Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Homilía para el domingo 17 de junio. Autor: J.A.Jáuregui S.J.

 

 

 

 

DOMINGO 11 T.O.B.

Ev.: Mc 4,26-34

El evangelio de hoy ilustra con dos parábolas de enfoques distintos la peculiaridad del Reino de Dios. Ambas presentan un trasfondo agrícola. La primera nos habla del crecimiento y de la maduración de la semilla. Esta descripción hace una especie de vacío de todo el proceso que va desde el momento de la siembra hasta el de la cosecha. El sembrador participa sólo en el momento de la siembra y en la recolección. Todo lo que está en medio de este largo proceso sucede sin su concurso, más aún, sin que él sepa nada de este misterioso crecimiento. El proceso del crecimiento era para los antiguos  un secreto todavía más impenetrable que para nosotros. Mientras el sembrador duerme y se despierta, mientras pasa un día después de otro, en medio de las ocupaciones habituales, la semilla calladamente, ocultamente se multiplica por sí sola. Este rasgo parece constituir el punto culminante de la parábola. El sembrador no ejerce ningún influjo sobre el crecimiento y la maduración de la semilla.  En la mente del evangelista el crecimiento y la maduración de la semilla acontecen en virtud de la fuerza vital inherente a la misma semilla, una fuerza vital que se supone ha sido puesta por Dios. Ni siquiera la actividad del sembrador ha puesto en la semilla la fuerza vital que actúa espontáneamente. De esta enseñanza se desprende que la parábola ilustra la fuerza vital con que crece el Reino de Dios, una fuerza, según la mentalidad evangélica, completamente independiente de cualquier contribución humana.

Pero en esta enseñanza evangélica referente al Reino de Dios no debe leerse el concepto del desarrollo orgánico como una descripción figurada de la Iglesia que se extiende incesantemente y cada vez se implanta más y más en la tierra. Porque según el evangelio la Iglesia no se identifica con el Reino de Dios sobre la tierra. Ningún oyente de Jesús pudo entender la parábola en este sentido. El sentido de la parábola es éste: El Reino de Dios viene con absoluta certeza cuando llegue su hora. Su venida es algo que concierne solamente a Dios y a su absoluto misterio.

Si esta es la justa interpretación de la parábola, se sigue que hay que ser sumamente cautos a la hora de aplicar esta enseñanza a la vida de la Iglesia en este mundo. En consecuencia no se debe preguntar si el sembrador es Jesús y el que efectúa la cosecha es Cristo glorioso que vuelve para realizar el juicio final.  Tampoco se pueden interpretar el sueño y la vigilia del sembrador en el sentido psicológico para expresar la confianza con que ha de vivir el cristiano en la Iglesia como si Dios hiciera todo y no pidiera la colaboración humana.

También se debe rechazar como absolutamente equivocada la interpretación moral o parenética alegorizando cada uno de los rasgos de la parábola y tratando de ver en ella una llamada dirigida a cada individuo para fomentar una vida religiosa y moral de cara al juicio venidero. Porque la semilla que se multiplica por sí misma es una imagen del Reino de Dios y no de cada uno de sus miembros.

La segunda parábola compara el Reino de los cielos con un grano de mostaza. Los hebreos hablaban proverbialmente del grano de mostaza para designar una cantidad mínima de cualquier cosa. El arbusto de la mostaza, una vez desarrollado, alcanza en el período de un año, una altura de tres o cuatro metros, sobrepasando así a todas las plantas afines. Sus ramas llegan a alcanzar una dimensión tan grande que los pájaros se posan sobre ellas para descansar y hacer allí sus nidos.

El punto culminante de la parábola no está, como en la parábola anterior, en el crecimiento gradual de la semilla, sino en el contraste entre la pequeñez de la semilla y la magnitud del arbusto. Por consiguiente, el sentido de la parábola es éste: de la misma manera que el arbusto de la mostaza nace de la semilla más diminuta para convertirse en un árbol poderoso, así también el reino de Dios, pese a sus comienzos poco aparentes en la actividad de Jesús, se desarrolla y se hace grande mediante su fuerza vital inherente al mismo hasta llegar a ser un organismo que abarca al mundo entero.

