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Audiencia del Papa al Presidente de Chile.

El Papa y el Presidente de ChileEl Papa y el Presidente de Chile 

Papa y Presidente de Chile: colaboración para combatir y prevenir abusos

El Papa Francisco recibió en audiencia, la mañana de este sábado 12 de octubre, al Presidente de la República de Chile, el Señor Sebastián Piñera Echenique, en el Palacio Apostólico Vaticano.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

La Oficina de Prensa de la Santa Sede informó que, la mañana de este sábado 12 de octubre, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre ha recibido al Presidente de la República de Chile, el Señor Sebastián Piñera Echenique, quien a continuación se ha reunido con el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, acompañado de Mons. Paul Richard Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados.

Defensa de la vida y abusos a menores

Durante las cordiales conversaciones se ha puesto de manifiesto la satisfacción por las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y Chile. Sucesivamente, se han detenido sobre la situación del País, haciendo referencia en modo particular a la defensa de la vida y a la dolorosa herida de los abusos a menores, subrayando el compromiso de todos en la colaboración para combatir y prevenir la comisión de estos crímenes y su ocultamiento. A lo largo de los coloquios se han afrontado otros temas de interés común en ámbito internacional y regional, sobre todo en lo referido a la acogida de los migrantes.

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Abusos de menores. Importantes aclaraciones de Mons.Scicluna

Abusos; monseñor Scicluna: una humillación que nos hará más humildes

Es padre sinodal quien se encargaba de los casos de pederastia en la Iglesia. En el encuentro de febrero de 2019 con los presidentes de los episcopados nacionales habrá una discusión sobre la cooperación con la justicia civil y sobre la responsabilidad de los obispos
AP

Monseñor Charles Scicluna

Pubblicato il 08/10/2018
Ultima modifica il 08/10/2018 alle ore 17:44
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

 

«No hay otros caminos hacia la humildad que la humillación». Según monseñor Charles Scicluna las crisis de los abusos sexuales de menores son una oportunidad para que la Iglesia responda a la «sed de justicia» de las víctimas y de todo el pueblo de Dios. Padre sinodal, el arzobispo de Malta fue promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2002 a 2012 y se encargaba de los casos de pederastia en la Iglesia. Su presencia en la rueda de prensa cotidiana sobre el Sínodo sobre los jóvenes que se está llevando a cabo en el Vaticano (del 3 al 28 de octubre) se transformó inevitablemente en una conferencia de prensa sobre las noticias de los últimos tres meses y sobre las perspectivas para el futuro próximo. La asamblea sinodal, precisó el religioso maltés, no es lugar del que hay que esperarse «respuestas veloces» al tema «tremendamente trágico» de los abusos sexuales. Lo será el encuentro de los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo convocados por el Papa Francisco; en esta cumbre especial se afrontarán cuestiones como una mayor responsabilización (“accountability”) de los obispos, la lentitud de la justicia eclesial, la cooperación necesaria con las autoridades civiles.

 

El Papa Francisco, que en 2015 lo nombró presidente del Colegio para examinar los recursos en la sesión ordinaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe en materia de “delicta graviora”, envió también a monseñor Scicluna a Chile para investigar sobre las denuncias contra el sacerdote pederasta Fernando Karadima, en el ojo del huracán, y de los fieles de la diócesis de Osorno en donde era obispo un alumno de este último, monseñor Juan Barros, que mientras tanto renunció.

 

El presente es «un momento muy importante porque uno de los frutos puede ser volverse más humildes, y no hay otro camino hacia la humildad que la humillación», dijo monseñor Scicluna al responder a la larga serie de preguntas de los periodistas que estaban en la Sala de Prensa vaticana. «¿Qué pienso sobre personas que dicen: “¡Ustedes hacen una cosa y dicen otra, vergüenza!”? Creo que tienen razón. Debemos avergonzarnos. Y creo que no hay otra manera que la humildad y el silencio. No tengo una receta instantánea, a veces estas cosas requieren mucho más tiempo del que uno se imagina. Pero al mismo tiempo creo que hay muchos sacerdotes santos ahí afuera. Como escribió el Papa, la santidad es el encuentro de mi debilidad con la misericordia de Dios. Y hay muchos sacerdotes que viven santamente y le cambian la vida a las personas. Este milagro sucede cada día y seguramente no conquista los títulos de los periódicos, como hacen las cartas y las contra-cartas, pero sucede todos los días. No lo creo: lo veo todos los días. Deberíamos tener este fuerte sentido de la realidad, no pensar que las cartas que nos mandamos son lo más importante en la Iglesia, porque de lo contrario vivimos en una burbuja. Cuando encuentras a personas que han cambiado sus vidas al encontrarse con un santo sacerdote lo comprendes, aunque sea más noticia un árbol que se quema que un bosque que crece»

