Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Adviento domingo tercero. Homilía J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1ADVIENTO 3 A

Ev.: Mt 11,2-12

En este pasaje evangélico empieza san Mateo a dar la clave para penetrar en el contenido de las parábolas que describen más adelante el misterio del Reino de Dios. Esa clave se puede definir así: Las obras de Jesús decepcionan a sus compatriotas; no responden a sus expectativas mesiánicas.  Y el primero en expresar sus dudas es curiosamente el Precursor. Efectivamente, Juan Bautista, desde la cárcel,  no envía sus emisarios a Jesús por una razón pedagógica, para que ellos escuchen de labios de Jesús el misterio de su mesianismo. No. Juan, el precursor, es el primero en expresar sus dudas. Más adelante, siguiendo el hilo del relato evangélico,  Galilea y Cafarnaún se niegan a convertirse. Jesús maldecirá a estas ciudades que habían sido testigos de muchos de sus milagros. Se ve cada vez con mayor claridad, conforme avanza el relato evangélico, que el ministerio de Jesús queda escondido para los sabios y prudentes de este mundo (vv.25-27). Jesús se inclinará decididamente hacia el `am ha´areds, la hez de la sociedad israelita (vv.28-30). Luego, en el cap. 12, los conflictos con los jefes del pueblo se exacerban (12,1-50). El Reino de Dios predicado por Jesús queda oculto, se manifiesta, paradójicamente, en lo escondido.

Centrándonos en la figura del Bautista, vemos que esperaba y proclamaba al Mesías terrible de la Apocalíptica judía. Durante un tiempo pudo creer, tal vez, que Jesús retardaba su manifestación gloriosa. Pero ahora, en la cárcel, ¿qué podía pensar? Es difícil que no hiciera de su situación, contrastada con sus expectativas mesiánicas y las actitudes desconcertantes de Jesús un problema personal. Juan esperaba un Mesías que iba a traer la libertad a los presos, sobre todo a los prisioneros por la fe. Así estaba anunciado por Isaías 61 e incluso a ese texto se remitió Jesús en su primera predicación en la sinagoga de Nazaret, tal como lo cuenta san Lucas (4,18).Desde esta expectativa angustiosa del prisionero, la respuesta de Jesús a los emisarios es decepcionante. Jesús no intenta proclamar su categoría única con títulos explícitos, como por ejemplo, “Yo soy el Mesías” o “Dios ha ungido a su Hijo con el espíritu” o “el Hijo del Hombre ha llegado con toda la potestad” o haciendo explícita su importancia (por ej.: “en mí se cumple toda la Escritura”).

Es muy digna de destacarse la elección de esas escrituras proféticas para describir el ministerio de Jesús. Todos los milagros por maravillosos que sean apuntan hacia la culminación expresada en el último verso: “proclamar la buena noticia a los pobres”. Sin embargo, no se puede pasar por alto que en varios de esos pasajes proféticos sugeridos por Jesús en su respuesta figura expresamente la futura venganza de Dios. Pero Jesús, muy intencionadamente, pasa por alto ese componente tan compatible, por otra parte, con el anuncio de Juan sobre el más fuerte. Y entonces la buena noticia – el evangelio – es que para cuantos acepten su mensaje aquel día final anunciado por Amós (5,18-20) no será un día terrible, sino un día pleno de luz, como lo pone san Lucas en boca de Pedro en el discurso de Pentecostés citando a Joel 3,5 (“Antes de que llegue el día luminoso y potente del Señor”) (Hch  2,20). Como puede verse Jesús remite a Juan Bautista y a sus emisarios a sus obras, certificadas sí por las Escrituras como signos mesiánicos, pero lo hace con una indumentaria tan desprovista de poder que lo mismo puede dar ocasión a creer como a dudar. Y eso es cabalmente lo que afirma la bienaventuranza enigmática del final de la respuesta de Jesús:   “Bienaventurado el que no se escandaliza de mí”.

Muchos han interpretado esta bienaventuranza en el sentido de que Jesús quiso con ella confundir a los que no creyeron después de haber visto tantos signos y milagros. Pero la bienaventuranza no va dirigida a la gente en general sino directamente a Juan. Los ciegos, los cojos y los pobres, los israelitas sin más difícilmente pudieron incurrir en la no aceptación de Jesús a causa de las curaciones y el consuelo con que los favorecía. Es Juan, en concreto, quien está en peligro de no creer, es decir, de escandalizarse. Jesús era consciente de que su respuesta no era satisfactoria para el Bautista y que sólo había de lograr aumentar su perplejidad. La débil condición humana que pretende asumir Jesús hasta el fin – escribe Bonnard –  es  y será siempre una trampa y, por tanto, una ocasión para esperar a otro.

