Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Homilía domingo n. 20. Autor: J.A. Jáuregui jesuita

 

 

DOMINGO 20 (B)

 

Ev.: Jn 6,51-59

 

Este fragmento del sexto capítulo del evangelio según san Juan constituye la segunda parte del discurso sobre el pan de vida que interpreta el sentido simbólico de la multiplicación de los panes. “Me seguís – había dicho Jesús poco antes – “no porque habéis visto el signo, sino porque os saciasteis de pan”. El domingo pasado meditábamos la primera parte del discurso interpretativo de Jesús: un desarrollo sapiencial que versaba sobre el pan de vida. Esta segunda parte habla de la carne eucarística de Jesús. Dada la imposibilidad de que una multitud de judíos entendiera un discurso que trata únicamente de la Eucaristía, R. Brown piensa que este fragmento es una reelaboración cristiana posterior del tema sapiencial. De hecho, a pesar de que el discurso termina diciendo que Jesús lo pronunció en la sinagoga de Cafarnaum, no encaja bien en ninguna fase del ministerio público de Jesús, exceptuando la última cena.

Ningún comentarista duda de que en esta segunda parte del discurso pasa a primer término el tema eucarístico, que en la primera parte estaba meramente sugerido.  Ya no se dice que la vida eterna está condicionada a creer en Jesús, sino que depende de comer su carne y beber su sangre (v.54). Tampoco se insiste en que el Padre entrega los hombres a Jesús o los atrae hacia él. Jesús pasa netamente a tener el protagonismo como agente y fuente de salvación. Además prevalece un vocabulario distinto: comer (por cierto, con un sentido marcadamente material y realista equivalente a devorar), beber, carne, sangre. Hay dos indicios más de que el  autor estaba pensando en la eucaristía y no en un sentido metafórico de la aceptación de la revelación de Jesús por la fe, como en la primera parte del discurso. Primero, el trasfondo bíblico que evocaban las crudas expresiones “comer la carne de uno” equivalente a perpetrar una acción hostil. “Devorador de carne” es en términos bíblicos el demonio. “Beber la sangre” era algo horrendo, una matanza brutal con la que el profeta Ezequiel, por ejemplo, invita a las aves carroñeras a la fiesta (“Comeréis carne y beberéis sangre”).

         Para que las palabras puestas en boca de Jesús (“Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”) puedan ser entendidas en un sentido favorable, tienen que referirse únicamente a la Eucaristía.

El segundo indicio es que todo apunta a que la palabra carne en la fórmula “el pan que yo os daré es mi carne para que el mundo viva” recoge la fórmula más próxima a la que utilizó Jesús en la institución eucarística, según las tradiciones recogidas por los Sinópticos. La diferencia importante está en que Juan habla de “carne”, mientras el relato sinóptico usa “Sôma = cuerpo”. Pero lo cierto es que en hebreo y arameo no existe ningún término para significar el cuerpo tal como nosotros lo entendemos, y muchos especialistas sostienen que, en la última cena, Jesús tuvo que decir el equivalente arameo de “esto es mi carne”. De hecho san Ignacio de Antioquia usa carne en muchas referencias a la Eucaristía (Rom 7,3; Filad 4,1; Esmir 7,1). Lo mismo hace san Justino (Apol I, 66). Por otro lado, las traducciones más antiguas (VL y syr) leen este versículo de Juan con esta fórmula eucarística “El pan que voy a dar es mi cuerpo para que el mundo viva”, sin duda para evitar una interpretación carnalista más cercana al sentido paulino de la palabra carne.

“Este es el misterio de nuestra fe” – añade el sacerdote cada vez que realiza la consagración del pan y del vino en la acción eucarística. Y todos la acogemos con el mutismo estremecido que provoca en el hombre religioso la irrupción de lo misterioso de la divinidad. Este misterio – como veíamos en la fiesta del Corpus Christi – nos habla de un Dios que es amor infinito a la vida humana, a la realidad más terrenal del hombre. En cada Eucaristía recordamos a Jesús de Nazaret y vemos una prueba inequívoca de que el amor que él predicó mostró su eficacia en él mismo puesto que “la muerte no lo pudo retener” (Hch 2,24).

En un trozo de pan amasado con el sudor y el trabajo del hombre celebramos la presencia de Dios en medio de nosotros y nos unimos de una manera corporal y real. Esta íntima unión ha de ser causa de alegría. La que os deseo a todos en este domingo, día del Señor.

Bilbao, 19 de agosto de 2018

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Fiesta de la Asunción de María. Homilía. Autor J.A. Jáuregui S.J.

