Loiola XXI

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Colombia: homilía del Papa en Villavicencio.

 

Homilía del Papa en la misa celebrada en Villavicencio.

Viernes, 8 de septiembre de 2017

 

¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus). La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.

María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día. Su nacimiento nos hace intuir la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie podrá romper.

María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José y Jesús, y también en su pueblo, su nación y en esa casa común a toda la humanidad que es la creación.

En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,1-17), que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.

La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.

Y en medio de eso, Jesús, María y José. María con su generoso sí permitió que Dios se hiciera cargo de esa historia. José, hombre justo, no dejó que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrojaran fuera de esta luz. Por la forma en que está narrado, nosotros sabemos antes que José lo que ha sucedido con María, y él toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda por cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio.

Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad! ¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro.

La reconciliación no es una palabra abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia. Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y de los valores propios de cada sociedad civil» (Carta a los obispos de El Salvador, 6 agosto 1982). La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer la esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación será un fracaso.

El texto evangélico que hemos escuchado culmina llamando a Jesús el Emmanuel, el Dios con nosotros. Así es como comienza, y así es como termina Mateo su Evangelio: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (28,21). Esa promesa se cumple también en Colombia: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, son signo de ello, expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor.

En este entorno maravilloso, nos toca a nosotros decir sí a la reconciliación; que el sí incluya también a nuestra naturaleza. No es casual que incluso sobre ella hayamos desatado nuestras pasiones posesivas, nuestro afán de sometimiento. Un compatriota de ustedes lo canta con belleza: «Los árboles están llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está marrón, mezcla de sangre con la tierra» (Juanes, Minas piedras). La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (cf. Carta enc. Laudato si’, 2). Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor», porque como lo ha prometido a nuestros padres, auxilia a todos los pueblos y a cada pueblo, auxilia a Colombia que hoy quiere reconciliarse y a su descendencia para siempre.

 

(from Vatican Radio)

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Colombia: homilía del Papa en Bogotá.

 

VOZ Y TEXTO COMPLETO de la homilia del Papa “Constructores de la paz, promotores de la vida” Bogotá -Jueves 7 de septiembre de 2017

El Evangelista recuerda que el llamado de los primeros discípulos fue a orillas del lago de Genesaret, allí donde la gente se aglutinaba para escuchar una voz capaz de orientarles e iluminarles; y también es el lugar donde los pescadores cierran sus fatigosas jornadas, en las que buscan el sustento para llevar una vida sin penurias, digna y feliz. Es la única vez en todo el Evangelio de Lucas en que Jesús predica junto al llamado mar de Galilea. En el mar abierto se confunden la esperada fecundidad del trabajo con la frustración por la inutilidad de los esfuerzos vanos. Según una antigua lectura cristiana, el mar también representa la inmensidad donde conviven todos los pueblos. Finalmente, por su agitación y oscuridad, evoca todo aquello que amenaza la existencia humana y que tiene el poder de destruirla.

Nosotros usamos expresiones similares para definir multitudes: una marea humana, un mar de gente. Ese día, Jesús tiene detrás de sí, el mar y frente a Él, una multitud que lo ha seguido porque sabe de su conmoción ante el dolor humano… y de sus palabras justas, profundas, certeras. Todos ellos vienen a escucharlo, la Palabra de Jesús tiene algo especial que no deja indiferente a nadie; su Palabra tiene poder para convertir corazones, cambiar planes y proyectos. Es una Palabra probada en la acción, no es una conclusión de escritorio, de acuerdos fríos y alejados del dolor de la gente, por eso es una Palabra que sirve tanto para la seguridad de la orilla como para la fragilidad del mar.

Esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso País, Colombia, tienen mucho de estos escenarios humanos presentados por el Evangelio. Aquí se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas. A todas esas tinieblas Jesús las disipa y destruye con su mandato en la barca de Pedro: «Navega mar adentro» (Lc 5,4).

