Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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S. Vicente de Paul: cuarto centenario de su obra. Discurso del Papa

Caridad que dura por siglos, el Papa recibe a la Familia Vicentina

2017-10-14 Radio Vaticana

 

El sábado 14 de octubre el Papa Francisco recibió a más de 10 mil miembros de la Familia Vicentina en una audiencia con motivo del Año Jubilar convocado por los Vicentinos por los 400 de fundación. En el marco de este momento de encuentro, testimonio, música y oración, el Papa rezó ante el corazón de San Vicente, reliquia especialmente traída a Roma para esta ocasión desde París, asimismo se lanzó la Alianza Global por los Sin Techo. El Santo Padre empezó saludando afectuosamente a estos hermanos, recordando que están en movimiento por los caminos del mundo, como San Vicente les pediría también hoy. “San Vicente ha generado un impulso de caridad que dura por los siglos”, les dijo, alentándolos a seguir este camino reflexionando sobre tres verbos “importantes para el espíritu vicentino, pero también para la vida cristiana en general: adorar, acoger, ir”.

Adorar. Son numerosas las invitaciones de San Vicente a cultivar la vida interior y a dedicarse a la oración que purifica y abre el corazón. Para él la oración es esencial. Es la brújula de cada día, es como un manual de vida, es – escribía – el «gran libro del predicador»: solamente rezando se obtiene de Dios el amor para derramar sobre el mundo; solamente rezando se tocan los corazones de la gente cuando se anuncia el Evangelio (cfr Carta a A. Durand, 1658).

Para San Vicente, notó el Papa, la oración no es solamente un deber y mucho menos un conjunto de fórmulas. La oración es detenerse ante Dios para estar con Él, para dedicarse simplemente a Él…

Ésta es la oración más pura, aquella que hace espacio al Señor y a su alabanza, y a nada más: la adoración. Quien adora, quien frecuenta la fuente viva del amor no puede más que quedarse, por decir, “contaminado”. Y comienza a comportarse con los demás como el Señor hace con él: se vuelve más misericordioso, más comprensivo, más disponible, supera las propias rigideces y se abre a los demás.

Llegamos al segundo verbo: acoger. Cuando escuchamos esta palabra, viene de inmediato a la mente algo por hacer. Pero en realidad acoger es una disposición más profunda: no pide solamente hacer lugar para alguien, sino ser personas acogedoras, disponibles, acostumbradas a darse a los demás. Como Dios por nosotros, así nosotros por los otros. Acoger significa redimensionar el propio yo, enderezar la manera de pensar, comprender que la vida no es mi propiedad privada y que el tiempo no me pertenece. Es un lento despegarse de todo aquello que es mío: mi tiempo, mi descanso, mis derechos, mis programas, mi agenda. Quien acoge renuncia al yo y hace entrar en la vida el tú y el nosotros.

El ultimo verbo: ir.

El amor es dinámico, sale de sí. Quien ama no está sentado mirando, esperando la llegada de un mundo mejor, sino que con entusiasmo y sencillez se levanta y va. San Vicente lo dijo bien: «Nuestra vocación es ir, no a una parroquia y ni siquiera a una diócesis, sino por toda la tierra. ¿Y a hacer qué ?  A encender el corazón de los hombres, haciendo aquello que hizo el Hijo de Dios, que ha venido a traer el fuego al mundo para inflamarlo de su amor» (Conferencia del 30 de mayo 1659). Esta vocación es siempre válida para todos. Coloca a cada uno interrogantes : “¿Voy al encuentro de los otros, como quiere el Señor? ¿Llevo a donde voy este fuego de la caridad o me quedo encerrado a calentarme frente a mi chimenea?”.

A la familia vicentina Francisco deseó “no detenerse, sino continuar tomando cada día de la adoración, el amor de Dios y a difundirlo por el mundo a través del buen contagio de la caridad, de la disponibilidad, y de la concordia”.

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Experiencia de un voluntario en la casa de Madre Teresa de Calcuta.

