes viven en segundas nupcias, la que tiene que ver con los que no pueden obtener la nulidad matrimonial en el tribunal pero están convencidos, en consciencia, de la nulidad del propio matrimonio. Esta hipótesis ya fue considerada, en el año 2000, por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este caso, ¿se puede abrir la vía a los sacramentos? ¿“Amoris laetitia” podría ser considerada como un paso más de aquella posición?

 

Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentlaidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista. No se trata de construir artificialmente un pretexto para poder dar la comunión. Quien no reconoce o no toma en serio el matrimonio como sacramento en el sentido en el que lo considera la Iglesia no puede tampoco, y esto es lo más importante, recibir en la santa comunión a Cristo, que es el fundamento de la gracia sacramental del matrimonio. Aquí debería estar antes que nada la conversión al misterio de la fe entero. Solo a la luz de estas consideraciones un ben pastor puede aclarar la situación familiar y matrimonial. Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

Estamos frente a un número cada vez mayor de casos de matrimonios celebrados sin verdadera fe entre personas que después de pocos años (a veces incluso meses) se dejan. Y tal vez después de haber contraído una nueva unión civil, encuentran verdaderamente la fe cristiana y emprenden un camino. ¿Cómo hay que comportarse en estos casos?

 

Aquí todavía no tenemos una respuesta consolidada. Pero deberíamos desarrollar criterios sin caer en la trampa de la casuística. En teoría, es bastante fácil definir la diferencia entre un no creyente bautizado y un “cristiano solo de nombre”, que llega más tarde a la plenitud de la fe. Es más difícil verificar esto en la concreta realidad de cada una de las personas en el peregrinaje de sus vidas. Fiel a la Palabra de Dios, la Iglesia no reconoce ninguna ruptura del vínculo matrimonial y, por lo tanto, ninguna división. Un matrimonio sacramental válido frente a Dios y ante la Iglesia no puede ser roto ni por los esposos ni por las autoridades de la Iglesia y, naturalmente, tampoco por un divorcio civil y un nuevo matrimonio. Es diferente el caso, que ha hemos citado, de un matrimonio inválido desde el principio por la falta de un verdadero consenso. Aquí no se rompe o no se considera irrelevante un matrimonio válido. Se reconoce simplemente lo que parecía ser un matrimonio cuando en realidad no lo es.

 

 

En su introducción al libro de Buttiglione, usted habla también sobre la reducida imputabilidad de la culpa de quien «no sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral». ¿Qué significa?

 

El pecado mortal nos quita la vida sobrenatural en la gracia. Su principio formal es la voluntad de contradecir la santa voluntad de Dios. A ello se suma la “materia” de acciones en grave conflicto con la doctrina de la fe de la Iglesia y su unidad con el Papa y los obispos, la santidad de los sacramentos y los mandamientos de Dios. El católico no puede excusarse diciendo que no sabía todas estas cosas. Pero existen personas que, sin una culpa grave propia, no han recibido una suficiente instrucción religiosa y viven en un ambiente espiritual y cultural que pone en peligro el “sentiré cum Ecclesia”. Aquí se necesita un bien pastor que, esta vez, no rechace a los lobos con su bastón, sino, según el modelo del Buen Samaritano, derrame aceite y vino en las heridas, y acoja al herido en esa posada que es la Iglesia.

 

En su introducción, usted recordó también la doctrina tradicional, según la cual «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios». Entonces, ¿puede haber algunos casos en los que, al faltar la plena conciencia y el deliberado consenso, la imputabilidad sea reducida?

 

Quien, en el sacramento de la Penitencia, pide la Reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar todos los pecados graves de los que se acuerde después de un profundo examen de conciencia. Solamente Dios puede medir la gravedad de los pecados cometidos en contra de sus mandamientos, porque solo Él conoce el corazón de los hombres. Las circunstancias, conocidas solamente por Dios, que disminuyen la culpa y la pena frente a su tribunal, son de tipo diferente de las que se pueden juzgar desde el exterior, como las que pueden poner en entredicho la validez de un matrimonio. La Iglesia puede administrar los sacramentos como instrumento de la gracia solo conforme a la manera en la que Cristo los instituyó. Santo Tomás de Aquino distingue el sacramento de la penitencia de la eucaristía en cuanto la primera es una medicina que purifica (purgativa), mientras la segunda es una medicina que edifica (confortativa). Si se intercambian se daña al enfermo o al sano. Quien se acuerde de un pecado grave primero debe recibir el sacramento de la penitencia. Por ello es necesario el arrepentimiento y el propósito de evitar las próximas ocasiones de pecado. Sin esto no se da el perdón sacramental. Esta es, de cualquier manera, la doctrina de la Iglesia. En la introducción al libro de Buttiglione cité también los pasajes relevantes del magisterio más autorizado. Sin embargo, los creyentes también tienen derecho a un acompañamiento atento que corresponda a su itinerario personal de fe. En el acompañamiento pastoral y, sobre todo en el sacramento de la penitencia, el sacerdote debe ayudar en el examen de conciencia. El creyente no puede decidir solo, en consciencia, si reconocer o no los mandamientos de Dios como justos y vinculantes para él. En cambio, debemos examinar en consciencia nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones a la luz de Su santa voluntad. En lugar de justificarnos solos, debemos rezar humildemente a Dios y “con espíritu contrito” (Salmo 51,19) por el perdón de los pecados que no sabemos que hemos cometido. Solo así es posible un nuevo inicio.

