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Comentario al mensaje del Papa para la cuaresma.

“La tiranía del dinero provoca el desprecio del otro”

Mensaje de Cuaresma de Francisco: «La codicia es la raíz de todos los males. No hay que cerrar las puertas a los pobres y necesitados, el otro siempre es un don»
REUTERS
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Pubblicato il 07/02/2017
Ultima modifica il 07/02/2017 alle ore 15:05
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

«La codicia del dinero es la raíz de todos los males»: la corrupción y las envidias, peleas y sospechas, todo nace allí. En el Mensaje para la Cuaresma de este 2017, Papa Francisco vuelve a deplorar el apego a la riqueza que lleva a los que las poseen a «una especie de ceguera», a ver solo el propio yo y cerrarse al otro, especialmente «el pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación».

 

«El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico. En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz», afirma el Pontífice.

 

«La codicia del dinero es la raíz de todos los males», insistió, y reflexionó sobre la Parábola del Evangelio de Lucas que representa a dos personajes. Por una parte un hombre rico, cuyo nombre no se dice, esclavo de un «lujo exagerado» que manifiesta en sus vestidos opulentos. Su codicia «lo vuelve vanidoso», «su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia».

 

Por otra parte, está el pobre Lázaro, abandonado fuera de la puerta comiendo las migajas que caen de la mesa, con llagas en todo el cuerpo y los perros que se las lamen. Un «cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado». Para el rico, «Lázaro es como invisible», mientras que para Dios es «un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano».

 

En realidad, el que es degradado es el rico, que toca «el peldaño más bajo de esta decadencia moral»: la soberbia. «El hombre rico —continuó el Papa— se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación».

 

Se acuerda solamente cuanto, junto a Lázaro, acaba en el más allá y se encuentra con Abraham, a quien llama «padre», «demostrando que pertenece al pueblo de Dios». «Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios», subrayó Francisco.

 

Entre los «tormentos del más allá, el rico pide que alivien su sufrimiento con un poco de agua. «Los gestos que se piden a Lázaro —explicó— son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces”. En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes».

 

El rico pide ayuda por sus hermanos que siguen vivos, pidiéndole a Abraham que mande a Lázaro para advertirles y que no acaben como él. «De esta manera —indicó el Pontífice— se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano»

 

El problema, pues, no es la riqueza, sino haber cerrado las puertas al otro, que siempre es, por el contrario, «un don, sea nuestro vecino, sea el pobre desconocido». Esta página del Evangelio ofrece, pues, «la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión», indicó Bergoglio. «El pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida», subrayó. «Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor», y «la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo».


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Mensaje de cuaresma del Papa. Resumen y texto oficial.

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017

2017-02-07 Radio Vaticana

(RV).- «La Palabra es un don. El otro es un don». Es el Mensaje cuaresmal del Papa Francisco, que ha querido centrar «en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31)».

«Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión», escribe el Obispo de Roma, en su Mensaje, que fue presentado hoy en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Tras hacer hincapié en que el camino cuaresmal «es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte», señala que, en «este tiempo, recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor».

El Papa reitera que «Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016)».

«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna», recuerda asimismo el Santo Padre, añadiendo luego que, «en la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia».

«El otro es un don», «El pecado nos ciega», «La Palabra es un don». Son los tres puntos en los que reflexiona el Papa Francisco.

«Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico» (n. 1)

Con el apóstol Pablo el Papa reitera que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10)». Y añade que «ésta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz» (n. 2)

«El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática», asegura una vez más el Santo Padre y subraya que «el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano». (n. 3)

Antes de concluir su Mensaje el Papa Francisco exhorta a «todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma, que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo, para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana».

Y a orar «unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua».

(CdM – RV)

Texto completo del Mensaje del Papa Francisco:

La Palabra es un don. El otro es un don

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

  1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

  1. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

  1. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Vaticano, 18 de octubre de 2016


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El Papa bautiza a unos niños en la Capilla Sixtina

«La fe es luz y deben hacerla crecer para que se convierta en testimonio», el Papa en la fiesta del Bautismo del Señor

(RV).- En la mañana del domingo 8 de enero, fiesta del Bautismo del Señor con la cual concluye el tiempo litúrgico de la Navidad, el Papa Francisco presidió por cuarta vez en su Pontificado, la Santa misa en la Capilla Sixtina en la cual administró el Sacramento del Bautismo a 13 niñas y 15 niños.

