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El “no” a la ordenación sacerdotal de mujeres es doctrina definitiva. Comentario

El Prefecto de la Fe: el no a la ordenación de mujeres es “doctrina definitiva”

Un artículo del nuevo cardenal Ladaria responde a las objeciones y explica que la postura que tomó Juan Pablo II, de acuerdo con la tradición ininterrumpida de la Iglesia, no cambiará

El “neo-cardenal” Prefecto de la Fe, Ladaria

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Pubblicato il 29/05/2018
Ultima modifica il 29/05/2018 alle ore 20:05
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

El título del artículo no deja lugar a dudas: “El carácter definitivo de la doctrina de «Ordinatio sacerdotalis». Sobre algunas dudas”. Lo firmó en “L’Osservatore Romano” el nuevo cardenal Luis Ladaria, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En el texto explica que la preclusión al sacerdocio femenino para la Iglesia católica es una decisión que no cambiará.

 

Ladaria recuerda que «los sacerdotes están configurados a Cristo sacerdote, de manera tal que puedan actuar en nombre de Cristo, cabeza de la Iglesia», y que «Cristo quiso conferir este sacramento a los doce apóstoles, todos varones, que, a su vez, lo han comunicado a otros hombres». También explica que La Iglesia se ha reconocido «siempre vinculada a esta decisión del Señor, la cual excluye que el sacerdocio ministerial pueda ser válidamente conferido a las mujeres».

 

Juan Pablo II, en la carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis”, del 22 de mayo de 1994, misma que llegó después de la decisión de la Iglesia anglicana de permitir el sacerdocio femenino, «enseñó», con el objetivo de eliminar «cualquier duda sobre una cuestión de tan gran importancia que tiene que ver con la misma divina constitución de la Iglesia» y «en virtud de [su] ministerio de confirmar a los hermanos», que «la Iglesia no tiene de ninguna manera la facultad para conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal y esta sentencia debe ser seguida definitivamente por todos los fieles de la Iglesia».

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, en respuesta a una duda sobre la enseñanza del documento wojtyliano, «ha insistido en que se trata de una verdad que pertenece al depósito de la fe». «En esta luz –escribe el arzobispo Ladaria– suscita seria preocupación ver surgir una vez más en algunos países rumores que ponen en duda» lo definitivo de esta doctrina. «Para sostener que no es definitiva, se argumenta que no fue definida “ex cathedra” y que, por lo tanto, una decisión posterior de un futuro Papa o de un concilio podría revocarla. Sembrando dudas se crea gran confusión entre los fieles, no solo sobre el sacramento de la orden como parte de la constitución divina de la Iglesia, sino también sobre el magisterio ordinario que puede enseñar de manera infalible la doctrina católica».

 

El Prefecto para la Doctrina de la Fe recuerda que, en primer lugar, en relación con el «sacerdocio ministerial, la Iglesia reconoce que la imposibilidad de ordenar a mujeres pertenece a la sustancia del sacramento de la orden. La Iglesia no cuenta con la capacidad para cambiar esta sustancia, porque es precisamente a partir de los sacramentos, instituidos por Cristo, que es generada como Iglesia. No se trata solamente de un elemento disciplinar, sino doctrinal, puesto que se relaciona con la estructura de los sacramentos, que son lugar originario del encuentro con Cristo y de la transmisión de la fe».

 

En su artículo, Ladaria subraya que «la diferencia de funciones entre el hombre y la mujer no implica en sí ninguna subordinación, sino un enriquecimiento mutuo. Se recuerde que la figura cumplida de la Iglesia es María, la Madre del Señor, que no recibió el ministerio apostólico. Se ve así que lo masculino y lo femenino, lenguaje original que el Creador inscribió en el cuerpo humano, son asumidos en la obra de nuestra redención».

 

«Precisamente la fidelidad al plan de Cristo sobre el sacerdocio ministerial –explica el Prefecto– permite, entonces, profundizar y promover cada vez más el papel específico de las mujeres en la Iglesia, puesto que, “en el Señor, ni el hombre es sin la mujer ni la mujer es sin el hombre” (1, Corintios, 11, 11). Además, se puede arrojar así una luz sobre nuestra cultura, a la que le cuesta comprender el significado y la bondad de la diferencia entre el hombre y la mujer, que toca también su misión complementaria en la sociedad».