Nosotros podemos enredarnos en discusiones interminables, sumar intentos fallidos y hacer un elenco de esfuerzos que han terminado en nada; igual que Pedro, sabemos qué significa la experiencia de trabajar sin ningún resultado. Esta Nación también sabe de ello, cuando por un período de 6 años, allá al comienzo, tuvo 16 presidentes y pagó caro sus divisiones («la patria boba»); también la Iglesia en Colombia sabe de trabajos pastorales vanos e infructuosos, pero como Pedro, también somos capaces de confiar en el Maestro, cuya palabra suscita fecundidad incluso allí donde la inhospitalidad de las tinieblas humanas hace infructuosos tantos esfuerzos y fatigas. Pedro es el hombre que acoge decidido la invitación de Jesús, que lo deja todo y lo sigue, para transformarse en nuevo pescador, cuya misión consiste en llevar a sus hermanos al Reino de Dios, donde la vida se hace plena y feliz.

Pero el mandato de echar las redes no está dirigido sólo a Simón Pedro; a él le ha tocado navegar mar adentro, como aquellos en vuestra patria que han visto primero lo que más urge, aquellos que han tomado iniciativas de paz, de vida. Echar las redes entraña responsabilidad. En Bogotá y en Colombia peregrina una inmensa comunidad, que está llamada a convertirse en una red vigorosa que congregue a todos en la unidad, trabajando en la defensa y en el cuidado de la vida humana, particularmente cuando es más frágil y vulnerable: en el seno materno, en la infancia, en la vejez, en las condiciones de discapacidad y en las situaciones de marginación social. También multitudes que viven en Bogotá y en Colombia pueden llegar a ser verdaderas comunidades vivas, justas y fraternas si escuchan y acogen la Palabra de Dios. En estas multitudes evangelizadas surgirán muchos hombres y mujeres convertidos en discípulos que, con un corazón verdaderamente libre, sigan a Jesús; hombres y mujeres capaces de amar la vida en todas sus etapas, de respetarla, de promoverla.

Hace falta llamarnos unos a otros, hacernos señas, como los pescadores, volver a considerarnos hermanos, compañeros de camino, socios de esta empresa común que es la patria. Bogotá y Colombia son, al mismo tiempo, orilla, lago, mar abierto, ciudad por donde Jesús ha transitado y transita, para ofrecer su presencia y su palabra fecunda, para sacar de las tinieblas y llevarnos a la luz y la vida. Llamar a otros, a todos, para que nadie quede al arbitrio de las tempestades; subir a la barca a todas las familias, santuario de vida; hacer lugar al bien común por encima de los intereses mezquinos o particulares, cargar a los más frágiles promoviendo sus derechos.

Pedro experimenta su pequeñez, lo inmenso de la Palabra y el accionar de Jesús; Pedro sabe de sus fragilidades, de sus idas y venidas, como lo sabemos nosotros, como lo sabe la historia de violencia y división de vuestro pueblo que no siempre nos ha encontrado compartiendo barca, tempestad, infortunios. Pero al igual que a Simón, Jesús nos invita a ir mar adentro, nos impulsa al riesgo compartido, a dejar nuestros egoísmos y a seguirlo. A perder miedos que no vienen de Dios, que nos inmovilizan y retardan la urgencia de ser constructores de la paz, promotores de la vida.

(from Vatican Radio)


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Papa Francisco: la reforma litúrgica es irreversible.

Papa Francisco: “La reforma litúrgica es irreversible”

Audiencia a los que participaron en la 68a Semana Litúrgica Nacional, en ocasión de los 70 años de la fundación del CAL: «Hay que trabajar en la dirección del Concilio, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y prácticas que la desfiguran». «La Iglesia está viva y no persigue poderes mundanos»

El Papa Francisco

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Pubblicato il 24/08/2017
Ultima modifica il 24/08/2017 alle ore 15:47
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

«La reforma litúrgica es irreversible». Con seguridad y con la «autoridad magisterial», fruto del camino que surgió del momento histórico que fue el Concilio Vaticano II, el Papa Francisco lo afirmó en su discurso a los que participaron en la 68a Semana Litúrgica Nacional, reunidos en Roma por los 70 años de la fundación del Centro de Acción Litúrgica.

