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Coloquio del Papa con estudiantes al sacerdocio

El Papa a los sacerdotes: el celibato es un desafío; cuidado con lo que ven en la red

Publicaron ayer el diálogo del Pontífice con los estudiantes de los Colegios Romanos, que se llevó a cabo el 16 de marzo pasado: «Sean humanos, no rígidos y cerrados». «Sepan acariciar como padres y hermanos, de lo contrario el diablo lleva a pagar por acariciar»

El Papa Francisco

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Pubblicato il 06/06/2018
Ultima modifica il 06/06/2018 alle ore 13:58
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

A cincuenta días exactos de que se llevara a cabo, la Santa Sede difundió, ayer por la tarde, el texto integral del diálogo entre el Papa Francisco y alrededor de dos mil estudiantes de los Colegios eclesiásticos romanos, durante la audiencia que les concedió el 16 de marzo pasado, en el Aula Pablo VI. Un discurso larguísimo, completamente improvisado, en el cual el Pontífice, entre bromas y metáforas, ofreció sugerencias útiles para la formación y para vivir la vocación y el sacerdocio. El texto no había sido divulgado por voluntad del mismo Pontífice, aunque “L’Osservatore Romano” había ofrecido una crónica sobre el encuentro y Vatican News publicó un servicio con algunos contenidos del mismo.

 

En un contexto evidentemente relajado y confidencial, Francisco respondió a las preguntas de cinco seminaristas, diáconos y sacerdotes: uno era francés, otro de Sudán, otro mexicano, otro italo-estadounidense y el último era filipino.

 

El primero, llamado Louis, preguntó cómo «perseverar en el camino del discipulado». Y Francisco explicó, antes que nada, que «el discípulo misionero no puede caminar solo». «El misionero está en camino. Si tú eres sacerdote, no puedes ser un sacerdote “quieto”, un sacerdote de sacristía, de oficina parroquial, un sacerdote que tiene un cartel en la puerta: “Se recibe solo los lunes, miércoles y viernes de tal hora a tal hora”, y “Se confiesa tal día de tal hora a tal hora. Pequen antes, porque después no se confiesa”. No se puede. Tú estás en camino», insistió Francisco.

 

Y este estar en camino ofrece sorpresas que hay que descubrir mediante «la escucha». Escuchar «al Señor», naturalmente, pero también «las necesidades de la humanidad, los problemas». Escuchar se convierte, pues, en una «oración» para no correr el peligro de volverse «sordos» a las palabras de Dios. Y, si la Palabra te resulta «apagada», quiere decir que «tú has apagado el celo, tú has cambiado un poco el registro y solamente has aprendido a escuchar otras cosas».

 

Camino y escucha, pero también «fraternidad». «“¡Pero esto es fácil!”. No, no es fácil –dijo el Papa Francisco. Ahora es fácil, porque están todos reunidos, todos en un colegio con muchos sacerdotes a su servicio y para ayudarles; pero cuando estarás en una parroquia, cuando estarás en una universidad haciendo escuela, esto no es fácil, porque la comodidad, la mundanidad te llevarán a no estar en camino. Porque cansa estar en camino». Pero cuidado, porque luego «la vida comienza a empequeñecerse» y se corre el riesgo de volverse «como sordos que no escuchan ciertas cosas y escuchan otras. «Sordos por elección», afirmó Bergoglio. Si no se está atento, se acaba así.  Es importante, por lo tanto, vivir la «fraternidad»: con los amigos, con los sacerdotes más cercanos y con el propio padre espiritual. Que no debe necesariamente ser un presbítero, porque la dirección espiritual es «un carisma laico». El Papa también aconsejó dejarse «acompañar» por dos guías diferentes: uno como confesor y otro como padre espiritual. Lo importante es que tengan «el carisma para acompañarte» y «la capacidad de escuchar».

