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Consejos del Papa a los sacerdotes en la misa crismal del jueves santo. Comentario.

El Papa: “La evangelización no puede ser presuntuosa”

Francisco invitó a los sacerdotes a hacer homilías breves «si es posible», y afirmó: «que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su verdad, no negociable, su misericordia, incondicional con todos los pecadores, y su alegría inclusiva»
AP

Francisco durante la Misa Crismal

Pubblicato il 13/04/2017
Ultima modifica il 13/04/2017 alle ore 10:24
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad, no negociable, su Misericordia, incondicional con todos los pecadores, y su Alegría, íntima e inclusiva». Papa Francisco celebró la Misa Crismal del Jueves Santo en San Pedro, durante la que se bendice el aceite que será utilizado para administrar los sacramentos durante el año, y explicó que «No puede ser presuntuosa la evangelización. No puede ser rígida la integridad de la verdad. El Espíritu anuncia y enseña “toda la verdad“». Con el obispo de Roma concelebraron los sacerdotes de la diócesis, que renovaron las promesas que hicieron durante sus ordenaciones.

 

En la homilía, el Papa insistió sobre «la Buena Noticia a los pobres» que Jesús llevó «alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás. Y, al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, —breve en lo posible— lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración».

 

«Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser. Y, por otra parte, son precisamente los detalles más pequeños —todos lo hemos experimentado— los que mejor contienen y comunican la alegría: el detalle del que da un pasito más y hace que la misericordia se desborde en la tierra de nadie. El detalle del que se anima a concretar y pone día y hora al encuentro. El detalle del que deja que le usen su tiempo con mansa disponibilidad…», añadió.

 

La Buena Noticia, subrayó Francisco, «no es un objeto, es una misión». Y en una sola palabra, Evangelio, en el acto de ser comunicado, «que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad. Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad, no negociable, su Misericordia, incondicional con todos los pecadores, y su Alegría, íntima e inclusiva».

 

Bergoglio también recordó que «Nunca la verdad de la Buena Noticia podrá ser sólo una verdad abstracta, de esas que no terminan de encarnarse en la vida de las personas porque se sienten más cómodas en la letra impresa de los libros. Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso. Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio —explicó citando la exhortación apostólica “Evangelio Gaudium”—, porque es expresión de una alegría enteramente personal: “La alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos”. La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar».

 

Francisco después indicó que «las alegrías del Evangelio» son «especiales» y deben ser puestas en «odres nuevos». Y presentó tres iconos de nuevos odres. El primero es el de las ánforas de piedra de las bodas de Caná: «María es el odre nuevo de la plenitud contagiosa. “Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza”, Nuestra Señora de la prontitud», y «¡sin la Virgen no podemos salir adelante en el sacerdocio!». Ella nos permite «superar la tentación del miedo: ese no animarnos a ser llenados hasta el borde, esa pusilanimidad de no salir a contagiar de gozo a los demás».

 

El segundo icono de la Buena Noticia es la vasija que llevaba sobre la cabeza la Samaritana que estaba en el pozo, el medio con el que la mujer saca agua para quitarle la sed a Jesús: «Un odre nuevo con esta concreción inclusiva nos lo regaló el Señor en el alma samaritana que fue Madre Teresa. Él llamó y le dijo: “Tengo sed”, “pequeña mía, ven, llévame a los agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. No me conocen, por eso no me quieren. Llévame hasta ellos”. Y ella, comenzando por uno concreto, con su sonrisa y su modo de tocar con las manos las heridas, trajo la Buena Noticia a todos».

 

Para concluir, el tercer icono de la Buena Noticia es el odre inmenso del Corazón traspasado del Señor: integridad mansa, humilde y pobre, que atrae a sí. De Él, dijo el Papa, «debemos aprender que anunciar es una gran alegría a los muy pobres no puede hacerse sino de modo respetuoso y humilde hasta la humillación». Por ello, Francisco explicó que «no puede ser presuntuosa la evangelización. No puede ser rígida la integridad de la verdad. El Espíritu anuncia y enseña “toda la verdad”. El Espíritu nos dice en cada momento lo que tenemos que decir a nuestros adversarios e ilumina el pasito adelante que podemos dar en ese momento. Esta mansa integridad da alegría a los pobres, reanima a los pecadores, hace respirar a los oprimidos por el demonio».


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El Papa a los sacerdotes en la misa crismal del jueves santo.

El Papa en la Misa Crismal: “Sacerdotes, ungidos para anunciar la verdad, la misericordia y la alegría”

(RV).- “Al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración. Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la celebración de la Santa Misa del Crisma al inicio del Triduo pascual, en la Basílica de San Pedro.

En su homilía, el Pontífice recordó que, Jesús fue ungido por el Espíritu Santo para anunciar la Buena Notica a los pobres. “Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, precisó el Papa, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás”. Como todo discípulo misionero, agregó el Obispo de Roma, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser.

