Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Febrero 18: domingo primero de Cuaresma. Homilia de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

José Antonio Jáuregui S.J.

DOMINGO 1º DE CUARESMA (B)

 

Evangelio: Mc 1,12-15

 

La Iglesia nos propone este fragmento evangélico como un atrio sobrio y rico de sugerencias bíblicas que da acceso a la Cuaresma. En la primera parte aparecen dos motivos: el desierto y el Espíritu. El desierto no es un lugar geográfico. Tampoco es un lugar tétrico donde viven los malos espíritus. Por el desierto discurre el camino por donde únicamente se puede mostrar la salvación de Dios. En el desierto irrumpe el tiempo de la salvación. Jesús va al desierto impulsado por el Espíritu Santo. Pero va como señor del Espíritu, no como quien opone resistencia a la fuerza del Espíritu. El evangelista nos da a entender así que quien va al desierto impulsado por el Espíritu no puede sucumbir a las tentaciones del demonio.

Tres motivos jalonan la estancia de Jesús en el desierto: fue tentado por el diablo, durante cuarenta días, sin que san Marcos describa, como lo harán Mateo y Lucas, las tentaciones concretas que puso el diablo a Jesús.

Segundo, 2º, estaba con las fieras y 3º, los ángeles le servían. Estos tres momentos describen el futuro abierto a todos los miembros del pueblo de Dios.

La estancia pacífica de Jesús entre las fieras más que la horrible soledad expuesta a los ataques del demonio, sugiere el retorno de las circunstancias paradisíacas cuando vivían juntos en mutua armonía el hombre y la fiera; y también el tiempo final en el que sueña el profeta Isaías. El pórtico del evangelio de Mc nos señala que donde está Jesús retorna el tiempo del paraíso.

En la misma idea abunda el motivo de los ángeles sirviendo a Jesús. Recuerda los pasajes bíblicos en los que el pueblo de Dios, camino de la tierra prometida, fue tentado y humillado en el desierto, pero Dios le servía. Estamos, pues, ante una situación del tiempo final, los querubines han guardado sus espadas y sirven al Hijo de Dios en el nuevo Paraíso.

La segunda parte recoge en un sumario la actividad de Jesús heraldo del Reino de Dios y del Evangelio. Jesús proclamaba solemnemente: “Se ha cumplido el plazo; se acerca el Reino de Dios”.

Hubo gran polémica acerca de cómo ha de entenderse esa proximidad: algo inmediatamente inminente, como proximidad inmediata o como algo ya presente. Según Marxsen, “acercarse” apunta a un acontecimiento próximo, pero todavía no sucedido. Marcos pensaría en la parusía.  Haenchen, por el contrario, tiene por insostenible esta interpretación. Piensa que, de acuerdo con el tiempo ya cumplido, el reinado de Dios no sólo está cercano, sino que está realmente aquí. El reinado de Dios no se presenta como suceso cósmico con legiones de ángeles que se lanzan sobre el mundo, trompetas celestiales y tumbas abiertas, sino como comienzo encubierto que no todo ojo percibió, sino únicamente la fe. Por eso habla más adelante Marcos de su Mysterion (4,11). La consecuencia de esta tensión entre presente oculto e impulso hacia el reino de Dios cósmico que ha de consumarse pide una decisión que  comprende conversión y fe.

Se ha dicho muchas veces que el término que utiliza el evangelio para invitar a la conversión significa en griego “cambiar de opinión”. Pero todo induce a pensar que este término no debe interpretarse en el sentido profano  de la mentalidad helenística sino en el sentido de la tradición profética de volverse hacia Dios. Y esta nos hace pensar en el giro de la vida que quiere cambiar de forma radical la dirección de la vida y que incluye, por supuesto, el ámbito del pensamiento. Se trata de un cambio que debe tener repercusiones en la vida práctica. La exigencia insuperable es la fe. San Marcos pensaba en la relación personal que el creyente entabla con Jesús en la fe. A través de esta relación personalizada del Reino de Dios presente en Jesús, Marcos nos lanza siempre un reto fundamental para penetrar en la relación de tensión entre presente y futuro del Reino de Dios. Sin este descubrimiento de la presencia oculta en la fe del Reino de Dios se cae en la tentación de esperarlo todo del futuro. La Iglesia y las iglesias como representantes del Reino de Dios que revelan y descubren a éste, tienen la misión de mantener viva la conciencia simultánea de presencia del reino de Dios y de su espera, una espera que en muchas ocasiones ha de ser semejante a la del Abraham que esperó contra toda esperanza y por eso Dios le bendijo cumpliendo en él la promesa fundante el pueblo de Dios. Una actitud que empalma perfectamente con la tradición bíblica más genuina. La Biblia – afirmaba Ernst Bloch – es una enciclopedia de utopías. Como dice Eduardo Galeano “La esperanza está ahí, en el horizonte. Doy dos pasos y ella retrocede dos pasos. Avanza diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo avance, nunca lo alcanzaré”. Esta actitud se realiza plenamente en la versión que san Marcos nos da de la venida del Reino de Dios en el evangelio de hoy. Por más que nos empeñemos en enterrar esta dimensión intrínseca del Cristianismo, nuestra intención será en vano. La utopía del Reino jamás se da por vencida. Sin ese futuro utópico inminente del Reino de Dios predicado por Jesús cae por su base todo el sentido de la vida cristiana.  ¿Para qué sirve la utopía”?, se pregunta Eduardo Galeano. Y él mismo se responde: “Para caminar”.

