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Diálogo sobre “Amoris laetitia” entre un Cardenal y un filósofo.

El cardenal y el filósofo dialogan sobre “Amoris laetitia”

Ennio Antonelli y Rocco Buttiglione firman un libro y se muestran de acuerdo en relación con «algunas orientaciones para la praxis» que hay que seguir con los divorciados que se han vuelto a casar, «que parecen equilibradas y prudentes»

El cardenal y el filósofo dialogan sobre “Amoris laetitia”

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Pubblicato il 15/03/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Un cardenal y un filósofo. Ennio Antonelli y Rocco Buttiglione se sentaron a dialogar sobre “Amoris laetitia” y su aplicación. El purpurado fue secretario de la Conferencia Episcopal de Italia, además de arzobispo de Florencia y presidente del Pontificio Consejo para la Familia por voluntad de Benedicto XVI. El filósofo es uno de los mayores conocedores del pensamiento de Juan Pablo II. De su conversación nació un denso y eficaz librito de 100 páginas firmado por ambos (“Terapia del amor herido en «Amoris laetitia»”, Ares, Roma, 104 pp.), en el que los autores presentan, con diferentes textos, sus consideraciones y una lectura atenta del documento de Papa Francisco. Después de las indicaciones del cardenal Vicario de Roma Agostino Vallini, y del reciente texto de la Conferencia Episcopal de Campania (Italia), se trata de un nuevo y significativo paso para una mejor comprensión de la exhortación fuera de los opuestos extremos y de lecturas simplistas tanto de todos los que afirman que nada ha cambiado como de los de dicen que todo ha cambiado en relación con la disciplina de los sacramentos para las personas que viven en las llamadas situaciones «irregulares».

 

Situaciones de fragilidad

 

En el breve prefacio firmado por el cardenal y el filósofo, sobre las «situaciones de fragilidad» de las parejas se lee: «El Papa reconoce que en el reciente Sínodo sobre la familia surgieron múltiples puntos de vista y preocupaciones pastorales, que él compara con todos los matices de un “precioso poliedro”. Esta imagen geométrica sugiere que las diferentes perspectivas, en la medida en la que corresponden a la realidad, se pueden armonizar entre sí. Lo hemos experimentado nosotros mismos, confrontando nuestras interpretaciones de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el amor en la familia. Confirmando que los que afrontan el tema de quienes conviven sin matrimonio sacramental se basan en la distinción entre el orden ético objetivo y la responsabilidad personal subjetiva, hemos podido aclarar algunas afirmaciones que son objeto de discusión en el mundo eclesial y encontrar la convergencia en relación con algunas orientaciones para la praxis, que nos parecen equilibradas y prudentes».

 

La novedad de “Amoris laetitia”

 

Antonelli, afirma en su texto, un análisis sistemático, que «la atención pastoral por la formación de la conciencia y por la responsabilidad personal constituye la principal novedad» del documento. En relación con la responsabilidad de las personas «se afirma repetidamente una gradualidad, que incide mucho en la evaluación y en la manera de afrontar el tema de las convivencias extra-matrimoniales… Una cosa es un comportamiento objetivo gravemente desordenado y otra un pecado mortal personal. El pecado, efectivamente, además del “grave desorden objetivo”, implica también la “plena advertencia” y el “deliberado consenso”. Cuando los condicionamientos internos o externos atenúan o anulan la responsabilidad subjetiva, puede darse que una persona siga viviendo en gracia de Dios incluso en una situación objetiva marcada por el error y por el grave desorden moral». El cardenal recuerda que «fuera de la Iglesia católica y más generalmente fuera del cristianismo, en medio de muchos errores teóricos y prácticos, se puede vivir el amor auténtico y pueden florecer incluso santos heroicos y grandes místicos. De manera análoga, en la sociedad secularizada de hoy, en la que están bastante difundidas la ignorancia y la inmadurez en el campo ético-espiritual, se puede verificar la insensibilidad a algunos valores morales y la incapacidad de apreciarlos y realizarlos, sin que, debido al condicionamiento cultural, exista la plena culpabilidad personal».

 

Contexto social y condicionamientos

 

«Debemos darnos cuenta –escribe Antonelli– de que el contexto social y cultural influye profundamente a la conciencia subjetiva de las personas y que ahora la sociedad y la cultura del Occidente están ampliamente descristianizadas y necesitan una nueva, valiente y paciente evangelización. La jerarquía de los valores interiorizada en los corezones a menudo no corresponde con la verdad objetiva del bien y del mal, ni siquiera entre muchos cristianos practicantes. Por lo tanto, la prioridad pastoral, según “Amoris laetitia”, es cuidad, sanar, reconstruir la mentalidad, la afectividad, los criterios de juicio y de acción para que estén cada vez más en sintonía con la razón y la fe». Se trata de un camino de maduración «que exige un compromiso fatigoso y difícil».

 

Las aperturas sobre los divorciados que se han vuelto a casar

 

En relación con los divorciados que viven en segunda unión, el purpurado reconoce que «Amoris laetitia» parece querer abrir una nueva espiral. Antonelli observa que el lenguaje utilizado en el documento «es prudente y parece sugerir una puesta en práctica también prudente. En algunos casos es posible que en una situación objetiva de grave desorden moral, como en la unión en adulterio, falte la plena responsabilidad subjetiva y, por lo tanto, el pecado mortal. Me parece que esta indicación, muy sobria y poco delineada, requiere mayores precisaciones y motivaciones». Después de haber recordado que «solo Dios ve el corazón de las personas» y «su interioridad espiritual», y que «la Iglesia evalúa sobre todo su manera exterior de vivir y su compatibilidad con la eucaristía», el cardenal sugiere que «en algunos casos particulares, por motivos verdadeeramente importantes», se pueden «hacer excepciones, de manera análoga a lo que ya se hace con los cristianos no católicos». Aunque, de hecho, «la comunión eucarística, en línea de principio, exija la plena comunión eclesial y su coherente expresión visible, incluso los cristianos no católicos, especialmente los ortodoxos, que se encuentran en comunión incompleta con la Iglesia católica, pueden ser admitidos excepcionalmente y a ciertas condiciones. La misma praxis pastoral, por analogía, puede aplicarse a los que viven en una situación de desorden moral objetivo».

