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El Card. Muller sobre la encíclica “Amoris laetitia”. Entrevista

 

Müller: “El libro de Buttiglione ha disipado las dudas de los cardenales”

Entrevista con el purpurado sobre “Amoris laetitia” y la posibilidad de dar los sacramentos a quienes viven en segundas nupcias: «Debemos conectar la palabra salvación de Dios con la situación concreta excluyendo tanto el legalismo como el individualismo auto-referencial»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

 

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Pubblicato il 30/12/2017

Ultima modifica il 30/12/2017 alle ore 23:59

ANDREA TORNIELLI

CIUDAD DEL VATICANO

 

Las palabras más significativas que recibió para sus 70 años fueron las quele dedicó el Papa emérito Benedicto XVI: el cardenal Gerhard Ludwig Müller «ha defendido las claras tradiciones de la fe, pero en el espíritu del Papa Francisco», «ha tratado de entender cómo pueden ser vividas hoy». Y precisamente hacia esta dirección se dirigía la densa y articulada introducción que el purpurado alemán quiso escribir para apoyar la iniciativa del filósofo Rocco Buttiglione, quien reunió en un volumen recién publicado sus ideas para una lectura de “Amoris laetitia” más allá de los opuestos extremismos y al mismo tiempo consciente del paso que se ha dado. Desde hace ya muchos años, primero como cardenal y después como Papa, Joseph Ratzinger se ha referido al problema que representan los cada vez más numerosos matrimonios celebrados sin fe y sin la conciencia del sacramento. Un problema del que el mismo Müller se ocupó en una carta pastoral publicada cuando comenzó su episcopado en Regensburg. En esta entrevista con Vatican Insider, el cardenal vuelve a hablar sobre las “dudas” de los cardenales y profundiza algunos de los pasajes de la introducción al libro de Buttiglione.

 

Eminencia, ¿por qué ha apoyado el libro del filósofo Rocco Buttiglione sobre “Amoris laetitia”?

 

La intención de mi amigo Rocco Buttiglione en este libro es la de ofrecer respuestas competentes a preguntas formuladas de manera competente. Yo he querido apoyar esta contribución a un diálogo honesto sin facciosidades y sin polémicas. En alemán hay un dicho: “quien quiere pacificar acaba golpeado por ambas partes”. Pero creo que debemos aceptar este riesgo por amor a la verdad del Evangelio y a la unidad de la Iglesia.

 

¿Usted cree que el libro del profesor Buttiglione ha respondido a las famosas “dudas” formuladas por los cuatro cardenales?

 

Estoy convencido de que ha disipado las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en “Amoris laetitia” se hubiera alterado sustancialmente la doctrina de la fe tanto sobre la manera válida y fecunda de recibir la santa comunión como sobre la indisolubilidad del un matrimonio válidamente contraído entre bautizados.

 

La impresión que se tienen al leer el texto de las cinco “dudas” de los cardenales es que no se trata de verdaderas preguntas, es decir dudas expresadas para tener una respuesta positiva o negativa, sino más bien de preguntas un poco retóricas que conducen hacia una dirección establecida de antemano. ¿Qué piensa al respecto?

 

Siempre que he expresado mis posiciones, que me las han pedido desde muchas partes, he tratado de superar las polarizaciones y una manera de pensar por campos contrapuestos. Por ello, el profesor Buttiglione me pidió una introducción para su libro titulada “Por qué se puede y se debe interpretar «Amoris laetitia» en sentido ortdoxo”. Pero ahora ya no debemos perder más tiempo con la cuestión de la manera en la que entramos a esta situación llena de tensiones, sino concentrarnos más bien en la manera para salir de ella. Necesitamos más confianza y atención benévola los unos por los otros. Como cristianos, nunca debemos dudar de la buena voluntad de nuestros hermanos, sino que “cada uno de ustedes, en toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo” (Fil. 2,3); así el Apóstol nos amonesta para que tengamos todos los mismos sentimientos en el amor.

 

En la introducción al libro de Buttiglione usted habla por lo menos de una excepción en relación con los sacramentos para quienes viven en segundas nupcias, la que tiene que ver con los que no pueden obtener la nulidad matrimonial en el tribunal pero están convencidos, en consciencia, de la nulidad del propio matrimonio. Esta hipótesis ya fue considerada, en el año 2000, por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este caso, ¿se puede abrir la vía a los sacramentos? ¿“Amoris laetitia” podría ser considerada como un paso más de aquella posición?

 

Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentlaidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista. No se trata de construir artificialmente un pretexto para poder dar la comunión. Quien no reconoce o no toma en serio el matrimonio como sacramento en el sentido en el que lo considera la Iglesia no puede tampoco, y esto es lo más importante, recibir en la santa comunión a Cristo, que es el fundamento de la gracia sacramental del matrimonio. Aquí debería estar antes que nada la conversión al misterio de la fe entero. Solo a la luz de estas consideraciones un ben pastor puede aclarar la situación familiar y matrimonial. Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

Estamos frente a un número cada vez mayor de casos de matrimonios celebrados sin verdadera fe entre personas que después de pocos años (a veces incluso meses) se dejan. Y tal vez después de haber contraído una nueva unión civil, encuentran verdaderamente la fe cristiana y emprenden un camino. ¿Cómo hay que comportarse en estos casos?

 

Aquí todavía no tenemos una respuesta consolidada. Pero deberíamos desarrollar criterios sin caer en la trampa de la casuística. En teoría, es bastante fácil definir la diferencia entre un no creyente bautizado y un “cristiano solo de nombre”, que llega más tarde a la plenitud de la fe. Es más difícil verificar esto en la concreta realidad de cada una de las personas en el peregrinaje de sus vidas. Fiel a la Palabra de Dios, la Iglesia no reconoce ninguna ruptura del vínculo matrimonial y, por lo tanto, ninguna división. Un matrimonio sacramental válido frente a Dios y ante la Iglesia no puede ser roto ni por los esposos ni por las autoridades de la Iglesia y, naturalmente, tampoco por un divorcio civil y un nuevo matrimonio. Es diferente el caso, que ha hemos citado, de un matrimonio inválido desde el principio por la falta de un verdadero consenso. Aquí no se rompe o no se considera irrelevante un matrimonio válido. Se reconoce simplemente lo que parecía ser un matrimonio cuando en realidad no lo es.

 

 

En su introducción al libro de Buttiglione, usted habla también sobre la reducida imputabilidad de la culpa de quien «no sea capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral». ¿Qué significa?

 

El pecado mortal nos quita la vida sobrenatural en la gracia. Su principio formal es la voluntad de contradecir la santa voluntad de Dios. A ello se suma la “materia” de acciones en grave conflicto con la doctrina de la fe de la Iglesia y su unidad con el Papa y los obispos, la santidad de los sacramentos y los mandamientos de Dios. El católico no puede excusarse diciendo que no sabía todas estas cosas. Pero existen personas que, sin una culpa grave propia, no han recibido una suficiente instrucción religiosa y viven en un ambiente espiritual y cultural que pone en peligro el “sentiré cum Ecclesia”. Aquí se necesita un bien pastor que, esta vez, no rechace a los lobos con su bastón, sino, según el modelo del Buen Samaritano, derrame aceite y vino en las heridas, y acoja al herido en esa posada que es la Iglesia.

 

En su introducción, usted recordó también la doctrina tradicional, según la cual «para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios». Entonces, ¿puede haber algunos casos en los que, al faltar la plena conciencia y el deliberado consenso, la imputabilidad sea reducida?

 

Quien, en el sacramento de la Penitencia, pide la Reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar todos los pecados graves de los que se acuerde después de un profundo examen de conciencia. Solamente Dios puede medir la gravedad de los pecados cometidos en contra de sus mandamientos, porque solo Él conoce el corazón de los hombres. Las circunstancias, conocidas solamente por Dios, que disminuyen la culpa y la pena frente a su tribunal, son de tipo diferente de las que se pueden juzgar desde el exterior, como las que pueden poner en entredicho la validez de un matrimonio. La Iglesia puede administrar los sacramentos como instrumento de la gracia solo conforme a la manera en la que Cristo los instituyó. Santo Tomás de Aquino distingue el sacramento de la penitencia de la eucaristía en cuanto la primera es una medicina que purifica (purgativa), mientras la segunda es una medicina que edifica (confortativa). Si se intercambian se daña al enfermo o al sano. Quien se acuerde de un pecado grave primero debe recibir el sacramento de la penitencia. Por ello es necesario el arrepentimiento y el propósito de evitar las próximas ocasiones de pecado. Sin esto no se da el perdón sacramental. Esta es, de cualquier manera, la doctrina de la Iglesia. En la introducción al libro de Buttiglione cité también los pasajes relevantes del magisterio más autorizado. Sin embargo, los creyentes también tienen derecho a un acompañamiento atento que corresponda a su itinerario personal de fe. En el acompañamiento pastoral y, sobre todo en el sacramento de la penitencia, el sacerdote debe ayudar en el examen de conciencia. El creyente no puede decidir solo, en consciencia, si reconocer o no los mandamientos de Dios como justos y vinculantes para él. En cambio, debemos examinar en consciencia nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones a la luz de Su santa voluntad. En lugar de justificarnos solos, debemos rezar humildemente a Dios y “con espíritu contrito” (Salmo 51,19) por el perdón de los pecados que no sabemos que hemos cometido. Solo así es posible un nuevo inicio.

