Loiola XXI

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Comienza el proceso de beatificación de Pedro Arrupe. Carta del P. Sosa, SJ

Causa de beatificación del P. Pedro Arrupe

2018/19

A TODA LA COMPAÑÍA

 

 

Queridos hermanos:

 

Tengo la alegría de comunicar a todo el cuerpo religioso y apostólico de la Compañía de Jesús que ha comenzado oficialmente el proceso hacia una posible beatificación del P. Pedro Arrupe, 28º Superior General de la Compañía de Jesús. Desde ahora, por tanto, ya es considerado “Siervo de Dios”. La causa se ha puesto en marcha en el Vicariato de Roma, lugar de su muerte. Después de haberlo orado y considerado atentamente, la Compañía ha pedido el inicio de este discernimiento eclesial sobre la heroicidad de sus virtudes.

 

Durante los últimos meses, al informar sobre esta intención en diversos lugares a los que he viajado, he podido comprobar personalmente lo vivo que se encuentra el recuerdo y el legado del P. Arrupe. Elocuentes e incluso emotivas cartas postulatorias recibidas de todo el mundo confirman este deseo presente en diversos sectores de la Iglesia, donde se reconoce su fama de santidad; una fama espontánea, estable y continua.

 

Jesuitas y no jesuitas de todas partes han sido testigos de muchas de las excepcionales cualidades del P. Arrupe: su deseo de cumplir en todo la voluntad de Dios Padre, su arraigo en Jesucristo, su confianza en el Espíritu Santo como guía de la Iglesia, su lealtad a toda prueba al Santo Padre –“Vicario de Cristo en la tierra”-, su talante misionero, su fidelidad personal al modo nuestro de proceder, su sensibilidad ante los dramas sociales, su amor y cercanía a los pobres. La persona del P. Pedro Arrupe se nos muestra como un apasionado “hombre de Dios y “hombre de la Iglesia” fuera de lo ordinario.

 

Ahora, al cumplirse 111 años de su nacimiento, mirando hacia atrás, reconocemos su gran contribución a la Compañía y a la espiritualidad ignaciana al ayudar a redescubrir los Ejercicios espirituales, otros textos esenciales de San Ignacio y el método del discernimiento personal y en común. Recordemos cómo el P. Arrupe pedía a la Trinidad –en la que se inspira el carisma ignaciano- “comprender ahora lo que significa para mí y para la Compañía lo que manifestaste a Ignacio”. De este modo se llevó a cabo la renovación de la vida del jesuita, su consagración y los votos, la comunidad o la misión. En general, él puso los medios para que la Compañía, la Iglesia y la sociedad pudieran alimentarse de toda la riqueza ignaciana acomodada a su época.

 

Algo semejante ocurrió también con la vida consagrada, el sacerdocio y el laicado, con cuyos miembros el P. Arrupe mantenía un trato permanente. Su presencia entusiasta, libre, sabia y fiel en la agitada Iglesia del Concilio, sobre la que el Espíritu había derramado su luz, significó el deseo de integración de los mejores valores de la tradición con aquellos necesarios para la adaptación del cristianismo a los nuevos tiempos. El Siervo de Dios fue elegido Superior General en 1965 y todavía pudo participar en la última sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II. Los 18 años que pasó al frente de la Compañía –y los 17 como Presidente de la Unión de Superiores Generales- coincidieron, pues, con el desarrollo del Concilio. En las décadas siguientes a su celebración contribuyó con “fidelidad creativa” a su aplicación, siendo calificado por el P. Peter-Hans Kolvenbach en 2007 como “profeta de la renovación conciliar”. También, al referirse en 2011 a esta época, el P. Adolfo Nicolás recordaba la insistencia del P. Arrupe en que “el espíritu de San Ignacio nos guíe y dirija en este tiempo tan importante de la vida de la Iglesia”. Una Iglesia a la que siempre quiso servir incondicionalmente.

 

Con una visión universal, el P. Arrupe, convencido de la riqueza de la diversidad cultural, impulsó la inculturación en su acción misionera de transmisión de la Buena Noticia, acudió a la llamada de los refugiados, condujo a la Compañía –como exigencia del servicio de la fe- a empeñarse contra toda injusticia y contra la increencia, invitó a nuestros alumnos a ser “hombres y mujeres para los demás”, promovió la reconciliación, el ecumenismo y el diálogo interreligioso… A la vez, descendiendo a lo particular, trataba a cada persona con gran respeto, escuchándola y fiándose de cada una como portadora de dones únicos del Espíritu para el cuerpo. Esta actitud era otra faceta de su confianza en el Señor, que era facilitada, día a día, por la pobreza y sencillez de su vida cotidiana. Hasta el final transmitió una gran bondad, madurada todavía más cuando, por su enfermedad, se supo totalmente en manos de Dios.

 

Nos encontramos en los primeros pasos de su causa. Una vez recibidos el nihil obstat de la Santa Sede, el consentimiento de los obispos más cercanos a Roma dentro de la Conferencia Episcopal Italiana y constatada la ausencia de obstáculos de parte del pueblo de Dios, el 5 de febrero de 2019, en el 28º aniversario de su muerte, tendrá lugar en la basílica de San Juan de Letrán la sesión de apertura de su causa de beatificación. A continuación, los distintos responsables del proceso diocesano comenzarán a trabajar tomando declaración a más de cien testigos repartidos principalmente en España, Japón e Italia. Con todo, ya estos meses previos han empezado su labor dos comisiones encargadas de revisar, respectivamente, todos sus escritos publicados así como otros muchos documentos no publicados, tanto del P. Arrupe como sobre él y del contexto socio-eclesial en el que vivió.

