Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


Deja un comentario

El Tribunal europeo de derechos humanos del Consejo de Europa. Qué es. Informe

Tribunal Europeo de Derechos Humanos, una ‘joya’ para las libertades fundamentales

Por Manu Mediavilla (@manumediavilla), colaborador de Amnistía Internacional, 10 de agosto de 2017

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), con sede en Estrasburgo, es una jurisdicción internacional que aplica el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, más conocido como Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH).

Este tratado, abierto exclusivamente a la firma de los Estados miembros del Consejo de Europa (47 en la actualidad), fue aprobado en 1950 y entró en vigor en 1953. El CEDH incluye una amplia lista de derechos y garantías que los Estados Parte se han comprometido a respetar, y es aplicable en el ámbito nacional al haber sido incorporado a la legislación de esos países.

El Consejo de Europa, el CEDH y el TEDH son independientes de la Unión Europea. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos no debe confundirse con el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que aborda cuestiones de derecho comunitario y tiene su sede en Luxemburgo, ni con la Corte o Tribunal Internacional de Justicia, órgano judicial de Naciones Unidas con sede en La Haya.

Para Amnistía Internacional, el TEDH es “uno de los mecanismos de protección de los derechos humanos más desarrollado del mundo”, no solo como “último recurso para muchos ciudadanos europeos que buscan justicia”, sino como “fundamento” para defender esos derechos “más allá de los 800 millones de personas que viven en la región del Consejo de Europa”.


El TEDH condenó a España, en abril de 2014, por no garantizar el derecho de los solicitantes de asilo a recurrir su expulsión. © Santi Palacios

El TEDH lo integran tantos jueces como países del Consejo de Europa han ratificado el Convenio: ahora 47. La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa los elige de entre una terna propuesta por cada país miembro, aunque no representan a ese Estado y actúan en el Tribunal a título individual y con plena independencia. Su mandato, no renovable, es de nueve años.

Presentación de una demanda

Solamente pueden presentar una demanda ante el TEDH las personas físicas o jurídicas que se consideren víctimas directas de alguna violación de los derechos y garantías previstos por el Convenio o los Protocolos que lo desarrollan. No se pueden, en cambio, plantear quejas ‘generales’ sobre una ley o un acto considerado injusto, ni tampoco en nombre de otras personas, salvo en condición de su representante oficial. No es imprescindible ser nacional de un país miembro del Consejo de Europa, pero sí que la infracción denunciada haya sido cometida por un Estado Parte.

La demanda puede ser individual (de una persona, grupo de personas u organización no gubernamental contra un Estado Parte) o interestatal (de un país del Consejo de Europa contra otro).

Para acudir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos es imprescindible haber agotado todas las vías de recurso ante los tribunales nacionales. La demanda debe presentarse en un plazo de seis meses desde la última decisión judicial interna, y tiene que ir dirigida contra uno o más Estados que hayan ratificado el Convenio, pero no contra un país tercero o contra particulares o entidades privadas.

El Tribunal no puede decidir de oficio. Tampoco es una instancia de apelación respecto a los tribunales nacionales, ya que no juzga nuevamente los asuntos ni es competente para anular, modificar o revisar sus sentencias.

El formulario de demanda y los documentos que la sustentan deben remitirse por correo postal –su envío por fax no interrumpirá el plazo de seis meses, y acudir en persona a Estrasburgo tampoco hará que el caso se trate con más rapidez–, sea en francés o inglés, lenguas oficiales del Tribunal, o en otra lengua oficial de los países que hayan ratificado el Convenio. La Secretaría que apoya jurídica y administrativamente al TEDH puede solicitar documentos e información complementaria.

El procedimiento es escrito, y las vistas son excepcionales. Cuando las hay, se celebran en el Palacio de los Derechos Humanos en Estrasburgo y suelen ser públicas. Periodistas y público pueden acceder con una acreditación de prensa o un documento de identidad, y se retransmiten por la ‘web’ del Tribunal el mismo día a partir de las 14:30 horas.

El examen de la denuncia es gratuito, y en la primera fase ni siquiera hace falta representación letrada, que solo será necesaria si la demanda es admitida (apenas el 3% lo son) y notificada al Gobierno. En tal caso se puede solicitar asistencia jurídica gratuita.