 

¿Cómo se superan los peligros opuestos del subjetivismo y del legalismo? ¿Cómo se pueden considerar los casos concretos individuales, a veces dramáticos?

 

En la visión católica, la consciencia del individuo, los mandamientos de Dios y las autoridades de la Iglesia no están aislados unos de otros, sino que están unos con otros en una conexión interior atentamente calibrada. Esto excluye tanto un legalismo como un individualismo auto-referencial. No es nuestra tarea justificar una nueva unión que se parece a un matrimonio con una persona que no sea el cónyuge legítimo. No se nos permite considerar “mundanamente” que Jesús no puede haber tomado en serio la indisolubilidad del matrimonio o que esta no pueda ser pretendida por el hombre de hoy que, debido a la extensión de la duración de la vida, no puede resistir tanto tiempo con un único cónyuge. Pero hay situaciones dramáticas en las que es difícil encontrar una salida. Aquí el buen pastor distingue cuidadosamente las condiciones objetivas de las subjetivas y da un consejo espiritual. Pero él no puede erguirse como Señor sobre la conciencia de los demás. Aquí debemos conectar la palabra de salvación de Dios, que en la doctrina de la Iglesia solo se trasmite, con la situación concreta, en la que se encuentra el hombre en su peregrinaje. Es bueno recordar también el antiguo principio según el cual el confesor no debe turbar la conciencia del penitente en buena fe antes de que este haya crecido en la fe y en la conciencia de la doctrina cristiana hasta el punto de reconocer el propio pecado, y formular el propósito de no cometerlo más. Entre la obediencia a Cristo Maestro y la imitación del Buen Pastor no hay un o-o, sino un e-e.

 

Las líneas guía pastorales-aplicativas de “Amoris laetitia” de los obispos de la región de Buenos Aires, elogiadas por el Pontífice, fueron publicadas en “Acta Apoatolicae Sedis”. ¿Qué le parecen?

 

Esta es una cuestión sobre la que no me gustaría ofrecer ningún juicio. En mi prefacio al libro de Buttiglione hablé en general de la relación entre el magisterio papal y la autoridad de las directivas pastorales de los obispos diocesanos. No se trata de decisiones dogmáticas o de una especie de evolución del dogma. Solamente se trata de una posible práctica de la administración de los sacramentos, puesto que en casos tan graves el sacramento de la penitencia debe anteceder poder recibir la comunión. Pero al respecto habría que recordar que, según la fe católica, el sacrificio eucarístico, la santa misa, no se puede recibir a recibir (con la boca) la comunión. El Concilio de Trento habla de una triple modalidad para recibir el sacramento: según el deseo (“in voto”); recibir con la boca la santa hostia (la comunión sacramental); la íntima unión de gracia con Cristo (la comunión espiritual).

 

 

 

El volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (Ares, 208 pp.). El filósofo responde a quienes critican al Papa Francisco, a las “dudas” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con una introducción del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Müller, Buttiglione y la “confusión” de los críticos del Papa

 

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

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El Cardenal Müller en una importante entrevista a Vat. Insider

Müller: “El libro de Buttiglione ha disipado las dudas de los cardenales”

Entrevista con el purpurado sobre “Amoris laetitia” y la posibilidad de dar los sacramentos a quienes viven en segundas nupcias: «Debemos conectar la palabra salvación de Dios con la situación concreta excluyendo tanto el legalismo como el individualismo auto-referencial»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

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Pubblicato il 30/12/2017
Ultima modifica il 30/12/2017 alle ore 16:22
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

Las palabras más significativas que recibió para sus 70 años fueron las que le dedicó el Papa emérito Benedicto XVI : el cardenal Gerhard Ludwig Müller «ha defendido las claras tradiciones de la fe, pero en el espíritu del Papa Francisco», «ha tratado de entender cómo pueden ser vividas hoy». Y precisamente hacia esta dirección se dirigía la densa y articulada introducción que el purpurado alemán quiso escribir para apoyar la iniciativa del filósofo Rocco Buttiglione, quien reunió en un volumen recién publicado sus ideas para una lectura de “Amoris laetitia” más allá de los opuestos extremismos y al mismo tiempo consciente del paso que se ha dado. Desde hace ya muchos años, primero como cardenal y después como Papa, Joseph Ratzinger se ha referido al problema que representan los cada vez más numerosos matrimonios celebrados sin fe y sin la conciencia del sacramento. Un problema del que el mismo Müller se ocupó en una carta pastoral publicada cuando comenzó su episcopado en Regensburg. En esta entrevista con Vatican Insider, el cardenal vuelve a hablar sobre las “dudas” de los cardenales y profundiza algunos de los pasajes de la introducción al libro de Buttiglione.

 

Eminencia, ¿por qué ha apoyado el libro del filósofo Rocco Buttiglione sobre “Amoris laetitia”?

 

La intención de mi amigo Rocco Buttiglione en este libro es la de ofrecer respuestas competentes a preguntas formuladas de manera competente. Yo he querido apoyar esta contribución a un diálogo honesto sin facciosidades y sin polémicas. En alemán hay un dicho: “quien quiere pacificar acaba golpeado por ambas partes”. Pero creo que debemos aceptar este riesgo por amor a la verdad del Evangelio y a la unidad de la Iglesia.

 

¿Usted cree que el libro del profesor Buttiglione ha respondido a las famosas “dudas” formuladas por los cuatro cardenales?

 

Estoy convencido de que ha disipado las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en “Amoris laetitia” se hubiera alterado sustancialmente la doctrina de la fe tanto sobre la manera válida y fecunda de recibir la santa comunión como sobre la indisolubilidad del un matrimonio válidamente contraído entre bautizados.

