Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Domingo segundo de adviento. Homilía. Autor: J.A, Jáuregui S.J.

 

DOMINGO 2 ADVIENTO C

Evangelio: Lc 3,1-6

 

A partir de este segundo domingo de Adviento entra con luz propia en las celebraciones litúrgicas la figura emblemática de Juan el Bautista para confirmar y sellar con su autoridad inapelable la procedencia divina de la venida inminente de Jesús Mesías esperado desde las promesas del Antiguo Testamento. La irrupción de Juan Bautista en la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados se ha comparado con razón a una erupción volcánica, una señal apocalíptica dada al final de los tiempos para preparar la venida del Mesías Jesús y cuestionarnos a fondo el sentido de nuestra existencia inmersa en un universo de preocupaciones ajenas a este movimiento iniciado por Juan Bautista y llevado a su consumación por Jesús de Nazaret.

Es históricamente discutible si de verdad Juan Bautista se veía a sí mismo como el precursor que preparaba el camino al Mesías o si esta visión de Juan Bautista presentada en los evangelios no es quizás una interpretación cristiana posterior. Parece ser que la versión más primitiva de la vocación de Juan Bautista presuponía que Juan Bautista estaba llamado a preparar el camino a la irrupción de Dios mismo como juez en el tiempo final. De algunos textos evangélicos (como Mt 3,11 y Lc 3,16) se desprende más bien que Juan Bautista anunciaba al que iba a venir con un bautismo de fuego, es decir, a Dios mismo en calidad de juez definitivo de la historia de la humanidad. Esta versión parece ser que se ajusta mejor a los hechos históricos.

Pero sabemos muy bien que los evangelios no pretenden trasmitir los hechos históricos con un sentido positivo historicista que consiste en transmitir los hechos tal como sucedieron. Este sentido positivista de la historia que pesa todavía sobre nosotros desde los tiempos de Ranke constituye un mito de la historiografía del siglo XIX que se consideró superada en el siglo XX. Los evangelistas estaban más interesados por trasmitir el sentido salvífico actual que tenían los grandes acontecimientos del pasado. Y así en nuestro caso acerca de la personalidad y la actividad salvífica de Juan Bautista se opera en los evangelios, a través de un profundo diálogo interconfesional, una interpretación cristiana en virtud de la cual la figura señera de Juan Bautista queda subordinada a la figura de Jesús Mesías. Esta reinterpretación cristiana de la figura histórica de Juan Bautista se puede observar de una manera especialmente clara en la presentación que de él hace san Lucas en el evangelio de hoy.

El desafío cristiano contenido en los evangelios y lanzado ante todo a la sociedad judía como un escándalo inasimilable consiste en afirmar que aquello que esperaba la generación contemporánea de Jesús como una acción exclusiva de Dios en el tiempo final con signos apocalípticos, ya se había realizado  con la venida de Jesús; que el futuro de las expectativas judías se había adelantado al presente y su comienzo era susceptible de una sincronización con la historia universal como expone claramente san Lucas en el evangelio de hoy. Esta adición intencionada de san Lucas pone de manifiesto que aquella irrupción apocalíptica de Juan Bautista constituye un nuevo comienzo de la historia de la salvación por estar enclavada en medio de importantes acontecimientos de la historia del Imperio y del pueblo judío. Pero además de esta sincronización con la historia universal hay otro detalle sutil propio de san Lucas que afecta a toda la humanidad. Los tres primeros evangelistas – Mateo, Marcos y Lucas – comienzan sus evangelios con una cita de Isaías. Lo curioso en el evangelio de hoy es que san Lucas la prolonga con una añadidura: “Toda carne verá la salvación de Dios”. En virtud de esta cita puesta en boca de Juan el Bautista el gran profeta del Antiguo Testamento pasa a ser un proclamador del evangelio que san Lucas se encargará de desarrollar hasta los confines del mundo en el evangelio y los Hechos de los Apóstoles.

Hoy día nos resulta difícil comprender que de un acontecimiento  tan lejano y de su interpretación cristiana esté dependiendo todo el sentido de nuestra vida y de nuestra salvación en el mundo actual. Pero bien mirado, esta dificultad no es nueva. La pone de relieve el mismo evangelista   en aquella escena en que Jesús recrimina a sus paisanos que, con su actitud frívola, fueron incapaces de percibir la tremenda crisis provocada por la predicación de Juan Bautista y llevada a su consumación por Jesús: “Porque vino Juan que ni comía ni bebía y decís ‘Está endemoniado’. Y viene el Hijo del Hombre que come y bebe y decís ‘Ahí tenéis a un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Comenta Charles Dodd con su fino humor inglés: “Tocaban la lira, mientras ardía Roma”. La opción del evangelio de hoy por la sincronización con la historia universal y su apertura a todas las naciones resulta para nosotros de una palpitante actualidad. Quiere decir que la fe cristiana tiene desde su origen la pretensión de encarnarse en todas las culturas y en todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.  La consecuencia será que el evangelio está llamado a ser vivido y pensado de maneras distintas por los judeo-cristianos, los griegos, los europeos, los africanos, los de Asia oriental o los sudamericanos. Esta dimensión esencial de nuestra salvación se inscribe irrenunciablemente en el espíritu del Adviento contenido en la liturgia de este domingo.

