Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Domingo 24 tiempo ordinario. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

iglesia1DOMINGO 24 T.O.C.

Ev.: Lc 15,1-32

El evangelio de hoy está formado por las tres parábolas que integran el capítulo 15 del evangelio según san Lucas. Todas ellas tratan del amor paternal de Dios hacia aquellos que están perdidos. Por razón de brevedad me voy a ceñir a la tercera. Esta parábola, por la profundidad y grandeza de su idea central y por la belleza de la forma está considerada con razón como la perla entre todas las parábolas de Jesús trasmitidas en los evangelios, como el evangelio dentro del evangelio.

No quiero pasar por alto la llamada interpretación de la modernidad que se ha divulgado recientemente. Es la afirmación de algunos críticos modernos que ven aquí anunciado el evangelio de la misericordia de Dios sin ninguna referencia a la cruz ni a la obra redentora de Cristo.

Pero esta doctrina teológica no encaja bien en el punto de mira de la parábola. Esta quiere poner de relieve una verdad religiosa únicamente y es la bondad de Dios para con los pecadores, a los que quiere salvar y por cuya conversión hay más alegría en el cielo que por todos los justos que no necesitan penitencia. Esta parábola no pretende ser un resumen de la doctrina cristiana de la redención ni un compendio de toda la reflexión teológica del cristianismo. En el contexto narrativo de Lucas, la finalidad de esta espléndida parábola, lo mismo que las dos que le preceden, consiste en una legitimación del comportamiento de Jesús con los pecadores, demostrando que en su actitud de acogida se cumple la voluntad salvífica de Dios, mientras que la crítica de los fariseos y de los doctores de la ley va contra el plan de Dios. El principio fundamental de la relación de Dios con el pecador, como lo establece Jesús en esta parábola, es que Dios ama al pecador aun en su situación de pecador, es decir, incluso antes de que se convierta, es más, en cierto modo, lo que realmente hace posible la conversión es el amor divino.

La exégesis moderna ha reconocido que la denominación tradicional “El hijo pródigo” o “El hijo perdido” no logra captar más que un aspecto de la parábola. Llamarla “parábola de los dos hijos” no mejora sustancialmente la cosa. Se acerca más al verdadero sentido de la narración llamarla “parábola del amor del Padre”  ya que el protagonista es realmente el Padre.

La problemática suscitada a propósito de esta parábola y del perdón otorgado directamente por Dios sin mediaciones fue en su origen una manifestación de la tendencia crítica de ciertos sectores que quisieron exigir a Lucas una reproducción exacta de las concepciones paulinas de la redención y veían en esta interpretación una falsificación  lucana de la doctrina paulina de la justificación.  Hoy día, curiosamente, en ciertos sectores considerados  progresistas esta interpretación ha suplantado las concepciones de Pablo para erigirse en la auténtica concepción evangélica de Jesús. Pero un estudio más amplio de todo el pensamiento de san Lucas en su doble obra revela que la presentación lucana de la redención por la cruz difiere de las de los otros autores del N.T. y no es anterior a Pablo. La insistencia en el martirio de Jesús, el silencio sobre el valor expiatorio de su muerte, la reserva lucana respecto de la concepción sacrificial de la muerte de Jesús, se deben a su mentalidad griega y a la de sus lectores. Para los griegos del siglo I, un sacrificio humano era algo bárbaro, no cabía en la mente griega que la muerte pudiera tener valor expiatorio. La predicación de Cristo crucificado les parecía una locura. Parece, pues, que hay que atribuir a san Lucas la originalidad de la presentación del misterio redentor de la cruz. Pero de aquí no se desprende que Lucas haya suprimido la fe en el misterio del sacrificio de la cruz. De hecho san Lucas en sus escritos no suprime la cruz, ni su sentido trágico ni su misterio ni su sentido salvífico ni la necesidad que tiene el discípulo de cargar con su cruz y seguir al Maestro. La novedad lucana consiste en insistir más en la salvación por el conjunto del acontecimiento Cristo que incluye el ministerio de Jesús hasta la gloria de la resurrección y exaltación a través de la muerte en cruz. Donde se omite sistemáticamente una relación directa entre la muerte de Jesús y el perdón de los pecados. Para explicar la muerte de Jesús Lucas prefiere la imagen del mártir que muere perdonando a los verdugos que las del sacrificio y la expiación. Pero bien entendido que todo ello no son sino imágenes radicalmente deficientes para agotar los diversos aspectos del sentido sacral que Jesús dio a su propia muerte. En esta época que nos ha tocado vivir de tolerancia y pluralismo religioso, deberíamos alegrarnos de encontrar hasta en los mismos evangelios varios modos de explicar este misterio.

