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Los restos de S.Juan XXIII de peregrinación en su tierra

Los restos de Juan XXIII dejan el Vaticano e inician su peregrinaje

El cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, presidió una ceremonia tras la cual los restos del Pontífice iniciaron su peregrinaje hacia Bérgamo y su pueblo natal, Sotto il Monte

Ciudad del Vaticano

A primera hora de la mañana del jueves 24 de mayo, en una silenciosa Basílica de San Pedro, el cardenal Angelo Comastri presidió una ceremonia tras la cual la urna con los restos de San Juan XXIII inició su peregrinaje hacia la localidad italiana de Bérgamo, diócesis en la que el amado Papa Roncalli prestó servicio durante sus primeros cuarenta años y hacia Sotto il Monte, pueblo que lo vio nacer el 25 de noviembre de 1881.

Esta peregrinación se lleva a cabo con motivo del 60 aniversario de su nombramiento como Sucesor de Pedro, el 28 de octubre de 1958, en el cuarto día del cónclave y contando con casi 77 años.

El recuerdo vivo de un Papa Santo

 

Serán 18 días de un camino marcado por la devoción de un pueblo que espera poder rezar ante el cuerpo de su amado Pontífice, y venerarlo a lo largo de varias etapas empezando hoy a las 15:30, con el recibimiento de la urna en la ciudad de Bérgamo, donde se congragaron miles de fieles y ciudadanos.

El recuerdo de Juan XXIII, sigue vivo en la memoria y en el corazón de tantas personas que a través de su legado han podido crecer en la fe y en el espíritu.

Las reliquias del Papa Santo, visitarán también su pueblo natal, Sotto il Monte, al cual regresaba cada año para descansar y describía como “un ambiente simple pero lleno de ejemplos de santos y enseñanzas preciosas”.

Y en este contexto, resuenan las palabras finales del cardenal Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro:

«Que este peregrinaje, que inicia en este momento, pueda sintonizar nuestro corazón con el corazón de este Santo Pontífice que todos han amado hasta tal punto, que en el momento de su santa muerte un periodista exclamó: “Si ha existido el Papa Juan XXIII, Dios existe”. Que esto se pueda decir también de cada uno de nosotros», concluyó el purpurado.

San Juan XXIII
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La disposición de Pablo VI frente a una posible renuncia al pontificado.

La carta secreta de Pablo VI con la que planteó su renuncia

Montini encomendó al cardenal decano y a la Curia la facultad para declararle inadecuado «en el caso de enfermedad incurable o de larga duración, o de otro grave impedimento»

Pablo VI

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Pubblicato il 16/05/2018
Ultima modifica il 16/05/2018 alle ore 21:08
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Nosotros, Pablo VI […] declaramos, en el caso de enfermedad que se presuma incurable o de larga duración […], o bien en el caso de otro grave y duradero impedimento […], renunciar» a «nuestro oficio». La carta súper secreta sobre la que se habían hecho muchas hipótesis pero que nadie había encontrado, fue claramente escrita por la mano del Papa Montini. Lleva la fecha del 2 de mayo de 1965, por lo que fue escrita cuando el Pontífice no estaba ni viejo ni enfermo, sino solamente dos años después de su elección, con el Concilio todavía en curso. Representa el gesto clarividente de un Papa que quiere poner a salvo a la Iglesia ante un eventual impedimento: una carta de renuncia anticipada, que habría sido entregada al cardenal decano para que la divulgara a los demás purpurados y declarar inadecuado al Pontífice. Es la novedad más significativa del libro “La barca de Pablo” (Ediciones San Pablo, 240 pp.), editado por el Regente de la Casa Pontificia, el padre Leonardo Sapienza, autor de varios ensayos con inéditos del Papa Montini. El volumen, que llegará en los próximos días a las librerías italianas, contiene un tesoro hasta ahora desconocido de documentos, cartas y recados del Papa Pablo VI.