Un día como voluntario entre los enfermos de la Madre Teresa

En Calcuta, entre las monjas que asisten a los últimos, su recuerdo está vivo. Ayudar a quien sufre es una cura a la lepra del Occidente: la soledad

Un día como voluntario entre los enfermos de la Madre Teresa

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Pubblicato il 02/09/2017
Ultima modifica il 02/09/2017 alle ore 19:14
CARLO PIZZATI
CALCUTA

El voluntario llega a un callejón donde se lee «Mother House». En la pared de enfrente hay un grafiti de una hoz y un martillo. Una monja con su sari blanco bordado con rayas bancas llena de polvo color mostaza la piel irritada de un perro cojo. Al entrar, el voluntario es recibido con la sonrisa dulce de otras monjas. En el primer patiecito, una estatua gris de la Santa extiende una mano con la palma hacia abajo para que los peregrinos se inclinen y reciban la bendición de la escultura.

 

Pasando a otro patio más amplio, que se abre sobre cuatro plantas de habitaciones y oficinas, a la izquierda hay una escalera que lleva a la celda de la Madre Teresa (camita, banca, escritorio) y por la derecha se llega a su tumba.

 

Allí todo es un bullicio de saris bancos y fieles que cantan y rezan uniéndose a la misa que celebra un joven sacerdote. Los fieles pasan siguiendo las manecillas del reloj, hacen peticiones y apoyan las frentes sobre la piedra. En el centro de la plancha de mármol gris destaca un corazón de pétalos de rosas rojas. Una mujer recoge uno y se lo come, como si fuera una hostia consagrada. A través del contacto con la estatua y del sabor dulce del pétalo se busca un contacto sensorial con Santa Teresa, cuyo nombre original en albanés significa precisamente Rosita.

 

La acogida

 

El voluntario pregunta si puede visitar uno de los centros en los que viven los moribundos, los leprosos, los anearemos y los afligidos. La que recibe a los visitantes que quieren saber algo más es sor Blessiella, el cliché de la monja severa: «¡Pero hay demasiado poco tiempo! ¿Mañana? Tenía que mandar una petición por escrito. Se ve que usted no entiende para nada lo que hacemos aquí. Como sea, está bien. Preséntese mañana a la misa de 6 y ya veremos». Perdone, dice el voluntario, pensando en una frase famosa de la Santa: «El sufrimiento es un don de Dios».

 

Llega el alba. Las calles están desiertas. En el primer piso 100 monjas y 60 voluntarios rezan de rodillas. Las novicias admiran extasiadas a un sacerdote español con barba y advierten, dentro de él, a un Cristo en la cruz que se le parece mucho. La Madre Superiora tiene más de 70 años, pero resiste de rodillas, pálida e impasible, al lado de una monja que toca un organito, transportada por un canto angelical a dos voces que desafía los claxons, camiones, ladridos que llegan desde las ventanas abiertas.

 

La oración

 

Una comitiva de 45 fieles madrileños lista para el último de 18 días de voluntariado. Mujeres con trenza, camisetas y pantalones estampados tipo «vengo de hacer una hora de yoga». Hombres con pantaloncillos cortos y coleta. Después de una hora de Ave María, Mea Culpa, Aleluya y Padre Nuestro, una monja se adormila sobre la banca con el breviario entre las manos.

 

Hace calor. Es Calcuta. Es verano. El voluntario casi se arrepiente. Recuerda el aire acondicionado. Pero es demasiado tarde. Desayuno de pan, plátanos y te con leche, y después una caminata de 40 minutos de sudores atravesando el «slum», esquivando jeeps de la policía, trenes, caca de vaca, hombres que se enjabonan en las duchas colectivas, niños que se burlan de los extranjeros, establos, montañas de basura, multitudes que bajan del tren mientras una mujer canta con melancolía al final del andén.