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Inmaculada Concepción. Homilía. Autor: J.A. Jáuregui S,J,

 

 

INMACULADA CONCEPCION

 

“Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”.

Así de solemne sonaba en labios del papa Pío IX el ocho de diciembre de 1854 la declaración pontificia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Resulta siempre estimulante la posición estratégica que ocupa esta festividad en pleno tiempo de Adviento. Esta  fiesta viene a ser así una  realización anticipada de la meta propia del Adviento. La espiritualidad cristiana del tiempo de Adviento pretende cada año reavivar en nosotros un cuestionamiento radical de toda la existencia del hombre en este mundo desde la perspectiva de la venida del Señor al final de los tiempos.  Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada, como germen de la nueva creación en Jesucristo, resulta significativa. Es una invitación a entender la Inmaculada Concepción de María no como un privilegio excepcional que la separa de todos los demás humanos, sino como la anticipación en María de la consumación de la obra divina de la salvación al final de los tiempos. A la luz de esta fiesta el artículo del Credo que confesamos sobre la vida eterna invita a una esperanza cierta, que no debe confundirse  con una utopía  que concibe a María como una reina coronada de estrellas y contrapuesta a sus súbditos o esclavos, sino como la primera redimida en la participación de la realeza de su Hijo Jesucristo.

Las tres preguntas fundamentales del hombre sabio cristiano: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?” encuentran su respuesta en esta espiritualidad que evoca la crisis profunda e irrepetible que se produjo con el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llegó a su plenitud con Jesús de Nazaret. Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada Concepción en el  tiempo de adviento, está anticipando en este mundo esa realidad final a la que tiende  aquella erupción volcánica que supuso la presencia de Jesús en este mundo cuando dijo: “he venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que arda!”, un objetivo que, a primera vista, parece ignorar todos los valores importantes de esta vida. Hoy día no resulta fácil entender ni aceptar esta concepción de la vida. Tampoco resultó fácil a las primeras generaciones cristianas aceptar y transmitir aquella actitud cristiana primitiva, que san Pablo resumió  en su famosa consigna “Vivir como si no… porque se pasa la representación de este mundo”. La obra del evangelista san Lucas refleja mejor que ningún otro escrito del N.T. cómo el problema de aquella generación cristiana fue encajar la realidad de un tiempo que se prolongaba inesperadamente distorsionando todas las expectativas tradicionales. En su lugar se fueron abriendo camino en la conciencia del hombre histórico de la tercera generación cristiana las realidades y valores terrenos. Se impuso entonces con especial pujanza el dualismo característico del Cristianismo, un dualismo que contrapone al reino supra-histórico, sobrenatural, trascendente de Jesús el mundo actual con todos sus valores terrenos.

De un modo análogo se puede hablar del sentido actual que tiene la figura de la Inmaculada  en la espiritualidad mariana después del largo esfuerzo de reflexión mariológica postconciliar. El diccionario de espiritualidad cristiana recalca a este propósito que las formas del pasado que expresan valores marianos en términos de abandono, de imitación y dependencia, tienen escasas posibilidades de audiencia y acogida en el hombre, y menos aún, en la mujer de hoy día, que se resiste, con razón, a actuar por un acto de delegación y prefiere asumir la propia responsabilidad y salvar el propio proyecto original. La figura de María en la espiritualidad mariana actual queda así recuperada como modelo inspirador en un clima de comunión: ‘Honramos a los santos y a la bienaventurada Virgen María – decía san Ambrosio,  – no con un culto de servidumbre y sumisión sino con un honor de caridad y de sociedad fraterna, puesto que en realidad somos libres respecto a todos los demás y dependemos solo de Dios en el orden de la religión”.  En consecuencia, no es la imitación literal de cuanto realizó María, sino el aspecto central de su espiritualidad lo que debe ser asimilado. El culto mariano no debe distanciarla hasta una zona de omniperfección a medio camino entre Cristo y la Iglesia. Debe más bien considerarla – siguiendo las pautas del concilio Vaticano II – como la primera redimida que se auto-realiza en la adhesión a la Palabra de Dios, como modelo de la Iglesia peregrina de fe en un largo  y difícil proceso de maduración. Frente a la situación histórica actual de violencia institucionalizada, de miseria en tantos estratos sociales y de injustas desigualdades, la Iglesia ha tomado conciencia de que ya no es posible una actitud neutral o de alianza con los poderes opresivos. Debe, más bien, asumir un compromiso de liberación, de promoción humana y de realización de la utopía cristiana en este tiempo nuestro. La Inmaculada Concepción es símbolo anticipado de esta realización a la que debe tender la Iglesia hasta llegar a esa meta a la que nos empuja el tiempo de Adviento.