 

Durante el Sínodo, dijo el religioso maltés, «un momento muy importante fue el “mea culpa” que pronunció el arzobispo Fischer (Anthony Fischer de Sídney, ndr.), creo que interpretó los sentimientos de muchos de nosotros. La cuestión de los abusos sexuales de menores está en el “Instrumentum laboris”, en el punto 66, entonces no es algo que haya entrado por la ventada, era ya un tema presente. Es una experiencia que algunos jóvenes han hecho de la Iglesia, viendo ahombres de Iglesia que dicen una cosa y hacen otra. Tengo la impresiónd e que el tema se ha afrontado también en todos los círculos lingüísticos, que es un tema general que tendrá que encontrar mayor espacio en el documento final. Sabemos que la mayor parte de las víctimas son jóvenes, hay que hablar de las heridas infingidas precisamente por quienes habrían debido cuidarlos: es mucho más que trágico, es tremendamente trágico. Y el Papa Francisco, rodeado de obispos de todo el mundo, tiene el mismo deseo de pasar de las palabras bellas a las acciones, para que la Iglesia sea un lugar más seguro y conducir a las diferentes culturas a que apliquen la carta circular que la Congregación para la Doctrina de la Fe envió a las conferencias episcopales de todo el mundo en 2011, para proponer líneas guía que después fueron revisadas por la misma congregación. Hay que ir a la raíz de los abusos, aumentar la responsabilización. Y no solo por lo que hacemos, sino también por todo lo que no hacemos, como ha aclarado el Santo padre con el “motu proprio” sobre los obispos negligentes, que fue un mensaje muy fuerte. Nosotros los obispos que somos responsables frente a Dios o a nuestra conciencia, pero también frente a nuestro pueblo».

 

«Pero el Sínodo no es sobre los abusos. Tenemos un encuentro importante en febrero, con los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo —recordó Scicluna— y creo que ese será el momento en donde tendremos que plantear la cuestión no solo de la prevención, sino también de la responsabilización: creo que ese es el mejor lugar. No espero respuestas veloces en este Sínodo, hay muchas otras cuestiones en discusión, pero el encuentro de febrero es el encuentro justo para estas cuestiones».

 

En la Iglesia, específicamente, «se espera una mayor responsabilización de los obispos» y «creo que debemos confiar en el Papa Francisco para que se realice un sistema en donde haya mayor responsabilización». En el encuentro de febrero, del cual «por fortuna no soy el responsable», «como obispo, presidente de la pequeña Conferencia Episcopal maltesa, creo que debemos darnos cuenta, antes que nada, a pesar de provenir de países y de culturas diferentes, de que el de los abusos sexuales no es un problema vinculado a una cultura determinada o a una determinada parte geográfica del mundo, como alguno dijo en el pasado. Luego, claro, diferentes culturas tienen diferentes maneras de afrontar el problema en el campo, hay culturas en las cuales la vergüenza es el mayor obstáculo para descubrir el abuso. Pero debemos también ir a la raíz del problema. El Papa Francisco lo llama clericalismo y debemos ser más concretos para decir qué significa este caldo de cultivo, esta perversión del ministerio, debemos contrarrestar la tendencia a tratar el ministerio como una fuente de poder. Y después está la cuestión de la formación del clero, de la selección. Y también el tema de la cooperación con las autoridades civiles. Es fundamental dar respuestas a nuestras comunidades, porque el problema tiene que ver con todos nosotros». Con respecto a los jóvenes, muchos de los cuales no van a la Iglesia, «el punto no es la Iglesia o los obispos, sino Jesús: si encuentras a Jesús, quieres estar allí. Las familias no están hechas de santos, muchos so pecadores (“join the club!”), pero las personas siguen creando familias. A los jóvenes diría: ustedes tienen sed de justicia, sed de Dios, concéntrense sobre el rostro amoroso y tierno de Jesús, y en ese momento querrán ser parte de la familia de la Iglesia, a pesar de que esté llena de pecadores». A quien hizo una pregunta específica sobre el caso McCarrick, Scicluna respondió recordando que la equiparación entre los adultos con discapacidades con menores, en el derecho eclesial en relación con los crímenes de pederastia, es «un desarrollo en la ley de la Iglesia» introducido por Benedicto XVI: «No sé si la ley se desarrollará aún más, pero creo que hay que tomar la cuestión en consideración». Pero no en este sínodo, como sea, sino en el encuentro de febrero.