Tribunal Europeo de Derechos Humanos. © Adrian Grycuk via Wikimedia Commons

El procedimiento comienza con el examen de admisibilidad. Si el TEDH no admite la demanda, la decisión es firme. Si la admite, el Tribunal mediará para que las partes alcancen un acuerdo amistoso, que suele saldarse con una indemnización. El Tribunal examinará el pacto y, salvo que estime que el respeto de los derechos humanos exige continuar con la denuncia, la archivará. Cuando no hay acuerdo amistoso, el TEDH procede al examen “de fondo” de la demanda, que en algún caso –sobre todo cuando peligra la integridad física del demandante– pueden ser considerada urgente, tratada con prioridad o incluso requerir medidas provisionales.

Formación y funciones de un tribunal

El Tribunal puede adoptar cuatro formaciones distintas. Un juez único se pronuncia sobre denuncias claramente inadmisibles. Un Comité de tres jueces puede decidir por unanimidad sobre la admisibilidad y el fondo de un asunto sobre el que existe jurisprudencia consolidada del TEDH. Cuando no se da esta condición, el caso corresponde a una Sala de siete jueces, que se pronuncia por mayoría. Excepcionalmente se puede convocar a la Gran Sala de 17 jueces para que decida cuando una Sala se inhibe a su favor o cuando se acepta una solicitud –las partes tienen tres meses para presentarla– de reenvío del asunto.

Un juez puede abstenerse de pronunciarse, y debe hacerlo si ha conocido del asunto antes del procedimiento. Cuando se aparta del caso, ese juez es reemplazado por otro o, si se trata del juez nacional, por un juez ad hoc. Este es nombrado por el Gobierno demandado para tratar asuntos en los que el juez nacional no puede hacerlo por incapacidad, inhibición o dispensa.

Las decisiones son tomadas por un juez único, un Comité o una Sala, y versan sobre la admisibilidad de la demanda, no sobre el fondo. Las Salas sí pueden examinar a la vez ambas cuestiones, por lo que también dictan sentencias.

Las sentencias son de cumplimiento obligatorio para el Estado condenado, y no pueden ser recurridas, aunque las partes pueden solicitar su reenvío a la Gran Sala, cuyas decisiones son definitivas. En caso de condena, el Tribunal puede exigir una “satisfacción equitativa” o compensación económica por daños y perjuicios, así como el reembolso al demandante de los gastos realizados para hacer valer sus derechos.

La ejecución de la sentencia corresponde al Comité de Ministros del Consejo de Europa, que establece con el país condenado el modo de cumplirla y de prevenir nuevas vulneraciones del Convenio, incluso mediante reformas legislativas.

En los últimos años, el Tribunal ha desarrollado un nuevo procedimiento para resolver las numerosas demandas sobre problemas similares. Primero examina una o varias denuncias como ‘caso piloto’, cuya sentencia va acompañada de una invitación al Estado condenado para que adapte su legislación al Convenio. Entonces aborda el resto de demandas del mismo tipo.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos señaló la necesidad de que un régimen jurídico o normativo proporcione un procedimiento accesible y eficaz para el acceso de las mujeres a un aborto legal en Irlanda cuando su vida corra peligro a causa del embarazo. © Wlliam Murphy

