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Coincidencia doctrinal de Benedicto XVI y Papa Francisco en su actitud ante los abusos de menores. (Comentario de Tornielli)

Los 92 años de Benedicto y ese “camino penitencial” que une a dos pontificados

El cumpleaños del Papa emérito va acompañado de este año por el debate en torno a sus escritos sobre los abusos. Una lectura de tres documentos que unen a los dos últimos Obispos de Roma en la lucha contra esta plaga

Andrea Tornielli

El Papa emérito llega a la meta de sus 92 años y esta vez su cumpleaños va acompañado por un animado debate en torno a uno de sus escritos, algunos de sus “apuntes” – como él mismo los ha llamado – dedicados al tema del abuso contra menores. En ese texto, Benedicto XVI se pregunta cuáles son las respuestas correctas a la plaga de los abusos y escribe: “El antídoto contra el mal que últimamente nos amenaza a nosotros y al mundo entero sólo puede consistir en el hecho de que nos abandonemos” al amor de Dios. No puede existir ninguna esperanza en una Iglesia hecha por nosotros, construida por las manos del hombre, que confía en sus propias capacidades. “Si reflexionamos sobre qué hacer, es evidente que no necesitamos otra Iglesia inventada por nosotros”. Hoy “la Iglesia es vista en gran parte sólo como una especie de aparato político” y “la crisis causada por muchos casos de abusos por parte de sacerdotes nos impulsa a considerar a la Iglesia incluso como algo mal hecho que decididamente debemos tomar en nuestras manos y formar de una manera nueva. Pero una Iglesia hecha por nosotros no puede representar ninguna esperanza”.

Al celebrar el cumpleaños de Joseph Ratzinger puede ser útil subrayar, el enfoque que tanto Benedicto XVI como su sucesor Francisco han adoptado ante los escándalos y los abusos contra menores. Una respuesta poco mediática y poco pomposa, que no se presta a ser reducida a eslóganes.

Es una respuesta que no se basa en las estructuras (aunque sean necesarias), en las nuevas normas de emergencia (igualmente necesarias) o en los protocolos cada vez más detallados y precisos para garantizar la seguridad de los niños (de todos modos indispensables): todos instrumentos útiles ya definidos o en proceso de definición. La de Benedicto primero, y la de Francisco, es una respuesta profunda y sencillamente cristiana. Para entenderlo basta releer tres documentos. Tres cartas al pueblo de Dios, en Irlanda, en Chile y en el mundo entero, que dos Papas han escrito en los momentos de mayor tensión por los escándalos.

Al escribir a los fieles de Irlandaen marzo de 2010, el Papa Ratzinger explicaba que “las medidas para contrarrestar adecuadamente los delitos individuales son esenciales, pero por sí solos no bastan: hace falta una nueva visión que inspire a la generación actual y a las futuras a atesorar el don de nuestra fe común”.

Benedicto XVI invitaba “a todos a ofrecer durante un año, desde ahora hasta la Pascua de 2011, las penitencias de los viernes para este fin. Os pido que ofrezcáis vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de la Sagrada Escritura y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia en Irlanda. Os animo a redescubrir el sacramento de la Reconciliación y a aprovechar con más frecuencia el poder transformador de su gracia”.

“Hay que prestar también especial atención – añadía el Papa – a la adoración eucarística”. Oración, adoración, ayuno y penitencia. La Iglesia no acusa a los enemigos externos, es consciente de que el ataque más fuerte proviene de los enemigos internos y del pecado en la Iglesia. Y el remedio propuesto es el redescubrimiento de lo esencial de la fe y de una Iglesia “penitencial”, que se reconoce necesitada de perdón y de ayuda desde lo Alto. El corazón del mensaje, impregnado de humildad, dolor, vergüenza, contrición, pero al mismo tiempo abierto a la esperanza, es la mirada cristiana, evangélica.

 

Ocho años después, el 1° de junio de 2018, se hace pública otra carta de un Papa a los cristianos de un país afectado por el escándalo de la pedofilia. Es la carta que Francisco envía a los chilenos.

“Apelar a ustedes, pedirles oración no fue un recurso funcional – escribe – como tampoco un simple gesto de buena voluntad”. Por el contrario, “quise poner el tema donde tiene que estar: la condición del Pueblo de Dios (…). La renovación en la jerarquía eclesial por sí misma no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa. Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos”.

El Papa Bergoglio insiste en el hecho de que la Iglesia no se construye a sí misma, no confía en sí misma: “Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo”.

Se llega así al 20 de agosto de 2018, a la carta de Francisco al pueblo de Dios sobre el tema de los abusos. La primera de un Pontífice dirigida a los fieles de todo el mundo sobre este tema. También este nuevo llamamiento al pueblo de Dios se cierra del mismo modo:

“Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor, que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el ‘nunca más’ a todo tipo y forma de abuso”.

Además, la penitencia y la oración “nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”.

Una vez más, Francisco propone un camino penitencial, lejos de todo triunfalismo – tal como lo reafirmó en su homilía de este Domingo de Ramos – y de la imagen de una Iglesia fuerte y protagonista, que busca ocultar sus debilidades y su pecado. La misma propuesta de su predecesor.


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Crítica de un vaticanista a la intervención pública de Benedicto XVI sobre el abuso de menores.

