Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

El nuevo matrimonio de los divorciados. Orientaciones.

Deja un comentario

Segundas nupcias: indicaciones para discernir caso a caso

La instrucción pastoral del obispo de Albano, Semeraro: un documento para aplicar “Amoris laetitia”, preparado con los sacerdotes y compartido por ellos

La Eucaristía

20
0
Pubblicato il 03/03/2018
ANDREA TORNIELLI
ROMA

Es una instrucción pastoral que se titula “Alégrense conmigo”, dedicada a «Acoger, discernir, acompañar e integrar en la comunidad eclesial a los fieles que se han divorciado y que han vuelto a casarse por lo civil». La está distribuyendo en estos días el obispo de Albano, Marcelo Semeraro, que es secretario del C9 (el consejo de cardenales que ayuda al Papa en la reforma de la Curia y en el gobierno de la Iglesia universal). Las peculiaridades del documento son dos: se trata de una instrucción bien delineada sobre el tema –descrito en el subtítulo– y al mismo tiempo bien documentada que, a pesar de no adentrarse en ninguna casuística, describe precisas líneas de principios generales. Es un documento que surgió de una experiencia sinodal diocesana, en la que estuvo involucrado todo el clero.

 

Semeraro recuerda que en las conversaciones con sus sacerdotes surgió el dato sobre el número de los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil que viven «en fidelidad su relación conyugal y también con abnegación». Por ello, el obispo de Albano eligió no llevar a cabo «un recorrido solitario, sino cumplir uno nuevamente sinodal». Y pidió que el consejo presbiterial dedicara todas las sesiones ordinarias del año pastoral 2016-2017 «a la reflexión, a la profundización y al discernimiento sobre las formas de concreta respuesta a los fieles divorciados que se han vuelto a casar por lo civil presentes en nuestras comunidades y a nuestros hermanos y hermanas que piden una palabra de consolación y orientación». Los contenidos de estas reflexiones fueron compartidos y discutidos con todo el clero.

 

« Nos dimos cuenta de que la acogida y la integración de quien se acerca con el deseo de volver a ser admitido a la participación de la vida eclesial –escribió Semeraro– implica un congruente tiempo de acompañamiento y de discernimiento , que varía según las situaciones. Esperar, por lo tanto, una nueva normativa general de tipo canónico, igual para todos, está completamente fuera de lugar».

 

 

La instrucción precisa bien que, con respecto al acceso a los sacramentos, no se trata de «pensar en un “derecho” adquirido indistintamente por todos los que se encuentran en la situación específica de ser divorciados que se han vuelto a casar por lo civil. Más bien, se debe hablar, por nuestra parte, de acoger a la persona (y a la pareja) que no solo vive en una relación concreta, sino que también haya construido en el tiempo una familia. Sin embargo, estas personas piden recorrer un camino de fe propio, empezando por la conciencia de la propia situación ante Dios, poniéndose a disposición para identificar lo que obstaculiza la posibilidad de una plena participación en la vida de la Iglesia y aceptando dar los pasos posibles para favorecer y hacer que crezca la integración dentro de ella». Es decir, para discernir es necesario acercarse e involucrarse.

 

El obispo, el párroco o el confesor no deben conceder «de ninguna manera una especie de permiso para acceder a la comunidad de los fieles, o simplemente poder comulgar. Esta aclaración es de capital importancia, para que no se alimenten equívocos en la opinión pública que, mediante algunos medios de comunicación, simplifica el argumento con un categórico: “todos los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil pueden acceder a los sacramentos”. Planteada en estos términos, la cuestión despista radicalmente con respecto al objetivo de nuestra acción pastoral».

 

Se necesita, por el contrario, «una acogida real de las personas, dedicando un congruente tiempo a conocerlas». Siempre teniendo en cuenta que los divorciados que viven en segundas nupcias pueden encontrarse en situaciones muy diversas, que, como afirma “Amoris laetitia”, «no deben ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas, sin dejar espacio a un adecuado discernimiento personal y pastoral». Esto implica, escribió Semeraro, «la capacidad de leer la historia personal de cada uno a la luz de la Palabra y en el amplio contexto de la misericordia de Dios».

 

El documento plantea algunas «premisas indispensables». La primera es que «no se trata de una nueva unión que provenga de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que repetidamente ha faltado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio ni para la familia». La segunda es que se garanticen «las necesarias condiciones de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios». Por ello hay que excluir «a los ostentan la propia situación irregular y de objetivo pecado, casi dando a entender que su situación no va en contra del ideal cristiano, o que ponen los propios deseos individuales por encima del bien común de la Iglesia, o, peor aún, pretenden seguir un recorrido cristiano diferente del que enseña la Iglesia».

 

También es importante, según la instrucción, que «haya una habitual participación en la vida de la comunidad parroquial, empezando por ese signo externo de presencia que es la participación en la misa dominical, mucho mejor si va acompañada de otras formas de presencia y de servicio (por ejemplo en las actividades de la Caritas parroquial, en la asistencia a los enfermos, en las actividades del oratorio, en grupos familiares u otros ámbitos de vida comunitaria)».

