Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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La fiesta de la Virgen de Guadalupe en el Vaticano con el Papa.

“Defender a los pueblos latinoamericanos de intentos de homogeneización”

Misa en el Vaticano por la fiesta de la Beata Virgen María de Guadalupe. El Papa reza por los indígenas, privados de la dignidad, por las mujeres excluidas, por los jóvenes desempleados, por los niños víctimas de la prostitución: «Que nadie se sienta poca cosa. La diversidad es una riqueza»
AFP
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Pubblicato il 12/12/2017
Ultima modifica il 12/12/2017 alle ore 19:13
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

 

Una Iglesia de rostro mestizo, indígena, afro-americano. Con el rostro de una campesina, de un pobre, de un desempleado, de un niño o de un anciano. Es la Iglesia que quiere el Papa Francisco para que nadie nunca más en el mundo pueda sentirse «estéril o infecundo», y para que nadie se avergüence de sí mismo o se defina «nada». Frente a la imagen de la “Morenita”, ante la presencia de cientos de fieles y sacerdotes provenientes de América Latina, con cantos y oraciones tradicionales, Francisco celebró la misa en la Basílica de San Pedro por la fiesta de la Beata Virgen María de Guadalupe, patrona de América Latina, y rezó por todos los que al ver la propia vida exclaman, como el joven indígena Juan Diego: «En verdad no valgo nada».

 

Son las comunidades indígenas y afroamericanas, «que en muchos casos no son tratadas con dignidad e igualdad», subrayó Bergoglio; o todas las mujeres, demasiadas para este siglo, «excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica». O los jóvenes, «que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia»; o todo los «pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra», que tratan de «sobrevivir en la economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada muchas veces al turismo sexual».

 

Esta gente lleva «un sentimiento de vergüenza» en la propia carne, acusó el Papa, que puede acabar «paralizando toda la vida». Como sucedió con Isabel, la prima de María, sobre la que pesaba la esterilidad considerada por la mentalidad de la época como «un castigo divino, fruto del propio pecado o el del esposo». Esta esterilidad en nuestro tiempo «puede tomar muchos nombres y formas cada vez que una persona siente en su carne la vergüenza al verse estigmatizada o sentirse poca cosa», dijo el Pontífice en su homilía.

 

Al lado de la imagen de esta mujer, ya anciana y resignada, se puede ver también, recordó el Papa, esa otra Isabel, «fecunda-asombrada». Asombrada de ver cumplirse en su vejez, «en su vida, en su carne, el cumplimiento de la promesa hecha por Dios. La que no podía tener hijos llevó en su seno al precursor de la salvación». Con Isabel, afirmó el Papa, «entendemos que el sueño de Dios no es ni será la esterilidad ni estigmatizar o llenar de vergüenza a sus hijos, sino hacer brotar en ellos y de ellos un canto de bendición».

 

Este sueño está impreso también en el rostro de Juan Diego, el joven y humilde mexica a quien en 1531 se le apareció en cuatro ocasiones la Virgen (una Virgen «de piel morena y rostro mestizo, sostenida por un ángel con alas de quetzal, pelícano y guacamayo»), quien le pidió que construyera un santuario en su honor, a pesar de que él se sintiera completamente incapaz de hacerlo. Esto es lo que hace la Madre, dijo el Papa, que es capaz «de tomar los rasgos de sus hijos para hacerlos sentir parte de su bendición».

 

Es la «la piedra que desecharon los constructores» la que «se vuelve la piedra angular». Y sobre esa piedra habla Cristo en el Evangelio, recordó el Pontífice: en medio de la dialéctica de fecundidad y esterilidad, hay que mirar «la riqueza y la diversidad cultural de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe». Un signo, evidenció, «de la gran riqueza que estamos invitados no solo a cultivar, sino especialmente en nuestro tiempo, a defender valientemente de todo intento homogeneizador que termina imponiendo — bajo slogans atrayentes — una única manera de pensar, de ser, de sentir, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores».

 

Y que acaba por aplastar sobre todo a las nuevas generaciones, que se sienten «poca cosa», por «pertenecer a tal o cual cultura. En definitiva, nuestra fecundidad nos exige –subrayó Bergoglio– defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericano s, mestizos, campesinos, o suburbanos».

 

Sus últimas palabras fueron para animar a la esperanza: cada uno de nosotros, concluyó, es «portador de una promesa» y cada uno puede decir: «¡Abba!, es decir, ¡Padre!», sintiéndose parte de un «misterio de esa filiación que, sin cancelar los rasgos de cada uno, nos universaliza constituyéndonos pueblo».

