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Unas discutibles declaraciones del Card. Müller sobre la iglesia y el Papa.

Cardenal Müller: Hay grupos que quieren que yo lidere un movimiento contra el Papa

 

Cardenal Gerhard Müller, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Foto Daniel Ibáñez / ACI Prensa)

Cardenal Gerhard Müller, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Foto Daniel Ibáñez / ACI Prensa)

 

VATICANO, 27 Nov. 17 / 04:01 pm (ACI).- El ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal alemán Gerhard Müller, lamentó que existan grupos en la Iglesia que quieren verlo liderar un movimiento en contra del Papa Francisco.

En entrevista concedida el 26 de noviembre a Massimo Franco del diario italiano Corriere della Sera, el Purpurado señaló que “hay un frente de grupos tradicionalistas, y también de progresistas, que quisiera verme como líder de un movimiento contra el Papa. Pero no lo haré nunca”.

“He servido con amor a la Iglesia durante 40 años como sacerdote, 16 años como catedrático de teología dogmática y 10 años como obispo diocesano. Creo en la unidad de la Iglesia y no concedo a nadie instrumentalizar mis experiencias negativas de los últimos meses”, dijo el Cardenal que dejó el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 1 de julio de 2017.

El Purpurado indicó asimismo que “las autoridades de la Iglesia, sin embargo, deben escuchar a quien tiene preguntas serias o reclamos justos, no ignorarlo o peor, humillarlo”.

“De hacerlo así, sin quererlo, puede aumentar el riesgo de una lenta separación que podría desencadenar un cisma de una parte del mundo católico, desorientado y desilusionado. La historia del cisma protestante de Martín Lutero de hace 500 años debería enseñarnos que ese error debe evitarse”.

Tras precisar que no es un “enemigo” del Papa, el ex Prefecto resaltó que “un obispo católico y cardenal de la Santa Iglesia Romana está por naturaleza con el Santo Padre. Pero creo que (…) los verdaderos amigos no son quienes adulan al Papa, sino aquellos que lo ayudan con la verdad y la competencia teológica y humana”.

El Cardenal explica que es cierto que hay tensiones en la Iglesia, y que estas nacen “de la contraposición entre un frente tradicionalista extremistas en algunos sitios web, y un frente progresista igualmente exagerado, que hoy busca acreditarse como superpapista”.

En su opinión, “los cardenales que expresaron sus dudas (dubbia) sobre la Amoris Laetitia, o los 62 firmantes de una carta de críticas también excesivas al Papa son escuchados, no liquidados como ‘fariseos’ o personas quejumbrosas. El único modo para salir de esta situación es un diálogo claro y directo. En vez de eso tengo la impresión de que en el ‘círculo mágico’ del Papa hay quien se preocupa sobre todo de hacer de espía sobre los presuntos adversarios, impidiendo así una discusión abierta y equilibrada”.

Para el Cardenal, “clasificar a todos los católicos según las categorías de ‘amigo’ o ‘enemigo’ del Papa, es el daño más grave que causan a la Iglesia. Uno permanece perplejo ante un periodista bien conocido, ateo, que se dice amigo del Papa; y en paralelo, un obispo católico y cardenal que como yo es difamado como opositor del Santo Padre”.

“No creo que estas personas puedan impartir lecciones de teología sobre el primado del Romano Pontífice”, subrayó.

El Purpurado alemán indicó también que el “Papa Francisco es muy popular y esto es un bien, pero la gente ya no recibe los sacramentos. Y su popularidad entre los no católicos que lo citan con entusiasmo no cambia sus falsas convicciones. Emma Bonino (parlamentaria italiana), por ejemplo, alaba al Papa pero se mantiene firme en sus posiciones sobre el aborto, algo que el Papa condena”.

En su opinión, la etapa del “hospital de campaña” que propuso el Santo Padrepara la Iglesia al inicio de su pontificado, ya se ha cerrado. Hoy, continuó, “necesitamos más un Silicon Valley de la Iglesia. Debemos ser los Steve Jobs de la fe, y transmitir una visión fuerte en términos de valores morales, culturales y de verdades espirituales y teológicas”.

No basta, subrayó, “la teología popular de algunos monseñores ni la teología demasiado periodística de otros. Necesitamos la teología a nivel académico”.

Para concluir, el Cardenal Müller dijo tener la “sensación de que Francisco quiere escuchar e integrar a todos, pero los argumentos de las decisiones deben ser debatidos antes. Juan Pablo II era más filósofo que teólogo, pero se hacía asistir y aconsejar por el Cardenal Ratzinger en la preocupación de los documentos del magisterio. La relación entre el Papa y la Congregación para la Doctrina de la Fe es y será siempre la clave para un pontificado provechoso”

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Sobre la Amoris laetitia, aclaración del prof. Buttiglione.

“He aquí la desviación en la que caen los críticos de Amoris laetitia”

El filósofo Buttiglione continúa su «amigable» discusión con quienes atacan al Papa: «La de la exhortación es una doctrina monolíticamente tradicional, existen casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden ser admitidos a los sacramentos»
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El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 20/11/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Existen algunos casos en los que divorciados que se han vuelto a casar pueden ser considerados en la gracia de Dios. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina monolíticamente tradicional. En los críticos de “Amoris laetitia” surge una desviación nueva: Es el objetivismo en la ética». El filósofo Rocco Buttiglione, amigo de Juan Pablo II y autor del libro que defiende la exhortación de Francisco sobre el matrimonio y la familia, publicación que lleva un prefacio del cardenal Gerhard Luwig Müller, desde Vatican Insider continúa su discusión «amigable» con quienes critican al actual Pontífice. Identificando la «desviación» en la que corren el riesgo de caer muchos de los que se oponen a «Amoris laetitia».

 

El prefacio del cardenal Müller a su libro fue recibido con embarazo por parte de los críticos más encendidos contra el Papa, que después de algunos días (por ejemplo, mediante títulos forzados como «Nunca habló sobre excepciones a la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar») han tratado de disminuir lo que escribió el purpurado. Quien, por el contrario, como se puede leer en el texto, puso algunos ejemplos de posibilidades para admitirlos. ¿Qué le parece?

 

Creo que, gracias a mi libro y al prefacio del cardenal Müller, por primera vez los críticos se han visto obligados a responder y no pueden negar un punto: existen circunstancias atenuantes en fuerza de las cuales un pecado mortal (un pecado que de lo contrario sería mortal) se convierte en un pecado más leve, solamente venial. Existen, pues, algunos casos en los que los divorciados que se han vuelto a casar pueden (por el confesor y un adecuado discernimiento espiritual) ser considerados en la gracia de Dios y, por lo tanto, merecedores de recibir los sacramentos. Parece una novedad desconcertante, pero es una doctrina completamente, osaría decir, monolíticamente tradicional.

 

Algunos objetan que estos casos son pocos…

 

El Papa no dice que sean muchos, y probablemente serán poquísimos en ciertos contextos y más numerosos en otros. Las circunstancias atenuantes son, efectivamente, la falta de la plena advertencia y del deliberado consenso. En una sociedad completamente evangelizada se puede presumir que los que no tienen la plena advertencia de los rasgos propios del matrimonio cristiano son muy pocos o no existen. En una sociedad en vías de evangelización, estos casos serán más numerosos. ¿Y en una sociedad ampliamente descristianizada? No lo sabría. Aunque los casos fueran muy pocos, los pasos incriminados de «Amoris laetitia» serían perfectamente ortodoxos y muy grave sería la culpa de los que han acusado de herejía al Papa: calumnia, cisma y herejía. A menos que, como espero y creo, no haya que concederles los atenuantes de la falta de plena advertencia y deliberado consenso.

 

Usted conoce a Müller desde hace tiempo: ¿cuál es el significado de las palabras que ha escrito en el prefacio a su libro?

 

El cardenal Müller es un gran teólogo; seguramente uno de los más grandes teólogos de la generación que no participó directamente en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha vivido incomprensiones y dificultades en la relación con la Curia e incluso con el Santo Padre, que no le renovó como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Muchos disidentes esperaban convertirlo en el propio guía en el camino que lleva hacia el cisma. Con el prefacio a mi libro, el cardenal nos ofrece un parecer «pro veritate» sobre la ortodoxia de la doctrina de «Amoris laetitia». Pero también hay, evidentemente, algo más: cuando el Pontífice es atacado en el terreno de la fe y de la moral cristiana, Müller, como católico y como cardenal, se siente en el deber de intervenir para defenderlo (sean cuales sean las incomprensiones o las divergencias personales, verdaderas o presuntas). Él mismo escribió, por lo demás, una obra monumental sobre el Papa, que es también un gran testimonio de amor por el papel del Obispo de Roma en la Iglesia. Incluso si fuera verdad que el cardenal Müller no está de acuerdo con algunos aspectos de la línea pastoral del Papa, esto no le restaría nada al valor de su testimonio: se puede no estar de acuerdo y ser fiel. El desacuerdo leal es una riqueza; las acusaciones de herejía, las calumnias, los llamados al cisma, el fanatismo que erosiona la actitud fundamental de confianza y estima, debida al Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, es completamente diferente.

 

Usted sigue sosteniendo que «Amoris lateitia» representa un desarrollo de la «Familiaris consortio» y no una ruptura con la exhortación de Juan Pablo II. ¿Por qué?

