Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Una nueva cultura vocacional: el Papa

Papa Francisco: se necesita una nueva cultura vocacional

(RV).- El primer jueves de enero, en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano, el Papa Francisco celebró un encuentro con los casi 800 participantes en el Congreso organizado por la Oficina nacional para la pastoral vocacional de la Conferencia Episcopal Italiana. El Pontífice les entregó el discurso que había preparado para hablar con todos ellos de manera espontánea.

Ante todo, el Obispo de Roma agradeció las palabras dirigidas por Monseñor Nunzio Galantino, Secretario General de la Conferencia Episcopal Italiana, y se congratuló por el empeño con que llevan adelante esta cita anual, en la que se comparte la alegría de la fraternidad y la belleza de las diversas vocaciones.

Este Congreso, que comenzó el 3 de enero, tuvo por tema: “Levántate, ve y no temas. Vocaciones y santidad: yo soy una misión”. Y de hecho, el Papa Bergoglio afirma en el discurso entregado la necesidad de volver a llevar a las comunidades cristianas una nueva “cultura vocacional”, que sepa contar la belleza de estar enamorados de Dios. El Santo Padre pide que esta nueva cultura vocacional sea “capaz de leer con coraje la realidad tal como es, con sus fatigas y resistencias”, reconociendo, sin embargo, los signos de belleza del corazón humano.

La mirada del Pontífice también se extiende a la próxima Asamblea Sinodal de 2018, que tendrá como centro precisamente el tema de: “Jóvenes, fe y discernimiento vocacional”. Por lo que escribe que “la prioridad de la pastoral vocacional debe ser no la eficiencia, sino la atención al discernimiento”. Razón por la cual pide que se arroje luz sobre las potencialidades más que sobre los límites. E invita a que se privilegie el camino de la escucha.

Porque como escribe el Obispo de Roma, quienes están comprometidos en la misión de acompañamiento vocacional deben tener pasión para ocuparse de vidas que son “como cofres” que contienen un tesoro valioso, por lo que se debe tener “gran respeto”, buscando la felicidad de cuantos han sido encomendados a su atención.

Además, el Papa Francisco hace propias las palabras de Benedicto XVI acerca del profundo extravío que vive la juventud de hoy. De ahí que, para ser creíbles, sea necesario “privilegiar  la vía de la escucha”; saber “perder el tiempo” a la hora de acoger los interrogantes y los deseos de los jóvenes.

En cuanto al hecho de “ser una misión permanente”, el Pontífice reafirma que el testimonio sólo logra persuadir si se sabe relatar la belleza del hecho de estar enamorados de Dios. No desorientados por las solicitaciones exteriores, sino reavivar la frescura del “primer amor”.

En una palabra, sentir no sencillamente que se tiene una misión, sino repetirse a sí mismos: “Yo soy una misión”, es decir, “ser misión permanente”. Y esto, naturalmente, requiere audacia y fantasía, ganas de ir más allá, haciendo memoria de las muchas historias de vocación. Porque como escribe el Papa, es el mismo Señor quien invita a los llamados a no tener miedo de salir de sí mismos para convertirse en don para los demás. Ir más allá de los temores que paralizan el deseo de bien, con la infinita paciencia de volver a comenzar. De modo que se necesita una pastoral con “horizontes amplios” y con “un respiro de comunión” para ser “centinelas” capaces captar la llegada de un nuevo amanecer sin tener miedo de las “inevitables lentitudes y resistencias del corazón humano”.

El Pontífice concluye su discurso a los participantes en el Congreso organizado por la Oficina nacional para la pastoral vocacional de la Conferencia Episcopal Italiana asegurándoles su oración por todos ellos, a la vez que les pide que, por favor, no se olviden de rezar por él.

(María Fernanda Bernasconi – RV).


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Pastoral vocacional; discurso del Papa

Perseveren en salir y sembrar la Palabra, con misericordia: el Papa al Congreso de Pastoral Vocacional

“Perseveren en ser cercanos, en salir, en sembrar la palabra con miradas de misericordia: fue la exhortación del Papa Francisco a los numerosos participantes en el Congreso internacional de Pastoral Vocacional, a quienes recibió en audiencia este viernes en la Sala Clementina.

