Loiola XXI

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Los divorciados vueltos a casar y los sacramentos.

«Sí a los sacramentos, si los divorciados que se han vuelto a casar quieren cambiar pero no pueden»

Un libro del cardenal Coccopalmerio presenta reflexiones sobre «Amoris laetitia», explicando las aperturas que decidió el Papa: «Podemos considerar con la conciencia segura que la doctrina se respeta»
ANSA

El cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos

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Pubblicato il 14/02/2017
Ultima modifica il 14/02/2017 alle ore 13:42
ANDREA TORNIELLI
ROMA

«La Iglesia podría admitir a la penitencia y a la eucaristía a los fieles que se encuentran en una unión no legítima» y que «deseen cambiar tal situación, pero no puedan llevar a cabo su deseo». Esta es la conclusión a la que llegó el cardenal Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y autor de un pequeño volumen que acaba de publicar la Librería Editrice Vaticana («El capítulo octavo de la exhortación apostólica post-sinodal “Amoris laetitia”»). Se trata de un librito de unas 50 páginas completamente dedicadas a la cuestión de la posible admisión a los sacramentos para los que viven en situaciones «irregulares». «Creo que podemos considerar, con la conciencia tranquila y segura, que la doctrina, en el caso, se respeta», escribió el cardenal.

 

No cambia la indisolubilidad

 

El cardenal citó los textos de la exhortación que contienen «con absoluta claridad todos los elementos de la doctrina sobre el matrimonio en plena coherencia y fidelidad a la enseñanza tradicional de la Iglesia». La exhortación afirma en repetidas ocasiones la «voluntad firme de permanecer fieles a la doctrina de la Iglesia en relación con el matrimonio y la familia».

 

Las condiciones subjetivas de los «irregulares»

 

Las páginas más densas y articuladas del libro son las que se ocupan de las «condiciones subjetivas o condiciones de conciencia de las diferentes personas en las diferentes situaciones no regulares y el consecuente problema de la admisión a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía». Coccopalmerio subraya que los límites y obstáculos no dependen simplemente de una eventual ignorancia de la norma vigente, porque, como ya afirmaba Papa Wojtyla, «un sujeto, a pesar de conocer bien la norma, puede tener grandes dificultades para comprender valores que se encuentran en la norma moral o se puede encontrar en condiciones concretas que no le permitan actuar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa».

 

La conciencia de la irregularidad

 

«Amoris laetitia», citando a Juan Pablo II, se refiere a parejas que, incluso en la «conciencia de la irregularidad de la propia situación», tienen «grandes dificultades para volver atrás sin sentir, en conciencia, que se caería en nuevas culpas», y a situaciones en las que «el hombre y la mujer, por serios motivos (como, por ejemplo, la educación de los hijos), no pueden satisfacer la obligación de la separación». Coccopalmerio observa que el texto, a pesar de no afirmarlo explícitamente, presupone implícitamente que estas personas tienen la intención de «cambiar su condición ilegítima». Es decir que se plantean «el problema de cambiar», por lo que tienen «la intención o, por lo menos, el deseo de hacerlo».

 

«Como hermano y hermana» y la fidelidad en peligro

 

El cardenal recuerda lo que estableció Juan Pablo II en «Familiaris consortio», es decir la posibilidad de confesarse y de comulgar siempre y cuando se comprometan a vivir como «hermano y hermana», es decir absteniéndose de tener relaciones sexuales. Y subrayó también que la excepción al respecto planteada por «Amoris laetitia» se basa en un texto de la constitución conciliar «Gaudium et spes»: «En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermano y hermana” que la Iglesia les ofrece, revelan que, si faltan algunas expresiones de intimidad, “no es raro que la fidelidad sea puesta en riesgo y que se pueda comprometer el bien de los hijos”». Entonces, sugiere el autor del libro, «cuando el compromiso de vivir “como hermano y hermana” se revele posible y sin dificultades para la relación de pareja, los dos convivientes parecen, de por sí, no obligados, porque se verifica el caso del sujeto expresado en el n. 301 con esta clara expresión: “se puede encontrar en condiciones concretas que no le permitan actuar de manera diferente ni tomar otras decisiones sin una nueva culpa”».

 

Las dos condiciones esenciales

 

La Iglesia, pues, «podría admitir a la penitencia y a la eucaristía —concluye Coccopalmerio— a los fieles que se encuentran en una unión no legítima, pero que cuenten con dos condiciones esenciales: que deseen cambiar tal situación, pero no puedan llevar a cabo su deseo. Es evidente que las condiciones esenciales indicadas antes deberán ser sometidas a un discernimiento atento y autorizado por parte de las autoridades eclesiales». Ningún subjetivismo, sino espacio a la relación con el sacerdote. El cardenal afirmó que podría ser «necesario» o, por lo menos, «bastante útil un servicio en la Curia», en el que el obispo «ofrezca una precisa asesoría o una autorización específica para estos casos de admisión a los sacramentos».

 

Quien no puede ser admitido

 

Pero, ¿a quién no puede la Iglesia de ninguna manera («sería una latente contradicción») conceder los sacramentos? Coccopalmerio responde: al fiel que, «sabiendo que está en pecado grave y pudiendo cambiar, no tuviere ninguna sincera intención para llevar a cabo tal propósito». Es lo que afirma «Amoris laetitia»: «Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad. Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión…».


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Cuatro cardenales públicamente en contra del Papa. Comentario del jesuita Thomas Reese.

Four cardinals do not make a schism

  • Cardinal Vincent Nichols, left, Cardinal Carlo Caffarra, center, and Cardinal Raymond Burke, in a 2014 file photo. Burke and Caffarra were two of four cardinals that publicly questioned Pope Francis’ teachings on family life in a letter published Nov. 14. (CNS/Paul Haring)
I was asked by a journalist last week if I thought the Catholic church was in danger of schism over the question of Communion for divorced and remarried Catholics. This controversy has received renewed attention because of the letter from four cardinals challenging the pope’s teaching in Amoris Laetitia. The controversy has received repeated attention from New York Times columnist Ross Douthat.My short answer was “no.”To have a schism, you need a bishop to break with the pope and ordain priests and other bishops for the schismatic church. You also need people to follow the bishop into schism.The only major schism in the 20th century is the one lead by Archbishop Marcel Lefebvre, who opposed the revision and translation of the liturgy as well as Vatican II’s teaching on ecumenism and relations with Jews. He founded the Society of St. Pius X in 1970 and was excommunicated for ordaining four bishops without papal approval in 1988. According to their website, they claim to have 603 priests with 772 Mass centers, a significant number but miniscule in comparison with the Catholic church.I doubt that any bishop, including these four cardinals, would be willing to lead a schism over the question of Communion for divorced Catholics. And even if they did, very few people would follow them into schism.