 

El acompañamiento es fundamental, efectivamente, cuando comienzan a desencadenarse «los demonios de la vida». El «demonio meridiano», el famoso “cuarentazo”, como le dicen en Argentina, el diablo «de la media edad» que se presenta entre «muchas otras dificultades, todas nacidas del pecado original y de la tentación». Con respecto al diablo, el Papa Francisco contó una anécdota personal: «l otro día se acercó un cura que había leído una cosa que yo había escrito sobre la vida espiritual, no me acuerdo qué era, y me dijo: “Tenga cuidado, porque usted nombró el diablo, esa vez, y este se vengará. Es mejor no nombrar al diablo, hacer finta de que no existe”. ¡No, el diablo existe! El diablo (como dice Pedro) hace la ronda, como “leo rugens”».

 

Después el Papa respondió a Nebil, de Sudán, que sacó a colación el tema del discernimiento. Francisco aprovechó para quitarse una piedrita del zapato: «Las malas lenguas dicen que “Ahora está de moda el discernimiento: este Papa vino aquí con esta historia… ¿Qué tiene que ver?”. Pero, ¡el discernimiento está en el Evangelio!».

 

Toda la historia de la Iglesia es «una historia de discernimiento». «Saber comprender, en la vida: esto va, esto no va; esto proviene de Dios, esto proviene de mí, esto proviene del diablo. Esto es elemental, es elemental: es un lenguaje fundamental para la vida de cada cristiano y mucho más de los sacerdotes». Y para que el discernimiento sea correcto «y verdadero» se necesitan dos condiciones: la oración y la confrontación, acaso con «un testigo cercano, que no habla pero escucha y luego da orientaciones». Una persona que «no te resuelve [el problema], pero te dice: “Mira esto… Esta no parece una buena inspiración, por esto; esta, sí…”».

 

Ayuda mucho. Jorge Mario Bergoglio lo ha experimentado en primera persona: «Descubrí el deseo del discernimiento cuando estudiaba filosofía. Había hecho dos años de noviciado… sin discernimiento», dijo entre las risas de los presentes. Y continuó recordando a su profesor de metafísica, «un jesuita muy bueno, el padre Fiorito», que era un «“hincha” de la espiritualidad ignaciana y un especialista, no solo teórico, sino también práctico, en el discernimiento»; él le ayudó tanto cuando fue nombrado provincial como para «otro encargo».

 

«El discernimiento es importante», insistió Francisco. Cuando en la vida sacerdotal no hay discernimiento «hay rigidez y casuística». Y todo se cierra, el Espíritu Santo «no trabaja» y se apaga cualquier «emoción espiritual». Se entra, pues, en la «prisión de la casuística» y en la «rigidez». El contrario no es hacer todo lo que se quiera, precisó el Papa, sino usar «otro lenguaje», dejarse involucrar «de una manera diferente».

 

«Muchos, muchos sacerdotes, muchos sacerdotes (lo digo con ánimo bueno, con ternura y con amor), muchos sacerdotes viven bien, en la gracia de Dios, pero como si el Espíritu Santo no existiera. Sí, saben que hay un Espíritu Santo, pero que no entra en la vida», observó Francisco. Y añadió: «la bondad siempre está en la bondad interior unida al diálogo con el Espíritu»; y cuando está, el Espíritu Santo también trae «el sentido del humor». «Para comprender si una persona ha llegado a una gran madurez espiritual, preguntémonos: “¿Este tiene sentido del humor?”. Es la actitud humana más cerca de la gracia», insistió el Pontífice. «Es ese “relativismo” bueno, el relativismo de la alegría». Por ello, también los jóvenes, a menudo «narcisistas» que se la pasan viéndose en el espejo, «se peinan…», a veces deberían verse al espejo «y reírse de ellos mismos». «Ríanse de ustedes mismos. Les hará bien».

 

El Papa prosiguió el diálogo con el mexicano Jorge Moreno, refiriéndose a esos sacerdotes «buenos» pero que «tienen una falta de desarrollo de la personalidad, una falta de educación». «Tú encuentras a un sacerdote así, por ejemplo un sacerdote triste, pero que humanamente es incapaz de llorar; o que es incapaz (este criterio me lo dio una vez un sacerdote, cuando era estudiante) de jugar con los niños… Este es un criterio de madurez, de integridad», dijo el Papa.

