Loiola XXI

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Sudán del sur: acuerdo en favor de la paz.

Firman cese de hostilidades en Sudán del Sur

Desplazados de Sudán del Sur en un campamento de Naciones Unidas. Foto: Nektarios Markogiannis/UNMISS

22 de diciembre, 2017 — La misión de las Naciones en Sudán del Sur UNMISS) celebra la firma del acuerdo que establece un cese de hostilidades en Sudán del Sur entre el Gobierno y los grupos rebeldes.

La firma es un paso importante para revitalizar el proceso de paz en el país, sumido en un violento conflicto desde 2013, y permitiría la llegada de ayuda humanitaria a los millones de civiles desamparados.

4,8 millones de personas sufren hambre en Sudán del Sur y más de dos millones han huido a países vecinos, según los últimos datos.
Los actores del conflicto firmaron el acuerdo durante el Forum de Revitalización de Alto Nivel que tuvo lugar en Addis Ababa, la capital de Etiopía.
UNMISS instó a todos los bandos a adherirse al acuerdo para poner fin a la violencia y promover una paz duradera que sirva los intereses de los sudaneses del sur.

Un conflicto de origen étnico

El cese de hostilidades retornaría al país a la senda perdida en 2015, cuando el acuerdo de paz colapsó luego de que el presidente Salva Kiir destituyera a su vicepresidente Riek Machar.

El conflicto enfrenta a los dos principales grupos étnicos del país: los dinka, a los que pertenece el presidente Kiir, y los nuer, entre ellos el vicepresidente Machar. A las tensiones se sumaron otros grupos violentos con distintos intereses, lo que ha reducido las opciones de lograr la paz.

UNMISS sigue comprometida a apoyar el proceso de paz en el marco de su mandato a través de la promoción de los esfuerzos de reconciliación, el fortalecimiento de los mecanismos de resolución del conflicto, la construcción de la cohesión nacional y la participación en iniciativas de paz regionales e internacionales.

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Colombia: congreso nacional para la reconciliación.

VIII Congreso Nacional por la Reconciliación en Colombia

 

 

(RV).- Colombia. Se llevará a cabo del 11 al 13 de octubre el VIII Congreso Nacional de Reconciliación en Bogotá, organizado por el Secretariado Nacional de Pastoral Social / Cáritas Colombiana (SNPS).

Se trata de un congreso que ha convocado durante 17 años a comunidades religiosas, jóvenes, medios de comunicación, organizaciones y a la comunidad en general, y que este año llevará por tema principal las “Experiencias Internacionales en Construcción de Paz”.

Tal como informa Cáritas Colombia, “en esta versión 2017, en relación a la coyuntura del post-acuerdo de paz que vive el países relevante poder examinar y socializar los retos o desafíos que como sociedad trae esta nueva realidad”. Los objetivos predispuestos para cada uno de los días del congreso serán, en el día uno, “la apropiación de la cultura de la no violencia como modelo de vida en la construcción de la reconciliación y la paz en el país. En el segundo día se tratará de resaltar la importancia del desarrollo humano integral para la consecución de la paz, y en el tercer día, quiere reconocerse el valor de la memoria histórica en los procesos de verdad, justicia y reparación integral.

“La reconciliación requiere cambios, -expresó Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, Director del SNPS – un orden comunitario y social que garantice que no se volverá a los hechos de división y enfrentamientos del pasado”.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)


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Colombia: desde Cartagena último llamamiento del Papa en su visita

“Condeno con firmeza la lacra del narcotráfico, mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos”

Desde Cartagena, en la última Misa del viaje, el Papa volvió a hablar sobre el proceso de paz en Colombia: «Nada podrá reemplazar el encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar», porque «quien toma la iniciativa siempre es el más valiente»; para la pacificación no bastan «acuerdos entre grupos políticos»
REUTERS

El Papa Francisco pronunciando la última homilía de su viaje colombiano en Cartagena

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Pubblicato il 11/09/2017
Ultima modifica il 11/09/2017 alle ore 01:13
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A CARTAGENA

«Condeno con firmeza la lacra del narcotráfico que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. Hago un llamado para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier y destrozando tantas familias». Y también, la reconciliación y la paz son un proceso en el que todos debemos participar, no bastan acuerdos institucionales entre grupos políticos, ni cláusulas normativas: «Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar». El Papa Francisco, antes de dejar Colombia para volver a Roma, celebró la Misa en el área portuaria di Contecar en Cartagena, ciudad símbolo de los derechos humanos, porque aquí nació la preocupación para aliviar la situación de los oprimidos de la época, esencialmente la época de los esclavos, por quienes santos como Pedro Claver reclamaron el respeto y la libertad.

