Loiola XXI

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Mensaje del Papa para la jornada mundial de misiones el próximo 22 de octubre.

Mensaje del Papa con motivo de la Jornada Misionera Mundial

(RV).- En la Solemnidad de Pentecostés se hizo público el Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo de la Jornada Misionera Mundial 2017 que se celebrará el próximo 22 de octubre.

Teniendo en cuenta que este año la Jornada Mundial de las Misiones vuelve a convocarnos en torno a la persona de Jesús, “el primero y el más grande evangelizador”, como escribió el Papa Pablo VI, en su  Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, y que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo, el Papa Bergoglio titula este Mensaje: “La misión en el corazón de la fe cristiana”.

A lo largo de diez puntos, el Santo Padre aborda los siguientes temas: La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida; la misión y el kairos de Cristo; la misión que inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio; sin olvidarse de los jóvenes, que representan la esperanza de la misión; así como el servicio de las Obras Misionales Pontificias y el hecho de hacer misión con María, que es, precisamente, la Madre de la evangelización.

El Pontífice escribe que esta Jornada nos invita a reflexionar sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De donde surgen algunas preguntas que tocan nuestra identidad y responsabilidad como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. Entre los interrogantes planteados por el Santo Padre se destacan: “¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?”.

Francisco también escribe que “la misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime” y recuerda con las palabras del Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica Deus caritas est que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Además, el Papa no olvida que “el mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial”. Y que la misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. En el sentido de “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”, tal como él mismo lo ha escrito en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium.

Sí, porque como escribe el Sucesor de Pedro, “la misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el ‘ya’ y el ‘todavía no’ del Reino de los Cielos”.

El Obispo de Roma concluye su Mensaje invitando a todos a proseguir en la misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Porque Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. De ahí su deseo de que la Virgen nos ayude a decir nuestro “sí” en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos, para que llegue a todos el don de la salvación.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto del Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo de la Jornada Misionera Mundial 2017 que se celebrará el próximo 22 de octubre:

La misión en el corazón de la fe cristiana

Queridos hermanos y hermanas:

Este año la Jornada Mundial de las Misiones nos vuelve a convocar entorno a la persona de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Esta Jornada nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia es misionera por naturaleza; si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo. Por ello, se nos invita a hacernos algunas preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?

La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida

1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.

2. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is 55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

La misión y el kairos de Cristo

3. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).

4. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristía se convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).

5. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

La misión inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio

6. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.

7. La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

Los jóvenes, esperanza de la misión

8. Los jóvenes son la esperanza de la misión. La persona de Jesús y la Buena Nueva proclamada por él siguen fascinando a muchos jóvenes. Ellos buscan caminos en los que poner en práctica el valor y los impulsos del corazón al servicio de la humanidad. «Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado […]. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (ibíd., 106). La próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el año 2018 sobre el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», se presenta como una oportunidad providencial para involucrar a los jóvenes en la responsabilidad misionera, que necesita de su rica imaginación y creatividad.

El servicio de las Obras Misionales Pontificias

9. Las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir de sus propias fronteras y sus seguridades, y remar mar adentro para anunciar el Evangelio a todos. A través de una profunda espiritualidad misionera, que hay que vivir a diario, de un compromiso constante de formación y animación misionera, muchachos, jóvenes, adultos, familias, sacerdotes, religiosos y obispos se involucran para que crezca en cada uno un corazón misionero. La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización.

Hacer misión con María, Madre de la evangelización

10. Queridos hermanos y hermanas, hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación.


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Habrá un mes misionero en octubre del 2019

Filoni: el Papa ha aceptado la propuesta de un “Mes misionero”

Será en octubre de 2019, año en el que cae el centenario de la «Maximun Illud», la Carta apostólica de Benedicto XVI. La noticia comunicada por el prefecto de «Propaganda Fide» a los directores nacionales de las Pontificias Obras Misionales, que se encuentran en Roma para participar en su asamblea anual
AP/LAPRESSE

El cardenal Filoni

Pubblicato il 30/05/2017
Ultima modifica il 30/05/2017 alle ore 18:07
GIANNI VALENTE
CIUDAD DEL VATICANO

El Papa Francisco «ha aceptado la petición de convocar, para toda la Iglesia, a un Mes extraordinario dedicado a la oración, a la caridad, a la catequesis y a la reflexión teológica sobre la Misión». El cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, anunció de esta manera la intención del obispo de Roma de convocar a un tiempo especial dedicado a la misión, «con el fin de poder reavivar en el Pueblo de Dios la conciencia bautismal de la participación de todos los fieles», a la llamada misionera de la Iglesia.