 

La impresión que se tienen al leer el texto de las cinco “dudas” de los cardenales es que no se trata de verdaderas preguntas, es decir dudas expresadas para tener una respuesta positiva o negativa, sino más bien de preguntas un poco retóricas que conducen hacia una dirección establecida de antemano. ¿Qué piensa al respecto?

 

Siempre que he expresado mis posiciones, que me las han pedido desde muchas partes, he tratado de superar las polarizaciones y una manera de pensar por campos contrapuestos. Por ello, el profesor Buttiglione me pidió una introducción para su libro titulada “Por qué se puede y se debe interpretar «Amoris laetitia» en sentido ortdoxo”. Pero ahora ya no debemos perder más tiempo con la cuestión de la manera en la que entramos a esta situación llena de tensiones, sino concentrarnos más bien en la manera para salir de ella. Necesitamos más confianza y atención benévola los unos por los otros. Como cristianos, nunca debemos dudar de la buena voluntad de nuestros hermanos, sino que “cada uno de ustedes, en toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo” (Fil. 2,3); así el Apóstol nos amonesta para que tengamos todos los mismos sentimientos en el amor.

 

En la introducción al libro de Buttiglione usted habla por lo menos de una excepción en relación con los sacramentos para quienes viven en segundas nupcias, la que tiene que ver con los que no pueden obtener la nulidad matrimonial en el tribunal pero están convencidos, en consciencia, de la nulidad del propio matrimonio. Esta hipótesis ya fue considerada, en el año 2000, por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este caso, ¿se puede abrir la vía a los sacramentos? ¿“Amoris laetitia” podría ser considerada como un paso más de aquella posición?

 

Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentlaidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista. No se trata de construir artificialmente un pretexto para poder dar la comunión. Quien no reconoce o no toma en serio el matrimonio como sacramento en el sentido en el que lo considera la Iglesia no puede tampoco, y esto es lo más importante, recibir en la santa comunión a Cristo, que es el fundamento de la gracia sacramental del matrimonio. Aquí debería estar antes que nada la conversión al misterio de la fe entero. Solo a la luz de estas consideraciones un ben pastor puede aclarar la situación familiar y matrimonial. Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría no conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

Estamos frente a un número cada vez mayor de casos de matrimonios celebrados sin verdadera fe entre personas que después de pocos años (a veces incluso meses) se dejan. Y tal vez después de haber contraído una nueva unión civil, encuentran verdaderamente la fe cristiana y emprenden un camino. ¿Cómo hay que comportarse en estos casos?

 

Aquí todavía no tenemos una respuesta consolidada. Pero deberíamos desarrollar criterios sin caer en la trampa de la casuística. En teoría, es bastante fácil definir la diferencia entre un no creyente bautizado y un “cristiano solo de nombre”, que llega más tarde a la plenitud de la fe. Es más difícil verificar esto en la concreta realidad de cada una de las personas en el peregrinaje de sus vidas. Fiel a la Palabra de Dios, la Iglesia no reconoce ninguna ruptura del vínculo matrimonial y, por lo tanto, ninguna división. Un matrimonio sacramental válido frente a Dios y ante la Iglesia no puede ser roto ni por los esposos ni por las autoridades de la Iglesia y, naturalmente, tampoco por un divorcio civil y un nuevo matrimonio. Es diferente el caso, que ha hemos citado, de un matrimonio inválido desde el principio por la falta de un verdadero consenso. Aquí no se rompe o no se considera irrelevante un matrimonio válido. Se reconoce simplemente lo que parecía ser un matrimonio cuando en realidad no lo es.

 

 

En su introducción al libro de Buttiglione, usted habla también sobre la reducida imputabilidad de la culpa de quien «no sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral». ¿Qué significa?

 

El pecado mortal nos quita la vida sobrenatural en la gracia. Su principio formal es la voluntad de contradecir la santa voluntad de Dios. A ello se suma la “materia” de acciones en grave conflicto con la doctrina de la fe de la Iglesia y su unidad con el Papa y los obispos, la santidad de los sacramentos y los mandamientos de Dios. El católico no puede excusarse diciendo que no sabía todas estas cosas. Pero existen personas que, sin una culpa grave propia, no han recibido una suficiente instrucción religiosa y viven en un ambiente espiritual y cultural que pone en peligro el “sentiré cum Ecclesia”. Aquí se necesita un bien pastor que, esta vez, no rechace a los lobos con su bastón, sino, según el modelo del Buen Samaritano, derrame aceite y vino en las heridas, y acoja al herido en esa posada que es la Iglesia.

 

En su introducción, usted recordó también la doctrina tradicional, según la cual «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios». Entonces, ¿puede haber algunos casos en los que, al faltar la plena conciencia y el deliberado consenso, la imputabilidad sea reducida?

