Loiola XXI

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El Papa a profesores de teología moral.

El Papa Francisco recibió en audiencia a la Academia Alfonsiana – Instituto Superior de Teología  (Vatican Media)

Papa: teología moral no dude en “ensuciarse las manos” con la concreción de los problemas

Las palabras de la teología moral deben dejarse plasmar por la lógica de la misericordia: lo dijo el Papa Francisco en su audiencia en la Academia Alfonsiana, con la invitación a que los estudios se pongan en sintonía con una Iglesia “en salida” y con los desafíos cada vez más globales del mundo

Ciudad del Vaticano

El Pontífice espera que los estudios de teología moral  sean capaces de acompañar a una Iglesia “en salida” y  de encontrar la vida y a las personas en su concreción. Y pide este compromiso a los cerca de 400 presentes, entre profesores y estudiantes de la Academia Alfonsiana – Instituto Superior de Teología con sede en Roma, recibiéndolos en audiencia esta mañana en la Sala Clementina en el Vaticano.

Un aniversario que insta a mirar hacia adelante

La ocasión de la audiencia es el 70º aniversario de la Academia, fundada en 1949 por los Padres Redentoristas y dedicada a su fundador, San Alfonso María de Liguori. Este aniversario, subraya Francisco en su discurso, ofrece la oportunidad de dar gracias a Dios por todo lo que se ha hecho hasta ahora, pero también de mirar hacia adelante, rediseñando y renovando la propia misión de una manera “sabia y valiente”, para responder mejor a las expectativas del pueblo de Dios.

Entrar en el corazón del anuncio del Evangelio

Es un camino, dice Francisco, al que están llamadas todas las estructuras académicas de la Iglesia, y para lograrlo es indispensable asumir un “criterio prioritario y permanente”: el de contemplar y hacer propio, desde el punto de vista espiritual, intelectual y existencial, “el corazón del kerigma”, es decir, “la siempre nueva y fascinante gozosa noticia del Evangelio de Jesús”. Y el Papa continúa, refiriéndose a la Constitución Apostólica Veritatis gaudium:

Entonces será posible llevar a cabo un “amplio diálogo: no como una mera actitud táctica, sino como una exigencia intrínsec para hacer experiencia comunitaria de la alegría de la Verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas”.

“Hacer red” y no idealizar excesivamente la vida cristiana

Francisco subraya la necesidad de que las instituciones eclesiales de todo el mundo aprendan a “conectarse” entre sí, pero también con las realidades académicas de los diversos países y con “las que se inspiran en las diferentes tradiciones culturales y religiosas”, para encontrar juntos soluciones adecuadas a los “problemas de importancia de época que afectan a la humanidad hoy”. Refiriéndose en particular a la Academia Alfonsiana, el Papa señala la perspectiva -en fidelidad a sus propias raíces- de un compromiso aún mayor “por una teología moral animada por la tensión misionera de la Iglesia “en salida”. Y citando la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, recomienda:

“Como San Alfonso, debemos evitar siempre dejarnos encerrar en posiciones escolares o en juicios formulados ‘lejos de la situación concreta y de las posibilidades reales’ de los individuos y de las familias. De la misma manera, necesitamos protegernos de una `idealización excesiva’ de la vida cristiana que no es capaz de despertar confianza en la gracia”.

Escuchar los sufrimientos y las esperanzas del hombre de hoy

Se trata, pues, de escuchar sin temor a la realidad concreta y a la voz del Espíritu, para “ayudar a todos a caminar con alegría por el camino del bien”. Siguiendo el ejemplo del mismo San Alfonso, afirma el Papa:

“Las realidades que hay que escuchar son sobre todo los sufrimientos y las esperanzas de aquellos a los que las múltiples formas de poder del pecado siguen condenando a la inseguridad, la pobreza y la marginación. San Alfonso comprendió pronto que no se trataba de un mundo del cual defenderse, y mucho menos para condenar, sino para curar, curar y liberar, a imitación de la acción de Cristo: encarnarse y compartir las propias necesidades, despertar las expectativas más profundas del corazón, hacer experimentar que cada uno, por frágil y pecador que sea, está en el corazón del Padre celestial y es amado por Cristo incluso hasta la cruz”.

La lógica de la misericordia guía de la teología moral

La misericordia es, por tanto, para Francisco, la palabra clave de la teología moral. De hecho, Jesús dijo a sus discípulos “que no vino para condenar al mundo, sino para salvar al mundo”. La integridad de la enseñanza moral de la Iglesia debe ser siempre cuidada, pero los valores más elevados del Evangelio deben ser evidenciados, en primer lugar, la caridad. Y cita al apóstol Pablo, según el cual el Espíritu traído por Jesús libera “de la ley del pecado y de la muerte” y nos hace hijos de Dios, hijos libres del temor.

Superar la ética individualista frente a los desafíos actuales

Luego el Papa mira a nuestro mundo cada vez más globalizado y con desafíos globales que requieren la superación de la ética individualista y la disposición para responder. Y señala tres de ellos en particular, empezando por aquel debido “al dominio creciente de la lógica de la competitividad y de la ley del más fuerte que considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo”. Luego cita la emergencia ecológica, “el grito de la tierra, violada y herida de mil maneras por la explotación egoísta”. Y añade espontáneamente:

“Me llama la atención el hecho de que cuando ejercito el ministerio de la reconciliación o lo ejercitaba, incluso antes, rara vez alguien se acusa de haber violado la naturaleza, la tierra, la creación. Todavía no somos conscientes de este pecado. Es su trabajo hacerlo”.

Las nuevas fronteras de las ciencias biomédicas

Campo de investigación moral siguen siendo “las nuevas posibilidades que el desarrollo de las ciencias biomédicas pone a disposición de la humanidad”. Y precisa:

“Sin embargo, el testimonio franco del valor incondicional de cada vida no debe perderse nunca, reiterando que la vida más débil e indefensa es aquella de la que estamos llamados a hacernos cargo de manera solidaria y con fe”.

No dudar en “ensuciarse las manos”

El Papa concluye su discurso invitando a la Academia Alfonsiana a continuar su compromiso “por una teología moral que no duda en ‘ensuciarse las manos’ con la concreción de los problemas”, “testimoniando con franqueza a Cristo camino,  verdad y vida”.