Maier considera que lo más asombroso de este pasaje es el silencio de Juan. Este termina simplemente con el delicado ruego de Jesús a su maestro para que acepte su misterioso mesianismo. Pero no hay respuesta  de Juan ni aquí ni en ningún otro lugar de la tradición evangélica. El relato de Marcos sobre la ejecución de Juan no afirma que el Bautista fuese a la muerte profesando fe en Jesús ni ofreciendo la vida por su causa. Silencio en todos los casos con el riesgo que implica argüir desde el silencio para reconstruir la verdad histórica. San Mateo, por su parte, deja sugerir que Juan Bautista y Jesús van juntos por el camino que lleva a la muerte que en Jesús es muerte de cruz. Ese es el destino de las dos grandes estrellas que están en el origen de la irrupción del Reino de Dios. Y por eso el gran elogio del Bautista que Mateo pone en labios de Jesús a continuación.  Pensar que Jesús fue a visitar a Juan en la cárcel es un cuerpo extraño que ha servido en ocasiones de motivo para ricos efectos cinematográficos. Pero eso pasa sólo en el cine. Jesús no le visitó. Según san Mateo – dice Pierre Bonnard, gran comentarista de san Mateo – la proximidad de la muerte de Juan es el signo negativo por excelencia puesto sobre la persona de Jesús. Y así, siempre según san Mateo, la muerte de Juan Bautista es el corolario indispensable de las obras de poder de Jesús. Sin esa muerte, los signos de Jesús serían triunfos satánicos como testifica la escena de las tentaciones de Jesús en el desierto.                          Bilbao,15.12.2019


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Celebraciones del Papa esta Navidad

Celebraciones litúrgicas del Papa para la Navidad 2019-2020

Ya conocemos las fechas y horarios de las celebraciones que el Santo Padre Francisco presidirá en los próximos días.

Ciudad del Vaticano

La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha publicado el calendario de las celebraciones litúrgicas que presidirá el Papa Francisco durante el período navideño 2019-2020.

Misa del Gallo

El martes 24 de Diciembre, en la Capilla Papal de la Basílica Vaticana a las 21:30 hora local de Roma, el Santo Padre celebrará la Misa del Gallo en la Solemnidad de la Navidad del Señor. La celebración eucarística será precedida por el canto de la Kalenda.

Mensaje de Navidad y bendición Urbi et Orbi

El miércoles 25 de diciembre, Solemnidad de la Navidad del Señor en la Logia Central de la Basílica Vaticana, a las 12 del mediodía, el Pontífice dirigirá su mensaje de Navidad al mundo e impartirá la bendición “Urbi et Orbi”.

Misa de Fin de año

Asimismo, el martes 31 de diciembre de 2019, en la Basílica Vaticana a las 17.00 horas, Francisco celebrará las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, seguidas de la exposición del Santísimo Sacramento, el canto tradicional del himno “Te Deum”, al final del año natural, y la bendición eucarística.

Solemnidad María Santísima Madre de Dios

Ya iniciando el nuevo año, el Miércoles 1 de enero de 2020, el Santo Padre celebrará la santa misa de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios en la Octava de Navidad, recordando la LIII Jornada Mundial de la Paz, en la capilla Papal de la Basílica Vaticana a las 10 de la mañana.

Misa de la Epifanía del Señor

Por su parte, el lunes 6 de enero de 2020, en la Capilla Papal de la Basílica Vaticana a las 10 de la mañana, el Pontífice celebrará la santa misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor.

Celebraciones litúrgicas de la Navidad 2019-2020


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Mañana 8 dic. fiesta Inmaculada. Homilía J.A. Jáuregui

iglesia1FIESTA DE LA INMACULADA  

 

“Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.

Así de solemne sonaba en labios del papa Pío IX el ocho de diciembre de 1854 la declaración pontificia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Resulta siempre estimulante la posición estratégica que ocupa esta festividad en pleno tiempo de Adviento. Esta  fiesta viene a ser así una especie de prefiguración de la meta propia del Adviento. La espiritualidad cristiana del tiempo de Adviento pretende cada año reavivar en nosotros un cuestionamiento radical de toda la existencia del hombre en este mundo desde la perspectiva de la venida del Señor al final de los tiempos.  Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada, como germen de la nueva creación en Jesucristo, resulta significativa. Es una invitación a entender la inmaculada concepción de María no como un privilegio excepcional que la separa de todos los demás humanos, sino como la anticipación en Maria de la consumación de la obra divina de la salvación al final de los tiempos. A la luz de esta fiesta el artículo del Credo que confesamos sobre la vida eterna invita a una esperanza cierta, que no debe confundirse  con una utopía  que concibe a María como una reina coronada de estrellas y contrapuesta a sus súbditos o esclavos, sino como la primera redimida en la participación de la realeza de su Hijo Jesucristo.

Las tres preguntas fundamentales del hombre sabio cristiano: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?” encuentran su respuesta en esta espiritualidad que evoca la crisis profunda e irrepetible que se produjo con el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llegó a su plenitud con Jesús de Nazaret. Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada Concepción en el  tiempo de adviento, está anticipando en este mundo esa realidad final a la que tiende  aquella erupción volcánica que supuso la presencia de Jesús en este mundo cuando dijo: “he venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que arda!”, un objetivo que, a primera vista, parece ignorar todos los valores importantes de esta vida. Hoy día no resulta fácil entender ni aceptar esta concepción de la vida. Tampoco resultó fácil a las primeras generaciones cristianas aceptar y transmitir aquella actitud cristiana primitiva, que san Pablo resumió  en su famosa consigna “Vivir como si no… porque se pasa la representación de este mundo”. La obra del evangelista san Lucas refleja mejor que ningún otro escrito del N.T. cómo el problema de aquella generación cristiana fue encajar la realidad de un tiempo que se prolongaba inesperadamente distorsionando todas las expectativas tradicionales. En su lugar se fueron abriendo camino en la conciencia del hombre histórico de la tercera generación cristiana las realidades y valores terrenos. Se impuso entonces con especial pujanza el dualismo característico del Cristianismo, un dualismo que contrapone al reino supra-histórico, sobrenatural, trascendente de Jesús el mundo actual con todos sus valores terrenos.

