Loiola XXI

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El angelus del Papa y la Stma. Trinidad.

Entremos siempre más en la comunión trinitaria, para dar testimonio del amor salvífico de Cristo, el Papa en el Ángelus

2017-06-11 Radio Vaticana

(RV).- En el día en el que la Iglesia Católica conmemora a la Santísima Trinidad, Papa Francisco recordó, desde el Balcón de la Plaza de San Pedro, las palabras de la segunda lectura en la que San Pablo se dirige a la comunidad de Corinto “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”(2 Cor 13,13), para después afirmar que esta “bendición” del Apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios.

Además Francisco expresó que “la comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad, de su bondad y belleza”. Aunque tal y como el mismo Pablo da testimonio, para que esto ocurra, se debe pasar necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón. Y esto “es lo que sucede a los judíos en el camino del éxodo” recordó el Santo Padre, para después explicar que “cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar aquel pacto, proclamando el propio nombre y su significado: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad” (Es 34,6).

Y este nombre expresa que Dios “no está alejado y encerrado en sí mismo” sino que “es Vida que quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad” expresó el Papa y continuó diciendo que “Dios es misericordioso, piadoso y rico de gracia” porque se ofrece a nosotros “para colmar nuestros límites y nuestras faltas”, para perdonar nuestros errores, para volvernos a llevar al camino de la justicia y de la verdad.

El sucesor de Pedro concluyó mencionando a la Virgen María, para que “nos ayude a entrar siempre más, con todos nosotros mismos, en la Comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra existencia”.

(Mireia Bonilla – RV)

Reflexión del Papa antes de la oración del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las Lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. La segunda Lectura, presenta las palabras que san Pablo dirige a la comunidad de Corinto: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”(2 Cor 13,13). Esta “bendición” del Apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios, aquel amor que Cristo resucitado le ha revelado, que ha transformado su vida y lo ha “empujado” a llevar el Evangelio a la población. A partir de esta experiencia suya de gracia, Pablo puede exhortar a los cristianos con estas palabras: “alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz”. La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad, de su bondad y de su belleza. Pero esto – como el mismo Pablo da testimonio – pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.

Es lo que sucede a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar aquel pacto, proclamando el propio nombre y su significado: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Este nombre expresa que Dios no está alejado y encerrado en sí mismo sino que es Vida que quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es “misericordioso”, “piadoso” y “rico de gracia” porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volvernos a llevar al camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y sólo Amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.

También Evangelio de hoy “pone en escena” a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil de ese tiempo, no ha dejado de buscar a Dios. No pensó: “ya llegué” ¡no! No dejó de buscar a Dios. Y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente que es ya buscado y esperado por Dios, que es amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro, así dice el profeta: florece antes.

En efecto, así le habla Jesús: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. ¿Qué es la vida eterna? Es el amor desmedido y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Este amor, con la acción del Espíritu Santo, ha irradiado una luz nueva sobre la tierra y en cada corazón humano que lo acoge; una luz que revela los ángulos oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia.

Que la Virgen María nos ayude a entrar siempre más, con todo nosotros mismos, en la Comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra existencia.

(Traducción de María Cecilia Mutual – Radio Vaticano)

Palabras del Papa después de rezar a la Madre de Dios:

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer, en La Spezia, fue beatificada Itala Mela. Criada en una familia lejos de la fe, en su juventud se profeso atea, pero se convirtió después a una intensa experiencia espiritual. Se comprometió entre los universitarios católicos, llegando a ser Oblata benedictina y cumplió un recorrido místico centrado en el misterio de la Santísima Trinidad, que hoy celebramos de manera especial. El testimonio de la nueva Beata nos anima, durante nuestros días, a dirigir a menudo el pensamiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que habitan en la celda de nuestro corazón.

Saludo a todos ustedes, queridos romanos y peregrinos: a los grupos parroquiales, a las familias, a las asociaciones. Saludo en particular a los fieles venidos de Montpellier, de Córcega y Malta; y de Italia, a los fieles de Padua y Norbello y los chicos de Sassuolo.