 

Cuando se encuentra a un sacerdote «incapaz de alegrarse, o de perder tiempo con otros sacerdotes amigos», le falta algo, afirmó, «le falta la formación humana», le falta «la parte humana». Muchos sacerdotes «sufren porque no son capaces de expresar lo que llevan dentro de sí: se bloquearon, cortaron de sus personalidades cosas muy buenas, capacidades grandes, y no crecieron en esto».

 

Por el contrario, es importante salvaguardar «la capacidad social, de sociabilidad, la capacidad de respetar a los demás, aunque piensen de manera diferente, la capacidad de alegrarse con los amigos, de echarse un buen partido de fútbol…». Estas cosas que, según algunos no son para sacerdotes; «muchas capacidades humanas que no se desarrollan». Desgraciadamente, reveló Francisco, «en algunos sitios, en algunos tiempos, la capacidad humana de inserción social no ha sido ayudada en la formación». Algunos presbíteros han sido «educados mal»: «“Debes comportarte así, rígidamente”», y cosas por el estilo. «Esto hace daño a la capacidad humana de la espontaneidad». Es cierto que puede «llevar a cosas feas, pero este es un peligro que tú debes discernir y defenderte. Pero una persona normal (digo normal, humana) que va a visitar a un enfermo y lo escucha, y le toma la mano, en silencio: esto es humano».

 

Humano también es «ser padres», no padrastros. Humano es saber {acariciar bien». «Escuchen bien esto –dijo Bergoglio. Si ustedes no saben acariciar bien, como padres y como hermanos, es posible que el diablo los lleve a pagar por acariciar. Tengan cuidado».

 

Y nuevamente volvió a recomendar no convertirse en «funcionarios de lo sagrado», en «empleados de Dios» que, si, «hacen su oficio», pero «no saben dar vida». «¡Cuántos de nosotros son solterones!», exclamó Francisco, de esos que, cuando los escuchas «predicar o hablar, te dan ganas de preguntar: “Pero, dime, ¿qué desayunaste hoy? ¿Café con leche o vinagre?”».

 

Y, respondiendo a Luigi, el Papa afrontó el argumento de la «diocesanidad», entendida como relación con el obispo, que no siempre es fácil, pero que es fundamental, porque cuando falta, «falta la relación con el padre». «Cada uno de ustedes debe preguntarse: ¿cómo es mi relación con el obispo? “Pero, este es malo, es un neurótico…”. ¿Cómo es mi relación con mi papá, que es malo y neurótico? ¿Qué le aconsejarían ustedes a un chico que viene y te dice que su papá está en la cárcel? Por ejemplo. O que el papá le da de palos a la mamá (el obispo que le da de palos a la Iglesia). Ustedes le darían un consejo: “Reza por tu papá, acércate a tu papá”. Nunca le dirían: “Borra a tu papá de tu vida”», explicó Francisco.

 

También volvió a advertir sobre el peligro de los chismes, que son «la lepra del presbiterio» y algo muy diferente de hablar con lealtad y franqueza. «¿Tú te permites decir todo lo que te pasa por la cabeza» en el cuerpo presbiterial «o has aprendido a tener censuras para no hacer el ridículo?», preguntó el Pontífice. Cuando «habla uno que a ti no te cae bien, ¿tú lo juzgas inmediatamente o tratas de escuchar bien y de comprender lo que ha dicho?». O tal vez, terminado el encuentro, te vas y le dices a dos o tres amigos: «Pero mira lo que dijo aquel estúpido, ha dicho esto y aquello…».

 

Hay que poner atención, pues, para salvar la propia relación con el padre (el obispo) y con los hermanos (los otros presbíteros). De esto depende también la futura relación con los fieles.

 

Por último, el Papa Fancisco se refirió a ciertas «debilidades», como las debilidades sexuales y las que se relacionan con las comunicaciones virtuales. El tema salió a relucir con la pregunta de Michael Aguilar, de Filipinas. (El diálogo con el sacerdote comenzó con un simpático intercambio de frases: «Yo vengo del continente asiático, en donde nació Jesús, en donde nació la Iglesia», dijo Michael. Y el Papa respondió: «No entendí bien: ¿que Jesús nació en Manila?»).

