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Reacción de los obispos USA ante las denuncias de pederastia en Pensivania.

Pederastia; un informe acusa a la Iglesia de Pennsylvania

Se publicó en Estados Unidos el informe de Gran Jurado de la procuraduría, después de dos años de investigaciones. Durante 70 años ha habido más de 300 sacerdotes abusadores y por lo menos 1000 víctimas. «Progresos en los últimos 15 años». Los obispos: vergüenza y compromiso para defender a los niños

Pederastia; un informe acusa a la Iglesia de Pennsylvania

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Pubblicato il 14/08/2018
Ultima modifica il 14/08/2018 alle ore 22:32
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

La procuraduría de Pennsylvania publicó un informe de más de 1300 páginas sobre los abusos sexuales cometidos en seis de las ocho diócesis del estado: Harrisburg, Allentown, Pittsburgh, Greensburg, Erie y Scranton (no se incluyeron las diócesis Filadelfia y Altoona – Johnstown, para las que ya se habían preparado informes parecidos en los años pasados). Es el resultado de una investigación que llevó a cabo durante casi dos años un Gran Jurado. El informe identifica a 301 sacerdotes predadores, con nombre y apellido. Identifica a más de 1000 menores que sufrieron abusos (pero el Jurado considera que se trata de muchos niños más que no han denunciado o cuyas denuncias se extraviaron, se habla de «miles») durante 60 años. El informe señala a los superiores que no supieron proteger a los niños.

 

«Ha habido otros informes sobre los abusos sexuales contra menores en la Iglesia católica. Pero nunca de tales dimensiones, escribieron los miembros del Jurado estadounidense, encargado de la investigación en 2016 por el procurador general del estado. Los miembros del Jurado (que, como prescriben las leyes estadounidenses, son seleccionados casualmente entre los ciudadanos) escucharon decenas de testimonios y leyeron más de medio millón de páginas de documentos de las diócesis. Algunos agentes del FBI contribuyeron en la investigación. «La mayor parte de las víctimas eran chicos, pero también había chicas. Algunos eran adolescentes y otros se encontraban en la pre-pubertad». Los abusos van desde las molestias hasta las violaciones, «pero todos fueron menospreciados, en todas las partes del Estado, por los líderes de la Iglesia que prefirieron proteger a los abusadores y su institución principalmente. Debido al encubrimiento, todas las instancias de abuso que hemos encontrado ya han caído en prescripción. Esto no significa que ya no haya predadores», precisa el Gran Jurado que recuerda que dos sacerdotes (uno de la diócesis de Greensburg y otro de la diócesis de Erie) fueron recientemente objeto de investigaciones por abusos cometidos en los últimos diez años. La última investigación nació gracias a una denuncia de la misma diócesis, particular que, indica el informe, deja abierta la esperanza para que las cosas cambien en la Iglesia. El informe también se refiere a las maneras con las que periódicamente las diócesis mantenían ocultas las denuncias: primera, «asegurarse de utilizar eufemismos en lugar de las palabras verdaderas que describen los ataques sexuales en los documentos diocesanos: nunca decir “violación”, sino “ contacto inapropiado” o “cuestión de límite”»; segunda, «no hacer una verdadera investigación con personal profesional adecuado», sino llevar a cabo investigaciones discretas; tercera, «enviar al sacerdote a una “evaluación” a un centro de tratamiento psiquiátrico administrado por la Iglesia» y establecer si el sacerdote era pederasta «basándose principalmente en las declaraciones del mismo sacerdote, sin importar que haya habido contactos con un niño»; cuarta, «cuando un sacerdote era destituido, no explicar por qué, sino decir a los parroquianos que se trataba “por motivos de salud”»; quinta, si un predador era descubierto, «no había que destituirlo», sino «enviarlo a un nuevo destino en donde nadie supiera que era un abusador de menores»; sexta, «no advertir a la policía».