Bilbao, 18 de febrero de 2018

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Homilía para el domingo 11 de febrero. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

 

 

José Antonio Jáuregui S.J.

DOMINGO 6 T.O.B.

 

Lev 13,1.2.44-46; Mc 1,40-45

La primera lectura está sacada del libro del Levítico. Este libro dedica cinco largos capítulos, del 11 al 15, a describir las distintas impurezas y los ritos de purificación. Según las leyes de impureza del Levítico era impuro todo lo relacionado con la muerte, con el sexo; se consideraban impuras las personas afectadas por enfermedades de la piel. Había también animales impuros, como los cerdos, las serpientes. Las personas que contraían impureza legal no podían participar en las celebraciones religiosas. Se daba el nombre de lepra a todas las enfermedades relacionadas con la piel. Pero no sólo era impuro el que padecía una enfermedad de la piel. Lo era también cualquiera que entrara en contacto con él de cualquier manera.

En el caso de los leprosos estaba prescrito que tenían que vivir fuera de los pueblos y ciudades. Si se acercaban a un lugar habitado o se  iban a cruzar con alguien por el camino estaban obligados a gritar su impureza desde lejos. Si tal vez en el comienzo de estas normas estuvo una precaución higiénica o médica, la práctica legal había pasado a ser una marginación social justificada con argumentos religiosos.

El leproso del evangelio, por el mero hecho de acercarse a Jesús, estaba ya violando la ley, que le impedía relacionarse con los demás aun para  buscar su salud. Más aún, Jesús, permitiéndole acercarse a él y tocándolo, también violó la ley, según la cual, en ese mismo instante quedaba contaminado de impureza. Lo que sucedió, sin embargo, fue exactamente lo contrario de lo que prescribía la ley: el leproso quedó limpio, quedó curado de la lepra. El amor infinito de Jesús hacia aquel pobre infeliz marginado de la sociedad y, por consiguiente, del pueblo de Dios, libró de la enfermedad y de la marginación social al leproso, reintegrándolo en el pueblo de los elegidos del Señor. El amor de Jesús superó a la ley y Jesús quitó a la enfermedad el estigma de castigo divino. El gesto simbólico de Jesús viene a ser así una denuncia ejemplar de una religión que apartaba de su propio pueblo a los hijos de Dios   más necesitados de solidaridad y de ternura. Y encima atribuían a Dios, autor de la ley, la causa justificante de tal marginación.

El leproso de este evangelio forma pareja con el endemoniado de la sinagoga; su impureza con el influjo del mal espíritu. Tal emparejamiento responde a la mentalidad antigua, según la cual las enfermedades se atribuían al influjo de fuerzas demoníacas. Pero el evangelista va más allá. Según el A.T. cualquier impureza y la unión con Dios se oponen diametralmente. La impureza separa de Dios. La impureza se debe a faltas de orden moral (Lev 18) o a idolatría (Jer 2,7s.). El leproso es impuro lo mismo que un muerto. Ambos quedaban excluidos de la sociedad de los vivientes y de la comunidad cúltica de Dios.

Sobre este trasfondo del A.T. se ve claro que el hombre impuro, tocado por la lepra en esta historia evangélica posee un alto valor simbólico: representa al hombre pecador separado de Dios. Cuando pide a Jesús que le limpie le está pidiendo la reconciliación con Dios, le está pidiendo que le admita en la comunidad cúltica de Dios. El leproso es, por tanto,  una muestra ejemplar de los enfermos, de los endemoniados, de los perdidos que Jesús ha venido a curar, a liberar, a salvar. Este ejemplo del evangelio está describiendo la impureza general del hombre. Esta impureza no consiste en faltas morales, si bien la perdición del hombre puede ir acompañada de tales faltas. Consiste más bien en que el hombre está separado de Dios. Esta separación, cualquiera que sea su causa, sitúa al hombre, por vivo que esté, en la región de los muertos.