En este sentido, la Buena Noticia puede parecer una expresión más, entre otras, para decir Evangelio – afirmó el Papa Francisco – como buena nueva o feliz anuncio. Sin embargo, dijo, contiene algo que cohesiona en sí todo lo demás: la alegría del Evangelio. “La Buena Noticia es la perla preciosa del Evangelio. No es un objeto, es una misión. La Buena Noticia nace de la Unción. La primera, la gran unción sacerdotal de Jesús, es la que hizo el Espíritu Santo en el seno de María”. La Buena Noticia. Una sola Palabra – Evangelio – que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad. Por ello, advirtió el Pontífice, que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad – no negociable –, su Misericordia – incondicional con todos los pecadores – y su Alegría – íntima e inclusiva –.

Refiriéndose a las alegrías del Evangelio, el Papa Francisco señaló que son alegrías especiales, que vienen en odres nuevos, esos de los que habla el Señor para expresar la novedad de su mensaje. Les comparto, queridos sacerdotes, queridos hermanos, agregó el Papa, tres íconos de odres nuevos en los que la Buena Noticia cabe bien, no se avinagra y se vierte abundantemente. “Un ícono de la Buena Noticia es el de las tinajas de piedra de las bodas de Caná. El segundo ícono de la Buena Noticia es aquella vasija que – con su cucharón de madera – al pleno sol del mediodía, portaba sobre su cabeza la Samaritana. Este, refleja bien una cuestión esencial: la de la concreción. El tercer ícono de la Buena Noticia, señalo el Papa, es el Odre inmenso del Corazón traspasado del Señor: integridad mansa – humilde y pobre – que atrae a todos hacia sí”.

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco alentó a los sacerdotes a que, “contemplando y bebiendo de estos tres odres nuevos, la Buena Noticia tenga en nosotros la plenitud contagiosa que transmite con todo su ser nuestra Señora, la concreción inclusiva del anuncio de la Samaritana, y la integridad mansa con que el Espíritu brota y se derrama, incansablemente, del Corazón traspasado de Jesús nuestro Señor”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18). El Señor, Ungido por el Espíritu, lleva la Buena Noticia a los pobres. Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás. Y, al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, —breve en lo posible— lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración. Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser. Y, por otra parte, son precisamente los detalles más pequeños —todos lo hemos experimentado— los que mejor contienen y comunican la alegría: el detalle del que da un pasito más y hace que la misericordia se desborde en la tierra de nadie. El detalle del que se anima a concretar y pone día y hora al encuentro. El detalle del que deja que le usen su tiempo con mansa disponibilidad…

La Buena Noticia puede parecer una expresión más, entre otras, para decir «Evangelio»: como buena nueva o feliz anuncio. Sin embargo, contiene algo que cohesiona en sí todo lo demás: la alegría del Evangelio. Cohesiona todo porque es alegre en sí mismo.

La Buena Noticia es la perla preciosa del Evangelio. No es un objeto, es una misión. Lo sabe el que experimenta «la dulce y confortadora alegría de anunciar» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 10).

La Buena Noticia nace de la Unción. La primera, la «gran unción sacerdotal» de Jesús, es la que hizo el Espíritu Santo en el seno de María.

En aquellos días, la feliz noticia de la Anunciación hizo cantar el Magníficat a la Madre Virgen, llenó de santo silencio el corazón de José, su esposo, e hizo saltar de gozo a Juan en el seno de su madre Isabel.

Hoy, Jesús regresa a Nazaret, y la alegría del Espíritu renueva la Unción en la pequeña sinagoga del pueblo: el Espíritu se posa y se derrama sobre él ungiéndolo con oleo de alegría (cf. Sal 45,8).

La Buena Noticia. Una sola Palabra —Evangelio— que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad.

Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad —no negociable—, su Misericordia —incondicional con todos los pecadores— y su Alegría —íntima e inclusiva—.

Nunca la verdad de la Buena Noticia podrá ser sólo una verdad abstracta, de esas que no terminan de encarnarse en la vida de las personas porque se sienten más cómodas en la letra impresa de los libros.

Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso.

Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: «La alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 237). La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar (cf. ibíd., 5).

Las alegrías del Evangelio —lo digo ahora en plural, porque son muchas y variadas, según el Espíritu tiene a bien comunicar en cada época, a cada persona en cada cultura particular— son alegrías especiales. Vienen en odres nuevos, esos de los que habla el Señor para expresar la novedad de su mensaje. Les comparto, queridos sacerdotes, queridos hermanos, tres íconos de odres nuevos en los que la Buena Noticia cabe bien, no se avinagra y se vierte abundantemente.