 

La carta de dimisión (es más, las cartas, porque además de la que contiene la renuncia hay otra que la acompaña dirigida al Secretario de Estado) representa el inédito más impactante. Como se sabe, varios Pontífices del siglo pasado pensaron en la renuncia: Pío XII porque corría el peligro de ser secuestrado por Hitler, Juan XXIII porque estaba enfermo y ahora Pablo VI. Pero con Montini finalmente tenemos un documento escrito. Un documento que pudo haber leído, seguramente, Juan Pablo II, quien, a pesar de estar enfermo de Parkinson, decidió no retirarse. No fue sino su sucesor, Benedicto XVI, el primer Pontífice en dos mil años de historia de la Iglesia renunció porque ya no se sentía capaz de sostener el peso del Pontificado.

 

El texto “montiniano” que presenta el padre Sapienza en su libro es comentado también por Francisco: «He leído con estupor estas cartas de Pablo VI –escribió Bergoglio–, que me parecen un humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia; y una prueba más de la santidad de este gran Papa […] Lo que a él le importa son las necesidades de la Iglesia y del mundo. Y un Papa impedido por una grave enfermedad no podría ejercer con suficiente eficacia el ministerio apostólico».

 

El texto de la carta principal, «reservada» y dirigida al Decano del Sacro Colegio en papel membretado y con el escudo papal, comienza con un párrafo digno de un Padre de la Iglesia: «Nosotros, Pablo VI, por divina Providencia Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia universal, ante la presencia de la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo –habiendo invocado el nombre de Jesucristo, nuestro Maestro, nuestro Señor y nuestro Salvador…». Después de encomendarse a María y san José, llega la formulación de la renuncia, con lujo de detalles. «Declaramos: en el caso de enfermedad que se presuma incurable o de larga duración, y que nos impida ejercer suficientemente las funciones de nuestro ministerio apostólico; o bien en el caso de que otro grave y duradero impedimento equivalga a un obstáculo para ello, renunciar a nuestro sacro y canónico oficio, tanto como Obispo de Roma, como Cabeza de la misma Santa Iglesia católica, en las manos del Señor Cardenal Decano […] dejándole a él, conjuntamente al menos a los Señores Cardenales prepósitos a los Dicasterios de la Curia Romana y al Cardenal Vicario nuestro para la ciudad de Roma […] la facultad de aceptar y de hacer operativas estas nuestras dimisiones, que solamente el bien superior de la Santa Iglesia nos sugiere». En la parte inferior aparecen la firma autógrafa y la fecha: «en San Pedro, el domingo del Buen Pastor, II después de Pascua, el 2 de mayo de 2065, II de nuestro Pontificado».

 

Es interesante notar que Pablo VI no se refiere solamente a una enfermedad, sino también a la posibilidad de «otro grave y duradero impedimento». «Don Pasquale Macchi, el secretario del Papa –explicó a “La Stampa” monseñor Ettore Malnati– me dijo que Pablo VI había pensado en lo que estableció Pío XII en caso de deportación durante la guerra: quien lo hubiere secuestrado, no habría tenido como prisionero al Papa, sino solamente al cardenal Pacelli».

 

La carta del Papa Pablo VI

 

 

Este artículo fue publicado en la edición de hoy del periódico italiano “La Stampa”


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La renuncia de los obispos y del Papa. Reflexión del Papa Francisco.

Francisco: “Pienso en el momento en el que tendré que despedirme…”

En Santa Marta, el Papa recuerda el ejemplo de San Pablo que dejó Éfeso para ir a Jerusalén: «Le pido al Señor la gracia de despedirme así. En el examen de conciencia no saldré vencedor como él». A los obispos: sean pastores para la grey, no para la carrera

El Papa Francisco

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Pubblicato il 15/05/2018
Ultima modifica il 15/05/2018 alle ore 15:34
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

El Papa Francisco piensa en el momento de su despedida. Pero sin alarmas, no hay renuncias a la vista, sino simplemente la proyección de ese momento en el que, «como obispo», el Pontífice podrá decir, siguiendo las huellas de San Pablo: «Yo he recorrido este camino. Continúen ustedes». Precisamente partiendo del ejemplo del apóstol, que en la lectura de los Hechos de hoy se despide de los ancianos de la Iglesia de Éfeso para dirigirse a Jerusalén, el Papa desarrolló su homilía matutina de hoy, 19 de mayo, para la misa en la capilla de la Casa Santa Marta.

