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Próxima elección de obispos en Chile? Comentario del jesuita Jorge Costadoat

Próxima elección de obispos

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(Jorge Costadoat, SJ).-

A estas alturas  es más que probable que dentro de muy poco Juan Barros dejará de ser obispo de Osorno. Los osorninos habrán podido representar a muchos católicos chilenos que piensan que ningún obispo debiera serles impuesto. Esta situación, podrá volver a ser posible en casos similares y aunque no deseable nos deja muchas lecciones.

En este momento en que los obispos chilenos se aprontan a encontrarse con el Papa Francisco, para reflexionar en conjunto los hechos  y establecer un plan de acción, surgen dos preguntas. Una es por la idoneidad de quienes serán nombrados obispos en reemplazo de los que eventualmente dejarán el cargo. Estos pueden llegar a ser nueve en un plazo relativamente breve. Preocupa quiénes llegarán a serlo. ¿Qué obispos nuevos podrán echarse sobre los hombros el peso de la masiva desconfianza de los fieles en sus autoridades? Estas, precisamente, han perdido autoridad. Hoy no basta la investidura. El común de los bautizados es mucho más crítico. Espera que los sacerdotes den cuenta de sus dichos y de sus actos.

A efectos de elegir a los nuevos obispos, convendría elaborar un perfil de los candidatos de acuerdo a la realidad en la que se está. A mi parecer, las personas podrían tener al menos estas tres características. Han de ser sujetos con una capacidad de conectarse emocional y culturalmente con todas las generaciones. Esta empatía no tiene por qué ser mera simpatía, sino aptitud para entender por dentro a la gente de esta época  y su cultura, y compadecerse con los más diversos sufrimientos humanos. Por lo mismo, segunda característica, se requiere sujetos con una sólida formación como para tener una visión amplia que permita usar la enseñanza tradicional de la Iglesia para ayudar a las personas y no para oprimirlas con ella. Estas dos características se requieren conjuntamente. No puede ser que los obispos  se perciban como alejados del sentir y del pensar de los católicos. La tercera característica necesaria será la credibilidad. Los obispos deben ser fiables. Si a los católicos no les son confiables, en las actuales circunstancias de crisis de “fe”, carecerán de un requisito indispensable. La fe en el cristianismo se transmite  por testimonio de  personas que acreditan que Dios, que nunca falla, les ha cambiado la vida. La empatía y la formación intelectual, en el caso de las autoridades eclesiásticas, cumplen su función cuando estas tienen algo que enseñar porque lo han aprendido de una experiencia del amor y del perdón de Dios.

La segunda pregunta de suma importancia en el presente y para el futuro, es quién elegirá a los obispos y cómo se hará dicha elección. En la actualidad la hacen los papas. Si Francisco hubiera escuchado a los obispos chilenos, en vez de oír a quienes lo desinformaron, la situación de Barros no habría llegado a mayores. Pero, independientemente de este grueso error del Papa, el problema es la legislación eclesiástica que concede un poder casi absoluto a los pontífices. El caso es que Francisco, en estos momentos, carece de la institucionalidad adecuada para informarse acerca de unas nueve personas que podrán ser obispo. Si en el nombramiento de Barros las presiones para mantenerlo y para bajarlo han sido enormes, la elección de los próximos nombres podría ser caótica.

Podría ser caótica porque el proceso de información necesario para nombrar los nuevos obispos no da abasto. ¿En quién confiará el Papa para nombrar a los nuevos obispos? El actual nuncio tiene enorme responsabilidad en la situación creada. Es de esperar que Scapolo no intervenga en nada. Los obispos chilenos, en gran medida inocentes del “caso Barros”, también se encuentran desacreditados. ¿Le creerá Francisco a unos y no a otros? ¿Quién es quién? El Papa puede resolver el problema “a la personal”, con lo cual arriesga reincidir en la práctica que ha generado esta crisis.

Esto me hace pensar en la posibilidad de que Francisco nombre a una persona de suma confianza –como hizo con Scicluna- que monte un mecanismo ad hoc para reunir la información necesaria y para que ayude a evaluarla. En muchas instituciones existen comités de búsqueda que cumplen esta función. Conozco los mecanismos de la Universidad Católica y de la Universidad Alberto Hurtado. Funcionan muy bien. La máxima autoridad de la universidad realiza la nominación de los rectores después de haber oído a todos los estamentos y haber reunido todo tipo de antecedentes. ¿No tendrán nada que decir en la elección de los próximos nuevos obispos chilenos los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y las laicas? Los jóvenes, ¿no pudieran ayudar a forjar el perfil de obispo que se necesita?

Nullus invitis detur episcopus,  sostenía el Papa Celestino, es decir “que no haya  ningún obispo impuesto”. Tal vez el “caso chileno” abra las puertas a una iglesia más democrática. La actual se asfixia por escasa participación de sus integrantes.

Jorge Costadoat, S.J.   –   Teólogo

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Por qué la equivocación del Papa en la cuestión de la pederastia de Chile?

 temblor o terremoto en el episcopado chileno?

El Papa habló: ¿habrá temblor o terremoto en el episcopado chileno?

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Se pronunció el Papa: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”.

Continúa la carta enviada ayer por Francisco a los obispos chilenos: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. El Papa acierta en el tono y en el fondo. Pero, sobre todo, abre la esperanza de una solución a la crisis del episcopado chileno y de una recuperación de la confianza en él de parte de los católicos y de los chilenos en general. Aun así, todo lo ocurrido, que por cierto aun no acaba, deja planteados problemas sin resolver que afectan a la iglesia en todas partes del mundo y que, en lo inmediato, a la iglesia chilena le han costado demasiado caro.