Un pensamiento especial a la comunidad boliviana que vive en Roma y celebra la Virgen de Copacabana.

A todos ustedes les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!


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El Papa: homilía de Pentecostés.

papa5El Papa en Pentecostés: “La novedad del Espíritu: crea un pueblo nuevo y nos da un corazón nuevo”

(RV).- “Ven Espíritu de Dios. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas”, lo dijo el Papa Francisco en la Santa Misa, en la Solemnidad de Pentecostés, celebrada en la Plaza de San Pedro.

Con esta celebración, señaló el Papa, concluye el tiempo de Pascua, estos cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. “Él es, en efecto – precisó el Pontífice – el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas”. Las lecturas que la liturgia presenta este Domingo de Pentecostés, puntualizó el Santo Padre, nos presentan dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés – afirmó el Papa – el Espíritu bajó del cielo en forma de lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. De este modo, “la Palabra de Dios describe la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad”. En otras palabras, explicó el Pontífice, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal.

Es la misma acción del Paráclito, dijo el Papa Francisco, el que en primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. Y al mismo tiempo, agregó el Pontífice, es el mismo Espíritu quien realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía. De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

“Para que esto se realice – subrayó el Sucesor de Pedro – es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes: la primera es buscar la diversidad sin unidad y la segunda es la de buscar la unidad sin diversidad”. Por ello, nuestra oración al Espíritu Santo – alentó el Papa – consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, y también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra.

Un corazón nuevo

Y llegamos entonces a la segunda novedad, afirmó el Santo Padre: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, les da el Espíritu de perdón. “El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, precisó el Pontífice, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón”. Porque el perdón – explicó el Papa – es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidos a pesar de todo, es el perdón el que libera el corazón y le permite recomenzar.

“El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías – alentó el Papa – el Espíritu nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están”. Por ello, dijo el Papa Francisco, pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

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Hoy concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).

Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».


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Fátima: el discurso del Papa en la oración del rosario. Comentario.

El Papa: Cristo no es un juez despiadado y María no es una “santita”

El saludo de Francisco en la bendición de las velas frente a la capillita de las apariciones de Fátima: no a imágenes «subjetivas» que presentan a la Virgen como si fuera «mejor» que Jesús: «Debemos anteponer la misericordia al juicio»
AP

El Papa Francisco rezando en Fátima

Pubblicato il 12/05/2017
Ultima modifica il 13/05/2017 alle ore 10:11
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A FÁTIMA

Ya ha llegado la noche. Más de trescientos mil personas abrazan al Papa en la explanada de la Cova da Iria, frente al gran Santuario de Fátima, en el lugar en el que hace cien años tres niños (dos de los cuales están por ser proclamados santos) vieron a la Virgen y recibieron un secreto que marcó la historia del siglo XX. Hay miles de velas encendidas, mientras un viento frío sustituyó al sol tibio de la tarde. La procesión de la tarde con las velas y la oración del Rosario son citas que no faltan en el Santuario.

 

El Papa saludó a los peregrinos, dijo que los llevaba «a todos en el corazón», «especialmente a los más necesitados», como la aparición enseñó a los tres pastorcillos después de haberles mostrado la visión del infierno. «Que ella, madre dulce y premurosa de todos los necesitados —añadió— les obtenga la bendición del Señor. Que, sobre cada uno de los desheredados e infelices, a los que se les ha robado el presente, de los excluidos y abandonados a los que se les niega el futuro, de los huérfanos y las víctimas de la injusticia a los que no se les permite tener un pasado, descienda la bendición de Dios encarnada en Jesucristo».

 

Francisco explicó que «ninguna otra criatura ha visto brillar sobre sí el rostro de Dios como» María. Después, citó las palabras que usó Pablo VI durante un peregrinaje a Cágliari en 1970: «si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos, es decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús, y que nos abre el camino que nos lleva a Él».

 

Pero Bergoglio también aprovechó la ocasión del saludo para alejar interpretaciones de la Virgen que no están en sintonía con el Evangelio. «Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el “camino estrecho” de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora “inalcanzable” y por tanto inimitable? ¿La “Bienaventurada porque ha creído” siempre y en todo momento en la palabra divina, o más bien una “santita”, a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?».