 

Pero Ladaria observa también que las dudas planteadas sobre lo definitivo de “Ordinatio sacerdotalis” tienen «consecuencias graves también en la manera de comprender el magisterio de la Iglesia. Es importante insistir en que la infalibilidad no tiene que ver solo con pronunciamientos solemnes de un Concilio o del Sumo Pontífice cuando habla “ex cathedra”, sino también la enseñanza ordinaria y universal de los obispos esparcidos por el mundo, cuando se proponen, en comunión entre ellos y con el Papa, la doctrina católica que seguir definitivamente. A esta infalibilidad se refirió Juan Pablo II en “Ordinatio sacerdotalis”. Así él no declaró un nuevo dogma, sino, con la autoridad que le fue conferida como sucesor de Pedro, confirmó formalmente e hizo explícito, con el fin de eliminar toda duda, lo que el magisterio ordinario y universal ha considerado a lo largo de toda la historia de la Iglesia como perteneciente al depósito de la fe».

 

El Papa Wojtyla no actuó solo al redactar el documento. Había examinado la cuestión y había consultado previamente a los presidentes de las Conferencias Episcopales «que estaban seriamente interesadas en tal problemática. Todos, sin excepción, han declarado, con plena convicción, por la obediencia de la Iglesia al Señor –escribe Ladaria– que esta no posee la facultad para conferir a la mujer la ordenación sacerdotal».

 

El Prefecto de la Fe también recordó que sobre esta enseñanza «también insistió Benedicto XVI» y que el Papa Francisco ha vuelto a reflexionar sobre el argumento: «él, en su exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, ha reafirmado que no se pone en discusión “el sacerdocio reservado a los hombres, como signo de Cristo esposo que se entrega en la Eucaristía”, y ha invitado a no interpretar esta doctrina como expresión de poder sino de servicio, para que se perciba mejor la igual dignidad de hombres y mujeres en el único cuerpo de Cristo».

 

En la conferencia de prensa, durante el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Suecia, el primero de noviembre de 2016, el Papa Francisco insistió en que «sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia católica, la última palabra la ha dado Juan Pablo II, y esta permanece».

 

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El cardenal Ladaria excluye la posibilidad de la ordenación sacerdotal femenina

El Prefecto de la Fe: el no a la ordenación de mujeres es “doctrina definitiva”

Un artículo del nuevo cardenal Ladaria responde a las objeciones y explica que la postura que tomó Juan Pablo II, de acuerdo con la tradición ininterrumpida de la Iglesia, no cambiará

El “neo-cardenal” Prefecto de la Fe, Ladaria

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Pubblicato il 29/05/2018
Ultima modifica il 29/05/2018 alle ore 20:05
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

El título del artículo no deja lugar a dudas: “El carácter definitivo de la doctrina de «Ordinatio sacerdotalis». Sobre algunas dudas”. Lo firmó en “L’Osservatore Romano” el nuevo cardenal Luis Ladaria, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En el texto explica que la preclusión al sacerdocio femenino para la Iglesia católica es una decisión que no cambiará.

 

Ladaria recuerda que «los sacerdotes están configurados a Cristo sacerdote, de manera tal que puedan actuar en nombre de Cristo, cabeza de la Iglesia», y que «Cristo quiso conferir este sacramento a los doce apóstoles, todos varones, que, a su vez, lo han comunicado a otros hombres». También explica que La Iglesia se ha reconocido «siempre vinculada a esta decisión del Señor, la cual excluye que el sacerdocio ministerial pueda ser válidamente conferido a las mujeres».