De un modo análogo se puede hablar del sentido actual que tiene la figura de la Inmaculada  en la espiritualidad mariana después del largo esfuerzo de reflexión mariológica postconciliar. El diccionario de espiritualidad cristiana recalca a este propósito que “las formas del pasado que expresan valores marianos en términos de abandono, de imitación y dependencia, tienen escasas posibilidades de audiencia y acogida en el hombre, y menos aún, en la mujer de hoy día, que se resiste, con razón, a actuar por un acto de delegación y prefiere asumir la propia responsabilidad y salvar el propio proyecto original. La figura de María en la espiritualidad mariana actual queda así recuperada como modelo inspirador en un clima de comunión: ‘Honramos a los santos y a la bienaventurada Virgen María – decía san Ambrosio,  – no con un culto de servidumbre y sumisión sino con un honor de caridad y de sociedad fraterna, puesto que en realidad somos libres respecto a todos los demás y dependemos solo de Dios en el orden de la religión”.  En consecuencia, no es la imitación literal de cuanto realizó María, sino el aspecto central de su espiritualidad lo que debe ser asimilado. El culto mariano no debe distanciarla hasta una zona de omniperfección a medio camino entre Cristo y la Iglesia. Debe más bien considerarla – siguiendo las pautas del Vat. II -como la primera redimida que se auto-realiza en la adhesión a la Palabra de Dios, como modelo de la Iglesia peregrina de fe en un largo  y difícil proceso de maduración. Frente a la situación histórica actual de violencia institucionalizada, de miseria en tantos estratos sociales y de injustas desigualdades, la Iglesia ha tomado conciencia de que ya no es posible una actitud neutral o de alianza con los poderes opresivos. Debe, por el contrario, asumir un compromiso de liberación, de promoción humana y de realización de la utopía cristiana en este tiempo nuestro. La Inmaculada Concepción es símbolo anticipado de esta realización a la que debe tender la Iglesia hasta llegar  a  esa meta a la que nos  el tiempo de Adviento.

 

Bilbao, 8 de diciembre de 2010


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Homilía domingo 33. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1DOMINGO  33 (T.O.C.)

Ev.: Lc 21,5-19 (discurso apocalíptico)

          Toda la tradición sinóptica dedicó al tema de la Apocalíptica el último apartado de sus enseñanzas encaminadas a la comprensión cristiana de  los acontecimientos salvíficos de la Pascua. A partir de 1960 la investigación bíblica ha cultivado mucho el estudio de la Apocalíptica como clave interpretativa del Nuevo Testamento. El camino que señala la Apocalíptica para introducirnos en el misterio más profundo de nuestra fe  se opone radicalmente al fenómeno que denuncia Benedicto XVI en su obra “Caminos de Jesucristo”: “Contemporáneamente con la presencia múltiple de la figura de Jesús, hay en la cristiandad una perturbadora pérdida del significado propio de la Cristología”. El intento de recuperar al Jesús histórico con métodos histórico-críticos puros, ha puesto en riesgo el ser o no ser de la Cristología porque pasa por alto que la expresión más antigua y genuina del contenido de la fe cristiana es de carácter apocalíptico y por consiguiente las primeras fórmulas de fe cristológica no son comprensibles más que dentro de una mentalidad apocalíptica. La espera de la vuelta del Señor, la cristología del Hijo del Hombre, la llegada inminente del fin con la resurrección de todos los fieles cristianos ya difuntos (1 Thess 4,13-18; 1 Cor 15), todos estos conceptos y representaciones no se pueden comprender más que sobre un trasfondo apocalíptico. No cabe duda de que este trasfondo resulta difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, pero ilustra mejor que cualquier otra metodología de investigación histórica la gravedad de los contenidos de nuestra fe cristiana.

         Esta perspectiva apocalíptica de los evangelios se opone a dos actitudes con las que se pretende extraer el verdadero Jesús histórico a partir de los evangelios para hacer de él el motor de toda la evolución que va desde el movimiento suscitado por Jesús a la iglesia cristiana y hacer de él la clave interpretativa de nuestra época. La primera es la de quienes extraen la figura de un Jesús amable, un filántropo, cuya característica principal es su solidaridad con todos los hombres. La segunda, muy pujante en nuestros días, es – como denuncia Bornkamm- “la de quienes quieren acaparar a Jesús para hacer de él el gran revolucionario, el profeta de un mundo nuevo, el iniciador de una nueva era a la que todo lo antiguo, la palabra de Dios en la ley y en los profetas, debe ser sacrificado. Para estos hombres, obsesionados por una cierta imagen del mundo futuro, la voluntad de Dios, que siempre nos llama y nos compromete, es un estorbo que hay que rechazar. Esta imagen del mundo futuro se convierte entonces en la única ley que vale y el deber del momento es esforzarse por hacer realidad este futuro, proclamarlo y actualizarlo” (Jesús de Nazaret, 106).