 

En la homilía, el Papa recordó el texto evangélico del pastor bueno que deja a las 99 ovejas para ir a buscar a la que se había extraviado, y dijo: «No hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda. Tomar la iniciativa; quien toma la iniciativa —insistió Francisco— siempre es el más valiente». Palabras muy significativas en una realidad como la colombiana.

 

«En estos días escuché muchos testimonios –añadió Francisco– de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados».

 

Y esto es lo que ha enriquecido al Papa en su viaje: «hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad». De hecho, «Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva». Una aclaración importante la el Papa, pues Colombia es gobernada por una élite compuesta por unas 300 familias, todas emparentadas entre sí.

 

Por lo tanto, es necesario encontrarse para volver a comenzar, dijo el Papa, y «nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes». La reconciliación no significa silenciar lo que ocurrió, ni ocultar la verdad o las responsabilidades.

 

«Pero eso sólo –añadió– nos deja en la puerta de las exigencias cristianas. A nosotros se nos exige generar “desde abajo” un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro». Como decía el escritor colombiano Garbiel García Márquez, que nació precisamente aquí, en Cartagena: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros…».

 

«¡Cuántas veces –observó Francisco– se “normalizan” procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente! […] No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad». Sobre todo las drogas: «Condeno con firmeza —exclamó con vigor Francisco— la lacra del narcotráfico que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. Hago un llamado para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier y destrozando tantas familias». También recordó otros problemas serios como la explotación de los recursos naturales y la contaminación, la tragedia de la explotación en el trabajo, los tráficos ilegales de dinero y la especulación financiera, la prostitución que «cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro», el abominio del tráfico de seres humanos, los delitos y los abusos en contra de los menores, la esclavitud, la «tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» e incluso, añadió Bergoglio, «una “aséptica legalidad” pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo».

 

No es posible vivir en paz sin firmes principios de justicia, concluyó Francisco, que también rezó con los colombianos para que se cumpla el lema de su viaje: «¡Demos el primer paso!», que significa, «salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor». Si Colombia «quiere una paz estable y duradera, debe dar urgentemente un paso hacia esta dirección, que es «aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias».

 


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Colombia. Paz y reconciliación. Dignidad de la persona humana. El Papa en Cartagena.

Dignidad de la Persona y condena a las drogas: profunda homilía del Papa en Cartagena de Indias

 

(RV).- El Papa Francisco celebró éste Domingo, 10 de Septiembre previo a su regreso a Roma mañana lunes, la última misa de éste vigésimo viaje apostólico de su Pontificado que le ha llevado a las ciudades de Bogotá, Villavicencio, Medellín y hoy a Cartagena de Indias.

En su homilía el Papa subrayó que “Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que “gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad».

Haciendo una breve mención sobre el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, y el que le precede, el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, el Santo Padre hizo hincapié en que: “no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón”. Y desde éstas palabras quizo fortalecer su reflexión recordando que: “en estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. …, pero que sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos”.

Ante tanta rotura social y personal el Santo Padre señaló que: “Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente …Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural».

Tomando como reflexión el Evangelio de este Domingo señaló que: “Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes”; “A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural que responda con la cultura de la vida, del encuentro”.

El Papa subrayó una reflexión escrita por Gabriel García Márquez, en su texto “Mensaje sobre la paz” del año 1998, poniendo el  acento sobre las siguientes palabras: “es necesaria una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»”.

Ante la cultura de la indiferencia dominante el Papa citó a San Pedro Claver y a tantos otros que junto a él iniciaron “un proceso de confrontación” ante la indifencia “una corriente cultural del encuentro”. San Pedro Claver supo “restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de negros y de esclavos, …, tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho”. “Huella seguida la de este misionero y apóstol por santa María Bernarda Bütler”.