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Pope Francis is very popular with Catholics. In 2015, 81 to 90 percent of U.S. Catholics had a favorable view of the pope. His unfavorable ratings ran between 4 and 8 percent. Politicians would kill for these kinds of ratings. None of his opponents has this kind of support among Catholics.

In addition, two out of three Catholics would like to see a change in the church’s teaching on Communion for divorced and remarried Catholics. Only 31 percent of Catholics say that the church should not allow those remarried without an annulment to receive Communion.

True, 31 percent of Catholics is a lot of people, but do these Catholics care so strongly about this that they would leave the church? I doubt it.

In fact, Pope Francis has never said that all divorced and remarried Catholics should go to Communion. He objects to both the literalists, who say Communion is impossible for such people, and the unthinking liberals, who want to welcome everyone to Communion.

The problem with both sides is that they want a simple, universal answer to all situations. Francis does not think life is that simple. As a pastor, he met poor women who had been abandoned by their husbands and then remarried. They needed someone who could help them financially support their children as well as provide a father to them. They were good, loving people who were raising their children as good Catholics and contributing positively to their communities.

It is for such people that Francis describes the church as a field hospital for the wounded, not a country club for the beautiful. Communion is nourishment for the wounded, not a reward for the perfect, he says.

Francis would be sympathetic to the woman who put her husband through law school waiting tables but then got dumped for a pretty, younger associate. She is now married to a loving plumber who is a good father to the children from both marriages. Telling her to abandon her new husband or live as brother and sister is not only absurd, it is unjust.

On the other hand, I doubt Francis would offer Communion to a billionaire, married for the third time, who has a history of philandering and says he has nothing for which to be sorry.

The right and the left want easy answers. Francis refuses to give answers, rather he wants us to learn how to think, how to discern in complex situations.

Prior to the mid-20th century, divorce and remarriage was rare and almost always wrong because in a patriarchal society, the man could dump his wife and she had little recourse. In Jesus’ time, she would not be accepted back in her father’s house; she would not get alimony or child support; she was on the street with no means of support. That meant begging or prostitution.

Jesus’ opposition to divorce was more about protecting women and children than about sex.

In the history of the church, under the influence of Roman law, Jesus’ teachings were systematized and codified. This made it easier to train priests to deal with most of the moral cases they would face. The best of theologians and teachers always knew the need for flexibility in applying such laws, but many of their students simply applied the rules mechanically. For priests lacking education or sophistication, following the rule was safe. Too much flexibility would breed uncertainty and chaos.

This led to a perversion of Jesus’ teaching that forced women to stay in abusive relationships simply because they were married. As fewer women died in childbirth, as they became educated and capable of supporting themselves, and as couples lived longer together, marriage changed. It became more about human development and growth and less about economic security. The decline of the extended family also had its effect.

Reality has changed. Divorce hits about 40 percent of marriages. Divorce and remarriage is a fact of life. Divorce is still tragic, but laws protect women and their children more than they did in the past.

How should the church respond to this new reality? Francis does not give simple answers; he asks us to reflect on the concrete circumstances of each case. Discernment, not a rule book, is required to find out where God is calling a person.

Divorced persons must ask themselves how they contributed to the breakdown of the marriage. Are they sorry for their sins? In justice, what do they owe their former spouses and children? Are they now where God wants them to be? What are their obligations now? Would abandoning a second spouse at this point be unjust and cruel? Is their love for their new spouse graced? How can they live this new life better?

I began writing this column on Tuesday when the first reading at Mass was from Isaiah 40: ” ‘Comfort, give comfort to my people,’ says your God.” On Monday, St. Luke’s Gospel (5: 17-26) tells us about Jesus getting in trouble with the scribes and Pharisees for forgiving a man his sins.

When I was younger, I thought the stories about Jesus and the scribes and the Pharisees were about ancient events that had no relevance to contemporary life. Or worse, they were anti-Semitic. Now I recognize that the Gospel writers included these stories because they knew that thinking like the scribes and the Pharisees is a constant temptation in the church. There will always be people for whom rules are more important than compassion.

Pope Francis is under attack for being too compassionate. So was Jesus.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a senior analyst for NCR and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church. His email address is treesesj@ncronline.org.]

Editor’s note: We can send you an email alert every time Thomas Reese’s column, Faith and Justice, is posted. Go to this page and follow directions: Email alert sign-up.


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La cuestión de los divorciados reesposados y su acceso a los sacramentos.

Justos los criterios para integrar a divorciados en nueva unión, dijo el Papa a los obispos argentinos

2016-09-13 Radio Vaticana

(RV).- “Es precisamente la caridad pastoral la que nos mueve a salir para encontrar a los alejados. Y, una vez encontrados, a iniciar un camino de acogida, acompañamiento, discernimiento e integración en la comunidad eclesial”. Gira entorno a esta premisa la carta que el Papa Francisco envió, el pasado 5 de setiembre, a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires, dirigiéndola a su delegado monseñor Sergio Alfredo Fenoy, en respuesta al documento “Criterios básicos para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia”.

En la misiva Francisco expresa su aprecio por el trabajo realizado por los prelados: “El escrito es muy bueno – asegura – y explicita cabalmente el sentido del capítulo VIII de Amoris laetitia. No hay otras interpretaciones. Y estoy seguro de que hará mucho bien”. El Papa los felicita “por el trabajo que se han tomado”, ya que se trata de “un verdadero ejemplo de acompañamiento a los sacerdotes” y remarca “cuanto es necesaria esta cercanía del obispo con su clero y del clero con el obispo”. En efecto escribe: “El prójimo ‘más prójimo’ del obispo es el sacerdote, y el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo comienza, para nosotros obispos, precisamente con nuestros curas”.