Fechas clave y estadísticas

  • El Consejo de Europa, creado el 5 de mayo de 1949, adopta el 4 de noviembre de 1950 el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que entra en vigor el 3 de septiembre de 1953. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos se reúne por primera vez el 23-28 de febrero de 1959 y dicta su primera sentencia el 14 de noviembre de 1960.
  • El 1 de noviembre de 1998 entra en vigor el Protocolo nº 11 que crea “el nuevo Tribunal” con carácter permanente, y el 1 de junio de 2010 lo hace el Protocolo nº 14, que trata de garantizar su eficacia a largo plazo.
  • El TEDH recibe cada año más de 50.000 demandas, un éxito basado en la repercusión de sus sentencias y el creciente conocimiento ciudadano de su trabajo. Desde su creación en 1959, el Tribunal ha examinado más de 712.600 demandas y dictado 19.565 sentencias, que han tenido como principales destinatarios a Turquía (16,70%), Italia (12,01%) y Rusia (9,95%). El 84% de los dictámenes ha constatado alguna violación de la Convención por el Estado demandado.
  • El 40,32% de esas violaciones se refieren al artículo 6 que garantiza el derecho a un juicio justo, sobre todo por falta de equidad del procedimiento (17,35%) y excesiva duración (21,34%). La segunda violación más frecuente (12,86%) está relacionada con el derecho a la libertad y seguridad recogidas en el artículo 5. Además, en el 15,29% de casos se han constatado graves violaciones del artículo 3 que prohíbe la tortura y los tratos inhumanos o degradantes (10,71%) y del artículo 2 que protege el derecho a la vida (4,58%).
  • El último balance anual de 2016 confirma el predominio de esos tres apartados, aunque casi iguala sus porcentajes: 22,96% de violaciones del artículo 6, 20,39% del artículo 5 y 19,82% del artículo 3.
  • España ha recibido 11.000 denuncias desde 1959, el 98% no admitidas. De las 151 sentencias que le afectan, 98 constataron alguna violación del Convenio y 46 fueron exculpatorias; hubo 3 acuerdos amistosos y 4 sentencias de otro tipo.
Anuncios


Deja un comentario

El Papa en Estrasburgo. Comentarios de Vatican Insider

europa

La agencia Vatican Insider ofrece un amplio comentario sobre las visitas del Papa, hoy 25 de nov. 2014 al Parlamento Europeo y al Consejo de Europa.

Para acceder a los dos documentos basta pulsar los enlaces que ponemos a continuación:

http://vaticaninsider.lastampa.it/es/en-el-mundo/dettagliospain/articolo/francesco-strasburgo-37724/

http://vaticaninsider.lastampa.it/es/en-el-mundo/dettagliospain/articolo/francesco-estrasburgo-37729/

 


Deja un comentario

El Papa en el Consejo de Europa. Comentario y discurso.

El Papa al Consejo de Europa: mantener vivo el sentido de solidaridad y caridad mutua

(RV).-Instaurar “una nueva colaboración social y económica, libre de condicionamientos ideológicos, que sepa afrontar el mundo globalizado, manteniendo vivo el sentido de la solidaridad y de la caridad mutua, que tanto ha caracterizado el rostro de Europa”, éste es el deseo del Papa en su discurso dirigido al Consejo de Europa, reunido en Sesión Solemne para la ocasión.

El Papa ha recordado que este sentido de la solidaridad y de la caridad mutua “ha caracterizado el rostro de Europa, gracias a la generosa labor de cientos de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, se han esforzado por desarrollar el Continente, tanto mediante la actividad empresarial como con obras educativas, asistenciales y de promoción humana”.  Estas últimas, sobre todo, ha subrayado el Pontífice “son un punto de referencia importante para tantos pobres que viven en Europa” que “no sólo piden pan para el sustento, sino también redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere”.

La  protección de la vida humana, la acogida de los emigrantes, el trabajo y desempleo juvenil, la protección del medio ambiente fueron los temas que, según el Pontífice, requieren “nuestra reflexión y  colaboración”.

Recordando además la crueldad de la segunda Guerra Mundial, el Papa ha destacado el proyecto de los padres fundadores del consejo de “reconstruir Europa con un espíritu de servicio mutuo, que aún hoy, en un mundo más proclive a reivindicar que a servir, debe ser la llave maestra de la misión del Consejo de Europa, en favor de la paz, la libertad y la dignidad humana”.

El camino privilegiado para la paz, para evitar que se repita lo ocurrido en las dos guerras mundiales del siglo pasado – ha subrayado – es reconocer en el otro no un enemigo que combatir, sino un hermano a quien acoger. “Para lograr este bien – continuó – es necesario ante todo educar para ella, abandonando una cultura del conflicto, que tiende al miedo del otro, a la marginación de quien piensa y vive de manera diferente”.

El Papa ha recordado que la paz está todavía demasiado a menudo herida en tantas partes del mundo y también en Europa, en donde no cesan los conflictos. Paz que “sufre también por otras formas de conflicto, como el terrorismo religioso e internacional, embebido de un profundo desprecio por la vida humana y que mata indiscriminadamente a víctimas inocentes. Por desgracia – constató – este fenómeno se abastece de un tráfico de armas a menudo impune”. “Esta paz, continuó el Papa, se quebranta además por el tráfico de seres humanos, que es la nueva esclavitud de nuestro tiempo y que convierte a las personas en un artículo de mercado, privando a las víctimas de toda dignidad”.