 

Hay un fundamento teológico común: aceptar la distinción entre el pecado mortal y el pecado venial, el reconocimiento de que para que haya un pecado mortal es necesaria la plena advertencia y el deliberado consenso; el reconocimiento de que las situaciones sociales en las que una persona vive pueden obstaculizar poderosamente el reconocimiento de la verdad y provocar que se obre mal sin darse cuenta plenamente o incluso que sea coartada y comprometida la libertad de hacer el bien. Todas estas cosas se encontraban ya en «Familiaris consortio» (y en «Reconciliatio et paternita») antes de llegar a «Amoris laetitia». Con esta base común se toman dos decisiones disciplinarias diferentes. San Juan Pablo II, para defender en la conciencia del pueblo fiel y, sobre todo, de los más pequeños la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, prohíbe que los divorciados que se han vuelto a casar puedan recibir la comunión, a menos que no se preparen o no se comprometan a renunciar a las relaciones sexuales. No dice que en su caso no puede haber atenuantes subjetivas, no niega que en algunos casos pueden estar en la gracia de Dios. Dice simplemente que el escándalo objetivo que ellos provocan es demasiado grande como para que puedan ser admitidos a los sacramentos. El Papa Francisco, en cambio, dice que deben ser admitidos a la penitencia como todos los demás pecadores. Que vayan al confesor, confiesen sus pecados, expongan las circunstancias atenuantes, si las tienen, y el confesor les dará la absolución, si existen las condiciones para poderla dar. Probablemente el Papa Francisco considera que, por lo menos en algunas sociedades, la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio ya se ha perdido en la conciencia popular, y que ya es inútil cerrar el establo, pues los bueyes ya se han escapado. Ahora, en cambio, hay que ir a buscarlos a donde se hayan perdido para volver a llevarlos a la casa del Señor. La misma teología, dos decisiones disciplinarias diferentes, pero, en realidad, una única línea pastoral.

 

¿También han tenido un papel los diferentes contextos en los que los dos documentos fueron escritos?

 

Los que critican al Papa Francisco no recuerdan cuál era el contexto en el que se inserta «Familiaris consortio». Antes de «Familiaris consortio», los divorciados que se han vuelto a casar estaban prácticamente excomulgados. Estaban excluidos de la participación en la vida de la Iglesia, solamente eran objeto de invectiva y de condena. «Familiaris consortio» (y el nuevo Código de Derecho canónico) quita la excomunión, los invita a asistir a la misa dominical, a bautizar a sus hijos y a darles una educación cristiana, a que participen en la vida de la comunidad. El famoso párrafo 84 de «Familiaris consortio» (el que contiene la prohibición de la comunión) pone un límite en este camino. «Amoris laetitia» continúa el recorrido de la re-integración de los divorciados que se han vuelto a casar en la vida de la Iglesia. Por ello decimos que, a pesar de la diversidad disciplinaria, existe una profunda unidad de la línea pastoral entre san Juan Pablo II y Francisco. ¿Esto quiere decir que ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores y que el adulterio ha dejado de ser un pecado? No, simplemente ahora los divorciados que se han vuelto a casar ya no son pecadores «extraordinarios», excluidos de la confesión. Son pecadores «ordinarios» que pueden ir a confesarse, explicar sus circunstancias atenuantes (si las tienen) y, «en ciertos casos» (pocos o muchos, no lo sabemos), recibir la absolución.

 

¿Por qué, en su opinión, la cuestión más discutida (la de la posibilidad en ciertos casos, después de un camino penitencial y un discernimiento, de administrar los sacramentos a los divorciados que se han vuelto a casar) fue relegada a una nota en el documento de Francisco?

 

Creo que el motivo es que el Papa no pretendía dictar una norma general. Hoy existen en el mundo tantos contextos y tantas situaciones diferentes que no es posible dictar una norma disciplinaria que valga para todos uniformemente. El Papa quería, en mi opinión, solamente invitar a los episcopados y a los obispos a asumir las propias responsabilidades. En contextos de cristiandad compacta, probablemente tiene sentido mantener una actitud rígida, que podría parecer priva de misericordia, pero que nace de la misericordia por los pequeños, los pobres, los indefensos que podrían ser inducidos al error. En contextos «líquidos», en los cuales los límites de las viejas estructuras se encuentran rotos, una defensa rígida no tiene sentido; hay que ir a buscar a la gente a donde se encuentre, dentro de su condición existencial. A los bautizados no evangelizados habrá que, antes que nada, proponerles el amor de Cristo. Ya llegará el tiempo para aclarar y resolver las situaciones matrimoniales. El riesgo del escándalo falló será mínimo, porque la sensibilidad al valor se ha perdido y debe ser reconstituida.

 

¿Por qué «Amoris laetitia» es acusada de acercarse a la ética situacional?

 

La ética de la situación dice que ningún comportamiento es bueno o malo por completo. Para ella cualquier comportamiento es bueno o malo según las circunstancias; la conciencia del sujeto su intención determinan el valor moral del acto. San Juan Pablo II, retomando una larga tradición que existe por lo menos desde santo Tomás de Aquino, dijo que existen actos que son intrínsecamente malvados, sea la que sea la intención del sujeto agente. Existe una intención que es necesariamente inmanente en el acto y que es diferente de la intención del sujeto agente. En conclusión: la intención subjetiva no hace bueno o malo un acto.

 

Sin embargo, ni santo Tomás ni san Juan Pablo II pretendieron negar que el lado subjetivo de la acción (la conciencia y la libertad que confluyen en la intención del sujeto) determine el nivel de responsabilidad del sujeto por su acto. Un gran amigo de Juan Pablo II (y mío) Tadeusz Styczeń decía «innocens sed nocens»: uno puede ser subjetivamente inocente pero hacer objetivamente algo equivocado y, por lo tanto, dañarse a sí mismo y a los demás. Por esto don Giussani solía decir no tengan miedo de juzgar las acciones ni de decir qué es bueno y malo; nunca se atrevan a juzgar a las personas, porque solamente Dios conoce el corazón del hombre y puede medir su nivel de responsabilidad (Dios y, tentativamente, el sujeto mismo y el confesor al que se encomienda).

 

Los críticos más acérrimos contra el actual Pontífice lo acusan de favorecer el subjetivismo…

 

A mí me parece que en los críticos de «Amoris laetitia» en realidad surge de una desviación nueva, paralela y opuesta a la ética de la situación y al subjetivismo en la ética. Esta nueva desviación es el objetivismo en la ética. Como el subjetivismo (la ética de la situación) ve solo el lado subjetivo de la acción, es decir la intención del sujeto, de la misma manera el objetivismo ve solamente el lado objetivo de la acción, es decir la materia más o menos grave. La ética católica es realista. El realismo ve tanto el lado subjetivo que el lado objetivo de la acción, y evalúa, entonces, tanto la materia grave como la plena advertencia y el deliberado consenso. Como enseña Dante Alighieri, lo contrario de un error no es la vedad, sino el error de signo contrario. La verdad es el sendero estrecho entre dos errores de signo contrario.

 

¿Por qué eligió para su libro el título «Respuestas amigables a los críticos de “Amoris laetitia”»? ¿Qué quiere decir, en este caso, «amigables»?

 

Muchos de los críticos son amigos míos. Josef Seifert es amigo de toda la vida, con el que he compartido muchas batallas y un gran trabajo en el campo de la filosofía, en el que ha ofrecido contribuciones de gran relevancia. A Roberto de Mattei lo conozco desde hace cuarenta años, cuando estábamos juntos en el Instituto de Historia y Política de la Universidad de Roma, él como asistente de Saitta y yo de Del Noce. Lo defendí cuando, como presidente del CNR, fue atacado por sus posturas en materia de evolución. Traté de mantener la polémica dentro de los límites del respeto, del reconocimiento recíproco de la buena fe, del espíritu de búsqueda de la verdad y les agradezco porque trataron de seguir la misma regla.


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El Cardenal Muller sobre la Amoris Laetitia. Comunión a los divorciados.

Comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; Müller: “En la culpa puede haber atenuantes”

Publicamos un fragmento del prefacio del cardenal al libro de Rocco Buttiglione “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia» (ediciones Ares, en las librerías italianas a partir del 10 de noviembre): «La tensión entre el estatus objetivo del “segundo” matrimonio y la culpa subjetiva» puede abrir el camino a los sacramentos «mediante un discernimiento pastoral»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller

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Pubblicato il 30/10/2017

Con la exhortación apostólica «Amoris laetitia», el Papa Francisco, apoyándose en los dos Sínodos de los obispos sobre la familia de 2014 y 2015, ha tratado de ofrecer una respuesta tanto teológica como pastoral de la Iglesia a los desafíos de nuestro tiempo. De esta manera, ha querido ofrecer su apoyo materno para superar, a la luz del Evangelio de Cristo, la crisis del matrimonio y de la familia.

 

En general, este amplio documento de nueve capítulos y 325 artículos ha sido recibido positivamente. Es deseable que muchos esposos y que todas las jóvenes parejas, que se preparan a este santo sacramento del matrimonio, se dejen introducir a su amplio espíritu, a sus profundas consideraciones doctrinales y a sus referencias espirituales. El buen éxito del matrimonio y de la familia abre la vía hacia el futuro de la Iglesia de Dios y de la sociedad humana.

