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“Silencio” el film de Scorsese. Comentario.

Gracias a Dios existe Scorsese

«Silence», la obra maestra del director neoyorquino, inspirado en la novela de Shusaku Endo, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial, incluso en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo
ANSA

Un fotograma de la película “Silence” de Martin Scorsese

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Pubblicato il 16/01/2017
Ultima modifica il 16/01/2017 alle ore 15:04
GIANNI VALENTE

A veces, para ver qué es el cristianismo, son mejores un par de horas en el cine que diez cursos de teología o de moral en las Universidades Pontificias. Sucedió en el pasado con Pasolini y Benigni, con Robert Bresson y Xavier Beauvois. Y vuelve a suceder ahora con Martin Scorsese y su película «Silence», inspirada (con una gestación que duró décadas) en la novela del escritor católico japonés Shusaku Endo, publicada en 1966. Una obra maestra que, narrando una historia de hace cuatro siglos, ofrece vías sorprendentes para huir de la confusión que parece reinar en la actual condición eclesial en relación con las dinámicas más elementales del cristianismo y con su comunicación.

La película es una historia de persecución cristiana, de debilidades cristianas y de apostasía, en la que incluso renegar en público de la propia pertenencia a la Iglesia, por paradoja de la gracia, se convierte en la ocasión más real de la experiencia de la redención que opera Cristo, y de su manera incomparable para dar la salvación, sin medida.

La aventura cristiana que retoma Scorsese es la de los misioneros jesuitas y de los cristianos «ocultos» en el Japón del siglo XVII. Aquellas comunidades soportaban y sufrían la persecución cruel ordenada por los shogunes. Llegó el rumor a Europa de que Cristovão Ferreira, jesuita portugués que animaba los corazones de sus hermanos con las narraciones de los prodigios de la evangelización en las duras tierras japonesas, en medio de la persecución, hizo una apostasía. Dos de sus jóvenes alumnos son enviados a Japón para verificar las alarmantes noticias que circulan sobre su maestro. Y así, se sumergen entre las vicisitudes de campesinos y pescadores bautizados, que viven su fe a escondidas, tratando de huir de las sospechas de las autoridades locales, que siempre están buscando cristianos para obligarlos a abjurar mediante suplicios atroces y perversos.

En la película de Scorsese, y en el libro de Shusaku Endo, el cristianismo no es «una religión superior para clases superiores» (Péguy). Para los campesinos y pescadores de las islas japonesas, todo el dinamismo de la fe cristiana se reduce a sus rasgos esenciales mínimos: la gracia de los sacramentos es el tesoro que han recibido y gracias al cual se sienten revestidos de Cristo, la fuente en la que constantemente quieren apagar su sed dentro de una condición humana marcada por la miseria y la violencia de los feroces perseguidores. Los dos jesuitas, ocultándose durante el día, ejercen en secreto su misión sacerdotal por las noches y perciben la grandeza y la necesidad, en esa condición tan difícil: la persecución que rodea a todos es brutal y no tiene ningún motivo, expresa odio gratuito, incluso cuando se trata de presentar con el disfraz de razones pseudo-culturales, insistiendo en el teorema según el cual el cristianismo «no está hecho para Japón».

La persecución es narrada en la película de Scorsese crudamente, sin «protestas» indignadas y sin suaves matices hagiográficos. Antes de ser capturados, los dos jesuitas asisten impotentes al martirio de los pobres campesinos que no pueden disimular su fe ante gestos de apostasía (como pisotear las imágenes sacras o escupir sobre el crucifijo) que les piden los perseguidores. El padre Paolo Rodrigues, protagonista principal de la obra, vive el escándalo frente a los sufrimientos atroces que los pobres soportan sin ningún motivo, esos mismos que deberían ser los preferidos de Cristo, en el «silencio» de Dios. No hay nada de heroico ni de sublime en la manera en la que los pobres cristianos japoneses son asesinados cuando se niegan a la apostasía. Existe solo el absoluto ensimismamiento de sus suplicios con la pasión de Cristo, también asesinado «como un malhechor». Así, gracias al genio artístico de Scorsese y de Shusaku Endo, alejándose de la desmemoria y de los equívocos que difunden hoy los aparatos «persecucionistas» en todas las comunidades cristianas, el martirio cristiano es reconocido y narrado en sus rasgos propios. Los mártires, en su participación en la muerte y resurrección de Cristo, aplican la salvación de Cristo a los hombres de su generación. Y la Iglesia nunca ha «protestado» por los mártires: en su «memoria», la liturgia siempre ha celebrado el martirio de Cristo, que sigue por la salvación del mundo.