 

«El testamento de Pablo es un testimonio. Es también un anuncio. Es también un desafío», observó Bergoglio, según indicó Vatican News. «Qué lejos está este testamento –observó el Papa– de los testamentos mundanos: “Esto se lo dejo a aquel; a aquel o a aquel otro…”, tantos bienes. Pablo no tenía nada. Sólo la gracia de Dios, el coraje apostólico, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado a él».

 

«Cuando yo leo esto, pienso en mí», reveló Francisco, «porque soy obispo y debo despedirme. Le pido al Señor la gracia de poder despedirme así. Y en el examen de conciencia no saldré vencedor como Pablo… Pero el Señor es bueno, es misericordioso».

 

El Papa también dirigió un pensamiento a «todos los obispos», a los que, una vez más, recordó la prioridad de su ministerio: «Velar sobre la grey». «Velen por la grey; son obispos para la grey, para custodiar la grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, no», exhortó Francisco. Y pidió para todos los pastores «la gracia» de poderse despedir como San Pablo, cuando convocó a los presbíteros ancianos de la Iglesia de Éfeso «con este espíritu, con esta fuerza».

 

Pablo, comentó el Papa, «ante todo hace una especie de examen de conciencia. Dice lo que ha hecho por la comunidad y lo somete a su juicio». Parece «un poco orgulloso», dijo Francisco, pero en realidad «es objetivo». Sólo se vanagloria de dos cosas: «de sus propios pecados y de la cruz de Jesucristo que lo ha salvado».

 

«Obligado por el Espíritu», san Pablo debe ir a Jerusalén. «Esta experiencia del obispo, el obispo que sabe discernir al Espíritu, que sabe discernir cuando es el Espíritu de Dios el que habla y que sabe defenderse cuando habla el espíritu del mundo» es la que hay que tener bien presente, insistió Bergoglio.

 

El Apóstol es consciente, de alguna manera, de estar yendo «hacia la tribulación, hacia la cruz y esto nos hace pensar en la entrada en Jerusalén de Jesús, ¿no? Él entra para padecer y Pablo va hacia la pasión». «El apóstol –prosiguió el Pontífice– se ofrece al Señor, siendo obediente. Ese sentirse “constreñido” por el Espíritu. El obispo que va adelante siempre, pero según el Espíritu Santo. Éste es Pablo». «Es un pasaje fuerte, un pasaje que llega al corazón; es también un pasaje que nos hace ver el camino de cada obispo a la hora de despedirse», subrayó Francisco.

 

En esta despedida no hay testimonios mundanos: «No aconseja: “Este bien que dejo dénselo a éste; este otro a aquel, a aquel…”». No. Pablo afirma que no ha deseado para sí «ni plata ni oro, ni el vestido de nadie»; para él lo único que cuenta es encomendar a Dios a los presbíteros, con la certeza de que el Señor los custodiará y ayudará. «Su gran amor es Jesucristo. Su segundo amor, el rebaño. ‘Velen por ustedes mismos y por todo el rebaño’. Velen por la grey; son obispos para la grey, para custodiar la grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, no», insistió Francisco.

 

Y concluyó pidiendo la gracia, para «todos nosotros» de «podernos despedir así, con este espíritu, con esta fuerza, con este amor a Jesucristo, con esta confianza en el Espíritu Santo».