 

Posibilidad, no reivindicación de derechos

 

«Amoris laetitia», sostiene el cardenal Antonelli, «no concede al cristiano que convive derechos que reivindicar y no da al sacerdote órdenes que ejecutar. Solamente habla de posibilidades. La decisión que hay que tomar debe ser encomendada al discernimiento prudente y a la caridad pastoral, sapientemente iluminada, del sacerdote. De cualquier manera, sin ninguna excepción posible, antes de admitir a la eucaristía, el sacerdote debe discernir si existen por lo menos las disposiciones subjetivas convenientes. Sobre ellas debe haber una probabilidad bastante sólida que pueda ser considerada una certeza prudencial». La conciencia del penitente, añadió el cardenal, «podría ser recta, aunque, debido a objetivas dificultades, no logre todavía observar la norma (por ejemplo practicando la continencia sexual), pero trate de hacer lo posible para superar las dificultades». En presencia de estas «disposiciones subjetivas, el sacerdote puede conceder la absolución sacramental y la comunión eucarística, estando consciente, además, de que se trata de una excepción que no debe transformarse en práctica ordinaria». Para evitar los escándalos, precisa el purpurado, «la admisión a los sacramentos debe darse con reserva (por ejemplo donde no haya conocidos). Concediendo la comunión eucarística solo en casos excepcionales, por importantes motivos y con discreción, no se dañan la indisolubilidad del matrimonio ni la necesaria totalidad de la comunión eclesial, ni se aprueban las convivencias extra-matrimoniales».

 

Guía para perplejos

 

El profesor Rocco Buttiglione, que ha intervenido en diferentes ocasiones sobre el argumento, tanto comentando el documento como respondiendo a las “dudas” de los cuatro cardenales o recordando el desarrollo del pensamiento de Papa Wojtyla, en su texto decidió responder puntualmente a 22 objeciones que han surgido en el debate tras la publicación del documento. Por ejemplo, a la pregunta sobre si es lícito en algunos casos «dar la absolución a personas que, a pesar de estar vinculadas en un matrimonio anterior, convivan “more uxorio” y tengan relaciones sexuales entre sí», respondió: «Parece que, a la luz de “Amoris laetitia”, pero también de los principios generales de la teología moral, la respuesta debe ser positiva, por lo menos en algunos casos. Hay que distinguir claramente entre el acto, que es materia de grave pecado, y el agente, que puede encontrarse en condiciones que limiten su responsabilidad por el acto o, en algunos casos particulares, que pudieran incluso anularla». Buttiglione propone el ejemplo de una mujer que vive en condiciones de absoluta dependencia económica y psicológica y a la cual las relaciones sexuales sean impuestas en contra de su voluntad. «Aquí faltan las condiciones subjetivas del pecado (plena advertencia y deliberado consenso)». Y a la objeción que para recibir la absolución es necesario el propósito de ya no volver a pecar, el filósofo responde: «El penitente debe tener el deseo de salir de su situación irregular y comprometerse a llevar a cabo actos que le permitan salir efectivamente de ella. Pero es posible que no sea capaz de llevar a cabo esta distancia ni reconquistar la propia soberanía sobre sí mismo inmediatamente. Es importante aquí el concepro de “situación de pecado”, ilustrado por Juan Pablo II. No se puede creíblemente prometer que ya no se cometerá cierto pecado si se vive en una sitiación que expone a la tentación irresistible de cometerlo. Hay que comprometerse, para poder mantener el propósito, a salir de la situación de pecado».

 

«Tratan al Papa con sospechas»

 

Después de haber puntualmente examinado y respondido a las 22 objeciones, Buttiglione ofrece al lector algunas reflexiones finales sobre los que critican «Amoris laetita». «Se nota a veces una actitud de desconfianza a priori, una disponibilidad a creer cualquier acusación, un deseo de buscar significados ocultos detrás de palabras cuyo sentido es evidente y fácilmente comprensible. Se acusa al Papa de negar todas las verdades de la fe católica que él no reafirma explícitamente en este texto, en lugar de situarlo en el contexto general de la tradición y de la enseñanza de la Iglesia». Se trata al Papa, continúa el filósofo, «no como a un maestro de la fe, sino como un sospechoso que debe justificarse». En otras ocasiones, explica Buttiglione, «no se comprende el género literario eligido por el Pontífice. Papa Francisco decidió escribir un texto homilético/pastoral, familiar e incluso poético. Pedir un nivel de precisión apropiado para un texto jurídico está fuera de lugar. Significa meterse en una longitud de onda que no es la suya y hacerle pregunras a las cuales no pretende responder. Otras veces no se comprenden las claves fundamentales del texto».

 

Dos errores simétricos

 

Según el filósofo, estas son las dos claves de lectura fundamentales para comprender «Amoris laetitia»: «La primera es la misericordia. El texto se dirige a pecadores y les ofrece misericordia. Muchas cosas que no pueden darse a quienes las reivindican como justicia o derecho pueden ser concedidas a quienes las reivindican como misericordia. Sorprende ver que falte, en algunos eminentes estudiosos que han expresado posiciones críticas, la dimensión de la gradualidad (en el bien y en el mal) y, como consecuencia, la comprensión de toda la temática de las condiciones subjetivas del pecado (plena advertencia y deliberado consenso). Falta todo el tema de las circunstancias atenuantes que no justifican nunca la acción pero disminuyen y a veces anulan la culpa de quien la comete». Cada vez que el Papa reconoce una circunstancia atenuante que disminuye la culpa, observa Buttiglione, «algunos críticos ven una plena justificiación que transforma en una buena acción una acción mala. Falta la noción (fundamental) de pecado venial. Es el error simétrico y opuesto al error de la ética de la intención. Esa que considera que la intención del agente decide la cualificación moral del acto. La ética objetivista cree, por el contrario, que el lado subjetivo de la acción escompletamente irrelevante».