Quien traiciona a los padres jesuitas, que serán capturados, es Kichijiro, el cristiano pusilánime que en más de una ocasión, durante la película, reniega de su fe para después pedir cada vez el perdón por las traiciones y recaídas. Kichijiro declara que no es capaz de vivir en una época en la que para no renegar de la fe hay que estar listos para el martirio. Para justificarse, afirma que en tiempos «normales» también él habría sido un buen cristiano como los demás y no habría debido reprocharse nada. El padre Rodrigues nunca le niega la absolución en la confesión ni el perdón sacramental, incluso cuando él mismo se encuentra viviendo como prisionero apóstata y no se siente digno de ejercer el sacerdocio. Así, Scorsese ayuda a reconocer que la naturaleza humana, debilitada por el pecado original, permanece débil. Que puede traicionar y seguir traicionando. Que hasta la valentía es un don que no se puede pretender ni presuponer. Solo se puede describir con agradecimiento, cuando sucede. Y el padre Rodrigues administra durante toda su vida los sacramentos, incluso a Kichijiro, porque cuenta con la eficacia de la gracia que transmiten. Así, confiesa, con toda la historia de la Iglesia, que los sacramentos no son solo el premio para quien se los merece, sino un tesoro que hay que ofrecer a quien no es digno, como hizo Jesús.

Bajo el peso del suplicio físico y psicológico de la persecución, «Silence» se convierte también en una historia de caídas, de ruina y fracasos, de sospechas y desencantos. Los inquisidores japoneses creen que podrán podar desde la raíz el florecer cristiano en esas islas si logran que los misioneros cometan apostasía. Llevan al padre Rodrigues a visitar al apóstata Ferreira, para que este induzca a su hermano jesuita por el mismo camino. Y los argumentos que utiliza el ex-maestro con su ex-discípulo, además de teorizar la impermeabilidad de los japoneses al cristianismo, cancelan cualquier pretensión de concebir la evangelización como una prestación propia, fruto de la propia coherencia y fidelidad, en la cual complacerse a sí mismo y los propios planes misioneros. Los inquisidores le piden que pise una tablita de madera que representa a Jesús, para salvar con ese gesto de formal y pública apostasía a cinc de sus amigos cristianos torturados en un pozo (ese en el que los condenados eran colgados de cabeza con pequeñas heridas detrás de la oreja, desde las que se iba perdiendo la sangre gota a gota, en una terrible y larga agonía). En el libro de Shusaku Endo, las palabras de Ferreira le reprochan no apostatar solo por amor propio, para no convertirse  en uno de esos que son considerados lo peor de la Iglesia, y para salvarse, sin importarle la vida de esos cinco pobrecitos, evidentemente considerados «inferiores».

Rodrigues toca sus impotencia. También su ímpetu de joven misionero generoso, listo para sacrificar su vida por Cristo, se derrumba. Pero justamente su caída, ese gesto sacrílego que certifica públicamente su apostasía, se convierte para él en el momento más íntimo de encuentro con Cristo, se convierte en la ocasión más inesperada para admirar cómo opera su salvación. Porque es el rostro de Cristo mismo, de la tablita que le piden que pise, el que lo invita a confiar, a no tener miedo, y le promete cargar sobre sí todo el dolor del misionero fracasado («¡Pisa! ¡Pisa! Yo sé mejor que nadie cuán lleno de dolor está tu pie. ¡Pisa! Para ser pisoteado por los hombres yo vine a este mundo. Para compartir el dolor de los hombres cargué la cruz»).

Cuando Rodrigues apoya su pie y todo su ser sobre la imagen del Hijo de Dios, justamente ese gesto sacrílego se convierte, en realidad, en una inigualable confesión de fe.

Después de la apostasía, el sacerdote Paolo Rodrigues vivirá hasta el último de los días en una especie de jaula de oro, con una esposa y un nombre japoneses impuestos por sus perseguidores. Algunos detalles que muestra Socrsese al final de la película dejan ver que su corazón de apóstata nunca será abandonado por el amor de Cristo, hasta el final.

«Para mí», declaró Martin Scorsese en la entrevista que concedió al padre Antonio Spadaro y publicada en «La Civiltà Cattolica», «todo se reduce a la cuestión de la gracia. La gracia se da a lo largo de la vida. Viene cuando menos te lo esperas». La película de Scorsese tiene las connotaciones de un don inesperado, justamente en su vertiginosa intuición de los rasgos esenciales de la experiencia cristiana. Un vértigo con respecto al cual resultan patéticas y grotescas las polémicas clericales que tratan de explotar hasta la película de Scorsese para orear resentimientos sobre el espíritu misionero de la Iglesia, insinuando algún tipo de conexión con los reiterados llamados de Papa Francisco a reconocer que la Iglesia «no crece por proselitismo, sino por atracción». La gran película de Scorsese es un don inesperado, incluso porque deja ver justamente la fuente verdadera que siempre ha alimentado el auténtico dinamismo misionero de la Iglesia. Como escribía Joseph Ratzinger, cuando participó como perito teólogo en la redacción del texto conciliar «De missionibus» durante el Concilio II Vaticano, la misión para la Iglesia «no es una batalla para capturar a los demás o llevarlos al propio grupo». No puede ser concebida como una conquista de almas operada por la Iglesia por fuerza propia, en lugar y por cuenta de Cristo. La misión de anunciar la salvación de Cristo, explicó el futuro Benedicto XVI, solo puede surgir como reflejo del atractivo de la gracia. Y justamente y solo por esto, no se trata de una actividad «opcional», porque una Iglesia encerrada en su auto-suficiencia, o preocupada por promoverse e incrementarse a sí misma, en lugar de anunciar el Evangelio, no sería la Iglesia de Cristo.