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Interesantes revelaciones de un exmayordomo de los últimos Papas

El mayordomo de tres Papas cuenta “un ‘milagro’ de Wojtyla”

El ayudante de cámara Angelo Gugel revela la oración de intercesión de san Juan Pablo II que ayudó a que naciera su cuarta hija. Y habla de aquel exorcismo en la Plaza San Pedro

El ayudante de cámara Angelo Gugel (izq.), durante una excursión con Juan Pablo II en los últimos años del Pontificado

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Pubblicato il 23/04/2018
Ultima modifica il 23/04/2018 alle ore 13:48
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

Angelo Gugel, que está cerca de sus 83 años, comienza a contar algunos episodios de su larga vida al lado de los Papas. El discreto y reservado “ayudante de cámara”, que fue gendarme pontificio al final del Pontificado de Pío XII, trabajó en el Gobernatorado durante el Pontificado de Pablo VI y en 1978, sorpresivamente, comenzó a ser el “mayordomo” de Juan Pablo II. Desde entonces no ha abandonado el aposento pontificio, pues ha ofrecido sus servicios sin interrupción al Papa Luciani, a su sucesor Karol Wojtyla (durante 27 años), y, a pesar de haber alcanzado la edad para jubilarse, durante los primeros meses del Pontificado de Benedicto XVI. Su sucesor como mayordomo en la casa del Papa fue Paolo Gabriele, protagonista del primer caso “vatileaks”. Durante esos meses difíciles, muchos en el Vaticano habrían querido contar nuevamente con el estilo impecable de Gugel, que ahora concedió una larga entrevista al periódico italiano “Corriere della Sera”, en la que narra algunos episodios de su vida al lado de los Papas, empezando por una gracia que recibió gracias a la intercesión de Juan Pablo II, a quien Gugel sostuvo en el vehículo ese 13 de mayo de 1981 por la tarde, cuando los disparos de Alí Agca casi acabaron con la vida del Pontífice polaco.

 

El “milagro” recibido por Gugel tiene que ver con su esposa, Maria Luisa Dell’Arche, con la que se casó en 1964. «Nuestra primogénita nació muerta», cuenta el ayudante de cámara, por lo que prometieron ponerle «como segundo nombre María a todos los hijos que la Virgen nos concediera. Llegaron tres: Raffaella, Flaviana y Guido. La cuarta se llama Carla Luciana Maria, en honor de Karol y del Papa Luciani. Nació en 1980, por intercesión de Wojtyla». Durante este último embarazo, explica Gugel, «surgieron gravísimos problemas en el útero. Los ginecólogos del Hospital Gemelli, Bompiani, Forleo y Villani, excluían que pudiera proseguir el embarazo. Un día Juan Pablo II me dijo: “Hoy celebré la misa por su esposa”. El 9 de abril Maria Luisa fue conducida al quirófano para una cesárea. Al salir, el doctor Villani comentó: “Alguien debe haber rezado mucho”. En el acta de nacimiento escribió: “7.15 hrs.”, el instante en el que la misa matutina del Papa se levaba a cabo en el Sanctus. Durante el desayuno, sor Tobiana Sobotka, superiora de las religiosas que trabajaban en el Palacio Apostólico, informó al Pontífice que había nacido Carla Luciana Maria. “Deo gratias”, exclamó Wojtyla. Y el 27 de abril él quiso bautizarla en la capilla privada».

 

Gugel también recordó cómo fue elegido como “mayordomo” del Papa Luciani. «Había sido mi obispo en Vittorio Veneto. Conocía a mi mamá y a mi esposa. Había ordenado a mi cuñado don Mario Dall’Arhce. Durante el Concilio, fui su chofer en Roma y una vez fue a cenar a nuestra casa. Me despedí de él en la vigilia del Cónclave. Él bromeó: “¿Espera que me salve el alma?”». Pero Gugel no se imaginaba que el Patriarca de Venecia habría salido vestido de blanco de aquel Cónclave del verano de 1978. «Tan es así que el 26 de agosto (el día en el que fue elegido Juan Pablo I, ndr.) alcancé a mi familia que estaba de vacaciones en Miane. El 3 de septiembre las monjas del asilo recibieron una llamada de Camillo Cibin, el jefe de la Gendarmería: “Díganle a Gugel que vuelva inmediatamente a Roma con un traje negro”. Corrí a comprármelo en Farra di Solgio y me precipité al Vaticano. El Papa Luciani me recibió de esta manera: “Usted está a mi servicio. Si yo falleciese, usted volvería a ocupar el mismo puesto que tenía antes”».

