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Colombia: desde Cartagena último llamamiento del Papa en su visita

“Condeno con firmeza la lacra del narcotráfico, mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos”

Desde Cartagena, en la última Misa del viaje, el Papa volvió a hablar sobre el proceso de paz en Colombia: «Nada podrá reemplazar el encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar», porque «quien toma la iniciativa siempre es el más valiente»; para la pacificación no bastan «acuerdos entre grupos políticos»
REUTERS

El Papa Francisco pronunciando la última homilía de su viaje colombiano en Cartagena

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Pubblicato il 11/09/2017
Ultima modifica il 11/09/2017 alle ore 01:13
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A CARTAGENA

«Condeno con firmeza la lacra del narcotráfico que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. Hago un llamado para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier y destrozando tantas familias». Y también, la reconciliación y la paz son un proceso en el que todos debemos participar, no bastan acuerdos institucionales entre grupos políticos, ni cláusulas normativas: «Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar». El Papa Francisco, antes de dejar Colombia para volver a Roma, celebró la Misa en el área portuaria di Contecar en Cartagena, ciudad símbolo de los derechos humanos, porque aquí nació la preocupación para aliviar la situación de los oprimidos de la época, esencialmente la época de los esclavos, por quienes santos como Pedro Claver reclamaron el respeto y la libertad.

 

En la homilía, el Papa recordó el texto evangélico del pastor bueno que deja a las 99 ovejas para ir a buscar a la que se había extraviado, y dijo: «No hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda. Tomar la iniciativa; quien toma la iniciativa —insistió Francisco— siempre es el más valiente». Palabras muy significativas en una realidad como la colombiana.

 

«En estos días escuché muchos testimonios –añadió Francisco– de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados».

 

Y esto es lo que ha enriquecido al Papa en su viaje: «hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad». De hecho, «Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva». Una aclaración importante la el Papa, pues Colombia es gobernada por una élite compuesta por unas 300 familias, todas emparentadas entre sí.

 

Por lo tanto, es necesario encontrarse para volver a comenzar, dijo el Papa, y «nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes». La reconciliación no significa silenciar lo que ocurrió, ni ocultar la verdad o las responsabilidades.

 

«Pero eso sólo –añadió– nos deja en la puerta de las exigencias cristianas. A nosotros se nos exige generar “desde abajo” un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro». Como decía el escritor colombiano Garbiel García Márquez, que nació precisamente aquí, en Cartagena: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros…».

 

«¡Cuántas veces –observó Francisco– se “normalizan” procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente! […] No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad». Sobre todo las drogas: «Condeno con firmeza —exclamó con vigor Francisco— la lacra del narcotráfico que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. Hago un llamado para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier y destrozando tantas familias». También recordó otros problemas serios como la explotación de los recursos naturales y la contaminación, la tragedia de la explotación en el trabajo, los tráficos ilegales de dinero y la especulación financiera, la prostitución que «cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro», el abominio del tráfico de seres humanos, los delitos y los abusos en contra de los menores, la esclavitud, la «tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» e incluso, añadió Bergoglio, «una “aséptica legalidad” pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo».

 

No es posible vivir en paz sin firmes principios de justicia, concluyó Francisco, que también rezó con los colombianos para que se cumpla el lema de su viaje: «¡Demos el primer paso!», que significa, «salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor». Si Colombia «quiere una paz estable y duradera, debe dar urgentemente un paso hacia esta dirección, que es «aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias».

 

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Colombia. Paz y reconciliación. Dignidad de la persona humana. El Papa en Cartagena.

Dignidad de la Persona y condena a las drogas: profunda homilía del Papa en Cartagena de Indias

 

(RV).- El Papa Francisco celebró éste Domingo, 10 de Septiembre previo a su regreso a Roma mañana lunes, la última misa de éste vigésimo viaje apostólico de su Pontificado que le ha llevado a las ciudades de Bogotá, Villavicencio, Medellín y hoy a Cartagena de Indias.

En su homilía el Papa subrayó que “Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que “gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad».

Haciendo una breve mención sobre el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, y el que le precede, el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, el Santo Padre hizo hincapié en que: “no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón”. Y desde éstas palabras quizo fortalecer su reflexión recordando que: “en estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. …, pero que sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos”.

Ante tanta rotura social y personal el Santo Padre señaló que: “Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente …Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural».

