Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Homilía domingo tercero de Pascua. Autor: .A. Jáuregui S.J.

 

 

 

DOMINGO 3 DE PASCUA B

Ev.: Lc 24,35-48

 

Los evangelios de estos últimos domingos de Pascua nos transmiten las experiencias de apariciones que tuvieron los primeros testigos de la resurrección Jesús. Comienza el evangelio de hoy contándonos el encuentro de los dos discípulos de Emaús con el grupo de los Apóstoles ocultos en Jerusalén por miedo a los judíos. El evangelista resume en dos líneas lo que vivieron en su encuentro con Jesús. Cómo lo reconocieron en el partir del pan. Este reconocimiento de Jesús resucitado en la participación del misterio eucarístico revela un marcado contraste con sus expectativas anteriores a la pasión y muerte de Jesús. Se las comunican por el camino al viandante desconocido: “Nosotros esperábamos que iba a ser el liberador de Israel”. Es uno de los pocos textos del N.T. donde san Lucas deja traslucir en la fe prepascual de los discípulos unas esperanzas de carácter político nacionalista. Pero esta fe – si es que de verdad existió – queda corregida por la palabra autorizada del caminante desconocido. Defiende la tesis de la fe cristiana: “Era necesario que el Cristo padeciera y así entrara en su gloria”. Confirma esta tesis la participación en el pan de la eucaristía que es – según san Lucas – un memorial de la pasión del Señor. Recordad a este propósito lo que exclama el sacerdote después de la consagración: “Este es el misterio de nuestra fe”.  El misterio creador de la fe.

La experiencia de estos dos discípulos anticipa lo que va a ser la revelación de Jesús resucitado en su aparición a los doce apóstoles.  Jesús se aparece a los discípulos de forma sorprendente e inesperada. Su aparición no suscita precisamente la alegría de algo deseado y esperado sino el miedo reverencial ante la manifestación de  un fantasma que siempre sobrecoge. Jesús les infunde calma: “Paz a vosotros” y a continuación despeja cualquier sombra de duda acerca de su identidad. “Soy yo en persona”, les dice, y come con ellos un trozo de pez asado. “ Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”

Lo que hace la presencia de Jesús resucitado entre sus discípulos es revelarles el sentido de lo que están viviendo. Lo hace abriéndoles el sentido de las Escrituras. Viene a decirles que todo lo que ha acontecido con él en su muerte afrentosa no ha sido el resultado de una pura maquinación de sus enemigos sino algo querido por Dios y, como tal,  escrito y predicho en las profecías del Antiguo Testamento. Les dice: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén”.

         El encuentro con Jesús resucitado hace cambiar de chip la mentalidad de los discípulos. Ellos esperaban para los tiempos mesiánicos – conforme al vaticinio de Isaías – una especie de peregrinación de todos los pueblos hacia Jerusalén para confesar la unicidad del Dios de Israel en un juicio en el que Israel iba a desempeñar el papel importante de testigo entre Dios y las naciones. La realidad instaurada con la muerte y resurrección de Jesús ha venido a ser todo lo contrario: no una peregrinación centripetal de todas las naciones hacia Jerusalén ni tampoco, por ahora, una congregación de las doce tribus de Israel para ser juzgadas por los doce discípulos de Jesús sentados sobre doce tronos, tal como rezaba un vaticinio de Jesús registrado por Mateo y Lucas, sino una misión que, empezando de Jerusalén, se va a extender a todas las naciones. Este es el encargo que encomienda Jesús resucitado a sus testigos en este encuentro en cumplimiento de las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento.

No es posible encontrar en todo el A.T. una sola promesa que haga alusión a esta misión de testigos enviados al mundo entero para predicar la reconciliación por el perdón de los pecados. Tampoco ha resultado nada sencillo a la investigación histórica sobre los comienzos de la Iglesia explicar cómo se operó este cambio de mentalidad que, al parecer, no era un sobreentendido obvio de la elección y de las apariciones a los Doce discípulos primeros. Estos decían, más bien, una relación a Israel, a la reconstrucción del pueblo de las doce tribus conforme a la expectativas de la fe israelita en el final de los tiempos. La mentalidad misionera universal, expresada en ese evangelio responde claramente a una convicción unánime de la gran Iglesia del tiempo de la composición del evangelio y san Lucas hace de él un  proyecto teológico que da unidad a su doble obra.