 

¿Cómo se superan los peligros opuestos del subjetivismo y del legalismo? ¿Cómo se pueden considerar los casos concretos individuales, a veces dramáticos?

 

En la visión católica, la consciencia del individuo, los mandamientos de Dios y las autoridades de la Iglesia no están aislados unos de otros, sino que están unos con otros en una conexión interior atentamente calibrada. Esto excluye tanto un legalismo como un individualismo auto-referencial. No es nuestra tarea justificar una nueva unión que se parece a un matrimonio con una persona que no sea el cónyuge legítimo. No se nos permite considerar “mundanamente” que Jesús no puede haber tomado en serio la indisolubilidad del matrimonio o que esta no pueda ser pretendida por el hombre de hoy que, debido a la extensión de la duración de la vida, no puede resistir tanto tiempo con un único cónyuge. Pero hay situaciones dramáticas en las que es difícil encontrar una salida. Aquí el buen pastor distingue cuidadosamente las condiciones objetivas de las subjetivas y da un consejo espiritual. Pero él no puede erguirse como Señor sobre la conciencia de los demás. Aquí debemos conectar la palabra de salvación de Dios, que en la doctrina de la Iglesia solo se trasmite, con la situación concreta, en la que se encuentra el hombre en su peregrinaje. Es bueno recordar también el antiguo principio según el cual el confesor no debe turbar la conciencia del penitente en buena fe antes de que este haya crecido en la fe y en la conciencia de la doctrina cristiana hasta el punto de reconocer el propio pecado, y formular el propósito de no cometerlo más. Entre la obediencia a Cristo Maestro y la imitación del Buen Pastor no hay un o-o, sino un e-e.

 

Las líneas guía pastorales-aplicativas de “Amoris laetitia” de los obispos de la región de Buenos Aires, elogiadas por el Pontífice, fueron publicadas en “Acta Apoatolicae Sedis”. ¿Qué le parecen?

 

Esta es una cuestión sobre la que no me gustaría ofrecer ningún juicio. En mi prefacio al libro de Buttiglione hablé en general de la relación entre el magisterio papal y la autoridad de las directivas pastorales de los obispos diocesanos. No se trata de decisiones dogmáticas o de una especie de evolución del dogma. Solamente se trata de una posible práctica de la administración de los sacramentos, puesto que en casos tan graves el sacramento de la penitencia debe anteceder poder recibir la comunión. Pero al respecto habría que recordar que, según la fe católica, el sacrificio eucarístico, la santa misa, no se puede recibir a recibir (con la boca) la comunión. El Concilio de Trento habla de una triple modalidad para recibir el sacramento: según el deseo (“in voto”); recibir con la boca la santa hostia (la comunión sacramental); la íntima unión de gracia con Cristo (la comunión espiritual).

 

 

 

El volumen de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (Ares, 208 pp.). El filósofo responde a quienes critican al Papa Francisco, a las “dudas” y a la “correctio filialis”. El libro comienza con una introducción del cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Müller, Buttiglione y la “confusión” de los críticos del Papa

 

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

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Discurso del Papa al dicasterio de la doctrina de la fe.

Audiencia del Papa a los participantes en la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la FeAudiencia del Papa a los participantes en la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe  (Vatican Media)

Papa: gratitud y exhortaciones al Dicasterio para la Doctrina de la Fe

Con verdad y misericordia, siguiendo a Cristo, la Iglesia y los pastores ayuden al hombre de hoy – que ya no sabe quién es – a redescubrir su dignidad de hijo de Dios para construir un mundo más humano

Cecilia de Malak – Ciudad del Vaticano

Al recibir a los participantes en la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Papa Francisco expresó su profundo aprecio por el delicado servicio que desarrollan y que responde a «los particulares lazos de ese Dicasterio con el ministerio del Sucesor de Pedro, el cual está llamado a confirmar a los hermanos en la fe y a la Iglesia en la unidad.

Les agradezco por su empeño cotidiano de sostén al magisterio de los Obispos, en la tutela de la recta fe y de la santidad de los Sacramentos, en todas las variadas cuestiones que hoy requieren un discernimiento pastoral importante».

Graviora delicta, vínculo matrimonial, salvación cristiana, antropología en la economía, dignidad inviolable de la vida humana

En su denso discurso el Papa habló de importantes temas como los graviora delicta – los delitos más graves – y las solicitudes de disolución del vínculo matrimonial in favorem fidei, así como las tendencias neo-pelagianas y neo-agnósticas; la ética en la economía y las finanzas y el acompañamiento de los enfermos terminales.

Y subrayó la misión importante que desarrollan ante un «horizonte cada vez más fluido y mudable, que caracteriza el comprenderse a sí mismo del hombre de hoy  y que tanto influye sobre las opciones existenciales y éticas»:

“ El hombre de hoy ya no sabe quién es y fatiga en reconocer cómo actuar bien ”

En este sentido es decisiva la tarea de vuestra Congregación en recordar la vocación transcendente del hombre y la inseparable conexión de su razón con la verdad y el bien, a la que introduce la fe en Jesucristo. Nada como el abrirse de la razón a la luz que viene de Dios ayuda al hombre a conocerse a sí mismo y el designio de Dios sobre el mundo».

Redención y comunión con Cristo

También expresó el Papa su aprecio por el estudio que han emprendido sobre algunos aspectos de la salvación cristiana, para reafirmar el significado de la redención ante las hodiernas tendencias neo-pelagianas y neo-agnósticas, expresión de un individualismo que confía salvarse con sus propias fuerzas:

“ Nosotros creemos que la salvación consiste en la comunión con Cristo resucitado ”

«que, gracias al don de su Espíritu, nos ha introducido en un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres. Así podemos unirnos al Padre como hijos en el Hijo y volvernos un solo cuerpo en Aquel que es el «Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Implicaciones éticas de una adecuada antropología económica y financiera

«El Magisterio de la Iglesia ha reiterado siempre con claridad, a este respeto, que

“ la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral (Gaudium et Spes 64) ”

Acompañamiento de los enfermos terminales y dignidad de la vida humana

En lo que respecta al acompañamiento de los enfermos terminales y al proceso de secularización, que absolutiza los conceptos de autodeterminación y autonomía, que en muchos países ha conllevado un crecimiento de la solicitud de eutanasia como afirmación ideológica de la voluntad de poder del hombre sobre la vida, el Papa reiteró la dignidad de la vida humana en todas sus etapas:

«Ello ha llevado también a considerar la voluntaria interrupción de la existencia humana como una opción de ‘civilización’. Está claro que allí donde la vida vale no por su dignidad, sino por su eficiencia y por su productividad, todo ello se vuelve posible.

“ En este escenario hay que reiterar que la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural, posee una dignidad que la hace intangible ”

Misión pastoral de la Iglesia: llevar al hombre de la mano para redescubrir a Dios Padre

«Éste es uno de los servicios que la Iglesia está llamada a brindar al hombre contemporáneo.

En este sentido, vuestra misión asume un rostro eminentemente pastoral. Pastores auténticos son aquellos que no abandonan al hombre a sí mismo, ni lo dejan presa de su desorientación y de sus errores, sino con verdad y misericordia lo llevan a reencontrar su rostro auténtico en el bien.

Auténticamente pastoral es pues toda acción tendida a tomar de la mano al hombre, cuando ha perdido el sentido de su dignidad y de su destino, para conducirlo con confianza a redescubrir la paternidad amorosa de Dios, su destino bueno y las sendas para construir un mundo más humano.

Ésta es la gran tarea que espera a vuestra Congregación y a toda institución pastoral en la Iglesia»

Escucha y descarga el informe con la voz del Papa


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Lo que dijo el Papa en su visita a Chile y Perú. Comentario de Vat. Insider.