 

El Gran Jurado de Pennsilvania reconoce que «ha cambiado mucho en los últimos quince años. Acordamos escuchar a cada una de las seis diócesis que hemos investigado» para que explicaran «de qué manera podían informarnos sobre las novedades jurisdiccionlaes. Cinco obispos nos enviaron declaraciones y el sexto, el obispo de Erie (Lawrence T. Persico), vino personalmente. Su testimonio nos impresionó porque fue directo y sentido. Parece que la Iglesia está avisando con mayor rapidez a las autoridades civiles cuando hay una denuncia de abuso. Se han introducido procesos de revisión interna. Las víctimas ya no son tan invisibles. Pero el marco completo todavía no está claro. Sabemos que el abuso contra los menores en la Iglesia no ha desaparecido» y «sabemos que podría haber otras víctimas recientes que todavía no han desarrollado los recursos para dirigirse a la policía o a la Iglesia. Según hemos comprendido escuchando la experiencia de las víctimas, necesitan tiempo. Esperamos que este informe anime a otros a hablar. Sin embargo, lo que podemos decir es que a pesar de algunas reformas institucionales, los líderes de la Iglesia, individualmente, no han respondido públicamente de sus responsabilidades. Había sacerdotes que violaban a chicos y chicas y los hombres de la Iglesia que eran sus responsables no solo no hicieron nada, sino que lo ocultaron. Durante décadas. Monseñores, obispos auxiliares, obispos, arzobispos, cardenales fueron protegidos, muchos, incluidos algunos cuyos nombres están en el informe, fueron promovidos. Hasta que esto no cambie, creemos que es demasiado pronto para cerrar el capítulo del escándalo sexual en la Iglesia católica».

 

Después de haber admitido que, debido a la prescripción, muchos casos no serán perseguidos, y «muchos de los sacerdotes de los que hablamos ya están muertos», el Gran Jurado hace algunas recomendaciones al estado de Pennsylvania (desde la extensión de la prescripción hasta la introducción de la obligatoriedad de la denuncia a las autoridades civiles) y reivindica el propio «derecho histórico y estatuario de informar al público» sobre las propias investigaciones. «Durante nuestras deliberaciones –concluye el Gran Jurado en la introducción del informe– una de las víctimas que había atestiguado ante nosotros trató de suicidarse. Desde su cama de hospital nos pidió una cosa: que termináramos el trabajo y le dijéramos al mundo lo que sucede verdaderamente. Sentimos una deuda para con esta mujer, y para con todas las demás víctimas que se han expuesto dándonos su historia. Esperemos que este informe sea una buena respuesta por todo lo que debemos».

 

Para comentar el informe del Gran Jurado de Pennsylvania, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos publicó una nota firmada por su presidente, el cardenal Daniel Di Nardo, y por el presidente de la Comisión para la Protección de Menores, monseñor Timothy L. Doherty. El informe se lee en ella, «demuestra nuevamente el dolor de los que han sido víctimas del crimen del abuso sexual por parte de miembros de nuestro clero y por parte de los que han encubierto a los abusadores facilitando de esta manera un mal que ha continuado durante años e incluso durante décadas. Estamos agradecidos por la valentía de las personas que ayudaron en las investigaciones compartiendo sus historias personales de abusos sufridos. Como obispos, sentimos vergüenza y disgusto por los pecados y las omisiones de nuestros sacerdotes y obispos católicos. Estamos profundamente entristecidos cada vez que nos enteramos del mal provocado por el abuso perpetrado por clérigos de cualquier nivel. La comisión de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos para la Protección de los Menores y de los Jóvenes y la Oficina del Secretariado para la Protección de los Niños y de los Jóvenes seguirán ofreciendo recorridos de curación para aquellos que sufrieron abusos. Estamos comprometidos para trabajar con determinación para que tal abuso no pueda volver a suceder».

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USA: nuevas denuncias de pederastia con más de 1.000 víctimas.

Foto de archivoFoto de archivo  (AFP or licensors)

Arrepentimiento, tristeza, vergüenza: Las reacciones de la Iglesia en Pensilvania

“Remordimiento profundo, grande tristeza, el abuso es despreciable y no tiene lugar en la Iglesia, shock, vergüenza: Los obispos católicos del Estado de Pensilvania, en Estados Unidos, respondieron con palabras claras a una relación sobre los abusos sexuales presentado el martes pasado por el Fiscal general del Estado

P Bernd Hagenkord, SI – Ciudad del Vaticano

“Es doloroso para quien sea que lo lea, en particular para los sobrevivientes a los abusos sexuales y para sus familias”, se lee en una declaración de la Diócesis de Filadelfia. “Estamos profundamente apenados por su dolor y seguimos en el camino de la sanación”. El obispo de Pittsburgh escribió en su declaración que en ningún modo se quiere “disminuir el dolor surgido”.

Todas las ocho diócesis de Pensilvania respondieron al informe preparado por un gran jurado, encargado oficialmente según el derecho procesal estadounidense, en un procedimiento no público y con la ayuda de la policía, de investigar posibles comportamientos criminales. La investigación fue abierta por el Fiscal General del Estado. Seis de las ocho diócesis de Pensilvania fueron investigadas, mientras que las otras dos ya habían sido objeto de investigaciones previas.