El Santo Padre reconoce que la caridad pastoral entendida como búsqueda continua de los alejados es fatigosa, ya que se trata de una pastoral  “cuerpo a cuerpo” que no puede reducirse a “mediaciones programáticas, organizativas o legales, si bien necesarias”. Y señala que de las cuatro actitudes pastorales: acoger, acompañar, discernir, integrar, la menos practicada es el discernimiento.

Considero urgente – afirma el Papa –  la formación en el discernimiento, personal y comunitario, en nuestros Seminarios y Presbiterios”.

Finalmente, Francisco recuerda que “Amoris laetitia fue el fruto del trabajo y la oración de toda la Iglesia, con la mediación de dos Sínodos y del Papa” y por lo tanto, recomienda “una catequesis completa de la Exhortación que ciertamente ayudará al crecimiento, consolidación y santidad de la familia”.

El documento de los obispos argentinos se concentra en el capítulo VIII de la exhortación apostólica que hace referencia a las orientaciones de los obispos en orden a discernir el posible acceso a los sacramentos de algunos “divorciados en nueva unión” y recuerda que “no conviene hablar de ‘permisos’ para acceder a los sacramentos, sino de un proceso de discernimiento acompañado por un pastor. Es un discernimiento personal y pastoral”, ya que “el acompañamiento pastoral es un ejercicio de la “via caritatis”.

“Se trata de un itinerario – escriben los obispos – que necesita de la caridad pastoral del sacerdote que acoge al penitente, lo escucha atentamente y le muestra el rostro materno de la Iglesia, a la vez que acepta su recta intención y su buen propósito de colocar la vida entera a la luz del Evangelio y de practicar la caridad”. “Este camino – advierten – no termina necesariamente en los sacramentos sino que puede orientarse a otras formas de integrarse más en la vida de la Iglesia: una mayor presencia en la comunidad, la participación en grupos de oración o reflexión, el compromiso en diversos servicios eclesiales”.

A continuación, el texto completo del documento de los Obispos argentinos:

Criterios básicos para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia

Estimados sacerdotes:

Recibimos con alegría la exhortación Amoris laetitia, que nos llama ante todo a hacer crecer el amor de los esposos y a motivar a los jóvenes para que opten por el matrimonio y la familia. Esos son los grandes temas que nunca deberían descuidarse ni quedar opacados por otras cuestiones. Francisco ha abierto varias puertas en la pastoral familiar y estamos llamados a aprovechar este tiempo de misericordia, para asumir como Iglesia peregrina la riqueza que nos brinda la Exhortación Apostólica en sus distintos capítulos.

Ahora nos detendremos sólo en el capítulo VIII, dado que hace referencia a “orientaciones del Obispo” (300) en orden a discernir sobre el posible acceso a los sacramentos de algunos “divorciados en nueva unión”. Creemos conveniente, como Obispos de una misma Región pastoral, acordar algunos criterios mínimos. Los ofrecemos sin perjuicio de la autoridad que cada Obispo tiene en su propia Diócesis para precisarlos, completarlos o acotarlos.

1) En primer lugar recordamos que no conviene hablar de “permisos” para acceder a los sacramentos, sino de un proceso de discernimiento acompañado por un pastor. Es un discernimiento “personal y pastoral” (300).

2) En este camino, el pastor debería acentuar el anuncio fundamental, el kerygma, que estimule o renueve el encuentro personal con Jesucristo vivo (cf. 58).

3) El acompañamiento pastoral es un ejercicio de la “via caritatis”. Es una invitación a seguir “el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración” (296). Este itinerario reclama la caridad pastoral del sacerdote que acoge al penitente, lo escucha atentamente y le muestra el rostro materno de la Iglesia, a la vez que acepta su recta intención y su buen propósito de colocar la vida entera a la luz del Evangelio y de practicar la caridad (cf. 306).

4) Este camino no acaba necesariamente en los sacramentos, sino que puede orientarse a otras formas de integrarse más en la vida de la Iglesia: una mayor presencia en la comunidad, la participación en grupos de oración o reflexión, el compromiso en diversos servicios eclesiales, etc. (cf. 299).

5) Cuando las circunstancias concretas de una pareja lo hagan factible, especialmente cuando ambos sean cristianos con un camino de fe, se puede proponer el empeño de vivir en continencia. Amoris laetitia no ignora las dificultades de esta opción (cf. nota 329) y deja abierta la posibilidad de acceder al sacramento de la Reconciliación cuando se falle en ese propósito (cf. nota 364, según la enseñanza de san Juan Pablo II al Cardenal W. Baum, del 22/03/1996).

6) En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada puede no ser de hecho factible. No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúan la responsabilidad y la culpabilidad (cf. 301-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris laetitia abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). Estos a su vez disponen a la persona a seguir madurando y creciendo con la fuerza de la gracia.

7) Pero hay que evitar entender esta posibilidad como un acceso irrestricto a los sacramentos, o como si cualquier situación lo justificara. Lo que se propone es un discernimiento que distinga adecuadamente cada caso. Por ejemplo, especial cuidado requiere “una nueva unión que viene de un reciente divorcio” o “la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares” (298). También cuando hay una suerte de apología o de ostentación de la propia situación “como si fuese parte del ideal cristiano” (297). En estos casos más difíciles, los pastores debemos acompañar con paciencia procurando algún camino de integración (cf. 297, 299).

8) Siempre es importante orientar a las personas a ponerse con su conciencia ante Dios, y para ello es útil el “examen de conciencia” que propone Amoris laetitia 300, especialmente en lo que se refiere a “cómo se han comportado con sus hijos” o con el cónyuge abandonado. Cuando hubo injusticias no resueltas, el acceso a los sacramentos es particularmente escandaloso.