Los mensajes del Papa que pasaron en silencio debido al caso Barros

La historia del obispo de Osorno, acusado de haber encubierto los abusos de su mentor Karadima, acabó monopolizando la atención y haciendo pasar en segundo nivel las palabras del Pontífice sobre la Amazonia, la corrupción y la conversión necesaria para la Iglesia
REUTERS

El Papa con los pueblos amazónicos

Pubblicato il 25/01/2018
Ultima modifica il 25/01/2018 alle ore 14:17
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

La admisión de haberse equivocado al responder a la pregunta de una periodista radiofónica sobre el caso Barros, primer y explícito “mea culpa” de un Papa que reconoce un error (y no los cometidos por sus predecesores en un pasado lejano), ha llamado, comprensiblemente, la atención mediática al final del viaje de Francisco a Chile y Perú. Acabó por distraer la atención de los mensajes que el Papa quiso llevar a los dos países sudamericanos, visitados en un “tour de force” de 30 mil kilómetros con 10 vuelos en 7 días.

 

La entrevista durante el vuelo de regreso de Lima a Roma se concentró principalmente sobre los casos de los abusos de menores en Chile y en Perú. Aunque Bergoglio admitió haberse expresado mal al pedir “pruebas” a las víctimas de abusos, insistió en que está convencido de que en contra del obispo de Osorno, Juan Barros Madrid, uno de los “hijos espirituales” del abusador serial Fernando Karadima (además de su secretario particular), no hay evidencias que permitan condenarle. Indicando que no está convencido del testimonio de quienes afirman que el futuro obispo Barros habría estado enterado de los abusos de Karadima y los habría encubierto.  Es mucho más que probable que la historia no acabe aquí.

 

Se notó todo el cuidado y todo el trabajo personal que puso el Papa a la hora de preparar los discursos y las homilías del viaje a Chile y Perú. Pero lo que se verificó, debido a la concentración mediática sobre el caso Barros, fue la apresurada archivación de algunos de los mensajes centrales del viaje de Francisco. Un viaje eminentemente misionero. Las palabras del Papa sobre la corrupción («forma, a menudo sutil, de degradación ambiental que contamina progresivamente todo el tejido vital», definida un «virus social, un fenómeno que infecta todo, y los pobres y la madre tierra son los más afectados») pronunciadas en Perú se referían en general a toda Sudamérica, y no solamente a ella.

 

Entre los mensajes que quedaron en el olvido también están las palabras sobre la Amazonia, tesoro que debe ser preservado no según la ideología ambientalista según la cual el hombre es el cáncer del planeta, sino a partir de los pueblos autóctonos que viven en esa región y que tienen derecho a ser respetados y considerados un recurso insustituible. Esos pueblos amazónicos que nunca han estado «tan amenazados como hoy», por los grandes intereses económicos de quienes quieren cortar árboles, perforar para buscar petróleo, abrir nuevas carreteras de cemento en el corazón de la selva: y precisamente al final de la visita del Pontífice, Perú confirmó la ruta de la súper carretera de dos carriles que cubrirá 227 kilómetros de distancia y que dividirá en dos el pulmón verde del mundo, conectando Puerto Esperanza, en el noreste del país, con Iñapari, en la frontera con el estado de Acre (Brasil), atravesando cinco parques nacionales.

 

Y cómo olvidar, para concluir, el discurso al clero y a los religiosos chilenos (uno de los textos más bellos del Pontificado) en el que Francisco ofreció consejos útiles para cualquier cristiano: «No estamos aquí porque somos mejores que los demás. No somos súper héroes, que desde arriba, bajan a encontrarse con los “mortales”. Más bien hemos sido enviados con el conocimiento de ser hombres y mujeres perdonados. Y esta es la fuente de nuestra alegría». Y como «Jesús no se presenta a sí mismo sin heridas», los suyos también son invitados a «no esconder ni disimular» sus heridas. «Una Iglesia con heridas», explicó Bergoglio, «es capaz de entender las heridas del mundo de hoy y hacerlas suyas, soportarles, acompañarlas y tratar de sanarlas. Una iglesia con heridas no está en el centro, no se cree perfecta, pero pone en el centro al único que puede sanar las heridas y que se llama Jesucristo».

 

La conciencia de tener heridas, efectivamente, libera «de convertirse en autorreferencial», de creerse «superior». Libera de la tendencia «prometeica» de aquellos que dependen «únicamente de sus propias fuerzas y se sienten superiores a los demás porque observan ciertas normas o porque son irrevocablemente fieles a un cierto estilo católico típico del pasado». Palabras que quedan perfectamente para describir la enfermedad del clericalismo y para comprender la pérdida de la credibilidad ante la opinión pública de una Iglesia (la chilena) que era tan amada y considerada un seguro baluarte durante los años de la dictadura de Pinochet, gracias a pastores como el cardenal Raúl Silva Henríquez.

 

Palabras que llaman a la conversión de toda la Iglesia y que son útiles también para llamar a lo esencial a los frenesíes “reformadores” y funcionalistas de quienes (dentro y fuera de la Curia) reducen a eslóganes vacíos las enseñanzas del Pontífice, actuando acaso en su nombre, como si fueran “súper héroes”.


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Unas discutibles declaraciones del Card. Müller sobre la iglesia y el Papa.

Cardenal Müller: Hay grupos que quieren que yo lidere un movimiento contra el Papa

 

Cardenal Gerhard Müller, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Foto Daniel Ibáñez / ACI Prensa)

Cardenal Gerhard Müller, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Foto Daniel Ibáñez / ACI Prensa)

 

VATICANO, 27 Nov. 17 / 04:01 pm (ACI).- El ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal alemán Gerhard Müller, lamentó que existan grupos en la Iglesia que quieren verlo liderar un movimiento en contra del Papa Francisco.

En entrevista concedida el 26 de noviembre a Massimo Franco del diario italiano Corriere della Sera, el Purpurado señaló que “hay un frente de grupos tradicionalistas, y también de progresistas, que quisiera verme como líder de un movimiento contra el Papa. Pero no lo haré nunca”.

“He servido con amor a la Iglesia durante 40 años como sacerdote, 16 años como catedrático de teología dogmática y 10 años como obispo diocesano. Creo en la unidad de la Iglesia y no concedo a nadie instrumentalizar mis experiencias negativas de los últimos meses”, dijo el Cardenal que dejó el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 1 de julio de 2017.

El Purpurado indicó asimismo que “las autoridades de la Iglesia, sin embargo, deben escuchar a quien tiene preguntas serias o reclamos justos, no ignorarlo o peor, humillarlo”.

“De hacerlo así, sin quererlo, puede aumentar el riesgo de una lenta separación que podría desencadenar un cisma de una parte del mundo católico, desorientado y desilusionado. La historia del cisma protestante de Martín Lutero de hace 500 años debería enseñarnos que ese error debe evitarse”.

Tras precisar que no es un “enemigo” del Papa, el ex Prefecto resaltó que “un obispo católico y cardenal de la Santa Iglesia Romana está por naturaleza con el Santo Padre. Pero creo que (…) los verdaderos amigos no son quienes adulan al Papa, sino aquellos que lo ayudan con la verdad y la competencia teológica y humana”.

El Cardenal explica que es cierto que hay tensiones en la Iglesia, y que estas nacen “de la contraposición entre un frente tradicionalista extremistas en algunos sitios web, y un frente progresista igualmente exagerado, que hoy busca acreditarse como superpapista”.

En su opinión, “los cardenales que expresaron sus dudas (dubbia) sobre la Amoris Laetitia, o los 62 firmantes de una carta de críticas también excesivas al Papa son escuchados, no liquidados como ‘fariseos’ o personas quejumbrosas. El único modo para salir de esta situación es un diálogo claro y directo. En vez de eso tengo la impresión de que en el ‘círculo mágico’ del Papa hay quien se preocupa sobre todo de hacer de espía sobre los presuntos adversarios, impidiendo así una discusión abierta y equilibrada”.

Para el Cardenal, “clasificar a todos los católicos según las categorías de ‘amigo’ o ‘enemigo’ del Papa, es el daño más grave que causan a la Iglesia. Uno permanece perplejo ante un periodista bien conocido, ateo, que se dice amigo del Papa; y en paralelo, un obispo católico y cardenal que como yo es difamado como opositor del Santo Padre”.

“No creo que estas personas puedan impartir lecciones de teología sobre el primado del Romano Pontífice”, subrayó.

El Purpurado alemán indicó también que el “Papa Francisco es muy popular y esto es un bien, pero la gente ya no recibe los sacramentos. Y su popularidad entre los no católicos que lo citan con entusiasmo no cambia sus falsas convicciones. Emma Bonino (parlamentaria italiana), por ejemplo, alaba al Papa pero se mantiene firme en sus posiciones sobre el aborto, algo que el Papa condena”.