Vamos por orden. ¿Quiénes informaron mal al Papa como para haber nombrado y mantenido en el cargo al obispo Juan Barros? ¿Quién no le hizo saber con fuerza y claridad que la situación de los abusos sexuales y de conciencia del clero en Chile, especialmente los ocurridos en el círculo del P. Fernando Karadima, han estremecido al país? Por la información que tenemos, no han sido Monseñor Ezzati ni Monseñor Silva, últimos presidentes de la conferencia, ni la conferencia misma, ni muchos obispos más. ¿Quiénes fueron entonces? Talvez fue Monseñor Francisco Javier Errázuriz.  No lo sabemos. Pero él ha debido informar correctamente al Papa y Francisco ha debido escucharle con más atención que a otros, porque lo conoce bien y es uno de los nueve consejeros más estrechos que tiene. ¿Ha sido el nuncio, Monseñor Scapolo, quien lo informó deficientemente? Hemos de suponer que el Papa también ha debido confiar en él. Del nuncio ha dependido en gran medida el nombramiento de Barros. En eso consiste su cargo. Si al Nuncio lo pasaron a llevar en el nombramiento de Barros, ¿quién lo hizo? ¿Por qué Scapolo aceptó que lo hicieran?

El Papa espera juntarse nuevamente con los obispos chilenos en Roma y suponemos que, en esta ocasión, se solucionarán los problemas que hayan de solucionarse. Es casi evidente que el obispo Barros tendrá que dejar el cargo. Pero, ¿solo él? ¿Qué información le llegó a Francisco en el informe de Scicluna que pudiera servir al episcopado para zafarse de la situación penosa en que se encuentra? La salida de Barros, a estas alturas, es una solución de poca monta. El problema del episcopado chileno es antiguo y mucho mayor. Si no lo fuera, Barros no sería obispo de Osorno.

A mi entender la incomunicación en la iglesia es el problema número uno. Esta incomunicación tiene diversos planos. En el plano más profundo, existe una distancia gigante de mentalidad entre las autoridades y la inmensa mayoría de los católicos. Los católicos, entre ellos muchos sacerdotes, no nos sentimos culturalmente representados por los obispos. Entendemos el Evangelio en registros culturales diferentes. El tema emblemático es la situación de la mujer. Una comprensión razonable del Evangelio hoy, daría a ella el lugar de dignidad que la actual doctrina y la organización clerical le desconocen. Son muchos otros los asuntos pendientes. No me puedo alargar.

En lo inmediato, la incomunicación entre el Papa y los católicos se ha expresado a propósito del nombramiento de un obispo, pero atañe por parejo al nombramiento de todos los obispos. ¿Por qué estos nombramientos dependen principalmente del nuncio? ¿Por qué los hace en última instancia el Papa?

Creo que llega la hora en que las iglesias locales tengan una palabra decisiva en la elección de sus autoridades. Los laicos también tendrían que tener más de un voto. Y, por cierto, derecho a veto, como lo han ejercido los osorninos. No puede ser que los obispados “se consigan” en la corte vaticana tras años de escalamientos, paleteadas y cocktailes en las embajadas. ¿Cuánto han influido en los nombramientos de obispos las famosas cartas del temible Cardenal Medina?

El problema es todavía mayor. Llega la hora de que las iglesias regionales dejen de depender tanto de la iglesia de Roma. El Papa tiene por misión unir a las iglesias y representar la unidad de la Iglesia de Cristo. Pero constituye un exceso intolerable –además de perjudicial- que pretenda gobernarlas a todas. El modelo de la monarquía absoluta adoptado por Iglesia católica los años de Carlos III y Luis XIV no da para más. A los católicos nos falta democracia y, bajo algunos aspectos, respeto a los derechos humanos dentro de la misma iglesia. Falta rendición de cuentas (accountability). ¿Quién le responde al pueblo de Dios? Los católicos viven desinformados. Todo se resuelve a sus espaldas y en secreto.

Los católicos de Osorno nos llevan la delantera. Queda mucho por andar.

Jorge Costadoat, S.J.


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Una valoración de la visita del Papa a Chile. Opinión del jesuita Costadoat

No estamos solos

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(Jorge Costadoat, S.J.).-

La despedida del Papa en Chile, a muchos católicos, nos ha dejado helados. No sin algún fundamento podemos pensar que sus últimas palabras de defensa del obispo Barros han sido calculadas. El viaje ha sido programado en todos sus detalles. Francisco ha procurado no fallar  un solo tiro.

Por cierto, sus discursos y homilías han sido magníficos. ¡Qué diferencia con el lenguaje eclesiástico modoso e intrascendente! Francisco ha ido al hueso. Se focalizó en los pobres. Tocó los temas difíciles, dijo cosas nuevas. Nos abrió el corazón. Lloró con las víctimas de los abusos sexuales de los ministros de la Iglesia por los cuales reconoció sentir “dolor y vergüenza”. Sin embargo,  a muchos su visita nos ha dejado un sabor muy amargo.

Lo digo yo –se me perdone que hable de mí – que he escrito dos libros sobre el Papa, ayudando a la renovación de la Iglesia que él ha impulsado. No puedo juzgar intenciones. Me falta además mucha información como para formarme un juicio cabal de lo que sucede en el episcopado chileno. (Pero puedo imaginar que en la conferencia el desconcierto pueda ser mayor que el mío).  Con los datos que tengo, especialmente después de conocer la carta del mismo Papa al Comité Permanente sobre la intención de sacar de sus cargos a los tres obispos de Karadima (2015), concluyo que no entiendo nada.

 Otros tan o más perplejos que yo me piden mi opinión. ¿Qué puedo decir? La perplejidad es parte de la vida. Ante ella no hay que desesperar. Las aguas están muy revueltas para ver con claridad y, más aún, para tomar decisiones. Es más, está tan agitado el mar que es casi seguro que nos equivocaremos si actuamos con prisa.

A quienes me preguntan les respondo como lo hago conmigo mismo. Tal vez esta tremenda frustración sea el principio de un futuro nuevo para la iglesia chilena. Se me cruza por la mente la idea de una Iglesia que espera menos del clero y muchos más de los bautizados y las bautizadas. Una de las taras del clericalismo que el mismo Francisco combate es su falta total de imaginación. Es pura estrategia. ¿Y si los muchos que rezamos “venga a nosotros tu reino” comenzáramos a practicarlo  antes que la nave zozobre?