 

El prefecto de «Propaganda fide» anunció el visto bueno para un especial «mes misionero» en la relación que pronunció ante más de cien directores nacionales de las Pontificias Obras Misionales, que se encuentran en estos días en Roma para participar en su asamblea anual. Octubre será el mes, según lo anunciado, dedicado a la misión, tradicionalmente dedicado a la «Missio ad gentes». También el año elegido estará lleno de sugerencias relacionadas con la misión: el «mes misionero» será celebrado por toda la Iglesia en octubre de 2019, año en el que cae el centenario de la «Maximun Illud», la carta apostólica «misionera» promulgada por el Papa Benedicto XV el 30 de noviembre de 1919.

 

«La celebración», añadió Filoni citando la «Evangelio gaudium», «no se reducirá a la conmemoración de este texto del Magisterio papal, tan crucial para la misionariedad de toda la Iglesia, sino que será, sobre todo, la ocasión para reavivar en todos una verdadera conversión misionera y un auténtico discernimiento pastoral para que todos, fieles y pastores, vivan en estado permanente de misión».

 

La red internacional de las Pontificias Obras Misionales, que nacieron a caballo entre el siglo XIX y el siglo XX como asociaciones de fe y que después pasaron a las instituciones que se encuentran bajo el ala de «Propaganda Fide», tienen como objetivo llevar a cabo la obra misionera en el mundo con medios materiales y espirituales, manifestando a las Iglesias locales la preocupación apostólica del Papa y de la Iglesia de Roma.

 

«Desde hace algunos años», recordó el cardenal Filoni en su intervención, «el Papa Francisco estimula a las Pontificias Obras Misionales y nos llama a reavivar el ardor y la pasión de los santos y de los mártires, sin los cuales nos reduciríamos a una ong que reúne y distribuye ayudas materiales y subsidios». El prefecto del dicterio vaticano llamado a favorecer el camino de las jóvenes Iglesias también añadió que el deseo de proponer la fuerza misionera del anuncio evangélico «acomuna la preocupación pastoral del Papa Benedicto XV en la «Maximum Illud» y la misionariedad de la exhortación apostólica «Evangelio gaudium».

 

De hecho, la Carta apostólica publicada hace un siglo parece tener hoy una carga de fuerza profética arrolladora, con respecto a las dinámicas y a las formas de la acción misionera al servicio del anuncio del Evangelio. En ese documento se encuentran expresiones contenidas en una serie de notas enviadas a «Propaganda Fide» durante algunos años por los misioneros en China. En ellas se describía que intereses nacionalistas estaban difundiendo entre los chinos la percepción de la Iglesia como una realidad para-colonial que servía a los deseos de potencias extranjeras y a la avidez de individuos. Benedicto XV, en la «Maximun Illud», denunció como «tremendo flagelo» para el apostolado misionero «un indiscreto celo por el desarrollo de la potencia del propio país», e insistió en que los misioneros deben cuidar «los intereses de Cristo y de ninguna manera los intereses del propio país».

 

Abriendo la carta apostólica, en evidente consonancia incluso léxica con algunas expresiones recurrentes del magisterio del actual Obispo de Roma, Benedicto XV subrayaba que «todos los que trabajan como sea en esta viña del Señor deben saber por experiencia (“experimento cognoscant oportet”) y advertir realmente que quien preside la misión es un padre, vigilante y diligente, lleno de caridad, que con pasión abraza a todos y todo, que se alegra con los suyos en las circunstancias alegres y comparte su dolor en las adversidades, que sostiene y favorece los intentos y las iniciativas loables, que, en suma, considera como propio todo lo que se relaciona con quien le está sometido».