En su opinión, la etapa del “hospital de campaña” que propuso el Santo Padrepara la Iglesia al inicio de su pontificado, ya se ha cerrado. Hoy, continuó, “necesitamos más un Silicon Valley de la Iglesia. Debemos ser los Steve Jobs de la fe, y transmitir una visión fuerte en términos de valores morales, culturales y de verdades espirituales y teológicas”.

No basta, subrayó, “la teología popular de algunos monseñores ni la teología demasiado periodística de otros. Necesitamos la teología a nivel académico”.

Para concluir, el Cardenal Müller dijo tener la “sensación de que Francisco quiere escuchar e integrar a todos, pero los argumentos de las decisiones deben ser debatidos antes. Juan Pablo II era más filósofo que teólogo, pero se hacía asistir y aconsejar por el Cardenal Ratzinger en la preocupación de los documentos del magisterio. La relación entre el Papa y la Congregación para la Doctrina de la Fe es y será siempre la clave para un pontificado provechoso”


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Sobre la Amoris laetitia, aclaración del prof. Buttiglione.

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

El filósofo Buttiglione continúa su «amigable» discusión con quienes atacan al Papa: «La de la exhortación es una doctrina monolíticamente tradicional, existen casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden ser admitidos a los sacramentos»
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El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 20/11/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Existen algunos casos en los que divorciados que se han vuelto a casar pueden ser considerados en la gracia de Dios. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina monolíticamente tradicional. En los críticos de “Amoris laetitia” surge una desviación nueva: Es el objetivismo en la ética». El filósofo Rocco Buttiglione, amigo de Juan Pablo II y autor del libro que defiende la exhortación de Francisco sobre el matrimonio y la familia, publicación que lleva un prefacio del cardenal Gerhard Luwig Müller, desde Vatican Insider continúa su discusión «amigable» con quienes critican al actual Pontífice. Identificando la «desviación» en la que corren el riesgo de caer muchos de los que se oponen a «Amoris laetitia».

 

El prefacio del cardenal Müller a su libro fue recibido con embarazo por parte de los críticos más encendidos contra el Papa, que después de algunos días (por ejemplo, mediante títulos forzados como «Nunca habló sobre excepciones a la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar») han tratado de disminuir lo que escribió el purpurado. Quien, por el contrario, como se puede leer en el texto, puso algunos ejemplos de posibilidades para admitirlos. ¿Qué le parece?

 

Creo que, gracias a mi libro y al prefacio del cardenal Müller, por primera vez los críticos se han visto obligados a responder y no pueden negar un punto: existen circunstancias atenuantes en fuerza de las cuales un pecado mortal (un pecado que de lo contrario sería mortal) se convierte en un pecado más leve, solamente venial. Existen, pues, algunos casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden (por el confesor y un adecuado discernimiento espiritual) ser considerados en la gracia de Dios y, por lo tanto, merecedores de recibir los sacramentos. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina completamente, osaría decir, monolíticamente tradicional.

 

Algunos objetan que estos casos son pocos…

 

El Papa no dice que sean muchos, y probablemente serán poquísimos en ciertos contextos y más numerosos en otros. Las circunstancias atenuantes son, efectivamente, la falta de la plena advertencia y del deliberado consenso. En una sociedad completamente evangelizada se puede presumir que los que no tienen la plena advertencia de los rasgos propios del matrimonio cristiano son muy pocos o no existen. En una sociedad en vías de evangelización, estos casos serán más numerosos. ¿Y en una sociedad ampliamente descristianizada? No lo sabría. Aunque los casos fueran muy pocos, los pasos incriminados de «Amoris laetitia» serían perfectamente ortodoxos y muy grave sería la culpa de los que han acusado de herejía al Papa: calumnia, cisma y herejía. A menos que, como espero y creo, no haya que concederles los atenuantes de la falta de plena advertencia y deliberado consenso.

 

Usted conoce a Müller desde hace tiempo: ¿cuál es el significado de las palabras que ha escrito en el prefacio a su libro?

 

El cardenal Müller es un gran teólogo; seguramente uno de los más grandes teólogos de la generación que no participó directamente en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha vivido incomprensiones y dificultades en la relación con la Curia e incluso con el Santo Padre, que no le renovó como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Muchos disidentes esperaban convertirlo en el propio guía en el camino que lleva hacia el cisma. Con el prefacio a mi libro, el cardenal nos ofrece un parecer «pro veritate» sobre la ortodoxia de la doctrina de «Amoris laetitia». Pero también hay, evidentemente, algo más: cuando el Pontífice es atacado en el terreno de la fe y de la moral cristiana, Müller, como católico y como cardenal, se siente en el deber de intervenir para defenderlo (sean cuales sean las incomprensiones o las divergencias personales, verdaderas o presuntas). Él mismo escribió, por lo demás, una obra monumental sobre el Papa, que es también un gran testimonio de amor por el papel del Obispo de Roma en la Iglesia. Incluso si fuera verdad que el cardenal Müller no está de acuerdo con algunos aspectos de la línea pastoral del Papa, esto no le restaría nada al valor de su testimonio: se puede no estar de acuerdo y ser fiel. El desacuerdo leal es una riqueza; las acusaciones de herejía, las calumnias, los llamados al cisma, el fanatismo que erosiona la actitud fundamental de confianza y estima, debida al Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, es completamente diferente.

 

Usted sigue sosteniendo que «Amoris lateitia» representa un desarrollo de la «Familiaris consortio» y no una ruptura con la exhortación de Juan Pablo II. ¿Por qué?

 

Hay un fundamento teológico común: aceptar la distinción entre el pecado mortal y el pecado venial, el reconocimiento de que para que haya un pecado mortal es necesaria la plena advertencia y el deliberado consenso; el reconocimiento de que las situaciones sociales en las que una persona vive pueden obstaculizar poderosamente el reconocimiento de la verdad y provocar que se obre mal sin darse cuenta plenamente o incluso que sea coartada y comprometida la libertad de hacer el bien. Todas estas cosas se encontraban ya en «Familiaris consortio» (y en «Reconciliatio et paternita») antes de llegar a «Amoris laetitia». Con esta base común se toman dos decisiones disciplinarias diferentes. San Juan Pablo II, para defender en la conciencia del pueblo fiel y, sobre todo, de los más pequeños la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, prohíbe que los divorciados que se han vuelto a casar puedan recibir la comunión, a menos que no se preparen o no se comprometan a renunciar a las relaciones sexuales. No dice que en su caso no puede haber atenuantes subjetivas, no niega que en algunos casos pueden estar en la gracia de Dios. Dice simplemente que el escándalo objetivo que ellos provocan es demasiado grande como para que puedan ser admitidos a los sacramentos. El Papa Francisco, en cambio, dice que deben ser admitidos a la penitencia como todos los demás pecadores. Que vayan al confesor, confiesen sus pecados, expongan las circunstancias atenuantes, si las tienen, y el confesor les dará la absolución, si existen las condiciones para poderla dar. Probablemente el Papa Francisco considera que, por lo menos en algunas sociedades, la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio ya se ha perdido en la conciencia popular, y que ya es inútil cerrar el establo, pues los bueyes ya se han escapado. Ahora, en cambio, hay que ir a buscarlos a donde se hayan perdido para volver a llevarlos a la casa del Señor. La misma teología, dos decisiones disciplinarias diferentes, pero, en realidad, una única línea pastoral.

 

¿También han tenido un papel los diferentes contextos en los que los dos documentos fueron escritos?

 

Los que critican al Papa Francisco no recuerdan cuál era el contexto en el que se inserta «Familiaris consortio». Antes de «Familiaris consortio», los divorciados que se han vuelto a casar estaban prácticamente excomulgados. Estaban excluidos de la participación en la vida de la Iglesia, solamente eran objeto de invectiva y de condena. «Familiaris consortio» (y el nuevo Código de Derecho canónico) quita la excomunión, los invita a asistir a la misa dominical, a bautizar a sus hijos y a darles una educación cristiana, a que participen en la vida de la comunidad. El famoso párrafo 84 de «Familiaris consortio» (el que contiene la prohibición de la comunión) pone un límite en este camino. «Amoris laetitia» continúa el recorrido de la re-integración de los divorciados que se han vuelto a casar en la vida de la Iglesia. Por ello decimos que, a pesar de la diversidad disciplinaria, existe una profunda unidad de la línea pastoral entre san Juan Pablo II y Francisco. ¿Esto quiere decir que ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores y que el adulterio ha dejado de ser un pecado? No, simplemente ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores «extraordinarios», excluidos de la confesión. Son pecadores «ordinarios» que pueden ir a confesarse, explicar sus circunstancias atenuantes (si las tienen) y, «en ciertos casos» (pocos o muchos, no lo sabemos), recibir la absolución.