9) Puede ser conveniente que un eventual acceso a los sacramentos se realice de manera reservada, sobre todo cuando se prevean situaciones conflictivas. Pero al mismo tiempo no hay que dejar de acompañar a la comunidad para que crezca en un espíritu de comprensión y de acogida, sin que ello implique crear confusiones en la enseñanza de la Iglesia acerca del matrimonio indisoluble. La comunidad es instrumento de la misericordia que es “inmerecida, incondicional y gratuita” (297).

10) El discernimiento no se cierra, porque “es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena” (303), según la “ley de gradualidad” (295) y confiando en la ayuda de la gracia.

Somos ante todo pastores. Por eso queremos acoger estas palabras del Papa: “Invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia” (312).

Con afecto en Cristo.

Los Obispos de la Región

05 de septiembre de 2016

 


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La cuestión de los divorciados reesposados. Opinión del jesuita teólogo Costadoat

¿Qué tendrían que hacer los divorciados para comulgar en misa?

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4 El Papa Francisco, en base al informe final del Sínodo aprobado por los obispos (2015), ha reconocido la posibilidad de que comulguen en misa los divorciados vueltos a casar, las personas que convivan establemente y las que se encuentren en situaciones semejantes. Esta posibilidad, por cierto, siempre ha existido para quienes simplemente se han separado o divorciado y no han contraído una nueva unión; y, de antiguo, para quienes manteniendo una convivencia seria, se abstienen de la intimidad sexual (San Juan Pablo II en Familiaris consortio).

En Amoris laetitia el Papa, sin cambiar la doctrina tradicional sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio sacramental, introduce un cambio en la disciplina de acceso a la comunión eucarística. No añade excepciones, como la mencionada sobre la abstención de relaciones sexuales. En cambio, establece orientaciones generales que debieran aplicarse a todo tipo de casos y ofrece algunos criterios que han de ser considerados.

Las orientaciones generales son tres: voluntad de integración de todos, necesidad de un acompañamiento y discernimiento en conciencia. Este último puede parecer novedoso, pero pertenece a la más auténtica y antigua tradición de la Iglesia. El Evangelio de Jesús es una apelación al corazón de las personas que solo puede ser acogido libremente, sin coacción, sin miedo. En Amoris laetitia el Papa ha subrayado la importancia del debido respeto a los laicos que deben tomar las decisiones que atañen a sus vidas con recta conciencia; es decir, en última instancia, solos delante de Dios (42, 222, 264, 298, 302, 303). Lo hace incluso a modo de autocrítica: “… nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (37). Por otra parte, estas personas deben saber que nadie puede acusarlas de estar en pecado mortal y, por el contrario, deben creer que la gracia de Dios nunca les faltará para crecer en humanidad (291, 297, 300 y 305); y que pueden contar siempre con el amor incondicional de Dios (108 y 311).

Antes de esto, sin embargo, el Papa pide a los católicos que se encuentran en estas situaciones llamadas irregulares que tengan un acompañamiento pastoral. Lo hace en estos términos: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal” (312).[1]

La voluntad de Francisco es integrar a todos (297).  Ha de verse cómo y, por cierto, no puede hacérselo de un modo irresponsable. Esta integración, pensamos, solo tiene sentido cuando las mismas personas quieren integrarse lo más posible a la vida eclesial, y no recuperar simplemente la comunión como un derecho perdido.

El Papa ofrece una serie de criterios para que estas personas puedan ir reintegrándose lo más posible a la vida eclesial. Estos criterios aparecen algo desperdigados en el capítulo octavo. Aquí los desplegamos y también recogemos lo que en ellos pudiera quedar implícito.  Probablemente no son los únicos, pero son los principales. En cualquiera de los casos debe considerarse:

El grado de consolidación (298) y estabilidad de la nueva relación (293).

La profundidad del afecto (293).

La voluntad y prueba de fidelidad (298).

La intención y prueba de un compromiso cristiano (298).

La responsabilidad con los hijos del primer matrimonio (293, 298 y 300).

El sufrimiento y confusión que ha podido causar a los hijos el fracaso del primer matrimonio (298).

La responsabilidad con los hijos del nuevo vínculo afectivo (293).

La situación del cónyuge cuando ha sido abandonado (300).

Las consecuencias que tiene la nueva relación para el resto de la familia y la comunidad eclesial (300).

El ejemplo que se da a los jóvenes que se preparan al matrimonio (300).

La capacidad para superar las pruebas (293).

Será especialmente importante:

Un reconocimiento de la irregularidad de la nueva situación (298).

Una convicción seria sobre la irreversibilidad de la nueva situación (298).

Un reconocimiento de culpabilidad –si la ha habido- en el fracaso del primer matrimonio (300).

Un conocimiento de la seriedad de los compromisos de unidad y fidelidad del primer matrimonio, y de las exigencias de verdad y de caridad de la Iglesia (300).

Es necesario recordar que el texto citado más arriba señala que el acompañamiento requerido también puede realizarlo una persona laica entregada al Señor. Esto facilitará la ayuda en este discernimiento a quienes han tenido una experiencia traumática con algún sacerdote durante la celebración del sacramento de la reconciliación o a quienes estiman que el presbítero disponible no es quien mejor puede acompañar.

Esta posibilidad pastoral que Amoris laetitia reconoce a quienes actualmente no pueden comulgar en misa debe entendérsela como el reverso del deseo de la misma Iglesia de comulgar con ellos. La Iglesia acepta que comulguen porque ella quiere, y necesita, comulgar con ellos, con sus sufrimientos, con sus esfuerzos por salir adelante, con sus aprendizajes dolorosos y con su crecimiento espiritual. Este es el tono general de la exhortación del Papa Francisco. Por nuestra parte podemos agregar que si la jerarquía eclesiástica, los matrimonios y las familias bien constituidas, no tuvieran nada que aprender de los divorciados unidos en nuevos vínculos y de sus segundas familias; si se descartara que ellos, precisamente en circunstancias de vida turbulentas, han podido tener una experiencia espiritual que puede inspiradora para los demás cristianos, a la comunión eucarística le estaría faltando algo fundamental.

Jorge Costadoat S.J.

Centro Teológico Manuel Larraín


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Qué ha dicho el Sínodo sobre los divorciados?

