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Papel del obispo en la crisis matrimonial. Discurso del Papa

Nulidad matrimonial; el Papa: el obispo, único juez en el proceso breve

Audiencia a los que participan en el curso de la Rota Romana sobre la nueva reforma, en la que pidió cercanía «a los sufrimientos de los fieles que esperan de la justicia eclesial la ayuda para volver a encontrar la paz de las conciencias y la voluntad de Dios sobre la admisión a la Eucaristía»

El Papa con la Rota Romana

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Pubblicato il 25/11/2017
Ultima modifica il 25/11/2017 alle ore 16:15
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

«Ustedes están llamados a ser próximos en la soledad y en el sufrimiento de los fieles que esperan de la justicia eclesial la ayuda competente y factual para poder encontrar la paz de sus conciencias y la voluntad de Dios sobre la readmisión a la Eucaristía». El Papa Francisco dialogó con los jueces canónicos que participaron en el curso de formación promovido por el Tribunal Apostólico de la Rota Romana, sobre el tema: “El nuevo proceso matrimonial y el procedimiento Super Rato”. Y aprovechó para aclarar, «definitivamente», algunos aspectos fundamentales de los dos “Motu prorpio” para la nulidad matrimonial, “Mitis Iudex Dominus Iesus” y “Mitis et misericors Iesus”, en particular sobre el papel del obispo «como juez personal y único» en el proceso breve.

 

Antes que nada, Francisco recordó que los dos textos fueron fruto de los dos Sínodos sobre la familia, por lo tanto, «expresión de un método sinodal» y «meta de un serio camino sinodal» que pretendía «estudiar las situaciones y el desarrollo de la familia en el mundo de hoy, la preparación al matrimonio, las maneras para socorrer a los que sufren debido al fracaso de su matrimonio, la educación de los hijos y otras temáticas». Después invitó a los jueces, precisamente en continuidad con las dos Asambleas, a que se esfuercen para ser en sus comunidades «misioneros y testimonios del espíritu sinodal», además de la «consolación pastoral» que, subrayó, «es el fin de esta nueva normativa matrimonial». Con esta actitud, exhortó, «cada uno de ustedes debe ser leal colaborador del propio Obispo, al cual las nuevas normas reconocen un papel determinante, sobre todo en el proceso breve, en cuanto él es el “juez nato” de la Iglesia particular».

 

Al respecto, el Papa, para que la aplicación de la nueva ley sobre el proceso matrimonial (a dos años de su promulgación) «sea causa y motivo de salvación y paz para el gran número de fieles heridos en su situación matrimonial», establece algunos puntos-clave «determinantes y exclusivos» sobre el ejercicio personal del obispo como «juez personal y único en el proceso “breviore”», para que tal principio nunca sea interpretado como «hecho excluyente», «delegando casi todo a los Tribunales».

 

El obispo juez, afirmó el Papa en los primeros dos puntos, es «arquitrabe, principio constitutivo y elemento discriminante de todo el proceso breviore», para cuya validez se exigen dos condiciones inseparables: el episcopado y estar a la cabeza de una comunidad diocesana de fieles. Recordando que la competencia exclusiva y personal del pastor proviene directamente del Vaticano II; explicó que el proceso breve no es una «opción» que el obispo puede elegir, sino una «obligación» de la cual él es «componente exclusivo en las tres frases»: la instancia, la intstructoria (que siempre debe llevar a cabo «el Vicario judicial o por otro instructor, también laico, por el asesor, y siempre presente el defensor del vínculo») y la decisión («pronunciada coram Domino, es siempre y solo del Obispo diocesano»), que siempre es prerrogativa del obispo diocesano.

 

«Encomendar todo el proceso breviore al tribunal interdiocesano (tanto del más próximo como de más diócesis) –advirtió el Pontífice– llevaría a desnaturalizar y reducir la figura del Obispo padre, cabeza y juez de sus fieles a mero firmante de la sentencia».

 

Bergoglio indica algunos «criterios fundamentales»: «la proximidad y la gratuidad», dos «perlas» que necesitan los pobres, y la «misericordia» que exige que el obispo «actúe cuanto antes» el proceso breve; en el caso de que no se considere listo en el presente para actuarlo, «debe reenviar la causa el proceso ordinario, el cual de todos modos debe ser conducido con la debida solicitud».

 

Todo ello, insistió el Papa Francisco al final y con mucha claridad, «ocurre sin pedir el permiso o la autorización a otra Institución o a la Signatura Apostólica».