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Celebraciones litúrgicas del Papa en esta Navidad de 2017-2018

Celebraciones litúrgicas de la Navidad 2017-2018 presididas por el Santo Padre Francisco

Domingo 24 de diciembre de 2017
SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
Capilla Papal
Basilica Vaticana, horas 21.30
El Santo Padre Francisco celebrará la Misa del Gallo en la solemnidad de la Natividad del Señor. La celebración eucarística estará precedida por el canto de Kalenda .
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Lunes 25 de diciembre de 2017
SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
Balcón central de la Basílica Vaticana, horas 12
El Santo Padre Francisco dirigirá su mensaje de Navidad al mundo e impartirá la bendición “Urbi et Orbi”.
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Domingo 31 de diciembre de 2017
SOLEMNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA MADRE DE DIOS
Basílica Vaticana, horas 17
El Santo Padre Francisco celebrará las primeras vísperas de la solemnidad de María Santísima  Madre de Dios, a las que seguirá  la exposición del Santísimo Sacramento, el canto tradicional del himno “Te Deum” en el final del año calendario, y la bendición eucarística.
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Lunes 1 de enero de 2018
SOLEMNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA MADRE DE DIOS
Capilla Papal
Basílica Vaticana, horas 10
Il Santo Padre Francesco celebrerà la Santa Messa della Solennità di Maria Santissima Madre di Dio nell’ottava di Natale, ricorrendo la LI Giornata Mondiale della Pace sul tema: «Migranti e rifugiati: uomini e donne in cerca di pace». El Santo Padre Francisco celebrará la misa en la solemnidad de María Santísima , Madre de Dios , en la octava de Navidad, cuando se celebra la LI Jornada Mundial de la Paz LI sobre el tema: “Emigrantes y refugiados: hombres y mujeres en busca de paz.”
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Sábado 6 de enero de 2018
SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Capilla Papal
Basílica Vaticana, horas  10
El Santo Padre Francisco celebrará la santa misa en la solemnidad de la Epifanía del Señor.


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Domingo segundo de adviento. Homilía: .A. Jáuregui S.J

 

ADVIENTO DOM. 2 (B)  

Ev.: Mc 1,1-8: Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios

Llama poderosamente la atención en la lectura de este evangelio de hoy el giro de 180 grados que realiza el movimiento litúrgico del domingo pasado a este segundo domingo de adviento. El evangelio del domingo pasado recogía el mismo motivo con que había terminado el ciclo anterior: una llamada a la vigilancia ante el acontecimiento final. La mirada del creyente  estaba proyectada hacia el futuro de la vuelta repentina e impredecible del Señor. En consecuencia el mensaje del domingo pasado era apremiante: “Mirad, estad despiertos, orad”.  Que la llegada del Señor, como un ladrón de noche, no os sorprenda dormidos. Pero de pronto este evangelio de hoy nos proyecta hacia el pasado de la historia de Jesús. Una especie de vuelta a los orígenes, como si el evangelista cansado de mirar al cielo y desencantado por la demora de la vuelta gloriosa del Señor, necesitara tocar tierra y dar solidez a una fe en peligro de desvanecerse en pura ideología utópica.

El evangelio de hoy empieza con el título mismo del evangelio según san Marcos: “Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. San Marcos es el único evangelista que llama evangelio a su escrito. Fue clara la intención del evangelista al introducir su obra con este título: decirnos   que su contenido es la persona de Jesucristo, Hijo de Dios. Lo demuestra la inclusión literaria que forma este título con la confesión de fe del centurión pagano al pie de la cruz “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Sobre él se asienta todo el edificio de la fe cristiana vivida en la Iglesia y de él deriva toda  su identidad. El título del evangelio según Marcos es una confesión de fe que coincide con la profesión de fe con la que Pablo da comienzo a la carta a los Romanos: Jesús, “hijo de David según la carne, fue constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu Santo por su resurrección de entre los muertos”. Pero el mensaje de un Dios hecho carne que muere en la cruz y resucita al mundo de Dios para volver en gloria al fin de los tiempos corría peligro de volatilizarse en pura ideología gnóstica. Tal mensaje necesitaba tocar tierra.

