Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


Deja un comentario

Semana santa-Pascua y revisión de vida. Reflexión.

Esta semana tan especial

unnamed

Cada año, esta semana que llamamos “santa” viene a alterar el curso normal de un año laboral casi recién estrenado. No voy a referirme a la distorsión casi carnavalesca que afecta a estos días con los panoramas para un fin de semana largo o las ofertas de “vacaciones de semana santa”, sino que me referiré a la profunda alteración que significan estos días que los cristianos celebramos.

Con la entrada de Jesús en Jerusalén -que celebramos hoy, en el llamado “Domingo de Ramos”- se levanta el telón del drama humano, del drama de la vida de cada persona y de todas las personas. Y Dios no es ajeno a este drama, sino que El mismo lo vive en Jesucristo, sometido hasta la muerte.

Es el drama del mal (“pecado” lo llama el Señor Jesús) que parece ejercer impunemente su dominio en los intereses torcidos de quienes buscan la muerte de Jesús, en la dureza y mentiras de los fariseos, en las complicidades de los poderosos, en los silencios culpables, en la traición de un amigo y en las negaciones de otro, en las burlas de un reyezuelo y su corte de aduladores, en la autoridad que se lava las manos, en la cobardía de los amigos que se esconden… Es el drama del inocente condenado y abandonado.

Cambian los tiempos, cambian los personajes y sus nombres, pero el drama está allí, tejiendo su trama de injusticia, de mentiras, traición, oportunismo, corrupción, envidias, silencios cómplices, cobardías, indiferencias, abandonos, etc…

La causa del drama sigue siendo la misma: el pecado de los hombres. Y en Jesús, Dios mismo se somete a este drama para vencerlo en su propio terreno.

El centro de la celebración pascual de estos días es que el drama humano del pecado no tiene la última palabra, sino que ésta pertenece a Dios. Esta última palabra es la resurrección del Señor Jesús, vencedor del pecado y de la muerte. Esta es la esperanza que nos anima y es el centro de nuestra celebración de estos días: en el Señor Jesús y con El, Dios nos hace vencedores en el drama humano.

Por eso, al celebrar Semana Santa, hacemos memoria de los acontecimientos ocurridos con el Señor Jesús hace veinte siglos en Jerusalén, pero nuestra celebración va del recuerdo de lo sucedido a la presencia viva y actuante del Señor Jesús que nos invita a entrar con El a ese Jerusalén de hoy que es nuestra vida y nuestro mundo. Nos invita a reconocer los roles que hoy representamos en el drama humano del pecado, nos invita a morir con El al pecado para participar de esa vida nueva que sólo Dios puede dar, así nos invita a ser testigos y constructores de una vida nueva y de un mundo nuevo.

Creer en la resurrección del Señor Jesús es aceptar lo que parece imposible como programa de vida, es descubrir que lo imposible forma parte de lo real y, por tanto, es no aceptar que el mundo siga adelante de la misma manera y reproduciendo impunemente el drama humano del pecado. Entonces, lo que ocurre es que el Señor Jesús en su muerte y resurrección viene a alterar profundamente la vida de las personas, viene a cambiarlo todo, viene a hacer nuevas todas las cosas.

En estos días, entonces, no se trata de una rápida incursión en el panorama religioso para luego volver a la vida “normal”, o dedicarse a unas prácticas no excesivamente comprometedoras para, luego, volver a las adormecedoras esclavitudes de siempre.

No es posible celebrar la Pascua si no estamos dispuestos a revisar y cambiar nuestra escala de valores y estilo de vida: esta es la alteración que el Señor Jesús trae a la vida de los hombres y mujeres con su muerte y resurrección.

P. Marcos Buvinic

Anuncios


Deja un comentario

Cómo entendemos la fe en Dios. Reflexión de J.Arregui

Dios más allá de unidad y dualidad

DIOS MÁS ALLÁ DE UNIDAD Y DUALIDAD

Voces. Joxe Arregi. [Deia] NO quiero renunciar a la palabra Dios para decir el Misterio más hondo de todo lo real, aunque entiendo muy bien a quienes renuncian a ella por ser tan equívoca, la más equívoca de todo el diccionario. Tanto, que si alguien me pregunta: ¿Tú crees en Dios?, no le respondo ni que sí ni que no, sino que depende, y le pregunto a mi vez: ¿Qué entiendes por Dios? Y lo hago por respeto al Misterio, que habita, sí, en la palabra, pero abriéndola al Infinito más allá de los significados de todas las palabras.