 

Francisco explicó que «la formación permanente nace un poco de la experiencia de la propia debilidad; no te dan un certificado de santidad perpetua cuando te ordenan: te mandan ahí, a trabajar, y que Dios te ayude y que no te devoren los cuervos». Hay que estar, pues, «conscientes» de la propia debilidad, sobre todo en esta cultura contemporánea hipertecnologizada que «entra al alma». «¿Cómo entro, yo, con mi teléfono, en mis comunicaciones virtuales? Ustedes saben bien de qué hablo: ¿qué busco para ver, por curiosidad? Y ustedes lo saben», preguntó Bergoglio.

 

Además de los riesgos de la red también está «el atractivo del poder y de las riquezas». Siempre es así, hay «tres escalones», como enseñaba San Ignacio: «El primero es la riqueza; el segundo, la vanidad y el tercero, la soberbia, es decir el poder». Y el diablo entra por uno de ellos.

 

El Papa también se refirió al «desafío del celibato». «Estén preparados, porque “¡Si yo hubiera conocido a esta mujer antes de ordenarme!”. En español se dice “tarde piaste”, es decir “te diste cuenta tarde”. Pero, si ustedes son hombres normales, ustedes tienen el deseo de tener a una mujer, para amar. Y cuando llegara esta posibilidad, ¿cómo reaccionarían? ¿Ustedes tendrían el deseo de generar hijos? No solo espirituales, sino también de los otros. Esto es algo que tenemos en nuestra naturaleza que nos ha dado Dios. Y luego, la comodidad en el propio ministerio: “Pero, si uno está un poco más cómodo, si se puede hacer sin tanto esfuerzo…”».

 

Todas estas cosas, ahora en el tiempo de los estudios, «son fáciles de resolver, pero luego, en la vida, ustedes estarán más solos y estas cosas seguirán estando. Algunas son malas, otras buenas; pero estarán», advirtió el Papa. Por ello invitó a una sólida «formación permanente», basada en «cuatro pilares»: espiritual, intelectual, apostólico y comunitario. Se necesita no solo «para resolver las tentaciones, sino también para estar un poco en la actualidad, en el desarrollo de la pastoral, de la teología, de la vida de la Iglesia».

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Deficiencias en la selección de obispos yt seminaristas. Análisis de Vatican Insider

Chile, las palabras del Papa sobre los homosexuales y las indicaciones olvidadas de Wojtyla

El caso chileno demuestra la existencia de graves problemas (y no solo en el país sudamericano) en el discernimiento vocacional, en los seminarios y en los procesos para nombrar a los obispos

Un grupo de sacerdotes

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Pubblicato il 30/05/2018
Ultima modifica il 30/05/2018 alle ore 10:44
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

El caso chileno y la explosión de nuevos escándalos después de la renuncia que todo el episcopado puso en manos del Papa Francisco dejan en evidencia la profundidad de las raíces que tiene la enfermedad que aflige a la Iglesia de ese país (y no solo). Demuestra también que muchos enseñamientos de los Pontífices, publicados en las últimas décadas, han sido considerados letra muerta por muchos obispos.

 

La semana pasada, dialogando a puerta cerrada con la asamblea general de la Conferencia Episcopal de Italia, el Papa Francisco (que ya había manifestado toda su preocupación por la disminución de las vocaciones sacerdotales) los invitó a ocuparse más de la calidad que de la cantidad de los futuros sacerdotes, refiriéndose al caso de personas homosexuales que deseen entrar al seminario: «Si tienen incluso la mínima duda, es mejor no dejar que entren». Francisco habló siguiendo la huella de dos documentos publicados en los últimos años por la Santa Sede: el primero es de 2005, cuando comenzaba el Pontificado de Benedicto XVI; el segundo es de 2016 y fue promulgado ya durante el Pontificado de Bergoglio. En ambos, respetando profundamente a las personas en cuestión, se sostiene que no es posible admitir en el seminario ni en las órdenes sacras a «aquellos que practiquen la homosexualidad» o que «presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas».