 

Concilio y reforma «son dos eventos directamente vinculados», «no florecieron improvisamente, sino que fueron preparados» por largo tiempo, subrayó el Papa, quien también recordó todas las etapas, «substanciales y no superficiales», recorridas en este arco temporal de la historia de la Iglesia. Empezando por las respuestas que dieron sus predecesores ante los «disgustos percibidos en la oración eclesial» que dieron vida al llamado «movimiento litúrgico». «Cuando se advierte una necesidad, aunque no haya una inmediata solución, existe la necesidad de ponerse en movimiento», dijo Bergoglio.

 

Por ello recordó que san Pío X «dispuso una reordenación de la música sacra y la reintroducción celebrativa del domingo, e instituyó una comisión para la reforma general de la liturgia». Y Pío XII abrazó el proyecto reformador con la encíclica “Mediator Dei”, además de haber tomado «decisiones concretas sobre la versión del Salterio, la suavzación del ayuno eucarístico, el uso de la lengua viva en el Ritual, la importante reforma de la Vigilia Pascual y de la Semana Santa».

 

Después llegó la “Sacrosantum Concilium”, «buen fruto del árbol de la Iglesia», cuyas líneas de reforma general «respondían a las necesidades reales y a la concreta esperanza de una renovación: se deseaba una liturgia viva para una Iglesia completamente vivificada por los misterios celebrados».

 

Se trataba, insistió Francisco citando las palabras de Pablo VI cuando explicó los primeros pasos de la reforma anunciada, «de expresar de manera renovada la perenne vitalidad de la Iglesia en oración, teniendo premura “por que los fieles no asistan como extraños y mudos espectadores a este misterio de fe, sino, comprendiéndolo bien mediante los ritos y las oraciones, participen activamente en la acción sacra consciente, plena y activamente”».

 

Precisamente en los libros litúrgicos promulgados por el Beato Montini encontró su forma la dirección que había indicado el Concilio, «según el respeto de la sana tradición y del legítimo progreso», que fue bien recibida por los mismos obispos que participaron en la reunión y ya, desde hace 50 años, «universalmente en uso» en el Rito Romano. Sin embargo, observó el Pontífice, «la aplicación práctica todavía en acto», puesto que «no basta reformar los libros litúrgicos para renovar la mentalidad».

 

El proceso que pusieron en marcha los libros reformados por los decretos conciliares todavía exige «tiempo, recepción de fe, obediencia práctica, sabia actuación celebrativa por parte, primero, de los ministros ordenados, pero también de los demás ministros, los cantores y todos los que participan en la liturgia», explicó Francisco. «La educación litúrgica de Pastores y fieles» es, pues, un «desafío» que se debe afrontar «cada vez nuevamente».

 

Todavía es mucho el trabajo: hay que volver a descubrir «los motivos de las decisiones tomadas con la reforma litúrgica, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y prácticas que la desfiguran», afirmó el Papa. «No se trata –añadió– de replantear la reforma, revisando sus decisiones, sino de conocer mejor las razones subyacentes, también mediante la documentación histórica, así como de interiorizar los principios que la inspiraron y de observar la disciplina que la regula». Porque «la reforma litúrgica es irreversible».

 

El Papa Francisco reflexionó también sobre el tema que impulsó los trabajos del CAL, «Una liturgia viva para una Iglesia viva». «La liturgia está “viva”», recordó Bergoglio, gracias a la «presencia real del misterio de Cristo». Sin ella, «no hay ninguna vitalidad litúrgica». «Así como no hay vida humana sin latido cardíaco, sin el corazón latente de Cristo no existe acción litúrgica».

 

Entre los signos visibles de este Misterio invisible está «el altar», signo «de Cristo piedra viva», subrayó el Pontífice. Por ello, «el altar, centro hacia el que en nuestras iglesias converge la atención, es dedicado, ungido con el crisma, inciensado, besado, venerado: hacia el altar se orienta la mirada de los orantes, sacerdote y fieles, convocados por la santa asamblea alrededor de él; sobre el altar se pone la ofrenda de la Iglesia que el Espíritu consagra sacramento del sacrificio de Cristo».

