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El Papa nos pide que el mes de octubre oremos por la iglesia

El Papa: invito a los fieles del mundo a rezar por la Iglesia, atacada por el diablo

Francisco invita a una oración especial en el mes mariano de octubre para implorar la protección de quien pretende dividir y para pedir que el mal no prevalezca
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Pubblicato il 29/09/2018
Ultima modifica il 29/09/2018 alle ore 13:01
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

La Iglesia está bajo ataque y el Papa Francisco, en el día de la memoria litúrgica de los tres arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, pide al pueblo cristiano una oración especial en el mes de octubre. Es una iniciativa que indica la preocupación del Obispo de Roma por el escándalo de los abusos sexuales contra menores y por el nivel que están alcanzando los ataques en contra del Papa, la Curia y los obispos por parte de quienes cotidianamente siembran divisiones e inculcan odio contra los sucesores de los apóstoles, favoreciendo la difusión de una mentalidad cismática. Los hechos están a la vista de todos: el uso instrumental del escándalo de la pederastia, utilizado para batallas de poder en la Iglesia, el estado permanente de acusación contra el Pontífice, la crítica feroz e incesante de su persona, diga lo que diga y haga lo que haga.

 

«El Santo Padre –informa la Sala de prensa vaticana– ha decidido invitar a todos los fieles, de todo el mundo, a rezar el Santo Rosario cada día, durante todo el mes mariano de octubre; y a unirse de esta manera en comunión y en penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende dividirnos de Dios y entre nosotros».

 

Hace algunos días, Francisco se reunió con el padre Fréderic Fornos, director internacional de la Red Mundial de Oración por el Papa, y le pidió que difundiera «en todo el mundo este llamado suyo a todos los fieles, invitándolos a concluir el rezo del Rosario con la antigua invocación: “Sub Tuum Praesidium”, y con la oración a San Miguel Arcángel que nos protege y ayuda en la lucha contra el Mal. La oración –afirmó el Pontífice el 11 de septiembre durante la homilía matutina en la Casa Santa Marta, citando el primer libro de Job– es el arma contra el Gran Acusador, que va por el mundo “buscando cómo acusar”. Sola mente la oración puede derrotarlo. Los místicos rusos y los grandes santos de todas las tradiciones aconsejaban, en los momentos de turbulencia espiritual, protegerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios, pronunciando la invocación: “Sub Tuum Praesidium”».

 

La invocación “Sub Tuum Praesidium” dice así: «Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de nosotros, que estamos en la prueba, y líbranos de todo peligro, oh Virgen Gloriosa y Bendita».

 

«Con esta petición de intercesión –informa la Sala de Prensa– el Santo Padre pide a los fieles de todo el mundo que recen para que la Santa Madre de Dios ponga a la Iglesia bajo su manto protector: para preservarla de los ataques del maligno, el gran acusador, y hacerla al mismo tiempo cada vez más consciente de las culpas, de los errores, de los abusos cometidos en el presente y en el pasado», y comprometida en el combate sin dudar para que «el mal no prevalezca. El Santo Padre también pidió que el rezo del Santo Rosario durante el mes de octubre concluya con la oración escrita por León XIII: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén”».

 

«Las divisiones son el arma que el diablo tiene más a la mano para destruir a la Iglesia desde dentro», dijo el Pontífice hace dos años. Hace algunos días, después del clamoroso “comunicado” del ex nuncio Viganò, que concluía pidiendo la renuncia del Papa, Francisco dijo: «Con las personas que buscan solo el escándalo y la división», ante los «perros salvajes» que buscan la guerra y no la paz, el único camino que se puede recorrer es el del «silencio» y de la «oración».

 

El nuevo calendario litúrgico reúne en un único día la fiesta de los tres arcángeles. Miguel aparece en la Biblia, en el Libro de Daniel, como el primero de los príncipes y custodios del pueblo de Israel; se indica que es arcángel en la carta de Judas en el Libro del Apocalipsis. Y es aquél que guía a los demás ángeles en la batalla contra el dragón, es decir el demonio. Y es él quien lo derrota.

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Paulo VI. Biografía.

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Atentado a Pablo VI en Manila. Cortesía de Anzori Chikobava

El Papa viajero.Cortesía de Anzori Chikobava

PAPA BEATO PABLO VI Hijo de un abogado y de una piadosa mujer, Giovanni Battista Montini nació en Concesio, cerca de Brescia, el 26 de septiembre de 1897. Desde pequeño Giovanni se caracterizó por una gran timidez, así como por un gran amor al estudio.Acogiendo la llamada sacerdotal, Giovanni ingresó a los 19 años al Seminario de Brescia. Ordenado sacerdote del Señor el 29 de mayo de 1920, cuando tenía cumplidos 23 años, se dirigió a Roma para perfeccionar allí sus estudios teológicos.