La Iglesia incipiente de Jerusalén tardó en abrirse a esta nueva mentalidad. Influyó en esta expansión de la predicación cristiana por Samaria y por territorios que estaban fuera del territorio de Israel, la expulsión de los Helenistas, de los que nos hablan los Hechos de los Apóstoles. Pero san Lucas no aduce claramente las razones que impulsaron a estos discípulos a empezar a predicar en Samaria y, más tarde, a admitir a los gentiles en la Iglesia, en Antioquia de Siria, donde empezaron los discípulos procedentes del judaísmo y del paganismo a llamarse cristianos.

A la labor espontánea y carismática de estos discípulos se deben los comienzos de la expansión misionera universal del Cristianismo. A esta expansión providencial, no programada desde el principio por Jesús y los doce primeros discípulos, se debe que la Iglesia de Jerusalén no quedara reducida, como Qumran o el Judaísmo, a un ghetto cerrado herméticamente a las naciones y a todas sus culturas. Esta llamada a la evangelización del mundo entero sigue siendo una exigencia constitutiva de la Iglesia.

Bilbao, domingo tercero de pascua del ciclo B

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La eucaristía del Papa en el domingo de la divina misericordia.

La esperanza es un don de Dios. Domingo de la Misericordia

Misericordia. Perdón y don, es el lema del encuentro sobre la espiritualidad de la misericordia. Un fin de semana con momentos de oración y catequesis en la Iglesia de Santo Espíritu en Sassia, para concluir con la celebración eucarística en la Plaza de san Pedro presidida por el Papa Francisco

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano

Hoy, Domingo de la Divina Misericordia, el Papa Francisco celebró la Santa Misa en el atrio de la basílica de San Pedro.

En el Jubileo de los presos, en el año extraordinario del Jubileo de la Misericordia, el Papa recordó que, en los momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca y sienta compasión de nosotros. Experimentamos lo que significa estar desorientados, confundidos, golpeados en lo más íntimo, como nunca nos hubiéramos imaginado.

Miramos a nuestro alrededor con ojos vacilantes, afirma el Papa, buscando encontrar a alguien que pueda realmente entender nuestro dolor. La mente se llena de preguntas, pero las respuestas no llegan. La razón por sí sola no es capaz de iluminar nuestro interior, de comprender el dolor que experimentamos y dar la respuesta que esperamos. En esos momentos es cuando más necesitamos las razones del corazón, las únicas que pueden ayudarnos a entender el misterio que envuelve nuestra soledad.

En el momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de Cristo la oración al Padre. La oración es la verdadera medicina para nuestro sufrimiento. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado. La ternura de su mirada nos consuela, la fuerza de su palabra nos sostiene, infundiendo esperanza.

En esta homilía el Papa Francisco recuerda que el poder del amor transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de nuestra victoria con él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Trinidad Santísima, fuente eterna de la vida y del amor.

Se recuerda, que la fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer domingo después de Pascua y fue instituida oficialmente por San Juan Pablo II durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000.

El domingo de la Divina Misericordia nace de un pedido de Cristo a una religiosa polaca del siglo XX, santa Faustina. Es una fiesta para manifestar en el mundo su inmensa compasión por los Hombres: «Deseo que la fiesta de la Misericordia sea un recurso y un refugio para todas las almas y sobre todo para los pobres pecadores. En este día, las puertas de mi misericordia están abiertas, yo les daré un océano de gracias a las almas que se aproximarán a la fuente de mi misericordia» le dijo Jesús a santa Faustina.


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Domingo segundo de Pascua. Homilía. Autor: J.A.Jáuregui S.J.