Un ícono de la Buena Noticia es el de las tinajas de piedra de las bodas de Caná (cf. Jn 2,6). En un detalle, espejan bien ese Odre perfecto que es —Ella misma, toda entera— Nuestra Señora, la Virgen María. Dice el Evangelio que «las llenaron hasta el borde» (Jn 2,7). Imagino yo que algún sirviente habrá mirado a María para ver si así ya era suficiente y habrá sido un gesto suyo el que los llevó a echar un balde más. María es el odre nuevo de la plenitud contagiosa. «Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286), Nuestra Señora de la prontitud, la que apenas ha concebido en su seno inmaculado al Verbo de vida, sale a visitar y a servir a su prima Isabel. Su plenitud contagiosa nos permite superar la tentación del miedo: ese no animarnos a ser llenados hasta el borde, esa pusilanimidad de no salir a contagiar de gozo a los demás. Nada de eso: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Ibíd., 1)

El segundo ícono de la Buena Noticia es aquella vasija que —con su cucharón de madera—, al pleno sol del mediodía, portaba sobre su cabeza la Samaritana. Refleja bien una cuestión esencial: la de la concreción. El Señor —que es la Fuente de Agua viva— no tenía «con qué» sacar agua para beber unos sorbos. Y la Samaritana sacó agua de su vasija con el cucharón y sació la sed del Señor. Y la sació más con la confesión de sus pecados concretos. Agitando el odre de esa alma samaritana, desbordante de misericordia, el Espíritu Santo se derramó en todos los paisanos de aquel pequeño pueblo, que invitaron al Señor a hospedarse entre ellos.

Un odre nuevo con esta concreción inclusiva nos lo regaló el Señor en el alma samaritana que fue Madre Teresa. Él llamó y le dijo: «Tengo sed», «pequeña mía, ven, llévame a los agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. No me conocen, por eso no me quieren. Llévame hasta ellos». Y ella, comenzando por uno concreto, con su sonrisa y su modo de tocar con las manos las heridas, llevó la Buena Noticia a todos.

El tercer ícono de la Buena Noticia es el Odre inmenso del Corazón traspasado del Señor: integridad mansa —humilde y pobre— que atrae a todos hacia sí. De él tenemos que aprender que anunciar una gran alegría a los muy pobres no puede hacerse sino de modo respetuoso y humilde hasta la humillación. No puede ser presuntuosa la evangelización. No puede ser rígida la integridad de la verdad. El Espíritu anuncia y enseña «toda la verdad» (Jn 16,13) y no teme hacerla beber a sorbos. El Espíritu nos dice en cada momento lo que tenemos que decir a nuestros adversarios (cf. Mt 10,19) e ilumina el pasito adelante que podemos dar en ese momento. Esta mansa integridad da alegría a los pobres, reanima a los pecadores, hace respirar a los oprimidos por el demonio.

Queridos sacerdotes, que contemplando y bebiendo de estos tres odres nuevos, la Buena Noticia tenga en nosotros la plenitud contagiosa que transmite con todo su ser nuestra Señora, la concreción inclusiva del anuncio de la Samaritana, y la integridad mansa con que el Espíritu brota y se derrama, incansablemente, del Corazón traspasado de Jesús nuestro Señor.


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Cómo es y cómo se hace un buen confesor, según Papa Francisco.

Papa: Tres aspectos a tener en cuenta para ser buen confesor

(RV).-  No se convierte en buenos confesores gracias a un curso, porque aquella del confesional es una ‘larga escuela’ que dura toda la vida. Pero… ¿Quién es el buen confesor y cómo se convierte en buenos confesores? Esta fue la pregunta que el Papa presentó y a la que respondió en tres puntos, en el discurso que dirigió a los participantes en el curso promovido por la Penitenciaría Apostólica.

Tras haber saludado y agradecido a los presentes, en primer lugar, al Cardenal Penitenciario Mayor, el Pontífice hizo una confesión: “el de la Penitenciaría es el tipo de Tribunal que me gusta de verdad”, dijo, porque “es el tipo de tribunal al cual uno se dirige para obtener aquella medicina indispensable que es la Misericordia Divina”, es “un tribunal de la misericordia”.

“Su curso sobre el fuero interno, que contribuye a la formación de buenos confesores, es muy útil, y diría incluso necesario en nuestros días. Por supuesto, no se convierte en buenos confesores gracias a un curso, no: la del confesional es una “escuela larga”, que dura toda la vida. Pero, ¿quién es el “buen confesor”? ¿Cómo se convierte en un buen confesor?”

Así pues, el Papa señaló tres de los aspectos que el buen confesor debe tener:

En primer lugar el buen confesor es “un amigo verdadero de Jesús el Buen Pastor”, esto significa principalmente cultivar la oración, tanto aquella personal como aquella para el ejercicio de la tarea de confesores, y para los fieles que se acercan en busca de la misericordia de Dios. Esto porque un ministerio de la reconciliación, – tal como precisara el Papa – que esté “envuelto con la oración” será reflejo creíble de la misericordia de Dios, y evitará las dificultades y malentendidos que a veces también se podrían generar en el encuentro sacramental.

