Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Domingo de Pascua. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

iglesia1DOMINGO DE PASCUA 

 

Misa del dia

Jn 20,1-10

 

En esta celebración solemne de la resurrección gloriosa de Jesús cabría esperar una descripción detallada de este acontecimiento triunfal. Pero ni los evangelios ni los demás textos del N.T. que nos hablan de la resurrección de Jesús describen el modo como sucedió este acontecimiento. La misma iconografía cristiana fue sumamente reacia a representar de un modo visible a Jesús en el momento de su resurrección. Esto no es nada casual. Y es que en realidad la acción sobrenatural por la que Dios resucitó a Jesús es absolutamente indescriptible por ser un objeto de fe y no de visión humana. La primera profesión de fe cristiana confiesa que Jesús ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón (Pedro). San Pablo nos dice que ha visto al Señor. Los evangelios abundan en escenas de apariciones del Resucitado a sus discípulos. Pero la resurrección en sí misma sucede en lo oculto de la acción de Dios, como para el mundo de Dios ante el que no cabe más respuesta que la fe del hombre. Por eso quizás curiosamente el evangelio de este domingo describe la primera confesión de fe en la resurrección, no en ambiente de apariciones, sino dentro de la tumba vacía. María Magdalena fue, según san Juan, la primera que vio la tumba vacía, pero no supo leer el signo encerrado en ella. Sólo se le ocurrió que alguien había robado el cuerpo de Jesús. Confusa y perpleja corre al encuentro de los discípulos, ocultos después de la crucifixión por miedo a los judíos, y les comunica su noticia, una noticia por cierto ajena por completo a la noticia alegre del evangelio: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Desde este momento saltan  Pedro y el Discípulo amado (D.A.), sobre todo este último, al primer plano de la presentación del misterio de la resurrección en la concepción teológica de san Juan. Dentro de la matizada rivalidad con que el evangelista presenta a esos dos personajes, el D.A. corre más que Pedro y llega primero a la tumba, pero no entró. Cede el paso a Pedro. Este entra el primero en la tumba. “Se inclinó para observar y vio las envolturas de tela en el suelo; el sudario en que le habían envuelto la cabeza no en el suelo con los otros lienzos, sino enrollado aparte”. Pedro no alcanza a ver el sentido de lo que ve. Entonces entra el D.A. y ve en esos detalles el signo de la tumba vacía. El evangelista escribe escuetamente: “Vio y creyó”. ¿Qué es lo que vio? Materialmente, diríamos nosotros, vio lo mismo que había visto Pedro: la tumba vacía, los lienzos, el sudario. El D.A. no fue el primer testigo de las apariciones de Jesús resucitado. No llegó a la fe desde la visión del Resucitado. Pero fue el primero en creer. San Juan presenta así al D.A. como un personaje simbólico, modelo de nuestra fe. Se cumple en él, como primer creyente, la bienaventuranza con la que Jesús termina la última aparición. Jesús le dice a Tomás: “Porque me viste, Tomás, has creído. Dichosos los que sin haber visto, creen”. Ahí entramos todos nosotros junto con los primeros lectores del evangelio de san Juan.  Lo mismo que ellos, tampoco nosotros tenemos la oportunidad de ver a Jesús resucitado en esta solemne celebración de la pascua del Señor. Pero sí tenemos la oportunidad de adherirnos a la fe de aquellos primeros testigos con la misma inexplicable identidad con que se adhería a la fe primordial de la Iglesia el autor de la primera carta de Juan en nombre de su comunidad muchos años después de la muerte de los primeros testigos de la resurrección: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído os lo anunciamos para que vosotros estéis también en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Este es el misterio de nuestra fe expresado simbólicamente en el protagonista de nuestro evangelio de hoy: el D.A. por su fe se coloca en el mismo plano de los primeros creyentes, testigos de la resurrección de Jesús. Más aún, el D.A. viene a ser en el evangelio de Juan el modelo de creyente porque acompaña a Jesús en los tres momentos estelares del anuncio cristiano primitivo: Primero: en la Cena del Señor donde reclina su cabeza  en el pecho del Señor como para escuchar el secreto íntimo de Jesús en clara réplica de la Palabra de Dios vuelta hacia el seno del Padre para escuchar y comunicar después el secreto de la revelación de Dios a los hombres. Segundo: al pie de la cruz para recibir de Jesús el legado de la Iglesia representado en María (“He ahí a tu Madre”) y dar testimonio verdadero de la sangre y el agua brotadas del costado de Cristo, símbolos de los sacramentos primordiales de la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. “Un soldado le traspasó el costado con una lanza, y brotó en seguida sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio y sabe que su testimonio es verdadero, para que también vosotros creáis”. Y tercero, finalmente: en la tumba vacía para ser por la fe el primer testigo de la resurrección y hacernos partícipes de la última bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los que sin haber visto, creen”.