Bajo el título ‘Lo miró con misericordia y lo eligió’ (Miserando atque eligendo) frase del Evangelio de Mateo y lema del Pontificado del Papa Francisco, el encuentro internacional ha reunido en estos días en Roma a casi 300 Cardenales, Obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y agentes pastorales que trabajan en la pastoral vocacional en el mundo.

Recordando la particularidad de la misión de Jesús que “sale a las calles, se pone en camino, y va al encuentro de los sufrimientos y de las esperanzas del pueblo”, el Papa centró su discurso en tres verbos que indican el dinamismo de toda pastoral vocacional: salir, ver y llamar.

En primer lugar, salir: porque la pastoral vocacional tiene necesidad de una Iglesia en movimiento, capaz de ampliar los propios confines pero con la medida ancha del corazón misericordioso de Dios”. El Pontífice instó a “salir de nuestras rigideces que nos hacen incapaces de comunicar la alegría del Evangelio, de las fórmulas estándares que resultan anacronistas y de análisis preconcebidos que encuadran la vida de las personas en fríos esquemas. Y luego la invitación a los pastores de la Iglesia, “principales responsables de las vocaciones cristianas y sacerdotales”, que también experimentaron el primer encuentro con Jesús, a que salgan y escuchen a los jóvenes y los ayuden a discernir y a orientar sus pasos. Porque “estamos llamados a ser pastores en medio del pueblo – recalcó- capaces de animar una pastoral del encuentro y de emplear tiempo en recibir y escuchar a todos, especialmente a los jóvenes”.

Ver: “Cuando Jesús pasa  por las calles se detiene y cruza la mirada del otro, sin prisa”, especificó el Obispo de Roma, recordando cómo hoy la velocidad y la prisa de la vida no dejan espacio al necesario silencio interior en donde “pueda resonar la llamada del Señor”. “Es posible correr este riesgo también en nuestras comunidades” – advirtió el Papa: pastores que por la prisa “corren el riesgo de caer en un vacío de activismo organizativo”. En cambio, “la vocación”, como indica el Evangelio – explicó – “inicia por una mirada de misericordia sobre mí”. “Es así que Jesús miró a Mateo”. Y así debe ser la mirada de cada pastor: “atenta, sin prisa, capaz de detenerse y de leer en profundidad y entrar en la vida del otro sin hacerlo sentir jamás ni amenazado ni juzgado”.

Tercera acción: llamar. “El verbo típico de la vocación cristiana”, afirmó Francisco. “Jesús no hace largos discursos”, explicó, porque su deseo es “poner a las personas en camino, y romper la ilusión de que se pueda vivir felizmente quedándose cómodamente sentados entre las propias seguridades”. “¡Este deseo de búsqueda, que habita en los más jóvenes, es el tesoro que el Señor pone en nuestras manos y que debemos cuidar, cultivar y hacer germinar!” recordó Obispo de Roma. ¡No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de encontrar, de orientar la vida de los jóvenes!, prosiguió, alentándolos a no ser tímidos en el proponerles el camino de la vida sacerdotal, mostrándoles, sobre todo, con su testimonio que “es bello seguir al Señor y donarle la vida para siempre”.


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Discurso del Papa a la Fundación S. Juan Pablo II.

2016-10-21 Radio Vaticana

(RV).- “Los animo a continuar en el compromiso de promoción y ayuda en favor de las nuevas generaciones para que puedan afrontar los desafíos de la vida siempre animados por una sensibilidad evangélica y espíritu de fe”, lo dijo el Papa Francisco a los miembros de la Fundación Juan Pablo II, a quienes recibió en Audiencia en el marco de la celebración del 35° Aniversario de vida institucional.