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El Card. Muller sobre la encíclica “Amoris laetitia”. Entrevista

 

Müller: “El libro de Buttiglione ha disipado las dudas de los cardenales”

Entrevista con el purpurado sobre “Amoris laetitia” y la posibilidad de dar los sacramentos a quienes viven en segundas nupcias: «Debemos conectar la palabra salvación de Dios con la situación concreta excluyendo tanto el legalismo como el individualismo auto-referencial»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

 

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Pubblicato il 30/12/2017

Ultima modifica il 30/12/2017 alle ore 23:59

ANDREA TORNIELLI

CIUDAD DEL VATICANO

 

Las palabras más significativas que recibió para sus 70 años fueron las quele dedicó el Papa emérito Benedicto XVI: el cardenal Gerhard Ludwig Müller «ha defendido las claras tradiciones de la fe, pero en el espíritu del Papa Francisco», «ha tratado de entender cómo pueden ser vividas hoy». Y precisamente hacia esta dirección se dirigía la densa y articulada introducción que el purpurado alemán quiso escribir para apoyar la iniciativa del filósofo Rocco Buttiglione, quien reunió en un volumen recién publicado sus ideas para una lectura de “Amoris laetitia” más allá de los opuestos extremismos y al mismo tiempo consciente del paso que se ha dado. Desde hace ya muchos años, primero como cardenal y después como Papa, Joseph Ratzinger se ha referido al problema que representan los cada vez más numerosos matrimonios celebrados sin fe y sin la conciencia del sacramento. Un problema del que el mismo Müller se ocupó en una carta pastoral publicada cuando comenzó su episcopado en Regensburg. En esta entrevista con Vatican Insider, el cardenal vuelve a hablar sobre las “dudas” de los cardenales y profundiza algunos de los pasajes de la introducción al libro de Buttiglione.

 

Eminencia, ¿por qué ha apoyado el libro del filósofo Rocco Buttiglione sobre “Amoris laetitia”?

 

La intención de mi amigo Rocco Buttiglione en este libro es la de ofrecer respuestas competentes a preguntas formuladas de manera competente. Yo he querido apoyar esta contribución a un diálogo honesto sin facciosidades y sin polémicas. En alemán hay un dicho: “quien quiere pacificar acaba golpeado por ambas partes”. Pero creo que debemos aceptar este riesgo por amor a la verdad del Evangelio y a la unidad de la Iglesia.

 

¿Usted cree que el libro del profesor Buttiglione ha respondido a las famosas “dudas” formuladas por los cuatro cardenales?

 

Estoy convencido de que ha disipado las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en “Amoris laetitia” se hubiera alterado sustancialmente la doctrina de la fe tanto sobre la manera válida y fecunda de recibir la santa comunión como sobre la indisolubilidad del un matrimonio válidamente contraído entre bautizados.

 

La impresión que se tienen al leer el texto de las cinco “dudas” de los cardenales es que no se trata de verdaderas preguntas, es decir dudas expresadas para tener una respuesta positiva o negativa, sino más bien de preguntas un poco retóricas que conducen hacia una dirección establecida de antemano. ¿Qué piensa al respecto?

 

Siempre que he expresado mis posiciones, que me las han pedido desde muchas partes, he tratado de superar las polarizaciones y una manera de pensar por campos contrapuestos. Por ello, el profesor Buttiglione me pidió una introducción para su libro titulada “Por qué se puede y se debe interpretar «Amoris laetitia» en sentido ortdoxo”. Pero ahora ya no debemos perder más tiempo con la cuestión de la manera en la que entramos a esta situación llena de tensiones, sino concentrarnos más bien en la manera para salir de ella. Necesitamos más confianza y atención benévola los unos por los otros. Como cristianos, nunca debemos dudar de la buena voluntad de nuestros hermanos, sino que “cada uno de ustedes, en toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo” (Fil. 2,3); así el Apóstol nos amonesta para que tengamos todos los mismos sentimientos en el amor.

 

En la introducción al libro de Buttiglione usted habla por lo menos de una excepción en relación con los sacramentos para quienes viven en segundas nupcias, la que tiene que ver con los que no pueden obtener la nulidad matrimonial en el tribunal pero están convencidos, en consciencia, de la nulidad del propio matrimonio. Esta hipótesis ya fue considerada, en el año 2000, por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este caso, ¿se puede abrir la vía a los sacramentos? ¿“Amoris laetitia” podría ser considerada como un paso más de aquella posición?

 

Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentlaidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista. No se trata de construir artificialmente un pretexto para poder dar la comunión. Quien no reconoce o no toma en serio el matrimonio como sacramento en el sentido en el que lo considera la Iglesia no puede tampoco, y esto es lo más importante, recibir en la santa comunión a Cristo, que es el fundamento de la gracia sacramental del matrimonio. Aquí debería estar antes que nada la conversión al misterio de la fe entero. Solo a la luz de estas consideraciones un ben pastor puede aclarar la situación familiar y matrimonial. Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

Estamos frente a un número cada vez mayor de casos de matrimonios celebrados sin verdadera fe entre personas que después de pocos años (a veces incluso meses) se dejan. Y tal vez después de haber contraído una nueva unión civil, encuentran verdaderamente la fe cristiana y emprenden un camino. ¿Cómo hay que comportarse en estos casos?

 

Aquí todavía no tenemos una respuesta consolidada. Pero deberíamos desarrollar criterios sin caer en la trampa de la casuística. En teoría, es bastante fácil definir la diferencia entre un no creyente bautizado y un “cristiano solo de nombre”, que llega más tarde a la plenitud de la fe. Es más difícil verificar esto en la concreta realidad de cada una de las personas en el peregrinaje de sus vidas. Fiel a la Palabra de Dios, la Iglesia no reconoce ninguna ruptura del vínculo matrimonial y, por lo tanto, ninguna división. Un matrimonio sacramental válido frente a Dios y ante la Iglesia no puede ser roto ni por los esposos ni por las autoridades de la Iglesia y, naturalmente, tampoco por un divorcio civil y un nuevo matrimonio. Es diferente el caso, que ha hemos citado, de un matrimonio inválido desde el principio por la falta de un verdadero consenso. Aquí no se rompe o no se considera irrelevante un matrimonio válido. Se reconoce simplemente lo que parecía ser un matrimonio cuando en realidad no lo es.

 

 

En su introducción al libro de Buttiglione, usted habla también sobre la reducida imputabilidad de la culpa de quien «no sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral». ¿Qué significa?