 

Quien, en el sacramento de la Penitencia, pide la Reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar todos los pecados graves de los que se acuerde después de un profundo examen de conciencia. Solamente Dios puede medir la gravedad de los pecados cometidos en contra de sus mandamientos, porque solo Él conoce el corazón de los hombres. Las circunstancias, conocidas solamente por Dios, que disminuyen la culpa y la pena frente a su tribunal, son de tipo diferente de las que se pueden juzgar desde el exterior, como las que pueden poner en entredicho la validez de un matrimonio. La Iglesia puede administrar los sacramentos como instrumento de la gracia solo conforme a la manera en la que Cristo los instituyó. Santo Tomás de Aquino distingue el sacramento de la penitencia de la eucaristía en cuanto la primera es una medicina que purifica (purgativa), mientras la segunda es una medicina que edifica (confortativa). Si se intercambian se daña al enfermo o al sano. Quien se acuerde de un pecado grave primero debe recibir el sacramento de la penitencia. Por ello es necesario el arrepentimiento y el propósito de evitar las próximas ocasiones de pecado. Sin esto no se da el perdón sacramental. Esta es, de cualquier manera, la doctrina de la Iglesia. En la introducción al libro de Buttiglione cité también los pasajes relevantes del magisterio más autorizado. Sin embargo, los creyentes también tienen derecho a un acompañamiento atento que corresponda a su itinerario personal de fe. En el acompañamiento pastoral y, sobre todo en el sacramento de la penitencia, el sacerdote debe ayudar en el examen de conciencia. El creyente no puede decidir solo, en consciencia, si reconocer o no los mandamientos de Dios como justos y vinculantes para él. En cambio, debemos examinar en consciencia nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones a la luz de Su santa voluntad. En lugar de justificarnos solos, debemos rezar humildemente a Dios y “con espíritu contrito” (Salmo 51,19) por el perdón de los pecados que no sabemos que hemos cometido. Solo así es posible un nuevo inicio.

 

¿Cómo se superan los peligros opuestos del subjetivismo y del legalismo? ¿Cómo se pueden considerar los casos concretos individuales, a veces dramáticos?

 

En la visión católica, la consciencia del individuo, los mandamientos de Dios y las autoridades de la Iglesia no están aislados unos de otros, sino que están unos con otros en una conexión interior atentamente calibrada. Esto excluye tanto un legalismo como un individualismo auto-referencial. No es nuestra tarea justificar una nueva unión que se parece a un matrimonio con una persona que no sea el cónyuge legítimo. No se nos permite considerar “mundanamente” que Jesús no puede haber tomado en serio la indisolubilidad del matrimonio o que esta no pueda ser pretendida por el hombre de hoy que, debido a la extensión de la duración de la vida, no puede resistir tanto tiempo con un único cónyuge. Pero hay situaciones dramáticas en las que es difícil encontrar una salida. Aquí el buen pastor distingue cuidadosamente las condiciones objetivas de las subjetivas y da un consejo espiritual. Pero él no puede erguirse como Señor sobre la conciencia de los demás. Aquí debemos conectar la palabra de salvación de Dios, que en la doctrina de la Iglesia solo se trasmite, con la situación concreta, en la que se encuentra el hombre en su peregrinaje. Es bueno recordar también el antiguo principio según el cual el confesor no debe turbar la conciencia del penitente en buena fe antes de que este haya crecido en la fe y en la conciencia de la doctrina cristiana hasta el punto de reconocer el propio pecado, y formular el propósito de no cometerlo más. Entre la obediencia a Cristo Maestro y la imitación del Buen Pastor no hay un o-o, sino un e-e.

 

Las líneas guía pastorales-aplicativas de “Amoris laetitia” de los obispos de la región de Buenos Aires, elogiadas por el Pontífice, fueron publicadas en “Acta Apoatolicae Sedis”. ¿Qué le parecen?

 

Esta es una cuestión sobre la que no me gustaría ofrecer ningún juicio. En mi prefacio al libro de Buttiglione hablé en general de la relación entre el magisterio papal y la autoridad de las directivas pastorales de los obispos diocesanos. No se trata de decisiones dogmáticas o de una especie de evolución del dogma. Solamente se trata de una posible práctica de la administración de los sacramentos, puesto que en casos tan graves el sacramento de la penitencia debe anteceder poder recibir la comunión. Pero al respecto habría que recordar que, según la fe católica, el sacrificio eucarístico, la santa misa, no se puede recibir a recibir (con la boca) la comunión. El Concilio de Trento habla de una triple modalidad para recibir el sacramento: según el deseo (“in voto”); recibir con la boca la santa hostia (la comunión sacramental); la íntima unión de gracia con Cristo (la comunión espiritual).

 

 

 

El volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (Ares, 208 pp.). El filósofo responde a quienes critican al Papa Francisco, a las “dudas” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con una introducción del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Müller, Buttiglione y la “confusión” de los críticos del Papa


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La eutanasia y el ensañamiento terapéutico en la doctrina de la Iglesia. Papa Francisco.

Papa Francisco: “No abandonar jamás al enfermo”

“Es necesario un suplemento de sabiduría, porque hoy es más insidiosa la tentación de insistir con tratamientos que producen potentes efectos en el cuerpo, pero no benefician al bien integral de la persona”: lo indica el Papa Francisco explicando que en la actualidad, “las intervenciones en el cuerpo humano se vuelven siempre más eficaces, pero no siempre son resolutivas”. Las palabras del Pontífice van dirigidas en una carta a Mons. Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia Pontifica para la Vida y a los participantes en el Encuentro Regional Europeo de la Asociación Médica Mundial, en curso en el Vaticano el 16 y 17 de noviembre.

Citando la Declaración sobre la eutanasia del 5 de mayo de 1980, Francisco asegura que “es moralmente lícito renunciar a la aplicación de medios terapéuticos o suspenderlos, cuando su empleo no corresponde a aquel criterio ético y humanístico que seguidamente será definido proporcionalidad de las curaciones”. El Santo Padre destaca que esta elección “asume responsablemente el límite de la condición humana mortal, en el momento en el cual se toma conciencia de no poder contrastarlo más. “Así – subraya – no se quiere procurar la muerte”, sino que “se acepta de no poder impedirla”, como especificado en el Catecismo de la Iglesia Católica. Esta nueva perspectiva – evidencia aun el Papa – restituye a la humanidad el “acompañamiento del morir, sin abrir justificaciones a la supresión del vivir. No activar medios desproporcionados o suspender su uso “equivale a evitar el ensañamiento terapéutico” que tiene “un significado completamente diverso de la eutanasia, que es siempre ilícita”, porque interrumpe la vida causando la muerte.