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¿Qué dijo finalmente el Sínodo sobre los divorciados?
Por Walter Sánchez Silva

VATICANO, 24 Oct. 15 / 12:29 pm (ACI).- Los trabajos del Sínodo de los Obispos sobre la Familia terminaron este sábado y entre los diversos puntos que aparecen en el documento final, está el de los divorciados vueltos a casar; y también el de aquellos que estando separados o habiendo llegado al divorcio han decidido permanecer fieles al vínculo del matrimonio y no están en una nueva unión.
Sobre estos últimos, el numeral 83, aprobado por 248 votos contra 12, señala: “el testimonio de los que incluso en condiciones difíciles no ingresan en una nueva unión, permaneciendo fieles al vínculo sacramental, merece el aprecio y el sostenimiento de parte de la Iglesia. Ella quiere mostrarles a ellos el rostro de un Dios fiel al su amor y siempre capaz de volver a darles fuerza y esperanza. Las personas separadas o divorciadas pero no vueltas a casar, que con frecuencia son testimonio de la fidelidad matrimonial, son alentadas a encontrar en la Eucaristía el alimento que los sostenga en su estado”.
El tema de los divorciados en nueva unión aparece en el documento final bajo el subtítulo “Discernimiento e integración” y está en los numerales 84 (aprobado por 187 votos contra 72), 85 (178 a favor, 80 en contra) y 86 (190 a favor, 60 en contra).
Para ser aprobado, cada numeral debe recibir un mínimo de 177 votos, es decir el voto de dos tercios de los obispos participantes.
A continuación ACI Prensa ofrece una traducción no oficial de estos tres numerales en los que se analiza la situación de los divorciados en nueva unión en la Iglesia, se recuerda que no están excomulgados y se propone una serie de formas para acompañar a estar personas en su vida de fe.
84.- Los bautizados que están divorciados y vueltos a casar civilmente deben estar más integrados en las comunidades cristianas en los diversos modos posibles, evitando toda ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no solo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino para que puedan tener una feliz y fecunda experiencia de ella. Son bautizados, son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos.
Su participación puede expresarse en diversos servicios eclesiales: es necesario por ello discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no están y no deben sentirse excomulgados, y pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que los acoge siempre, los cuida con afecto y los alienta en el camino de la vida y del Evangelio.
Esta integración es necesaria también para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes. Para la comunidad cristiana, cuidar a estas personas no es un debilitamiento de la propia fe y del testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, sino que así la Iglesia expresa en este cuidado su caridad.
85.- San Juan Pablo II ha ofrecido un criterio integral que permanece como la base para la valoración de estas situaciones: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido” (Familiaris Consortio, 84).
Es entonces tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento.
Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis, si hubo intentos de reconciliación, cómo está la situación del compañero abandonado, qué consecuencia tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de fieles, qué ejemplo ofrece a los jóvenes que se deben preparar para el matrimonio. Una sincera reflexión puede reforzar la confianza en la misericordia de Dios que no se le niega a ninguno.
Además, no se pueden negar que en algunas circunstancias “la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas” (CCC, 1735) a causa de diversos condicionamientos. Como consecuencia, el juicio sobre una situación objetiva no debe llevar a un juicio sobre la “imputabilidad subjetiva” (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio de 2000, 2a).
En determinadas circunstancias las personas encuentran grandes dificultades para actuar de modo distinto. Por ello, mientras se sostiene una norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos.
El discernimiento pastoral, teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada por las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. También las consecuencias de los actos realizados no son necesariamente las mismas en todos los casos.
86.- El recorrido de acompañamiento y discernimiento orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. El coloquio con el sacerdote, en el fuero interno, concurre con la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer.
Dado que en la misma ley no hay gradualidad (FC, 34), este discernimiento no podrá nunca prescindir de las exigencias de la verdad y la caridad del Evangelio propuesta por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las necesarias condiciones de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y en el deseo de alcanzar una respuesta más perfecta a ella.

SCHÖNBORN

El cardenal Schönborn, moderador del círculo alemán del Sínodo, explica a Vatican Insider la propuesta aprobada por unanimidad, incluyendo a los cardenales Kasper y Müller: profundizar la vía ya indicada por san Juan Pablo II, teniendo en cuenta los criterios prudenciales de santo Tomás

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 
¿Qué decidirá el Sínodo de los obispos sobre la familia, cuáles cuestiones están pendientes, cuáles preguntas y cuáles indicaciones confiará a Papa Francisco? Lo sabremos el sábado 24 de octubre por la noche. La noticia más relevante de los últimos días es la unanimidad del círculo Germanicus, el único de los trece «circuli minores» en el que se hablaba alemán. Muchos habrían deseado que hubiera una cámara para encuadrar a teólogos como Walter Kasper, Christoph Shönborn y Gerhard Ludwig Müller discutiendo entre ellos y citando este o aquel texto de santo Tomás de Aquino y su interpretación. En el documento del círculo alemán relativo se lee: «El axioma ‘Cada matrimonio entre cristianos es, de por sí, un sacramento’ debe ser revisado. En sociedades cristianas ya no homogéneas o en países con huellas culturales y religiosas diferentes, no se puede presuponer una comprensión cristiana del matrimonio ni siquiera entre católicos». Y en cuanto a la posibilidad de volver a admitir a los divorciados que se han vuelto a casar, los padres sinodales de lengua alemana estuvieron todos de acuerdo en que no existen soluciones generales o generalizadas, sino que hay que profundizar la vía del discernimiento indicada por san Juan Pablo II, evaluando, con base en algunos criterios objetivos, las situaciones de la unión sacramental y de la nueva unión, pero también dando espacio al «fuero interior», que se relaciona con la vida más íntima de la que se habla con el confesor o con el director espiritual. Vatican Insider entrevistó al cardenal Shönborn, moderador del círculo Germanicus.

Muchos se han sorprendido por esta unidad entre los cardenales, en particular entre los teólogos alemanes, de Kasper a Müller. ¿Qué sucedió?

