Pasión de Barcelona, pasión del mundo

PASIÓN DE BARCELONA, PASIÓN DEL MUNDO

J. I. González Faus. Me permito plagiar un conocido título de Leonardo Boff: “Pasión de Cristo, pasión del mundo”. Al día siguiente del atentado barcelonés, de mañanita, me llega un whatsapp desde México con una foto titulada: “Todos somos Barcelona”.  Reconozco que me emocioné, aunque no soy de Barcelona. Más tarde me surgió la pregunta: ¿qué hacer para que esa bella frase no resulte estéril, meramente retórica como aquel famoso: “Ich bin ein Berliner” de J. Kennedy? ¿Qué hacer para poder decir con verdad: todos somos Barcelona, todos somos Manchester, todos somos Lesbos, todos somos inmigrantes, todos viajamos en pateras, todos somos precarios y vivimos con un sueldo inferior incluso al vergonzoso salario mínimo de España; todos somos mujeres maltratadas por aquellos que decían amarlas?… Todos.

Entonces me pareció que no vale esa respuesta bravucona de “no tenemos miedo”. Quiero tener miedo: no ya por mí, pero sí por mis seres queridos: por los hermanos, por los hijos, por los amigos. Tengo miedo por aquella madre que el jueves, a las cuatro, aún no sabía que pronto dejaría de ver para siempre a su pequeño; por los chavales que están ahora en el hospital tragándose lágrimas y esperando a saber qué pronóstico hay para su padre, herido grave. También por los familiares y amigos que los acompañan ahora, mientras piensan que igual les podía haber pasado a ellos, y no saben si les pasará otro día. Y por los musulmanes que fueron entre los primeros a dar sangre para las víctimas, pero temen que el atentado les va a crear dificultades y ganar algunos odios, sólo por lo que son. Por todos ellos, yo sí que tengo miedo. Y quiero tenerlo.

También tengo miedo a que germine el odio: porque al día siguiente de los atentados recibo, por tres veces, otro whatsapp donde un señor se dirige a los terroristas diciendo “mahometanos, sois unos hijos de puta, mamones de mierda…” y otras -según él- “verdades del barquero”. Temo que, al calentamiento climático que ya soportamos, le siga otro calentamiento afectivo: el del odio. Ojalá en algún momento nos reunamos también para gritar: “no tenemos odio”.

Esos miedos me llevan a dirigirme a vosotros, hermanos míos a pesar de todo, pero insensatos, descerebrados y criminales miembros del Daesh: ¿Podemos un momento intentar hablar como hermanos? ¿Qué pretendéis con vuestras inhumanas atrocidades? Si me decís (cosa que no creo) que dar gloria a Allah, ¿no comprendéis que en vez de proclamar que Allah es el más grande, estáis diciéndole al mundo que Allah es el más criminal, y que sois vosotros los que queréis ser los más grandes? ¿No comprendéis que, aunque la justicia de Dios fuese violenta y castigadora (cosa que yo no creo), nunca será una violencia que se dirige arbitrariamente a personas inocentes, que no tenían más crimen que el de estar por allí en aquella hora? Jesús de Nazaret, a quien vosotros veneráis como profeta (y que algo sabe de muertes violentas) dijo una vez: “llega la hora en que quienes os maten creerán hacer un servicio a Dios. Y esto será porque no han conocido a Dios” (Jn 16,3). Por favor, hermanos, pensad esto muy en serio “¿habéis conocido de veras a Dios?” Ciertamente NO. Pues no sólo matáis a quienes consideráis enemigos sin haberlos visto nunca, sino a todos esos jóvenes vuestros, sin norte y sin experiencia, a quienes engañáis y lleváis al suicidio temprano para conseguir vuestros fines; y que también tendrán una madre que quizás ahora está llorando por ellos.

Si por el contrario, como sospecho, os mueven otros afanes de venganza o de grandeza, vamos a seguir dialogando un poco más: porque me niego a creer que haya desaparecido de vosotros toda huella de humanidad. También vosotros algún día cruzaríais una sonrisa de ternura con vuestras madres, y habréis tenido hermanos y amigos con quienes jugabais. También vosotros habréis llorado alguna vez, quién sabe si por culpa nuestra. Pues entonces, vamos a ver si conseguimos que se encuentren nuestras lágrimas en vez de nuestras palabras.