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Premios Ratzinger

El Papa entregó el Premio Ratzinger 2016

Sabado 26 Nov 2016 | 09:03 am

Ciudad del Vaticano (AICA):

El Santo Padre otorgó esta mañana en la Sala Clementina del Palacio Apostólico el Premio Ratzinger instituido en 2011 por la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger- Benedicto XVI.

“Me alegra encontrarme con ustedes en esta ocasión tan importante”, comenzó diciendo el papa Francisco a los presentes y añadió: “Para mí es también una manera de expresar una vez más nuestro afecto y nuestro reconocimiento por el papa emérito Benedicto XVI, que sigue acompañándonos con su oración”.

Este año los galardonados son:

Monseñor Inos Biffi, catedrático emérito de Teología sistemática y de Historia de la teología medieval en la Facultad Teológica de Italia Septentrional, profesor de las mismas materias en la Facultad de Teología de Lugano, miembro de la Pontificia Academia de Teología, presidente del Instituto de Historia de teología medieval de Milán y director del Instituto de Historia de la teología de la Facultad de Teología de Lugano.

Profesor Ioannis Kourompeles, nacido en Atenas (Grecia) en 1965. Estudió Teología en las facultades teológicas de Tesalónica, Erlangen y Heidelberg. Enseña Historia de los dogmas y Teología dogmática y simbólica en la Facultad de Teología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica. Es el primer ortodoxo que recibe el Premio Ratzinger.

Francisco recordó que el Jubileo de la Misericordia apenas concluido “nos recordó muchas veces que la misericordia está en el corazón del ‘protocolo’ con el cual Jesús dice que seremos juzgados: Tuve hambre y me han dado de comer, tuve sed y me dieron de beber…’” (Mt 25,35).

El Papa abordó así el tema de la escatología, vale a decir la reflexión que se interroga sobre el destino último del ser humano y del universo. Y señaló que el tema de la escatología “es fundamental cuando se reflexiona sobre el sentido de nuestra vida y nuestra historia, sin quedarnos cerrados en una impostación materialista o de todos modos intramundana”.

“Sabemos que el tema de la escatología -prosiguió el Papa- ocupó un lugar muy importante en el trabajo teológico del profesor Joseph Ratzinger, durante su actividad como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y también en su magisterio durante el pontificado”. Y citó en este sentido la encíciclica Spe Salvi, por las “profundas consideraciones sobre la via eterna y sobre la esperanza”.

Añadió que “la profundidad del pensamiento” del papa emérito “nos ayuda a permanecer abiertos al horizonte de la eternidad, dando así sentido también a nuestras esperanzas y a nuestros empeños humanos”. Porque su pensamiento “es un magisterio fecundo que sabe concentrarse sobre referencias fundamentales de nuestra vida cristiana” como lo son “la persona de Jesucristo, la caridad, la esperanza, la fe”. Motivo por el cual “toda la Iglesia le guardará gratitud por siempre”.

Felicitó también a los organizadores del Simposio internacional sobre el tema de la Escatología que se acaba de realizar en la Universidad de la Santa Cruz, y concluyó hoy en el Agustinianum, con la exposición del cardenal Gianfranco Ravasi.

Felicitó también a quienes fueron galardonados: a Mons. Inos Biffi, a la carrera de un gran teólogo; y al joven profesor Ioannis Kourempeles, a quien le animó a proseguir profundizando sobre el pensamiento de Ratzinger y la teología ortodoxa. +


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El P. Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación ante el Vaticano.

FUE VERDADERA TEOLOGÍA. No hay ninguna rehabilitación, revela Gutiérrez, porque “nunca fui condenado por la Congregación de la Fe”.

El teólogo peruano Gustavo Gutierrez

El teólogo peruano Gustavo Gutierrez

Hay pruebas que el padre Gustavo Gutiérrez está muy dispuesto a mostrar. Como una carta que le envió la Congregación para la Doctrina de la Fe donde dice, con todas las letras, que el diálogo sobre la teología de la liberación ha terminado satisfactoriamente. El dominico aprovecha una entrevista concedida al portal españolperiodistadigital.com para aclarar definitivamente qué fue lo que ocurrió en el pasado. Algunos pensaron que la Iglesia católica había cambiado, gracias al Papa Francisco, su postura sobre el movimiento teológico que en los años Ochenta recibía, o por lo menos eso decían los medios de información, una radical oposición dentro de la Muralla Leonina.

En parte es así, pero la historia es más compleja. De otra manera no tendría explicación que el Observatorio Romano –el diario del Vaticano- dedicara dos páginas al sacerdote peruano Gutiérrez, el primer representante de esta corriente teológica. Dos páginas publicadas el pasado 4 de septiembre que contenían una síntesis del libro “De parte de los pobres. Teología de la liberación, teología de la Iglesia”, escrito en 2004 en colaboración con Gerhard Ludwig Muller, el arzobispo alemán que en 2012 Ratzinger nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Entonces qué ocurrió realmente? ¿Y por qué en tantos ambientes eclesiales existía la convicción generalizada de que los partidarios de la teología de la liberación eran una especie de excomulgados?