 

 

SOLEMNIDAD ASUNCION MARIA 

 

Los que con el paso de los años vamos adquiriendo el grado de veteranos podemos recordar bien aquel 1º de noviembre de 1950 cuando el Pontífice Pío XII en el atrio exterior de la basílica Vaticana, rodeado de 36 cardenales, 555 patriarcas, arzobispos y obispos y de una muchedumbre enardecida de entusiasmo que no bajaba del  millón de personas, definió solemnemente, con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo con aquellas memorables palabras:

… pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

 

Un verdadero rugido de entusiasmo se levantó de la enorme muchedumbre al oír las palabras del Papa. Las campanas de toda la cristiandad fueron lanzadas al vuelo en señal de júbilo. Y los miles y millones de espectadores que presenciaron en las cinco partes del mundo la emocionante proclamación dogmática a través de la televisión  o la oyeron a través de todas las emisoras de radio del mundo católico, unieron su emoción y su alegría al delirante entusiasmo que invadió el alma de los que tuvieron la suerte de presenciar aquella escena memorable en la plaza de San Pedro o en la Via de la Conciliazione.

 

No faltaron, sin embargo en el mundo entero, especialmente en ambientes críticos centro-europeos, opiniones discordantes. A muchos les parecía cuando menos inoportuno que en los albores de la era espacial, cuando la ciencia moderna acariciaba ya la realidad de poner a un hombre en la superficie de la luna, se hablara de una asunción de María al cielo en términos que evocaban cosmogonías míticas trasnochadas. ¿Qué es eso de subir en cuerpo y alma al cielo?

 

De entre toda aquella corriente turbulenta de opiniones reprobatorias emergió con gran influjo positivo la voz autorizada del eminente Profesor Carl Gustav JUNG, considerado como el padre, junto con Sigmund Freud, del psicoanálisis moderno. El prof. JUNG vio en esta declaración pontificia un mensaje de la mayor trascendencia para toda la humanidad. María en el misterio de la Asunción venía a ser la primicia del cumplimiento definitivo de la redención de la humanidad; la prueba y la ratificación histórica de que el acontecimiento salvífico de Cristo iniciado con la vida, pasión, muerte en cruz y resurrección de Jesús, había comenzado a hacerse realidad en el cuerpo y alma de María.

 

Esta intuición acertada del eximio psicoanalista católico nos orienta hacia una dimensión eminentemente eclesiológica y antropológica de la fiesta de la Asunción. Esta dimensión deja un tanto en segundo plano a la mujer excepcional y privilegiada envuelta en la gloria de la divinidad para colocarla en la primera fila de la Iglesia, como la primera redimida, que en la fiesta de hoy nos señala el camino y la meta cierta de nuestra existencia cristiana.

 

Esto quiere decir que esta fiesta no debe ser ante todo una invitación a la contemplación ensimismada y mística de María coronada de doce estrellas, con la luna bajo sus pies, pero a la vez alejada de nosotros por el abismo infranqueable que separa a este mundo nuestro del mundo de Dios. El sentido eclesiológico y humano profundo de la Asunción se descubre a la luz del misterio total de la Ascensión de Jesús.

 

No tenemos en todo el N.T. una descripción literaria de la Asunción de María. Pero sí tenemos, dos nada menos, de la Ascensión de Jesús al cielo, una al final del tercer evangelio según san Lucas (24,50s.) y otra al comienzo de los Hechos de los Apóstoles (1,9-11). Esta última, de clara intención eclesiológica, no presenta un solo rasgo que sugiera una entrada apoteósica de Jesús en el cielo. Sí señala, es verdad, cuatro veces la meta de la subida vertical de Jesús: “al cielo, al cielo…”. Pero no es un viaje celeste como el que describe Apuleyo en el libro XI de sus Metamorfosis. El texto de los Hch no describe las estaciones por las que pasó Jesús hasta ser entronizado en el cielo a la derecha de Dios, ni se describe dicha entronización regia.

 

Lo importante en la Ascensión de Jesús, lo mismo que la asunción de María del que recibe toda su consistencia teológica por participación, no es tanto la perspectiva cristológica que mira a la experiencia íntima de Jesús en su paso de este mundo al Padre. Más decisiva es la perspectiva de los espectadores que contemplan estupefactos la subida vertical espectacular de Jesús en el vehículo de la nube. El sentido de la escena lo revela la interpretación autorizada de los dos hombres que se  aparecen en la nube con vestidos resplandecientes e interpelan a los testigos de la escena: “Varones galileos, ¿qué hacéis ahí atónitos mirando al cielo? Este Jesús que os ha dejado volverá del mismo modo”, es decir, sobre la nube de la gloria de Dios. Esta interpretación, unida al mandato de volver a Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, al final del evangelio, es un correctivo a una actitud cristiana equivocada que se recreaba en la contemplación ensimismada e inoperante de la vuelta gloriosa del Señor.