Marcos es el primer testigo entre los evangelistas del giro que se operó en la fe cristiana primitiva hacia los orígenes de la historia del Cristianismo para dar solidez a la fe cristológica. Lo demuestra la diferencia entre la confesión de fe de Pablo en la carta a los Romanos y el título de nuestro evangelio. Según Pablo, Jesús, hijo de David por su estirpe, fue constituido Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu Santo desde la resurrección de entre los muertos.  San Marcos anticipa la proclamación solemne de la filiación divina de Jesús al momento del Bautismo por mano de Juan Bautista: “Y enseguida, al subir del agua, vio rasgados los cielos, y al Espíritu, que descendía hacia él como una paloma, y sonó una voz desde los cielos: ‘Tú eres mi Hijo querido, en ti me complazco’.”  El comienzo del evangelio que es la persona misma de Jesucristo, Hijo de Dios, se sitúa en el bautismo de Jesús, uno de los momentos históricos de la vida de Jesús unánimemente aceptado por la historiografía crítica actual. Este hecho nos sitúa ante la genialidad más audaz y acertada de la Iglesia antigua: la decisión de expresar la fe cristológica por medio del género literario evangelio, el más original de los cuatro géneros que componen el Nuevo Testamento, los únicos 4 escritos cristianos que hablan del Jesús histórico. En virtud de esta opción resulta que la confesión cristológica contenida en el título mismo del evangelio ya no es solamente un mensaje alegre que habla en términos transcendentales de un Crucificado exaltado a lo más alto de los cielos para recibir el Nombre sobre todo Nombre en virtud de la resurrección de entre los muertos, como reza el antiquísimo himno de Filipenses. El título de nuestro evangelio recalca que el contenido de nuestra fe, antes de ser una proclamación de un mensaje alegre acerca del Crucificado-Resucitado, había sido un acontecimiento de la historia de la salvación de los hombres que empezó con el bautismo de Jesús por manos de Juan el Bautista. La irrupción de Juan el Bautista en la región del Jordán  predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados se ha comparado a una erupción volcánica, una señal apocalíptica  dada al final de los tiempos para preparar la venida del Mesías Jesús. Es discutible históricamente si Juan Bautista se veía a sí mismo como el que estaba preparando el camino al Mesías o si esta visión acerca de Juan Bautista no es  más bien una interpretación cristiana de un estado de cosas mucho más complejo que cristalizó en la versión evangélica que poseemos a través, tal vez, de un largo y fecundo diálogo interconfesional. Parece ser que la versión primitiva presuponía que Juan Bautista estaba llamado para preparar el camino a la irrupción de Dios mismo en el tiempo final. También de otros textos evangélicos (como Mt 3,11 y Lc 3,16) se desprende que Juan Bautista anunciaba al que iba a venir con un bautismo de fuego, es decir, a Dios mismo en calidad de juez definitivo. Esto parece que se ajusta más a los hechos históricos. En cualquier caso, hoy día nos resulta difícil aceptar que de un acontecimiento histórico tan lejano históricamente y tan manipulado por la relectura cristiana, esté dependiendo nuestra salvación y la comprensión del sentido de nuestra vida en el mundo actual. Esta dificultad no es nueva. La pone de relieve   aquella escena en que Jesús recrimina a sus paisanos que con su actitud frívola fueron  incapaces de percibir la tremenda crisis provocada por la predicación del Bautista y llevada a su  consumación por Jesús. “Porque vino Juan que ni comía ni bebía, y decís ‘Está endemoniado’. Y viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis a un glotón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. El comentario de Charles Dodd  con su chispa de humor inglés puede servirnos de prudente dvertencia: “Tocaban la lira mientras ardía Roma”.          Bilbao,10.12.17


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Fiesta de la Inmaculada. Homilía de J.A.Jáuregui, S.J.

 

FIESTA DE LA INMACULADA  

 

“Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.

Así de solemne sonaba en labios del papa Pío IX el ocho de diciembre de 1854 la declaración pontificia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Resulta siempre estimulante la posición estratégica que ocupa esta festividad en pleno tiempo de Adviento. Esta  fiesta viene a ser así una especie de prefiguración de la meta propia del Adviento. La espiritualidad cristiana del tiempo de Adviento pretende cada año reavivar en nosotros un cuestionamiento radical de toda la existencia del hombre en este mundo desde la perspectiva de la venida del Señor al final de los tiempos.  Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada, como germen de la nueva creación en Jesucristo, resulta significativa. Es una invitación a entender la inmaculada concepción de María no como un privilegio excepcional que la separa de todos los demás humanos, sino como la anticipación en Maria de la consumación de la obra divina de la salvación al final de los tiempos. A la luz de esta fiesta el artículo del Credo que confesamos sobre la vida eterna invita a una esperanza cierta, que no debe confundirse  con una utopía  que concibe a María como una reina coronada de estrellas y contrapuesta a sus súbditos o esclavos, sino como la primera redimida en la participación de la realeza de su Hijo Jesucristo.