 

Es evidente en esas palabras el llamado a no ceder a catastrofismos ni a visiones que presentan a la Virgen como si fuera «mejor» y «más misericordiosa» que Dios Padre y Cristo. «Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia».

 

«Hay que anteponer la misericordia al juicio —recordó el Papa Bergoglio— y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz». Es por ello que «quedamos libres de nuestros pecados» y «dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado». No se trata, pues de una fe basada en el miedo, persiguiendo secretos y visiones, sino fundada en el Evangelio y en el amor.

 

«Cada vez que miramos a María —continuó Francisco— volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes». Bergoglio deseó a todos los presentes que puedan ser, con María, «signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, perdona todo». Para poder decir: «por culpa del orgullo de mi corazón, he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero sin conseguir ocupar ningún trono. La única manera de ser exaltado es que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto y me ponga junto a tu corazón».

 

Después de la oración del Rosario, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado vaticano, celebró una misa. En su homilía, el purpurado italiano recordó que la Virgen, «como mamá preocupada por las tribulaciones de sus hijos, apareció aquí con un mensaje de consolación de esperanza para la humanidad en guerra y para la Iglesia que sufre». Parolin también recordó a los «millones de personas que viven todavía en el centro de conflictos insensatos», así como la situación «general de miedo» que se advierte «incluso en lugares un tiempo considerados seguros».


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Fatima: palabras del Papa en la bendición de las velas.

Peregrinación a Fátima: Bendición de las velas desde la Capilla de las Apariciones (12 de mayo de 2017)

                                                                   BENDICIÓN DE LAS VELAS

                                                                  SALUDO DEL SANTO PADRE

Capilla de las Apariciones, Fátima
Viernes 12 de mayo de 2017

[Multimedia]

Queridos peregrinos de María y con María.

Gracias por recibirme entre vosotros y uniros a mí en esta peregrinación vivida en la esperanza y en la paz. Desde ahora, deseo asegurar a los que os habéis unidos a mí, aquí o en cualquier otro lugar, que os llevo en mi corazón. Siento que Jesús os ha confiado a mí (cf. Jn 21,15-17), y a todos os abrazo y os confío a Jesús, «especialmente a los más necesitados» —como la Virgen nos enseñó a pedir (Aparición, julio de 1917)—. Que ella, madre tierna y solícita con todos los necesitados, les obtenga la bendición del Señor. Que, sobre cada uno de los desheredados e infelices, a los que se les ha robado el presente, de los excluidos y abandonados a los que se les niega el futuro, de los huérfanos y las víctimas de la injusticia a los que no se les permite tener un pasado, descienda la bendición de Dios encarnada en Jesucristo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).

Esta bendición se cumplió plenamente en la Virgen María, puesto que ninguna otra criatura ha visto brillar sobre sí el rostro de Dios como ella, que dio un rostro humano al Hijo del Padre eterno; a quien podemos ahora contemplar en los sucesivos momentos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su vida, como recordamos en el rezo del Rosario. Con Cristo y María, permanezcamos en Dios. En efecto, «si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos, es decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús, y que nos abre el camino que nos lleva a él» (Pablo VI, Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, Cagliari, 24 abril 1970). De este modo, cada vez que recitamos el Rosario, en este lugar bendito o en cualquier otro lugar, el Evangelio prosigue su camino en la vida de cada uno, de las familias, de los pueblos y del mundo.

Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable? ¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y en todo momento en la palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una «santita», a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?

Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18). «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. […] Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 288). Que seamos, con María, signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, perdona todo.

Llevados de la mano de la Virgen Madre y ante su mirada, podemos cantar con alegría las misericordias del Señor. Podemos decir: Mi alma te canta, oh Señor. La misericordia que tuviste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel la tuviste también conmigo. Oh Señor, por culpa del orgullo de mi corazón, he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero sin conseguir ocupar ningún trono. La única manera de ser exaltado es que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto y me ponga junto a tu corazón. Que así sea.