Francisco y la sombra de Ratzinger; la coexistencia que pesa sobre el Vaticano

Hace seis años renunció el Pontífice alemán a la Cátedra de Pedro, con lo que llegó la elección de Bergoglio: un caso único para la Iglesia. Los «apuntes» de Benedicto XVI sobre la pederastia abren la cuestión «consustancial» y desencadenan acusaciones a su entorno

Francisco visitando al Papa emérito Benedicto XVI

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Pubblicato il 15/04/2019
Ultima modifica il 15/04/2019 alle ore 17:42
DOMENICO AGASSO JR
CIUDAD DEL VATICANO

Por primera vez en seis años el Vaticano se queda chico para «dos Papas». O, mejor dicho, para el Pontífice y para el emérito. Los «apuntes» de Benedicto XVI sobre la pederastia podrían llegar a crear una fracutra en esta situación única: la coexistencia de dos sucesores de San Pedro dentro del «recinto de Pedro». Hasta ahora, el equilibrio se había mantenido gracias a la relación afectuosa entre ambos, además de la prudencia del Papa emérito, pero ahora la Santa Sede sufre debido al peso de esta coexistencia. Se plantea, pues, una cuestión «consustancial» sobre el papel del Papa emérito.

Partiendo del presupuesto de que el Papa es el Obispo de Roma, quien subraya esta nueva cuestión alude a las indicaciones para «el ministerio de los obispos», en el que se lee: «El emérito desempeñará su actividad siempre de acuerdo y en dependencia del Obispo, para que todos comprendan claramente que solamente este último está encargado del gobierno». Los apuntes de Benedicto XVI sobre la pederastia abren la “consustancial” cuestión y desencadenan acusaciones a su entorno. Más allá del contenido del texto de Ratzinger (en el que critica la teología progresista y escribe que el colapso espiritual debido a la pederastia comenzó en con el ’68), nunca como en esta ocasión la forma se convierte en contenido. En el Vaticano se vive un clima tenso, porque muchos consideran que, con esta aparición, Ratzinger no ha permanecido «oculto al mundo» como había anunciado después de renunciar al Papado. Y, agravando la situación, surge nuevamente el tema de la pederastia, decisivo en el Pontificado de Bergoglio y para toda la Iglesia.

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La acusación es explícita: el Papa emérito interviene con un texto que puede representar «una línea pastoral y teológicamente paralela a la del Papa», por lo que se presta a ser instrumentalizado como arma por los adversarios de Francisco.

Entre todas las “rarezas” encontradas, está, por ejemplo, el descuido de casos emblemáticos como el de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que comenzó a cometer sus primeros abusos sexuales en la década de los años 40, mucho antes del ’68, y que no pertenecía precisamente de la corriente progresista. Al mismo tiempo las afirmaciones ratzingerianas son consideradas por la galaxia conservadora y tradicionalista de la Iglesia como palabras de verdad necesarias y urgentes para salvar la «barca de Pedro», que se estaría hundiendo. Un poco como “tuiteó” el cardenal Robert Sarah: «Debemos agradecer al Papa Emérito por haber tenido el valor de hablar. Su análisis de la crisis en la Iglesia es de fundamental importancia».

Las acusaciones caen principalmente sobre el entorno de Ratzinger, acusado de querer insistir en continuar de alguna manera con el Pontificado ratzingeriano, dando por cierta la tesis de que en realidad el verdadero Papa sería el alemán y no el argentino. El primero de los indicios serían las modalidades de esta nueva operación mediática, con la participación de los medios católicos y no católicos que en los Estados Unidos forman parte del aparato que produce constantemente propaganda contra el Papa Francisco.

Además, se pone en duda la autenticidad del largo artículo. Según sostiene Luis Badilla, director del blog “Il Sismografo”, cercano al Vaticano: «El férreo círculo alrededor de Ratzinger se ha sustituido en no pocas ocasiones al Papa emérito». Y, según declara Gian Franco Svidercoschi, ex vicedirector de “L’Osservatore Romano”, autor del panfleto “Iglesia, líbrate del mal. El escándalo de un creyente ante la pederastia”: la incertidumbre «es casi obligada, vinculada a las precarias condiciones de salud, no solo física, de Ratzinger». Por lo que se habría creado una «acrimonia que no le pertenece». Si alguien pudiera «responder que no es así –prosigue–, ¿entonces por qué no se limitó a transmitir estos “apuntes” a Francisco?». Svidercoschi cree que, aunque hubieran sido advertidos tanto «Parolin como el Papa Francisco», no se «atenúa la gravedad de un gesto inevitablemente interpretado como un ataque contra Bergoglio». Sobre todo porque, «¿cómo habrían podido responder “no” a una petición del Papa emérito?». Además, el personal que colabora con Ratzinger, con esta «coordinación internacional anti-Francisco, pone también en dificultades a Ratzinger, obligado a tener un papel que no quiere. Sufre nuevamente otra imposición». Explica: después de la renuncia, «él quería llamarse padre Benedicto y no asumir el título de emérito, ni estar vestido de blando ni vivir en el Vaticano. Pero después alguien lo forzó».

LEA TAMBIÉN: “La coexistencia entre los dos Papas es posible solamente si el Emérito sabe permanecer invisible”


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El documento de Benedicto XVI sobre la iglesia y los abusos sexuales. Traducción de Aci prensa.

El documento de Benedicto XVI sobre la Iglesia y los abusos sexuales

Redacción ACI Prensa

Benedicto XVI. Foto: © Vatican Media/ACI Prensa

Benedicto XVI. Foto: © Vatican Media/ACI Prensa

En el texto “La Iglesia y los abusos sexuales” el Papa Benedicto XVI ofrece sus reflexiones sobre la actual situación eclesial y expone sus propuestas para enfrentar esta grave crisis.

El texto (escrito en alemán) está dividido en tres partes. En la primera presenta el contexto histórico desde la década de 1960, en la segunda se refiere a los efectos en la vida de los sacerdotes y en la tercera hace una propuesta para una adecuada respuesta de la Iglesia.

Originalmente iba a ser publicado en Semana Santa por el Klerusblatt, periódico mensual para el clero en la mayoría de diócesis bávaras de Alemania; sin embargo fue filtrado este miércoles 10 de abril por el New York Post.