El Papa llama entonces a un “atento discernimiento que considere la cuestión moral, las circunstancias y las intenciones de los sujetos involucrados. La dimensión personal y relacional de la vida y del mismo morir, que es siempre un momento extremo del vivir, debe tener en la curación y en el acompañamiento del enfermo, un espacio adecuado a la dignidad del ser humano”.

Y en este sentido el Pontífice señala que “la persona enferma reviste un papel principal” como señalado por el Catecismo de la Iglesia Católica: “Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si tiene la competencia y la capacidad”. “En diálogo con los médicos, debe evaluar los tratamientos que le son propuestos y juzgar sobre su efectiva proporcionalidad en la situación concreta, renunciando cuando tal proporcionalidad sea reconocida como carente”.

El Papa subraya el “condicionamiento de la creciente diferencia de oportunidades” marcada por la “acción combinada de la potencia tecno científica y por los intereses económicos” que lleva al incremento de la desigualdad terapéutica, “presente en los países más ricos donde el acceso a las curas corre el riesgo de depender más de la disponibilidad económica de las personas que de las efectivas exigencias de curación”.

Por ello, el Santo Padre llama a evidenciar el mandamiento supremo de la proximidad responsable, como aparece en la página evangélica del Buen Samaritano. El imperativo categórico – afirma Francisco – es aquel de no abandonar jamás al enfermo. Porque, como explica el Papa, la relación “es el lugar en el cual se nos pide amor y cercanía, más que cualquier otra cosa, reconociendo el límite que nos acomuna a  todos y justamente allí, volviéndonos solidarios. Cada uno – agrega – dé el amor en el modo que le es propio, ¡pero lo dé!

“Y si sabemos que de la enfermedad no se puede garantizar la curación, debemos cuidar siempre a la persona viviente”, sin ensañarnos inútilmente contra la muerte, señala el Papa. En este sentido se mueve la medicina paliativa, “de gran importancia también en el plano cultural, empeñándose en combatir todo lo que hace el morir más angustiante y sufrido, es decir, el dolor y la soledad”.

El Santo Padre señala que en sociedades democráticas, estos argumentos delicados deben ser tratados de manera seria y reflexiva y con la disponibilidad para encontrar soluciones y normas que sean compartidas lo más posible, y que tengan en cuenta la diversidad de las visiones del mundo, de las convicciones éticas y de pertenencias religiosas.

Francisco señala asimismo la obligación de parte de lEstado “que no puede renunciar a tutelar a todos los sujetos involucrados, defendiendo la fundamental igualdad para cada uno. Y no olvida, como es su costumbre, a los más débiles, para quienes pide una “particular atención” porque “no pueden hacerse valer solos sus propios intereses.

No  faltan en las palabras del Papa la indicación de una legislación en campo médico y sanitario, que necesita de una “mirada global” sobre lo que mayormente pueda promover el bien común en las situaciones concretas.


                                                                  Comentario de Vatican Insider
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Habría que preguntarse por qué un «no» a la eutanasia y al abandono de los enfermos terminales tan claramente expresado y un convencido «no» al ensañamiento terapéutico sonó tan novedoso para algunos. En el mensaje enviado por el Papa Francisco el pasado jueves 16 de noviembre al encuentro regional europeo de la World Medical Association, organizado en colaboración con la Pontificia Academia para la Vida, los fundamentos doctrinales eran Pío XII, de hace sesenta años, la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1980 y el Catecismo de la Iglesia católica.

 

No es ninguna novedad que la Iglesia, al insistir en su «no» al suicidio asistido, también diga «no» al ensañamiento terapéutico, es decir esas curas que han ido adquiriendo dimensiones desproporcionadas y que tal vez mantienen con vida al organismo humano, pero no tienen en cuenta el «bien integral de la persona». No es ninguna novedad recordar que hay casos en los que es lícito abstenerse de suministrar cuidados y tratamientos, que podrían extender un poco la vida de un paciente terminal.

 

Sin embargo, hay que plantearse algunas preguntas si las palabras del Pontífice son interpretadas por una parte de la opinión pública y por los medios de comunicación como «una novedad» o «una apertura». La cuestión no puede ser reducida solo a algunas citas interesadas de quienes voluntaria o involuntariamente acaban instrumentalizando las declaraciones del Papa para llevar agua al molino de las propias opiniones. Hay algo más. Legítimamente uno se podría preguntar si este efecto «novedad» no es también el resultado de décadas de contraposiciones ideológicas sobre los temas éticos más sensibles. Contraposiciones a menudo expresadas a gritos y que han creado un clima de incomunicabilidad.

 

Esa falta de comunicación que se aprecia en ciertos ataques contra todos los que promueven el diálogo y la confrontación, sin olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre estos temas, pero tampoco sin cerrar a priori todas las puertas. Los programas «aperturistas» impuestos mediante colonizaciones ideológicas (con todo y su guarnición mediática) han provocado incluso reacciones descompuestas o que rozan el paroxismo. Y así ha parecido que para ciertos católicos ningún caso puede formar parte de los cánones del ensañamiento terapéutico.