El padre Gutiérrez explica que, en su caso, el Vaticano recibió una advertencia desde Perú. Esa manera de entender la fe a partir de la condición de opresión de los pobres debía haber preocupado a algún miembro de la jerarquía andina. Sin embargo, nunca le abrieron un proceso porque sospecharan que estaba fuera de la ortodoxia. Por el contrario, hubo un diálogo, porque algunas afirmaciones suyas no se habían comprendido bien. Todo se resolvió positivamente, a tal punto que –afirma Gutiérrez- “Cuando me dicen que estuve condenado, me río un poco, pues jamás estuve condenado por la Congregación de la Fe”.

Su relación con el cardenal Muller también sorprendió a los que consideran que el guardián de la fe es un tradicionalista, teológicamente encerrado en el pasado. En realidad, ellos se conocen desde hace mucho tiempo. “Es un amigo, muy buen amigo” dice Gutiérrez, y no solo afirma que el Prefecto conoce muy bien la teología de la liberación sino que agrega que lo defendió en algunas circunstancias. El cardenal Muller estuvo en Perú y decidió hacer algo práctico para ayudar a los pobres –cuenta el teólogo peruano- y durante quince años fue a enseñar teología en el seminario de Cuzco, donde la población es indígena.

Aunque no ha tenido personalmente problemas directos, cuando los hubo –aclara Gutiérrez- fueron amplificados por los medios. No hay duda que sobre la Teología de la Liberación, por lo menos en Europa, ha pesado la sospecha de ser demasiado deudora de la ideología marxista o políticamente inclinada hacia la izquierda. La discusión en los principales diarios construyó una imagen esquemática del conflicto con la Curia romana, empeñada en censurar cualquier orientación teológica nueva. Por otra parte, es útil recordar que el telón de fondo de las incomprensiones y las condenas era el enfrentamiento geopolítico entre comunismo y capitalismo, Unión Soviética y Estados Unidos, que distorsionó la comprensión de la teología de la liberación y su decidida “opción por los pobres”, que después se convirtió en un elemento clave para la Iglesia de América Latina.


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Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación.

iglesia

 

En una entrevista publicada por Religión Digital, el teólogo Gustavo Gutiérrez habla sobre sí mismo y la teología de la liberación hoy. Para leer el documento basta pulsar el siguiente enlace:

http://www.periodistadigital.com/religion/america/2015/12/14/gustavo-gutierrez-jamas-estuve-condenado-por-la-congregacion-doctrina-de-la-fe-religion-iglesia-teologia-liberacion-muller.shtml


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Premios Ratzinger 2015: un libanés y un brasileño.

Nabil el-Khoury y el padre Mario de França Miranda, premio Ratzinger 2015

Ciudad del Vaticano, 16 noviembre 2015(VIS).-Este mediodía, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tuvo lugar la presentación del ”Premio Ratzinger”, instituido por la ”Fundación Vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI”, que será conferido el próximo 21 de noviembre. En la rueda de prensa, han intervenido el arzobispo Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., miembro del Comité Científico de la Fundación, monseñor Giuseppe Scotti, Presidente de la Fondazione, y el profesor Pietro Luca Azzaro, secretario ejecutivo de la Fundación.

Los premiados de 2015 son el profesor libanes Nabil el-Khoury y el profesor brasileño padre Mario de França Miranda, SJ.

Nabil el-Khoury desde 1977 ha sido profesor en la Lebanese University de Beirut. Actualmente es profesor de Filosofía y Literatura comparada en la Université Libanaise de Beirut y en la Universidad de Tubinga. Además, es traductor árabe de la Obra completa de Joseph Ratzinger-Benedetto XVI. Ha impartido cursos en la Eberhard Karls University de Tubinga, la Catholic University de Eichstätt-Ingolstadt (Alemania), la Johannes Gutenberg University de Magonza (Alemania), la Universidad de Friburgo (Alemania) y la Universidad de Salisburgo (Austria).

El padre Mario de França Miranda, SJ. comenzó a enseñar en 1974 en la Facultad de Teología de la PUC. Al año siguiente fue nombrado por dos años decano de dicha facultad. En 1979 en Belo Horizonte fue profesor ordinario de Teología sistemática de la Facultad de Teología de la Compañía de Jesús en Brasil y en 1990 fue nombrado rector académico de esta misma institución, hasta 1992. En 1993 retomó su magisterio teológico en la Facultad de Teología de la PUC donde volvió a ser nombrado decano de la Facultad de 2001 a 2003. En los últimos años se ha dedicado a estudios de natura eclesiástica. Sus actividades fuera del ámbito académico han consistido en la impartición de cursos en varias diócesis de Brasil y sobre todo en la colaboración con la Conferencia Episcopal brasileña. Durante dos periodos, entre 1992 y 2003, ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano, bajo la dirección del entonces cardenal Joseph Ratzinger.

En su intervención, el arzobispo Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., ha destacado que ”con esta elección, la Fundación ensancha aún más sus horizontes. De hecho, desde el principio, los premios Ratzinger se han concedido a teólogos de diferentes países: Italia, Francia, España, Alemania, Gran Bretaña, Polonia, Estados Unidos y, en virtud del espíritu ecuménico que anima a la Fundación, esta importante condecoración ha sido también concedida a algunos representantes de otras confesiones cristianas. Este año los dos ganadores son católicos, -explica- pero ninguno de ellos pertenece al llamado mundo occidental”. Asimismo ha añadido que ”con estas dos figuras se ve reforzada no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente la lista de teólogos que han ganado el Premio Ratzinger”.