 

El evangelista describe la Ascensión del Señor como la meta a la que el Espíritu va a dirigir la historia de la Iglesia por medio de la misión de los Apóstoles: “Seréis mis testigos .. hasta los confines de la tierra”. El misterio de la Ascensión encierra así en su simbolismo el secreto de la existencia polarizada de la Iglesia abierta, por una parte, al futuro de una misión a todas las naciones, a todas las lenguas y culturas del mundo. Pero, por otra parte, mirando hacia atrás viene a ser la etapa final de un proceso escalonado de acontecimientos que san Lucas en la escena de la Transfiguración la llama Análempsis, una palabra griega que designa la subida de Jesús desde Galilea a Jerusalén para pasar de aquí al cielo a través de la muerte en cruz y de la resurrección. La mayor genialidad de los evangelios consiste en su opción por la historia de la vida de Jesús  Los únicos escritos de los 27 que forman el N.T. que nos hablan de la historia del Jesús terreno. Por eso el final del evangelio nos invita a leerlo de nuevo para descubrir el secreto más íntimo del Mesías Jesús desde la perspectiva de la Ascensión. Esta lectura nos descubre, en formulación feliz del P. José María Castillo S.J. a “un hombre… que no soportó ni el hambre de los pobres, ni la abundancia de los ricos, ni el sufrimiento de los enfermos, ni el desprecio que tenían que soportar los pecadores, ni las agresiones que sufrían las mujeres, ni la opresión que imponían las leyes religiosas, ni el desamparo de los que lloraban a sus difuntos, ni la vergüenza de los que tenían que ocultar sus miserias, ni la situación desesperada de los vagabundos de los caminos, ni la situación de los que eran considerados como herejes, ni la desesperanza de los que se veían perdidos en la vida, ni el agobio y la carga de los que tenían que aguantar el pesado yugo de una religión que, mediante sus leyes, hacía la vida insoportable.”

 

Las autoridades judías vieron que este tipo de mesianismo ponía en peligro la nación entera y convencieron al procurador romano de que también ponía en peligro la estabilidad del imperio

Por eso cedió ante la insistencia con que le pidieron que lo mandara crucificar. .

 

María se introdujo, la primera de todas, en este movimiento generado por Jesús, desde el momento en que asintió al proyecto encarnacionista de Dios diciendo: “Hágase en mí según tu palabra“,  al final pasó como Madre dolorosa al pie de la cruz para ser elevada al cielo como Madre de la Iglesia.

 

Jesús y María, en cuerpo y alma en el cielo, nos señalan el camino y nos desafían a seguirlo con aquellas palabras de Jesús al maestro de la ley al final de la parábola del buen Samaritano : “Anda y haz tú lo mismo”.


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Homilía del domingo 19. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

 

DOMINGO 19 T.O.B.

Ev.: Jn 6,41-52

          El evangelio de hoy comienza con una pregunta incrédula de los judíos a pesar de haber visto el portentoso milagro de la multiplicación de los panes. Los judíos se escandalizan y murmuran entre sí porque Jesús, en vez de responder a la exigencia de una señal que acredite su testimonio, se limita a afirmar que él es el verdadero pan del cielo. Esta respuesta suena como un escarnio en los oídos de los judíos porque contradice abiertamente todo lo que ellos saben acerca de Jesús. Y es que los judíos, según san Juan, conocen perfectamente todas las señas de identidad de Jesús. Conocen a sus padres: José y María. Esta objeción era un obstáculo muy serio contra la pretensión de Jesús de ser el verdadero pan enviado por Dios.