Lo que para muchos puede constituir un viaje fracasado del Papa, puede convertirse en el comienzo de algo por fin mejor. Tal vez sea cosa de quererlo  y de inventarlo. ¿No habrá llegado la hora de dejar de pedirle peras al olmo, de cesar de lloriquear y de actuar como si nos hubieran dejado completamente abandonados?

Jorge Costadoat, S.J.

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Chile ante la próxima visita del Papa

La Iglesia Católica en pausa

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(Jorge Costadoat, SJ).-

La Iglesia Católica en Chile se prepara a la venida del Papa. ¿Será importante su visita? Suponemos que sí. Pero, ¿será decisiva? Es decir, ¿podrá marcar un antes y un después? Urge que así sea.

Vista la Iglesia a la distancia de los últimos sesenta años, distingo dos grandes etapas, y espero una tercera. Desde 1961 hasta 1991, su planteamiento pastoral puede ser denominado “Catolicismo Social”. Esta larga etapa, a su vez, tuvo dos períodos. El primero, antecedido por la atención que la jerarquía católica puso a la “cuestión social” desde el siglo XIX, cuyo difusor fue el Padre Hurtado, tuvo por hito el impulso de la reforma agraria. Precisamente el año 1961 el episcopado decidió motivarla con la cesión de las propiedades de las diócesis, iniciativa concretada de un modo emblemático por don Manuel Larraín y el Cardenal Silva Henríquez.

El segundo período, desde 1973 hasta 1991, la jerarquía católica, los sacerdotes y las religiosas, laicos y laicas cristianos y creyentes en la parábola del buen samaritano, se abocaron a la defensa de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos, personas ejecutadas, desaparecidas, torturadas, y al acompañamiento y cuidado de sus familiares. El ícono de estos años fue la Vicaría de la Solidaridad. La Iglesia Católica chilena interpretó el Evangelio como nunca lo había hecho en su historia. También por estos años, a instancias del obispo Juan Francisco Fresno, ella convocó al Acuerdo nacional que tuvo por objeto luchar para recuperar la democracia. En esta etapa, en sus dos períodos, la postura eclesiástica oficial fue bien acogida por unos, pero resistida por otros. Ya por estos años, sin embargo, se hizo sentir la resistencia de sectores conservadores a las reformas del Concilio Vaticano II. Progresivamente se le quitó el piso a las comunidades eclesiales de base en las que se dio mayor participación a los pobres en la Iglesia y, al mismo tiempo, se fortalecieron movimientos laicales de clase alta que pusieron mucho énfasis en temas de familia y de sexualidad.

Recuperada la democracia, desde 1991 hasta 2017, se abrió una nueva etapa pastoral que puede denominarse “Catolicismo sexual”. La inauguró la carta pastoral de Monseñor Oviedo titulada: “Moral, juventud y sociedad permisiva” (1991). En esta etapa los obispos han denunciado el deterioro de la moralidad en el campo de la sexualidad: se oponen a las experiencias sexuales fuera del matrimonio, a los anticonceptivos, a los preservativos para evitar el sida, a la “píldora del día después”, a la fertilidad asistida, a los textos de enseñanza de educación sexual en los colegios, a la ley de divorcio, a la ley de aborto, a la de ley de unión de parejas del mismo sexo y, ahora último, a la ley de matrimonio homosexual. El resultado de esta etapa es tristísimo. No se ve cómo la Iglesia jerárquica puede estar en contra de la ley de despenalización del aborto en tres causales y, al mismo tiempo, no aceptar la contracepción artificial. Pero nada ha sido peor que, tras haber declarado una crisis moral sexual en la sociedad, hayan salido a la luz pública graves casos de abusos sexuales del clero contra menores de edad y personas frágiles, constatándose a la vez desidia y gestiones de encubrimiento de parte de los superiores jerárquicos y haciendo oídos sordos a las demandas de justicia de las víctimas. Después de veinticinco años, la pérdida de credibilidad en nosotros los sacerdotes ha puesto en grave peligro la transmisión de la fe.

La visita del Papa Francisco, en enero próximo, pudiera marcar el comienzo de una tercera etapa. Esta podría llamarse “Catolicismo socio-ambiental”. Más que una posibilidad, es un deseo personal mío, pero que tiene una sólida base en Laudato si` (2015), la encíclica social más importante desde Rerum novarum (1891). El planeta enfrenta una situación dramática y, en el caso de los más pobres, inminentemente trágica. ¿Qué puede aportar la Iglesia? La encíclica es un cargamento de ideas. A mí parecer, la Iglesia chilena, jerarquía y laicado, debiera capacitarse y, antes de esto, convertirse al Dios de la creación. El país necesita una mística de amor a la tierra. Bien pudiera la Iglesia cultivarla, para luego iniciar a otros en ella. La tradición judeo-cristiano tiene un acervo milenario de experiencias, de intentos y de fracasos, de vías purgativas e iluminativas, de palabras e imágenes, de sentimiento y de arte, todo lo cual pudiera aprovecharse. Necesitamos una mística, es decir, una visión y convicción espiritual, una sensibilidad estética y un compromiso ético con la humanidad y todos los seres que nos hagan gozar con la creación y, en la medida de nuestras pocas fuerzas, cuidarla amorosamente.

Los cristianos no están preparados para esta batalla. En realidad, son parte del problema. Por esto, tendrán que conectarse espiritualmente con el medio ambiente humano y ecológico, reenfocar por completo la educación, generar nuevos estilos de vida y una nueva cultura. Deseo que en esta tercera etapa, la del “Catolicismo socio-ambiental”, los católicos, en humilde colaboración con los otros cristianos, con los fieles de otras religiones, con los seguidores de cualquier idea noble y humanista, anuncien al Jesús olvidado que hablaba de Dios con su experiencia de artesano y en metáforas.