 

«Lo que me duele —afirmó Scicluna— es que la justicia (eclesial, ndr.) a veces toma un tiempo que es un poco exagerado, y este es un problema que entristece mucho al Papa Francisco; sé como testigo directo cuánto sufre el Papa por la lentitud. Pero está también la justicia civil que hay que respetar, porque las respuestas no deben darse solo dentro de la Iglesia, sino, si el delito es civil, hay que respetar la jurisdicción civil y someter al culpable (como dice Benedicto XVI en la Carta a los fieles irlandeses) a las consecuencias de sus acciones deliberadas. Como obispo, ahora, estoy del otro lado del escritorio, vivo esta experiencia como pastor de mi pueblo: padre para el sacerdote que peca, padre para la víctima. Esta es una división trágica para el obispo. Buscar la verdad es esencial, pero he aprendido, en mi servicio a mi Iglesia, una pequeña Iglesia, que debo contar con la ayuda de quien sea un experto, no puedo confiar solo en mi prudencia, porque hay una emoción espiritual, hay una cercanía que no me permite la distancia necesaria para un juicio sereno. Por ello he creado un grupo de laicos expertos que han la investigación y me dan las indicaciones para un juicio, y esto me deja bastante sereno, ser un pastor al servicio de la verdad y de la incolumidad de mi pueblo».

 

A los jóvenes que han sufrido un abuso «tengo poco que decir: preferiría llorar con ellos, como me ha sucedido tantas veces. Ante esta tragedia, el silencio y el llanto son la primera respuesta. Pero luego hay una gran sed de verdad y de justicia, que no es incompatible con la misericordia, porque todos necesitamos misericordia, pero la misericordia está vacía si no se respeta la verdad. Hay que decirle pecado al pecado, esta es la justicia. Cuando el Papa Francisco habla de santidad, en la “Gaudete et exsultate”, recuerda que Jesús hablaba de “sed y hambre” de justicia, porque la sed y el hambre son el instinto más fuerte: es como sin justicia no pudiéramos vivir, porque la sed y el hambre de justicia son radicales, fundamentales. Y, cuando encuentro a las víctimas (que ya no son jóvenes porque para hablar de una experiencia dolorosa a veces se necesitan años) encuentro una gran sed y una gran hambre de justicia, que yo comparto».

 

 

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Qué decía la última carta del Papa a los obispos de Chile

Esta es la Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios por escándalo de abusos sexuales

Redacción ACI Prensa

Papa Francisco. Crédito: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

Papa Francisco. Crédito: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

Este es el texto completo de la Carta que el Papa Francisco dirige a los católicos del mundo tras el informe de Pensilvania que detalla abusos cometidos por sacerdotes en los últimos 70 años.

Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

1. Si un miembro sufre

En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).

2. Todos sufren con él

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).

«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

Vaticano, 20 de agosto de 2018

Francisco

[1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).

[2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).


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Los casos de pederastia del clero en US y la crisis de la Iglesia. Por Thomas Reese jesuita

Why the Catholic Church can’t move on from the sex abuse crisis

Catherine Coleman Murphy, center, and Jack Wintermyer, right, protest along with others outside Cathedral Basilica of Sts. Peter and Paul before an Ash Wednesday Mass in Philadelphia on March 9, 2011. (AP Photo/Matt Rourke)

(RNS) — Many Catholic bishops and priests are frustrated by the continued coverage of the sex abuse crisis in the media. They believe they have fixed the problem and the church should be able to move on.

They argue that since the widespread mishandling of abuse in the Boston Archdiocese was exposed in 2002, the church in the United States has put in place policies and procedures to deal with abuse.

It’s true that many precautions have been taken. Seminarians and priests, as well as employees and volunteers who work with children, must now go through a police background check. Any accusations of abuse must be reported to law enforcement. In some states, clergy are now mandatory reporters and will be prosecuted if they do not report abuse.

Any accusations of abuse must also be reported to a diocesan lay review board. If the board considers the accusation credible, the priest must be suspended while an investigation takes place. While suspended, he cannot do any ministry. The results of that investigation must be presented to the review board, which then makes a recommendation to the bishop.

If there is sufficient evidence of abuse, the priest is permanently suspended, and the case goes to the Congregation for Doctrine of the Faith in Rome, which decides whether to kick him out of the priesthood. If the case is unclear, the congregation might call for a canonical trial, either in the diocese or in Rome. If the priest is found guilty, he is thrown out of the priesthood, with some exceptions for elderly or sick priests. In any case, he would never be returned to ministry.

Critics say that these policies may be in place, but question whether they are being enforced. To read news accounts and grand jury reports, it doesn’t look like it.

The bishops and their defenders point out that almost all of the abuse cases reported in the news and grand jury reports are old cases. Most of the cases in the Pennsylvania grand jury report, for example, were decades old: Of the 300 priests with accusations of abuse, only two had been accused of committing abuse in the last 10 years. Almost half the priests are dead. All are out of ministry.