En este contexto el Papa ha destacado el ‘papel importante del Consejo de Europa en la lucha contra estas formas de inhumanidad’, a través de la “promoción de los derechos humanos que enlaza con el desarrollo de la democracia y el estado de derecho”.

Y ha señalado la importancia de la contribución y la responsabilidad europea en el desarrollo cultural de la humanidad, destacando que  “para caminar hacia el futuro hace falta el pasado, se necesitan raíces profundas, y también se requiere el valor de no esconderse ante el presente y sus desafíos. Hace falta memoria, valor y una sana y humana utopía”.

“Estas raíces, constató Francisco, se nutren de la verdad que es el alimento, la linfa vital de toda sociedad que quiera ser auténticamente libre, humana y solidaria. Sin esta búsqueda de la verdad, cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos. Esto – dijo – lleva al sustancial descuido de los demás y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo. “Del individualismo  – continuó – nace el culto a la opulencia, que corresponde a la cultura del descarte en la que estamos inmersos”.

Junto a las raíces, el Papa se detiene también en dos de los desafíos actuales del Continente: el reto de la multipolaridad de Europa y el desafío de la transversalidad.  “Hablar de multipolaridad europea – afirmó – es hablar de pueblos que nacen, crecen y se proyectan hacia el futuro.  Hoy Europa es multipolar en sus relaciones y tensiones”.

Al hablar de la transversalidad, Francisco destacó la importancia de recurrir al diálogo, también intergeneracional. “Si quisiéramos definir hoy el Continente, debemos hablar de una Europa dialogante, que sabe poner la transversalidad de opiniones y reflexiones al servicio de pueblos armónicamente unidos”.

“En esta perspectiva – continuó el Papa – acojo favorablemente la voluntad del Consejo de Europa de invertir en el diálogo intercultural, incluyendo su dimensión religiosa, mediante los Encuentros sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural. Es una oportunidad provechosa para el intercambio abierto, respetuoso y enriquecedor entre las personas y grupos de diverso origen, tradición étnica, lingüística y religiosa, en un espíritu de comprensión y respeto mutuo”.

“En esta lógica se incluye la aportación que el cristianismo puede ofrecer hoy al desarrollo cultural y social europeo en el ámbito de una correcta relación entre religión y sociedad. En la visión cristiana, razón y fe, religión y sociedad, están llamadas a iluminarse una a otra, apoyándose mutuamente y, si fuera necesario, purificándose recíprocamente de los extremismos ideológicos en que pueden caer.

Finalmente, la invitación del Papa a “realizar juntos una reflexión a todo campo,  para que se instaure una especie de ‘nueva agorá’, en la que toda instancia civil y religiosa pueda confrontarse libremente con las otras, si bien en la separación de ámbitos y en la diversidad de posiciones, animada exclusivamente por el deseo de verdad y de edificar el bien común”.

Palabras del Santo Padre:

Señor Secretario General, Señora Presidenta,

Excelencias, Señoras y Señores
            Me alegra poder tomar la palabra en esta Convención que reúne una representación significativa de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, de representantes de los países miembros, de los jueces del Tribunal Europeo de los derechos humanos, así como de las diversas Instituciones que componen el Consejo de Europa. En efecto, casi toda Europa está presente en esta aula, con sus pueblos, sus idiomas, sus expresiones culturales y religiosas, que constituyen la riqueza de este Continente. Estoy especialmente agradecido al Secretario General del Consejo de Europa, Sr. Thorbjørn Jagland, por su amable invitación y las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido. Saludo también a la Sra. Anne Brasseur, Presidente de la Asamblea Parlamentaria. Agradezco a todos de corazón su compromiso y la contribución que ofrecen a la paz en Europa, a través de la promoción de la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho.