Tomando como reflexión el Evangelio de este Domingo señaló que: “Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes”; “A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural que responda con la cultura de la vida, del encuentro”.

El Papa subrayó una reflexión escrita por Gabriel García Márquez, en su texto “Mensaje sobre la paz” del año 1998, poniendo el  acento sobre las siguientes palabras: “es necesaria una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»”.

Ante la cultura de la indiferencia dominante el Papa citó a San Pedro Claver y a tantos otros que junto a él iniciaron “un proceso de confrontación” ante la indifencia “una corriente cultural del encuentro”. San Pedro Claver supo “restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de negros y de esclavos, …, tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho”. “Huella seguida la de este misionero y apóstol por santa María Bernarda Bütler”.

“También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad,…, e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad”.

Finalizó el Papa su homilía recordando que: “Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. «Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar”. (Juan Carlos Velarde Gonzalez para Radio Vaticana).

Audio y texto completo de la homilía del Santo Padre en Cartagena de Indias, Colombia.

 

En esta ciudad, que ha sido llamada «la heroica» por su tesón hace 200 años en defender la libertad conseguida, celebro la última Eucaristía de este viaje a Colombia. También, desde hace 32 años, Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que «gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad» (Congreso de Colombia 1985, ley 95, art. 1).

Aquí, en el Santuario de san Pedro Claver, donde de modo continuo y sistemático se da el encuentro, la reflexión y el seguimiento del avance y vigencia de los derechos humanos en Colombia, la Palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración.

En el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, Jesús nos habla a nosotros, a los que hemos decidido apostar por la comunidad, a quienes valoramos la vida en común y soñamos con un proyecto que incluya a todos. El texto que precede es el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, y ese aroma perfuma todo el discurso: no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda.

En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados. «Si no te escucha, busca una o dos personas más» (Mt 18,15), nos dice el Señor en el Evangelio.

Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239).

Nosotros podemos hacer un gran aporte a este paso nuevo que quiere dar Colombia. Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes. Pero eso sólo nos deja en la puerta de las exigencias cristianas. A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes, tan de todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros… una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación» (Gabriel García Márquez, Mensaje sobre la paz, 1998).

¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente! Al lado de san Pedro Claver había millares de cristianos, consagrados muchos de ellos; sólo un puñado inició una corriente contracultural de encuentro. San Pedro supo restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de millares de negros y de esclavos que llegaban en condiciones absolutamente inhumanas, llenos de pavor, con todas sus esperanzas perdidas. No poseía títulos académicos de renombre; más aún, se llegó a afirmar que era «mediocre» de ingenio, pero tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho. Siglos más tarde, la huella de este misionero y apóstol de la Compañía de Jesús fue seguida por santa María Bernarda Bütler, que dedicó su vida al servicio de pobres y marginados en esta misma ciudad de Cartagena.[1]

En el encuentro entre nosotros redescubrimos nuestros derechos, recreamos la vida para que vuelva a ser auténticamente humana. «La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada» (Discurso a las Naciones Unidas, 25 septiembre 2015).

También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad: «Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos lucran despreciando las leyes morales y civiles. Este mal atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el creador ha plasmado en nosotros. Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. No se puede jugar con la vida de nuestro hermano, ni manipular su dignidad. Hago un llamado para que se busquen los modos para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier, truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias.

Pienso también en otros dramas como en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación; en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 8), e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad. Como a ellos, la historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, aquí, en Cartagena de Indias, lugar que ustedes han elegido como sede nacional de su tutela.

Finalmente Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. Estoy seguro de que hoy rezamos juntos por el rescate de aquellos que estuvieron errados y no por su destrucción, por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido. Rezamos para cumplir con el lema de esta visita: «¡Demos el primer paso!», y que este primer paso sea en una dirección común.

«Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz, «hablando no con la lengua sino con manos y obras» (san Pedro Claver), y levantar juntos los ojos al cielo: Él es capaz de desatar aquello que para nosotros pareciera imposible, Él ha prometido acompañarnos hasta el fin de los tiempos, Él no dejará estéril tanto esfuerzo.

También ella tuvo la inteligencia de la caridad y supo encontrar a Dios en el prójimo; ninguno de los dos se paralizó ante la injusticia y la dificultad. Porque «ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 227).

(from Vatican Radio)


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Colombia: encuentro de oración en Villavicencio sobre la reconciliación.