The bishops also point to the research done by the John Jay College of Criminal Justice, which looked at allegations of clerical abuse between 1950 and 2002. It found that “more abuse occurred in the 1970s than any other decade, peaking in 1980.” It showed that the number of cases plummeted in the 1980s and 1990s, long before The Boston Globe’s expose in 2002.

Figure 2.3.1, “The Nature and Scope of Sexual Abuse of Minors by Catholic Priests and Deacons in the United States,” John Jay College of Criminal Justice, 2004

When the John Jay study was published in 2004, critics predicted that as time went on, victims from later periods would come forward showing that the amount of abuse in the later decades was similar to that of earlier periods. The John Jay study acknowledged that possibility.

The Center for Applied Research in the Apostolate has continued collecting data on abuse since 2004 and reported 8,694 new allegations from 2004-2017. But, it found, “The distribution of cases reported to CARA are nearly identical to the distribution of cases, over time, in John Jay’s results,” according to Mark Gray of CARA. “The accusations continue to fit the historical pattern.”

If the critics were right, there should have been more abuse cases in later years. “We’d expect the trend to move forward in the last 15 years if reporting delays were evident,” writes Gray on his blog 1964, “but this has not been the case. No new wave of allegations similar to the past has occurred to date.”

Of the 8,694 new allegations recorded by CARA since 2004, only 302 were for abuse taking place between 2000 and 2017, an average of 17 per year for the whole country. This is 302 too many, but nothing like the thousands of cases in the past.

Center for Applied Research in the Apostolate at Georgetown University, 2018

Critics continue to challenge these conclusions, saying that in time new victims will come forward reporting more recent crimes. The bishops’ defenders argue that the data shows that most bishops were quietly beginning to deal with abusive priests in the 1980s and 1990s. By 2002, negligent bishops such as Cardinal Bernard Law of Boston were the exception.

Despite the data, the public impression is of a church incapable of getting its house in order. Only those who carefully read news stories and grand jury reports will notice the dates of when the abuse took place. If a bishop challenges this impression, he is condemned as just not getting it.

The continuing problem, in other words, is not that the precautions aren’t working. It’s that the bishops have forfeited their credibility. People don’t believe a thing the bishops say, and people are not going to let the church move on. Things might have been different if bishops in the past had been more forthcoming, taken responsibility for their actions and resigned.

Law enforcement officials in at least seven states are now launching their own investigations similar to the one in Pennsylvania.

There is only one way the bishops can begin to regain credibility, and that is to give a full and credible account of past abuse. Each diocese must publish the names of priests credibly accused, what they were accused of, when the diocese learned of the abuse, and what the bishop did.

Such a report should not be done by a chancery monsignor. It must be done by someone with credibility in the community— a retired judge, prosecutor, FBI agent or the like. Only when all the information is out will people begin to believe that the church has got things under control.

There is great opposition from bishops, priests and diocesan lawyers to such a full disclosure. But a smart bishop would get this report out before his attorney general comes knocking. In addition, such full disclosure is important in the healing process for victims of abuse. Bishops hurt them by stonewalling and denying their experience. Now it is time for the bishops to validate their experience by full disclosure.


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Comisión Pontificia para la protección de los menores

Panorámica de la cúpula de la Basílica de San Pedro.Panorámica de la cúpula de la Basílica de San Pedro. 

La Comisión Pontificia para la Protección de los Menores concluye su Asamblea Plenaria

La 9ª Asamblea Plenaria ordinaria de la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores se reunió en Roma del 7 al 9 de septiembre de 2018.

Ciudad del Vaticano

La Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, ha publicado un comunicado informando la conclusión de su Asamblea Plenaria que tuvo lugar en Roma del 7 al 9 de septiembre.

Tal como se lee en el escrito, “el Santo Padre ha enfatizado la importancia primordial de escuchar a las víctimas/supervivientes y de tener sus historias de vida como guías de la respuesta de la Iglesia para proteger a los menores del abuso sexual. Los miembros de la Comisión iniciaron su encuentro dos testimonios de personas que han sufrido el abuso sexualpor parte del clero: una víctima/superviviente y la madre de dos adultos supervivientes que fueron abusados cuando eran niños”.

Asimismo, la Comisión les agradece que hayan compartido sus historias con nosotros, el coraje de su testimonio y su contribución al proceso de aprendizaje.

Los miembros reflexionaron también sobre los recientes acontecimientos en la Iglesia a nivel mundial que han afectado negativamente a muchas personas, incluidas víctimas/supervivientes, familias y comunidad de creyentes.

Las cuestiones que han surgido en los meses recientes no solo centran la atención pública en la gravedad de los abusos, sino que son una oportunidad para llamar a la gente a la misión de la prevención, de forma que el futuro sea diferente a nuestra historia. El punto de partida de la Comisión no es investigar abusos; nuestro punto de partida es la prevención de los abusos.