Jorge Costadoat, SJ


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Un Papa latinoamericano. Comentario de Costadoat.

Un Papa Latino Americano

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(Jorge Costadoat, SJ).-

La elección de Jorge Bergoglio como Papa constituye uno de los acontecimientos más extraordinarios en la historia de la Iglesia. Ya había sido único el caso de la renuncia de Benedicto XVI. Primera vez que un Papa dejaba el cargo libremente. Francisco Papa, independientemente de su peculiar personalidad, representa un giro de la Iglesia universal en favor de las iglesias periféricas. Un Papa latinoamericano equivale en cierto sentido a uno africano o asiático.

De aquí que sea relevante ahondar en la índole latinoamericana del Papa Francisco. Lo haremos teniendo presente los signos de los tiempos, la recepción del Concilio Vaticano II en América Latina y el estilo personal de Jorge Bergoglio como pontífice.

1.- SIGNOS DE LOS TIEMPOS

El mayor signo de los tiempos hoy –sobre esto hay pocas dudas- lo constituye la globalización. En palabras de Aparecida:

La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente se los caracteriza como el fenómeno de la globalización. Un factor determinante de estos cambios es la ciencia y la tecnología, con su capacidad de manipular genéticamente la vida misma de los seres vivos, y con su capacidad de crear una red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para interactuar en tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las distancias geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran velocidad a todos los rincones del planeta (Aparecida 34).

El fenómeno, en realidad, es antiguo. El descubrimiento y conquista de América completó, en cierto sentido, el conocimiento que hasta entonces se tenía del globo terráqueo. Desde entonces pudo pensarse en términos mundiales. El mundo tomó conciencia de sí mismo como de una unidad cerrada. Los intercambios entre las distintas zonas aumentaron, hasta ir tejiendo una red de relaciones comerciales, culturales y políticas cada vez más tupida. Hoy la internet es una telaraña que multiplica espectacularmente las relaciones, transformándolas, aligerando los compromisos, y ofreciendo información de todo tipo en cantidades siderales. Esto y aquello en tiempo real. Por otra parte, la catástrofe socio-ambiental en curso es signo aún más claro, por ser aún más universal, de la toma de conciencia del peligro que acosa a la Tierra (LS 19). En la actualidad el centro cultural predominante, la sociedad de mercado gestionada por un capitalismo casi imposible de controlar, incluye y excluye, integra y desintegra, pero en relativamente poco tiempo puede destruir a la vida por parejo. Por lo mismo, el Acuerdo de París (2015) puede convertirse en uno de los acontecimientos más importantes no solo en la historia de la humanidad, sino también del planeta. Comprometerse a que la temperatura media del planeta a fin del siglo XXI no se eleve por encima de los 2 grados centígrados, y que idealmente llegue a solo 1,5 grados, constituye en sí mismo un triunfo de la política global que augura nuevos acuerdos solidarios internacionales.

La Iglesia, por su parte, tiene sus propios signos de los tiempos. El más importante de todos, si damos razón a Karl Rahner, es la constitución de una iglesia mundial. A propósito de la interpretación fundamental del Vaticano II, uno de sus principales teólogos sostuvo años después que en esta ocasión por primera vez la Iglesia actuó, a través del magisterio, con una representación de obispos venidos de todas partes de la tierra. Hasta entonces no había habido más que una versión del cristianismo, la occidental, presente y dominante en los diversos continentes. Desde entonces se hicieron sentir con más fuerza las iglesias locales con sus características propias y una incipiente autonomía. Primera vez en la historia que ha quedado abierta la posibilidad de una inculturación plural del Evangelio. Lo que hasta ahora prevalece con mucha fuerza es la versión judeo-cristiana, greco-latina y germánica occidental.

En palabras del mismo Rahner:

Bajo el respecto teológico, existen en la historia de la Iglesia tres grandes épocas, la tercera de las cuales apenas ha comenzado y se ha manifestado a nivel oficial en el Vaticano II. El primer período, breve, fue el del judeocristianismo; el segundo, de la Iglesia existente en áreas culturales determinadas, a saber, en el área del helenismo y de la cultura y civilización europea. El tercer período es en el cual el espacio vital de la Iglesia, en principio, es todo el mundo.

Rahner quiere mostrar la originalidad de las etapas, pero es consciente de que la historia de la Iglesia puede subdividirse mucho más. Continúa:

Estos tres períodos, que indican tres situaciones fundamentales, esenciales y distintas entre ellas, del cristianismo, de su predicación y de su Iglesia, pueden naturalmente ser subdivididas a su vez de manera muy profunda; así, por ejemplo, el segundo período contiene las cesuras representadas por la transición de la antigüedad al medioevo y la transición de la cultura medieval a la época del colonialismo europeo y del iluminismo.

Lo más interesante es que la tercera gran época de esta división de Rahner ayuda a entender qué está ocurriendo en la Iglesia latinoamericana y por qué la elección de Francisco es tan novedosa. A nuestro parecer, en el postconcilio los latinoamericanos levantaron la cabeza y quisieron pensar por sí mismos, en pocas palabras, ensayaron su mayoría de edad. Lo dice Gustavo Gutiérrez en estos términos: “La teología de la liberación es una de las expresiones de la adultez que comienza a alcanzar la sociedad latinoamericana y la Iglesia presente en ella en las últimas décadas. Medellín tomó acta de esta edad mayor y ello contribuyó poderosamente a su significación y alcance históricos”.

En cuanto a nuestra iglesia continental, el Concilio ha facilitado que ella tome conciencia de la posibilidad de ser adulta. Ya Pío XII había auspiciado el despliegue de iglesias continentales y locales. En América Latina pudo constituirse el Celam, única conferencia episcopal que en el Concilio actuó organizadamente. Medellín (1968), Puebla (1979) y Aparecida (2007) fueron conferencias que nos encaminaron por la senda de la autonomía católica, a saber, una que se nutre de su relación con la iglesia de Roma. Santo Domingo, en cambio, representa un retroceso. Esta conferencia, de hecho, no ha sido bien recibida. Esta conferencia fue intervenida por la curia romana. Y, sin embargo, Santo Domingo (1992) ratificó la opción preferencial por los pobres que, podríamos decir, es el nombre de la recepción latinoamericana del Concilio.