 

Parece una coreografía ensayada a la perfección. Pero el voluntario sabe que necesita tener paciencia. La ciudad de la alegría le llegará a dar alguna. Y finalmente se llega a las rejas azules de Prem Dan, casa para moribundos y afligidos, como advirtió la monja durante el registro. Mutilados con la gasa manchada de yodo, enfermos y discapacitados sentados bajo un techo huyendo del calor. Los más graves están en una habitación enorme. Un hombre con una malformación en el estómago tan grande como un recién nacido, con los brazos y las piernas esqueléticos, yace en una camilla. Otro, también un montón de huesos, no quiere volver a levantarse. Una ambulancia se lleva a un muerto.

 

Hay que subir a la terraza. El voluntario se pone una bata y durante dos horas, pañuelo en la cabeza a la pirata, se pone a exprimir paños, pantalones, camisetas, camisas, telas, sábanas y las cuelga bajo un sol inclemente. Tres chicos españoles en vena mística. «El hombre, para mí, es fundamentalmente bueno, después es desviado», dice Francisco, “papaboy” catalán con una pulsera que dice: «Di no a la droga» (y, explica, a la pornografía). Lucas, el andaluz, es escéptico: «No creo en un ser superior. Creo que hay seres iluminados como la Madre Teresa o Vincent Ferrer, que han cambiado algunas cosas en el mundo. Pero no creo en el Dios Cristiano o en el paraíso. Pero si hay un infierno debe ser, seguramente, ¡una sala VIP para catalanes!», dice dándole una palmada a Francisco.

 

El trabajo

 

Aquí ya se comienza a percibir el principio de esa euforia y energía que va aumentando, a pesar de estar rodeada de sufrimiento y muerte. O tal vez precisamente por ello. Entre más desagradables y humildes son las tareas, más fuerte es la carga que llevarlas a cabo parece infundir al voluntario. Y el sentimiento de union, de una cura para eso que la Madre Teresa llamaba la lepra del Occidente: la soledad.

Así, Alfonso, un vasco corpulento y platicador, va ofreciendo a los afligidos cortarles las uñas de los pies y de las manos. Andreas, el argentino hippie, parece feliz de vaciar contenedores de orina, después de haber rebordeando las camas de la mitad de los enfermos que se someten a la diálisis, unos sin un ojo, otros con articulaciones deformes, pero todos con sonrisas luminosas.

 

Llega la hora de lavar platos y vasos. Rocío, María y Cristina, tres hermanas de Madrid, dicen que en el sector femenino se hacen más o menos las mismas cosas. «Pero, además de cortar las uñas, también les ponemos esmalte», se ríe María. Pilar vuelve mañana a Madrid a su trabajo de secretaria de un notario. «Es una experiencia que te cambia —admite—; los primeros tres días: shock total. Pensé que no iba a poder. Calor, ruido, peste, perros, cuervos, suciedad, comida. Trauma. Después me he acostumbrado. Ahora vuelvo feliz de volver. No como después de las vacaciones en el mar, cuando el final de las vacaciones es una tristeza…».

 

¿Volun-turismo? Sí, un poco. Se tiene la sensación de que algunos hacen las dos o tres semanas no por vocación, sino por la experiencia y para poder decir que lo han hecho.

 

Volun-turismo

 

Andy es un estudiante alemán, alto, flaco, con sonrisa simpática: «Próxima etapa: Varanasi y Mumbai. Vine para hacer una experiencia. No soy muy religioso Claro, de mis impuestos doy a la Iglesia, pero vine para entender. Ver a la gente que duerme sin techo, o aquí entre los afligidos, es tremendo. Pero no le sirve a nadie que te emociones de tu empatía. Aquí se hace algo concreto. Y me servirá cuando piense que las cosas no van bien, en Alemania, y cuando me enoje porque no hay wi-fi o porque no encuentro un Starbucks. Entonces me acordaré que le quité la barba a un enfermo que temblaba en Calcuta».

 

Keith, ex legionario neozelandés, sobre todo se ocupa de llevar charolas de té caliente a los afligidos. mientras Lucas, enjuagando vasos de aluminio, admite: «¡Después de tres semanas, qué aburrido! ¡Siempre lo mismo!». El argentino grita contra un grupo de voluntarios que sacan sus teléfonos: «¿Les parece un lugar para tomarse un selfie?».