Trabajando con Supervivientes

Durante la Asamblea Plenaria, el grupo de expertos dedicados a Trabajando con Supervivientes anunciaron la puesta en marcha de una serie de proyectos piloto, el primero de los cuales será en Brasil. Continuando con el trabajo de los miembros fundadores, estos proyectos son un mecanismo para crear ambientes seguros y procesos transparentes a través de los cuales las personas que han sido abusadas puedan dar un paso adelante. Gracias a estos survivor advisory panels se espera que las autoridades de la Iglesia local también se beneficien del input directo de las víctimas/supervivientes sobre cómo mejorar las políticas de protección de menores y prevención de abusos.

Responsabilidad Local

Desde el encuentro del pasado mes de abril, los miembros de la Comisión han participado en más de 100 workshops sobre protección de menores.

El grupo que supervisa Educación y Formación ha expuesto una serie de futuras iniciativas en seminarios de formación y conferencias que son una parte esencial para promover la concienciación y la responsabilidad de las políticas de protección a nivel local.

En abril de 2019, la Comisión patrocinará una Conferencia sobre Protección para los Responsables de la Iglesia en Europa Central y Europa del Este. También en abril de 2019, junto con la Conferencia Episcopal Brasileña, la Comisión ofrecerá una semana de formación en protección destinada a obispos y formadores en Aparecida, Brasil. En noviembre de 2019, los miembros han sido invitados a intervenir en un encuentro del CELAM en México.

En 2020, la Comisión co-patrocinará un Congreso sobre Protección de Menores destinado a los que trabajan en el ámbito eclesial y la sociedad civil de las Américas, en Bogotá, Colombia.

El grupo de trabajo Líneas Básicas y Normas de Protección compartió sus progresos el desarrollo de instrumentos de auditoría para ofrecer a las Conferencias Episcopales locales y contribuir así a la supervisión de sus políticas y mecanismos de protección.

Trabajando con la Santa Sede

La colaboración con las entidades de la Santa Sede y la Curia Romana es también una parte integral del mandato de la Comisión en su ayuda al Santo Padre. Durante la Plenaria, algunos miembros tuvieron la oportunidad de hablar en los dos cursos para obispos ordenados en el último año: uno organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y otro organizado por la Congregación para los Obispos.
La presentación de la Comisión contó con numerosos participantes y fue bien acogida.

Por ello, los miembros agradecen a los Prefectos de estas Congregaciones, el Cardenal Filoni y el Cardinal Ouellet, y a sus colaboradores estos encuentros y la sólida atención que prestan a este aspecto fundamental en la misión de proteger a los menores.

Durante las próximas semanas la Comisión también mantendrá encuentros con la Congregación para la Doctrina de la Fe y con la Conferencia Episcopal Italiana para continuar fortaleciendo la colaboración en la protección de los menores.

El 30º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño

El 20 de noviembre de 2019 se celebrará el 30º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, el cual ha sido ratificado por 196 estados parte, incluida la Santa Sede. La Comisión trabajará activamente con varias entidades para dar forma a esta oportunidad de crear conciencia sobre la protección de los niños.

La Comisión Pontificia para la Protección de los Menores fue creada por el Papa Francisco en marzo de 2014 para proponer las iniciativas más oportunas para la protección de todos los menores y adultos vulnerables, y para promover la responsabilidad local en las Iglesias particulares.

Para más información sobre la Comisión Pontificia, visite nuestra página web: www.protectionofminors.va


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Entrevista con el Cardenal O’Malley sobre la actuación de la Iglesia en los abusos de menores

Card. O’Malley sobre los abusos: urge llevar la voz de las víctimas a la cúspide de la Iglesia

Sergio Centofanti, periodista de Vatican News, entrevista al Cardenal Sean Patrick O’Malley, presidente de la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, tras culminar su Asamblea Plenaria, el 9 de septiembre en Roma.

Ciudad del Vaticano

La Pontificia Comisión para la Protección de los Menores concluyó el domingo 9 de septiembre la sesión plenaria que comenzó el viernes pasado. Nuestro colega Sergio Centofanti entrevistó al Cardenal Sean Patrick O’Malley, presidente de este organismo.

– El Papa Francisco destacó la importancia central de escuchar a las víctimas ya que lo que han vivido representa una guía para la Iglesia en la custodia de los menores víctimas de abusos sexuales. Ante la situación actual y los hechos recientes, ¿ se está escuchando realmente a las víctimas y cuánto se puede aprender de ellas?

-Ciertamente, los recientes hechos en la Iglesia han centrado la atención de todos en la urgente necesidad de una respuesta clara de la Iglesia sobre el abuso sexual de menores. Por supuesto, una de las responsabilidades de la Comisión es tratar de escuchar a las víctimas. Siempre estamos atentos a escuchar sus testimonios, que tanto aportan a nuestras deliberaciones y nuestros juicios.