El Papa: “Colombia, abre tu corazón y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia”

 

Gran Encuentro de oración por la Reconciliación Nacional en Villavicencio

(RV).- “Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias”, lo dijo el Papa Francisco a los participantes en el Gran Encuentro de oración por la Reconciliación Nacional, congregados la tarde del viernes 8 de septiembre, en el parque Las Malocas de Villavicencio, Colombia.

En su discurso, el Santo Padre resaltó que, desde el primer día ha deseado que llegara este encuentro. “Ustedes llevan en su corazón y en su carne – afirmó el Pontífice – las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza”. Vengo aquí, puntualizó el Papa, con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado. Ya que esta tierra, dijo, es “una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos – subrayó el Santo Padre – porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas”.

Estoy aquí, puntualizó el Papa Francisco para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a su testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, dijo el Papa, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza. Con estos sentimientos, el Papa y la asamblea se reunieron a los pies del Crucificado de Bojayá. “Esta imagen – afirmó el Pontífice – tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios”. Porque ver a Cristo así, dijo el Papa, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia.

“Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio en nombre de tantos otros – subrayó el Santo Padre – cuánto bien nos hace escuchar sus historias. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón”. Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco se dirigió al pueblo colombiano como hermano y como padre, y les dijo: “Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos – agregó el Obispo de Roma – no tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco:

 

Queridos hermanos y hermanas:

Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.

Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.

Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.

Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio, en nombre de tantos otros. ¡Cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.

El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Esto sólo es posible con tu ayuda y presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.

Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Tienes razón: la violencia engendra más violencia, el odio más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que es posible. Sí, con la ayuda de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia.

Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que me ofreces. Aunque aún te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme, porque piensas en los demás y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida. Gracias.

Deseo agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidamos ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

Deseo poner todas estas intenciones ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:

* * *

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos recuerdas tu pasión y muerte;

junto con tus brazos y pies

te han arrancado a tus hijos

que buscaron refugio en ti.

 

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos miras con ternura

y en tu rostro hay serenidad;

palpita también tu corazón

para acogernos en tu amor.

 

Oh Cristo negro de Bojayá,

haz que nos comprometamos

a restaurar tu cuerpo.

 

Que seamos tus pies para salir al encuentro

del hermano necesitado;

tus brazos para abrazar

al que ha perdido su dignidad;

tus manos para bendecir y consolar

al que llora en soledad.

 

Haz que seamos testigos

de tu amor y de tu infinita misericordia.


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Colombia: cómo será la visita del Papa.

El Papa en Colombia evitará toda instrumentalización política

Perspectivas de la visita apostólica del Papa Francisco a Colombia en voz del colombiano de más alto rango en la Curia Romana, José Octavio Ruíz Arenas
AFP

Colombia se prepara para recibir al Papa

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Pubblicato il 05/09/2017
Ultima modifica il 05/09/2017 alle ore 13:18
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

El Papa no va a Colombia a bendecir el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla. Ni pretende avalar a una facción política. Su visita mira más allá. Quiere impulsar a un pueblo atormentado por más de 50 años de conflicto, invitarlo a dar el primer paso hacia una verdadera reconciliación. Un proceso que lejos está de haber terminado y que, en realidad, apenas comienza. En entrevista con el Vatican Insider José Octavio Ruíz Arenas, secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, trazó algunas perspectivas de sobre la gira de Francisco por el país sudamericano, prevista del 6 al 11 de septiembre.

 

¿Cómo se prepara Colombia para la visita del Papa?

 

Sin duda alguna existe una expectativa grandísima, no sólo porque es el tercer Papa que nos visita sino por las situaciones que se están viviendo en relación con la guerrilla, el narcotráfico y la corrupción, que se ha ido descubriendo con escándalos terribles. La palabra del Papa va a animar un ambiente favorable a la esperanza de construir una patria mejor, de lograr una reconciliación y una paz verdaderas. Sabemos que se firmó un tratado de paz con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), pero este es solo un documento político en el que se inicia un proceso. El anhelo profundo en el corazón de todos los colombianos es por la reconciliación, pero esto no se logrará si entre todos no buscamos la erradicación de las causas que han llevado a la violencia y a una situación tan dura como la que se vivió durante 50 años o más. Debemos acabar con la mala distribución de los bienes, con tanta corrupción, erradicar el narcotráfico, hacer todo lo posible para que haya una mayor solidaridad y una mayor conciencia de la dignidad humana.

 

La agenda del Papa es amplia, con visitas a cuatro ciudades, ¿qué se puede esperar?