 

El llamado a la preocupación paterna de quien guía las misiones también correspondía a razones contingentes, relacionadas con las historias de las «misiones extranjeras» de esa época. Pero resulta particularmente actual en la situación del presente. Ahora que expresiones «bergoglianas» como «Iglesia en salida», «estado permanente de misión», «conversión misionera de las estructuras pastorales», corren el peligro de ser reducidas al arsenal de nuevos conformismos y moralismos clericales, hace bien tener en cuenta que el llamado a una «misionariedad permanente» podría no solo aplastar a los fieles si padres y madres verdaderos no los ayudaran con paterna caridad a llevar el peso de la vida cotidiana, ámbito decisivo y no postergable de la misión cristiana.


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El Papa a obispos de territorios de misión hoy en el mundo.

El Papa a obispos de territorios de misión: “Están en la primera línea de la evangelización”

Viernes 9 Sep 2016 | 10:48 am

Ciudad del Vaticano (AICA):

“Cada uno de ustedes tiene el gran privilegio y al mismo tiempo la responsabilidad de estar en primera línea de la evangelización”, dijo hoy el papa Francisco a los prelados que participan en el seminario de actualización para los obispos de los territorios de misión organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

“Viniendo a Roma en este Año Santo de la Misericordia se han unido a tantos peregrinos de todo el mundo. Es una experiencia que nos hace bien nos hace sentir que todos somos peregrinos de misericordia, todos necesitamos la gracia de Cristo para ser misericordiosos como el Padre. Cada obispo experimenta en primera persona esta realidad y, como vicario del ‘Pastor grande de las ovejas’, está llamado a manifestar con su vida y su ministerio episcopal ‘la paternidad de Dios, la bondad, la solicitud, la misericordia, la dulzura y, al mismo tiempo, la autoridad de Cristo, venido para dar la vida y para hacer de todos los hombres una sola familia, reconciliada en el amor del Padre’”, subrayó.

El Santo Padre recordó que los lugares de procedencia de los obispos, diferentes y distantes entre sí, pertenecían a la gran constelación denominada “territorios de misión” y dado su estar en la primera línea de la evangelización, fueron enviados, como el Buen Pastor, a “cuidar del rebaño e ir en busca de las ovejas, especialmente de las alejadas o perdidas, a buscar también nuevas modalidades del anuncio, para salir al encuentro de las personas; a ayudar a los que han recibido el don del bautismo a crecer en la fe para que los creyentes, incluso los ‘tibios’ o los no practicantes, descubran de nuevo la alegría de la fe y una fecundidad evangelizadora”.

Por eso, Francisco los animó a “encontrar incluso a las ovejas que aún no pertenecen al redil de Cristo. Efectivamente, la evangelización está esencialmente conectada con el anuncio del Evangelio a los que no conocen a Jesucristo o que siempre lo han rechazado”.

Tras señalarles que pueden sumar laicos a su obra misional y exhortarlos a prestarle atención a la formación de los sacerdotes, les pidió que no se olviden que “el prójimo más prójimo del obispo es el presbítero”.

Francisco los instó a prestar mucha atención a que todo cuanto se hace por la evangelización al igual que las diversas actividades pastorales no se vea perjudicado o minimizado por las divisiones que existen ya o por las que se pueden crear.

“Hay retos difíciles de resolver, pero con la gracia de Dios, con la oración, con la penitencia, se puede”, reconoció y sostuvo: “La Iglesia está llamada a situarse siempre por encima de las connotaciones tribales-culturales y el obispo, principio visible de unidad, tiene la tarea de edificar incesantemente la Iglesia particular, en la comunión de todos sus miembros”.

“Cuiden al pueblo de Dios que se les ha confiado, cuidan de los presbíteros, cuidan de los seminaristas. Esta es su tarea”, finalizó invocando la ayuda de la Virgen María y pidiéndoles que recen por él.+


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Jornadas de estudio para obispos misioneros.