 

DOMINGO 2 DE PASCUA

Ev.: Jn 20,19-31

El cuarto evangelista nos presenta 4 episodios que representan otros tantos ejemplos ligeramente distintos de la fe en Jesús resucitado. El DA cree después de ver los lienzos mortuorios, pero sin haber visto al mismo Jesús. María Magdalena ve a Jesús, pero no le reconoce hasta ser llamada por su nombre. Los discípulos le ven y creen. También Tomás le ve y cree, pero sólo después de haber insistido tercamente en el aspecto maravilloso de la aparición. Los cuatro casos ejemplarizan la actitud de los que ven (en el sentido juaneo del término) y creen.  El evangelista pondrá fin a su mensaje llamando la atención al final sobre los que han creído sin ver. El cuarto evangelista, que no nos cuenta el sermón de las bienaventuranzas de Mt y Lc, termina su evangelio llamando bienaventurados, dichosos a los que creen sin haber visto.

De estos tres últimos ejemplos con sus oportunos correctivos se desprende cuál ha de ser el modelo de nuestra fe en la resurrección.

María Magdalena reconoce a Jesús. Se siente invadida de gozo. Pero no ha reconocido todavía a Jesús por lo que realmente es. Piensa que está de vuelta. Como si  los tres últimos días no hubieran sido más que una horrible pesadilla. La vida puede comenzar de nuevo. El Maestro amado y venerado está realmente allí. Pero interpreta mal su visión del Resucitado. Se arroja a sus pies y le confiesa como Maestro. Interpreta la resurrección de Jesús como la de Lázaro, como una vuelta a este mundo, como el Maestro del tiempo pasado de la actividad de Jesús. Se arroja a sus pies. Quiere retenerlo en este mundo. No ha entendido que la resurrección de Jesús es una resurrección para el mundo de Dios,  Por eso el Señor le dice: “Suéltame. Que todavía no he ido al Padre”.  Es inútil que Maria se aferre a Jesús para impedirle ir al Padre. En realidad Jesús ya está en el Padre. El gesto de María quiere prolongar la comunión humana que ya no tiene sentido ninguno ni ninguna utilidad.  Di a los discípulos y a Pedro: ‘Voy a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro a Dios”. Para que cuando se aparezca a sus discípulos sepan que viene del mundo de Dios, que es el Señor, el Hijo entronizado en el cielo junto al Padre, y no el Jesús terreno que vuelve redivivo a este mundo. Es el Hijo de Dios que nos hace hijos de Dios por la fe en El.

La aparición a los discípulos nos enseña que, como dice Ph. Menoud, si Cristo hubiera resucitado sin testigos, no sería posible la redención sino a costa de una nueva encarnación. Nos recuerda que nuestra fe se apoya en el testimonio de unos discípulos que vieron al Resucitado y proclamaron valientemente su fe en Jesús Mesías y Señor por la resurrección de entre los muertos. Nos recuerda lo que dice Eph 2,20 que la Iglesia apostólica está edificada sobre el testimonio de los apóstoles y profetas.  La aparición a los discípulos en el evangelio de hoy nos habla de la fiesta juanea de Pentecostés descrita por san Juan en el día mismo de la Pascua, en contraste con san Lucas que la sitúa al final de la cincuentena pascual. También el contenido es matizadamente distinto. El Espíritu Santo insuflado por Jesús a sus discípulos trae consigo, por medio de la Iglesia representada en los discípulos, el ministerio de la reconciliación de Dios con los hombres, como dice san Pablo en la 2ª.carta a los Corintios: “Y todo esto (la nueva criatura) viene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18).

         Pero, además de esto,  el evangelio de hoy nos recuerda el caso especial de Tomás. Este no acepta la palabra de los otros discípulos. Exige que se le permita examinar el cuerpo de Jesús con dedos y mano. Pide más de lo que se ofreció a los otros discípulos. Tomás quiere ver y tocar. Los discípulos y Tomás representan dos actitudes distintas ante las apariciones de Jesús resucitado. Cuando ven a Jesús, los discípulos se sienten movidos a reconocerle como Señor. Tomás, por el contrario, no cree en el testimonio de sus compañeros; quiere comprobar lo milagroso en sí.