 

Se acerca sor Sabina. En 1961, a los 18 años, hizo los votos en Kerala. Fue la Madre Teresa en persona a recogerla a ella y a su hermana a la estación. «Llevaba en la mano nuestra carta, nos dijo que fuéramos con ella. La seguimos. Fue un viaje cansado, nunca habíamos estado en un tren. Después cambió nuestras vidas. Mi hermana fue a Siberia. Ahora está en México. Tiene 80 años. He estado por toda la India con las hermanas misioneras. De vez en cuando voy a Kerala a ver a mi familia, pero mi familia es esta. ¿Cómo era la Madre? La madre es la madre. Es todo. Era la mamá que me ponía las medicinas en la boca cuando tenía fiebre. Esa era la madre. Toda corazón. Toda amor».

 

Se sigue así hasta el atardecer. Lepra, enfermos terminales. Dolor, pero ánimo. Por la tarde se vuelve a la Casa Madre. «Lo que se vive externamente aquí —concluye Pilar, católica practicante— es lo que siento dentro durante la oración». El día es largo, pero al final, a pesar de no ser creyente, el voluntario se da cuenta con sorpresa de que no se siente cansado, sino que tiene más energía que por la mañana a las 6. Ese voluntario soy yo.


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Un amor verdadero, no hipócrita. Palabras del Papa.

“Pecado gravísimo” cerrar empresas y quitar trabajo

El Papa advirtió sobre el amor hipócrita: «Existe la falsa idea de que, si amamos, es porque somos buenos». Durante la Audiencia general algunos fieles chinos se arrodillaron ante Francisco. Llamado por los trabajadores de Sky Italia
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Papa Francisco saludando a los fieles de la Plaza San Pedro

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Pubblicato il 15/03/2017
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

«Que la caridad no tenga ficciones». Papa Francisco comenzó su reflexión a partir de este pasaje de la Carta de San Pablo a los romanos, durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro, para advertir sobre «un amor vivido con hipocresía», «egoísmo disfrazado de amor», caridad hecha «para sentirnos satisfechos» o por «visibilidad». Todas estas actitudes esconden «una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque somos buenos». Mientras el amor es gracia de Dios, «que nos permite, incluso en nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor». Al final de la catequesis, Francisco hizo un llamado por los trabajadores de Sky Italia, subrayando que, en general, «quien por maniobras económicas, para hacer negocios no del todo claros, cierra fábricas, cierra empresas y le quita el trabajo a los hombres, comete un pecado gravísimo».

 

Al principio de la Audiencia, cuando Jorge Mario Bergoglio bajó del jeep blanco, después de su acostumbrada vuelta entre los fieles presentes en la plaza San Pedro, se encontró primero con un niño, luego con una señora, que pasó casi gateando entre las piernas de los guardias suizos, y un anciano chinos, que se arrodillaron frente al Papa para besarle las manos y pedirle que bendijera una estatua de una Virgen.

 

San Pablo, dijo Francisco, «nos pone en guardia: existe el riesgo que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Entonces nos debemos preguntar: ¿Cuándo sucede esto, esta hipocresía? Y ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica? ¿De no aparentar de hacer caridad o que nuestro amor no sea una telenovela? Amor sincero, fuerte. La hipocresía puede introducirse en todas partes, también en nuestro modo de amar. Esto se verifica cuando nuestro amor es un amor interesado, motivado por intereses personales; y cuantos amores interesados existen… cuando los servicios caritativos en los cuales parece que nos donamos son realizados para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “pero, qué bueno que soy”, ¿no?: esto es hipocresía; o aún más, cuando buscamos cosas que tienen “visibilidad” para hacer alarde de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades. Detrás de todo esto existe una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón».

