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El Cardenal Cupich de Chicago sobre pederastia, homosexuales y obispos

Cupich: que obispos cedan algunos poderes y dejen que laicos vigilen sobre casos de abuso

La propuesta del arzobispo de Chicago, en vista del encuentro de noviembre entre los obispos estadounidenses sobre la pederastia: crear un nuevo órgano de investigación nacional

El cardenal Cupich

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Pubblicato il 16/10/2018
Ultima modifica il 16/10/2018 alle ore 21:11
JOSHUA J. MCELWEE – HEIDI SCHLUMPF
CIUDAD DEL VATICANO

 

Los obispos católicos de Estados Unidos deben renunciar a algunos de los propios poderes en las diócesis y permitir la creación de un nuevo órgano nacional que pueda ocuparse de las investigaciones sobre las acusaciones por mala conducta de los miembros del episcopado. Es lo que afirmó el cardenal Blaise Joseph Cupich, arzobispo de Chicago, en una entrevista exclusiva del 13 de octubre con el National Catholic Reporter, en la que explica que será su propuesta durante el encuentro del episcopado estadounidense que se llevará a cabo en Baltimore del 12 al 14 de noviembre para responder a la crisis que han provocado las revelaciones sobre los abusos del ex cardenal Theodore McCarrick.

 

Según el arzobispo de Chicago, cuando se reúnan en noviembre para discutir sobre la plaga de la pederastia del clero, los religiosos «deberán ser muy claros en relación con los procedimientos para establecer las responsabilidades por las acusaciones sobre obispos». «Cedamos nuestros derechos como obispos para que entre alguien más e indague sobre nosotros». Esto es, según el cardenal, lo que se debería establecer. «Cada uno debe estar dispuesto a decir: “Dejaré que un grupo independiente investigue mi persona en el caso de que haya una acusación en mi contra”».

 

El cardenal, que está participando en el Sínodo de los obispos sobre los jóvenes también se refirió a la propia experiencia con los supervivientes de los abusos sexuales, al cambio de la mentalidad que deben tener los obispos en relación con las propias responsabilidades y al hecho de que los sacerdotes de orientaciones homosexuales son considerados «un chivo expiatorio».

 

Por primera vez, Cupich comentó también la renuncia de Donald Wuerl, el cardenal de Washington que el viernes 12 de octubre (tras los resultados del informe del “Gran Jurado” de Pennsylvania y las polémicas por la gestión de algunos casos de sacerdotes depredadores a principios de los años noventa) concluyó su larga carrera. «No me sorprendió su decisión de hacerse a un lado, porque siempre ha puesto el bien de la Iglesia por encima de todo… hasta llegar a decir: “He cometido errores”», afirmó Cupich. «Este es el hombre que conozco: un hombre honesto que siempre ha tratado de hacer lo mejor por amor de la Iglesia, hasta admitir que había cometido esos errores».

 

En la entrevista, concedida al margen de las sesiones de trabajo sinodales, el purpurado subrayó que la renuncia de Wuerl será una oportunidad para que «las personas den un paso hacia atrás y vean también todas las maneras en las que han contribuido a la vida de la Iglesia». «Si verdaderamente queremos decir la verdad, debemos decirla hasta el fondo y aprovechar este momento para apreciar su contribución», que es «enorme».

 

Sobre la cuestión de los sacerdotes homosexuales, en cambio, Cupich explicó que «debemos hacer que todos dentro de la Iglesia vivan una auténtica vida y casta. Esto está fuera de discusión». Sin embargo, «se ha demostrado que la crisis de los abusos, las violencias contra menores, en realidad son imputables a otros factores, no solo a que alguien sea gay». «Esto está claro. Las investigaciones lo demuestran. No se trata de mi opinión personal», afirmó el cardenal; «creo que nos estamos equivocando de camino si no nos ocupamos de lo que gira alrededor de la cultura del clericalismo, y de los privilegios, los poderes y la protección que ofrece. Estos tres elementos deben ser eliminados de la vida de la Iglesia. Todo lo demás es secundario, si antes no afrontamos esto».