 

La perspectiva clásica y la historia

 

Según el filósofo, la ética católica nos demuestra, en cambio, «que existe una materia de la acción que nos dice si el acto es bueno o malo y un lado subjetivo de la acción que nos dice cuál es el nivel de responsabilidad del sujeto por esa acción. Los críticos no consideran nunca esta perspectiva, que es, además, completamente clásica y también es la perspectiva de san Juan Pablo II». La segunda clave de lectura, según Buttiglione, es la historia. «El Papa nos ha advertido desde el inicio: el tiempo vale más que el espacio. En lugar de cubrir espacios es importante activar procesos. Los críticos siempre consideran situaciones estáticas, para decir si corresponden a la regla o no. El Papa, en cambio, siempre considera situaciones dinámicas, en vía de evolución, y se hace siempre la pregunta: “¿Hacia qué dirección va el cambio? ¿Hacia una aceptación cada vez más plena del amor (y de la ley) de Dios, o hacia su abandono?”. No se puede juzgar a la persona concreta si no se le considera en su desarrollo histórico».


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Los divorciados vueltos a casar y los sacramentos.

«Sí a los sacramentos, si los divorciados que se han vuelto a casar quieren cambiar pero no pueden»

Un libro del cardenal Coccopalmerio presenta reflexiones sobre «Amoris laetitia», explicando las aperturas que decidió el Papa: «Podemos considerar con la conciencia segura que la doctrina se respeta»
ANSA

El cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos

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Pubblicato il 14/02/2017
Ultima modifica il 14/02/2017 alle ore 13:42
ANDREA TORNIELLI
ROMA

«La Iglesia podría admitir a la penitencia y a la eucaristía a los fieles que se encuentran en una unión no legítima» y que «deseen cambiar tal situación, pero no puedan llevar a cabo su deseo». Esta es la conclusión a la que llegó el cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y autor de un pequeño volumen que acaba de publicar la Librería Editrice Vaticana («El capítulo octavo de la exhortación apostólica post-sinodal “Amoris laetitia”»). Se trata de un librito de unas 50 páginas completamente dedicadas a la cuestión de la posible admisión a los sacramentos para los que viven en situaciones «irregulares». «Creo que podemos considerar, con la conciencia tranquila y segura, que la doctrina, en el caso, se respeta», escribió el cardenal.

 

No cambia la indisolubilidad

 

El cardenal citó los textos de la exhortación que contienen «con absoluta claridad todos los elementos de la doctrina sobre el matrimonio en plena coherencia y fidelidad a la enseñanza tradicional de la Iglesia». La exhortación afirma en repetidas ocasiones la «voluntad firme de permanecer fieles a la doctrina de la Iglesia en relación con el matrimonio y la familia».

 

Las condiciones subjetivas de los «irregulares»

 

Las páginas más densas y articuladas del libro son las que se ocupan de las «condiciones subjetivas o condiciones de conciencia de las diferentes personas en las diferentes situaciones no regulares y el consecuente problema de la admisión a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía». Coccopalmerio subraya que los límites y obstáculos no dependen simplemente de una eventual ignorancia de la norma vigente, porque, como ya afirmaba Papa Wojtyla, «un sujeto, a pesar de conocer bien la norma, puede tener grandes dificultades para comprender valores que se encuentran en la norma moral o se puede encontrar en condiciones concretas que no le permitan actuar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa».

 

La conciencia de la irregularidad

 

«Amoris laetitia», citando a Juan Pablo II, se refiere a parejas que, incluso en la «conciencia de la irregularidad de la propia situación», tienen «grandes dificultades para volver atrás sin sentir, en conciencia, que se caería en nuevas culpas», y a situaciones en las que «el hombre y la mujer, por serios motivos (como, por ejemplo, la educación de los hijos), no pueden satisfacer la obligación de la separación». Coccopalmerio observa que el texto, a pesar de no afirmarlo explícitamente, presupone implícitamente que estas personas tienen la intención de «cambiar su condición ilegítima». Es decir que se plantean «el problema de cambiar», por lo que tienen «la intención o, por lo menos, el deseo de hacerlo».

 

«Como hermano y hermana» y la fidelidad en peligro

 

El cardenal recuerda lo que estableció Juan Pablo II en «Familiaris consortio», es decir la posibilidad de confesarse y de comulgar siempre y cuando se comprometan a vivir como «hermano y hermana», es decir absteniéndose de tener relaciones sexuales. Y subrayó también que la excepción al respecto planteada por «Amoris laetitia» se basa en un texto de la constitución conciliar «Gaudium et spes»: «En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermano y hermana” que la Iglesia les ofrece, revelan que, si faltan algunas expresiones de intimidad, “no es raro que la fidelidad sea puesta en riesgo y que se pueda comprometer el bien de los hijos”». Entonces, sugiere el autor del libro, «cuando el compromiso de vivir “como hermano y hermana” se revele posible y sin dificultades para la relación de pareja, los dos convivientes parecen, de por sí, no obligados, porque se verifica el caso del sujeto expresado en el n. 301 con esta clara expresión: “se puede encontrar en condiciones concretas que no le permitan actuar de manera diferente ni tomar otras decisiones sin una nueva culpa”».

 

Las dos condiciones esenciales

 

La Iglesia, pues, «podría admitir a la penitencia y a la eucaristía —concluye Coccopalmerio— a los fieles que se encuentran en una unión no legítima, pero que cuenten con dos condiciones esenciales: que deseen cambiar tal situación, pero no puedan llevar a cabo su deseo. Es evidente que las condiciones esenciales indicadas antes deberán ser sometidas a un discernimiento atento y autorizado por parte de las autoridades eclesiales». Ningún subjetivismo, sino espacio a la relación con el sacerdote. El cardenal afirmó que podría ser «necesario» o, por lo menos, «bastante útil un servicio en la Curia», en el que el obispo «ofrezca una precisa asesoría o una autorización específica para estos casos de admisión a los sacramentos».

 

Quien no puede ser admitido

 

Pero, ¿a quién no puede la Iglesia de ninguna manera («sería una latente contradicción») conceder los sacramentos? Coccopalmerio responde: al fiel que, «sabiendo que está en pecado grave y pudiendo cambiar, no tuviere ninguna sincera intención para llevar a cabo tal propósito». Es lo que afirma «Amoris laetitia»: «Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad. Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión…».


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Cuatro cardenales públicamente en contra del Papa. Comentario del jesuita Thomas Reese.