En su discurso, el Santo Padre recordó los treinta y cinco años de labor que la Fundación viene realizando, ocasión oportuna, dijo el Papa, para realizar un balance y al mismo tiempo trazar nuevas metas y objetivos para el futuro. “La finalidad de su Fundación – precisó el Pontífice – es sostener las iniciativas de carácter educativo, cultural, religioso y caritativo inspiradas en la figura de San Juan Pablo II, de quien mañana celebraremos la memoria litúrgica”. Iniciativas y acciones presentes en diferentes países del mundo, beneficiando a numerosos estudiantes en la realización de sus estudios. “Los animo a continuar en el compromiso de promoción y ayuda en favor de las nuevas generaciones – alentó el Obispo de Roma – para que puedan afrontar los desafíos de la vida siempre animados por una sensibilidad evangélica y espíritu de fe. Formar a la juventud es una inversión para el futuro: ¡que a los jóvenes no les sea robada jamás la esperanza del mañana!”.

Este Año Jubilar que está concluyendo, agregó el Sucesor de Pedro, nos ha impulsado a reflexionar y meditar sobre la grandeza de la Divina Misericordia en un tiempo en el cual el hombre, motivado por los progresos de la técnica y de la ciencia, tiende a sentirse autosuficiente, como si se hubiese emancipado de toda autoridad superior, creyendo que todo depende de él. “Como cristianos, en cambio, somos conscientes que todo es don de Dios y la verdadera riqueza no es el dinero, que al contrario nos puede hacer esclavos, sino el amor de Dios, que nos hace libres”.

Recordando su reciente viaje a Polonia con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Francisco resaltó la “alegría de la fe” que encontró en los jóvenes. La tierra polaca, dijo, ha tenido grandes hijos y apóstoles de la misericordia, Santa Faustina Kowalska y San Juan Pablo II. “El Santo Papa se expresaba así, en la Encíclica Dives in misericordia: «Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la ‘condición humana’ histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral». En cambio, agregó el Pontífice, Santa Faustina, en su Diario, escribía una exhortación a ella dirigida por el Señor Jesús: «Hija mía, observa mi Corazón misericordioso y reproduce su compasión en tu corazón y en tus acciones, de modo que tú misma, que proclamas al mundo mi misericordia, seas inflamada por ella» (n. 1688).

Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco alentó a que estas palabras y el testimonio de estos dos santos puedan iluminar el trabajo generoso que la Fundación desarrolla. “Puedan las palabras, y sobre todo los ejemplos de vida de estos dos luminosos testigos inspirar siempre su generoso compromiso. La Virgen María, Mater Misericordiae, los cuide y los acompañe. Los bendigo de corazón a todos ustedes y a sus familias y comunidad; y les pido por favor de rezar por mí”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)


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Próxima jornada en favor de las vocaciones. Mensaje del Papa

Mensaje del Papa por la 53ª Jornada de Oración por las Vocaciones

2015-12-07 Radio Vaticana

 

(RV).- El 17 de abril del próximo año 2016, IV Domingo de Pascua, se celebrará la 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que estará acompañada por el Mensaje del Papa Francisco que lleva por lema “La Iglesia, madre de vocaciones”.

 

Texto del mensaje del Santo Padre Francisco:

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2016

La Iglesia, madre de vocaciones

Queridos hermanos y hermanas:

Cómo desearía que, a lo largo del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, todos los bautizados pudieran experimentar el gozo de pertenecer a la Iglesia. Ojalá puedan redescubrir que la vocación cristiana, así como las vocaciones particulares, nacen en el seno del Pueblo de Dios y son dones de la divina misericordia. La Iglesia es la casa de la misericordia y la «tierra» donde la vocación germina, crece y da fruto.

Por eso, invito a todos los fieles, con ocasión de esta 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, a contemplar la comunidad apostólica y a agradecer la mediación de la comunidad en su propio camino vocacional. En la Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia recordaba las palabras de san Beda el Venerable referentes a la vocación de san Mateo: misereando atque eligendo (Misericordiae vultus, 8). La acción misericordiosa del Señor perdona nuestros pecados y nos abre a la vida nueva que se concreta en la llamada al seguimiento y a la misión. Toda vocación en la Iglesia tiene su origen en la mirada compasiva de Jesús. Conversión y vocación son como las dos caras de una sola moneda y se implican mutuamente a lo largo de la vida del discípulo misionero.