Si en la primera parábola de la semilla que se multiplica por sí sola lo importante es la idea de que el reino de Dios crece sin concurso humano, en esta segunda parábola el punto central es el contraste entre la pequeñez y poca apariencia de los comienzos y lo que llegará a ser el día del juicio, cuando aparecerá en toda su magnificencia.

Algunos comentaristas – como el cardenal Vanhoye – ven en esta parábola una predicción de la historia de la Iglesia. Esta comenzó como una semilla muy humilde. Sin embargo, pasando por muchas dificultades y persecuciones, creció, porque tenía dentro de sí la fuerza de la Palabra y de la gracia de Dios. Aquel primer período de persecuciones llegó a su fin con el edicto de Milán, del año 313, cuando el emperador Constantino la reconoció y pudo desarrollarse con toda libertad.

Pero la parábola del grano de mostaza no ha de entenderse como predicción de un período futuro de la historia. Este pensamiento es totalmente ajeno a la parábola y, por otra parte, según la explicación de la parábola del sembrador, el éxito del evangelio dependerá de la disposición con que lo acojan los hombres.

En resumen puede decirse que la liturgia de hoy nos ofrece unas enseñanzas que nos inculcan la confianza y el coraje. Las tres lecturas van en este sentido. El evangelio nos dice que el reino de Dios es una fuerza que avanza a través de cualquier dificultad y circunstancia, tiene un dinamismo interno imposible de detener. Acojamos, pues, esta enseñanza de confianza que nos da el  mensaje de este domingo  y de la que tenemos tanta necesidad.                                         Bilbao, 17 de junio de 2018

José Antonio Jáuregui S.J.

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Homilía del domingo décimo. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

 

 

DOMINGO 10 T.O.B.

Ev.: Mc 3,21-35

 

La primera frase no tiene una interpretación segura. Porque el texto es oscilante, y aunque estuviera mejor fundamentado, la relación de las palabras y de las frases es tan poco clara que no se puede contar más que con posibilidades. El textus receptus se puede entender a lo sumo en el sentido de la Vulgata, según el cual los parientes de Jesús oyen de sus obras y de la afluencia de la gente. Lo declaran fuera de sus cabales  (in furorem versus) y salen para detenerlo porque está dañando a la familia. Esta interpretación parece imponerse porque para la comunidad cristiana primitiva en la que la madre y al menos un hermano tienen un puesto relevante, debería provocar un grave escándalo.

 

Pero aun cuando las variantes del texto se tengan por un alivio, quedan todavía dificultades. El texto en el v. 21 habla de hoi par’autou. Se podría estar pensando en parientes cercanos o lejanos, pero es más frecuente el sentido de partidarios, seguidores. No se dice qué oyeron esta gente. ¿Se puede completar en general la frase añadiendo “de él”? Ellos quieren “detenerlo”. El término griego se usa para designar una detención (6,17; 12,12; 14,1.44-51), pero este rasgo no aparece nunca más en Mc. En Lc y más frecuentemente en Jn (7,20; 10,20) se dice de los judíos. Más aún, légousin se refiere a los suyos o es un impersonal “se” ¿y qué significa exeste? En el sentido de estar loco se usa solamente en Pablo. Y este añade: eite exéstemen,  Aquí debería tener el mismo sentido que en el v.23: “Tiene a Beelzebul” Y el reproche sería como el hecho a Pablo en Hch 26,24. Pero todo esto hace al texto incomprensible.

El v. 31 (“Y llegaron su madre y sus hermanos y quedándose fuera lo mandaron llamar”) debe entenderse como el comienzo de una nueva perícopa. Sin embargo, en la intención de san Marcos esta escena debe entenderse como continuación del v. 20. El hecho de que las personas que toman parte en el suceso sean designadas de modo diferente, (“los suyos” en el v. 21; “su madre y sus hermanos” en el v. 31 No es un argumento decisivo en contra. Si esto se acepta, queda claro quienes son “los suyos” del v.21. Son los parientes naturales de Jesús que han llegado entretanto para apoderarse de él. Estos no pueden llegarse a él entrando en la casa porque Jesús está rodeado de una multitud de gente y por eso le piden que salga fuera. La respuesta de Jesús (¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? ) es un rechazo radical de todos los vínculos familiares naturales. Su “familia” son aquellos que escuchan la palabra y creen.  En comparación con ella no vale nada la preocupación afectuosa de sus familiares porque emana de un vínculo puramente humano y natural con él. El v. 35 (“El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”) es un dicho independiente. Mateo y Lucas, cada uno a su manera, la han pegado al v.34.  Pero está claro que la sentencia del v. 35 amplía notablemente la idea del v.24 diciendo que hacer la voluntad de Dios – a diferencia del mero escuchar – es el factor que une de verdad con Jesús. La obediencia a la voluntad de Dios no solo da al hombre el verdadero valor. Establece además una parentela espiritual con Jesús que sobrepasa con mucho los vínculos creados por la carne y la sangre y en general todos los factores que crean una unión según un orden puramente terreno. En caso de conflicto estos vínculos puramente humanos quedan disueltos del vínculo religioso que es más fuerte y el discípulo debe estar dispuesto a sacrificarlos sin dudar.