La increíble parábola del evangelio según Lucas se cierra con la proclamación de que por encima de todo, incluso del pecado más abominable, está el amor y la comprensión del Padre. Y así es como describe san Lucas la personalidad  de Jesús: como el heraldo privilegiado de esa proclamación salvífica. Si Jesús acoge a los recaudadores y descreídos y hasta come con ellos es porque Dios mismo los acoge y los quiere. Por consiguiente, esta parábola y todo el capítulo 15 en su integridad rebosa un clima de alegría y de celebración gozosa porque se ha encontrado lo que estaba perdido. Y esto constituye el centro de la teología de la salvación según san Lucas.

La oveja perdida, la dracma perdida, el hijo perdido nos hablan del perdón de Dios y tienen un lugar secreto en el corazón. Sobre todo la tercera, escribe el gran poeta Péguy: “Un hombre tenía dos hijos. La parábola es bella en Lucas. Es bella en todas partes. Sólo está en Lucas. Está en todas partes”. “Es la palabra de Jesús que mayor eco ha tenido en el mundo”.

Bilbao, 15 de septiembre de 2019


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La misa del Papa en Antananarivo.

Misa del Papa en Madagascar: es urgente que triunfe el espíritu de hermandad

El Señor quiere liberarnos de una de las peores esclavitudes “el vivir para sí”. Hay que mirar a nuestro alrededor, “a los muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños que sufren y están totalmente privados de todo”: “esto no pertenece al plan de Dios”, dijo el Pontífice en la Santa Misa.

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

La homilía pronunciada por Francisco en Madagascar, en la mañana del domingo 8 de setiembre, marcó la urgencia de aceptar la invitación de Jesús a dejar que el espíritu de hermandad triunfe en este mundo, “para que cada uno pueda sentirse amado, comprendido, aceptado y valorado en su dignidad”. El hilo conductor de la homilía fueron las exigencias del seguimiento de Jesús. Una tarea “no fácil”, dijo el Papa, pero que “tiene sentido a la luz del gozo y la fiesta del encuentro con Jesucristo”.

El amor de Jesús es para todos, no caer en la tentación del favoritismo

La primera exigencia es la de mirar nuestros vínculos familiares. Jesús nos dice: «cualquiera que no sea capaz de ver al otro como hermano, de conmoverse con su vida y con su situación, más allá de su proveniencia familiar, cultural, social, no puede ser mi discípulo»”. En esta línea el Santo Padre realizó una advertencia:

 

“Cuando ‘el parentesco’ se vuelve la clave decisiva y determinante de todo lo que es justo y bueno se termina por justificar y hasta ‘consagrar’ ciertas prácticas que desembocan en la cultura de los privilegios y la exclusión —favoritismos, amiguismos y, por tanto, corrupción”.

El amor y la entrega de Jesús, en cambio, “son una oferta gratuita por todos y para todos”.

No instrumentalizar el nombre de Dios, construir historia en fraternidad y solidaridad

La segunda exigencia del Maestro anima a “no manipular el Evangelio con tristes reduccionismos”: hay que adoptar “el diálogo como camino, la colaboración como conducta, el conocimiento recíproco como método y criterio”. El Papa señaló que esta exigencia muestra lo difícil seguimiento del Señor “cuando se quiere identificar el Reino de los Cielos con los propios intereses personales o con la fascinación por alguna ideología, que termina por instrumentalizar el nombre de Dios o la religión para justificar actos de violencia, segregación e incluso homicidio, exilio, terrorismo y marginación”.

Recuperar la memoria: nuestra vida y capacidades son un regalo

Por último, Francisco constató cuán difícil puede resultar “compartir la vida nueva que el Señor nos regala, cuando continuamente somos impulsados a justificarnos a nosotros mismos, creyendo que todo proviene exclusivamente de nuestras fuerzas y de aquello que poseemos”. Por eso la tercera exigencia del Maestro es una invitación a “recuperar la memoria agradecida y a reconocer que, más bien que una victoria personal, nuestra vida y nuestras capacidades son fruto de un regalo”.

Cuando se vive para sí, ya no se goza de la dulce alegría del amor de Dios

Las descriptas por el Papa son exigencias con las que el Señor quiere “liberarnos” de una de las peores esclavitudes: “el vivir para sí”, pues, si nos encerramos en nuestros propios mundos, se termina dejando “poco espacio para los demás”. Y así, “ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”.

Y porque ese no es el deseo de Dios para nosotros, el Papa exhortó a mirar nuestro entorno, a los muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños que sufren y están totalmente privados de todo: “esto no pertenece al plan de Dios”, aseguró.