En una ceremonia litúrgica ambientada por cánticos y tras la presentación de los aspirantes a recibir el sacramento del bautismo, en el momento de la homilía, el Santo Padre dirigió las siguientes palabras a los padres, padrinos y familiares allí presentes:

Queridos padres, ustedes han pedido para sus hijos la fe, que les será dada en el bautismo. La fe, esto significa vida de fe porque la fe debe ser vivida, y caminar por el camino de la fe y dar testimonio de la fe. La fe no es recitar el credo los domingos cuando vamos a la misa, la fe no es solamente esto. La fe es creer en la verdad de Dios Padre que ha enviado a su Hijo y el Hijo nos da el espíritu que nos vivifica. La fe es confiar en Dios y eso es lo que ustedes tienen que enseñar a sus hijos con el ejemplo y con la vida.

La fe es luz. En esta ceremonia les será dada una vela encendida como en los primeros días de la Iglesia, y por eso en aquel tiempo el bautismo se llamaba la iluminación porque la fe ilumina el corazón, “hacer ver las cosas con otra luz” . Ustedes han pedido la fe, la iglesia da la fe con el bautismo a sus hijos, y ustedes tienen el compromiso de hacerla crecer, custodiarla y que se convierta en testimonio para todos los otros. Éste es el sentido de esta celebración, solamente esto quería decirles: custodiar la fe, hacerla crecer, de modo que sea testimonio para los otros.

Después… ha comenzado el concierto, (haciendo alusión a los llantos de algunos de los bebés durante la ceremonia) porque los niños se encuentran en un lugar que no conocen, los han levantado antes de lo común, empieza uno… da la nota, y los otros imitan… sencillamente porque ha llorado el otro. Jesús también hizo lo mismo, a mí me gusta pensar que la primera predicación de Jesús en el pesebre ha sido un llanto. Después como la ceremonia es muy larga, algunos lloran de hambre. Si es así, ustedes madres, sin vergüenza denles de mamar, como la Virgen daba de mamar a Jesús. No se olviden: ustedes han pedido la fe, ustedes tienen el compromiso de hacer crecer esta fe de modo que se convierta en testimonio para todos nosotros, también para nosotros, obispos, sacerdotes…todos. Gracias.

Posteriormente, la ceremonia prosiguió con los demás ritos preparatorios como la bendición del agua, la renuncia de los padres y padrinos al pecado, la profesión de fe y la pregunta formulada sobre el deseo de que el niño sea bautizado.

Pueden visualizar el evento completo y escuchar la crónica de Radio Vaticana en nuestro canal de Youtube.

(SL-RV)

(from Vatican Radio)


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El ejemplo de los magos en Belén. Comentario

“Quien busca a Dios va a la periferia como mendicante para encontrarlo”

Durante la Misa de la Epifanía, Francisco habló sobre la actitud de los Magos: pudieron adorar porque tuvieron el valor de caminar y de postrarse frente al pequeño, al pobre, al indefenso
LAPRESSE

La adoración de los Reyes Magos

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Pubblicato il 06/01/2017
Ultima modifica il 06/01/2017 alle ore 10:05
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
Herodes no pudo adorar al Niño Jesús, porque «buscaba que lo adorasen» a él. En cambio, los Magos, hombres que sentían la nostalgia de Dios, vieron la estrella «porque se habían puesto en camino. Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad». Fue lo que dijo Francisco en la misa de la Epifanía, celebrada en San Pedro, y también describió cuál fue la diferencia en la actitud de los Magos frente a los que estaban cerrados a las novedades de Dios.

«Estos hombres —dijo el Papa— vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino». Así, los Magos «expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón».

La «santa nostalgia de Dios», añadió Bergoglio, «nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente». Una nostalgia que «nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometernos por ese cambio que anhelamos y necesitamos».

«El creyente “nostalgioso” —explicó el Pontífice— busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera su Señor. Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar».

Como actitud opuesta, hizo notar el Papa, en el palacio de Herodes, que estaba muy cerca de Belén, «no se habían percatado de lo que estaba sucediendo». Herodes dormía «bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado. Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre su riqueza sin lograr ver más allá. Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto —dijo Bergoglio— del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida».

Los Magos, para adorar, fueron al lugar propio de un rey: el palacio de Herodes. «Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza y esclavitud».

Pero justamente allí, en ese palacio, observó Francisco, comenzó el camino más difícil: descubrir que lo que buscaban «se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido (pero deseado) no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia».

«Herodes —concluyó— no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen. Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar». Los Magos, por el contrario, «sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén descubrieron la Gloria de Dios».


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La epifanía hoy, en palabras del Papa.