Todos los artículos y las modificaciones al texto final que propusimos fueron votadas por unanimidad. Un elemento importante es el tiempo para discutir que tuvimos a disposición. Se trató de una gran ganancia debido a la nueva metodología de los trabajos sinodales: 40 horas de discusiones en los 13 círculos menores permite profundizar en serio. Tuvimos tiempo para ir a lo profundo de ciertos puntos. Por ejemplo, el texto sobre la fe y el pacto matrimonial es, en mi opinión, una bella síntesis teológica, que fue posible porque había buenos teólogos entre los cardenales. También el texto sobre el acompañamiento para los divorciados que se han vuelto a casar fue verdaderamente el fruto de una reflexión común. Tomamos como punto de partida el texto de la encíclica «Familiaris consortio» citado también en el Catecismo de la Iglesia católica, que fue la base de todas las discusiones sobre el tema en los últimos treinta años. En ese texto, Juan Pablo II dijo explícitamente que los pastores tienen la obligación, por amor a la verdad, de discernir y distinguir las situaciones.

¿Su propuesta se presentó, pues, como una profundización de la «Familiaris consortio»?

Se quiso y propuso explícitamente como una profundización y una continuación de «Familiaris consortio» porque Juan Pablo II dijo que existe la obligación de discernir, de distinguir, pero no dijo todo lo que sigue después del discernimiento. Tratamos de indicar algunos criterios para este discernimiento por parte de los pastores. Criterios muy concretos. Por ejemplo, evaluar cómo se han comportado los divorciados que se han vuelto a casar con los hijos que tuvieron en la primera unión, cómo quedaron con el cónyuge abandonado, cuál es el efecto de su camino en el conjunto de las familias y cuál testimonio, o tal vez cuál escándalo, dan a la comunidad cristiana. Después hablamos sobre el criterio acaso más profundo, el del discernimiento de la conciencia de cada quien. Todo esto teniendo en cuenta la situación objetiva y con la atención al discernimiento de la situación concreta. De esta manera, se puede proceder en un camino de conversión, de penitencia (porque se requiere a menudo un aspecto de penitencia), para llegar finalmente a esta palabra de San Pablo dirigida a todos, no solo a los divorciados que se han vuelto a casar: cada quien se examina antes de acceder a la mesa del Señor.

En «Familiaris consortio» la única vía indicada para el acceso a los sacramentos era la de vivir como «hermano o hermana», es decir abstenerse de tener relaciones sexuales en el caso de una segunda unión. ¿Este aspecto debe ser considerado superado en su propuesta?

En nuestro texto no se alude ni se dice. No consideramos que sea la única vía. «Familiaris consortio» habla de la exigencia de un discernimiento. Tal vez la alusión nueva de nuestro documento es la del «fuero interior», que, además, pertenece a la tradición clásica. En el segundo de los tres documentos que el círculo de lengua alemana redactó discutiendo las tres partes del «Instrumentum laboris» del Sínodo citamos los textos de santo Tomás, que son el núcleo del pasaje de la «ratio» especulativa doctrinal a la «ratio» práctica mediante el ejercicio de la virtud de la prudencia: entre más se va a los particulares, más se necesita el discernimiento prudencial.

¿Esto significa que, incluso frente a una situación «desordenada» de una segunda unión que no puede ser sacramental, esta no sería en sí una condición de pecado?

Es interesante notar que la enseñanza de la Iglesia ya renunció a hablar genéricamente de pecado grave en estos casos. En el principio está el pecado grave del adulterio y a menudo este es el caso, si hay un vínculo matrimonial sacramental válido. Pero, ¿si con el paso del tiempo se crea una situación que implica también exigencias objetivas, por ejemplo hacia los hijos nacidos en la nueva unión? ¿Son simplemente hijos ilegítimos, a pesar de que tienen mamá y papá? Claro, queda pendiente el conflicto entre la obligación sacramental (si el matrimonio era válido) y la nueva unión. Pero no se puede afirmar simplemente que toda la situación es de pecado grave, porque honrar la nueva realidad y las nuevas situaciones objetivas es también una exigencia de justicia. Por ello es necesario este discernimiento que sepa ver las diferentes realidades de las personas.

Ya la «Familiaris consortio» citaba el caso del cónyuge abandonado…

El caso clásico de la mujer con hijos pequeños abandonada por el marido. Ella debe sobrevivir si encuentra un hombre dispuesto a acogerla y a estos niños: no se puede hablar simplemente de adulterio por la segunda unión. También hay otra realidad de generosidad y de virtud en esta nueva realidad que tampoco es sacramental. Y aquí es importante encomendarse a las palabras de santo Tomás, porque hemos vivido en el Sínodo un pequeño conflicto entre un agustinismo radical y el tomismo clásico. Agustín, en la «Civitas Dei» presenta la idea de que cada acto de los paganos es vicioso, que no hay virtud en ellos. Pero santo Tomás rechazó con fuerza esta posición y también los Padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría y san Máximo el Confesor hablaron sobre las virtudes de los paganos. La Biblia misma lo hace con Job, un pagano… Santo Tomás explica: aunque el paganismo sea idolatría, a pesar de ello, los paganos pueden cumplir actos verdaderamente virtuosos.

Es decir, la vía del discernimiento por parte del confesor y de los obispos toma en cuenta las diferencias de las historias personales. ¿Es así?

Jesús se conmovía frente a los sufrimientos humanos, lo leemos en los Evangelios. Y hoy Jesús abraza y en este abrazo de misericordia la persona se siente amada y reconoce su pecado. Con sus catequesis del año pasado, Papa Francisco nos dio una gran lección (son tan bellas que hacen llorar), porque se aprende toda la cercanía con la vida, pero con la mirada del pastor que no observa fríamente la realidad como un científico o ideólogo; es verdaderamente la escuela del pastor.

¿Este enfoque, según su opinión, es mayoritario en el Sínodo?

Veremos el documento final y cómo será recibido por la asamblea. Pero me sorprendió lo que dijo el cardenal Fox Napier, que en una entrevista contó cómo advierte que este Sínodo es un verdadero caminar juntos. Hemos tenido el tiempo para reflexionar, para conocernos, para intercambiar nuestros puntos de vista. El Sínodo ha sido una experiencia mucho más de vida, más atenta recíprocamente. La confrontación fue menos acerba, surgió más bien la escucha, el esfuerzo de escuchar también el corazón del otro.