Tomás, después de recibir su correctivo, expresa su fe con una profesión de fe rotunda: “Señor mío y Dios mío”. La fuente de estos títulos es puramente bíblica. Combina los términos usados en los LXX para traducir YHWH Elohay por “Señor, Dios mío”. (Cfr. Ps 35,23: Dios mío y Señor mío”). Tomás se dirige a Jesús en los mismos términos que emplea Israel para dirigirse a Yahvé. R. Brown observa, sin embargo, que Jesús es honrado como Dios en una profesión de fe. La aplicación neotestamentaria del término “Dios” a Jesús no constituye todavía una formulación dogmática, sino que aparece en un contexto litúrgico, cultual. Es una respuesta de alabanza a Dios que se ha revelado en Jesús. Este “Señor mío y Dios mío” de Tomas se aproxima mucho a la cláusula del prólogo de Juan  “y dios era la palabra” con la que forma una inclusión que abarcaba todo el cuarto evangelio antes de que se le añadiera el capítulo 21. Muy probablemente pone Juan en boca de Tomás una doxología que confesaba a fines del siglo I toda la comunidad cristiana

Pero el evangelio no termina ahí. Añade una bienaventuranza en la que estamos involucrados todos nosotros. El autor vuelve la mirada a una época en la que ya no será posible ver a Jesús. Hasta el momento final descrito en el evangelio solo era posible un tipo de fe auténtica que brotaba de la presencia visible de Jesús, pero con la inauguración de la presencia invisible de Jesús Espíritu surge un nuevo tipo de fe. La fe de los que creemos sin haber visto.

 

Bilbao, 8 de abril de 2018


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Homilía del Papa en la vigilia pascual.

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Vigilia Pascual: Seamos parte del mayor anuncio de la Historia, ¡Ha resucitado!

“La tumba vacía de Jesús quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación y en cualquier persona”, dijo el Papa en su homilía de la Vigilia Pascual

Sofía Lobos – Ciudad del Vaticano

“Inmersos en la oscuridad de esta noche y en el frío que la acompaña, sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que cada uno de nosotros puede reconocerse y cala hondo en las hendiduras del corazón del discípulo que ante la cruz se queda sin palabras”. Con estas palabras el Papa Francisco inició su homilía de la celebración de la Vigilia Pascual, que presidió en una Basílica de San Pedro envuelta por un ambiente de reflexión, en este Sábado Santo en el cual los cristianos profundizan sobre la Pasión y Muerte del Señor, y esperan en oración velante su Resurrección.

El discípulo de hoy también calla ante las injusticias

En alusión a las horas posteriores a la muerte de Jesús, donde el dolor y el miedo paralizaron a los discípulos, “que callaron frente a la injusticia, las calumnias y el falso testimonio que condenó al Maestro”, el Santo Padre planteó un interrogante fundamental, invitando a los cristianos de hoy a preguntarse:

“¿Qué decir ante tal situación?”, puesto que al igual que miles de años atrás los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de «jugársela» y de hablar en favor de Jesús, escondiéndose, escapando, callando… (cfr. Jn 18,25-27); también en la actualidad de nuestros tiempos, “el discípulo de hoy permanece enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer; que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos, un discípulo que vive atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al siempre se hizo así».

El anuncio más grande la historia: Ha resucitado

Asimismo, el Pontífice explicó que a pesar de nuestros silencios tan contundentes, la piedra del sepulcro gritó y en su grito anunció para todos un nuevo camino.
“Fue la creación la primera en hacerse eco del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del evangelio.

Fue la piedra del sepulcro la primera en saltar y a su manera entonar un canto de alabanza y admiración, de alegría y de esperanza al que todos somos invitados a tomar parte; y así dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: «No está aquí ha resucitado» (Mt 28,6).