 

El pecado mortal nos quita la vida sobrenatural en la gracia. Su principio formal es la voluntad de contradecir la santa voluntad de Dios. A ello se suma la “materia” de acciones en grave conflicto con la doctrina de la fe de la Iglesia y su unidad con el Papa y los obispos, la santidad de los sacramentos y los mandamientos de Dios. El católico no puede excusarse diciendo que no sabía todas estas cosas. Pero existen personas que, sin una culpa grave propia, no han recibido una suficiente instrucción religiosa y viven en un ambiente espiritual y cultural que pone en peligro el “sentiré cum Ecclesia”. Aquí se necesita un bien pastor que, esta vez, no rechace a los lobos con su bastón, sino, según el modelo del Buen Samaritano, derrame aceite y vino en las heridas, y acoja al herido en esa posada que es la Iglesia.

 

En su introducción, usted recordó también la doctrina tradicional, según la cual «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios». Entonces, ¿puede haber algunos casos en los que, al faltar la plena conciencia y el deliberado consenso, la imputabilidad sea reducida?

 

Quien, en el sacramento de la Penitencia, pide la Reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar todos los pecados graves de los que se acuerde después de un profundo examen de conciencia. Solamente Dios puede medir la gravedad de los pecados cometidos en contra de sus mandamientos, porque solo Él conoce el corazón de los hombres. Las circunstancias, conocidas solamente por Dios, que disminuyen la culpa y la pena frente a su tribunal, son de tipo diferente de las que se pueden juzgar desde el exterior, como las que pueden poner en entredicho la validez de un matrimonio. La Iglesia puede administrar los sacramentos como instrumento de la gracia solo conforme a la manera en la que Cristo los instituyó. Santo Tomás de Aquino distingue el sacramento de la penitencia de la eucaristía en cuanto la primera es una medicina que purifica (purgativa), mientras la segunda es una medicina que edifica (confortativa). Si se intercambian se daña al enfermo o al sano. Quien se acuerde de un pecado grave primero debe recibir el sacramento de la penitencia. Por ello es necesario el arrepentimiento y el propósito de evitar las próximas ocasiones de pecado. Sin esto no se da el perdón sacramental. Esta es, de cualquier manera, la doctrina de la Iglesia. En la introducción al libro de Buttiglione cité también los pasajes relevantes del magisterio más autorizado. Sin embargo, los creyentes también tienen derecho a un acompañamiento atento que corresponda a su itinerario personal de fe. En el acompañamiento pastoral y, sobre todo en el sacramento de la penitencia, el sacerdote debe ayudar en el examen de conciencia. El creyente no puede decidir solo, en consciencia, si reconocer o no los mandamientos de Dios como justos y vinculantes para él. En cambio, debemos examinar en consciencia nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones a la luz de Su santa voluntad. En lugar de justificarnos solos, debemos rezar humildemente a Dios y “con espíritu contrito” (Salmo 51,19) por el perdón de los pecados que no sabemos que hemos cometido. Solo así es posible un nuevo inicio.

 

¿Cómo se superan los peligros opuestos del subjetivismo y del legalismo? ¿Cómo se pueden considerar los casos concretos individuales, a veces dramáticos?

 

En la visión católica, la consciencia del individuo, los mandamientos de Dios y las autoridades de la Iglesia no están aislados unos de otros, sino que están unos con otros en una conexión interior atentamente calibrada. Esto excluye tanto un legalismo como un individualismo auto-referencial. No es nuestra tarea justificar una nueva unión que se parece a un matrimonio con una persona que no sea el cónyuge legítimo. No se nos permite considerar “mundanamente” que Jesús no puede haber tomado en serio la indisolubilidad del matrimonio o que esta no pueda ser pretendida por el hombre de hoy que, debido a la extensión de la duración de la vida, no puede resistir tanto tiempo con un único cónyuge. Pero hay situaciones dramáticas en las que es difícil encontrar una salida. Aquí el buen pastor distingue cuidadosamente las condiciones objetivas de las subjetivas y da un consejo espiritual. Pero él no puede erguirse como Señor sobre la conciencia de los demás. Aquí debemos conectar la palabra de salvación de Dios, que en la doctrina de la Iglesia solo se trasmite, con la situación concreta, en la que se encuentra el hombre en su peregrinaje. Es bueno recordar también el antiguo principio según el cual el confesor no debe turbar la conciencia del penitente en buena fe antes de que este haya crecido en la fe y en la conciencia de la doctrina cristiana hasta el punto de reconocer el propio pecado, y formular el propósito de no cometerlo más. Entre la obediencia a Cristo Maestro y la imitación del Buen Pastor no hay un o-o, sino un e-e.

 

Las líneas guía pastorales-aplicativas de “Amoris laetitia” de los obispos de la región de Buenos Aires, elogiadas por el Pontífice, fueron publicadas en “Acta Apoatolicae Sedis”. ¿Qué le parecen?

 

Esta es una cuestión sobre la que no me gustaría ofrecer ningún juicio. En mi prefacio al libro de Buttiglione hablé en general de la relación entre el magisterio papal y la autoridad de las directivas pastorales de los obispos diocesanos. No se trata de decisiones dogmáticas o de una especie de evolución del dogma. Solamente se trata de una posible práctica de la administración de los sacramentos, puesto que en casos tan graves el sacramento de la penitencia debe anteceder poder recibir la comunión. Pero al respecto habría que recordar que, según la fe católica, el sacrificio eucarístico, la santa misa, no se puede recibir a recibir (con la boca) la comunión. El Concilio de Trento habla de una triple modalidad para recibir el sacramento: según el deseo (“in voto”); recibir con la boca la santa hostia (la comunión sacramental); la íntima unión de gracia con Cristo (la comunión espiritual).

 

 

 

El volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (Ares, 208 pp.). El filósofo responde a quienes critican al Papa Francisco, a las “dudas” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con una introducción del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Müller, Buttiglione y la “confusión” de los críticos del Papa

 

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”


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El Cardenal Müller en una importante entrevista a Vat. Insider

Müller: “El libro de Buttiglione ha disipado las dudas de los cardenales”

Entrevista con el purpurado sobre “Amoris laetitia” y la posibilidad de dar los sacramentos a quienes viven en segundas nupcias: «Debemos conectar la palabra salvación de Dios con la situación concreta excluyendo tanto el legalismo como el individualismo auto-referencial»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

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Pubblicato il 30/12/2017
Ultima modifica il 30/12/2017 alle ore 16:22
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

Las palabras más significativas que recibió para sus 70 años fueron las que le dedicó el Papa emérito Benedicto XVI : el cardenal Gerhard Ludwig Müller «ha defendido las claras tradiciones de la fe, pero en el espíritu del Papa Francisco», «ha tratado de entender cómo pueden ser vividas hoy». Y precisamente hacia esta dirección se dirigía la densa y articulada introducción que el purpurado alemán quiso escribir para apoyar la iniciativa del filósofo Rocco Buttiglione, quien reunió en un volumen recién publicado sus ideas para una lectura de “Amoris laetitia” más allá de los opuestos extremismos y al mismo tiempo consciente del paso que se ha dado. Desde hace ya muchos años, primero como cardenal y después como Papa, Joseph Ratzinger se ha referido al problema que representan los cada vez más numerosos matrimonios celebrados sin fe y sin la conciencia del sacramento. Un problema del que el mismo Müller se ocupó en una carta pastoral publicada cuando comenzó su episcopado en Regensburg. En esta entrevista con Vatican Insider, el cardenal vuelve a hablar sobre las “dudas” de los cardenales y profundiza algunos de los pasajes de la introducción al libro de Buttiglione.