Bilbao, 8 de diciembre de 2018


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Domingo primero de adviento. Homilía. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

   

 

 

DOMINGO 1 ADVIENTO (C)

Ev.: Lc 21,25-28

El evangelio de hoy con el que se inaugura el nuevo ciclo litúrgico comienza evocando los mismos signos apocalípticos con los que el evangelio de Marcos  cerraba el ciclo anterior.  Pero el tono de Marcos sufre en el texto de san Lucas un desplazamiento. No fija su atención en describir la destrucción del orden cósmico, sino en sus efectos sobre la humanidad. Donde Marcos decía que el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor y las estrellas empezarán a caer del cielo, Lucas habla de signos prodigiosos en el sol, en la luna y las estrellas. Y en la tierra los hombres quedarán perplejos ante el fragor del oleaje del mar. Pero el mensaje de Lucas se orienta mucho más claramente hacia una noticia alegre que afirma la venida segura del Hijo del Hombre para traer la salvación-liberación de los discípulos. Los mismos acontecimientos que provocarán pánico al resto de la humanidad anunciarán a los creyentes que se acerca su liberación, o sea, el fin de la tribulación o persecución escatológicas. La sentencia consoladora de san Lucas responde a su intención de transmitir la seguridad de que se cumplirán las promesas de Jesús: “cuando suceda todo esto,  sabed que el Reino de Dios está cerca”.

La clara intención del evangelista es provocar en sus fieles lectores la alegría del deseo. Recoge en esta sentencia lo que el libro del Apocalipsis quiere ser de un extremo al otro: la invitación a la alegría por la promesa de la felicidad plena en Jesús que es, en su persona, la plenitud de nuestra humanidad y de nuestra historia. Efectivamente, siete bienaventuranzas jalonan  el mensaje del profeta Juan en el Apocalipsis (1,2; 14,13; 16,15; 19,9; 20,6; 22,7; 22,14). Se puede decir que todo el mensaje contenido en el Apocalipsis sobre el tiempo de espera se centra en una vida impregnada por el deseo de ver al descubierto y todos juntos la manifestación de la gloria de Cristo. Ser varones de deseos, diría san Ignacio, es el primer presupuesto para intentar ser un buen seguidor de Jesús. O por lo menos tener deseos de tener esos deseos. La felicidad está en el desear, se oye decir hoy día a los psicólogos. El Vaticano II se hace eco de este motivo apocalíptico en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno: El Señor es el término de la historia humana, el punto hacia el cual convergen los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones y la plenitud de  sus aspiraciones” (45,2).

Es difícil para un creyente rechazar de plano la afirmación explícita de la fe de la Iglesia. La liturgia de la Eucaristía dominical nos invita a repetir: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin”. Los textos del Adviento de todos los ciclos litúrgicos tratan de reavivar nuestro deseo de la vuelta próxima del Señor. Alegraos en el Señor, os lo repito: alegraos… El Señor está cerca”.Es el mensaje alegre de Pablo a los fieles de Filipos.

 Grande es, sin embargo, el abismo que separa el entusiasmo transmitido por todas estas fórmulas y la poca resonancia actual.  El anuncio de un fin de la historia y de un juicio final provoca más bien entre los cristianos actuales un escándalo porque representa a todas luces la interrupción de un proceso prodigioso de crecimiento de la humanidad dentro de un progreso irresistible en todos los órdenes. El primer schock del petróleo en 1973 y la perspectiva de un estancamiento económico no han logrado aniquilar el mito de un progreso de la humanidad hacia el mundo de la democracia universal bajo el imperio de la razón. El relativo equilibrio de fuerzas antagónicas desde el final de la segunda guerra mundial amortiguó el temor de peligro nuclear, cuando el hombre descubrió que tenía en su mano los medios de destrucción de la vida sobre el planeta, lo cual constituyó un hecho nuevo en la historia. Después de todo, podría darse un suicidio en el plano colectivo. La convicción tranquila de una continuación indefinida de la historia de los hombres no ha sido nunca tan precaria como en nuestros días. El sida plantea todavía la cuestión de una eclosión de enfermedades nuevas que la Medicina no sabría atajar. El objetivo de un desarrollo indefinido de la historia, so color de promesa de felicidad, es un mito de desesperanza. Una tras otra cada generación que llega será de hecho la generación sacrificada. Ninguna conocerá jamás la felicidad colmada una vez transportada a un horizonte inaccesible que desplaza a una lejanía problemática e inalcanzable la vuelta del Señor. Son raros los que afirman que el Señor no volverá jamás. Pero la persuasión común, confesada sin rubor incluso entre nosotros, evidencia que no es algo deseado ansiosamente ni afecta a la manera de vivir le fe en nuestra generación de creyentes. Y, sin embargo, la liturgia no se cansa de repetirnos en estos días que sin este deseo misterioso que solo Dios puede suscitar y acrecentar en nosotros, la vida del pueblo cristiano corre el riesgo de quedar sumergida  bajo el desencanto que mina nuestra sociedad agonizante. La obra de su gracia en nosotros consiste justamente en suscitar deseos. A nosotros concierne saber pedirle esa capacidad de desear. Nuestras últimas congregaciones no se cansan de poner el objeto de nuestro deseo institucional en nuestra misión, convencidas de que “sin misión la historia no es más que mera historia humana cuyo progreso consiste a lo sumo en llegar a la cúspide de su situación catastrófica”.  (W.Fraytag).

