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En defensa de la Amoris Laetitia de Papa Francisco.

jyx1JOS-“Amoris Laetitia” y las críticas infundadas contra Francisco

Un filósofo mexicano especialista en Juan Pablo II exhibe los límites de quienes critican la exhortación apostólica de Francisco y demuestra la plena sintonía entre las enseñanzas de ambos Papas, incluso en los aspectos más delicados.
LAPRESSE

Amoris Laetitia

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22/07/2016
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO
Francisco no cambia la doctrina esencial de la Iglesia. No está en contradicción con sus antecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Su enseñanza, incluida en la exhortación apostólica “Amoris Laetitia”, implica un nuevo paso adelante en el pensamiento cristiano. Por eso resulta extraño encontrar resistencias a su magisterio. Críticas injustas e infundadas. Son palabras del filósofo mexicano Rodrigo Guerra, especialista en Karol Wojtyla y director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV). Desde las columnas del diario vaticano, él sumó su voz a la de Rocco Buttiglione, el famoso pensador italiano y uno de los hombres de consulta permanente para el Papa polaco.

Con un largo artículo publicado en “L’Osservatore Romano”, Guerra evidenció los límites de quienes, en las últimas semanas, han pretendido contraponer las enseñanzas de Francisco con las de Juan Pablo II, especialmente en materia de matrimonio y divorcio. Y fue claro en demostrar que el documento “Amoris laetitia” no comporta “ruptura o discontinuidad con el evangelio”.

“Es extraño encontrar resistencias en el momento en que el pensamiento cristiano da un nuevo paso hacia delante. Estas resistencias, por lo general, argumentan falta de fidelidad a la herencia recibida, el usar un lenguaje renovado que se considera ambiguo y los muchos riesgos que pueden venir si se adopta tal o cual iniciativa a partir del nuevo enfoque adoptado”, escribió.

“Francisco no cambia la doctrina esencial de la Iglesia. No lo hace porque sabe bien que el depósito de la fe no es una invención arbitraria que pueda transformarse con ocurrencias más o menos afortunadas. El depósito de la fe es un don que es preciso custodiar. Pero esta custodia no consiste en colocarlo en un refrigerador para que hiberne y se suspenda su metabolismo”, agregó.

Más adelante Guerra defendió el “dinamismo” de un “Dios vivo que se entromete y compromete” con la historia de los seres humanos para redimirla y cuya manifestación está en la Iglesia, en especial en el ministerio del sucesor de Pedro. Aseguró que “Amoris laetitia” es un verdadero acto de magisterio pontificio y calificó como “teológicamente inexacto” insinuar que la exhortación apostólica es “una suerte de opinión personal, un tanto privada”.

Se refirió al capítulo 8, dedicado en buena parte a los divorciados vueltos a casar. Integró a ese apartado dentro de la llamada “hermenéutica de la continuidad”, consagrada por Benedicto XVI en diciembre de 2005. Aseguró que nada ha cambiado en la doctrina sobre la naturaleza del sacramento del matrimonio y de la eucaristía. Pero precisó que esta doctrina, “verdadera e inmutable a la que se debe prestar obediencia”, requiere ser profundizada y expuesta de acuerdo a las exigencias del cambio de época.

De ahí, el filósofo mexicano tomó el título de su nota: “Un desarrollo orgánico con fidelidad creativa”. Afirmó que la exhortación de Francisco es profundamente fiel al pensamiento de santo Tomás de Aquino y la tradición de la Iglesia, que permite encontrar una ruta para atender, más allá de las teorías, el drama de las personas reales en sus circunstancias concretas.

Al mismo tiempo advirtió que algunos intelectuales pretenden introducir a Francisco en una “hermenéutica de la ruptura”. Quienes lo hacen –agregó- manifiestan una deficiente interpretación de santo Tomás, de Juan Pablo II y del propio Benedicto XVI.

“Simplemente señalo que no es conforme a la verdad interpretar a Benedicto como una suerte de justificación pontificia para afirmar el rigorismo. Algunos quisieran hacer aparecer al obispo emérito de Roma como un apasionado defensor de valores inamovibles en contraste con Francisco. Esto no es así. Francisco se encuentra en continuidad con Benedicto XVI”, insistió.

Estableció que sólo desde esta “fidelidad creativa” es posible vivir la paciencia con los lastimados y heridos, acompañarlos sin escandalizarse de sus miserias y de las propias, descubriendo al mismo tiempo que en la Iglesia, verdadera presencia de Jesucristo en la historia, existe un camino lleno de ternura para la reconstrucción de la vida, para la sanación de todas las heridas, aun de las más profundas.

Resulta significativa esta intervención de Guerra, entre otras cosas miembro de la Pontificia Academia Pro Vita y del Pontificio Consejo Justicia y Paz, ambos organismos de la Santa Sede. Un mensaje que llegó después del esclarecedor artículo del pensador italiano Rocco Buttiglione, integrante de la Pontificia Academia para las Ciencias Sociales y hombre de histórica cercanía a Juan Pablo II, también publicado esta semana en L’Osservatore Romano.

En su nota constató que Francisco no ha cambiado la doctrina de la Iglesia, que el pueblo cristiano lo reconoció inmediatamente como pastor pero que a algunos eruditos les cuesta trabajo entenderlo, lo critican y lo sitúan en el lado opuesto de la tradición de la Iglesia y del predecesor Wojtyla. “Parecen desconcertados por el hecho de no leer en su texto (“Amoris laetitia”) la confirmación de sus teorías y no tienen ganas de salir de sus esquemas mentales para escuchar la novedad sorprendente de su mensaje”, señaló.

Afirmó que esa exhortación apostólica no dice que los divorciados vueltos a casar pueden recibir tranquilamente la comunión sino que los invita a interrogarse en su conciencia, a dejarse ayudar por un director espiritual, a ir al confesionario para exponer su situación, a iniciar un camino de discernimiento espiritual.

“El camino que el Papa propone a los divorciados vueltos a casar es exactamente el mismo que la Iglesia propone a todos los pecadores: ve a confesarte y tu confesor, cuando haya examinado las circunstancias, decidirá si darte la absolución y admitirte en la eucaristía o si no debe hacerlo”, siguió.

Al mismo tiempo estableció que Juan Pablo II siempre tuvo en claro la diferencia entre un hecho intrínsecamente malo y la responsabilidad moral de quien lo realiza, que puede aumentar o disminuir por diversas condiciones. Es más, recordó que fue justamente Karol Wojtyla quien le quitó la excomunión a los divorciados y vueltos a casar, pena que se aplicaba antes de la exhortación “Familiares Consortio” de 1981. Una “decisión muy valiente” que “rompió con una tradición secular”.

Y sobre las enseñanzas de ambos pontífices, fue contundente: “San Juan Pablo II y el Papa Francisco no dicen por supuesto lo mismo, pero no se contradicen respecto a la teología del matrimonio. Usan de manera diferente y en situaciones diferentes el poder de deshacer y de unir lo que Dios ha confiado al sucesor de Pedro”.