“Este es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad: ¡No está aquí…ha resucitado!”, añadió el Sucesor de Pedro destacando el valor de este anuncio “que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad”.

La tumba vacía de Jesús nos habla

Por otra parte, el Obispo de Roma, profundizó sobre el sentido del sepulcro vacío de Jesús, que interpela constantemente a hombres y mujeres de todos los tiempos y de todas las generaciones, a no dejarse vencer por la indiferencia y lograr ahondar en el misterio más grande la humanidad:

“La tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia”, dijo Francisco, reiterando que Jesús resucitó de la muerte, “resucitó del lugar del que nadie esperaba nada y nos espera —al igual que a las mujeres que llegaron al sepulcro— para hacernos tomar parte de su obra salvadora”.


El Sentido de la Pascua

El Papa concluyó su homilía recordando que celebrar la Pascua, “es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos”; y que por consiguiente “celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza”.

Y antes de proseguir con la ceremonia, el Pontífice propuso una cuestión “dirigida a todos allí donde estemos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la «cuota de poder» que poseemos”: ¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?

Una pregunta a la que cada uno debe responder, a través de un encuentro profundo con Dios, que en cada Pascua nos desvela el misterio más grande de su amor por la humanidad, un Dios que vuelve a decirnos: “¡No está aquí ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: No tengas miedo, sígueme”.

Homilía del Papa en la Vigilia Pascual


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Homilía para el domingo de Pascua. Autor: .A. Jáuregui S.J.

 

 

DOMINGO DE PASCUA  (B)

 

Misa del dia

Jn 20,1-10

 