 

 


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Sor Eugenia Bonetti, religiosa de la Consolata es la autora del Via Crucis hoy en Roma.

En el Vía Crucis del Coliseo, los nuevos crucificados de hoy

“Con Cristo y con las mujeres en el camino de la cruz”: así ha pensado Sor Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata, las meditaciones del Viernes Santo en el Coliseo. En sus 14 estaciones, las víctimas de la trata, los menores mercantilizados, las mujeres forzadas a prostituirse y los migrantes estarán al centro. Son los nuevos crucificados que deben despertar las conciencias de todos.

Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano

La religiosa directora de la Asociación “Slaves no more”, encargada de preparar las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo, ha querido viajar “junto con todos los pobres, los excluidos de la sociedad y los nuevos crucificados de la historia de hoy, víctimas de nuestros cierres, poderes y legislaciones, ceguera y egoísmo, pero sobre todo de nuestros corazones endurecidos por la indiferencia”. Entre los conmemorados, están los 26 jóvenes nigerianos cuyos funerales se celebraron en Salerno, y su compatriota Favour, de 9 meses de edad, que perdió a sus padres en el mar.

Que todos los responsables escuchen el grito de los pobres

En la primera estación, la figura de Poncio Pilato inspira la oración “por los responsables, para que escuchen el grito de los pobres” y “de todos aquellos jóvenes que, de diversas maneras, son condenados a muerte por la indiferencia generada por políticas exclusivas y egoístas”.

En Jesús que toma la cruz, en cambio, está la invitación a reconocer “los nuevos crucificados de hoy: los sin techo, los jóvenes sin esperanza, sin trabajo y sin perspectivas, los inmigrantes obligados a vivir en chabolas al margen de nuestra sociedad, después de haber enfrentado sufrimientos sin precedentes”. Pero el pensamiento se dirige también a los niños “discriminados por su origen, el color de su piel o su clase social”. Ante todo esto, el ejemplo a seguir es el de Cristo que habló de servicio, perdón, renuncia y sufrimiento, manifestando en su vida “el amor verdadero y desinteresado al prójimo”.

Ya no sabemos reconocer quién está necesitado

En las estaciones de Jesús hacia el Calvario, sor Eugenia Bonetti reconoce los diversos episodios de los cuales ha sido testigo; en el encuentro con María, entrevé “demasiadas madres que han dejado salir a sus jóvenes hijas hacia Europa con la esperanza de ayudar a sus familias en la extrema pobreza, mientras que ellas han encontrado humillación, desprecio y a veces incluso la muerte”; en Jesús que cae por primera vez, la fragilidad y la debilidad humana son el punto de partida para recordar a los samaritanos de hoy que se inclinan “con amor y compasión sobre las muchas heridas físicas y morales de aquellos que cada noche viven el miedo a la oscuridad, la soledad y la indiferencia”.

 

“Desgraciadamente, muchas veces hoy ya no sabemos reconocer quién está necesitado, quién está herido y humillado – escribe la religiosa de la Consolata – a menudo reivindicamos nuestros derechos e intereses, pero olvidamos los de los pobres y los últimos de la fila. Es entonces cuando debemos pedir a Dios que nos ayude a amar y a no ser insensibles a las lágrimas, al sufrimiento y al grito de dolor de los demás.

Menores, migrantes y víctimas de la trata con Jesús en el Calvario

Y cómo no ver en el Vía Crucis a los muchos “niños, en diversas partes del mundo, que no pueden ir a la escuela”, “explotados en minas, campos, en la pesca, vendidos y comprados por traficantes de carne humana, para trasplantes de órganos, así como utilizados y explotados… por muchos, incluso cristianos”.

Son menores “privados del derecho a una infancia feliz”, “criaturas utilizadas como mercancías baratas, vendidas y compradas a voluntad”. Pero en el centro de las meditaciones de la Hermana Eugenia Bonetti, que lucha desde hace años contra el tráfico de seres humanos, hay migrantes y víctimas de la trata.

 

De ahí, su llamado a “crecer en la conciencia de que todos somos responsables del problema” y de que todos podemos y debemos ser parte de la solución, el cual se lee en la octava estación, “Jesús se encuentra con las mujeres”.

