Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Saludo del Papa el lunes de Pascua.

Con María anunciemos la Resurrección de Cristo al mundo que sufre, pidió el Papa al rezar el Regina Coeli

2017-04-17 Radio Vaticana

(RV).- Que la Virgen nos ayude a creer e interceda, en especial, por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas, que en tantas partes del mundo, están llamadas a un testimonio más difícil y valiente, fue el ruego del Papa Francisco, reiterando que también nosotros – hoy – estamos invitados a anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que ‘¡Cristo ha resucitado, aleluya!’.

Introduciendo el rezo mariano pascual a la Reina del Cielo, con las palabras del Ángel, en el pasaje evangélico del Lunes de Pascua de 2017, el Obispo de Roma hizo hincapié en que afianzados en la Resurrección del Señor – «evento, que constituye la verdadera novedad de la historia y del cosmos – estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos, según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Esto es comenzar ya a resucitar!».

El Papa Francisco señaló que seremos hombres y mujeres de resurrección, si, «en medio de las vicisitudes que atormentan al mundo, a la mundanidad que nos aleja de Dios, sabremos brindar gestos de solidaridad y de acogida, alimentar el anhelo universal de la paz y la aspiración de un ambiente libre de degradación».

Signos comunes y humanos que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, pueden adquirir una eficacia muy superior a nuestras capacidades. «Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento».

(CdM – RV)

Voz y texto completo de las palabras del Papa Francisco:

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En este lunes de fiesta, llamado ‘Lunes del Ángel’,  la liturgia hace resonar el anuncio de la Resurrección proclamada ayer: ‘¡Cristo ha resucitado aleluya!’. En el pasaje evangélico de hoy podemos percibir el eco de las palabras que el Ángel dirigió a las mujeres que acudieron al sepulcro: «Vayan en seguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos’» (Mt 28,7)

Sentimos como dirigida también a nosotros esa invitación a ir enseguida a anunciar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo este mensaje de alegría y de esperanza. ¡De esperanza, de esperanza cierta, porque desde cuando, en la aurora del tercer día, Jesús crucificado ha resucitado, la última palabra ya no la tiene la muerte, sino la vida! ¡Y ésta es nuestra certeza. La última palabra ya no es sepulcro, no es la muerte, es la vida! Por ello repetimos tanto: ‘¡Cristo ha resucitado!’. Porque en Él el sepulcro ha sido derrotado, ha nacido la vida.

Afianzados en este evento, que constituye la verdadera novedad de la historia y del cosmos, estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Existe la vida! ¡Esto es comenzar ya a resucitar! Seremos hombres y mujeres de resurrección, hombres y mujeres de vida, si, en medio de las vicisitudes que atormentan al mundo, – hay tantas hoy – en medio de la mundanidad que nos aleja de Dios, sabremos brindar gestos de solidaridad y de acogida, alimentar el anhelo universal de la paz y la aspiración de un ambiente libre de la degradación. Se trata de signos comunes y humanos, pero que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, adquieren una eficacia muy superior a nuestras capacidades. Y esto es así, porque Cristo está vivo y Cristo obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento.

Que la virgen María, testigo silenciosa de la muerte y resurrección de su hijo Jesús, nos ayude a ser signos límpidos de Cristo resucitado entre las vicisitudes del mundo, para que cuantos están en la tribulación y en las dificultades no permanezcan víctimas del pesimismo,  y de nuestra derrota, de la resignación, sino que encuentren en nosotros a tantos hermanos y hermanas que ofrecen su apoyo y consolación. Que nuestra madre nos ayude a creer firmemente en la resurrección de Jesús: Jesús ha resucitado, está vivo aquí, entre nosotros y esto es un admirable misterio de salvación, y con la capacidad de transformar los corazones y la vida. E interceda en especial por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas, que están hoy en tantas partes del mundo llamadas y un testimonio más difícil y valiente.