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Saludo del Papa el lunes de Pascua.

Con María anunciemos la Resurrección de Cristo al mundo que sufre, pidió el Papa al rezar el Regina Coeli

2017-04-17 Radio Vaticana

(RV).- Que la Virgen nos ayude a creer e interceda, en especial, por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas, que en tantas partes del mundo, están llamadas a un testimonio más difícil y valiente, fue el ruego del Papa Francisco, reiterando que también nosotros – hoy – estamos invitados a anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que ‘¡Cristo ha resucitado, aleluya!’.

Introduciendo el rezo mariano pascual a la Reina del Cielo, con las palabras del Ángel, en el pasaje evangélico del Lunes de Pascua de 2017, el Obispo de Roma hizo hincapié en que afianzados en la Resurrección del Señor – «evento, que constituye la verdadera novedad de la historia y del cosmos – estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos, según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Esto es comenzar ya a resucitar!».

El Papa Francisco señaló que seremos hombres y mujeres de resurrección, si, «en medio de las vicisitudes que atormentan al mundo, a la mundanidad que nos aleja de Dios, sabremos brindar gestos de solidaridad y de acogida, alimentar el anhelo universal de la paz y la aspiración de un ambiente libre de degradación».

Signos comunes y humanos que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, pueden adquirir una eficacia muy superior a nuestras capacidades. «Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento».

(CdM – RV)

Voz y texto completo de las palabras del Papa Francisco:

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En este lunes de fiesta, llamado ‘Lunes del Ángel’,  la liturgia hace resonar el anuncio de la Resurrección proclamada ayer: ‘¡Cristo ha resucitado aleluya!’. En el pasaje evangélico de hoy podemos percibir el eco de las palabras que el Ángel dirigió a las mujeres que acudieron al sepulcro: «Vayan en seguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos’» (Mt 28,7)

Sentimos como dirigida también a nosotros esa invitación a ir enseguida a anunciar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo este mensaje de alegría y de esperanza. ¡De esperanza, de esperanza cierta, porque desde cuando, en la aurora del tercer día, Jesús crucificado ha resucitado, la última palabra ya no la tiene la muerte, sino la vida! ¡Y ésta es nuestra certeza. La última palabra ya no es sepulcro, no es la muerte, es la vida! Por ello repetimos tanto: ‘¡Cristo ha resucitado!’. Porque en Él el sepulcro ha sido derrotado, ha nacido la vida.

Afianzados en este evento, que constituye la verdadera novedad de la historia y del cosmos, estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Existe la vida! ¡Esto es comenzar ya a resucitar! Seremos hombres y mujeres de resurrección, hombres y mujeres de vida, si, en medio de las vicisitudes que atormentan al mundo, – hay tantas hoy – en medio de la mundanidad que nos aleja de Dios, sabremos brindar gestos de solidaridad y de acogida, alimentar el anhelo universal de la paz y la aspiración de un ambiente libre de la degradación. Se trata de signos comunes y humanos, pero que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, adquieren una eficacia muy superior a nuestras capacidades. Y esto es así, porque Cristo está vivo y Cristo obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento.

Que la virgen María, testigo silenciosa de la muerte y resurrección de su hijo Jesús, nos ayude a ser signos límpidos de Cristo resucitado entre las vicisitudes del mundo, para que cuantos están en la tribulación y en las dificultades no permanezcan víctimas del pesimismo,  y de nuestra derrota, de la resignación, sino que encuentren en nosotros a tantos hermanos y hermanas que ofrecen su apoyo y consolación. Que nuestra madre nos ayude a creer firmemente en la resurrección de Jesús: Jesús ha resucitado, está vivo aquí, entre nosotros y esto es un admirable misterio de salvación, y con la capacidad de transformar los corazones y la vida. E interceda en especial por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas, que están hoy en tantas partes del mundo llamadas y un testimonio más difícil y valiente.