Este hombre se dirige a Jesús esperando de él la purificación. Aunque no menciona la palabra fe, el evangelista describe la conducta del leproso como la de un creyente que se dirige suplicante, humilde y confiado a Jesús. Jesús le toca con su mano. Este gesto, habitual en todas las curaciones de Jesús, reviste un sentido especial en este caso particular porque el leproso forma parte de los intocables. La mano extendida de Jesús tocando al leproso significa que su ruego ha sido escuchado y su impureza ha sido limpiada. El resultado es la reconciliación con Dios.  Dios le concede la comunión con El. Dios, el puro y santo, toca al impuro sin contaminarse de su impureza  y santificándolo.

Finalmente, Jesús confirma la confianza del creyente asumiendo en sus palabras el ruego del leproso: “Quiero, sé limpio”. Las palabras de Jesús son un eco de la petición del leproso:“Si quieres, puedes limpiarme”. Esto responde a la concepción de salvación del evangelista como aparece expresamente en otros pasajes del segundo evangelio: “Tu fe te ha salvado”. Lo cual quiere decir que la fe no es una mera condición para la salvación sino que es la salvación misma.

Jesús manda al leproso que se presente ante el sacerdote “para que conste”, dice el evangelio. Es muy discutido el sentido de esta expresión. No lo manda para que conste la realidad del milagro. Debe constar más bien que la economía basada en la fe en Jesús suplanta a la ley antigua que esclaviza y aparta de la comunidad salvífica a los que Jesús ha venido a salvar. Esto quiere Jesús que conste de una vez por todas. Y sin embargo en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia existen aún casos clamorosos de marginación. Y lo que es peor, muchos de estos casos se siguen justificando en nombre de Dios No es el momento de explicitar casos que están en el ánimo de todos y proclaman que la rígida aplicación de la ley se pone por encima de la única ley válida que es el mandamiento del amor.

Bilbao 11 de febrero de 2018


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Febrero 4, domingo. Homilía. Autor J.A. Jáuregui S.J.

 

 

DOMINGO QUINTO TOB  José Antonio Jáuregui S.J.

Ev.: Mc 1,29-39

El evangelio de hoy nos presenta en términos sumamente concisos y con una gran sencillez una curación milagrosa de Jesús. Esta se realiza sin los métodos mágicos utilizados habitualmente en los ambientes hebreos. Hasta que Jesús llega a la casa de Pedro no le cuentan nada de la enfermedad de la suegra. La curación sobreviene, como en todos los milagros de Jesús, de una forma súbita, no poco a poco. Nada más curada, la suegra de Pedro puede ponerse a servir a los huéspedes.

Casi en cada domingo de este ciclo B nos vamos a enfrentar con un milagro de Jesús. En este evangelio según san Marcos, en contraste con los de san Mateo y san Lucas, se cuentan sólo unos pocos discursos. En cambio los milagros resaltan con mucha más fuerza y precisamente como prueba de su dignidad mesiánica y de su filiación divina. Estos milagros consisten en curaciones de enfermedades de todo género, expulsiones de demonios, resurrecciones de muertos y prodigios sobre la naturaleza.

Esto da pie a detenernos una vez más en el sentido de los milagros en la tradición evangélica. Según los cuatro evangelios y en general según la tradición del Nuevo Testamento los milagros forman una parte tan esencial de la actividad pública de Jesús que, por más esfuerzos que se han hecho en la historia de la exégesis, resulta imposible explicarlos como creaciones de la fe de la comunidad cristiana primitiva y del influjo de otras historias milagrosas judaicas o helenísticas. De toda esta investigación se desprende que es imposible  que haya existido jamás una tradición sobre un Jesús sin milagros. Se ha afirmado con razón que: “O bien conocemos a Jesús como obrador de milagros o no lo conocemos en absoluto”.

No puede ser casual que los evangelios refieran milagros solamente de Jesús y no de Juan el Bautista. Tampoco son honrados como obradores de milagros los grandes rabinos del tiempo de Jesús. Lo que cuenta la Mishna como un don particular de hombres santos del ambiente hebreo es que su oración era escuchada. Lo característico de Jesús, en cambio,  es que él obraba milagros. Su actividad didáctica y sus milagros constituyen, según toda la tradición evangélica, una unidad indisoluble: “Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias”.