Allí mismo realizó estudios también en la academia pontificia de estudios diplomáticos y en 1922 ingresó al servicio papal como miembro de la Secretaría de Estado. En mayo de 1923 se le nombró secretario del Nuncio en Varsovia, cargo que por su frágil salud tuvo que abandonar a finales del mismo año. De vuelta en Roma, y trabajando nuevamente en la Secretaría de Estado de la Santa Sede, el padre Montini dedicó gran parte de sus esfuerzos apostólicos al movimiento italiano de estudiantes católicos (1924-1933), ejerciendo allí una importante labor pastoral. En 1931, a sus 32 años, le era asignada la cátedra de Historia Diplomática en la Academia Diplomática.

En 1937 fue nombrado asistente del Cardenal Pacelli, quien por entonces se desempeñaba como Secretario de Estado. En este puesto de servicio Monseñor Montini prestaría un valioso apoyo en la ayuda que la Santa Sede brindó a numerosos refugiados y presos de guerra.

Arzobispo y cardenal preparando el Concilio Vaticano II En 1944 , ya bajo el pontificado de S.S. Pío XII, fue nombrado director de asuntos eclesiásticos internos, y ocho años más tarde, Pro-secretario de Estado.

En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán. El nuevo Arzobispo habría de enfrentar muchos retos, siendo el más delicado de todos el problema social. Entregándose con gran energía al cuidado de la grey que se le confiaba, desarrolló un plan pastoral que tendría como puntos centrales la preocupación por los problemas sociales, el acercamiento de los trabajadores industriales a la Iglesia, y la renovación de la vida litúrgica. Por el respeto y la confianza que supo ganarse por parte de la inmensa multitud de obreros, Montini sería conocido como el “Arzobispo de los obreros”.

En diciembre de 1958 fue creado Cardenal por S.S. Juan XXIII quien, al mismo tiempo, le otorgó un importante rol en la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo su asistente. Durante estos años previos al Concilio, el Cardenal Montini realizó algunos viajes importantes: Estados Unidos (1960); Dublín (1961); África (1962).

Sumo Pontífice con apretado programa apostólico Su pontificado El Cardenal Montini contaba con 66 años cuando fue elegido como sucesor del Pontífice Juan XXIII, el 21 de junio de 1963, tomando el nombre de Pablo VI. Tres días antes de su coronación, realizada el 30 de junio, el nuevo Papa daba a conocer a todos el programa de su pontificado: su primer y principal esfuerzo se orientaba a la culminación y puesta en marcha del gran Concilio, convocado e inaugurado por su predecesor. Además de esto, el anuncio universal del Evangelio, el trabajo en favor de la unidad de los cristianos y del diálogo con los no creyentes, la paz y solidaridad en el orden social —esta vez a escala mundial—, merecerían su especial preocupación pastoral.

En torno al Concilio Vaticano II El Papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II

El pontificado de Pablo VI está profundamente vinculado al Concilio, tanto en su desarrollo como en la inmediata aplicación.

En su primera encíclica, la “programática” Ecclesiam suam, publicada en 1966 al finalizar la segunda sesión del Concilio, planteaba que eran tres los caminos por los que el Espíritu le impulsaba a conducir a la Iglesia, respondiendo a los “vientos de renovación” que desplegaban las amplias velas de la barca de Pedro. Decía él mismo el día anterior a la publicación de su encíclica Ecclesiam suam: El primer camino «es espiritual; se refiere a la conciencia que la Iglesia debe tener y fomentar de sí misma. El segundo es moral; se refiere a la renovación ascética, práctica, canónica, que la Iglesia necesita para conformarse a la conciencia mencionada, para ser pura, santa, fuerte, auténtica. Y el tercer camino es apostólico; lo hemos designado con términos hoy en boga: el diálogo; es decir, se refiere este camino al modo, al arte, al estilo que la Iglesia debe infundir en su actividad ministerial en el concierto disonante, voluble y complejo del mundo contemporáneo. Conciencia, renovación, diálogo, son los caminos que hoy se abren ante la Iglesia viva y que forman los tres capítulos de la encíclica».

Sesiones del Concilio Vaticano II y varios viajes apostólicos Cronología del Concilio bajo su pontificado

El 29 de setiembre de 1963 se abre la segunda sesión del Concilio. S.S. Pablo VI la clausura el 4 de diciembre con la promulgación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

En enero de 1964 (4-6), S.S. Pablo VI realiza un viaje sin precedentes a Tierra Santa, en donde se da un histórico encuentro con Atenágoras I, Patriarca de Jerusalén.

El 6 de agosto de 1964, S.S. Pablo VI publica su encíclica programática Ecclesiam suam.

La tercera sesión conciliar duraría del 14 de setiembre hasta el 21 de noviembre de 1964. Se clausuraba con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia. En aquella ocasión proclamó a María como Madre de la Iglesia.

Entre la tercera y cuarta sesión del Concilio (diciembre 1964), S.S. Pablo VI viaja a Bombay, para participar en un Congreso Eucarístico Internacional.

El 4 de octubre, durante la cuarta y última sesión del Concilio, viaja a Nueva York a la sede de la ONU, para hacer un histórico llamado a la paz mundial ante los representantes de todas las naciones.