ACI Prensa ofrece la traducción al español del documento, un aporte de Benedicto XVI para “ayudar en esta hora difícil” de la Iglesia, como el mismo Papa Emérito escribe.

A continuación, el texto completo del Papa Emérito Benedicto XVI:

La Iglesia y el escándalo del abuso sexual

Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.

Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el “Klerusblatt”.

Mi trabajo se divide en tres partes.

En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción.

En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.

Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia.

I.

(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.

Efectos similares se lograron con el “Sexkoffer” publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).

Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.

Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.

Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.

Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.

(2) Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo.

Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.

Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.

Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo.

En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.

La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (cf. D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)

El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.

Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.

Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.

El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.

Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.

El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.

En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.

Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.

Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.

La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humanoEl Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).

La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.

II.

Las reacciones eclesiales iniciales

(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.

En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.

Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.

De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.

Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.

La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.

(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.

Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.

Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (Mc 9,42).

La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.

El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.

Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.

Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.

En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de “Delicta maiora contra fidem“.

Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.

Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.

La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.

En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.

Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.

III.

(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.

Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.

Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.

Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.

En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.

Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.

Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.

¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.

Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.

De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.

Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.

Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.

La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.

En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.

Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.

(3) Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.

Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.

De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.

Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.

En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.

La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Jon actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara”. (Job 2,4f).

Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.

El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.

La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.

Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos (“martyres“) en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.

La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.

El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.

Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.

Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!

Benedicto XVI

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Qué han dicho Papa Francisco y Benedicto XVI sobre el origen de los casos de pederastia. Análisis de la revista SJ America

Pope Francis pays a pre-Christmas visit to retired Pope Benedict XVI on Dec. 21, 2018, in the Mater Ecclesiae monastery. (CNS photo/Vatican Media)Pope Francis visits retired Pope Benedict XVI on Dec. 21, 2018, in the Mater Ecclesiae monastery. (CNS photo/Vatican Media)

Our church’s divisions can make it hard, sometimes, to hear popes unfiltered—even when they are retired. Benedict XVI’s three-part reflection on clerical sex abuse has been variously greeted as a shot across the bow of Pope Francis’ anti-abuse strategy, as a vindication of Archbishop Carlo Maria Viganò’s attack on Francis last summer and as a ham-fisted intervention that will feed the nostalgia for the church before the Second Vatican Council.

The optics of the release reinforced these ideas: Why is that only media outlets which have been highly critical of Pope Francis had the translated text before anyone else, each claiming it as an exclusive?

Why is that only media outlets which have been highly critical of Pope Francis had the translated text before anyone else?

But I think the intention and nature of his text is what Benedict XVI says it is: a helpful contribution. The recent summit called by Pope Francis in Rome to tackle clerical sexual abuse got him thinking about how he could assist “in this difficult hour,” he writes.

“I had to ask myself—even though, as emeritus, I am no longer directly responsible—what I could contribute to a new beginning,” he writes in the article. So he came up with some thoughts, asked Pope Francis if he could publish them and sent the 6,000 words to a Bavarian clergy periodical.

The reflections are mostly unsurprising to anyone familiar with Benedict’s thinking, but there are some intriguing nuggets along with some crude generalizations, and in his third part I see significant backing for Francis’ approach.

The first part, seeking the origins of the abuse crisis, restates Benedict’s well-known horror at the cultural and sexual “revolutions” in the West in the 1960s and their effects on the church. In linking this outbreak of permissiveness to sex abuse, he is on firm ground: The John Jay College of Criminal Justice reports of 2004 and 2011, commissioned by the U.S. bishops, locate the greatest frequency of abuse in the 1970s, coming down gradually in the 1980s. Virtually every other major study since shows the same.

What is the connection? Benedict blames a collapse in Catholic moral theology that left the church “defenseless” against these changes in wider society. This is not an attack on the theology of the Vatican II. Benedict notes approvingly that the Council had sought to root moral theology in Scripture rather than natural law, but he says that theologians never quite succeeded (at least at the time) in expressing a “systematic” morality capable of replacing the old natural-law edifice, and so the church ended up in a halfway house of morality needing to be determined by “the purposes of human action.”

Benedict blames a collapse in Catholic moral theology that left the church “defenseless” against changes in wider society. But this is not an attack on Vatican II.

That account is arguable, but again it sits well with the the John Jay study’s claim that pre-conciliar formation left clergy ill-prepared to deal with the sudden and open eroticization of relationships around them. Part of that eroticization was, as Benedict says, to destigmatize pedophilia. Again, he is right: It is quite astonishing to look back at 1970s television programs to find candid discussions about the legalization of sex with minors.

It is clear that Benedict believes passionately in the mission to root morality in the Gospel rather than any code of law because he concludes that first section by arguing that “the image of God and morality belong together and thus result in the particular change of the Christian attitude towards the world and human life.”

The way out of sex abuse, in other words, is not a restorationist return to natural-law moral codes but a deep-seated relationship with God. This is a point Benedict returns to in the third part of his article, when he speaks of the risk of theologians being “masters of faith” rather than “renewed by faith”—that is, considering God as an abstract idea rather than “presenting” God, or inviting people to know God.

The way out of sex abuse is not a restorationist return to natural-law moral codes but a deep-seated relationship with God.

The second part of the article, on the church’s evolving legal response to abuse, is also interesting. Rather than blame the lack of willingness to make use of canon law in the post-conciliar period, as he has often done in the past, he criticizes an imbalance in the law itself that he calls “guarantorism.” He argues that guarantorism caused canon law to guarantee the rights of the accused to such an extent that canonical convictions were practically impossible (which may be one reason few bishops had much faith in it).