Lo llamativo del IV evangelio es que no aborda apologéticamente esta objeción. Si la comunidad joánica conocía las tradiciones sobre el nacimiento virginal de Jesús recogidas en los evangelios de la infancia de Mt y Lc no lo deja traslucir. Mt y Lc trataron de dar una mediación entre la procedencia terrenal de Jesús y su patria celestial. Jn no recurre a ella porque quiere provocar el escándalo. Sin perjuicio del esplendor milagroso de la revelación joánica  y sin  merma de la dignidad soberana de Jesús descrita en la pasión según san Juan, la procedencia divina de Jesús sigue siendo un misterio de fe. Y el milagro de la multiplicación de los panes más bien ofusca los ojos de los judíos para creer que él es el Enviado de Dios. El infranqueable abismo que separa la pretensión de Jesús y su realidad humana terrenal hace todavía más urgente a los judíos la necesidad de exigir un signo que avale su autoridad. Pero ante esta exigencia, por mucho que se repita en el IV evangelio y por muy justa que pueda parecer, no obtiene más que una respuesta invariable de Jesús tanto en el v. 44 como en el 65: La fe es imposible para el hombre. Es una obra de Dios. “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió”.

Se repite aquí de forma más radicalizada el mismo mensaje que nos trasmitía san Marcos en el domingo XIV de este ciclo litúrgico B y es que para penetrar en el misterio insondable de la persona de Jesús, el pan verdadero enviado por Dios, los contemporáneos de Jesús no disfrutaron de una ventaja envidiable respecto de las generaciones posteriores.

Me parece ver en esta intención de los evangelistas un mensaje de una candente actualidad en los momentos que atraviesa la investigación sobre los evangelios. La nueva investigación sociológica, por querer exhumar un Jesús histórico, presunto creador de un movimiento revolucionario de suma actualidad, saltando por encima de la experiencia pascual de los primeros discípulos para reintegrarlo en el fundamento de su fe personal, lo ha arrancado de su verdadero anclaje histórico y encasillado en un esquema extraño, cayendo así  bajo el veredicto que pronunció Troeltsch contra el historicismo positivo del siglo XIX: “Por querer ser históricos puros cayeron en pura ideología”. Efectivamente, todos estos ensayos están demostrando que Jesús, en cuanto hombre histórico, puede ser sustituido por otras personalidades históricas cargadas de ideología, y tal sustitución resulta inevitable dada la lejanía histórica de Jesús y la problemática inherente a la posibilidad misma de extraer desde las fuentes que poseemos una figura históricamente fiable y segura de Jesús. Buda, por ejemplo, como explica Benedicto XVI en su Introducción al Cristianismo, no remite en absoluto a sí mismo. Lo importante, lo mismo que en el caso de Sócrates, es el camino que han mostrado, el cual puede ser bueno con independencia de la identidad de su fundador. En el caso de Jesús, por el contrario, lo importante es su persona, es él mismo. Bien entendido que, cuando Jesús el Revelador, dice YO SOY o YO SOY EL PAN VIVO, no se revela estrictamente a sí mismo. Está remitiendo al TÚ del Padre, revela al Dios trinitario y nos introduce, por la adhesión de fe en él, en la vida íntima del Dios trinitario: un universo insospechado de amor, de intercomunicación y solidaridad, al que por cierto no conduce el Jesús histórico exhumado de la tumba de la historia. Al contrario, estamos viendo cómo el Jesús de Nazaret – poseído a través de la investigación histórica de las fuentes – se convierte en arma arrojadiza contra la Iglesia oficial y sus representantes. Sin ir más lejos, una nota publicada en El Correo el miércoles 6 de julio del año 2006, invitaba a toda la sociedad bilbaína a sumarse a una concentración silenciosa que se iba a celebrar al día siguiente. Organizaciones integradas por más de 200 laicos, religiosos y curas exigían a la Iglesia que respete la pluralidad de formas y situaciones familiares frente al modelo único que iba a intentar defender Benedicto XVI el domingo siguiente en su visita a Valencia. Apoyaban esta exigencia arguyendo que “la diversidad familiar es una riqueza a cuidar y desarrollar ya que – decía la nota textualmente – “lo que nos caracteriza a quienes seguimos a Jesús de Nazaret no es la exclusión sino el reconocimiento, la acogida y el acompañamiento de las personas separadas y divorciadas, y de las diversas uniones, parejas y matrimonios formados por personas de distinto y del mismo sexo”. Pero una cosa es – creo yo- optar por la diversidad familiar amparada actualmente por la legislación vigente en España y otra muy distinta afirmarla arrogándose en exclusiva la autoridad inapelable de Jesús de Nazaret para desautorizar al Pontífice que  hacía suyo el  grito profético de Cristo en el evangelio que optaba por el proyecto creador de Dios sobre el matrimonio sin suplantar la legislación matrimonial de su tiempo.

El mensaje de Juan en este domingo, lo mismo que el de Marcos el domingo XIV, viene a decirnos que la verdad plena de Jesús se manifiesta sólo por la fe y no por la razón y la  aproximación histórica.