Las tres preguntas fundamentales del hombre sabio cristiano: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?” encuentran su respuesta en esta espiritualidad que evoca la crisis profunda e irrepetible que se produjo con el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llegó a su plenitud con Jesús de Nazaret. Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada Concepción en el  tiempo de adviento, está anticipando en este mundo esa realidad final a la que tiende  aquella erupción volcánica que supuso la presencia de Jesús en este mundo cuando dijo: “he venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que arda!”, un objetivo que, a primera vista, parece ignorar todos los valores importantes de esta vida. Hoy día no resulta fácil entender ni aceptar esta concepción de la vida. Tampoco resultó fácil a las primeras generaciones cristianas aceptar y transmitir aquella actitud cristiana primitiva, que san Pablo resumió  en su famosa consigna “Vivir como si no… porque se pasa la representación de este mundo”. La obra del evangelista san Lucas refleja mejor que ningún otro escrito del N.T. cómo el problema de aquella generación cristiana fue encajar la realidad de un tiempo que se prolongaba inesperadamente distorsionando todas las expectativas tradicionales. En su lugar se fueron abriendo camino en la conciencia del hombre histórico de la tercera generación cristiana las realidades y valores terrenos. Se impuso entonces con especial pujanza el dualismo característico del Cristianismo, un dualismo que contrapone al reino supra-histórico, sobrenatural, trascendente de Jesús el mundo actual con todos sus valores terrenos.

De un modo análogo se puede hablar del sentido actual que tiene la figura de la Inmaculada  en la espiritualidad mariana después del largo esfuerzo de reflexión mariológica postconciliar. El diccionario de espiritualidad cristiana recalca a este propósito que “las formas del pasado que expresan valores marianos en términos de abandono, de imitación y dependencia, tienen escasas posibilidades de audiencia y acogida en el hombre, y menos aún, en la mujer de hoy día, que se resiste, con razón, a actuar por un acto de delegación y prefiere asumir la propia responsabilidad y salvar el propio proyecto original. La figura de María en la espiritualidad mariana actual queda así recuperada como modelo inspirador en un clima de comunión: ‘Honramos a los santos y a la bienaventurada Virgen María – decía san Ambrosio,  – no con un culto de servidumbre y sumisión sino con un honor de caridad y de sociedad fraterna, puesto que en realidad somos libres respecto a todos los demás y dependemos solo de Dios en el orden de la religión”.  En consecuencia, no es la imitación literal de cuanto realizó María, sino el aspecto central de su espiritualidad lo que debe ser asimilado. El culto mariano no debe distanciarla hasta una zona de omniperfección a medio camino entre Cristo y la Iglesia. Debe más bien considerarla – siguiendo las pautas del Vat. II -como la primera redimida que se auto-realiza en la adhesión a la Palabra de Dios, como modelo de la Iglesia peregrina de fe en un largo  y difícil proceso de maduración. Frente a la situación histórica actual de violencia institucionalizada, de miseria en tantos estratos sociales y de injustas desigualdades, la Iglesia ha tomado conciencia de que ya no es posible una actitud neutral o de alianza con los poderes opresivos. Debe, por el contrario, asumir un compromiso de liberación, de promoción humana y de realización de la utopía cristiana en este tiempo nuestro. La Inmaculada Concepción es símbolo anticipado de esta realización a la que debe tender la Iglesia hasta llegar  a  esa meta a la que nos empuja el tiempo de Adviento.

Bilbao, 8 de diciembre de 2017


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Diciembre 3, primer domingo de adviento. Homilía. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

 