Esta vez, comenzamos nuestra reunión escuchando los testimonios, en primer lugar, de una mujer de América Latina que fue maltratada por un sacerdote; luego, la madre de dos víctimas adultas de los Estados Unidos. La voz de las víctimas es realmente importante.

 

En estos días nos hemos encontrado con los neo obispos y, como ha sucedido en otras ocasiones, he invitado a Marie Collins a escuchar el testimonio directo de algunas personas que han tenido la experiencia de sufrir este horror en sus vidas y por lo tanto pueden explicar las consecuencias y repercusiones que los abusos tienen sobre el individuo , la familia y toda la comunidad.

Por tanto, llevar la voz de las víctimas a todos los vértices de la Iglesia es crucial para hacer entender a todos, qué tan importante es para la Iglesia dar respuestas de manera rápida y correcta a cada situación de abuso en cualquier momento que se manifieste.

De modo particular, a la luz de la situación actual. Si la Iglesia es incapaz de responder con todo su corazón y hacer de este asunto una prioridad; todas nuestras otras actividades de evangelización, obras de caridad y educación se verán afectadas. Esta debe ser la prioridad en la que debemos enfocarnos ahora.

– La Comisión a menudo habla de su deber de promover la “responsabilidad local” de la protección. ¿Qué significa esto en términos concretos? y ¿es realista?

La Comisión es implacable en el llevar el mensaje de protección a todo el mundo.

Sabemos que hay muchos continentes donde se trata de un tema nuevo, del cual las personas a veces no hablan mucho, y de modo particular, en tierras de misión, donde la Iglesia tiene muy pocos recursos. Por lo tanto, desde nuestra última reunión, nuestros miembros han participado en más de 100 conferencias en todo el mundo. En este momento, se están planeando importantes conferencias en Brasil, en colaboración con la Conferencia Episcopal, así como en Colombia, México y Polonia.

“ Si la Iglesia es incapaz de responder con todo su corazón y hacer de este asunto una prioridad; todas nuestras otras actividades de evangelización, obras de caridad y educación se verán afectadas. Esta debe ser la prioridad en la que debemos enfocarnos ahora ”

También estamos trabajando diligentemente en la elaboración de líneas guía: una de nuestras últimas iniciativas es desarrollar instrumentos de verificación que puedan ser utilizados por las Conferencias Episcopales para medir la implementación y el cumplimiento de las mismas. De esta forma, cuando los obispos lleguen a Roma con ocasión de las visitas ad limina, podrán demostrar cómo han podido poner en práctica estas líneas guía que cada Conferencia Episcopal ha realizado por encargo de la Santa Sede y del propio Santo Padre.

¿ Qué feedback o comentarios está recibiendo la Comisión con respecto a estos esfuerzos?

Las Conferencias Episcopales que nos han visto involucrados en la educación y la formación nos han apoyado mucho. Una de nuestras iniciativas ahora es crear en varios continentes los “Survivors’ Advisory Panels” , (Comités de consulta para los supervivientes). El primero será en Brasil, pero hemos iniciado el proceso también en África y en Asia.

De esta manera, contaremos con grupos de víctimas que puedan asesorar a las Conferencias Episcopales locales, ofrecer su contribución, pero también consolidar el trabajo de nuestra Comisión Internacional.

Existe mucha confusión sobre el papel de la Comisión. A menudo ha sido criticada por una aparente falta de “poder” en la implementación de reformas incisivas. Sin embargo, el mandato de la comisión establece que es un “órgano consultor” del Santo Padre. ¿Cómo funciona el trabajo en sí mismo?

A veces las personas me presentan como el presidente de la “Comisión sobre el abuso sexual” y siempre los corrijo diciendo que no, nuestra competencia se refiere a la protección de menores: es realmente una tarea que se refiere a la prevención. No somos un órgano que se ocupa de casos ya perpetrados o de situaciones particulares de abuso. Estamos tratando de cambiar el futuro, para que estas historias tristes no se repitan; y llevamos a cabo esta tarea mediante la adopción de recomendaciones que presentamos al Santo Padre.

“ Llevar la voz de las víctimas a todos los vértices de la Iglesia es crucial para hacer entender a todos, qué tan importante es para la Iglesia dar respuestas de manera rápida y correcta a cada situación de abuso en cualquier momento que se manifieste ”

Nuestra tarea también es promover las mejores prácticas y directrices que tengan en cuenta la protección y la prevención.

Además, llevamos a cabo programas de educación y capacitación para aquellos que están en la cúspide de la Iglesia, para que nuestros obispos, sacerdotes y religiosos sean conscientes de la gravedad del asunto y tengan las herramientas para responder, de manera que pongan como prioridad la protección de los menores y el cuidado pastoral de la víctima.