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Los obispos nombrados en los últimos dos años en las circunscripciones eclesiásticas dependientes de la Congregación Misionera, que participarán en un seminario de estudio celebrado para ellos por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos son 94 en total. De ellos, los obispos de África son 42, procedentes de 19 naciones; otros 36 llegan desde Asia a Roma, de 9 países diferentes; de América son 12 los obispos provenientes de 9 países; por último, de Oceanía son 4, procedentes de dos naciones.
El Seminario de estudio, iniciado en 1994, quiere ofrecer a todos los obispos nombrados recientemente para la guía de las diócesis en territorios de misión, un período de tiempo, al comienzo de su misión, para reflexionar, profundizar en la vida y ministerio episcopal, dialogar y orar. Para ello, los relatores son personalidades eclesiásticas prestigiosas.
El calendario prevé tres conferencias diarios, seguidas de debates y trabajos en grupo. El domingo 4 de septiembre, los obispos llegarán al Colegio Pontificio de San Pablo apóstol, sede del seminario. El primer día, el lunes 5 de septiembre, se inaugurara con una celebración eucarística presidia por el Card. Fernando Filoni, Prefecto del Dicasterio Misionero, y de su saludo a los participantes. Le seguirá la intervención “El obispo como Siervo del Evangelio”, de Su Exc. Mons. Savio Hon Tai Fai, Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Por la tarde el Card. Robert Sarah tendrá una ponencia sobre “La actualidad de la Misión ad gentes en la realidad del mundo”. El martes 6 Su Exc. Mons. Protase Rugambwa, secretario-adjunto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y Presidente de le Obras Misionales Pontificias (OMP), ilustrará la estructura, competencias y actividades de las OMP.
El programa del Seminario contará con las intervenciones de los Cardenales: Kurt Koch (Diálogo ecuménico en los territorios de misión), Angelo Amato (Espiritualidad del obispo), Peter Turkson (Doctrina social de la iglesia y evangelización), Lorenzo Baldisseri (Sínodo de los obispos y comunión episcopal), Marc Ouellet (El Papa y los obispos: comunión y misión), Beniamino Stella (Paternidad hacia los presbíteros y formación del clero), George Pell (Servicio administrativo del obispo).
Además tomarán la palabra los arzobispos y obispos: Paul Richard Gallagher (La Santa Sede y las relaciones con los estados), Juan I. Arrieta (Programas pastorales y estructuras diocesanas de colaboración/Motu proprio Mitis iudex Dominus Jesus),Vincenzo Paglia (Formación de los laicos), Angelo V. Zani (Iniciativas educativas), José Rodriguez Carballo (Cuidado de la vida consagrada), Charles Jude Scicluna (Celibato del clero y de eclesiásticos acusados de abuso sexual), Luis Francisco Ladaria (Ejercicio del munus docendi), Artur Roche (Liturgia y santificación de la iglesia), Miguel Ayuso Guixot (Diálogo interreligioso en los territorios de misión).
Tambiçen están en programa las ponencias del p. Joseph Koonamparampil y del prof. Frank Elias (Vademécum para los obispos), Mons. Giampietro Dal Toso (El servicio de la caridad), p. Hans Zollner (Proteción de menores y de adultos vulnerables), Mons. Giampaolo Montini (Administración de la justicia), p. Peter Gonsalves (Uso de los medios de comunicación en la evangelización).
El viernes 9 tendrá lugar la audiencia del Santo Padre y el domingo 11 de septiembre los obispos se dirigirán en peregrinación a Asís. El Seminario terminará el sábado 17 de septiembre, con la Concelebración Eucarística en la tumba del Apóstol Pedro, y la última ponencia. (SL) (Agencia Fides 2/09/2016)


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Mensaje del Papa para la Jornada mundial de las misiones 2016.

Mundo

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES
2016

 

Iglesia misionera, testigo de misericordia

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Jubileo extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina también de modo especial la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a ver la misión ad gentes como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial de las Misiones, todos estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño.

La misericordia hace que el corazón del Padre sienta una profunda alegría cada vez que encuentra a una criatura humana; desde el principio, él se dirige también con amor a las más frágiles, porque su grandeza y su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse con los pequeños, los descartados, los oprimidos (cf. Dt 4,31; Sal 86,15; 103,8; 111,4). Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf. Jr 31,20). El término usado por la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre. Este es también un aspecto esencial del amor que Dios tiene a todos sus hijos, especialmente a los miembros del pueblo que ha engendrado y que quiere criar y educar: en sus entrañas, se conmueve y se estremece de compasión ante su fragilidad e infidelidad (cf. Os 11,8). Y, sin embargo, él es misericordioso con todos, ama a todos los pueblos y es cariñoso con todas las criaturas (cf. Sal 144.8-9).