 

Además, añadió el Papa Francisco, la liturgia «es vida para el pueblo entero de la Iglesia», porque, por su misma naturaleza, ella es «popular y no clerical». Es, es decir, «una acción para el pueblo, pero también del pueblo», «la acción que Dios mismo cumple a favor de su pueblo, pero también la acción del pueblo que escucha a Dios que habla y reacciona alabándolo, invocándolo, acogiendo la inextinguible fuente de vida y de misericordia que fluye de los santos signos».

 

Esta Iglesia orante «reúne a todos los que tienen el corazón en escucha del Evangelio, sin descartar a nadie». Son convocados «pequeños y grandes, ricos y pobres, muchachos y ancianos, sanos y enfermos, justos y pecadores», y no hay ningún obstáculo de «edad, raza, lengua o nación».

 

«El alcance “popular” de la liturgia nos recuerda que ella es incluyente y no excluyente, creadora de comunión con todos pero sin homologar, puesto que llama a cada uno, con su vocación y originalidad, a contribuir en la edificación del cuerpo de Cristo», acotó el Papa. «La Eucaristía no es un Sacramento “para mí”, es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo, el santo pueblo fiel de Dios». Entonces, no hay que olvidar la “pietas” de todo el pueblo de Dios expresada en la liturgia que se multiplica en «píos ejercicios y devociones» que deben ser «valorados y animados en armonía con la liturgia», aconsejó el Papa.

 

Tampoco hay que olvidar que «la liturgia es vida y no una idea que hay que comprender». La liturgia «lleva a vivir una experiencia iniciática, es decir que transforma la manera de pensar y de comportarse, y no a enriquecer el propio bagaje de ideas sobre Dios». Las «reflexiones espirituales» son completamente otra cosa: «hay una bella diferencia entre decir que existe Dios y escuchar que Dios ama, así como estamos, aquí y ahora. En la oración litúrgica experimentamos la comunión significada no por un pensamiento abstracto, sino por una acción cuyos agentes son Dios y nosotros, Cristo y la Iglesia», aclaró Bergoglio.

 

Por esta razón, los ritos y la oración se convierten «en una escuela de vida cristiana» «por lo que son y no por las explicaciones que damos de ellos». «La Iglesia –añadió– está verdaderamente viva si, formando un solo ser vivo con Cristo, es portadora de vida, es materna, es misionera, sale al encuentro del prójimo, solicita servir sin perseguir poderes mundanos que la vuelven estéril».

 

El Obispo de Roma extiende, al final, la mirada e insiste en que la «riqueza de la Iglesia en oración, en cuanto “católica”, va más allá del Rito Romano, que, a pesar de ser el más extendido, no es el único». «La armonía de las tradiciones rituales, de Oriente y de Occidente, por el soplo del mismo Espíritu da voz a la única Iglesia orante por Cristo, con Cristo y en Cristo, para la gloria del Padre y para la salvación del mundo», explicó.

 

Y concluyó animando a los responsables del Centro de Acción Litúrgica a proseguir el propio trabajo de «servir la oración del pueblo santo de Dios», manteniéndose fieles a la inspiración original, y a «ayudar a los ministros ordenados, como a los demás ministros, a los cantores, a los artistas, a los músicos, a cooperar para que la liturgia sea “fuente y culmen de la vitalidad de la Iglesia”».


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Barcelona: Misa en la Sagrada Familia por las víctimas de los atentados.

Solemne misa en la Sagrada Familia por víctimas del atentado

El cardenal Omella: «la paz es el mejor alimento de nuestras vidas»; Papa Francisco: «Estoy cerca de ustedes en este momento doloroso»

Solemne misa en la Sagrada Familia por víctimas del atentado

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Pubblicato il 20/08/2017
Ultima modifica il 20/08/2017 alle ore 12:09
PABLO LOMBÓ

«Nuestra presencia en este lugar santo es signo de repulsa del atentado y es oración para pedir a Dios, Padre de toda bondad, que cambie nuestros corazones de piedra y nos dé un corazón de carne». Desde el altar de la Basílica de la Sagrada Familia, el cardenal arzobispo de Barcelona, Joan Josep Omella recordó hoy, 20 de agosto de 2017, a las víctimas y a los heridos de los atentados que sacudieron las ciudades de Barcelona y Cambrils el jueves pasado, y en los que perdieron la vida 15 personas.