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Catequesis del Papa el miércoles 8 de junio

“Las bodas de Caná, una Alianza nueva y definitiva”, el Papa en la catequesis

2016-06-08 Radio Vaticana

(RV).- “Transformando en vino el agua de las tinajas destinadas a los ritos de purificación de los Judíos, Jesús realiza un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del segundo miércoles de junio, el significado del primer signo de la misericordia que realizó Jesús.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma después de haber comentado algunas parábolas de la misericordia, reflexionó sobre uno de los primeros milagros de Jesús, que el evangelista Juan llama “signos”, porque Jesús no los hizo para suscitar maravilla, señaló el Papa, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos signos prodigiosos es narrado justamente por el evangelista Juan (2,1-11) y se cumplió en Caná de Galilea. Se trata de una especie de “puerta de ingreso”, agregó el Pontífice, en el cual se han esculpido palabras y expresiones que iluminan el entero misterio de Cristo y abren el corazón de los discípulos a la fe.

Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar la catequesis, quisiera saludar a un grupo de parejas – ahí al final – que celebran cincuenta años de matrimonio. ¡Aquello sí que es el vino bueno de la familia! El suyo es un testimonio que los nuevos esposos – que saludare después – y los jóvenes deben aprender. Es un bello testimonio. Gracias por su testimonio. Después de haber comentado algunas parábolas de la misericordia, hoy  nos detenemos en uno de los primeros milagros de Jesús, que el evangelista Juan llama “signos”, porque Jesús no los hizo para suscitar maravilla, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos signos prodigiosos es narrado justamente por Juan (2,1-11) y se cumplió en Caná de Galilea. Se trata de una especie de “puerta de ingreso”, en la cual se han esculpido palabras y expresiones que iluminan el entero misterio de Cristo y abren el corazón de los discípulos a la fe. Veamos algunos.

En la introducción encontramos la expresión «Jesús también fue invitado con sus discípulos» (v. 2). A aquellos que Jesús ha llamado a seguirlo, los ha ligado a sí en una comunidad y ahora, como una única familia, son invitados todos a la boda. Dando inicio a su ministerio público en las bodas de Caná, Jesús se manifiesta como el esposo del pueblo de Dios, anunciado por los profetas, y nos revela la profundidad de la relación que nos une a Él: es una nueva Alianza de amor. ¿Qué cosa hay en el fundamento de nuestra fe? Un acto de misericordia con el cual Jesús nos ha ligado a sí. Y la vida cristiana es la respuesta a este amor, es como la historia de dos enamorados. Dios y el hombre se encuentran, se buscan, se hallan, se celebran y se aman: exactamente como el amado y la amada del Cantar de los Cantares. Todo lo demás viene como consecuencia de esta relación. La Iglesia es la familia de Jesús en el cual se vierte su amor; es este amor que la Iglesia cuida y quiere donar a todos.

En el contexto de la Alianza se comprende también la observación de la Virgen: «No tienen vino» (v. 3). ¿Cómo es posible celebrar las bodas y hacer fiesta si falta aquello que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico (Cfr. Am 9,13-14; Jo 2,24; Is 25,6)? El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia del banquete y la alegría de la fiesta. Es una fiesta de bodas en la cual falta el vino; los nuevos esposos pasan vergüenza, sienten vergüenza y se avergüenzan de esto. Pero imaginen terminar una fiesta de bodas bebiendo te; sería una vergüenza. El vino es necesario para la fiesta. Transformando en vino el agua de las tinajas destinadas «a los ritos de purificación de los Judíos» (v. 6), Jesús realiza un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría. Como dice en otro pasaje el mismo Juan: «La Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (1,17).

Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el cuadro nupcial de Caná: «Hagan todo lo que él les diga» (v. 5). Es curioso: son sus últimas palabras reportadas en los Evangelio: son la herencia que nos entrega a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice a todos nosotros: «Hagan todo lo que él les diga». Es la herencia que nos ha dejado: ¡es bello! Se trata de una expresión que evoca la fórmula de fe utilizada por el pueblo de Israel en el Sinaí como respuesta a las promesas de la alianza: «Estamos decididos a poner en práctica todo lo que ha dicho el Señor» (Ex 19,8). Y en efecto en Caná los sirvientes obedecen. «Jesús dijo a los sirvientes: Llenen de agua estas tinajas. Y las llenaron hasta el borde. Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete. Así lo hicieron» (vv. 7-8). En estas bodas, de verdad viene estipulada una Nueva Alianza y a los servidores del Señor, es decir a toda la Iglesia, le es confiada la nueva misión: «Hagan todo lo que él les diga». Servir al Señor significa escuchar y poner en práctica su Palabra. Es la recomendación simple pero esencial de la Madre de Jesús y es el programa de vida del cristiano. Para cada uno de nosotros, sacar de las tinajas equivale a confiar en la Palabra de Dios para experimentar su eficacia en la vida. Entonces, junto al encargado del banquete que ha probado el agua convertida en vino, también nosotros podemos exclamar: «Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento» (v. 10). Si, el Señor continúa reservando aquel vino bueno para nuestra salvación, así como continua brotando del costado atravesado del Señor.

La conclusión de la narración suena como una sentencia: «Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él» (v. 11). Las bodas de Caná son mucho más que una simple narración del primer milagro de Jesús. Como en un cofre, Él cuida el secreto de su persona y el fin de su venida: el esperado Esposo da inicio a las bodas que se cumplen en el Misterio pascual. En estas bodas Jesús liga a sí a sus discípulos con una alianza nueva y definitiva. En Caná los discípulos de Jesús se convierten en su familia y en Caná nace la fe de la Iglesia. ¡A estas bodas todos nosotros estamos invitados, porque el vino nuevo no faltará más! Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


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La cuestión de los divorciados reesposados en el documento postsinodal.

Divorciados que se han vuelto a casar: integración y discernimiento caso por caso

El octavo capítulo de «Amoris laetitita» se ocupa de la actitud pastoral hacia quienes viven en segundas nupcias: ninguna regla general sobre el acceso a los sacramentos, pero hay una puerta abierta a mayor espacio para recorridos que tengan en cuenta las diferentes situaciones personales. «No es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada ‘irregular’ viven en una situación de pecado mortal»

Divorciados que se han vuelto a casar: integración y discernimiento caso por caso

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08/04/2016
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Los párrafos 296 – 312 del octavo capítulo de la exhortación apostólica «Amoris laetitia» están dedicados al discernimiento de las situaciones «irregulares». Contienen tres palabras clave: «acompañar», «discernir» e «integrar». Nunca se nombra explícitamente la admisión a la eucaristía en el texto, aunque en una nota se haga referencia a los «sacramentos». Se explica que no son posibles reglas canónicas generales, válidas para todos, por lo que el camino es el del discernimiento caso por caso.

 

«Nadie está condenado para siempre»

«Nadie puede ser condenado para siempre —escribe el Papa—, ¡porque esa no es la lógica del Evangelio!». «Obviamente —añade—, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad». Es decir, no se trata de reivindicar derechos, ni de auto-justificaciones públicas.