 

Sin duda es un viaje muy temático. La primera etapa en Bogotá tendrá un momento institucional y el gran encuentro con el pueblo de Dios, para reafirmar la dignidad de la vida humana y el respeto a ella. Luego, en Villavicencio, el Papa nos dirá que si queremos una reconciliación verdadera entre nosotros debemos iniciar por una reconciliación con la naturaleza. Villavicencio es la puerta del Llano, de la Orinoquia y de la Amazonía, allí nos va a decir que, si nos respetamos los bienes naturales, vamos a una destrucción. Luego el Papa va a encontrar a víctimas y victimarios. Villavicencio es la capital del Meta, uno de los departamentos donde hubo más violencia: Secuestros, extorsiones, muertos. En ese momento, encontrándose y viendo la necesidad de perdón, de reconciliación, abrazados por el Papa, ellos podrán tener esa esperanza de un cambio. Allí también se dará la beatificación de dos sacerdotes, un obispo y un párroco (Jesús Jaramillo y Pedro María Ramírez) que cayeron con el fruto de esa violencia política.

 

¿Y el resto de la agenda?

 

En Medellín se dará la cita con la realidad católica: sacerdotes, religiosos, seminaristas y grupos apostólicos. Es una región con un florecimiento importante de vocaciones, sacerdotes de allí no sólo han ayudado en Colombia, sino que han ido como misioneros a diversas partes del mundo. Finalmente, en Cartagena está previsto el gran encuentro con los pobres. El Papa visitará uno de los barrios más difíciles del país y rendirá honor a San Pedro Claver, “el siervo de los esclavos”, quien dignificó a los que perdieron todo, sobre todo su libertad y su dignidad humana.

 

Francisco llegará después de un proceso de negociación entre el gobierno y la guerrilla que fue muy tortuoso y cuestionado, ¿con qué se encontrará?

 

El Papa no va a ratificar, como tal, la firma del tratado con las FARC. Él va a impulsar la esperanza de que logremos la paz, nos va a reafirmar en la fe y en ese compromiso de que la paz es un don de Dios pero debemos construirlo con justicia, igualdad y solidaridad. Cada uno de nosotros debemos poner de nuestra parte. Él no va apoyar a los del sí o a los del no, va a encontrar al pueblo colombiano para decirle: “ustedes son cristianos, tienen que seguir a Cristo, él es el príncipe de la paz y sólo con él podemos lograrla”.

 

¿Existe alguna posibilidad de que el Papa tenga algún acercamiento con los guerrilleros de las FARC o del ELN (Ejército de Liberación Nacional)?

 

No, por el programa que nos han pasado no se tiene prevista ninguna reunión de este tipo, precisamente para evitar una polarización. Ellos, los excombatientes, estarán seguramente en alguno de los actos, pero no habrá una palabra especial para ellos o un encuentro personal. Habría que atender a tantísima otra gente también, por ejemplo, a las víctimas que son la parte fundamental dentro de todo este conflicto, a quienes hay que ayudar porque muchos de ellos están en situaciones terribles.

 

¿Qué puede pasar después del momento de algarabía temporal por la visita del Papa?

 

Lo importante es ver cuál será el mensaje del Papa y cómo ponerlo en práctica. Creo que ha habido una preparación espiritual muy grande en los últimos tres meses en Colombia. Esto permite que, habiendo reflexionado sobre los grandes valores que surgen del evangelio, luego se puedan retomar todos los discursos y homilías del santo padre, organizarlas y que la Iglesia continúe llevando adelante una concientización sobre la necesidad de poner en práctica este mensaje, no simplemente guardarlo como un lindo recuerdo de su visita. Muchas veces se dice: “Lástima que los mensajes de Pablo VI y de Juan Pablo II cayeron en el olvido”. Es posible, en sus viajes estábamos en una situación muy difícil. Ahora existen unas circunstancias distintas, hay tal expectativa de paz que es posible dar ese paso hacia la reconciliación, absolutamente necesario y que requiere la colaboración de todos.

 

¿Cuán difícil es la reconciliación?

 

En la reconciliación lo difícil es el perdón, pero es allí donde uno ve la grandeza de las víctimas. Oyendo algunos testimonios uno llega a la conclusión que eso de “perdonar lo imperdonable” solamente es fruto de la fe, de un coraje enorme por tratar de olvidar y salir adelante.