Los intentos de explicar estos relatos milagrosos naturalmente, o sea, mediante la psicoterapia, alegando el efecto espiritual que irradiaba de la extraordinaria personalidad de Jesús sobre el enfermo y rechazando todo lo demás que no puede ser explicado como formación legendaria tardía o como derivaciones del espíritu helenista, no se sostienen de pie si se  tiene en cuenta la naturaleza de algunas enfermedades mencionadas en los evangelios que no pueden ser curadas por sugestión, como la lepra, y en particular aquellas que se realizan a distancia.

Si la fe de aquel que va a ser curado aparece muchas veces como una condición preliminar del milagro, no se debe confundirla con una disposición psíquica de forma que el milagro pudiera explicarse desde un punto de vista psiquiátrico. Se ve esto claro en aquellos casos en que entra la fe de los otros en lugar de la fe del enfermo y en otros muchos casos en los que no se menciona para nada la fe del enfermo, como sucede en el evangelio de hoy con la suegra de Pedro.

Jesús nunca ha hecho uso del método curativo de la sugestión. No curó a los enfermos por medio de oraciones ni pronunciando fórmulas mágicas, sino mediante la fuerza de su palabra, como un simple acto de la voluntad. Por eso, el contacto – como en el evangelio de hoy – o la imposición de las manos o incluso el uso de medios externos, como el uso de la saliva con el ciego del camino, no tienen la finalidad de practicar una sugestión  capaz de provocar la curación.

Sin embargo, es verdad que sus milagros presuponen una fe en su misión y en su autoridad. Donde falla esta fe, como en su pueblo Nazaret, Jesús no puede operar milagros. A los fariseos que obstinadamente rechazan la fe en él, declarando que sus milagros son obra de Beelzebub, Jesús niega un signo del cielo. Jesús exige la fe para sus milagros lo mismo que para la predicación. Estos dos aspectos de su actividad salvífica forman una unidad indisoluble y tienen la finalidad de llevar a los hombres a Dios. Pero no se trata de una finalidad de coacción necesaria. Quienes no creían no eran arrastrados a creer en virtud de los milagros. El hecho de que la mayor parte de los israelitas, se negaran a creer en Jesús, que el estupor ante los milagros de Jesús no fuera un preámbulo para la fe, fue culpa de los israelitas obstinados. Ya en este evangelio de hoy colocado en el primer capítulo comienza a abrirse el gran abismo que separa a Jesús del pueblo, un abismo en el que naufragará la misión de Jesús en su relación con Israel.

Ya desde este primer capítulo se pone en evidencia cómo la misión propia de Jesús es anunciar el Reino. Los milagros forman parte ciertamente de su misión, pero están subordinados a la predicación porque sirven en primer lugar para acreditar su Palabra.

En la segunda lectura se nos presenta una breve autobiografía de Pablo.  Se presenta ante nosotros como modelo. Por sus cartas no nos consta que hiciera ningún milagro. Pero ha imitado a Jesús en lo más substancial: ha ido por todas partes a predicar el evangelio; más aún, ha hecho más viajes y más largos que Jesús. Una inquietud angustia su vida: “Ay de mí si no anuncio el evangelio”. Predicar el evangelio es para Pablo un encargo que le ha sido confiado. Por causa del evangelio, Pablo, siendo libre, se hizo esclavo de todos para ganar a los más posibles. “Me hice débil con los débiles… me hice todo a todos para salvar como sea a algunos”. Imitémosle. Así sea.

Bilbao, 4 de febrero de 2018-01-03


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Homilía para el domingo 28 de enero. Autor: J.A. Jáuregui

DOMINGO 4 T.O.B. José Antonio Jáuregui S.J.

Ev.: Mc 1,21-28

Cuando comienza el tiempo ordinario del ciclo B correspondiente al evangelio según san Marcos hay que abordar el tema de los milagros dada la cantidad de relatos milagrosos que contiene este evangelio. Ante todo no se puede pasar por alto la gran diferencia existente entre la fuerza de prueba apologética atribuida a los milagros actualmente y en tiempos del evangelista. El hombre de la antigüedad no veía en el milagro una prueba a favor del mundo de lo divino o de lo demoníaco porque dentro de su mentalidad estas fuerzas sobrenaturales eran algo sobreentendido y evidente. El hombre de nuestro tiempo, por el contrario, se siente fácilmente tentado a asociar el problema de la existencia de Dios con el problema de la realidad de los milagros. Entonces los milagros vienen a ser una demostración de la existencia de Dios y, por cierto, una demostración altamente peligrosa porque entonces se hace depender la fe en Dios de la credibilidad de los milagros. Por eso es de todo punto necesario evitar la explicación de los milagros del evangelio según Marcos como pruebas de la existencia de Dios. La homilía dominical debe descubrir y explicar la intención de evangelista por medio del análisis del texto.