 

Participaron en esta misa por la paz y por la recuperación del más de centenar de heridos los Reyes de España, Felipe VI y Leticia, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y la alcaldesa de Cambrils (Tarragona), Camí Mendoza. También estaba presente una representación de la comunidad musulmana en Barcelona, además de muchos de los familiares de las víctimas y heridos de los ataques terroristas. Precisamente la Sagrada Familia, la obra maestra del arquitecto Antoní Gaudí, parece haber sido uno de los posibles objetivos del grupo de terroristas que atacó a los paseantes en las Ramblas. Centenares de barceloneses y turistas comenzaron a entrar a la Basílica hacia las 09.00 de la mañana para asistir a la eucaristía, que concelebran el obispo auxiliar de Barcelona, Sebastià Taltavull, y el arzobispo emérito de Barcelona, cardenal Lluís Martínez Sistach.

 

El obispo auxiliar, Taltavull, instó a que todo el dolor vivido en Cataluña esta semana debido a los ataques deje paso a «un nuevo estilo de convivencia que respete los derechos humanos y vele por la dignidad, superando toda diferencia y exclusión».

 

El cardenal arzobispo de Barcelona, Joan Josep Omella, proclamó durante su homilía de la Misa solemne en la Sagrada Familia por los atentados en Barcelona y Cambrils que «la unión nos hace fuertes; la división nos corroe y nos destruye». «Es bonito ver que hoy entorno el altar del Señor —continuó— estamos unidos las autoridades supremas del Estado, las autoridades autonómicas y locales, los representantes de las diversas confesiones presentes en nuestra tierra, las diversas instituciones sociales, hombres y mujeres de toda clase y condición social, buena voluntad. És el bonito mosaico sobre el cual se construye una sociedad», y subrayó que «la paz es el mejor alimento de nuestras vidas».

 

Omella también recordó que Gaudí concibió la Sagrada Familia como «un templo reparador, es decir, un lugar para orar por los pecados del mundo», y se preguntó: «¿no es un pecado gravísimo atentar contra la vida de unos semejantes, de nuestros prójimos, de unos seres inocentes y de niños?». Por ello imploró que Dios «cambie nuestros corazones de piedra y nos dé un corazón de carne, lleno de sentimientos de humanidad, fraternidad, misericordia y de paz». Citando el Evangelio del día, que relata la historia de la mujer cananea que pide a Jesús que interceda por su hija enferma, el arzobispo de Barcelona, pidió al Señor que «que cure a quienes han quedado heridos o destrozados por estos atentados y que conceda a nuestro mundo vivir en paz y concordia».

 

«Todos hemos recibido en estos días pasados muestras de cercanía y de repulsa por los atentados sufridos en nuestra ciudad de Barcelona y en la ciudad hermana de Cambrils», recordó el purpurado, en primer lugar, el telegrama enviado en nombre del Francisco por el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin, en el que el Papa condenó nuevamente «la violencia ciega, que es una ofensa gravísima al Creador, y eleva su oración al Altísimo para que nos ayude a seguir trabajando con determinación por la paz y la concordia en el mundo».

 

A los fieles reunidos en oración por las víctimas de atentado, el arzobispo de Barcelona reveló haber recibido además otro mensaje del Papa Francisco, el sábado 19 de agosto por la tarde, quien «me dejó un mensaje en el móvil: “Además del mensaje que le envió en nombre mío el cardenal Parolin, de manera particular, quiero personalmente hacerme cercano a usted y acompañarlo en la misa que va a celebrar. Estoy cerca de ustedes en este momento doloroso. Les acompaño mucho. Que Dios les bendiga. Rezo por ustedes y ustedes recen por mí».