“No nos dejemos cegar por el dinero: sigamos la luz de Jesús”

Durante el Ángelus, Francisco felicitó al Oriente cristiano, que mañana celebra la Navidad, y animó a los jóvenes misioneros
AFP

El Ángelus de Papa Francisco

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Pubblicato il 06/01/2017
Ultima modifica il 06/01/2017 alle ore 13:03
GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO
«Que nuestra estrella no sean las luces enceguecedoras del dinero y del éxito —recomendó el Papa. En donde está Dios hay alegría, valentía, la luz de Jesús sabe vencer las tinieblas más oscuras». Después de la celebración de la Epifanía en la basílica vaticana, Francisco se asomó desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos que estaban reunidos en la Plaza San Pedro. «La vida cristiana es camino de búsqueda, evitando insidias, y no basta saber que Dios nació, si no se hace la Natividad en el corazón», advirtió. «Celebramos hoy la Epifanía del Señor, es decir la manifestación de Jesús, que resplandece como luz para todas las gentes —afirmó Jorge Mario Bergoglio antes de la oración mariana. Símbolo de esta luz que resplandece en el mundo y quiere iluminar la vida de cada uno es la estrella, que guió a los Magos a Belén. Ellos, dice el Evangelio, vieron “surgir su estrella”, y decidieron seguirla: decidieron dejarse guiar por la estrella de Jesús». Y, añadió Francisco, «también en nuestra vida hay diferentes estrellas, luces que brillan y orientan. Somos nosotros los que debemos decidir cuáles seguir: hay luces intermitentes, que van y vienen, como las pequeñas satisfacciones de la vida: aunque sean buenas no son suficientes, porque duran poco y no dejan la paz que buscamos».También existen, continuó, «las luces enceguecedoras del dinero y del éxito, que prometen todo e inmediatamente: son seductoras, pero con su fuerza ciegan y hacen pasar de los sueños de gloria a la oscuridad más densa». Los Magos, por el contrario, «invitan a seguir una luz estable y gentil, que no se apaga, porque no es de este mundo: proviene del cielo y resplandece en el corazón». De hecho, «esta luz verdadera es la luz del Señor, o mejor, es el Señor. Él es nuestra luz: una luz que no deslumbra, sino que acompaña y que da una alegría única: esta luz es para todos y llama a cada uno». Por ello, precisó el Pontífice, «podemos sentir que se dirige a nosotros la invitación de hoy del profeta Isaías: “Levántate, revístete de luz”, y, al inicio de cada día, podemos acoger esta invitación: levántate y revístete de luz, sigue hoy, de entre todas las estrellas del mundo, la estrella luminosa de Jesús». Así, «siguiéndola, tendremos la alegría, como le sucedió a los Magos, quienes “al ver la estrella, sintieron una alegría enorme”, porque en donde está Dios hay alegría». Y «quien ha encontrado a Jesús ha experimentado el milagro de la luz que disuelve las tinieblas, y conoce esta luz que ilumina y aclara».

Por ello, subrayó el Papa, «quisiera, con mucho respeto, invitar a todos a no tener miedo de esta luz y a abrirse al Señor». Sobre todo, «quisiera decirles a los que han perdido la fuerza para buscar, a los que, superados por las oscuridades de la vida, han apagado el deseo: ¡ánimo, la luz de Jesús sabe vencer sobre las tinieblas más oscuras!”. Pero, ¿cómo encontrar esta luz divina? —se preguntó Francisco. Sigamos el ejemplo de los Magos, a los que el Evangelio describe siempre en movimiento. Quien quiere la luz, de hecho, sale de sí y busca: no se queda encerrado, detenido viendo qué sucede alrededor, sino que pone en juego la propia vida». Por ello, «la vida cristiana es un camino continuo, hecho de esperanza y de búsqueda, un camino que, como el de los Magos, prosigue incluso cuando la estrella desaparece momentáneamente de la vista».

En este camino «hay también insidias que deben ser evitadas: los chismes superficiales y mundanos, que frenan el paso; los caprichos paralizadores del egoísmo, los huecos del pesimismo, que atrapa a la esperanza». Y «estos obstáculos bloquearon a los escribas, de los que habla el Evangelio de hoy, ellos sabían donde estaba la luz, pero no se movieron, su conocimiento fue vano: no basta saber que Dios ha nacido, si no se hace con Él la Natividad en el corazón». En cambio, «los Magos lo hicieron: encontraron al Niño “se postraron y lo adoraron”. No solo lo vieron, no dijeron una oración de circunstancia, sino que adoraron». Es decir, puntualizó Francisco, «entraron en una comunión personal de amor con Jesús». Después «le regalaron oro, incienso y mirra, es decir sus bienes más preciosos. Aprendamos de los Magos a no dedicar a Jesús solo retazos de tempo y algún pensamiento de vez en cuando, de lo contrario no tendremos su luz». Y, «como los Magos, pongámonos en camino, revistámonos de luz, siguiendo la estrella de Jesús, y adoremos al Señor con todo nuestro ser».

