Loiola XXI

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FAO: Las mujeres indígenas sufren una triple discriminación.

Hay que acabar con la “triple discriminación” de las mujeres indígenas, dice la FAO

Plenaria del Foro de alto nivel: Empoderar a las mujeres indígenas para erradicar el hambre y la malnutrición en América Latina y el Caribe. Foto: FAO México/ Ana María Luna

12 de enero, 2018 — El progreso en la lucha contra el hambre y la pobreza extrema depende de la eliminación de la “triple discriminación” a la que se enfrentan las mujeres indígenas, declaró este viernes el director general del Fondo de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

José Graziano da Silva aseguró ante el Foro de Mujeres Indígenas en México que ellas sufren tasas mucho más altas de pobreza, desnutrición crónica y analfabetismo, así como tienen un menor acceso a la atención médica y a la participación en la vida política.

“Las mujeres indígenas se enfrentan a una triple discriminación que incluye la pobreza, el género y la etnia, tanto dentro como fuera de sus comunidades, lo que las hace altamente vulnerables”, declaró el jefe de la FAO.

Agregó que ayudar en el empoderamiento social y económico de estas mujeres no es sólo una “excelente manera de apoyarlas” sino también una condición necesaria para erradicar el hambre y la malnutrición en sus comunidades.

El Foro de la FAO fue organizado para desarrollar recomendaciones de políticas públicas que empoderen a las mujeres indígenas, fortalezcan su toma de decisiones y reconozcan sus derechos a nivel comunitario para mejorar su liderazgo y sus oportunidades de desarrollo.

En América Latina y el Caribe, hay alrededor de 45 millones de indígenas que representan el 8,3% de la población, pero es el 15% de ellos quienes padecen inseguridad alimentaria y pobreza extrema.

El nuevo Atlas Regional de Mujeres Rurales de la FAO reveló que las mujeres indígenas en la región enfrentan las tasas más altas de pobreza y desnutrición que cualquier otro grupo social y ganan cuatro veces menos que los hombres.


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La agricultura y el cambio climático. FAO

FAO: El cambio climático causa malnutricion e inseguridad alimentaria a millones de personas

Niño recibiendo tratamiento para la desnutrición aguda en un hospital de Hajjah, en Yemen. Foto: PMA/Abeer Etefa.

14 de noviembre, 2017 — Al menos una quinta parte de las emisiones totales de gases de efecto invernadero se puede atribuir a los sectores agrícolas, advirtió hoy el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en la conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP 23).

José Graziano da Silva dijo que las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera por parte de los sectores agrícolas aumentarán en el futuro, a menos que el mundo adopte formas sostenibles de producción y consumo de alimentos.

El perjuicio que supone el cambio climático “arrastra a millones de personas en un círculo vicioso de inseguridad alimentaria, malnutrición y pobreza”, destacó Da Silva.

El director general de la FAO señaló que para disminuir y adaptarse al cambio climático se ha de integrar a todo el sistema alimentario: de la producción al transporte, de la elaboración al consumo de alimentos y tanto en las zonas rurales como en las urbanas.

Entre las soluciones propuestas para abordar el problema del hambre y la sostenibilidad, Graziano destacó que es necesario reducir la deforestación, recuperar las tierras y los bosques degradados, acabar con el desperdicio de alimentos y criar ganado con bajas emisiones de carbono.


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El Papa en la FAO de Roma. Crónica-comentario

“Guerras y cambios climáticos no son una enfermedad incurable”

El Papa a la FAO: los migrantes «no podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas». Regala una estatua del pequeño Aylan y critica a Trump sobre el acuerdo de París
AP

El Papa Francisco en la sede romana de la FAO

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Pubblicato il 16/10/2017
Ultima modifica il 16/10/2017 alle ore 11:50
IACOPO SCARAMUZZI
ROMA

«Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable». El Papa Francisco visita la sede de la FAO (Food and Agriculture Organization de la ONU) y, en un largo discurso en español, hace un llamado a una mejor distribución alimenticia en el mundo, subrayando que «reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente». Una estocada implícita del Papa a Donald Trump, en relación con el acuerdo del clima de París, del que «por desgracia, algunos se están alejando», y una exhortación a «buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático». Un fuerte llamado a favor de las personas que migran huyendo del hambre: «No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas», dijo Francisco, quien pidió a la diplomacia no «atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del “arte de lo posible” a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad». Apoyando el pacto mundial promovido por la ONU para una migración segura, regular y ordenada, el Papa regaló a la sede romana de la FAO una estatua del pequeño refugiado sirio Aylan, que murió en una playa sin poder concluir su viaje hacia Europa. «¿Sería exagerado —se preguntó— introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia?»