“Un confesor que reza sabe bien que es él mismo el primer pecador y el primer perdonado. No se puede perdonar en el Sacramento sin la consciencia de haber sido perdonado antes.  Así, pues, la oración es la primera garantía para evitar cualquier actitud de dureza, que inútilmente juzga al pecador y no al pecado. En la oración se debe implorar el don de un corazón herido, capaz de comprender las heridas de los demás y de sanarlas con el aceite de la misericordia, lo que el Buen Samaritano derramó sobre las heridas de aquel desventurado, de quien nadie tuvo misericordia (cf. Lc 10,34)”.

Indispensable en este punto es pedir el precioso don de la humildad, para que sea claro que el perdón es un don gratuito y sobrenatural de Dios, del cual los confesores son sólo simples – aunque necesarios- administradores, por voluntad del mismo Jesús.

Además en la oración siempre invocamos al Espíritu Santo, – añadió Francisco-  que es Espíritu de discernimiento y de compasión. “El Espíritu permite identificarnos con los sufrimientos de los hermanos y hermanas que se acercan al confesional, y acompañarlos con prudente y maduro discernimiento y con verdadera compasión de sus sufrimientos, causados por la pobreza del pecado”.

En segundo lugar el buen confesor es “un hombre del Espíritu y del discernimiento”. Esto porque el discernimiento permite “distinguir”, es decir, permite “no poner todo en el mismo saco”,  otorgando la delicadeza de ánimo necesaria de frente a quien abre el sagrario de la propia conciencia para recibir luz, paz y misericordia. Y es hombre “del” Espíritu, porque no hace su propia voluntad ni enseña una propia doctrina, sino que está llamado a hacer siempre la voluntad de Dios en comunión plena con la Iglesia, de la cual es siervo.

“El discernimiento es también necesario porque, aquellos que se acercan al confesionario, pueden venir de muchas situaciones diferentes; también pueden tener trastornos espirituales, cuya naturaleza debe ser sometida a un cuidadoso discernimiento, teniendo en cuenta todas las circunstancias existenciales, eclesiales, naturales y sobrenaturales. Allí donde el confesor se diera cuenta de la presencia de verdaderos trastornos espirituales – que también pueden ser en gran parte psicológicos, y por ello deben ser verificados a través de una sana colaboración con las ciencias humanas -, no dudarán en referirse a aquellos que, en la diócesis, están a cargo de este delicado y necesario ministerio, a saber, los exorcistas. Pero éstos deberán seleccionarse con gran cuidado y mucha prudencia”.

Y por último, tras aseverar que el confesional es un verdadero y propio “lugar de evangelización”, porque “no hay evangelización más auténtica que el encuentro con el Dios de la misericordia”, el pontífice señaló que el confesional es, en consecuencia, un lugar de formación, y por este motivo en el breve diálogo con el penitente, el confesor está llamado a discernir qué cosa sea más útil, e incluso necesaria, en el camino espiritual de aquel hermano o hermana. En definitiva, es una obra “de rápido e inteligente discernimiento que puede hacer mucho bien a los fieles”.

Para los confesores que están llamados cada día a ir a las periferias del mal y del pecado – como él mismo dijo – el Sucesor de Pedro deseó, en definitiva, que sean buenos confesores, es decir, a) inmersos en la relación con Cristo, b) capaces de discernimiento en el Espíritu Santo, y c) listos para aprovechar la oportunidad de evangelizar.

“Confesar es prioridad pastoral. Por favor, que no haya esos carteles ‘Se confiesa sólo los lunes y miércoles a partir de tal hora a tal hora’. Se confiesa cada vez que te lo piden. Y si te quedas allí rezando, estás con el confesionario abierto, que es el corazón de Dios abierto”.


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La grave crisis del sacerdocio en la iglesia católica. Hombres casados sacerdotes?

Now is the time for married priests

  • Unsplash/Josh Applegate
 |  Faith and Justice
It is time for the Catholic bishops to stop hoping for an increase in vocations to the celibate priesthood and to acknowledge that the church needs married priests to serve the people of God. We cannot have a Catholic Church without sacraments, and a priest is needed for the Eucharist, confession, and anointing.At the Last Supper, Jesus said, “Do this in memory of me,” not “have a celibate priesthood.” The need for the Eucharist trumps having a celibate priesthood.

For at least 50 years, the Catholic Church in the United States has seen a drop in the number of priests. According to CARA reports, in 1970, there were 59,192 priests in the U.S.; by 2016, there were only 37,192. Meanwhile, the number of Catholics increased to 74.2 million from 51 million. That means the people/priest ratio grew from 861 Catholics per priest in 1970 to 1,995 per priest in 2016. These numbers include all priests both religious and diocesan, as well as retired priests. When the priests currently over 65 years of age die, these numbers will be even worse.

Already, in many parts of the United States, we have seen the impact of declining numbers of priests. Parishes are merging and closing. Few parishes have more than one priest. African and Asian priests have become missionaries to the United States. In rural areas, priests drive hundreds of miles on weekends visiting parishes in small towns that no longer have a resident priest. Some rural parishes might see a priest once a month. The number of priestless parishes rose from 571 in 1970 to 3,499 in 2016.