Desprendimiento personal, base para la justicia

De ahí que sea “urgente”, según el Santo Padre, acoger la invitación de Jesús a que “triunfe el espíritu de hermandad”, para que “cada uno pueda sentirse amado, porque es comprendido, aceptado y valorado en su dignidad”. Francisco animó a atreverse a dar “ese salto cualitativo”, y a adoptar “la sabiduría del desprendimiento personal, como la base para la justicia y para la vida de cada uno de nosotros”.

“Juntos podemos darle batalla a todas esas idolatrías que llevan a poner el centro de nuestra atención en las seguridades engañosas del poder, de la carrera y del dinero y en la búsqueda patológica de glorias humanas”.

Las exigencias que indica Jesús dejan de ser pesantes – finalizó el Papa – cuando comenzamos a gustar la alegría de la vida nueva que él mismo nos propone: la alegría que nace de saber que Él es el primero en salir a buscarnos al cruce de caminos, también cuando estábamos perdidos como aquella oveja o ese hijo pródigo.

Homilía del Papa

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El Santo Padre preside la Misa en Madagascar

08 septiembre 2019, 09:40


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Domingo 22 TO. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

 

iglesia1DOMINGO 22 T.0.C.

 

Lc 14,1.7-14: en un banquete

 

El evangelio según san Lucas va desgranando a lo largo de los domingos de este ciclo C diversos episodios de la vida de Jesús en su viaje de Galilea a Jerusalén que nos interpelan en distintas facetas de nuestra vida diaria. A lo largo de estas lecturas, siempre fecundas, el evangelio nos descubre su capacidad de provocar escándalo o, lo que es lo mismo, nos revela el escándalo de nuestra vida rutinaria. El encuentro dominical con Jesús, con su palabra viva, sacude las alfombras de nuestras vidas instaladas y saca a la luz de nuestras conciencias adormecidas el polvo oculto en nuestras costumbres encubiertas de aparente virtud cristiana.

Jesús aprovechaba los usos y costumbres de la sociedad de su tiempo para desenmascararlos y llenarlos con el contenido de la novedad de su mensaje sobre el Reino de Dios. Tal es el caso del evangelio de este domingo.

Este episodio consta de dos partes claramente diferenciadas y construidas con una perfecta simetría. La primera es una advertencia a los convidados a un banquete después de observar su modo de escoger los puestos en las mesas. En la segunda parte se dirige al anfitrión. Todo el conjunto trata de establecer una comparación sacada del modo de comportarse los escribas y fariseos  en este ejemplo de su vida social para extraer una enseñanza dirigida indirectamente a sus discípulos que encierra un sentido más trascendente.

El interés de Jesús no consiste en enseñar a sus discípulos cómo deben escoger sus puestos en los banquetes. Más bien, un hecho concreto de la vida ordinaria de su tiempo Jesús lo observa y lo interpreta transportándolo a una clave religiosa. De donde resulta que lo sucedido en el ámbito profano habitual viene a ser una imagen de lo que le acontecerá al hombre de parte de Dios.

Todo  lo que se narra en la primera parte se queda en el plano profano de la vida regida por las categorías de honor y prestigio vigentes en aquella sociedad burguesa. Sólo la frase final “porque todo el que se enaltece será humillado y el que se abaja será enaltecido”  lo eleva todo a la dimensión religiosa de la visión de Dios. Esta conclusión de Jesús no  está aconsejando a sus discípulos una actitud modesta que se hace pequeña para ser ensalzada. La frase no está inculcando una actitud calculadora en el invitado que se sienta modestamente en el último puesto para ser elevado a otro de mayor rango. La conclusión de Jesús extraída del comportamiento de los invitados enuncia, más bien, el principio, según el cual, Dios trata a los hombres. En virtud de esta elevación al orden religioso trascendente, vienen a ser una parábola la vergüenza del ambicioso y el honor del modesto.

En la segunda parte, la advertencia dirigida al que ofrece el banquete viene a ser el reverso de la dirigida a los huéspedes que tampoco admite una interpretación literal. La invitación a los amigos, como todo lo que se estila en el ámbito de las relaciones profanas, que sirven ante todo para cultivar las relaciones sociales, la toma Jesús como ejemplo de un amor egoísta que se funda en la ley de la reciprocidad, en el toma y daca de la vida profana y que en el mensaje sobre el Reino carece de valor moral.