En esta celebración solemne de la resurrección gloriosa de Jesús cabría esperar una descripción detallada de este acontecimiento triunfal. Pero ni los evangelios ni los demás textos del N.T. que nos hablan de la resurrección de Jesús describen el modo como sucedió este acontecimiento. La misma iconografía cristiana fue sumamente reacia a representar de un modo visible a Jesús en el momento de su resurrección. Esto no es nada casual. Y es que en realidad la acción sobrenatural por la que Dios resucitó a Jesús es absolutamente indescriptible por ser un objeto de fe y no de visión humana. La primera profesión de fe cristiana confiesa que Jesús ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón (Pedro). San Pablo nos dice que ha visto al Señor. Los evangelios abundan en escenas de apariciones del Resucitado a sus discípulos. Pero la resurrección en sí misma sucede en lo oculto de la acción de Dios, como para el mundo de Dios ante el que no cabe más respuesta que la fe del hombre. Por eso quizás curiosamente el evangelio de este domingo describe la primera confesión de fe en la resurrección, no en ambiente de apariciones, sino dentro de la tumba vacía. María Magdalena fue, según san Juan, la primera que vio la tumba vacía, pero no supo leer el signo encerrado en ella. Sólo se le ocurrió que alguien había robado el cuerpo de Jesús. Confusa y perpleja corre al encuentro de los discípulos, ocultos después de la crucifixión por miedo a los judíos, y les comunica su noticia, una noticia por cierto ajena por completo a la proclamación5alegre del evangelio: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Desde este momento saltan  Pedro y el Discípulo amado (D.A.), sobre todo este último, al primer plano de la presentación del misterio de la resurrección en la concepción teológica de san Juan. Dentro de la matizada rivalidad con que el evangelista presenta a esos dos personajes, el D.A. corre más que Pedro y llega primero a la tumba, pero no entró. Cede el paso a Pedro. Este entra el primero en la tumba. “Se inclinó para observar y vio las envolturas de tela en el suelo; el sudario en que le habían envuelto la cabeza no en el suelo con los otros lienzos, sino enrollado aparte”. Pedro no alcanza a ver el sentido de lo que ve. Entonces entra el D.A. y ve en esos detalles el signo de la tumba vacía. El evangelista escribe escuetamente: “Vio y creyó”. ¿Qué es lo que vio? Materialmente, diríamos nosotros, vio lo mismo que había visto Pedro: la tumba vacía, los lienzos, el sudario. El D.A. no fue el primer testigo de las apariciones de Jesús resucitado. No llegó a la fe desde la visión del Resucitado. Pero fue el primero en creer. San Juan presenta así al D.A. como un personaje simbólico, modelo de nuestra fe. Se cumple en él, como primer creyente, la bienaventuranza con la que Jesús termina la última aparición. Jesús le dice a Tomás: “Porque me viste, Tomás, has creído. Dichosos los que sin haber visto, creen”. Ahí entramos todos nosotros junto con los primeros lectores del evangelio de san Juan.  Lo mismo que ellos, tampoco nosotros tenemos la oportunidad de ver a Jesús resucitado en esta solemne celebración de la pascua del Señor. Pero sí tenemos la oportunidad de adherirnos a la fe de aquellos primeros testigos con la misma inexplicable identidad con que se adhería a la fe primordial de la Iglesia el autor de la primera carta de Juan en nombre de su comunidad muchos años después de la muerte de los primeros testigos de la resurrección: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído os lo anunciamos para que vosotros estéis también en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Este es el misterio de nuestra fe expresado simbólicamente en el protagonista de nuestro evangelio de hoy: el D.A. por su fe se coloca en el mismo plano de los primeros creyentes, testigos de la resurrección de Jesús. Más aún, el D.A. viene a ser en el evangelio de Juan el modelo de creyente porque acompaña a Jesús en los tres momentos estelares del anuncio cristiano primitivo: Primero: en la Cena del Señor donde reclina su cabeza  en el pecho del Señor como para escuchar el secreto íntimo de Jesús en clara réplica de la Palabra de Dios vuelta hacia el seno del Padre para escuchar y comunicar después el secreto de la revelación de Dios a los hombres. Segundo: al pie de la cruz para recibir de Jesús el legado de la Iglesia representado en María (“He ahí a tu Madre”) y dar testimonio verdadero de la sangre y el agua brotadas del costado de Cristo, símbolos de los sacramentos primordiales de la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. “Un soldado le traspasó el costado con una lanza, y brotó en seguida sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio y sabe que su testimonio es verdadero, para que también vosotros creáis”. Y tercero, finalmente: en la tumba vacía para ser por la fe el primer testigo de la resurrección y hacernos partícipes de la última bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los que sin haber visto, creen”.

 

Bilbao, 1º de abril de 2018


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Palabras del Papa al término del Via Crucis.

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Vía Crucis. El Papa: Señor donanos vergüenza y esperanza

Este Viernes Santo, el Papa Francisco presidió la meditación de las 14 estaciones del Vía Crucis en el Coliseo de Roma, meditaciones escritas por un grupo de jóvenes y luego impartió su bendición apostólica.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Te pedimos Hijo de Dios, de identificarnos con el buen ladrón que te ha mirado con ojos llenos de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza; que, con los ojos de la fe, ha visto en tu aparente derrota la divina victoria y así se ha arrodillado ante tu misericordia y con honestidad ha robado el paraíso”, lo dijo el Papa Francisco en su meditación al final del Vía Crucis en el Coliseo de Roma, de este Viernes Santo.

Después de meditar las 14 estaciones del camino de la cruz, el Santo Padre invitó a dirigir nuestra mirada al Señor, una mirada de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza, al igual que hizo el buen ladrón.

La vergüenza de haber perdido la vergüenza

Señor Jesús, nuestra mirada se dirige a ti, lleno de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza.