 

Es mucho más lamentable la áspera controversia que se ha desarrollado sobre el capítulo 8, que se titula «Acompañar, discernir e integrar la fragilidad» (arts. 291/312). La cuestión sobre si los «divorciados que se han vuelto a casar por lo civil» (una connotación problemática desde el punto de vista dogmático y canónico) pueden tener acceso a la comunión, aunque siga existiendo un matrimonio sacramental válido, en algunos casos particularmente connotados o incluso en general, ha sido elevada, falsamente, al rango de cuestión decisiva del catolicismo y piedra angular ideológica para decidir si uno es conservador o liberal, si uno está a favor o contra el Papa. El Papa, en cambio, considera que los esfuerzos pastorales para consolidar el matrimonio son mucho más importantes que la pastoral de los matrimonios que han fracasado (AL 307). Desde el punto de vista de la nueva evangelización, parece que el esfuerzo para que todos los bautizados participen, los domingos y en las fiestas de precepto, en la celebración de la eucaristía es mucho más importante que el problema de la posibilidad de recibir la comunión legítima y válidamente por parte de un grupo limitado de católicos con una situación matrimonial incierta.

 

En lugar de definir la propia fe a través de la pertenencia a un campo ideológico, el problema es, en realidad, el de la fidelidad a la palabra revelada por Dios, que es transmitida en la confesión de la Iglesia. En cambio, se confrontan entre sí tesis polarizadoras que amenazan la unidad de la Iglesia. Mientras por un lado se pone en duda la rectitud de la fe del Papa, que es el supremo Maestro de la cristiandad, otros aprovechan la ocasión para jactarse de que el Papa consiente un radical cambio de paradigma de la teología moral y sacramental por ellos mismos deseado. Somos testigos de una paradójica inversión de los frentes. Los teólogos que se enorgullecen de ser liberal-progresistas, que en el pasado, por ejemplo, en ocasión de la encíclica «Humanae Vitae», cuestionaron radicalmente el Magisterio del Papa, ahora elevan cualquiera de sus frases (pero que les agraden) casi al rango de dogma. Otros teólogos, que se sienten en el deber de seguir rigurosamente el Magisterio, ahora examinan un documento del Magisterio según las reglas del método académico, como si fuera la tesis de uno de sus estudiantes.

 

[…]

 

En medio de estas tentaciones cismáticas y de esta confusión dogmática tan peligrosa para la unidad de la Iglesia, que se basa en la verdad de la Revelación, Rocco Buttiglione, como un auténtico católico de comprobada competencia en el campo de la teología moral, ofrece, con los artículos y ensayos reunidos en este volumen, una respuesta clara y convincente. No se trata aquí de la compleja recepción de «Amoris laetitia», sino solamente de la interpretación de algunos pasajes controvertidos en el capítulo 8. Con base en los criterios clásicos de la teología católica, ofrece una respuesta razonada y nada polémica a los cinco «dubia» de los cardenales. Buttiglione demuestra que el duro reproche al Papa de su amigo y compañero de tantos años de luchas, Josef Seifert, que dice que el Papa no presenta correctamente las tesis de la justa doctrina o incluso que las calla, no corresponde a la realidad de los hechos. La tesis de Seifert es semejante al texto de 62 personajes católicos «correctio filialis» (24-09-2017).

 

En esta difícil situación de la Iglesia, he aceptado de muy buen grado la invitación del profesor Buttiglione de escribir una introducción a este libro. Espero ofrecer, de esta manera, una contribución para que se restablezca la paz en la Iglesia. Efectivamente, todos debemos estar armoniosamente comprometidos en sostener la comprensión del sacramento del matrimonio y ofrecer una ayuda teológica y espiritual para que el matrimonio y la familia puedan ser vividos «en la alegría del amor», incluso en un clima ideológico desfavorable. Su tesis se compone de dos afirmaciones fundamentales, con las que concuerdo con absoluta convicción:

 

1. Las doctrinas dogmáticas y las exhortaciones pastorales del 8o capítulo de «Amoris laetitia» pueden y deben ser comprendidas en sentido ortodoxo.

 

2. «Amoris laetitia» no implica ningún cambio magisterial hacia una ética de la situación y, por lo tanto, ninguna contradicción con la encíclica «Veritatis Splendor» del Papa san Juan Pablo II.

 

Nos referimos aquí a la teoría según la cual la conciencia subjetiva podría, considerando sus intereses y sus particulares situaciones, situarse a sí misma en lugar de la norma objetiva de la ley moral natural y de las verdades de la revelación sobrenatural (en particular sobre la eficacia objetiva de los sacramentos). De esta manera, la doctrina de la existencia de un «intrinsice malum» y de un actuar objetivamente malo se volvería obsoleta. Sigue siendo válida la doctrina de «Veritatis splendor» (art. 56; 79) incluso con respecto a «Amoris Laetitia» (art.303), según la cual existen normas morales absolutas a las que no se da ninguna excepción (cfr. el «dubium» n. 3;5 de los cardenales).

 

[…]

 

Es evidente que «Amoris Laetitia» (art. 300-305) no enseña y no propone creer de manera vinculante que el cristiano en una condición de pecado mortal actual y habitual pueda recibir la absolución y la comunión sin arrepentirse por sus pecados y sin formular el propósito de ya no pecar, en contraste con lo que dicen «Familiaris consortio» (art. 84), «Reconciliatio et poenitentia» (art. 34) y «Sacramentum caritatis» ( art. 29) (cfr, el «dubium» n.1 de los cardenales).

 

[…]

 

El elemento formal del pecado es el alejarse de Dios y de su santa voluntad, pero existen diferentes niveles de gravedad según el tipo de pecado. Los pecados del espíritu pueden ser más graves que los pecados de la carne. El orgullo espiritual y la avaricia introducen en la vida religiosa y moral un desorden más profundo que la impureza que deriva de la debilidad humana. La apostasía de fe y el adulterio; y luego, el adulterio entre casados pesa más que el de los no casados y el adulterio de los fieles, que conocen la voluntad de Dios, pesa más que el de los infieles (cfr. Tomás de Aquino, S. th. I-II q.73; II-II q.73 a.3; III q.80 a. 5). Además, para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios que tiene como consecuencia la pérdida de la gracia santificante y de la capacidad de la fe de hacerse eficaz en la caridad (cfr. Tomás de Aquino S.th. II-II, q.10 a.3 ad 3).

 

Pero esto no significa que ahora «Amoris Laetitia» (art. 302) sostenga, frente a lo afirmado en «Veritatis splendor» (81), que, debido a circunstancias atenuantes, un acto objetivamente malo pueda volverse subjetivamente bueno (es el «dubium» n.4 de los cardenales). La acción en sí misma mala (la relación sexual con una pareja que no sea el legítimo cónyuge) no se vuelve subjetivamente buena debido a las circunstancias. Pero en la valoración de la culpa, puede haber atenuantes y las circunstancias y elementos accesorios de una convivencia irregular semejante al matrimonio pueden ser presentadas también ante Dios en su valor ético en la valoración de conjunto del juicio (por ejemplo el cuidado de los hijos en común que es un deber que deriva del derecho natural).

 

Un análisis atento demuestra que el Papa en «Amoris laetitia» no ha propuesto ninguna doctrina que deba ser creída de manera vinculante y que esté en contradicción abierta o implícita con la clara doctrina de la Sagrada Escritura y con los dogmas definidos por la Iglesia sobre los sacramentos del matrimonio, de la penitencia y de la eucaristía. Se confirma, por el contrario, la doctrina de la fe sobre la indisolubilidad interna y externa del matrimonio sacramental con respecto a todas las demás formas que lo «contradicen radicalmente» (AL 292) y tal doctrina es situada como fundamento de las cuestiones que se relacionan con la actitud pastoral que hay que tener con personas en relaciones semejantes a la matrimonial. Aunque algunos elementos constitutivos del matrimonio se encuentran realizados en convivencias que se parezcan al matrimonio, la transgresión pecaminosa en contra de otros elementos constitutivos del matrimonio y contra el matrimonio en su conjunto no es buena. La contradicción con el bien nunca puede convertirse en una de sus partes ni en el inicio de un camino hacia el cumplimiento de la santa y santificante voluntad de Dios. En ninguna parte se dice que un bautizado en condición de pecado mortal puede tener el permiso de recibir la Santa Comunión y que reciba de esta manera, de facto, su efecto de Comunión de vida espiritual con Cristo. El pecador, de hecho, opone consciente y voluntariamente al amor hacia Cristo el cerrojo (obex) del pecado grave. Aún cuando se dice que «nadie puede ser condenado para siempre», esto debe ser comprendido más desde el punto de vista del cuidado que nunca se rinde por la salvación eterna del pecador que como negación categórica de la posibilidad de una condena eterna que presupone la obstinación voluntaria en el pecado. Hay, en las categorías de la Iglesia, pecados que por sí mismos excluyen del Reino de Dios (1 Cor. 6, 9-11), pero solo hasta que el pecador se opone a su perdón y rechaza la gracia del arrepentimiento y de la conversión. Sin embargo, la Iglesia en su materna preocupación no renuncia a ningún hombre que sea peregrino por esta tierra y deja el juicio final a Dios, único que conoce los pensamientos de los corazones. A la Iglesia le toca la predicación de la conversión y de la fe y la mediación sacramental de la gracia que justifica, que santifica y sana. Dios, de hecho, dice: «Yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva» ( Ez. 33,11).