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Comentario al texto de Müller sobre la Amoris laetitia.

Lo que es tradicional: las posibilidades de los sacramentos a los “irregulares”

El cardenal Müller apoya las reflexiones del profesor Buttiglione sobre «Amoris Laetitia» y recuerda lo que enseña la teología a propósito de las circunstancias atenuantes

La exhortación aspotólica «Amoris Laetitia»

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Pubblicato il 30/10/2017
Ultima modifica il 30/10/2017 alle ore 07:55
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El amplio ensayo que escribió el cardenal Gerhard Ludwig Müller como prefacio para el libro que reúne los artículos y las reflexiones del profesor Rocco Buttiglione sobre la exhortación aspotólica «Amoris Laetitia» (ediciones Ares, que saldrá en las librerías italianas el 10 de noviembre de 2017) marca un paso importante en la discusión no siempre equilibrada que surgió con la publicación del documento papal. Como se lee en el largo fragmento anticipado por Vatican Insider, el purpurado alemán se aleja decididamente de los contenidos de la «correctio filialis» que atribuye al Pontífice presuntas «herejías» y responde a los cinco «dubia» que publicaron hace un año cuatro cardenales.

 

Antes que nada, Müller considera que Buttiglione, «como un auténtico católico de comprobada competencia en el campo de la teología moral», ofrece con sus recientes artículos y ensayos «una respuesta clara y convincente» a algunos pasajes del octavo capítulo de la «Amoris Laetitia». Las palabras que siguen son aún más esclarecedoras: «Con base en los criterios clásicos de la teología católica, ofrece una respuesta razonada y nada polémica a los cinco “dubia” de los cardenales» y demuestra que los reproches de quienes afirman que el Papa no presenta correctamente la doctrina no corresponden con la realidad».

 

El cardenal insiste en que existen «diferentes niveles de gravedad según el tipo de pecado». No siempre, añadimos nosotros, esta conciencia tiene cabida en quienes se han dedicado a hacerle exámenes de doctrina al Papa: basta recordar, por ejemplo, en esos pecados, citados en el Catecismo de san Pío X, que «claman venganza en presencia de Dios» (en el nuevo Catecismo de la Iglesia católica se dice que «claman hacia el cielo») y son: «el homicidio voluntario», el «pecado impuro contra el orden de la naturaleza»; «la opresión de los pobres» y el «defraudar la merced a los obreros» (o, en tiempos modernos, «la injusticia para con el salariado»)Müller nos recuerda, como útil advertencia para los que parecen «monomaníacos» con respecto a los pecados vinculados con la esfera sexual (y basta navegar por ciertos sitios en internet para darse cuenta), que «los pecados del espíritu pueden ser más graves que los pecados de la carne. El orgullo espiritual y la avaricia introducen en la vida religiosa y moral un desorden más profundo que la impureza que deriva de la debilidad humana». De la misma manera, con bastantes citas de santo Tomás, afirma que «el adulterio entre casados pesa más que el de los no casados y el adulterio de los fieles, que conocen la voluntad de Dios, pesa más que el de los infieles». Pero también recuerda que «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios».

 

Esto no significa que «debido a circunstancias atenuantes, un acto objetivamente malo pueda volverse subjetivamente bueno»Significa, por el contrario (como ha recordado en varias ocasiones Buttuglione) que «en la valoración de la culpa, puede haber atenuantes y las circunstancias y elementos accesorios de una convivencia irregular semejante al matrimonio pueden ser presentadas también ante Dios en su valor ético en la valoración de conjunto del juicio (por ejemplo el cuidado de los hijos en común que es un deber que deriva del derecho natural)».

 

No se trata de caer en la casuística (es decir en la exacta definición de los casos y de las circunstancias en las que se podría dar la admisión a los sacramentos) y fijarla en manuales específicos, concebidos para descargar de la gran y fatigosa responsabilidad del discernimiento a la que están llamados, junto con los penitentes, sus confesores. Tampoco se trata de reivindicar la comunión como un derecho, la participación en la Eucaristía como algo debido, sin importar un camino de penitencia y si se cobra o menos conciencia del propio estado. En ninguna parte de «Amoris laetitia» se dice nada parecido a «todos son libres» de acercarse a la mesa eucarística como se quiera y cuando se quiera. 