Ante tu supremo amor nos invade la vergüenza por haberte dejado solo sufriendo por nuestros pecados: la vergüenza por haber huido ante la prueba a pesar de haberte dicho miles de veces: “incluso si todos te dejan, yo no te dejaré jamás”; la vergüenza de haber elegido a Barrabas y no a ti, el poder y no a ti, la apariencia y no a ti, el dios dinero y no a ti, la mundanidad y no la eternidad; la vergüenza por haberte tentado con la boca y con el corazón, cada vez que nos hemos encontrado ante una prueba, diciéndote: “¡si tú eres el mesías, sálvate y nosotros creeremos!; la vergüenza porque tantas personas, e incluso algunos de tus ministros, se han dejado engañar por la ambición y por la vanagloria perdiendo su dignidad y su primer amor; la vergüenza porque nuestras generaciones están dejando a los jóvenes un mundo fracturado por las divisiones y por las guerras; un mundo devorado por el egoísmo donde los jóvenes, los pequeños, los enfermos, os ancianos son marginados; la vergüenza de haber perdido la vergüenza; ¡Señor Jesús, danos siempre la gracia de la santa vergüenza!

Enseñándonos que tu amor es nuestra esperanza

Ante tu suprema majestad se enciende, en las tinieblas de nuestra desesperación, un rayo de esperanza porque sabemos que tu única medida de amarnos es aquella de amarnos sin medida; la esperanza para que tu mensaje continúe inspirando, incluso hoy, a tantas personas y pueblos a que sólo el bien puede derrotar al mal y la maldad, sólo el perdón puede abatir el rencor y la venganza, sólo el abrazo fraterno puede dispersar la hostilidad y el miedo al otro; la esperanza para que tu sacrificio continúe, también hoy, emanando el perfume de amor divino que acaricia los corazones de tantos jóvenes que continúan consagrando sus vidas convirtiéndose en ejemplos vivos de caridad y de gratuidad en este nuestro mundo devorado por la lógica del provecho y de la ganancia fácil; la esperanza para que tantos misioneros y misioneras continúen, también hoy, desafiando la dormida conciencia de la humanidad arriesgando la vida para servirte en los pobres, en los descartados, en los emarginados, en los invisibles, en los explotados, en los hambrientos y en los encarcelados; la esperanza para que tu Iglesia, santa y hecha de pecadores, continúe, también hoy, no obstante todos los intentos de desacreditarla, a ser una luz que ilumina, anima, alivia, y testimonia tu amor ilimitado a la humanidad, un modelo de altruismo, una arca de salvación y una fuente de certeza y de verdad; la esperanza porque de tu cruz, fruto de la avidez y cobardía de tantos doctores de la Ley e hipócritas, ha surgido la Resurrección transformando las tinieblas de la tumba en el esplendor del alba del Domingo sin ocaso, enseñándonos que tu amor es nuestra esperanza.

¡Señor Jesús, danos siempre la gracia de la santa esperanza!

Haznos como el buen ladrón

Ayúdanos, Hijo del hombre, a despojarnos de la arrogancia del ladrón colocado a tu izquierda y de los miopes y de los corruptos, que han visto en ti una oportunidad para aprovechar, un condenado por criticar, un derrotado para burlarse, otra ocasión para echar sobre los demás, e incluso sobre Dios, sus propias culpas.

Te pedimos en cambio, Hijo de Dios, de identificarnos con el buen ladrón que te ha mirado con ojos llenos de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza; que, con los ojos de la fe, ha visto en tu aparente derrota la divina victoria y así se ha arrodillado ante tu misericordia y con honestidad ha robado el paraíso. ¡Amen!

Oración del Papa Francisco


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Una familia siria en el Via Crucis del Papa hoy viernes santo

Una familia siria en el Vía Crucis con el Papa: “Llevaremos la cruz del país”

Riad Sagri, director ejecutivo de la Caritas Syria, estará con su esposa y sus tres hijos en el Coliseo para participar en una de las 14 estaciones

Una familia siria en el Vía Crucis con el Papa: “Llevaremos la cruz del país”

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Pubblicato il 30/03/2018
Ultima modifica il 30/03/2018 alle ore 14:26
RICCARDO CRISTIANO
ROMA

No son horas fáciles para la familia Sargi, que llegó a Roma el miércoles por la tarde desde Damasco. Él, Riad Sargi, es el director ejecutivo de Caritas Siria y llevará la cruz en una de las 14 estaciones del Vía Crucis con su esposa, Roubah Farah, y sus hijos: la mayor, Leila, y los más pequeños, Elías y Michael de casi ocho años. Al verlos, es difícil no pensar que no recuerdan una hora de vida sin la guerra, puesto que la violencia comenzó a extenderse a su alrededor cuando tenían poco menos de un año de vida.