 

Es por ello que las palabras del Papa pueden contribuir a regular los equilibrios de la situación favoreciendo espacios de diálogo, así como al redescubrimiento de las páginas del magisterio que han quedado (un poco) en el olvido.


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Los obispos polacos y la Amoris Laetitia. Comentario

Las líneas guía sobre “Amoris laetitia” de los obispos polacos

Serán publicadas en octubre. Sobre la cuestión de los sacramentos para los divorciados en segunda unión se cita, en el comunicado, la enseñanza de Juan Pablo II (es decir admitidos solo si se comprometen a vivir en castidad)

La exhortación apostólica “Amoris laetitia”

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Pubblicato il 14/06/2017
Ultima modifica il 14/06/2017 alle ore 19:42
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Serán publicadas en octubre las líneas guía para la aplicación de la exhortación apostólica «Amoris laetitia» de la Conferencia Episcopal de Polonia, que acaba de celebrar su 376a reunión plenaria.

 

El tercer párrafo del comunicado final explica: «Los obispos han tomado acto del proyecto “líneas guía” sobre la pastoral del matrimonio y de la familia preparado por el Consejo para la Familia de la Conferencia Episcopal polaca. Siguiendo la invitación del Papa Francisco expresada en la exhortación “Amoris laetitia”, se afrontaron los aspectos del acompañamiento, del discernimiento y de la integración de las personas que viven en situaciones de pareja no sacramentales. Se afirmó que en los seminarios, cuando no suceda ya, es necesario introducir materias para preparar a los alumnos a emprender los ministerios para los cónyuges y las familias. También en la formación permanente de los sacerdotes tiene una gran importancia la preparación para llevar a cabo la pastoral de las parejas de cónyuges y de las familias, y para el ministerio del sacramento de la Reconciliación. Se subrayó al mismo tiempo la necesidad de involucrar a los católicos laicos en la pastoral para las parejas de cónyuges y a los padres».

 

En relación con el acompañamiento «de las personas que viven en situaciones de parejas no sacramentales, se identificó la necesidad de guiar a una verdadera conversión y a una reconciliación con su cónyuge e hijos de esa unión. Sobre la cuestión de los santos sacramentos para las personas que viven en situaciones de parejas no sacramentales los obispos recuerdan las enseñanzas de San Juan Pablo II, cuyo sucesor es ahora el Papa Francisco. Después de la discusión, comenzó la redacción final del proyecto “Líneas guía”. Al mismo tiempo los obispos invitan a rezar por los cónyuges y las familias».

 

Lo que se comprende al leer el comunicado es que los obispos tomaron en serio el contenido de «Amoris laetitia» y pretenden poner en marcha procesos para ayudar y acompañar a las familias. Como se ve, el texto de la nota no se expresa explícitamente sobre la cuestión de la admisión a los sacramentos (para ello habrá que esperar la publicación de las líneas guía), pero la referencia al magisterio de Juan Pablo II da a entender bastante claramente que prevaleció, en relación con este punto, la interpretación menos abierta, que no tiene presente las aperturas contenidas en el documento sobre la posibilidad de una culpa disminuida debido a condiciones que limitan la responsabilidad de la persona. En el sentido de conceder la comunión, en algunos casos y solamente después de un proceso de discernimiento, así como se indica en una de las notas de la exhortación, se habían expresado los obispos argentinos, a los que llegó después una carta de apoyo del Pontífice. En esta misma dirección, moderadamente aperturista, se pronunciaron otros episcopados, y también es la postura que expresó durante la presentación del documento el cardenal Christoph Shönborn, a quien el mismo Francisco indicó como el mejor intérprete. No hay que olvidar el pequeño ensayo del cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, también aperturista y divulgado en las columnas de «L’Osservatore Romano».

 

La posición que surge al leer el comunicado de los obispos polacos no es una sorpresa, si se recuerdan los comentarios y las entrevistas que concedieron algunos de los miembros de ese mismo episcopado durante los dos Sínodos dedicados a la familia, claramente en contra de cualquier cambio en la disciplina sacramental como fue fijada por el Papa Wojtyla. Se procede, pues, interpretando «Amoris laetitia» a la luz de la «Familiaris consortio» (que innovó, puesto que nunca antes de entonces se había dicho que una pareja de divorciados en segunda unión podía acceder a la comunión, con la condición de vivir como hermano y hermana, aunque siguiera conviviendo como una familia y ocupándose de los hijos).


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La opinión de un gay católico practicante.

 |  A Roman Observer

ROME

If you had a beautiful plant that you were very fond of, you would not put it in your garage. And you certainly would not hide it away in a coat closet.

If you were really attached to your dog or cat, it’s hard to imagine that you would keep it locked up in a cage or chained to a post in your backyard.

No, you wouldn’t do any of that, because plants and animals are living and wonderful things, and when you have affection for them, you make sure they get all the air and sun and space they need to remain healthy and to grow. You do all you can to affirm them and help them bloom.

One expects the Catholic church and its pastors to have the same attitude toward their people. Church teachings, directives and pastoral practices should help all persons flourish and become fully themselves.

Unfortunately, that is not the case for those of us who are gay, lesbian, bisexual or transgender persons.

The church’s official doctrine and the practice of most of its bishops (and too many religious superiors) do exactly what normal people would never do to their prized plants or beloved pets. They put us in closets and do all they can to keep us there.

And they do much worse than that, as Bishop Robert Lynch of St Petersburg, Florida, recently had the courage to point out.