 

« Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable», dijo Francisco acusando las «especulaciones» sobre los recursos alimenticios, que «favorecen los conflictos y el despilfarro» y hacen que aumente «el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen. Ante esta situación podemos y debemos cambiar el rumbo. Frente al aumento de la demanda de alimentos es preciso que los frutos de la tierra estén a disposición de todos. Para algunos, bastaría con disminuir el número de las bocas que alimentar y de esta manera se resolvería el problema; pero esta es una falsa solución si se tiene en cuenta el nivel de desperdicio de comida y los modelos de consumo que malgastan tantos recursos. Reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente».

 

 

Después de haberse referido a la decisión de crear la FAO, el 16 de octubre de 1945, el Papa afirmó que hay que renovar ese compromiso que le dio nacimiento en la actualidad, porque «la realidad actual reclama una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los frutos de la tierra ―esto debería darse por descontado―, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan y en la realización de las propias aspiraciones, sin tener que separarse de sus seres queridos». Y aunque ahora la cooperación está «cada vez más condicionada por compromisos parciales, llegando incluso a limitar las ayudas en las emergencias», es muy urgente «encontrar nuevos caminos para transformar las posibilidades de que disponemos en una garantía que permita a cada persona encarar el futuro con fundada confianza, y no sólo con alguna ilusión».

 

Así, el escenario «de las relaciones internacionales manifiesta una creciente capacidad de dar respuestas a las expectativas de la familia humana, también con la contribución de la ciencia y de la técnica, las cuales, estudiando los problemas, proponen soluciones adecuadas. Sin embargo, estos nuevos logros no consiguen eliminar la exclusión de gran parte de la población mundial: ¿cuántas son las víctimas de la desnutrición, de las guerras, de los cambios climáticos? ¿Cuántos carecen de trabajo o de los bienes básicos y se ven obligados a dejar su tierra, exponiéndose a muchas y terribles formas de explotación?».

 

«La relación entre el hambre y las migraciones —afirmó duramente el Papa— sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema. A este respecto, los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: los conflictos y los cambios climáticos».

 

«¿Cómo se pueden superarlos conflictos?», se preguntó Francisco. Antes que nada, respondió, refiriéndose, por ejemplo, a «poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas. Se necesita —indicó Jorge Mario Bergoglio— buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?».

 

En relación con los cambios climáticos, afirmó el Papa, «vemos sus consecuencias todos los días. Gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se han de afrontar los problemas; y la comunidad internacional ha ido elaborando también los instrumentos jurídicos necesarios, como, por ejemplo, el Acuerdo de París, del que, por desgracia, algunos se están alejando —dijo el Papa refiriéndose evidentemente al presidente de los Estados Unidos Donald Trump. Sin embargo, reaparece la negligencia hacia los delicados equilibrios de los ecosistemas, la presunción de manipular y controlar los recursos limitados del planeta, la avidez del beneficio. Por tanto, es necesario esforzarse en favor de un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que continuarán recayendo sobre las personas más pobres e indefensas. Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir “otro lo hará”».

 

 

«Por eso —continuó—, me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término «humanitario», tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales. Es menester que la diplomacia y las instituciones multilaterales alimenten y organicen esta capacidad de amar, porque es la vía maestra que garantiza, no sólo la seguridad alimentaria, sino la seguridad humana en su aspecto global. No podemos actuar sólo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad se limita a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco. Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario».

 

La comunidad internacional, explicó Francisco, tiene consciencia sobre el peligro de las armas de destrucción masiva, pero «¿somos igualmente conscientes de los efectos de la pobreza y de la exclusión?», preguntó. «¿Cómo detener a personas dispuestas a arriesgarlo todo, a generaciones enteras que pueden desaparecer porque carecen del pan cotidiano, o son víctimas de la violencia o de los cambios climáticos? Se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida. No podrán ser detenidas —afirmó— por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Sólo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las Instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad. Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad».