Y entonces, en la luz y en la alegría de la Pascua, dirijámonos a Ella con la oración, que por cincuenta días, hasta Pentecostés, ocupa el lugar del Ángelus»

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)

(from Vatican Radio)


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Pascua: la bendición Urbi et orbi. Comentario

“Alivio para Siria, víctima de guerra, horror y muerte”

En su bendición pascual, el Papa Francisco pasó revista a los principales focos de conflicto en el mundo y se refirió a la inestabilidad social en diversas zonas de América Latina

La bendición pascual del Papa Francisco

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Pubblicato il 16/04/2017
Ultima modifica il 16/04/2017 alle ore 16:28
ANDRÉS BELTRAMO ALVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Alivio y consuelo a la población civil de Siria, la amada y martiriada siria, víctima de una guerra que no cesa de sembrar horror y muerte”. En un mundo que coquetea una vez más con la violencia bélica, el Papa alzó su voz a favor de la paz. En su bendición pascual, imploró a Dios que sostenga los esfuerzos de quienes ayudan al pueblo sirio. Condenó un ataque contra refugiados en Alepo, clamó por la armonía en Tierra Santa y todo el Medio Oriente, centrando su llamado en Irak y Yemen.

 

“Es de ayer el último innoble ataque a refugiados en fuga que ha provocado numerosos muertos y heridos” lamentó el líder católico, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro y antes de impartir su bendición “urbi et orbi” (a la ciudad y al mundo), que fue transmitida por 160 emisoras televisivas en todo el mundo.

 

Con esas palabras, se refirió al atentado con bomba lanzado la víspera contra un convoy de vehículos para una evacuación masiva, pactada el viernes por el gobierno de Bashar al Assad y los rebeldes sirios. Al menos 112 personas murieron en el episodio.

 

Más adelante, el Papa pidió que Jesús resucitado sostenga los esfuerzos de quienes, especialmente en América Latina, “se comprometen en favor del bien común de las sociedades, tantas veces marcadas por tensiones políticas y sociales, que en algunos casos son sofocadas con la violencia”. Se refirió así a la inestabilidad social en Venezuela, en Argentina y en otros países de la región.

 

Instó a que “se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de válidas soluciones pacíficas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho”.

 

También invocó ayuda para Ucrania, “todavía afligida por un sangriento conflicto”, para que vuelva a encontrar la concordia y acompañe las iniciativas promovidas para aliviar los dramas de quienes sufren las consecuencias. Deseó que los pueblos de Sudán del Sur, de Somalia y de la República Democrática del Congo, que padecen “conflictos sin fin”, agravados por la terrible carestía que está castigando algunas regiones de África, “sientan siempre la cercanía del buen pastor”.

 

El Papa sostuvo que, en toda época de la historia, Cristo resucitado no se cansa de buscar a los hombres, “perdidos en los desiertos del mundo”, para atraerlos, con su amor misericordioso, al camino de la vida. Añadió que va a buscar a quien está perdido en los laberintos de la soledad y de la marginación, haciéndoles sentir su voz.

 

Por eso, siguió, el resucitado “se hace cargo” de cuantos son víctimas de antiguas y nuevas esclavitudes: trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación, graves dependencias. Se hace cargo –precisó- de los niños y de los adolescentes que son privados de su serenidad para ser explotados, y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.

 

Sostuvo que Jesús se hace compañero de camino de quienes se ven obligados a dejar la propia tierra a causa de los conflictos armados, de los ataques terroristas, de las carestías, de los regímenes opresivos. “A estos emigrantes forzosos, les ayuda a que encuentren en todas partes hermanos, que compartan con ellos el pan y la esperanza en el camino común”, dijo.

 

Por eso auguró que, en los momentos más complejos y dramáticos de los pueblos, Cristo guíe los pasos de quien busca la justicia y la paz; y done a los representantes de las naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y de acabar con el tráfico de las armas.

 

Pidió a Dios, que no deja de bendecir al Continente Europeo, dé esperanza a cuantos atraviesan momentos de dificultad, especialmente a causa de la gran falta de trabajo sobre todo para los jóvenes.