 

Müller hace notar algo que parecen no ver los que han considerado inútiles los dos Sínodos sobre la familia, puesto que ya se había expresado sobre el mismo argumento san Juan Pablo II con la exhortación «Familiaris consortio» (si se hubiera hecho valer siempre esta argumentación que esgrimen algunos de los eclesiásticos que se oponen al Pontífice, no se comprendería por qué se habría tenido que celebrar el Concilio Vaticano II, puesto que ya se había llevado a cabo el Vaticano I, etc.). El cardenal cita el contexto en el que nos ha tocado vivir, que ha cambiado profundamente en las últimas décadas: «Las situaciones existenciales son muy diferentes y complejas, y la influencia de ideologías enemigas del matrimonio a menudo es prepotente». 

 

 

El libro de Rocco Buttiglione, “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»”.

 

 

Entonces, explica Müller, «el cristiano puede encontrarse sin su culpa en la dura crisis del ser abandonado y de no lograr encontrar ninguna otra vía de escape que encomendarse a una persona de buen corazón y el resultado son relaciones semejantes a las relaciones matrimonialesSe necesita una particular capacidad de discernimiento espiritual en el fuero interior por parte del confesor para encontrar un recorrido de conversión y de re-orientación hacia Cristo que sea adecuado para la persona, yendo más allá de una fácil adaptación al espíritu relativista del tiempo o de una fría aplicación de los preceptos dogmáticos y de las disposiciones canónicas, a la luz de la verdad del Evangelio y con la ayuda de la gracia antecedente». Ningún relativismo, nada de cosas fáciles. Pero tampoco esa «fría aplicación de los preceptos dogmáticos» (sic!) que tanto apasiona a los que hacen exámenes de doctrina, incluso al Papa, y que acaban por dejar de ser capaces de distinguir y discernir: las historias, las vidas de las personas no son todas iguales y difícilmente encajan con precisión matemática en las notas de los manuales de moral.

 

Es por ello que el cardenal demuestra que «en la situación global, en la que prácticamente ya no hay ambientes homogéneamente cristianos», se plantea seriamente el problema (que ya había indicado con fuerza Benedicto XVI) de la validez del primer matrimonio, al que tal vez le faltaba alguno de sus elementos constitutivos, circunstancia que se verifica con bastante difusión en nuestra época. Precisamente estas consideraciones llevaron a Francisco a reformar, simplificándola, la normativa para obtener la declaración de nulidad matrimonial.

 

«En el caso de una conversión en edad madura (de un católico que sea tal solo en el certificado de Bautismo) se puede dar el caso —escribe claramente Müller en el prefacio del libro de Buttiglione— de que un cristiano esté convencido en conciencia de que su primer vínculo, aunque se haya dado en la forma de un matrimonio por la Iglesia, no era válido como sacramento y de que su actual vínculo semejante al matrimonio, alegrado con hijos y con una convivencia madurada en el tiempo con su pareja actual, es un auténtico matrimonio frente a Dios».

 

Y añade: «tal vez esto no pueda ser demostrado canónicamente debido al contexto material o por la cultura propia de la mentalidad dominante. Es posible que la tensión que aquí se verifique entre el estatus público-objetivo del “segundo” matrimonio y la culpa subjetiva pueda abrir, en las condiciones descritas, la vía al sacramento de la penitencia y a la Santa Comunión, pasando a través de un discernimiento pastoral en el fuero interior».

 

En relación con la famosa nota 351 del párrafo 305 de «Amoris Laetitia» (en donde se afirma, refiriéndose a las circunstancias atenuantes para los «irregulares», que «en ciertos casos» podría existir «también la ayuda de los Sacramentos»), Müller explica que «si el segundo vínculo fuera válido frente a Dios», como se indicaba en el ejemplo anterior, «las relaciones matrimoniales de los dos compañeros no constituirían ningún pecado grave, sino más bien una transgresión contra el orden público eclesiástico por haber violado de manera irresponsable las reglas canónicas y, por lo tanto, un pecado leve».

 

Para concluir, el cardenal recuerda que a menudo no se comprenden «todo el significado pastoral» de «Amoris Laetitia» ni las dificultades para «aplicar en la práctica con tacto y discreción, es la ley de la gradualidad». Es evidente que aquí «no se trata de un pecador empedernido, que quiere hacer valer frente a Dios derechos que no tiene. Dios está particularmente cerca del hombre que se sigue el camino de la conversión, que, por ejemplo, se asume la responsabilidad por los hijos de una mujer que no es su legítima esposa y no descuida tampoco el deber de cuidar de ella. Esto también vale en el caso en el que él, por su debilidad humana y no por la voluntad de oponerse a la gracia, que ayuda a observar los mandamientos, no sea todavía capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral».