The problem is not just in the United States; in fact, it is worse elsewhere. In 2014, there were 414,313 priests for 1.2 billion Catholics in the world, for a Catholics/priests ratio of 2,896 to one.

Francis_Lonneman.jpgIt’s been four years since Pope Francis’ election. Help us continue to report about this pope and his vision for the church! Subscribe and save $10!

In Latin America, for historical reasons, there has been a shortage of priests for more than 100 years. This is one of the reasons that Evangelicals and Pentecostals have been successful in Latin America. If there is no priest in the town, people will go wherever there is a service.

Africa and Asia are pointed to as places where vocations are plentiful, but even in those areas, there are not enough priests. And already, vocations are beginning to fall in some places on those continents.

Why are vocations declining?

There are lots of theories. Conservatives tend to blame secular culture and the current generation of young people who are seen as self-centered consumers who lack the discipline and spirit of self-sacrifice necessary to be priests.

Sociologists point to demographic changes. Families are smaller. In a large family, parents support having one of their children become a priest, but if they have only one or two children, parents prefer grandchildren to priests.

Universal access to education also makes a difference. Historically, becoming a priest was one of the few ways to get an education, especially for a child not from a rich family. The priest was often the best educated person in the community, which gave him additional status. Today education is more readily available. The priest does not have the status he had in the past.

In brief, a lot of vocations in the past came from large families where the priest was the first member of the family to get a college education and where the family lived in a community where the parish priest was a respected figure. As this world disappears, so do vocations. Even in parts of India, where Catholics are educated, middle-class, and having fewer children, we see a decline in vocations already.

There is nothing to indicate that this will not continue to happen in Africa and Asia when Catholics become more prosperous.

There have also been changes in the church that have affected vocations. The Second Vatican Council stressed the role of the laity and the importance of marriage as a path to holiness. Priesthood and religious life were taken off their pedestals.

Also, after the council, many ministries that previously were open only to priests became possible for lay people. There are now lay theologians, pastoral ministers, spiritual directors, teachers, as well as lay people working in chanceries and Catholic charities. Technically, a lay person can do almost anything a priest can except preside at the Eucharist, hear confessions, and anoint the sick. Those who felt called to serve the church saw that they could marry and do many things without being a priest.

American sociologist Dean Hoge surveyed young men working in campus ministry and found that significant numbers would be interested in being priests if they could marry. In fact, some argue that there has not been a decline in vocations; the bishops are simply not acknowledging that God is calling married men and even women to the priesthood.

Earlier this month, Pope Francis spoke about vocations and the possibility of ordaining viri probati, that is proven or tested married men.

“The problem is the lack of vocations, a problem the church must solve,” Francis said. “We must think about whether viri probati are one possibility, but that also means discussing what tasks they could take on in remote communities. In many communities at the moment, committed women are preserving Sunday as a day of worship by holding services of the Word. But a church without the Eucharist has no strength.”

In my column last week, I noted that one of the major achievements of Francis is his opening up debate and discussion in the church. Although Pope Paul VI briefly considered the idea, discussing married priests was not permitted under the last two papacies. I could not have written this column when I was editor of America (1998-2005).

Even as an archbishop, Jorge Bergoglio was gently raising the issue of married priests.  In Chapter 6 of On Heaven and Earth, he acknowledged that there were already married priests in the Catholic Church from the Eastern traditions (Byzantine, Ukrainian, or Greek), and he noted that they were good priests. The Western or Roman Catholic Church has the rule of celibacy, but the Eastern Catholic Churches, who are in union with Rome, have always had married priests. In the United States, we also have former Anglican and Lutheran priests who are married and operating as priests in the Catholic Church today.

For about the first 1,000 years of its existence, the church had married clergy. For the last 1,000 years, we have had the rule of celibacy. The rule is not always well observed. Bergoglio hated the practice of priests not living up to their commitment. He could be forgiving if the priest changed his ways, but he said he preferred a good layman to a bad priest. If a priest fathered a child, Bergoglio said the priest must leave because a child’s right to have a father was greater than a man’s obligation to remain a priest.

I believe that Francis is in favor of optional celibacy, but he is not going to suddenly announce from St. Peter’s Square that the church is going to have married priests beginning next week. That is not the way he operates. He believes in a collegial church where he makes decisions along with the college of bishops.

Erwin Krautler, a Brazilian bishop, approached the pope about having married priests in his huge diocese in the Amazon rain forest where there are 700,000 people and 27 priests. The pope’s response was to urge him to go back to his bishops’ conference and get the bishops to ask for it. This is the most likely way that married priests will be reintroduced in to the Roman branch of the Catholic Church. It will be at the request of bishops’ conferences for married priests in remote places where there is great need. But once married priests are introduced, they will spread quickly to other places.

If the people of God want married priests, they need to let their bishops know. The pope is waiting for the bishops to ask. People need to push their bishops to ask.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a senior analyst for NCR and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church. His email address is treesesj@ncronline.org.]