 

[…]

 

El tema específico sobre el que trata el capítulo 8 es el cuidado pastoral por el alma de los católicos que, de alguna manera, conviven en una cohabitación que se parece a un matrimonio con una pareja que no es su legítimo cónyuge. Las situaciones existenciales son muy diferentes y complejas, y la influencia de ideologías enemigas del matrimonio a menudo es preponderante. El cristiano puede encontrarse sin su culpa en la dura crisis del ser abandonado y de no lograr encontrar ninguna otra vía de escape que encomendarse a una persona de buen corazón y el resultado son relaciones semejantes a las relaciones matrimoniales. Se necesita una particular capacidad de discernimiento espiritual en el fuero interior por parte del confesor para encontrar un recorrido de conversión y de re-orientación hacia Cristo que sea adecuado para la persona, yendo más allá de una fácil adaptación al espíritu relativista del tiempo o de una fría aplicación de los preceptos dogmáticos y de las disposiciones canónicas, a la luz de la verdad del Evangelio y con la ayuda de la gracia antecedente.

 

En la situación global, en la que prácticamente ya no hay ambientes homogéneamente cristianos que ofrezcan al cristiano el apoyo de una mentalidad colectiva y en la «identificación solo parcial» con la fe católica y con su vida sacramental, moral y espiritual que deriva de ella, se plantea acaso también para los cristianos bautizados pero no suficientemente evangelizados el problema, «mutatis mutandis», de una disolución de un primer matrimonio contraído «en el Señor» (1 Cor. 7, 39) «in favorem fidei».

 

Para la doctrina de la fe un matrimonio válidamente contraído por cristianos, que debido al carácter bautismal siempre es un sacramento, sigue siendo indisoluble. Los cónyuges no pueden declararlo nulo e inválido por su iniciativa y tampoco lo puede disolver desde el exterior la autoridad eclesiástica, aunque fuera la del Papa. Pero puesto que Dios, que ha instituido el matrimonio en la Creación, funda en concreto el matrimonio de un hombre y de una mujer mediante los actos naturales del libre consenso y de la íntegra voluntad de contraer matrimonio con todas sus propiedades («bona matrimonii»), este concreto vínculo de un hombre y de una mujer es indisoluble solo si los cónyuges aportan en esta cooperación del actuar humano con lo divino todos los elementos constitutivos humanos en su entereza. Según su concepto, cada matrimonio sacramental es indisoluble. Pero en la realidad un nuevo matrimonio es posible (incluso mientras el cónyuge legítimo sigue con vida), cuando, en lo concreto, debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos el primer matrimonio en realidad no subsistía como matrimonio fundado por Dios debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos.

 

El matrimonio civil es irrelevante para nosotros solamente en la medida en la que, en la imposibilidad física o moral de observar la forma pedida por la Iglesia del consenso frente a un sacerdote y dos testigos, constituye un público atestado de un real consenso matrimonial. Pero la comprensión del «matrimonio» en las legislaciones de muchos estados se ha alejado notablemente en muchos elementos sustanciales del matrimonio natural y aún más del matrimonio cristiano, incluso en sociedades que una vez fueron cristianas, de manera que aumenta también entre muchos católicos una ignorancia crasa sobre el sacramento del matrimonio.

 

En un procedimiento de nulidad matrimonial, por la tanto, juega un papel fundamental la real voluntad matrimonial. En el caso de una conversión en edad madura (de un católico que sea tal solo en el certificado de Bautismo) se puede dar el caso de que un cristiano esté convencido en conciencia de que su primer vínculo, aunque se haya dado en la forma de un matrimonio por la Iglesia, no era válido como sacramento y de que su actual vínculo semejante al matrimonio, alegrado con hijos y con una convivencia madurada en el tiempo con su pareja actual, es un auténtico matrimonio frente a Dios. Tal vez esto n pueda ser demostrado canónicamente debido al contexto material o por la cultura propia de la mentalidad dominante. Es posible que la tensión que aquí se verifica entre el estatus público-objetivo del «segundo» matrimonio y la culpa subjetiva pueda abrir, en las condiciones descritas, la vía al sacramento de la penitencia y a la Santa Comunión, pasando a través de un discernimiento pastoral en el fuero interior.

 

[…]

 

En el párrafo 305, y en particular en la nota 351 que es objeto de una apasionada discusión, la argumentación teológica sufre de cierta falta de claridad, que habría podido y habría debido ser evitada con una referencia a las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento y del Vaticano II sobre la justificación, sobre el sacramento de la penitencia y sobre la manera apropiada para recibir la eucaristía. Lo que está en cuestión es una situación objetiva de pecado que, debido a circunstancias atenuantes, subjetivamente no es imputada. Esto suena como el principio protestante del «simul justus et peccator», pero ciertamente no se concibe en ese sentido. Si el segundo vínculo fuera válido frente a Dios, las relaciones matrimoniales de los dos compañeros no constituirían ningún pecado grave, sino más bien una transgresión contra el orden público eclesiástico por haber violado de manera irresponsable las reglas canónicas y, por lo tanto, un pecado leve. Esto no oscurece la verdad de que las relaciones «more uxorio» con una persona del otro sexo, que no es el legítimo cónyuge frente a Dios, constituye una grave culpa contra la castidad y contra la justicia debida al propio cónyuge. El cristiano que se encuentra en estado de pecado mortal (aquí se trata directamente de la relación con Dios, no de las circunstancias atenuantes o agravantes de un pecado) y, por lo tanto, perseverante en una contradicción conscientemente querida contra Dios, está llamado al arrepentimiento y a la conversión. Solo el perdón de la culpa que, en aquel que es justificado, no solo encubre sino anula completamente el pecado mortal, permite la comunión espiritual y sacramental con Cristo en la caridad. De ello no se puede separar el propósito de ya no pecar más, de confesar los propios pecados graves (esos de los que se es consciente), de ofrecer una reparación por los daños que se han aportado al próximo y al cuerpo místico de Cristo, para poder obtener, de esta manera, mediante la absolución, la cancelación del propio pecado frente a Dios y también la reconciliación con la Iglesia.

 

La nota 351 no contiene nada que contradiga todo esto. Puesto que el arrepentimiento y el propósito de ya no pecar, la confesión y la satisfacción son elementos constitutivos del sacramento de la penitencia y son consecuencia de derecho divino, de los que no puede dispensar ni siquiera el Papa (Tomás de Aquino S.th. Suppl. q. 6 a. 6). Gracias al poder de las llaves o al poder de disolver y de vincular (Mt., 16,18; 18,18; Jn., 20,22 y ss.) la Iglesia puede, por medio del Papa, de los obispos y de los sacerdotes, perdonar los pecados de los que el pecador se arrepienta y no puede perdonar los pecados para los que no haya arrepentimiento (que son «retenidos»). Pero esto sucede en conformidad con el orden sacramental que ha sido finado por Cristo y ahora es hecho eficaz por Él en el Espíritu Santo. Pero al pecador arrepentido le queda la posibilidad, en caso de imposibilidad física de recibir el sacramento de la penitencia, y con el propósito de confesar los propios pecados a la primera ocasión, de obtener el perdón en voto y también de recibir la eucaristía, en voto o en sacramento.

 

Los sacramentos han sido establecidos para nosotros, porque nosotros somos seres corpóreos y sociales, no porque Dios lo necesite para comunicar la gracia. Precisamente por ello es posible que alguien reciba la justificación y la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y la vida nueva en la fe y en la caridad aunque por razones exteriores no pueda recibir los sacramentos o bien tenga una obligación moral de no recibirlos públicamente para evitar un escándalo.

 

[…]

 

Un punto importante de «Amoris laetitia», que a menudo no es comprendido correctamente en todo su significado pastoral, y que no es fácil aplicar en la práctica con tacto y discreción, es la ley de la gradualidad. No se trata de una gradualidad de la ley, sino de su aplicación progresiva a una concreta persona en sus condiciones existenciales concretas. Esto sucede dinámicamente en un proceso de clarificación, discernimiento y maduración con base en el reconocimiento de la propia personal e irrepetible relación con Dios mediante el recorrido de la propia vida (cfr. AL 300). No se trata de un pecador empedernido, que quiere hacer valer frente a Dios derechos que no tiene. Dios está particularmente cerca del hombre que se sigue el camino de la conversión, que, por ejemplo, se asume la responsabilidad por los hijos de una mujer que no es su legítima esposa y no descuida tampoco el deber de cuidar de ella. Esto también vale en el caso en el que él, por su debilidad humana y no por la voluntad de oponerse a la gracia, que ayuda a observar los mandamientos, no sea todavía capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral. Una acción en sí pecaminosa no se convierte por ello en legítima y ni siquiera agradable a Dios. Pero su imputabilidad como culpa puede ser disminuida cuando el pecador se dirige a la misericordia de Dios con corazón humilde y reza «Señor, ten piedad de mí, pecador». Aquí, el acompañamiento pastoral y la práctica de la virtud de la penitencia como introducción al sacramento de la penitencia tiene una importancia particular. Esta es, como dice el Papa Francisco, «una vía del amor» (AL 306).