 

Diferentes circunstancias

Bergoglio recuerda que los divorciados que han centrado nuevas nupcias «pueden encontrarse en situaciones muy diferentes», que no pueden ser clasificadas en «afirmaciones demasiado rígidas». Una cosa, por ejemplo, es un segundo matrimonio consolidado en el tiempo, con nuevos hijos, «con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas». La Iglesia, observa el Papa, reconoce situaciones en las que el hombre y la mujer, por serios motivos, como la educación de los hijos, no pueden satisfacer la obligación de la separación. Y también están todos los que han hecho «grandes esfuerzos» para salvar el primer matrimonio y han sufrido un abandono injusto, o el caso de quienes se han casado de nuevo «en vista de la educación de los hijos» y, tal vez, en conciencia y seguros de que el matrimonio anterior, «irreparablemente destruido, no había sido nunca válido». Un caso completamente diferente sería, por ejemplo, un nueva unión que llega después de un divorcio reciente, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a las familias, o la situación de quienes han faltado reiteradamente «a sus compromisos familiares». Que quede claro, observa Francisco: «este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia».

 

Distinguir las situaciones

El Papa retoma las conclusiones de los padres sinodales y afirma que el discernimiento debe ser hecho, siempre, «distinguiendo adecuadamente» las situaciones, puesto que no existen «simples recetas». Hay que integrar a los divorciados que se han vuelto a casar, que no están excomulgados, en las comunidades cristianas, «evitando toda ocasión de escándalo». El Papa afirma que hay que evaluar cuáles «formas de exclusión» deben ser superadas (por ejemplo no pueden ser padrinos o madrinas de bautismos o leer las lecturas), pero no toma decisiones al respecto.

 

Ninguna normativa general

No hay que esperar de esta exhortación «una una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos». En cambio, solo es posible «un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares». Y, puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas». Los sacerdotes tienen la tarea de acompañar a las personas por esta vía, según la «enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del obispo».

 

Examen de conciencia para los divorciados que se han vuelto a casar

El Papa sugiere un examen de conciencia mediante momentos de «reflexión y de arrepentimiento». Los divorciados que se han vuelto a casar «deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles».

 

No a una doble moral

El coloquio con el sacerdote, «en el fuero interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia». Francisco aclara que «este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia». Por lo que deben ser garantizadas «las condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza». Estas actitudes son fundamentales para evitar el peligro de «mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente ‘excepciones’, o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores». La responsabilidad y la discreción, sin la pretensión de «poner sus deseos por encima del bien común de la Iglesia», permiten evitar el peligro de «pensar que la Iglesia sostiene una doble moral».

 

Discernimiento especial

El Papa también reflexiona sobre las razones que permiten un «discernimiento especial» en ciertas situaciones, pero sin reducir nunca «las exigencias del Evangelio». Se trata de evaluar «condicionamientos» y «circunstancias atenuantes». «Ya no es posible decir —afirma el Papa— que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada ‘irregular’ viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante». Y los límites no dependen simplemente de una «eventual ignorancia de la norma». Hay quienes, efectivamente, podrían encontrarse en condiciones «concretas que no les permitan actuar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa». Es decir: puede haber «factores que limitan la capacidad de decisión».

 

Situación objetiva e imputabilidad

El Catecismo de la Iglesia católica (n. 1735) afirma, con respecto a estos condicionamientos, que «a imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales». Por ello, un «juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada». Por lo tanto, continúa Francisco, «la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia». Hay que «alentar la maduración de una conciencia iluminada», pero a veces también se puede reconocer cuál es «por el momento» «la respuesta géneros que se puede ofrecer a Dios», aunque «todavía no sea plenamente el ideal objetivo». Francisco escribe que «es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general». E invita a recordar que santo Tomás de Aquino afirma: «cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación».

 

No a la «casuística»

Las normas generales «presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar», pero «en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares». Al mismo tiempo, precisa Bergoglio, hay que decir que «lo que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma». Porque esto daría lugar a una «casuística insoportable», poniendo en peligro «los valores que se deben preservar con especial cuidado».

 

Las leyes morales no son piedras

Un pastor «no puede sentirse satisfecho aplicando solamente leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares’, como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas». Francisco recuerda lo que afirmó la Comisión Teológica Internacional: «La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso, eminentemente personal, de toma de decisión».

 

Recibir ayuda de la Iglesia

«A causa de los condicionamientos o de los factores atenuantes —escribe el Papa— es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia». Se precisa significativamente en la nota número 351 que «en ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos». Al creer que «todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación». A todos los que «tienen dificultades para vivir plenamente la ley divina, debe resonar la invitación a recorrer» la vía de las obras de misericordia.

 

Nunca renunciar a proponer lo ideal

El Papa después insiste, para evitar «cualquier interpretación desviada», que «de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza». Cualquier «forma de relativismo» al respecto sería una «falta de fidelidad al Evangelio».

 

Posibles etapas de crecimiento

Sin embargo, añade Francisco, «de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes» deriva que «sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas». El Papa comprende a quienes «prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna». Pero afirma creer sinceramente que «Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad». Los pastores que «proponen a los fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia, deben ayudarles también a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes».

 

Dar espacio al amor de Dios

La enseñanza de la teología moral «no debería dejar de incorporar estas consideraciones», observa Francisco, explicando que «a veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios». Y es muy significativa la nota que completa este pasaje, en la que el Papa escribe: «algunos sacerdotes exigen a los penitentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II», quien, en una carta al cardenal William Baum, «afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída ‘no prejuzga la autenticidad del propósito’».

 

La lógica del perdón

En la Iglesia «debe prevalecer» la lógica que siempre lleva a «comprender, a perdonar, a acompañar», y, sobre todo, «a integrar». Francisco invita a los fieles que viven en «situaciones complejas» a acercarse «con confianza» a dialogar con sus pastores. No siempre «encontrarán en ellos una con afirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz». Y también invita a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, «con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista».

 

«Amoris laetitia», una nueva «constitución» para las familias

 

La exhortación: «Formar las conciencias, no pretender sustituirlas»


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La exhortación papal sobre la familia. Análisis

«Amoris laetitia», una nueva «constitución» para las familias

Las dificultades, los desafíos, pero también todo el aporte positivo del amor conyugal. La exhortación post-sinodal de Papa Francisco es la «carta» para las próximas décadas. Desde la importancia de la sexualidad («un regalo maravilloso de Dios») hasta dos capítulos con consejos para que los esposos se amen. La familia es «un bien del que la sociedad no puede prescindir». La importancia de la educación de los hijos

«Amoris laetitia», una nueva «constitución» para las familias

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08/04/2016
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Nueve capítulos en un documento de 264 páginas, largo y complejo: «Amoris laetitia», la alegría del amor, es la exhortación con la que Papa Francisco cierra el recorrido de dos Sínodos dedicados a la familia. El primer capítulo ofrece un marco de citas bíblicas, el segundo traza una visión sobre la situación, el tercero habla sobre la vocación de la familia. Dos capítulos, el cuarto y el quinto, están dedicados específicamente al tema del amor conyugal. El sexto habla de las perspectivas pastorales, el séptimo sobre la educación de los hijos. En cambio, el octavo, que será seguramente el más discutido, contiene las indicaciones para la integración de los divorciados que se han vuelto a casar.