 

Eminencia, ¿por qué ha apoyado el libro del filósofo Rocco Buttiglione sobre “Amoris laetitia”?

 

La intención de mi amigo Rocco Buttiglione en este libro es la de ofrecer respuestas competentes a preguntas formuladas de manera competente. Yo he querido apoyar esta contribución a un diálogo honesto sin facciosidades y sin polémicas. En alemán hay un dicho: “quien quiere pacificar acaba golpeado por ambas partes”. Pero creo que debemos aceptar este riesgo por amor a la verdad del Evangelio y a la unidad de la Iglesia.

 

¿Usted cree que el libro del profesor Buttiglione ha respondido a las famosas “dudas” formuladas por los cuatro cardenales?

 

Estoy convencido de que ha disipado las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en “Amoris laetitia” se hubiera alterado sustancialmente la doctrina de la fe tanto sobre la manera válida y fecunda de recibir la santa comunión como sobre la indisolubilidad del un matrimonio válidamente contraído entre bautizados.

 

La impresión que se tienen al leer el texto de las cinco “dudas” de los cardenales es que no se trata de verdaderas preguntas, es decir dudas expresadas para tener una respuesta positiva o negativa, sino más bien de preguntas un poco retóricas que conducen hacia una dirección establecida de antemano. ¿Qué piensa al respecto?

 

Siempre que he expresado mis posiciones, que me las han pedido desde muchas partes, he tratado de superar las polarizaciones y una manera de pensar por campos contrapuestos. Por ello, el profesor Buttiglione me pidió una introducción para su libro titulada “Por qué se puede y se debe interpretar «Amoris laetitia» en sentido ortdoxo”. Pero ahora ya no debemos perder más tiempo con la cuestión de la manera en la que entramos a esta situación llena de tensiones, sino concentrarnos más bien en la manera para salir de ella. Necesitamos más confianza y atención benévola los unos por los otros. Como cristianos, nunca debemos dudar de la buena voluntad de nuestros hermanos, sino que “cada uno de ustedes, en toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo” (Fil. 2,3); así el Apóstol nos amonesta para que tengamos todos los mismos sentimientos en el amor.

 

En la introducción al libro de Buttiglione usted habla por lo menos de una excepción en relación con los sacramentos para quienes viven en segundas nupcias, la que tiene que ver con los que no pueden obtener la nulidad matrimonial en el tribunal pero están convencidos, en consciencia, de la nulidad del propio matrimonio. Esta hipótesis ya fue considerada, en el año 2000, por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este caso, ¿se puede abrir la vía a los sacramentos? ¿“Amoris laetitia” podría ser considerada como un paso más de aquella posición?

 

Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentlaidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista. No se trata de construir artificialmente un pretexto para poder dar la comunión. Quien no reconoce o no toma en serio el matrimonio como sacramento en el sentido en el que lo considera la Iglesia no puede tampoco, y esto es lo más importante, recibir en la santa comunión a Cristo, que es el fundamento de la gracia sacramental del matrimonio. Aquí debería estar antes que nada la conversión al misterio de la fe entero. Solo a la luz de estas consideraciones un ben pastor puede aclarar la situación familiar y matrimonial. Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría no conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

Estamos frente a un número cada vez mayor de casos de matrimonios celebrados sin verdadera fe entre personas que después de pocos años (a veces incluso meses) se dejan. Y tal vez después de haber contraído una nueva unión civil, encuentran verdaderamente la fe cristiana y emprenden un camino. ¿Cómo hay que comportarse en estos casos?

 

Aquí todavía no tenemos una respuesta consolidada. Pero deberíamos desarrollar criterios sin caer en la trampa de la casuística. En teoría, es bastante fácil definir la diferencia entre un no creyente bautizado y un “cristiano solo de nombre”, que llega más tarde a la plenitud de la fe. Es más difícil verificar esto en la concreta realidad de cada una de las personas en el peregrinaje de sus vidas. Fiel a la Palabra de Dios, la Iglesia no reconoce ninguna ruptura del vínculo matrimonial y, por lo tanto, ninguna división. Un matrimonio sacramental válido frente a Dios y ante la Iglesia no puede ser roto ni por los esposos ni por las autoridades de la Iglesia y, naturalmente, tampoco por un divorcio civil y un nuevo matrimonio. Es diferente el caso, que ha hemos citado, de un matrimonio inválido desde el principio por la falta de un verdadero consenso. Aquí no se rompe o no se considera irrelevante un matrimonio válido. Se reconoce simplemente lo que parecía ser un matrimonio cuando en realidad no lo es.

 

 

En su introducción al libro de Buttiglione, usted habla también sobre la reducida imputabilidad de la culpa de quien «no sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral». ¿Qué significa?

 

El pecado mortal nos quita la vida sobrenatural en la gracia. Su principio formal es la voluntad de contradecir la santa voluntad de Dios. A ello se suma la “materia” de acciones en grave conflicto con la doctrina de la fe de la Iglesia y su unidad con el Papa y los obispos, la santidad de los sacramentos y los mandamientos de Dios. El católico no puede excusarse diciendo que no sabía todas estas cosas. Pero existen personas que, sin una culpa grave propia, no han recibido una suficiente instrucción religiosa y viven en un ambiente espiritual y cultural que pone en peligro el “sentiré cum Ecclesia”. Aquí se necesita un bien pastor que, esta vez, no rechace a los lobos con su bastón, sino, según el modelo del Buen Samaritano, derrame aceite y vino en las heridas, y acoja al herido en esa posada que es la Iglesia.

 

En su introducción, usted recordó también la doctrina tradicional, según la cual «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios». Entonces, ¿puede haber algunos casos en los que, al faltar la plena conciencia y el deliberado consenso, la imputabilidad sea reducida?