La expresión “al sábado siguiente” no pretende fijar una fecha concreta de la vida de Jesús. El evangelista sugiere que empieza un día nuevo cubierto por los acontecimientos que se dispone a narrar en este pasaje evangélico. Bien entendido que la intención del evangelista no es contarnos las memorias de un testigo ocular – como podría ser san Pedro, por ejemplo – sino describir de una forma ejemplar la irrupción del día del Señor: el día de Dios que ilumina a todos los hombres. Viene a decirnos esta escena que Jesús pasó haciendo el bien y actuando de esta manera todos los días de su vida pública. Este día ejemplar que irrumpe con la actuación de Jesús, por medio de un exorcismo,  pone fin a la noche que aliena al hombre que siempre está girando en torno a sí mismo.

El punto culminante hacia el que tiende todo el relato está en la unión íntima entre la enseñanza y la acción milagrosa de Jesús. Este conjunto de enseñanza y milagro nos da la clave para entender todo el evangelio según san Marcos. En la concepción de este evangelista la palabra de Jesús ha de entenderse como una acción milagrosa y, a su vez, la acción milagrosa como la palabra de Jesús. Esto se puede observar en el vocabulario que utiliza el evangelista. Dice de Jesús que “hablaba con autoridad”.  El término “autoridad” equivalente a “poder divino”, es propio del milagro. Pero el evangelista lo aplica a la palabra de predicación de Jesús. Que “hablaba con autoridad” no quiere decir que hablaba de una manera especial, que imponía un respeto. De hecho Jesús pronuncia un discurso habitual en la liturgia de la sinagoga. Tampoco sorprende a los oyentes por una forma nueva de pronunciar la lengua o las palabras del lenguaje. La autoridad de Jesús no se manifiesta en la calidad solemne de su retórica ni en el arte fascinante de hablar que cautiva a los oyentes. La autoridad, el poder divino se atribuye expresamente a la novedad de su enseñanza. Esto no quiere decir que Jesús, a diferencia de los escribas y fariseos, pasara por alto la interpretación de las antiguas escrituras, sino que Jesús predicó algo nuevo proféticamente. La novedad de la enseñanza de Jesús a la que va unida la autoridad, el poder divino, se refiere sencillamente al elevado valor de la información que aporta la predicación de Jesús gracias a la cual quedaron saciadas la curiosidad y el ansia de saber. Esto era lo que estremecía y ponía fuera de sí a los oyentes. La reacción de los oyentes de Jesús que detectan algo nuevo expresado con autoridad demuestra que Jesús no habló sobre Dios, ni sobre el Mesías o sobre el hombre y el mundo. Lo nuevo radicaba en que Jesús interpelaba con la autoridad de la palabra de Dios al hombre en su circunstancia concreta de forma tan eficaz que hacía al oyente salir de sí mismo. Lo sorprendente de la enseñanza autoritativa de Jesús es la misma sorpresa que provoca en el hombre el encuentro con lo divino que le exige una obediencia radical. Jesús se impone contra el hombre por su palabra. Por eso se asustan los hombres que le escuchan. Lo cual quiere decir que, a la luz de la palabra de Jesús, los hombres se asustan de sí mismos al verse iluminados por la palabra de Jesús. La enseñanza “nueva” de Jesús hace a Dios tan manifiesto que el hombre que la escucha se entiende de pronto a sí mismo de una manera totalmente nueva.

El hombre poseído por el espíritu inmundo viene a ser un ejemplo del hombre en general necesitado de la ayuda de Jesús. La forma plural en que se expresa el portavoz del demonio: ¿Qué tenemos en común tú y nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros? indica que en este caso único y excepcional se dirime de modo ejemplar la lucha de Jesús contra el mal. Jesús ha venido a destruir el mal. La lucha entre las fuerzas del mal y el Reino de Dios presente en Jesús se realiza en esta realidad de la vida en la que el hombre está inmediatamente implicado. Aunque los términos del exorcismo son míticos, la realidad descrita es una lucha histórica. Lo pone de relieve el evangelista subrayando que el maligno no posee por sí mismo la fuerza para imponer el mal. Su poder se hace eficaz cuando el hombre le deja entrar en su vida. A San Agustín, tantos años poseído por el poder del maligno, la fuerza de  la palabra de Jesús le hizo salir de sí mismo y llegó a describir así su vida cotidiana: “Sostener a los débiles, refutar a los adversarios, moderar a los ambiciosos, animar a los desalentados, apaciguar a los contendientes, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, mostrar aprobación a los buenos, tolerar a los malos y (¡pobre de mí!) amar  a todos”. Así se realiza el triunfo de Jesús sobre el mal.