 

El amor, símbolo de las realidades íntimas de Dios

En el primer capítulo, el Papa recuerda que «la Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares». La «pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios».

 

Individualismo y disminución demográfica

En el segundo capitulo se afronta el tema de los «desafíos» de las familias. Existe el peligro «que representa un individualismo exasperado» que hace que prevalezca, «en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto». Francisco da la alarma sobre la disminución demográfica, debido «a una mentalidad antinatalista y promovido por las políticas mundiales de salud reproductiva», y recuerda que «la Iglesia rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones coercitivas del Estado en favor de la anticoncepción, la esterilización e incluso del aborto». Todas ellas medidas «inaceptables incluso en lugares con alta tasa de natalidad», pero animadas por los políticos incluso en los países en donde nacen pocos niños.

 

La casa

Francisco escribe que «la falta de una vivienda digna o adecuada suele llevar a postergar la formalización de una relación». Una «familia y un hogar son dos cosas que se reclaman mutuamente». Por este motivo, «tenemos que insistir en los derechos de la familia, y no sólo en los derechos individuales. La familia es un bien del cual la sociedad no puede prescindir, pero necesita ser protegida».

 

Explotación infantil

La explotación sexual de los niños y niñas constituye «una de las realidades más escandalosas y perversas de la sociedad actual». Hay niños «de la calle» en las sociedades que sufren violencia, la guerra o la presencia del crimen organizado. «El abuso sexual de los niños se torna todavía más escandaloso —denuncia Francisco— cuando ocurre en los lugares donde deben ser protegidos, particular- mente en las familias y en las escuelas y en las comunidades e instituciones cristianas».

 

Miseria, eutanasia y otras plagas

Entre las «graves amenazas» para las familias en todo el mundo, el Papa cita la eutanasia y el suicidio asistido. Y después reflexiona sobre la situación de las «familias sumidas en la miseria, castigadas de tantas mane- ras, donde los límites de la vida se viven de forma lacerante». También se refiere a la «plaga» de la drogodependencia, «que hace sufrir a muchas familias, y no pocas veces termina destruyéndolas. Algo semejante ocurre con el alcoholismo, el juego y otras adicciones».

 

No debilitar la familia

Debilitar la familia no «favorece a la sociedad», sino que «perjudica la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos». Francisco indica que «ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena». Mientras que «las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo, por ejemplo, no pueden equipararse sin más al matrimonio. Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la sociedad».

 

Alquiler de úteros, infibulación, violencia

En el párrafo 54, el Papa habla sobre los derechos de las mujeres, e indica que es inaceptable «la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación». La «violencia verbal, física y sexual que se ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios contradice la naturaleza misma de la unión conyugal». Francisco también se refiere a la infibulación, la «grave mutilación genital de la mujer en algunas culturas, pero también en la desigualdad del acceso a puestos de trabajo dignos y a los lugares donde se toman las decisiones». Y recuerda la práctica del «alquiler de vientres o la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática».

 

El pensamiento único de la ideología «gender»

Unas cuantas líneas del documento están dedicadas al «gender», ideología que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer», presenta «una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer». Francisco dice que es «inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños».

 

No a la «fábrica» de niños

También se expresa preocupación por la «posibilidad de manipular el acto generativo», independientemente de «la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se han convertido en realidades componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas». «No caigamos —advierte el Papa— en el pecado de pretender sustituir al Creador».

 

Educar a los hijos, «derecho primario» de los padres

En el tercer capítulo de la exhortación, Francisco recuerda el magisterio de sus predecesores y explica que el sacramento del matrimonio «no es una convención social», sino un «don para la santificación y la salvación de los esposos», una verdadera «vocación». Por lo tanto, «la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional». El amor conyugal está abierto a la fecundidad. Y «la educación integral de los hijos» es «obligación gravísima, a la vez que derecho primario de los padres», y que «nadie debería pretender quitarles».

 

Instrucciones sobre el amor

En el cuarto capitulo, uno de los más innovadores, el Papa propone una paráfrasis del Himno a la caridad de San Pablo, sacando de él indicaciones concretas para los esposos. Los invita a la «paciencia» recíproca, sin pretender que «las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas», y sin colocarse siempre a uno mismo «en el centro». Los invita a ser benévolos y a «donarse sobreabuntemente sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir». Los invita a no ser envidiosos, a no enorgullecerse o «agrandarse», porque «quien ama, evita hablar demasiado de sí mismo», a no volverse «arrogantes e insoportables», a ser humildes y a «volverse amables», a no destacar «defectos y errores ajenos». Los invita a nunca acabar el día «sin hacer la paz en familia», a personar sin rencores, a hablar bien recíprocamente, tratando de «mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores», a tener confianza en el otro sin controlarlo, dejando «espacios de autonomía». E invita también a «contemplar» al cónyuge, recordando que «las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás».

 

Mensaje a los jóvenes

El Papa dice a los jóvenes que debido a la «seriedad» del «compromiso público de amor», el matrimonio «no puede ser una decisión apresurada», pero tampoco hay que dejarla pasar «indefinidamente». Comprometerse con otra persona exclusiva y definitivamente «siempre tiene una cuota de riesgo y de osada apuesta». Hay que «darse tiempo» y saber escuchar al cónyuge, dejar que hable antes de «comenzar a dar opiniones o consejos». «Muchas discusiones en la pareja no son por cuestiones muy graves». A veces se trata de cosas pequeñas, «poco trascendentes, pero lo que altera los ánimos es el modo de decirlas o la actitud que se asume en el diálogo».

 

Sexualidad, «regalo maravilloso»

Deseos, sentimientos, emociones, «ocupan un lugar importante en el matrimonio». Francisco, citando a Benedicto XVI, explica que la enseñanza oficial de la Iglesia «no ha rechazado el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación», que lo «deshumaniza». Dios mismo «creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus criaturas». Juan Pablo II rechazó la idea de que la enseñanza de la Iglesia implique «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación». La necesidad sexual de los esposos no es «objeto de desprecio». Pero, «no podemos ignorar que muchas veces la sexualidad se despersonaliza y también se llena de patologías», convirtiéndose «cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos». Por ello, el Papa insiste en que «un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su situación actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor». Debe ser rechazada, por lo tanto, «toda forma de sometimiento sexual».