Creo saber lo que puede haberos hecho llorar algunas veces. Es significativo que, en todos los atentados salvajes de los últimos tiempos, lo que menos me ha gustado han sido las palabras de los gobernantes: seguramente no por ser quienes son, sino por estar donde están. Todos daban la sensación de no decir nada propio sino sólo lo que les tocaba decir. En cualquier caso, no acabo de compartir ese tópico repetido por todos ellos, de que vuestros salvajes atentados son “un ataque a nuestros valores”. Nosotros, occidentales, debemos preguntaros si no serán más bien un ataque a la hipocresía con que ponemos nuestros grandes valores al servicio del propio enriquecimiento (igual que vosotros ponéis a Dios al servicio de vuestra maldad). Se nos llena la boca con grandes palabras como democracia e igualdad o libertad. Pero ¿qué democracia hay en la actual UE? Las multinacionales (que son nuestros verdaderos gobernantes) han pisoteado la libertad para enriquecerse creando opresión y ahora vemos recortada nuestra libertad por razones de seguridad; ellas no serán la causa última pero sí la primera de nuestras pérdidas de libertad. En mi país presumimos de crecimiento económico, pero ocultamos que ese crecimiento se está consiguiendo a base de crear desigualdades, precariedad, salarios de hambre y “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”. Hablamos de globalización para que nuestros capitales circulen de Singapur a New York pero no para que un africano sin horizonte pueda venir a Europa a ganarse sencillamente la vida. Y olvidamos así lo que un conocido sociólogo llamó “África, pecado de Europa”, aludiendo al reparto de África que hicimos durante el siglo XIX… Invadimos Irak, o Afganistán y luego nos retiramos “respetuosamente”, dejando el país convertido en un caos que ya no queremos arreglar. Nos arrogamos el derecho a tener armas nucleares nosotros, porque somos “los buenos”; pero se lo negamos a Irán porque es “de los malos”. Y somos nosotros quien determina quiénes son los buenos y quiénes los malos… Una vez más, aquellos polvos han traído estos lodos. En la historia, las atrocidades nunca nacen de golpe: se van gestando poco a poco, silenciosamente.

Creo que no puedo ser más claro. Pero hay que añadir algo: la historia muestra que todas las revoluciones violentas acabaron instalando unas violencias semejantes a las que habían querido combatir. Quizás porque, como explica el gran Paulo Freire (a quien vosotros ni habréis oído nombrar), el oprimido tiene siempre introyectado en su inconsciente la imagen del opresor como su modelo de hombre, porque no ha conocido otro. Un inmigrante africano instalado en España hace ya años, publica un libro donde se pregunta si escribe “desde el edén”, aclarando que de ningún modo quisiera para África un modelo de desarrollo como el que hemos tenido en Europa: porque “esos grandes conceptos nacidos en Occidente, que resultan particularmente atractivos para la humanidad entera y que podrían ser la verdadera medicina que esta humanidad necesita, son en la práctica falseados, suplantados y pervertidos”[1]. Así pues, amigos, vuestra tragedia está en que, en el fondo, nos tenéis envidia; pero envidiáis no lo mejor sino lo peor de nosotros. Infelices.

Creo, pues, que algo de aquellos valores sigue vivo entre nosotros (aunque no sé si tendríamos que llevarlos ya a la UCI) y que, por eso, Europa conserva, además de un atractivo económico, un atractivo moral que ojalá no acabemos enterrando, y que aún produce envidia en todos aquellos que quisieran acabar con nosotros…

Si nuestras lágrimas se encuentran así, quizá acabe encontrándose también nuestro dolor por el daño que nos hemos causado mutuamente, unos en nombre de una supuesta crueldad de Dios y otros en nombre de una real crueldad del Capital. Entonces, en lugar de asesinatos tan absurdos, quizá acabemos encontrándonos todos en la lucha por construir una civilización de la sobriedad compartida que (no me cansaré de repetirlo) es la única salida que le queda a nuestro mundo tan amenazado.

P.D. Sé que estas reflexiones van a ser duramente rechazadas por muchos. A mí mismo, que las veo claras con la cabeza, me cuesta bajarlas al corazón. Por eso pido a todos los que las compartan, cristianos o no, que procuren darles toda la vigencia posible. Porque si no, como ya dije, temo que al cambio climático que ya soportamos, le siga otro cambio afectivo que haga subir las temperaturas del odio.

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[1] INONGO-VI-MAKOMÉ, Visión del mundo de un africano ¿desde el  Edén?, p. 59.