 

Una muestra de su recuerdo, devoción e influencia viva entre nosotros en las últimas décadas es la cantidad de comunidades, casas, obras apostólicas y otros espacios y experiencias que llevan su nombre. La Postulación General de la Compañía en Roma (postulazione@sjcuria.org) recogerá todos estos datos, así como cualquier otro que quiera comunicársele acerca de la difusión de su vida, fama de santidad, y gracias o favores recibidos por su intercesión. Toda otra información oportuna acerca de su vida, su muerte o sobre el tiempo posterior a su muerte será bienvenida. Un nuevo sitio web sobre el P. Arrupe acaba de ser elaborado y podrá consultarse en https://arrupe.jesuitgeneral.org/es/.

 

Estoy convencido de que la persona del P. Pedro Arrupe, en este tiempo de gracia que ahora comienza hacia su deseable beatificación, suscitará en los jesuitas y en nuestros compañeros y compañeras en la misión un mayor deseo de unión y de renovación espiritual, que nos impulse a colaborar en la reconciliación de todas las cosas en Cristo, llevándonos, “bajo el Romano Pontífice”, adonde el Espíritu nos conduzca.

Nuestra Señora de la Estrada nos siga acompañando en este camino de oración y discernimiento para que de su mano estemos cerca del Señor Jesús y crezcamos como sus discípulos.

Arturo Sosa, S.I.

Superior General

Roma, 14 de noviembre de 2018

Fiesta de San José Pignatelli

(Original: español)

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La llamada de todos a la santidad en la víspera de todos los santos.

Vísperas Todos los Santos: acentuar Santidad frente a caracterización de la muerte

En vísperas de la Solemnidad de Todos los Santos, las diócesis de todo el mundo ponen en marcha diferentes iniciativas para contrarrestar el efecto negativo de Halloween y apostar por la Santidad, entre las más destacadas está el “Holywins” en España, la “Noche de la luz” en Venezuela y muchas otras en Latino América.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

En el camino de preparación del día de Todos los Santos, uno de los objetivos principales de los sacerdotes es “hacer llegar a todo el Pueblo fiel de Dios la llamada que Jesús nos hace a la Santidad”, asegura el padre Juan Carlos Velarde, párroco de una Unidad Pastoral de la Diócesis de Santander en España. Y este año en concreto – puntualiza – “las Diócesis de España celebran esta fiesta dando un motivo grande a la Exhortación del Papa Francisco: ‘Alegraos y regocijaos’” para acercar a los cristianos “el hecho de caminar hacia la Santidad”. Algo que es muy sencillo – explica el padre Velarde – pues consiste en “intentar vivir nuestro día a día sin nada en especial, nada más que poniendo a Dios en primer lugar y en cada una de nuestras acciones, compromisos y encuentros”.

Escucha al padre Juan Carlos Velarde, Diócesis de Santander en España

Holywins en España: la alternativa cristiana a Halloween

Y en este camino hacia la Santidad, hacia acentuar la importancia de la fiesta y recuperar su valor y sentido, surgió en España, hace algunos años, la iniciativa conocida como “Holywins”, una palabra inglesa que significa “La Santidad vence”. Se trata de una propuesta que surge en París hace ya algunos años, precisamente para recuperar el valor y el sentido de la Fiesta de la Iglesia Católica de Todos los Santos y sobre todo “para resaltar la Santidad y el ejemplo de tantos Santos que a lo largo de la historia han entregado su vida por el Señor” explica el padre Héctor Pérez, Director del Secretariado de Ocio, Tiempo libre y Campamentos de la Diócesis de Toledo en España.

En la Víspera de la Solemnidad, Holywins es una iniciativa que se desarrolla en muchas ciudades españolas y “gracias a Dios poco a poco se está propagando por todo el país” dice el padre Héctor Pérez. En Toledo concretamente, se trata del quinto año que se está llevando a cabo: “hace 5 años comenzamos en Talavera de la Reina y hemos ido recorriendo la Diócesis por diferentes Vicarías para dar a conocer esta iniciativa”.

La Diócesis de Toledo conoció la iniciativa hace 6 años gracias a la Diócesis de Alcalá de Henares, en Madrid. “Cuando conocimos la idea, nos pareció fenomenal y nos dimos cuenta que las familias y los propios jóvenes lo reclamaban”. Cinco años después, Holywins se ha convertido en Toledo en algo más que una simple celebración en Vísperas, pues se trata de un Festival que comienza a las 16:30 de la tarde con música, teatros, juegos y niños vestidos de Santos, para seguidamente celebrar la Santa Misa y termina la jornada con la “evangelización”, en el que las familias, junto a los jóvenes y niños, recorren las calles toledanas para dar a conocer que “Dios vive” y que los Santos “lo han experimentado profundamente”, explica el padre Héctor. Además, el Santísimo se encuentra expuesto durante la primera parte de la noche para que los fieles puedan visitar a nuestro Señor – o como dice el padre Héctor – “al Santo de Todos los Santos”.

Escucha al padre Héctor Pérez, Diócesis de Toledo en España

Iniciativas en América Latina

A América Latina aún no ha llegado el Holywins, pero cuentan con tantas otras iniciativas para fortalecer esa celebración, dice el padre Joan Pacheco, sacerdote de la Diócesis de San Cristóbal en Venezuela: “para fortalecer esta celebración de Todos los Santos, lo que en otras naciones se celebra como el Holywins, de recordar la Santidad de aquellos hombres y mujeres que han vivido la cercanía con Dios, nosotros también lo hacemos, no con este nombre pero sí con las mismas características de reunir jóvenes o niños que visten de sus Santos y recordando sus virtudes”.