“Sadly it is religion, including our own, which targets, mostly verbally, and also often breeds contempt for gays, lesbians and transgender people,” he said in response to the June 12 massacre that killed 49 people at a LGBT dance club in nearby Orlando.

Lynch was one of the few U.S. bishops who condemned this horrendous act as a hate crime or act of terror aimed specifically at the LGBT community. Others, including the president and other officers of the U.S. Conference of Catholic Bishops, seemingly could not bring themselves to even acknowledge publicly that the murders took place at a gay establishment.

Many people have already written about this and provided a variety of opinions and analyses. Our sisters and brothers at New Ways Ministry, in particular, have again led the discussion on the church and its relation to LGBT persons.

But one issue no one seems be discussing is the effect the church’s teaching on homosexuality has on homosexually-oriented priests and bishops, both those who know themselves to be gay and those who are in denial. In my experience, most of the priests in either category are in some way closeted.  Very few feel safe or comfortable enough to openly admit they are gay men, including those who are exemplary models of a celibate lifestyle.

Closeted homosexuality among the clergy — especially in the hierarchy — is one of the most serious pathologies that continues to hamper our ordained ministers from being prophetic leaders.

In one sense, these brothers and fathers in the faith community, are the first and most tragic victims of a faulty and hurtful teaching of which they are expected to be the authentic teachers and spokesmen.

Laypersons who identify as belonging to the LGBT community wince or get angry at times with the church and its ministers over the issue of homosexuality, but more and more of us who have chosen to remain Catholic refuse to be kept in the closet. That’s because experience has taught us that being hidden away in a dark, airless place can only breed illness and disease. The closet is always an unhealthy place — socially, psychologically, physically and spiritually.

It is amazing that our self-acknowledged gay priests (again, most of them seem to be closeted) are as effective as they are. Perhaps their suffering in silence has made them more compassionate to the hurts of others. Or maybe it’s because they have embraced their stereotypical “gay gene” that renders them more sensitive and at the service of others.

These gay priests are truly heroic men. Some are wounded healers. Some are paramours of the celibate priesthood as a life given unreservedly to others. They stumble along the way — some by cultivating a committed, intimate (even sexual) relationship; others by finding, on occasion, an intimacy they know is not perfectly in keeping with their vows they have made.

These priests suffer. First, because they are forced to hide their true sexual identity. And, second, because they are ashamed that other gay people see them as representatives of a religion that discriminates against their very selves.

Some of them find the courage to leave. Others, especially if they did not “own” their homosexual identity until many years after ordination, are stuck. They are too old to move on to a gainful occupation.

But regardless of the reason, those who stay in ministry mostly do so because they continue to feel called to serve the People of God, despite the fact that the official doctrine of the Church tells them one of the constitutive parts of their personal make-up and identity is an “objective disorder” and, worse, “it is a more or less strong tendency ordered toward an intrinsic moral evil.

There is another category of “gay priests.” They are men who are homosexually oriented but refuse to admit this even to themselves. In this way, they unwittingly inflict their own unacknowledged suffering and pathology on others by mercilessly preaching a rigid morality and insisting on a strict adherence to the letter of every ecclesiastical law.

These are the tightly buttoned-up types, in every sense of the word. And so many of them tend to find their identity in the traditionalist wing of the church.

We gay and lesbian Catholics (and Vatican II Catholics, as well) too often mock them. But we are wrong to do so. These men are more to be pitied than scorned. They — perhaps more than all others — are also victims of church-sanctioned homophobia because, in their zeal to rigidly accept and to preach every iota of Catholic doctrine, they are denied any opportunity to recognize and accept their true sexual identity.

The most up-to-date Vatican teaching on homosexuality dates from the pontificate of John Paul II. The then-Cardinal Joseph Ratzinger and his aides at the Congregation for the Doctrine of the Faith drafted it.

And one of the main practical results and assertions is that LGBT Catholics should keep their homosexuality hidden from others.

“As a rule, the majority of homosexually oriented persons who seek to lead chaste lives do not publicize their sexual orientation,” says a letter that Ratzinger’s office issued in 1993 regarding proposed laws against LGBT discrimination.

That document favorably notes that “the problem of discrimination in terms of employment, housing, etc., does not usually arise” when homosexuals are closeted.

But the Vatican teaching on homosexually is even more insensitive — indeed, cynical — when it comes to admitting gay-oriented men to Catholic seminaries. It was issued by the Congregation for Education in November 2005, just six months after Ratzinger became pope. One of its main authors is a priest-psychologist from Paris, Msgr. Tony Anatrella, who has been accused of sexually abusing seminarians who were his patients.

The “instruction” basically imposes a “don’t tell policy” on prospective seminary candidates. That’s because anyone who affirms he is gay should not be admitted to priestly formation programs, even if he expresses the desire to live chaste celibacy.

The effect of the instruction has been to drive seminarians and priests — and bishops — further into the closet. The declarations from many bishops after the attack at the LGBT nightclub in Orlando clearly attest that they fear even mentioning gay people.

If bishops truly loved their gay priests and LGBT people, they would open the closet doors and let in some much-need light and fresh air. They’d surely do at least that much for their pets and their plants.

[Robert Mickens is editor-in-chief of Global Pulse. Since 1986, he has lived in Rome, where he studied theology at the Pontifical Gregorian University before working 11 years at Vatican Radio and then another decade as correspondent for The Tablet of London.]