 

Bilbao 2 de diciembre de 2018


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Homilía. Hoy fiesta de Cristo Rey. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

 

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY (B)

 

Dan 7,13-14; Col 1,15-21; Lc 23,35-43

 

Rey viene a ser hoy un título moderno que provoca en nosotros ciertos prejuicios asociados al poder que nos ponen muy en guardia. Tampoco fue un título que Jesús lo recibiera sin correctivos ni se lo atribuyera en su vida mortal. De hecho según Jn 6, después de la multiplicación de los panes, las multitudes quisieron nombrarle rey, pero él se escondió y fue al monte donde pasó toda la noche en oración. Según el fragmento evangélico de hoy según san Lucas los soldados se mofan de él diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Jesús contesta: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Entonces Pilato le pregunta “¿Luego tú eres rey?”. Esta pregunta coincide con la que hace Pilato a Jesús según el evangelio de san Juan (18,37): “O sea que ¿tú eres rey? Jesús contesta “Tú lo dices: Yo soy rey”. Comenta R. Brown: “Lo más frecuente es tomar estas palabras como una respuesta afirmativa como si dijera: “Sí,  has acertado yo soy rey”. Pero el uso rabínico apenas presta apoyo a esta interpretación”. Y ve más probable el sentido que aplica a esta frase O. Merlier: “Eres tú el que lo dice, no yo”. El P. Benoit ve en esta fórmula una respuesta evasiva de Jesús. No niega Jesús que sea rey, pero no sería este el título que espontáneamente elegiría para describir su misión. Hoy día algunos autores se inclinan a ver en esta respuesta de Jesús una concesión a la pregunta de Pilato: “Sí soy rey”.  Pero añadió tales matices que hicieron del título “rey” un término incomprensible por su carácter anti-estructural, es decir, aceptó Jesús el término del lenguaje común pero reaccionó inmediatamente contra él redefiniéndolo en unos términos que recuerdan al pie de la letra el texto del evangelio según san Juan, haciendo así el término “rey” incomprensible para su interlocutor. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. En el evangelio de Juan – muy cercano a san Lucas en esta escena – equivale a decir que el nacimiento de Jesús fue la venida de la verdad divina a este mundo. San Juan entiende que Jesús puede dar testimonio de la verdad porque pertenece a lo que es de arriba y porque es el único que ha descendido del cielo; ha visto las cosas que hace el Padre y ha escuchado lo que dice el Padre porque desde el principio era la Palabra de Dios que estaba vuelta hacia el seno de Dios, como reza el prólogo del cuarto evangelio.

El evangelista era muy consciente de que esta explicación era música celestial para Poncio Pilato. Pero, a pesar de su pregunta escéptica (“Y qué es la verdad?”) la respuesta de Jesús fue lo suficientemente clara para que el procurador sacara la conclusión de que este hombre era inocente y no creaba  ningún problema a la estabilidad del imperio.

¿Podemos concluir, entonces, como defienden algunos autores de prestigio, como Rudolf Bultmann, que la muerte de Jesús ordenada por Pilatos fue un trágico error, un malentendido de los judíos o de los romanos, como una combinación casual y deplorable de diversas circunstancias? Ciertamente no. Como afirma el P. Schillebeeckx:  La muerte de Jesús no fue casual, sino la lógica consecuencia histórica del radicalismo de su mensaje y de su vida. Por eso prescindir del mensaje y de la actividad práctica de Jesús durante su vida que desembocaron en la  muerte de Jesús significa empañar el significado salvífico de esa muerte. El radicalismo de la predicación y de la vida de Jesús que significaba la incompatibilidad de las relaciones “amo-esclavo” del mundo romano con la exigencia del reino de Dios es la que suscitó la mortal oposición de muchos y llevó a Jesús a la cruz. La muerte de Jesús no obedece a una casualidad histórica o al efecto de rebote de unos malentendidos. Su muerte es, más bien, consecuencia de la fuerza irresistible del bien, ante el cual no hay más solución que darse por vencido o bien oponerse torturando y eliminando al hombre que lo representa: una acción que demuestra, de manera indirecta pero real la impotencia de los adversarios y también la trascendente realeza de Jesús.