 

«Quiero acabar agradeciendo a las fuerzas de seguridad del Estado, de la autonomía y de Barcelona la generosidad con la que actúan siempre; a los profesionales de la sanidad, su generosidad. Hay mucha reserva de humanidad en nuestra tierra —constató Omella. Da gusto sentirse de esta sociedad, cuando uno ve tanta generosidad. Que la Virgen de la Merced, Patrona de Barcelona, y de Montserrat, Patrona de Cataluña, os acompañen siempre con su amor maternal».


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La asunción de María

La Asunción de la Virgen María, último dogma de la Iglesia.

2017-08-15 Radio Vaticana

(RV).- El 15 de agosto la Iglesia celebra la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, último dogma proclamado por el Papa Pio XII el 1 de noviembre de 1950 en que se publicó la constitución apostólica Munificentissimus Deus, en la cual el papa, basado en la tradición de la Iglesia católica, tomando en cuenta los testimonios de la liturgia, la creencia de los fieles, los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia y con el consenso de los obispos del mundo, declaraba como dogma de fe la Asunción de la Virgen María.

La Iglesia católica celebra esta fiesta en honor de María en Oriente desde el siglo VI y en Roma desde el siglo VII. Durante el siglo VI fue llamada la Dormitio o Dormición de María, en que se celebraba la muerte, resurrección y asunción de María. En el siglo VII el nombre pasó de «Dormición» a «Asunción».

En la devoción popular, antes y después de la proclamación del Dogma, la Asunción de la Santísima Virgen María es festejada y celebrada por la Iglesia universal y en especial en los países de habla hispana, como reconocimiento a la figura de la madre de Dios, siendo Patrona bajo esta advocación de lugares en Paraguay, Guatemala, Brasil, España, Perú, Nicaragua, Puerto Rico, El Salvador, México, Bolivia y en otros muchos países de la comunidad católica en el mundo.

Escuchamos a continuación los testimonios de los oyentes de la radio del Papa en homenaje a la Asunción de la Santísima Virgen María.


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El angelus del Papa y la Stma. Trinidad.

Entremos siempre más en la comunión trinitaria, para dar testimonio del amor salvífico de Cristo, el Papa en el Ángelus

2017-06-11 Radio Vaticana

(RV).- En el día en el que la Iglesia Católica conmemora a la Santísima Trinidad, Papa Francisco recordó, desde el Balcón de la Plaza de San Pedro, las palabras de la segunda lectura en la que San Pablo se dirige a la comunidad de Corinto “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”(2 Cor 13,13), para después afirmar que esta “bendición” del Apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios.

Además Francisco expresó que “la comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad, de su bondad y belleza”. Aunque tal y como el mismo Pablo da testimonio, para que esto ocurra, se debe pasar necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón. Y esto “es lo que sucede a los judíos en el camino del éxodo” recordó el Santo Padre, para después explicar que “cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar aquel pacto, proclamando el propio nombre y su significado: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad” (Es 34,6).

Y este nombre expresa que Dios “no está alejado y encerrado en sí mismo” sino que “es Vida que quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad” expresó el Papa y continuó diciendo que “Dios es misericordioso, piadoso y rico de gracia” porque se ofrece a nosotros “para colmar nuestros límites y nuestras faltas”, para perdonar nuestros errores, para volvernos a llevar al camino de la justicia y de la verdad.

El sucesor de Pedro concluyó mencionando a la Virgen María, para que “nos ayude a entrar siempre más, con todos nosotros mismos, en la Comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra existencia”.

(Mireia Bonilla – RV)

Reflexión del Papa antes de la oración del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las Lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. La segunda Lectura, presenta las palabras que san Pablo dirige a la comunidad de Corinto: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”(2 Cor 13,13). Esta “bendición” del Apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios, aquel amor que Cristo resucitado le ha revelado, que ha transformado su vida y lo ha “empujado” a llevar el Evangelio a la población. A partir de esta experiencia suya de gracia, Pablo puede exhortar a los cristianos con estas palabras: “alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz”. La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad, de su bondad y de su belleza. Pero esto – como el mismo Pablo da testimonio – pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.