Bilbao, 28 de enero de 2018


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Perú: la última misa del Papa. Comentario-resumen

“Aquí está el antídoto contra la globalización de la indiferencia”

La última misa del Papa en Perú antes de volver a Roma: nuestras ciudades están llenas de “sobrantes urbanos” descartados. “Jesús sigue caminando por nuestras calles para volver a encender la esperanza que nos libra de conexiones vacías”
AFP

El Papa en la misa en la base aérea de las La Palmas de Lima

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Pubblicato il 21/01/2018
Ultima modifica il 21/01/2018 alle ore 23:19
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A LIMA

Hay un antídoto contra la “globalización de la indiferencia” que vivimos en nuestras ciudades, siempre llenas de “sobrantes urbanos”, de hombres, mujeres y también muchos niños descartados. Es Jesús que, “suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión”, abre los ojos a quien lo encuentra como los abrió a los primeros discípulos para que “aprendan a mirar la realidad a la manera divina”. Este es el mensaje que Francisco deja al millón de feligreses presentes en la misa en la base aérea de las La Palmas de Lima. Es el último acto de su visita antes de embarcarse en el vuelo que lo llevará de vuelta a Roma, donde está previsto que aterrice pasadas las dos de la tarde del lunes 22 de junio de 2018.

 

El Papa celebra la misa bajo una estructura en forma de gran tienda; con él concelebran el cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston – quien ayer expresó posiciones críticas sobre las declaraciones de Francisco sobre el caso del obispo chileno Juan Barros – y otros 60 obispos del Perú. El acceso a la zona fue abierto desde la media noche, la gente espera al Papa desde la noche anterior, a pesar del clima bastante húmedo con 23 grados de temperatura. Según las autoridades hay un millón y 300 mil personas.

 

En la homilía Francisco recuerda que Dios “quiere estar siempre con nosotros”, en Lima “o en donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles. Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro”.

 

Pero en las ciudades en las que vivimos, “las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos, de zafar”. Mirando la realidad que nos rodea, continúa Bergoglio, razones no nos faltan. Son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos” que “están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna”. Y “duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro”.

 

Viendo todo esto, podemos buscar “un espacio de huida y desconfianza. Un espacio para la indiferencia, que nos transforma en anónimos y sordos ante los demás, nos convierte en seres impersonales de corazón cauterizado y, con esta actitud, lastimamos el alma del pueblo”. Pero Francisco, citando al predecesor Benedicto XVI, recuerda que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana”.

 

Jesús, explica el Papa, como reacción a la injusticia de San Juan Bautista, “entra en la ciudad, entra en Galilea y comienza desde ese pequeño pueblo a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros. Ha llegado hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia. Porque ante ese Amor, no se puede permanecer indiferentes”.

 

El Nazareno “invitó a sus discípulos a vivir hoy lo que tiene sabor a eternidad: el amor a Dios y al prójimo; y lo hace de la única manera que lo puede hacer, a la manera divina: suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión y abriendo sus ojos para que aprendan a mirar la realidad a la manera divina. Los invita a generar nuevos lazos, nuevas alianzas portadoras de eternidad”.

 

Jesús, afirma el Pontífice, “camina la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción. Comienza a develar muchas situaciones que asfixiaban la esperanza de su pueblo suscitando una nueva esperanza”. Enseña a los discípulos a “mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias”.

 

Jesús, concluye Francisco, “sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz”. Despierta “la esperanza que nos libra de conexiones vacías y de análisis impersonales e invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días”. Es un Dios que “no se cansa ni se cansará de caminar para llegar a sus hijos” y te invita a “caminar con Él la ciudad, tu ciudad”.


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Lima (Perú): la misa del Papa

El Papa celebra la misa en la Base Aérea Las Palmas de LimaEl Papa celebra la misa en la Base Aérea Las Palmas de Lima  (AFP or licensors)

Homilía del Papa en Lima: mirar la ciudad con los ojos de Jesús

Mirando la ciudad – observó el Papa- podríamos comenzar a constatar que existen «ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar —y eso nos alegra—, el problema está en que son muchísimos los ‘no ciudadanos’, ‘los ciudadanos a medias’ o los ‘sobrantes urbanos’»

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

La última actividad del Papa en su 22º Viaje Apostólico internacional fue la celebración de la Santa Misa en el III Domingo del tiempo ordinario en Lima, en la Base Aérea Las Palmas.