En las otras regiones del mundo ocurre hoy algo semejante. En Oriente, por ejemplo, ha sido muy difícil desarrollar una Iglesia “oriental”. Sin embargo, allí donde los cristianos se encuentran con tradiciones religiosas milenarias e inmensamente mayoritarias, el Concilio ha abierto en ellas su valoración. Según Rahner, esta apertura religiosa ha supuesto un progreso doctrinal:

Pero se puede también decir que, bajo el aspecto doctrinal, el Concilio ha hecho cosas que son de importancia fundamental para una misión de escala mundial: en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas ha abierto por primera vez en la historia del Magisterio eclesiástico la vía a una valoración también positiva de las grandes religiones mundiales.

Rahner hace ver que en documentos claves del Vaticano II la doctrina hizo progresos notables:

Una voluntad salvífica universal y eficaz de Dios que encuentra un único límite en la decisión mala de la conciencia del hombre y en nada más, admitiendo así la posibilidad de una fe salvífica verdadera y propia también fuera de la revelación verbal cristiana, de modo que se han puesto las premisas fundamentales para la misión mundial de la Iglesia, las cuales no existían en la teología precedente.

El Concilio, sin hablar de inculturación –concepto usado con posterioridad- supone que Cristo, a través de su Espíritu, está actuando en todos los pueblos. La Constitución de la Iglesia en el mundo de hoy afirma:

“…esto vale no sólo para los que creen en Cristo, sino aun para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible. Puesto que Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es efectivamente una tan sólo, es decir, la vocación divina, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, lleguen a asociarse a este misterio pascual” (Gaudium et spes, 22).

En suma, el Concilio puso las bases de la que tendría que ser una Iglesia mundial, policéntrica, dirá Juan Bautista Metz. Una iglesia no solo más autónoma, desde el punto de vista del gobierno, sino culturalmente más diversificada. Que Jorge Bergoglio haya llegado a ser papa, representa la valoración que la Iglesia hace de la posibilidad de una iglesia mundial (Rahner).

2.- LA IGLESIA LATINOAMERICANA POST-CONCILIAR

El impacto del Vaticano II en América Latina en los últimos cincuenta años ha sido enorme. Este es el contexto que mejor explica quién es Jorge Bergoglio y, también, en cierto sentido, por qué ha podido llegar a ser Papa.

Pocas iglesias parecieron estar mejor preparadas que la de América Latina para asimilar tan positivamente el Concilio. Este, de hecho, respondía a los desafíos de la Reforma y de la modernidad. Se ha dicho muchas veces que es un concilio europeo. Sin embargo, el Vaticano II fue absorbido con protagonismo y creatividad por las varias iglesias locales. El mismo contexto de alta tensión en el continente latinoamericano había exigido una atención y urgencia para responder a las expectativas de liberación y de paz con el Evangelio. Medellín fue la ocasión más significativa en que la Iglesia Latinoamericana respondió pastoralmente a las circunstancias de acuerdo a las grandes pautas que el Concilio le dio. En el camino a la adultez de esta Iglesia, el Vaticano II marcará un antes y un después.

La elección de Bergoglio como Papa representa en buena medida a una iglesia “hija” que llega a la mayoría de edad. Este era tema en la década de los sesenta. A la dependencia económica de las grandes potencias había que sumar otras dependencias, en todos los ámbitos, del continente y de la Iglesia latinoamericana. El estilo de gobierno de Francisco, algo refleja la irrupción de una Iglesia joven entre las mayores. Esta iglesia local se instala entre las más antiguas como el adolescente que hace sentir la casa es “su” casa y no tiene, en consecuencia, que cuidar mucho sus modos de expresarse.

Lo que despunta en la América Latina post-conciliar, y en el mismo Bergoglio, como realmente importante, todavía está por prosperar con fuerza. Está pendiente una mayor inculturación del Evangelio. Falta, en primer lugar, una valoración de la cultura de las iglesias. Los latinoamericanos, ante Europa y EE.UU., no se han valorado suficientemente a sí mismos. La Iglesia del continente es aún, en buena medida, una iglesia europea.

Esto no obstante, la Iglesia del continente ha ido tomando conciencia y ha valorado su diferencia cultural respecto de Europa, y su propia pluralidad cultural. Lo dice Francisco en términos rotundos:

No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador (EG 117).

El Papa argentino reclama contra la versión occidental del cristianismo, pues las iglesias regionales y locales no europeas han sufrido el irrespeto a su posibilidad de desarrollarse con protagonismo. ¿Será posible alguna vez una inculturación latinoamericana en los campos del dogma, de la moral, de la liturgia y de derecho canónico? Rahner ha osado ir tan lejos. Probablemente Bergoglio también. Los dos son jesuitas. Los dos han sabido de la frustración de las misiones de China, India y tantas veces en la misma América Latina.

Sabemos, sin embargo, que el cristianismo, no obstante la marca occidental con que se impuso en el continente siempre pudo ser recibido en las categorías culturales locales. Hay numerosos ejemplos, aun cuando el sincretismo tan propio de encuentro cultural entre pueblos distintos no puede no expresarse con ambigüedad. La Virgen de Guadalupe y la historia de Juan Diego son el caso por excelencia de apropiación cultural del cristianismo. La música sacra de las reducciones jesuitas de Paraguay, los bailes religiosos de la triple frontera de Bolivia, Chile y Perú, y otras expresiones semejantes son prueba de que la fe en Cristo ha tenido una recepción latinoamericana importante.

Pues bien, nuestra opinión es que en este suelo latinoamericano la mayor inculturación del Evangelio ha sido la formulación la opción por los pobres. Esta opción, por otra parte, ha sido reconocida como esencial del Evangelio en otras partes del mundo y se ha difundido gracias a los mismos papas. Francisco la entiende del modo siguiente:

Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga “su primera misericordia”.Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una “forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”. Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”. Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos (EG 198).