El 7 de diciembre de 1965, un día antes de finalizar el gran Concilio, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I hacen una declaración conjunta por la que deploraban y se levantaban los mutuos anatemas —pronunciados por representantes de la Iglesia Oriental y Occidental en Constantinopla en 1054, y que marcaban el momento culminante del cisma entre las Iglesias de oriente y la de occidente—.

El 8 de diciembre de 1965 confirmaba solemnemente todos los decretos del Concilio, y proclamaba un jubileo extraordinario, el 1 de enero al 29 de mayo de 1966, para la reflexión y renovación de toda la Iglesia a la luz de las grandes enseñanzas conciliares.

El Post-Concilio La aplicación del Concilio: la época post-conciliar Culminado el gran Concilio abierto al tercer milenio, se iniciaba el difícil periodo de su aplicación. Ello exigía un hombre de mucha fortaleza interior, con un espíritu hondamente cimentado en el Señor; hombre de profunda oración para discernir, a la luz del Espíritu los caminos seguros por donde conducir al Pueblo de Dios en medio de dificultades propias de todo proceso de cambio, de adecuación, de renovación… propias también de la furia del enemigo, cuyas fuerzas buscan prevalecer sobre la Iglesia de Cristo.

Lo que a S.S. Pablo VI le tocó vivir como Pastor universal de la grey del Señor, lo resume el Papa Juan Pablo II en un valiosísimo testimonio, pues él —como dice él mismo— había podido «observar de cerca» su actividad: «Me maravillaron siempre su profunda prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícil período posconciliar de su pontificado. Como timonel de la Iglesia, barca de Pedro, sabía conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial incluso en los momentos más críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde dentro, manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad» (Redemptor hominis, 3).

Otras tareas y en primer Papa en América Otras labores de su pontificado

El Papa Montini tuvo también una gran preocupación por la unión de los cristianos, causa a la que dedicó no pocos esfuerzos, dando así los primeros pasos hacia la unidad de todos los cristianos.

Por otro lado, fomentó con insistencia la colaboración colegial de los obispos. Este impulso se concretaría de diversas formas, siendo las más significativas el proceso de consilidación de las Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia, los diversos Sínodos locales y también los Sínodos internacionales trienales. Durante su pontificado los temas tratados en estos Sínodos episcopales fueron:

el sacerdocio (1971);

la evangelización (1974);

la catequesis (1977).

Otro hito importante de su pontificado lo constituye el viaje realizado al continente americano para la inauguración de la II Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, siendo ésta la primera vez que un Sucesor de Pedro pisaba tierras americanas.

Su peculiar doctrina Las enseñanzas al Pueblo de Dios

S.S. Pablo VI ha dejado un rico legado en sus muchos escritos. Dentro de esta larga lista cabe resaltar a la encíclica Populorum progressio, la cual trata sobre el tema del desarrollo integral de la persona. Esta encíclica fue la base para la Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Medellín. También merece ser especialmente mencionada la exhortación Evangelii nuntiandi, carta magna de la evangelización, que pone enfáticamente el anuncio de Jesucristo en el corazón de la misión de la Iglesia. Para muchos, esta carta vino de algún modo, a completar y profundizar la Gaudium et spes. Además, constituyó el telón de fondo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Puebla.

La encíclica programática Ecclesiam suam –la primera que escribió— es asimismo, de gran importancia. Manifiesta que de la «conciencia contemporánea de la Iglesia —nos dice S.S. Juan Pablo II—, Pablo VI hizo el tema primero de su fundamental Encíclica que comienza con las palabras Ecclesiam suam; (…) Iluminada y sostenida por el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una conciencia cada vez más profunda, sea respecto de su misterio divino, sea respecto de su misión humana, sea finalmente respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente esta conciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de esta Iglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a consolidar y profundizar esa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el testimonio de esa profundísima conciencia de Iglesia. A través de los múltiples y frecuentemente dolorosos acontecimientos de su pontificado, nos ha enseñado el amor intrépido a la Iglesia (…)» (Redemptor hominis, 3).

Son muy significativas también todas las enseñanzas dadas con ocasión del Año Santo de la Reconciliación, en 1975, lo que queda manifiesto en una importante exhortación apostólica: La reconciliación dentro de la Iglesia. Por otro lado, es también de especial importancia El Credo del Pueblo de Dios. En el, el Papa Pablo VI hace una hermosa profesión de fe, que reafirma las verdades que el Cuerpo místico de Cristo cree y vive, tomando así una firme postura ante los no pocos intentos de agresión que sufría la fe cristiana. La herencia que ha dejado a la Iglesia con todos sus escritos es invalorable.