 

Quien, en el sacramento de la Penitencia, pide la Reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar todos los pecados graves de los que se acuerde después de un profundo examen de conciencia. Solamente Dios puede medir la gravedad de los pecados cometidos en contra de sus mandamientos, porque solo Él conoce el corazón de los hombres. Las circunstancias, conocidas solamente por Dios, que disminuyen la culpa y la pena frente a su tribunal, son de tipo diferente de las que se pueden juzgar desde el exterior, como las que pueden poner en entredicho la validez de un matrimonio. La Iglesia puede administrar los sacramentos como instrumento de la gracia solo conforme a la manera en la que Cristo los instituyó. Santo Tomás de Aquino distingue el sacramento de la penitencia de la eucaristía en cuanto la primera es una medicina que purifica (purgativa), mientras la segunda es una medicina que edifica (confortativa). Si se intercambian se daña al enfermo o al sano. Quien se acuerde de un pecado grave primero debe recibir el sacramento de la penitencia. Por ello es necesario el arrepentimiento y el propósito de evitar las próximas ocasiones de pecado. Sin esto no se da el perdón sacramental. Esta es, de cualquier manera, la doctrina de la Iglesia. En la introducción al libro de Buttiglione cité también los pasajes relevantes del magisterio más autorizado. Sin embargo, los creyentes también tienen derecho a un acompañamiento atento que corresponda a su itinerario personal de fe. En el acompañamiento pastoral y, sobre todo en el sacramento de la penitencia, el sacerdote debe ayudar en el examen de conciencia. El creyente no puede decidir solo, en consciencia, si reconocer o no los mandamientos de Dios como justos y vinculantes para él. En cambio, debemos examinar en consciencia nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones a la luz de Su santa voluntad. En lugar de justificarnos solos, debemos rezar humildemente a Dios y “con espíritu contrito” (Salmo 51,19) por el perdón de los pecados que no sabemos que hemos cometido. Solo así es posible un nuevo inicio.

 

¿Cómo se superan los peligros opuestos del subjetivismo y del legalismo? ¿Cómo se pueden considerar los casos concretos individuales, a veces dramáticos?

 

En la visión católica, la consciencia del individuo, los mandamientos de Dios y las autoridades de la Iglesia no están aislados unos de otros, sino que están unos con otros en una conexión interior atentamente calibrada. Esto excluye tanto un legalismo como un individualismo auto-referencial. No es nuestra tarea justificar una nueva unión que se parece a un matrimonio con una persona que no sea el cónyuge legítimo. No se nos permite considerar “mundanamente” que Jesús no puede haber tomado en serio la indisolubilidad del matrimonio o que esta no pueda ser pretendida por el hombre de hoy que, debido a la extensión de la duración de la vida, no puede resistir tanto tiempo con un único cónyuge. Pero hay situaciones dramáticas en las que es difícil encontrar una salida. Aquí el buen pastor distingue cuidadosamente las condiciones objetivas de las subjetivas y da un consejo espiritual. Pero él no puede erguirse como Señor sobre la conciencia de los demás. Aquí debemos conectar la palabra de salvación de Dios, que en la doctrina de la Iglesia solo se trasmite, con la situación concreta, en la que se encuentra el hombre en su peregrinaje. Es bueno recordar también el antiguo principio según el cual el confesor no debe turbar la conciencia del penitente en buena fe antes de que este haya crecido en la fe y en la conciencia de la doctrina cristiana hasta el punto de reconocer el propio pecado, y formular el propósito de no cometerlo más. Entre la obediencia a Cristo Maestro y la imitación del Buen Pastor no hay un o-o, sino un e-e.

 

Las líneas guía pastorales-aplicativas de “Amoris laetitia” de los obispos de la región de Buenos Aires, elogiadas por el Pontífice, fueron publicadas en “Acta Apoatolicae Sedis”. ¿Qué le parecen?

 

Esta es una cuestión sobre la que no me gustaría ofrecer ningún juicio. En mi prefacio al libro de Buttiglione hablé en general de la relación entre el magisterio papal y la autoridad de las directivas pastorales de los obispos diocesanos. No se trata de decisiones dogmáticas o de una especie de evolución del dogma. Solamente se trata de una posible práctica de la administración de los sacramentos, puesto que en casos tan graves el sacramento de la penitencia debe anteceder poder recibir la comunión. Pero al respecto habría que recordar que, según la fe católica, el sacrificio eucarístico, la santa misa, no se puede recibir a recibir (con la boca) la comunión. El Concilio de Trento habla de una triple modalidad para recibir el sacramento: según el deseo (“in voto”); recibir con la boca la santa hostia (la comunión sacramental); la íntima unión de gracia con Cristo (la comunión espiritual).

 

 

 

El volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (Ares, 208 pp.). El filósofo responde a quienes critican al Papa Francisco, a las “dudas” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con una introducción del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Müller, Buttiglione y la “confusión” de los críticos del Papa


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La eutanasia y el ensañamiento terapéutico en la doctrina de la Iglesia. Papa Francisco.

Papa Francisco: “No abandonar jamás al enfermo”

“Es necesario un suplemento de sabiduría, porque hoy es más insidiosa la tentación de insistir con tratamientos que producen potentes efectos en el cuerpo, pero no benefician al bien integral de la persona”: lo indica el Papa Francisco explicando que en la actualidad, “las intervenciones en el cuerpo humano se vuelven siempre más eficaces, pero no siempre son resolutivas”. Las palabras del Pontífice van dirigidas en una carta a Mons. Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia Pontifica para la Vida y a los participantes en el Encuentro Regional Europeo de la Asociación Médica Mundial, en curso en el Vaticano el 16 y 17 de noviembre.

Citando la Declaración sobre la eutanasia del 5 de mayo de 1980, Francisco asegura que “es moralmente lícito renunciar a la aplicación de medios terapéuticos o suspenderlos, cuando su empleo no corresponde a aquel criterio ético y humanístico que seguidamente será definido proporcionalidad de las curaciones”. El Santo Padre destaca que esta elección “asume responsablemente el límite de la condición humana mortal, en el momento en el cual se toma conciencia de no poder contrastarlo más. “Así – subraya – no se quiere procurar la muerte”, sino que “se acepta de no poder impedirla”, como especificado en el Catecismo de la Iglesia Católica. Esta nueva perspectiva – evidencia aun el Papa – restituye a la humanidad el “acompañamiento del morir, sin abrir justificaciones a la supresión del vivir. No activar medios desproporcionados o suspender su uso “equivale a evitar el ensañamiento terapéutico” que tiene “un significado completamente diverso de la eutanasia, que es siempre ilícita”, porque interrumpe la vida causando la muerte.