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El Papa invita a participar los días 23 y 24 en “24 horas para el Señor”

24 horas para el Señor y nuevo apremiante llamamiento del Papa ante tragedia de refugiados

(RV).- El Papa Francisco invitó a los fieles del mundo a participar en la iniciativa  “24 horas para el Señor”, que se celebra el viernes y sábado que anteceden el IV Domingo de Cuaresma, como pidió él mismo en la Bula Misericordiae Vultus (n.17), convocando el Jubileo de la Misericordia, para hacer redescubrir el Sacramento de la Reconciliación:

«Invito a todas las comunidades a vivir con fe la cita del 23 y 24 de marzo, para redescubrir el sacramento de la reconciliación: “24 horas para el Señor”. Anhelo, que también este año, este momento privilegiado de gracia del camino cuaresmal se viva en tantas iglesias del mundo para experimentar el encuentro alegre con la misericordia del Padre, que a todos acoge y perdona».

En su audiencia general de la tercera semana de la Cuaresma 2017, el Obispo de Roma, hizo hincapié en que en especial en el camino cuaresmal «estamos llamados a estar disponibles siempre, con una sonrisa y la mano tendida a los que están en dificultad, volviéndonos así sembradores de esperanza».

Y, una vez más el Papa Francisco recordó la tragedia de los refugiados y alentó la acogida de los que buscan refugio huyendo de violencias y hambre:

«Saludo a los participantes en el encuentro para directores Migrantes y los aliento a proseguir en su compromiso para impulsar la acogida y la hospitalidad de los refugiados, favoreciendo su integración, teniendo en cuenta los derechos y deberes recíprocos para el que acoge y el que es acogido. No olvidemos que esta tragedia de los refugiados, de los emigrantes es la tragedia más grande después de la Segunda Mundial».

En su bienvenida a los peregrinos de lengua inglesa, el Papa recordó el Día Mundial del Agua y el de los Bosques:

«Dirijo mi cordial saludo a los participantes en la Conferencia “Watershed: Replenishing Water Values for a Thirsty World”, promovida por el Pontificio Consejo para la Cultura y por el Capítulo Argentino del Club de Roma. Justo hoy se celebra el Día Mundial del Agua, instituido hace 25 años por Naciones Unidas, y ayer se celebró el Día Internacional de los Bosques. Me alegro por este encuentro, que marca una nueva etapa en el compromiso conjunto de varias instituciones para sensibilizar sobre la necesidad de tutelar el agua como bien de todos, valorizando también sus significados culturales y religiosos. Aliento en especial vuestro esfuerzo en el campo de la educación, con propuestas dirigidas a los niños y a los jóvenes ¡Gracias por lo que hacen y que Dios los bendiga»

«La Cuaresma nos llama a la conversión y a la penitencia: nos indica el ayuno, la oración y la limosna como caminos de trasformación; nos alienta al examen de conciencia y a admitir humildemente nuestras culpas y la confesión de nuestros pecados», reiteró luego el Santo Padre, en su cordial saludo a los peregrinos polacos:

«Como dijo San Juan Pablo II “aprendan a llamar blanco lo que es blanco y negro lo que es negro, mal al mal y bien al bien. Aprendan a llamar pecado al pecado y no lo llamen liberación y progreso” (A los universitarios, 26 de marzo de 1981). Llenos de confianza en el poder de la Palabra de Dios, abramos nuestros corazones al don de su misericordia y de su perdón. Alabado sea Jesucristo».

En sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, el Papa Francisco destacó la Solemnidad en la que la Iglesia universal celebra el ‘sí’ de la Madre de Dios:

«El próximo sábado celebraremos la Solemnidad de la Anunciación del Señor a la Virgen María. Queridos jóvenes, sepan ponerse a la escucha de la voluntad de Dios, como María; queridos enfermos, no se desalienten en los momentos más difíciles, sabiendo que el Señor no da una cruz superior a las propias fuerzas; y ustedes, queridos recién casados, edifiquen su vida matrimonial sobre la roca firme de la Palabra de Dios».

(CdM – RV)


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El mundo necesita el perdón. El Papa en Asís.