 

En una nota del documento entregado por el Papa Francisco a los obispos chilenos cuando estos últimos llegaron a Roma, se puede leer una crítica por haber encomendado la guía de los seminarios a «sacerdotes sospechosos de practicar la homosexualidad». La existencia de entramadas y organizadas redes de sacerdotes que cazaban presas en internet, así como los casos de abusos contra menores en los que se han visto involucrados eminentes sacerdotes, indican claramente que los criterios de discernimiento no se han aplicado correctamente.

 

En 1992, es decir diez años antes de que se publicara la instrucción de la Congregación para la Educación Católica en agosto de 2005 sobre el tema “Criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales en vista de su admisión al seminario y a las órdenes sacras”, y más de veinte años antes de que se publicara la “Ratio Fundamentalis” de la Congregación para el Clero, titulada “El don de la vocación presbiterial” (son dos documentos que invitan a no dejar que entren al seminario a quienes presenten tendencias homosexuales profundamente arraigadas o practiquen la homosexualidad), Juan Pablo II divulgó la exhortación apostólica “Pastores dabo vobis”, dedicada a la «formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales».

 

 

En ese documento se lee: «Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad, a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida».

 

El Papa Wojtyla también afirmó que «la madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una formación clara y sólida para una libertad, que se presenta como obediencia convencida y cordial a la “verdad” del propio ser, al significado de la propia existencia, o sea, al “don sincero de sí mismo”, como camino y contenido fundamental de la auténtica realización personal. Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio al prójimo».

 

El problema que surge con los recientes escándalos no se relaciona solamente con la patología de la pederastia: en varios casos se trata, efectivamente, de abusos contra menores que ya son adolescentes. El problema más amplio, profundo y al que todavía no se ha dado una respuesta adecuada, tiene que ver con la inmadurez afectiva de los candidatos al sacerdocio, que, si no son hombres “resueltos” y maduros en su afectividad (sean heterosexuales u homosexuales) se dejarán condicionar por su inmadurez afectiva en las relaciones con los demás.

 

Que exista un problema relacionado con la homosexualidad dentro del clero lo demuestran las estadísticas de la OMS, según las cuales alrededor de 150 millones de niñas y chicas, y 73 millones de niños y chicos que no han cumplido los 18 años son obligados y sometidos a tener relaciones sexuales.

 

Si tomamos en cuenta los abusos contra menores perpetrados por exponentes del clero, las víctimas masculinas representan el alrededor del 75%.

 

El problema de la inmadurez sexual en los candidatos al sacerdocio, que acaba de explotar en Chile pero no solo existe en este país latinoamericano (como demuestran los diferentes escándalos en países europeos y en otras partes del mundo) indica que ha habido en las últimas décadas un grave problema con los criterios para seleccionar a los obispos.

 

La reacción de absoluta cerrazón auto-referencial y auto-defensiva con la que los pastores chilenos reaccionaron al escándalo (poniendo siempre en primera línea el buen nombre de la institución en lugar de defender a la grey, a los fieles, a los más pequeños y a los más indefensos entre los fieles) debería suscitar más de una pregunta sobre los criterios de selección y sobre el poder de grupos a la hora de promover ciertos candidatos al episcopado. Incapaces de vigilar sobre la madurez afectiva de sus seminaristas y de sus sacerdotes. Incapaces de hacer las cuentas con la realidad y de cobrar conciencia de los abusos (incluso cuando se denunciaban) escudándose en comportamientos de casta y lavándose las manos. Frente a los abusos, a los delitos terribles, ala inmadurez afectiva de sus sacerdotes, prefirieron hacer finta de no darse cuenta y demostraron, a la vez, ser inmaduros como padres.

 

Francisco en varias ocasiones (en entrevistas, homilías y libros) ha subrayado la distancia que existe entre la actitud de Jesús y la de Poncio Pilatos: Cristo vino para servir y lavó los pies a sus discípulos. Pilatos, en cambio, se lavó las manos. Una imagen útil para interpretar muchos casos eclesiales contemporáneos.