El Papa llama entonces a un “atento discernimiento que considere la cuestión moral, las circunstancias y las intenciones de los sujetos involucrados. La dimensión personal y relacional de la vida y del mismo morir, que es siempre un momento extremo del vivir, debe tener en la curación y en el acompañamiento del enfermo, un espacio adecuado a la dignidad del ser humano”.

Y en este sentido el Pontífice señala que “la persona enferma reviste un papel principal” como señalado por el Catecismo de la Iglesia Católica: “Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si tiene la competencia y la capacidad”. “En diálogo con los médicos, debe evaluar los tratamientos que le son propuestos y juzgar sobre su efectiva proporcionalidad en la situación concreta, renunciando cuando tal proporcionalidad sea reconocida como carente”.

El Papa subraya el “condicionamiento de la creciente diferencia de oportunidades” marcada por la “acción combinada de la potencia tecno científica y por los intereses económicos” que lleva al incremento de la desigualdad terapéutica, “presente en los países más ricos donde el acceso a las curas corre el riesgo de depender más de la disponibilidad económica de las personas que de las efectivas exigencias de curación”.

Por ello, el Santo Padre llama a evidenciar el mandamiento supremo de la proximidad responsable, como aparece en la página evangélica del Buen Samaritano. El imperativo categórico – afirma Francisco – es aquel de no abandonar jamás al enfermo. Porque, como explica el Papa, la relación “es el lugar en el cual se nos pide amor y cercanía, más que cualquier otra cosa, reconociendo el límite que nos acomuna a  todos y justamente allí, volviéndonos solidarios. Cada uno – agrega – dé el amor en el modo que le es propio, ¡pero lo dé!

“Y si sabemos que de la enfermedad no se puede garantizar la curación, debemos cuidar siempre a la persona viviente”, sin ensañarnos inútilmente contra la muerte, señala el Papa. En este sentido se mueve la medicina paliativa, “de gran importancia también en el plano cultural, empeñándose en combatir todo lo que hace el morir más angustiante y sufrido, es decir, el dolor y la soledad”.

El Santo Padre señala que en sociedades democráticas, estos argumentos delicados deben ser tratados de manera seria y reflexiva y con la disponibilidad para encontrar soluciones y normas que sean compartidas lo más posible, y que tengan en cuenta la diversidad de las visiones del mundo, de las convicciones éticas y de pertenencias religiosas.

Francisco señala asimismo la obligación de parte de lEstado “que no puede renunciar a tutelar a todos los sujetos involucrados, defendiendo la fundamental igualdad para cada uno. Y no olvida, como es su costumbre, a los más débiles, para quienes pide una “particular atención” porque “no pueden hacerse valer solos sus propios intereses.

No  faltan en las palabras del Papa la indicación de una legislación en campo médico y sanitario, que necesita de una “mirada global” sobre lo que mayormente pueda promover el bien común en las situaciones concretas.


                                                                  Comentario de Vatican Insider
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Habría que preguntarse por qué un «no» a la eutanasia y al abandono de los enfermos terminales tan claramente expresado y un convencido «no» al ensañamiento terapéutico sonó tan novedoso para algunos. En el mensaje enviado por el Papa Francisco el pasado jueves 16 de noviembre al encuentro regional europeo de la World Medical Association, organizado en colaboración con la Pontificia Academia para la Vida, los fundamentos doctrinales eran Pío XII, de hace sesenta años, la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1980 y el Catecismo de la Iglesia católica.

 

No es ninguna novedad que la Iglesia, al insistir en su «no» al suicidio asistido, también diga «no» al ensañamiento terapéutico, es decir esas curas que han ido adquiriendo dimensiones desproporcionadas y que tal vez mantienen con vida al organismo humano, pero no tienen en cuenta el «bien integral de la persona». No es ninguna novedad recordar que hay casos en los que es lícito abstenerse de suministrar cuidados y tratamientos, que podrían extender un poco la vida de un paciente terminal.

 

Sin embargo, hay que plantearse algunas preguntas si las palabras del Pontífice son interpretadas por una parte de la opinión pública y por los medios de comunicación como «una novedad» o «una apertura». La cuestión no puede ser reducida solo a algunas citas interesadas de quienes voluntaria o involuntariamente acaban instrumentalizando las declaraciones del Papa para llevar agua al molino de las propias opiniones. Hay algo más. Legítimamente uno se podría preguntar si este efecto «novedad» no es también el resultado de décadas de contraposiciones ideológicas sobre los temas éticos más sensibles. Contraposiciones a menudo expresadas a gritos y que han creado un clima de incomunicabilidad.

 

Esa falta de comunicación que se aprecia en ciertos ataques contra todos los que promueven el diálogo y la confrontación, sin olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre estos temas, pero tampoco sin cerrar a priori todas las puertas. Los programas «aperturistas» impuestos mediante colonizaciones ideológicas (con todo y su guarnición mediática) han provocado incluso reacciones descompuestas o que rozan el paroxismo. Y así ha parecido que para ciertos católicos ningún caso puede formar parte de los cánones del ensañamiento terapéutico.

 

Es por ello que las palabras del Papa pueden contribuir a regular los equilibrios de la situación favoreciendo espacios de diálogo, así como al redescubrimiento de las páginas del magisterio que han quedado (un poco) en el olvido.


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Los obispos polacos y la Amoris Laetitia. Comentario

Las líneas guía sobre “Amoris laetitia” de los obispos polacos

Serán publicadas en octubre. Sobre la cuestión de los sacramentos para los divorciados en segunda unión se cita, en el comunicado, la enseñanza de Juan Pablo II (es decir admitidos solo si se comprometen a vivir en castidad)

La exhortación apostólica “Amoris laetitia”

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Pubblicato il 14/06/2017
Ultima modifica il 14/06/2017 alle ore 19:42
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Serán publicadas en octubre las líneas guía para la aplicación de la exhortación apostólica «Amoris laetitia» de la Conferencia Episcopal de Polonia, que acaba de celebrar su 376a reunión plenaria.