Bilbao, 12 de agosto de 2018

 


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Homilía del domingo 5 de agosto. Autor: J.A. Jáuregui

 

 

 

 

 

DOMINGO 18 T.O.B.

 

Evangelio: Jn 6,24-35

 

El evangelio del domingo pasado terminaba con el intento de las masas de adueñarse de Jesús y coronarlo rey. Pero Jesús se escapó de ellos y subió a un monte solo. Pero la multitud, entusiasmada con aquel portentoso milagro, persevera en la búsqueda del gran taumaturgo. La multitud se asombra al encontrar a Jesús en la otra orilla del lago con sus discípulos pues vieron que no se había montado con ellos en la misma barca. La pregunta que le dirigen muestra este asombro: ¿Cómo has llegado aquí? ¿Atisban tal vez que se trata de un ser extraordinario que desborda la calidad de un profeta? Jesús entiende en otro sentido la pregunta y por eso les responde tajante: “Me buscáis no porque hayáis entendido el simbolismo de los panes sino porque os saciasteis de pan”. Y continúa exhortándoles a que busquen el pan que no se pudre, el alimento que perdura hasta la vida eterna, en paralelismo con el agua que salta hasta la vida eterna en el coloquio con la samaritana. La gente entra en el tema como lo hiciera la samaritana. Le pregunta: ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Una pregunta impregnada del sentir del Antiguo Testamento ¿Qué debemos hacer para que Dios nos dé en recompensa  el Reino mesiánico? Jesús aprovecha esta pregunta para pronunciar un discurso sobre el Pan de vida que en un primer plano es la Palabra de la revelación manifestada en Jesús. Jesús les respondió con un motivo que se repite muchas veces en el evangelio de Juan: “La obra de Dios es que creáis en el que ha enviado”. Queda claro en esta respuesta que la obra de Dios de la cual se trata es la fe en el Mesías. No es cuestión de hacer esto o aquello, de realizar esta obra o cumplir la ley, sino de arriesgarse a adoptar la nueva actitud ante Dios que se llama fe. La gente siente que Jesús les pide algo muy particular y por eso reclama una nueva confirmación. La réplica de la multitud resulta un tanto inverosímil. Le piden un signo para que crean, y el signo que le piden parece ser ni más ni menos que el que les ha hecho en la multiplicación de los panes y han malinterpretado: “¿Qué signo haces tú para que nosotros, al verlo, te creamos? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según lo que está escrito: ‘Les dio a comer un pan que venía del cielo’. Pero con esta réplica lo que está reclamando la gente es la gran señal mesiánica que tenga el carácter inmediato de lo divino. El pan que han comido no es más que pan. Quieren ver algo maravilloso que se inserte en lo terreno, como aquel maná que misteriosamente bajó del cielo. Jesús les obliga a avanzar en la discusión. “En verdad, en verdad os digo, Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da vida al mundo”, dando así entender lo inconcebible: que este pan que otorga la vida divina, expresión de la nueva creación, este pan, símbolo, alimento y garantía de una nueva vida es Jesucristo en persona que viene de Dios y da la vida al mundo. ES evidente que los oyentes no le entienden o mejor dicho le entienden bajo el malentendido típico de Juan como la samaritana junto al pozo oye hablar un agua que quita la sed para siempre. Dame, Señor, de esa agua para que no tenga que estar viniendo con el cubo a buscarla constantemente. Aquí los oyentes le dicen: “Señor, danos siempre de ese pan”. Por eso Jesús rompe el malentendido y les dice: “Yo soy el pan de la vida, el que viene a mí no padecerá hambre, y el que cree en mí no padecerá sed jamás”. Pero todo esto es para sus oyentes música celestial. Jesús leyendo en sus corazones les dice: “Pero ya os dije que me habéis visto y no creéis”. Ellos no le siguen. Vuelven a su punto de partida. Insertan siempre a la fuerza, como en el lecho de Procusto, las palabras de Jesús en sus propias categorías mentales. Se encuentran en un callejón sin salida. Entonces Jesús les descubre el fondo oculto de sus palabras: Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que viene a mí yo no echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me


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Homilía del domingo 17 Autor: J.A. Jáuregui s.j.

 

 

DOMINGO 17 T.O.B.