El gran jurado tardó dos años en completar el informe de 900 páginas. Se trata de abusos que tuvieron lugar en el Estado de Pensilvania y que fueron cometidos por miembros de la Iglesia Católica. El expediente abarca los últimos 70 años, lo que ha permitido llevar a cabo una investigación sistemática, aunque no se hayan descubierto nuevos casos. Se encontraron 1.000 víctimas. Pero se estima que el número total es mayor.

El informe es el más completo elaborado jamás por una institución gobernativa en los Estados Unidos sobre casos de abusos. Además de los nombres mencionados en el dossier, emerge sobre todo la acusación de que la Iglesia tenía su propio “guión” para cubrir los casos.

Es necesario combatir contra este crimen “para garantizar -afirma la diócesis de Scranton- que ningún niño sea víctima de abusos y que ningún culpable sea protegido”. Esta diócesis también publica en su sitio web los nombres de 70 culpables, sacerdotes y laicos, incluidas las personas que no son mencionadas en el informe del Gran Jurado.

La diócesis de Erie cita a 34 personas y los lugares donde viven y también se indican los nombres de 31 fallecidos. Entre los 65 nombres hay una mujer y un obispo. Según el sitio web diocesano, el prelado en particular no investigó las acusaciones de abusos en su área de competencia.

El obispo de Erie, Mons. Lawrence Persian, escribió directamente a las víctimas de los abusos.

Todas las diócesis, al igual que el informe mismo, subrayan que en los últimos años y décadas se han hecho grandes progresos en términos de transparencia. Éste es el camino a seguir, según el tenor de los pareceres.

“Seguiremos haciendo expiación por los pecados de nuestro pasado y ofreceremos oraciones y apoyo a todas las víctimas de estas acciones”, manifestó el Obispo de Harrisburg, Mons. Ronald W. Gainer. “Nos comprometemos a proseguir e intensificar los cambios positivos para garantizar que tales atrocidades no vuelvan a ocurrir nunca más… Quiero que los niños, los padres, los feligreses, los estudiantes, el personal, el clero y el público sepan que nuestras iglesias y escuelas son seguras; no hay nada que tomemos más en serio que la protección de aquellos que atraviesan nuestras puertas”.


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Nueva intervención del Papa sobre los abusos de eclesiásticos con menores en Chile

Aclarar “todos los interrogantes para que se pueda dar una respuesta justa a cada uno”

Francisco recibió hoy por la mañana en la Casa Santa Marta a monseñor Juan Ignacio González, obispo de San Bernardo, Chile, y a Ana María Celis Brunet, presidenta del Consejo nacional chileno de prevención de abusos y acompañamiento de víctimas

El Papa Francisco llegando a Chile, en enero de 2018

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Pubblicato il 10/08/2018
REDACCIÓN
CIUDAD DEL VATICANO

 

Francisco recibió hoy, viernes 10 de agosto, por la mañana en la casa Santa Marta a monseñor Juan Ignacio González, obispo de San Bernardo (Chile), y a Ana María Celis Brunet, presidenta del Consejo Nacional chileno de Prevención de Abusos y Acompañamiento de Víctimas, según informó la vicedirectora de la Sala de prensa de la Santa Sede, Paloma García Ovejero.

 

El objetivo del encuentro era informarse e intercambiar opiniones sobre los pasos que se están dando en Chile para afrontar los casos de abuso y para prevenir que sucedan nuevamente en el futuro. Un punto importante de la conversación fue sobre el tema del sufrimiento de las víctimas y sobre la necesidad de encontrar consolación y reparación.

 

«El Papa Francisco –expresa una nota vaticana–, que sigue con interés cada avance por parte de la Conferencia Episcopal Chilena, ha expresado su deseo de que se sigan aclarando todos los interrogantes para que se pueda dar una respuesta justa a cada uno».


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El Papa acepta la renuncia de McCarrick al cardenalato.

Abusos; el Papa acepta la renuncia de McCarrick: ya no es cardenal

El Pontífice recibió ayer por la noche la carta de dimisión del arzobispo emérito de Washington. Suspendido de todo ministerio público, llevará una vida de oración y penitencia hasta que las acusas en su contra sean aclaradas por completo en el proceso canónico

McCarrick

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Pubblicato il 28/07/2018
Ultima modifica il 28/07/2018 alle ore 14:32
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

Después de las acusaciones de abusos contra menores, el cardenal Theodore MCCarrick presentó al Papa su renuncia como miembro del Colegio Cardenalicio. Francisco aceptó la dimisión del arzobispo emérito de Washington y, por lo tanto, ya no es cardenal.