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El celibato, la iglesia católica y el Papa Francisco.

Las palabras del Papa sobre el celibato y la “salus animarum”

En la entrevista con «Die Zeit» Francisco confirma que no quiere modificar la disciplina sobre el celibato para la Iglesia latina, pero considera la posibilidad de discutir sobre los «viri probati»
REUTERS

Papa Francisco con párrocos romanos

Pubblicato il 09/03/2017
Ultima modifica il 09/03/2017 alle ore 15:45
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

En la primera entrevista con un periódico alemán, la que publicó hoy «Die Zeit» , el Papa insistió en que no tiene la intención de cambiar la disciplina eclesiástica del celibato sacerdotal, en vigor desde hace largos siglos en la Iglesia católica de rito latino. Francisco reconoció que «la vocación de los sacerdotes representa un problema enorme» y que «la Iglesia tendrá que resolverlo», pero «el celibato libre no es una solución», así como tampoco abrir las puertas de los seminarios a personas que no tengan una auténtica vocación. No se resuelve el problema de la crisis de vocaciones permitiendo que los actuales o futuros sacerdotes se casen. «El Señor nos ha dicho: “Recen”. Y esto es lo que falta, la oración. Y falta el trabajo con los jóvenes que buscan orientación». Un trabajo «difícil», pero «necesario» porque «los jóvenes lo piden». Pero el Papa también declaró: «Debemos revisar si los “viri probati” son una posibilidad», y «también debemos establecer cuáles tareas podrían asumir, por ejemplo, en comunidades aisladas».

 

No es ningún misterio que la abolición del compromiso del celibato para quien se convierta en sacerdote no estuviera entre los programas o deseos del Papa argentino. Lo dijo públicamente antes de la elección: «Por el momento –afirmó el entonces cardenal Bergoglio dialogando con el rabino Skorka– yo estoy a favor de mantener el celibato, con todos los pros y contras que implica, porque son diez siglos de experiencias positivas más que de errores… La tradición tiene un peso y una validez. Los ministros católicos eligieron gradualmente el celibato. Hasta el año 1100 había quien lo elegía y quien no…es una cuestión de disciplina y no de fe. Se puede cambiar. En lo personal, nunca me ha pasado por la cabeza la idea de casarme». Como Papa lo ha repetido miles de veces, explicando que el celibato «no es un dogma», sino «un don». Un don todavía precioso.

 

Hace más de 800 años, en 1179, el Concilio Lateranense III estableció que el celibato eclesiástico no tenía una naturaleza divina, sino canónica, es decir que representa una tradición que pertenece a la disciplina de la Iglesia latina. De esta manera, el Concilio Lateranense III decidió no cambiar la «disciplina apostólica» de los primeros siete Concilios ecuménicos (reconocidos también por la Iglesia ortodoxa), que permitía la ordenación presbiterial de hombres casados, pero no el matrimonio después de la ordenación. Las Iglesias orientales (ortodoxas y católicas) prevén la ordenación de seminaristas ya casados, pero no el matrimonio para los sacerdotes ya ordenados. En cambio, la Iglesia latina decidió ordenar solo a hombres célibes. El Concilio Ecuménico Vaticano II, en el decreto «Presbyterorum ordinis», reconocía que la elección del celibato no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio.

 

Entonces, también en la Iglesia católica existen sacerdotes casados: se trata de sacerdotes que pertenecen a las Iglesias de rito oriental en comunión con Roma. Y también hay excepciones y decisiones relacionadas con casos de emergencia. Durante el Pontificado de Pío XII, en 1951, recibieron la dispensa para recibir el sacramento de la orden sacerdotal en la Iglesia católica ex pastores protestantes o anglicanos. Y esto continuó durante las décadas posteriores. En el caso de que el que estuviera casado fuera un obispo, como sucedió para los anglicanos, podía ser ordenado sacerdote pero no recibir la plenitud del episcopado en la Iglesia católica.

 

La novedad más significativa al respecto fue la que estableció en 2009 Benedicto XVI con la constitución apostólica «Anglicanorum coetibus» y la creación de los ordinariatos anglo-católicos para reunir en la comunión con Roma a enteras comunidades de la Iglesia anglicana y a sus pastores, obispos y sacerdotes. Un documento que, de hecho, permite la posibilidad del clero casado en la Iglesia latina, aunque sea una excepción según determinados criterios y condiciones. En el segundo párrafo del artículo 6 de la Constitución, después de que antes se hubiera insistido en la regla del celibato para el futuro, Papa Ratzinger estableció la posibilidad de «admitir, caso por caso, a la orden sacra del presbiteriato también a hombres conyugados, según los criterios objetivos aprobados por la Santa Sede». Lo mismo decían las normas complementarias anexas al documento pontificio, que fueron preparadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la aprobación papal. Se afirma que el ordinario «puede presentar al Santo Padre la petición de admisión de hombres casados a la ordenación presbiterial en el Ordinariato, después de un proceso de discernimiento basado en criterios objetivos y en las necesidades del Ordinariato» mismo. Un texto que no cierra la puerta a la posibilidad de que suceda en el futuro.