DOMINGO 1 ADVIENTO B  

Ev.: Mc 13,33-37

El primer domingo de adviento del ciclo dedicado a san Marcos comienza  con el mismo tema con que terminó el ciclo de san Mateo: la vigilancia. “Mirad, velad y orad”. Esta exhortación cobra una fuerza especial porque viene a continuación de una sentencia chocante de Jesús  “Pero acerca del aquel día o de la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre”. Esta sentencia la transmiten solamente Mateo y Marcos y parece estar en contradicción con todo lo que ha dicho Jesús en el discurso apocalíptico precedente. Pero en una contradicción parecida vivía la fe de la iglesia cristiana primitiva. Por una parte el día final iba a llegar precedido por muchos signos, presagios del final; por otra parte, iba a llegar como un ladrón en la noche cuando menos se le esperaba. Si ni el mismo Hijo sabía el día ni la hora, ¿quién podía arrogarse tal conocimiento? Y, sin embargo, ahí están esas dos frases contradictorias  dependiendo de otra sentencia que acaba de pronunciar el mismo Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. La contradicción en la que vive la fe cristiana se asienta sobra la palabra eterna, infalible, del Hijo del hombre. Y él mismo está sujeto a la  tensión misteriosa de su mensaje, como un hombre, que se atiene a lo que Dios le ha mandado proclamar. Esta sentencia de Jesús no le creó problemas a san Marcos. Así como su palabra y su saber son de Dios, así también son algo humano el saber y la palabra de Dios en su propio secreto.

La comparación del señor que se marcha de viaje remite a la parábola de san Mateo que leímos hace dos domingos. En la versión de Marcos se observan algunas cosas extrañas. El amo de la casa se va de viaje y confía la casa a sus criados.  Sólo al portero le encarga la vigilancia. Pero luego les manda vigilar a todos porque va a volver de noche. Se comprende mejor que venga de noche inopinadamente el ladrón, pero el amo de casa… La tradición bíblica hablaba siempre de aquel día, del último día, no de una noche. También llama la atención que esa vigilancia no conlleva ninguna función. Sólo el portero sirve de ejemplo a los creyentes. Pero al final se les manda vigilar a todos.

En todo caso esto significa que la espera próxima de los evangelistas ya no es ni puede ser una actitud entusiasta de éxtasis, ni tampoco una  espera próxima apocalíptica, como la que parecen sugerir los sumarios de vida eclesial en los Hechos de los Apóstoles. Hace dos domingos veíamos que según Mateo esta vigilancia era activa, entregada a la responsabilidad de cada uno en los ministerios eclesiales. En este estadio anterior de san Marcos puede quedar la impresión de que se trata de estar despierto y vigilar con una actitud  consistente en mirar al cielo para ver cuándo vuelve el Señor. Se comprende que esta  mirada resignada hacia un futuro imprevisible y en constante demora fuera insostenible y objeto de honda reflexión en las iglesias. Si san Mateo introduce una actitud activa dedicada a los ministerios eclesiales que llena de sentido el tiempo de la iglesia, san Lucas la corrige de raíz desde el final del evangelio en la escena de la Ascensión: “Galileos ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que veis ahora subiendo al cielo volverá del mismo modo”. Se afirma la seguridad de la vuelta, pero no se cuenta con ella a plazo breve ya que se introduce la necesidad de predicar el evangelio al mundo entero comenzando por Jerusalén (Hch 1,8). La misión llena de sentido el tiempo que discurre desde la ascensión del Señor hasta su vuelta. En lugar de la inminencia de la vuelta gloriosa del Señor ha entrado en la vida de los fieles la trascendencia del momento final, capaz de irrumpir repentina e imprevistamente. Ahora bien, la repentinidad no inculca en el ánimo la certeza de que la vuelta del Señor está ya cerca y puede irrumpir enseguida. Inculca más bien que estamos en un tiempo previsiblemente largo cuya duración es desconocida. La repentinidad no dice estrictamente nada acerca de la proximidad o lejanía del Reino; sólo afirma que esta irrupción es impredecible. Esto es verdad, pero de ahí no se sigue, como se ha afirmado alegremente, que resulta ocioso hacer cábalas con la constatación de que san Lucas conserva y afirma la proximidad de la parusía en muchos textos, siendo así que, en la práctica la ha excluido, introduciendo en su lugar desde la ascensión un proceso histórico con un encargo misionero ambicioso para cuya realización habría sido un estorbo cualquier forma de espera próxima. Más bien, san Lucas es testigo de una reinterpretación tardía de la vuelta del Señor que convierte la actitud de espera próxima de la vuelta deseada del Señor en una actitud constante de vigilancia ante la venida impredecible de la vuelta del Señor.  San Lucas es fiel testigo de que la fe de la Iglesia vivía crucificada entre vigilancia constante ante  la vuelta del Señor y la mirada hacia atrás, hacia el Jesús histórico que con su vida y su predicación asentó las bases de la vida de la Iglesia dedicada a la misión universal. Consecuente con este movimiento hacia el Jesús del pasado iniciado en los evangelios, la Iglesia vive el adviento como un tiempo de preparación de la Navidad, una de las fiestas más universales y alegres de las que celebramos los hombres. En la Nochebuena festejaremos con alegría el nacimiento del Hijo de Dios, nos sentiremos conmovidos al contemplar la figura de un recién nacido que tiene por cuna un pesebre y sus primeros invitados a visitarle son unos pastores, pobres marginados de la sociedad. Hoy día fascina de manera especial la imagen de un Jesús que nació prometiendo la paz a los hombres y no anunció el reinado de Dios bajo el signo del juicio, como lo hizo Juan Bautista, sino bajo el signo de la gracia, del perdón, de la misericordia y del amor.  Pero lo nuevo del mensaje de Jesús es que el Reino de Dios está indisolublemente ligado a su persona que es el contenido del evangelio.