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Actualidad de Romano Guardini. Palabras del Papa

El Papa subraya la actualidad del pensamiento de Romano Guardini
Viernes 13 Nov 2015 | 11:27 am

Romano Guardini continúa vigente.ver más

Ciudad del Vaticano (AICA):

El papa Francisco recibió este viernes en la Sala Clementina a los miembros de la Fundación Romano Guardini que participan en el Congreso promovido por la Universidad Gregoriana con motivo del 150º aniversario del nacimiento del sacerdote, teólogo y escritor italiano naturalizado alemán.

En el curso de la audiencia, el profesor Ludwig von Pufendorf, presidente de la Fundación anunció la publicación inmimente de un texto inédito de Guardini que, como afirmó el Santo Padre, “tiene mucho que decir a la humanidad de nuestro tiempo y no solamente a los cristianos”.

Francisco recordó que Guardini en su libro “El mundo religioso de Dostoyevsky” cita el episodio de “Los Hermanos Karamazov” en que una campesina confiesa al “starets” (la guía espiritual de los monasterios ortodoxos) que mató a su marido enfermo que la había tratado muy mal a lo largo de su vida.

El “starets” nota que la mujer está tan desesperada por su culpa y tan convencida de su condena eterna que no puede recibir consuelo alguno, pero le muestra una salida: su vida tiene sentido porque Dios la ha acogido desde el momento en que se ha arrepentido. “No temas nada, no te angusties -le dice- no dejes de arrepentirte y Dios te perdonará todo. Por otra parte no existe en toda la tierra un pecado que Dios no perdone a aquellos que se arrepienten sinceramente. Ninguno puede cometer un pecado tan grande que escape al amor infinito de Dios”.

“Las personas más sencillas -explicó el Papa- comprenden de lo que se habla aquí. Entienden la grandeza que brilla en la sabiduría y en la fuerza del amor del ‘starets’ y lo que significa la santidad: una vida vivida en la fe, capaz de ver que Dios está cerca de los hombres, que tiene su vida entre las manos. En este sentido, Guardini dice: ‘aceptando con sencillez la existencia de la mano de Dios, la voluntad personal se transforma en voluntad divina y así, sin que la criatura deje de ser únicamente criatura y Dios verdaderamente Dios, se actúa su unidad viviente’”.

Para Guardini, esa “unidad viviente” con Dios consiste en la relación concreta de las personas con el mundo y con los demás a su alrededor. El individuo se siente entretejido en un pueblo, es decir, en una “unión originaria de los hombres que por especie, país, y evolución histórica en la vida y en los destinos son todo uno”. El autor de “El sentido de la Iglesia” pensaba que el pueblo es “el compendio de lo que en la persona es auténtico, profundo, sustancial”. Podemos reconocer en el pueblo, como en un espejo, el “campo de fuerza de la acción divina”.

“Tal vez podríamos aplicar las reflexiones de Guardini a nuestro tiempo -observó el pontífice- tratando de descubrir la mano de Dios en los acontecimientos actuales. Quizá así podamos reconocer que Dios, en su sabiduría, nos ha enviado a nosotros, a la Europa rica, al hambriento para que le demos de comer, al sediento para que le demos de beber, al forastero para que lo acojamos, al desnudo para que lo vistamos. La historia demostrará entonces que si somos un pueblo, sin duda, lo recibiremos como a un hermano; si somos sólo un grupo de personas, más o menos organizadas, tendremos la tentación de salvarnos ante todo la piel, pero no tendremos continuidad”.

El Papa se despidió de los miembros de la Fundación deseándoles que la obra de Guardini les haga comprender cada vez más “el significado y el valor de los fundamentos cristianos de la cultura y la sociedad”.+


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El teólogo en su tiempo. Palabras del Papa Francisco.

“Las principales tareas del teólogo son discernir y reflexionar en el aquí y ahora”, el Papa a la UCA

2015-09-04 Radio Vaticana

CON AUDIO Y TEXTO DEL PAPA

(Radio Vaticana).- “La teología se debe hacer de rodillas, porque es santidad de pensamiento y lucidez orante”, lo dijo el Papa Francisco a los participantes en el Congreso Internacional de Teología que se realiza en la Pontificia Universidad Católica de Argentina, en el marco de la celebración de los 100 años de la Facultad de Teología de esta Casa de Estudios.

La tarde de este jueves, 3 de septiembre, el Santo Padre se unió a esta “acción de gracias” a través de un video mensaje a la conclusión de los tres días de reflexión teológica.

En sus saludos el Pontífice resaltó “la importancia de la memoria que nos permite recordar de dónde venimos y al mismo tiempo, nos mueve a descubrir en medio del caminar, que el Pueblo fiel de Dios no está solo. Es el Espíritu quien lo guía, lo sostiene y lo impulsa”. Asimismo, el Obispo de Roma hablando de la Iglesia y del rol del teólogo, señaló que la “catolicidad exige una tensión entre lo particular y lo universal, entre lo uno y lo múltiple. Aniquilar esta tensión va contra la vida del Espíritu. Todo intento de romper la relación entre la Tradición recibida y la realidad concreta, pone en riesgo la fe del Pueblo de Dios”. jesuita Guillermo Ortiz -RADIO VATICANA

AUDIO Y TEXTO COMPLETO DEL VIDEO MENSAJE

Video mensaje Santo Padre Congreso internacional de Teología – UCA 1-3 de setiembre de 2015

Me alegra poder comunicarme con ustedes en este acontecimiento tan importante para nuestra Iglesia en Argentina. Gracias por darme esta oportunidad de unirme en esta acción de gracias al celebrar los 100 años de la Facultad de Teología de la UCA vinculándolos con los 50 años del Concilio Vaticano II.