 

Por el contrario, la caridad «es sobre todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y Él lo da gustoso, si nosotros se lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en el hacer ver lo que nosotros somos, sino en aquello que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es generada en el encuentro con el rostro humilde y misericordioso de Jesús. Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, pero, se hace mensajero de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirnos en instrumentos de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y entonces se entiende que todo aquello que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa a hacer por nosotros. Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en nuestra vida, continúa a hacerse cercano y a servir a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él en primer lugar se reconoce».

 

Todos, continuó Papa Bergoglio, «tenemos la experiencia de no vivir a plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: tenemos necesidad de que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; que volveremos a apreciar todas estas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, es decir, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando nos alejamos de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón».

 

Al final de la catequesis, el Papa saludó, entre otros, a las personas que participaron en el congreso promovido por el Movimiento de los Focolares, en ocasión del 50 aniversario de su fundación, y los exhortó a ofrecer testimonio de la belleza de las familias nuevas, guiadas por la paz y por el amor de Cristo.

 

Francisco dirigió un «pensamiento especial» a los trabajadores de Sky Italia, que en una nota habían anunciado la presencia de un contingente de unos cien empleados para denunciar la situación «dramática de alrededor de 600 personas y sus familias», después de que la empresa revelara el plan de recortes y transferencias. «Espero –dijo el Papa– que su situación laboral pueda encontrar una solución rápida, en el respeto de los derechos de todos, especialmente de las familias». Francisco añadió: «El trabajo nos da dignidad y los responsables de los pueblos, los dirigentes, tienen la obligación de hacer todo lo posible para que cada hombre y cada mujer pueda trabajar, para tener la frente en alto, ver a la cara a los demás, con dignidad. Quienes, por maniobras económicas, para hacer negocios no del todo claros, cierra fábricas, cierra empresas y le quita el trabajo a los hombres, esta persona comete un pecado gravísimo».


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Emotivo encuentro del Papa con los familiares de la masacre de Dacca (Bangladesh)

Cómo se siembra la paz- El encuentro con los familiares de las víctimas de la masacre de Dacca (Bangladesh)

2017-02-22 L’Osservatore Romano

«No os habéis quedado en la rabia, en la amargura y en las ganas de venganza sino que habéis emprendido, con el dolor dentro, el camino del amor para construir y ayudar a la gente de Bangladesh, sobre todo a los jóvenes para que puedan estudiar: esto es sembrar paz y os doy las gracias, para mí es un ejemplo». Es con estas palabras que el Papa Francisco abrazó a treinta y tres familiares de seis de las nueve víctimas italianas de la masacre que tuvo lugar en Dacca, en Bangladesh, en la noche del 1 al 2 de julio de 2016: Marco Tondat, Christian Rossi, Maria Riboli, Vincezo D’Allestro, Claudio Cappelli y Simona Monti. El encuentro tuvo lugar el miércoles por la mañana, a las 9.10, en el aula junto al Aula Pablo VI, justo antes de la audiencia general en la plaza de San Pedro. «Es fácil tomar el camino que del amor lleva al odio — indicó el Pontífice — mientras que es difícil hacer lo contrario: de la amargura y del odio ir hacia el amor».

Para acompañar al grupo — del que formaban parte seis niños — estaba monseñor Valentino Di Cerbo, obispo de Alife-Caiazzo. «Vincenzo, una de las víctimas — explicó el prelado al Papa al inicio del encuentro — era de Piedimonte Matese, un pueblo de mi diócesis». El obispo presentó a Francisco el perfil de las víctimas: «Eran buenas personas, que fueron a Bangladesh para trabajar pero no para explotar a ese pueblo: es más, se esforzaban mucho para ayudar a los más pobres colaborando con la comunidad católica local». Y para confirmar este estilo solidario, «de la tragedia continúan floreciendo iniciativas concretas para la gente de Bangladesh» señaló el prelado al Papa. Precisamente para hacer evidente «el compromiso para testimoniar un mensaje de paz», le entregaron a Francisco nueve plantas de olivo con los nombres — escritos en pequeñas imágenes de palomas blancas — de las personas asesinadas.