Bilbao,  3 de diciembre de 2017


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El Papa a los jóvenes de Myanmar. Homilía

Viaje apostólico del Santo Padre Francisco a Myanmar y Bangladesh (26 noviembre – 2 diciembre 2017) – Santa misa en el Kyaikkasan Ground de Yangon

Esta mañana, después de dejar el arzobispado de Yangon, el Santo Padre Francisco se ha desplazado en automóvil al Kyaikkasan Ground .
A su llegada, después de saludar a los fieles en papamóvil, a las 8,30 (hora local- 3,00 hora de Roma) ha celebrado la santa misa en la XXXIV semana del tiempo ordinario.
Terminada la celebración eucarística, el cardenal arzobispo de Yangon, Charles Bo, S.D,B. ha saludado al Santo Padre. Tras la bendición final, el Papa ha regresado en automóvil al arzobispado para almorzar con los miembros del séquito papal.
Publicamos a continuación la homilía que el Santo Padre ha pronunciado después de la proclamación del evangelio:
                                                         Homilía del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas: (Saludo en  lengua birmana)
Desde antes de venir a este país, he estado esperando que llegara este momento. Muchos de vosotros habéis venido de lejanas y remotas tierras montañosas, algunos incluso a pie. Vengo como peregrino para escuchar y aprender de vosotros, y para ofreceros algunas palabras de esperanza y consuelo.
La primera lectura de hoy, tomada del libro de Daniel, nos ayuda a ver lo limitada que era la sabiduría del rey Baltasar y sus videntes. Ellos sabían cómo alabar «a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y de piedra» ( Dn 5,4), pero no poseían la sabiduría para alabar a Dios, en cuyas manos está nuestra vida y nuestro aliento. Daniel, sin embargo, tenía la sabiduría del Señor y fue capaz de interpretar sus grandes misterios.
El intérprete definitivo de los misterios de Dios es Jesús. Él es la sabiduría de Dios en persona (cf. 1 Co 1,24). Jesús no nos enseñó su sabiduría con largos discursos o grandes demostraciones de poder político o terreno, sino entregando su vida en la cruz. A veces podemos caer en la trampa de confiar en nuestra propia sabiduría, pero la verdad es que podemos fácilmente desorientarnos. En esos momentos, debemos recordar que tenemos ante nosotros una brújula segura : el Señor crucificado. En la cruz, encontramos la sabiduría que puede guiar nuestras vidas con la luz que proviene de Dios.
Desde la cruz también nos llega la curación . Allí, Jesús ofreció sus heridas al Padre por nosotros, las heridas que nos han curado (cf. 1 Pe 2,4). Que siempre tengamos la sabiduría de encontrar en las heridas de Cristo la fuente de toda curación. Sé que muchos en Myanmar llevan las heridas de la violencia, heridas visibles e invisibles. Existe la tentación de responder a estas heridas con una sabiduría mundana que, como la del rey en la primera lectura, está profundamente equivocada. Pensamos que la curación pueda venir de la ira y de la venganza. Sin embargo, el camino de la venganza no es el camino de Jesús.