 

Evangelio: Jn 6,1-15: Multiplicación de los panes

 

Me pregunto por qué la sagrada liturgia de este ciclo B realiza una especie de finta este domingo. Abandona de repente el hilo narrativo de san Marcos que hablaba de la multiplicación de los panes y se vuelve de pronto al evangelio de san Juan para contarnos la misma multiplicación de los panes. La respuesta hay que buscarla en las características diferenciantes del mismo texto de Juan. Hay que fijarse en los detalles que nos da san Juan y no nos dan los otros evangelistas en el mismo relato de la multiplicación de los panes. El primer detalle es la proximidad de la Pascua. Es muy probable que esta mención de la Pascua contenga una alusión a su carácter prefigurativo de la Eucaristía. Otro indicio que va en esta misma dirección prefigurativa de la eucaristía es el empleo de la fórmula: “Jesús habiendo cogido los panes y dado gracias…”, que es precisamente la misma fórmula con la que los otros tres evangelistas introducen el relato de la consagración en la Cena y que, en la época en que escribía san Juan, debía de haber entrado en el uso litúrgico. ES muy seguro que el término griego eucharistésas tuvo muy pronto un sentido técnico.

Hay otro detalle diferenciante respecto de los sinópticos: Jesús no levanta los ojos al cielo, como si pidiera al Padre el pan milagroso. No cabe duda de que este don se realiza en su comunión íntima con el Padre, pero significa el amor del mismo Jesús a los suyos. Lo confirma su declaración expresa a lo largo del discurso explicativo subsiguiente: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (v.51).

Otro detalle característico en el que nos solemos fijar menos es que Jesús en persona reparte el pan a los convidados. Según los otros tres evangelistas son los discípulos los que realizan esta tarea, enseñándoles así Jesús a repartir el pan de la palabra y de la eucaristía. Por eso sus relatos adquieren una dimensión eclesial que no la recoge san Juan. O mejor dicho, matiza Léon Dufour, que se deja adivinar en Juan de otra manera, a través de la reunión de una multitud de hombres que se convierten en invitados en torno a una mesa en la que Jesús es el único que da de comer. Con este rasgo eminentemente simbólico Juan deja vislumbrar con claridad el misterio figurado en el milagro de los panes.

El texto de Juan sigue de esta manera: “Cuando estuvieron saciados, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Reunid lo sobrante de los trozos, para que ninguno se pierda’. Los reunieron y llenaron doce canastos con los trozos procedentes de los cinco panes de cebada, que habían quedado de lo que habían comido”.

Así, pues, según este texto, no es la gente la que espontáneamente recoge los trozos restantes. Sino los discípulos a una orden de Jesús. Y añade un detalle significativo: “Para que ninguno se pierda”.

Las palabras de Jesús sugieren que no se trata solamente de recalcar la sobreabundancia de pan sino también de sugerir su sentido simbólico. El verbo “para que no se pierda ninguno” remite a una frase del discurso que Jesús pronunciará a continuación para explicar el sentido de la multiplicación de los panes: “Obrad no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, la que os dará el Hijo del Hombre”

La finalidad que busca Jesús a través del signo de los panes no es evidentemente saciar el hambre física. Se lo echará en cara Jesús a las multitudes que le siguen al día siguiente: “Me seguís no porque hayáis visto el signo sino porque os saciasteis de pan”. De ahí que se equivoquen de plano en la interpretación que hacen del signo al final de nuestro evangelio de hoy: “Este es el profeta que había de venir al mundo” e intentan apoderarse de Jesús para coronarlo rey. No entendieron el sentido profundo del signo de los panes: Lo sobrante que Jesús desea que no se pierda simboliza ese otro alimento que permanece incorruptible o dicho de otra manera simboliza el aspecto incorruptible del alimento que proporciona Jesús.

Otra posible interpretación del signo de los panes se basa en el tema del maná y lo desarrollará Jesús en el discurso que meditaremos el domingo que viene. Lo sobrante, según esta interpretación, manifiesta el contraste entre el pan que da Jesús y el alimento que recibieron los hebreos en el desierto. El maná se pudría cuando se conservaba lo restante. El pan de Jesús, por el contrario, está destinado a permanecer simbolizando entonces la palabra de la revelación o el don eucarístico como aparece claramente al fin del discurso sobre el pan de vida que meditaremos en los dos domingos siguientes.

 

Bilbao, 29 de julio de 2018


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Homilia del domingo 16. Autor: J.A. Pagola

 

LA MIRADA DE JESÚS

 

Marcos describe con todo detalle la situación. Jesús se dirige en barca con sus discípulos hacia un lugar tranquilo y retirado. Quiere escucharles con calma, pues han vuelto cansados de su primera correría evangelizadora y desean compartir su experiencia con el Profeta que los ha enviado.