 

El tercer párrafo del comunicado final explica: «Los obispos han tomado acto del proyecto “líneas guía” sobre la pastoral del matrimonio y de la familia preparado por el Consejo para la Familia de la Conferencia Episcopal polaca. Siguiendo la invitación del Papa Francisco expresada en la exhortación “Amoris laetitia”, se afrontaron los aspectos del acompañamiento, del discernimiento y de la integración de las personas que viven en situaciones de pareja no sacramentales. Se afirmó que en los seminarios, cuando no suceda ya, es necesario introducir materias para preparar a los alumnos a emprender los ministerios para los cónyuges y las familias. También en la formación permanente de los sacerdotes tiene una gran importancia la preparación para llevar a cabo la pastoral de las parejas de cónyuges y de las familias, y para el ministerio del sacramento de la Reconciliación. Se subrayó al mismo tiempo la necesidad de involucrar a los católicos laicos en la pastoral para las parejas de cónyuges y a los padres».

 

En relación con el acompañamiento «de las personas que viven en situaciones de parejas no sacramentales, se identificó la necesidad de guiar a una verdadera conversión y a una reconciliación con su cónyuge e hijos de esa unión. Sobre la cuestión de los santos sacramentos para las personas que viven en situaciones de parejas no sacramentales los obispos recuerdan las enseñanzas de San Juan Pablo II, cuyo sucesor es ahora el Papa Francisco. Después de la discusión, comenzó la redacción final del proyecto “Líneas guía”. Al mismo tiempo los obispos invitan a rezar por los cónyuges y las familias».

 

Lo que se comprende al leer el comunicado es que los obispos tomaron en serio el contenido de «Amoris laetitia» y pretenden poner en marcha procesos para ayudar y acompañar a las familias. Como se ve, el texto de la nota no se expresa explícitamente sobre la cuestión de la admisión a los sacramentos (para ello habrá que esperar la publicación de las líneas guía), pero la referencia al magisterio de Juan Pablo II da a entender bastante claramente que prevaleció, en relación con este punto, la interpretación menos abierta, que no tiene presente las aperturas contenidas en el documento sobre la posibilidad de una culpa disminuida debido a condiciones que limitan la responsabilidad de la persona. En el sentido de conceder la comunión, en algunos casos y solamente después de un proceso de discernimiento, así como se indica en una de las notas de la exhortación, se habían expresado los obispos argentinos, a los que llegó después una carta de apoyo del Pontífice. En esta misma dirección, moderadamente aperturista, se pronunciaron otros episcopados, y también es la postura que expresó durante la presentación del documento el cardenal Christoph Shönborn, a quien el mismo Francisco indicó como el mejor intérprete. No hay que olvidar el pequeño ensayo del cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, también aperturista y divulgado en las columnas de «L’Osservatore Romano».

 

La posición que surge al leer el comunicado de los obispos polacos no es una sorpresa, si se recuerdan los comentarios y las entrevistas que concedieron algunos de los miembros de ese mismo episcopado durante los dos Sínodos dedicados a la familia, claramente en contra de cualquier cambio en la disciplina sacramental como fue fijada por el Papa Wojtyla. Se procede, pues, interpretando «Amoris laetitia» a la luz de la «Familiaris consortio» (que innovó, puesto que nunca antes de entonces se había dicho que una pareja de divorciados en segunda unión podía acceder a la comunión, con la condición de vivir como hermano y hermana, aunque siguiera conviviendo como una familia y ocupándose de los hijos).


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La opinión de un gay católico practicante.

 |  A Roman Observer

ROME

If you had a beautiful plant that you were very fond of, you would not put it in your garage. And you certainly would not hide it away in a coat closet.

If you were really attached to your dog or cat, it’s hard to imagine that you would keep it locked up in a cage or chained to a post in your backyard.

No, you wouldn’t do any of that, because plants and animals are living and wonderful things, and when you have affection for them, you make sure they get all the air and sun and space they need to remain healthy and to grow. You do all you can to affirm them and help them bloom.

One expects the Catholic church and its pastors to have the same attitude toward their people. Church teachings, directives and pastoral practices should help all persons flourish and become fully themselves.

Unfortunately, that is not the case for those of us who are gay, lesbian, bisexual or transgender persons.

The church’s official doctrine and the practice of most of its bishops (and too many religious superiors) do exactly what normal people would never do to their prized plants or beloved pets. They put us in closets and do all they can to keep us there.

And they do much worse than that, as Bishop Robert Lynch of St Petersburg, Florida, recently had the courage to point out.

“Sadly it is religion, including our own, which targets, mostly verbally, and also often breeds contempt for gays, lesbians and transgender people,” he said in response to the June 12 massacre that killed 49 people at a LGBT dance club in nearby Orlando.

Lynch was one of the few U.S. bishops who condemned this horrendous act as a hate crime or act of terror aimed specifically at the LGBT community. Others, including the president and other officers of the U.S. Conference of Catholic Bishops, seemingly could not bring themselves to even acknowledge publicly that the murders took place at a gay establishment.

Many people have already written about this and provided a variety of opinions and analyses. Our sisters and brothers at New Ways Ministry, in particular, have again led the discussion on the church and its relation to LGBT persons.

But one issue no one seems be discussing is the effect the church’s teaching on homosexuality has on homosexually-oriented priests and bishops, both those who know themselves to be gay and those who are in denial. In my experience, most of the priests in either category are in some way closeted.  Very few feel safe or comfortable enough to openly admit they are gay men, including those who are exemplary models of a celibate lifestyle.

Closeted homosexuality among the clergy — especially in the hierarchy — is one of the most serious pathologies that continues to hamper our ordained ministers from being prophetic leaders.

In one sense, these brothers and fathers in the faith community, are the first and most tragic victims of a faulty and hurtful teaching of which they are expected to be the authentic teachers and spokesmen.

Laypersons who identify as belonging to the LGBT community wince or get angry at times with the church and its ministers over the issue of homosexuality, but more and more of us who have chosen to remain Catholic refuse to be kept in the closet. That’s because experience has taught us that being hidden away in a dark, airless place can only breed illness and disease. The closet is always an unhealthy place — socially, psychologically, physically and spiritually.

It is amazing that our self-acknowledged gay priests (again, most of them seem to be closeted) are as effective as they are. Perhaps their suffering in silence has made them more compassionate to the hurts of others. Or maybe it’s because they have embraced their stereotypical “gay gene” that renders them more sensitive and at the service of others.

These gay priests are truly heroic men. Some are wounded healers. Some are paramours of the celibate priesthood as a life given unreservedly to others. They stumble along the way — some by cultivating a committed, intimate (even sexual) relationship; others by finding, on occasion, an intimacy they know is not perfectly in keeping with their vows they have made.

These priests suffer. First, because they are forced to hide their true sexual identity. And, second, because they are ashamed that other gay people see them as representatives of a religion that discriminates against their very selves.

Some of them find the courage to leave. Others, especially if they did not “own” their homosexual identity until many years after ordination, are stuck. They are too old to move on to a gainful occupation.