Tal es así que en Venezuela, por ejemplo, existe la llamada “Noche de la luz”, una celebración que comienza con la Eucaristía, luego hay un momento de alabanza y de adoración eucarística, de cantos católicos y de reflexiones que nos recuerdan el llamado a la Santidad que tenemos todos los cristianos, explica el padre Pacheco.

Por último, recuerda el padre Pacheco, que pese a que en Latinoamérica el tema y la cultura del Halloween es más una “presencia comercial y mercantilista cuya influencia ciertamente se va notando”, siguen enfocados en “la formación y en la celebración de Todos los Santos” y de recordar que en nuestro peregrinar “también estamos llamados a la Santidad de la vida cristiana”.

Escucha al padre Joan Pacheco, Diócesis de San Cristóbal en Venezuela


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El P. Tiburcio Arnaiz ya es beato.

Es Beato el padre Tiburcio Arnaiz, “loco” de Jesús

Hoy en la catedral de Málaga la ceremonia de Beatificación del sacerdote “enamorado de Jesús”, el padre Tiburcio Arnaiz. En representación del Papa, presidió la ceremonia el cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos

Ciudad del Vaticano

En la mañana de este 20 de octubre tuvo lugar en la Catedral de Málaga la Ceremonia de Beatificación del sacerdote jesuita Tiburcio Arnaiz Muñoz. La celebración fue presidida por el Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

Fundador de las Misioneras Doctrinales Rurales, el padre Tiburcio dió testimonio de santidad por su entrega continua hacia todas las personas, en especial hacia los pobres, y por convertirse en director de Ejercicios Espirituales, confesor y director de almas. El lema que siempre le caracterizó fue: “buscad no vuestros intereses, sino los de Jesucristo”.

Para más información acerca de su vida visita la página web del padre Arnaiz.


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San Oscar Romero. Homilía del P. Tojeira, jesuita

Homilía de la celebración por la canonización de monseñor Romero

15/10/2018
  
Queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy emocionados la canonización de monseñor Romero. Sabíamos que era un santo desde el primer momento y esperábamos con ansiedad la declaración oficial de la Iglesia sobre su santidad. Este es el día. Y no podemos menos que comenzar citando a nuestro Señor Jesucristo, maestro nuestro y de monseñor Romero. Cuando Pilatos lo estaba juzgando, Jesús le dijo: “He venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Hoy podemos afirmar que a monseñor Romero lo envió Dios a El Salvador para ser, como Jesús, testigo de la verdad. Testigo de la fe en ese Cordero Degollado que permanece de pie, como le llama el libro del Apocalipsis a Jesús de Nazaret. Testigo y apóstol que sigue los pasos del Señor Jesús en su vida, en su palabra y en su capacidad de juicio sobre la situación salvadoreña. Monseñor Romero, testigo del Señor, sigue iluminando nuestra hambre y sed de justicia. Nos da la esperanza de que tanta sangre de víctimas inocentes se convierta para nosotros en el cimiento y en la base de un El Salvador construido sobre el respeto y la dignidad de todos, especialmente de los más sencillos y humildes.


Recuerdos

Mientras en nuestro país se despreciaba a los pobres, se les explotaba, se les manipulaba y se les tenía como inferiores, Mons. Romero se identificaba con ellos y con sus causas. Su vida fue testimonio del amor preferencial de Dios a los más pobres, al luchar con ellos, pacífica y proféticamente, en favor de sus derechos. En el acta de beatificación, se le llamaba con toda razón “padre de los pobres”. Y así era porque exigía justicia para los campesinos y los trabajadores, apoyaba sus reivindicaciones y su organización popular, y los defendía ante el odio y la violencia de los poderosos. Pero además de estar con las causas de los pobres, vivía con ellos en el hospitalito de la Divina Providencia. Allí, donde se hospedan o incluso van a morir los enfermos de cáncer más pobres de nuestro país, allí vivía, también en pobreza y sencillez, nuestro obispo mártir. Allí acompañaba el sufrimiento de los enfermos sin más recursos que la generosidad de las hermanas del hospitalito, y les animaba con el consuelo de un Dios, el nuestro, que nunca abandona al débil y al afligido, y le ofrece siempre la solidaridad de los que rezamos el Padre Nuestro de corazón y deseamos que venga su Reino. Antes, estando en Santiago de María como obispo, abrió las puertas de la catedral para que los cortadores de café, que llegaban desde lejos a esa tierra de cafetales, pudieran dormir bajo techo. Las fotografías de Romero con niños que juegan con su cruz pectoral no dejan duda de su tierna cercanía a los más pobres.

Y es esa cercanía amorosa a los pobres, junto con su fe en el Señor Jesús, la que le llevó a ser profeta de justicia. Voz de los sin voz, sin más poder que la fuerza de la conciencia, sin más ley que la del amor al prójimo, y sin más patrón que el Divino Salvador. Su única arma era la Palabra. Mons. Romero, nuestro san Romero, con esa palabra beligerante y defensora del oprimido, hacía retorcerse de rabia a quienes mataban a los pobres, a quienes perseguían sus organizaciones o amenazaban de muerte a toda persona que mostrara deseos firmes de justicia social. Como a Jesús, lo odiaban aquellos que no soportaban la buena noticia de un Dios de amor y creador de fraternidad. Su palabra disgustaba a los neutrales e indiferentes, y molestaba a los cómplices hipócritas, que desde instituciones del Estado disimulaban y encubrían la barbarie de los escuadrones de la muerte. Y ante los odios y ataques, respondía siempre con las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen”. Su amor cubría a todos, curando a los heridos por la injusticia y diciéndoles la verdad a los victimarios. Dos formas de amar clásicas y siempre exigidas por la Iglesia, en coherencia con nuestro Dios, que es amor, y nos llama a consolar a las víctimas y a ser profetas frente a quienes abusan del prójimo.