“El perdón de Dios no conoce límites”, lo recuerda el Papa en Asís, invitando a no renunciar a ser signos de perdón e instrumentos de misericordia

2016-08-04 Radio Vaticana

(RV).-  Con ocasión del VIII Centenario del Perdón de Asís, la indulgencia que San Franciscopidió a Honorio III en 1216, el  Papa Francisco peregrinó hasta la basílica papal de Santa María de los Ángeles.  Allí el Obispo de Roma tuvo un momento de oración en la Porciúncula.  Luego ofreció una meditación inspirada en Mateo 18,21-35.  ¿Por qué debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal?  preguntó el Papa. “Porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados, e infinitamente más”, respondió. Al  hacernos conscientes de nuestra condición, que nos lleva a recaer con frecuencia en los mismos pecados,  el Santo Padre  recordó  que Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos. “Es un perdón pleno,  con el que nos da la certeza de que, aun cuando podemos recaer en los mismos pecados, tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos”. Por esto elPontífice puntualizó que el perdón de Dios no conoce límites sino que va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce haberse equivocado y quiere volver a Él.

“El perdón del que nos habla San Francisco se ha hecho ‘cauce’ aquí en la Porciúncula, y continúa a ‘generar paraíso’ todavía después de ocho siglos. En este Año Santo de la Misericordia, es todavía más evidente cómo la vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo”, reflexionó el Papa, recordando que ofrecer hoy el testimonio de la misericordia en el mundo es una tarea de la que nadie puede rehuir. “El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar laalegría de la serenidad y de la paz”, observó, invocando por esto la intercesión del Santo de Asís para que jamás renunciemos a ser signos humildes de perdón e instrumentos demisericordia.

Texto completo de la meditación del Papa Francisco

Quisiera recordar hoy, queridos hermanos y hermanas, ante todo, las palabras que, según la antigua tradición, San Francisco pronunció justamente aquí ante todo el pueblo y los obispos: «Quiero enviar a todos al paraíso». ¿Qué cosa más hermosa podía pedir el Pobrecillo de Asís, si no el don de la salvación, de la vida eterna con Dios y de la alegría sin fin, que Jesús obtuvo para nosotros con su muerte y resurrección?

El Paraíso, después de todo, ¿qué es sino el misterio de amor que nos une por siempre con Dios para contemplarlo sin fin? La Iglesia profesa desde siempre esta fe cuando dice creer en la comunión de los santos. Jamás estamos solos cuando vivimos la fe; nos hacen compañía los santos y los beatos, y también las personas queridas que han vivido con sencillez y alegría la fe, y la han testimoniado con su vida. Hay un nexo invisible, pero no por eso menos real, que nos hace ser «un solo cuerpo», en virtud del único Bautismo recibido, animados por «un solo Espíritu» (cf. Ef 4,4). Quizás San Francisco, cuando pedía al Papa Honorio III la gracia de la indulgencia para quienes venían a la Porciúncula, pensaba en estas palabras de Jesús a sus discípulos: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes» (Jn 14,2-3).

La vía maestra es ciertamente la del perdón, que se debe recorrer para lograr ese puesto en el Paraíso. Es difícil perdonar. ¿Cuánto cuesta, a nosotros, perdonar a los demás? Pensemos un poco. Y aquí, en la Porciúncula, todo habla de perdón. Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar  –o, al menos, tener el deseo de perdonar-  para experimentar en carne propia la misericordia del Padre. Hemos escuchado la parábola con la que Jesús nos enseña a perdonar (cf. Mt 18,21-35). ¿Por qué debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal? Porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados, e infinitamente más. No hay ninguno entre nosotros , aquí, que no haya sido perdonado. Cada uno piense… Pensemos en silencio en las cosas malas que hemos hecho y cómo el Señor nos las ha perdonado.  La parábola nos dice justamente esto: como Dios nos perdona, así también nosotros debemos perdonar a quien nos hace mal. Es la caricia del perdón. El corazón que perdona. El corazón que perdona, acaricia. Tan lejano de aquel gesto: ¡me la pagarás! El perdón es otra cosa.  Exactamente como en la oración que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, cuando decimos: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo» (Mt 6,12). Las deudas son nuestros pecados ante Dios, y nuestros deudores son aquellos que nosotros debemos perdonar.