Y entonces, en la luz y en la alegría de la Pascua, dirijámonos a Ella con la oración, que por cincuenta días, hasta Pentecostés, ocupa el lugar del Ángelus»

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)

(from Vatican Radio)


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Pascua: la bendición Urbi et orbi. Comentario

“Alivio para Siria, víctima de guerra, horror y muerte”

En su bendición pascual, el Papa Francisco pasó revista a los principales focos de conflicto en el mundo y se refirió a la inestabilidad social en diversas zonas de América Latina

La bendición pascual del Papa Francisco

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Pubblicato il 16/04/2017
Ultima modifica il 16/04/2017 alle ore 16:28
ANDRÉS BELTRAMO ALVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Alivio y consuelo a la población civil de Siria, la amada y martiriada siria, víctima de una guerra que no cesa de sembrar horror y muerte”. En un mundo que coquetea una vez más con la violencia bélica, el Papa alzó su voz a favor de la paz. En su bendición pascual, imploró a Dios que sostenga los esfuerzos de quienes ayudan al pueblo sirio. Condenó un ataque contra refugiados en Alepo, clamó por la armonía en Tierra Santa y todo el Medio Oriente, centrando su llamado en Irak y Yemen.

 

“Es de ayer el último innoble ataque a refugiados en fuga que ha provocado numerosos muertos y heridos” lamentó el líder católico, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro y antes de impartir su bendición “urbi et orbi” (a la ciudad y al mundo), que fue transmitida por 160 emisoras televisivas en todo el mundo.

 

Con esas palabras, se refirió al atentado con bomba lanzado la víspera contra un convoy de vehículos para una evacuación masiva, pactada el viernes por el gobierno de Bashar al Assad y los rebeldes sirios. Al menos 112 personas murieron en el episodio.

 

Más adelante, el Papa pidió que Jesús resucitado sostenga los esfuerzos de quienes, especialmente en América Latina, “se comprometen en favor del bien común de las sociedades, tantas veces marcadas por tensiones políticas y sociales, que en algunos casos son sofocadas con la violencia”. Se refirió así a la inestabilidad social en Venezuela, en Argentina y en otros países de la región.

 

Instó a que “se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de válidas soluciones pacíficas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho”.

 

También invocó ayuda para Ucrania, “todavía afligida por un sangriento conflicto”, para que vuelva a encontrar la concordia y acompañe las iniciativas promovidas para aliviar los dramas de quienes sufren las consecuencias. Deseó que los pueblos de Sudán del Sur, de Somalia y de la República Democrática del Congo, que padecen “conflictos sin fin”, agravados por la terrible carestía que está castigando algunas regiones de África, “sientan siempre la cercanía del buen pastor”.

 

El Papa sostuvo que, en toda época de la historia, Cristo resucitado no se cansa de buscar a los hombres, “perdidos en los desiertos del mundo”, para atraerlos, con su amor misericordioso, al camino de la vida. Añadió que va a buscar a quien está perdido en los laberintos de la soledad y de la marginación, haciéndoles sentir su voz.

 

Por eso, siguió, el resucitado “se hace cargo” de cuantos son víctimas de antiguas y nuevas esclavitudes: trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación, graves dependencias. Se hace cargo –precisó- de los niños y de los adolescentes que son privados de su serenidad para ser explotados, y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.

 

Sostuvo que Jesús se hace compañero de camino de quienes se ven obligados a dejar la propia tierra a causa de los conflictos armados, de los ataques terroristas, de las carestías, de los regímenes opresivos. “A estos emigrantes forzosos, les ayuda a que encuentren en todas partes hermanos, que compartan con ellos el pan y la esperanza en el camino común”, dijo.

 

Por eso auguró que, en los momentos más complejos y dramáticos de los pueblos, Cristo guíe los pasos de quien busca la justicia y la paz; y done a los representantes de las naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y de acabar con el tráfico de las armas.

 

Pidió a Dios, que no deja de bendecir al Continente Europeo, dé esperanza a cuantos atraviesan momentos de dificultad, especialmente a causa de la gran falta de trabajo sobre todo para los jóvenes.

 

“Todos nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado, perdemos el buen camino y vamos errantes como ovejas perdidas. Pero Dios mismo, nuestro pastor, ha venido a buscarnos, y para salvarnos se ha abajado hasta la humillación de la cruz. Y hoy podemos proclamar: Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya”, apuntó.

 

“Este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: Era verdad, ha resucitado el Señor. Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, dé paz a nuestros días. Feliz Pascua”, sentenció.

 

Al final, impartió la bendición “urbi et orbi” a la multitud que llenó la Plaza de San Pedro. Antes, al final de la misa de resurrección y antes de su mensaje, saludó a los fieles con un largo giro a bordo del papamóvil.