Mons. Romero recuerda la terrible dificultad que tienen para entrar en el Reino de los Cielos aquellos que ponen su corazón en las riquezas. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor y su sabiduría, con su palabra combativa como espada de doble filo, desnudaba las intenciones de los soberbios. A los ricos les recordaba que la idolatría de la riqueza estaba en la base de las injusticias salvadoreñas. A los poderosos les recriminaba utilizar la muerte como instrumento de poder. Y a las organizaciones populares les recordaba que no podían poner la organización por encima de los derechos de las personas. Toda idolatría pone primero la ley del más fuerte en vez del amor al prójimo y la solidaridad evangélica. No hablaba de dar, sino de compartir. Porque cuando los ricos dan algo, no están dando de lo suyo, sino de lo que pertenece a todos, y especialmente a los más pobres. A esos pobres a los que el Señor prometió el Reino de los Cielos y en los que se hace siempre presente el rostro de Jesús. Inspirado siempre en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia, en el destino universal de los bienes, en la solidaridad y la participación, nuestro santo arzobispo trabajaba desde el deseo profundo de paz con verdadera justicia social. Sabiendo además que la paz solo puede construirse negando las idolatrías, devolviendo a las víctimas su dignidad de seres humanos, restaurando los derechos de quienes son despojados de ellos y trabajando sistemáticamente para eliminar el sufrimiento en el mundo en que vivimos.


Resurrección

Hoy su voz sigue sonando, cada vez con mayor fuerza en todo el mundo. Desde el primer momento, diversas Iglesias cristianas se solidarizaron con él. Y tras su muerte, muchos lo consideramos mártir. En cuenta Mons. Rivera, María Julia Hernández, Mons. Urioste y tantos amigos, hoy en la gloria, que nunca le abandonaron. Las Iglesias que nos acompañaron en la devoción a Romero desde el principio están hoy aquí en la alegría de la canonización, celebrando con nosotros al santo de todos. Ellos han contribuido también a que el nombre de Romero se haya hecho universal. Sus reliquias han llegado hasta diócesis remotas de África y su imagen o su retrato se multiplican en iglesias y catedrales de diversas denominaciones cristianas. Y por si fuera poco, el 24 de marzo ha sido declarado por las Naciones Unidas Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas. En otras palabras, la ONU está reconociendo a nuestro san Romero como patrón universal del derecho de las víctimas a la verdad. Él, que fue con tanto coraje y valentía voz de los sin voz, es hoy víctima resucitada con su voz defensora de las víctimas de la historia que ansían y esperan resurrección.

Mons. Romero, san Óscar Arnulfo Romero, resucitado ya en la fuerza del Espíritu Santo, resucita en el mundo y continúa resucitando entre nosotros y en nosotros, su pueblo salvadoreño que busca justicia y fraternidad. Su voz resuena hoy más fuerte reclamando un mundo sin víctimas, libre del sufrimiento creado por los Caínes de la historia. En las lecturas se nos decía que nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Mons. Romero es una prueba viva y presente de ese amor de Dios que no se cansa nunca de amar y bendecir a su pueblo, enviándole santos y profetas. En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos dice que pone en manos de Dios a sus discípulos para que ellos sientan la plenitud de la alegría. Esa misma alegría es la que hoy nos transmite ese discípulo eximio de Jesús de Nazaret al que hoy llamamos jubilosos san Óscar Arnulfo Romero.


Nuestra responsabilidad     

Ante este Romero santo, profeta, pastor y padre amoroso que cuida a sus ovejas y protege los derechos de los empobrecidos de nuestra tierra, los salvadoreños debemos mirar hacia nuestra realidad personal y social. Romero se tomó en serio el testamento del Señor Jesús cuando dijo a sus apóstoles y a nosotros que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso su espíritu ha resucitado ya y vive en su pueblo. Quiere vivir en todos nosotros e insiste en que seamos autocríticos. Quiere que nos preguntemos si seguimos a Jesucristo y a tantos testigos generosos de la fe que antes de nosotros pusieron el Evangelio como el centro de sus vidas. Nos pide, desde la mirada al Evangelio, al Señor y a sus santos, que venzamos la desigualdad y el individualismo consumista, en los que hoy se concentra la idolatría del dinero. Mons. Romero nos pide que trabajemos por una sociedad donde el espíritu cristiano, generoso y fraterno esté por encima del afán de lucro individual.

Como Jesús a sus discípulos, nos recuerda que el que quiera ser superior debe convertirse en servidor y esclavo de los demás. No nos está permitido a los cristianos compararnos con otros y creernos superiores. Ese es el camino para despreciar al más sencillo y al más pobre. Cerrar los ojos y las entrañas a las necesidades del prójimo no es cristiano ni es digno de personas que veneramos a san Romero de América. Alegrarnos con la santidad de Romero, amarlo y respetarlo como santo y como el salvadoreño más universal, es comprometernos a seguir a Jesucristo, vivo en nuestros hermanos y que continúa crucificado en los más pobres.