Iluminando la plenitud humana de vida próximo ya a su muerte .Su tránsito a la casa del Padre

Su Santidad Pablo VI, luego de su incansable labor en favor de la Iglesia a la que tanto amor mostró, fue llamado a su presencia por el Padre Eterno, el 6 de agosto de 1978, en la Fiesta de la Transfiguración (que curiosamente fue también la fecha de la publicación de la encíclica que anunciaba el programa de su pontificado). Acaso el Señor mismo, con este signo de su amorosa Providencia, quiso rubricar con sello divino aquello que el Santo Padre, pocos años antes, había escrito en una preciosa exhortación apostólica sobre la alegría cristiana: «…existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de la sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor (…) «per crucem ad lucem», y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu» (Gaudete in Domino, 37). Y ciertamente, el Padre Eterno quiso que este hijo suyo, habiendo pasado por muchos sufrimientos y habiendo entregado ejemplarmente su vida en el servicio amoroso a la Iglesia, pasase “de la cruz a la luz” en el día en que la Iglesia entera celebraba la gran Fiesta de la Transfiguración, que indica esperanzada la meta final a la que conduce la muerte física de todo cristiano fiel. Y él —como dijera S.S. Juan Pablo I— había transitado ese camino de modo ejemplar: «(…) en quince años de Pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y sufre por la Iglesia de Cristo».

Él mismo, vislumbrando ya esta magnífica realidad, dejaría escrito para todos en su “Testamento”:

«Fijo la mirada en el misterio de la muerte y de lo que a ella sigue a la luz de Cristo, el único que la esclarece; miro, por tanto, la muerte con confianza, humilde y serenamente. Percibo la verdad que ese misterio ha proyectado siempre sobre la vida presente y bendigo al vencedor de la muerte por haber disipado en mí las tinieblas y descubierto su luz.

»Por ello, ante la muerte y la separación total y definitiva de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza, el destino de esta misma fugaz existencia: Señor, te doy gracias porque me has llamado a la vida y más aún todavía porque me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida».

III. Su magisterio pontificio

Encíclicas:

Ecclesiam suam (6-8-1964), sobre los caminos que la Iglesia Católica debe seguir en la actualidad para cumplir con su misión.

Mysterium fidei (3-9-1965), sobre la doctrina y culto de la Santa Eucaristía.

Populorum progressio (26-3-1967), sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos.

Sacerdotalis caelibatus (24-6-1967), sobre el celibato sacerdotal.

Humanae vitae (25-7-1968), sobre la regulación de la natalidad.

Exhortaciones apostólicas:

Marialis cultus (2-2-1974), sobre la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen.

Petrum et Paulum

Gaudete in Domino (9-5-1975), sobre la alegría cristiana

Evangelii nuntiandi (8-12-1975), acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo.

Cartas apostólicas:

Octogesima adveniens (1971), con ocasión del 80 aniversario de la encíclica Rerum novarum.

Declaraciones:

Persona humana (29-12-1975), acerca de algunas cuestiones de ética sexual.

Inter insigniores (15-10-1976), sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial.

Otros:

Constitución apostólica Paenitemini (17-2-1966), sobre el valor de la penitencia individual.

El “Credo del Pueblo de Dios” (30-6-1968)

Jürgen Daum

JGK 06-04-2009.


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Los restos de S.Juan XXIII de peregrinación en su tierra

Los restos de Juan XXIII dejan el Vaticano e inician su peregrinaje

El cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, presidió una ceremonia tras la cual los restos del Pontífice iniciaron su peregrinaje hacia Bérgamo y su pueblo natal, Sotto il Monte

Ciudad del Vaticano

A primera hora de la mañana del jueves 24 de mayo, en una silenciosa Basílica de San Pedro, el cardenal Angelo Comastri presidió una ceremonia tras la cual la urna con los restos de San Juan XXIII inició su peregrinaje hacia la localidad italiana de Bérgamo, diócesis en la que el amado Papa Roncalli prestó servicio durante sus primeros cuarenta años y hacia Sotto il Monte, pueblo que lo vio nacer el 25 de noviembre de 1881.

Esta peregrinación se lleva a cabo con motivo del 60 aniversario de su nombramiento como Sucesor de Pedro, el 28 de octubre de 1958, en el cuarto día del cónclave y contando con casi 77 años.

El recuerdo vivo de un Papa Santo

 

Serán 18 días de un camino marcado por la devoción de un pueblo que espera poder rezar ante el cuerpo de su amado Pontífice, y venerarlo a lo largo de varias etapas empezando hoy a las 15:30, con el recibimiento de la urna en la ciudad de Bérgamo, donde se congragaron miles de fieles y ciudadanos.

El recuerdo de Juan XXIII, sigue vivo en la memoria y en el corazón de tantas personas que a través de su legado han podido crecer en la fe y en el espíritu.

Las reliquias del Papa Santo, visitarán también su pueblo natal, Sotto il Monte, al cual regresaba cada año para descansar y describía como “un ambiente simple pero lleno de ejemplos de santos y enseñanzas preciosas”.

Y en este contexto, resuenan las palabras finales del cardenal Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro:

«Que este peregrinaje, que inicia en este momento, pueda sintonizar nuestro corazón con el corazón de este Santo Pontífice que todos han amado hasta tal punto, que en el momento de su santa muerte un periodista exclamó: “Si ha existido el Papa Juan XXIII, Dios existe”. Que esto se pueda decir también de cada uno de nosotros», concluyó el purpurado.

San Juan XXIII


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La disposición de Pablo VI frente a una posible renuncia al pontificado.