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En la fiesta del Corazón de Jesús, la homilía del Papa

El Papa invita a rezar al Sagrado Corazón en el mes de junio

En el día del Sagrado Corazón de Jesús, el Santo Padre explica en su cuenta de Twitter, “que esta fiesta nos recuerda que Dios nos amó primero y nos espera siempre para acogernos en su amor sin límites”.

Ciudad del Vaticano

El 8 de junio la Iglesia celebra el Día del Sagrado Corazón de Jesús, una devoción fortalecida como “símbolo de amor divino” y a la cual se le dedica oraciones especiales, durante todo el mes de junio.

El Papa Francisco, ha manifestado en varias ocasiones su profundo afecto y veneración por el Sagrado Corazón de Jesús y así lo recordó también, al término de su audiencia general del miércoles 6 de junio, en su saludo en lengua italiana, en el que invitó a todos los fieles y peregrinos a rezarle con especial fervor durante este tiempo.

Y con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, el Santo Padre escribió en su cuenta oficial de Twitter, que esta solemnidad “nos recuerda que Dios nos amó primero: Él nos espera siempre para acogernos en su Corazón, en su amor”.

Orígen de la devoción al Sagrado Corazón

Según explica la tradicón de la Iglesia, la devoción al corazón herido de Jesús tiene sus orígenes en el siglo XI, cuando los cristianos piadosos meditaban sobre “sus cinco llagas”.

En aquel tiempo se extendieron entre los fieles las oraciones al Sagrado Corazón, a la llaga del hombro de Jesús y a las devociones privadas. Todas ayudaban a los cristianos a enfocarse en su Pasión y Muerte, de tal manera que lograran “crecer en el amor hacia Él”.

Sin embargo, no fue hasta 1670 cuando un sacerdote francés llamado Jean Eudes celebró la primera fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, fruto de su enorme devoción “al corazón más grande entregado por amor a la humanidad”, tal y como él mismo escribió en sus diarios; una devoción que con el tiempo lo llevaría a redactar los escritos de su adoración litúrgica.

Jesús mismo pide la celebración de esta fiesta

Casi al mismo tiempo, una religiosa piadosa  llamada Margarita María Alacoque confesó tener visiones místicas de Jesús, en las que se le aparecía con frecuencia y en las que podía ver “su corazón vivo y latente”.

Al año siguiente, Margarita María informó a sus superiores que durante estas experiencias místicas, Jesús, había manifestado que quería ser honrado bajo la figura de su corazón de carne; “pidiendo a los fieles que lo recibieran con frecuencia en la Eucaristía, especialmente el primer viernes de cada mes, y que practicaran una hora santa devocional”.

En 1675, durante la octava al Corpus Christi, Margarita María tuvo una visión que se conoció como la “gran aparición”.

En ella, Jesús le pedía que la fiesta del Sagrado Corazón sea  celebrada cada año el viernes siguiente a Corpus Christi, “en reparación por la ingratitud de los hombres hacia su sacrificio redentor en la cruz”.

La devoción se hizo popular después de la muerte de esta religiosa en 1690, que posteriormente fue “elevada a los altares”.

Aprobación oficial del Papa Pío IX

El 8 de mayo de 1873 la fiesta Sagrado Corazón fue formalmente aprobada por el Papa Pío IX, y 26 años después, el 21 de julio de 1899, el Papa León XIII exhortó a todos los obispos del mundo, a que la celebraran en sus diócesis.