 

La Sala de prensa vaticana lo refirió con una breve nota en la que se explica que la carta de renuncia de McCarrick llegó ayer a manos del Pontífice por la noche.

 

«El Papa Francisco –se lee en el comunicado– ha aceptado las dimisión de cardenal y ha dispuesto su suspensión del ejercicio de cualquier ministerio público, además de la obligación de permanecer en una casa que le será indicada, para una vida de oración y de penitencia, hasta que las acusaciones que se dirigen en su contra sean aclaradas por el proceso canónico regular».

 

El pasado 20 de junio se le prohibió el ministerio público después de la acusación en su contra de haber violado a un adolescente hace 45 años, mientras era un sacerdote de Nueva York, sede en la que fue nombrado obispo auxiliar en 1977. Fue arzobispo de Newark de 1986 a 2000, año en el que fue elegido para guiar la diócesis de la capital federal estadounidense por Juan Pablo II, quien un año más tarde, le creó cardenal. McCarrik ha estado en el centro de acusaciones y polémicas, casi siempre pasando en sordina, por haber estado involucrado en relaciones sexuales con adultos.

 

Algunas fuentes consultadas por Vatican Insider revelan que muchos en la diócesis de Newark estaban al corriente de los comportamientos poco apropiados del cardenal, sobre todo con los seminaristas más jóvenes, que le acompañaban durante sus viajes por los Estados Unidos o a Europa. Parece que McCarrick, en algunas ocasiones, habría explícitamente pedido prestaciones sexuales a chicos. Algunos miembros de las familias que acostumbraba visitar le veían tan a menudo que le llamaban “tío Ted”.

 

El mismo cardenal Joseph Tobin, actual arzobispo de Newark, en la nota de junio publicada en el sitio de la diócesis con la que se anunció la suspensión de McCarrick, afirmó: «en el pasado, ha habido acusaciones según las cuales él estaba involucrado en relaciones sexuales con adultos. Esta arquidiócesis y la diócesis de Metuchen han recibido tres acusaciones de mala conducta sexual con adultos hace décadas; dos de estas acusaciones incluso llevaron a ofrecer indemnizaciones».

 

El arzobispo de Nueva York, el cardenal Timothy Dolan, afirmó en esa misma ocasión que la acusación contra el cardenal por haber abusado era «ha sido la primera indicación de una violación de la Carta para la protección de los niños y de los jóvenes que se haya hecho en contra de él y de la que la arquidiócesis esté al corriente». Los resultados de la investigación fueron entregados al Arciciocesan Review Board, un grupo de profesionales compuesto por abogados, expertos de las fuerzas del orden, padres de familia, psicólogos, un sacerdote y una religiosa: todo el comité consideró «las afirmaciones creíbles y fundadas».

 

Por su parte, McCarrick siempre ha declarado la propia inocencia, afirmando que no recuerda haber perpetrado el abuso del que se le acusa, puesto que habría sucedido hace casi medio siglo, pero que estaba dispuesto a colaborar con las investigaciones y a aceptar «con obediencia» la decisión de la Santa Sede de no ejercer ningún ministerio público. Después de un mes de fuertes polémicas, sobre todo en los medios de comunicación estadounidenses, el purpurado decidió renunciar a su puesto en el Colegio Cardenalicio, al que pertenecía en calidad de no elector en el caso de un eventual Cónclave.

 

Hace pocos días, el cardenal de Boston Sean O’Malley, presidente de la Pontificia Comisión para la Defensa de los Menores y uno de los más cercanos colaboradores del Papa (pues forma parte del llamado “C9”), publicó una nota sobre el caso McCarrick indicando que, teniendo el cuenta el caso del arzobispo emérito de Washington, «las disculpas no son suficientes». Subrayó que hay que identificar con urgencia procedimientos claros y definidos para los casos de pederastia en los que se vean involucrados obispos y cardenales.