El beato Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, describió los pasos del proceso evangelizador. Uno de ellos es la adhesión a la comunidad cristiana (cf. n. 23), esa comunidad de la cual el discípulo del Señor ha recibido el testimonio de la fe y el anuncio explícito de la misericordia del Señor. Esta incorporación comunitaria incluye toda la riqueza de la vida eclesial, especialmente los Sacramentos. La Iglesia no es sólo el lugar donde se cree, sino también verdadero objeto de nuestra fe; por eso decimos en el Credo: «Creo en la Iglesia».

La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación. El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo. Establece esa comunión en la cual la indiferencia ha sido vencida por el amor, porque nos exige salir de nosotros mismos, poniendo nuestra vida al servicio del designio de Dios y asumiendo la situación histórica de su pueblo santo.

En esta jornada, dedicada a la oración por las vocaciones, deseo invitar a todos los fieles a asumir su responsabilidad en el cuidado y el discernimiento vocacional. Cuando los apóstoles buscaban uno que ocupase el puesto de Judas Iscariote, san Pedro convocó a ciento veinte hermanos (Hch 1,15); para elegir a los Siete, convocaron el pleno de los discípulos (Hch 6,2). San Pablo da a Tito criterios específicos para seleccionar a los presbíteros (Tt 1,5-9). También hoy la comunidad cristiana está siempre presente en el surgimiento, formación y perseverancia de las vocaciones (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

La vocación nace en la Iglesia. Desde el nacimiento de una vocación es necesario un adecuado «sentido» de Iglesia. Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos (ibíd., 130). Respondiendo a la llamada de Dios, el joven ve cómo se amplía el horizonte eclesial, puede considerar los diferentes carismas y vocaciones y alcanzar así un discernimiento más objetivo. La comunidad se convierte de este modo en el hogar y la familia en la que nace la vocación. El candidato contempla agradecido esta mediación comunitaria como un elemento irrenunciable para su futuro. Aprende a conocer y a amar a otros hermanos y hermanas que recorren diversos caminos; y estos vínculos fortalecen en todos la comunión.

La vocación crece en la Iglesia. Durante el proceso formativo, los candidatos a las distintas vocaciones necesitan conocer mejor la comunidad eclesial, superando las percepciones limitadas que todos tenemos al principio. Para ello, es oportuno realizar experiencias apostólicas junto a otros miembros de la comunidad, por ejemplo: comunicar el mensaje evangélico junto a un buen catequista; experimentar la evangelización de las periferias con una comunidad religiosa; descubrir y apreciar el tesoro de la contemplación compartiendo la vida de clausura; conocer mejor la misión ad gentes por el contacto con los misioneros; profundizar en la experiencia de la pastoral en la parroquia y en la diócesis con los sacerdotes diocesanos. Para quienes ya están en formación, la comunidad cristiana permanece siempre como el ámbito educativo fundamental, ante la cual experimentan gratitud.

La vocación está sostenida por la Iglesia. Después del compromiso definitivo, el camino vocacional en la Iglesia no termina, continúa en la disponibilidad para el servicio, en la perseverancia y en la formación permanente. Quien ha consagrado su vida al Señor está dispuesto a servir a la Iglesia donde esta le necesite. La misión de Pablo y Bernabé es un ejemplo de esta disponibilidad eclesial. Enviados por el Espíritu Santo desde la comunidad de Antioquía a una misión (Hch 13,1-4), volvieron a la comunidad y compartieron lo que el Señor había realizado por medio de ellos (Hch 14,27). Los misioneros están acompañados y sostenidos por la comunidad cristiana, que continúa siendo para ellos un referente vital, como la patria visible que da seguridad a quienes peregrinan hacia la vida eterna.

Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cfr. Lc 1,35-38). La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios. También lo hace a través de una cuidadosa selección de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Finalmente es madre de las vocaciones al sostener continuamente a aquellos que han consagrado su vida al servicio de los demás.

Pidamos al Señor que conceda a quienes han emprendido un camino vocacional una profunda adhesión a la Iglesia; y que el Espíritu Santo refuerce en los Pastores y en todos los fieles la comunión eclesial, el discernimiento y la paternidad y maternidad espirituales:

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización. Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso.

Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

Vaticano, 29 de noviembre de 2015


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Jornada mundial de oración por las vocaciones. Mensaje de Papa Francisco.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

 PARA LA 52 JORNADA MUNDIAL

DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

26 DE ABRIL DE 2015 – IV DOMINGO DE PASCUA

«El éxodo, experiencia fundamental de la vocación»

Queridos hermanos y hermanas:

El cuarto Domingo de Pascua nos presenta el icono del Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, las alimenta y las guía. Hace más de 50 años que en este domingo celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Esta Jornada nos recuerda la importancia de rezar para que, como dijo Jesús a sus discípulos, «el dueño de la mies… mande obreros a su mies» (Lc 10,2). Jesús nos dio este mandamiento en el contexto de un envío misionero: además de los doce apóstoles, llamó a otros setenta y dos discípulos y los mandó de dos en dos para la misión (cf. Lc 10,1-16). Efectivamente, si la Iglesia «es misionera por su naturaleza» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 2), la vocación cristiana nace necesariamente dentro de una experiencia de misión. Así, escuchar y seguir la voz de Cristo Buen Pastor, dejándose atraer y conducir por él y consagrando a él la propia vida, significa aceptar que el Espíritu Santo nos introduzca en este dinamismo misionero, suscitando en nosotros el deseo y la determinación gozosa de entregar nuestra vida y gastarla por la causa del Reino de Dios.

Entregar la propia vida en esta actitud misionera sólo será posible si somos capaces de salir de nosotros mismos. Por eso, en esta 52 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera reflexionar precisamente sobre ese particular «éxodo» que es la vocación o, mejor aún, nuestra respuesta a la vocación que Dios nos da. Cuando oímos la palabra «éxodo», nos viene a la mente inmediatamente el comienzo de la maravillosa historia de amor de Dios con el pueblo de sus hijos, una historia que pasa por los días dramáticos de la esclavitud en Egipto, la llamada de Moisés, la liberación y el camino hacia la tierra prometida. El libro del Éxodo ―el segundo libro de la Biblia―, que narra esta historia, representa una parábola de toda la historia de la salvación, y también de la dinámica fundamental de la fe cristiana. De hecho, pasar de la esclavitud del hombre viejo a la vida nueva en Cristo es la obra redentora que se realiza en nosotros mediante la fe (cf. Ef 4,22-24). Este paso es un verdadero y real «éxodo», es el camino del alma cristiana y de toda la Iglesia, la orientación decisiva de la existencia hacia el Padre.

En la raíz de toda vocación cristiana se encuentra este movimiento fundamental de la experiencia de fe: creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo; abandonar, como Abrahán, la propia tierra poniéndose en camino con confianza, sabiendo que Dios indicará el camino hacia la tierra nueva. Esta «salida» no hay que entenderla como un desprecio de la propia vida, del propio modo de sentir las cosas, de la propia humanidad; todo lo contrario, quien emprende el camino siguiendo a Cristo encuentra vida en abundancia, poniéndose del todo a disposición de Dios y de su reino. Dice Jesús: «El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mt 19,29). La raíz profunda de todo esto es el amor. En efecto, la vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se refiere a algo más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un «camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 6).