Por eso, lo que añade Jesús no va dirigido al procurador, incapaz de entender que está delante de la Verdad misma, sino a nosotros sus seguidores: “Todo el que es de la verdad, oye mi voz”.  En el mismo evangelio según san Juan en el capítulo 10 se decía que sus ovejas escuchan la voz del pastor. Es interesante este texto paralelo del nuestro en el evangelio de hoy. No es casual que el motivo del pastor tiene su trasfondo en el retrato del rey según el A.T. y aquí está Jesús contestando a una pregunta sobre su condición regia. Todos los que están por la verdad son ovejas que el Padre ha confiado a Jesús. Los que no escuchan no son de Dios. Jesús se refiere aquí a todos los que han sido llamados por Dios para aceptar a su Hijo.

“Todo el que es de la Verdad escucha mi voz”. Como muy bien comenta el P. de la Potterie en su obra sobre la Verdad de Jesús (BAC 405): “Jesús trae a los hombres la verdad de la revelación; pero para que llegue a ser verdaderamente rey, los hombres tienen que creer en él y ser de la verdad, deben dejarse penetrar y transformar por el mensaje de Jesús, y llegar a ser así totalmente dóciles ante él. Así, Cristo es rey gracias a su verdad; su reino es un regnum veritatis” (p. 309).

 

Bilbao, 22 de noviembre de 2015


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Homilía domingo 33. Autor: J.A.Jáuregui S.J.

 

 

DOMINGO  33 (B)

Ev.: Mc  13,24-32

 

La primera parte de este evangelio recoge la conclusión del llamado discurso apocalíptico de Jesús. Toda la tradición sinóptica dedicó al tema de la Apocalíptica el último apartado de sus enseñanzas encaminadas a la comprensión cristiana de  los acontecimientos salvíficos de la Pascua. A partir de 1960 la investigación bíblica ha cultivado mucho el estudio de la Apocalíptica como clave interpretativa del Nuevo Testamento. El camino que señala la Apocalíptica para introducirnos en el misterio más profundo de nuestra fe  se opone radicalmente al fenómeno que denuncia Benedicto XVI en su obra “Caminos de Jesucristo”: “Contemporáneamente con la presencia múltiple de la figura de Jesús, hay en la cristiandad una perturbadora pérdida del significado propio de la Cristología”. El intento de recuperar al Jesús histórico con métodos histórico-críticos puros, ha puesto en riesgo el ser o no ser de la Cristología porque pasa por alto que la expresión más antigua y genuina del contenido de la fe cristiana es de carácter apocalíptico y por consiguiente las primeras fórmulas de fe cristológica no son comprensibles más que dentro de una mentalidad apocalíptica. La espera de la vuelta del Señor, la cristología del Hijo del Hombre, la llegada inminente del fin con la resurrección de todos los fieles cristianos ya difuntos (1 Thess 4,13-18; 1 Cor 15), todos estos conceptos y representaciones no se pueden comprender más que sobre un trasfondo apocalíptico. No cabe duda de que este trasfondo, difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, ilustra mejor que cualquier otra metodología de investigación histórica la gravedad de los contenidos de nuestra fe cristiana.

Esta perspectiva apocalíptica de los evangelios se opone a dos actitudes con las que se pretende extraer el verdadero Jesús histórico a partir de los evangelios. La primera es la de quienes extraen la figura de un Jesús amable, un filántropo, cuya característica principal es su solidaridad con todos los hombres. La segunda, muy pujante en nuestros días, es – como denuncia Bornkamm- “la de quienes quieren acaparar a Jesús para hacer de él el gran revolucionario, el profeta de un mundo nuevo, el iniciador de una nueva era a la que todo lo antiguo, la palabra de Dios en la ley y en los profetas, debe ser sacrificado. Para estos hombres, obsesionados por una cierta imagen del mundo futuro, la voluntad de Dios, que siempre nos llama y nos compromete, es un estorbo que hay que rechazar. Esta imagen del mundo futuro se convierte entonces en la única ley que vale y el deber del momento es esforzarse por hacer realidad este futuro, proclamarlo y actualizarlo” (Jesús de Nazaret, 106).

Pero el mensaje de Jesús en los evangelios está mucho más cerca de la esperanza apocalíptica y cósmica de su tiempo. Como en el evangelio de hoy, Jesús habla de la irrupción próxima y repentina del día del juicio, del fin de este mundo y de las catástrofes que lo acompañan, de la venida del Hijo del Hombre, juez del mundo… Sin embargo, también aquí la distancia que hay entre su mensaje y lo apocalíptico del judaísmo tardío es esencial. Jesús abandona todas las especulaciones acerca del momento final. En lugar de dar respuesta a la curiosa pregunta: “Señor, ¿cuánto tiempo queda todavía?”, Jesús responde que “a ningún hombre se le ha dado el conocer el día ni la hora”. Eso es cosa exclusiva del Padre. Ni siquiera el Hijo lo sabe. Una cosa es cierta: “A través y por encima de las grandes tribulaciones que se ciernen sobre Jesús en la Pascua, Dios va a reinar”.