Y sobre todo, sor Bonetti hace hincapié en que las mujeres “deben desafiar el coraje, saber ver y actuar, considerar a los pobres, a los extranjeros, a los diferentes, no como un enemigo que hay que rechazar o combatir, sino como un hermano o hermana que hay que acoger y ayudar”.

La humillación de Cristo: la misma de las mujeres víctimas de la cultura del descarte

En la novena estación, Jesús, que cae por tercera vez, “exhausto y humillado bajo el peso de la cruz”. Una imagen que evoca también a la humillación y cansancio de “tantas jóvenes, forzadas a salir a la calle por grupos de traficantes de esclavos, jóvenes que no soportan el esfuerzo y la humillación de ver su joven cuerpo manipulado, abusado, destruido, junto con sus sueños”. Son el fruto de la cultura del descarte. Es la incómoda pregunta de Dios: “¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana?” – la cual debe “ayudar a compartir el sufrimiento y la humillación de tantas personas tratadas como residuos”.

El dinero, el bienestar y el poder: ídolos de todos los tiempos

La imagen del cuerpo despojado de Cristo, comparable a la de los menores, objeto de la compraventa, nos permite reflexionar sobre los ídolos de todos los tiempos: el dinero, la riqueza y el poder que han hecho que todo sea comprable.

 

La “centralidad del ser humano, su dignidad, su belleza, su fuerza” ha desaparecido. Pero hay quienes todavía arriesgan su vida para salvar a otros, especialmente en el Mediterráneo, donde muchos han ayudado a “familias en busca de seguridad y oportunidades”, a “seres humanos que huyen de la pobreza, de las dictaduras, de la corrupción, de la esclavitud”, a todas las personas cuya belleza y riqueza deben ser redescubiertas, a “un don único e irrepetible de Dios para ponerlo al servicio de la sociedad en su conjunto y no para lograr intereses personales”.

En la tumba de Cristo, muerte y resurrección, enseñanzas de vida 

La última estación, que conduce al sepulcro de Jesús, nos hace pensar en los “nuevos cementerios de hoy”: el desierto y los mares, donde hoy moran eternamente “hombres, mujeres, niños que no pudimos o no quisimos salvar”.

“Mientras los gobiernos discuten, encerrados en los palacios del poder – escribe la hermana Eugenia – el Sáhara está lleno de esqueletos de personas que no han resistido la fatiga, el hambre, la sed y el mar se ha convertido en una “tumba de agua”. Y entonces la esperanza es que la muerte de Cristo pueda “dar a los líderes de las naciones y a los responsables de la legislación una conciencia de su papel en la defensa de cada persona creada a imagen y semejanza de Dios, y que su resurrección sea un faro de esperanza, de alegría, de vida nueva, de fraternidad, de acogida y de comunión entre los pueblos, las religiones y las leyes”.

Vía Crucis en el Coliseo

17 abril 2019, 13:03


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El Papa celebra el jueves santo con los reclusos de Velletri. (Italia)

Francisco celebra el Jueves Santo con los reclusos de Velletri

El Santo Padre fue recibido con gran emoción por los reclusos del centro penitenciario, quienes celebraron con profundo recogimiento la Misa del Jueves Santo, día en el que Jesús instituyó la Eucaristía. En su homilía Francisco señaló que el gesto de Jesús, de lavar los pies a sus discípulos, nos debe ayudar “a ser más hermanos en el servicio”.

Ciudad del Vaticano

El jueves 18 de abril, en torno a las cinco de la tarde, el Papa Francisco presidió la Misa de la Cena del Señor con la que damos inicio a la celebración del Triduo Pascual en el Centro Penitenciario de Velletri, ubicado a unos 60 kilómetros de Roma, junto a los reclusos, el personal civil y los agentes de policía de prisiones.

En la celebración eucarística el Papa lavó los pies a un grupo mixto de doce reclusos conmemorando el gesto de Jesús con sus discípulos en la Última Cena. El Pontífice llegó a las 16.30 horas al centro penitenciario y fue recibido por la directora, Maria Donata Iannantuono, la subdirectora, Pia Palmeri, la comandante de la policía penitenciaria, Maria Luisa Abbossida y el capellán, Don Franco Diamante.

Jueves Santo con el Señor

Es la quinta vez que Francisco celebra la Misa “in Coena Domini” en una prisión. Ya lo había hecho en las localidades romanas de Rebibbia, Paliano y Regina Coeli. La estructura que el Santo Padre visitó alberga a 577 personas, 50 de las cuales se encuentran en prisión. Es un instituto de seguridad media con dos secciones de precaución, una destinada a las antiguas colaboradoras de la justicia (la única en Italia) y otra de salud mental. El 60% de la población carcelaria es extranjera.