 

Según las explicaciones de Santo Tomás de Aquino que hemos citado, la Santa Comunión puede ser recibida eficazmente solo por quienes se han arrepentido de sus pecados y se acercan a la mesa del Señor con el propósito de ya no cometer más. Puesto que cada bautizado tiene derecho a ser admitido en la mesa del Señor, puede ser privado de este derecho solamente debido a un pecado mortal hasta que no se arrepienta y sea perdonado. Sin embargo, el sacerdote no puede humillar públicamente al pecador negándole públicamente la Santa Comunión y dañando su reputación frente a la comunidad. En las circunstancias de la vida social de hoy podría ser difícil establecer quién es un pecador, público o en secreto. El sacerdote, como sea, debe recordarle a todos en general que no se «acerquen a la mesa del Señor antes de haber hecho penitencia por los propios pecados y haberse reconciliado con la Iglesia». Después de la penitencia y la reconciliación (absolución) la Santa Comunión no debe ser negada ni siquiera a los públicos pecadores, especialmente en caso de peligro de muerte (S.th. III q.80).

 

Yo estoy convencido de que los profundos análisis que Rocco Buttiglione propone, a pesar de toda la limitación y de la necesidad de integración de la razón teológica, abren las puertas y construyen puentes hacia quienes critican «Amoris laetitia» y ayudan a superar sus dudas desde dentro. También quienes reflexionan superficialmente sobre «Amoris laetitia» para relativizar la indisolubilidad del matrimonio y sacudir los fundamentos de la moral basada en la creación y en la Revelación están llamados a una seria reconsideración.

 

[…]

 

Leamos el capítulo 8 de «Amoris laetitia» con el corazón de Jesús, Buen Pastor y Maestro de la Verdad. Él nos dirige una mirada amigable y dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc., 15, 6/7).

 

Leamos juntos «Amoris laetitia», sin recíprocos reproches y sospechas, con el sentimiento de la fe («sensus fidei») a la luz de la tradición entera de la doctrina de la Iglesia y con una ardiente preocupación pastoral por todos los que se encuentran en difíciles situaciones matrimoniales y familiares, y necesitan particularmente el apoyo materno de la Iglesia.

 

Desde lo profundo del corazón agradezco a Rocco Buttiglione por el gran servicio que hace con este libro a la unidad de la Iglesia y a la verdad del Evangelio.

 

 

 


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La doctrina de la iglesia y los nuevos tiempos. El Papa

En las palabras de Francisco al Congreso por los 25 años del Catecismo, la clave para leer también el actual debate sobre “Amoris laetitia”
AP

Francisco al Congreso por los 25 años del Catecismo

Pubblicato il 11/10/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El tema que el Papa Francisco quiso subrayar en su discurso para el encuentro promovido por el dicasterio para la Nueva Evangelización fue el de la pena de muerte y de la necesidad de ampliar en el Catecismo el espacio que se le dedica. Era natural que este argumento llamara la atención de los medios de comunicación, considerando su actualidad. Pero el discurso del Pontífice también sirvió para insistir en que la doctrina y la Tradición se pueden conservar verdaderamente y heredar solamente haciendo que progresen. Consideraciones basadas en los Padres de la Iglesia y en los Concilios, que ayudan a enmarcar incluso el debate sobre los otros temas en discusión en los que se cita la fidelidad a la doctrina.

 

Francisco citó, antes que nada, la frase célebre de San Juan XXIII, quien, inaugurando el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, dijo que es necesario que la Iglesia no se aleje «del sacro patrimonio de las verdades recibidas por los padres; pero al mismo tiempo debe ver también el presente, las nuevas condiciones y formas de vida que han abierto caminos al apostolado católico». «Nuestro deber —continuaba el Papa de Bérgamo— no es solamente custodiar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos únicamente por la antigüedad, sino dedicarnos con solícita voluntad y sin temor a esa obra que nuestra edad exige, prosiguiendo así el camino que la Iglesia hace desde hace casi veinte siglos».

 

El Papa Bergoglio explicó que «custodiar» y «progresar» es «lo que compete a la Iglesia por su misma naturaleza, para que la verdad impresa en el anuncio del Evangelio por parte de Jesús pueda alcanzar su plenitud hasta el fin de los siglos». El mismo san Juan Pablo II, al presentar el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, sostenía que « tener en cuenta las explicitaciones de la doctrina que en el curso de los tiempos el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia. Es necesario, además, que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado todavía no habían surgido». Los desafíos del presente no son los de hace un siglo y ni siquiera los de hace treinta años. Por ello se celebran Concilios y Sínodos, y por ello se celebraron dos asambleas de los obispos para discutir sobre el matrimonio y la familia, en contextos sociales que cambian a una velocidad sostenida.

 

«No es suficiente —explicó Francisco— encontrar un lenguaje nuevo para decir la fe de siempre; es necesario y urgente que, ante los nuevos desafíos y perspectivas que se abren para la humanidad, la Iglesia pueda expresar las novedades del Evangelio de Cristo que, aún estando encerradas en la Palabra de Dios, todavía no han salido a la luz. Es ese tesoro de “cosas antiguas y nuevas” del que hablaba Jesús, cuando invitaba a sus discípulos a enseñar lo nuevo que él traía sin descuidar lo antiguo». Después de haber recordado, retomando uno de los textos del Catecismo Romano al que dio valor el nuevo Catecismo, que afirma que «toda la sustancia de la doctrina y de la enseñanza debe orientarse a la caridad que nunca tendrá fin. De hecho, ya se expongan las verdades de la fe o los motivos de la esperanza o los deberes de la actividad moral, siempre y en todo hay que dar relieve al amor de Nuestro Señor», el Papa Francisco volvió a hablar sobre la Tradición como «una realidad viva».

 

«Solo una visión parcial —expresó Francisco— puede pensar en el “depósito de la fe” como una cosa estática. ¡La Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina como si se tratara de una vieja manta que hay que proteger contra los parásitos! No. La Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva que progresa y crece porque tiende a un cumplimiento que los hombres no pueden detener». El Papa insistió en la «afortunada fórmula» de san Vincenzo de Lérins: “annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”, es decir que también el dogma de la religión cristiana «progresa, consolidándose con los años, desarrollándose con el tiempo, sublimándose con la edad». Una fórmula, afirmó Francisco, que pertenece ! a la peculiar condición de la verdad revelada en su ser transmitida por la Iglesia, y no significa para nada un cambio de doctrina».

 

Entonces, «no se puede conservar la doctrina sin hacer que progrese, ni se la puede atar a una lectura rígida e inmutable, sin humillar la acción del Espíritu Santo. “Dios, que muchas veces y en diferentes maneras en los tiempos antiguos habló a los padres”, “no cesa de hablar con la Esposa de su Hijo”. Esta voz estamos llamados a hacer nuestra con una actitud de “religiosa escucha”, para permitir que nuestra existencia eclesial progrese con el mismo entusiasmo del inicio, hacia nuevos horizontes que el Señor pretende hacer que alcancemos».

 

Con respecto a los cambios significativos que indican que la doctrina debe considerar «también el presente, las nuevas condiciones», como afirmaba el Papa Roncalli, se puede recordar el gran salto que representó la «Familiaris consortio» de Juan Pablo II. En esa exhortación post-sinodal, Wojtyla dejó muy clara la existencia de circunstancias atenuantes: «Sepan los pastores que, por amor de la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. Hay, efectivamente, diferencia entre cuantos sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados completa e injustamente, y cuantos por su grave culpa han destruido un matrimonio canónicamente válido. Están, para concluir, aquellos que han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos y, a veces, están subjetivamente seguros, en consciencia, de que el matrimonio anterior, irreparablemente destruido, nunca había sido válido».

 

Y afirmaba, rompiendo con una tradición secular, que los divorciados en segunda unión, que por diferentes motivos no podían volver a los respectivos matrimonios ya fracasados, podían acceder a los sacramentos si se comprometían a vivir como hermano y hermana, es decir absteniéndose de tener relaciones sexuales. Esta decisión, en aquel momento, representaba una importante novedad. Los divorciados que se habían vuelto a casar y que estuvieran dispuestos a vivir como hermano y hermana (circunstancia que, obviamente, se relaciona con su intimidad y no se encuentra escrita en los documentos de identidad ni otras identificaciones), podían no solo ser acogidos en la comunidad cristiana, sino también participar en la Eucaristía.

 

Algunos años más tarde, en la carta al cardenal Penitenciero Mayor William Wakefield Baum (22 de marzo de 1996), el Papa Wojtyla afirmó: «Conviene, además, recordar que una cosa es la existencia del sincera proposición y otra cosa es el juicio de la inteligencia sobre el futuro: es, efectivamente, posible que, incluso en la lealtad del propósito de no pecar, la experiencia del pasado y la consciencia de la actual debilidad despierten el temor de nuevas caídas; pero ello no perjudica la autenticidad del propósito, cuando a ese temor se haya unido la voluntad, sostenida por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa». Un año más tarde, en el «vademecum» para los confesores en materia de moral familiar, redactado por el cardenal Alfonso López Trujillo, se leía que volver a caer en los «pecados de contracepción no es en sí mismo motivo para negar la absolución; esta no se puede impartir si faltan el suficiente arrepentimiento o el propósito de no volver a caer en el pecado».