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Vigilia pascual con el Papa en el Vaticano. Comentario.

“El resucitado hace saltar nuestras desmedidas ambiciones”

El Papa Francisco celebra la vigilia pascual en la Basílica de San Pedro y recuerda el rostro de las mujeres que descubrieron el sepulcro vacío, el mismo roto de quienes hoy sufren el dolor por la miseria, por la explotación y la trata
REUTERS

Papa Francisco

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Pubblicato il 15/04/2017
Ultima modifica il 15/04/2017 alle ore 22:23
ANDRÉS BELTRAMO ALVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

Cristo quiere hacer saltar todas las barreras. Los obstáculos que encierran a los seres humanos en “estériles pesimismos”. En “nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en “nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad” y las “desmedidas ambiciones, capaces de jugar con la dignidad ajena”. Es la resurrección de Cristo, anunciada por el Papa desde el altar mayor de la Basílica de San Pedro. Una resurrección que debe sacudir, y poner en marcha. Como explicó Francisco, esta noche durante la vigilia pascual.

 

Ante autoridades políticas y diplomáticas, cardenales, obispos y más de cuatro mil fieles, el pontífice presidió la ceremonia del fuego nuevo. Con el alfa y la omega marcó un gran cirio pascual. Luego, sólo con esa luz, ingresó en el templo oscuro. Después, gracias al recuerdo de la resurrección, todas las luces se encendieron y comenzó la vigilia.

 

Durante la homilía, el líder católico reflexionó sobre las mujeres que fueron a buscar el cuerpo de Cristo. María Magdalena y la otra María, con su paso cansado de confusión rumbo al sepulcro, debilitado como aquel de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma. Evocó sus rostros pálidos, bañados por las lágrimas y la pregunta: “¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?”.

 

Ellas, señaló, fueron mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Entonces invitó a hacer un ejercicio de imaginación para ver en sus caras, los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana.

 

“Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas”, ejemplificó.

 

“Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad”, agregó.

 

Reconoció que los rostros de los fieles hablan de heridas, muchas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Precisó que el corazón humano sabe que las cosas pueden ser diferentes, pero sin darse cuenta, muchos se acostumbran a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración, a convencerse que es la “ley de la vida”, terminando todo en una “triste resignación”.

 

Pero advirtió que esas mujeres fueron sacudidas, algo les movió el suelo y una voz les dijo: “No teman, ha resucitado como lo había dicho. La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”.

 

“El latir del resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena”, aseguró.

 

Precisó que, cuando el sumo sacerdote y los líderes religiosos, en complicidad con los romanos, creyeron que podían calcularlo todo, cuando creyeron que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpió para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad.

 

Entonces, dijo, Dios, una vez más, salió al encuentro del ser humano para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Porque –siguió- esa es la promesa reservada desde siempre, es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel.

 

Ese latir del resucitado cambió el paso de aquellas mujeres, las hizo alejarse rápidamente y correr a dar la noticia, las hizo volver sobre sus pasos y sobre sus miradas, volvieron a la ciudad a encontrarse con los otros. Por eso, invitó a todos a “ir con ellas”, volver a la ciudad y anunciar la noticia, a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución.

 

“Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el señor está vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos”, destacó.

 

“Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar”, ponderó.

 

Después de la homilía, el Papa confirió el sacramento del bautismo a 11 catecúmenos, personas que se convirtieron al catolicismo ya en edad adulta. De ellos, tres son italianos, dos albaneses y el resto proviene de Malta, España, República Checa, Estados Unidos, Malasia y China.


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Vigilia pascual del sábado santo. Homilía del Papa

Vayamos a anunciar el latir del Resucitado, fermento de nueva humanidad: el Papa en la Vigilia Pascual

2017-04-16 Radio Vaticana

“Vayamos a anunciar, a compartir y a descubrir que el Señor está vivo”: fue ésta la invitación del Papa Francisco en la homilía de la Vigilia Pascual, celebrada en la noche del Sábado Santo en la Basílica de San Pedro. “El Señor está vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza – dijo el Papa – que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad”.

Basando su reflexión en el pasaje de Mateo que relata la visita de dos mujeres, María Magdalena y la otra María, al sepulcro de Jesús, el Pontífice instó a encontrar en sus rostros, llenos de dolor pero incapaces de resignarse, los rostros de madres, abuelas, niños y jóvenes que “resisten el peso y el dolor de tanta injusticia humana”.