 

En junio de 2014, con un decreto específico, Papa Francisco permitió que los sacerdotes casados orientales operaran en las comunidades cristianas en el exilio, es decir fuera de sus territorios tradicionales, abrogando las prohibiciones que existían. También en este caso, la respuesta a una exigencia de ir al encuentro de las necesidades de los fieles. Y hasta ahora ha sido la única decisión que ha tomado el actual Pontífice al respecto. Como se sabe, durante el primer periodo de su Pontificado, Francisco recibió la petición de un obispo de la Amazonia que pedía la posibilidad de ordenar a «viri probati» capaces de llegar a las comunidades indígenas y garantizarles los sacramentos. Era Erwin Kraeutler, obispo de origen austríaco, pastor de Xingu, quien pedía asegurar la asistencia espiritual y sacramental en un territorio enorme, en donde viven 700 mil fieles en 800 comunidades y que solo pueden contar con 27 sacerdotes.

 

De las palabras del Papa se comprende que una reforma de la disciplina del celibato no se está considerando abiertamente, aunque se trate de una cuestión que hay que tratar con prudencia. La eventual ordenación de hombres maduros, casados o no, de demostrada fe y experiencia, no debería ser considerada como una respuesta a los que esperan que llegue la posibilidad del matrimonio para volver a poblar los seminarios y evitar ciertos escándalos de naturaleza sexual: lo demuestran las estadísticas de las vocaciones en las Iglesias que han abolido la obligación del celibato. Y, en relación con los problemas de la esfera sexual, o con los terribles abusos contra menores, las estadísticas demuestran que son muy frecuentes precisamente en la familia y, como sea, no están vinculados con las dificultades de la vida de celibato.

 

Lo que es evidente, por el contrario, es que la eventual ordenación de los «viri probati» seguirá estando vinculada con situaciones particulares y bajo ciertas condiciones, con el objetivo de la “Salus animarum”, el bien de las almas que debería ser el objetivo de cualquier reforma eclesial. Es decir la posibilidad de llegar a zonas, poblaciones y comunidades que se quedan durante mucho tiempo sin sacramentos. El 6 de febrero de 2016, al final de una intervención en un Congreso en la Pontificia Universidad Gregoriana,

 

El Secretario de Estado, Pietro Parolin, dijo: «En la situación actual se evidencia a menudo, sobre todo en ciertas áreas geográficas, una especie de “emergencia sacramental”, provocada por la falta de sacerdotes. Si la problemática no parece irrelevante, es seguro que no hay que tomar soluciones apresuradas y solo con base en las urgencias. Sigue siendo verdadero que las exigencias de la evangelización, junto con la historia y la multiforme tradición de la Iglesia, dejan abierto el escenario a debates legítimos, si están motivados por el anuncio del Evangelio y si son conducidos constructivamente, y salvaguardando siempre la belleza y la altura de la decisión celibataria».

 


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Los sacerdotes y la pobreza cristiana.

Francisco: “Que los sacerdotes tengan la valentía de la pobreza”

El Papa en Santa Marta: a los curas se les perdona todo, menos el apego al dinero y a los malos tratos; deben ser como esos «obreros que trabajan y ganan lo justo y no pretenden más»
AP

Francisco: “Que los sacerdotes tengan la valentÍa de la pobreza”

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Pubblicato il 18/11/2016
Ultima modifica il 18/11/2016 alle ore 13:07
DOMENICO AGASSO JR.
CIUDAD DEL VATICANO
La gente le puede perdonar todo a un sacerdote, pero no el apego al dinero ni los malos tratos. Entonces, «que Dios nos dé la gracia de la pobreza cristiana», para que podamos ser sacerdotes como esos obreros que «ganan lo justo y no pretenden más». Fue lo que dijo Papa Francisco hoy, 18 de noviembre de 2016, por la mañana durante la misa en la Capilla de la Casa Santa Marta, según indicó la Radio Vaticana.Ante la presencia de los secretarios de los nuncios apostólicos, que se encuentran en el Vaticano por el Jubileo de los colaboradores y representaciones pontificias (organizado por la Secretaría de Estado), el Pontífice reflexionó sobre el Evangelio del día, en el que se lee cuando Jesús corre a los mercaderes del templo, transformado en una «cueva de ladrones».