“También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad,…, e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad”.

Finalizó el Papa su homilía recordando que: “Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. «Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar”. (Juan Carlos Velarde Gonzalez para Radio Vaticana).

Audio y texto completo de la homilía del Santo Padre en Cartagena de Indias, Colombia.

 

En esta ciudad, que ha sido llamada «la heroica» por su tesón hace 200 años en defender la libertad conseguida, celebro la última Eucaristía de este viaje a Colombia. También, desde hace 32 años, Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que «gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad» (Congreso de Colombia 1985, ley 95, art. 1).

Aquí, en el Santuario de san Pedro Claver, donde de modo continuo y sistemático se da el encuentro, la reflexión y el seguimiento del avance y vigencia de los derechos humanos en Colombia, la Palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración.

En el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, Jesús nos habla a nosotros, a los que hemos decidido apostar por la comunidad, a quienes valoramos la vida en común y soñamos con un proyecto que incluya a todos. El texto que precede es el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, y ese aroma perfuma todo el discurso: no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda.

En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados. «Si no te escucha, busca una o dos personas más» (Mt 18,15), nos dice el Señor en el Evangelio.

Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239).

Nosotros podemos hacer un gran aporte a este paso nuevo que quiere dar Colombia. Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes. Pero eso sólo nos deja en la puerta de las exigencias cristianas. A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes, tan de todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros… una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación» (Gabriel García Márquez, Mensaje sobre la paz, 1998).

¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente! Al lado de san Pedro Claver había millares de cristianos, consagrados muchos de ellos; sólo un puñado inició una corriente contracultural de encuentro. San Pedro supo restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de millares de negros y de esclavos que llegaban en condiciones absolutamente inhumanas, llenos de pavor, con todas sus esperanzas perdidas. No poseía títulos académicos de renombre; más aún, se llegó a afirmar que era «mediocre» de ingenio, pero tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho. Siglos más tarde, la huella de este misionero y apóstol de la Compañía de Jesús fue seguida por santa María Bernarda Bütler, que dedicó su vida al servicio de pobres y marginados en esta misma ciudad de Cartagena.[1]

En el encuentro entre nosotros redescubrimos nuestros derechos, recreamos la vida para que vuelva a ser auténticamente humana. «La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada» (Discurso a las Naciones Unidas, 25 septiembre 2015).

También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad: «Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos lucran despreciando las leyes morales y civiles. Este mal atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el creador ha plasmado en nosotros. Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. No se puede jugar con la vida de nuestro hermano, ni manipular su dignidad. Hago un llamado para que se busquen los modos para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier, truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias.

Pienso también en otros dramas como en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación; en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 8), e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad. Como a ellos, la historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, aquí, en Cartagena de Indias, lugar que ustedes han elegido como sede nacional de su tutela.

Finalmente Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. Estoy seguro de que hoy rezamos juntos por el rescate de aquellos que estuvieron errados y no por su destrucción, por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido. Rezamos para cumplir con el lema de esta visita: «¡Demos el primer paso!», y que este primer paso sea en una dirección común.

«Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz, «hablando no con la lengua sino con manos y obras» (san Pedro Claver), y levantar juntos los ojos al cielo: Él es capaz de desatar aquello que para nosotros pareciera imposible, Él ha prometido acompañarnos hasta el fin de los tiempos, Él no dejará estéril tanto esfuerzo.

También ella tuvo la inteligencia de la caridad y supo encontrar a Dios en el prójimo; ninguno de los dos se paralizó ante la injusticia y la dificultad. Porque «ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 227).

(from Vatican Radio)


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Colombia: encuentro de oración en Villavicencio sobre la reconciliación.

El Papa: “Colombia, abre tu corazón y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia”

 

Gran Encuentro de oración por la Reconciliación Nacional en Villavicencio

(RV).- “Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias”, lo dijo el Papa Francisco a los participantes en el Gran Encuentro de oración por la Reconciliación Nacional, congregados la tarde del viernes 8 de septiembre, en el parque Las Malocas de Villavicencio, Colombia.