 

Según Cupich, además, es necesario que cada uno de los prelados católicos cedan una parte de la propia autoridad para permitir la creación de un nuevo grupo de investigación a nivel nacional; la Conferencia Episcopal nacional todavía no tiene el poder para crear este órgano por sí misma: «No puede hacerlo, la iniciativa debe provenir de Roma o de cada obispo individualmente». El organismo en cuestión debería ser «una especie de comisión laica de supervisión que tenga la tarea de recibir las denuncias de abusos, las acusaciones sobre os obispos, o acusaciones sobre la mala gestión de los obispos de estos casos», explicó. Un órgano de este tipo a nivel nacional sería necesario para reconstruir la confianza entre los laicos y los obispos y «para asegurarse que no haya la mínima duda sobre favoritismos» cuando se investigue por una acusación contra un prelado.

 

Las revelaciones de este verano sobre McCarrick, uno de los líderes más influyentes en la Iglesia estadounidense del último cuarto de siglo, han llevado a muchos católicos a preguntarse cómo fue posible que no hubiera sido denunciado antes y, por lo tanto, a pedir un proceso independiente para evaluar las futuras acusaciones contra obispos. El comité administrativo de los obispos estadounidenses anunció en septiembre que se ha aprobado la creación de un «sistema de indicación por parte de terceros» para las acusaciones en contra de prelados, pero no ofreció información específica que, probablemente, será un argumento de discusión durante el encuentro de noviembre. Cupich dijo que no había recibido ningún material preparatorio para la reunión: «Estoy seguro de que están trabajando, pero no hemos recibido nada por el momento».

 

«Nuestro pueblo no está contra nosotros: quieren que la Iglesia tenga éxito. Quieren que los obispos tengan éxito, pero también quieren ayudarnos y no deberíamos tener miedo», afirmó el arzobispo de Chicago. «Esta no es ciencia misilística», añadió. «Podemos ser transparentes. Podemos contar con una manera par determinar las responsabilidades. Podemos hacerlo. No debería ser algo difícil para nosotros».

 

Cupich maduró sus deseos de afrontar los abusos sexuales por parte del clero «de la manera más honesta, transparente y responsable posible» gracias a sus encuentros con los supervivientes. En particular, su primer encuentro, cuando era obispo de Rapid City, en Dakota del Sur (1998-2019), con un hombre de 50 años que sufrió abusos sexuales décadas antes. «Mientras él hablaba, comprendí que estaba escuchando a un niño de nueve años», dijo. «Era desgarradora la manera en la que contaba la historia, porque describía los detalles de manera muy gráfica, muy real».

 

Según Cupich, «nuestras palabras de perdón no significan nada si no entramos en contacto concreto y nos sentamos frente a las víctimas para permitir que nos arrolle de verdad el trauma, el dolor que han sufrido». Su primera reacción al escuchar la historia de ese hombre fue de «rabia, profunda rabia», pero esta rabia «se transformó en determinación para que las víctimas siempre estén antes que nada, para que se encuentre una manera para que la iglesia haga lo correcto», aseguró el arzobispo, activo en el Comité episcopal estadounidense (fue incluso presidente) que se ocupa de la protección de los niños.

 

 

Además de la cuestión de un organismo internacional para investigar las acusaciones contra los prelados, Cupich se dijo convencido de que en la reunión de noviembre los obispos estadounidenses deberían afrontar las revelaciones que contiene el informe del “Gran Jurado” de Pennsylvania. Publicado el 14 de agosto, el documento analizó la gestión de la Iglesia en relación con los casos de pederastia en seis diócesis del estado e identificó por lo menos mil víctimas menores de edad durante setenta años.