 

Acoger la vida

El quinto capitulo recuerda que la familia es el ámbito «no sólo de la generación sino de la acogida de la vida». El Papa escribe que «si un niño llega al mundo en circunstancias no desea- das, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios». Las familias numerosas «una alegría para la Iglesia», aunque esto no quiere decir olvidar una «sana advertencia» de Juan Pablo II: «la paternidad responsable no es procreación ilimitada». Francisco recuerda que es importante que «el niño se sienta esperado». «Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera; no, ¡porque es hijo! No porque piensa como yo o encarna mis deseos». El Papa se dirige a todas las mujeres embarazadas: «Ese niño merece tu alegría. No permitas que los miedos, las preocupaciones, los comentarios ajenos o los problemas apaguen esa felicidad de ser instrumento de Dios para traer una nueva vida al mundo».

 

La presencia de una madre…

En el documento se dice que es «plenamente legítimo» y «deseable» que las mujeres estudien, trabajen, desarrollen las propias capacidades y los propios objetivos. Pero, al mismo tiempo, «no podemos ignorar la necesidad que tienen los niños de la presencia materna, especialmente en los primeros meses de vida». La disminución de la presencia materna, «con sus cualidades femeninas es un riesgo grave para nuestra tierra». «Valoro el feminismo —comenta Bergoglio— cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad».

 

… y los padres ausentes

El problema de nuestros días parece ser la «ausencia» de los padres. A veces el padre está «tan concentrado en sí mismo y en su trabajo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que olvida incluso a la familia. Y deja solos a los pequeños y a los jóvenes». La presencia paterna «se ve afectada también por el tiempo cada vez mayor que se dedica a los medios de comunicación y a la tecnología de la distracción». Pero pedir que el padre esté presente «no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos».

 

Sí a las adopciones

La adopción «es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa». El Papa escribe: «es importante insistir en que la legislación pueda facilitar los trámites de adopción». La familia «no debe pensar en sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad», ni concebirse como asilada de todo lo demás. «Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer ‘doméstico’ el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano». Y esto implica también el compromiso hacia los pobres y quienes sufren. El pequeño núcleo familiar «no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo».

 

Hacer que los ancianos se sientan en casa

«Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad». Francisco observó que «la atención a los ancianos «habla de la calidad de una civilización». El documento contiene también una invitación a no considerar como «competidores» o «invasores» a los suegros, a las suegras ni a los demás parientes del cónyuge.

 

Familias «sujetos activos» de la pastoral

El sexto capítulo de la exhortación está dedicado a las perspectivas pastorales. Francisco pide «un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia», además de una «conversión misionera» de toda la Iglesia, para que no se quede «en un anuncio meramente teórico y desvinculado de los problemas reales de las personas». La pastoral familiar «debe hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana». Se insiste también en la necesidad de una mayor formación interdisciplinaria y no solo doctrinal de los seminaristas, para ocuparse de los complejos problemas de las familias de hoy.

 

La preparación para el matrimonio

El Papa insiste mucho en la exigencia de preparar mejor a los novios para el matrimonio, con una mayor participación de toda la comunidad. Cada Iglesia local debe elegir cómo hacerlo. «Se trata de una suerte de «iniciación» al sacramento del matrimonio que les aporte los elementos necesarios para poder recibirlo con las mejores disposiciones y comenzar con cierta solidez la vida familiar». Pero no hay que olvidar «los valiosos recursos de la pastoral popular», como, por ejemplo, el día de San Valentín, que «que en algunos países es mejor aprovechado por los comerciantes que por la creatividad de los pastores». El recorrido de preparación también debe dar la posibilidad de «reconocer incompatibilidades o riesgos. De este modo se puede llegar a advertir que no es razonable apostar por esa relación, para no exponerse a un fracaso previsible que tendrá consecuencias muy dolorosas».

 

«Demasiado concentrados en los preparativos»

«La preparación La preparación próxima al matrimonio tiende a concentrarse en las invitaciones, los vestidos, la fiesta y los innumerables detalles que consumen tanto el presupuesto como las energías y la alegría. Los novios llegan agobiados y agotados al matrimonio». «Queridos novios: «Tengan la valentía de ser diferentes, no se dejen devorar por la sociedad del consumo y de la apariencia». Además, el matrimonio debe ser asumido como «un camino de maduración», sin tener expectativas demasiado elevadas sobre la vida conyugal.

 

Sí a la «Humanae vitae»

Francisco pide volver a descubrir la encíclica de Pablo VI y la «Familiaris consortio» de Papa Wojtyla, «para contrarrestar una mentalidad a menudo hostil a la vida».

 

Consejos a los jóvenes esposos

El Papa sugiere algunos «rituales cotidianos». «Es bueno darse siempre un beso por la mañana, bendecirse to- das las noches, esperar al otro y recibirlo cuando llega, tener alguna salida juntos, compartir tareas domésticas». Y es un bien interrumpir «la rutina con la esta, no perder la capacidad de celebrar en familia, de alegrarse y de festejar las experiencias lindas».

 

Las crisis se arreglan

Con la «ayuda adecuada y con la acción de reconciliación de la gracia, un gran porcentaje de crisis matrimoniales se superan de manera satisfactoria». «Saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida familiar». Y por ello es necesaria «la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional».

 

Nunca usar a los hijos como «rehenes»

Francisco pide a los padres separados «¡nunca, nunca, nunca tomar al hijo como rehén!». Si se separaron «por muchas dificultades y motivos, la vida les ha dado esta prueba, pero que no sean los hijos quienes carguen el peso de esta separación, que no sean usados como rehenes contra el otro cónyuge». Los hijos deben crecer «escuchando que la mamá habla bien del papá, aunque no estén juntos, y que el papá habla bien de la mamá». El Papa afirma que el divorcio es «un mal», y define «alarmante» el aumento de los divorcios.

 

La homosexualidad en familia

La experiencia de tener en su seno personas con tendencias homosexuales es una experiencia «nada fácil ni para los padres ni para sus hijos». El Papa insiste en que «toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta». Por ello, se trata de «asegurar un respetuoso acompañamiento, con el n de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida». Y vuelve a insistir en que no se pueden comparar las uniones entre homosexuales con los matrimonios.

 

El «aguijón» de la muerte

El Papa recuerda la importancia de acompañar a las familias afectadas por un luto, afirmando que «hay que ayudar a descubrir que quienes hemos perdido un ser querido todavía tenemos una misión que cumplir, y que no nos hace bien querer prolongar el sufrimiento».

 

¿Quién guía a nuestros hijos?

En el séptimo capítulo se habla sobre la educación de los hijos. Francisco invita a preguntarse «quiénes se ocupan de darles diversión», quiénes «entran en sus habitaciones a través de las pantallas», a quiénes los confiamos «en su tiempo libre». Siempre hay que vigilar. Los padres deben prepararlos para afrontar «riesgos, por ejemplo, de agresiones, de abuso o de drogadicción». Pero, si un padre «está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio», no lo educará ni lo «preparará para afrontar los desafíos». Por el contrario, hay que poner en marcha «procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía».

 

¿Cómo educar?