 

 

«Aquí —añadió con énfasis el Pontífice— permitidme que me una al debate sobre la vulnerabilidad, que causa división a nivel internacional cuando se habla de inmigrantes. Vulnerable es el que está en situación de inferioridad y no puede defenderse, no tiene medios, es decir sufre una exclusión. Y lo está obligado por la violencia, por las situaciones naturales o, aún peor, por la indiferencia, la intolerancia e incluso por el odio. Ante esta situación, es justo identificar las causas para actuar con la competencia necesaria. Pero no es aceptable que, para evitar el compromiso, se tienda a atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del “arte de lo posible” a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad. Lo deseable es que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada, que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas».

 

«Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: “Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados”», dijo el Papa. «Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión. El yugo de la miseria generado por los desplazamientos muchas veces trágicos de los emigrantes puede ser eliminado mediante una prevención consistente en proyectos de desarrollo que creen trabajo y capacidad de respuesta a las crisis medioambientales. Es verdad, la prevención cuesta mucho menos que los efectos provocados por la degradación de las tierras o la contaminación de las aguas, flagelos que azotan las zonas neurálgicas del planeta, en donde la pobreza es la única ley, las enfermedades aumentan y la esperanza de vida disminuye».

 

El Papa concluyó expresando su deseo (que suscitó una ovación entre los que escuchaban su discurso), de que «cada uno descubra, en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana».

 

El Papa había visitado la FAO en 2014 y ahora volvió para participar en la Jornada Mundial de la Alimentación, dedicada en esta ocasión al tema: «Cambiar el futuro de la migración. Invertir en seguridad alimenticia y en el desarrollo rural». Francisco llegó poco antes de las 9 de la mañana, fue recibido por el director general de la FAO, el brasileño José Graziano da Silva, y volvió al Vaticano a las 10.15. Jorge Mario Bergoglio regaló a la sede romana de la FAO una escultura de mármol, del artista italiano Luigi Prevedel, que retrata a Aylan, el pequeño prófugo sirio que se ahogó frente a la playa de Bodrum en Turquía en octubre de 2015, imagen símbolo de la tragedia de las migraciones.


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El Papa en la FAO de Roma. Discurso.

Visita del Santo Padre Francisco a la sede de la FAO en Roma con motivo del Día Mundial de la Alimentación

Esta mañana, el Santo Padre Francesco realizó una visita a la sede de la FAO en Roma con motivo del Día Mundial de la Alimentación este año dedicada al tema: Cambiar el futuro de la migración. Invertir en seguridad alimentaria y desarrollo rural.
Al llegar a las 8:50 a.m., el Papa fue recibido por el Director General de la FAO, José Graziano da Silva, y por el Observador Permanente de la Santa Sede en las Organizaciones y Organismos de las Naciones Unidas para la Alimentación y la  Agricultura (FAO, FIDA, PMA),  el Rev. Mons. Fernando Chica Arellano.
En el vestíbulo se descubrió la escultura que el Santo Padre  ha regalado a  la FAO.
Después, el Papa mantuvo un  breve encuentro en la Sala de China con el Director General, con el Director General Adjunto , Daniel Gustafson, y con el Jefe del Gabinete, Mario Lubetkin. Al final, firmó en el Libro de Honor. El Papa fue al segundo piso del edificio, donde  saludó en la Sala del Caribe al Presidente de Madagascar y al  ministro de Asuntos Exteriores de Madagascar, así como a los ministros de Agricultura de Madagascar, Italia,  Canadá,  Francia y Estados Unidos, al subsecretario de Medio Ambiente de Gran Bretaña,  al secretario de Agricultura de Alemania,  al Comisario Europeo de Agricultura , al Comisario de Agricultura de la Unión Africana, al Ministro de Exteriores de México, al Embajador de Japón en la FAO, al Presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola y al Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos.
A las 9.15 horas, en el Salón de Plenos, después de la apertura de la sesión por el Sr. Enrique Yeves, la proyección de  un vídeo sobre el tema del Día Mundial de la Alimentación y las palabras de apertura del Director General, José Graziano da Silva , el Papa pronunció  su discurso. Al final, el moderador declaró  suspendida la sesión y  el Santo Padre Francesco salió de la sala. Luego se despidió de la sede de la FAO y a las 10.15 regresó al Vaticano.
Sigue el discurso pronunciado por el Santo Padre Francisco durante la apertura del encuentro en el Salón de Plenos:

Discurso del Santo Padre
Señor Director General,
Distinguidas autoridades
Señoras y Señores:
Agradezco la invitación y las palabras de bienvenida que me ha dirigido el Director General, profesor José Graziano da Silva, y saludo con afecto a las autoridades que nos acompañan, así como a los Representantes de los Estados Miembros y a cuantos tienen la posibilidad de seguirnos desde las sedes de la FAO en el mundo.
Dirijo un saludo particular a los Ministros de agricultura del G7 aquí presentes, que han finalizado su Cumbre, en la que se han discutido cuestiones que exigen una responsabilidad no sólo en relación al desarrollo y a la producción, sino también con respecto a la Comunidad internacional en su conjunto.
1.     La celebración de esta Jornada Mundial de la Alimentación nos reúne en el recuerdo de aquel 16 de octubre del año 1945 cuando los gobiernos, decididos a eliminar el hambre en el mundo mediante el desarrollo del sector agrícola, instituyeron la FAO. Era aquel un período de grave inseguridad alimentaria y de grandes desplazamientos de la población, con millones de personas buscando un lugar para poder sobrevivir a las miserias y adversidades causadas por la guerra.
A la luz de esto, reflexionar sobre los efectos de la seguridad alimentaria en la movilidad humana significa volver al compromiso del que nació la FAO, para renovarlo. La realidad actual reclama una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los frutos de la tierra ―esto debería darse por descontado―, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan y en la realización de las propias aspiraciones, sin tener que separarse de sus seres queridos.
Ante un objetivo de tal envergadura lo que está en juego es la credibilidad de todo el sistema internacional. Sabemos que la cooperación está cada vez más condicionada por compromisos parciales, llegando incluso a limitar las ayudas en las emergencias. También las muertes a causa del hambre o el abandono de la propia tierra son una noticia habitual, con el peligro de provocar indiferencia. Nos urge pues, encontrar nuevos caminos para transformar las posibilidades de que disponemos en una garantía que permita a cada persona encarar el futuro con fundada confianza, y no sólo con alguna ilusión.
El escenario de las relaciones internacionales manifiesta una creciente capacidad de dar respuestas a las expectativas de la familia humana, también con la contribución de la ciencia y de la técnica, las cuales, estudiando los problemas, proponen soluciones adecuadas. Sin embargo, estos nuevos logros no consiguen eliminar la exclusión de gran parte de la población mundial: cuántas son las víctimas de la desnutrición, de las guerras, de los cambios climáticos. Cuántos carecen de trabajo o de los bienes básicos y se ven obligados a dejar su tierra, exponiéndose a muchas y terribles formas de explotación. Valorizar la tecnología al servicio del desarrollo es ciertamente un camino a recorrer, a condición de que se lleguen a concretar acciones eficaces para disminuir el número de los que pasan hambre o para controlar el fenómeno de las migraciones forzosas.
2.     La relación entre el hambre y las migraciones sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema. A este respecto, los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: los conflictos y los cambios climáticos.
¿Cómo se pueden superar los conflictos? El derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente, evitando que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social. Pensemos en las poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas. Se necesita buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?
En cuanto a los cambios climáticos, vemos sus consecuencias todos los días. Gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se han de afrontar los problemas; y la comunidad internacional ha ido elaborando también los instrumentos jurídicos necesarios, como, por ejemplo, el Acuerdo de París, del que, por desgracia, algunos se están alejando. Sin embargo, reaparece la negligencia hacia los delicados equilibrios de los ecosistemas, la presunción de manipular y controlar los recursos limitados del planeta, la avidez del beneficio. Por tanto, es necesario esforzarse en favor de un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que continuarán recayendo sobre las personas más pobres e indefensas. Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir «otro lo hará».
Pienso que estos son los presupuestos de cualquier discurso serio sobre la seguridad alimentaria relacionada con el fenómeno de las migraciones. Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable. Las recientes previsiones formuladas por vuestros expertos contemplan un aumento de la producción global de cereales, hasta niveles que permiten dar mayor consistencia a las reservas mundiales. Este dato nos da esperanza y nos enseña que, si se trabaja prestando atención a las necesidades y al margen de las especulaciones, los resultados llegan. En efecto, los recursos alimentarios están frecuentemente expuestos a la especulación, que los mide solamente en función del beneficio económico de los grandes productores o en relación a las estimaciones de consumo, y no a las reales exigencias de las personas. De esta manera, se favorecen los conflictos y el despilfarro, y aumenta el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen.