Four cardinals do not make a schism

  • Cardinal Vincent Nichols, left, Cardinal Carlo Caffarra, center, and Cardinal Raymond Burke, in a 2014 file photo. Burke and Caffarra were two of four cardinals that publicly questioned Pope Francis’ teachings on family life in a letter published Nov. 14. (CNS/Paul Haring)
I was asked by a journalist last week if I thought the Catholic church was in danger of schism over the question of Communion for divorced and remarried Catholics. This controversy has received renewed attention because of the letter from four cardinals challenging the pope’s teaching in Amoris Laetitia. The controversy has received repeated attention from New York Times columnist Ross Douthat.My short answer was “no.”To have a schism, you need a bishop to break with the pope and ordain priests and other bishops for the schismatic church. You also need people to follow the bishop into schism.The only major schism in the 20th century is the one lead by Archbishop Marcel Lefebvre, who opposed the revision and translation of the liturgy as well as Vatican II’s teaching on ecumenism and relations with Jews. He founded the Society of St. Pius X in 1970 and was excommunicated for ordaining four bishops without papal approval in 1988. According to their website, they claim to have 603 priests with 772 Mass centers, a significant number but miniscule in comparison with the Catholic church.I doubt that any bishop, including these four cardinals, would be willing to lead a schism over the question of Communion for divorced Catholics. And even if they did, very few people would follow them into schism.

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Pope Francis is very popular with Catholics. In 2015, 81 to 90 percent of U.S. Catholics had a favorable view of the pope. His unfavorable ratings ran between 4 and 8 percent. Politicians would kill for these kinds of ratings. None of his opponents has this kind of support among Catholics.

In addition, two out of three Catholics would like to see a change in the church’s teaching on Communion for divorced and remarried Catholics. Only 31 percent of Catholics say that the church should not allow those remarried without an annulment to receive Communion.

True, 31 percent of Catholics is a lot of people, but do these Catholics care so strongly about this that they would leave the church? I doubt it.

In fact, Pope Francis has never said that all divorced and remarried Catholics should go to Communion. He objects to both the literalists, who say Communion is impossible for such people, and the unthinking liberals, who want to welcome everyone to Communion.

The problem with both sides is that they want a simple, universal answer to all situations. Francis does not think life is that simple. As a pastor, he met poor women who had been abandoned by their husbands and then remarried. They needed someone who could help them financially support their children as well as provide a father to them. They were good, loving people who were raising their children as good Catholics and contributing positively to their communities.

It is for such people that Francis describes the church as a field hospital for the wounded, not a country club for the beautiful. Communion is nourishment for the wounded, not a reward for the perfect, he says.

Francis would be sympathetic to the woman who put her husband through law school waiting tables but then got dumped for a pretty, younger associate. She is now married to a loving plumber who is a good father to the children from both marriages. Telling her to abandon her new husband or live as brother and sister is not only absurd, it is unjust.

On the other hand, I doubt Francis would offer Communion to a billionaire, married for the third time, who has a history of philandering and says he has nothing for which to be sorry.

The right and the left want easy answers. Francis refuses to give answers, rather he wants us to learn how to think, how to discern in complex situations.

Prior to the mid-20th century, divorce and remarriage was rare and almost always wrong because in a patriarchal society, the man could dump his wife and she had little recourse. In Jesus’ time, she would not be accepted back in her father’s house; she would not get alimony or child support; she was on the street with no means of support. That meant begging or prostitution.

Jesus’ opposition to divorce was more about protecting women and children than about sex.

In the history of the church, under the influence of Roman law, Jesus’ teachings were systematized and codified. This made it easier to train priests to deal with most of the moral cases they would face. The best of theologians and teachers always knew the need for flexibility in applying such laws, but many of their students simply applied the rules mechanically. For priests lacking education or sophistication, following the rule was safe. Too much flexibility would breed uncertainty and chaos.

This led to a perversion of Jesus’ teaching that forced women to stay in abusive relationships simply because they were married. As fewer women died in childbirth, as they became educated and capable of supporting themselves, and as couples lived longer together, marriage changed. It became more about human development and growth and less about economic security. The decline of the extended family also had its effect.

Reality has changed. Divorce hits about 40 percent of marriages. Divorce and remarriage is a fact of life. Divorce is still tragic, but laws protect women and their children more than they did in the past.

How should the church respond to this new reality? Francis does not give simple answers; he asks us to reflect on the concrete circumstances of each case. Discernment, not a rule book, is required to find out where God is calling a person.

Divorced persons must ask themselves how they contributed to the breakdown of the marriage. Are they sorry for their sins? In justice, what do they owe their former spouses and children? Are they now where God wants them to be? What are their obligations now? Would abandoning a second spouse at this point be unjust and cruel? Is their love for their new spouse graced? How can they live this new life better?

I began writing this column on Tuesday when the first reading at Mass was from Isaiah 40: ” ‘Comfort, give comfort to my people,’ says your God.” On Monday, St. Luke’s Gospel (5: 17-26) tells us about Jesus getting in trouble with the scribes and Pharisees for forgiving a man his sins.

When I was younger, I thought the stories about Jesus and the scribes and the Pharisees were about ancient events that had no relevance to contemporary life. Or worse, they were anti-Semitic. Now I recognize that the Gospel writers included these stories because they knew that thinking like the scribes and the Pharisees is a constant temptation in the church. There will always be people for whom rules are more important than compassion.

Pope Francis is under attack for being too compassionate. So was Jesus.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a senior analyst for NCR and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church. His email address is treesesj@ncronline.org.]

Editor’s note: We can send you an email alert every time Thomas Reese’s column, Faith and Justice, is posted. Go to this page and follow directions: Email alert sign-up.


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La cuestión de los divorciados reesposados y su acceso a los sacramentos.

Justos los criterios para integrar a divorciados en nueva unión, dijo el Papa a los obispos argentinos

2016-09-13 Radio Vaticana

(RV).- “Es precisamente la caridad pastoral la que nos mueve a salir para encontrar a los alejados. Y, una vez encontrados, a iniciar un camino de acogida, acompañamiento, discernimiento e integración en la comunidad eclesial”. Gira entorno a esta premisa la carta que el Papa Francisco envió, el pasado 5 de setiembre, a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires, dirigiéndola a su delegado monseñor Sergio Alfredo Fenoy, en respuesta al documento “Criterios básicos para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia”.