Por eso mismo, el ejemplo profético de Romero nos impulsa a mirar a nuestra sociedad y a trabajar en la transformación de la misma. No queremos ni podemos permitir que se impongan leyes que dejen morir de sed a los pobres, como bien advertían nuestros obispos. No deseamos una sociedad en la que la corrupción esté presente en los ámbitos del poder económico y político. Tampoco queremos un sistema judicial que sea débil con los fuertes y fuerte con los débiles, que continúe, como decía Romero, mordiendo únicamente el pie del que camina descalzo. Eso se llama corrupción judicial, como ya se lo dijo una vez nuestro santo Romero a la Corte Suprema de Justicia. Nuestro santo pastor nos invita a revisar y aumentar un salario mínimo que no alcanza para vivir. Nos pide formalizar y proteger el trabajo informal, que hoy mantiene en vulnerabilidad permanente a casi la mitad de la población económicamente activa de El Salvador. Nos llama a exigir escuelas decentes en cantones olvidados o con escuelas deterioradas por el paso del tiempo, las lluvias y el abandono oficial. Y nos pide también superar un sistema público de salud injusto y obsoleto, que separa y da diferente calidad de servicio a los que cotizan al Seguro Social y a los que no pueden cotizar. La salud, como el agua, la educación, el trabajo decente y la vivienda digna son derechos de todos y todas. Como decía san romero, hay que cambiar las cosas desde la raíz.

No veneramos un cadáver, sino a alguien que está vivo. Vivo junto a Dios y en el corazón de todos los cristianos que quieren seguir con radicalidad el Evangelio. Nuestro santo nos felicita hoy y se siente contento de su Iglesia porque ha presionado en favor de aumentar el salario mínimo, porque ha promovido la supresión de la minería metálica en El Salvador y porque continúa presionando para que el agua sea cuidada por todos, nos llegue a todos y podamos decir que es de todos, no de unos pocos. Pero también nos pide que trabajemos intensamente en superar y vencer el clima de violencia existente, que tanto dolor y sufrimiento produce. Repitiendo las palabras del profeta Isaías que le gustaba citar, nos exige convertir las armas en instrumentos de trabajo, nos anima a promover el trabajo decente para todos, y especialmente para los jóvenes. Solo así, con una juventud educada para el trabajo digno y con salario justo, superaremos esa plaga violenta heredada de la locura de una guerra civil entre hermanos y multiplicada posteriormente por la desigualdad y la injusticia social. Bien decía nuestro santo que hay una violencia superior a las armas de la guerrilla y a las tanquetas del Ejército: la violencia que uno se hace a sí mismo contra todo deseo de muerte, de explotación, abuso o venganza. Sin fraternidad no hay futuro. Y por eso nos pide que cuidemos la familia como fuente de paz, de generosidad y de servicio. Exigir al Estado protección, apoyo y servicios para las familias en pobreza y vulnerabilidad es prevenir la violencia. Monseñor Romero nos habla más de rehabilitación de los delincuentes que de mano dura. Exige pensiones dignas para nuestros ancianos y denuncia la terrible marginación que sufre la mujer al no reconocerle sus esfuerzos por sacar adelante la familia y negarle el derecho a pensión como retribución justa por el trabajo realizado en el hogar.


El santo luminoso

Jesús de Nazaret nos dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Monseñor Romero es un mártir luminoso, iluminador de una nueva sociedad en la que los pobres recuperan su dignidad y alzan su voz. Como decía la primera lectura, su vida brilla entre nosotros con la fuerza del incendio en un cañaveral. Contagia un fuego que nadie puede contener. Un hombre como Romero, que sistemáticamente luchó contra el sufrimiento humano y que aceptó el sufrimiento de una muerte injusta por defender a los pobres y a los injustamente perseguidos, nos muestra la luz de Cristo y el camino para construir una nueva historia en El Salvador. Él va venciendo y mostrándonos día a día la fuerza del bien. Mientras las argucias y mentiras de quienes le insultaban y agraviaban van quedando como telarañas en los rincones olvidados de la historia, él se ha vuelto el salvadoreño más universal. Los Pilatos, los Herodes y los Caifás que asesinaron a Jesús son ahora mero recuerdo de personas oscuras, débiles y condenadas a la insignificancia histórica. Lo mismo pasa con quienes mataron a Romero. Mientras ellos, los asesinos, pasan a las páginas oscuras de la ignominia y el olvido, él brilla como defensor de los derechos de los humildes, como voz cada vez más potente que nos invita a defender la vida y la dignidad de todos y todas. Y no solo en El Salvador, sino en todo el mundo.

Y es por eso que nuestro san Romero es motor y guía de nuestra esperanza. Viviendo en circunstancias peores que las nuestras, nunca dejó de esperar un mañana mejor. Pero ponía en nuestras manos, en las manos de su pueblo, esa capacidad de forjar un futuro diferente. Tenía la valentía y el coraje de un profeta y el corazón de un santo. Un corazón abierto a las necesidades de los pobres y a los deseos de paz de todas las personas de buena voluntad. Por eso buscaba la reconciliación de todos los habitantes de El Salvador, empoderando de dignidad a los pobres y exigiendo justicia y paz. Desde su santidad nos sigue invitando a esa misma reconciliación, construida sobre la verdad, la justicia, la reparación de las víctimas y la generosidad del perdón. La verdad sin justicia y sin reparación de las víctimas acaba siendo una farsa. Pero la reconciliación no sería auténtica si no logramos establecer mecanismos que ofrezcan caminos de perdón que no burlen la justicia. Perdón que solo la víctima puede dar, porque es moralmente superior a los verdugos y tiene siempre un corazón más generoso que los asesinos.