Los reclusos de Velletri recibieron al Santo Padre con gran emoción y celebraron con profundo recogimiento la Misa del Jueves Santo, día en el que Jesús instituyó la Eucaristía y el mandamiento universal de “amarnos los unos a los otros como Él primero, nos ha amado”.

Mirar a Jesús quien carga la cruz con amor

Francisco pronunció una homilía de manera espontánea, sin discurso, hablando desde el corazón conmovido ante los rostros de los allí presentes: cada uno de ellos carga a cuestas su historia de vida, sus dolores y penas; en definitiva su propia cruz. En este caminar llevando las propias cruces humanas, los cristianos estamos invitados a fijar nuestra mirada en Jesús, y seguir su ejemplo, quien a pesar de no tener pecado, aceptó con dignidad y con amor el fatigoso peso de su cruz, ofrecido por la salvación de la humanidad.

Homilía del Papa

Contemplando este misterio del Hijo de Dios, cada cristiano encuentra la fuerza y la esperanza para caminar siempre hacia adelante, siempre hacia la luz y eso es lo que Francisco transmitió a los reclusos en este Jueves Santo. A continuación compartimos la transcripción de la homilía del Papa.

«Os saludo a todos y os doy las gracias por vuestra acogida.

Hace unos días recibí una bonita carta de un grupo de ustedes que no estarán aquí hoy, pero que han dicho cosas tan hermosas. Gracias por lo que escribieron. En esta oración estoy muy unido a todos: a los que están aquí y a los que no están.

Hemos escuchado lo que Jesús hizo en la Última Cena. Es interesante. El Evangelio dice: “Sabiendo Jesús que el Padre lo había puesto todo en sus manos”, es decir, que Jesús tenía todo el poder, todo. Y entonces, comenzó a hacer este gesto de lavar los pies. Era un gesto de los esclavos de la época, porque no había asfalto en las calles y la gente, cuando llegabaa un lugar, tenía polvo en los pies; cuando llegaban a una casa para una visita o un almuerzo, estaban los esclavos que les lavaban los pies. Y Jesús hace este gesto: les lava los pies. Hizo un gesto como un esclavo: Él, que tenía todo el poder, Él, que era el Señor, hizo el gesto como un esclavo.

Y luego aconsejó a todos: “Haced este gesto entre vosotros”, es decir, serviros unos a otros, ser hermanos en el servicio, no en la ambición de los que dominan al otro o de los que pisotean al otro o de los que… no: servicio, servicio. ¿Necesitas algo, un servicio? Lo haré por ti. Esto es la hermandad. La fraternidad es humilde, siempre: está en servicio.

Y ahora yo voy a hacer este gesto -la Iglesia quiere que el obispo lo haga cada año, una vez al año, al menos el Jueves Santo- para imitar el gesto de Jesús y también para hacer el bien a sí mismo con el ejemplo, porque el obispo no es el más importante: el obispo debe ser el más servidor. Y cada uno de nosotros debe servir a los demás. Esta es la regla de Jesús y la regla del Evangelio: la regla del servicio, no de la dominación, de hacer el mal, de humillar a los demás. Servicio.

Una vez, cuando los apóstoles discutían entre sí, discutían “quién es el más importante entre nosotros”, Jesús tomó a un niño y dijo: “El niño. Si vuestro corazón no es como el corazón de un niño, no seréis mis discípulos. Un corazón de niño, sencillo, humilde, pero servidor. Y ahí añade algo interesante que podemos conectar con este gesto de hoy. Dice: “Tengan cuidado: los líderes de las naciones dominan. Ellos dominan. No tiene que ser así entre ustedes. El más grande debe servir al más pequeño. El que se sienta más grande, debe ser un siervo”. Nosotros también debemos ser servidores. Es verdad que hay problemas en la vida: discutimos entre nosotros… pero esto debe ser algo que pasa, algo temporal, porque en nuestros corazones debe haber siempre este amor de servir al otro, de estar al servicio del otro.

Y que este acto que haré hoy sea para todos nosotros un gesto que nos ayude a ser más servidores unos de otros, más amigos, más hermanos…. más hermanos en el servicio. Con estos sentimientos, continuamos la celebración con el lavado de los pies.

18 abril 2019, 17:17


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El Papa regala a los sacerdotes un volumen con sus homilías de los jueves santos.