En la misiva Francisco expresa su aprecio por el trabajo realizado por los prelados: “El escrito es muy bueno – asegura – y explicita cabalmente el sentido del capítulo VIII de Amoris laetitia. No hay otras interpretaciones. Y estoy seguro de que hará mucho bien”. El Papa los felicita “por el trabajo que se han tomado”, ya que se trata de “un verdadero ejemplo de acompañamiento a los sacerdotes” y remarca “cuanto es necesaria esta cercanía del obispo con su clero y del clero con el obispo”. En efecto escribe: “El prójimo ‘más prójimo’ del obispo es el sacerdote, y el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo comienza, para nosotros obispos, precisamente con nuestros curas”.

El Santo Padre reconoce que la caridad pastoral entendida como búsqueda continua de los alejados es fatigosa, ya que se trata de una pastoral  “cuerpo a cuerpo” que no puede reducirse a “mediaciones programáticas, organizativas o legales, si bien necesarias”. Y señala que de las cuatro actitudes pastorales: acoger, acompañar, discernir, integrar, la menos practicada es el discernimiento.

Considero urgente – afirma el Papa –  la formación en el discernimiento, personal y comunitario, en nuestros Seminarios y Presbiterios”.

Finalmente, Francisco recuerda que “Amoris laetitia fue el fruto del trabajo y la oración de toda la Iglesia, con la mediación de dos Sínodos y del Papa” y por lo tanto, recomienda “una catequesis completa de la Exhortación que ciertamente ayudará al crecimiento, consolidación y santidad de la familia”.

El documento de los obispos argentinos se concentra en el capítulo VIII de la exhortación apostólica que hace referencia a las orientaciones de los obispos en orden a discernir el posible acceso a los sacramentos de algunos “divorciados en nueva unión” y recuerda que “no conviene hablar de ‘permisos’ para acceder a los sacramentos, sino de un proceso de discernimiento acompañado por un pastor. Es un discernimiento personal y pastoral”, ya que “el acompañamiento pastoral es un ejercicio de la “via caritatis”.

“Se trata de un itinerario – escriben los obispos – que necesita de la caridad pastoral del sacerdote que acoge al penitente, lo escucha atentamente y le muestra el rostro materno de la Iglesia, a la vez que acepta su recta intención y su buen propósito de colocar la vida entera a la luz del Evangelio y de practicar la caridad”. “Este camino – advierten – no termina necesariamente en los sacramentos sino que puede orientarse a otras formas de integrarse más en la vida de la Iglesia: una mayor presencia en la comunidad, la participación en grupos de oración o reflexión, el compromiso en diversos servicios eclesiales”.

A continuación, el texto completo del documento de los Obispos argentinos:

Criterios básicos para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia

Estimados sacerdotes:

Recibimos con alegría la exhortación Amoris laetitia, que nos llama ante todo a hacer crecer el amor de los esposos y a motivar a los jóvenes para que opten por el matrimonio y la familia. Esos son los grandes temas que nunca deberían descuidarse ni quedar opacados por otras cuestiones. Francisco ha abierto varias puertas en la pastoral familiar y estamos llamados a aprovechar este tiempo de misericordia, para asumir como Iglesia peregrina la riqueza que nos brinda la Exhortación Apostólica en sus distintos capítulos.

Ahora nos detendremos sólo en el capítulo VIII, dado que hace referencia a “orientaciones del Obispo” (300) en orden a discernir sobre el posible acceso a los sacramentos de algunos “divorciados en nueva unión”. Creemos conveniente, como Obispos de una misma Región pastoral, acordar algunos criterios mínimos. Los ofrecemos sin perjuicio de la autoridad que cada Obispo tiene en su propia Diócesis para precisarlos, completarlos o acotarlos.

1) En primer lugar recordamos que no conviene hablar de “permisos” para acceder a los sacramentos, sino de un proceso de discernimiento acompañado por un pastor. Es un discernimiento “personal y pastoral” (300).

2) En este camino, el pastor debería acentuar el anuncio fundamental, el kerygma, que estimule o renueve el encuentro personal con Jesucristo vivo (cf. 58).

3) El acompañamiento pastoral es un ejercicio de la “via caritatis”. Es una invitación a seguir “el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración” (296). Este itinerario reclama la caridad pastoral del sacerdote que acoge al penitente, lo escucha atentamente y le muestra el rostro materno de la Iglesia, a la vez que acepta su recta intención y su buen propósito de colocar la vida entera a la luz del Evangelio y de practicar la caridad (cf. 306).

4) Este camino no acaba necesariamente en los sacramentos, sino que puede orientarse a otras formas de integrarse más en la vida de la Iglesia: una mayor presencia en la comunidad, la participación en grupos de oración o reflexión, el compromiso en diversos servicios eclesiales, etc. (cf. 299).

5) Cuando las circunstancias concretas de una pareja lo hagan factible, especialmente cuando ambos sean cristianos con un camino de fe, se puede proponer el empeño de vivir en continencia. Amoris laetitia no ignora las dificultades de esta opción (cf. nota 329) y deja abierta la posibilidad de acceder al sacramento de la Reconciliación cuando se falle en ese propósito (cf. nota 364, según la enseñanza de san Juan Pablo II al Cardenal W. Baum, del 22/03/1996).

6) En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada puede no ser de hecho factible. No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúan la responsabilidad y la culpabilidad (cf. 301-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris laetitia abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). Estos a su vez disponen a la persona a seguir madurando y creciendo con la fuerza de la gracia.

7) Pero hay que evitar entender esta posibilidad como un acceso irrestricto a los sacramentos, o como si cualquier situación lo justificara. Lo que se propone es un discernimiento que distinga adecuadamente cada caso. Por ejemplo, especial cuidado requiere “una nueva unión que viene de un reciente divorcio” o “la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares” (298). También cuando hay una suerte de apología o de ostentación de la propia situación “como si fuese parte del ideal cristiano” (297). En estos casos más difíciles, los pastores debemos acompañar con paciencia procurando algún camino de integración (cf. 297, 299).

8) Siempre es importante orientar a las personas a ponerse con su conciencia ante Dios, y para ello es útil el “examen de conciencia” que propone Amoris laetitia 300, especialmente en lo que se refiere a “cómo se han comportado con sus hijos” o con el cónyuge abandonado. Cuando hubo injusticias no resueltas, el acceso a los sacramentos es particularmente escandaloso.