 

En este caso, recuerda el purpurado, «una acción en sí pecaminosa no se convierte por ello en legítima y ni siquiera agradable a Dios. Pero su imputabilidad como culpa puede ser disminuida cuando el pecador se dirige a la misericordia de Dios con corazón humilde y reza “Señor, ten piedad de mí, pecador”Aquí, el acompañamiento pastoral y la práctica de la virtud de la penitencia como introducción al sacramento de la penitencia tiene una importancia particular».

 

 

El libro

 

Estará disponible en las librerías italianas a partir del 10 de noviembre el volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (ediciones Ares, 208 pp.): el filósofo responde a las críticas dirigidas al Papa Francisco, a los “dubia” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con un articulado ensayo introductorio del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 


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Novedades en el Instituto sobre el matrimonio y la familia. Comentario

El Papa reforma el Instituto sobre el matrimonio y la familia que quiso Wojtyla

Con un “Motu proprio” Francisco creó el nuevo «Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II», extendiendo el espectro de sus competencias y actividades, siguiendo las huellas de su predecesor y con la mirada puesta en la «Amoris laetitia»

El Papa reforma el Instituto sobre el matrimonio y la familia que quiso Wojtyla

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Pubblicato il 19/09/2017
Ultima modifica il 19/09/2017 alle ore 14:18
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El Papa Francisco, con una carta apostólica en forma de «Motu proprio» que lleva la fecha del 8 de septiembre de 2017 (y publicada hoy, 19 de septiembre), redundó el Instituto de estudios sobre el matrimonio y la familia que quiso Juan Pablo II, extendiendo su campo de acción. El documento, titulado «Summa familiae cura», recuerda que el Papa Wojtyla, después del Sínodo de los obispos de 1980 y de la exhortación «Familiaris consortio» de 1981, dio una forma estable al Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, que llevaba a cabo sus actividades en la Universidad Lateranense.

 

Ahora, después de otros dos Sínodos, de 2014 y 2015, dedicados a la familia, y después de la publicación de la exhortación «Amoris laetitia», la Iglesia ha llegado a «una renovada conciencia del Evangelio de la familia y de los nuevos desafíos pastorales a los que la comunidad cristiana está llamada a ofrecer respuestas».

 

«La centralidad de la familia en los procesos de “conversión pastoral” de nuestras comunidades y de “transformación misionera de la Iglesia” —escribió Francisco— exige que, incluso a nivel de formación académica, en la reflexión sobre el matrimonio y sobre la familia nunca falten la perspectiva pastoral ni la atención a las heridas de la humanidad».

 

El Papa Bergoglio insistió en que el «bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia», y que es «saludable prestar atención a la realidad concreta» de la familia, debido al «cambio antropológico-cultural, que influye hoy a todos los aspectos de la vida y exige un enfoque analítico y diversificado» y «no nos permite limitarnos a prácticas de la pastoral y de la misión que reflejen formas y modelos del pasado».

 

«En el límpido propósito de permanecer fieles a la enseñanza de Cristo —escribió Francisco—, debemos, pues, ver, con el intelecto de amor y con sabio realismo, a la realidad de la familia, hoy, en toda su complejidad, en sus claroscuros. Por estas razones he considerado oportuno dar una nueva configuración jurídica al Instituto Juan Pablo II, para que la clarividente intuición de san Juan Pablo II, que fuertemente deseó esta institución académica, hoy pueda ser reconocida y apreciada mejor en su fecundidad y actualidad».

 

El nuevo Instituto teológico para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia, dedicado a Juan Pablo II, ampliará el campo de sus acciones y estudios, «tanto en orden a las nuevas dimensiones de la tarea pastoral y de la misión eclesial, como en referencia a los desarrollos de las ciencias humanas y de la cultura antropológica en un campo tan fundamental para la cultura de la vida».

 

El Papa Bergoglio precisó que el nuevo instituto deberá tener en cuenta la inspiración original con la que nació el anterior, «contribuyendo eficazmente a que corresponda plenamente a las exigencias actuales de la misión pastoral de la Iglesia». En los breves artículos, a los que seguirán nuevos estatutos, se subraya la «especial relación del nuevo Instituto Teológico con el ministerio y el magisterio de la Santa Sede», que será enriquecido con la «privilegiada relación» que establecerá con la Congregación para la Educación Católica, con el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y con la Pontificia Academia para la Vida. Se precisa que el Instituto Teológico tendrá «la facultad de conferir “iure proprio” a sus estudiantes los siguientes grados académicos: el Doctorado en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia; la Licenciatura en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia; el Diploma en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia».