 

Juan Pablo II, en la carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis”, del 22 de mayo de 1994, misma que llegó después de la decisión de la Iglesia anglicana de permitir el sacerdocio femenino, «enseñó», con el objetivo de eliminar «cualquier duda sobre una cuestión de tan gran importancia que tiene que ver con la misma divina constitución de la Iglesia» y «en virtud de [su] ministerio de confirmar a los hermanos», que «la Iglesia no tiene de ninguna manera la facultad para conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal y esta sentencia debe ser seguida definitivamente por todos los fieles de la Iglesia».

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, en respuesta a una duda sobre la enseñanza del documento wojtyliano, «ha insistido en que se trata de una verdad que pertenece al depósito de la fe». «En esta luz –escribe el arzobispo Ladaria– suscita seria preocupación ver surgir una vez más en algunos países rumores que ponen en duda» lo definitivo de esta doctrina. «Para sostener que no es definitiva, se argumenta que no fue definida “ex cathedra” y que, por lo tanto, una decisión posterior de un futuro Papa o de un concilio podría revocarla. Sembrando dudas se crea gran confusión entre los fieles, no solo sobre el sacramento de la orden como parte de la constitución divina de la Iglesia, sino también sobre el magisterio ordinario que puede enseñar de manera infalible la doctrina católica».

 

El Prefecto para la Doctrina de la Fe recuerda que, en primer lugar, en relación con el «sacerdocio ministerial, la Iglesia reconoce que la imposibilidad de ordenar a mujeres pertenece a la sustancia del sacramento de la orden. La Iglesia no cuenta con la capacidad para cambiar esta sustancia, porque es precisamente a partir de los sacramentos, instituidos por Cristo, que es generada como Iglesia. No se trata solamente de un elemento disciplinar, sino doctrinal, puesto que se relaciona con la estructura de los sacramentos, que son lugar originario del encuentro con Cristo y de la transmisión de la fe».

 

En su artículo, Ladaria subraya que «la diferencia de funciones entre el hombre y la mujer no implica en sí ninguna subordinación, sino un enriquecimiento mutuo. Se recuerde que la figura cumplida de la Iglesia es María, la Madre del Señor, que no recibió el ministerio apostólico. Se ve así que lo masculino y lo femenino, lenguaje original que el Creador inscribió en el cuerpo humano, son asumidos en la obra de nuestra redención».

 

«Precisamente la fidelidad al plan de Cristo sobre el sacerdocio ministerial –explica el Prefecto– permite, entonces, profundizar y promover cada vez más el papel específico de las mujeres en la Iglesia, puesto que, “en el Señor, ni el hombre es sin la mujer ni la mujer es sin el hombre” (1, Corintios, 11, 11). Además, se puede arrojar así una luz sobre nuestra cultura, a la que le cuesta comprender el significado y la bondad de la diferencia entre el hombre y la mujer, que toca también su misión complementaria en la sociedad».

 

Pero Ladaria observa también que las dudas planteadas sobre lo definitivo de “Ordinatio sacerdotalis” tienen «consecuencias graves también en la manera de comprender el magisterio de la Iglesia. Es importante insistir en que la infalibilidad no tiene que ver solo con pronunciamientos solemnes de un Concilio o del Sumo Pontífice cuando habla “ex cathedra”, sino también la enseñanza ordinaria y universal de los obispos esparcidos por el mundo, cuando se proponen, en comunión entre ellos y con el Papa, la doctrina católica que seguir definitivamente. A esta infalibilidad se refirió Juan Pablo II en “Ordinatio sacerdotalis”. Así él no declaró un nuevo dogma, sino, con la autoridad que le fue conferida como sucesor de Pedro, confirmó formalmente e hizo explícito, con el fin de eliminar toda duda, lo que el magisterio ordinario y universal ha considerado a lo largo de toda la historia de la Iglesia como perteneciente al depósito de la fe».

 

El Papa Wojtyla no actuó solo al redactar el documento. Había examinado la cuestión y había consultado previamente a los presidentes de las Conferencias Episcopales «que estaban seriamente interesadas en tal problemática. Todos, sin excepción, han declarado, con plena convicción, por la obediencia de la Iglesia al Señor –escribe Ladaria– que esta no posee la facultad para conferir a la mujer la ordenación sacerdotal».