A esta usanza corriente de la sociedad de su tiempo Jesús le contrapone la invitación dirigida a los pobres, a los desvalidos incapaces de recompensar lo que han recibido. Este es el tipo de amor desinteresado que recibe la bienaventuranza solemne de Jesús y la recompensa de Dios en la vida eterna. A primera vista esta enseñanza de Jesús parece reprobar nuestro modo habitual de proceder en nuestras relaciones de amistad familiar y social. Pero no es esa la intención directa del relato evangélico. Del mismo modo que en la primera parte  no pretendía Jesús dar una enseñanza acerca de la elección de los puestos en los banquetes, así tampoco aquí pretende impedir y mucho menos reprobar que se invite a las personas  más allegadas. Jesús se aprovecha de una usanza neutra de la vida práctica para denunciar que un amor que se extiende solamente a quienes lo devuelven del mismo modo, no tiene un valor moral delante de Dios. Jesús declara bienaventurados  a aquellos que dan sin la menor esperanza de ser recompensados en esta vida. Lo serán de parte de Dios en la resurrección de los  justos.

Bilbao,  1  de septiembre de 2019


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Domingo 21: homilía de J.A. Jáuregui S.J.

 

 

iglesia1DOMINGO 21 T.O.C.

Evangelio: Lc 13,22-30

Recuerdo el fuerte impacto que me produjo la reacción de dos buenos amigos míos después de una misa en la que tocó leer este fragmento evangélico.  Su comentario unánime fue: “Ese no es mi Dios, ese que habla en este evangelio en esos términos no es el Jesús en quien yo creo”: Nos resultan mucho más atractivas otras frases de Jesús como aquella en que nos exhorta: “Venid a Mí todos los que estáis cargados y yo os aliviaré porque yo soy manso y humilde corazón”. Pero Klaus Berger en su obra reciente sobre Jesús atribuye este tipo de reacciones a una imagen de Jesús inventada en siglo XIX que todavía se comercializa con éxito hoy día. Lo describe como un muchacho suave y asexuado, un apóstol de la ecología de la naturaleza que vaga por los campos de cereales. En alguna obra reciente de gran éxito editorial en España se presenta a Jesús en una contraposición con Juan Bautista. La preocupación central de Juan Bautista – se lee en ella – fue el tema del pecado, mientras que la preocupación central de Jesús fue el problema del sufrimiento humano. No porque para Jesús el ser humano esté antes que Dios, sino porque Jesús se dio cuenta de que Dios y el ser humano están fundidos de tal forma que la única manera de creer en Dios y hacer su santa voluntad es hacer felices a los seres humanos. Pero una lectura atenta de los evangelios demuestra que el Jesús histórico se halla próximo a un agente provocador de Dios, a Juan Bautista. En los evangelios se habla de que Jesús causa escándalo. Con este término se designa una conducta con la que provoco al otro, lo perturbo, lo confundo, le suscito inseguridad en su ser cristiano. Quien es motivo de escándalo amarga la vida a otros hasta el punto de hacer que se marchen. Según los evangelios y la literatura del Nuevo Testamento “escandalizar”  es, más o menos, lo peor que un cristiano puede hacer a su prójimo. Quien se escandaliza se siente expulsado de la comunidad. Ahora bien Jesucristo vino a ser un escándalo, no sólo cuando fue clavado en la cruz y fue tenido por un maldito conforme a la sentencia del Deuteronomio 21 (“Maldito el que cuelga de un palo”), sino también por la forma en que tomó partido durante su vida terrena. Después de su acción en el templo expulsando a los cambistas y vendedores de palomas, los fariseos escandalizados le someten a interrogatorio: “Tú ¿con qué autoridad haces esto?”. Jesús  les da una respuesta evasiva. “Decidme: ¿el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres?“. No quisieron contestarle. “Pues yo tampoco os digo con qué autoridad hago esto”. Los fariseos no le contestan  porque, en la mente del evangelista, Jesús los está enfrentando con las dos preguntas más importantes del cristianismo primitivo: ¿Quién fue Juan Bautista y quién es Jesús? La identidad de Jesús estaba en conexión con la de Juan Bautista, no en un sentido de contraposición sino de complementación e iluminación mutua. Lo confirma la parábola de los niños quisquillosos que riñen en sus juegos ilustrando así la actitud frívola de una generación que, incapaz de ver una crisis de primera magnitud en el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llevado a su plenitud por Jesús de Nazaret gastaba su tiempo en criticar neciamente el ascetismo de Juan y la camaradería con la que Jesús trataba y aceptaba a todos los hombres y mujeres de su entorno social: “A quién compararé los hombres de esta generación?…Se parecen a unos chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros: Os tocamos la flauta y no bailasteis, entonamos endechas y no llorasteis. Porque vino Juan Bautista que ni comía ni bebía y decís: Está poseído del demonio. Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe, y decís: ¡Mira un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores!” No caían en la cuenta de que con el bautismo de Juan y la predicación de Jesús se había producido una auténtica erupción volcánica que daba comienzo a algo absolutamente nuevo que provocó un grave escándalo. El primer escandalizado fue, por cierto, el mismo Juan Bautista quien había enviado desde la prisión a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús: ¿Eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro? Jesús respondió: “Id a informar a Juan de lo que veis y oís: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia” y añade: “Y dichosos los que no se escandalizan por mí”. Lo interesante en esta fórmula de Jesús es que el culmen de todos los milagros es algo que a nosotros en absoluto se nos antoja como milagroso: que a los pobres se les anuncie el evangelio. Pero en el evangelio dista mucho de ser una fórmula vacía. Precisamente el evangelista san Lucas hace de todo su evangelio una buena noticia para los pobres. Así se presenta Jesús en su discurso programático de Nazaret y así en Hch 2-5 la comunidad primitiva lleva esto a la práctica  ya que en ella los cristianos poseen fundamentalmente todo en común.