El camino de Jesús es radicalmente diferente. Cuando el odio y el rechazo lo condujeron a la pasión y a la muerte, él respondió con perdón y compasión. En el Evangelio de hoy, el Señor nos dice que, al igual que él, también nosotros podemos encontrar rechazo y obstáculos, sin embargo él nos dará una sabiduría a la que nadie puede resistir (cf. Lc 21,15). Está hablando del Espíritu Santo, gracias al cual el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones ( Rm 5, 5). Con el don de su Espíritu, Jesús nos hace capaces de ser signos de su sabiduría, que vence a la sabiduría de este mundo, y de su misericordia, que alivia incluso las heridas más dolorosas.
En la víspera de su pasión, Jesús se entregó a sus apóstoles bajo los signos del pan y del vino. En el don de la Eucaristía, no sólo reconocemos, con los ojos de la fe, el don de su cuerpo y de su sangre, sino que también aprendemos cómo encontrar descanso en sus heridas , y a ser purificados allí de todos nuestros pecados y de nuestros caminos errados. Queridos hermanos y hermanas, que encontrando refugio en las heridas de Cristo, podáis saborear el bálsamo saludable de la misericordia del Padre y encontrar la fuerza para llevarlo a los demás, para ungir cada herida y recuerdo doloroso. De esta manera, seréis testigos fieles de la reconciliación y la paz, que Dios quiere que reine en todos los corazones de los hombres y en todas las comunidades.
Sé que la Iglesia en Myanmar ya está haciendo mucho para llevar a otros el bálsamo saludable de la misericordia de Dios, especialmente a los más necesitados. Hay muestras claras de que, incluso con medios muy limitados, muchas comunidades anuncian el Evangelio a otras minorías tribales, sin forzar ni coaccionar, sino siempre invitando y acogiendo. En medio de tanta pobreza y dificultades, muchos de vosotros ofrecéis ayuda práctica y solidaridad a los pobres y a los que sufren. Con el servicio diario de vuestros obispos, sacerdotes, religiosos y catequistas, y en particular a través de la encomiable labor de la Catholic Karuna Myanmar y de la generosa asistencia proporcionada por las Obras Misionales Pontificias, la Iglesia en este país está ayudando a un gran número de hombres, mujeres y niños, sin distinción de religión u origen étnico. Soy testigo de que la Iglesia aquí está viva, que Cristo está vivo y está aquí con vosotros y con vuestros hermanos y hermanas de otras comunidades cristianas. Os animo a seguir compartiendo con los demás la valiosa sabiduría que habéis recibido, el amor de Dios que brota del corazón de Jesús.
Jesús quiere dar esta sabiduría en abundancia. Él recompensará ciertamente vuestra labor de sembrar semillas de curación y reconciliación en vuestras familias, comunidades y en toda la sociedad de esta nación. ¿No nos dijo él que nadie se puede resistir a su sabiduría (cf. Lc 21,15)? Su mensaje de perdón y misericordia se sirve de una lógica que no todos querrán comprender y que encontrará obstáculos. Sin embargo, su amor revelado en la cruz, en definitiva, nadie lo puede detener. Es como un GPS espiritual que nos guía de manera inexorable hacia la vida íntima de Dios y el corazón de nuestro prójimo.
La Santísima Virgen María siguió a su Hijo hasta la oscura montaña del Calvario y nos acompaña en cada paso de nuestro viaje terrenal. Que ella nos obtenga la gracia de ser mensajeros de la verdadera sabiduría , profundamente misericordiosos con los necesitados, con la alegría que proviene de encontrar descanso en las heridas de Jesús, que nos amó hasta el final.
Que Dios os bendiga a todos. Que Dios bendiga a la Iglesia en Myanmar. Que él bendiga a esta tierra con su paz. Que Dios bendiga a Myanmar.