 

¿Por qué, en su opinión, la cuestión más discutida (la de la posibilidad en ciertos casos, después de un camino penitencial y un discernimiento, de administrar los sacramentos a los divorciados que se han vuelto a casar) fue relegada a una nota en el documento de Francisco?

 

Creo que el motivo es que el Papa no pretendía dictar una norma general. Hoy existen en el mundo tantos contextos y tantas situaciones diferentes que no es posible dictar una norma disciplinaria que valga para todos uniformemente. El Papa quería, en mi opinión, solamente invitar a los episcopados y a los obispos a asumir las propias responsabilidades. En contextos de cristiandad compacta, probablemente tiene sentido mantener una actitud rígida, que podría parecer priva de misericordia, pero que nace de la misericordia por los pequeños, los pobres, los indefensos que podrían ser inducidos al error. En contextos «líquidos», en los cuales los límites de las viejas estructuras se encuentran rotos, una defensa rígida no tiene sentido; hay que ir a buscar a la gente a donde se encuentre, dentro de su condición existencial. A los bautizados no evangelizados habrá que, antes que nada, proponerles el amor de Cristo. Ya llegará el tiempo para aclarar y resolver las situaciones matrimoniales. El riesgo del escándalo falló será mínimo, porque la sensibilidad al valor se ha perdido y debe ser reconstituida.

 

¿Por qué «Amoris laetitia» es acusada de acercarse a la ética situacional?

 

La ética de la situación dice que ningún comportamiento es bueno o malo por completo. Para ella cualquier comportamiento es bueno o malo según las circunstancias; la conciencia del sujeto su intención determinan el valor moral del acto. San Juan Pablo II, retomando una larga tradición que existe por lo menos desde santo Tomás de Aquino, dijo que existen actos que son intrínsecamente malvados, sea la que sea la intención del sujeto agente. Existe una intención que es necesariamente inmanente en el acto y que es diferente de la intención del sujeto agente. En conclusión: la intención subjetiva no hace bueno o malo un acto.

 

Sin embargo, ni santo Tomás ni san Juan Pablo II pretendieron negar que el lado subjetivo de la acción (la conciencia y la libertad que confluyen en la intención del sujeto) determine el nivel de responsabilidad del sujeto por su acto. Un gran amigo de Juan Pablo II (y mío) Tadeusz Styczeń decía «innocens sed nocens»: uno puede ser subjetivamente inocente pero hacer objetivamente algo equivocado y, por lo tanto, dañarse a sí mismo y a los demás. Por esto don Giussani solía decir no tengan miedo de juzgar las acciones ni de decir qué es bueno y malo; nunca se atrevan a juzgar a las personas, porque solamente Dios conoce el corazón del hombre y puede medir su nivel de responsabilidad (Dios y, tentativamente, el sujeto mismo y el confesor al que se encomienda).

 

Los críticos más acérrimos contra el actual Pontífice lo acusan de favorecer el subjetivismo…

 

A mí me parece que en los críticos de «Amoris laetitia» en realidad surge de una desviación nueva, paralela y opuesta a la ética de la situación y al subjetivismo en la ética. Esta nueva desviación es el objetivismo en la ética. Como el subjetivismo (la ética de la situación) ve solo el lado subjetivo de la acción, es decir la intención del sujeto, de la misma manera el objetivismo ve solamente el lado objetivo de la acción, es decir la materia más o menos grave. La ética católica es realista. El realismo ve tanto el lado subjetivo que el lado objetivo de la acción, y evalúa, entonces, tanto la materia grave como la plena advertencia y el deliberado consenso. Como enseña Dante Alighieri, lo contrario de un error no es la vedad, sino el error de signo contrario. La verdad es el sendero estrecho entre dos errores de signo contrario.

 

¿Por qué eligió para su libro el título «Respuestas amigables a los críticos de “Amoris laetitia”»? ¿Qué quiere decir, en este caso, «amigables»?

 

Muchos de los críticos son amigos míos. Josef Seifert es amigo de toda la vida, con el que he compartido muchas batallas y un gran trabajo en el campo de la filosofía, en el que ha ofrecido contribuciones de gran relevancia. A Roberto de Mattei lo conozco desde hace cuarenta años, cuando estábamos juntos en el Instituto de Historia y Política de la Universidad de Roma, él como asistente de Saitta y yo de Del Noce. Lo defendí cuando, como presidente del CNR, fue atacado por sus posturas en materia de evolución. Traté de mantener la polémica dentro de los límites del respeto, del reconocimiento recíproco de la buena fe, del espíritu de búsqueda de la verdad y les agradezco porque trataron de seguir la misma regla.


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El Cardenal Muller sobre la Amoris Laetitia. Comunión a los divorciados.

Comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; Müller: “En la culpa puede haber atenuantes”

Publicamos un fragmento del prefacio del cardenal al libro de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia» (ediciones Ares, en las librerías italianas a partir del 10 de noviembre): «La tensión entre el estatus objetivo del “segundo” matrimonio y la culpa subjetiva» puede abrir el camino a los sacramentos «mediante un discernimiento pastoral»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

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Pubblicato il 30/10/2017

Con la exhortación apostólica «Amoris laetitia», el Papa Francisco, apoyándose en los dos Sínodos de los obispos sobre la familia de 2014 y 2015, ha tratado de ofrecer una respuesta tanto teológica como pastoral de la Iglesia a los desafíos de nuestro tiempo. De esta manera, ha querido ofrecer su apoyo materno para superar, a la luz del Evangelio de Cristo, la crisis del matrimonio y de la familia.

 

En general, este amplio documento de nueve capítulos y 325 artículos ha sido recibido positivamente. Es deseable que muchos esposos y que todas las jóvenes parejas, que se preparan a este santo sacramento del matrimonio, se dejen introducir a su amplio espíritu, a sus profundas consideraciones doctrinales y a sus referencias espirituales. El buen éxito del matrimonio y de la familia abre la vía hacia el futuro de la Iglesia de Dios y de la sociedad humana.

 

Es mucho más lamentable la áspera controversia que se ha desarrollado sobre el capítulo 8, que se titula «Acompañar, discernir e integrar la fragilidad» (arts. 291/312). La cuestión sobre si los «divorciados que se han vuelto a casar por lo civil» (una connotación problemática desde el punto de vista dogmático y canónico) pueden tener acceso a la comunión, aunque siga existiendo un matrimonio sacramental válido, en algunos casos particularmente connotados o incluso en general, ha sido elevada, falsamente, al rango de cuestión decisiva del catolicismo y piedra angular ideológica para decidir si uno es conservador o liberal, si uno está a favor o contra el Papa. El Papa, en cambio, considera que los esfuerzos pastorales para consolidar el matrimonio son mucho más importantes que la pastoral de los matrimonios que han fracasado (AL 307). Desde el punto de vista de la nueva evangelización, parece que el esfuerzo para que todos los bautizados participen, los domingos y en las fiestas de precepto, en la celebración de la eucaristía es mucho más importante que el problema de la posibilidad de recibir la comunión legítima y válidamente por parte de un grupo limitado de católicos con una situación matrimonial incierta.

 

En lugar de definir la propia fe a través de la pertenencia a un campo ideológico, el problema es, en realidad, el de la fidelidad a la palabra revelada por Dios, que es transmitida en la confesión de la Iglesia. En cambio, se confrontan entre sí tesis polarizadoras que amenazan la unidad de la Iglesia. Mientras por un lado se pone en duda la rectitud de la fe del Papa, que es el supremo Maestro de la cristiandad, otros aprovechan la ocasión para jactarse de que el Papa consiente un radical cambio de paradigma de la teología moral y sacramental por ellos mismos deseado. Somos testigos de una paradójica inversión de los frentes. Los teólogos que se enorgullecen de ser liberal-progresistas, que en el pasado, por ejemplo, en ocasión de la encíclica «Humanae Vitae», cuestionaron radicalmente el Magisterio del Papa, ahora elevan cualquiera de sus frases (pero que les agraden) casi al rango de dogma. Otros teólogos, que se sienten en el deber de seguir rigurosamente el Magisterio, ahora examinan un documento del Magisterio según las reglas del método académico, como si fuera la tesis de uno de sus estudiantes.