La carta secreta de Pablo VI con la que planteó su renuncia

Montini encomendó al cardenal decano y a la Curia la facultad para declararle inadecuado «en el caso de enfermedad incurable o de larga duración, o de otro grave impedimento»

Pablo VI

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Pubblicato il 16/05/2018
Ultima modifica il 16/05/2018 alle ore 21:08
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Nosotros, Pablo VI […] declaramos, en el caso de enfermedad que se presuma incurable o de larga duración […], o bien en el caso de otro grave y duradero impedimento […], renunciar» a «nuestro oficio». La carta súper secreta sobre la que se habían hecho muchas hipótesis pero que nadie había encontrado, fue claramente escrita por la mano del Papa Montini. Lleva la fecha del 2 de mayo de 1965, por lo que fue escrita cuando el Pontífice no estaba ni viejo ni enfermo, sino solamente dos años después de su elección, con el Concilio todavía en curso. Representa el gesto clarividente de un Papa que quiere poner a salvo a la Iglesia ante un eventual impedimento: una carta de renuncia anticipada, que habría sido entregada al cardenal decano para que la divulgara a los demás purpurados y declarar inadecuado al Pontífice. Es la novedad más significativa del libro “La barca de Pablo” (Ediciones San Pablo, 240 pp.), editado por el Regente de la Casa Pontificia, el padre Leonardo Sapienza, autor de varios ensayos con inéditos del Papa Montini. El volumen, que llegará en los próximos días a las librerías italianas, contiene un tesoro hasta ahora desconocido de documentos, cartas y recados del Papa Pablo VI.

 

La carta de dimisión (es más, las cartas, porque además de la que contiene la renuncia hay otra que la acompaña dirigida al Secretario de Estado) representa el inédito más impactante. Como se sabe, varios Pontífices del siglo pasado pensaron en la renuncia: Pío XII porque corría el peligro de ser secuestrado por Hitler, Juan XXIII porque estaba enfermo y ahora Pablo VI. Pero con Montini finalmente tenemos un documento escrito. Un documento que pudo haber leído, seguramente, Juan Pablo II, quien, a pesar de estar enfermo de Parkinson, decidió no retirarse. No fue sino su sucesor, Benedicto XVI, el primer Pontífice en dos mil años de historia de la Iglesia renunció porque ya no se sentía capaz de sostener el peso del Pontificado.

 

El texto “montiniano” que presenta el padre Sapienza en su libro es comentado también por Francisco: «He leído con estupor estas cartas de Pablo VI –escribió Bergoglio–, que me parecen un humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia; y una prueba más de la santidad de este gran Papa […] Lo que a él le importa son las necesidades de la Iglesia y del mundo. Y un Papa impedido por una grave enfermedad no podría ejercer con suficiente eficacia el ministerio apostólico».

 

El texto de la carta principal, «reservada» y dirigida al Decano del Sacro Colegio en papel membretado y con el escudo papal, comienza con un párrafo digno de un Padre de la Iglesia: «Nosotros, Pablo VI, por divina Providencia Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia universal, ante la presencia de la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo –habiendo invocado el nombre de Jesucristo, nuestro Maestro, nuestro Señor y nuestro Salvador…». Después de encomendarse a María y san José, llega la formulación de la renuncia, con lujo de detalles. «Declaramos: en el caso de enfermedad que se presuma incurable o de larga duración, y que nos impida ejercer suficientemente las funciones de nuestro ministerio apostólico; o bien en el caso de que otro grave y duradero impedimento equivalga a un obstáculo para ello, renunciar a nuestro sacro y canónico oficio, tanto como Obispo de Roma, como Cabeza de la misma Santa Iglesia católica, en las manos del Señor Cardenal Decano […] dejándole a él, conjuntamente al menos a los Señores Cardenales prepósitos a los Dicasterios de la Curia Romana y al Cardenal Vicario nuestro para la ciudad de Roma […] la facultad de aceptar y de hacer operativas estas nuestras dimisiones, que solamente el bien superior de la Santa Iglesia nos sugiere». En la parte inferior aparecen la firma autógrafa y la fecha: «en San Pedro, el domingo del Buen Pastor, II después de Pascua, el 2 de mayo de 2065, II de nuestro Pontificado».

 

Es interesante notar que Pablo VI no se refiere solamente a una enfermedad, sino también a la posibilidad de «otro grave y duradero impedimento». «Don Pasquale Macchi, el secretario del Papa –explicó a “La Stampa” monseñor Ettore Malnati– me dijo que Pablo VI había pensado en lo que estableció Pío XII en caso de deportación durante la guerra: quien lo hubiere secuestrado, no habría tenido como prisionero al Papa, sino solamente al cardenal Pacelli».

 

La carta del Papa Pablo VI

 

 

Este artículo fue publicado en la edición de hoy del periódico italiano “La Stampa”


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La renuncia de los obispos y del Papa. Reflexión del Papa Francisco.