Ustedes estuvieron reunidos tres días haciendo de esta fiesta una oportunidad para hacer memoria, para recuperar la memoria del paso de Dios por nuestra vida eclesial y hacer de este paso un motivo de agradecimiento. La memoria nos permite recordar de dónde venimos y, de esta manera, nos unimos a tantos que fueron tejiendo esta historia, esta vida eclesial en sus múltiples avatares, y vaya que no han sido pocos. Memoria que nos mueve a descubrir, en medio del caminar, que el Pueblo fiel de Dios no ha estado solo. Este pueblo en camino, ha contado siempre con el Espíritu que lo guiaba, sostenía, impulsaba desde dentro de sí mismo y desde fuera. Esta memoria agradecida que hoy se vuelve reflexión, anima nuestro corazón. Vuelve a encender nuestra esperanza para provocar hoy la pregunta, que nuestros padres se hicieron ayer: ¿Iglesia que dices de ti misma?

No celebramos y reflexionamos dos acontecimientos menores, sino, estamos frente a dos momentos de fuerte conciencia eclesial. Los años de la Facultad de Teología es celebrar el proceso de maduración de una Iglesia particular. Es celebrar la vida, la historia, la fe del Pueblo de Dios que camina en esa tierra y que ha buscado “entenderse” y “decirse” desde las propias coordenadas. Es celebrar los 100 años de una fe que intenta reflexionar de cara a las peculiaridades del Pueblo de Dios que vive, cree, espera y ama en suelo argentino. Una fe que busca enraizarse, encarnarse, representarse, interpretarse de cara a la vida de su pueblo y no al margen.

Me parece de gran importancia y lúcida acentuación unir este acontecimiento con los 50 años de la Clausura del Vaticano II. No existe una Iglesia particular aislada, que pueda decirse sola, como pretendiendo ser dueña y única interprete de la realidad y de la acción del Espíritu. No existe una comunidad que tenga el monopolio de la interpretación o de la inculturación. Como por el contrario, no existe una Iglesia Universal que dé la espalda, ignore, se desentienda de la realidad local. La catolicidad exige, pide esa polaridad tensional entre lo particular y lo universal, entre lo uno y lo múltiple, entre lo simple y lo complejo. Aniquilar esta tensión va contra la vida del Espíritu. Todo intento, toda búsqueda de reducir la comunicación, de romper la relación entre la Tradición recibida y la realidad concreta, pone en riesgo la fe del Pueblo de Dios. Considerar insignificante una de las dos instancias es meternos en un laberinto que no será portador de vida para nuestra gente. Romper esta comunicación nos llevará fácilmente a hacer de nuestra mirada, de nuestra teología una ideología. Por lo que me alegra que celebrar los 100 años de la Facultad de Teología vaya de la mano de la celebración de los 50 años del Concilio. Lo local y lo universal se encuentran para nutrirse, para estimularse en el carácter profético de la cual es portadora toda Facultad de Teología. Recordemos las palabras del Papa Juan a un mes de comenzar el Concilio:

Por primera vez en la historia los padres del Concilio pertenecerán realmente a todos los pueblos y naciones, y cada uno de ellos aportará la contribución de su inteligencia y de su experiencia para curar y sanar las cicatrices de los dos grandes conflictos que han cambiado profundamente la faz de todas las naciones Y luego, subraya que uno de los principales aportes de los países en vías de desarrollo en este contexto universal seria la visión de Iglesia que ellos traen; y continúa así: “la Iglesia se presenta como es y cómo quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres” (Juan XIII, Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, AAS 54 (1962) 520-528).

Hay una imagen propuesta por Benedicto XVI que me gusta mucho. Refiriéndose a la Tradición de la Iglesia afirma que “no es una transmisión de cosas o de las palabras, una colección de cosas muertas (sino) es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río en el que los orígenes están siempre presentes” (Benedetto XVI, Audiencia General 26.04.2006). Este río va regando diversas tierras, va alimentando diversas geografías, haciendo germinar lo mejor de esa tierra, lo mejor de esa cultura. De esta manera, el Evangelio se sigue encarnando en todos los rincones del mundo de manera siempre nueva (cfr. EG 115).

Y esto nos lleva a reflexionar que no se es cristiano de la misma manera en la Argentina de hoy que en la Argentina de hace 100 años. No se es cristiano de la misma manera en la India, en Canadá, que en Roma. Por lo que una de las principales tareas del teólogo es discernir, reflexionar: ¿qué significa ser cristiano hoy? “en el aquí y ahora”; ¿Cómo ese río de los orígenes logra regar hoy estas tierras y hacerse visible y vivible? ¿Cómo hacer viva la prieta expresión de San Vicente de Lerins, “ut annis consolidétur, dilatetur tempore, sublimétur aetate?” (San Vicente de Lerins, Commonitório primo, cap. XXIII)?