En el siglo 19 cada investigador extraía de los evangelios un Jesús hecho a la medida de su ideal moral. La investigación actual sobre el Jesús histórico cree caer fuera de esa sospecha de ideología fácil porque extrae un Jesús revolucionario que explica la condena a muerte en cruz de Jesús por parte del representante del imperio romano. Pero Jesús no llamó a los pobres a la sublevación. Eso los habría puesto a merced de los romanos. Tampoco los consuela remitiéndolos a la esfera de lo puramente espiritual. Los levanta como personas, les dice que son amados por Dios con especial predilección. Y el mismo Jesús hace presente con su persona esa predilección de Dios riendo y llorando, festejando y estando de luto con  ellos. Todo esto provoca escándalo. Por eso añade esa frase enigmática: “Bienaventurados los que no se escandalizan de mí”.

Bilbao, 25 de agosto de 2019


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Homilía del domingo 18. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1

 

DOMINGO 18 T.O.C.

Ev.: Lc 12,13-21: Rico insensato

 

A lo largo de los domingos del ciclo C  el evangelio de san Lucas nos va descorriendo un abanico de temas, de cuestiones que nos interpelan en aspectos vitales y sumamente actuales de la existencia cristiana. Porque, sin afán de generalizar demasiado, no son raras hoy día las familias que tienen conflicto a la hora de repartir las herencias. El sentido de la actitud de Jesús ante este problema siempre delicado nos lo ha transmitido el evangelista Lucas en esta anécdota. Como sucede en tantos episodios evangélicos, incluidos muchos relatos milagrosos que terminan con una sentencia de Jesús, llamada apotegma, hay que descubrirlo a partir de esta sentencia del final. El nos revela por qué razones conservaron los cristianos la memoria de este incidente que puede parecer trivial y en el que Jesús, diríamos hoy, parece que no quiere mojarse. Pero esta impresión es muy superficial y dista mucho  de la verdad.

Ante todo, es curioso encontrar este apotegma de radical sentido escatológico en Lucas, el evangelista preocupado preferentemente por el problema del tiempo sobre el que tuvo que reflexionar y del que dejó todo un tratado en su doble obra. Sabemos que la escatología es relativización del factor tiempo, es decir, de todas las realidades terrenas que flanquean toda la existencia del hombre cristiano en este mundo.

No cabe duda de que el incidente de este evangelio se inserta de lleno en el contexto socio-jurídico judío de la época. El padre ha muerto. Presuntamente tenía dos hijos. El pequeño se queja de que el mayor se niega a realizar el reparto previsto por la Ley. Por eso recurre a un árbitro que decida el pleito. Un caso tristemente de palpitante actualidad en nuestra época también. Jesús se niega a decidir. No se cree investido por Dios para esta misión. Se discute entre los entendidos el sentido de esta confesada limitación del poder de Jesús. Resulta más claro el sentido que le da san Lucas. Se opone a la codicia del joven. El evangelio que propone Jesús según san Lucas es también una herencia, pero una herencia que se comparte con los demás. La vida de los primeros cristianos descrita en los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles dibuja ya desde ahora esta comunión en términos idealizados a partir de otro ejemplo concreto. El gesto de Bernabé que poseía un campo, lo vendió, y entregó su importe a los Apóstoles es el contramodelo de nuestro heredero anónimo  del evangelio de hoy.