 

El Prefecto de la Fe también recordó que sobre esta enseñanza «también insistió Benedicto XVI» y que el Papa Francisco ha vuelto a reflexionar sobre el argumento: «él, en su exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, ha reafirmado que no se pone en discusión “el sacerdocio reservado a los hombres, como signo de Cristo esposo que se entrega en la Eucaristía”, y ha invitado a no interpretar esta doctrina como expresión de poder sino de servicio, para que se perciba mejor la igual dignidad de hombres y mujeres en el único cuerpo de Cristo».

 

En la conferencia de prensa, durante el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Suecia, el primero de noviembre de 2016, el Papa Francisco insistió en que «sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia católica, la última palabra la ha dado Juan Pablo II, y esta permanece».


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Quién es Luis Ladaria, jesuita, próximo cardenal

Biografía

Cursó Bachillerato en el Colegio Nuestra Señora de Montesión de Palma de Mallorca. Estudió en la Universidad de Madrid, donde se graduó con una licenciatura en Derecho en 1966. Entró en la Compañía de Jesús el 17 de octubre de 1966. Asistió a la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, y a la Facultad de Filosofía y Teología Sankt Georgen en Fráncfort del Meno, Alemania.

Sacerdote

Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973.

En 1975 obtuvo el doctorado en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, con una tesis titulada El Espíritu Santo en San Hilario de Poitiers, y se convirtió en profesor de teología dogmática de la Universidad Pontificia de Comillas. En 1984, asumió el mismo cargo en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, donde fue vicerrector entre 1986 y 1994.

El papa Juan Pablo II le nombró miembro de la Comisión Teológica Internacional en 1992 y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1995. En marzo de 2004 fue nombrado Secretario General de la Comisión Teológica Internacional y condujo la evaluación de la Comisión sobre el concepto del Limbo a partir de 2006. La Comisión concluyó que hay caminos más apropiados para afrontar la cuestión del destino de los niños muertos antes del bautismo y que, para estos niños, no puede excluirse la esperanza de la salvación.

Arzobispo

El 9 de julio de 2008 es nombrado por el papa Benedicto XVI Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe asignándole la Sede titular de Thibica con dignidad arzobispal. Recibió la consagración episcopal de manos del Cardenal Tarcisio Bertone el 26 de julio del mismo año en la Basílica de San Pedro.

El 13 de noviembre de 2008 fue nombrado consultor de la Congregación para los Obispos. El 31 de enero de 2009 consultor del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos. El 22 de abril de 2009 es sucedido por Charles Morerod, OP, como Secretario General de la Comisión Teológica Internacional. Fue designado consultor del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud el 5 de enero de 2011.

Prefecto Mons. Ladaria

Ladaria es considerado teológicamente conservador, y se adhiere a un retorno a las fuentes anteriores, las tradiciones y símbolos de la Iglesia. También tiene una predilección por la patrología y la cristología. Aunque el teólogo José María Iraburu le acusó en un artículo1​ de que su definición sobre el pecado original está muy alejada de la ortodoxia católica. Es un miembro del equipo de la Santa Sede encargado del diálogo con la Hermandad Sacerdotal San Pío X, que comenzó el 26 de octubre de 2009.

El 19 de mayo de 2014 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Pontificia de Salamanca.

El 2 de octubre de 2014 fue investido “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, al tiempo que se presentó su libro homenaje titulado La unción de la gloria: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.

El 1 de julio de 2017 fue nombrado por el Papa Francisco prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidente de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, de la Comisión Teológica Internacional y de la Pontificia Comisión Bíblica en sustitución del cardenal alemán Gerhard Müller crítico a algunas de las reformas emprendidas por el papa, entre ellas con la metodología empleada en el Sínodo de la Familia convocado por el pontífice.23

El 20 de mayo de 2018 el Papa Francisco anunció que sería nombrado cardenal el 29 de junio.4


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Comentario crítico a una carta de Mons. Ladaria a los obispos

Placuit Deo

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El nuevo Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe; monseñor Luis Ladaria Ferrer -teólogo jesuita- escribe una carta a los obispos católicos que merece nuestra atención porque es su carta de presentación  al encabezar este poderoso Dicasterio vaticano.