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Víctimas de la trata humana. Mensaje del Papa

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO iglesia
A LA TERCERA CONFERENCIA INTERNACIONAL DEL GRUPO SANTA MARTA

[SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, 30-31 OCTUBRE 2015]

 

Majestad,
Señores Obispos,
Distinguidas Autoridades,
Señoras y señores:

Me da una gran alegría y satisfacción pastoral el hecho de que el grupo Santa Marta se reúna nuevamente en el simbólico Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en España. En el poco tiempo de su existencia este benemérito grupo ha sabido realizar mucho y está llamado a una tarea decisiva para la erradicación de las nuevas esclavitudes. En el trascurso del corriente año han surgido algunas novedades institucionales significativas, que sin duda pueden apoyar la actividad de Ustedes y colaborar con la benéfica acción del grupo Santa Marta. Me refiero, por una parte, al encuentro de los Alcaldes en la Ciudad del Vaticano el 21 de julio, al cual dirigí la palabra. En dicho encuentro, estas importantes personalidades han firmado una declaración por la que se comprometen ellos mismos a erradicar las nuevas esclavitudes que condenan como un crimen contra la humanidad.

Por la otra, quiero mencionar también la reciente aprobación de la Agenda 2030, con los nuevos objetivos del desarrollo sostenible de la Organización de las Naciones Unidas, cuyo objetivo 8.7 recita: «Adoptar medidas inmediatas y eficaces para erradicar el trabajo forzoso, poner fin a las formas modernas de esclavitud y la trata de seres humanos y asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y, a más tardar en 2025, poner fin al trabajo infantil en todas sus formas».

Como he tenido oportunidad de afirmar justo antes de la unánime aprobación de dicha Agenda en mi discurso a la Organización de las Naciones Unidas en New York el 25 de septiembre del corriente: «El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos».

Hoy los 193 estados que adhieren a la ONU tienen un nuevo imperativo moral para combatir la trata de personas, verdadero crimen contra la humanidad. La colaboración entre los Obispos y las autoridades civiles, cada uno según su propia misión y naturaleza con el fin de ir descubriendo las mejores prácticas para la realización de esta delicada tarea, es un paso decisivos para asegurarse que la voluntad de los gobiernos llegue a las víctimas de un modo directo e inmediato, constante, eficaz y concreto. Ustedes, autoridades eclesiásticas y civiles, están llamados a estar cerca de las víctimas y a acompañarlas en su camino de dignidad y libertad. Así lo deben sentir los muchos hermanos y hermanas que sufren de la trata humana. Hoy, queridos miembros del grupo Santa Marta, no están solos en esta delicada empresa, pueden contar con el sostén de los más iluminados Alcaldes y el de toda la comunidad internacional, dado el respectivo compromiso que ellos han contraído y firmado. Demos gracias a Dios.

Por mi parte, pido a Dios Todopoderoso que les dé la gracia de llevar adelante esta misión, tan delicada, tan humanitaria y tan cristiana, de curar las llagas abiertas y dolientes de la humanidad, que son también las llagas de Cristo. Les aseguro todo mi apoyo y mi oración, y el apoyo y las oraciones de los fieles de la Iglesia Católica. Con la ayuda de Dios y la colaboración de Ustedes este indispensable servicio del grupo de Santa Marta podrá liberar las víctimas de las nuevas esclavitudes, rehabilitar las y los cautivos y excluidos, desenmascarar a los traficantes y a los creadores del mercado, y rendir una asistencia eficaz a las ciudades y naciones; un servicio para el bien común y la promoción de la dignidad humana, que sepa actuar lo mejor de cada persona y de cada ciudadano. Que Dios los bendiga a todos.

Vaticano, 28 de octubre de 2015


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Mensaje del Papa para el próximo año jubilar

Mensaje del Papa a Mons. Fisichella por el Año Jubilar “El perdón de Dios no se puede negar al que se haya arrepentido”

2015-09-01 Radio Vaticana

 

(RV).- En el marco del Año Jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco escribió una carta a Mons. Rino Fisichella,  Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, donde se lee como el Santo Padre destaca algunos puntos importantes para “facilitar que sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes”.

El Obispo de Roma habla en primer lugar de los peregrinos que en cada diócesis o en Roma vivirán esta gracia del Jubileo, y explica que deberán hacer una “breve peregrinación” hacia laPuerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Así mismo recuerda que es importante que este momento esté unido al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia.

Francisco nombra en su carta a Mons. Fisichella a quienes por diversos motivos no podrán llegar a la Puerta Santa, como los enfermos, los ancianos, o los fieles que están solos, y asegura que “también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar”. También dedica unas palabras a los presos que están en cárceles, y les recuerda que “la misericordia del Padre quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón”. Así mismo explica que en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y se lee en la carta: “que cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad”.

Explica el Vicario de Cristo que la indulgencia también se puede ganar para los difuntos, “a ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron”.

El Papa invita a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie, y en este sentido escribe “que la indulgencia jubilar plena es fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad”.

Otro de los importantes puntos en los que el Papa incide en su carta es el hecho de como algunas personas viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo, explica. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por dónde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto, y recuerda que “el perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre”. Así asegura que por este motivo ha decidido conceder  “a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad deabsolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón”.

Finalmente, el Papa considera también a los fieles que frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X, “este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo –explica-, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados

(MZ-RV)

Mensaje completo del Papa a Mons. Fisichella 

Al venerado hermano

Monseñor Rino Fisichella

Presidente del Pontificio Consejo

para la Promoción de la Nueva Evangelización

La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.

Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido. Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.

Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía  maestra para dar sentido al dolor y a la soledad. Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar. Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sid­­­­o la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta. Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.

He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.

La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.

Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por dónde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder  a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.

Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.

Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.

Vaticano, 1 de septiembre de 2015