La formación moral debería llevarse a cabo «intuitivamente», para que el «hijo pueda llegar a descubrir por sí mismo la importancia de determinados valores, principios y normas, en lugar de imponérselos como verdades irrefutables». En el mundo de hoy, «en el que reinan la ansiedad y la prisa tecnológica, una tarea importantísima de las familias es educar para la capacidad de esperar. No se trata de prohibir a los chicos que jueguen con los dispositivos electrónicos, sino de encontrar la forma de generar en ellos la capacidad de diferenciar las diversas lógicas y de no aplicar la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida».

 

El peligro del «autismo tecnológico»

Los medios electrónicos a veces «alejan en lugar de acercar, como cuando en la hora de la comida cada uno está concentrado en su teléfono móvil, o como cuando uno de los cónyuges se queda dormido esperando al otro, que pasa horas entretenido con algún dispositivo electrónico». No hay que ignorar «los riesgos de las nuevas formas de comunicación para los niños y adolescentes, que a veces los convierten en abúlicos, desconectados del mundo real. Este ‘autismo tecnológico’ los expone más fácilmente a los manejos de quienes buscan entrar en su intimidad con intereses egoístas». La exhortación dice sí a la educación sexual, que tenga «un sano pudor», y también a una educación que acostumbre a los niños a comprender que también los hombres pueden (y deben) hacer las tareas domésticas. Para concluir, es indispensable que «los hijos vean de una manera concreta que para sus padres la oración es realmente importante».

 

Divorciados que se han vuelto a casar: integración y discernimiento caso por caso

 

La exhortación: «Formar las conciencias, no pretender sustituirlas»


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Video sobre la familia y el amor según la exhortación postsinodal.

“Amoris laetitia”: Video sobre la “Alegría del amor”

2016-04-08 Radio Vaticana

(RV).-  “Amoris Laetitia – La alegría del amor”, es el título de la Exhortación Apostólica post-sinodal, firmada por el Papa Francisco el 19 de marzo y presentado la mañana del viernes 8 de abril en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

El documento dedicado al amor en la familia recoge los resultados de los dos Sínodos sobre la Familia, desarrollados en el 2014 y en el 2015.

Video sobre la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia”

(from Vatican Radio)


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El Cardenal Schonborn comenta la exhortación postsinodal sobre la familia.

Presentación del Cardenal Schönborn de la Exhortación “Amoris laetitia” del Papa

2016-04-08 Radio Vaticana

(RV).- Tal como estaba previsto, el segundo viernes de abril se presentó en la Sala de Prensa de la Santa Sede la Exhortación Apostólica post-sinodal  del  Papa Francisco, “Amoris laetitia”, sobre el amor en la familia.

Intervinieron en la presentación de este nuevo documento papal los Cardenales Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los Obispos y Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena; además del Profesor Francesco Miano, Docente de Filosofía Moral de la Universidad de Estudios de Roma Tor Vergata y de la Profesora Giuseppina De Simone, Docente de  Filosofía de la Facultad Teológica de Italia Meridional de Nápoles, ambos esposos.

En su presentación, el Cardenal Christoph Schönborn recordó que el mismo Santo Padre ha definido como central los capítulos 4 y 5, es decir los dos capítulos centrales de esta Exhortación, no sólo en sentido geográfico, sino por su contenido, porque “no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar”, tal como se lee en el número 89 de este documento.

Y añadió que estos dos capítulos centrales de Amoris laetitia probablemente serán saltados por muchos para llegar  inmediatamente a los temas candentes o puntos críticos. Por esta razón afirmó, como experto pedagogo, el Papa Francisco sabe bien que nada atrae y motiva tan fuertemente como la experiencia positiva del amor, y él habla del amor con gran vivacidad, comprensión y empatía.

El Purpurado explicó que el cuarto capítulo es un amplio comentario al Himno de la Caridad de la 1ª Carta a los Corintios, por lo que recomendó la meditación de estas páginas. Y notó, como aspecto importante, que el Papa Bergoglio habla con gran claridad, del papel que también tienen las pasiones, las emociones, el eros y la sexualidad en la vida matrimonial y familiar. Por esta razón – dijo – no es casual que el Papa Francisco cite de modo especial a Santo Tomás de Aquino, quien atribuye a las pasiones un papel sumamente importante, mientras la moral moderna, a menudo puritana, las ha desacreditado o descuidado.

Refiriéndose al capítulo octavo titulado “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”, en que el Papa Francisco aborda el tema del “Discernimiento de las situaciones llamadas ‘irregulares’ el Cardenal Schönborn reafirmó que el título de esta Exhortación encuentra su plena expresión: ¡Amoris laetitia! Aquí se entiende cómo es posible llegar “a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio” (AL 205). Pero aquí se hace también dolorosamente visible cuánto mal hacen las heridas de amor y cuán lacerantes son las experiencias de fracaso de las relaciones. “Por eso no me maravilla – dijo el Purpurado – que sea sobre todo el octavo capítulo el que llama la atención y el interés. De hecho la cuestión de cómo la Iglesia trate estas heridas, de cómo trate los fracasos del amor se ha vuelto para muchos una ‘cuestión-test’ para entender si la Iglesia es verdaderamente el lugar en el cual se puede experimentar la misericordia de Dios”.

Este capítulo debe mucho al intenso trabajo de los dos Sínodos, a las amplias discusiones en la opinión pública y eclesial. Aquí se manifiesta la fecundidad del modo de proceder del Papa Francisco. Él deseaba expresamente una discusión abierta sobre el acompañamiento pastoral de situaciones complejas y ha podido ampliamente fundarse sobre los textos que los dos Sínodos le han presentado para mostrar cómo se puede “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (AL 291).

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto de la presentación del Cardenal Christoph Schönborn de la Exhortación Apostólica post-sinodal  “Amoris laetitia” del  Papa Francisco

La tarde del 13 de marzo de 2013, las primeras palabras que el Papa recién  elegido, Francisco, dirigió  a las   personas en la plaza de San Pedro y a todo el mundo fueron: “Buenas tardes”. Tan sencillos  como este saludo son el lenguaje y el estilo del nuevo texto del Papa Francisco. La Exhortación no es tan breve como este simple saludo, pero sí tan realista. En estas 200 páginas el Papa Francisco  habla de “amor en la familia” y lo hace de una  forma tan concreta y tan sencilla, con palabras que calientan el corazón,  como las de aquel buenas tardes  del 13 de marzo de 2013. Este es su estilo, y él espera que se  hable de las cosas de la vida de la manera más concreta posible, sobre todo si se trata de la familia, de una de las realidades más elementales de la vida.

Para decirlo ya  de antemano: los documentos de la Iglesia a menudo no pertenecen a un género literario de los más asequibles. Este texto del Papa es legible. Y el que no se deje asustar por su longitud  encontrará  alegría en la concreción y el realismo de este documento. El Papa Francisco habla de las familias con una claridad que pocas veces se encuentra en los documentos del magisterio de la Iglesia.