 

“Todos nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado, perdemos el buen camino y vamos errantes como ovejas perdidas. Pero Dios mismo, nuestro pastor, ha venido a buscarnos, y para salvarnos se ha abajado hasta la humillación de la cruz. Y hoy podemos proclamar: Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya”, apuntó.

 

“Este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: Era verdad, ha resucitado el Señor. Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, dé paz a nuestros días. Feliz Pascua”, sentenció.

 

Al final, impartió la bendición “urbi et orbi” a la multitud que llenó la Plaza de San Pedro. Antes, al final de la misa de resurrección y antes de su mensaje, saludó a los fieles con un largo giro a bordo del papamóvil.


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Vigilia pascual con el Papa en el Vaticano. Comentario.

“El resucitado hace saltar nuestras desmedidas ambiciones”

El Papa Francisco celebra la vigilia pascual en la Basílica de San Pedro y recuerda el rostro de las mujeres que descubrieron el sepulcro vacío, el mismo roto de quienes hoy sufren el dolor por la miseria, por la explotación y la trata
REUTERS

Papa Francisco

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Pubblicato il 15/04/2017
Ultima modifica il 15/04/2017 alle ore 22:23
ANDRÉS BELTRAMO ALVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

Cristo quiere hacer saltar todas las barreras. Los obstáculos que encierran a los seres humanos en “estériles pesimismos”. En “nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en “nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad” y las “desmedidas ambiciones, capaces de jugar con la dignidad ajena”. Es la resurrección de Cristo, anunciada por el Papa desde el altar mayor de la Basílica de San Pedro. Una resurrección que debe sacudir, y poner en marcha. Como explicó Francisco, esta noche durante la vigilia pascual.

 

Ante autoridades políticas y diplomáticas, cardenales, obispos y más de cuatro mil fieles, el pontífice presidió la ceremonia del fuego nuevo. Con el alfa y la omega marcó un gran cirio pascual. Luego, sólo con esa luz, ingresó en el templo oscuro. Después, gracias al recuerdo de la resurrección, todas las luces se encendieron y comenzó la vigilia.

 

Durante la homilía, el líder católico reflexionó sobre las mujeres que fueron a buscar el cuerpo de Cristo. María Magdalena y la otra María, con su paso cansado de confusión rumbo al sepulcro, debilitado como aquel de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma. Evocó sus rostros pálidos, bañados por las lágrimas y la pregunta: “¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?”.

 

Ellas, señaló, fueron mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Entonces invitó a hacer un ejercicio de imaginación para ver en sus caras, los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana.

 

“Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas”, ejemplificó.

 

“Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad”, agregó.

 

Reconoció que los rostros de los fieles hablan de heridas, muchas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Precisó que el corazón humano sabe que las cosas pueden ser diferentes, pero sin darse cuenta, muchos se acostumbran a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración, a convencerse que es la “ley de la vida”, terminando todo en una “triste resignación”.

 

Pero advirtió que esas mujeres fueron sacudidas, algo les movió el suelo y una voz les dijo: “No teman, ha resucitado como lo había dicho. La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”.

 

“El latir del resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena”, aseguró.

 

Precisó que, cuando el sumo sacerdote y los líderes religiosos, en complicidad con los romanos, creyeron que podían calcularlo todo, cuando creyeron que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpió para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad.

 

Entonces, dijo, Dios, una vez más, salió al encuentro del ser humano para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Porque –siguió- esa es la promesa reservada desde siempre, es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel.

 

Ese latir del resucitado cambió el paso de aquellas mujeres, las hizo alejarse rápidamente y correr a dar la noticia, las hizo volver sobre sus pasos y sobre sus miradas, volvieron a la ciudad a encontrarse con los otros. Por eso, invitó a todos a “ir con ellas”, volver a la ciudad y anunciar la noticia, a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución.

 

“Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el señor está vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos”, destacó.

 

“Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar”, ponderó.

 

Después de la homilía, el Papa confirió el sacramento del bautismo a 11 catecúmenos, personas que se convirtieron al catolicismo ya en edad adulta. De ellos, tres son italianos, dos albaneses y el resto proviene de Malta, España, República Checa, Estados Unidos, Malasia y China.