Cada uno de nosotros podría ser ese siervo de la parábola que tiene que pagar una gran deuda, pero es tan grande que jamás podría lograrlo. También nosotros, cuando en el confesionario nos ponemos de rodillas ante el sacerdote, repetimos simplemente el mismo gesto del siervo. Decimos: «Señor, ten paciencia conmigo». ¿Han pensado alguna vez en la paciencia de Dios? Tiene paciencia.  En efecto, sabemos bien que estamos llenos de defectos y recaemos frecuentemente en los mismos pecados. Sin embargo, Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos. Es un perdón pleno, total, con el que nos da la certeza de que, aun cuando podemos recaer en los mismos pecados, Él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos. Como el rey de la parábola, Dios se apiada, prueba un sentimiento de piedad junto con el de la ternura: es una expresión para indicar su misericordia para con nosotros. Nuestro Padre se apiada siempre cuando estamos arrepentidos, y nos manda a casa con el corazón tranquilo y sereno, diciéndonos que nos ha liberado y perdonado todo. El perdón de Dios no conoce límites; va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce, en el íntimo del corazón, haberse equivocado y quiere volver a Él. Dios mira el corazón que pide ser perdonado.

El problema, desgraciadamente, surge cuando nosotros nos ponemos a confrontarnos con nuestro hermano que nos ha hecho una pequeña injusticia. La reacción que hemos escuchado en la parábola es muy expresiva: «Págame lo que me debes» (Mt 18,28). En esta escena encontramos todo el drama de nuestras relaciones humanas. Todo el drama. Cuando nosotros estamos en deuda con los demás, pretendemos la misericordia; en cambio cuando estamos en crédito, invocamos la justicia. Y todos hacemos así, todos. Esta no es la reacción del discípulo de Cristo ni puede ser el estilo de vida de los cristianos. Jesús nos enseña a perdonar, y a hacerlo sin límites: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). Así pues, lo que nos propone es el amor del Padre, no nuestra pretensión de justicia. En efecto, limitarnos a lo justo, no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios. No olvidemos, las palabras severas con las que se concluye la parábola: «Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (v. 35).

Queridos hermanos y hermanas: el perdón del que nos habla San Francisco se ha hecho «cauce» aquí en la Porciúncula, y continúa a «generar paraíso» todavía después de ocho siglos. En este Año Santo de la Misericordia, es todavía más evidente cómo la vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo. Ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. Repito: ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno puede rehuir. El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz. Pedimos a San Francisco que interceda por nosotros, para que jamás renunciemos a ser signos humildes de perdón e instrumentos de misericordia. Y podemos orar por esto. Cada uno a su manera.  Invito a los frailes y a los obispos  a ir a los confesionarios – también yo iré-  para estar a disposición del perdón. Hoy nos hará bien recibirlo, aquí, juntos. Que el Señor nos dé la gracia de decir aquella palabra que el Padre no nos deja terminar de decir, aquella que dijo el hijo pródigo:  “Padre he pecado con…”   le tapó la boca y lo abrazó.  Nosotros comenzaremos a decir y Él nos tapará la boca y nos vestirá. “ Pero Padre, tengo miedo de hacer lo mismo mañana”. ¡Vuelve! El Padre siempre está mirando hacia el camino. Mira en espera que regrese el hijo pródigo y todos nosotros lo somos. Que el Señor nos dé esta gracia.

(Raúl Cabrera, Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)


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Argentina: las madres de la plaza de Mayo y el Papa

LÍDER DE MADRES DE PLAZA DE MAYO EN EL VATICANO. De las críticas contra Bergoglio al descubrimiento de Francisco

Hebe De Bonafini

Hebe De Bonafini

Por el momento solo sabemos lo que ella ha declarado. La señora Hebe de Bonafini, líder histórica del grupo más importante de Madres de Plaza de Mayo, dijo que el Santo Padre la había invitado a visitarlo en el Vaticano, y eso podría concretarse, si sus médicos personales se lo permiten, el próximo 27. Digamos desde ya que nos parece curioso porque los Pontífices, incluyendo a Francisco, casi nunca, por no decir nunca, hacen ese tipo de invitaciones. Es mucho más probable que ante un discreto sondeo proveniente de Argentina hayan respondido que existe esa posibilidad, pero sin un compromiso formal. Conociendo al Papa Francisco no parece imposible que reciba a la señora de Bonafini, aunque ella en el pasado lo acusó de ser “fascista y cómplice de la dictadura militar”. No sería la primera vez que el Santo Padre recibe personalidades argentinas que en el pasado lo atacaron gravemente. Hebe de Bonafini estaba en Italia cuando el Cónclave eligió a Bergoglio. Las crónicas dicen que en sus declaraciones, según parece desde la ciudad de Pescara, afirmó: “Hace muchos años que las madres, en realidad desde que empezaron su lucha, colaboran solamente con sacerdotes del tercer mundo. Tenemos una lista de 150 sacerdotes asesinados por la dictadura, y la Iglesia oficial nunca se preocupó por ellos ni reclamó sus cuerpos. Las madres hablaban de la Iglesia oficial cuando nadie lo hacía. Esta es opresiva, en cambio las del tercer mundo son liberadoras. Solo tenemos relación con ellas y para el Papa que han nombrado, lo único que tenemos para decir es: Amén”.