La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado. Él revela el rostro del Padre rico en misericordia, «no sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica» (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 2). Con la acción del Espíritu Santo, aceptando y siguiendo a Jesús por medio del Evangelio y de los sacramentos, podemos llegar a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra vida sea una ofrenda gratuita, un signo de su bondad (cf. BulaMisericordiae vultus, 3). La Iglesia es, en medio de la humanidad, la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas.

Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20).

En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensachemos para que abarque a toda la humanidad.

Que Santa María, icono sublime de la humanidad redimida, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos, hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Vaticano, 15 de mayo de 2016, Solemnidad de Pentecostés

Francisco


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China y los jesuitas misioneros. Libro.

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El papel de los jesuitas en China ha sido, sin desmerecer a otras órdenes religiosas que también han hecho una gran contribución, de una influencia enorme tanto para China como para Occidente a muy distintos niveles. La famosa controversia de si los chinos bautizados podían seguir dando culto a sus ancestros entre jesuitas y dominicos dio lugar, por ejemplo, una categoría filosófica que hoy damos por supuesta en cualquier actividad misionera: la inculturación. Las dificultades con las que se enfrentó Francisco Javier en Japón, donde los nativos no aceptaban la doctrina cristiana entre otras razones porque pensaban que si era tan buena los chinos, cuya civilización era la referencia para ellos en aquel tiempo, ya la habrían adoptado hizo que se replanteara por completo la manera de evangelizar. A diferencia de lo que sucedió en América Latina o Filipinas donde en mayor o menor grado se reprodujo un modelo de cristiandad.