A monseñor Romero lo mataron mientras celebraba la eucaristía. Ya antes del 24 de marzo habían intentado acabar con él poniendo una bomba bajo el altar de la iglesia de la Basílica del Sagrado Corazón, en la que iba a celebrar su misa dominical. Había un odio evidente al servicio sacerdotal de monseñor Romero. Pero los asesinos no se daban cuenta de que matando al arzobispo en la eucaristía lo unían definitivamente a la sangre derramada del Señor. Jesús se nos dio como alimento en la eucaristía, pidiendo que hiciéramos memoria de su muerte y de su presencia resucitada entre nosotros en el pan y en el vino. Cuando celebramos una vez más la misa, emocionados en este momento histórico para nuestro pueblo, no dudemos de que la presencia del Señor está siempre acompañándonos. Está con nosotros en el pan de la palabra de Dios y también en la palabra firme de Romero. Esa palabra de sus homilías que lo caracteriza como un verdadero doctor de la Iglesia. El Señor permanece con nosotros en el pan compartido y en el vino con el que brindamos por la alegría de la resurrección. Está también con nosotros en la vida de Romero, unida a la resurrección de Cristo y compartida con nosotros. Jesús, el Cristo, está en la vida de todos los mártires y víctimas de El Salvador, incluso los más anónimos y olvidados. Ellos, unidos a Romero, celebran en el cielo la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, que ha iluminado la mente y el corazón de nuestro papa Francisco para regalar a la Iglesia universal, y al pueblo salvadoreño, la proclamación como santo, mártir y ejemplo de vida a nuestro san Romero de América. Que esta eucaristía, alegre ahora en la tierra y unida a la alegría de los mártires en el Reino de Dios, nos una a todos los pobres y afligidos del mundo. Que renueve, en ellos y en nosotros, la esperanza de un mundo más justo. Y que nos una también a la Iglesia universal en la que siempre florece la santidad cuando los corazones se abren al hermano en necesidad.

Que viva Monseñor Romero.

Que viva la Iglesia martirial de El Salvador.

Que viva el papa Francisco.

Que viva el pueblo salvadoreño con el que no cuesta ser pastor.

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El Papa a los salvadoreños peregrinos en Roma pàra la canonización de Romero

El Papa a los peregrinos de El Salvador: “San Romero, mártir del mensaje de Dios”

El Papa Francisco recibió en audiencia la mañana de este lunes, 15 de octubre, en el Aula Pablo VI del Vaticano, a los peregrinos de El Salvador que vinieron a Roma con ocasión de la canonización de San Óscar Romero y pide a los sacerdotes y obispos que “no escandalicen” al Santo pueblo fiel de Dios, sino que “le cuiden”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Desde aquí envío mi saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y vibra hoy por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. Sus gentes tienen una fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar”, con estas palabras el Papa Francisco alentó este lunes, 15 de octubre, a los peregrinos de El Salvador que vinieron a Roma con ocasión de la canonización de San Óscar Romero, a quienes recibió en audiencia en el Aula Pablo VI del Vaticano.

San Óscar Romero, encarna la imagen del buen Pastor

En su discurso, el Santo Padre agradeció y saludó a los más de cinco mil peregrinos que han venido a Roma para participar en la canonización de Mons. Romero y venerar un pastor insigne del continente americano, y al mismo tiempo, para manifestar su adhesión y cercanía al Sucesor de Pedro. “San Óscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas – precisó el Pontífice al saludar a los Obispos de El Salvador – por ello, y ahora mucho más desde su canonización, pueden encontrar en él un «ejemplo y un estímulo» en el ministerio que les ha sido confiado. Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con celante afecto colegial. Que el santo Obispo Romero – invocó el Papa – los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo de Dios”.

San Óscar Romero, servidor del pueblo sacerdotal

Asimismo, el Papa Francisco dirigió unas palabras de afecto a los numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas presentes. “Ustedes, que se sienten llamados a vivir un compromiso cristiano inspirado en el estilo del nuevo santo – alentó el Pontífice – háganse dignos de sus enseñanzas, siendo ante todo «servidores del pueblo sacerdotal», en la vocación a la que Jesús, único y eterno sacerdote, los ha llamado. San Óscar Romero veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres. Queridos hermanos, trabajen sin descanso para dar cauce a ese anhelo infinito de Dios – agregó el Papa – de perdonar a los hombres que se arrepienten de su miseria, y para abrir el corazón de sus hermanos a la ternura del amor de Dios, también a través de la denuncia profética de los males del mundo”.

San Óscar Romero, cada católico ha de ser un mártir

De igual modo, el Santo Padre expresó un cordial saludo a los numerosos peregrinos venidos a Roma para participar en esta canonización, procedentes de El Salvador y de otros países de Latinoamérica. “El mensaje de san Óscar Romero va dirigido a todos sin excepción. Él repetía con fuerza que cada católico ha de ser un mártir – recordó el Papa citando la homilía que pronunció el Santo el I Domingo de Adviento de 1977 – porque mártir quiere decir testigo, es decir, testigo del mensaje de Dios a los hombres. Dios quiere hacerse presente en nuestras vidas, y nos llama a anunciar su mensaje de libertad a toda la humanidad. Solo en Él podemos ser libres: libres del pecado, del mal, del odio en nuestros corazones, libres para amar y acoger al Señor y a los hermanos”.

San Óscar Romero, la fuerza de la oración

Pero ser verdaderamente libres, no es fácil, puntualizó el Papa Francisco, y por eso necesitamos el apoyo de la oración. Necesitamos estar unidos a Dios y en comunión con la Iglesia. “San Óscar nos dice que sin Dios, y sin el ministerio de la Iglesia, esto no es posible. En una ocasión, se refería a la confirmación como al «sacramento de mártires» – señaló el Pontífice y es que sin «esa fuerza del Espíritu Santo, que los primeros cristianos recibieron de sus obispos, del Papa…, no hubieran aguantado la prueba de la persecución; no hubieran muerto por Cristo». Llevemos a nuestra oración estas palabras proféticas, pidiendo a Dios su fuerza en la lucha diaria para que, si es necesario, estemos dispuestos también a dar nuestra vida por Cristo”.