Francisco: “Pienso en el momento en el que tendré que despedirme…”

En Santa Marta, el Papa recuerda el ejemplo de San Pablo que dejó Éfeso para ir a Jerusalén: «Le pido al Señor la gracia de despedirme así. En el examen de conciencia no saldré vencedor como él». A los obispos: sean pastores para la grey, no para la carrera

El Papa Francisco

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Pubblicato il 15/05/2018
Ultima modifica il 15/05/2018 alle ore 15:34
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

El Papa Francisco piensa en el momento de su despedida. Pero sin alarmas, no hay renuncias a la vista, sino simplemente la proyección de ese momento en el que, «como obispo», el Pontífice podrá decir, siguiendo las huellas de San Pablo: «Yo he recorrido este camino. Continúen ustedes». Precisamente partiendo del ejemplo del apóstol, que en la lectura de los Hechos de hoy se despide de los ancianos de la Iglesia de Éfeso para dirigirse a Jerusalén, el Papa desarrolló su homilía matutina de hoy, 19 de mayo, para la misa en la capilla de la Casa Santa Marta.

 

«El testamento de Pablo es un testimonio. Es también un anuncio. Es también un desafío», observó Bergoglio, según indicó Vatican News. «Qué lejos está este testamento –observó el Papa– de los testamentos mundanos: “Esto se lo dejo a aquel; a aquel o a aquel otro…”, tantos bienes. Pablo no tenía nada. Sólo la gracia de Dios, el coraje apostólico, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado a él».

 

«Cuando yo leo esto, pienso en mí», reveló Francisco, «porque soy obispo y debo despedirme. Le pido al Señor la gracia de poder despedirme así. Y en el examen de conciencia no saldré vencedor como Pablo… Pero el Señor es bueno, es misericordioso».

 

El Papa también dirigió un pensamiento a «todos los obispos», a los que, una vez más, recordó la prioridad de su ministerio: «Velar sobre la grey». «Velen por la grey; son obispos para la grey, para custodiar la grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, no», exhortó Francisco. Y pidió para todos los pastores «la gracia» de poderse despedir como San Pablo, cuando convocó a los presbíteros ancianos de la Iglesia de Éfeso «con este espíritu, con esta fuerza».

 

Pablo, comentó el Papa, «ante todo hace una especie de examen de conciencia. Dice lo que ha hecho por la comunidad y lo somete a su juicio». Parece «un poco orgulloso», dijo Francisco, pero en realidad «es objetivo». Sólo se vanagloria de dos cosas: «de sus propios pecados y de la cruz de Jesucristo que lo ha salvado».

 

«Obligado por el Espíritu», san Pablo debe ir a Jerusalén. «Esta experiencia del obispo, el obispo que sabe discernir al Espíritu, que sabe discernir cuando es el Espíritu de Dios el que habla y que sabe defenderse cuando habla el espíritu del mundo» es la que hay que tener bien presente, insistió Bergoglio.

 

El Apóstol es consciente, de alguna manera, de estar yendo «hacia la tribulación, hacia la cruz y esto nos hace pensar en la entrada en Jerusalén de Jesús, ¿no? Él entra para padecer y Pablo va hacia la pasión». «El apóstol –prosiguió el Pontífice– se ofrece al Señor, siendo obediente. Ese sentirse “constreñido” por el Espíritu. El obispo que va adelante siempre, pero según el Espíritu Santo. Éste es Pablo». «Es un pasaje fuerte, un pasaje que llega al corazón; es también un pasaje que nos hace ver el camino de cada obispo a la hora de despedirse», subrayó Francisco.

 

En esta despedida no hay testimonios mundanos: «No aconseja: “Este bien que dejo dénselo a éste; este otro a aquel, a aquel…”». No. Pablo afirma que no ha deseado para sí «ni plata ni oro, ni el vestido de nadie»; para él lo único que cuenta es encomendar a Dios a los presbíteros, con la certeza de que el Señor los custodiará y ayudará. «Su gran amor es Jesucristo. Su segundo amor, el rebaño. ‘Velen por ustedes mismos y por todo el rebaño’. Velen por la grey; son obispos para la grey, para custodiar la grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, no», insistió Francisco.

 

Y concluyó pidiendo la gracia, para «todos nosotros» de «podernos despedir así, con este espíritu, con esta fuerza, con este amor a Jesucristo, con esta confianza en el Espíritu Santo».


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Interesantes revelaciones de un exmayordomo de los últimos Papas

El mayordomo de tres Papas cuenta “un ‘milagro’ de Wojtyla”

El ayudante de cámara Angelo Gugel revela la oración de intercesión de san Juan Pablo II que ayudó a que naciera su cuarta hija. Y habla de aquel exorcismo en la Plaza San Pedro

El ayudante de cámara Angelo Gugel (izq.), durante una excursión con Juan Pablo II en los últimos años del Pontificado

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Pubblicato il 23/04/2018
Ultima modifica il 23/04/2018 alle ore 13:48
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