9) Puede ser conveniente que un eventual acceso a los sacramentos se realice de manera reservada, sobre todo cuando se prevean situaciones conflictivas. Pero al mismo tiempo no hay que dejar de acompañar a la comunidad para que crezca en un espíritu de comprensión y de acogida, sin que ello implique crear confusiones en la enseñanza de la Iglesia acerca del matrimonio indisoluble. La comunidad es instrumento de la misericordia que es “inmerecida, incondicional y gratuita” (297).

10) El discernimiento no se cierra, porque “es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena” (303), según la “ley de gradualidad” (295) y confiando en la ayuda de la gracia.

Somos ante todo pastores. Por eso queremos acoger estas palabras del Papa: “Invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia” (312).

Con afecto en Cristo.

Los Obispos de la Región

05 de septiembre de 2016

 


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La cuestión de los divorciados reesposados. Opinión del jesuita teólogo Costadoat

¿Qué tendrían que hacer los divorciados para comulgar en misa?

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4 El Papa Francisco, en base al informe final del Sínodo aprobado por los obispos (2015), ha reconocido la posibilidad de que comulguen en misa los divorciados vueltos a casar, las personas que convivan establemente y las que se encuentren en situaciones semejantes. Esta posibilidad, por cierto, siempre ha existido para quienes simplemente se han separado o divorciado y no han contraído una nueva unión; y, de antiguo, para quienes manteniendo una convivencia seria, se abstienen de la intimidad sexual (San Juan Pablo II en Familiaris consortio).

En Amoris laetitia el Papa, sin cambiar la doctrina tradicional sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio sacramental, introduce un cambio en la disciplina de acceso a la comunión eucarística. No añade excepciones, como la mencionada sobre la abstención de relaciones sexuales. En cambio, establece orientaciones generales que debieran aplicarse a todo tipo de casos y ofrece algunos criterios que han de ser considerados.

Las orientaciones generales son tres: voluntad de integración de todos, necesidad de un acompañamiento y discernimiento en conciencia. Este último puede parecer novedoso, pero pertenece a la más auténtica y antigua tradición de la Iglesia. El Evangelio de Jesús es una apelación al corazón de las personas que solo puede ser acogido libremente, sin coacción, sin miedo. En Amoris laetitia el Papa ha subrayado la importancia del debido respeto a los laicos que deben tomar las decisiones que atañen a sus vidas con recta conciencia; es decir, en última instancia, solos delante de Dios (42, 222, 264, 298, 302, 303). Lo hace incluso a modo de autocrítica: “… nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (37). Por otra parte, estas personas deben saber que nadie puede acusarlas de estar en pecado mortal y, por el contrario, deben creer que la gracia de Dios nunca les faltará para crecer en humanidad (291, 297, 300 y 305); y que pueden contar siempre con el amor incondicional de Dios (108 y 311).

Antes de esto, sin embargo, el Papa pide a los católicos que se encuentran en estas situaciones llamadas irregulares que tengan un acompañamiento pastoral. Lo hace en estos términos: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal” (312).[1]

La voluntad de Francisco es integrar a todos (297).  Ha de verse cómo y, por cierto, no puede hacérselo de un modo irresponsable. Esta integración, pensamos, solo tiene sentido cuando las mismas personas quieren integrarse lo más posible a la vida eclesial, y no recuperar simplemente la comunión como un derecho perdido.

El Papa ofrece una serie de criterios para que estas personas puedan ir reintegrándose lo más posible a la vida eclesial. Estos criterios aparecen algo desperdigados en el capítulo octavo. Aquí los desplegamos y también recogemos lo que en ellos pudiera quedar implícito.  Probablemente no son los únicos, pero son los principales. En cualquiera de los casos debe considerarse:

El grado de consolidación (298) y estabilidad de la nueva relación (293).

La profundidad del afecto (293).

La voluntad y prueba de fidelidad (298).

La intención y prueba de un compromiso cristiano (298).

La responsabilidad con los hijos del primer matrimonio (293, 298 y 300).

El sufrimiento y confusión que ha podido causar a los hijos el fracaso del primer matrimonio (298).

La responsabilidad con los hijos del nuevo vínculo afectivo (293).

La situación del cónyuge cuando ha sido abandonado (300).

Las consecuencias que tiene la nueva relación para el resto de la familia y la comunidad eclesial (300).

El ejemplo que se da a los jóvenes que se preparan al matrimonio (300).

La capacidad para superar las pruebas (293).

Será especialmente importante:

Un reconocimiento de la irregularidad de la nueva situación (298).

Una convicción seria sobre la irreversibilidad de la nueva situación (298).

Un reconocimiento de culpabilidad –si la ha habido- en el fracaso del primer matrimonio (300).

Un conocimiento de la seriedad de los compromisos de unidad y fidelidad del primer matrimonio, y de las exigencias de verdad y de caridad de la Iglesia (300).

Es necesario recordar que el texto citado más arriba señala que el acompañamiento requerido también puede realizarlo una persona laica entregada al Señor. Esto facilitará la ayuda en este discernimiento a quienes han tenido una experiencia traumática con algún sacerdote durante la celebración del sacramento de la reconciliación o a quienes estiman que el presbítero disponible no es quien mejor puede acompañar.

Esta posibilidad pastoral que Amoris laetitia reconoce a quienes actualmente no pueden comulgar en misa debe entendérsela como el reverso del deseo de la misma Iglesia de comulgar con ellos. La Iglesia acepta que comulguen porque ella quiere, y necesita, comulgar con ellos, con sus sufrimientos, con sus esfuerzos por salir adelante, con sus aprendizajes dolorosos y con su crecimiento espiritual. Este es el tono general de la exhortación del Papa Francisco. Por nuestra parte podemos agregar que si la jerarquía eclesiástica, los matrimonios y las familias bien constituidas, no tuvieran nada que aprender de los divorciados unidos en nuevos vínculos y de sus segundas familias; si se descartara que ellos, precisamente en circunstancias de vida turbulentas, han podido tener una experiencia espiritual que puede inspiradora para los demás cristianos, a la comunión eucarística le estaría faltando algo fundamental.

Jorge Costadoat S.J.