 

[…]

 

En medio de estas tentaciones cismáticas y de esta confusión dogmática tan peligrosa para la unidad de la Iglesia, que se basa en la verdad de la Revelación, Rocco Buttiglione, como un auténtico católico de comprobada competencia en el campo de la teología moral, ofrece, con los artículos y ensayos reunidos en este volumen, una respuesta clara y convincente. No se trata aquí de la compleja recepción de «Amoris laetitia», sino solamente de la interpretación de algunos pasajes controvertidos en el capítulo 8. Con base en los criterios clásicos de la teología católica, ofrece una respuesta razonada y nada polémica a los cinco «dubia» de los cardenales. Buttiglione demuestra que el duro reproche al Papa de su amigo y compañero de tantos años de luchas, Josef Seifert, que dice que el Papa no presenta correctamente las tesis de la justa doctrina o incluso que las calla, no corresponde a la realidad de los hechos. La tesis de Seifert es semejante al texto de 62 personajes católicos «correctio filialis» (24-09-2017).

 

En esta difícil situación de la Iglesia, he aceptado de muy buen grado la invitación del profesor Buttiglione de escribir una introducción a este libro. Espero ofrecer, de esta manera, una contribución para que se restablezca la paz en la Iglesia. Efectivamente, todos debemos estar armoniosamente comprometidos en sostener la comprensión del sacramento del matrimonio y ofrecer una ayuda teológica y espiritual para que el matrimonio y la familia puedan ser vividos «en la alegría del amor», incluso en un clima ideológico desfavorable. Su tesis se compone de dos afirmaciones fundamentales, con las que concuerdo con absoluta convicción:

 

1. Las doctrinas dogmáticas y las exhortaciones pastorales del 8o capítulo de «Amoris laetitia» pueden y deben ser comprendidas en sentido ortodoxo.

 

2. «Amoris laetitia» no implica ningún cambio magisterial hacia una ética de la situación y, por lo tanto, ninguna contradicción con la encíclica «Veritatis Splendor» del Papa san Juan Pablo II.

 

Nos referimos aquí a la teoría según la cual la conciencia subjetiva podría, considerando sus intereses y sus particulares situaciones, situarse a sí misma en lugar de la norma objetiva de la ley moral natural y de las verdades de la revelación sobrenatural (en particular sobre la eficacia objetiva de los sacramentos). De esta manera, la doctrina de la existencia de un «intrinsice malum» y de un actuar objetivamente malo se volvería obsoleta. Sigue siendo válida la doctrina de «Veritatis splendor» (art. 56; 79) incluso con respecto a «Amoris Laetitia» (art.303), según la cual existen normas morales absolutas a las que no se da ninguna excepción (cfr. el «dubium» n. 3;5 de los cardenales).

 

[…]

 

Es evidente que «Amoris Laetitia» (art. 300-305) no enseña y no propone creer de manera vinculante que el cristiano en una condición de pecado mortal actual y habitual pueda recibir la absolución y la comunión sin arrepentirse por sus pecados y sin formular el propósito de ya no pecar, en contraste con lo que dicen «Familiaris consortio» (art. 84), «Reconciliatio et poenitentia» (art. 34) y «Sacramentum caritatis» ( art. 29) (cfr, el «dubium» n.1 de los cardenales).

 

[…]

 

El elemento formal del pecado es el alejarse de Dios y de su santa voluntad, pero existen diferentes niveles de gravedad según el tipo de pecado. Los pecados del espíritu pueden ser más graves que los pecados de la carne. El orgullo espiritual y la avaricia introducen en la vida religiosa y moral un desorden más profundo que la impureza que deriva de la debilidad humana. La apostasía de fe y el adulterio; y luego, el adulterio entre casados pesa más que el de los no casados y el adulterio de los fieles, que conocen la voluntad de Dios, pesa más que el de los infieles (cfr. Tomás de Aquino, S. th. I-II q.73; II-II q.73 a.3; III q.80 a. 5). Además, para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios que tiene como consecuencia la pérdida de la gracia santificante y de la capacidad de la fe de hacerse eficaz en la caridad (cfr. Tomás de Aquino S.th. II-II, q.10 a.3 ad 3).

 

Pero esto no significa que ahora «Amoris Laetitia» (art. 302) sostenga, frente a lo afirmado en «Veritatis splendor» (81), que, debido a circunstancias atenuantes, un acto objetivamente malo pueda volverse subjetivamente bueno (es el «dubium» n.4 de los cardenales). La acción en sí misma mala (la relación sexual con una pareja que no sea el legítimo cónyuge) no se vuelve subjetivamente buena debido a las circunstancias. Pero en la valoración de la culpa, puede haber atenuantes y las circunstancias y elementos accesorios de una convivencia irregular semejante al matrimonio pueden ser presentadas también ante Dios en su valor ético en la valoración de conjunto del juicio (por ejemplo el cuidado de los hijos en común que es un deber que deriva del derecho natural).

 

Un análisis atento demuestra que el Papa en «Amoris laetitia» no ha propuesto ninguna doctrina que deba ser creída de manera vinculante y que esté en contradicción abierta o implícita con la clara doctrina de la Sagrada Escritura y con los dogmas definidos por la Iglesia sobre los sacramentos del matrimonio, de la penitencia y de la eucaristía. Se confirma, por el contrario, la doctrina de la fe sobre la indisolubilidad interna y externa del matrimonio sacramental con respecto a todas las demás formas que lo «contradicen radicalmente» (AL 292) y tal doctrina es situada como fundamento de las cuestiones que se relacionan con la actitud pastoral que hay que tener con personas en relaciones semejantes a la matrimonial. Aunque algunos elementos constitutivos del matrimonio se encuentran realizados en convivencias que se parezcan al matrimonio, la transgresión pecaminosa en contra de otros elementos constitutivos del matrimonio y contra el matrimonio en su conjunto no es buena. La contradicción con el bien nunca puede convertirse en una de sus partes ni en el inicio de un camino hacia el cumplimiento de la santa y santificante voluntad de Dios. En ninguna parte se dice que un bautizado en condición de pecado mortal puede tener el permiso de recibir la Santa Comunión y que reciba de esta manera, de facto, su efecto de Comunión de vida espiritual con Cristo. El pecador, de hecho, opone consciente y voluntariamente al amor hacia Cristo el cerrojo (obex) del pecado grave. Aún cuando se dice que «nadie puede ser condenado para siempre», esto debe ser comprendido más desde el punto de vista del cuidado que nunca se rinde por la salvación eterna del pecador que como negación categórica de la posibilidad de una condena eterna que presupone la obstinación voluntaria en el pecado. Hay, en las categorías de la Iglesia, pecados que por sí mismos excluyen del Reino de Dios (1 Cor. 6, 9-11), pero solo hasta que el pecador se opone a su perdón y rechaza la gracia del arrepentimiento y de la conversión. Sin embargo, la Iglesia en su materna preocupación no renuncia a ningún hombre que sea peregrino por esta tierra y deja el juicio final a Dios, único que conoce los pensamientos de los corazones. A la Iglesia le toca la predicación de la conversión y de la fe y la mediación sacramental de la gracia que justifica, que santifica y sana. Dios, de hecho, dice: «Yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva» ( Ez. 33,11).

 

[…]

 

El tema específico sobre el que trata el capítulo 8 es el cuidado pastoral por el alma de los católicos que, de alguna manera, conviven en una cohabitación que se parece a un matrimonio con una pareja que no es su legítimo cónyuge. Las situaciones existenciales son muy diferentes y complejas, y la influencia de ideologías enemigas del matrimonio a menudo es preponderante. El cristiano puede encontrarse sin su culpa en la dura crisis del ser abandonado y de no lograr encontrar ninguna otra vía de escape que encomendarse a una persona de buen corazón y el resultado son relaciones semejantes a las relaciones matrimoniales. Se necesita una particular capacidad de discernimiento espiritual en el fuero interior por parte del confesor para encontrar un recorrido de conversión y de re-orientación hacia Cristo que sea adecuado para la persona, yendo más allá de una fácil adaptación al espíritu relativista del tiempo o de una fría aplicación de los preceptos dogmáticos y de las disposiciones canónicas, a la luz de la verdad del Evangelio y con la ayuda de la gracia antecedente.

 

En la situación global, en la que prácticamente ya no hay ambientes homogéneamente cristianos que ofrezcan al cristiano el apoyo de una mentalidad colectiva y en la «identificación solo parcial» con la fe católica y con su vida sacramental, moral y espiritual que deriva de ella, se plantea acaso también para los cristianos bautizados pero no suficientemente evangelizados el problema, «mutatis mutandis», de una disolución de un primer matrimonio contraído «en el Señor» (1 Cor. 7, 39) «in favorem fidei».