 

Una reflexión más detallada y calmada sobre la historia de la Iglesia y sobre la teología ayudaría a comprender, por ejemplo, que es tradicional enseñanza de «Amoris laetitia» cuando afirma que en la evaluación de la culpa puede haber atenuantes. En el capítulo 8 de la exhortación que es fruto de dos Sínodos, el Papa, siguiendo el camino de esta tradición, concedió espacio a la posibilidad (sin caer en la casuística y sin permisivismo o «luz verde» indiscriminada) de que en algún caso los divorciados que están en segunda unión (que no logren vivir como hermano y hermana, pero que se den cuenta de su condición y comiencen un camino) puedan acceder incluso a los sacramentos, después de un periodo de discernimiento en compañía de un sacerdote. Como, por lo demás, sucedía en el pasado en algunos casos con la relación con el confesor.


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Amoris laetitia y la doctrina de Juan Pablo II

Schönborn: “Amoris laetitia” está en línea con el Catecismo de Wojtyla

El cardenal arzobispo de Viena fue el secretario de redacción del texto que aprobó Juan Pablo II hace exactamente 25 años

Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, presentando “Amoris laetitia”

Pubblicato il 11/10/2017
Ultima modifica il 11/10/2017 alle ore 14:26
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

Con su exhortación apostólica sobre la familia “Amoris laetitia”, «el Papa Francisco está completamente en línea con el Catecismo». Lo afirma el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena y figura clave de los dos sínodos sobre la familia (2014-2015), en pasaje de una entrevista con “Kathpress”, en ocasión de los 25 años de la aprobación del Catecismo de la Iglesia católica por parte de Juan Pablo II (el 11 de octubre de 1992), texto en el que el puprurado participó como «secretario de redacción».

 

Schönborn, a quien el Papa se ha referido en varias ocasiones como punto de referencia teológico sobre “Amoris laetitia” y que intervino para comentar las dudas (“dubia” en latín) presentadas por cuatro cardenales a la exhortación del Papa sobre la familia, respondió a una pregunta sobre los desarrollos que se han verificado durante los últimos 25 años, mediante, por ejemplo, los dos sínodos sobre la familia, sobre el redescubrimiento del «Dios misericordioso» y, precisamente, sobre la “Amoris laetitia”.

 

«Vale la pena recordar –afirmó Schönborn– que la tercera parte del Catecismo, que se ocupa sobre la moral, ofrece exactamente los presupuestos que el Papa Francisco hace valer en la “Amoris laetitia”: él cita en varias ocasiones el Catecismo, la sección del Catecismo sobre la moral, en la que, al lado de la clara formulación de las normas, se dirige la mirada a la vida de la persona, a la naturaleza condicionada del comportamiento humano, a la libertad de la persona, a la responsabilidad de la persona. Ha sido un gran paso que el Catecismo haya dedicado acaso una atención más fuerte al sujeto que actúa concretamente, a la persona en acción, y no solo a la objetividad de las normas. Creo que el debate sobre “Amoris laetitia” sería mucho más pacífico si los críticos de “Amoris laetitia” estudiaran profundamente la moral fundamental del Catecismo, que es totalmente orientada por Santo Tomás de Aquino: es decir que cada acción moral sucede en una historia, en la historia de una persona concreta, con las especificidades, las posibilidades, las premisas, las circunstancias de vida, los límites y las posibilidades de la propia libertad. Verla de cerca y hacerla visible es perceptible como espacio vital concreto en el que se debe cumplir el ideal concreto del matrimonio cristiano: esta, creo, es la importante aportación de “Amoris laetitia”, que se basa completamente en la primera sección de la tercera parte del Catecismo que se ocupa de las condiciones de las acciones humanas. Sugiero vivamente –concluyó el arzobispo de Viena– leer esta parte del Catecismo como introducción de la “Amoris laetitia”. De esta manera se comprenderá rápidamente que el Papa Francisco está absolutamente en línea con el Catecismo».

 

En la entrevista con “Kathpress” Schönborn que queja un poco de que en el mundo germanófono persistan antiguos prejuicios alrededor del Catecismo. Es un texto, afirmó, que «a menudo (gracias a Dios no por todas partes) es visto un poco de arriba a abajo. Con un poco de ironía y con un antiguo y repetido prejuicio según el cual sería preconciliar. Pero la idea misma del Catecismo no es una idea preconciliar. Estamos en el año de Lutero. El gran éxito de Lutero fue precisamente el “Pequeño Catecismo” y también el “Gran Catecismo”. La idea genial de Lutero fue la de resumir la fe en breves declaraciones y después presentarla en un Catecismo más grande para los que debían transmitir la fe con mayor elaboración. Pero por qué en el mundo alemán el Catecismo ya no sea recibido, para mí sigue siendo uno de los “Mysteria”, los secretos que no puedo explicar y que me duelen».


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Polémica en torno al Papa

“El problema no es Francisco sino sus predecesores”

Los seguidores del Abad de Nantes, quien acusó a Pablo VI y Juan Pablo II de “herejes”, rechazan la “corrección filial” contra Francisco y aseguran seguir “con benevolencia filial” las “homilías tan católicas del Papa”

El Papa Francisco

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Pubblicato il 10/10/2017
Ultima modifica il 10/10/2017 alle ore 07:53
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Nuestra comunidad recusa la carta escrita en contra del Papa. Él sigue fielmente a sus predecesores. El problema no es Francisco, sino el Concilio Vaticano II”. Con estas palabras, los seguidores de Georges de Nantes tomaron distancia de la “corrección filial” que acaba de acusar al pontífice argentino de “propagar herejías”. Una aclaración por demás significativa, tomando en cuenta que ese Abad francés fue el responsable de denunciar por “herejía, cisma y escándalo” primero a Pablo VI, en 1973, y luego a Juan Pablo II, 10 años después. Pero sus sucesores no condenan al actual pontífice, al cual llamaron ya “el dulce y humilde Jorge Mario Bergoglio”.

 

El padre Jorge de Nantes (1924-2010), como se le conoce en español, es el fundador del movimiento Contrareforma Católica. También de la Orden de los Hermanitos del Sagrado Corazón, iniciada en 1958 bajo la tutela de monseñor Le Couëdic, obispo de Troyes en Francia. Filósofo y teólogo prolífico, es recordado por sus “Liber Accusationis”, tres gruesos libros en los cuales denunció no solo a los mencionados Papas sino también al “autor” del Catecismo de la Iglesia Católica, “catecismo de orgullo, catequesis de impostores”.

 

Tras la publicación (el 24 de septiembre pasado) de la “correctio filialis”, un documento que atribuye al Papa Francisco la propagación de siete supuestas declaraciones contra la doctrina de la Iglesia, volvieron al recuerdo las múltiples acusaciones de herejía lanzadas contra sus predecesores en diversos momentos. Algunas de ellas fueron incluidas en un artículo del Vatican Insider.

 

El texto provocó una puntual respuesta. Con una carta en español fray Juan Pablo de Guadalupe, un mexicano miembro de los Hermanitos del Sagrado Corazón, hizo dos precisiones a nombre de la órden. En la primera aclaró que “el padre de Nantes nunca fue sedevacantista” porque, de haberlo sido, “no hubiera considerado necesario acusar a dos Papas”, directamente no los hubiese reconocido como tales.

 

En segundo término reveló otro detalle: en 1968, a petición del propio Abad, la Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano revisó todos sus escritos durante un año. Al final de proceso, él “compareció ante tres jueces romanos que lo interrogaron durante doce sesiones”. “Al cabo de esto, el Santo Oficio no encontró ningún error en los escritos de nuestro padre fundador, mas de manera arbitraria se le pidió una sumisión ciega al conjunto del episcopado francés y que retirara todas sus acusaciones contra el soberano pontífice”, indicó el fraile.

 

Y agregó: “Entiendo que las acusaciones de nuestro fundador lo escandalicen, pero si no hay error en ellas, ¿acaso no es más escandaloso que el Pastor supremo de la Iglesia prediqué cosas contrarias a la fe? Pero si nuestro fundador está en el error, ¿por qué no condenarlo para el bien de las almas? Ese es el dilema que Roma, en contra de su deber, nunca quiso resolver”.

 

Empero, y aquí lo interesante, al mismo tiempo Juan Pablo de Guadalupe quiso destacar con énfasis la “gran diferencia” entre el Abad de Nantes, quien “dijo las cosas claras” y tuvo “el valor de pedir que sea Roma la que juzgue donde está la verdad”, y “un artículo -aún firmado difundido por el mundo entero en que se juzga que el Papa es herético, sin siquiera haber presentado su recurso ante la Congregación por la Doctrina de la Fe”.

 

Estas últimas palabras fueron dirigidas a la forma y el contenido de la “correctio filialis” contra Francisco, firmada -hasta ahora- por 235 personas, la mayoría de ellos estudiosos, sacerdotes o simples fieles. Con ellas, de manera indirecta, el fraile evidenció las lagunas canónicas tanto en el método como en el fondo de la corrección.

 

Más adelante, en la misma carta, agregó otro detalle de interés: consignó la mirada que tiene el sucesor del Abad de Nantes y actual superior de los Hermanitos del Sagrado Corazón, fray Bruno Bonnet-Eymard, sobre el pontífice argentino. Dejó constancia de “la benevolencia filial con que él ha seguido la mayoría de las homilías tan católicas de Francisco”.

 

Esa benevolencia, insistió, es “la razón por la cual nuestra comunidad recusa la carta escrita en contra del Papa, porque éste no hace más que seguir filialmente lo que han hecho sus predecesores. El problema no es el Papa Francisco sino sus predecesores y el Concilio Vaticano II”.