Ha sido sin duda la Teología latinoamericana de la liberación que ha elevado a concepto esta opción de la Iglesia en América Latina. La inculturación en este continente pobre ha encontrado en esta teología una reflexión original, propia de una Iglesia que piensa por sí misma. La opción por los pobres u opción preferencial por ellos se ha convertido en el nombre de la recepción latinoamericana del Concilio. Por cincuenta años, una Iglesia que ha querido arraigar entre los pobres para anunciar a ellos el Evangelio y oír el Evangelio de los mismos pobres, es el ambiente natural que mejor explica a Jorge Bergoglio. La expresión suya: “cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, hizo fortuna en el continente, especialmente en los sectores populares de la Iglesia, porque sonó aquí como una fórmula representativa de su manera de entender el cristianismo.

No es fácil ubicar a Jorge Bergoglio en el movimiento de la Teología de la liberación. No siendo él teólogo, tampoco se puede decir que haya sido un simpatizante de ella. He aquí un punto de discusión interesante. Bergoglio sí ha podido identificarse con la Teología argentina del pueblo. El ahora Papa, siendo obispo de Buenos Aires, hizo sepultar en la catedral de la ciudad a Lucio Gera, el principal representante de esta teología. Esta teología local no ha tenido tal vez influjo en el resto de América Latina por su acento peronista. Bergoglio es peronista en algún sentido del término que solo un argentino podría descifrar. Pero sí ha podido tener influjo como una teología del “pueblo”, del mismo pueblo en cuanto “fiel”, en cuanto a su religión popular. De aquí que J. C. Scannone ha acertado ubicando a esta teología entre una de las corrientes de la Teología de la liberación. Este mismo teólogo puede ser ubicado tanto en esta como en aquella. Los tres, Scannone, Gera y Bergoglio, sin embargo, no han querido saber nada del marxismo. Los teólogos de la liberación filo-marxistas no han querido reconocer en sus filas a la Teología del pueblo, y tampoco estos han querido que se los incorpore entre los teólogos de la liberación si por esta se entiende un intento de hibridaje con el marxismo.

Esto no obstante, ya que la Teología de la liberación y la Teología argentina tienen en común lo más importante, esto es, la opción por los pobres, la llegada al papado de Bergoglio ha sido recibida con fuertes aplausos por el ala izquierda de la Iglesia del continente. Ambas teologías, además, comparten un talante marcadamente pastoral y espiritual. El paso de Benedicto XVI a Francisco, en este punto, ha podido ser muy desconcertante para muchos. Se dirá que uno es un teólogo y otro un pastor. En realidad, ambos papas han reflejado dos modos de ser iglesia. En Francisco aparece claramente una orientación decididamente pastoral, que los latinoamericanos celebran. Se reconoce que no se necesita ser teólogo para ser Papa. Habrá ocurrido muchas veces en la Iglesia. Lo que en este caso llama la atención es el desenfado con que Francisco se empeña en sacar fuera a la Iglesia, urgiéndola a cumplir su misión pastoral universal.

La elección de Bergoglio representa un giro extraordinario del centro a la periferia. El mismo Papa remira la encarnación en esta clave:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre” (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del ‘sí’ de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio (EG 197).

Las periferias para Francisco pueden ser de distinta índole. Puede tratarse de territorios periféricos o de ambientes socio-culturales (cf., EG 20. 30). Le hemos oído hablar de “periferias existenciales”. La que más le preocupa, insiste en ello, es la de los que son excluidos:

Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’ (EG 53).

En Evangelii Gaudium Francisco cita varias veces a conferencias episcopales regionales: EE.UU. (EG 64), Francia (EG 66), Brasil (EG 191), Filipinas (EG 215), Congo (EG 230), India (EG 250). Queda atrás la costumbre papal de citarse solo a sí mismo. Al citar a otros episcopados, el Papa cumple con dos característica que aquí hemos querido subrayar. La sensibilidad periférica de alguien que sabe que el “sur” existe. Y, segundo, la necesidad de descentralizar el gobierno de la Iglesia. En cuestión de magisterio Roma no puede seguir monopolizándolo todo.

La gran pregunta que espera respuesta es acaso el papa Bergoglio, que ha sido elegido principalmente para reformar la Curia, será capaz de emprender una reforma de las relaciones de la iglesia de Roma con las iglesias del resto del mundo. Solo en este caso, creemos, se liberará la posibilidad de la iglesia mundial prevista por Rahner y será posible que la Iglesia Católica realmente se constituya desde la periferia. “Una Iglesia pobre y para los pobres” solo será tal cuando las iglesias periféricas sean protagonistas culturales y teológicas.

3.- UN ESTILO DE CRISTIANISMO LATINOAMERICANO

Francisco Papa representa un giro único en la historia de la Iglesia: un desplazamiento del gobierno hacia la periferia. Con él, el papado ha saltado, por así decirlo, de Europa al otro lado del Atlántico. ¿Augura este giro la constitución de una Iglesia policéntrica (Metz)? Talvez, pero sí presagia una Iglesia que puede inculturarse en otras latitudes. Desde el triunfo de Pablo sobre Pedro en Jerusalén, desde el triunfo del latín sobre el griego como idioma del cristianismo de los primeros siglos, no se daba un paso tan significativo. El nuevo Papa, que habla castellano, se defiende en italiano y parece no tener el mínimo interés por mantener el latín como idioma oficial de la Iglesia, constituye una prueba de la madurez de la Iglesia para convertirse en “mundial”.