 

«¿Sabemos si todas estas víctimas han recibido cuidados y atención pastoral?», se preguntó Cupich recordando que la misma Carta para la protección de los niños y de los jóvenes, adoptada en 2002 después del escándalo de los abusos en Boston, ordena que los prelados «deberían ser transparentes con las personas y encontrar a las víctimas».

 

¿Y los sacerdotes? «¿Esos sacerdotes han sido destituidos? ¿Fueron señalados a Roma, como habría debido ser, aunque fueran casos históricos?», prosiguió el purpurado. La misma Carta de 2002 no prevé que los obispos deban elencar públicamente en sus diócesis a los sacerdotes que han sido acusados, pero el cardenal de Chicago afirmó que «habrían debido ser divulgados, para permitir que otras víctimas salieran a la luz». «Creo —añadió— que es importante que las persona involucradas en casos de este tipo y comprobados, con acusaciones creíbles, deban ser nombradas públicamente para que las víctimas salgan a la luz. Yo siempre lo he hecho, pero no es así en todas las diócesis».

 

Es necesario, antes que nada, un cambio de mentalidad por parte de los obispos en relación con la propia responsabilidad, por lo que Cupich considera importante que los prelados se dirijan constantemente al pueblo de sus diócesis y se enteren mediante los sacerdotes qué es lo que viven sus parroquianos. «Hay que ser responsables de los propios sacerdotes, porque ellos están en primera línea con el pueblo. Te dicen lo que dice la gente, acaso antes de que lo haga la gente».

 

Para concluir, en relación con el Sínodo sobre las exigencias de los jóvenes en la actualidad (el segundo en el que participa el cardenal estadounidense, después del de 2015 sobre la familia), Cupich afirmó: «Es algo enriquecedor y, al mismo tiempo, inquietante. Para nosotros, del mundo occidental, sobre todo de Estados Unidos, es impresionante entrar en contacto con los traumas, las dificultades, las luchas, los desafíos de los jóvenes de todo el mundo». En particular, el cardenal quedó profundamente sorprendido por el discurso de un joven iraquí que habló sobre su vida, en medio de una constante violencia. «Caigo en la trampa de concentrarme en mi zona, en las cuestiones y preocupaciones que tenemos en Estados Unidos».

 

¿Cómo está tomando en cuenta el Sínodo las preocupaciones de los jóvenes tanto de las zonas desarrolladas como subdesarrolladas y en vías de desarrollo? El cardenal Cupich respondió que hay una convergencia entre los jóvenes de todo el mundo, que es la búsqueda de la autenticidad: «No están buscando una Iglesia perfecta, están buscando una Iglesia auténtica. Pueden tolerar los errores, pero no pueden tolerar la “inautenticidad” o la falta de honestidad sobre los difíciles problemas del presente».

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La India despenaliza la homosexualidad. Aplauso de la ONU

La ONU aplaude la sentencia que despenaliza la homosexualidad en India

OIT
Bandera de la comunidad LGBTI.

6 Septiembre 2018

La Corte Suprema ha derogado una sentencia que criminalizaba los actos “contra natura” y castigaba con penas de cárcel las relaciones entre personas del mismo sexo.

Las Naciones Unidas en India han aplaudido el fallo de la Corte Suprema de ese país que despenaliza la homosexualidad.

El tribunal ha derogado una sentencia de 2013 que daba validez a una ley británica de más de 150 años que castiga los actos “contra natura” y criminalizaba con penas de cárcel las relaciones entre personas del mismo sexo.

La ONU en India espera que sea “un primer paso” para garantizar todos los derechos fundamentales a las personas LGBTI y que el fallo ayude a eliminar el estigma y la discriminación contra estas personas.

“El foco debe estar en asegurar el acceso a la justicia, incluyendo las reparaciones; las investigaciones efectivas de los actos de violencia y discriminación; y el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales”.