El Papa regala a los sacerdotes el libro de sus homilías en las Misas Crismales

El Papa Francisco regaló a los sacerdotes presentes hoy en la Basílica de San Pedro el libro publicado por el LEV, “Nuestro trabajo es precioso para Jesús. Homilías en las Misas Crismales”, con todas sus homilías pronunciadas en las celebraciones del Jueves Santo, incluyendo la de este año, como signo de aliento para continuar en su ministerio.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Nuestro trabajo es precioso para Jesús. Homilías en las Misas Crismales”, es el volumen publicado por la Librería Editrice Vaticana (LEV) que recoge los textos de las homilías pronunciadas por el Papa Francisco hasta hoy durante las celebraciones del Jueves Santo. Entre ellas se encuentra “Unti per ungere”’, la homilía del rito que el Papa presidió esta mañana en la Basílica de San Pedro junto con los Patriarcas, Cardenales, Arzobispos, Obispos y Sacerdotes presentes en Roma.

“No somos distribuidores de aceite embotellado”

El texto, que es una herramienta útil para la reflexión sobre el significado simbólico de la unción sacerdotal y la unción, fue entregada por el Santo Padre a los participantes en la Santa Misa de hoy como un signo de aliento para continuar en su ministerio. “No somos distribuidores de aceite embotellado”, dice Francisco, que añade: “Ungimos distribuyéndonos a nosotros mismos, distribuyendo nuestra vocación y nuestro corazón”.

Las homilías que contiene el libro

– Pastores con olor a oveja, Misa Crismal del 28 de marzo de 2013

– Ungidos con el aceite de la alegría, Santa Misa Crismal del 17 de abril de 2014.

– Nuestro cansancio va directo al Corazón del Padre, Santa Misa Crismal del 2 de abril de 2015.

– Testigos y Ministros de Misericordia, Misa Crismal del 24 de marzo de 2016

– Gozoso Anuncio, Misa Crismal del 13 de abril de 2017

– Cerca del Pueblo de Dios, Santa Misa Crismal del 29 de marzo de 2018

– Ungidos para ungir, Santa Misa Crismal del 18 de abril de 2019

Escucha y descarga el servicio

18 abril 2019, 11:53


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Jueves santo. Homilía del Papa en la misa crismal.

El Papa en la Misa Crismal: “Somos ungidos para ir a las multitudes”

“El Señor nos unge para ir a las diversas multitudes, siguiendo la dinámica de lo que podemos llamar una preferencialidad inclusiva”, lo recordó en su homilía el Santo Padre en la Misa Crismal celebrada en la Basílica de San Pedro este 18 de abril, con la bendición de los Santos óleos y la renovación de las promesas sacerdotales.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Al ungir bien uno experimenta que allí se renueva la propia unción. Esto quiero decir: no somos repartidores de aceite en botella. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. Al ungir somos re-ungidos por la fe y el cariño de nuestro pueblo”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Misa Crismal celebrada en la Basílica de San Pedro, con la bendición de los Santos óleos y la renovación de las promesas sacerdotales, al inicio del Triduo Pascual.

“La Iglesia siempre tiene los ojos fijos en Jesucristo, el Ungido a quien el Espíritu envía para ungir al Pueblo de Dios”

La mira fija en el Señor

En su homilía, el Santo Padre comentando el Evangelio de Lucas que la liturgia presenta para este día, dijo que este relato nos hace revivir la emoción de aquel momento en el que el Señor hace suya la profecía de Isaías. “Los evangelios – señaló el Pontífice – nos presentan a menudo esta imagen del Señor en medio de la multitud, rodeado y apretujado por la gente que le acerca sus enfermos, le ruega que expulse los malos espíritus, escucha sus enseñanzas y camina con Él”.

“Mis ovejas oyen mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen”

La gracia de la cercanía con el pueblo

El Papa Francisco también afirmó que, el Señor nunca perdió este contacto directo con la gente, siempre mantuvo la gracia de la cercanía, con el pueblo en su conjunto y con cada persona en medio de esas multitudes. Lo vemos en su vida pública, y fue así desde el comienzo y también fue así en la Cruz; su Corazón atrae a todos hacia sí: Verónicas, cireneos, ladrones, centuriones. “No es despreciativo el término multitud. Quizás en el oído de alguno, multitud pueda sonar a masa anónima, indiferenciada. Pero en el Evangelio vemos que cuando interactúan con el Señor – que se mete en ellas como un pastor en su rebaño – las multitudes se transforman. En el interior de la gente se despierta el deseo de seguir a Jesús, brota la admiración, se cohesiona el discernimiento.