         El mensaje de Jesús en los evangelios está mucho más cerca de la esperanza apocalíptica y cósmica de su tiempo. En el evangelio de Marcos Jesús habla de la irrupción próxima y repentina del día del juicio, del fin de este mundo y de las catástrofes que lo acompañan, de la venida del Hijo del Hombre, juez del mundo… De esta calidad apocalíptica participa también esencialmente la misión universal anunciada por Jesús. Sin embargo, también aquí la distancia que hay entre su mensaje y lo apocalíptico del judaísmo tardío es esencial. Jesús abandona todas las especulaciones acerca del momento final. En lugar de dar respuesta a la curiosa pregunta: “Señor, ¿cuánto tiempo queda todavía?”, Jesús responde que “a ningún hombre se le ha dado el conocer el día ni la hora”. Eso es cosa exclusiva del Padre. Ni siquiera el Hijo lo sabe (Mc 13,32).

         San Lucas fue el evangelista que, por ser historiador, tuvo que reflexionar sobre el factor tiempo en el momento histórico de su época  que fue la que comprendía la tercera generación cristiana. Para entonces habían pasado muchas cosas que tradicionalmente estaban asociadas al fin del mundo, al juicio final apocalíptico. Pero éste no llegaba. Por eso san Lucas, después de enunciar todos los signos precursores del final, introduce una serie de acontecimientos que son como signos de los tiempos y van a dar un sentido nuevo a la vida de la Iglesia. El primero es la destrucción del templo. Desde la perspectiva de san Lucas esta destrucción no es, como para san Marcos, el comienzo de los dolores del parto final, sino un signo de los tiempos que, junto con  la persecución generalizada de la Iglesia y las tensiones familiares provocadas por el Cristianismo constituyen el preludio del fin y la característica propia de la existencia cristiana como participación de la cruz del Señor. “Seréis odiosos para todos por causa de mi nombre”. Todas estas calamidades no son motivo de desesperación. Al contrario, son la señal de que el Señor está cerca. Hay que vivir de esta seguridad: “No perecerá un pelo de vuestra cabeza, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”.

          Desde esta esperanza apocalíptica digna de Abraham, quien creyó contra toda esperanza, nos introduce el evangelio en los acontecimientos estremecedores de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La confianza en ese poder de Dios da al cristiano la seguridad de que la realidad definitiva manifestada en el Hijo del Hombre que va a la cruz no la podrá destruir la corrupción como canta la Iglesia a Jesús resucitado el día de Pentecostés por boca de san  Pedro:”Pues no abandonarás mi alma al lugar de los muertos ni a tu justo le darás a ver la corrupción”. (Cfr. Hch 2,27; Ps 16,10). Pero cuando venga el Hijo del Hombre, – escribe san Lucas en otro pasaje – ¿encontrará esta fe en la tierra?

Bilbao,  17 de noviembre de 2019

DOMINGO  33 (T.O.C.)

Ev.: Lc 21,5-19 (discurso apocalíptico)

          Toda la tradición sinóptica dedicó al tema de la Apocalíptica el último apartado de sus enseñanzas encaminadas a la comprensión cristiana de  los acontecimientos salvíficos de la Pascua. A partir de 1960 la investigación bíblica ha cultivado mucho el estudio de la Apocalíptica como clave interpretativa del Nuevo Testamento. El camino que señala la Apocalíptica para introducirnos en el misterio más profundo de nuestra fe  se opone radicalmente al fenómeno que denuncia Benedicto XVI en su obra “Caminos de Jesucristo”: “Contemporáneamente con la presencia múltiple de la figura de Jesús, hay en la cristiandad una perturbadora pérdida del significado propio de la Cristología”. El intento de recuperar al Jesús histórico con métodos histórico-críticos puros, ha puesto en riesgo el ser o no ser de la Cristología porque pasa por alto que la expresión más antigua y genuina del contenido de la fe cristiana es de carácter apocalíptico y por consiguiente las primeras fórmulas de fe cristológica no son comprensibles más que dentro de una mentalidad apocalíptica. La espera de la vuelta del Señor, la cristología del Hijo del Hombre, la llegada inminente del fin con la resurrección de todos los fieles cristianos ya difuntos (1 Thess 4,13-18; 1 Cor 15), todos estos conceptos y representaciones no se pueden comprender más que sobre un trasfondo apocalíptico. No cabe duda de que este trasfondo resulta difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, pero ilustra mejor que cualquier otra metodología de investigación histórica la gravedad de los contenidos de nuestra fe cristiana.