3.     Ante esta situación podemos y debemos cambiar el rumbo (cf. Enc. Laudato si’, 53; 61; 163; 202). Frente al aumento de la demanda de alimentos es preciso que los frutos de la tierra estén a disposición de todos. Para algunos, bastaría con disminuir el número de las bocas que alimentar y de esta manera se resolvería el problema; pero esta es una falsa solución si se tiene en cuenta el nivel de desperdicio de comida y los modelos de consumo que malgastan tantos recursos. Reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente.
Por eso, me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término «humanitario», tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales. Es menester que la diplomacia y las instituciones multilaterales alimenten y organicen esta capacidad de amar, porque es la vía maestra que garantiza, no sólo la seguridad alimentaria, sino la seguridad humana en su aspecto global. No podemos actuar sólo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad se limita a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco. Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario.
El compromiso de la diplomacia nos ha demostrado, también en recientes acontecimientos, que es posible detener el recurso a las armas de destrucción masiva. Todos somos conscientes de la capacidad de destrucción de tales instrumentos. Pero, ¿somos igualmente conscientes de los efectos de la pobreza y de la exclusión? ¿Cómo detener a personas dispuestas a arriesgarlo todo, a generaciones enteras que pueden desaparecer porque carecen del pan cotidiano, o son víctimas de la violencia o de los cambios climáticos? Se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida. No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Sólo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las Instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad. Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad.
Aquí permitidme que me una al debate sobre la vulnerabilidad, que causa división a nivel internacional cuando se habla de inmigrantes. Vulnerable es el que está en situación de inferioridad y no puede defenderse, no tiene medios, es decir sufre una exclusión. Y lo está obligado por la violencia, por las situaciones naturales o, aún peor, por la indiferencia, la intolerancia e incluso por el odio. Ante esta situación, es justo identificar las causas para actuar con la competencia necesaria. Pero no es aceptable que, para evitar el compromiso, se tienda a atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del «arte de lo posible» a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad.
Lo deseable es que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada, que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas.
4. Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: «Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados». Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión.
El yugo de la miseria generado por los desplazamientos muchas veces trágicos de los emigrantes puede ser eliminado mediante una prevención consistente en proyectos de desarrollo que creen trabajo y capacidad de respuesta a las crisis medioambientales. Es verdad, la prevención cuesta mucho menos que los efectos provocados por la degradación de las tierras o la contaminación de las aguas, flagelos que azotan las zonas neurálgicas del planeta, en donde la pobreza es la única ley, las enfermedades aumentan y la esperanza de vida disminuye.
Son muchas y dignas de alabanza las iniciativas que se están poniendo en marcha. Sin embargo, no bastan, urge la necesidad de seguir impulsando nuevas acciones y financiando programas que combatan el hambre y la miseria estructural con más eficacia y esperanzas de éxito. Pero si el objetivo es el de favorecer una agricultura diversificada y productiva, que tenga en cuenta las exigencias efectivas de un país, entonces no es lícito sustraer las tierras cultivables a la población, dejando que el land grabbing (acaparamiento de tierras) siga realizando sus intereses, a veces con la complicidad de quien debería defender los intereses del pueblo. Es necesario alejar la tentación de actuar en favor de grupos reducidos de la población, como también de utilizar las ayudas externas de modo inadecuado, favoreciendo la corrupción, o la ausencia de legalidad.
La Iglesia Católica, con sus instituciones, teniendo directo y concreto conocimiento de las situaciones que se deben afrontar o de las necesidades a satisfacer, quiere participar directamente en este esfuerzo en virtud de su misión, que la lleva a amar a todos y le obliga también a recordar, a cuantos tienen responsabilidad nacional o internacional, el gran deber de afrontar las necesidades de los más pobres.
Deseo que cada uno descubra, en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana.
Muchas gracias.