El padre Giovanni Cavalcoli

El padre Giovanni Cavalcoli

Entrevista con el teólogo dominico Giovanni Cavalcoli: «Conceder o no conceder la comunión entra en el poder de la pastoral de la Iglesia y en las normas de la liturgia, establecidas por la Iglesia según su prudencia». Hay que evitar tanto «la rigidez de un conservadurismo rigorista» como el «modernismo historicista y laxo». No existen «condiciones pecaminosas», porque el «pecado es un acto, no es una condición ni un estado permanente»

ANDREA TORNIELLI
ciudad del Vaticano
Hay quienes afirman que cualquier cambio en la disciplina sacramental en relación con los divorciados que se han vuelto a casar representaría una «herejía» o, como sea, un ataque contra la doctrina de la indisolubilidad matrimonial. ¿Es así?

La disciplina de los sacramentos es un poder legislativo que Cristo confió a la Iglesia, para que ella, durante el curso de la historia y entre las variaciones de las circunstancias, sepa administrar los sacramentos de la manera más conveniente y más proficua a las almas y, al mismo tiempo, en el respeto absoluto de la substancia inmutable del sacramento, así como Cristo la quiso. La actual disciplina que regula la pastoral y la conducta de los divorciados que se han vuelto a casar es una ley eclesiástica, que pretende conciliar el respeto por el sacramento del matrimonio, cuya indisolubilidad es un elemento esencial, con la posibilidad de salvación de la nueva pareja. La Iglesia no puede cambiar la ley divina que instituye y regula la substancia de los sacramentos, pero puede cambiar las leyes por ella emanadas, relacionadas con la disciplina y la pastoral de los sacramentos. Por ello debemos pensar que un eventual cambio del reglamento actual sobre los divorciados que se han vuelto a casar no afectará la dignidad del sacramento del matrimonio, sino que, por el contrario, será un procedimiento más adecuado para afrontar y resolver las situaciones de hoy.

¿Conceder, en determinados casos y bajo determinadas condiciones (por ejemplo después de un recorrido penitencial, o en el caso del cónyuge abandonado, etc), la comunión a los divorciados que viven una segunda unión toca la disciplina o la substancia del sacramento del matrimonio y de la eucaristía?

Toca, claramente, la disciplina y no la substancia. Para un católico es absolutamente impensable que un Sínodo bajo la presidencia del Papa pueda llevar a cabo un atentado a la substancia de cualquier sacramento. Conceder o no la comunión entra en el poder de la pastoral de la Iglesia y en las normas de la liturgia, que son establecidas por la Iglesia según su prudencia, que es siempre respetable, aunque no infalible. Por ello el cambio o la abrogación de las leyes de la Iglesia.

Usted escribió: el dogma no puede cambiar mientras que las disposiciones pastorales sí. ¿Qué significa, en relación con este caso?

Significa que la Iglesia, en varias ocasiones solemnes (por ejemplo en el Concilio de Trento o en el Concilio Vaticano II) o en las enseñanzas de algunos Papas (como Pío XI o san Juan Pablo II), ha definido con autoridad la esencia del sacramento del matrimonio o de la eucaristía. Está claro que estas enseñanzas, que reflejan la misma Palabra de Dios, así como nos la enseñó el divino Maestro, no pueden cambiar. En cambio, establecer las circunstancias, las condiciones, la forma, el lugar, el tiempo, a quién administrar los sacramentos, todo esto Cristo lo confió a la responsabilidad de la autoridad eclesiástica en las leyes canónicas, como en las directivas y normal pastorales o disciplinarias a todos los niveles, del Papa a la Santa Sede y hasta a los obispos. La Iglesia, pues, es inefable cuando reconoce, codifica e interpreta la ley divina (se trate de la ley moral natural o revelada); pero cuando emana leyes, que disponen su aplicación en la variedad o accidentalidad de las circunstancias históricas o en casos particulares, estas leyes asumen un valor simplemente contingente, relativo y temporal, por lo que, con la llegada de nuevas circunstancias o por un mejor conocimiento de la misma ley divina, exigen ser cambiadas, abrogadas, corregidas o mejoradas, claro, siempre por una nueva disposición de la autoridad. La ley eclesiástica determina lo indeterminado de la ley divina, se funda en ella y es una consecuencia de ella al ordenar la práctica concreta. Sin embargo, su nexo con la ley divina no tiene la necesidad lógica absoluta que poseen, en un silogismo, las consecuencias con respecto a las premisas, puesto que un cambio en las conclusiones implicaría un cambio, por lo tanto una falsificación, en las premisas o en los principios. En cambio, el nexo indicado es solo de conveniencia, siempre que esté en coherencia y armonía con la ley divina, de manera semejante a lo que se puede dar entre una meta y los medios para conseguirla. La meta puede ser fija e irrenunciable, pero los medios pueden cambiar y ser diferentes. La ley de la Iglesia es un medio para aplicar la ley de Cristo. Esta es absoluta e inmutable; la ley de la Iglesia, por su misma naturaleza y por voluntad de Cristo, por cuanto iluminada y animada por la fe que sea, sigue siendo siempre una ley humana, con los límites propios de esta. Es necesario, pues, respetar escrupulosamente la naturaleza de este nexo, evitando, por una parte, la rigidez de un conservadurismo rigorista, que rechaza el cambio de la ley eclesiástica en normas de la inmutabilidad de la ley divina o, por la otra, del modernismo historicista y laxo, que, con el pretexto de la mutabilidad de la ley eclesiástica y de su deber de tener en cuenta la modernidad y la debilidad humana, diluye y relativiza la ley del Evangelio.

Al leer algunas afirmaciones, incluso en relación con el debate sinodal, se tiene la idea de que la Tradición es casi hipostatizada y fijada como si fuera un texto inmutable, según el cual se puede después juzgar a todos, incluido al Papa, haciéndole una prueba de «catolicidad». ¿Puede explicarnos qué es la Tradición?