In explaining why he persuaded St. John Paul II to allow his Congregation for the Doctrine of the Faith to take over the handling of sexual abuse cases, he argues that canon law must not only protect the rights of the accused but also “protect the Faith, which is also an important legal asset.” In other words, the rights of the accused are not the only “good” being weighed in a case; there is also the faith of the church that is imperiled by abuse. He expresses frustration that people (canonists? bishops? he does not say) do not readily grasp this point.

Yet clearly this was part of the jurisprudential thinking that went into the motu proprio “Sacramentorum sanctitatis tutela,” (2001), which established the reforms to canon law the then-Cardinal Ratzinger created under the Vatican’s chief prosecutor, Archbishop Charles Scicluna; this led to many hundreds of priests being tried and punished over the following decade. Benedict sees the same regime still in place today, and he salutes Francis’ reforms to bolster the process with more staff and swifter procedures.

Benedict warns against a ‘self-made church’

Benedict’s third part contains to me his most important—and helpful—suggestions. Noting how the crisis has led some to see the church “as something almost unacceptable, which we must now take into our own hands and redesign,” he warns that “a self-made Church cannot constitute hope.”

It seems obvious that this is a riposte to many of the right-wing responses to institutional failure that treat the church as a kind of renegade corporation needing a purge of bad employees under new management. This was the kind of thing called for last October by the Napa Institute and the “Red Hat Report,” inspired by the attack on Francis by Archbishop Viganò.

Benedict does not use the word, but Francis did recently on his return from Morocco, when he warned of “the church’s danger today of becoming Donatist, making human regulations that are necessary, but limiting ourselves to this and forgetting the other spiritual dimensions, prayer, penitence and self-accusation.” Francis similarly warned the U.S. bishops on the eve of their New Year’s retreat that “many actions can be helpful, good and necessary, and may even seem correct, but not all of them have the ‘flavor’ of the Gospel.”

Both the pope and the pope emeritus are at one in defending the freedom of the church to be redeemed by God’s mercy, and in opposing any attempt at neo-Donatist reform.

Is this not Benedict’s point, when he follows his master St. Augustine—who battled the Donatists of his day—in calling up Jesus’ descriptions of the church as a fishing net containing both good and bad, or a field in which both wheat and darnel grow?

It is essentially a Donatist temptation—one to which many followers of Archbishop Viganò succumb—to want to create a church of the pure, to see the church as irredeemably bad and needing to be replaced by “a better Church, created by ourselves,” in Benedict’s words. He describes this idea as “in fact a proposal of the devil, with which he wants to lead us away from the living God, through a deceitful logic by which we are too easily duped.”

Rather, he writes, “the Church of God also exists today, and today it is the very instrument through which God saves us.” It persists in the “many people who humbly, believe, suffer and love, in whom the real God, the loving God, shows Himself to us.”

When I read this I could not help but think of Francis’ long speech to the clergy of Romeat the start of Lent, when he told them not to be discouraged by the scandals, how “the Lord is purifying his bride and is converting us all to himself…. He is saving us from hypocrisy, from the spirituality of appearances. He is blowing his Spirit to restore beauty to his bride caught in flagrant adultery.”

Surprise, surprise. Both the pope and the pope emeritus are at one in defending the freedom of the church to be redeemed by God’s mercy, and in opposing any attempt at neo-Donatist reform.

They are very different men, and very different popes. But on the fundamentals, there seems to be little distance between them. That is why it is not just courtesy for Benedict to sign off by thanking Francis “for everything he does to show us, again and again, the light of God, which has not disappeared, even today.”


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Importante artículo de Benedicto XVI sobre la iglesia y el mundo en los últimos años.

El Papa Francisco saluda al Papa Emerito Benedetto XVI (Foto de archivo)El Papa Francisco saluda al Papa Emerito Benedetto XVI (Foto de archivo)  (Vatican Media)

Benedicto XVI: volver a Dios para superar la crisis de los abusos

El Papa Emérito aborda en un texto el escándalo de los abusos en la Iglesia: una crisis hecha posible por el eclipse progresivo de la fe en Dios.

Sergio Centofanti – Ciudad del Vaticano

“La fuerza del mal proviene de nuestro rechazo del amor de Dios (….) Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino hacia la redención de los hombres”, así lo escribe el Papa Emérito Benedicto XVI en un largo texto escrito para la revista alemana “Klerusblatt” y difundido por la Agencia CNA, en el que aborda la plaga de los abusos a menores cometidos por miembros del clero.

Gratitud al Papa Francisco

Benedicto XVI toma inspiración del Encuentro del pasado mes de febrero sobre la protección de los menores en la Iglesia, promovido por el Papa Francisco para dar “una señal fuerte” y “hacer que la Iglesia vuelva a ser creíble como luz de los pueblos y como fuerza que ayuda en la lucha contra los poderes destructivos”. Afirma que quiere dar su contribución a esta misión “a pesar que ya no tiene ninguna responsabilidad directa como Emérito” y agradece al Papa Francisco “por todo lo que hace para mostrarnos continuamente la luz de Dios que aún hoy no ha llegado al ocaso”.

La revolución sexual de los años 60

El texto se divide en tres partes. En la primera parte, Ratzinger habla del contexto social, la revolución sexual iniciada en los años 60. Es en este período – escribe – que la pedofilia se consideraba “permitida” y también “conveniente”. En este período se registran “el colapso de las vocaciones sacerdotales” y “el enorme número de dimisiones del estado clerical”, junto con el “colapso de la teología moral católica” que – afirma Benedicto XVI – comienza a ceder a las tentaciones relativistas. Según cierta teología – observa – “no podía haber algo absolutamente bueno o menos aún algo siempre malo, sino sólo evaluaciones relativas. Ya no había nada bueno, sino sólo lo que es relativamente mejor en este momento y dependiendo de las circunstancias”.