Primero, se debe celebrar la publicación de este escrito,  es un gesto de transparencia vaticana que vale la pena subrayar. Sin ser  de los destinatarios de este escrito, podemos aprovechar esta circunstancia  para conocer los enfoques de un pensamiento que  podrá orientar doctrinalmente a los obispos por adelante y opinar al respecto.

Algunos teólogos se alegraron del texto porque encuentran  lo expuesto en este documento en perfecta armonía con los pensamientos del mismo Papa Francisco que se refirió anteriormente a las dos mismas herejías de la Iglesia del siglo V. Esta carta no es larga  y resume la comprensión de la condición del hombre que Cristo  salva haciéndose hombre. Quiere  denunciar algunos  malentendidos actuales respecto a la Salvación divina.

El recuerdo de estas dos antiquísimas herejías coloca claramente los obispos destinatarios de esta carta  frente a  su tarea de vigilantes de la buena fe. Además  este alcance le permite equiparar los errores contemporáneos (simplificándolos mucho) con las deviaciones del principio del cristianismo. Acusa nuestras desviaciones modernas  de individualismo, subjetivismo, autorrealización, autosatisfacción… Así, presentada en negativo,  esta visión permite  orientar la conducción de la Iglesia.

La fundamentación dogmática utilizada tiene difícil de salir del vocabulario y de las nociones añejas para explicar el misterio central del Cristianismo. Don Luis, declara que la Iglesia está siempre reformándose y utiliza algunos conceptos originales pero en su exposición falta mucho para la transformación cultural de la Iglesia que queda tarea inconclusa después del Vaticano II.

El primer reparo que se puede hacer a la carta es el recurso al famoso concepto del  “pecado original”. Al referirse a esta situación humana, esta curiosa “culpabilidad inicial”, los discursos religiosos tartamudean. La teología tradicional y los catecismos no han sido capaces de dar una comprensión moderna de esta condición humana congénita y muchos se quedan con la “culpa  histórica de Adán”.

La “Salvación” no se puede entender sin precisar de qué se salva uno. Se declara que la Iglesia es el” lugar” de salvación, sus medios son “los sacramentos”. Este mismo concepto “Iglesia” molesta porque se le utiliza de repente como el designio de Cristo, otra vez como sacramento universal de salvación (pero se salvan también  los hombres de buena voluntad y  otros cristianos) otra vez  se refiere a ella como  institución eclesial, otra vez como la comunidad ( local o universal) visible de los católicos,  otra vez también designará “la voz autorizada que habla”. Poco se ve lo del “Lumen gentium” y del “Gaudium et Spes”.

Usar por ejemplo esta dicotomía  vetusta del “cuerpo y alma” sale como hablar “chino” para los hombres de hoy. Muchas de nuestras expresiones  tradicionales como la “Encarnación”,  “la Grace”, la “Carne”, les “sacramentos” suenan bastante esotéricas para los que no tuvieron una catequesis profundizada. Si en el tiempo pasado se utilizó la filosofía de la época para predicar el evangelio, ¿no se podría hoy día buscar hablar al unísono con  la(s) cultura(s) actual(es)? Existen ideologías de todo tipo pero  criticando algunos  filósofos actuales y utilizando otros más cristianos se podría inculturar mejor el cristianismo. Además existen estudios del psicoanálisis, de la sociología, de la antropología y de las ciencias en general que pueden facilitar hablar de la Salvación de Cristo a los hombres de hoy.

Son los obispos, los destinatarios titulares de esta carta y se supone que son a su vez teólogos, pero la teología que practican será la que llega a los catecismos, a las predicas y el cristiano de las bancas podrán entender el mensaje o dejar hablar a “los que saben”…Después, se les acusará de vivir la religión a su manera…

El que suscribe reconoce que no era destinatario de este escrito. Reconoce también el atrevimiento que significan estas líneas.

¡Que otros puedan decir las cosas mejor!

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”


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Entrevista con Mons. Ladaria, jesuita prefecto de la doctrina de la fe.