La Sacra Tradición, como dice la palabra, es la transmisión oral y fiel del dato revelado; es la predicación apostólica de la Palabra de Dios en el curso de la historia; es un Magisterio viviente, asistido por el Espíritu Santo, transmisión que Cristo ha confiado a los apóstoles y a sus sucesores bajo la guía de Pedro, de generación en generación, hasta hoy, hasta Papa Francisco y hasta el final del mundo. La Sacra Tradición, junto con la Sacra Escritura, es la fuente de la Revelación, es decir de la doctrina de la fe católica, resumida por el Credo, que nos viene interpretada y enseñada por el Magisterio de la Iglesia bajo la guía del Papa. Claro, la Tradición contiene la doctrina inmutable del Evangelio y es criterio absoluto de la verdad de la fe, pero conjuntamente a la Escritura en la interpretación que de ella da la Iglesia bajo la guía de Pedro. Por ello no es lícito el método de ciertos católicos de apelar a la Tradición para criticar el Magisterio del Papa y de la Iglesia, como por ejemplo las doctrinas del Concilio Vaticano II, porque el Magisterio de la Iglesia, por voluntad misma de Cristo, es custodio supremo, infalible e insindicable de la Tradición y, por lo tanto, no tiene sentido querer corregir al Papa o el Magisterio en nombre de la Tradición, la cual, por lo errado de esta operación, es con ello falsificada. Además, hay que tener presente que los datos de la Tradición son, claro, en sí mismos inmutables, al ser Palabra de Dios; pero la Iglesia, y entonces todos nosotros bajo la guía de la Iglesia misma, por ejemplo de los Concilios, progresamos hacia un cada vez mejor conocimiento de esos mismos datos. Y entonces, en ese sentido, se puede y se debe hablar, como dijo el beato Pablo VI, de un «desarrollo» de la Tradición, que no tiene nada que ver con una impensable mutación o cambio de sentido de sus contenidos, pero se refiere solo al progreso del conocimiento que tenemos de ellos.

¿Puede dar ejemplos de profundizaciones a lo largo de la historia de la Iglesia que han mutado la disciplina sacramental o desarrollado la doctrina sobre el matrimonio y la familia?

En relación con el sacramento de la penitencia, la Iglesia pasó de la praxis de los primeros siglos de una sola celebración durante la vida a la recomendación actual de la confesión frecuente, que surge con la reforma tridentina. En los primeros siglos las segundas nupcias eran desaconsejadas. En el siglo XVII el sacramento de la orden no podía ser conferido a sujetos de diferentes razas. La práctica común de la comunión cotidiana llega solo en época de San Pío X. Hasta los tiempos de San Pío X existía la figura jurídica del «haereticus vitandus». El Magisterio presenta, por primera vez, el acto conyugal como «signo e incentivo al amor» solo en la «Humanae vita» de Pablo VI. Los impedimentos jurídicos al matrimonio en el pasado eran diferentes de los de hoy. Pablo VI abolió los llamados «órdenes menores», un tiempo necesarios para acceder al sacerdocio. Solo con la reforma conciliar a las mujeres se permiten ministerios litúrgicos, que un tiempo estaban reservados solo a los hombres. Hasta la reforma conciliar, el sacramento de la unción de los enfermos, llamado significativamente «extrema unción», era administrado solo a los moribundos. Hoy es suficiente la ancianidad avanzada o una enfermedad grave, por lo que puede ser fácilmente reiterado. El Papa mismo, con su reciente Motu proprio, modificó el reglamento de las causas de nulidad del matrimonio.

¿Las condiciones del divorciado que vive una segunda unión es en sí misma pecaminosa?

No existen «condiciones pecaminosas», porque el pecado es un acto, no es una condición ni un estado permanente. El acto del pecado puede ser prolongado en el tiempo, como puede tener por su esencia una duración temporal (por ejemplo un robo en el banco); pero, tratándose de un acto de la voluntad, puede ser interrumpido en cualquier instante y, como sea, cesa después de determinado lapso de tiempo, una vez que el acto está hecho. Lo que es permanente en nosotros para toda la vida, incluso en los mejores, es la tendencia a pecar, consecuencia del pecado original, por la cual pecamos a menudo ligera o venialmente. Pero esta tendencia, con la gracia divina y la buena voluntad, puede, dentro de determinada medida, ser limitada o frenada, para poder, por lo menos, evitar el pecado mortal. El problema de los divorciados que se han vuelto a casar es que el adulterio, con el agravante del concubinato, es pecado mortal. Por lo que es muy fácil que la pareja, al unirse, caiga en pecado mortal. Sin embargo, es posible el caso de una pareja, que se encuentre en una situación objetiva e insuperable, de la que, por diferentes motivos, no puede salir para volver al estado precedente: por ejemplo, el cónyuge anterior tiene hijos con otro, o la nueva pareja tiene hijos. Claro, después del acto del pecado, si no intervienen el llamado de la consciencia y el arrepentimiento, incluso después de haber cesado el acto, permanece un estado de culpa. En esta caso, la voluntad queda desviada y necesita nueva orientación, que puede y debe dar la misma voluntad, bajo el impulso de la gracia. Y esto puede ser obtenido gracias al perdón divino, sin importar la situación objetiva en la que se encuentra el pecador, incluso la del divorciado que se ha vuelto a casar. A veces existen condiciones en las que es fácil pecar, porque constituyen fuertes impulsos y ocasiones prácticamente inevitables de pecado. Entre las condiciones de este tipo está la de los divorciados que se han vuelto a casar, que viven en una unión adultera, vinculados uno de los dos o ambos, como se supone, a un matrimonio anterior y legítimo. En el pasado, la Iglesia dio disposiciones pastorales para consentir que estas parejas se mantuvieran en la gracia de Dios, a pesar de ser excluidas de los sacramentos. Estas pueden obtener el perdón de los pecados directamente de Dios, incluso sin acceder al sacramento de la penitencia. Hoy, la cuestión que se debate es si permitirles o no acercarse a la Santa Comunión puede servirles para aumentar la gracia y la defensa contra el pecado, o si puede crear escándalo y turbar a los fieles.