Ante la imagen del Señor de los Milagros, reflexionó sobre la primera lectura del día cuando el Señor enviaba a Jonás a Nínive, para que predicase allí su mensaje, poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males, y también sobre el Evangelio de Marcos, cuando Jesús se encamina a Galilea para predicar su buena noticia.

“Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy”, dijo el Papa, y señaló cómo el Señor se pone en camino  “a Nínive, a Galilea”… “a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado… aquí viene el Señor”. Emmanuel, recordó Francisco, es el Dios que “quiere estar siempre con nosotros”, en donde sea y cualquiera sea la situación que estemos viviendo.

Huir ante las situaciones de dolor e injusticia: una tentación que tiene sus razones, pero…

El Santo Padre puso a confronto la tentación de Jonás de huir, con las que pueden sucedernos también a nosotros en nuestras ciudades ante las situaciones de dolor e injusticia. Y aseguró que  “razones, ni a Jonás ni a nosotros nos faltan”.

“Mirando la ciudad – observó – podríamos comenzar a constatar que existen «ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar —y eso nos alegra—, el problema está en que son muchísimos los ‘no ciudadanos’, ‘los ciudadanos a medias’ o los ‘sobrantes urbanos’»  que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a los márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna, y duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro”.

A partir de tal afirmación el Papa habló del “síndrome de Jonás”: un síndrome “de huida y desconfianza”, que “genera indiferencia” y nos transforma “en anónimos y sordos ante los demás”. En “seres impersonales de corazón cauterizado”, reforzó.

“Con esta actitud, – lamentó sucesivamente el Pontífice- lastimamos el alma del pueblo”. Y en este punto recordó a Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre».

«Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren – decía el Papa Emérito – y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».

Ante el Amor no se puede permanecer indiferente: Jesús nos enseña a mirar

Pero Francisco hizo emerger a continuación el halo de la esperanza, al traer la figura de Jesús, haciendo presente que a diferencia de Jonás, “cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios”. Es decir, que ante un acontecimiento “doloroso e injusto como fue el arresto de Juan”, Jesús comienza a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: “El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros”.

“Y el Evangelio mismo nos muestra la alegría y el efecto en cadena que esto produce: comenzó con Simón y Andrés, después Santiago y Juan (cf. Mc 1,14-20) y, desde esos días, pasando por santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Martín de Porres, san Juan Macías, san Francisco Solano, ha llegado hasta nosotros anunciado por esa nube de testigos que han creído en Él. Ha llegado hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia. Porque ante ese Amor, no se puede permanecer indiferentes”.

Por ese motivo, porque ante ese Amor “no se puede permanecer indiferente”, los últimos párrafos de su homilía el Obispo de Roma los dedicó al modo divino con el que Jesús invita a sus discípulos a vivir el amor de Dios y al prójimo:

“Jesús camina la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción”. “Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias”.

Hoy como ayer, Emmanuel: Dios con nosotros

También hoy, igual que ayer, afirmó el Papa, Jesús “sigue caminando por nuestras calles, sigue golpeando puertas y corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz”.

“Hoy- concluyó Francisco – el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!”

Homilía del Papa

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Santa Misa en la Base Aérea Las Palmas, Lima, Perú

21 enero 2018, 19:31


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Homilía para el tercer domingo, 21 de enero. Autor J.A. Jáuregui S.J.

DOMINGO 3 T.O.B. José Antonio Jáuregui S.J.

Ev.: Mc 1,14-20: Anuncio del Reino, primeros llamados

Acabamos de escuchar el meollo de la predicación de Jesús según san Marcos “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva”. Mateo escribe: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca”. Con estas palabras los dos evangelistas resumen, cada uno en su lenguaje, toda la predicación de Jesús.  Viene a ser justamente el centro del mensaje de Jesús. La pregunta brota  espontánea: ¿Qué significaba, pues, Reino de Dios?  Dado el impacto que provocaba en sus oyentes a tenor de los relatos evangélicos, tuvo que ser una expresión cargada de contenidos y rica de sugerencias. En cambio, para la gran mayoría de nuestros contemporáneos,  inmersos en un mundo de valores ajeno a las esperanzas e ilusiones de los galileos del siglo I, resulta una expresión ambigua o vacía de sentido. Se ha escrito mucho y se ha intentado por todos los medios una aproximación histórica y teológica para tratar de actualizar el sentido de esa expresión de forma que provoque en nuestros contemporáneos la misma reacción que en los primeros cristianos. Cada generación cristiana ha puesto un empeño especial en actualizar y revitalizar el sentido del Reino de  Dios. Este empeño no ha sido privativo de los teólogos o de los pastores de la Iglesia.