 

Gugel recuerda: «el primer domingo, después del Ángelus, le dije: “Santo Padre, ¿ha visto cuánta gente había en la Plaza San Pedro”. Y respondió: “Vienen porque el Papa es nuevo”. Pronunciaba discursos improvisando: “Es muy difícil hablar y escribir de manera simple”, me revelo». El fiel ayudante de cámara, que por la noche volvía a dormir con su familia, fuera del Vaticano, cuenta cómo se despidió del Papa el día que este falleció. Después de haberle servido la cena, «se despidió de mí a las 20.30: “Buenas noches, Angelo, nos vemos mañana”. Llegué al día siguiente después de las siete. Yacía en la cama. Me prostré para besarle las manos. El cuerpo todavía estaba tibio». Pero Gugel se dice triste al escuchar cuando se habla de complots y de homicidio: «Es una estupidez. Un día antes de su muerte, el Papa no se sentía bien. Yo mismo le llevé una pastilla antes de que se acostara. Comió muy poco en la cena. Recuerdo que habló en la mesa con sus secretarios sobre el “Preparación a la muerte”, el libro de San Alfonso María de Ligorio».

 

Inmediatamente después de la elección de Juan Pablo II, Gugel fue llamado nuevamente para servir al Papa.

 

Dos días después de la elección «el Sustituto de la Secretaría de Estado, Giuseppe Caprio, llamó a las 11.30 al Gobernatorado diciendo: “Que se presente el señor Gugel en el aposento privado del Papa, tal y como esté vestido”. Subí al último piso del Palacio Apostólico. Me temblaban las piernas. Solo había prelados polacos, yo era el único que hablaba italiano». Y precisamente esta característica transformó al mayordomo en ayudante de dicción para los primeros discursos papales. «Me quedé como estatua cuando, el 22 de octubre de 1978 por la mañana, antes de dirigirse a la Plaza San Pedro para el inicio solemne del Pontificado, el Santo padre me llamó a su estudio y me leyó la homilía que habría pronunciado poco después: “¡No tengan miedo! ¡Abran, es más abran de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengan miedo! ¡Cristo sabe qué hay dentro del hombre, sólo Él lo sabe!”. Me pidió que le indicara cuándo pronunciaba mal y, con el lápiz, se apuntó dónde debía pronunciar los acentos. Dos meses después, al reunirse con mis ex colegas de la Gendarmería, salió con una frase que me dejó de piedra: “Si me equivoco con el acento de alguna palabra, el 50 por ciento es culpa de Angelo”, y me sonrió».

 

Gugel también describió su experiencia personal sobre el exorcismo que celebró Juan Pablo II durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro: «Yo también estaba. Una chica blasfemaba y babeaba. Su voz era cavernosa. Un obispo se escapó por el miedo. El Santo Padre rezaba en latín, sin descomponerse. Al final le tocó la cabeza e inmediatamente el rostro de la endemoniada se relajó en una expresión de paz. Lo vi cumplir un rito análogo en un saloncito del Aula Nervi, también después de una audiencia».

 

Con respecto a las veces en las que el Papa Wojtyla salía de incógnito, Gugel revela: «digamos que no todas acababan en los periódicos. El Santo Padre adoraba las montañas de Abruzzo. Cuando Sandro Petrini, en 1984, se unió a nosotros para una excursión en el Adamello, durante el vuelo a Villafranca, en el Trentino, descubrimos que tenía miedo del helicóptero. En el refugio, los comensales insistían en que el presidente pronunciara el nombre del plato que nos habían preparado: “machaca-curas”. No hubo manera; es más, se irritó. No le quería faltar el respeto al Papa». El fiel mayordomo también indica que nunca escuchó, en 27 años, que Juan Pablo II «pidiera algo» en la mesa, porque «comía lo que encontraba». Y confirmó que al Papa le encantaba ponerle parmesano a la ensalada.