Siglos después el Papa Francisco recuerda en su homilía, de la misa matutina de la capilla de la Casa de Santa Marta en el día del Sagrado Corazón, que se trata de  la fiesta del amor de Dios: “un amor que no se puede entender. Un amor de Cristo que supera todo conocimiento. Supera todo. Así de grande es el amor de Dios, como el mar, sin orillas, sin fondo, sin límites”, dijo el Pontífice.

El Papa invita a rezar al Sagrado Corazón

 

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El Papa reza al Sagrado Corazón de Jesús


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El Papa celebrará la fiesta del Corpus el domingo fuera de Roma

Corpus Domini Eucaristía Corpus Domini Eucaristía   (Vatican Media)

Corpus Christi con el Papa el domingo en las afueras de Roma

La solemnidad de Corpus Christi este año el Papa Francisco la celebrará en la localidad de Ostia el domingo 3 de junio.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

El papa Francisco celebrará la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el “Corpus”, el 3 de junio en Ostia, en las afueras de Roma, y no en la Basílica de San Juan de Letrán, como ha sido tradición en los últimos 40 años. Francisco presidirá la Santa Misa a las 18.00 (hora local en Italia) en la plaza de la iglesia de Santa Mónica de Ostia y después presidirá la procesión del Santísimo Sacramento. Vatican News transmitirá la radio crónica con comentario en español de este evento a través del canal de YouTube.

“Se rompe una tradición, pero comienza otra” – subraya el obispo auxiliar de la diócesis de Roma para el sector sur, Paolo Lojudice, recordando que – “hasta 1978, con Pablo VI se identificaba la celebración del Corpus Christi en diferentes áreas de la ciudad”.

“En 1968, el propio Papa Montini celebró el Corpus Christi en Ostia” asegura Lojudice, puntualizando que es algo que “forma parte de la lógica pastoral del Papa Francisco”, en su “magisterio de los signos”, que quiere llevar a la Iglesia hacia fuera, a las calles, a las periferias, a la proximidad de los ambientes y las situaciones más delicadas”.

“El próximo domingo es una gran oportunidad para toda la localidad – añade el prelado – no es una visita a una parroquia, sino a una comunidad entera”. Las cifras confirman esto: participarán cerca de 850 niños de la Comunión, a quienes se les ha pedido usar la clásica túnica blanca; 150 los niños de los oratorios, que serán identificados por una camiseta amarilla; 350 jóvenes de la Confirmación, con camiseta roja.

Además, en preparación al Corpus Domini, las ocho parroquias de Ostia organizaron una vigilia de oración, que tuvo lugar el 30 de mayo en la playa de Idroscalo.


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Festividad del Corpus Christi. Homilía por J.A. Jáuregui S.J.

 

 

CORPUS CHRISTI

 

La solemnidad del Corpus Christi es la fiesta de la Eucaristía. Celebra el don del sacramento del altar en cierto contraste con el Jueves Santo, donde la institución de la Eucaristía queda algo eclipsada por la sombra de la cruz.

Ningún otro aspecto del pensamiento teológico de san Juan ha provocado diferencias tan tajantes como toda la cuestión del sacramentalismo. La escuela kerigmática privilegió de tal forma el ministerio de la Palabra que eliminó como espureas las mediaciones materiales, en concreto, todos los textos que hacen referencia a los sacramentos. Todas las alusiones al Bautismo y a la Eucaristía serían, según esos autores, interpolaciones de un redactor eclesiástico, es decir, una especie de  “Nihil obstat” sellado por la gran Iglesia para aceptar como canónico el evangelio presuntamente sectario de Juan. Pero el rodaje de la investigación promovida por esta posición apriorística ante el cuarto evangelio ha demostrado que el mensaje cristiano no es una quintaesencia dirigida a las almas de la facción más espiritualizante de la Iglesia, sino un mensaje dirigido a la salvación de los hombres en su totalidad compuesta de alma y cuerpo.

Este mensaje encaja perfectamente con el proyecto creador de Dios enunciado en el Génesis (1,26): “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. Y la imagen de Dios no es el alma sino el hombre con cuerpo y alma. San Juan en el pórtico de su evangelio proclama que el Verbo de Dios se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, recalcando así la parte más material del hombre.