La gracia del seguimiento

El Santo Padre en la Misa Crismal invitó a reflexionar acerca de estas tres gracias que caracterizan la relación entre Jesús y la multitud. La primera es la gracia del seguimiento. Dice Lucas que las multitudes «lo buscaban» (Lc 4,42) y «lo seguían» (Lc 14,25), “lo apretujaban”, “lo rodeaban” (cf. Lc 8,42-45) y «se juntaban para escucharlo» (Lc 5,15). El seguimiento de la gente va más allá de todo cálculo, es un seguimiento incondicional, lleno de cariño. Contrasta con la mezquindad de los discípulos cuya actitud con la gente raya en crueldad cuando le sugieren al Señor que los despida, para que se busquen algo para comer. Aquí, creo yo, empezó el clericalismo: en este querer asegurarse la comida y la propia comodidad desentendiéndose de la gente. El Señor cortó en seco esta tentación. «¡Denles ustedes de comer!» (Mc 6,37), fue la respuesta de Jesús; «¡háganse cargo de la gente!».

La gracia de la admiración

La segunda gracia que recibe la multitud cuando sigue a Jesús – precisó el Papa – es la de una admiración llena de alegría. La gente se maravillaba con Jesús (cf. Lc 11,14), con sus milagros, pero sobre todo con su misma Persona. A la gente le encantaba saludarlo por el camino, hacerse bendecir y bendecirlo, como aquella mujer que en medio de la multitud le bendijo a su Madre.  Y el Señor, por su parte, se admiraba de la fe de la gente, se alegraba y no perdía oportunidad para hacerlo notar.

La gracia del discernimiento

La tercera gracia que recibe la gente – señaló el Pontífice – es la del discernimiento. «La multitud se daba cuenta (a dónde se había ido Jesús) y lo seguía» (Lc 9,11). «Se admiraban de su doctrina, porque enseñaba con autoridad» (Mt 7,28-29; cf. Lc 5,26). Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, suscita en la gente este carisma del discernimiento; no ciertamente un discernimiento de especialistas en cuestiones disputadas. Cuando los fariseos y los doctores de la ley discutían con Él, lo que discernía la gente era la autoridad de Jesús: la fuerza de su doctrina para entrar en los corazones y el hecho de que los malos espíritus le obedecieran; y que además, por un momento, dejara sin palabras a los que implementaban diálogos tramposos. La gente gozaba con esto.

“Preferencialidad inclusiva: la gracia y el carisma que se da a una persona o a un grupo en particular redunda, como toda acción del Espíritu, en beneficio de todos”

Visión evangélica de la multitud

El Santo Padre profundizando aún más en la visión evangélica de la multitud, dijo que el Evangelio de Lucas señala cuatro grandes grupos que son destinatarios preferenciales de la unción del Señor: los pobres, los prisioneros de guerra, los ciegos, los oprimidos. Los nombra en general, pero vemos después con alegría que, a lo largo de la vida del Señor, estos ungidos irán adquiriendo rostro y nombre propios. Así como la unción con el aceite se aplica en una parte y su acción benéfica se expande por todo el cuerpo, así el Señor, tomando la profecía de Isaías, nombra diversas “multitudes” a las que el Espíritu lo envía, siguiendo la dinámica de lo que podemos llamar una “preferencialidad inclusiva”.

Los pobres

Los pobres (ptochoi), dijo el Papa, son los que están doblados, como los mendigos que se inclinan para pedir. Pero también es pobre (ptochè) la viuda, que unge con sus dedos las dos moneditas que eran todo lo que tenía ese día para vivir. La unción de esa viuda para dar limosna pasa desapercibida a los ojos de todos, salvo a los de Jesús, que mira con bondad su pequeñez. Con ella el Señor puede cumplir en plenitud su misión de anunciar el evangelio a los pobres. Paradójicamente, la buena noticia de que existe gente así, la escuchan los discípulos. Ella, la mujer generosa, ni se enteró de que “había salido en el Evangelio” —es decir, que su gesto sería publicado en el Evangelio—: el alegre anuncio de que sus acciones “pesan” en el Reino y valen más que todas las riquezas del mundo, ella lo vive desde adentro, como tantas santas y santos “de la puerta de al lado”.

Los ciegos

Los ciegos están representados por uno de los rostros más simpáticos del evangelio: el de Bartimeo (cf. Mc 10,46-52), el mendigo ciego que recuperó la vista y, a partir de ahí, solo tuvo ojos para seguir a Jesús por el camino.     ¡La unción de la mirada! Nuestra mirada, a la que los ojos de Jesús pueden devolver ese brillo que solo el amor gratuito puede dar, ese brillo que a diario nos lo roban las imágenes interesadas o banales con que nos atiborra el mundo.