La experiencia del éxodo es paradigma de la vida cristiana, en particular de quien sigue una vocación de especial dedicación al servicio del Evangelio. Consiste en una actitud siempre renovada de conversión y transformación, en un estar siempre en camino, en un pasar de la muerte a la vida, tal como celebramos en la liturgia: es el dinamismo pascual. En efecto, desde la llamada de Abrahán a la de Moisés, desde el peregrinar de Israel por el desierto a la conversión predicada por los profetas, hasta el viaje misionero de Jesús que culmina en su muerte y resurrección, la vocación es siempre una acción de Dios que nos hace salir de nuestra situación inicial, nos libra de toda forma de esclavitud, nos saca de la rutina y la indiferencia y nos proyecta hacia la alegría de la comunión con Dios y con los hermanos. Responder a la llamada de Dios, por tanto, es dejar que él nos haga salir de nuestra falsa estabilidad para ponernos en camino hacia Jesucristo, principio y fin de nuestra vida y de nuestra felicidad.

Esta dinámica del éxodo no se refiere sólo a la llamada personal, sino a la acción misionera y evangelizadora de toda la Iglesia. La Iglesia es verdaderamente fiel a su Maestro en la medida en que es una Iglesia «en salida», no preocupada por ella misma, por sus estructuras y sus conquistas, sino más bien capaz de ir, de ponerse en movimiento, de encontrar a los hijos de Dios en su situación real y de com-padecer sus heridas. Dios sale de sí mismo en una dinámica trinitaria de amor, escucha la miseria de su pueblo e interviene para librarlo (cf. Ex 3,7). A esta forma de ser y de actuar está llamada también la Iglesia: la Iglesia que evangeliza sale al encuentro del hombre, anuncia la palabra liberadora del Evangelio, sana con la gracia de Dios las heridas del alma y del cuerpo, socorre a los pobres y necesitados.

Queridos hermanos y hermanas, este éxodo liberador hacia Cristo y hacia los hermanos constituye también el camino para la plena comprensión del hombre y para el crecimiento humano y social en la historia. Escuchar y acoger la llamada del Señor no es una cuestión privada o intimista que pueda confundirse con la emoción del momento; es un compromiso concreto, real y total, que afecta a toda nuestra existencia y la pone al servicio de la construcción del Reino de Dios en la tierra. Por eso, la vocación cristiana, radicada en la contemplación del corazón del Padre, lleva al mismo tiempo al compromiso solidario en favor de la liberación de los hermanos, sobre todo de los más pobres. El discípulo de Jesús tiene el corazón abierto a su horizonte sin límites, y su intimidad con el Señor nunca es una fuga de la vida y del mundo, sino que, al contrario, «esencialmente se configura como comunión misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23).

Esta dinámica del éxodo, hacia Dios y hacia el hombre, llena la vida de alegría y de sentido. Quisiera decírselo especialmente a los más jóvenes que, también por su edad y por la visión de futuro que se abre ante sus ojos, saben ser disponibles y generosos. A veces las incógnitas y las preocupaciones por el futuro y las incertidumbres que afectan a la vida de cada día amenazan con paralizar su entusiasmo, de frenar sus sueños, hasta el punto de pensar que no vale la pena comprometerse y que el Dios de la fe cristiana limita su libertad. En cambio, queridos jóvenes, no tengáis miedo a salir de vosotros mismos y a poneros en camino. El Evangelio es la Palabra que libera, transforma y hace más bella nuestra vida. Qué hermoso es dejarse sorprender por la llamada de Dios, acoger su Palabra, encauzar los pasos de vuestra vida tras las huellas de Jesús, en la adoración al misterio divino y en la entrega generosa a los otros. Vuestra vida será más rica y más alegre cada día.

La Virgen María, modelo de toda vocación, no tuvo miedo a decir su «fiat» a la llamada del Señor. Ella nos acompaña y nos guía. Con la audacia generosa de la fe, María cantó la alegría de salir de sí misma y confiar a Dios sus proyectos de vida. A Ella nos dirigimos para estar plenamente disponibles al designio que Dios tiene para cada uno de nosotros, para que crezca en nosotros el deseo de salir e ir, con solicitud, al encuentro con los demás (cf. Lc 1,39). Que la Virgen Madre nos proteja e interceda por todos nosotros.

(from Vatican Radio)