Desde esta esperanza apocalíptica, verdaderamente abrahamítica, que cree contra toda esperanza, nos introduce el evangelio en los acontecimientos estremecedores de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La confianza en ese poder de Dios da al cristiano la seguridad de que la realidad definitiva manifestada en el Hijo del Hombre que va a la cruz no la podrá destruir la corrupción como dijo el mismo san Pedro en el discurso de Pentecostés: “Lo matasteis clavándolo por manos impías, pero Dios lo resucitó, desatando los lazos de la muerte dado que no era posible que quedara dominado por la muerte  (Cfr. Hch 2,27) como lo confirma el salmo 15:

“De antemano veía al Señor

Continuamente en mi presencia,

Porque está a mi derecha para que no vacile;

Por eso se alegró mi corazón y se regocijó mi lengua,

Y hasta mi carne descansará en la esperanza

de que no abandonarás mi alma en la morada de los muertos

ni dejarás que tu santo experimente la corrupción”.

(Sal 15,8-10)

 

Bilbao, 18 de noviembre de 2018


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Homilía del domingo 32. Autor J.A. Jáuregui S.J.

 

 

 

 

 

 

José Antonio Jáuregui S.J. – DOMINGO 32 T.O.B.

1Re 17,10-16; Hch 9,24-28; Mc 12,38-44

Es muy curioso observar la predilección con que Jesús se fija en estas dos viudas ancianas. Primero la viuda de Sarepta de la que nos habla la primera lectura. En el cuarto capítulo del evangelio según san Lucas hace Jesús de esta viuda de Sarepta un verdadero paradigma de su programa teológico de la salvación. “Muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando el cielo se cerró por tres años y seis meses, cuando hubo gran hambre en todo el país, sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda”. No es nada extraña la reacción de todos los que le oían en la sinagoga. “Se llenaron de ira al oír esto y levantándose le llevaron hasta un promontorio sobre el que estaba edificada la ciudad con intención de despeñarlo”. Entendieron bien claramente que las palabras de Jesús eran la amenaza más severa que podía un profeta lanzar a Israel: la predilección de Dios por los gentiles. Lo que no podían sospechar es que Jesús pasando por en medio de ellos iba a avanzar hasta Jerusalén para promover un movimiento que había de culminar en la salvación de los gentiles como lo enuncia solemnemente san Pablo al final de los Hechos de los Apóstoles: “Sepa, pues, toda la casa de Israel que Dios ha enviado esta salvación de Dios a los gentiles”. La viuda de Sarepta vino a ser un signo profético de la salvación de los gentiles, núcleo central de toda la teología de san Lucas en su doble obra: evangelio y Hechos de los Apóstoles.

Otro rasgo elocuente de la predilección con que Jesús miraba a las pobres viudas lo presenta el evangelio de hoy según san Marcos. Este episodio forma un contraste muy vivo con la escena precedente del mismo evangelio según Marcos: a la falsa piedad de los escribas que devoran las casas de las viudas y rezan fingidamente largas oraciones se opone en grado excelso el espíritu de sacrificio de una pobre viuda. En el atrio de las mujeres se encontraba la cámara del tesoro con los trece cepillos para las ofertas destinadas al culto. El último cepillo servía para las ofertas voluntarias y no era difícil observar el tráfico de las personas que se acercaban a ofrecer sus limosnas. Entre los muchos ricos que ofrecían sumas importantes se encontraba también una pobre viuda que ofreció dos pequeñas monedas. Jesús sabe que eso era todo lo que la pobre mujer poseía y hace de su acción insignificante a los ojos de los presentes una gran enseñanza para sus discípulos. Su pobre oferta supera en valor a todas las grandes ofertas de los demás porque sólo esa oferta pobre representa de verdad un sacrificio para ella. Esta viuda para honrar al Señor había dado lo que le habría servido para vivir un día. Todos los demás daban de lo que les sobraba. La viuda ha dado una cantidad insignificante. Su sacrificio no se notará en ninguna parte. Ciertamente no transformará la historia. De hecho, diríamos nosotros con sentido realista, la economía del templo se seguirá manteniendo gracias a la contribución de los ricos y poderosos bienhechores. El gesto de esta mujer no servirá prácticamente para nada. Jesús lo ve de otra manera.