Los oprimidos

Para nombrar a los oprimidos (tethrausmenous), señaló el Santo Padre, Lucas usa una expresión que contiene la palabra “trauma”. Ella basta para evocar la Parábola, quizás la preferida de Lucas, la del Buen Samaritano que unge con aceite y venda las heridas (traumata: Lc 10,34) del hombre que había sido molido a palos y estaba tirado al costado del camino. ¡La unción de la carne herida de Cristo! En esa unción está el remedio para todos los traumas que dejan a personas, a familias y a pueblos enteros fuera de juego, como excluidos y sobrantes, al costado de la historia.

Los cautivos son los prisioneros de guerra

Finalmente, están los cautivos son los prisioneros de guerra (aichmalotos), los que eran llevados a punta de lanza (aichmé). Jesús usará la expresión al referirse a la cautividad y deportación de Jerusalén, su ciudad amada (Lc 21,24). Hoy las ciudades se cautivan no tanto a punta de lanza sino con los medios más sutiles de colonización ideológica. Solo la unción de la propia cultura, amasada con el trabajo y el arte de nuestros mayores, puede liberar a nuestras ciudades de estas nuevas esclavitudes.

Homilía del Papa Francisco

Los sacerdotes, hemos sido ungidos para ungir

El Papa Francisco dirigiendo su mirada a los sacerdotes dijo que, no tenemos que olvidar que nuestros modelos evangélicos son esta “gente”, esta multitud con estos rostros concretos, a los que la unción del Señor realza y vivifica. Ellos son los que completan y vuelven real la unción del Espíritu en nosotros, que hemos sido ungidos para ungir. Hemos sido tomados de en medio de ellos y sin temor nos podemos identificar con esta gente sencilla. Ellos son imagen de nuestra alma e imagen de la Iglesia. Cada uno encarna el corazón único de nuestro pueblo. “Nosotros, sacerdotes, somos el pobre y quisiéramos tener el corazón de la viuda pobre cuando damos limosna y le tocamos la mano al mendigo y lo miramos a los ojos. Nosotros, sacerdotes, somos Bartimeo y cada mañana nos levantamos a rezar rogando: «Señor, que pueda ver» (Lc 18,41)”.

“Nosotros, sacerdotes somos, en algún punto de nuestro pecado, el herido molido a palos por los ladrones. Y queremos estar, los primeros, en las manos compasivas del Buen Samaritano, para poder luego compadecer con las nuestras a los demás”

Ungimos ensuciándonos las manos

Antes de concluir su homilía, el Santo Padre confesó que, cuando confirma y ordena le gusta esparcir bien el crisma en la frente y en las manos de los ungidos. “Al ungir bien uno experimenta que allí se renueva la propia unción. Esto quiero decir: no somos repartidores de aceite en botella. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. Al ungir somos re-ungidos por la fe y el cariño de nuestro pueblo. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y las angustias de la gente; ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega”.

“El que aprende a ungir y a bendecir se sana de la mezquindad, del abuso y de la crueldad”

Que, metiéndonos con Jesús en medio de nuestra gente, el Padre renueve en nosotros la efusión de su Espíritu de santidad y haga que nos unamos para implorar su misericordia para el pueblo que nos fue confiado y para el mundo entero. Así la multitud de las gentes, reunidas en Cristo, puedan llegar a ser el único Pueblo fiel de Dios, que tendrá su plenitud en el Reino.


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Eugenia Bonetti autora del Via Crucis del Papa el viernes santo.

Hermana Eugenia Bonetti: meditaciones para devolver la dignidad a las mujeres esclavas

Hoy en la Oficina de Prensa vaticana, el encuentro con la Hermana Eugenia Bonetti, que escribió las meditaciones para el Vía Crucis del Viernes Santo. Una reflexión sobre las mujeres esclavas, una llamada a la responsabilidad para poner fin al drama de tantas jóvenes

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano

En los ojos claros de la Hermana Eugenia Bonetti se vislumbra una paz; la misma paz que muchas mujeres reunidas en la calle han encontrado gracias a ella que las ha liberado, reconociéndolas como tantas Verónicas de hoy. En el encuentro con los periodistas, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la misionera de la Consolata relató su historia, reflejada en las meditaciones del Vía Crucis en el Coliseo, el Viernes Santo.

Todos somos responsables

Llamada a esta tarea por el Cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, la Hermana Eugenia respondió inmediatamente que sí “porque un no – explica sonriendo – no estaba considerado”. Relata que su sueño es que en el Coliseo, un lugar de sufrimiento en el pasado, hoy se reúnan los dolores de tantas mujeres “sin rostro, sin nombre, sin esperanza, tratadas sólo como descartables“. Para la Hermana Eugenia todos estamos llamados a la responsabilidad porque hay “enormes ganancias sobre la piel de los pobres, todos -dice- nos comen menos ellos”. “No es legal destruir la vida de estas personas”.