 

En la historia reciente de la Iglesia no hay casos de renuncias de un cardenal debido a abusos sexuales. La única renuncia efectiva de un purpurado fue hace 91 años, en 1927, cuando el francés Louis Billot dejó el birrete por no estar de acuerdo “políticamente” con Pío XI, conocido también por su severidad con sus colaboradores. Mucho más semejante, en cambio, sería el caso del cardenal escocés Keith O’Brien, quien, en vísperas del Cónclave e 2013 que eligió al Papa Bergoglio, presentó su «renuncia a los derechos y a las prerrogativas del cardenalato» después de haber sido acusado (y de haber confesado) de haber abusado de tres sacerdotes y un ex seminarista durante los años ochenta y noventa. O’Brien, que falleció en marzo de 2018, no participó en el Cónclave que eligió al Papa Bergoglio, pero no perdió el título cardenalicio.


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Chile. Quién debe reparar por los abusos de eclesiásticos e menores.

La Iglesia debe Reparar

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Ha llegado la hora que la Iglesia, institucionalmente considerada, comunique qué hará para reparar a las víctimas de abusos sexuales, de denegación de justicia y de encubrimiento. Mi opinión es que debe hacerlo. Monseñor Scicluna antes de partir de Chile sostuvo que la reparación debía ser hecha por los culpables directos. No estoy de acuerdo.

Desde un punto de vista antropológico y ético la reparación debe relacionársela con la vulnerabilidad y el reconocimiento de las personas (Carolina Montero, Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación, 2012). La vulnerabilidad es una condición humana. Somos vulnerables todos. Lo han sido, en el caso que nos ocupa, las personas abusadas y sus abusadores. La vulnerabilidad es la capacidad de abrirnos a los demás de un modo corporal y empático. Los demás, todo lo real, puede afectarnos o puede satisfacernos. Pero al abrirnos, quedamos también expuestos a ellos y a la peligrosidad de la vida. Los seres humanos, por nuestra condición relacional, nos damos y nos recibimos unos a otros; y nos herimos y podemos provocarnos daños devastadores. Con una sola mirada podemos liberar en el otro los miedos que lo cautivan; pero con otro tipo de mirada podemos perturbarlo, invadirlo o saquearlo. Dificulto que una persona decente puede decir que nunca cometerá un abuso en lo que le queda de vida. La labilidad late en cualquiera.

¿Es posible una reparación a los hechos que lamentamos? Talvez no, pero para que se dé tendrían que cumplirse una serie de reconocimientos. En primer lugar, la institución eclesiástica, como representante del abusador, debiera hacer el proceso de asomarse a los vulnerados con nombres y apellidos. Tendría que ver con sus propios ojos el daño enorme, duradero y, probablemente en muchos casos, insanable que se les ha infligido. Habrá de sentir dolor y vergüenza por lo cometido. El conocimiento de la verdad de las víctimas debiera llevarle a entender su demanda de justicia, la necesidad que han tenido de ser creídas, su experiencia de haber sido culpabilizadas por exageradas o por  querer generar problemas innecesarios. La autoridad tendría que pedirles perdón con humildad, es decir, acudir a ellas dispuesta a no ser perdonada. La compensación posible debiera ser objeto de una conversación, pues puede ser muy distinta según los casos. La víctima no debiera pensar que,  al acercársele la autoridad eclesiástica a reparar su errores, viniera a humillarla de nuevo.

Curar, achicar la pena, rehabilitar el honor de quienes pidieron justicia y nunca se les dio una respuesta, son actos de reparación que solo pueden hacerse con dulzura. La compensación económica, muy importante en algunos casos, tendrá que ser la más delicada de hacer. Lo que nunca debiera forzarse, en todo caso, es la reconciliación. Tal vez resulte, talvez no. Pero es de esperar que, en este proceso, se hable de ella lo menos posible. Es triste cuando se la convierte en factura que terminan pagándola los inocentes.  En cambio, convendría garantizar a las personas que se harán cambios estructurales que garanticen que nadie vuelva a ser abusado.

La reparación tiene que ser institucional. La satisfacción del honor de las personas abusadas, su rehabilitación psicológica y su reinserción en la comunidad cristiana como hijos e hijas de Dios, demanda a la jerarquía católica hacerse cargo de ellas como lo hizo el Buen Samaritano. Dice el evangelista Lucas que el samaritano que se encontró por el camino con un malherido recientemente asaltado, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘cuida de él y si gasta algo más, te lo pagaré cuando vuelva’” (Lc 10, 33-35).