El propósito de Jesús queda frustrado. La gente descubre su intención y se le adelanta corriendo por la orilla. Cuando llegan al lugar, se encuentran con un multitud venida de todas las aldeas del entorno. ¿Cómo reaccionará Jesús?

Marcos describe gráficamente su actuación: los discípulos han de aprender cómo han de tratar a la gente; en las comunidades cristianas se ha de recordar cómo era Jesús con esas personas perdidas en el anonimato, de las que nadie se preocupa. “Al desembarcar, Jesús vio un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”.

 

Lo primero que destaca el evangelista es la mirada de Jesús. No se irrita porque han interrumpido sus planes. Los mira detenidamente y se conmueve. Nunca le molesta la gente. Su corazón intuye la desorientación y el abandono en que se encuentran los campesinos de aquellas aldeas.

 

En la Iglesia hemos de aprender a mirar a la gente como la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, el desconcierto o el abandono que sufren muchos y muchas. La compasión no brota de la atención a las normas o el recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta en nosotros cuando miramos atentamente a los que sufren.

 

Desde esa mirada Jesús descubre la necesidad más profunda de aquellas gentes: andan “como ovejas sin pastor”. La enseñanza que reciben de los letrados de la ley no les ofrece el alimento que necesitan. Viven sin que nadie cuide realmente de ellas. No tienen un pastor que las guíe y las defienda.

 

Movido por su compasión, Jesús “se pone a enseñarles muchas cosas”. Con calma, sin prisas, se dedica pacientemente a enseñarles la Buena Noticia de Dios. No lo hace por obligación. No piensa en sí mismo. Les comunica la Palabra de Dios, conmovido por la necesidad que tienen de un pastor.

 

No podemos permanecer indiferentes ante tanta gente que, dentro de nuestras comunidades cristianas, anda buscando un alimento más sólido que el que recibe. No hemos de aceptar como normal la desorientación religiosa dentro de la Iglesia. Hemos de reaccionar de manera lúcida y responsable. No pocos cristianos buscan ser mejor alimentados. Necesitan pastores que les transmitan el mensaje  de Jesús.


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Homilia del domingo 14. Autor: J.A. Jáuregui

 

 

DOMINGO 14 DEL T.O. (09.07.06)

 

Evangelio: Mc 6,1-6: Visita de Jesús a Nazaret

 

         Este fragmento del evangelio de san Marcos no puede ni pretende ser una descripción histórica de la visita de Jesús a Nazaret tal como sucedió. Para ser una reconstrucción histórica presenta rasgos contradictorios. Por un lado se afirma la admiración que suscitó entre sus paisanos la predicación de Jesús. Pero de tal admiración no pudo surgir el escándalo del que nos habla el texto evangélico.

También resulta chocante que los oyentes ponderen los hechos prodigiosos que hacía y se diga luego que no pudo hacer milagros por la falta de fe de sus paisanos, si bien se concede a continuación que “sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos”.

Para resolver estas desavenencias se han ofrecido varias soluciones. Parece claro que Jesús se presenta ante sus paisanos como una personalidad ambigua. Por una parte sus paisanos no pueden dudar de su verdadera humanidad: era el carpintero, el hijo de María. Sus hermanos y hermanas eran bien conocidos en el pueblo. Se escandalizan porque todo esto, a pesar de sus obras extraordinarias, hace dudar de que Dios esté con él. Esta reacción coincide con la de los parientes de Jesús cuando van a Cafarnaum en el c. 3 y lo quieren ocultar porque lo toman por loco.

Estas observaciones bastan para caer en la cuenta de que el evangelista, más que una reconstrucción histórica del suceso, pretende presentar un programa teológico que encaja muy bien con el secreto mesiánico de Jesús que es el tema central del evangelio de san Marcos. El evangelista quiere decir a sus lectores que, para penetrar en ese misterio de fe de la persona de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, los contemporáneos de Jesús no disfrutaron de una ventaja envidiable respecto de la generación del evangelista. Este mensaje dirigido a los lectores de Mc, viene a decirnos también a nosotros que la Verdad plena de Jesús se manifiesta sólo por la fe y no por la razón histórica.