En ellas, vemos reflejados los rostros de aquellos que “sienten el dolor de la miseria, de la explotación y la trata”, señaló el Santo Padre; de quienes sufren “el desprecio por ser inmigrantes, la soledad o el “abandono por tener las manos demasiado arrugadas”. El dolor de madres que lloran por la vida de sus hijos “sepultada por la corrupción”, bajo el egoísmo cotidiano que quita derechos o “la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien”.

En su homilía el Santo Padre explicó que el “don” de Jesús Resucitado, fuerza transformadora y fermento de nueva humanidad, es la promesa reservada por Dios a su pueblo fiel y eso es lo que esta noche se nos invita a anunciar: ¡Cristo vive!

Finlmente la invitación del Pontífice a volver, como las dos mujeres, sobre nuestros pasos y “anunciar la noticia a todos los lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra”.

(María Cecilia Mutual – RV)

Texto completo de la homilía del Papa

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. GUARDINI, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar.

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.


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Pascua: mensaje y bendición del Papa desde el Vaticano.

El Señor no se cansa de buscarnos en los desiertos del mundo: Mensaje Pascual y bendición Urbi et Orbi del Papa Francisco

2017-04-16 Radio Vaticana

(RV).- “Hoy, en todo el mundo, la Iglesia renueva el anuncio lleno de asombro de los primeros discípulos: ¡Jesús ha resucitado! Era verdad, ha resucitado el Señor, como había dicho”. Comienza con estas palabras, tomadas de los Evangelios de San Lucas y de San Mateo, el Mensaje Pascual que el Papa Francisco dirigió este domingo 16 de abril 2017 desde el balcón central de la Basílica de San Pedro.

Después de celebrar la Santa Misa de Pascua y de recorrer en automóvil la plaza de San Pedro repleta de fieles y transformada en jardín florido, símbolo de la alegría por la Resurrección de Cristo, el Pontífice explicó que la antigua fiesta de Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud del pueblo judío, alcanza aquí su cumplimiento, porque Jesucristo “el Buen Pastor nos ha liberado del pecado”.

Asegurando que en toda época de la historia el Pastor Resucitado “no se cansa de buscarnos” el Obispo de Roma subrayó que “también hoy, Él toma sobre sus hombros a nuestros hermanos oprimidos por tantas clases de mal”: a quien sufre la soledad y la marginación, a cuantos son víctimas de trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación o graves dependencias. El Pastor Resucitado lleva también sobre sus hombros a los niños y a los adolescentes explotados y a “quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa” –  afirmó el Papa – y se transforma en “compañero de camino” de emigrantes forzados, que han dejado sus tierras a causa de conflictos armados, terrorismo o carestías”.

Francisco dirigió un pensamiento especial a las poblaciones de Siria, Sudán del Sur, Somalia, República Democrática del Congo, Ucrania que sufren conflictos sin fin y deseó paz para todo el Oriente Medio, en especial para Tierra Santa, Irak y Yemen. Sin olvidar a América Latina, marcada por tensiones políticas y sociales, para que Jesús Resucitado “sostenga los esfuerzos de quienes se comprometen por el bien común”. Que Jesús Resucitado, pidió también el Santo Padre, “done a los representantes de las Naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y se acabe con el tráfico de armas”. Finalmente, el corazón del Papa fue al continente europeo deseando que el Señor Resucitado dé esperanza a quien sufre la falta de trabajo, en particular a los jóvenes.

Concluyendo su Mensaje y antes de impartir su bendición Urbi et Orbi, es decir a la Ciudad de Roma y al mundo, el Pontífice recordó que hoy, los cristianos de todas las confesiones celebran juntos la Pascua y así – dijo – resuena a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: ¡Era verdad, ha resucitado el Señor!

(María Cecilia Mutual – Radio Vaticano)

Texto y audio completo del Mensaje Pascual del Papa Francisco y bendición Urbi et Orbi

Queridos hermanos y hermanas,¡Feliz Pascua!

Hoy, en todo el mundo, la Iglesia renueva el anuncio lleno de asombro de los primeros discípulos: Jesús ha resucitado Era verdad, ha resucitado el Señor, como había dicho (cf. Lc 24,34; Mt 28,5-6).