Cristo «nos hace comprender dónde está la semilla del anticristo, la semilla del enemigo, la semilla que arruina su Reino». El apego al dinero. El corazón apegado al dinero, subrayó Bergoglio, «es un corazón idólatra» y recordó que Jesús dice que «no es posible servir a dos señores, a dos patrones», a Dios y al dinero. Y añadió que el dinero es «el anti-Señor», si bien podemos elegir: «el Señor Dios, la casa del Señor Dios que es casa de oración. El encuentro con el Señor, con el Dios del amor. Y el señor-dinero, que entra en la casa de Dios, siempre trata de entrar. Y estos que cambiaban el dinero o vendían cosas, alquilaban aquellos puestos, ¡eh!: a los sacerdotes… a los sacerdotes les alquilaban, después enteraba el dinero. Éste es ‘el señor’ que puede arruinar nuestra vida y nos puede conducir a que terminemos mal nuestra vida, incluso sin felicidad, sin la alegría de servir al verdadero Señor, que es el único capaz de darnos la verdadera alegría».

Se trata de «una elección personal», recordó el Papa, quien preguntó a los presentes: «¿Cómo es su actitud con el dinero? ¿Están apegados al dinero?». «El pueblo de Dios tiene una gran intuición, tanto para aceptar, en el hecho de canonizar como en el de condenar – porque el pueblo de Dios tiene capacidad de condenar – perdona tantas debilidades, tantos pecados a los sacerdotes; pero hay dos que no puede perdonar: el apego al dinero, cuando ve al sacerdote apegado al dinero, no perdona eso, o el maltrato a la gente, cuando el sacerdote maltrata a los fieles: esto el pueblo de Dios no puede digerirlo, y no lo perdona. Las otras cosas, las otras debilidades, los otros pecados… sí, no están bien, pero pobre hombre, está solo, es esto… y trata de justificar. Pero la condena no es tan fuerte y definitiva: el pueblo de Dios ha sabido comprender esto. El estado de señor que tiene el dinero y lleva a un sacerdote a ser patrón de una empresa o príncipe, o podemos ir hacia arriba…».

El Pontífice recordó a los “terafín”, los ídolos que Raquel, la esposa de Jacob, tenía escondidos: «es triste ver a un sacerdote que llega al final de su vida, está en agonía, está en coma y los sobrinos como buitres allí, viendo qué pueden aferrar. Denle este deleite al Señor: un verdadero examen de conciencia. ‘Señor, Tú eres mi Señor ¿o esto – como Raquel – este ‘terafín’ escondido en mi corazón, este ídolo del dinero?’. Y sean valerosos, sean valientes. Hagan elecciones. Dinero suficiente, lo que tiene un trabajador honrado, el ahorro suficiente, lo que tienen un trabajador honrado. Pero el interés no es lícito, esto es una idolatría. Que el Señor nos dé hoy a todos nosotros la gracia de la pobreza cristiana».

«Que el Señor – concluyó el Papa –  nos dé la gracia de esta pobreza de obrero, de aquellos que trabajan y ganan lo justo y no pretenden más».


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Encuentro del Papa con un grupo de exsacerdotes y sus familias.

Viernes de la Misericordia. El Papa va al encuentro de sacerdotes que han dejado el ministerio

(RV).-  La tarde del viernes 11 de noviembre el Papa Francisco dejó la Casa de Santa Marta en el Vaticano para dirigirse hasta Ponte di Nona, barrio en la periferia de Roma. En un departamento, el Papa encontró a 7 familias formadas por jóvenes que a lo largo de los últimos años han dejado el sacerdocio.  El Santo Padre ha querido ofrecer un signo de cercanía y afecto a estos jóvenes que han cumplido una elección a menudo no compartida por sus hermanos sacerdotes y familiares.

Después de diversos años dedicados al ministerio sacerdotal desarrollado en las parroquias se ha dado el caso que, soledad, incomprensión y cansancio por el gran compromiso de responsabilidad pastoral, han puesto en crisis la elección inicial del sacerdocio de estos jóvenes, que luego han vivido meses y años de incertidumbre y de dudas que a menudo los han llevado a pensar haber cumplido, con el sacerdocio, la elección equivocada. De aquí su decisión de dejar el presbiterado y formar una familia.

Cerrando el Año de la Misericordia el Papa Francisco ha querido encontrar a estos jóvenes: cuatro de la diócesis de Roma, donde han sido párrocos en diversas parroquias de la ciudad; uno de Madrid y otro de Latinoamérica, residentes en Roma, mientras que el último proviene de Sicilia. La inesperada entrada del Obispo de Roma en la habitación estuvo enmarcada por un gran entusiasmo: los niños han rodeado a Francisco para abrazarlo, y sus padres no han podido contener la emoción.  La visita del Santo Padre ha sido muy apreciada por todos los presentes que han podido sentir no el juicio del Papa por su elección, sino su cercanía y afecto. Mientras el tiempo transcurría rápidamente, el Papa escuchaba sus historias y seguía con atención las consideraciones acerca de los procedimientos jurídicos de los casos individuales.  Su palabra paternal ha asegurado a todos sobre su amistad y la certeza de su interés personal.

De esta manera, una vez más, el Santo Padre ha pretendido dar una señal de misericordia a quien vive en situación de malestar espiritual o material, poniendo en evidencia la exigencia que ninguno se sienta privado del amor y de la solidaridad de los Pastores.