Este mensaje es de una candente actualidad en los momentos por los que atraviesa la investigación sobre los evangelios. Desde que en 1989 sobrevino el derrumbamiento de los regímenes socialistas, dejando en pos de sí la triste herencia de una tierra asolada y de un alma deshecha, resurgió con nuevos impulsos la búsqueda del Jesús histórico. Por aquel tiempo cayó en mis manos un libro Hanna Wolf titulado Jesús el hombre”. En sus primeras páginas la autor denunciaba un movimiento suscitado recientemente entre jóvenes imbuidos de un fuerte influjo marxista. Ellos intuyeron que aquel hombre Jesús de Nazaret predicó un mensaje y provocó un movimiento que podría ser hoy de una gran actualidad de no haber sido abortado por la crucifixión de Jesús llevada a efecto por la confabulación de las autoridades religiosas judías y el poder opresor del imperio romano. Rescatar aquel personaje histórico y aquel movimiento resultó imposible porque quedó sofocado por el entusiasmo generado en la primera generación de creyentes en la resurrección de Jesús. Esta intuición impulsada en ambientes de jóvenes marxizados después del desgarramiento del telón de acero penetró con matices en ambientes de divulgación teológica católica. Un eximio representante de la teología de la liberación sudamericana escribía: “(La Iglesia postpascual) se ensimismó de tal forma en la contemplación del triunfo personal de Jesús que privilegió ese aspecto sobre su actividad terrena. Jesús había puesto el acento en una conversión que significaba poner las propias opciones en sintonía con las prioridades del corazón de Dios… Esa sintonía….valía más que cualquier otra actitud religiosa. De esta manera (Jesús) hizo ver cómo el hombre encuentra la trascendencia que lo juzga encontrando a Dios en el hermano necesitado, es decir, en plena historia y no escapando a un terreno religioso o al interior del corazón… La única razón para creer en la resurrección- llega a decir  este autor – es la opción por los pobres del Jesús terreno”.

         Pero éste y otros nuevos ensayos están demostrando que Jesús, en cuanto hombre histórico, puede ser sustituido por otras personalidades históricas cargadas de ideología, y tal sustitución resulta inevitable dada la lejanía histórica de Jesús y la problemática inherente a la posibilidad misma de extraer desde las fuentes que poseemos una figura históricamente fiable y segura de Jesús.

La nueva investigación sociológica reciente, por querer exhumar un Jesús histórico revolucionario latente por debajo de la experiencia pascual de los primeros apóstoles, para reintegrarlo en el fundamento de su fe personal, lo ha arrancado de su anclaje histórico y encasillado en un esquema extraño. Efectivamente, Buda, por ejemplo – lo mismo que Sócrates – no remite en absoluto a sí mismo. Lo importante es el camino que han mostrado, el cual puede ser bueno con independencia de la identidad de su fundador. En el caso de Jesús, lo importante es su persona, es El mismo. Bien entendido –como desarrolla magistralmente el evangelista san Juan – que cuando Jesús el Revelador dice Yo soy” no se revela estrictamente a sí mismo. Está remitiendo al del Padre, revela al Dios trinitario y nos introduce, por nuestra adhesión creyente a El, en la vida íntima del misterio trinitario: un universo insospechado de amor, entrega y comunicación al que, por cierto, no conduce el Jesús de Nazaret exhumado de la tumba de la historia. Al contrario, estamos viendo cómo el Jesús de Nazaret – poseído a través de la investigación histórica de las fuentes – se convierte en arma arrojadiza contra la Iglesia oficial y sus representantes.

Lo pone de relieve una nota aparecida en El Correo de Bilbao el pasado miércoles y según la cual grupos católicos vascos invitan a toda la sociedad a sumarse a una concentración silenciosa que celebrarán mañana en Bilbao. Organizaciones integradas por más de 200 laicos, religiosos y curas exigen a la Iglesia que respete la pluralidad de formas y situaciones familiares frente al modelo único que intentará defender Benedicto XVI en su visita a Valencia. Esta reivindicación la apoyan arguyendo que “la diversidad familiar es una riqueza a cuidar y desarrollar” ya que “lo que nos caracteriza a quienes seguimos a Jesús de Nazaret no es la exclusión, sino el reconocimiento, la acogida y el acompañamiento de las personas separadas y divorciadas, y de las diversas uniones, parejas y matrimonios formados por personas de distinto y del mismo sexo”. Pero una cosa es optar por la diversidad familiar – una opción social, por cierto, amparada en la legislación vigente – y otra muy distinta afirmarla arrogándose la autoridad inapelable de Jesús de Nazaret para desautorizar el grito profético del Pontífice que se atiene a la opción profética de Cristo por el proyecto creador de Dios que respetó asimismo la legislación matrimonial de su tiempo.

 

 

José Antonio Jáuregui S.J.