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Mons. Ladaria: El Papa nos enseña a estar cerca del pueblo de Dios

En una entrevista exclusiva para Vatican News, Mons. Luis Ladaria Ferrer, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, habla sobre el significado y la importancia de su colaboración con el Papa Francisco

Ciudad del Vaticano

La misión pastoral de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la obediencia al Papa, la enseñanza y el ejemplo de Francisco: son algunos de los temas tocados por Mons. Ladaria Ferrer, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la entrevista concedida a nuestro colega Alessandro Gisotti.

P.- ¿Cuál es el significado más importante de ser Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe en el Pontificado del Papa Francisco?

R.- Para mí es una cuestión, simplemente, de obediencia. El Santo Padre me lo pidió y yo pensé que si el Santo Padre me lo pedía, pues tenía que aceptar. Y no lo pensé más, de verdad, no. No hice otras consideraciones.

P.-  Usted es jesuita como el Santo Padre, ¿esto es importante para comprender y colaborar con el Papa Francisco?

R.- Ciertamente es una ayuda, porque puede haber una sintonía en muchos aspectos y una formación, que no diré común porque no lo ha sido, pero siempre los mismos valores, insistiendo en los mismos problemas, en las mismas cuestiones. Y sí, puede haber una mayor sintonía, una mayor comprensión, una mayor facilidad para la colaboración. Pero quiero añadir que esto es accidental. El Papa es el Papa, antes que ser un jesuita, es el Papa. Entonces, pues, es colaborar con el Papa.

P.- En el encuentro con la Congregación para la Doctrina de la Fe en el mes de enero, Francisco subrayó la misión con un rostro eminentemente pastoral de su Congregación de la teología.  ¿Cuánto es importante este elemento eminentemente pastoral de la teología?

R.- El Papa tiene mucha razón, porque si nosotros tenemos como función promover y defender la fe pues, evidentemente, la promoción de la fe tiene que ver con el anuncio, es algo eminentemente pastoral. Defender también la fe, porque si en algún momento la fe está amenazada por una razón o por otra, también defenderla es algo eminentemente pastoral.

La fe es algo que nos lleva a la salvación, ¿verdad? Y por consiguiente todo lo que sea promover, defender la fe, es eminentemente pastoral. Sin olvidar que nosotros tenemos una responsabilidad en el campo disciplinar. Y también aquí, no es indiferente para la vida de la Iglesia, que estos casos muchas veces tristes, con los cuales nos encontramos, sean tratados también con justicia y sean tratados teniendo muy presente que también esto incide muy profundamente en la vida de fe de las personas.

P.- Como sabemos bien, uno de los puntos claves del pontificado de Francisco es la reforma de la Curia. ¿Cuánto este proceso, iniciado por el Papa Francisco, es importante, impacta en vida de la Congregación para la Doctrina de la Fe?

R.- Ciertamente este proceso para el Papa es muy importante. A nosotros todavía no nos han dado ninguna indicación concreta. En el momento en que nos la hagan ciertamente vamos a cooperar con todo lo que nos digan y colaboraremos con toda lealtad, como siempre hacemos, con el Papa Francisco.

P.- Estamos cerca del quinto aniversario de la elección de Francisco a la Cátedra de Pedro. ¿Cuál es el don más importante que le está ofreciendo este pontificado, la figura del Papa Francisco a usted como sacerdote, como obispo y como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe?

R.- Volvemos a la frase anterior: un rostro eminentemente pastoral que tiene que tener la Congregación, que tenemos que tener todos nosotros.

“ Como sacerdotes, tenemos que estar siempre a la escucha de lo que nos dice el pueblo de Dios, escuchar siempre sus inquietudes y vivir cerca de ellos ”

Y ésta es la lección que nos da el Papa Francisco con su insistencia muy fuerte: “los pastores tienen que estar cerca de las ovejas”, en esta metáfora que viene del Evangelio y que tiene que ser bien entendida. Estar siempre con esa “cercanía” que es lo que el Papa nos pide y de la cual nos da ejemplo. Y creo que esto es algo que nos ayuda a todos a vivir más pastoralmente.