Centro Teológico Manuel Larraín


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Qué ha dicho el Sínodo sobre los divorciados?

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¿Qué dijo finalmente el Sínodo sobre los divorciados?
Por Walter Sánchez Silva

VATICANO, 24 Oct. 15 / 12:29 pm (ACI).- Los trabajos del Sínodo de los Obispos sobre la Familia terminaron este sábado y entre los diversos puntos que aparecen en el documento final, está el de los divorciados vueltos a casar; y también el de aquellos que estando separados o habiendo llegado al divorcio han decidido permanecer fieles al vínculo del matrimonio y no están en una nueva unión.
Sobre estos últimos, el numeral 83, aprobado por 248 votos contra 12, señala: “el testimonio de los que incluso en condiciones difíciles no ingresan en una nueva unión, permaneciendo fieles al vínculo sacramental, merece el aprecio y el sostenimiento de parte de la Iglesia. Ella quiere mostrarles a ellos el rostro de un Dios fiel al su amor y siempre capaz de volver a darles fuerza y esperanza. Las personas separadas o divorciadas pero no vueltas a casar, que con frecuencia son testimonio de la fidelidad matrimonial, son alentadas a encontrar en la Eucaristía el alimento que los sostenga en su estado”.
El tema de los divorciados en nueva unión aparece en el documento final bajo el subtítulo “Discernimiento e integración” y está en los numerales 84 (aprobado por 187 votos contra 72), 85 (178 a favor, 80 en contra) y 86 (190 a favor, 60 en contra).
Para ser aprobado, cada numeral debe recibir un mínimo de 177 votos, es decir el voto de dos tercios de los obispos participantes.
A continuación ACI Prensa ofrece una traducción no oficial de estos tres numerales en los que se analiza la situación de los divorciados en nueva unión en la Iglesia, se recuerda que no están excomulgados y se propone una serie de formas para acompañar a estar personas en su vida de fe.
84.- Los bautizados que están divorciados y vueltos a casar civilmente deben estar más integrados en las comunidades cristianas en los diversos modos posibles, evitando toda ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no solo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino para que puedan tener una feliz y fecunda experiencia de ella. Son bautizados, son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos.
Su participación puede expresarse en diversos servicios eclesiales: es necesario por ello discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no están y no deben sentirse excomulgados, y pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que los acoge siempre, los cuida con afecto y los alienta en el camino de la vida y del Evangelio.
Esta integración es necesaria también para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes. Para la comunidad cristiana, cuidar a estas personas no es un debilitamiento de la propia fe y del testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, sino que así la Iglesia expresa en este cuidado su caridad.
85.- San Juan Pablo II ha ofrecido un criterio integral que permanece como la base para la valoración de estas situaciones: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido” (Familiaris Consortio, 84).
Es entonces tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento.
Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis, si hubo intentos de reconciliación, cómo está la situación del compañero abandonado, qué consecuencia tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de fieles, qué ejemplo ofrece a los jóvenes que se deben preparar para el matrimonio. Una sincera reflexión puede reforzar la confianza en la misericordia de Dios que no se le niega a ninguno.
Además, no se pueden negar que en algunas circunstancias “la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas” (CCC, 1735) a causa de diversos condicionamientos. Como consecuencia, el juicio sobre una situación objetiva no debe llevar a un juicio sobre la “imputabilidad subjetiva” (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio de 2000, 2a).
En determinadas circunstancias las personas encuentran grandes dificultades para actuar de modo distinto. Por ello, mientras se sostiene una norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos.
El discernimiento pastoral, teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada por las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. También las consecuencias de los actos realizados no son necesariamente las mismas en todos los casos.
86.- El recorrido de acompañamiento y discernimiento orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. El coloquio con el sacerdote, en el fuero interno, concurre con la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer.
Dado que en la misma ley no hay gradualidad (FC, 34), este discernimiento no podrá nunca prescindir de las exigencias de la verdad y la caridad del Evangelio propuesta por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las necesarias condiciones de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y en el deseo de alcanzar una respuesta más perfecta a ella.

SCHÖNBORN

El cardenal Schönborn, moderador del círculo alemán del Sínodo, explica a Vatican Insider la propuesta aprobada por unanimidad, incluyendo a los cardenales Kasper y Müller: profundizar la vía ya indicada por san Juan Pablo II, teniendo en cuenta los criterios prudenciales de santo Tomás

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 
¿Qué decidirá el Sínodo de los obispos sobre la familia, cuáles cuestiones están pendientes, cuáles preguntas y cuáles indicaciones confiará a Papa Francisco? Lo sabremos el sábado 24 de octubre por la noche. La noticia más relevante de los últimos días es la unanimidad del círculo Germanicus, el único de los trece «circuli minores» en el que se hablaba alemán. Muchos habrían deseado que hubiera una cámara para encuadrar a teólogos como Walter Kasper, Christoph Shönborn y Gerhard Ludwig Müller discutiendo entre ellos y citando este o aquel texto de santo Tomás de Aquino y su interpretación. En el documento del círculo alemán relativo se lee: «El axioma ‘Cada matrimonio entre cristianos es, de por sí, un sacramento’ debe ser revisado. En sociedades cristianas ya no homogéneas o en países con huellas culturales y religiosas diferentes, no se puede presuponer una comprensión cristiana del matrimonio ni siquiera entre católicos». Y en cuanto a la posibilidad de volver a admitir a los divorciados que se han vuelto a casar, los padres sinodales de lengua alemana estuvieron todos de acuerdo en que no existen soluciones generales o generalizadas, sino que hay que profundizar la vía del discernimiento indicada por san Juan Pablo II, evaluando, con base en algunos criterios objetivos, las situaciones de la unión sacramental y de la nueva unión, pero también dando espacio al «fuero interior», que se relaciona con la vida más íntima de la que se habla con el confesor o con el director espiritual. Vatican Insider entrevistó al cardenal Shönborn, moderador del círculo Germanicus.

Muchos se han sorprendido por esta unidad entre los cardenales, en particular entre los teólogos alemanes, de Kasper a Müller. ¿Qué sucedió?