         Esta perspectiva apocalíptica de los evangelios se opone a dos actitudes con las que se pretende extraer el verdadero Jesús histórico a partir de los evangelios para hacer de él el motor de toda la evolución que va desde el movimiento suscitado por Jesús a la iglesia cristiana y hacer de él la clave interpretativa de nuestra época. La primera es la de quienes extraen la figura de un Jesús amable, un filántropo, cuya característica principal es su solidaridad con todos los hombres. La segunda, muy pujante en nuestros días, es – como denuncia Bornkamm- “la de quienes quieren acaparar a Jesús para hacer de él el gran revolucionario, el profeta de un mundo nuevo, el iniciador de una nueva era a la que todo lo antiguo, la palabra de Dios en la ley y en los profetas, debe ser sacrificado. Para estos hombres, obsesionados por una cierta imagen del mundo futuro, la voluntad de Dios, que siempre nos llama y nos compromete, es un estorbo que hay que rechazar. Esta imagen del mundo futuro se convierte entonces en la única ley que vale y el deber del momento es esforzarse por hacer realidad este futuro, proclamarlo y actualizarlo” (Jesús de Nazaret, 106).

         El mensaje de Jesús en los evangelios está mucho más cerca de la esperanza apocalíptica y cósmica de su tiempo. En el evangelio de Marcos Jesús habla de la irrupción próxima y repentina del día del juicio, del fin de este mundo y de las catástrofes que lo acompañan, de la venida del Hijo del Hombre, juez del mundo… De esta calidad apocalíptica participa también esencialmente la misión universal anunciada por Jesús. Sin embargo, también aquí la distancia que hay entre su mensaje y lo apocalíptico del judaísmo tardío es esencial. Jesús abandona todas las especulaciones acerca del momento final. En lugar de dar respuesta a la curiosa pregunta: “Señor, ¿cuánto tiempo queda todavía?”, Jesús responde que “a ningún hombre se le ha dado el conocer el día ni la hora”. Eso es cosa exclusiva del Padre. Ni siquiera el Hijo lo sabe (Mc 13,32).

         San Lucas fue el evangelista que, por ser historiador, tuvo que reflexionar sobre el factor tiempo en el momento histórico de su época  que fue la que comprendía la tercera generación cristiana. Para entonces habían pasado muchas cosas que tradicionalmente estaban asociadas al fin del mundo, al juicio final apocalíptico. Pero éste no llegaba. Por eso san Lucas, después de enunciar todos los signos precursores del final, introduce una serie de acontecimientos que son como signos de los tiempos y van a dar un sentido nuevo a la vida de la Iglesia. El primero es la destrucción del templo. Desde la perspectiva de san Lucas esta destrucción no es, como para san Marcos, el comienzo de los dolores del parto final, sino un signo de los tiempos que, junto con  la persecución generalizada de la Iglesia y las tensiones familiares provocadas por el Cristianismo constituyen el preludio del fin y la característica propia de la existencia cristiana como participación de la cruz del Señor. “Seréis odiosos para todos por causa de mi nombre”. Todas estas calamidades no son motivo de desesperación. Al contrario, son la señal de que el Señor está cerca. Hay que vivir de esta seguridad: “No perecerá un pelo de vuestra cabeza, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”.

          Desde esta esperanza apocalíptica digna de Abraham, quien creyó contra toda esperanza, nos introduce el evangelio en los acontecimientos estremecedores de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La confianza en ese poder de Dios da al cristiano la seguridad de que la realidad definitiva manifestada en el Hijo del Hombre que va a la cruz no la podrá destruir la corrupción como canta la Iglesia a Jesús resucitado el día de Pentecostés por boca de san  Pedro:”Pues no abandonarás mi alma al lugar de los muertos ni a tu justo le darás a ver la corrupción”. (Cfr. Hch 2,27; Ps 16,10). Pero cuando venga el Hijo del Hombre, – escribe san Lucas en otro pasaje – ¿encontrará esta fe en la tierra?

Bilbao,  17 de noviembre de 2019

 

Domingo 32, homilía de J.A. Jáuregui S.J.

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iglesia1DOMINGO 32 T.O.C.

Ev.: Lc 20,27-38: Resurrección (objeción saducea)

A lo largo de la lectura de los fragmentos evangélicos del ciclo litúrgico Jesús va sellando, con su autoridad de único Maestro, las soluciones que da a las preguntas más acuciantes de la Iglesia antigua. En la lectura de hoy unos saduceos plantean a Jesús una pregunta capciosa sobre un tema crucial de la fe cristiana: la resurrección final de los muertos. San Pablo aborda este tema en la 1ª carta a los Corintios: “¿Cómo es que algunos dicen que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no vive resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. Por consiguiente, también los que durmieron en Cristo perecieron. Si estamos esperando en Cristo sólo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todos los hombres”.

El evangelio de hoy escenifica dentro del cuadro de la vida de Jesús la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de la resurrección de los muertos al hilo de una pregunta capciosa de los saduceos. San Lucas menciona a los saduceos solamente en este pasaje de su evangelio. Lo hace también al comienzo y a final de los Hechos de los Apóstoles. Los presenta como adversarios decididos de la resurrección. La pregunta de los saduceos menciona una anécdota que se apoya en la ley del Levirato. Esta ley estipulaba que un cuñado debía casarse con su cuñada cuando ésta perdía a su marido sin que hubiera dejado descendencia masculina (Deut 25,5-10). Una ley que subsistía con toda su fuerza en tiempos de Jesús, si bien fue cayendo en desuso. La ley del Levirato no pretendía proteger a la viuda sino asegurar una solución de recambio que pudiera ofrecer al varón una descendencia dentro del ámbito familiar.

Jesús en su respuesta no entra dentro de la casuística saducea. Va directo al fondo de la cuestión y corta de un tajo la argumentación saducea.