  La Iglesia primitiva conservó cuidadosamente estos dos ejemplos para enseñar a los recién convertidos a considerar sus bienes desde la perspectiva del Reino. Participar del Reino es saber repartir nuestras rentas y nuestros bienes, sabiendo como dijo el Señor que es más gratificante dar que recibir. Bien cantaba el cantautore Jorge Cafrune, asesinado cruelmente por su mensaje evangélico: “Sólo el que comparte puede ser dueño de algo”.

En resumen, Jesús, según san Lucas, niega una justicia humana que no vaya ligada al orden del Reino y critica una relación que, por avaricia, prescinda del prójimo. Una herencia – escribe François Bovon, en su comentario a Lucas – es una realidad demasiado hermosa para que, desconectada de la herencia escatológica que es el Reino, despierte la ambición y provoque la división. Jesús quiere que se comparta, no que se divida”.

Ilustra Jesús este comportamiento genuinamente cristiano con una parábola, la del rico insensato. En ella, tras la breve exposición de la situación floreciente de sus negocios, el propietario de la finca nos confía sus debates interiores. Este monólogo interior tiene la función de desvelar el carácter de un personaje, sus preocupaciones o sus intenciones. De ahí surge la cuestión significativa: ¿Qué voy a hacer? Tras la pregunta y la vacilación, he aquí el resultado de la reflexión: la respuesta y la decisión: “He aquí lo que haré”. Nada malo todavía. El pecado no está en lo de fuera. Se trata de lo de dentro. Una sentencia ulterior precisa: “Pues, ¿de qué sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde y se arruina a sí mismo?” El extravío de aquel hombre se ve sugerido por la demolición de todo lo que había construido hasta entonces. El propietario piensa a continuación en reconstruir otros graneros más grandes. Al terminar su monólogo nuestro hombre piensa en un porvenir halagüeño. Tras el trabajo de producción y luego de almacenamiento piensa en un proceso de capitalización para uso exclusivamente personal y sobre todo de disfrute y de descanso. Para expresar su programa de vida el propietario invita a su alma en estos términos: “Descansa, come, bebe, alégrate”. Pero a continuación llega la sorpresa, el diálogo inesperado, irrumpe de pronto el interlocutor con el que debiera haber contado el propietario en su soliloquio. Se cumple lo que había dicho Jesús al heredero de nuestro evangelio. El Dios de la parábola no se va por las ramas: Irrumpe en los soliloquios de nuestro propietario con un vocativo estremecedor: “¡Insensato!” Pero ¿de qué demencia se trata? ¿Dónde está la locura? Nuestro hombre ha olvidado la ética, ha olvidado el temor de Dios, ha ignorado la desgracia de los demás. El Dios de nuestro evangelio es el Dios bueno. Su benevolencia conduce al bienestar. Pero a esta felicidad ofrecida tiene que corresponder una actitud evangélica. De lo contrario, el Dios de los beneficios, si son mal administrados, se convierte en el Dios de los castigos.  El Dios de esta parábola es el Dios bueno que pide a sus criaturas una vida al servicio de los demás y de su gloria.

Bilbao, 31 de julio de 2016


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Domingo 17. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1DOMINGO 17 T.O.C.

Ev.: Lc 11,1-13

 

El evangelio de este domingo está centrado en torno al tema de la oración y, más concretamente, de la necesidad de mantener siempre una actitud de oración. Hablar de la oración en la obra de san Lucas equivale a tratar una de las piezas claves de la actitud fundamental cristiana en su búsqueda constante de su propia identidad. San Lucas hace referencias constantes a la oración tanto en su evangelio (24 veces) como en los  Hechos de los Apóstoles (28 veces). La figura de Jesús en el tercer evangelio y la imagen de la Iglesia primitiva prolongada a lo largo de todo el libro de los Hch están envueltas en una atmósfera de oración constante. Trece referencias evangélicas mencionan la oración de alabanza a Dios. El evangelio contiene tres cánticos de alabanza, tres bendiciones del pan y cuatro parábolas que tratan de la oración, amén de varias enseñanzas sobre la oración y sobre el espíritu de oración propio de los discípulos de Jesús. El tercer evangelio presenta a Jesús como un hombre de oración que está siempre en comunicación íntima con el Padre.