But regardless of the reason, those who stay in ministry mostly do so because they continue to feel called to serve the People of God, despite the fact that the official doctrine of the Church tells them one of the constitutive parts of their personal make-up and identity is an “objective disorder” and, worse, “it is a more or less strong tendency ordered toward an intrinsic moral evil.

There is another category of “gay priests.” They are men who are homosexually oriented but refuse to admit this even to themselves. In this way, they unwittingly inflict their own unacknowledged suffering and pathology on others by mercilessly preaching a rigid morality and insisting on a strict adherence to the letter of every ecclesiastical law.

These are the tightly buttoned-up types, in every sense of the word. And so many of them tend to find their identity in the traditionalist wing of the church.

We gay and lesbian Catholics (and Vatican II Catholics, as well) too often mock them. But we are wrong to do so. These men are more to be pitied than scorned. They — perhaps more than all others — are also victims of church-sanctioned homophobia because, in their zeal to rigidly accept and to preach every iota of Catholic doctrine, they are denied any opportunity to recognize and accept their true sexual identity.

The most up-to-date Vatican teaching on homosexuality dates from the pontificate of John Paul II. The then-Cardinal Joseph Ratzinger and his aides at the Congregation for the Doctrine of the Faith drafted it.

And one of the main practical results and assertions is that LGBT Catholics should keep their homosexuality hidden from others.

“As a rule, the majority of homosexually oriented persons who seek to lead chaste lives do not publicize their sexual orientation,” says a letter that Ratzinger’s office issued in 1993 regarding proposed laws against LGBT discrimination.

That document favorably notes that “the problem of discrimination in terms of employment, housing, etc., does not usually arise” when homosexuals are closeted.

But the Vatican teaching on homosexually is even more insensitive — indeed, cynical — when it comes to admitting gay-oriented men to Catholic seminaries. It was issued by the Congregation for Education in November 2005, just six months after Ratzinger became pope. One of its main authors is a priest-psychologist from Paris, Msgr. Tony Anatrella, who has been accused of sexually abusing seminarians who were his patients.

The “instruction” basically imposes a “don’t tell policy” on prospective seminary candidates. That’s because anyone who affirms he is gay should not be admitted to priestly formation programs, even if he expresses the desire to live chaste celibacy.

The effect of the instruction has been to drive seminarians and priests — and bishops — further into the closet. The declarations from many bishops after the attack at the LGBT nightclub in Orlando clearly attest that they fear even mentioning gay people.

If bishops truly loved their gay priests and LGBT people, they would open the closet doors and let in some much-need light and fresh air. They’d surely do at least that much for their pets and their plants.

[Robert Mickens is editor-in-chief of Global Pulse. Since 1986, he has lived in Rome, where he studied theology at the Pontifical Gregorian University before working 11 years at Vatican Radio and then another decade as correspondent for The Tablet of London.]

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Víctimas de la trata humana. Mensaje del Papa

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO iglesia
A LA TERCERA CONFERENCIA INTERNACIONAL DEL GRUPO SANTA MARTA

[SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, 30-31 OCTUBRE 2015]

 

Majestad,
Señores Obispos,
Distinguidas Autoridades,
Señoras y señores:

Me da una gran alegría y satisfacción pastoral el hecho de que el grupo Santa Marta se reúna nuevamente en el simbólico Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en España. En el poco tiempo de su existencia este benemérito grupo ha sabido realizar mucho y está llamado a una tarea decisiva para la erradicación de las nuevas esclavitudes. En el trascurso del corriente año han surgido algunas novedades institucionales significativas, que sin duda pueden apoyar la actividad de Ustedes y colaborar con la benéfica acción del grupo Santa Marta. Me refiero, por una parte, al encuentro de los Alcaldes en la Ciudad del Vaticano el 21 de julio, al cual dirigí la palabra. En dicho encuentro, estas importantes personalidades han firmado una declaración por la que se comprometen ellos mismos a erradicar las nuevas esclavitudes que condenan como un crimen contra la humanidad.

Por la otra, quiero mencionar también la reciente aprobación de la Agenda 2030, con los nuevos objetivos del desarrollo sostenible de la Organización de las Naciones Unidas, cuyo objetivo 8.7 recita: «Adoptar medidas inmediatas y eficaces para erradicar el trabajo forzoso, poner fin a las formas modernas de esclavitud y la trata de seres humanos y asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y, a más tardar en 2025, poner fin al trabajo infantil en todas sus formas».

Como he tenido oportunidad de afirmar justo antes de la unánime aprobación de dicha Agenda en mi discurso a la Organización de las Naciones Unidas en New York el 25 de septiembre del corriente: «El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos».

Hoy los 193 estados que adhieren a la ONU tienen un nuevo imperativo moral para combatir la trata de personas, verdadero crimen contra la humanidad. La colaboración entre los Obispos y las autoridades civiles, cada uno según su propia misión y naturaleza con el fin de ir descubriendo las mejores prácticas para la realización de esta delicada tarea, es un paso decisivos para asegurarse que la voluntad de los gobiernos llegue a las víctimas de un modo directo e inmediato, constante, eficaz y concreto. Ustedes, autoridades eclesiásticas y civiles, están llamados a estar cerca de las víctimas y a acompañarlas en su camino de dignidad y libertad. Así lo deben sentir los muchos hermanos y hermanas que sufren de la trata humana. Hoy, queridos miembros del grupo Santa Marta, no están solos en esta delicada empresa, pueden contar con el sostén de los más iluminados Alcaldes y el de toda la comunidad internacional, dado el respectivo compromiso que ellos han contraído y firmado. Demos gracias a Dios.

Por mi parte, pido a Dios Todopoderoso que les dé la gracia de llevar adelante esta misión, tan delicada, tan humanitaria y tan cristiana, de curar las llagas abiertas y dolientes de la humanidad, que son también las llagas de Cristo. Les aseguro todo mi apoyo y mi oración, y el apoyo y las oraciones de los fieles de la Iglesia Católica. Con la ayuda de Dios y la colaboración de Ustedes este indispensable servicio del grupo de Santa Marta podrá liberar las víctimas de las nuevas esclavitudes, rehabilitar las y los cautivos y excluidos, desenmascarar a los traficantes y a los creadores del mercado, y rendir una asistencia eficaz a las ciudades y naciones; un servicio para el bien común y la promoción de la dignidad humana, que sepa actuar lo mejor de cada persona y de cada ciudadano. Que Dios los bendiga a todos.

Vaticano, 28 de octubre de 2015