Un paralelo muy cercano lo hemos leído en la primera lectura. La viuda de Sarepta obedece dócilmente al profeta y le ofrece al profeta un puñado de harina y un poco de aceite que tenía para hacer un panecillo para ella y su hijo y morir después. Esta generosidad recibe su recompensa porque “el cántaro de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había predicho el Señor por Elías.” Pero, sobre todo, recibe la recompensa de la mirada observadora de Jesús en la primera proclamación de su evangelio en la sinagoga de Nazaret.          En estas dos pobres viudas enfocadas por la mirada penetrante de Jesús encontramos dos ejemplos de aquella bienaventuranza de Jesús dirigida a los pobres y sencillos por oposición a los sabios y entendidos: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque esa fue tu voluntad”. ¡Qué bien aprendió esta lección del divino Maestro el gran teólogo Santo Tomás de Aquino! Dicen las crónicas que cuando escribía sus sermones tenía siempre presente a la vetula (la viejecita). Si esta le entendía se quedaba satisfecho de sus escritos. Y la historia de la Iglesia le da la razón a Jesús porque lo que la mantiene en pie no son tanto las sobras que regalan las grandes fortunas cuanto las muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos que no sólo se preocupan por los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos y lo hacen movidos en buena parte por la enseñanza que nos prodiga el evangelio de hoy que transmite el verdadero espíritu y la mirada honda de Jesús de Nazaret.

Es bien sabido que el modelo de sociedad en que vivimos no nos orienta en esta dirección y por eso nos empobrece. Acostumbramos a valorar a las personas por lo que poseen. Y de esta manera corremos el riesgo de incapacitarnos para el amor, la ternura, el servicio generoso, la ayuda solidaria, el sentido gratuito de la vida. Esta sociedad no ayuda a crecer en amistad, solidaridad y preocupación por los derechos del otro por más que se pregonan más que nunca estas virtudes en todos los medios de comunicación.

Por eso cobra especial relieve en nuestros días la mirada perspicaz y profunda de Jesús sobre las dos pobres viudas de la liturgia de este domingo. ¡Cuántas gentes humildes aportan más a la humanización de nuestra sociedad con su vida sencilla de solidaridad y generosidad con los necesitados que muchos grandes señores de la vida social  que sólo se preocupan de defender sus intereses económicos.

Bilbao, 11 de noviembre de 2018


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Homilía para el domingo 31. Autor: J.A. Jáuregui, S.J.

 

DOMINGO 31 (B)

 

Ev.: Mc 12,28-34: El mandamiento principal

 

Un escriba le pregunta a Jesús.  ¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?  Hay testimonios contemporáneos de que esta pregunta inquietaba  los ánimos de muchos  judíos de aquel tiempo. Perdidos entre el enorme cúmulo de disposiciones de la Ley se sentían incapaces de ver con claridad lo importante, los árboles les impedían ver el bosque. Jesús le responde con una fórmula que compendiaba la confesión de fe de la comunidad judía: “Dios nuestro Señor es el único Dios; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Luego añade: “El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La versión paralela de Mateo añade: “Este doble mandamiento del amor es la realización y la sustancia de toda la ley” (Mt 5,17; 7,12). El solo, contiene todos los demás. Lo cual equivale a decir que este doble mandamiento es un compendio de identidad cristiana.

Por lo tanto, hemos de comprender el sentido de este doble mandamiento y preguntarnos particularmente qué relación existe entre estos dos preceptos, cómo se convierten en uno solo. ¿Acaso –  como gustaba de afirmar la teología secular –  amor de Dios y amor del prójimo son una sola y misma cosa? “¡Ciertamente no!” – contesta tajante el profesor Bornkamm. Eso sería suprimir la inamovible frontera que separa a Dios y al hombre. Interpretar así los dos mandamientos sería ignorar los soberanos derechos de Dios, sería reducir muy rápidamente a Dios a una simple palabra, a un signo matemático al que se podría renunciar fácilmente. En la predicación de Jesús todo el mensaje sobre el reino de Dios y la llamada a obedecer a su regia voluntad nos dicen sin lugar a equívocos que el amor de Dios tiene una primacía irremplazable: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6,24). Esto no lo puede suprimir ni siquiera la obligación de amar al prójimo.

Lo mismo que el amor a Dios no desaparece sin más en el amor al prójimo, Jesús tampoco quita al amor del prójimo su cara a cara humano, transformándolo en un medio para realizar el amor de Dios. En este sentido, – se atreve a decir Bornkamm, – un amor que no ama al otro por sí mismo sino por Dios, no es verdadero amor. San Lucas interpreta acertadamente el sentido del amor al prójimo en la parábola del buen samaritano. Lo que hace el samaritano por aquel que ha sido víctima de los salteadores es simplemente lo que requiere la desgracia ajena: venda las llagas, alivia el sufrimiento, pone al herido en su cabalgadura, lo lleva al albergue, se lo confía al posadero, paga los primeros gastos y promete que pagará el resto cuando vuelva. El evangelio presenta al samaritano sin el menor deje de sentimentalismo. En su actuación no hay ninguna retórica religiosa. Lo que hace, lo hace por ese pobre hombre, sin  lanzarle a hurtadillas un guiño a Dios.