La enseñanza específica de san Lucas sobre la oración la pone de relieve el primer versículo del evangelio de hoy: Y sucedió que, cuando estaba él en un sitio rezando, en cuanto terminó le dijo uno de sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a rezar, como también Juan enseñó a sus discípulos’. Este versículo introductorio muestra la intención del evangelista de dedicar expresamente un apartado al tema de la oración. Aparece todavía más claramente esta intención del evangelista en la introducción previa a la parábola del juez y de la viuda importuna en el capítulo 18. Esta introducción hace de la oración uno de los temas principales de todo el evangelio: “Les decía una parábola a propósito de que tenían que tenían que rezar siempre sin desalentarse jamás. Estos y otros indicios del mismo evangelio hacen ver que san Lucas desplaza hacia otro punto el centro de gravedad sobre el que gira la temática de la oración en el evangelio según san Mateo. Para el primer evangelista giraba en torno a la seguridad de ser escuchado por Dios a causa de su bondad paternal. Según san Lucas se expresa en términos de una exhortación a la oración que reza así: “Hay que orar siempre sin desfallecer”.

         El evangelio de hoy encaja perfectamente dentro de esta exhortación. Lo demuestra la versión que da san Lucas del Padrenuestro. Probablemente sonaba así originariamente: “Padre – proclámese que tú eres santo – venga sobre nosotros tu Espíritu Santo.- Nuestro pan del mañana dánoslo cada día – y perdónanos nuestros pecados como también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro – y no nos dejes ceder en la prueba”. Sigue a este Padrenuestro la parábola del pedigüeño importuno, sigue luego el ejemplo del hijo que pide al padre para terminar con una conclusión de menos a más: “Pues cuánto más el Padre del cielo dará al Espíritu Santo a los que le piden”, donde el Espíritu Santo sustituye a las cosas buenas de las que habla el dicho según san Mateo. Tanto la conclusión de la parábola como el texto original del Padrenuestro son versiones variantes de san Lucas respecto de textos anteriores conservados más literalmente por san Mateo. En la segunda petición del Padrenuestro Lucas sustituye las palabras “Venga tu Reino” por “Venga sobre nosotros tu Espíritu Santo”. Esta segunda petición del Padrenuestro y la conclusión de la parábola encajan perfectamente y están preparando desde el evangelio el puesto que ha de ocupar el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. El Espíritu es efectivamente el don por excelencia que se concede al creyente por la oración insistente en la comunidad cristiana.

Se pueden distinguir dos aspectos de la enseñanza de san Lucas sobre el Espíritu Santo, primero como promesa en el evangelio, segundo como realidad en la vida de la Iglesia.

En el evangelio entiende san Lucas el Espíritu como un don de Dios dirigido ante todo a la Iglesia y, más concretamente, como un don profético, una fuerza de Dios que mueve,  primero, a Jesús a proclamar el evangelio y después pertrechará a los discípulos para dar un testimonio sobre Jesús por medio de la proclamación de la Palabra.

En segundo lugar, la función del Espíritu Santo como realidad en la Iglesia la pone de relieve san Lucas a lo largo de todo el libro de los Hch. El Espíritu Santo en Hch domina la historia de la Iglesia y fuerza los acontecimientos salvíficos decisivos  cuando él quiere. La docilidad con que la Iglesia en su avance misionero siguió las indicaciones del Espíritu es una muestra infalible del afán con que la Iglesia buscó siempre su identidad eclesial. Toda la doble obra de san Lucas destila una inquietante preocupación por el problema de la identidad en un tiempo en que la identidad había caído en una aguda crisis. A san Lucas, más que a los otros sinópticos, le tocó dar una respuesta a las preguntas  acuciantes de su momento eclesial: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo podemos pretender que somos el verdadero pueblo de Israel? Todo el libro de los Hechos desde la descripción de Pentecostés es respuesta a estas preguntas para sacar a la Iglesia de su profunda crisis de identidad.

En todo este empeño, verdadero hilo conductor del libro de los Hechos, la oración, siempre unida a la predicación y al envío misionero es en la pluma de Lucas un recurso literario y teológico para hacer presente en la Iglesia a Jesús y a su santo Espíritu y hacer consciente a los cristianos de todos los tiempos su pertenencia al verdadero pueblo del pacto y su vocación misionera universal. En estos momentos históricos de profunda crisis eclesial, sigue en vigor la consigna de Jesús en el evangelio “es necesario orar siempre sin desfallecer”. Así sea.

Bilbao, 28 de julio de 2019


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Domingo16. Homilía por J.A. Jáuregui S.J.

 

iglesia1DOMINGO 16 T.O.C.  

 

Ev.: Lc 10,38-46 (Marta y María)

 

A continuación de la parábola del buen samaritano que nos hablaba del precepto del amor colocó el evangelista san Lucas esta escena doméstica para poner de relieve la única cosa necesaria: escuchar la palabra de Jesús.

Camino de Jerusalén, Jesús se encuentra en casa de dos hermanas Marta y María, bien conocidas en la tradición evangélica. Marta es la auténtica señora de la casa, enérgica, activa, verdadera dueña del hogar. Acoge con hospitalidad a Jesús, le tributa los debidos honores, le prepara la mesa, le colma de atenciones.