Una catequesis que resume el sentido de la fiesta de hoy. «La Epifanía es la Jornada de la Infancia misionera», recordó el Papa, que indicó a los jóvenes como modelo «los niños y chicos que en muchas partes del mundo se comprometen para llevar el Evangelio y ayudar a sus coetáneos en dificultades». A ellos dirigió nuevamente su aliento, después de que durante el Te Deum de fin de año hubiera llamado la atención sobre las nuevas generaciones.

Después de la oración mariana, el Pontífice recordó que «las comunidades eclesiales del oriente, que siguen el calendario juliano, celebrarán mañana la Santa Natividad: en espíritu de alegre fraternidad, deseo que el nuevo nacimiento del Señor Jesús los colme de luz y de paz».

Una vez más, fueron los pobres, los sin techo y los prófugos, en compañía de muchos voluntarios y religiosos, los que regalaron hoy 50 mil libritos con las páginas del Evangelio sobre la Misericordia. «Hablando de dones —dijo el Papa— pensé hacerles un regalo, aunque me falten los camellos: el librito “Íconos de misericordia”». Papa Francisco anunció con estas palabras la distribución de los 50 mil libritos entre los fieles y peregrinos que estaban presentes en la Plaza San Pedro. «El don de Jesús —explicó— es la misericordia del Padre y, para recordar este don de Dios, les haré este don que les distribuirán pobres, sin techo, prófugos y muchos voluntarios a quienes saludo cordialmente y agradezco verdaderamente desde el corazón». «Les deseo —concluyó— un año de justicia, de perdón, de serenidad, pero sobre todo un año de misericordia. Les ayudará leer este libro. Es de bolsillo y pueden llevarlo con ustedes. Por favor, no se olviden de hacerme el don de su oración».


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La fiesta de la Virgen de Guadalupe en el Vaticano

El Papa presidirá la Santa Misa en honor a Nuestra Señora de Guadalupe

2016-12-10 Radio Vaticana

(RV).- Más de seiscientos sacerdotes inscriptos para concelebrar la Santa Misa en honor a Nuestra Señora de Guadalupe el próximo lunes 12 de diciembre en la Basílica de San Pedro. Sobre la gran fiesta que se está transformando ya en una tradición en el Vaticano, conversamos con el Profesor Guzmán Carriquiry, de la Pontificia Comisión para América Latina, promotora del evento:

El primer pontífice que presidió la celebración en la Basílica de san Pedro en honor a la Virgen de Guadalupe fue el Papa Emérito Benedicto XVI en el año 2011, en ocasión del Bicentenario de la Independencia de los países latinoamericanos. A partir de entonces, cada doce de diciembre, el Papa Francisco no ha dejado de presidir dicha celebración en la Basílica Vaticana. Explica el profesor Guzmán Carriquiry: “la fiesta de la Nuestra Señora de Guadalupe tiene una resonancia especial en toda América Latina, porque las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe han sido como el ‘acontecimiento fundante’ del cristianismo en nuestras tierras”. “La Virgen de Guadalupe, Virgen Inmaculada, Virgen embarazada, traía consigo al Salvador que rompía los muros de separación y que mostraba la suprema dignidad de cada uno de los habitantes de los nuevos pueblos en gestación”.

El prof. Carriquiry señala algunas particularidades de esta celebración. En primer lugar, que sucede al Viaje del Papa Francisco a México realizado en febrero de este año, durante el cual visitara la capital espiritual del continente americano y meta de peregrinación de cristianos del mundo entero: el Santuario dedicado a La Morenita a los pies del Tepeyac.

En segundo lugar destaca los 22 millones los fieles que atravesaron la Puerta Santa del Santuario de Guadalupe en este Año de la Misericordia, que ofrece la dimensión de la devoción a la Patrona de las Américas; y, por último, evidencia los cantos que animarán esta celebración en san Pedro: antiguos cantos litúrgicos compuestos en náhuatl, la lengua del ‘Nican Mopohua’, el documento que contiene el relato de las apariciones de Nuestra Señora al indio San Juan Diego, y piezas en quechua, mapuche y guaraní, demostrativo del cómo, a partir de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, “ha habido una inculturación del cristianismo también en las tradiciones lingüísticas, musicales y artísticas de los pueblos indígenas de América Latina”: “Los cantos que acompañarán la celebración -nota – son de alguna manera, un homenaje a nuestros pueblos indígenas, tan necesitados de compañía, de sostén, de promoción, de defensa, y al mismo tiempo, un homenaje de los pueblos indígenas a Nuestra Señora de Guadalupe, que quiso revestirse con todas las tradiciones nativas, para donar a su Hijo a estos pueblos”.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, única imagen que la Madre de Dios dejó grabada de sí misma, presentó a los indios mexicanos la fe de manera tal, que pudo ser comprendida y aceptada de inmediato, y es venerada por los pueblos latinoamericanos desde su grabación en la tilma del indio San Juan Diego en 1531.