Es lo que sucede a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar aquel pacto, proclamando el propio nombre y su significado: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Este nombre expresa que Dios no está alejado y encerrado en sí mismo sino que es Vida que quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es “misericordioso”, “piadoso” y “rico de gracia” porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volvernos a llevar al camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y sólo Amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.

También Evangelio de hoy “pone en escena” a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil de ese tiempo, no ha dejado de buscar a Dios. No pensó: “ya llegué” ¡no! No dejó de buscar a Dios. Y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente que es ya buscado y esperado por Dios, que es amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro, así dice el profeta: florece antes.

En efecto, así le habla Jesús: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. ¿Qué es la vida eterna? Es el amor desmedido y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Este amor, con la acción del Espíritu Santo, ha irradiado una luz nueva sobre la tierra y en cada corazón humano que lo acoge; una luz que revela los ángulos oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia.

Que la Virgen María nos ayude a entrar siempre más, con todo nosotros mismos, en la Comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra existencia.

(Traducción de María Cecilia Mutual – Radio Vaticano)

Palabras del Papa después de rezar a la Madre de Dios:

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer, en La Spezia, fue beatificada Itala Mela. Criada en una familia lejos de la fe, en su juventud se profeso atea, pero se convirtió después a una intensa experiencia espiritual. Se comprometió entre los universitarios católicos, llegando a ser Oblata benedictina y cumplió un recorrido místico centrado en el misterio de la Santísima Trinidad, que hoy celebramos de manera especial. El testimonio de la nueva Beata nos anima, durante nuestros días, a dirigir a menudo el pensamiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que habitan en la celda de nuestro corazón.

Saludo a todos ustedes, queridos romanos y peregrinos: a los grupos parroquiales, a las familias, a las asociaciones. Saludo en particular a los fieles venidos de Montpellier, de Córcega y Malta; y de Italia, a los fieles de Padua y Norbello y los chicos de Sassuolo.

Un pensamiento especial a la comunidad boliviana que vive en Roma y celebra la Virgen de Copacabana.

A todos ustedes les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!


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El Papa: homilía de Pentecostés.

papa5El Papa en Pentecostés: “La novedad del Espíritu: crea un pueblo nuevo y nos da un corazón nuevo”

(RV).- “Ven Espíritu de Dios. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas”, lo dijo el Papa Francisco en la Santa Misa, en la Solemnidad de Pentecostés, celebrada en la Plaza de San Pedro.

Con esta celebración, señaló el Papa, concluye el tiempo de Pascua, estos cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. “Él es, en efecto – precisó el Pontífice – el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas”. Las lecturas que la liturgia presenta este Domingo de Pentecostés, puntualizó el Santo Padre, nos presentan dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés – afirmó el Papa – el Espíritu bajó del cielo en forma de lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. De este modo, “la Palabra de Dios describe la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad”. En otras palabras, explicó el Pontífice, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal.

Es la misma acción del Paráclito, dijo el Papa Francisco, el que en primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. Y al mismo tiempo, agregó el Pontífice, es el mismo Espíritu quien realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía. De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

“Para que esto se realice – subrayó el Sucesor de Pedro – es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes: la primera es buscar la diversidad sin unidad y la segunda es la de buscar la unidad sin diversidad”. Por ello, nuestra oración al Espíritu Santo – alentó el Papa – consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, y también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra.

Un corazón nuevo

Y llegamos entonces a la segunda novedad, afirmó el Santo Padre: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, les da el Espíritu de perdón. “El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, precisó el Pontífice, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón”. Porque el perdón – explicó el Papa – es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidos a pesar de todo, es el perdón el que libera el corazón y le permite recomenzar.

“El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías – alentó el Papa – el Espíritu nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están”. Por ello, dijo el Papa Francisco, pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

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Hoy concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).

Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».