 

En relación con el matrimonio anterior, los divorciados que hayan contraído segundas nupcias «deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del “partner” abandonado; cuáles consecuencias tiene la nueva relación en el resto de la familia». Recordando los casos citados en “Amoris laetitia” de quienes «han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y han sufrido un abandono injusto, o el de los que han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos, y, a veces, están subjetivamente seguros, en conciencia, de que el matrimonio anterior, irreparablemente destruido, nunca había sido válido».

 

En relación con la segunda unión, la instrucción exige que se consolide en el tiempo, «con nuevos hijos, con demostrada fidelidad, dedicación generosa y compromiso cristiano, la conciencia de la irregularidad de la propia situación y la gran dificultad para volver atrás sin sentir, en conciencia, que se incurriría en nuevas culpas».

 

Para el discernimiento, escribe el obispo de Albano, «es decisiva y discriminante la explícita referencia a la voluntad de Dios que debe cumplir aquí y ahora el concreto sujeto que discierne y opera. Se trata, efectivamente, que discierne y obra. Se trata, de hecho, de reconocer la voz y la obra de Dios en la propia vida y en la propia historia con el fin de responderle y dando la propia vida lo más posible conforme a su voluntad, conocida y amada». Es muy importante, continúa la instrucción, verificar inmediatamente esta condición, indispensable para que se pueda poner en marcha un discernimiento espiritual. Uno de los datos que atestan la presencia de esta disposición, interior y exterior, de búsqueda de la voluntad de Dios y de amor a la Iglesia, es la decisión de dejarse guiar en el discernimiento por una persona experta, sabia e idónea».

 

Semeraro también se refiere al tema del “escándalo” que toca a los demás fieles. «Teniendo que sopesar si determinado acto es o no “de escándalo”, no se puede descuidar la pregunta de si quien actúa tiene la voluntad de inducir a los demás a pecar… Como se ve, siempre se trata de componer armoniosamente elementos de orden objetivo y otros de orden subjetivo». Por lo tanto, parece bastante arriesgado «considerar a priori “escandalosos” (o sea impulsados por la voluntad de inducir a los demás a pecar) a cuantos hayan afrontado, en medio de tantos sufrimientos y nunca con ligereza, profundas laceraciones en sus vidas de pareja. Quien está, o haya estado, cerca de estos dramas familiares y personales es testimonio de los dolores y de las angustias que afligen a los que están involucrados». El obispo insiste en que “Amoris laetitia” «nunca se refiere a un “permiso” generalizado para acceder a los sacramentos por parte de todos los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil; tampoco dice que el camino de conversión comenzado por aquellos que lo deseen deba necesariamente llevar al acceso a los sacramentos».

 

A la luz de todas estas premisas, «es tarea y deber del sacerdote: indicar al fiel el horizonte moral de la vida cristiana; ayudar a la persona a comprender qué depende y qué no de ella en la situación que está viviendo en ese momento; subrayar cuál es el ámbito de sus responsabilidades concretas; sostener y orientar a la persona hacia los recursos espirituales necesarios para la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y para conformarse a ella».

 

Entonces, el sacerdote debe «proponer los posibles pasos que dar siempre teniendo en cuenta los condicionamientos y las circunstancias atenuantes que pueden limitar y comprometer la libertad en las elecciones y la capacidad de decisión. No hay que olvidar que la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden ser disminuidas o anuladas por la ignorancia, por el descuido, por la violencia, por el temor, por los hábitos, por los afectos no oportunos y otros factores psíquicos o sociales».

 

Hay que «estar conscientes de que ya no es posible decir que todos los que se encuentren en alguna de las llamadas situaciones “irregulares” viven en un estado de pecado mortal, privados de la gracia santificante», como afirma “Amoris laetitia”. De la misma manera, hay que actuar teniendo cuidado para que no pase la idea equivocada de que «una posible admisión a los sacramentos sea un simple “pro forma” ni que cualquier situación puede justificar tal decisión. Debemos aprender a tener la paciencia de evaluar la realidad de vez en vez y caso a caso, dedicando tiempo y tomando decisiones por grados».

 

El obispo de Albano cierra el documento con un texto de san Agustín, en el que se lee: «Si despiertas tu fe y consideras qué es realmente Cristo, y atiendes no solo a lo que hizo, sino también a lo que sufrió, entonces verás que Él fue fuerte, claramente, pero también fue débil: tuvo la fuerza del Hijo de Dios y la debilidad del ser verdadero hombre. Él, luego, es la cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo. He aquí el Cristo total: cabeza y cuerpo. Por ello, también la Iglesia incluye en sí, como Cristo, a fuertes y débiles; tiene dentro de sí a quienes se nutren de pan sustancioso y a quienes todavía deben ser alimentados con leche. Lo mismo sucede con los sacramentos: al recibir el Bautismo y al acercarse a la mesa del altar en la iglesia se mezclan justos y pecadores, porque el cuerpo de Cristo es como la era, en donde hay grano y paja. Solamente será granero en el futuro, pero ahora, en tanto era, no rechaza de sí la paja…». «En cuanto era –concluye Semeraro–, ahora la Iglesia no rechaza de sí la paja. Es cuanto debemos hacer hoy».

Anuncios

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s