La antigua fiesta de Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo, alcanza aquí su cumplimiento: con la resurrección, Jesucristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos ha abierto el camino a la vida eterna.

Todos nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado, perdemos el buen camino y vamos errantes como ovejas perdidas. Pero Dios mismo, nuestro Pastor, ha venido a buscarnos, y para salvarnos se ha abajado hasta la humillación de la cruz. Y hoy podemos proclamar: «Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya» (Misal Romano, IV Dom. de Pascua, Ant. de la Comunión).

En toda época de la historia, el Pastor Resucitado no se cansa de buscarnos a nosotros, sus hermanos perdidos en los desiertos del mundo. Y con los signos de la Pasión —las heridas de su amor misericordioso— nos atrae hacia su camino, el camino de la vida. También hoy, él toma sobre sus hombros a tantos hermanos nuestros oprimidos por tantas clases de mal.

El Pastor Resucitado va a buscar a quien está perdido en los laberintos de la soledad y de la marginación; va a su encuentro mediante hermanos y hermanas que saben acercarse a esas personas con respeto y ternura y les hacer sentir su voz, una voz que no se olvida, que los convoca de nuevo a la amistad con Dios.

Se hace cargo de cuantos son víctimas de antiguas y nuevas esclavitudes: trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación, graves dependencias. Se hace cargo de los niños y de los adolescentes que son privados de su serenidad para ser explotados, y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.

El Pastor Resucitado se hace compañero de camino de quienes se ven obligados a dejar la propia tierra a causa de los conflictos armados, de los ataques terroristas, de las carestías, de los regímenes opresivos. A estos emigrantes forzosos, les ayuda a que encuentren en todas partes hermanos, que compartan con ellos el pan y la esperanza en el camino común.

Que en los momentos más complejos y dramáticos de los pueblos, el Señor Resucitado guíe los pasos de quien busca la justicia y la paz; y done a los representantes de las Naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y de acabar con el tráfico de las armas.

Que en estos tiempos el Señor sostenga en modo particular los esfuerzos de cuantos trabajan activamente para llevar alivio y consuelo a la población civil de Siria, víctima de una guerra que no cesa de sembrar horror y muerte. Que conceda la paz a todo el Oriente Medio, especialmente a Tierra Santa, como también a Irak y a Yemen.

Que los pueblos de Sudán del Sur, de Somalia y de la República Democrática del Congo, que padecen conflictos sin fin, agravados por la terrible carestía que está castigando algunas regiones de África, sientan siempre la cercanía del Buen Pastor.

Que Jesús Resucitado sostenga los esfuerzos de quienes, especialmente en América Latina, se comprometen en favor del bien común de las sociedades, tantas veces marcadas por tensiones políticas y sociales, que en algunos casos son sofocadas con la violencia. Que se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de válidas soluciones pacíficas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho.

Que el Buen Pastor ayude a ucraniana, todavía afligida por un sangriento conflicto, para que vuelva a encontrar la concordia y acompañe las iniciativas promovidas para aliviar los dramas de quienes sufren las consecuencias.

Que el Señor Resucitado, que no cesa de bendecir al continente europeo, dé esperanza a cuantos atraviesan momentos de dificultad, especialmente a causa de la gran falta de trabajo sobre todo para los jóvenes.

Queridos hermanos y hermanas, este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, dé paz a nuestros días. Feliz Pascua.

Después de la bendición Urbi et Orbi el Santo Padre dirigió el saludo pascual:

Queridos hermanos y hermanas,

Dirijo mi deseo de Buena Pascua a todos ustedes, quienes están reunidos aquí, procedentes de Italia y de otros países, así como a cuantos están unidos a través de los diferentes medios de comunicación. Que el anuncio pascual de Cristo Resucitado pueda reavivar las esperanzas de sus familias y de sus comunidades, en especial de las nuevas generaciones, futuro de la Iglesia y de la humanidad.

Un agradecimiento especial a quienes han donado y a quienes han colocado las decoraciones florales, que también este ano provienen de diferentes países.

Que puedan sentir cada día la presencia del Señor Resucitado, y compartir con los otros la alegría y la esperanza que Él nos dona. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buena fiesta y ¡hasta la vista!