La institución eclesiástica tiene que entender que, así como ella ha debido cuidar de sus curas no obstante sus crímenes   y pecados, debe sobre todo responsabilizarse de sus fieles. Debe entender que, en estos casos, la condición de religiosos de ellos facilitó los abusos. La jerarquía católica tiene que comprender que nada ha podido ser más terrible que haber sido violado/a por un representante de Dios. Existe una responsabilidad institucional. La Royal Commission en Australia (2017) constató que en las instituciones católicas la cantidad de abusos sexuales fue mucho mayor que en otras organizaciones.

Ciertamente la institución no puede esperar que las víctimas se encuentren a solas con los victimarios para hacer entre ellos el camino que conduce a la reparación. Sería exponerlas de nuevo. ¡Cómo hacerlo con un pedófilo, un enfermo mental que no tiene noción moral de sus actos! Ella, la institución, debe reparar vicariamente en lugar de quienes no conviene que lo hagan directamente o no tienen los medios económicos con que hacerlo.

Por último, debe hacerlo porque en esto se juega la razón de ser de la Iglesia. En este momento la institucionalidad eclesiástica no tiene autoridad porque perdió la credibilidad. Ella debiera representar la fe en Dios. Por el contrario, en más de un caso, ha hecho que los frágiles y pequeños no crean más en Él. En estos momentos los únicos que tienen autoridad en la Iglesia son los bautizados y las bautizadas que han sido víctimas de los sacerdotes y de los obispos, y el resto del laicado que clama por cambios eclesiales de todo tipo.

Jorge Costadoat, S.J.

 


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Chile: el Cardenal Ezzati llamado a declarar por encubrimiento de abusos de menores.

El cardenal Ezzati convocado por la Fiscalía chilena por encubrir abusos

El interrogatorio del arzobispo de Santiago será el próximo 21 de agosto. «Nunca he encubierto ni he obstruido a la justicia». Surge una carta crítica de Goic al purpurado por la gestión de los casos de pederastia

El cardenal Ezzati

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Pubblicato il 25/07/2018
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

Sigue alta la tensión en Chile debido a los casos de abusos sexuales y de los encubrimientos por parte de la Iglesia. Ahora llega la noticia de una “orden de comparición” para el arzobispo de Santiago, el cardenal Ricardo Ezzati, por parte de la Fiscalía regional de O’Higgins, para responder ante los magistrados sobre acusaciones de haber presuntamente encubierto abusos sexuales perpetrados por el clero chileno.

 

Confirma la noticia, que circuló en las últimas semanas, después de los medios de prensa locales y el sitio “Il Sismografo”, la misma arquidiócesis de Santiago con una breve nota publicada en el sitio oficial, misma en la que se citan las declaraciones del purpurado, que afirma: «Reitero mi compromiso y el de la Iglesia de Santiago con las víctimas, con la búsqueda de la verdad y con el respeto a la justicia civil. Tengo la convicción –afirma Ezzati– de que nunca he encubierto ni he obstruido a la justicia, y como ciudadano cumpliré con mi deber de aportar todos los antecedentes que contribuyan a esclarecer los hechos».

 

El interrogatorio será el próximo 21 de agosto y el purpurado (que tiene más de 75 años) tendrá que comparecer ante el fiscal Emiliano Arias, que en junio de este año puso en marcha una investigación por presuntos encubrimientos de dos escándalos de pederastia que sucedieron durante el mandato de Ezzati. El primero es el caso del padre Óscar Muños Toledo, de 56 años ahora, ex canciller de la Arquidiócesis de Santiago de Chile, quien en enero de 2018 se auto-denunció por haber abusado de algunos menores de edad (incluso parientes suyos) y que el 13 de julio fue arrestado por la policía con la acusación de haber violado por lo menos a 7 menores de edad.

 

El segundo caso es el de la “Familia”, en la diócesis de Rancagua, una organización de sacerdotes y laicos que se ocupaba de actividades relacionadas con la homosexualidad y la pederastia de manera sistemática desde hace algunos años. Este escándalo provocó que el arzobispo Alejandro Goic destituyera a 15 de los 68 sacerdotes de la diócesis (el 22% del clero diocesano). El fiscal Arias ordenó una perquisición en las residencias de las arquidiócesis de Santiago y Rancagua, y con ella se pudo obtener una gran cantidad de documentación.

 

La noticia de la convocación de Ezzati, el segundo cardenal acusado (después del australiano George Pell) y que se ve involucrado en una situación de este tipo, llegó un día después de la publicación de un reporte de la Fiscalía nacional chilena, fruto de diferentes investigaciones sobre casos que datan de los años 60 hasta la fecha, en la que se indica que 158 religiosos, obispos, sacerdotes, miembros de Congregaciones o laicos vinculados con la Iglesia, están bajo investigación puesto que están involucrados de alguna manera en 144 casos de crímenes sexuales en contra de menores y adultos vulnerables. En total se citan 266 víctimas en el informe, 178 de las cuales son menores de edad.