Angelo Gugel, que está cerca de sus 83 años, comienza a contar algunos episodios de su larga vida al lado de los Papas. El discreto y reservado “ayudante de cámara”, que fue gendarme pontificio al final del Pontificado de Pío XII, trabajó en el Gobernatorado durante el Pontificado de Pablo VI y en 1978, sorpresivamente, comenzó a ser el “mayordomo” de Juan Pablo II. Desde entonces no ha abandonado el aposento pontificio, pues ha ofrecido sus servicios sin interrupción al Papa Luciani, a su sucesor Karol Wojtyla (durante 27 años), y, a pesar de haber alcanzado la edad para jubilarse, durante los primeros meses del Pontificado de Benedicto XVI. Su sucesor como mayordomo en la casa del Papa fue Paolo Gabriele, protagonista del primer caso “vatileaks”. Durante esos meses difíciles, muchos en el Vaticano habrían querido contar nuevamente con el estilo impecable de Gugel, que ahora concedió una larga entrevista al periódico italiano “Corriere della Sera”, en la que narra algunos episodios de su vida al lado de los Papas, empezando por una gracia que recibió gracias a la intercesión de Juan Pablo II, a quien Gugel sostuvo en el vehículo ese 13 de mayo de 1981 por la tarde, cuando los disparos de Alí Agca casi acabaron con la vida del Pontífice polaco.

 

El “milagro” recibido por Gugel tiene que ver con su esposa, Maria Luisa Dell’Arche, con la que se casó en 1964. «Nuestra primogénita nació muerta», cuenta el ayudante de cámara, por lo que prometieron ponerle «como segundo nombre María a todos los hijos que la Virgen nos concediera. Llegaron tres: Raffaella, Flaviana y Guido. La cuarta se llama Carla Luciana Maria, en honor de Karol y del Papa Luciani. Nació en 1980, por intercesión de Wojtyla». Durante este último embarazo, explica Gugel, «surgieron gravísimos problemas en el útero. Los ginecólogos del Hospital Gemelli, Bompiani, Forleo y Villani, excluían que pudiera proseguir el embarazo. Un día Juan Pablo II me dijo: “Hoy celebré la misa por su esposa”. El 9 de abril Maria Luisa fue conducida al quirófano para una cesárea. Al salir, el doctor Villani comentó: “Alguien debe haber rezado mucho”. En el acta de nacimiento escribió: “7.15 hrs.”, el instante en el que la misa matutina del Papa se levaba a cabo en el Sanctus. Durante el desayuno, sor Tobiana Sobotka, superiora de las religiosas que trabajaban en el Palacio Apostólico, informó al Pontífice que había nacido Carla Luciana Maria. “Deo gratias”, exclamó Wojtyla. Y el 27 de abril él quiso bautizarla en la capilla privada».

 

Gugel también recordó cómo fue elegido como “mayordomo” del Papa Luciani. «Había sido mi obispo en Vittorio Veneto. Conocía a mi mamá y a mi esposa. Había ordenado a mi cuñado don Mario Dall’Arhce. Durante el Concilio, fui su chofer en Roma y una vez fue a cenar a nuestra casa. Me despedí de él en la vigilia del Cónclave. Él bromeó: “¿Espera que me salve el alma?”». Pero Gugel no se imaginaba que el Patriarca de Venecia habría salido vestido de blanco de aquel Cónclave del verano de 1978. «Tan es así que el 26 de agosto (el día en el que fue elegido Juan Pablo I, ndr.) alcancé a mi familia que estaba de vacaciones en Miane. El 3 de septiembre las monjas del asilo recibieron una llamada de Camillo Cibin, el jefe de la Gendarmería: “Díganle a Gugel que vuelva inmediatamente a Roma con un traje negro”. Corrí a comprármelo en Farra di Solgio y me precipité al Vaticano. El Papa Luciani me recibió de esta manera: “Usted está a mi servicio. Si yo falleciese, usted volvería a ocupar el mismo puesto que tenía antes”».

 

Gugel recuerda: «el primer domingo, después del Ángelus, le dije: “Santo Padre, ¿ha visto cuánta gente había en la Plaza San Pedro”. Y respondió: “Vienen porque el Papa es nuevo”. Pronunciaba discursos improvisando: “Es muy difícil hablar y escribir de manera simple”, me revelo». El fiel ayudante de cámara, que por la noche volvía a dormir con su familia, fuera del Vaticano, cuenta cómo se despidió del Papa el día que este falleció. Después de haberle servido la cena, «se despidió de mí a las 20.30: “Buenas noches, Angelo, nos vemos mañana”. Llegué al día siguiente después de las siete. Yacía en la cama. Me prostré para besarle las manos. El cuerpo todavía estaba tibio». Pero Gugel se dice triste al escuchar cuando se habla de complots y de homicidio: «Es una estupidez. Un día antes de su muerte, el Papa no se sentía bien. Yo mismo le llevé una pastilla antes de que se acostara. Comió muy poco en la cena. Recuerdo que habló en la mesa con sus secretarios sobre el “Preparación a la muerte”, el libro de San Alfonso María de Ligorio».

 

Inmediatamente después de la elección de Juan Pablo II, Gugel fue llamado nuevamente para servir al Papa.