El Secretario General aplaudía la decisión, citando, en un tuit, las palabras del presidente del Tribunal Supremo, el juez Misra. “La discriminación y el prejuicio son siempre ‘irracionales, indefendibles y manifiestamente arbitrarios”, escribió.

Lucha contra el sida

ONUSIDA también ha celebrado el fallo. “Hoy es un día para el orgullo gay, un día de celebración, un día en el que el respeto y la dignidad finalmente han sido restaurados en la India para lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexo”, dice en un comunicado del director ejecutivo del programa, Michel Sidibé.

“Aplaudo a los valientes activistas, a las organizaciones de la sociedad civil y a los grupos comunitarios que han luchado duro y durante mucho tiempo para que la injusticia fuera revertida”, agregó.

Criminalizar las relaciones homosexuales entorpece el acceso a los tratamientos preventivos y a los servicios de tratamiento y diagnóstico e incrementa el riesgo de adquirir el VIH.

En India, un 2,7 de los hombres homosexuales y un 3,1% de las personas transgénero tienen VIH, frente al 0,26% entre el total de adultos. Además, tres de cada diez hombres gais y cuatro de cada diez transexuales no saben que viven con el VIH. Muchas personas LGBTI no tienen acceso a los tratamientos.

“Espero que esta decisión establezca una tendencia y pueda ser seguida por otros países para que despenalicen las relaciones homosexuales”, afirmó Sidibé.

Proteger a los homosexuales de la violencia y la discriminación y asegurar que tengan acceso a servicios de salud es clave en la lucha contra el VIH, ya que los hombres gais representan un 18% de las nuevas infecciones en todo el mundo.

La decisión inapelable del máximo tribunal indio no implica la derogación de la norma, que se mantiene para castigar los actos sexuales con animales o no consensuados, pero dicta jurisprudencia para legalizar la homosexualidad, al excluir de los llamados hechos “contra natura” las relaciones entre personas de cualquier tipo.


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Deficiencias en la selección de obispos yt seminaristas. Análisis de Vatican Insider

Chile, las palabras del Papa sobre los homosexuales y las indicaciones olvidadas de Wojtyla

El caso chileno demuestra la existencia de graves problemas (y no solo en el país sudamericano) en el discernimiento vocacional, en los seminarios y en los procesos para nombrar a los obispos

Un grupo de sacerdotes

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Pubblicato il 30/05/2018
Ultima modifica il 30/05/2018 alle ore 10:44
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

El caso chileno y la explosión de nuevos escándalos después de la renuncia que todo el episcopado puso en manos del Papa Francisco dejan en evidencia la profundidad de las raíces que tiene la enfermedad que aflige a la Iglesia de ese país (y no solo). Demuestra también que muchos enseñamientos de los Pontífices, publicados en las últimas décadas, han sido considerados letra muerta por muchos obispos.

 

La semana pasada, dialogando a puerta cerrada con la asamblea general de la Conferencia Episcopal de Italia, el Papa Francisco (que ya había manifestado toda su preocupación por la disminución de las vocaciones sacerdotales) los invitó a ocuparse más de la calidad que de la cantidad de los futuros sacerdotes, refiriéndose al caso de personas homosexuales que deseen entrar al seminario: «Si tienen incluso la mínima duda, es mejor no dejar que entren». Francisco habló siguiendo la huella de dos documentos publicados en los últimos años por la Santa Sede: el primero es de 2005, cuando comenzaba el Pontificado de Benedicto XVI; el segundo es de 2016 y fue promulgado ya durante el Pontificado de Bergoglio. En ambos, respetando profundamente a las personas en cuestión, se sostiene que no es posible admitir en el seminario ni en las órdenes sacras a «aquellos que practiquen la homosexualidad» o que «presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas».