En su discurso, el Santo Padre resaltó que, desde el primer día ha deseado que llegara este encuentro. “Ustedes llevan en su corazón y en su carne – afirmó el Pontífice – las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza”. Vengo aquí, puntualizó el Papa, con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado. Ya que esta tierra, dijo, es “una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos – subrayó el Santo Padre – porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas”.

Estoy aquí, puntualizó el Papa Francisco para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a su testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, dijo el Papa, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza. Con estos sentimientos, el Papa y la asamblea se reunieron a los pies del Crucificado de Bojayá. “Esta imagen – afirmó el Pontífice – tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios”. Porque ver a Cristo así, dijo el Papa, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia.

“Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio en nombre de tantos otros – subrayó el Santo Padre – cuánto bien nos hace escuchar sus historias. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón”. Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco se dirigió al pueblo colombiano como hermano y como padre, y les dijo: “Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos – agregó el Obispo de Roma – no tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco:

 

Queridos hermanos y hermanas:

Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.

Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.

Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.

Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio, en nombre de tantos otros. ¡Cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.

El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Esto sólo es posible con tu ayuda y presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.

Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Tienes razón: la violencia engendra más violencia, el odio más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que es posible. Sí, con la ayuda de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia.

Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que me ofreces. Aunque aún te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme, porque piensas en los demás y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida. Gracias.

Deseo agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidamos ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

Deseo poner todas estas intenciones ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:

* * *

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos recuerdas tu pasión y muerte;

junto con tus brazos y pies

te han arrancado a tus hijos

que buscaron refugio en ti.

 

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos miras con ternura

y en tu rostro hay serenidad;

palpita también tu corazón

para acogernos en tu amor.

 

Oh Cristo negro de Bojayá,

haz que nos comprometamos

a restaurar tu cuerpo.

 

Que seamos tus pies para salir al encuentro

del hermano necesitado;

tus brazos para abrazar

al que ha perdido su dignidad;

tus manos para bendecir y consolar

al que llora en soledad.

 

Haz que seamos testigos

de tu amor y de tu infinita misericordia.


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Colombia: cómo será la visita del Papa.

El Papa en Colombia evitará toda instrumentalización política

Perspectivas de la visita apostólica del Papa Francisco a Colombia en voz del colombiano de más alto rango en la Curia Romana, José Octavio Ruíz Arenas
AFP

Colombia se prepara para recibir al Papa

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Pubblicato il 05/09/2017
Ultima modifica il 05/09/2017 alle ore 13:18
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

El Papa no va a Colombia a bendecir el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla. Ni pretende avalar a una facción política. Su visita mira más allá. Quiere impulsar a un pueblo atormentado por más de 50 años de conflicto, invitarlo a dar el primer paso hacia una verdadera reconciliación. Un proceso que lejos está de haber terminado y que, en realidad, apenas comienza. En entrevista con el Vatican Insider José Octavio Ruíz Arenas, secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, trazó algunas perspectivas de sobre la gira de Francisco por el país sudamericano, prevista del 6 al 11 de septiembre.

 

¿Cómo se prepara Colombia para la visita del Papa?

 

Sin duda alguna existe una expectativa grandísima, no sólo porque es el tercer Papa que nos visita sino por las situaciones que se están viviendo en relación con la guerrilla, el narcotráfico y la corrupción, que se ha ido descubriendo con escándalos terribles. La palabra del Papa va a animar un ambiente favorable a la esperanza de construir una patria mejor, de lograr una reconciliación y una paz verdaderas. Sabemos que se firmó un tratado de paz con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), pero este es solo un documento político en el que se inicia un proceso. El anhelo profundo en el corazón de todos los colombianos es por la reconciliación, pero esto no se logrará si entre todos no buscamos la erradicación de las causas que han llevado a la violencia y a una situación tan dura como la que se vivió durante 50 años o más. Debemos acabar con la mala distribución de los bienes, con tanta corrupción, erradicar el narcotráfico, hacer todo lo posible para que haya una mayor solidaridad y una mayor conciencia de la dignidad humana.

 

La agenda del Papa es amplia, con visitas a cuatro ciudades, ¿qué se puede esperar?