En esta Argentina, de cara a los múltiples desafíos y situaciones que nos presenta la multidiversidad existente, la interculturalidad y los efectos de una globalización uniformante que relativiza la dignidad de las personas volviéndola un bien de cambio. En esta Argentina, se nos pide repensar cómo el cristianismo se hace carne; cómo el río vivo del Evangelio continúa haciéndose presente para saciar la sed de nuestro pueblo.

Y para encarar este desafío, hemos de superar dos posibles tentaciones: condenarlo todo. Acuñando la ya conocida frase “todo pasado fue mejor” refugiándonos en conservadurismos o fundamentalismos; o por el contrario, consagrarlo todo, desautorizando todo lo que no tenga “sabor a novedad”, relativizando toda la sabiduría acuñada por el rico patrimonio eclesial.

Para superar estas tentaciones, el camino es la reflexión, el discernimiento, tomar muy en serio la Tradición Eclesial y muy en serio la realidad, poniéndolas a dialogar.

En este contexto pienso que el estudio de la teología adquiere un valor de suma importancia. Un servicio insustituible en la vida eclesial.

No son pocas las veces que se genera una oposición entre teología y pastoral, como si fuesen dos realidades opuestas, separadas, que nada tuvieran que ver una con la otra. No son pocas las veces que identificamos lo doctrinal con conservador, retrogrado; y por el contrario, pensamos la pastoral desde la adaptación, reducción, acomodación. Como si nada tuviesen que ver entre sí. Se genera de este modo una falsa oposición entre los así llamados “pastoralistas” y “academicistas”, los que están al lado del pueblo y los que están al lado de la doctrina. Se genera una falsa oposición entre la teología y la pastoral; entre la reflexión creyente y la vida creyente; la vida, entonces, no tiene espacio para la reflexión y la reflexión no encuentra espacio en la vida. Los grandes padres de la Iglesia: Ireneo, Agustín, Basilio, Ambrosio, por nombrar algunos, fueron grandes teólogos porque fueron grandes pastores.

Buscar superar este divorcio entre teología y pastoral, entre fe y vida, ha sido precisamente uno de los principales aportes del Concilio Vaticano II. Me animo a decir que ha revolucionado en cierta medida el estatuto de la teología, la manera de hacer y del pensar creyente.

No puedo olvidar la palabras de Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio cuando decía: Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del «depositum fidei», y otra la manera de formular su expresión.

Debemos tomarnos el trabajo, el arduo trabajo de distinguir, el mensaje de Vida de su forma de transmisión, de sus elementos culturales en los que en un tiempo fue codificado. Una teología, responde a los interrogantes de un tiempo y nunca lo hace de otra manera que en los mismos términos, ya que son los que viven y hablan los hombres de una sociedad (M. de Certeau, La debilidad del creer, 51).

No hacer este ejercicio de discernimiento lleva sí o sí a traicionar el contenido del mensaje. Hace que la Buena Nueva deje de ser nueva y especialmente buena, volviéndose una palabra estéril, vacía de toda su fuerza creadora, sanadora, resucitadora, poniendo así en peligro la fe de las personas de nuestro tiempo. La falta de este ejercicio teológico eclesial es una mutilación de la misión que estamos invitados a realizar. La doctrina, no es un sistema cerrado, privada de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos. Por el contrario, la doctrina cristiana tiene rostro, tiene cuerpo, tiene carne, se llama Jesucristo y es su Vida la que es ofrecida de generación en generación a todos los hombres y en todos los rincones. Custodiar la doctrina exige fidelidad a lo recibido y – a la vez – tener en cuenta al interlocutor, su destinatario, conocerlo y amarlo.

Este encuentro entre doctrina y pastoral no es opcional, es constitutivo de una teología que pretenda ser eclesial.

Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustiar, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan. Todo esto nos ayuda a profundizar en el misterio de la Palabra de Dios, Palabra que exige y pide dialogar, entrar en comunicación. De ahí que no podemos ignorar a nuestra gente a la hora de realizar teología. Nuestro Dios ha elegido este camino. Él se ha encarnado en este mundo, atravesado por conflictos, injusticias, violencias; atravesado por esperanzas y sueños. Por lo que, no nos queda otro lugar para buscarlo que este mundo concreto, esta Argentina concreta, en sus calles, en sus barrios, en su gente. Ahí É1 ya está salvando.

Nuestras formulaciones de fe, han nacido en el diálogo, en el encuentro, en la confrontación, en el contacto con las diversas culturas, comunidades, naciones, situaciones que pedían una mayor reflexión de frente a lo no explicitado antes. De ahí que los acontecimientos pastorales tienen un valor relevante. Y nuestras formulaciones de fe son expresión de una vida vivida y reflexionada eclesialmente.

En cristiano algo se vuelve sospechoso cuando deja de admitir la necesidad de ser criticado por otros interlocutores. Las personas y sus distintas conflictividades, las periferias, no son opcionales, sino necesarias para una mayor comprensión de la fe. Por eso es importante preguntar, ¿para quién estamos pensando cuando hacemos teología? ¿A qué personas tenemos delante? Sin ese encuentro, con la familia, con el Pueblo de Dios, es cuando la teología corre el gran riesgo de volverse ideología. No nos olvidemos, el Espíritu Santo en el pueblo orante es el sujeto de la teología. Una teología que no nazca en su seno, tiene ese tufillo de una propuesta que puede ser bella, pero no real.