Otro de los factores que propició la “política de la adaptación”, lo que hoy conocemos como inculturación, fue la dificultad de traducir la fe a un idioma y una cultura como la japonesa. Había términos similares a “Dios” pero que no se correspondían exactamente con lo que los cristianos entendían por Dios. Esto le dio muchos dolores de cabeza a Francisco Javier quien pensaba que el asentimiento de la voluntad a la verdad revelada era condición necesaria para la salvación, y esa imprecisión terminológica impedía la salvación de los conversos. A consecuencia de esto Alejandro Valignano y Mateo Ricci tuvieron que plantearse un nuevo modo de evangelización. Era necesario adentrarse en la historia y la cultura china para poder así recuperar o recrear una terminología religiosa que sirviera de caldo de cultivo para una futura cristiandad. Esto llevó a que la misión de China adquieriese unas características únicas en comparación con otras. Los jesuitas tenían que adiestrarse no sólo en la lengua china sino también en música, caligrafía, literatura, filosofía o etiqueta. Esto hizo de los jesuitas adoptaran tanto los ropajes del lugar como la lengua china como lengua de la misión. En Japón y en otros lugares del mundo la lengua de la misión era la lengua de procedencia. La evangelización se hacía por medio de catequistas locales que aprendían los rudimentos de la fe y de la lengua de los misioneros.
Sin embargo, la misión de china no sólo introdujo la ciencia o la filosofía occidental en China sino también fue una ventana para dar a conocer China a occidente. Muchos intelectuales occidentales tenían noticia de una civilización que había inventado la pólvora y la imprenta mucho antes que los europeos por medio de los jesuitas. El más conocido de ellos fue, sin duda, el filósofo y matemático Leibniz.
La presencia de jesuitas españoles en China ha sido comparativamente inferior a la de otras naciones por razones obvias: España ha tendido a concentrar su presencia misionera en América Latina. Sin embargo, entre esa pléyade de intelectuales y misioneros jesuitas también hay un hueco para algunos jesuitas españoles que entregaron generosamente sus vidas por el pueblo chino. El libro de “Jesuitas Españoles en China” es precisamente un homenaje a todos esos misioneros.
El libro está dividió en dos partes. La primera parte con las tres generaciones de jesuitas que se corresponden con la llegada de la primera generación de jesuitas, con Mateo Ricci a la cabeza, y se cierra con la prohibición y posterior expulsión de los misioneros por edicto del emperador Yongzheng en 1724. La segunda generación se abre en 1842 con la invasión de China por parte de las fuerzas extranjeras hasta la llegada del partido comunista al poder en 1949 y la tercera de 1949 a esta parte. La segunda parte se compone de algunos artículos monográficos sobre las obras y los jesuitas españoles en China.
De la primera generación destaca sin duda el madrileño Diego de Pantoja, natural de Valdemoro. Fue el sucesor de Mateo Ricci como superior de la misión de China en Pekín. Tanto el conocimiento de la lengua como de la cultura china fue superior al de Ricci, si bien su contribución se ha visto oscurecida por la mitificación de la figura de Ricci. Es una figura que está todavía por estudiar si bien hay algunos estudios en chino sobre él. En el aspecto de inculturación también hay otras figuras como el P. Carmelo Elorduy, que escribió varios libros sobre filosofía china, o el P. Fernando Mateos quien, junto al P. Ignacio Arrizabalaga y el P. Miguel Otegui escribieron el Diccionario Chino-Español.
Hay otros muchos jesuitas españoles que dieron una gran contribución en otras áreas. Así el P. Luis Ruiz, fallecido hace unos años, trabajó muchos años en las calles de Macao ayudando a los chinos que salían de la China comunista sin nada. En China continental también abrió numerosos leprosorios. En el apostolado social también cabe destacar el P. José Ellacuría quien inició el movimiento sindical en Taiwán creando la institución Rerum Novarum que hoy se dedica a la atención de trabajadores inmigrantes.
Los hermanos jesuitas también han jugado un papel fundamental en la misión. En China continental a principios del siglo pasado atendiendo a numerosos enfermos en los dispensarios de la misión de Anking y Wuhu. Y tras la expulsión de China abrieron en Hsinpu, Taiwán, uno de los primeros colegios técnicos del país donde se han formado muchísimos jóvenes de etniahakka o aborígenes taiwaneses. Muchos de estos aborígenes eran enviados de las montañas de Hsinchu donde había un equipo de jesuitas españoles trabajando con ellos


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Las misioneras de la Caridad y el asesinato del Yemen

Homenaje a las mujeres misioneras- La fiesta del 8 de marzo tras la masacre de Aden

2016-03-08 L’Osservatore Romano

«Seguimos rezando juntas por la hermana que sobrevivió y por el padre salesiano de quien no se tienen más noticias». La hermana Cyrene, provincial para Italia de las misioneras de la caridad conoció hace diez años a la hermana Marguerite, originaria de Ruanda, una de las cuatro religiosas horriblemente asesinadas el viernes pasado junto con otras doce personas en un centro de acogida para los ancianos y discapacitados cerca de la ciudad yemení de Aden.

La religiosa está aún comprensiblemente conmocionada por los acontecimientos y todas las palabras que emplea en una breve conversación telefónica con «L’Osservatore Romano» son para explicar sentido de la misión heredada de la madre Teresa de Calcuta y la tenacidad con la que en todos los rincones del planeta las misioneras del sari blanco tratan de permanecer fieles incluso ante las dificultades, el miedo, y hasta cuando todo aconseja abandonar y huir. «Nosotras no dejamos a los pobres. Es impensable», dice la religiosa que en cada frase recuerda la lección recibida de la fundadora. «La Madre siempre nos ha enseñado esto. Si estamos solas y no tenemos personas a las que cuidar, ante el peligro, cambiamos de lugar, vamos a otra parte. Pero si tenemos a los pobres, los enfermos, los paralíticos… ¿cómo podríamos? La Madre siempre lo ha hecho así, aún la recuerdo en Beirut con los niños bajo los bombardeos. Así lo hicimos hace años en Liberia. Así lo hacemos en Siria. Y así lo hacemos también en Yemen, donde, no lo olvidemos, tenemos otras casas». Lo que realmente «hace daño», añade, es «la indiferencia en el corazón de tanta gente por las condiciones y la suerte que corren los pobres y los últimos».