 

Grandes números para un escándalo que explotó a nivel mundial después del viaje del Papa Francisco al país sudamericano, sobre todo después de las polémicas vinculadas con el ya ex obispo de Osorno, monseñor Juan Barros, que habría encubierto los crímenes del padre Fernando Karadima, el carismático y conocido párroco de El Bosque, padre spiritual y formador de la mitad del clero del país, pero también abusador serial que fue condenado por la Iglesia a una vida de penitencia y oración. El Papa destituyó a Barros y a otros dos obispos el pasado 11 de junio, como primera respuesta efectiva a la renuncia presentada en bloque por todo el episcopado chileno, después del encuentro privado con el Pontífice en el Vaticano a mediados de mayo.

 

Después de ese encuentro, se llevaron a cabo, por voluntad del mismo Bergoglio, otros encuentros con las tres principales víctimas de Karadima (Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo) y con los sacerdotes víctimas e abusos sexuales, psicológicos y de poder, que iban con algunos acompañantes. Todo ello mientras en Osorno estaban llevando a cabo su misión especial Charles Scicluna y Jorde Bertomeu, que recibieron el encargo de investigar sobre los casos que crearon una profunda crisis en el tejido social y eclesial de Chile.

 

En estos meses de encuentros privados, de intercambios epistolares entre Roma y Santiago, de investigaciones periodísticas y de declaraciones públicas, el nombre de Ezzati ha salido a la luz en diferentes ocasiones, junto con el de su predecesor en Santiago, el cardenal Francisco Javier Errázuriz Osa, también miembro del “C9”, y del nuncio Ivo Scapolo. Los tres son indicados (sobre todo por algunas de las víctimas) como los principales responsables de la «falta de información verdadera y equilibrada» sobre los casos de pederastia. EL mismo Papa Francisco denunció esta laguna en la famosa carta a los obispos de Chile. Acusas que siempre han rechazado los involucrados.

 

El nombre de Ezzati también surgió en el ámbito de una investigación judicial sobre la pederastia del clero en Chile, en una carta escrita por el arzobispo emérito de Rancagua, Alejandro Goic, cuya renuncia fue aceptada por el Papa Francisco el pasado 28 de junio (debido a la edad del religioso: 78 años).

 

Goic, que nunca fue acusado de estar relacionado con comportamientos pederastas o con encubrimientos, sino, según los observadores, que sería uno de los pocos obispos chilenos que siempre se ha caracterizado por una conducta transparente y severa a la hora de condenar los abusos y los encubrimientos, fue nombrado presidente de la Comisión nacional de prevención de los abusos de la Conferencia Episcopal chilena (encargo al que renunció después del escándalo de la “Familia”). Como tal, el obispo envió en 2013 una carta al arzobispo Ezzati, en la que escribió que al principio de su mandato (2011) fue un signo extraordinario que se hubiera reunido con las víctimas de Karadima, «pero desgraciadamente esto no prosiguió». «A veces –escribió Goic– tengo la impresión, tal vez demasiado subjetiva, de que tú no compartes los criterios de la Comisión Nacional en estos temas delicados».

 

«Hay laicos e incluso algunos obispos que me dicen que sienten un poco de inhibición ante ti –escribió el arzobispo en la carta que forma parte de los documentos que secuestró el procurador Arias en el obispado de Rancagua. Tienen miedo de las consecuencias que podrían tener sus eventuales discrepancias contigo, y esto les impide ofrecer una contribución que podría ser preciosa. El miedo los paraliza y es evidente que esto no es saludable». Para concluir, el actual obispo emérito de Rancagua subrayó en su carta que una política de mayor transparencia es «una señal necesaria e indispensable», además de ser «una cuestión crucial». Palabras que, a cinco años y a la luz de todo lo que ha sucedido en Chile, se demuestran más verdaderas que nunca.


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Ante el escándalo del cardenal McCarrick cómo debe comportarse la Iglesia.