¿Qué lo distingue como cristiano latinoamericano? Se ha de ser cuidadoso en el análisis. Lo que aquí más interesa son los rasgos de alguien que encarna personalmente una inculturación del Evangelio. Bergoglio es argentino hijo de inmigrantes. Él ha sabido en carne propia lo que significó para sus padres sintetizar la cultura europea con la latinoamericana en un país que, por otra parte, es fruto antiguo de esta misma síntesis. Pero esta experiencia de inmigrantes no es por sí misma lo que llama nuestra atención. En América Latina son muchos los inmigrantes, pero no todos han inculturado el Evangelio. Tampoco nos interesa particularmente que sea porteño y no argentino del interior. Hay en él rasgos de carácter que podrían resultar odiosos para argentinos de Córdova. El perfil psicológico y cultural del Papa ciertamente juega un rol importante en su modo de gobernar la Iglesia, pero estas características humanas gozan para nosotros de importancia en la medida que son asumidas por una cristiano periférico latinoamericano.

Algo muy parecido hay que decir de su ser jesuita. Es evidente que lo es, pero sus características en cuanto tal las encontraremos también en los jesuitas europeos y asiáticos. Aquí, en cambio, nos resulta interesante que él sea jesuita en la medida que es un cristiano latinoamericano del post-concilio. En este sentido, no podemos pasar de largo que Bergoglio pertenece a la generación de jesuitas que, a lo largo de la historia de la Compañía de Jesús, se encuentran en la tercera gran etapa. La primera, de Ignacio y sus compañeros duró hasta la supresión. La segunda se extendió desde la restauración hasta el Concilio Vaticano II y se caracterizó más bien por adaptarse a las orientaciones de la Propaganda Fidei. En esta tercera etapa, la del Concilio en adelante, la Compañía de Jesús ha intentado realizar precisamente una inculturación del Evangelio, que como hemos mencionado no ha sido del todo nueva en su historia, y que en el caso de América Latina se ha caracterizado, más que en otras partes, por acoger la fórmula de misión de la Congregación General XXXII del “servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Desde su Congregación General XXXI los jesuitas latinoamericanos han hecho suyo el Concilio con una intensidad extraordinaria y en Latinoamérica han sintonizado y promovido la opción por los pobres hasta el martirio. Bergoglio es un jesuita de Medellín y Puebla. En Aparecida fue un redactor importante del texto final precisamente en aquellos temas que mejor representan la inculturación latinoamericana del Evangelio.

Hay otros rasgos de Francisco muy marcados en su pontificado que, sin ser necesariamente latinoamericanos, se nutren de su mirada evangélica periférica. No podemos pasar por alto su deseo de una Iglesia misericordiosa. Bergoglio ha sido un crítico implacable de la versión farisaica del cristianismo predominante en el llamado “invierno eclesial”, período inaugurado con Juan Pablo II, dominado por católicos tradicionalistas. Esta iglesia ha caído en la antigua tentación del menosprecio de los pecadores de parte de los justos y de la prevalencia de la doctrina sobre la realidad de la vida, a veces desgarradora, de las personas. Esta actitud del Papa Francisco que ha podido ser aplaudida en Europa y otras partes, también podemos pensar que proviene de su opción por los pobres. El Sínodo de la familia, por ejemplo, lleva la marca de la misericordia que este Papa ha querido imprimirle.

Hay tres asuntos de estilo de Francisco que sí parecen subrayar el surgimiento de una iglesia latinoamericana adulta. Hemos dicho que este Papa ha sido elegido para reformar la Curia romana. Lo que nadie esperaba es el trato que muchas veces ha dado a sus integrantes. Por cierto, recibió de Benedicto un aparato de gobierno deteriorado y con señales preocupantes de corrupción. La llegada de Bergoglio ha debido irritar tremendamente a personas que han profitado de sus cargos e influencias, y que han vivido de una cultura cortesana que poco tiene que ver con los valores de las bienaventuranzas. Famosos fueron sus puntos de oración dados por él mismo a los purpurados, señalándoles con todas sus letras la enfermedades de la Curia. ¿Cómo habrán tomado los asistentes que se les haya dicho que pueden adolecer de Alzheimer espiritual? Francisco ha irrumpido en este ambiente a contracorriente. En esto no hay que ver un asunto de carácter –aunque de carácter tiene mucho -sino de un propósito latinoamericano por cortar con un gobierno centralizado de la Iglesia que ha abusado de su poder. Las iglesias latinoamericanas y de otras partes del mundo han padecido humillaciones sin fin de parte de los funcionarios vaticanos. Difícilmente podrá olvidarse que el texto de Aparecida volvió de Roma cambiado por un cardenal de la Curia. Francisco estima que esta situación no puede continuar.

Otro asunto notable, ciertamente el que más, ha sido su impresionante opción por los pobres. Ha viajado a los lugares más pobres. Su ida a Lampedusa fue profética. Hizo instalar duchas en el Vaticano para los mendigos que viven en las calles. Ha almorzado con los pobres en comedores populares. Ha pedido a las congregaciones religiosas en crisis de vocaciones que abran sus enormes casas en Roma a los inmigrantes. La lista de iniciativas de este tipo es interminable. Todas estas expresiones de ida a los más pobres son consistentes con sus gestos que indican un deseo de un estilo más sencillo de representación del Papa. Por ejemplo: cambió el majestuoso sillón pontificio por uno más modesto; se le ha visto retirando la basura de la casa Santa Marta; si hubo de necesitar anteojos nuevos, los fue a comprar a una óptica corriente, en vez de hacer ir a los ópticos al Vaticano; cambió el uso de un auto millonario por el más humilde de los Fiat. Nada de esto es casual. No puede ser visto como un asunto de virtud personal de Jorge Bergoglio, sino como una indicación neta del Papa de recuperar el Evangelio, lo cual ha sido muy propio de una Iglesia latinoamericana que en el período postconciliar ha querido ser la “Iglesia de los pobres”.