El matrimonio es una institución de esta vida que sirve para la reproducción de la especie. Aquí es necesario para la conservación del género humano. Pero aquellos que con la resurrección han entrado en la otra vida ya no tienen necesidad del matrimonio porque son inmortales. Y son inmortales porque su naturaleza será igual a la de los ángeles. Jesús añade una prueba de la escritura en la que ve claramente afirmada la resurrección de los muertos. Se trata del texto del libro del Exodo donde Dios se revela a Moisés en el episodio bíblico de la zarza ardiendo diciendo que es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Jesús reinterpreta el sentido de esta autorrevelación de Dios en el sentido cristiano de la resurrección: “Dios es un Dios de vivos porque para El todos están vivos”. Esta frase recalca la gran diferencia existente entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, al menos en la época más antigua. También para el A.T. Dios era un Dios de vivos, pero lo era en un sentido totalmente distinto. En el sentido de que Dios sólo se ocupa de los vivos. Según el A.T. en su versión más antigua con la muerte se interrumpe para siempre toda relación entre Dios y los hombres. Los muertos no se ocupan de Dios como tampoco Dios se ocupa de los muertos. La añadidura del evangelio “porque para Dios todos están vivos” deja en claro que todos los que están destinados a la vida eterna están en relación con Dios incluso en el período intermedio entre la muerte y la resurrección final.

Termina el evangelio con una aclamación, un coro conclusivo, compuesto por los fariseos presentes en la escena: “Maestro, has hablado bien”. Esta conclusión tiene gran importancia porque certifica no sólo la voz autorizada de Jesús como único maestro de la ley sino la fiel acogida de la Iglesia. Muchas preguntas le plantearía el piadoso pueblo de Dios a Jesús en la actualidad si estuviera presente entre nosotros.  Marcel Gauchet  lamenta la crisis de autoridad en la Iglesia de nuestros días: “Cuanto más exigentes son las recomendaciones de la Iglesia, en costumbres y comportamientos, más rechazadas son por los fieles”. Piénsese – comenta Jean Delumeau en su obra reciente sobre Cristianismo del futuro – en cómo viven los católicos las prohibiciones que conciernen a la anticoncepción, las fecundaciones in vitro, la negación de la eucaristía a los divorciados que se han vuelto a casar, etc. En cuanto a la mujer, actualmente tiene elevadas responsabilidades en la vida civil y cada vez comprenderá menos por qué la confesión romana y las iglesias ortodoxas la relegan a un status secundario. Ninguna razón teológica justifica esta exclusión. A propósito del ministerio pastoral – continúa Delumeau – me gustaría insistir en las celebraciones dominicales cuando no hay sacerdotes. Los fieles tienen derecho a la Eucaristía, que constituye la cumbre de nuestra vida religiosa por la unión íntima a Jesús y la señal más importante de la convivencia cristiana. Otras muchas cosas de palpitante actualidad denuncia la obra de Delumeau sin que se observe un eco de acogida en la Iglesia gobernante. En bioética se plantea hoy, por ejemplo, la cuestión del status del embrión. Por ahora el embrión de los primeros días sigue siendo un enigma. El proceso de la fecundación dura más de veinte horas. Existe una pérdida natural de vidas, la mayoría de las veces sin saberlo la madre. Antes del séptimo no podemos distinguir las células que formarán el embrión de las que formarán la placenta. Lo mismo que consideramos el encefalograma plano como criterio de la muerte ¿por qué no considerar la aparición de las primicias del cerebro como el comienzo de la existencia de una persona? Otras tantas cuestiones deberían disuadir de las afirmaciones demasiado categóricas sobre el momento en que el embrión llega a ser un ser sagrado y el rechazo sistemático de emplear con fines terapéuticos los embriones sobrantes no utilizados en las fecundaciones in Vitro. Muchas preguntas que necesitan una respuesta autorizada y una acogida de la base eclesial.

Bilbao  10 de noviembre de 2019


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Homilía domingo 30. Autor j.a. Jáuregui S.J.

iglesia1

 

 

DOMINGO 30 T.O.C.

Ev.: Lc 18,9-14  (Fariseo y publicano)

Esta parábola representa la piedad falsa de la Ley y la piedad justa de la misericordia de Dios que se manifiestan en la oración, en el coloquio con Dios. Las personas a las que se dirige la parábola son unos fariseos que imaginaban poder estar de pie frente a Dios y despreciaban a todos los demás, especialmente a los publicanos. La parábola presenta simultáneamente a un fariseo y a un publicano rezando en el templo. Estos dos hombres representan los dos extremos opuestos del ambiente judío desde el punto de vista religioso.

El fariseo es el prototipo de la dedicación completa a la Ley, la norma máxima de la piedad y de la moral judías. Los publicanos  son los recaudadores que cobran los impuestos de las mercancías y derechos de tránsito en las calzadas importantes, puentes o puertas de algunas ciudades. Pero no hay que confundir a los grandes recaudadores o “jefes de publicanos” que han logrado el control de estos peajes y derechos de aduanas con sus esclavos y subordinados que se sientan en los puestos de cobro. Estos “publicanos” constituyen un colectivo formado por gentes despreciadas, que no han podido encontrar un medio mejor de subsistencia. Su  trabajo era considerado como una actividad propia de ladrones y gente poco honesta. A veces eran esclavos. Constituían un grupo de pecadores desprestigiado socialmente. El publicano de la parábola representa a la clase más baja de la sociedad judía, la más alejada de los ideales religiosos y éticos de la nación.