 

Para la doctrina de la fe un matrimonio válidamente contraído por cristianos, que debido al carácter bautismal siempre es un sacramento, sigue siendo indisoluble. Los cónyuges no pueden declararlo nulo e inválido por su iniciativa y tampoco lo puede disolver desde el exterior la autoridad eclesiástica, aunque fuera la del Papa. Pero puesto que Dios, que ha instituido el matrimonio en la Creación, funda en concreto el matrimonio de un hombre y de una mujer mediante los actos naturales del libre consenso y de la íntegra voluntad de contraer matrimonio con todas sus propiedades («bona matrimonii»), este concreto vínculo de un hombre y de una mujer es indisoluble solo si los cónyuges aportan en esta cooperación del actuar humano con lo divino todos los elementos constitutivos humanos en su entereza. Según su concepto, cada matrimonio sacramental es indisoluble. Pero en la realidad un nuevo matrimonio es posible (incluso mientras el cónyuge legítimo sigue con vida), cuando, en lo concreto, debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos el primer matrimonio en realidad no subsistía como matrimonio fundado por Dios debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos.

 

El matrimonio civil es irrelevante para nosotros solamente en la medida en la que, en la imposibilidad física o moral de observar la forma pedida por la Iglesia del consenso frente a un sacerdote y dos testigos, constituye un público atestado de un real consenso matrimonial. Pero la comprensión del «matrimonio» en las legislaciones de muchos estados se ha alejado notablemente en muchos elementos sustanciales del matrimonio natural y aún más del matrimonio cristiano, incluso en sociedades que una vez fueron cristianas, de manera que aumenta también entre muchos católicos una ignorancia crasa sobre el sacramento del matrimonio.

 

En un procedimiento de nulidad matrimonial, por la tanto, juega un papel fundamental la real voluntad matrimonial. En el caso de una conversión en edad madura (de un católico que sea tal solo en el certificado de Bautismo) se puede dar el caso de que un cristiano esté convencido en conciencia de que su primer vínculo, aunque se haya dado en la forma de un matrimonio por la Iglesia, no era válido como sacramento y de que su actual vínculo semejante al matrimonio, alegrado con hijos y con una convivencia madurada en el tiempo con su pareja actual, es un auténtico matrimonio frente a Dios. Tal vez esto n pueda ser demostrado canónicamente debido al contexto material o por la cultura propia de la mentalidad dominante. Es posible que la tensión que aquí se verifica entre el estatus público-objetivo del «segundo» matrimonio y la culpa subjetiva pueda abrir, en las condiciones descritas, la vía al sacramento de la penitencia y a la Santa Comunión, pasando a través de un discernimiento pastoral en el fuero interior.

 

[…]

 

En el párrafo 305, y en particular en la nota 351 que es objeto de una apasionada discusión, la argumentación teológica sufre de cierta falta de claridad, que habría podido y habría debido ser evitada con una referencia a las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento y del Vaticano II sobre la justificación, sobre el sacramento de la penitencia y sobre la manera apropiada para recibir la eucaristía. Lo que está en cuestión es una situación objetiva de pecado que, debido a circunstancias atenuantes, subjetivamente no es imputada. Esto suena como el principio protestante del «simul justus et peccator», pero ciertamente no se concibe en ese sentido. Si el segundo vínculo fuera válido frente a Dios, las relaciones matrimoniales de los dos compañeros no constituirían ningún pecado grave, sino más bien una transgresión contra el orden público eclesiástico por haber violado de manera irresponsable las reglas canónicas y, por lo tanto, un pecado leve. Esto no oscurece la verdad de que las relaciones «more uxorio» con una persona del otro sexo, que no es el legítimo cónyuge frente a Dios, constituye una grave culpa contra la castidad y contra la justicia debida al propio cónyuge. El cristiano que se encuentra en estado de pecado mortal (aquí se trata directamente de la relación con Dios, no de las circunstancias atenuantes o agravantes de un pecado) y, por lo tanto, perseverante en una contradicción conscientemente querida contra Dios, está llamado al arrepentimiento y a la conversión. Solo el perdón de la culpa que, en aquel que es justificado, no solo encubre sino anula completamente el pecado mortal, permite la comunión espiritual y sacramental con Cristo en la caridad. De ello no se puede separar el propósito de ya no pecar más, de confesar los propios pecados graves (esos de los que se es consciente), de ofrecer una reparación por los daños que se han aportado al próximo y al cuerpo místico de Cristo, para poder obtener, de esta manera, mediante la absolución, la cancelación del propio pecado frente a Dios y también la reconciliación con la Iglesia.

 

La nota 351 no contiene nada que contradiga todo esto. Puesto que el arrepentimiento y el propósito de ya no pecar, la confesión y la satisfacción son elementos constitutivos del sacramento de la penitencia y son consecuencia de derecho divino, de los que no puede dispensar ni siquiera el Papa (Tomás de Aquino S.th. Suppl. q. 6 a. 6). Gracias al poder de las llaves o al poder de disolver y de vincular (Mt., 16,18; 18,18; Jn., 20,22 y ss.) la Iglesia puede, por medio del Papa, de los obispos y de los sacerdotes, perdonar los pecados de los que el pecador se arrepienta y no puede perdonar los pecados para los que no haya arrepentimiento (que son «retenidos»). Pero esto sucede en conformidad con el orden sacramental que ha sido finado por Cristo y ahora es hecho eficaz por Él en el Espíritu Santo. Pero al pecador arrepentido le queda la posibilidad, en caso de imposibilidad física de recibir el sacramento de la penitencia, y con el propósito de confesar los propios pecados a la primera ocasión, de obtener el perdón en voto y también de recibir la eucaristía, en voto o en sacramento.

 

Los sacramentos han sido establecidos para nosotros, porque nosotros somos seres corpóreos y sociales, no porque Dios lo necesite para comunicar la gracia. Precisamente por ello es posible que alguien reciba la justificación y la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y la vida nueva en la fe y en la caridad aunque por razones exteriores no pueda recibir los sacramentos o bien tenga una obligación moral de no recibirlos públicamente para evitar un escándalo.

 

[…]

 

Un punto importante de «Amoris laetitia», que a menudo no es comprendido correctamente en todo su significado pastoral, y que no es fácil aplicar en la práctica con tacto y discreción, es la ley de la gradualidad. No se trata de una gradualidad de la ley, sino de su aplicación progresiva a una concreta persona en sus condiciones existenciales concretas. Esto sucede dinámicamente en un proceso de clarificación, discernimiento y maduración con base en el reconocimiento de la propia personal e irrepetible relación con Dios mediante el recorrido de la propia vida (cfr. AL 300). No se trata de un pecador empedernido, que quiere hacer valer frente a Dios derechos que no tiene. Dios está particularmente cerca del hombre que se sigue el camino de la conversión, que, por ejemplo, se asume la responsabilidad por los hijos de una mujer que no es su legítima esposa y no descuida tampoco el deber de cuidar de ella. Esto también vale en el caso en el que él, por su debilidad humana y no por la voluntad de oponerse a la gracia, que ayuda a observar los mandamientos, no sea todavía capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral. Una acción en sí pecaminosa no se convierte por ello en legítima y ni siquiera agradable a Dios. Pero su imputabilidad como culpa puede ser disminuida cuando el pecador se dirige a la misericordia de Dios con corazón humilde y reza «Señor, ten piedad de mí, pecador». Aquí, el acompañamiento pastoral y la práctica de la virtud de la penitencia como introducción al sacramento de la penitencia tiene una importancia particular. Esta es, como dice el Papa Francisco, «una vía del amor» (AL 306).

 

Según las explicaciones de Santo Tomás de Aquino que hemos citado, la Santa Comunión puede ser recibida eficazmente solo por quienes se han arrepentido de sus pecados y se acercan a la mesa del Señor con el propósito de ya no cometer más. Puesto que cada bautizado tiene derecho a ser admitido en la mesa del Señor, puede ser privado de este derecho solamente debido a un pecado mortal hasta que no se arrepienta y sea perdonado. Sin embargo, el sacerdote no puede humillar públicamente al pecador negándole públicamente la Santa Comunión y dañando su reputación frente a la comunidad. En las circunstancias de la vida social de hoy podría ser difícil establecer quién es un pecador, público o en secreto. El sacerdote, como sea, debe recordarle a todos en general que no se «acerquen a la mesa del Señor antes de haber hecho penitencia por los propios pecados y haberse reconciliado con la Iglesia». Después de la penitencia y la reconciliación (absolución) la Santa Comunión no debe ser negada ni siquiera a los públicos pecadores, especialmente en caso de peligro de muerte (S.th. III q.80).

 

Yo estoy convencido de que los profundos análisis que Rocco Buttiglione propone, a pesar de toda la limitación y de la necesidad de integración de la razón teológica, abren las puertas y construyen puentes hacia quienes critican «Amoris laetitia» y ayudan a superar sus dudas desde dentro. También quienes reflexionan superficialmente sobre «Amoris laetitia» para relativizar la indisolubilidad del matrimonio y sacudir los fundamentos de la moral basada en la creación y en la Revelación están llamados a una seria reconsideración.