San Óscar Romero, signo de paz y reconciliación en Latinoamérica

Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco envió un saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y vibra hoy por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. “Sus gentes tienen una fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar”. Y pese a que no han faltado las dificultades y el flagelo de la división y de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente – aseguró el Papa – ese Pueblo resiste y va adelante”. No son pocos los salvadoreños que han tenido que abandonar su tierra buscando un futuro mejor. El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica”.

“Junto a todos ustedes, uniéndome a su alegría, concluyó el Papa Francisco, pido a María, Reina de la Paz, que cuide con ternura de El Salvador y nuestro Señor bendiga a sus gentes con la caricia de su misericordia. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias”.


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Todo sobre la ceremonia de canonización del 14 octubre

The banners of new saints Oscar Romero and Paul VI hang from the facade of St. Peter’s Basilica as Pope Francis celebrates the canonization Mass for seven new saints in St. Peter’s Square at the Vatican Oct. 14. \(CNS photo/Paul Haring)

Seventy thousand pilgrims from all continents, including thousands from Latin America, applauded enthusiastically this morning in St. Peter’s Square when Pope Francis declared Paul VI, the reforming pope of the Second Vatican Council, Óscar Romero, the martyr archbishop of El Salvador and advocate of the poor, and five others—including two women religious, two priests and a 19-year-old layman—saints of the universal church.

Francis, the first Latin American pope, identifies strongly with both Paul VI and Archbishop Óscar Arnulfo Romero. He sees Paul VI (1897-1978) as the pope who had a broad vision of the church that was inspired by Vatican II, and Archbishop Romero (1917-80) as one who incarnated that vision in his total commitment to the poor. Francis sees himself as continuing the reforming work of the Second Vatican Council that Paul VI first began and as following in the footsteps of Archbishop Romero’s commitment and dedication to the poor. He made this clear at Mass today by wearing the blood-stained cincture that Archbishop Romero was wearing when he was assassinated “out of hatred for the faith” while celebrating Mass on March 24, 1980 and also by wearing a pallium, carrying the crozier and using a chalice belonging to Paul VI.

He referred to both saints in his homily when he commented on the Gospel story told by St. Mark the Evangelist that was sung in Latin and Greek at the Mass. That story recounted how a rich young man ran up to Jesus and asked what he must do “to inherit eternal life,” since he had observed all the commandments. Francis noted that the young man asked what he must “do”; in other words, he wanted “a good to be obtained, by his own efforts.” But, the pope recalled, “Jesus changes the perspective: from commandments observed in order to obtain a reward, to a free and total love. That man was speaking in terms of supply and demand, Jesus proposes to him a story of love” and calls on him to “sell what you have and give to the poor.”

Pope Francis told the crowd “the Lord does not discuss theories of poverty and wealth but goes directly to life. He asks you to leave behind what weighs down your heart, to empty yourself of goods in order to make room for him, the only good. We cannot truly follow Jesus when we are laden down with things. Because if our hearts are crowded with goods, there will not be room for the Lord, who will become just one thing among the others.”

Then, looking at the 120 cardinals, 500 bishops and 3,000 priests that were concelebrating with him, the presidents of El Salvador, Chile, Italy and Panama, who were seated on the steps of the basilica alongside the former queen of Spain, Sofia, and delegations from many countries as well as the former Archbishop of Canterbury, Rowan Williams, and the Nobel peace laureate Adolfo Perez Esquivel, the pope told them: “Jesus is radical. He gives all and he asks all: He gives a total love and asks for an undivided heart.”

He made clear that Paul VI and Archbishop Romero responded to the radical call of Jesus with “an undivided heart,” each in their own way: one as pope and leader of the Catholic world and one as an archbishop serving the poor and oppressed in the midst of a civil war in El Salvador.

“Paul VI spent his life for Christ’s Gospel, crossing new boundaries and becoming its witness in proclamation and in dialogue, a prophet of a church turned outward, looking to those far away and taking care of the poor,” Pope Francis said.

Francis sees himself as continuing the reforming work of the Second Vatican Council that Paul VI first began and as following in the footsteps of Archbishop Romero’s commitment and dedication to the poor.

His words appeared to refer to the missionary outreach of Paul VI, who served as pope from 1963 to 1978. As pope, he visited the Holy Land in 1964 where, overcoming centuries of division, he embraced the Orthodox Patriarch of Constantinople, Athenagoras I, in Jerusalem. He also traveled to India and the Lebanon that same year to reach out to the poor, and later to Geneva. He went to the United Nations in New York in 1965 and appealed to the governments of the world, “Never again war!” He visited Fatima in 1967 and Turkey that same year to meet the ecumenical patriarch and reach out the Muslims. He went to Colombia in 1968 to encourage the bishops of Latin America and the Caribbean implement the teachings of the Second Vatican Council through the preferential option for the poor; and he went to Iran, Pakistan, the Philippines, the Samoan Islands, Australia, Indonesia, Hong Kong and Sri Lanka in 1970. He wrote famous encyclicals, including his first “Ecclesiam Suam” (1964), which highlights the importance of dialogue, and “Populorum Progressio” (1967) on “the development of peoples.”

In his homily, Francis recalled that “even in the midst of tiredness and misunderstanding, Paul VI bore witness in a passionate way to the beauty and the joy of following Christ totally.” Here, he appeared to be referring, among other things, to the opposition Paul VI encountered both from traditionalist sectors in the church over his Vatican II-inspired reform of the liturgy and his imposing age limits on bishops and cardinals as well as the opposition that came from progressive sectors over the encyclical “Humanae Vitae” (1968), and from right-wing political and economic sectors in the world.

Francis told his worldwide audience, and the thousands who had come from Brescia and Milan where Giovanni Battista Montini, the future pope, was born and served as archbishop, “Today, Paul VI still urges us, together with the Council whose wise helmsman he was, to live our common vocation: the universal call to holiness. Not to half measures but to holiness.”