 

Un aprecio por Bergoglio entre los seguidores del abad francés se manifestó ya el 18 de abril de 20l3 en boca del propio superior, fray Bruno de Jesús María, durante una conferencia en París que llevó un título elocuente: “El santo que Dios nos ha dado”.

 

Unos 10 años antes, el mismo fraile había hablado del entonces arzobispo de Buenos Aires en un largo artículo publicado en el número 6 de la revista “¡Resucitó!” (enero 2003). Bajo la sugestiva cabeza “Dulce y humilde anticipación: ¿Hacia un nuevo San Pío X?”, el autor citó casi por completo otra nota, publicada en la revista italiana “L’Espresso” en su número 49 del 28 de noviembre de 2002.

 

Todavía faltaban tres años para la muerte de Juan Pablo II y el Cónclave en el cual fue elegido Benedicto XVI, en el cual Bergoglio fue protagonista. Pero ya entonces, el vaticanista Sandro Magister (citado por fray Bruno) escribió: “A mitad de noviembre lo querían elegir presidente de los obispos de Argentina. Pero rechazó. Pero si hubiese un Cónclave, le sería dificilísimo rechazar la elección como Papa. Porque es a él a quienes los cardenales votarían en cascada, si fuesen llamados a elegir de hoy para mañana al sucesor de Juan Pablo II. Él es Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires”.

 

El superior reforzó su punto citando una entrevista del propio Magister al diario argentino La Nación del 4 de diciembre de 2002. En ella, el periodista italiano destacaba que “Bergoglio no es Karol Wojtyla” y remarcaba el deseo de los cardenales de entonces por marcar una diferencia con el largo pontificado de Juan Pablo II con la elección de su sucesor.

 

Así lo resumió: “Piden uno que no sea desmedidamente mediático, uno con un estilo más sobrio, más interior. El Colegio Cardenalicio no es propenso a pedir al Papa que sea un gran actor; lo que sale del discurso en el Sínodo del año 2001, dedicado a la figura del obispo. Ahí son relevantes los desafíos de la Iglesia futura, y cómo deberá ser el próximo Papa: un Papa que predicará la cruz y volverá a lo esencial del evangelio. Es evidente que Bergoglio expresa exactamente esta exigencia de regreso al evangelio, de sobriedad con la cual la Iglesia debe afrontar sus luchas mostrando su profundo ser”.


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El Prof. Buttiglione responde a los que acusan de herejías al Papa

“¿La «correctio»? El método no es correcto: no discuten, condenan”

El filósofo Buttiglione responde y desmonta una por una las siete acusaciones de herejía que han dirigido a Francisco: «Si se sacan consecuencias lógicas de sus afirmaciones, incluso los críticos admiten que en algunos casos los divorciados pueden estar exentos de culpa grave y, por lo tanto, recibir la comunión»

El filósofo Rocco Buttiglione

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Pubblicato il 03/10/2017
Ultima modifica il 03/10/2017 alle ore 20:23
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Juzgan y condenan». Y sobre todo utilizan un «método incorrecto». El filósofo Rocco Buttiglione, profundo conocedor del pensamiento de Juan Pablo II, en esta larga entrevista con Vatican Insider desmenuza (discutiéndolas) todas las acusaciones de herejía que los firmantes de la «correctio filialis» han dirigido al actual Pontífice.

 

¿Qué piensa sobre la «correctio filialis» enviada al Papa y sobre el grupo de estudiosos que hace afirmaciones tan duras sobre el sucesor de Pedro?

 

Jesús no escribió un manual de metafísica y mucho menos de teología. Se encomendó a un grupo de hombres y después a uno, Pedro. Les prometió la asistencia del Espíritu Santo. Aquí, un grupo de hombres se erigen en jueces por encima del Papa. No exponen objeciones, no discuten. Juzgan y condenan. ¿Quién les autorizó a constituirse en jueces por encima del Papa?

 

Después de su publicación, algunos de los que firmaron el documento afirmaron que nunca habían dicho que el Papa fuera un hereje. ¿Se deduce esto al leer el texto?

 

Leamos el texto: “nos vemos obligados a dirigir una corrección a Su Santidad, a causa de la propagación de herejías ocasionada por la Exhortación apostólica «Amoris laetitia» y por otras palabras, hechos y omisiones de Su Santidad”. Si esta no es una acusación de herejía, yo no sé qué es. Los que firmaron el documento que dicen que nunca afirmaron que el Papa fuera un hereje no leyeron el texto que firmaron.

 

Antes de entrar detalladamente en las 7 «herejías», me gustaría detenerme sobre el lenguaje utilizado: se hacen afirmaciones («propositiones») dando a entender que el Papa las escribió, dijo o sostuvo: en realidad ninguna de ellas ha sido afirmada por Francisco. ¿Es correcto el método?

 

No, no es un método correcto. Las proposiciones no resumen correctamente el pensamiento del Papa. Pongamos un ejemplo: en la segunda proposición atribuyen al Papa la afirmación de que los divorciados que se han vuelto a casar y que permanecen en ese estado «con absoluta advertencia y deliberado consenso» están en la gracia de Dios. El Papa dice otra cosa: en algunos casos un divorciado que se ha vuelto a casar y permanece en tal estado sin plena advertencia y deliberado consenso puede estar en la gracia de Dios.

 

¿Por qué es tan significativo este ejemplo?

 

Los críticos comienzan sosteniendo que en ningún caso un divorciado que se ha vuelto a casar puede estar en la gracia de Dios. Y luego algunos (yo, por ejemplo) les han recordado que para tener un pecado mortal es necesaria no solo una materia grave (y el adulterio es ciertamente materia grave de pecado), sino también de plena advertencia y deliberado consenso. Ahora parece que se echan para atrás: incluso ellos han comprendido que en algunos casos el divorciado que se ha vuelto a casar puede estar exento de culpa debido a atenuantes subjetivos (la falta de la plena advertencia y del deliberato consenso). ¿Qué hacen para encubrir la retirada? Le atribuyen al Papa la afirmación de que el divorciado que se ha vuelto a casar que permanezca en su situación con plena advertencia y deliberado consenso sigue estando en estado de gracia. Esta falsificación de la postura del Papa, a la que se ven obligados, indica cuán desesperada es su situación desde el punto de vista lógico. Admiten implícitamente que hay algunas situaciones en las que el divorciado que se ha vuelto a casar puede recibir la Comunión, pero toda la revuelta contra «Amoris laetitia» nació de un rechazo visceral frente a esta posibilidad.

 

La Iglesia, cuando condenaba proposiciones juzgadas heréticas, siempre era muy precisa en establecer qué se hubiera dicho y las intenciones de aquel que lo había dicho. En este caso no ha sido así…

 

A los correctores les gusta convertirse en un Nuevo Santo Oficio, pero evidentemente no conocen los procedimientos…

 

Hablando sobre las 7 «herejías» atribuidas al Pontífice, se ve que giran alrededor del punto de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. ¿Son fundadas en su opinión?

 

La primera corrección atribuye al Papa la afirmación de que la gracia no es suficiente para permitirle al hombre evitar todos los pecados. El Papa dice, con toda evidencia, muy otra cosa: la cooperación del hombre con la gracia a menudo es insuficiente y parcial. Por ello no logra evitar todos los pecados. La cooperación con la gracia, además, se desarrolla en el tiempo. Cuando el hombre comienza a moverse hacia la salvación lleva consigo una carga de pecados de los que se liberará poco a poco. Por ello una persona que no logra llevar a cabo por completo las obras de la ley puede estar en la gracia de Dios. Es la noción del pecado venial.

 

De la segunda ya hemos hablado. Vayamos a la tercera…

 

La tercera corrección atribuye al Papa la afirmación de que se puede conocer el mandamiento de Dios y violarlo y, a pesar de ello, permanecer en la gracia de Dios. También en este punto el Papa dice, con toda evidencia, otra cosa: es posible conocer las palabras del mandamiento y no comprenderlas o reconocerlas en su verdadero significado. El cardenal Newman distinguía entre comprender la noción (he comprendido el sentido verbal de una proposición) y la comprensión real (he comprendido qué significa para mi vida). Algo semejante dice también Santo Tomás, cuando habla del error en buena fe.

 

La cuarta censura atribuye al Papa la afirmación de que se puede cometer un pecado obedeciendo a la voluntad de Dios.

 

Probablemente quien haya redactado la censura tenía en mente un pasaje de «Amoris laetitia» en el que el Papa dice que cuando una pareja de divorciados que se han vuelto a casar decide vivir junta como hermano y hermana (es decir actuando según la ley del Señor) se puede dar que acaben teniendo relaciones sexuales con terceras personas y destruyendo el nido que habían creado y en el que sus hijos encontraban el ambiente adecuado para su crecimiento y su madurez humana. El Papa no saca conclusiones de esta afirmación empírica. Pero, si se quieren sacar conclusiones, hay que tener mucha malicia para llegar a la conclusión propuesta por los censores. La conclusión más obvia es: que el confesor recomiende a la pareja interrumpir las relaciones sexuales y que tome seriamente en consideración su temor de no poder hacerlo y pasar de un pecado (el adulterio) a un pecado mayor (el adulterio más la traición de la segunda relación). El confesor debe acompañar a la pareja hasta que su maduración interior les permita dar el paso que pide la ley moral.