La oración con la que ambos hablan a Dios sale del corazón. La oración del fariseo es la que tiene que hacer todo fariseo cuando entra en el templo siguiendo punto por punto el alegato de inocencia enunciado en el salmo 26: “Hazme justicia, Señor, pues he procedido con rectitud… Sondéame, Señor, pues tengo siempre presente tu amor y procedo conforme a tu verdad. No me siento entre los falsos ni ando con mentirosos; odio al grupo de los perversos y no me siento con los malvados… Yo he procedido con rectitud, sálvame y ten piedad de mí. Mis pies se mantienen en el camino recto”.

         Recitar este salmo  era condición para que el fariseo pudiera entrar en el templo, según las normas rituales vigentes. El fariseo se siente sinceramente justo y no tiene necesidad de pedir al Señor que le perdone culpa alguna. Que Jesús no pretende hacer una caricatura ridícula de la piedad del fariseo lo demuestra la oración del rabino Nejunyá ben Hakaná, de una generación más reciente: “Te doy gracias, Señor, Dios mío, por haberme puesto entre aquellos que se sientan en la escuela y no entre los que se sientan en los ángulos de las calles. Yo estoy pronto a obrar conforme a la palabra de la Ley, y ellos están prontos a hacer cosas que nada valen. Yo me fatigo y ellos también se fatigan pero no son remunerados. Yo corro y ellos también corren pero hacia la fosa de la gehenna”. El dictamen de Jesús sobre este tipo de oración es sumamente riguroso: “Os aseguro que no bajó a casa justificado”. El defecto más grave que la parábola pretende criticar es que al fariseo le falta por completo la conciencia de ser él también un pecador como los otros. El fariseo, a pesar de su autocomplacencia, no estaba en situación de poder exigir nada a Dios. Dependía, igual que los demás pecadores, de la misericordia de Dios. La parábola de Jesús nos enseña que se ha acabado ya el tiempo de la economía de la Ley. En su lugar ha entrado en vigor la que enuncia san Pablo en la carta a los Romanos (11,32): “Dios ha querido encerrar a todos en el pecado para salvarnos por su misericordia”.  Ahora estamos en la economía de la gracia. La justificación del publicano, como la del hijo pródigo, puede provocar la impresión engañosa de ser una fácil amnistía, como si “un Dios sin ira condujera a unas personas sin pecado hacia un reino sin juicio mediante un Cristo sin cruz”.

La parábola, situada estratégicamente en el camino que recorre Jesús de Galilea a Jerusalén, para morir en la cruz por el pecado de la humanidad, nos orienta hacia la escena del Gólgota donde el buen ladrón, arrepentido de sus pecados, reconoce la realeza de Jesús en la cruz y recibe la promesa: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Muchos hombres y mujeres actuales, conscientes de su rectitud ética, no aceptan tener que reconocerse pecadores en cuanto entran en el templo para celebrar la eucaristía. Pero, en contra de lo que hoy gusta oír y también leer en algunas publicaciones recientes, Jesús, como Juan Bautista antes que él, inició la predicación sobre la venida del Reino de Dios con una invitación al arrepentimiento. Fe y arrepentimiento son los presupuestos para entrar en el Reino de Dios. Tal invitación va dirigida a todo el pueblo judío y no sólo a los pecadores públicos. Lo cual significa que todos son pecadores. Es verdad que hay palabras de Jesús en el evangelio que admiten la existencia de justos y pecadores. Dice Jesús de sí mismo que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Mc 2,17) y en la parábola de la oveja perdida un pecador se opone a  99 justos que no necesitan penitencia. Pero esta distinción es un tanto relativa como lo vemos en la parábola de hoy. También en otro pasaje dice Jesús de modo bien claro al fariseo Simón que también el justo es deudor a los ojos de Dios (Lc 7,40-43). De la áspera crítica que Jesús hace de la piedad farisaica se desprende que es insuficiente, que carece de valor a los ojos de Dios y que es una abominación en su presencia.  La parábola de hoy nos enseña la polaridad del concepto cristiano de Dios. El es a la vez santidad absoluta y por ende el Señor y el juez inexorable; pero es también el amor absoluto, el Padre bueno que incluso en el pecador más depravado reconoce todavía a su hijo y lo acoge en su gracia con tal de que se convierta.

Bilbao, 27 de octubre de 2019


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Domingo 28: homilía de J.A.Jáuregui S.J.

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DOMINGO 28 T.O.C.