Lo mismo se expresa de manera incomparable en las palabras del juez en el juicio final según Mt 25. Coloca a los hombres a su derecha o a su izquierda, según lo que han hecho al menor de sus hermanos y precisamente sin darse cuenta de ello. Los de la derecha le hacen al juez las mismas preguntas que los de la izquierda: ¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? Lo que hicieron los de la derecha no lo hicieron por él sino por los que tenían necesidad. Los reprobados pretenden disculpar su negligencia porque no habían visto claro y así dejan traslucir que estaban dispuestos al amor sólo en el caso de que hubieran reconocido con seguridad al mismo Cristo en los hombres con los que se encontraron. Lo cual demuestra que el precepto del amor al prójimo no exige realizarlo con el rodeo de un presunto amor de Dios. Así de “ateo”  escribe Schillebeeckx – se presenta el juicio final. No sin razón dice el mismo Tomás de Aquino que el amor al prójimo es una virtud teologal (y no una simple actitud ética).

Entonces, ¿cómo hay que entender el doble mandamiento del amor, si el amor de Dios no puede reducirse al amor del prójimo, ni el amor del prójimo al amor de Dios? La unidad indisociable en la que Jesús los une encuentra su fundamento y su sentido no en la igualdad de los que son objeto del amor, sino en la naturaleza del amor mismo. Es renuncia al amor de sí mismo exigida allí donde está el pobre que tiene necesidad de ese amor. Así es como nos llama Dios, así es como el amor de Dios y el del prójimo se hacen una sola y misma cosa. El don de sí a Dios no es un repliegue del alma en el paradisíaco jardín de la vida interior, ni la desaparición del yo en no sé qué tipo de absorción meditativa. Se trata de velar y de estar dispuesto ante Dios que me interpela en el prójimo. En este sentido, el amor del prójimo es la prueba del amor de Dios.

La única cuestión decisiva es la que le hace el escriba a Jesús en la versión lucana del episodio: ¿Y quién es mi prójimo? Esta pregunta en la mente de un judío tenía un sentido claro. Equivalía a preguntar quién es mi amigo. Asimismo la respuesta se sobreentendía: “Es mi compatriota”, contrapuesto al extranjero. Esta mentalidad se desarrolla en círculos concéntricos. Parte del círculo más estrecho y se extiende gradualmente al muy cercano, al cercano, al menos cercano, disminuyendo progresivamente las obligaciones para con ellos, hasta el círculo de aquellos con los que no tenemos ninguna obligación, de aquellos finalmente a los que tenemos incluso el derecho, o hasta el deber, de odiar. Jesús pone un punto final a esta manera de ver las relaciones entre los hombres. Coloca en el centro el “tú” del otro, esa persona concreta que me sale al paso imprevistamente en mi camino, como el desgraciado que encuentra el samaritano.

Jesús no funda esta exigencia del amor en una idea universal de Dios, ni en un profundo examen de las polémicas raciales o religiosas entre judíos y samaritanos, ni en una particular concepción del hombre, como la que enseñaban los estoicos, según los cuales el hombre en cuanto tal es un ser sagrado (homo res sacra homini, Séneca, Cartas, 95,35). El único fundamento de su exigencia de amor es la voluntad y la decisión de Dios. El Nuevo Testamento abunda en la idea de que no hay reconciliación posible con Dios si no estamos dispuestos a reconciliarnos con nuestros hermanos. Lo dice la quinta petición del Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a lo que nos ofenden” (Mt 6,12). Ni siquiera el que ha sido perseguido e injuriado está dispensado de esta obligación.

Todo esto nos hace ver que la pregunta arriba planteada “¿Quién es mi prójimo?” es una pregunta que no tiene cabida entre cristianos. El escriba que hace a Jesús esta pregunta intenta encontrar una escapatoria ante la exigencia que Jesús le plantea. Pero tal escapatoria resulta inviable. “Debes amar a tu prójimo como a ti mismo” es una respuesta que no deja escapatoria posible; significa que el amor cae de su peso siempre. La palabra de Jesús no le invita a un destino imaginario, como podría ser un prójimo distante que no pasa de ser muchas veces más que una simple ilusión, una sombra que flota imaginariamente ante el pensamiento de cada hombre. La palabra de Jesús sorprende a cada hombre en lo que realiza actualmente sin caer en la cuenta de que el hombre que pasa delante de él en ese momento – el más próximo – haya podido ser el prójimo. Por eso la regla de oro tan sencilla: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros” viene a ser la sustancia de toda la ley, el núcleo más acendrado de nuestra identidad cristiana que nos está interpelando constantemente: “Haz eso y vivirás… Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,28.37).

 

Bilbao, 4 de noviembre de 2018