Y al Pontífice se le presentaron algunos proyectos solidarios concretos. Así don Luca Monti, hermano de Simona — una de las víctimas, tenía treinta y tres años y esperando a dar a luz un niño — contó al Papa que precisamente anoche regresaba a Dacca: a través de la asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada. De hecho, la familia Monti ha hecho construir la iglesia de San Miguel en Harintana, pequeña ciudad en el sur del país, en la diócesis de Khulna. «Los primeros fondos los recogimos en el funeral de mi hermana» explicó don Luca que es párroco de Santa Lucía de Serino, en el Avellino. «Los ciento veinticinco católicos de Harintana — cuenta — hasta ahora estaban obligados a atravesar dos ríos para alcanzar una pequeña iglesia de madera, dañada y demasiado pequeña para acoger a toda la comunidad». Y así, «el viernes, después de cinco meses de trabajo, la iglesia será consagrada».

Para presentar al Papa las iniciativas promovidas por las asociaciones “En viaje con Vincenzo” y “Amigos de Carlotta” estaba María Gaudio, mujer de Vincenzo. «Queremos garantizar becas a los jóvenes de Bangladesh y esta es la mejor forma para recordar a nuestros seres queridos que ya habían dado vida a iniciativas para los más pobres, sobre todo para los niños» dice la mujer. Para cada uno de los familiares, el Pontífice tuvo una palabra de consuelo y un abrazo. Y escuchó, conmovido, sus recuerdos personales. «Todas palabras de serenidad y de paz» quiso remarcar monseñor Di Cerbo.


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Exhortación del Papa a Caritas.

Brille la caridad y la justicia en el mundo: sigan llevando el mensaje del Evangelio, aliento del Papa a Caritas

Testimonien el ministerio de la caridad con coraje evangélico, impulsen la acogida de los migrantes, la paz entre los pueblos y los creyentes

(RV).- Es «fundamental» la misión de las Caritas nacionales así como su papel específico en la Iglesia, señaló el Papa Francisco – en un discurso que entregó – al recibir a los miembros del Consejo de Representación y al personal de Caritas Internacional, encabezados por su Presidente, el Cardenal Antonio Tagle.

Haciendo hincapié en que «no son agencias sociales, sino organismos eclesiales que comparten la misión de la Iglesia» y en que están llamados, según sus estatutos, a «asistir al Papa y a los Obispos en su ministerio de la caridad» (art.14), el Papa Francisco, evocando a San Juan Pablo II, reiteró que «las urgencias sociales de hoy» requieren que se ponga en marcha una «nueva fantasía de la caridad» (Novo milenio ineunte, 50):

«Ella se vuelve concreta no sólo en la eficacia de las ayudas brindadas, sino sobre todo en la capacidad de hacerse prójimo, acompañando a los más necesitados con la actitud fraterna del compartir. Se trata de hacer resplandecer la caridad y la justicia en el mundo, a la luz del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia, implicando a los mismos pobres, para que sean los verdaderos protagonistas de su desarrollo».

El Papa agradeció, también en nombre de la Iglesia, la misión de Caritas y destacó que, con el poder del Evangelio, podemos ayudar a cambiar y mejorar el mundo: el hambre y la pobreza «no son una fatalidad»:

«Les agradezco tanto, en nombre de toda la Iglesia, por lo que hacen por los últimos. Los aliento a proseguir en esta misión, que hace sentir a la Iglesia como verdadera compañera de viaje, cercana al corazón y a las esperanzas de os hombres y de las mujeres de este mundo. Sigan llevando el mensaje del Evangelio de la alegría, sobre todo a los marginados, pero también a los que tienen el poder de cambiar las cosas, porque es posible cambiar. La pobreza, el hambre, las enfermedades, la opresión no son una fatalidad y no pueden representar situaciones permanentes. Con fiando en el poder del Evangelio, podemos contribuir verdaderamente a cambiar las cosas o al menos a mejorarlas. Podemos reafirmar la dignidad de cuantos esperan una señal de nuestro amor y proteger y construir juntos ‘nuestra casa común’».