 

«Con esta decisión —explicó a Vatican Insider el arzobispo Vincenzo Paglia, Gran Canciller del Instituto—, el Papa extiende la perspectiva: de una concentrada solo en la teología moral y sacramental, a una bíblica, dogmática e histórica, que tiene en cuenta los desafíos contemporáneos. Francisco ha comprendido muy bien el papel histórico de la familia, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Y la familia no es un ideal abstracto, sino una realidad mayoritaria de la sociedad, que debe volver a descubrir su vocación en la historia».

 

La referencia a la continuidad con el Instituto anterior, «en sí misma cierra el camino —explicó Paglia— a una interpretación que pretenda atribuir a este autorizado acto de refundación un distanciarse de la inspiración de Juan Pablo II». El arzobispo hizo notar, para concluir, que el Papa ha indicado que las personas que componen el actual instituto sean «protagonistas del cambio y de la reestructuración que serán necesarios para conseguir los objetivos del nuevo sujeto», y que, por lo tanto, cuentan con la confianza del Pontífice.


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Vaticano: reforma del instituto sobre el matrimonio y la familia.

Traducción en español (no oficial)
CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
“SUMMA FAMILIAE CURA”
QUE INSTITUYE EL PONTIFICIO INSTITUTO TEOLÓGICO JUAN PABLO II
PARA LAS CIENCIA DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA Animado por  la  mayor atención a la familia, San Juan Pablo II, como seguimiento del Sínodo de los Obispos de 1980 sobre la familia y de la exhortación apostólica postsinodal Familiaris Consortio de 1981, con la Constitución apostólica Magnum Matrimonii sacramentum confirió una forma jurídica estable al   Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia, que opera en la Universidad Pontificia Lateranense. Desde entonces, éste  ha desarrollado un proficuo trabajo de profundización teológica y de formación pastoral  tanto en su sede central de Roma, como en las secciones extraurbanas, presentes ya en todos los continentes.
Más recientemente, la Iglesia ha dado  un paso ulterior en el camino sinodal poniendo nuevamente en el centro de la atención  la realidad del matrimonio y la familia, en  primer lugar en la Asamblea  extraordinaria de 2014, dedicada a “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” y, después, en la ordinaria de 2015 sobre “La vocación y la  misión de la familia en la Iglesia y en el mundo “. La culminación de este intenso recorrido ha sido la Exhortación apostólica  post-sinodal Amoris Laetitia , publicada el 19 de marzo de 2016.
Esta estación sinodal  ha llevado a la Iglesia a una renovada conciencia del Evangelio de la familia y de los nuevos desafíos pastorales a los que la comunidad cristiana está llamada a responder. La centralidad de la familia en los caminos de “conversión pastoral” [1] de nuestras comunidades y de “transformación misionera de la Iglesia” [2] requiere que – incluso en el ámbito de la  formación académica – en la reflexión sobre el matrimonio y la familia no falten nunca la perspectiva pastoral y la  atención a las heridas de la humanidad. Si no se puede llevar a cabo  una fecunda profundización de la teología pastoral sin tener en cuenta el peculiar perfil eclesial de la familia [3], por otro lado, no escapa a la misma solicitud pastoral de la Iglesia el valioso aporte del pensamiento y de la  reflexión que indagan, del modo más profundo y riguroso, la verdad de la revelación y la sabiduría de la tradición de la fe, con el fin de su mayor inteligencia en el tiempo presente. “El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia. […]Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia», a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia “. [4] El cambio antropológico y cultural, que influye hoy en  todos los aspectos de la vida y requiere un enfoque analítico y diversificado, no nos permite limitarnos a prácticas de la  pastoral y de  la misión que reflejan formas y modelos del pasado. Debemos ser intérpretes conscientes y apasionados de la sabiduría de la fe en un contexto en el que los individuos están  menos sostenidos que en el pasado por las estructuras sociales, en su vida afectiva y familiar. Con el límpido propósito de permanecer fieles a las enseñanzas de Cristo debemos, por lo tanto,  mirar con intelecto de amor y con sabio realismo, la realidad de la familia, hoy, en toda su complejidad, en sus luces y sombras. [5]
Por estas razones he considerado oportuno ofrecer un nuevo marco jurídico al Instituto Juan Pablo II, para que  “la intuición clarividente de San Juan Pablo II, que quiso firmemente esta institución académica, hoy [pueda] ser todavía mejor reconocida y apreciada en su fecundidad y actualidad” [6]. Por lo tanto, he tomado la decisión  de instituir un Instituto Teológico para  Ciencias  del Matrimonio y la Familia, ampliando su campo de interés, sea por las  nuevas dimensiones de la tarea pastoral y de la misión eclesial, sea en referencia al desarrollo de las ciencias humanas y de la cultura antropológica en un campo tan fundamental para la cultura de la vida. ART. 1  Con el presente Motu Proprio instituyo el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para Ciencias del Matrimonio y la Familia, que, vinculada a la Pontificia Universidad Lateranense, suceda, sustituyéndolo al   Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia , establecido por la Constitución apostólica Magnum Matrimonii sacramentum , que por lo tanto cesa. Será debido, sin embargo, que la inspiración original que dio origen al cesado  Instituto para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia siga fecundando  el campo más amplio de compromiso del nuevo Instituto Teológico, contribuyendo eficazmente a que sea plenamente compatible con las exigencias actuales de la misión pastoral de la Iglesia . ART. 2 El nuevo Instituto será, en el contexto de las instituciones pontificias, un centro académico de referencia, al servicio de la misión de la Iglesia universal, en el campo de  las ciencias relacionadas con el matrimonio y la familia y respecto a los  temas  asociados con la alianza fundamental del hombre y de  la mujer para el cuidado y la generación  de la creación.