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Homilía del domingo Cristo Rey del Universo. Autor: J.A. Jáuregui S.J

 

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO-REY (A)

Ev.: Mt 25,31-46: juicio universal

Rey viene a ser hoy un título moderno que provoca en nosotros ciertos prejuicios asociados al poder que nos ponen muy en guardia. Tampoco fue un título que Jesús lo recibiera sin correctivos ni se lo atribuyera en su vida mortal. De hecho según Jn 6, después de la multiplicación de los panes, las multitudes quisieron nombrarle rey, pero él se escondió y fue al monte donde pasó toda la noche en oración. Ante la pregunta de Pilato “¿Luego tú eres rey?”, concedió que lo era pero añadió tales matices que hicieron del título “rey” un término incomprensible por su carácter anti-estructural, es decir, aceptó Jesús el término del lenguaje común pero reaccionó inmediatamente contra él redefiniéndolo y haciéndolo así  incomprensible para su interlocutor.

Esta página evangélica de hoy ha sido considerada “un compendio de la doctrina y de las exigencias de todo el evangelio”, “una obra maestra de la literatura evangélica”. El juicio final se sustancia en las obras de amor y de misericordia con los marginados, los pobres y los que sufren en el mundo, con los más pequeños entre los hermanos y hermanas de Jesús. Se destaca  el tema del desconocimiento: las personas que han hecho estas obras de misericordia ni siquiera sabían antes del juicio final que habían hecho una buena obra al mismo Cristo y que en los hermanos más pequeños estaba presente el propio juez universal. Esta interpretación del juicio final ha provocado gran fascinación en numerosos ambientes. Son distintas las dimensiones que contribuyen a provocar esta fascinación.

  1. En primer lugar, fascina hoy la presentación práctica y nada

dogmática de la  esencia del mensaje de Jesús. Lo único que importa es el amor al prójimo, no la confesión religiosa ni la fe. El amor a Dios (o a Cristo) lo miden muchos desde esta interpretación como amor al prójimo. Se llega a afirmar que la persona indigente es el lugar de Dios en el mundo.

  1. Este fragmento evangélico ha sido en todos los tiempos de la historia de la Iglesia un texto que ha servido de fundamento a todo el servicio caritativo eclesial a los pobres. La sentencia de Jesús “Os digo de verdad: todo lo que hicisteis a favor de estos mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo” ha sido más importante para la asistencia a los pobres que todos los sistemas inspirados en las reglas de la prudencia.
  2. Nuestro texto desempeña un papel importante en la teología de la

liberación. Gustavo Gutiérrez lo expresa rotundamente: “Al margen del sacramento del prójimo no hay camino hacia Dios pues el amor a Dios no puede expresarse más que en el amor al prójimo”.

  1. Es importante esta página del evangelio en el diálogo entre judíos y cristianos. El punto de partida de esta interpretación es la posibilidad de que la expresión “mis hermanos más pequeños” designe a todos los pobres de Israel. Esta interpretación alcanzó una actualidad especial en tiempos del exterminio nazi de los judíos, cuando un mundo que se profesaba cristiano miró indiferente cómo el pueblo de la alianza era exterminado, sin considerar lo que diría el Cristo Juez: “Lo que hicisteis con estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.
  2. 5. Nuestro relato evangélico resulta de gran importancia a la hora de

determinar la relación del Cristianismo con las otras religiones. La norma con la que el Hijo del Hombre juzga a los hombres no se ciñe a una religión concreta, es universal. Según Tillich este texto de san Mateo libera la imagen de Jesús de un particularismo que hizo de Jesús la propiedad de una religión particular.

  1. Este evangelio ha llegado a cobrar una importancia de teología

fundamental en una sociedad moderna postcristiana y atea. Según Kitamori, teólogo japonés del dolor, este evangelio dice que “Dios se hace inmanente a la realidad histórica. Y por lo tanto, amar la realidad histórica es amar a Dios. Ahora bien, la realidad histórica es una realidad de dolor: hambre, ser extranjero, desnudo, enfermo, encarcelado. Dios padece el dolor del mundo, y este dolor, por ser dolor de Dios, pasa a ser el lugar donde se da la experiencia de trascendencia y de gracia”.

Pero, junto a estas interpretaciones universalistas, hay autores nada

sospechosos  de conservadurismo a ultranza – como Ulrico Luz en su espléndido comentario a Mateo – que reivindican los derechos de la interpretación clásica que, por cierto, arrastra una existencia oscura y vergonzante en el momento actual. El hecho de que los justos, colocados a la derecha del juez, no hubieran calculado ni pretendido merecer una recompensa por sus obras de caridad no debe inducir a buscar en el mundo personas que nada sepan de Cristo, como si el texto evangélico versara  sólo sobre ellas. Extraer esta enseñanza del juicio universal como quintaesencia del evangelio equivale a afirmar que Mateo está enseñando aquí un camino especial para ir a Dios sin necesidad de conocer ni reconocer a Cristo. Lo cual contradice abiertamente el contenido de todo el conjunto del primer evangelio. El peso principal del relato de hoy está en las sentencias graves de Jesús iniciadas con la frase “Os digo de verdad” que hacen del juicio una severa interpelación profética a los lectores y oyentes del evangelio que, como el final de la parábola del buen samaritano, nos inculcan “Anda y haz tú lo mismo”. Así lo entendió Martín de Tours cuando dio a un pobre, junto a la puerta de Amiens, la mitad de su capote de soldado. Aquella noche se le apareció Cristo vestido con aquel medio capote y le explicó con la sentencia del evangelio de hoy que era él mismo quien le había salido al encuentro en aquel pobre. Esta leyenda  influyó en el occidente medieval más que todos los sermones y comentarios al evangelio.