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Comentario al documento “Placuit Deo” de la Doctrina de la fe.

“Jesús único salvador de todo el hombre, no al pelagianismo ni al gnosticismo”

La carta “Placuit Deo” reafirma la enseñanza de la fe cristiana frente a las visiones de quienes solamente confían en las propias fuerzas y en las propias estrategias. Y toma también distancia de quienes creen en la salvación interior y rechazan la carne de Cristo y a la comunidad

“Jesús único salvador de todo el hombre, no al pelagianismo ni al gnosticismo”

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Pubblicato il 01/03/2018
Ultima modifica il 01/03/2018 alle ore 12:24
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

«Tanto el individualismo neo-pelagiano como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo deforman la confesión de fe en Cristo, el Salvador único y universal» del hombre y de todos los hombres. «El lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la Iglesia», cuya intermediación salvífica «nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del individuo aislado, ni tampoco en su fusión interior con el divino, sino en la incorporación en una comunión de personas que participa en la comunión de la Trinidad». Lo afirma la carta “Placuit Deo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida a los obispos de la Iglesia católica y dedicada a algunos «aspectos de la salvación cristiana». El objetivo es «resaltar, en el surco de la gran tradición de la fe y con particular referencia a la enseñanza del Papa Francisco, algunos aspectos de la salvación cristiana que hoy pueden ser difíciles de comprender debido a las recientes transformaciones culturales».

 

El nuevo documento representa una puntualización doctrinal para contrarrestar, en el actual contexto que acepta «no sin dificultades la confesión de fe cristiana», el individualismo que tiene a ver al hombre como ser cuya realización «depende de sus propias fuerzas».  Jesucristo, en esta visión, se convierte en un modelo que hay que imitar, pues «transforma la condición humana, incorporándonos en una nueva existencia reconciliada con el Padre y entre nosotros a través del Espíritu». Otro de los riesgos presentes en la actualidad es la de «una salvación meramente interior, la cual tal vez suscite una fuerte convicción personal, o un sentimiento intenso, de estar unidos a Dios, pero no llega a asumir, sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado».

 

Esta segunda visión no logra apreciar el sentido de la encarnación de Cristo, que asumió «nuestra carne y nuestra historia, por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Estas dos tendencias, recuerda la carta del ex Santo Oficio firmada por el Prefecto, el arzobispo Luis Ladaria Ferrer (y aprobada por el Papa Francisco), a menudo aparecen en las meditaciones de Francisco, quien las asocia a dos «antiguas herejías: el pelagianismo y el gnosticismo». En el pelagianismo, el hombre pretende salvarse a sí mismo, con sus fuerzas (y tal vez confiando demasiado en sus estructuras y estrategias), sin reconoce que depende de Dios y que necesita constantemente su ayuda, además de la relación con los demás. En el neo-gnosticismo, la salvación se convierte en algo «meramente interior, encerrada en el subjetivismo», exaltando el intelecto más allá de la «carne de Jesús».

 

«Tanto el individualismo neo-pelagiano como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo –afirma el documento– deforman la confesión de fe en Cristo, el Salvador único y universal. ¿Cómo podría Cristo mediar en la Alianza de toda la familia humana, si el hombre fuera un individuo aislado, que se autorrealiza con sus propias fuerzas, como lo propone el neo-pelagianismo? ¿Y cómo podría llegar la salvación a través de la Encarnación de Jesús, su vida, muerte y resurrección en su verdadero cuerpo, si lo que importa solamente es liberar la interioridad del hombre de las limitaciones del cuerpo y la materia, según la nueva visión neo-gnóstica?».

 

E insiste en que «la salvación consiste en nuestra unión con Cristo», quien, «con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos ha introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo». Frente a las aspiraciones a la salvación, a la eternidad, a la plena y feliz realización de sí, «la fe en Cristo nos enseña, rechazando cualquier pretensión de autorrealización, que solo se pueden realizar plenamente si Dios mismo lo hace posible, atrayéndonos hacia Él mismo. La salvación completa de la persona no consiste en las cosas que el hombre podría obtener por sí mismo, como la posesión o el bienestar material, la ciencia o la técnica, el poder o la influencia sobre los demás, la buena reputación o la autocomplacencia».