Todos los artículos y las modificaciones al texto final que propusimos fueron votadas por unanimidad. Un elemento importante es el tiempo para discutir que tuvimos a disposición. Se trató de una gran ganancia debido a la nueva metodología de los trabajos sinodales: 40 horas de discusiones en los 13 círculos menores permite profundizar en serio. Tuvimos tiempo para ir a lo profundo de ciertos puntos. Por ejemplo, el texto sobre la fe y el pacto matrimonial es, en mi opinión, una bella síntesis teológica, que fue posible porque había buenos teólogos entre los cardenales. También el texto sobre el acompañamiento para los divorciados que se han vuelto a casar fue verdaderamente el fruto de una reflexión común. Tomamos como punto de partida el texto de la encíclica «Familiaris consortio» citado también en el Catecismo de la Iglesia católica, que fue la base de todas las discusiones sobre el tema en los últimos treinta años. En ese texto, Juan Pablo II dijo explícitamente que los pastores tienen la obligación, por amor a la verdad, de discernir y distinguir las situaciones.

¿Su propuesta se presentó, pues, como una profundización de la «Familiaris consortio»?

Se quiso y propuso explícitamente como una profundización y una continuación de «Familiaris consortio» porque Juan Pablo II dijo que existe la obligación de discernir, de distinguir, pero no dijo todo lo que sigue después del discernimiento. Tratamos de indicar algunos criterios para este discernimiento por parte de los pastores. Criterios muy concretos. Por ejemplo, evaluar cómo se han comportado los divorciados que se han vuelto a casar con los hijos que tuvieron en la primera unión, cómo quedaron con el cónyuge abandonado, cuál es el efecto de su camino en el conjunto de las familias y cuál testimonio, o tal vez cuál escándalo, dan a la comunidad cristiana. Después hablamos sobre el criterio acaso más profundo, el del discernimiento de la conciencia de cada quien. Todo esto teniendo en cuenta la situación objetiva y con la atención al discernimiento de la situación concreta. De esta manera, se puede proceder en un camino de conversión, de penitencia (porque se requiere a menudo un aspecto de penitencia), para llegar finalmente a esta palabra de San Pablo dirigida a todos, no solo a los divorciados que se han vuelto a casar: cada quien se examina antes de acceder a la mesa del Señor.

En «Familiaris consortio» la única vía indicada para el acceso a los sacramentos era la de vivir como «hermano o hermana», es decir abstenerse de tener relaciones sexuales en el caso de una segunda unión. ¿Este aspecto debe ser considerado superado en su propuesta?

En nuestro texto no se alude ni se dice. No consideramos que sea la única vía. «Familiaris consortio» habla de la exigencia de un discernimiento. Tal vez la alusión nueva de nuestro documento es la del «fuero interior», que, además, pertenece a la tradición clásica. En el segundo de los tres documentos que el círculo de lengua alemana redactó discutiendo las tres partes del «Instrumentum laboris» del Sínodo citamos los textos de santo Tomás, que son el núcleo del pasaje de la «ratio» especulativa doctrinal a la «ratio» práctica mediante el ejercicio de la virtud de la prudencia: entre más se va a los particulares, más se necesita el discernimiento prudencial.

¿Esto significa que, incluso frente a una situación «desordenada» de una segunda unión que no puede ser sacramental, esta no sería en sí una condición de pecado?

Es interesante notar que la enseñanza de la Iglesia ya renunció a hablar genéricamente de pecado grave en estos casos. En el principio está el pecado grave del adulterio y a menudo este es el caso, si hay un vínculo matrimonial sacramental válido. Pero, ¿si con el paso del tiempo se crea una situación que implica también exigencias objetivas, por ejemplo hacia los hijos nacidos en la nueva unión? ¿Son simplemente hijos ilegítimos, a pesar de que tienen mamá y papá? Claro, queda pendiente el conflicto entre la obligación sacramental (si el matrimonio era válido) y la nueva unión. Pero no se puede afirmar simplemente que toda la situación es de pecado grave, porque honrar la nueva realidad y las nuevas situaciones objetivas es también una exigencia de justicia. Por ello es necesario este discernimiento que sepa ver las diferentes realidades de las personas.

Ya la «Familiaris consortio» citaba el caso del cónyuge abandonado…

El caso clásico de la mujer con hijos pequeños abandonada por el marido. Ella debe sobrevivir si encuentra un hombre dispuesto a acogerla y a estos niños: no se puede hablar simplemente de adulterio por la segunda unión. También hay otra realidad de generosidad y de virtud en esta nueva realidad que tampoco es sacramental. Y aquí es importante encomendarse a las palabras de santo Tomás, porque hemos vivido en el Sínodo un pequeño conflicto entre un agustinismo radical y el tomismo clásico. Agustín, en la «Civitas Dei» presenta la idea de que cada acto de los paganos es vicioso, que no hay virtud en ellos. Pero santo Tomás rechazó con fuerza esta posición y también los Padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría y san Máximo el Confesor hablaron sobre las virtudes de los paganos. La Biblia misma lo hace con Job, un pagano… Santo Tomás explica: aunque el paganismo sea idolatría, a pesar de ello, los paganos pueden cumplir actos verdaderamente virtuosos.

Es decir, la vía del discernimiento por parte del confesor y de los obispos toma en cuenta las diferencias de las historias personales. ¿Es así?

Jesús se conmovía frente a los sufrimientos humanos, lo leemos en los Evangelios. Y hoy Jesús abraza y en este abrazo de misericordia la persona se siente amada y reconoce su pecado. Con sus catequesis del año pasado, Papa Francisco nos dio una gran lección (son tan bellas que hacen llorar), porque se aprende toda la cercanía con la vida, pero con la mirada del pastor que no observa fríamente la realidad como un científico o ideólogo; es verdaderamente la escuela del pastor.

¿Este enfoque, según su opinión, es mayoritario en el Sínodo?

Veremos el documento final y cómo será recibido por la asamblea. Pero me sorprendió lo que dijo el cardenal Fox Napier, que en una entrevista contó cómo advierte que este Sínodo es un verdadero caminar juntos. Hemos tenido el tiempo para reflexionar, para conocernos, para intercambiar nuestros puntos de vista. El Sínodo ha sido una experiencia mucho más de vida, más atenta recíprocamente. La confrontación fue menos acerba, surgió más bien la escucha, el esfuerzo de escuchar también el corazón del otro.