Este es el objetivo que impulsa nuestra actividad. Hay otros Dicasterios en la Santa Sede que son responsables de abordar los casos individuales y las circunstancias de abuso o negligencia por parte de las autoridades. Nuestra Comisión no puede ser considerada responsable de esas tareas: nosotros tenemos nuestras competencias, que creo que son realmente muy importantes. Tenemos un dicho en inglés que dice: “Una onza de prevención vale una libra de protección”. En efecto, nuestro trabajo es sobre prevención e intentar hacer de la Iglesia, el lugar más seguro para niños y adultos vulnerables.

 ¿Cómo son las relaciones con los otros organismos de la Curia Romana?

Como dije, una de nuestras responsabilidades es formar a los líderes de la Iglesia. Por esta razón, hemos organizado conferencias en muchos Dicasterios donde hemos tenido la oportunidad de hablar sobre el tema. En estas ocasiones, me acompaña siempre una víctima y hablo de la misión de la Iglesia de brindar protección. Creo que estas reuniones han sido muy exitosas.

“ Nuestro trabajo es sobre prevención e intentar hacer de la Iglesia, el lugar más seguro para niños y adultos vulnerables ”

Esta semana los miembros de nuestra Comisión se encontrarán con los referentes de la Conferencia episcopal italiana y la Congregación para Doctrina de la Fe.


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Casos de pederastia en la iglesia. Cómo actuar. Pasado, presente y futuro

“Ante los abusos hace falta un cambio cultural”

Davide Cito, experto canonista, repasa los principales desafíos que los abusos sexuales, de poder y de conciencia presentan a la Iglesia católica
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Pubblicato il 07/09/2018
Ultima modifica il 07/09/2018 alle ore 13:12
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

Contra los abusos, la ley eclesiástica no basta. Es urgente un cambio de mentalidad. Y la Iglesia, poco a poco, está cambiando. Hace falta que obispos e instituciones católica pongan en práctica las medidas establecidas ya por Benedicto XVI. Pese al clamor mediático, el Papa Francisco no causó la actual crisis, que data de muchos años atrás. Son reflexiones de Davide Cito, especialista en derecho penal canónico, catedrático de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y director del Instituto de Ciencias Religiosas al Apollinare. En entrevista con el Vatican Insider repasa los principales desafíos que los abusos presentan a la Iglesia católica.

 

Hasta hace poco tiempo se creía que las grandes crisis por los abusos sexuales habían sido abordadas a fondo ya en el pontificado de Benedicto XVI, pero ahora el problema vuelve. ¿Qué pasó?

«Creo que desde el punto de vista jurídico los pasos dados por Benedicto, que no han sido cambiados, permanecen válidos. Lo que se advierte es que no se trata sólo de un desafío jurídico sino cultural, una sensibilidad de respuesta ante estos hechos. Los instrumentos existen, pero hay que usarlos. De hecho, el Papa pide responder inmediatamente. Es una cuestión cultural, de preparación, de un clima de transparencia que poco a poco se está realizando en la Iglesia. Pero cada lugar es distinto, no existe una uniformidad desde este punto de vista».

 

Aunque muchos de los casos denunciados en Estados Unidos y otros lugares ocurrieron mucho tiempo atrás, siguen viéndose como situaciones actuales. ¿Cómo afrontar esos fantasmas del pasado?

«El Papa lo dijo y todos los notaron que la mayoría de los casos son precedentes al año 2002 pero, por otro lado, no importa -el mismo Papa lo ha ratificado- que los hechos hayan ocurrido antes; Aunque sean antiguos nos deben interrogar aún hoy sobre la gravedad de los mismos. Porque podría decirse: prescribió, pasó mucho tiempo y me olvido. No, no es verdad, estas heridas no prescriben y deben suscitar en el pueblo de Dios una respuesta fuerte de conversión. Asumir esto es parte de un proceso que lentamente está llegando en la Iglesia, de rechazo de este tipo de abusos y violencia, utilizando instrumentos adecuados».

 

Desde el inicio del pontificado Francisco de “tolerancia cero”, pero parece que debieron ocurrir crisis en Chile, Estados Unidos y otras latitudes para que decidiese ocuparse prioritariamente de eso. ¿El Papa se dio cuenta poco a poco de la magnitud del problema?

«Absolutamente sí, en la historia de la Iglesia muchas cosas se aprenden en el camino. El abuso de conciencia, que podría parecer una cosa de nada, en la Iglesia tiene un peso enorme, sobre todo con respecto a los jóvenes. El abuso de conciencia es más fácil allí donde se tiene radicalidad evangélica, por eso se debe tener mucho cuidado. Porque las personas son generosas, confían y son más fácilmente manipulables. La persona debe ser educada en el discernimiento y la libertad».