Antes de entrar en el texto, me gustaría decir,  de una manera muy personal,  el por qué lo he leído con alegría, con gratitud, y siempre con gran emoción. En la enseñanza eclesial sobre el matrimonio y la familia a menudo hay una tendencia, tal vez inconsciente, a abordar con dos enfoques estas  dos realidades de la vida. Por un lado están  los matrimonios y las familias  “normales”, que obedecen a la regla, en los que todo está “bien”,  y está “en orden”, y luego están las situaciones “irregulares” que plantean un problema. Ya el mismo término “irregular” sugiere que hay una clara distinción.

Por lo tanto, el que  se encuentra en el lado de  los “irregulares” tiene que dar por sentado que los  “regulares” están en la otra parte. Sé personalmente, debido a mi propia familia, lo  difícil que es esto para los que vienen de  una familia “patchwork”. En estas situaciones las enseñanzas de la  Iglesia, pueden  hacer daño, pueden dar la sensación de estar excluidos.

El Papa Francisco ha puesto su exhortación bajo el lema: “Se trata de integrar a todos” (AL 297), porque  se trata de una comprensión fundamental del Evangelio: ¡Todos necesitamos  misericordia! “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Juan 8: 7). Todos nosotros, independientemente del matrimonio y la situación familiar en la que nos encontramos, estamos en camino. Incluso un matrimonio  en el que todo “va bien” está en camino. Debe crecer, aprender, superar nuevas etapas. Conoce el pecado y el fracaso, necesita reconciliación y  nuevos comienzos, y esto hasta edad avanzada. (AL 297).

El Papa Francisco ha conseguido hablar de todas las situaciones sin catalogar, sin categorizar, con esa mirada fundamental de  benevolencia que tiene algo que ver con el corazón de Dios, con los ojos de Jesús, que  no excluyen  a nadie (AL 297), que acogen a todos y a todos conceden la “alegría del Evangelio”. Por eso la lectura de Amoris laetitia es tan reconfortante. Nadie debe sentirse condenado, nadie despreciado. En este clima de acogida, la enseñanza de la visión cristiana del matrimonio y de la familia, se convierte en invitación, estímulo, alegría del amor en la que podemos creer y que no excluye, verdadera y sinceramente, a nadie. Por eso,  para  mí Amoris laetitia  es sobre todo, y en primer lugar, un “acontecimiento lingüístico”, como lo fue Evangelii gaudium. Algo ha cambiado en la enseñanza eclesial. Este cambio de lenguaje se percibía ya  durante el camino sinodal. Entre las dos sesiones sinodales  de octubre de 2014 y octubre de 2015 se puede ver claramente cómo el tono se haya  enriquecido en estima, como se hayan aceptado sencillamente  las diversas situaciones de la vida, sin juzgarlas ni condenarlas inmediatamente. En Amoris laetitia  ha pasado a ser el tono lingüístico constante. Detrás de esto  no hay, por supuesto,  solamente una opción  lingüística, sino un profundo respeto ante  cada persona  que nunca es,  en primer lugar, un “caso problemático”, una “categoría”, sino un ser humano inconfundible, con su historia y su camino  con y hacia Dios. En Evangelii gaudium el Papa Francisco decía  que  deberíamos quitarnos los zapatos ante  la tierra sagrada del otro (EG 36). Esta actitud fundamental atraviesa la entera  exhortación. Y es también la razón más profunda para las otras dos palabras clave: discernir y acompañar. Estas palabras no se aplican únicamente a las “situaciones llamadas irregulares” (Francisco hace hincapié en este ¡“las llamadas”!), sino que valen para todas las personas, para cada matrimonio, para cada familia. Todas, de hecho, están en camino, y todas necesitan “discernimiento” y “acompañamiento”.

Mi gran alegría ante este documento reside en el hecho de que, coherentemente, supera la  artificiosa, externa y neta división  entre “regular” e  “irregular” y pone a todos bajo la instancia común  del Evangelio, siguiendo  las palabras de San Pablo: “Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos misericordia”. (Rom 11, 32).

Obviamente,  este principio continuo de “inclusión”, preocupa a algunos. ¿No se habla aquí a favor del relativismo? ¿No se convierte en permisivismo la tan evocada misericordia? ¿Se ha acabado la claridad de los límites que no se deben superar, de  las situaciones que objetivamente se definen como irregulares,  pecaminosas? Esta exhortación ¿no favorece una cierta laxitud, un “anything goes”? ¿La misericordia propia de  Jesús no es,  a menudo en cambio, una misericordia severa, exigente?

Para aclarar esto el Papa Francisco no deja duda alguna  sobre sus intenciones y nuestra tarea:

“Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. Es verdad que no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentarlas razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece” (AL 35).

El Papa Francisco está convencido de que la visión cristiana del matrimonio y de la familia tiene, también hoy  en día,  una fuerza de  atracción inmutable. Pero  exige “una saludable reacción autocrítica”: “Tenemos que ser humildes y realistas, para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos”, (AL 36). “Hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario” (AL 36).

Permítanme relatarles  una experiencia de Sínodo de octubre pasado: Que yo sepa, dos de los trece “circuli minores” comenzaron su trabajo  haciendo que  cada participante contase su propia situación familiar. Pronto se descubrió que casi todos los obispos o los otros participantes del “circulus minor” enfrentaban, en sus familias,  los temas, las preocupaciones, las “irregularidades” de las cuales,  nosotros en el Sínodo, habíamos hablado  de forma algo abstracta.  El Papa  Francisco nos invita a hablar de nuestras familias “tal cual son” .Y ahora, lo  magnífico  del camino sinodal y de su proseguimiento con el Papa Francisco: Este sobrio  realismo sobre las familias “tal cual son” ¡no nos aleja para nada del ideal!  Por el contrario: el Papa Francisco consigue con el trabajo de ambos Sínodos situar  a las familias en una perspectiva positiva, profundamente rica de esperanzas. Pero esta perspectiva alentadora sobre  las familias exige esa “conversión pastoral” de la que hablaba Evangelii gaudium de una manera tan emocionante. El siguiente párrafo de Amoris laetitia recalca  las líneas directrices de esa “conversión pastoral”:

“Durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas. Tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida. También nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas”  (AL 37).

El Papa Francisco habla de una profunda confianza en los corazones y en la nostalgia de los seres humanos. Se percibe aquí la gran tradición educacional  de la Compañía de Jesús  a la responsabilidad personal. Habla de dos peligros contrarios: El “laissez-faire” y la obsesión de querer controlar y dominar todo Por un lado es cierto que “la familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía… Siempre hace falta una vigilancia. El abandono nunca es sano”. (AL  260).