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El hambre en el mundo. Consideraciones del Observador permanente de la Santa Sede en la FAO.

El Observador permanente de la Santa Sede ante la FAO sobre el reto HAMBRE CERO 2030: “Tenemos que invertir en paz”

2017-10-16 Radio Vaticana

Hoy, 16 de octubre, el Papa Francisco ha visitado la Sede romana de la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, convirtiéndose en su segunda visita desde que está en el Pontificado. Y lo hace en el día en el que se celebra la Jornada Mundial de la Alimentación. Con ocasión de esta visita del Papa, en Radio Vaticana entrevistamos a Monseñor Fernando Chica Arellano, el Observador permanente de la Santa Sede ante la FAO.

Monseñor Fernando Chica habla acerca del reto del HAMBRE CERO, una iniciativa de la FAO que pretende para el 2030 erradicar el hambre en el mundo, asegurando que: “este reto últimamente se está complicando”. El 15 de septiembre pasado tras el conocimiento de unos “datos alarmantes” el Observador permanente afirma que “el hambre está repuntando en el mundo”.

“Llevábamos tres lustros en descenso y ahora estamos en 815 millones de hambrientos, esto quiere decir que hemos crecido 38 millones de hambrientos más en pocos meses, lo cual nos está informando que si no cambiamos el rumbo y las cifras se invierten, será bastante complicado alcanzar este reto de HAMBRE CERO para 2030″ explica en los micrófonos de Radio Vaticana.

Además, Monseñor Fernando Chica cita las claves para que entre todos podamos ayudar a que este reto se cumpla, considerando que en primer lugar debemos “convencernos”: “todos podemos ayudar, nadie sobra ni nadie puede darse por evadido a la hora de plantarle cara al hambre”. También invita a conjugar el verbo “querer”: “Esta lacra no es cuestión de que la erradiquen los Gobiernos y las Organizaciones Internacionales” asegura, si no que “es entre todos que podemos derrotar el hambre y para ello basta querer”. Por último invita a conjugar el verbo “compartir”. No desperdiciar alimentos, aumentar lo que dedicamos a la solidaridad para con los más pobres o no tirar nada de lo que hay en la mesa son otras de las iniciativas a las que nos empuja para ayudar a alcanzar el hambre cero en 2030.

La Jornada Mundial de la Alimentación coincide este año 2017 con el momento en el que más personas han sido forzadas a huir de sus hogares desde la II Guerra Mundial debido al aumento de los conflictos y la inestabilidad política que en muchas partes del mundo se está viviendo. Fernando Chica asegura en los micrófonos de Radio Vaticana que “nadie quiere dejar su tierra por gusto”, y es por ello que el aumento de la violencia, de los conflictos, sobre todo el incremento de los desastres naturales “aumenta el hambre y con el hambre se aumentan las grandes bolsas de migración forzada”. Además, continúa, si queremos derrotar el hambre “tenemos que invertir en paz”.

Asimismo, en relación a una afirmación hecha por la FAO en la que se lee que “hoy día hay suficientes alimentos en el mundo para que cada ser humano lleve una vida sana y productiva” , Monseñor explica cuáles son los problemas que dificultan que esos alimentos lleguen a las manos de todos: “La paradoja es realmente triste, hay comida para todos pero no todos pueden comer”, y continúa: “podemos acabar con el hambre si invertimos más en justicia, en igualdad, si facilitamos que en el hemisferio sur los alimentos no se pierdan”. “Los alimentos se producen, pero por falta de infraestructuras, de locales donde almacenarlos, de carreteras viables, estos alimentos no llegan a la mesa del consumidor”. Aunque no se trata únicamente del hemisferio sur, ya que en el hemisferio norte los alimentos “tampoco llegan como se debiera”, porque muchas veces en el hemisferio norte “hay un lujo, un desperdicio, un despilfarro que hace que los alimentos se queden rescindidos a unas pocas bocas y haya muchas que no tengan el alimento que precisan cada día” concluye.

(Mireia Bonilla – Radio Vaticano)


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FAO: importancia de las zonas rurales.

Las zonas rurales son clave para el crecimiento económico de los países en desarrollo, dice la FAO.

Agricultores en la República Democrática del Congo. Foto: FAO/Olivier Asselin

09 de octubre, 2017 — Las áreas rurales tienen un gran potencial de crecimiento económico vinculado a la producción alimentaria en los países en desarrollo y los jóvenes no deberían tener que salir del campo para obtener empleo, asegura un nuevo informe de la FAO.

El Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2017revela que entre 2015 y 2030 el número de personas entre 15 y 24 años aumentará unos 100 millones, principalmente en África subsahariana.

Sin embargo, en muchos países en desarrollo, el crecimiento de los sectores industriales y de servicios se ha quedado rezagado, y éstos serán incapaces de absorber a los nuevos demandantes de empleo que van a incorporarse al mercado laboral.

Es por ello que la FAO asegura que se necesita una profunda transformación del sector rural para aprovechar su potencial, no sólo de proveer alimentos para una población creciente, pero también para generar empleo.

“Se está reduciendo la proporción de la población empleada en la agricultura y mucha gente se está moviendo hacia los empleos informales de baja calificación en el sector de los servicios. La capacidad de crear empleo es limitada, de manera que el empleo no representa una oportunidad de salir de la pobreza para muchos”, asegura Marco Sanchez Cantillo, director adjunto de la División de Economía del Desarrollo Agrícola de la FAO.

Cantillo asegura que cada vez más habitantes de las zonas rurales se trasladarán a las ciudades y correrán el riesgo de sumarse a la población urbana pobre, en lugar de hallar un futuro mejor. Sin embargo, si se invierte en el sector de la agricultura, la urbanización puede convertirse una oportunidad.

“La urbanización representa una gran oportunidad para las áreas rurales, el 70% de los alimentos producidos en el mundo se consumen en las zonas urbanas del mundo. Para muchos agricultores la creciente demanda de alimentos podría resultar una gran oportunidad, quizá más importante que las exportaciones. Vincular a estos productores con estos nuevos mercados domésticos que van a tener a crecer, va a ser crucial para la reducción de la pobreza”, agregó.

El estudio de la FAO establece tres líneas de acción para transformar el sector agrícola positivamente, que abarcan desde políticas públicas hasta la inversión en infraestructura que conecte los sectores rurales y urbanos de una manera más eficaz.

“La clave está en invertir en las áreas rurales pero teniendo en cuenta como estas áreas están conectadas o como debería estarlo en caso de que no lo estén, con los centros urbanos aledaños. En el reporte se propone una combinación balanceada de desarrollo de infraestructura con intervenciones de política a través del espectro urbano-rural. Está claro que se necesita infraestructura tanto para la cadena de valor alimentaria como para conectar las ciudades rurales con los pueblos aledaños”, dijo Cantillo.


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Ayuda humanitaria a los yemenitas víctimas de la guerra

Más de 600.000 yemenitas se beneficiarán de nuevo programa de la FAO y el Banco Mundial

Una nña desnutrida es atendida por un médico en Yemen. Foto: UNICEF/Almang

03 de octubre, 2017 — El Banco Mundial y el Fondo de la ONU para la Agricultura (FAO) lanzaron una iniciativa de 36 millones de dólares que proporcionará ayuda inmediata a 630.000 yemenitas que sufren de pobreza e inseguridad alimentaria y apoyará el sector de la agricultura a largo plazo.

Actualmente Yemen experimenta la peor crisis humanitaria del mundo con más de 17 millones de personas que padecen inseguridad alimentaria grave. El conflicto en curso afecta críticamente el sector agrícola y ha tenido un impacto devastador en la nutrición y los medios de vida de los yemenitas.

El proyecto de la FAO y el Banco Mundial busca, además de entregar ayuda y suministros de manera inmediata, rehabilitar los sistemas hídricos para aumentar la producción, los ingresos y la nutrición de los agricultores en 21 de los distritos más pobres y afectados por la guerra.

Los campesinos sin tierra o con pocos recursos, así como los hogares encabezados por mujeres, serán la prioridad de la iniciativa.

“Dado que la agricultura es uno de los sectores económicos más importantes en Yemen, la reactivación de las actividades agrícolas aumentará el acceso de la población a los alimentos, así como las actividades generadoras de ingresos, lo que significa una mayor seguridad alimentaria”, declaró Abdessalam Ould Ahmed, subdirector general de la FAO y representante regional para el Medio Oriente y el Norte África.

El proyecto tendrá una duración de tres años y será financiado en su totalidad por el Programa Global de Seguridad Alimentaria para la Agricultura del Banco Mundial.