Protestas contra el magisterio de la Iglesia

Ratzinger cita la Declaración de Colonia de 1989, firmada por 15 teólogos católicos, que se convierte en “un grito de protesta contra el Magisterio de la Iglesia” y contra Juan Pablo II. En este periodo nace la Encíclica Veritatis splendor, publicada en 1993, que contiene “la afirmación de que hay acciones que no pueden jamás llegar a ser buenas”. “En amplios sectores de la teología moral – agrega – se desarrolla “la tesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener moral propia”, una concepción – observa – que “cuestiona radicalmente la autoridad de la Iglesia en el campo moral” y que, en última instancia, “obliga a silenciarla precisamente allí donde está en juego la frontera entre verdad y mentira”.

Consecuencias en los seminarios

En la segunda parte del texto, el Papa Emérito habla de las consecuencias de este proceso sobre la formación y la vida de los sacerdotes. “En varios seminarios – escribe – se formaron clubes homosexuales que actuaban más o menos abiertamente”. “La Santa Sede conocía estos problemas, sin haber sido informada en detalle”. “El sentimiento del Concilio se entendía, en efecto, como una actitud crítica o negativa hacia la tradición vigente hasta ese momento, que ahora debía ser sustituida por una nueva relación, radicalmente abierta, con el mundo” hasta “desarrollar una especie de nueva y moderna “catolicidad””.

La respuesta de la Iglesia a los abusos

Benedicto XVI subraya que la cuestión de la pedofilia, que él recuerda, “sólo se hizo candente en la segunda mitad de los años 80” y que en un primer momento se trató de una manera blanda y lenta, garantizando en particular los derechos de los acusados, haciendo que las condenas sean casi imposibles. Por eso, concuerda con Juan Pablo II en la conveniencia de atribuir a la Congregación para la Doctrina de la Fe la competencia en materia de abusos contra menores, a fin de “poder imponer legítimamente la pena máxima”, a través de “un verdadero proceso penal”: la dimisión del estado clerical. Sin embargo, hubo retrasos que “deberían haberse evitado”. Por esta razón – observó – “el Papa Francisco emprendió nuevas reformas”.

El antídoto al mal es abandonarse al amor de Dios

En la tercera parte del texto, Benedicto XVI se pregunta cuáles son las respuestas correctas de la Iglesia. “El antídoto contra el mal que nos amenaza a nosotros y al mundo entero – dice – sólo puede consistir últimamente en el hecho de que nos abandonemos” al amor de Dios: “Éste es el verdadero antídoto contra el mal”. “Un mundo sin Dios sólo puede ser un mundo sin sentido”, en el que ya no existen “los criterios del bien y del mal”, sino sólo la ley del más fuerte: “El poder se convierte entonces en el único principio. La verdad no cuenta, al contrario, no existe realmente”. Hay una fuerte acusación contra la sociedad occidental “en la que Dios está ausente en la esfera pública y para la que no tiene nada más que decir”. Y por eso es una sociedad en la que el criterio y la medida de lo humano se pierde cada vez más” y puede llegar a ser “obvio lo que es malo y destruye al hombre”, como en el caso de la pedofilia: “Teorizada, no hace mucho, como completamente correcta, se ha extendido cada vez más”. La respuesta a todo esto – escribe – es volver “de nuevo a aprender a reconocer a Dios como fundamento de nuestra vida”.

La fe en la Eucaristía

En esta perspectiva de retorno a Dios, el Papa Emérito habla también de la necesidad de renovar la fe en la Eucaristía, a menudo degradada a un “gesto ceremonial” que destruye “la grandeza del misterio” de la muerte y resurrección de Cristo. En cambio, es necesario “comprender de nuevo la grandeza de su pasión, de su sacrificio. Y debemos hacer todo lo posible para proteger el don de la Sagrada Eucaristía de los abusos”.

Ninguna esperanza de una Iglesia hecha por nosotros

“Si reflexionamos sobre qué hacer – explica – es evidente que no necesitamos otra Iglesia inventada por nosotros”. “Hoy en día, la Iglesia es vista en gran parte sólo como una especie de aparato político”. “La crisis causada por muchos casos de abusos por parte de los sacerdotes nos empuja a considerar a la Iglesia incluso como algo mal hecho que debemos tomar en nuestras manos y formar de una manera nueva y decisiva. Pero una Iglesia hecha por nosotros no puede representar ninguna esperanza”.

Las mentiras del diablo

Benedicto XVI señala la acción del diablo, el acusador que “quiere demostrar que no hay hombres justos”, denigrando así también a Dios: “No, aún hoy la Iglesia no está formada sólo por malos peces y cizaña. La Iglesia de Dios está allí también hoy, y también hoy es el instrumento con el que Dios nos salva. Es muy importante contrastar las mentiras y medias verdades del diablo con toda la verdad: sí, el pecado y el mal están presentes en la Iglesia. Pero también hoy existe la santa Iglesia que es indestructible”. “La Iglesia de hoy es como nunca antes una Iglesia de mártires y, por tanto, testigo del Dios vivo”.

El Papa Francisco muestra que la luz de Dios no ha pasado

Al final del texto, el Papa Emérito observa que “ver y encontrar la Iglesia viva es una tarea maravillosa que nos fortalece y que siempre nos hace regocijarnos en la fe”. Y concluye expresando su gratitud al Papa Francisco por lo que está haciendo para mostrar a todos que la luz de Dios también hoy no ha pasado: “¡Gracias, Santo Padre!”.