ART. 3
La relación especial del nuevo Instituto Teológico con el ministerio y el magisterio de la Santa Sede se verá respaldada además por la relación privilegiada que establecerá, en las formas que serán mutuamente concordadas, con la Congregación para la Educación Católica, el Pontificio Consejo para los Laicos, la  Familia y la Vida y con la Pontificia Academia para la Vida.

ART 4
§ 1. El Pontificio Instituto Teológico, así renovado, adaptará sus estructuras y dispondrá de  las herramientas necesarias – cátedras, profesores, programas, personal administrativo – para realizar la  misión científica y eclesial que se le asigna.
§ 2. Las autoridades académicas del Instituto Teológico son el Gran Canciller, el Presidente y cl Consejo del Instituto.
§ 3. El Instituto Teológico tiene la facultad de conferir   iure proprio a sus alumnos los siguientes títulos académicos: Doctorado en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia; la Licencia en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia; el Diploma en Ciencias sobre el Matrimonio y la Familia.

ART. 5
Lo que establece el presente Motu proprio será profundizado y definido en sus propios estatutos aprobados por la Santa Sede. En particular, se identificarán las formas más adecuadas para promover la cooperación y la confrontación, en los ámbitos de la enseñanza y la investigación, entre las autoridades  del Instituto Teológico y las de la Pontificia Universidad Lateranense.

ART. 6
Hasta la aprobación de los nuevos Estatutos, el Instituto Teológico se regirá temporalmente por las normas estatutarias  hasta ahora vigentes en el Instituto Juan Pablo II para  Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, comprendidas la estructuración en secciones y las respectivas normas,  en la medida en que no se opongan  al presente Motu  proprio.
Todo lo deliberado con esta Carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que se observe en todas sus partes, a pesar de cualquier disposición en contrario, aunque digna de mención especial, y establezco  que sea promulgado  mediante la publicación  en el diario L’Osservatore Romano, entrando  en vigor el día de la promulgación, y que se inserte sucesivamente en Acta Apostolicae Sedis.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen María del año 2017, quinto de nuestro Pontificado


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Canada: una religiosa preside una ceremonia nupcial sin eucaristía.

Boda católica celebrada en Québec por una monja

Sor Pierrette Thiffault presidió la liturgia nupcial en Lorrainville, después de que el obispo hubiera obtenido la autorización de la Santa Sede. Una excepción prevista por el Código de Derecho Canónico

Sor Pierrette Thiffault

Pubblicato il 28/07/2017
Ultima modifica il 28/07/2017 alle ore 08:42
ANDREA TORNIELLI
ROMA

Se llama sor Pierrette Thiffault, es una religiosa acostumbrada a suplir lo mejor que puede debido a la falta de los sacerdotes en la región de Abitibi-Témiscamingue, en Québec. Pero hasta el pasado 22 de julio no le había tocado celebrar ninguna ceremonia nupcial. Lo hizo en Lorrainville, un pueblito de 1200 almas que se encuentra a más de 650 kilómetros de Móntreal, en donde unió en matrimonio a Cindy y a David dentro de la iglesia parroquial.