Todos los fieles latinoamericanos que se encuentren en Roma están invitados a participar en esta celebración en la Basílica Vaticana para lo cual deberán solicitar las boletas de ingreso a la Prefectura de la Casa Pontificia e iglesias aledañas, mientras que los sacerdotes que deseen concelebrar, en cambio, pueden solicitar sus ingresos a la Pontificia Comisión para América Latina,también a disposición para dar cualquier información relativa a la Santa Misa.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)


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Misa con el Papa en San Pedro en la próxima fiesta de Guadalupe.

Santa Misa en honor de Nuestra Señora de Guadalupe presidida por el Papa Francisco

2016-11-24 Radio Vaticana

(RV).-  También este año, y por tercer año consecutivo, el Papa Francisco celebrará la Santa Misa en la Basílica Vaticana el día 12 de diciembre en honor de Nuestra Señora de Guadalupe.

Tal como informa la Pontificia Comisión para América Latina, el Santo Padre hizo llegar a la CAL a través de su Presidente, el Cardenal Marc Ouellet, su deseo de presidir nuevamente esta festividad en el día en que millones de católicos en todo el mundo rinden honor a quien es Patrona de América y de las Filipinas. “La Eucaristía se celebrará a las 18.00 y estará precedida del rezo del Santo Rosario a las 17.15 y del tradicional ingreso de banderas en representación de los diversos países que son devotos de la Virgen. Se prevé una participación masiva de fieles, especialmente provenientes de las comunidades latinoamericanas y de las Filipinas en Roma, y de numerosos Cardenales, Obispos, religiosos, religiosas, miembros de la Curia Romana y del cuerpo diplomático”.

La Comisión para América prosigue el comunicado de prensa recordando al Papa Emérito Benedicto XVI, quien en 2011 aceptara celebrar por primera vez esta Fiesta en la Basílica de San Pedro. “En aquella ocasión la Misa fue acompañada por los cantos de la Misa Criolla, del compositor argentino Ariel Ramírez, interpretada por jóvenes del Coro Musica Nova”, mientras que tres años después, también el Papa Francisco, “expresó su deseo de celebrar nuevamente la Eucaristía en honor de ‘la morenita’, y en dicha ocasión un grupo de músicos venidos de argentina, con el apoyo de la Presidencia de dicho país, interpretaron nuevamente la Misa Criolla junto al coro juvenil “Musica Nova”, dirigidos esta vez por el hijo del compositor Ariel Ramírez, quien vino especialmente para la ocasión, considerando que se cumplían 50 años desde que dicha Misa fuera interpretada en el Vaticano en presencia del Papa Pablo VI”.

Tras rememorar la Santa Misa en honor de la Virgen de Guadalupe en 2015, en la cual el pontífice anunció su visita apostólica a México, la CAL manifiesta su alegría por la noticia de la celebración del Santo Padre de este año, la cual “se suma a la dicha por la reciente canonización de dos nuevos Santos para América Latina, la del sacerdote argentino José Gabriel del Rosario, el “cura Brochero”, y la del joven mártir mesicano José Sánchez del Río”.

“En esta oportunidad la Santa Misa será acompañada por algunos cantos litúrgicos muy antiguos, compuestos en lenguas indígenas, entre ellos un bellísimo himno dedicado a la Virgen de Guadalupe compuesto en ‘nahuatl’, la lengua del ‘Nican Mopohua’, que contiene el relato de las apariciones de Nuestra Señora al indio San Juan Diego, así como otras piezas antiguas en quechua, mapuche y guaraní. El Coro de la Capilla Sixtina, oficial de las celebraciones pontificias en la Basílica, se combinará con la participación del Coro Latinoamericano, dirigido por el Maestro Eduardo Notrica”.

“Todos los fieles están invitados a participar en esta Celebración, para lo cual deberán solicitar las boletas de ingreso a la Prefectura de la Casa Pontificia“, mientras que “los sacerdotes que deseen concelebrar, en cambio, pueden solicitar sus ingresos a la Pontificia Comisión para América Latina, la cual estará también a disposición para dar cualquier información relativa a la Santa Misa”.