Por último, un tercer rasgo de Francisco es su modo directo y horizontal, incluso descuidado, de expresarse. Hasta Francisco, parecía que los papas debían ser infalibles en cada una de sus palabras. Prácticamente no podían decir nada que no fuera por escrito. La costumbre de citarse solo a sí mismo reforzaba el priurito de tener que enseñar la verdad sin sombra de error. El Papa actual habla sin papeles. Acepta responder a los periodistas en on. No teme a cometer errores, y los ha cometido. Habla con libertad y, en consecuencia, deja espacio a que otros también lo hagan. Tal vez lo más sorprendente es haber lanzado 38 preguntas sobre moral familiar y sexual a toda la Iglesia, sin temor a que los católicos, laicos y consagrados, pudieran dudar de la doctrina tradicional. Este modo de expresarse tal vez no sea del todo latinoamericano, mucho tiene que ver con su carácter bastante italiano, pero tiene un aire de novedad, la novedad de quien viene de otra área del mundo. En Francisco predomina la urgencia de desarrollar relaciones horizontales entre los sacerdotes y los laicos, tal como parece haberlo querido el Vaticano II. Su disposición general es pastoral. Como pastoral ha sido la impronta de la Iglesia liberadora del continente.

El excesivo protagonismo del Papa hacer pensar acaso él no terminará traicionando lo que representa, a saber, este giro eclesial hacia los márgenes. ¿Tiene claro Francisco que debe ceder más espacio a los otros episcopados? Lo suponemos. Sí sabemos que quiere cambios importantes. Talvez no tenga otro medio para alcanzar una iglesia policéntrica que utilizando el poder que tiene para orientarlo en la dirección correcta. La prueba de fuego, en cualquier caso, será la reforma de la Curia. No se necesita tanto una Curia mejor como un nuevo modo de relacionarse el centro con la periferia, es decir, la iglesia de Roma con las otras iglesias del mundo. La demanda unánime es por más autonomía. Por esta vía los cristianos latinoamericanos llegaremos a una apropiación original del Evangelio.


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La mujer en la Iglesia. Comentario de Costadoat.

Crítica participación de la mujer en la Iglesia

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(Jorge Costadoat, SJ).-

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre” o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica. Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal. Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer –ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”). Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.


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Hacia una iglesia cada vez más adulta.

La Iglesia camina a la adultez / Jorge Costadoat

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Amoris laetitia es un documento de enorme importancia. Permite mirar más allá del tema de la familia, en el cual se concentra.

Me detengo en un punto. El Papa Francisco con esta exhortación apostólica replantea las relaciones entre los sacerdotes y los laicos. Hasta ahora estas relaciones han operado en una dirección vertical. Pero, desde que el Concilio Vaticano II subrayó la importancia del bautismo como el factor de unión entre los cristianos, estas relaciones han debido ser más horizontales, fraternales: los sacerdotes han tenido que orientar a los fieles en la medida que estén dispuestos a aprender de ellos, de sus vidas y de su experiencia de Dios. El Vaticano II nos ha recordado que el Evangelio es un testimonio entre personas antes que doctrinas con que adoctrinar. Y, precisamente, lo que falta en la Iglesia hoy es un clero que en vez de anunciar una experiencia personal del Evangelio recurre a enunciados teológicos abstractos y a frases comunes.

El método que el Papa Francisco fijó para la ejecución del Sínodo señala un giro para el futuro de la Iglesia. El procedimiento de elaboración de esta exhortación papal comenzó con 39 preguntas que el Papa entregó al Pueblo de Dios por los medios de comunicación. No fueron preguntas retóricas. Tampoco interesaba a Francisco averiguar si los católicos sabían la doctrina. Lo principal fue oír lo que el Espíritu ha ido gestando en los católicos en el mundo actual, en esta época y en sus diversas culturas. Así, la autoridad eclesiástica se ha abierto a aprender para enseñar. Los obispos reunidos en el Sínodo han recogido las respuestas a estas preguntas y han procedido a pensar cómo volver a plantear la enseñanza tradicional de la Iglesia en términos actuales.

Esta posibilidad se ha liberado justo allí donde Amoris laetitia subraya la importancia de la libertad y del respeto de la conciencia de los fieles. Dice el papa: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). Francisco ha reconocido que es un error que los sacerdotes quieran dirigir la vida de las personas. Ni ellos ni nadie debiera pedir cuenta a los fieles, por ejemplo, del método anticonceptivo que usan las parejas. El celo por la ayuda espiritual a las personas no puede legitimar una falta de respeto a sus conciencias. El Papa lamenta que los confesionarios hayan sido usados como salas de tortura (cf. AL 305). Algo parecido tendrá que ocurrir con los laicos que se encuentran en una situación matrimonial irregular y que desean participar plenamente en la vida de su Iglesia. No serán los sacerdotes los que han de autorizarlos. Estos han de acompañarlos en un discernimiento que acabará en una decisión en conciencia de los mismos laicos, sea para comulgar, sea para abstenerse de hacerlo.

¿Dónde se formarán los sacerdotes del futuro? ¿Cómo se hace para formar personas capaces de exponerse a las vidas ajenas más desagarradas y ofrecerles, a partir de la propia experiencia, procesada con la enseñanza tradicional de la Iglesia, una palabra nueva, genuina, espiritualmente liberadora, no culpabilizante, una palabra efectivamente orientadora? No se necesita sacerdotes más divinos, sino que su fe los haga más humanos.

Lo que está en juego en última instancia es la trasmisión de la fe. Los jóvenes se han descolgado en una proporción muy alta de una Iglesia que trató a sus padres como niños. Ellos han nacido en una sociedad abierta, no siempre más adulta, inmadura bajo muchos respectos, pero más respetuosa de la libertad y de las búsquedas personales. No puede decirse que los jóvenes no sean capaces de una experiencia de Dios porque no quieren ser católicos. Ellos piensan que la Iglesia les es inhabitable por razones que no se pueden despreciar.

Las relaciones entre sacerdotes y fieles han sido bastante infantiles. Donde no ha habido suficiente respeto a la libertad y al discernimiento de los laicos, laicos y sacerdotes no han podido crecer en su fe. El modo de elaboración de Amoris laetitia, y sus más valiosas conclusiones, augura el surgimiento de una Iglesia más adulta.

Jorge Costadoat, SJ