 

La presencia femenina en el altar, donde se celebró, obviamente solo la liturgia nupcial, y no la misa, causó polémicas. Pero se trata de una excepción prevista por el Código Canónico promulgado en 1983 por san Juan Pablo II.

 

El canon 1112 afirma, efectivamente: «Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios». En el Código de Derecho Canónico la palabra «laico» no tiene ninguna connotación masculina, sino se refiere, por el principio de igualdad, tanto a hombres como a mujeres. Otra cosa es la orden sagrada, en sus tres grados de diaconado, presbiterato y episcopado, reservado a los varones. La monjas, a pesar de haber hecho votos de religiosa, es considerada «laica» en relación con la orden sacra.

 

Hay que recordar que en el matrimonio, el ministro que celebra el sacramento no es el sacerdote. Los ministros celebrantes son, efectivamente, los esposos. El sacerdote tiene, en el ámbito de la liturgia nupcial, la tarea de testimonio calificado. Por ello las normas canónicas prevén, excepcionalmente y en casos de demostrada necesidad, la posibilidad de que quien presida la liturgia sea un laico, previa autorización de la Santa Sede.

 

Lorrainville pertenece a la diócesis de Rouyn-Noranda, en donde el clero escasea tanto que hay sacerdotes que tienen que ocuparse de 7 u 8 parroquias. Por ello el obispo llamó a sor Pierrette Thiffault, religiosa de las Hermanas de la Providencia, para la celebración del matrimonio. La monja quiso recordar a la prensa local que no había sido ordenada, por lo que no podía ejercer ninguna función sacerdotal. La que la autorizó, con una carta del 23 de mayo de 2017, fue la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, presidida por el cardenal Robert Sarah. El vicario general de la diócesis canadiense declaró: «En la Iglesia católica, esta es una presidencia que se encomienda solo a un cura, pero puede haber alguna excepción, y lo que sucedió hoy es una de ellas».

 

Sor Pierrette Thiffault se encarga desde hace años de la pastoral en la parroquia de Moffet, cerca de Lorainville, y le enseñó el catecismo a David, el esposo, cuando era chico. Fue el obispo quien pidió que pudiera presidir el matrimonio.


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Los divorciados vueltos a casar y la comunión.

 

Un artículo sobre el teólogo Marcial Vidal acerca de la cuestión de los divorciados reesposados. Véase en el siguiente enlace:

 

http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/05/05/marciano-vidal-los-divorciados-vueltos-a-casar-pueden-comulgar-iglesia-religion-dios-jesus-papa-dubia-cardenales-amoris-laetitia.shtml


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Los sacerdotes lefebrvianos y el sacramento del matrimonio. Comentario

La convalidación del Papa para los matrimonios celebrados por lefebvrianos

El paso de Francisco: con una carta firmada por el cardenal Müller y monseñor Pozzo, autoriza a los obispos ha reconocer las bodas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X

La convalidación del Papa para los matrimonios celebrados por lefebvrianos

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Pubblicato il 04/04/2017
Ultima modifica il 04/04/2017 alle ore 18:30
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Después de la concesión de la facultad para confesar lícitamente que Francisco extendió más allá del Jubileo de la Misericordia a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, Roma da un nuevo paso para tratar de acercarse a los lefebvrianos. Con una carta aprobada por el Papa se autoriza a los obispos de las diócesis en las que está presente la Fraternidad a delegar a un sacerdote para que presencie el momento del consenso en el rito del matrimonio de los fieles lefebvrianos. Si es necesario, el obispo también podrá delegar directamente al sacerdote de la Fraternidad que celebra la boda.

 

«No obstante – se puede leer en la carta – que la situación canónica de la Fraternidad S. Pío X continúa siendo, por ahora, objetivamente ilegítima– el Santo Padre, a propuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Ecclesia Dei, ha decidido autorizar a los Reverendísimos Ordinarios a que concedan las licencias para asistir a los matrimonios de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad, según las siguientes indicaciones. Siempre que sea posible, el Obispo delegará a un sacerdote de la Diócesis para asistir a los matrimonios (o bien, a un sacerdote de otra circunscripción eclesiástica con las debidas licencias) recibiendo el consentimiento de los cónyuges durante la celebración del matrimonio que en la liturgia del Vetus Ordo se realiza al inicio de la Santa Misa. Ésta la celebra, después, un sacerdote de la Fraternidad».