María aparece descrita como un alma tranquila, una mujer de profunda vida interior, sentada a los pies del Señor para escuchar con avidez su palabra.

La diferencia entre las dos hermanas se revela donde Marta, totalmente afanada y absorta en los preparativos de la hospitalidad debida al ilustre huésped, revela con cierta excitación su enojo ante la pasividad de su hermana. Se dirige directamente a Jesús porque él es, en cierto sentido, el responsable del comportamiento de su hermana. Jesús, sorprendentemente, se pone de parte de María, reprendiendo suavemente la solicitud y turbación afanosa de Marta.

Orígenes, el sabio alejandrino en sus homilías sobre Lucas, relacionó el episodio con la distinción entre la acción (praxis) y la contemplación (teoría). Una distinción más propia de la cultura helénica que de la bíblica. Pese a ello esta exégesis consiguió las simpatías de los teólogos monásticos. Desde Basilio de Cesarea hasta Juan Casiano se veían con esta interpretación justificados en su renuncia al mundo agitado y en su opción por la vida contemplativa. Hasta nosotros en nuestros primeros años de formación llegaron los ecos de esta interpretación que exaltaba la vida religiosa contemplativa por encima de la vida de los religiosos y religiosas de vida activa. Flotaba en el aire que en la intención fundadora de Jesús de la vida consagrada mostró sus preferencias por la vida contemplativa, prefigurada en María.

Pero esta interpretación metía en el texto un problema moderno, ajeno totalmente al contexto evangélico. Juan Crisóstomo se enfrentó con el tipo origeniano de interpretación simbólica y reivindicó un sentido más literal. A su juicio, Jesús no reprocha a Marta su actividad, sino su incapacidad de aprovechar la ocasión de la visita de Jesús para escuchar su palabra. En esta misma dirección fueron san Cirilo de Alejandría  quien centró su homilía en los vínculos entre la hospitalidad cristiana y la escucha de la palabra de Dios.

La exégesis literal moderna les da la razón. Se trata en este contexto de la visita del Señor en su camino hacia Jerusalén. Jesús quiere revelar a Marta que sólo una cosa es necesaria: pensar en la salvación, y por eso María es la única que ha sabido aprovecharse de la visita del Señor para escuchar su palabra. María ha escogido la parte buena,- no dice la parte mejor ni la parte óptima – que no le puede ser arrebatada. Si sólo la parte de María es llamada buena, esto quiere decir implícitamente que Jesús reprende la labor doméstica de acogida, no porque Marta quería agasajar a Jesús sino porque su modo de actuar cobraba a sus ojos una estima excesiva. Lo que Marta consideraba necesario – escribe Sickenberger – “era una especie de veneración de Jesús, ciertamente bien intencionada, pero que desconocía la importancia del momento de la visitación del Señor y, por consiguiente, en tal circunstancia dejaba de ser del todo buena”.

Una comparación con otra escena del camino de Jesús a Jerusalén ilustra por contraste el sentido de la reprobación matizada de la actitud de Marta. Bajando del monte de los Olivos a Jerusalén hay un punto que la tradición llama “Dominus flevit”. Allí se detuvo Jesús y lloró sobre la ciudad diciendo: “Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise acogerte como la gallina recoge a sus polluelos bajo sus alas, y tú no has querido”. Jesús predijo entonces la destrucción: “…. No quedará de ti piedra sobre piedra”. Y añade la razón: “Porque no has reconocido el día de tu visitación”.

         La sutil reprobación de la actividad de Marta es muy distinta. Si, como parece probable, Marta y María con sus actitudes ante Jesús, representan los dos grandes ministerios presentes en la vida de la Iglesia desde sus comienzos, es evidente que Jesús no reprueba la actividad caritativa de la Iglesia.

Si tratamos de aplicar a nosotros mismos esta enseñanza evangélica de hoy, puede ayudarnos la interpretación agustiniana que hizo realidad en su vida. Agustín estimaba por encima de todo la vida interior. Pero aceptó, aun corriendo el riesgo de cierta merma de su vida interior, el ministerio episcopal que le encomendó la Iglesia. El evangelio de hoy nos invita a hacer realidad en nuestra vida personal estos dos ministerios que recogen la doble actividad de Jesús por la palabra y por el gesto. La escucha de la Palabra que hace consciente la presencia de Jesús dentro de nosotros y la acción caritativa son indispensables en la vida de la Iglesia y en nuestra vida cristiana.

Bilbao  21 de julio de 2019