 

 

El momento que quedó impreso con mayor fuerza en su memoria fue el de la muerte de san Juan Pablo II. «El 2 de abril de 2005 toda mi familia fue admitida para que se despidiera de Karol Wojtyla, que estaba muriendo. La última que llegó fue Carla Luciana Maria. Apenas entró a la habitación, el Papa se despertó del torpor, abrió los ojos y le sonrió. Como para decirle: “Te reconozco, sé quién eres”».

 

Con Benedicto XVI Gugel permaneció como ayudante de cámara durante otros nueve meses, y después, de tanto en tanto, lo llamaban nuevamente. «Ya había cumplido 70 años. En el Vaticano es la edad de la jubilación. Me llamaban de nuevo en ocasiones particulares. Estuve con el Santo Padre en Castel Gandolfo durante todo el mes de agosto de 2010. Al final, le dije que había sentido como en familia. Respondió: “¡Pero si usted siempre está en familia!”». Sobre su sucesor como mayordomo, Paolo Garbiele, protagonista del primer caso “vatileaks” y quien fotocopió y filtró una enorme cantidad de documentos del escritorio del Papa, Gugel dice: «Me lo esperaba. Me habían pedido que lo entrenara. Pero no me parecía interesado en aprender».

 

Al final, el fiel y reservado mayordomo papal cuenta que ha vuelto a visitar al Papa Ratzinger: «Lo he encontrado muy lúcido. Solamente tiene problemas con las piernas. Se ve obligado a celebrar la misa sentado».


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Benedicto XVI cumple hoy 91 años

“Feliz cumpleaños Benedicto XVI”, el Papa de la dulzura

Hoy, 16 de abril, Joseph Ratzinger, Papa emérito cumple 91 años, y lo celebrará en un clima de serenidad y tranquilidad en el monasterio “Mater Ecclesiae” del Vaticano.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

El Papa emérito, Benedicto XVI cumple hoy 91 años, nació el 16 de abril de 1927 en Marktl, en Alemania. Fue elegido como Sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005. Renunció al ministerio petrino el 11 de febrero de 2013, y es Papa emérito desde el 28 de febrero de 2013.

El 17 de abril del año pasado, en su residencia, en el convento “Mater Ecclesiae” en el Vaticano, se tuvo una fiesta típica de la región alemana de Baviera para festejar sus 90 años. Un cumpleaños marcado por las costumbres de esta región con vestimentas típicas y folclóricas, acompañado por la música del grupo Schützen y la degustación de la cerveza típica bretzel. Antes de concluir la celebración, el Papa Benedicto XVI agradeció por haberlo hecho regresar – aunque sea por un momento – a su “bellísima tierra”.

“Feliz cumpleaños Benedicto XVI, el Papa de la dulzura”


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Cuál debe ser el perfil del Papa, según Ratzinger.

El perfil del Papa según Ratzinger: ni gran erudito ni gran diplomático, sino hombre de Dios

Las palabras que pronunció el entonces arzobispo de Múnich en un viaje a Ecuador: se tiene que ver «que rece, que crea, que encarne la santidad»

Benedicto XVI

Pubblicato il 15/03/2018
Ultima modifica il 15/03/2018 alle ore 14:14
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El Papa no debe ser un gran erudito, ni un gran diplomático, sino simplemente un hombre de Dios. La «primera cualidad» para ser Papa no es diferente de la que se necesita para ser sacerdote: no la «superioridad intelectual» o la «capacidad organizativa», sino una «huella de santidad».

 

En los últimos días se está discutiendo y polemizando sobre la carta con la que Benedicto XVI desmintió el «prejuicio insensato» que lo pinta solo como un «teórico» y a su sucesor como carente de formación teológica. Vale la pena recuperar algunas perlas olvidadas del magisterio de Joseph Ratzinger, que nos devuelven su auténtico pensamiento, tan alejado de algunos “clichés” en los que él mismo ha sido disminuido, tanto por ciertos sectores progresistas como por ciertos autoproclamados “ratzingerianos”.