El secreto profundo, la novedad más original del Cristianismo respecto de todo su entorno cultural, no es una doctrina espiritual más pura que todas las demás religiones. El Cristianismo es muy terrenal, dice una gran referencia al cosmos, es “carnal”.

A partir de aquí podemos entender, evitando extremos carnalistas cuidadosamente matizados por el evangelista, lo que es propiamente la Eucaristía, el regalo que Jesús nos dejó en este sacramento. No se trata tanto de una interiorización, de un ensimismamiento ante la experiencia sublime de la inhabitación de Jesús en lo más íntimo de nuestro ser. Un aspecto, por cierto, sumamente enriquecedor que no se debe desdeñar. Pero no abarca toda la intención fundadora del Señor. Para obrar la salvación Dios podría haber tocado solamente el alma del hombre y atraer hacia Sí a cada individuo. Una concepción de la religiosidad cristiana profundamente arraigada en personas muy buenas y auténticas marcadas por el sello de una formación religiosa reformista, luterana, que no necesita de la mediación eclesial para elevarse a Dios y sentirlo en su interior, pero que trajo consigo, como confesó Käsemann en la crítica de su maestro Rudolf Bultmann, consecuencias funestas en la Europa del tercer Reich. El evangelio de Juan, en su conjunto, nos dice que Dios ha querido atraerse a los hombres de una manera corporal, real, mundiforme y no solo espiritual. Los sacramentos son signos de que podemos ver, oír y tocar el agua del bautismo, el óleo de la unción, el pan y el vino de la eucaristía.

El sacramento es un puente lanzado a la realidad de Dios. Es un signo visible de la presencia real de Dios en nuestro mundo concreto y real. Lo más íntimo del Cristianismo no consiste en una espiritualización mundífuga, sino en una integración sublime de todo el mundo real y de todo hombre viviente que lleva consigo un fuerte compromiso de solidaridad universal.

Este es el misterio de nuestra fe que acogemos primero con un silencio estremecido y proclamamos a continuación después de la consagración cada vez que celebramos la Eucaristía. Este misterio nos habla de un Dios que es amor infinito a la vida humana, a la realidad terrena. De no ser así, no se habría hecho hombre.

Esto recordamos en cada Eucaristía que celebramos. Recordamos al hombre Jesús de Nazaret. Pensamos en el modo como salio al encuentro de los hombres para prometerles incansablemente fuerza y esperanza. Y vemos cómo hizo realidad en sí mismo el mensaje que predicó y el amor del que habló. La Eucaristía es para nosotros una señal de que el amor que él predicó mostró su virtud en él mismo: La muerte no lo pudo retener”.

         Esta es la alegría de la fiesta del Corpus Christi. Ninguna religión ha pensado tan profundamente sobre el hombre entero como el Cristianismo. En un trozo de pan, en una material celebramos la presencia de Dios en medio de nosotros y nos unimos con El de una insignificante realidad manera corporal y real. El Corpus es la fiesta de la naturaleza redimida.

Bilbao, 3 de junio de 2018-05-25

José Antonio Jáuregui S.j.


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Fiesta de la Stma.Trinidad. Homilía de J.A.Jáuregui S.J.

 

 

 

FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 

La liturgia de hoy pone en íntima relación la fiesta de la Trinidad con la fiesta de Pentecostés que celebramos el domingo pasado. Se atrevería uno a decir que el ciclo pascual que culmina con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, fiesta solemnísima en la que la Iglesia conmemora su nacimiento, no acaba ahí sino que esa realidad viviente del Espíritu Santo en la Iglesia la conduce – como dice san Juan en su evangelio – hasta el conocimiento de la Verdad plena, es decir, a la participación íntima de la vida intratrinitaria de Dios. El Espíritu Santo nos revela por Jesucristo el misterio de la Trinidad de Dios. Esta idea tan claramente joánica hunde sus raíces en una tradición cristiana antiquísima. La recoge san Pablo en la carta a los Romanos cuando describe la obra que realiza el Espíritu, clamando con gemidos inefables en el interior de nosotros mismos: Abba, Padre y revelándonos así  lo que ninguna sabiduría humana es capaz de descubrir: que  Dios es nuestro Padre.