Asimismo, en las palabras del Papa, un especial aliento a Caritas Internacional en lo que se refiere al tema de las migraciones, invitando a perseverar en «el coraje evangélico, a rechazar todo lo que humilla al hombre y toda forma de explotación que lo degrada», e impulsando la paz:

«Me alegra mucho saber que Caritas Internacional llevará adelante una campaña sobre el tema de la migración. Espero que esta bella iniciativa abra los corazones de tantos a la acogida de los refugiados y de los migrantes, para que realmente puedan sentirse “en casa” en nuestras comunidades. Impulsen con esmero y renovado compromiso los procesos de desarrollo y los caminos de la paz en los países de los que estos hermanos y hermanas huyen o dejan buscando un futuro mejor».

Impulsen la paz para toda la humanidad, luchen contra la pobreza y aprendan de los pobres, fue también la exhortación del Obispo de Roma:

«Sean artesanos de paz y de reconciliación entre los pueblos, entre las comunidades, entre los creyentes. Pongan en marcha todas sus energías, su compromiso, para trabajar en sinergia con las otras comunidades de fe, que como ustedes, centran su atención en la dignidad de la persona. Luchen contra la pobreza y, al mismo tiempo, aprendan de los pobres. Déjense inspirar y guiar por su vida sencilla y esencial, por sus valores, por su sentido de solidaridad y su compartir, su capacidad de levantarse en las dificultades, y, sobre todo, por su experiencia vivida del Cristo sufriente, Él que es el único Señor y Salvador. Aprendan, por lo tanto también de su vida de oración y de su confianza en Dios»


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Enfermos y encarcelados en la catequesis del Papa.

Papa: Visitar a los enfermos y a los encarcelados

(RV).-  Durante la audiencia general del segundo miércoles de noviembre – celebrada en la Plaza de San Pedro y en la que participaron varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países –  el Papa prosiguió sus reflexiones sobre las obras de misericordia. En efecto, tras el Jubileo de los presidiarios, Francisco abordó en su catequesis el hecho de visitar a los enfermos y a los encarcelados. Y lo hizo con la introducción de un pasaje del Evangelio de San Marcos (Mc 1, 30-34), que relata que curó a la suegra de Simón, además de haber curado a numerosos enfermos, que sufrían de diversos males y de quienes también expulsó a muchos demonios.

Hablando en italiano, el Obispo de Roma comenzó destacando cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros: con el paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, el epiléptico, y con numerosos enfermos de todo tipo. Y afirmó que Jesús ha estado cerca de cada uno de ellos a quienes ha curado con su presencia y con el poder de su fuerza sanadora. Por lo tanto – añadió –no puede faltar entre las obras de misericordia, la de visitar y asistir a las personas enfermas, sin olvidar a quienes se encuentran en prisión.

El Papa Bergoglio hizo hincapié en el común denominador de los enfermos y de los encarcelados, cuya libertad está limitada. Libertad que, precisamente cuando nos falta – exclamó – hace que nos demos cuenta de lo preciosa que es. Mientras Jesús no ha dado la posibilidad de que seamos libres a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones, puesto que nos ofrece la libertad que proviene del encuentro con Él y del sentido nuevo que este encuentro da a nuestra condición personal.

De ahí que el Sucesor de Pedro haya afirmado que con estas obras de misericordia el Señor nos invita a realizar un gesto di gran humanidad, como es la participación que se expresa a través de gestos sencillos como son los contenidos en una visita, una sonrisa o una caricia para hacer sentir al otro que no está solo ni abandonado.

Tras recordar que también Jesús y los Apóstoles experimentaron la prisión, el Santo Padreconcluyó su catequesis afirmando que estas obras de misericordia son tan antiguas como actuales. Por eso invitó a no caer en la indiferencia, sino a convertirnos en instrumentos de la misericordia de Dios, para devolver alegría y dignidad a quien la ha perdido.

(María Fernanda Bernasconi – RV).