Pero la vigilancia puede volverse también exagerada: “Pero la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo (…). Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía” (AL 261). Encuentro muy iluminante poner en conexión este pensamiento sobre la educación con aquellos relacionados con la praxis pastoral de la Iglesia. De hecho, en este sentido el Papa Francisco habla muy seguido de la confianza en la conciencia de los fieles: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). La gran cuestión obviamente es ésta: ¿cómo se forma la conciencia?, ¿cómo llegar a aquello que es el concepto clave de todo este gran documento, la clave para comprender correctamente la intención de Papa Francisco: “el discernimiento personal”, sobre todo en situaciones difíciles, complejas? El discernimiento es un concepto central de los ejercicios ignacianos. Estos de hecho deben ayudar a discernir la voluntad de Dios en las situaciones concretas de la vida. Es el discernimiento el que hace de la persona una personalidad madura, y el camino cristiano quiere ser de ayuda al logro de esta madurez personal: “no para formar autómatas condicionados del externo, tele comandados, sino personas maduras en la amistad con Cristo. Solo allí donde ha madurado este “discernimiento” personal es también posible alcanzar un “discernimiento pastoral”, el cual es importante sobre todo ante “situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone” (AL 6).De este “discernimiento pastoral” habla el octavo capítulo, un capítulo probablemente de gran interés para la opinión pública eclesial, pero también para los medios.

Debo todavía recordar que el Papa Francisco ha definido como central los capítulos 4 y 5 (“los dos capítulos centrales”), no solamente en sentido geográfico, sino por su contenido: “no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar” (AL 89).  Estos dos capítulos centrales de Amoris laetitia serán probablemente saltados por muchos para arribar inmediatamente a las “papas calientes”, a los puntos críticos. De experto pedagogo el Papa Francisco sabe bien que nada atrae y motiva tan fuertemente como la experiencia positiva del amor. “Hablar del amor” (AL 89), esto procura claramente una gran alegría al Papa Francisco, y él habla del amor con gran vivacidad, comprensibilidad, empatía. El cuarto capítulo es un amplio comentario al Himno de la caridad del 13 capítulo de la 1 carta a los Corintios. Recomiendo a todos la meditación de estas páginas. Ellas nos animan a creer en el amor (cfr. 1 Juan 4,16) y a tener confianza en su fuerza. Es aquí que “crecer”, otra palabra clave del Amoris laetitia, tiene su sede principal: en ningún otro lugar se manifiesta tan claramente como en el amor, que se trata de un proceso dinámico en el cual el amor puede crecer, pero también puede enfriarse. Puedo solamente invitar a leer y gustar este delicioso capítulo. Es importante notar un aspecto: el Papa Francisco habla aquí con una claridad rara, del rol que también las pasiones, las emociones, el eros, la sexualidad tienen en la vida matrimonial y familiar. No es casual que el Papa Francisco cite aquí de modo particular a Santo Tomás de Aquino que atribuye a las pasiones un rol muy importante, mientras que la moral moderna a menudo puritana, las ha desacreditado o descuidado.

Es aquí que el título de la Exhortación del Papa encuentra su plena expresión: ¡Amoris laetitia!Aquí se entiende cómo es posible llegar “a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio” (AL 205). Pero aquí se hace también dolorosamente visible cuanto mal hacen las heridas de amor. Como son lacerantes las experiencias de fracaso de las relaciones. Por esto no me maravilla que sea sobre todo el octavo capítulo el que llama la atención y el interés. De hecho la cuestión de cómo la Iglesia trate estas heridas, de cómo trate los fracasos del amor se ha vuelto para muchos una cuestión-test para entender si la Iglesia es verdaderamente el lugar en el cual se puede experimentar la misericordia de Dios.

Este capítulo debe mucho al intenso trabajo de los dos Sínodos, a las amplias discusiones en la opinión pública y eclesial. Aquí se manifiesta la fecundidad del modo de proceder del Papa Francisco. Él deseaba expresamente una discusión abierta sobre el acompañamiento pastoral de situaciones complejas y ha podido ampliamente fundarse sobre los textos que los dos Sínodos le han presentado para mostrar cómo se puede “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (AL 291).

El Papa Francisco hace explícitamente suyas las declaraciones que ambos Sínodos le han presentado: “los Padres sinodales alcanzaron un consenso general, que sostengo” (AL 297). En lo que respecta a los divorciados vueltos a casar con rito civil él sostiene: “Acojo las consideraciones de muchos Padres sinodales, quienes quisieron expresar que (…) la lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral (…). Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre” (AL 299).

Pero ¿qué significa esto concretamente? Muchos se ponen con razón esta pregunta. Las respuesta decisivas se encuentran en Amoris laetitia 300. Estas ofrecen ciertamente todavía materia para ulteriores discusiones. Pero estas son  también una importante aclaración y una indicación para el camino a seguir: “Si se tiene en cuenta la innumerable variedad de situaciones concretas (…) puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos”. Muchos se esperaban tal norma. Quedarán desilusionados. ¿Qué es posible? El Papa lo dice con toda claridad: “Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares”. Y de cómo puede y debe ser este discernimiento personal y pastoral, es el tema de la entera sección de Amoris laetitia 300-312. Ya en el Sínodo del 2015, en el apéndice a los enunciados del circulus germanicus fue propuesto un “Itinerarium” del discernimiento, del examen de conciencia que el Papa Francisco hizo suyo.

“Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios”. Pero el Papa Francisco recuerda también que “este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia” (AL 300).

El Papa Francisco menciona dos posiciones erróneas. Una es aquella del rigorismo: “un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones «irregulares», como si fueran piedras que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que a menudo se esconden aún detrás de las enseñanzas de la Iglesia” (AL 305). Por otra parte la Iglesia no debe absolutamente “renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza” (AL 307).

Se pone naturalmente la pregunta: ¿qué dice el Papa respecto del acceso a las personas que viven en situaciones “irregulares”? Ya el Papa Benedicto había dicho que no existen “simples recetas” (AL 298, NOTA 333). Y el Papa Francisco vuelve a recordar la necesidad de discernir bien las situaciones (AL 298). “El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios” (AL 305). El Papa Francisco nos recuerda una frase importante que había escrito en Evangelii Gaudium 44: “un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades” (AL 305). En el sentido de esta “via caritatis” (AL 306) el Papa afirma, de manera humilde y simple, en una nota (351), que se puede dar también la ayuda de los sacramentos en caso de situaciones “irregulares”. Pero a este propósito él no nos ofrece una casuística de recetas, sino que simplemente nos recuerda dos de sus frases famosas: “a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de tortura, sino el lugar de la  misericordia del Señor” (EG 44) y la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 44).

¿No es un desafío excesivo para los pastores, para los guías espirituales, para las comunidades, si el “discernimiento de las situaciones” no está regulado de modo más preciso? El Papa Francisco conoce esta preocupación: “Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna” (AL 308). A esta él objeta diciendo: “Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio” (AL 311).

El Papa Francisco confía en la “alegría del amor”. El amor debe encontrar el camino. Es la brújula que nos indica el camino. Es la meta y el camino mismo. Porque Dios es amor y porque el amor es de Dios. Nada es tan exigente como el amor. El amor no se puede comprar. Por esto nadie debe temer que el Papa Francisco nos invite, con “Amoris laetitia”, a un camino demasiado fácil. “El camino no es fácil pero es pleno de alegría”.

(from Vatican Radio)

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