Pero el evangelio de hoy presenta una característica nueva y propia de san Mateo y es que esta penetración del cristiano en el mundo íntimo trinitario de Dios se realiza por medio del bautismo. En ningún otro pasaje de las apariciones del Resucitado se menciona el mandato de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el contexto de la misión que Jesús confía a sus discípulos. Se ha discutido mucho la genuinidad de esta fórmula bautismal en el texto original del Evangelio. No es este el momento de abordar este tema, pero sí es importante tener presente que san Mateo recogió en este pasaje la fórmula bautismal que se usaba en su iglesia a fines del siglo I. Esta fórmula trinitaria no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que esa misma fórmula aparece en la Didajé (7,1.3), obra compuesta poco después, lo cual demuestra que esta fórmula se utilizaba ya en Siria a finales del siglo I.

Esta relación íntima del bautismo con el Espíritu Santo es un rasgo tradicional ampliamente extendido en todo el N.T. Jesús mismo aparece en el c. 3,5 de Juan diciéndole a Nicodemo: “El que no nace por el agua y el Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.  Vemos efectivamente en el N.T. una serie de enunciados en los que no sólo están asociados entre sí el Espíritu y el bautismo, sino en los que aparece también el Espíritu como el don del bautismo, de tal suerte que la recepción del Espíritu y el bautismo se hallan íntimamente relacionados. Esta asociación íntima entre el bautismo  y la recepción del  Espíritu deja, además, su impronta extensamente en la comprensión que la Iglesia antigua tiene del bautismo y halla su expresión litúrgica en el rito de la imposición de la manos en el bautismo, durante el cual el obispo ora para que al bautizando se le  conceda el don del Espíritu Santo.

Un texto clave en el que se ve esta asociación entre el bautismo cristiano y el Espíritu es Hch 1,5:”Porque si Juan bautizó en agua, vosotros seréis bautizados en Espíritu dentro de unos pocos días”.  Donde Jesús no está haciendo una distinción entre el bautismo de Juan -en agua -y el bautismo cristiano – en Espíritu. Que san Lucas  entendió el dicho de Jesús refiriendo el bautismo con el Espíritu al acto del bautismo cristiano  se ve más claro en Hch 11,16 donde aparece el mismo dicho  “Juan bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo” en labios de Pedro, quien prueba con estas palabras que al centurión romano Cornelio y a su familia no se les puede negar el bautismo cristiano (con agua) toda vez que ellos han recibido ya el Espíritu Santo y han comenzado a hablar en lenguas (Hch 10,44ss.). El bautismo cristiano y el don del Espíritu se hallaban por tanto desde la tradición antigua íntimamente relacionados. Por eso no se puede negar el bautismo a quien ha recibido ya el Espíritu. Para entender lo que significa eso de que el bautismo y el Espíritu se hallan íntimamente relacionados, es preciso recordar otros textos del N.T.

En su sermón de Pentecostés (Hch 2,28) Pedro asocia ya su invitación a recibir el bautismo con la promesa del derramamiento del Espíritu: “Convertíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo”. La recepción del Espíritu se promete aquí como consecuencia de la conversión y del bautismo.

Esta asociación entre el bautismo y la recepción del Espíritu aparece todavía más clara en Hch 19,1-6. Una vez esclarecido el hecho de que habían recibido el bautismo de penitencia de Juan sin que supieran siquiera nada de la existencia de un Espíritu Santo, Pablo les impone las manos y desciende sobre ellos el Espíritu Santo con todos los signos que se manifestaron el día de Pentecostés.

San Lucas orienta hacia una concepción del Espíritu como fuerza que impulsa a la Iglesia hacia la misión.  San Mateo, en cambio, si bien pone este mandato en contexto de la misión cristiana encomendada por el Resucitado, se halla más bien dentro de la tradición sobre el Espíritu que recoge san Juan. El nos llevará hasta la Verdad plena que es el conocimiento y penetración en el secreto de la persona de Jesús, tan íntimamente unido con el Padre. En esa vida intratrinitaria nos introduce el bautismo hecho en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, una fórmula universalmente fija en el uso de la Iglesia desde comienzos del siglo II. Así se cumple por medio del bautismo, entendido como consagración del cristiano al nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la promesa de Jesús a sus discípulos  en la despedida de la última Cena del Señor:  “Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os llevará hasta la Verdad Plena” . Y lo explicita de otra forma en la oración sacerdotal: “Santifícalos en la Verdad: Tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo así también los envío yo al mundo. Y por ello me consagro yo, para que también se consagren ellos en verdad”.