 

«Allí donde ello no sea posible o no haya sacerdotes de la Diócesis que puedan recibir el consentimiento de las partes – afirma la carta – el Ordinario puede conceder directamente las facultades necesarias a un sacerdote de la Fraternidad que celebrará también la Santa Misa, advirtiéndole de la obligación de hacer llegar cuanto antes a la Curia diocesana la documentación del matrimonio celebrado».

 

«Este Dicasterio – el documento concluye – confía en Su colaboración con la convicción de que con estas indicaciones no sólo se podrán remover los escrúpulos de conciencia de algunos fieles unidos a la FSSPX y la falta de certeza sobre la validez del sacramento de matrimonio, sino que al mismo tiempo, se avanzará hacia la plena regularización institucional».

 

La «Carta de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei sobre la licencia para celebrar los matrimonios de los fieles de la Fraternidad San Pío X», dada a conocer este 4 de abril de 2017, lleva las firmas del cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard Ludwig Müller, y del Secretario de la Comisión Ecclesia Dei, el arzobispo Guido Pozzo. La misiva fue aprobada por Francisco. Se trata de un documento que, siguiendo las huellas de la decisión sobre las confesiones, tiene en cuenta las exigencias de los fieles y resuelve el problema que ha existido hasta ahora sobre los matrimonios celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad.

 

Para que un matrimonio sea válido y lícito, no es suficiente la ordenación del ministro que asiste al rito (cuyos celebrantes son los esposos), se necesita también la jurisdicción. Para que el consenso que pronuncian los esposos frente al ministro asistente este último debe haber recibido la autorización del obispo o, con mayor frecuencia, del párroco del lugar en el que se celebra el matrimonio. Ni siquiera un cardenal o un nuncio apostólico pueden bendecir el matrimonio de una pareja de esposos sin esta autorización. Es famoso el caso del nuncio apostólico Federico Tedeschini (que después fue creado cardenal por Pío XI), quien durante los años veinte bendijo en España muchos matrimoniossin haber recibido la autorización ni del obispo ni del párroco. Todos esos matrimonios fueron declarados nulos por la Sacra Rota por defecto de forma canónica.

 

Sin la autorización del ordinario diocesano o del párroco del lugar, el matrimonio es nulo por defecto de forma canónica, aunque la nulidad deba ser demostrada en una sede judicial. Esto, obviamente, no quiere decir que todos los matrimonios celebrados hasta ahora por los fieles de la Fraternidad sean nulos: siempre ha existido la posibilidad de pedir una autorización o una «sanatio» (una sanatoria «ex post») después del matrimonio. Pero ahora esta dificultad ya no existirá, puesto que, gracias a la carta publicada hoy, se supera cualquier duda jurídica: cualquier obispo diocesano está autorizado, expresamente, por voluntad del Papa a conceder la autorización y, por lo tanto, permitir que los matrimonios celebrados por los sacerdotes lefebvrianos también sean válidos y lícitos.

 

En el rito preconciliar, según el misal de 1962 promulgado por Juan XXIII (que es el que utiliza la Fraternidad San Pío X), el sacramento del matrimonio es celebrado antes de la misa. Es decir que no está incorporado en la celebración eucarística como sucede normalmente en el rito de la forma post-conciliar, aunque exista la posibilidad de celebrarlo fuera de la misa. El obispo ahora cuenta con la autorización para nombrar a un sacerdote como su delegado para recibir el consenso de los esposos cuando el matrimonio sea celebrado por un sacerdote de la Fraternidad y puede decidir delegar directamente al sacerdote lefebvriano. Después de la publicación del documento de hoy, el obispo ya no puede aducir como motivación para negar el consenso ni la autorización el hecho de que los sacerdotes de la Fraternidad no cuenten con un estatus jurídico en la Iglesia católica.

 

El gesto de Francisco, pues, representa un paso más de atención y benevolencia para con la Fraternidad, con la esperanza, declarada en el texto de la carta, de que se pueda llegar dentro de poco a la plena reconciliación. Como se sabe, la Santa Sede le propuso hace algunos meses al superior de la San Pío X, el obispo Bernard Fellay, una nueva versión de la declaración doctrinal que deben firmar, y que se concentra prácticamente en la «Professio fidei», la profesión de fe católica. Cuando la Fraternidad la haya aceptado, se afinará en breve tiempo la concesión del estatus jurídico para los obispos y sacerdotes lefebvrianos. La fórmula elegida desde hace tiempo es la de la prelatura personal, que depende directamente de la Santa Sede.