 

Nada de lo que ha sido creado «puede satisfacer al hombre por completo, porque Dios nos ha destinado a la comunión con Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él». El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda también que, «de acuerdo con la fe bíblica, el origen del mal no se encuentra en el mundo material y corpóreo, experimentada como un límite o como una prisión de la que debemos ser salvados. Por el contrario, la fe proclama que todo el cosmos es bueno, en cuanto creado por Dios, y que el mal que más daña al hombre es el que procede de su corazón. Pecando, el hombre ha abandonado la fuente del amor y se ha perdido en formas espurias de amor, que lo encierran cada vez más en sí mismo».

 

Después de haber recordado que, según el Evangelio, la salvación para todos los pueblos comienza con la aceptación de Jesús y que «la buena noticia de la salvación tienen nombre y rostro: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador», el documento explica «la falta de fundamento de la perspectiva individualista», porque «testimonia la primacía absoluta de la acción gratuita de Dios; la humildad para recibir los dones de Dios, antes de cualquier acción nuestra, es esencial para poder responder a su amor salvífico». Y muestra que «por la acción humana plenamente de su Hijo, el Padre ha querido regenerar nuestras acciones, de modo que, asimilados a Cristo, podamos hacer “buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos”». Al mismo tiempo, «está claro, además, que la salvación que Jesús ha traído en su propia persona no ocurre solo de manera interior. De hecho, para poder comunicar a cada persona la comunión salvífica con Dios, el Hijo se ha hecho carne. Es precisamente asumiendo la carne, naciendo de una mujer, que “se hizo el Hijo de Dios Hijo del Hombre” y nuestro hermano».

 

El documento, ante el reduccionismo individualista pelagiano y el neo-gnosticismo que promete una liberación solamente interior, recuerda la manera en la que Jesús es Salvador: «No se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido Él mismo en el camino». Y la «salvación consiste en incorporarnos a nosotros mismos en su vida, recibiendo su Espíritu». Él es, «al mismo tiempo, el Salvador y la Salvación». Además, la carta afirma que «el lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la Iglesia, comunidad de aquellos que, habiendo sido incorporados al nuevo orden de relaciones inaugurado por Cristo, pueden recibir la plenitud del Espíritu de Cristo».

 

La salvación que «Dios nos ofrece, de hecho, no se consigue sólo con las fuerzas individuales, como indica el neo- pelagianismo, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de Dios encarnado y que forman la comunión de la Iglesia. Además, dado que la gracia que Cristo nos da no es, como pretende la visión neo-gnóstica, una salvación puramente interior, sino que nos introduce en las relaciones concretas que Él mismo vivió, la Iglesia es una comunidad visible: en ella tocamos la carne de Jesús, singularmente en los hermanos más pobres y más sufridos».

 

Es decir, «la mediación salvífica de la Iglesia, “sacramento universal de salvación”, nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del individuo aislado, ni tampoco en su fusión interior con el divino, sino en la incorporación en una comunión de personas que participa en la comunión de la Trinidad». Y la participación, en la Iglesia, «al nuevo orden de relaciones inaugurado por Jesús sucede a través de los sacramentos, entre los cuales el bautismo es la puerta, y la Eucaristía, la fuente y cumbre». Gracias a los sacramentos, «los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales».

 

La carta concluye afirmando que «la conciencia de la vida plena en la que Jesús Salvador nos introduce empuja a los cristianos a la misión, para anunciar a todos los hombres el gozo y la luz del Evangelio». Pero, ¿qué sucede con las relaciones con las demás religiones? «En este esfuerzo», los cristianos «también estarán listos para establecer un diálogo sincero y constructivo con creyentes de otras religiones, en la confianza de que Dios puede conducir a la salvación en Cristo a “todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia”», como se lee en la Constitución conciliar “Gaudium et spes”.