Esta consagración en la palabra que es la verdad  viene a ser el objeto de la oración de Jesús al Padre: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti; que ellos también lo sean en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, para que el mundo sepa que tú me has enviado y les has amado como me has amado a mí. Padre, los que me diste, quiero que también  estén ellos conmigo, donde estoy yo… Padre justo, el mundo tampoco te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han reconocido que tú me enviaste, y les he revelado tu nombre y se lo seguiré revelando, para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo también en ellos”. Amén.


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Hoy por primera vez la festividad de la Virgen María Madre de la Iglesia.

“La Iglesia es mujer y mamá. Triste una Iglesia de solterones, toda masculina”

En la fiesta de la Virgen María, Madre de la Iglesia, por él instituida, el Papa Francisco invitó a los pastores y a los fieles a profundizar las características de «ternura» y «fecundidad» para no convertirse en una Ong o en un «equipo de fútbol»

El Papa

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Pubblicato il 21/05/2018
Ultima modifica il 21/05/2018 alle ore 14:36
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

«Mujer» porque es «esposa» y «madre» porque es «fecunda». «Femenina» porque se distingue por la «ternura». Entonces no es un lugar completamente «masculino», «incapaz de fecundidad», casi comparable con una Ong o con «un equipo de fútbol, que corre el riesgo de convertirse en un centro para solterones». El Papa Francisco trazó de esta manera el rostro de la Iglesia universal durante la homilía de la misa matutina de hoy, 21 de mayo de 2018, en la capilla de la Casa Santa Marta. El rostro que se inspira en la figura de la “Virgen María, Madre de la Iglesia”, cuya memoria litúrgica se celebra por primera vez hoy, después de que, por voluntad del mismo Pontífice argentino, quedara instituida la festividad el pasado 3 de marzo con el decreto “Ecclesia Mater”.

 

En su homilía, según indicó Vatican News, el Papa comenzó con esta premisa: María, dijo, es «la Madre de Jesús», y no «la Señora» o «la viuda de José». Y esto porque su carácter maternal recorre todas las Sagradas Escrituras, desde la Anunciación hasta el fin. Una especificidad que han comprendido desde el principio los Padres de la Iglesia. Sí, porque se trata de una dote que alcanza y rodea a la Iglesia.

 

«La Iglesia –insistió Francisco–es femenina, porque es “Iglesia”, “esposa”: es femenina. Y es madre, da a la luz. Esposa y madre. Y los Padres van más allá y dicen: “También tu alma es esposa de Cristo y madre”. Y en esta actitud que viene de María, que es Madre de la Iglesia; de esta actitud podemos comprender esta dimensión femenina de la Iglesia que cuando falta, hace que la Iglesia pierda su verdadera identidad y se convierta en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol, o en cualquier cosa, pero no en la Iglesia».

 

Sólo una Iglesia femenina podrá tener «actitudes de fecundidad», según las intenciones de Dios, que «ha querido nacer de una mujer para enseñarnos este camino de mujer».

 

«Lo importante –recordó el Papa– es que la Iglesia sea mujer, que tenga esta actitud de esposa y de madre. Cuando olvidamos esto, es una Iglesia masculina, sin esta dimensión, y tristemente se convierte en una Iglesia de solterones, que viven en este aislamiento, incapaces de amor, incapaces de fecundidad. Sin la mujer la Iglesia no va adelante, porque ella es mujer. Y esta actitud de mujer le viene de María, porque Jesús así lo ha querido».

 

La virtud que más distingue a una mujer, insistió el Papa, es la ternura, como María que «dio a la luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre». Y añadió que ocuparse, con docilidad y humildad, son las cualidades fuertes de las mamás.

 

«Una Iglesia que es madre –insistió– va por el camino de la ternura. Conoce el lenguaje de tanta sabiduría de las caricias, del silencio, de la mirada que sabe de compasión, que sabe de silencio. Y, asimismo, un alma, una persona que vive esta pertenencia a la Iglesia, sabiendo que también es madre debe ir por el mismo camino: una persona dócil, tierna, sonriente y llena de amor».