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Diversidad de reacciones ante los abusos contra menores. Análisis

La cumbre sobre abusos y la insidia “donatista”

Ante al abismo de la pederastia clerical, la reacción neo-rigorista homo-sexofóbica y la reacción tecnócrata “políticamente correcta” acaban compartiendo reflejos condicionados afines a una antigua herejía, que en los primeros siglos quería cancelar de la persona de Cristo mismo la eficacia de los sacramentos y de los medios de salvación administrados en la Iglesia

La cumbre sobre abusos y la insidia “donatista”

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Pubblicato il 02/04/2019
Ultima modifica il 02/04/2019 alle ore 22:30
GIANNI VALENTE
ROMA

Durante el vuelo de vuelta de Marruecos, el Papa recomendó leer este artículo de Gianni Valente. Lo publicamos también en español.

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Yo no creo que nuestros tiempos sean mejores que los del diluvio», dijo el martes pasado el Papa Francisco, celebrando la misa matutina en la capilla de Santa Marta. Se parece mucho a un diluvio universal la catástrofe de abusos y perversiones sexuales clericales, verdaderos y presuntos, que surgen en todas las latitudes del mundo, precisamente mientras en Roma el Sucesor de Pedro ha convocado a los representantes de todos los episcopados nacionales para reconocer las propias responsabilidades y para que traten de poner en práctica todo lo humanamente posible para proteger a los menores de edad y a las personas frágiles de los abusos en los ambientes eclesiales.

La cumbre es representada como una especie de Apocalipsis. La asamblea de la última oportunidad, del ahora o nunca más, de la cuenta final, de la última ocasión para que sobreviva la Iglesia, intimidada por los tiros preventivos de quienes ya afirman que todo lo que se pueda hacer será demasiado poco o, como sea, habrá llegado demasiado tarde. Los pecados y los crímenes de individuos y grupos se convierten, gracias a las posibilidades de la sinécdoque, en la confirmación de una culpa colectiva. Y así todo el cuerpo eclesial acaba en el banquillo en cuanto tal, como aparato corrupto, sistema de silencio cómplice de criminales, de contubernios mafiosos, de encubrimientos de sacro lupanar. El pasaje que vive la Iglesia representa, por supuesto, un momento de verdad. Y también lo es por factores que normalmente no son recordados por los que llevan a cabo la representación de lo que está sucediendo.

El vértigo ante el mal e instrucciones de uso

Desde mayo de 2014, durante el vuelo de regreso de la Tierra Santa a Roma, el Papa Francisco sugirió la causa última de la pederastia clerical, cuando comparó a los clérigos pederastas con quienes ofician misas negras. Los abusos clericales de los más débiles y menores de edad tocan vertiginosamente el misterio y la naturaleza misma de la Iglesia. Su misión como instrumento de la gracia. Instrumento no auto-suficiente que existe y puede vivir, en cada instante, solamente como reverberación y signo de la caridad de Cristo, que, encontrando y atrayendo a sí a las personas, la convierte visiblemente en Iglesia.

En la historia de los hombres, la Iglesia es solamente la visibilidad de esta atracción amorosa, sin la cual, incluso las estructuras y las prácticas eclesiásticas pueden convertirse en peligrosísimos factores de perdición e infelicidad. Lugares en los que se consuman ritos sacrificiales, perpetrados en la carne viva de las personas. Como ha sucedido con todas las víctimas de los abusos clericales. La abominación de los abusos sexuales clericales, documentado no como fenómeno marginal de casos aislados, sino como una perversión endémica en amplias zonas del cuerpo eclesiástico, pude ser vista con lealtad y verdad solamente si no se oculta otro dato confirmado, y también vertiginoso: que la Iglesia, por su naturaleza, no se auto-redime de los males por sus fuerzas, con medios o estrategias humanas. Este es el auténtico parteaguas, esta es la partida más real que se está jugando en estos días. Si se censura este dato, incluso la crisis de la pederastia y de los abusos clericales se convierte en un pretexto para encerrarse en la burbuja asfixiante de las operaciones de la política eclesiástica.

La némesis de las derechas clericales

El deseo sin escrúpulos de explotar políticamente la catástrofe de los abusos sexuales del clero se ha manifestado con formas grotescas y vulgares sobre todo en amplios sectores de la red global de las derechas clericales. Con cardinales y agentes de prensa enrolados a tiempo completo para repetir con una insistencia obsesivo-compulsiva la letanía de la invasión homosexual en la jerarquía del clero. La pista del “complot” homosexual pretendía poner en dificultades al Papa Francisco, acusándolo de fantasmagóricas aperturas hacia la cultura homosexualista. Después, como sucede a menudo, el lodo arrojado al ventilador ha acabado ensuciando a todos. La “caza a los gays en el Vaticano y en las altas esferas eclesiásticas, con sus más recientes y escuálidas manifestaciones editoriales, sigue tocando a personajes de primer orden y círculos influyentes de los Pontificados anteriores. Y demuestra cuán vanos y pretensiosos son los argumentos de los que piden afrontar la crisis aumentando las dosis de adoctrinamiento moral “rigorista” sobre cuestiones sexuales en los seminarios, en los noviciados y en las universidades eclesiásticas.

En las recientes estaciones eclesiales y, en particular, durante el largo Pontificado wojtyliano, la cúpula de la Iglesia había dedicado una atención particular a la reafirmación, incluso en la formación de los sacerdotes, de las reglas y los contenidos de la moral sexual católica. Sin embargo, precisamente en esa estación se verificaron los abusos que ahora salen a la luz. Las turbiedades aumentaban en el momento en el que la moral sexual parecía haberse convertido en el caballo de batalla del lenguaje eclesial. Infecciones y patologías que, seguramente, también llegaron a círculos y grupos clericales ocupados en la ostentación de los propios rigorismos pseudo-doctrinales (no sin obtener a menudo discretas recompensas en términos de poder eclesiástico).