 

Dos días después de la elección «el Sustituto de la Secretaría de Estado, Giuseppe Caprio, llamó a las 11.30 al Gobernatorado diciendo: “Que se presente el señor Gugel en el aposento privado del Papa, tal y como esté vestido”. Subí al último piso del Palacio Apostólico. Me temblaban las piernas. Solo había prelados polacos, yo era el único que hablaba italiano». Y precisamente esta característica transformó al mayordomo en ayudante de dicción para los primeros discursos papales. «Me quedé como estatua cuando, el 22 de octubre de 1978 por la mañana, antes de dirigirse a la Plaza San Pedro para el inicio solemne del Pontificado, el Santo padre me llamó a su estudio y me leyó la homilía que habría pronunciado poco después: “¡No tengan miedo! ¡Abran, es más abran de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengan miedo! ¡Cristo sabe qué hay dentro del hombre, sólo Él lo sabe!”. Me pidió que le indicara cuándo pronunciaba mal y, con el lápiz, se apuntó dónde debía pronunciar los acentos. Dos meses después, al reunirse con mis ex colegas de la Gendarmería, salió con una frase que me dejó de piedra: “Si me equivoco con el acento de alguna palabra, el 50 por ciento es culpa de Angelo”, y me sonrió».

 

Gugel también describió su experiencia personal sobre el exorcismo que celebró Juan Pablo II durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro: «Yo también estaba. Una chica blasfemaba y babeaba. Su voz era cavernosa. Un obispo se escapó por el miedo. El Santo Padre rezaba en latín, sin descomponerse. Al final le tocó la cabeza e inmediatamente el rostro de la endemoniada se relajó en una expresión de paz. Lo vi cumplir un rito análogo en un saloncito del Aula Nervi, también después de una audiencia».

 

Con respecto a las veces en las que el Papa Wojtyla salía de incógnito, Gugel revela: «digamos que no todas acababan en los periódicos. El Santo Padre adoraba las montañas de Abruzzo. Cuando Sandro Petrini, en 1984, se unió a nosotros para una excursión en el Adamello, durante el vuelo a Villafranca, en el Trentino, descubrimos que tenía miedo del helicóptero. En el refugio, los comensales insistían en que el presidente pronunciara el nombre del plato que nos habían preparado: “machaca-curas”. No hubo manera; es más, se irritó. No le quería faltar el respeto al Papa». El fiel mayordomo también indica que nunca escuchó, en 27 años, que Juan Pablo II «pidiera algo» en la mesa, porque «comía lo que encontraba». Y confirmó que al Papa le encantaba ponerle parmesano a la ensalada.

 

 

El momento que quedó impreso con mayor fuerza en su memoria fue el de la muerte de san Juan Pablo II. «El 2 de abril de 2005 toda mi familia fue admitida para que se despidiera de Karol Wojtyla, que estaba muriendo. La última que llegó fue Carla Luciana Maria. Apenas entró a la habitación, el Papa se despertó del torpor, abrió los ojos y le sonrió. Como para decirle: “Te reconozco, sé quién eres”».

 

Con Benedicto XVI Gugel permaneció como ayudante de cámara durante otros nueve meses, y después, de tanto en tanto, lo llamaban nuevamente. «Ya había cumplido 70 años. En el Vaticano es la edad de la jubilación. Me llamaban de nuevo en ocasiones particulares. Estuve con el Santo Padre en Castel Gandolfo durante todo el mes de agosto de 2010. Al final, le dije que había sentido como en familia. Respondió: “¡Pero si usted siempre está en familia!”». Sobre su sucesor como mayordomo, Paolo Garbiele, protagonista del primer caso “vatileaks” y quien fotocopió y filtró una enorme cantidad de documentos del escritorio del Papa, Gugel dice: «Me lo esperaba. Me habían pedido que lo entrenara. Pero no me parecía interesado en aprender».

 

Al final, el fiel y reservado mayordomo papal cuenta que ha vuelto a visitar al Papa Ratzinger: «Lo he encontrado muy lúcido. Solamente tiene problemas con las piernas. Se ve obligado a celebrar la misa sentado».


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Benedicto XVI cumple hoy 91 años

“Feliz cumpleaños Benedicto XVI”, el Papa de la dulzura

Hoy, 16 de abril, Joseph Ratzinger, Papa emérito cumple 91 años, y lo celebrará en un clima de serenidad y tranquilidad en el monasterio “Mater Ecclesiae” del Vaticano.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

El Papa emérito, Benedicto XVI cumple hoy 91 años, nació el 16 de abril de 1927 en Marktl, en Alemania. Fue elegido como Sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005. Renunció al ministerio petrino el 11 de febrero de 2013, y es Papa emérito desde el 28 de febrero de 2013.

El 17 de abril del año pasado, en su residencia, en el convento “Mater Ecclesiae” en el Vaticano, se tuvo una fiesta típica de la región alemana de Baviera para festejar sus 90 años. Un cumpleaños marcado por las costumbres de esta región con vestimentas típicas y folclóricas, acompañado por la música del grupo Schützen y la degustación de la cerveza típica bretzel. Antes de concluir la celebración, el Papa Benedicto XVI agradeció por haberlo hecho regresar – aunque sea por un momento – a su “bellísima tierra”.

“Feliz cumpleaños Benedicto XVI, el Papa de la dulzura”