La Asociación de la Bonafini nació en 1986, cuando un nutrido grupo de madres, que luchaba desde hacía años para obtener verdad y justicia por las gravísimas violaciones de derechos humanos durante las dictaduras militares entre 1976 y 1983, se separó debido a las diferencias de opinión sobre la oportunidad de aceptar una reparación económica por la pérdida de sus hijos que ofrecía el entonces presidente Raúl Alfonsín. Algunas de ellas, debido a la pobreza, aceptaron, pero nunca renunciaron a luchar por la verdad y la justicia. Otras no. Entonces ese grupo encabezado por Hebe de Bonafini abandonó la asociación y formó otra. Algunos meses después la señora Hebe cambió de opinión sobre el cardenal Jorge Mario Bergoglio, recuerda Giorgio Bernardelli, “llamándolo simplemente padre Francisco”. Y declarando cándidamente que estaba impresionada por los testimonios de tantas personas de las villas –los barrios de emergencia de Buenos Aires- sobre su amistad con el cardenal Bergoglio. “En la carta dice: “Permítame llamarlo padre Francisco, porque es a Francisco al que ahora he descubierto. Mi padre también se llamaba Francisco y era un santo trabajador con las manos llenas de callos por todo el trabajo que hacía para mantenernos. Del padre Francisco no conocía su trabajo pastoral; solo sabía que en aquella catedral vivía el principal dirigente de la Iglesia argentina. Esa catedral que cuando marchábamos y pasábamos delante de ella cantábamos: “Se quedaron callados cuando se los llevaban”. Hoy –sigue diciendo Hebe de Bonafini- con gran sorpresa escucho a muchos compañeros que cuentan sobre su compromiso y su trabajo en las villas. Y de eso me alegro infinitamente y siento que puedo esperar un cambio en el Vaticano”.

El mismo Bernardelli recordaba en su artículo de 2013: “De todos modos la líder de las Madres de Plaza de Mayo no retrocede ni un milímetro en sus batallas. Anuncia que enviará al Papa la lista de todos los sacerdotes y obispos desaparecidos o asesinados en el Tercer mundo, para que la Iglesia los recuerde y haga propias sus batallas. Le pide al Papa Francisco “desde lo más profundo del corazón” que luche por una Iglesia de los pobres”, como en nuestra “gran patria latinoamericana de José de San Martín y Simón Bolívar” hicieron miles de personas que pagaron con la vida el precio del compromiso de erradicar la pobreza. Era el gran sueño de nuestros hijos desaparecidos”. “Gracias padre Francisco y cuando se encuentre con el Papa en el Vaticano –concluye irónicamente la señora Hebe de Bonafini- háblele de este pedido que le hago yo y millones de otras madres”.”.

Hebe De Bonafini hoy tiene 88 años y está bastante enferma; durante la dictadura perdió dos hijos: Jorge Omar y Raúl Alfredo, muertos entre 1977 y 1978, y su nuera María Elena Bugnoni Cepeda. El 4 de mayo de 1997 Hebe de Bonafini, junto con Marta Badillo y el abogado Sergio Schocklender, anunciaron que habían pedido que se sometiera a juicio al ex Nuncio en Argentina, el cardenal Pio Laghi, porque el diplomático, en su opinión, “visitaba asiduamente los centros de detención clandestinos y permitía las torturas y las ejecuciones que allí se realizaban”. El documento fue presentado ante el Tribunal de Roma el 21 de mayo de 1997, día en que el purpurado cumplía 75 años.

Por último hay que recordar que una de las fundadoras históricas de la asociación de Madres de Plaza de Mayo fue la paraguaya Esther Balestrino de Careaga, militante comunista muerta durante la dictadura militar, a la que habían secuestrado una hija y su yerno. Esther fue la jefa de Jorge Mario Bergoglio cuando éste, siendo joven, trabajaba en un laboratorio químico para el análisis de alimentos. Bergoglio siempre dijo, con respecto a Esther Balestrino, que “es una de las personas que más influyeron en mi vida”.