La ilusión tecnocrática

La infección de los abusos clericales de menores y personas débiles revela traumáticamente la no auto-suficiencia de la compañía eclesial, su incapacidad para plasmarse por sí misma como “Societas perfecta” en virtud de proclamadas y enarboladas coherencias morales. Incluso el Papa Francisco, al inaugurar la cumbre sobre la protección de los menores en la Iglesia, repitió que hay que aplicar urgentemente en todo el mundo las «medidas concretas y eficaces»para desmantelar cualquier residuo de silencio cómplice y de encubrimientos eclesiásticos ante los abusos clericales. Pero la misma raíz de ese oscuro mal deja claro que es inapropiado cualquier enfoque que pretenda “arreglar las cosas” prescindiendo de la gracia de Cristo, necesaria. Inapropiado es, pues, cualquier enfoque que apueste por acreditar como instrumentos suficientes de auto-purificación los protocolos disciplinarios establecidos, vigilancia más estricta, denuncias más veloces, la represión más inmediata. O tal vez cursos de concientización, de dirección espiritual y de formación permanente.

Ante el abismo de la pederastia clerical, la reacción neo-rigorista homo-sexofóbica y la reacción tecnócrata “políticamente correcta”, a pesar de estar ideológicamente alejadas, acaban compartiendo los mismos reflejos condicionados afines a una antigua herejía, que en los primeros siglos pretendía cancelar de la persona de Cristo mismo la eficacia de los sacramentos y de los medios de salvación administrados en la Iglesia, y sujetarla a la dignidad y a la impecabilidad de sus ministros. La herejía pretendía construir una “Iglesia de puros” y perfectos mediante la rigurosa fidelidad al Evangelio de los orígenes, encomendada ya no al don de la gracia, en cada instante, sino obtenida según el esfuerzo heroico de coherencia moral y rigurosa aplicación militar de procedimientos y medidas disciplinarias.

Durante la historia, cada vez que la Iglesia ha pretendido curarse sola de sus males, ha acabado pareciéndose a una organización de inteligencia rehén de investigaciones y chantajes. Congestionada por el desprecio de los “lapsos” y de los contaminados. De esta manera todo el cuerpo eclesial no logra comunicar nada útil ni interesante a los hombres y a las mujeres que esperan la salvación de las heridas y enfermedades, y no se reconoce mendicante de sanación.

Todo esto sucede si no es Cristo mismo quien cure las enfermedades de la misma Iglesia, si el deseo de frenar los encubrimientos de los abusos tiene como último fin defender a la “empresa Iglesia”, su buena reputación de benemérita organización social, y no coincide con el dolor por haber herido la carne misma de Cristo, con la condición mendicante de Su perdón y con la petición de que sea Cristo mismo quien salve las vidas (incluso las más arruinadas) tanto de las víctimas como de los carniceros.


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Análisis y comentario al documento del Papa sobre la protección de menores. Texto de Vatican Insider

El Papa establece normas anti-abusos para el Estado vaticano y la Curia

Es obligatorio denunciar a públicos oficiales, se extiende la prescripción, equiparación entre menores y adultos vulnerables, destitución para culpables. Hay también una específica ley penal para el Estado pontificio y para los nuncios

La basílica de San Pedro

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Pubblicato il 29/03/2019
Ultima modifica il 29/03/2019 alle ore 15:39
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

Es obligatorio denunciar a todos los públicos oficiales, so pena de sanción para quien no lo haga, se extiende la prescripción a veinte años a partir de adultez, se equiparan con los menores de edad «los adultos vulnerables», vigilancia sobre los nuevos contratos, asistencia para las víctimas y destitución de los culpables. El Papa Francisco establece nuevas normas penales anti-abusos sexuales para el Estado de la Ciudad del Vaticano y la Curia romana, incluidos los nuncios apostólicos.

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Francisco firmó no solo un nuevo “motu proprio” «sobre la protección de los menores y de los adultos vulneables» aplicable en el Estado de la Ciudad del Vaticano y para la Curia Romana, sino también una nueva ley (la número CCXCVII) para el Estado Pontificio y las consecuentes líneas guía, parecidas a las líneas guía que adopta cada una de las Conferencias Episcopales nacionales, pero dedicadas a la vida de los fieles del Vicariato de la Ciudad del Vaticano. El Vaticano aún no contaba con una normativa penal específica en materia de abusos sexuales; mientras tanto la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha encargado de revisar que se apliquen las normas canónicas válidas para toda la Iglesia, incluso dentro del Vaticano. En 2013 el Papa Francisco promulgó nuevas normas penales sobre una serie de cuestiones, entre las que estaba la pederastia, pero no exclusiva ni detalladamente. Ahora llegan normas anti-abusos especificas.

«La tutela de los menores y de las personas vulnerables forma parte integral del mensaje evangélico que la Iglesia y todos sus miembros están llamados a difundir en el mundo», escribe el Papa en el “motu proprio”. «Cristo mismo, de hecho, nos ha encomendado el cuidado y la protección de los más pequeños e indefensos: “Quien acoja a un solo niño como este en mi nombre, me acoge a mí”. Todos tenemos, por lo tanto, el deber de acoger con generosidad a los menores y las personas vulnerables y de crear para ellas un ambiente seguro, teniendo particular atención en sus intereses. Esto exige una conversión continua y profunda, en la cual la santidad personal y el empeño moral puedan concurrir en la promoción de la credibilidad del anuncio evangélico y en la renovación de la misión educativa de la Iglesia». Como consecuencia, el Papa quiere reforzar aún más las normas institucionales «para prevenir y contrarrestar los abusos contra menores y contra personas vulnerables» tanto en la Curia romana como en el Estado de la Ciudad del Vaticano.