 

La quinta proposición atribuye al Papa la afirmación de que los actos sexuales de los divorciados que se han vuelto a casar entre ellos pueden ser buenos y no ser desagradables ante los ojos de Dios.

 

Aquí probablemente el aterro tenía en mente un pasaje de «Amoris laetitia» en el que el Papa dice que «esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena». El Papa no dice que Dios está contento porque los divorciados que se han vuelto a casar sigan teniendo relaciones sexuales entre sí. La conciencia reconoce que no está alineada a la ley. Pero la conciencia también sabe que ha comenzado un camino de conversión. Uno va a la cama con una mujer que no es su esposa, pero ha dejado de drogarse y de ir con prostitutas, ha encontrado un trabajo y cuida a sus hijos. Tiene el derecho de pensar que Dios está contento de él, por lo menos en parte (Santo Tomás diría: «secundum quid»). Dios no está contento por los pecados que sigue cometiendo. Está contento por las virtudes que comienza a practicar y, naturalmente, espera que en el futuro dé nuevos pasos hacia adelante.

 

¿Puede ofrecer otro ejemplo de esta situación?

 

Imaginemos a un padre que tiene un hijo enfermo y el niño mejora. Todavía tiene fiebre, pero ha dado de vomitar, logra mantener en el estómago lo que come, ha comenzado un tratamiento que parece funcionar. ¿El padre está contento porque su hijo está enfermo? No, está contento porque su hijo tiene síntomas de mejoría y de curación. Pensemos por un momento en la viuda del Evangelio que ofrece al tesoro del Templo dos pequeñas monedas de cobre. Jesús comenta: esta mujer ha dado mucho más que los ricos y potentes, incluso si han derramado toneladas de monedas de oro y plata. Esos dieron lo superfluo, ella dio todo lo que tenía. De la misma manera Dios tal vez se alegre más por un paso incierto hacia el bien de una persona que nació en una familia dividida, que fue bautizado pero nunca verdaderamente evangelizado, que nunca ha tenido frente a sus ojos un ejemplo de amor entre un hombre y una mujer, que ha crecido dentro de la ideología dominante según la cual el sexo es real y el amor no existe, que por el paso de una persona que observa plenamente la ley pero  tuvo buenos padres, buenos ejemplos, buenos maestros, un buen párroco y (tal vez lo más importante de todo) una buena esposa.

 

Vayamos a la sexta censura, en la que se afirma que el Papa dijo que no existen actos intrínsecamente malos, sino que, según las circunstancias, cada acto humano puede ser bueno o malo.

 

Aquí se quiere aplanar el pensamiento del Papa sobre la llamada «ética de la situación». Una vez más, «Amoris laetitia» dice otra cosas, absolutamente tradicionales, que hemos estudiado desde niños en el catequismo de la Iglesia católica, no solo en el nuevo de san Juan Pablo II, sino también en el viejo de san Pío X. Para tener un pecado mortal se necesitan tres condiciones: la materia grave (el adulterio siempre es, y sin excepciones, materia grave de pecado), la plena advertencia (debo saber que lo que estoy haciendo está mal) y el deliberado consenso (debo elegir libremente hacer lo que estoy haciendo). Si falta la plena advertencia y el deliberado consenso, un pecado mortal puede pasar de mortal a venial. La acción siempre es equivocada, pero el sujeto que la lleva a cabo no siempre tiene toda la responsabilidad. Es como en el derecho penal: el homicidio es un delito grave. Pero la pena puede ser muy diferente: tú manejas respetando todas las reglas y un borracho se te arroja mientras pasas. Tal vez serás absuelto o te darán una pequeña pena. Tú no respetas las reglas del código, manejas borracho y matas a un pobrecito que estaba pasando por allí. Tendrás una condena severa. Usas el coche como un arma para matar a una persona que odias. Te mereces la cadena perpetua.

 

La séptima y última «corrección filial» en el documento dice que el Papa es hereje porque se le acusa de querer dar la comunión a los divorciados que «no expresen ninguna contrición, ni el propósito firme de enmendarse de su actual estado de vida».

 

El Papa quiere acompañar a los divorciados que tienen la contrición por su estado de vida y el firme propósito de enmendarse. No dice que hay que darles la comunión siempre y como sea, sino que hay que acompañarlos en la situación concreta en la que se encuentran y evaluar también su nivel de responsabilidad subjetiva. El punto de llegada del camino es (cuando la reconciliación con el verdadero cónyuge no sea posible) la renuncia a las relaciones sexuales. Pero en el camino hay muchas etapas. Puede haber casos en los que una persona pueda estar en la gracia de Dios debido a atenuantes subjetivos (falta de plena advertencia y deliberado consenso) incluso si continúa a tener relaciones sexuales con la propia pareja. Pensemos en una mujer que quisiera tomar esta decisión de castidad pero el hombre no lo quiere, y si ella se la impusiera él se sentiría traicionado y se iría, destruyendo el vínculo de amor en el que crecen los hijos. ¿Quién negaría las atenuantes subjetivas a una mujer que siguiera teniendo relaciones sexuales con su hombre mientras, por otra parte, persevera en su intento de convencerlo de que se acerque a la castidad? En la disciplina canónica que no admite a los divorciados que se han vuelto a casar en los sacramentos hay que distinguir dos elementos o, si se prefiere, dos diferentes razones. La primera es una razón que deriva de la teología moral. El adulterio es intrínsecamente malo y nunca puede ser justificado. Pero esto no impide que la persona pueda no ser completamente responsable por esa transgresión debido a circunstancias atenuantes subjetivas. Existe una imposibilidad absoluta de dar la comunión a quienes estén en pecado mortal ( y esta regla es de derecho Divino y, por lo tanto, inderogable), pero si, debido a la falta de plena advertencia y deliberado consenso, no hay pecado mortal, la comunión se puede dar, desde el punto de vista de la teología moral, incluso a un divorciado que se ha vuelto a casar.

 

También existe otra prohibición, no moral, sino jurídica. La convivencia extra-matrimonial contradice claramente la ley de Dios y genera escándalo. Para proteger la fe del pueblo y reforzar la conciencia de la indisolubilidad del matrimonio, la legítima autoridad puede decidir no dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar aunque no estén en pecado mortal. Pero esta regla es de derecho humano y la legítima autoridad puede permitir derogaciones por razones justas.

 

¿Le parece que los que firmaron la «correctio» tuvieron en cuenta las posibles circunstancias atenuantes?

 

Si comparamos este último documento con los anteriores, no es difícil ver las huellas de cierto embarazo. Los documentos anteriores ignoraban completamente el problema relativo a las circunstancias atenuantes. Ahora tratan de tomarlo en consideración. Y para hacerlo deben hacer finta de que no comprendieron lo que el Papa dijo verdaderamente. Una consecuencia mucho más importante es que, ahora, si se sacan consecuencias lógicas de sus afirmaciones, incluso los críticos admiten que en algunos casos los divorciados que se han vuelto a casar pueden estar exentos de la culpa grave debido a las atenuantes subjetivas y, por lo tanto, recibir la comunión. Pero este, desde el inicio, es el verdadero objeto de la contienda.

 

¿El objetivo de las críticas, en su opinión, son solamente algunas afirmaciones del actual Pontífice o el magisterio, más en general, de los últimos Papas y, en el fondo, de la Iglesia post-conciliar?

 

No conozco a todos los que firmaron la «correctio». Entre los que conozco yo hay algunos lefebvrianos. Estaban en contra del Concilio, en contra de Pablo VI, en contra de Juan Pablo II, contra Benedicto XVI y ahora contra el Papa Francisco. Otros tienen que ver con el movimiento “Tradição, Familia, Propriedade”, que en su momento sostuvo al régimen militar en Brasil. Algunos afirman públicamente que la desviación de la Iglesia comienza con León XIII y la encíclica “Au milieu des sollicitudes”, que habría traicionado la alianza entre el trono y el altar, renunciando al principio del derecho divino de los reyes… Tratan de aislar al Papa Francisco, comparándolo con sus predecesores, pero estos adversarios también son adversarios de sus predecesores. No veo que haya entre los firmantes muchos cardenales (es más, no veo ninguno), no veo muchos obispos (uno solo, de 94 años), no veo muchos profesores ordinarios de teología o de filosofía (pero está Antonio Livi, a quien estimo tanto).

 

No hay duda de que el documento ha tenido un gran eco en los medios de comunicación…

 

Veo una campaña de opinión muy bien orquestada para dar la impresión de una «revuelta de los expertos», tan expertos que se pueden permitir dar lecciones al Papa. Claramente no es así. Permítaseme expresar una preocupación. Tengo la impresión de que algunos piensan que la Iglesia existe para defender una Tradición de la precede, que se opone a cualquier cambio histórico y que no es la Tradición cristiana. Los sabios, que son el depósito de esta Tradición increpada y eterna, tienen el derecho de juzgar también a la Iglesia, cuando falte a su tarea de combatir la modernidad. Un pensamiento de este tipo se presentó con fuerza en la “Action Françaiseˮ condenada por Pío XI. Siguiendo un razonamiento de este tipo, René Guenon pasó del catolicismo al islam, convencido de que ofrecía una defensa más eficaz de la Tradición contra la modernidad.