La misión de la Hermana Eugenia en las calles

Hablando de sí misma, la Hermana Eugenia recuerda sus 24 años en Kenia “entre los jóvenes que quieren un futuro”; de su regreso a Italia, a un centro de escucha para inmigrantes. “Yo no quería estar allí, mi lugar estaba en África”. Pero fue el encuentro con María, una joven prostituta, lo que cambió su vida. “Mi conversión pasa por el sollozo de esta mujer que había venido a pedir ayuda, pero yo no tenía  tiempo de escucharla porque la Misa estaba comenzando. Me acompañó a la iglesia, todos me miraron porque era extraño ver a una monja con una chica de la calle. Mientras rezaba la oí llorar, había salido de la misa perdonada, yo me quedé tan conmocionada que no dormí por la noche. El Señor me había mostrado el camino a seguir”. De ahí su compromiso de salvar a las mujeres.

Mercy y sus compañeras

En su relato, la Hermana Eugenia cuenta historias dolorosas, como la de tres niñas quemadas por jóvenes que habían tirado líquido de un coche, o la de Mercy, de 15 años, obligada por su protectora llamada “mamá” a no detenerse nunca, mientras ella se caía del sueño. Fue arrojada a la calle como un fardo”, dice la monja, “y yo me preguntaba cómo se sentiría su madre si la hubiera visto”. Pero entre los hilos de la desesperación siempre hay lugar para la Resurrección como la de una joven de 19 años, embarazada de 5 meses, que en el niño de su regazo encontró su renacimiento. “Después de un tiempo, fue bautizada en San Pedro por Juan Pablo II, como don llevó a su hijita al altar, la gracia más grande, el fruto de su rescate”.


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Domingo de ramos. Homilía del Papa

Domingo de Ramos, el Papa: “La cruz, camino de obediencia, no se puede negociar”

El Papa Francisco presidió la celebración Eucarística del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, este domingo 14 de abril, fecha en la que también se celebra la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“El Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías… Pero también “el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz»”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Santa Misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, este 14 de abril, día en el que también se celebra la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud.

Doble misterio: aclamación y ensañamiento

El Santo Padre en su homilía recordó el “doble misterio” que acompaña la entrada de Jesús en Jerusalén, misterio de aclamación y humillación, de fiesta y ensañamiento feroz que se da en los dos momentos característicos de esta celebración: “la procesión con las palmas y los ramos de olivo, al principio, y luego la lectura solemne de la narración de la Pasión”.

“Dejemos que la acción animada por el Espíritu Santo nos envuelva, para obtener lo que hemos pedido en la oración: acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal”

Superar las dificultades con obediencia

En este misterio, señala el Santo Padre, Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre.

No al triunfalismo, si a la humildad

También hoy, en su entrada en Jerusalén, puntualiza el Pontífice, nos muestra el camino. Porque en ese evento el maligno, el Príncipe de este mundo, tenía una carta por jugar: la carta del triunfalismo, y el Señor respondió permaneciendo fiel a su camino, el camino de la humildad. “El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados… Una forma sutil de triunfalismo – afirma el Papa comentando a De Lubac – es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia. Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión”.

“Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él”

El camino de la Cruz no es negociable

El Papa Francisco explica que, el Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías. Su corazón gozaba viendo el entusiasmo y la fiesta de los pobres de Israel. Humildad no significa negar la realidad, y Jesús es realmente el Mesías, el Rey. “Pero al mismo tiempo, el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz» . Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse”.

El silencio de María vence al triunfalismo

El Santo Padre afirma que después de Jesús, la primera que ha recorrido este camino fue su madre, María, la primera discípula. “Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón». Es la noche de la fe. Pero solo de esta noche despunta el alba de la resurrección. Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el Ángel le anunció a su Hijo: «Será grande […]; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin»”.

“En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar”

La obediencia de los Santos

Precedidos por María, innumerables santos y santas han seguido a Jesús por el camino de la humildad y la obediencia. Hoy, Jornada Mundial de la Juventud, quiero recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa. “Queridos jóvenes – alienta el Papa – no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida. Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios”.

“Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta, con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza. Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección”

Silencioso testimonio en oración

Aclamaciones de fiesta y furia feroz; el silencio de Jesús en su Pasión es impresionante. Jesús, señala el Pontífice, vence también a la tentación de responder, de ser “mediático”. “En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz”. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios.

Homilía del Papa Francisco
14 abril 2019, 10:20