La nueva ley, de doce artículos, fue firmada el pasado 26 de marzo y entrará en vigor a partir del próximo primero de junio. Se basa en la normativa vigente, además de la Convención de la ONU sobre los derechos de la infancia (1989), para sancionar los «delitos en contra de los menores», definidos en la ley que promulgó el Papa en 2013 (venta de menores, violencia sexual contra menores, actos sexuales con menores, prostitución infantil, pedopornografía, posesión de material pedopornográfico) y equipara con los menores a la «persona vulnerable», que es definida con mayor precisión: «Es vulnerable toda persona en estado de enfermedad, de deficiencia física o psíquica, o de privación de la libertad personal que, de hecho, incluso ocasionalmente, limite su capacidad de comprender o querer y, como sea, de resistir a la ofensa».

El término de prescripción «es de veinte años y comienza, en caso de ofensa a un menor, desde el cumplimiento de su décimo octavo año de edad». La ley establece que «salvo el sigilo sacramental» de la confesión, «el público oficial, que en el ejercicio de sus funciones tenga noticia o fundados motivos para considerar que un menor es víctima» del delito «debe presentar la denuncia sin retraso», y «el público oficial que omite o indebidamente retrasa la denuncia indicada en el come anterior es castigado con una multa de entre mil y cinco mil euros». En cambio, «si el hecho es cometido por un agente u oficial de policía judicial, la pena es la reclusión hasta seis meses»; salvo el sigilo confesional, pues, se puede «presentar denuncia en daño de una persona, incluso completamente ajena a los hechos, que esté enterada de comportamientos que dañen a un menor». En el caso de que el acusado sea un sacerdote o un religioso, el Promotor de Justicia informará a su superior «para la adopción de las medidas previstas por el derecho canónico». La ley establece detalladamente también los derechos de la persona ofendida, incluidos los derechos a la privacidad, además de los particularidades sobre las audiciones de los menores durante los procesos; norma el desarrollo de las investigaciones, estableciendo la posibilidad de nombrar a un encargado especial en el caso de que los abogados que representen al menor incurran en el conflicto de interés; y establece cómo debe ser el proceder de los juicios. La ley indica que el presidente del Gobernatorado vaticano dispone líneas guía para la tutela de los menores y que la Dirección de Sanidad e Higiene dispone un «servicio de acompañamiento para las víctimas de abusos», que ofrece a la víctima escucha, asistencia médica, psicológica y jurídica (no se establece nada sobre indemnizaciones). La ley concluye con algunos artículos que norman la información y la formación necesaria para quienes trabajan en el Vaticano y el reclutamiento de personal idóneo para interactuar con menores.

En las «líneas guía para la protección de los menores y de las personas vulnerables para el Vicariato de la Ciudad del Vaticano», el Papa traduce en indicaciones prácticas y detalladas las normas para «los fieles residentes en el Estado, además de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo», no solo relación con los abusos sexuales, sino, en general, para la tutela de los menores bajo todos los aspectos. Entre todos los temas que afronta destacan la prohibición de castigos corporales, la prohibición de pedir a un menor que «mantenga un secreto», la necesidad un adulto en compañía de un menor esté «siempre visible a los demás», los casos de acoso entre menores y los peligros de las redes sociales.

Es significativa la introducción de «un referente para la tutela de los menores, que coordina y verifica la actuación» de las líneas guía, nombrado por el Vicario general (que en la actualidad es el cardenal Angelo Comastri), quien, cuando «la noticia del delito no sea manifiestamente infundada», la «señala al Promotor de Justicia en el Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano y aleja al presunto autor de los hechos de las actividades pastorales del Vicariato».

Siempre hay que garantizar la «presunción de inocencia» y, si los delitos pueden ser reiterados, se prevé la aplicación de medidas cautelares. Si las acusaciones son infundadas, serán archivadas, pero conservadas. Para concluir, «quien sea declarado culpable» de haber cometido un delito «será destituido de sus encargos; se le ofrecerá, como sea, un apoyo adecuado para la rehabilitación psicológica y espiritual», así como en relación con la «reinserción social».

El objetivo de este conjunto de nuevas normas, explica el Papa en el “motu proprio”, es que se mantenga «una comunidad respetuosa y consciente de los derechos y de las necesidades de los menores y de las personas vulnerables, además de atenta a la prevención de todo tipo de violencia o abuso físico o psíquico, de abandono, de negligencia, de maltrato o de explotación que puedan suceder tanto en las relaciones interpersonales como en estructuras o lugares comunes»; se pretende con estas normas que «madure en todos –subraya Jorge Mario Bergoglio– la conciencia del de señalar los abusos a las Autoridades competentes y de cooperar con ellas en las actividades de prevención y de contraste y contraste; que se persiga eficazmente a norma de ley todo abuso o maltrato contra menores o contra personas vulnerables; que se reconozca a quienes afirman haber sido víctimas de explotación, de abuso sexual o de maltrato, además de a sus familiares, el derecho de ser acogidos, escuchados y acompañados; que se ofrezca a las víctimas y a sus familias un cuidado pastoral apropiado, además de un adecuado apoyo espiritual, médico psicológico y legal; que se garantice a los imputados el derecho a un proceso equitativo e imparcial, en el respeto de la presunción de inocencia, además de los principios de legalidad y de proporcionalidad entre el delito y la pena que se destituya de sus encargos al condenado por haber abusado de un menor o de una persona vulnerable y, al mismo tiempo, que se le ofrezca un apoyo adecuado para la rehabilitación psicológica y espiritual, incluso con vistas a su reinserción social; que se haga todo lo posible para limpiar el nombre de quien haya sido acusado injustamente; que se ofrezca – concluye el Pontífice – una formación adecuada para la tutela delos menores y de las personas vulnerables».