(Traducción del italiano: Mireia Bonilla – RV)


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La Oración del Papa al término del Via Crucis el Viernes Santo.

La oración de desagravio a Cristo en la cruz que el Papa Francisco rezó en el Via Crucis

Rezo del Via Crucis en el interior del Coliseo de Roma. / Captura CTV

Rezo del Via Crucis en el interior del Coliseo de Roma. / Captura CTV

ROMA, 14 Abr. 17 / 04:30 pm (ACI).- Al finalizar el Via Crucis del Viernes Santo en el Coliseo de Roma, lugar de martirio de los primeros cristianos, el Papa Francisco se dirigió a los presentes y rezó una extensa y sentida oración de desagravio por las ofensas de la humanidad a Cristo en la cruz.

A continuación, el texto completo de la oración:

Oh Cristo, dejado solo y traicionado también por los tuyos. Oh Cristo, juzgado por los pecadores y condenado por los jefes. Oh Cristo, golpeado en tu carne, coronado de espinas, vestido de púrpura. Oh Cristo, atrozmente clavado. Oh Cristo, atravesado por la lanza que ha partido tu corazón. Oh Cristo, muerto y sepultado. Tú que eres el Dios de la vida y de la existencia. Oh Cristo, nuestro único Salvador, volvemos otra vez a ti este año con los ojos bajados de vergüenza y con el corazón lleno de esperanza.

Qué vergüenza por todas las imágenes de devastación y de destrucción, de naufragios, que se han convertido en ordinarias para nosotros. Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, de niños, de emigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su pertenencia étnica, social o por su fe en ti.

Vergüenza por las demasiadas veces que, como Judas y como Pedro, te hemos vendido y traicionado, y abandonado, para morir por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestras responsabilidades.

Vergüenza por nuestro silencio frente a la injusticia, por nuestras manos vagas para dar y ávidas para quitar y confiscar, por nuestra voz que defiende nuestros intereses y tímida para hablar de los intereses de los otros, por nuestros pies veloces sobre el camino del mal y paralizados sobre el del bien.

Vergüenza por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia, y hemos olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, nuestra total disponibilidad, dejando arruinado nuestro corazón y nuestra vocación.

Tanta vergüenza, Señor… Pero nuestro corazón también está nostálgico de la esperanza confiada en que tú nos tratas no según nuestros méritos, sino según la abundancia de tu misericordia; que nuestras traiciones no hacen venir a menos la inmensidad de tu amor; que tu corazón materno y paterno no nos olvida por la dureza de nuestras vísceras.

La esperanza segura de que nuestros nombres están escritos en tu corazón y que estamos colocados en la pupila de tus ojos. La esperanza de que tu cruz transforma nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar; que transforma esta tenebrosa noche de tu cruz en alba fulgurante de tu resurrección.

La esperanza de que tu fidelidad no se basa en la nuestra, la esperanza de que la lista de hombres y mujeres fieles a la cruz continua y continuará a vivir fiel como la levadura que da sabor, y como la luz que abre nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida.

La esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal cuando vengas a juzgar a los vivos y a los muertos. La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente fracaso.

Señor Jesús, hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante de tu misterio de muerte y de gloria, ante tu patíbulo nos arrodillamos avergonzados y esperanzados, y te pedimos que nos laves en el lavatorio de la sangre y del agua que brotaron de tu corazón abierto.

Perdona nuestros pecados y nuestras culpas. Te pedimos que te acuerdes de nuestros hermanos arrancados por la indiferencia de la guerra y de la violencia.

Te pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.

Oh Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos jamás de tu cruz, a no instrumentalizarla, sino que la honremos y la adoremos porque en ella tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.


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El Via Crucis del Viernes santo en Roma con el Papa. Crónica.

Vergüenza y esperanza, en el Vía Crucis de Francisco

La angustia, el dolor, el terror y el mal del mundo en el Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo Romano. Una ceremonia distinta, con nuevas estaciones incluidas en el texto por la biblista francesa Anne-Marie Pelletier
ANSA

Vergüenza y esperanza, en el Vía Crucis de Francisco

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Pubblicato il 14/04/2017
Ultima modifica il 14/04/2017 alle ore 23:20
ANDRÉS BELTRAMO ALVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Volvemos a ti también este año, con los ojos bajos de vergüenza y con el corazón lleno de esperanza”. Vergüenza por todas las imágenes de devastación, destrucción y naufragio, que se volvieron ordinarias. Vergüenza por la sangre inocente, que todos los días es derramada. Esperanza porque Dios no tenga en cuenta los pecados de la humanidad, sino sólo su misericordia. Fue el clamor del Papa Francisco, al cerrar el Vía Crucis, la noche de este Viernes Santo en el Coliseo Romano.