Recuerdo la película de  Passolini sobre el   evangelio de Mateo. Una figura de Jesús que ocultaba el rostro recorría deprisa los caminos de Galilea. No se paraba a saludar a la gente. Se limitaba a decir  a todos los que encontraba por los caminos  “El Reino de Dios está cerca”. No pretendo cuestionar el éxito del film ni la categoría de su autor. Pero recuerdo el comentario de muchos espectadores: “No me convence, no me imagino yo así a Jesús”. Y por supuesto, la mera repetición literal del mensaje central de Jesús distaba mucho de provocar aquel cambio profundo de mentalidad, aquella conversión que estaba pidiendo la irrupción de Dios en la predicación de  Jesús.

Ya veíamos el domingo pasado cómo el seguimiento de los discípulos desde el comienzo es un denominador común de todos los relatos evangélicos. Esto significa que Jesús no quiso ni pudo actuar sin ayuda de los hombres dispuestos a seguirle. Los enviados forman parte del evangelio. Jesús necesita muchos que echen la red para pescar hombres para el Reino de Dios. El evangelio de Jesús sobre el Reino y la comunidad misionera de los creyentes se complementan mutuamente. La metáfora de los pescadores de hombres se encuentra en la tradición judía siempre referida a sucesos funestos, sobre todo a los juicios divinos que atrapan a los hombres como la red a los peces. La tradición griega es distinta a este propósito. Escribe Diógenes Laertes: “Los pescadores se dejan calar hasta los huesos por pescar un pequeño pez. Yo no vacilo en hacer lo mismo por pescar a un hombre”. Llama la atención el dominio soberano de la llamada de Jesús así como la sorprendente naturalidad con que le siguieron aquellos pescadores  Lo mismo se repetirá poco más adelante cuando Jesús encuentre a Leví, el cobrador de los impuestos. Jesús se limita a decirle: “Sígueme”. El cobrador lo deja todo y le sigue a Jesús. Nos sentimos inclinados a ponderar el poder de fascinación que salía de la presencia y de la voz de aquel hombre extraordinario. Creo, sin embargo, que el evangelio no nos orienta en una dirección psicológica. Estas descripciones idealizadas no permiten una reducción psicológica del acto de obediencia de los discípulos. La llamada autoritativa de Jesús y la obediencia incondicional de los discípulos no se describen como un milagro, pero la obediencia radical de fe es ante todo una obra inexplicable del hombre llamado a seguir a Jesús. La llamada de Jesús como la palabra de Dios tiene una fuerza que subyuga, pero no tiene sentido preguntar si el hombre toma una decisión libremente o si la voluntad de Dios lo dirige todo él solo mayestáticamente. Lo más importante de esta experiencia de vocación es que ambas realidades – libertad del hombre y soberanía de Dios – acontecen simultáneamente. La voz de Dios manda y el hombre, siguiéndole, es totalmente libre, es decir, viene a hacer lo que realmente desea. En términos modernos podríamos decir que en esta obediencia a la llamada de Dios encontramos nuestra más propia e íntima  realización; la que hemos estado buscando siempre y no hubiéramos podido alcanzarla por nosotros mismos. De manera que esta obediencia no es una servidumbre a una ley extraña, sino un vínculo de liberación que hace de nosotros otros hombres. Por eso la verdadera libertad del hombre sólo se da escuchando siempre la palabra liberadora de Dios, permaneciendo unido a Dios que regala al hombre la libertad en esta atadura.

Naturalmente que estas escenas ideales de vocación tratan de ilustrar los rasgos esenciales de todo discipulado mediante el ejemplo edificante de los primeros discípulos. Jesucristo llama y el discípulo acepta, confiado, la exhortación de Jesús en cuanto llamada de Dios y demuestra su fe por su obediencia, abandonando todos los lazos terrenales que pudieran obstaculizar la imitación sin reservas y el cumplimiento de la tarea asumida. Un rasgo característico de las llamadas narradas por san Marcos es que siempre están coronadas por el éxito. Esta peculiaridad está en función de otro hecho característico de san Marcos. Este da cuenta únicamente de la vocación de discípulos que más tarde han de tener una posición relevante en la dirección de la Iglesia. Todos ellos llegarán a ser del grupo de los Doce. A Pedro y Juan los llamará Pablo en Gálatas 2,9 “columnas de la Iglesia”. Otras escenas vocacionales negativas añadirán matices que invitan a la deliberación e introducen objeciones  habituales ante la llamada de Dios en la vida posterior de la Iglesia (Cfr. Lc 9,57ss.).

Bilbao, 21 de enero de 2018-01-02