 

En una nota del documento entregado por el Papa Francisco a los obispos chilenos cuando estos últimos llegaron a Roma, se puede leer una crítica por haber encomendado la guía de los seminarios a «sacerdotes sospechosos de practicar la homosexualidad». La existencia de entramadas y organizadas redes de sacerdotes que cazaban presas en internet, así como los casos de abusos contra menores en los que se han visto involucrados eminentes sacerdotes, indican claramente que los criterios de discernimiento no se han aplicado correctamente.

 

En 1992, es decir diez años antes de que se publicara la instrucción de la Congregación para la Educación Católica en agosto de 2005 sobre el tema “Criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales en vista de su admisión al seminario y a las órdenes sacras”, y más de veinte años antes de que se publicara la “Ratio Fundamentalis” de la Congregación para el Clero, titulada “El don de la vocación presbiterial” (son dos documentos que invitan a no dejar que entren al seminario a quienes presenten tendencias homosexuales profundamente arraigadas o practiquen la homosexualidad), Juan Pablo II divulgó la exhortación apostólica “Pastores dabo vobis”, dedicada a la «formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales».

 

 

En ese documento se lee: «Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad, a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida».

 

El Papa Wojtyla también afirmó que «la madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una formación clara y sólida para una libertad, que se presenta como obediencia convencida y cordial a la “verdad” del propio ser, al significado de la propia existencia, o sea, al “don sincero de sí mismo”, como camino y contenido fundamental de la auténtica realización personal. Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio al prójimo».

 

El problema que surge con los recientes escándalos no se relaciona solamente con la patología de la pederastia: en varios casos se trata, efectivamente, de abusos contra menores que ya son adolescentes. El problema más amplio, profundo y al que todavía no se ha dado una respuesta adecuada, tiene que ver con la inmadurez afectiva de los candidatos al sacerdocio, que, si no son hombres “resueltos” y maduros en su afectividad (sean heterosexuales u homosexuales) se dejarán condicionar por su inmadurez afectiva en las relaciones con los demás.

 

Que exista un problema relacionado con la homosexualidad dentro del clero lo demuestran las estadísticas de la OMS, según las cuales alrededor de 150 millones de niñas y chicas, y 73 millones de niños y chicos que no han cumplido los 18 años son obligados y sometidos a tener relaciones sexuales.

 

Si tomamos en cuenta los abusos contra menores perpetrados por exponentes del clero, las víctimas masculinas representan el alrededor del 75%.

 

El problema de la inmadurez sexual en los candidatos al sacerdocio, que acaba de explotar en Chile pero no solo existe en este país latinoamericano (como demuestran los diferentes escándalos en países europeos y en otras partes del mundo) indica que ha habido en las últimas décadas un grave problema con los criterios para seleccionar a los obispos.

 

La reacción de absoluta cerrazón auto-referencial y auto-defensiva con la que los pastores chilenos reaccionaron al escándalo (poniendo siempre en primera línea el buen nombre de la institución en lugar de defender a la grey, a los fieles, a los más pequeños y a los más indefensos entre los fieles) debería suscitar más de una pregunta sobre los criterios de selección y sobre el poder de grupos a la hora de promover ciertos candidatos al episcopado. Incapaces de vigilar sobre la madurez afectiva de sus seminaristas y de sus sacerdotes. Incapaces de hacer las cuentas con la realidad y de cobrar conciencia de los abusos (incluso cuando se denunciaban) escudándose en comportamientos de casta y lavándose las manos. Frente a los abusos, a los delitos terribles, ala inmadurez afectiva de sus sacerdotes, prefirieron hacer finta de no darse cuenta y demostraron, a la vez, ser inmaduros como padres.

 

Francisco en varias ocasiones (en entrevistas, homilías y libros) ha subrayado la distancia que existe entre la actitud de Jesús y la de Poncio Pilatos: Cristo vino para servir y lavó los pies a sus discípulos. Pilatos, en cambio, se lavó las manos. Una imagen útil para interpretar muchos casos eclesiales contemporáneos.