La revista “America”: “La Iglesia debería avergonzarse por McCarrick”

El duro texto de la revista de los jesuitas estadounidenses: muchas autoridades de la Iglesia habían recibido diferentes noticias sobre el comportamiento del cardenal, las diócesis lo sabían, el nuncio en Washington también

El cardenal McCarrick

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Pubblicato il 18/07/2018
Ultima modifica il 18/07/2018 alle ore 19:55
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

«Muchas autoridades de la Iglesia recibieron diferentes avisos sobre el comportamiento del cardenal. Las diócesis locales fueron informadas, el nuncio papal en Washington sabía e incluso se la había dicho a Benedicto XVI». Durísimo el texto dedicado por la revista “America”, de los jesuitas estadounidenses, al caso del arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick. Como se recordará, el cardenal fue suspendido del ministerio debido a un proceso canónico sobre un presunto abuso de un menor de edad hace casi cincuenta años en Nueva York: durante las investigaciones se hizo pública oficialmente la información sobre el comportamiento del purpurado, que, cuando era obispo, habría molestado a seminaristas mayores de edad y a algunos sacerdotes. Una actitud que se volvió bastante famosa en el clero de las diócesis que McCarrick guió (hubo incluso indemnizaciones), pero que no detuvo su carrera, que culminó con la guía de la capital federal y el cardenalato.

 

«Es cierto –continúa el texto de “America”– que ninguno de los informes anteriores de abuso tiene que ver con presuntos comportamientos criminales en contra de menores, pero eran hechos bastante conocidos y el cardenal McCarrick habría debido ser llamado a dar cuenta del terrible abuso de su ministerio y de su autoridad. La Iglesia y sus líderes deberían avergonzarse por su incapacidad».

 

La revista de los jesuitas también hace una especie de auto-crítica (actividad verdaderamente rara en estas épocas), al afirmar que «ni los medios, incluidos nosotros, ni los medios católicos (el cardenal McCarrick fue amigo mucho tiempo de esta revista y pronunció la homilía durante nuestra celebración del centenario en 2009), puede ser absuelto de la responsabilidad por haber dejado de tomar en serio estos y otros rumores e informes, como se pedía. Indicar solamente la responsabilidad de la jerarquía es, de por sí, hipócrita».

 

«La Iglesia –sigue el texto– no puede fingir que se trata de un incidente aislado. Son muchos los probables informes semejantes que involucran a otros obispos y líderes de la Iglesia que han abusado de su autoridad o que han cometido delitos sexuales que fueron ignorados en las últimas décadas. Mientras las sociedades de todo el mundo hacen las cuentas con el despliegue del movimiento #MeToo y las víctimas de abusos sexuales y molestias encuentran sus voces, la Iglesia no debe fingir que esto es solamente un episodio deplorable que acabará dentro de poco».

 

 

«Muy probablemente –escribe “America”– hay todavía otras noticias que demostrarían que esta situación es peor de lo que se sabe en la actualidad. La Iglesia debería recordar que la verdadera mejora no consiste en frenar la mala fama que la afecta, sino el desarrollo de una cultura en la que los líderes potentes no se esperen que sus entuertos sean ocultados en silencio. Una cultura en la que las víctimas de abusos y molestias sean apoyadas cuando deciden afrontar a los que las han maltratado».

 

La revista de los jesuitas sugiere tres puntos imprescindibles: «Primero: la Iglesia debe establecer de una vez por todas su disponibilidad para escuchar las noticias de abusos y de abusos de poder que han sido ignoradas o “tratadas” en el pasado. Las Conferencias Episcopales deberían establecer procedimientos claros» al respecto.

 

«Segundo: el Papa Francisco y el Vaticano deben demostrar que están dispuestos a cesar a los obispos y a otros altos dirigentes eclesiásticos culpables de cualquier forma de abuso, no solo de abusos sexuales contra menores». Una «reforma mucho más importante sería una mayor transparencia a la hora de indagar y hacer públicas las decisiones en los casos que involucren a obispos. Es decir, cuando un obispo es cesado, el Vaticano necesita declarar públicamente por qué fue cesado».

 

«Tercero: aún antes de las medidas de Roma, los obispos pueden hacer grandes esfuerzos para buscar justicia para las víctimas y para la comunidad eclesial, incluso pagando con recursos institucionales o con la reputación. La decisión de las dos diócesis de Nueva Jersey de permitir que uno de los acusadores del cardenal McCarrick no respetara los acuerdos de mantener el silencio es un paso positivo».

 

Otro punto, que no aparece en la revista “America”, podría relacionarse con el hecho de que estos tristes casos no deberían representar para algunos una condena definitiva, mientras para otros se recurre al ocultamiento, según la pertenencia a ciertos grupos o según amistades poderosas que pueden ofrecer refugio.