Ev.: Lc 17,11-19 (Diez leprosos)

 

Desde el domingo 18 de este ciclo C hemos tenido ocasión de leer y escuchar una selección de parábolas de Jesús. Se descubre en todas ellas la orientación de la predicación de Jesús hacia el Reino de Dios. En la presentación lucana de las parábolas destaca la idea de que el Reino de Dios está presente entre nosotros con la persona de Jesús, como lo dice expresamente a continuación del fragmento evangélico que acabamos de escuchar (“Mirad, el Reino de Dios está entre vosotros”). Y también en otro pasaje dice: “Porque, si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es  que el Reino de Dios ha llegado hasta vosotros” (Lc 11,20). Las parábolas remiten al Reino de Dios, pero en la misma medida remiten también a la verdadera imagen del Reino que es la persona de Jesús. En el fondo de todas sus enseñanzas – del buen samaritano, del pastor que busca la oveja perdida, del padre del hijo pródigo, del pobre Lázaro –  se adivina  la actitud de Jesús con los enfermos, con los oprimidos por el mal, con los pobres y con los pecadores. Jesús no es solamente el gran poeta de la misericordia de Dios que fascina por la  facilidad con que enlaza en sus parábolas las vivencias más cotidianas de la vida real de sus oyentes con el mundo religioso de la  manifestación del Reino de Dios. La misericordia de Dios desborda los límites de una bella teoría enriquecida por las brillantes parábolas. Es una realidad fascinante. Por la presencia y la palabra imperiosa de Jesús los enfermos recuperan la salud, los poseídos del demonio son rescatados de su mundo de dolor, de aislamiento y de tinieblas e integrados en una sociedad nueva, sana y fraterna por la salvación que trae su persona.

Todo este cambio prodigioso alumbrado por la irrupción del Reino de Dios en la persona y la actividad de Jesús se plasma en el episodio de la curación de los diez leprosos. La tragedia de estos enfermos no consistía tanto en el mal que desgarra físicamente el cuerpo cuanto en la vergüenza y humillación de sentirse seres sucios y repulsivos a los que todos rehuían. Su verdadero drama consistía en no poder casarse ni tener hijos, ni participar en las fiestas y peregrinaciones, en vivir condenados a la separación y al ostracismo. Pero sobre todo les preocupaba el carácter religioso de la enfermedad. Según la mentalidad semita, Dios, mucho más a fondo que cualquier otro factor de carácter biológico, está en el origen de la salud y de la enfermedad. Por eso los israelitas entienden que una vida fuerte y vigorosa es una vida bendecida por Dios; y a su vez, una vida enferma, lisiada o mutilada es una maldición. El mismo ambiente de la formación del Nuevo Testamento se hace eco de esta mentalidad. “Rabbí, ¿quién pecó éste o sus padres para que naciera ciego?”, preguntan los discípulos a Jesús en la escena del ciego de nacimiento en el evangelio según san Juan (9,2). Si bien Jesús corrigió claramente esta mentalidad tanto en este pasaje del ciego de nacimiento como en el caso de la enfermedad de Lázaro (Jn 11,4), lo cierto es que los leprosos vivían separados de la comunidad no por temor al contagio sino porque eran considerados impuros. La prescripción del Levítico era cruel: “El afectado por la lepra irá gritando: “Impuro, impuro”. Todo el tiempo que le dure la llaga quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado” (Lev 13,45-46).

El signo conmovedor – escandaloso para muchos – de la llegada del  Reino de Dios es que Jesús se dedica a ellos antes que a nadie. Se acerca a los que se consideran abandonados por Dios, se acerca  a estos diez leprosos y los envía a los sacerdotes para curarlos e integrarlos en el pueblo de Dios. Y cuando iban de camino quedaron limpios.  Estos tienen que ser los primeros en experimentar la misericordia del Padre y la llegada de su Reino. Su curación es la mejor prueba para que todos comprendan que Dios es, antes que nada, el Dios de los que sufren el desamparo y la exclusión.

Pero el evangelista añade un dato muy intencionado: “Uno de ellos, viendo que se habían curado, se volvió alabando a Dios con grandes gritos y cayó de cara ante los pies de él, dándole gracias. Y éste  era samaritano”. Lucas se preocupa también de que no se acabe el relato sin una frase de Jesús a este samaritano: “Levántate y vete”, en segunda persona, para subrayar después la relación entre la fe y el milagro, así como la realidad más que física ofrecida por Jesús al curado. Mientras los otros nueve han sido curados e integrados en la comunidad de la Ley, en este samaritano es la fe, es decir, la confianza en el poder divino de Jesús, la que, más allá de la curación física y de la reinserción en la comunidad judía, ha salvado al samaritano. Jesús invita al leproso curado a levantarse e irse: “Vete”, una frase que forma inclusión con la frase inicial de nuestro pasaje evangélico e introduce al samaritano en el camino que recorre Jesús con sus discípulos de Galilea a Jerusalén que es, por cierto, para san Lucas una prefiguración del camino que ha de recorrer la predicación cristiana desde Jerusalén por Samaría hasta los confines de la tierra. Así el samaritano curado de la lepra y salvado por la inserción en el camino de Jesús anticipa de alguna manera la conversión de Samaría al Cristianismo por obra de los apóstoles. ¿No será este milagro la realización de aquella promesa hiperbólica de Jesús a sus discípulos: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a esta morera, arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”? ¿No es la mostaza el grano diminuto que llega a ser el árbol gigantesco en el que anida toda clase de pájaros una imagen de la Iglesia en cuyo seno entran los hombres y mujeres de todas las razas? Terminemos con la petición de los discípulos a Jesús al comienzo de esta sección: “Señor, auméntanos la fe”.