 

 

El iluminadora la lectura de algunas páginas del volumen XII de la “Opera Omnia” de Joseph Ratzinger, editada por la Librería Editrice Vaticana en 2013. Se titula “Anunciadores de la Palabra y servidores de vuestra alegría”. Se trata de un discurso que pronunció en septiembre de 1978 el entonces cardenal arzobispo de Múnich y Frisinga durante un encuentro con los sacerdotes de Ecuador, a donde el futuro Papa viajó para participar como delegado pontificio para el Congreso Mariano Nacional de Guayaquil. Precisamente allí, en Ecuador, Ratzinger se enteró de la noticia de la muerte del Papa Luciani.

 

El cardenal recordó en esa ocasión, refiriéndose al Cónclave que se había llevado a cabo durante el mes de agosto con el que fue elegido, a la velocidad de la luz, Juan Pablo II, que «antes de la elección del Papa fue singular el hecho que con quien se hablara, religiosos o laicos, creyentes o no creyentes, católicos o no católicos, todos subrayaban lo mismo: elijan sobre todo a un hombre de Dios».

 

«El Papa –continuó Ratzinger esbozando un perfil basado en la simple tradición de la Iglesia– no debe ser un genio, no debe ser un gran diplomático, ni un gran erudito, sino un hombre de Dios: un hombre que se vea que rece, que crea; un hombre que encarne la santidad».

 

«Lo que vale para el Papa –afirmó el futuro Benedicto XVI, nuevamente volviendo a proponer los elementos fundamentales de la tradición–, vale fundamentalmente para cada sacerdote. La primera cualidad que se espera de él no es la capacidad organizativa o la superioridad intelectual, sino una huella de santidad».

 

Ratzinger observó en esa ocasión que «a la larga se puede desempeñar este ministerio solamente si se está profundamente arraigado en Dios, solamente si se vive interiormente en constante relación con el Señor. Por ello, la oración, incluso la oración contemplativa, es importante».

 

En otro pasaje del mismo discurso, el entonces arzobispo de Múnich de Baviera, propuso reflexiones que se reflejarían en su misma biografía y en su ser “Papa emérito”. Al referirse al sacerdote, afirmó: «Tampoco puede ser un trabajo a tiempo determinado: la grandeza del trabajo sacerdotal radica en que ofrece, a cada edad, una específica oportunidad. El sacerdote nunca es un fierro viejo… Cada edad tiene su específica importancia: el fervor de los jóvenes es importante cuanto la madurez de los ancianos. Precisamente la sabiduría, la calma, el sufrimiento de estos últimos son un verdadero aporte, que demuestra que el trabajo del sacerdote siempre es significativo y capaz de empeñar al hombre hasta el final».

 

 


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Cómo celebra el Papa su quinto aniversario.

Monseñor Becciu: nada de fiestas particulares, el Papa trabaja sereno

En el quinto aniversario del Pontificado, el Sustituto de la Secretaría de Estado durante la presentación del libro “Francisco el rebelde”: sufre cuando le acusan de traicionar la doctrina, pero sigue adelante

Monseñor Becciu

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Pubblicato il 13/03/2018
Ultima modifica il 13/03/2018 alle ore 18:36
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

Es un hombre «y, por lo tanto, sufre» cuando «hay ciertas críticas gratuitas, ciertas críticas que le llegan al punto más esencial de su ser, el de traicionar la doctrina de la Iglesia», pero el Papa Francisco procede «sereno». En el quinto aniversario del Pontificado, monseñor Angelo Becciu, Sustituto de la Secretaría de Estado intervino durante la presentación del libro del padre Enzo Fortunato “Francisco el rebelde” (Mondadori). Al margen del evento respondió a algunas preguntas de los periodistas. Benedicto XVI «ha amado, desde el primer momento, al Papa Francisco». Y, si la reforma de la Curia, para utilizar una frase de Jorge Mario Bergoglio, es como limpiar una esfinge con un cepillo de dientes, «cepillo de dientes, sí, pero con determinación», comentó Becciu. Ayer por la tarde el Sustituto se encontró con el Pontífice argentino e indicó que se encontraba «sereno y contento». En relación con el quinto aniversario del Cónclave, «nada de fiestas particulares, es más, tenía la tabla de marcha y de encuentros, y seguía como si nada».