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Su mensaje fluctuó entre esas dos palabras: Vergüenza y esperanza. Vergüenza por el martirio de las mujeres, los niños, los inmigrantes y las personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica y social, por su fe en Cristo.

 

“Vergüenza por nuestro silencio ante las injusticias, por nuestras manos perezosas en el dar y ávidas en el arrancar, en conquistar. Por nuestra voz chillona en el defender nuestros intereses y tímida en el hablar de aquellos de otros. Por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en aquel del bien”, indicó.

 

“Vergüenza por todas las veces que nosotros obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas escandalizamos y herimos tu cuerpo, la Iglesia. Y olvidamos nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, nuestra total disponibilidad, dejando que se oxiden nuestro corazón y nuestra consagración”, agregó.

 

Al mismo tiempo constató que el corazón humano tiene “nostalgia” de la esperanza en que Dios lo juzgue no por sus méritos, sino según la abundancia de su misericordia. Que las traiciones de los seres humanos no hagan mermar la inmensidad de su amor. Que la cruz transforme los corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar.

 

“Transforma esta noche tenebrosa de tu cruz en alba refulgente de tu resurrección. La esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad, para preparar el camino de tu retorno triunfal cuando vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos. La esperanza que el bien vencerá no obstante su aparente derrota”, estableció.

 

“Te pedimos recordar a nuestros hermanos quebrados por la violencia, por la indiferencia y por la guerra. Te pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros de nuestro egoísmo, de nuestra ceguera voluntaria y de nuestra vanidad de cálculos mundanos”, apuntó.

 

El Papa llegó al Monte Palatino temprano. Incluso antes de las nueve de la noche. Allí lo recibió la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, con quien se entretuvo dialogando. Cinco minutos antes de lo previsto (las 21:15), inició el Vía Crucis.

 

Desde el principio las meditaciones, que se leyeron en cada estación, se notó el toque femenino de Anne-Marie Pelletier, la biblista francesa encargada por el pontífice para redactarlas. Ella decidió introducir algunas novedades vistosas. Cambió la secuencia del tradicional camino de la cruz, sustituyendo algunas estaciones.

 

Así, la segunda estación pasó a ser: “Jesús es negado por Pedro”, la cuarta: “Jesús rey de la gloria”, la séptima: “Jesús y las hijas de Jerusalén”, la décima: “Jesús en la cruz es humillado” y la décimo cuarta: “Jesús en el sepulcro y las mujeres”.

 

Entre quienes llevaron la cruz alta destacaron fieles originarios de países que serán visitados por el Papa en los próximos meses: una familia de Egipto dos jóvenes de Portugal y una familia de Colombia. Además, llevaron el madero un discapacitado en silla de ruedas, una familia romana, dos fieles de China, una monja de la India y varias personas africanas.

 

El texto constató la “banalidad del mal”, con innumerables hombres, mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia. También se refirió a “la locura de los torturadores y de los que les mandan”, al llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido.

 

“Señor, te pedimos que en este día santo en el que se cumple tu designio, destruyas nuestros ídolos y los del mundo. Tú que conoces su poder sobre nuestras mentes y nuestros corazones. Destruye nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria”, agregó, en otro pasaje.

 

Además, incluyó varias referencias a personajes ilustres. Como Etty Hillesum, “mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida”.

 

Ella, indicó, “nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: Voy a tratar de ayudarte, le dice. Qué audacia tan femenina y tan divina”.

 

Más adelante, añadió: “Señor, Dios nuestro, ¿quién nos librará de las insidias del poder mundano? ¿Quién nos librará de la tiranía de la mentira, que nos lleva a enaltecer a los poderosos y buscar a la vez las falsas glorias?”. La ceremonia concluyó pasadas las 22:30 horas, con la bendición a la multitud de parte del Papa quien, a bordo de un coche, regresó al Vaticano.