 

Sin duda es un viaje muy temático. La primera etapa en Bogotá tendrá un momento institucional y el gran encuentro con el pueblo de Dios, para reafirmar la dignidad de la vida humana y el respeto a ella. Luego, en Villavicencio, el Papa nos dirá que si queremos una reconciliación verdadera entre nosotros debemos iniciar por una reconciliación con la naturaleza. Villavicencio es la puerta del Llano, de la Orinoquia y de la Amazonía, allí nos va a decir que, si nos respetamos los bienes naturales, vamos a una destrucción. Luego el Papa va a encontrar a víctimas y victimarios. Villavicencio es la capital del Meta, uno de los departamentos donde hubo más violencia: Secuestros, extorsiones, muertos. En ese momento, encontrándose y viendo la necesidad de perdón, de reconciliación, abrazados por el Papa, ellos podrán tener esa esperanza de un cambio. Allí también se dará la beatificación de dos sacerdotes, un obispo y un párroco (Jesús Jaramillo y Pedro María Ramírez) que cayeron con el fruto de esa violencia política.

 

¿Y el resto de la agenda?

 

En Medellín se dará la cita con la realidad católica: sacerdotes, religiosos, seminaristas y grupos apostólicos. Es una región con un florecimiento importante de vocaciones, sacerdotes de allí no sólo han ayudado en Colombia, sino que han ido como misioneros a diversas partes del mundo. Finalmente, en Cartagena está previsto el gran encuentro con los pobres. El Papa visitará uno de los barrios más difíciles del país y rendirá honor a San Pedro Claver, “el siervo de los esclavos”, quien dignificó a los que perdieron todo, sobre todo su libertad y su dignidad humana.

 

Francisco llegará después de un proceso de negociación entre el gobierno y la guerrilla que fue muy tortuoso y cuestionado, ¿con qué se encontrará?

 

El Papa no va a ratificar, como tal, la firma del tratado con las FARC. Él va a impulsar la esperanza de que logremos la paz, nos va a reafirmar en la fe y en ese compromiso de que la paz es un don de Dios pero debemos construirlo con justicia, igualdad y solidaridad. Cada uno de nosotros debemos poner de nuestra parte. Él no va apoyar a los del sí o a los del no, va a encontrar al pueblo colombiano para decirle: “ustedes son cristianos, tienen que seguir a Cristo, él es el príncipe de la paz y sólo con él podemos lograrla”.

 

¿Existe alguna posibilidad de que el Papa tenga algún acercamiento con los guerrilleros de las FARC o del ELN (Ejército de Liberación Nacional)?

 

No, por el programa que nos han pasado no se tiene prevista ninguna reunión de este tipo, precisamente para evitar una polarización. Ellos, los excombatientes, estarán seguramente en alguno de los actos, pero no habrá una palabra especial para ellos o un encuentro personal. Habría que atender a tantísima otra gente también, por ejemplo, a las víctimas que son la parte fundamental dentro de todo este conflicto, a quienes hay que ayudar porque muchos de ellos están en situaciones terribles.

 

¿Qué puede pasar después del momento de algarabía temporal por la visita del Papa?

 

Lo importante es ver cuál será el mensaje del Papa y cómo ponerlo en práctica. Creo que ha habido una preparación espiritual muy grande en los últimos tres meses en Colombia. Esto permite que, habiendo reflexionado sobre los grandes valores que surgen del evangelio, luego se puedan retomar todos los discursos y homilías del santo padre, organizarlas y que la Iglesia continúe llevando adelante una concientización sobre la necesidad de poner en práctica este mensaje, no simplemente guardarlo como un lindo recuerdo de su visita. Muchas veces se dice: “Lástima que los mensajes de Pablo VI y de Juan Pablo II cayeron en el olvido”. Es posible, en sus viajes estábamos en una situación muy difícil. Ahora existen unas circunstancias distintas, hay tal expectativa de paz que es posible dar ese paso hacia la reconciliación, absolutamente necesario y que requiere la colaboración de todos.

 

¿Cuán difícil es la reconciliación?

 

En la reconciliación lo difícil es el perdón, pero es allí donde uno ve la grandeza de las víctimas. Oyendo algunos testimonios uno llega a la conclusión que eso de “perdonar lo imperdonable” solamente es fruto de la fe, de un coraje enorme por tratar de olvidar y salir adelante.