Esto nos revela lo desafiante de la vocación del teólogo. Lo estimulante que es el estudio de la teología y la gran responsabilidad que se tiene al hacerlo. Al respecto me permito explicitar tres rasgos de la identidad del teólogo:

1 El teólogo es en primera instancia un hijo de su pueblo. No puede y no quiere desentenderse de los suyos. Conoce su gente, su lengua, sus raíces, sus historias, su tradición. Es el hombre que aprende a valorar lo recibido, como signo de la presencia de Dios ya que sabe que la fe no le pertenece. La recibió gratuitamente de la Tradición de la Iglesia, gracias al testimonio, la catequesis y la generosidad de tantos. Esto lo lleva a reconocer que el Pueblo creyente en el que ha nacido, tiene un sentido teológico que no puede ignorar. Se sabe “injerto” en una conciencia eclesial y bucea en esas aguas.

2. El teólogo es un creyente. El teólogo es alguien que ha hecho experiencia de Jesucristo, y descubrió que sin Él ya no puede vivir. Sabe que Dios se hace presente, como palabra, como silencio, como herida, como sanación, como muerte y como resurrección. El teólogo es aquel que sabe que su vida está marcada por esa huella, esa marca, que ha dejado abierta su sed, su ansiedad, su curiosidad, su vivir. El teólogo es aquel que sabe que no puede vivir sin el objeto/sujeto de su amor y consagra su vida para poder compartirlo con sus hermanos. No es teólogo quien no pueda decir: “no puedo vivir sin Cristo” y por lo tanto, quien no quiera, intente desarrollar en sí mismo los mismos sentimientos del Hijo.

3. El teólogo es un profeta. Uno de los grandes desafíos planteados en el mundo contemporáneo no es solo la facilidad con que se puede prescindir de Dios. Sino que socialmente se ha dado un paso más. La crisis actual se centra en la incapacidad que tienen las personas de creer en cualquier cosa más allá de sí mismas. La conciencia individual se ha vuelto la medida de todas las cosas. Esto genera una fisura en las identidades personales y sociales. Esta nueva realidad provoca todo un proceso de alienación debido a la carencia de pasado y por lo tanto de futuro. Por eso el teólogo es el profeta, porque mantiene viva la conciencia de pasado y la invitación que viene del futuro. Es el hombre capaz de denunciar toda forma alienante porque intuye, reflexiona en el rio de la Tradición que ha recibido de la Iglesia, la esperanza a la que estamos llamados. Y desde esa mirada invita a despertar la conciencia adormecida. No es el hombre que se conforma, que se acostumbra. Por el contrario, es el hombre atento a todo aquello que puede dañar y destruir a los suyos.

Por eso, hay una sola forma de hacer teología: de rodillas. No es solamente un acto piadoso de oración para luego pensar la teología. Se trata de una realidad dinámica entre pensamiento y oración. Una teología de rodillas es animarse a pensar rezando y rezar pensando. Entraña un juego, entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro. Entre el ya y el todavía no. Es una reciprocidad entre la Pascua y tantas vidas no realizadas que se preguntan:  ¿dónde está Dios?

Es santidad de pensamiento y lucidez orante. Es por, sobre todo, humildad que nos permite poner nuestro corazón, nuestra mente en sintonía con el “Deus semper maior”. No tengamos miedo de ponernos de rodillas en el altar de la reflexión y hacerlo con “los gozos y las alegrías, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos” (GS 1) ante la mirada de Aquel que hace nueva todas las cosas (Ap. 21, 5)

Entonces nos insertaremos cada vez más en ese pueblo creyente que profetiza, pueblo creyente que anuncia la belleza del evangelio, pueblo creyente que “no maldice sino que es acogedor y sabe realizar la vida bendiciéndola. Así busca una correspondencia creadora con los problemas de nuestra época” (O. Clement, “Un ensayo de lectura ortodoxa de la Constitución”, 651).

En este sentido, el Sucesor de Pedro dijo que una de las principales tareas del teólogo “es discernir, reflexionar… en el aquí y ahora” para poder hacer teología, teniendo en cuenta los desafíos y las situaciones concretas que nos presenta la realidad”. Por ello, es necesario superar dos posibles tentaciones, dijo el Papa, “el de condenarlo todo (fundamentalismos) o el de consagrarlo todo (relativismos)”. Para poder superar estas tentaciones, afirmó el Vicario de Cristo, el caminos es la reflexión, el discernimiento, teniendo en cuenta la Tradición Eclesial y tomando en serio la realidad, poniendo ambas en diálogo. “En este contexto, subrayó el Papa, el estudio de la teología adquiere un valor importante, un servicio insustituible en la vida eclesial”.

Además, el Pontífice recordó que no existe división entre teología y pastoral, entre fe y vida y señaló que “los grandes los grandes Padres de la Iglesia, fueron grandes teólogos, porque fueron grandes pastores”. El encuentro entre teología y pastoral no es opcional, sino es constitutivo de una teología que pretenda ser eclesial.