 

En su reciente carta al pueblo de Dios sobre este problema, el Papa insiste en que deben ponerse en práctica los protocolos y las reglas establecidas, ¿Una parte de la Iglesia no cumplió con lo prescrito ya desde tiempos de Benedicto?

«Es posible. Más que no poner en práctica, muchas veces se subestima el problema para evitar que se diga: “Tienes la obsesión de la pedofilia, la Iglesia no es sólo pedofilia porque tiene mucho más de que ocuparse”. Lo importante es encontrar un equilibrio, no ser obsesivos porque esa no es la única cosa, pero no decir simplemente: “ehhh bueno, ya lo entendimos” cuando en realidad todo esto necesita de una implementación. Lo que no se puede pedir a la Iglesia en todo el mundo, que es tan diversa, es la misma rapidez de respuesta que se tiene en Estados Unidos. Los lugares son diferentes, incluso en el mismo país las mentalidades son distintas».

 

¿Puede ser que muchos episcopados no se den cuenta que deben actuar para no encontrarse después ante crisis más graves?

«El Papa fue inteligente al decidir que, para juzgar a los obispos, no se necesita un tribunal universal. Lo que quisiera es que sea claro cuando un obispo es removido por este motivo, por la transparencia. No iría contra la buena fama de las personas, va a favor de la justicia».

 

¿Existe todavía desconfianza con respecto a esto?

«Si. No hablemos, por ejemplo, en lugares donde la realidad episcopal domina sobre la sociedad como, por ejemplo, en África. Allí donde el párroco es jefe de todo, complica las cosas».

 

En Estados Unidos se pensaba que con la crisis de 2002 y las medidas tomadas después por la Conferencia Episcopal ya se había abordado el problema en su conjunto, pero el informe del gran jurado en Pensilvania demuestra que no era así, ¿le sorprende?

«La aparición del informe de Pensilvania me sorprendió, pensaba que el famoso reporte, muy exhaustivo, del John Jay College había aclarado las cosas diócesis por diócesis, pero en realidad no. Quizás era un primer sondeo y ahora otras personas abusadas han dicho: “No, un momento, existo yo también”. Tal vez porque los abusados eran muchos más de los que parecía en un inicio. Ahora la gente siente cada vez más la necesidad de denunciar que fueron víctimas. Aunque se niegue, estos abusos dejan una huella por mucho tiempo».

 

Antes, en la Iglesia, las víctimas eran estigmatizadas. ¿Cambió la sensibilidad?

«Cambió la Iglesia y la sociedad civil, en ambos espacios se dan situaciones similares. No es un problema simplemente eclesial sino de la sociedad, y la Iglesia obviamente es parte de la sociedad».

 

¿Hay que prepararse para nuevas revelaciones?

«Quizás, pero en la medida en que exista mayor sensibilidad y conciencia no habrá más necesidad. Muchas de estas cosas sirven para despertar las conciencias. Aunque resulta muy difícil también por qué, siempre detrás de estas cosas existen relaciones fuertes: o familiares, o religiosas, o profesionales. No es la violencia por la calle, esa lo denuncian todos. Estos delitos ponen en crisis una red de relaciones y valores importantes para la víctima, que debe considerar lo que gana y lo que pierde».

 

¿Cuál es el rol del Papa Francisco en esta crisis? ¿Es suya la culpa?

«Él, por desgracia, heredó lo que ahora se está viviendo. Si me dijesen que los problemas fueron del 2015 en adelante, podría ser. Él no causó las cosas que salen a la luz ahora, de eso no hay dudas. Pero también pone la cara y se asume la responsabilidad. En todo caso está mirando cuál debería ser la respuesta evangélica de la Iglesia a estos problemas. Por mi parte auguro que todos estos temas vayan a la justicia civil, que no sean juzgados en la Iglesia. Son crímenes como el homicidio, la Iglesia no tiene los instrumentos para hacer investigaciones profundas».

 

Ante el clamor mediático, ¿puede existir la tentación de arreglar todo buscando chivos expiatorios?

«En la Iglesia el problema es cómo cambiar una mentalidad. Lo que digan fuera de la Iglesia importa menos, lo que importa es que la Iglesia sea fiel al evangelio».

 

¿A dónde apuntar para este cambio de mentalidad?

«A la transparencia, a la lealtad y al hecho que las víctimas sean acogidas bien, que no sean despreciadas. Al mismo tiempo no es posible pensar que se logre eliminar definitivamente estas prácticas porque, para ello, haría falta eliminar el mal del mundo. No se puede, pero al menos que se reduzca lo más posible».

 

Al menos que la Iglesia, cuando existen estos casos, intervenga…

«Así es, que intervenga en forma eficaz y lo diga públicamente, que sea claro. Que se diga: “tal obispo, tal persona, fue removida por esta causa”».