El Dios que imaginas, ciertamente no existe. Y aun cuando asientas al dogma de su existencia y de que es el Creador del mundo y único y trino a la vez, puedes estar seguro: ese Dios en quien piensas no existe. No digo que Dios no sea, sino que el Dios de tu mente no existe. Lo dijo San Agustín: “Si comprendes, no es Dios”. El Dios en quien piensas es siempre un objeto creado por tu mente.

Y si alguien me pregunta: ¿Dios es personal?, le vuelvo a preguntar: ¿Qué significa personal para ti? Si personal expresa la singularidad de cada individuo, lo que a cada uno le hace único y distinto de todo otro individuo de su especie o de otra, entonces ciertamente Dios no es personal. Si personal significa relación de alteridad hecha de emociones positivas y negativas, de amores y desamores, de heridas y perdones, propias del ego humano, Dios no es personal. Dios no es una persona en relación con otras personas. Es el Misterio de la Relación y de la compasión universal. No es el Tú de un yo, ni el Yo de un tú. Es Amor creador. Es respiro. Es Alma de todo.

Dios no es Alguien. No es un sujeto contrapuesto a un objeto, algo, ni a un sujeto, alguien. Dios no es un ente entre otros entes, ni el Ente Primero. Si Dios fuera Alguien, se opondría a otro alguien o a otro algo, no sería la Realidad Absoluta. Pero Dios no se suma con nada, ni se contrapone a nada, ni se cuenta dentro ni fuera de una serie. Dios no se suma ni resta, no tiene número ni género. ES.

Por eso escribía el joven teólogo Bonhöffer en una cárcel nazi donde fue ahorcado en 1945: “Un Dios que hay no lo hay”. Otros grandes teólogos de la misma época como Tillich y Robinson enseñaron lo mismo, aunque su camino, desgraciadamente, no fue seguido. Declararon el fin no de Dios, sino del viejo teísmo nacido hace 5.000 años en la imaginación y en los panteones indoeuropeos y semitas. No hay Dios como hay un sofá en el salón, una prímula o flor de San José en la orilla sombreada del camino, unos ánades reales nadando en el río. Así lo vieron los místicos de las distintas filosofías sabidurías, religiosas o no. Dios no es otro de nada, ni de ti, ni de mí, ni de la prímula del camino. Dios no es Lo Otro de nada, es Lo no-Otro, escribió en el siglo XV el teólogo, filósofo y místico, y además cardenal, Nicolás de Cusa. Dios y yo no somos dos. Dios y mundo no son dos. No hay dualidad.

No-dualidad no significa unidad. Dios y mundo tampoco son uno. Dios no es la parte de un todo ni la suma de todas las partes, sino el Todo en cada parte. No es un ente, sino el Ser de todo ente, el fuego creador que arde en lo profundo de todos los seres, más allá de la forma, del uno y del dos, que pertenecen a lo que se puede contar. Invócalo si quieres como Tú, pero trasciende esa imagen, trasciéndete en ti, en todo.

Una poderosa corriente espiritual de la no-dualidad, tan antigua y universal como la mística, religiosa o no, recorre hoy el mundo, y creo que es su única salvación. Es también la única salvación de las tradiciones religiosas, liberadas de sus creencias y de sus dioses hechos a imagen humana. La ciencia nos brinda un conocimiento dual de las partes del Todo por el análisis y la medida. La necesitamos. Pero necesitamos aun más la mirada o la conciencia espiritual expandida que nos permite admirar, amar y encarnar el Misterio más hondo de todos los seres, más íntimo y Real que toda identidad y diferencia. Ese Misterio es lo que somos o podemos llegar a ser. Es el Bien Común verdadero de todos los seres, y solo nos salvaremos si lo sabemos y si buscamos darle una forma también política, hacia un Horizonte que trasciende todas las formas.