 

Así, desde el miércoles por la tarde, cuando escuchan que pasa un avión sobre los cielos de Roma, preguntan a sus padres si hay que esperarse un bombardeo. Riad y Roubah los tranquilizan y aseguran que se trata de aviones civiles, no militares. Sin embargo, la idea de ir al Coliseo entre las evidentes e imponentes medidas de seguridad es también motivo de estrés: la idea de un retén, de un puesto de vigilancia, no significa lo que significa para nosotros los italianos. Viven con ansia no expresada, pero evidente, la espera. Y Riad aclara que siente muy fuerte la responsabilidad.

 

Los Sargi ya han participado en otros eventos a nivel internacional, como el encuentro mundial de las Familias en Filadelfia con el Papa Francisco, pero Riad Sargi sabe que hoy en la tarde llevará «la cruz de la crisis siria, una crisis que no se puede imaginar desde fuera, puesto que todos los sirios se han visto afectados, todos tienen una víctima en la propia familia: una tercera parte de las viviendas ha sido destruida, once millones de personas viven como desplazados, hay 5,5 millones de prófugos en el extranjero. Y todo esto le sucedió a un pueblo de 23 millones de personas. Yo vivo en Damasco, en donde ves por todas partes signos de destrucción. Desde 2012 han explotado en nuestra ciudad 14.800 granadas».

 

Invitando a reflexionar sobre el significado global de la experiencia del pueblo sirio, testigo de que la lógica absurda del extermino tan arraigada en la historia del siglo XX no ha sido superada, Riad Sargi vuelve a pensar en el presente y en el pasado de sus compatriotas; cada uno tiene una pesadilla, que se llama como quien asedia, bombardea, dispara, arroja granadas. «Siria es pequeña –afirmó–, pero la nuestra es una guerra sucia, una de las más sucias. Una guerra global en nuestra tierra, en donde no estábamos acostumbrados a distinguirnos entre diferentes creyentes, pero ahora las ideas de destrucción han penetrado y fragmentan a nuestra sociedad y destruyen ciudades enteras, como Alepo y Homs, fábricas enteras (y, por lo tanto, el tejido económico). Ninguno de los grandes sujetos involucrados en este conflicto se preocupa por nosotros; tan es así que el dato menos citado es el de nuestra moneda: en 2011 un dólar costaba 48,00 liras sirias; ahora el cambio es de 480,000 liras por un dólar».

 

Los informes impresionantes sobre la ferocidad de la guerra siria, sobre la intensidad de los bombardeos, sobre el uso de armas prohibidas y sobre muchas otras cosas, como las desapariciones, se han enriquecido recientemente con el horror de la violencia sistemática contra las mujeres: violadas y violentadas. Una plaga que se suma a la que viven los niños, a quienes se niega el derecho a ser niños, y viven en medio de terribles sufrimientos. La hija de Riad recuerda que uno de sus compañeros de la escuela fue alcanzado por un mortero, y recuerda su mirada después de la explosión.

 

Riad, en cambio, recuerda el día en el que, con el nuncio apostólico, el cardenal Mario Zenari, y con el director de “Cor Unum”, fue al este de Alepo después de la terrible batalla de la ciudad. «Había 25 mil niños con sus madres, pero sin un solo padre. Todos estaban muertos, o se habían ido a combatir, o, como fuera, no estaban. Esas mujeres, cada una madre de más de un niño (y muchos de pocos años, como los míos), deben hacer todo por ellos, aunque sea difícil sin un empleo, sin un trabajo. Se vive en las casas como dentro de una cárcel, con nada más que el miedo».