 

[…]

 

Leamos el capítulo 8 de «Amoris laetitia» con el corazón de Jesús, Buen Pastor y Maestro de la Verdad. Él nos dirige una mirada amigable y dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc., 15, 6/7).

 

Leamos juntos «Amoris laetitia», sin recíprocos reproches y sospechas, con el sentimiento de la fe («sensus fidei») a la luz de la tradición entera de la doctrina de la Iglesia y con una ardiente preocupación pastoral por todos los que se encuentran en difíciles situaciones matrimoniales y familiares, y necesitan particularmente el apoyo materno de la Iglesia.

 

Desde lo profundo del corazón agradezco a Rocco Buttiglione por el gran servicio que hace con este libro a la unidad de la Iglesia y a la verdad del Evangelio.

 

 

 


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La doctrina de la iglesia y los nuevos tiempos. El Papa

En las palabras de Francisco al Congreso por los 25 años del Catecismo, la clave para leer también el actual debate sobre “Amoris laetitia”
AP

Francisco al Congreso por los 25 años del Catecismo

Pubblicato il 11/10/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El tema que el Papa Francisco quiso subrayar en su discurso para el encuentro promovido por el dicasterio para la Nueva Evangelización fue el de la pena de muerte y de la necesidad de ampliar en el Catecismo el espacio que se le dedica. Era natural que este argumento llamara la atención de los medios de comunicación, considerando su actualidad. Pero el discurso del Pontífice también sirvió para insistir en que la doctrina y la Tradición se pueden conservar verdaderamente y heredar solamente haciendo que progresen. Consideraciones basadas en los Padres de la Iglesia y en los Concilios, que ayudan a enmarcar incluso el debate sobre los otros temas en discusión en los que se cita la fidelidad a la doctrina.

 

Francisco citó, antes que nada, la frase célebre de San Juan XXIII, quien, inaugurando el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, dijo que es necesario que la Iglesia no se aleje «del sacro patrimonio de las verdades recibidas por los padres; pero al mismo tiempo debe ver también el presente, las nuevas condiciones y formas de vida que han abierto caminos al apostolado católico». «Nuestro deber —continuaba el Papa de Bérgamo— no es solamente custodiar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos únicamente por la antigüedad, sino dedicarnos con solícita voluntad y sin temor a esa obra que nuestra edad exige, prosiguiendo así el camino que la Iglesia hace desde hace casi veinte siglos».

 

El Papa Bergoglio explicó que «custodiar» y «progresar» es «lo que compete a la Iglesia por su misma naturaleza, para que la verdad impresa en el anuncio del Evangelio por parte de Jesús pueda alcanzar su plenitud hasta el fin de los siglos». El mismo san Juan Pablo II, al presentar el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, sostenía que « tener en cuenta las explicitaciones de la doctrina que en el curso de los tiempos el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia. Es necesario, además, que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado todavía no habían surgido». Los desafíos del presente no son los de hace un siglo y ni siquiera los de hace treinta años. Por ello se celebran Concilios y Sínodos, y por ello se celebraron dos asambleas de los obispos para discutir sobre el matrimonio y la familia, en contextos sociales que cambian a una velocidad sostenida.

 

«No es suficiente —explicó Francisco— encontrar un lenguaje nuevo para decir la fe de siempre; es necesario y urgente que, ante los nuevos desafíos y perspectivas que se abren para la humanidad, la Iglesia pueda expresar las novedades del Evangelio de Cristo que, aún estando encerradas en la Palabra de Dios, todavía no han salido a la luz. Es ese tesoro de “cosas antiguas y nuevas” del que hablaba Jesús, cuando invitaba a sus discípulos a enseñar lo nuevo que él traía sin descuidar lo antiguo». Después de haber recordado, retomando uno de los textos del Catecismo Romano al que dio valor el nuevo Catecismo, que afirma que «toda la sustancia de la doctrina y de la enseñanza debe orientarse a la caridad que nunca tendrá fin. De hecho, ya se expongan las verdades de la fe o los motivos de la esperanza o los deberes de la actividad moral, siempre y en todo hay que dar relieve al amor de Nuestro Señor», el Papa Francisco volvió a hablar sobre la Tradición como «una realidad viva».

 

«Solo una visión parcial —expresó Francisco— puede pensar en el “depósito de la fe” como una cosa estática. ¡La Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina como si se tratara de una vieja manta que hay que proteger contra los parásitos! No. La Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva que progresa y crece porque tiende a un cumplimiento que los hombres no pueden detener». El Papa insistió en la «afortunada fórmula» de san Vincenzo de Lérins: “annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”, es decir que también el dogma de la religión cristiana «progresa, consolidándose con los años, desarrollándose con el tiempo, sublimándose con la edad». Una fórmula, afirmó Francisco, que pertenece ! a la peculiar condición de la verdad revelada en su ser transmitida por la Iglesia, y no significa para nada un cambio de doctrina».

 

Entonces, «no se puede conservar la doctrina sin hacer que progrese, ni se la puede atar a una lectura rígida e inmutable, sin humillar la acción del Espíritu Santo. “Dios, que muchas veces y en diferentes maneras en los tiempos antiguos habló a los padres”, “no cesa de hablar con la Esposa de su Hijo”. Esta voz estamos llamados a hacer nuestra con una actitud de “religiosa escucha”, para permitir que nuestra existencia eclesial progrese con el mismo entusiasmo del inicio, hacia nuevos horizontes que el Señor pretende hacer que alcancemos».

 

Con respecto a los cambios significativos que indican que la doctrina debe considerar «también el presente, las nuevas condiciones», como afirmaba el Papa Roncalli, se puede recordar el gran salto que representó la «Familiaris consortio» de Juan Pablo II. En esa exhortación post-sinodal, Wojtyla dejó muy clara la existencia de circunstancias atenuantes: «Sepan los pastores que, por amor de la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. Hay, efectivamente, diferencia entre cuantos sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados completa e injustamente, y cuantos por su grave culpa han destruido un matrimonio canónicamente válido. Están, para concluir, aquellos que han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos y, a veces, están subjetivamente seguros, en consciencia, de que el matrimonio anterior, irreparablemente destruido, nunca había sido válido».

 

Y afirmaba, rompiendo con una tradición secular, que los divorciados en segunda unión, que por diferentes motivos no podían volver a los respectivos matrimonios ya fracasados, podían acceder a los sacramentos si se comprometían a vivir como hermano y hermana, es decir absteniéndose de tener relaciones sexuales. Esta decisión, en aquel momento, representaba una importante novedad. Los divorciados que se habían vuelto a casar y que estuvieran dispuestos a vivir como hermano y hermana (circunstancia que, obviamente, se relaciona con su intimidad y no se encuentra escrita en los documentos de identidad ni otras identificaciones), podían no solo ser acogidos en la comunidad cristiana, sino también participar en la Eucaristía.

 

Algunos años más tarde, en la carta al cardenal Penitenciero Mayor William Wakefield Baum (22 de marzo de 1996), el Papa Wojtyla afirmó: «Conviene, además, recordar que una cosa es la existencia del sincera proposición y otra cosa es el juicio de la inteligencia sobre el futuro: es, efectivamente, posible que, incluso en la lealtad del propósito de no pecar, la experiencia del pasado y la consciencia de la actual debilidad despierten el temor de nuevas caídas; pero ello no perjudica la autenticidad del propósito, cuando a ese temor se haya unido la voluntad, sostenida por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa». Un año más tarde, en el «vademecum» para los confesores en materia de moral familiar, redactado por el cardenal Alfonso López Trujillo, se leía que volver a caer en los «pecados de contracepción no es en sí mismo motivo para negar la absolución; esta no se puede impartir si faltan el suficiente arrepentimiento o el propósito de no volver a caer en el pecado».

 

Una reflexión más detallada y calmada sobre la historia de la Iglesia y sobre la teología ayudaría a comprender, por ejemplo, que es tradicional enseñanza de «Amoris laetitia» cuando afirma que en la evaluación de la culpa puede haber atenuantes. En el capítulo 8 de la exhortación que es fruto de dos Sínodos, el Papa, siguiendo el camino de esta tradición, concedió espacio a la posibilidad (sin caer en la casuística y sin permisivismo o «luz verde» indiscriminada) de que en algún caso los divorciados que están en segunda unión (que no logren vivir como hermano y hermana, pero que se den cuenta de su condición y comiencen un camino) puedan acceder incluso a los sacramentos, después de un periodo de discernimiento en compañía de un sacerdote. Como, por lo demás, sucedía en el pasado en algunos casos con la relación con el confesor.