 

«Ayer estábamos juntos», dijo monseñor Becciu, «lo felicité y le prometí que hoy habríamos dado gracias a Dios por el don que nos hizo al dárnoslo como Papa. Estaba sereno. Y dijo que también él agradecía por el don de la Iglesia que está guiando; entonces, estaba sereno y contento. Pero nada de fiestas particulares, es más, tenía la tabla de marcha y de encuentros, y seguía como si nada».

 

Hoy también hubo críticas contra el Pontificado de Francisco por parte de algunos católicos. ¿Cómo las vive él estas críticas?

 

Está sereno, sabe afrontar según la máxima jesuita del tercer grado de ascética que hay que ser indiferentes a las cosas. Pero es un hombre y, por lo tanto, sufre también cuando hay ciertas críticas gratuitas, ciertas críticas que le llegan al punto más esencial de su ser, el de traicionar la doctrina de la Iglesia. Esto no, no lo acepta y es la acusación más grave que uno pueda hacerle. Él siempre se ha proclamado hijo fiel de la Iglesia, listo para dar la vida con tal de defender la pureza de la doctrina. Por lo demás, trata de estar alejado y seguir adelante. Es un ejemplo también para nosotros: a veces nosotros vamos a contarle nuestras cosas, por alguna crítica que hemos recibido, y nos dice: “¡Y ustedes de qué se quejan!”. Es un ejemplo de fortaleza, serenidad y valor.

 

Ayer el Papa Benedicto XVI lo defendió con la carta que envió por la publicación de una colección de libros sobre la teología del Papa.

 

Una carta magnífica. Y no podía ser de otra manera. El Papa Benedicto siempre ha amado, desde el primer momento, al Papa Francisco, y lo ha sentido como su sucesor, como aquel que rige a la Iglesia y a quien hay que manifestar obediencia y devoción.

 

La reforma de la Curia, mientras tanto, ¿procede como si se limpiara «una esfinge con un cepillo de dientes»?

 

Fue una buena ocurrencia esa del cepillo de dientes, ¡y ha hecho sonreír un poco a todos! Pero él tiene valentía y fuerza, y también esto sigue adelante. Como ustedes han visto, algunas reformas y algunos cambios ya han sido puestos en marcha. Pero no es fácil, no es fácil porque no es que se puede cambiar de un momento a otro una estructura tan compleja en la que valen las normas civiles, las normas canónicas, está también el aspecto doctrinal y hay que hacer que coincidan los diferentes aspectos. Cepillo de dientes, sí, pero con determinación.

 

¿Qué tan importante es para ello el ejemplo de San Francisco?

 

El Papa dio un mensaje desde el principio al elegir el nombre de Francisco. Ha demostrado gran predilección por el santo de Asís. Pero, sobre todo, al vivir su estilo de Papa se manifiesta el deseo de ser radical, como lo fue Francisco al vivir el Evangelio.

 

¿Un santo rebelde y un Papa rebelde?

 

Pocos días después de su elección, me dijo: “Pero, ¿estoy rompiendo el protocolo? ¿Estoy dando fastidio?”. “Pues, Santo Padre…”. Desde los primeros días su decisión de querer ir más allá de ciertas reglas modificables fue clara, y él las modificó inmediatamente. El protocolo no debe ser una cárcel, sino que debe servir para manifestar mejor el ejercicio del ministerio.

 

 

Participaron en la presentación del libro en el Instituto Struzo, hoy por la tarde, el director del periódico italiano “L’Espresso”, Marco Damilano, el padre Mauro Gambetti y Angelo Chiorazzo. Estaban presentes el cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario del Sínodo de los Obispos, el presidente de la Comunità di SantÈgidio, Marco Impagliazzo, y el comandante de la Gendarmería vaticana Domenico Giani.