He said, “It is wonderful that together with him and the other new saints today, there is Archbishop Romero, who left the security of the world, even his own safety, in order to give his life according to the Gospel, close to the poor and to his people, with a heart drawn to Jesus and his brothers and sisters.”

His words about Romero were surprisingly few but they went to the essential and were cheered on by the 8,000 Salvadoran pilgrims present, many of whom waved their national flag.

Archbishop Romero’s faithful friend and collaborator, Gregorio Rosa Chávez, the humble auxiliary bishop of San Salvador whom Francis made cardinal in 2017, concelebrated the Mass with Francis along with the archbishop of that same archdiocese.

“Paul VI spent his life for Christ’s Gospel, crossing new boundaries and becoming its witness in proclamation and in dialogue, a prophet of a church turned outward, looking to those far away and taking care of the poor,” Pope Francis said.

Pope Francis will meet the Salvadoran bishops tomorrow and is expected to announce that when he goes to the World Youth Day in Panama in January 2019, he will also visit El Salvador and pray at the tomb of Saint Óscar Romero.

In his homily, Pope Francis briefly mentioned the other five new saints who also responded “with undivided hearts” to the radical call of Jesus. Two were Italian priests:Francesco Spinelli (1853-1913), who founded a religious order of women devoted to the adoration of the Blessed Sacrament, and Vincenzo Romano (1751-1831), a diocesan priest. Another two were women religious: the German-born, Maria Caterina Kasper (1820-98), and the Spanish born Nazaria Ignazia of St. Teresa of Jesus (1889-1943), who spent most of her life in Bolivia but died in Argentina. The Bolivians consider her their country’s first saint. The seventh saint was a 19-year-old Italian young man, Nunzio Sulprizio (1817-36). He was a blacksmith’s apprentice who suffered ill health but was renowned for his holiness. Pope Francis was delighted that he could canonize him during the synod on young people, many of whom were present at the ceremony today.

At the end of Mass, Pope Francis, who is in good health and clearly full of joy, greeted the cardinals and distinguished visitors before driving among the enthusiastic crowd. It was a historic day in the life of the church and one that will be remembered for decades to come, especially in Latin America.


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Comentario a las palabras del Papa en la canonización. Vatican Insider

El Papa declara santos a Montini y Romero: “dejemos riquezas y poder”

Francisco celebra siete nuevas canonizaciones llevando el palio de Pablo VI y el cinturón manchado de sangre del obispo mártir de El Salvador. «Tomaron la valiente decisión de arriesgarse por seguir a Jesús»
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Pubblicato il 14/10/2018
Ultima modifica il 14/10/2018 alle ore 14:22
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder». Esto es lo que hacen quienes dan sus vidas siguiendo a Cristo y pasan por los «preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total». Fueron ejemplo de todo esto los nuevos siete santos canonizandos por el Papa Francisco. Entre ellos están el Papa Pablo VI, que es el Pontífice en el que más se inspira el Papa Bergoglio, y arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado mientras celebraba la misa y cuya figura fue vista durante muchos años con sospechas incluso por parte de las autoridades vaticanas por su valiente predicación a favor de los pobres y de los perseguidos en la época en la que tanto en El Salvador como en otros países latinoamericanos estaban en el poder regímenes militares de derechas.

 

Francisco usó para la celebración el Cáliz, el palio (la franja de lana adornada con cruces negras que simboliza la oveja que llevó sobre los hombros el Buen Pastor) y el pastoral de Pablo VI. Y también la cinturón de cuerda que todavía tiene manchas de la sangre del arzobispo mártir Óscar Romero.

 

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Fue una gran fiesta en la Plaza San Pedro. Esta canonización ha sido celebrada en medio del Sínodo de los jóvenes que se está llevando a cabo en el Vaticano. Además del Papa Montini (1897-1978) y Romero (1917-1980), Francisco proclamó santos a Francesco Spinelli (1853-1913), fundador del Instituto de las Adoradoras del Santísimo Sacramento, a Vincenzo Romano (1751-1831), a María Catalina Kasper (1820-1898), fundadora del Instituto de las Pobres Doncellas de Jesucristo, a Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús (1889-1943), fundadora de la Congregación de las Monjas Misioneras Cruzadas de la Iglesia, y al laico Nunzio Sulprizio (1817-1836), que murió a os 19 años.

 

«La tristeza —dijo el Papa en la homilía— es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: “Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto”. Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino».

 

 

Un testimonio que han ofrecido con sus vidas todos los santos proclamados hoy. «Pablo VI —dijo el Papa— lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres»; el Papa Montini, «aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús».

 

«Hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel —añadió Francisco—, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos».

 

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«Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos», explicó el Pontífice argentino, «en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo».

 

Al comentar el Evangelio del día, el encuentro entre Jesús y el joven rico, el Papa pidió que cada uno de los presentes reflexionaran en la figura de ese joven, y dijo: «Jesús también te dice a ti: “Ven, sígueme”. Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte».

 

«Jesús sigue diciendo: “Vende lo que tienes y dáselo a los pobres”. El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza —explicó Bergoglio—, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y, dice Jesús, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar».

 

Bergoglio citó las palabras de san Pablo: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». Y afirmó: «Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre. Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada».

 

Al joven rico, el Nazareno pide que «pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida “tajante”». El joven debe elegir: «entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo; vivir para amar o vivir para sí mismo. Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo?».

 

«Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor —sentenció Bergoglio—, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de “autocomplacencia egocéntrica”: se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto».

 

Estaban presentes en la ceremonia los presidentes de la República italiana, de Chile, El Salvador, Panamá y la reina Sofía de España.