            En la intención de sus Padres fundadores, el Consejo de Europa, que este año celebra su 65 aniversario, respondía a una tendencia ideal hacia la unidad, que ha animado en varias fases la vida del Continente desde la antigüedad. Sin embargo, a lo largo de los siglos, han prevalecido muchas veces las tendencias particularistas, marcadas por reiterados propósitos hegemónicos. Baste decir que, diez años antes de aquel 5 de mayo de 1949, cuando se firmó en Londres el Tratado que estableció el Consejo de Europa, comenzaba el conflicto más sangriento y cruel que recuerdan estas tierras, cuyas divisiones han continuado durante muchos años después, cuando el llamado Telón de Acero dividió en dos el Continente, desde el mar Báltico hasta el Golfo de Trieste. El proyecto de los Padres fundadores era reconstruir Europa con un espíritu de servicio mutuo, que aún hoy, en un mundo más proclive a reivindicar que a servir, debe ser la llave maestra de la misión del Consejo de Europa, en favor de la paz, la libertad y la dignidad humana.

            Por otro lado, el camino privilegiado para la paz – para evitar que se repita lo ocurrido en las dos guerras mundiales del siglo pasado –  es reconocer en el otro no un enemigo que combatir, sino un hermano a quien acoger. Es un proceso continuo, que nunca puede darse por logrado plenamente. Esto es precisamente lo que intuyeron los Padres fundadores, que entendieron cómo la paz era un bien que se debe conquistar continuamente, y que exige una vigilancia absoluta. Eran conscientes de que las guerras se alimentan por los intentos de apropiarse espacios, cristalizar los procesos y tratar de detenerlos; ellos, por el contrario, buscaban la paz que sólo puede alcanzarse con la actitud constante de iniciar procesos y llevarlos adelante.

            Afirmaban de este modo la voluntad de caminar madurando con el tiempo, porque es precisamente el tiempo lo que gobierna los espacios, los ilumina y los transforma en una cadena de crecimiento continuo, sin vuelta atrás. Por eso, construir la paz requiere privilegiar las acciones que generan nuevo dinamismo en la sociedad e involucran a otras personas y otros grupos que los desarrollen, hasta que den fruto en acontecimientos históricos importantes.

            Por esta razón dieron vida a este Organismo estable. Algunos años más tarde, el beato Pablo VI recordó que «las mismas instituciones que en el orden jurídico y en el concierto internacional tienen la función y el mérito de proclamar y de conservar la paz alcanzan su providencial finalidad cuando están continuamente en acción, cuando en todo momento saben engendrar la paz, hacer la paz». Es preciso un proceso constante de humanización, y «no basta reprimir las guerras, suspender las luchas (…); no basta una paz impuesta, una paz utilitaria y provisoria; hay que tender a una paz amada, libre, fraterna, es decir, fundada en la reconciliación de los ánimos». Es decir, continuar los procesos sin ansiedad, pero ciertamente con convicciones claras y con tesón.

            Para lograr el bien de la paz es necesario ante todo  educar para ella, abandonando una cultura del conflicto, que tiende al miedo del otro, a la marginación de quien piensa y vive de manera diferente. Es cierto que el conflicto no puede ser ignorado o encubierto, debe ser asumido. Pero si nos quedamos atascados en él, perdemos perspectiva, los horizontes se limitan y la realidad misma sigue estando fragmentada. Cuando nos paramos en la situación conflictual perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad, detenemos la historia y caemos en desgastes internos y en contradicciones estériles.

            Por desgracia, la paz está todavía demasiado a menudo herida. Lo está en tantas partes del mundo, donde arrecian furiosos conflictos de diversa índole. Lo está aquí, en Europa, donde no cesan las tensiones. Cuánto dolor y cuántos muertos se producen todavía en este Continente, que anhela la paz, pero que vuelve a caer fácilmente en las tentaciones de otros tiempos. Por eso es importante y prometedora la labor del Consejo de Europa en la búsqueda de una solución política a las crisis actuales.

            Pero la paz sufre también por otras formas de conflicto, como el terrorismo religioso e internacional, embebido de un profundo desprecio por la vida humana y que mata indiscriminadamente a víctimas inocentes. Por desgracia, este fenómeno se abastece de un tráfico de armas a menudo impune. La Iglesia considera que «la carrera de armamentos es una plaga gravísima de la humanidad y perjudica a los pobres de modo intolerable». La paz también se quebranta por el tráfico de seres humanos, que es la nueva esclavitud de nuestro tiempo, y que convierte a las personas en un artículo de mercado, privando a las víctimas de toda dignidad. No es difícil constatar cómo estos fenómenos están a menudo relacionados entre sí. El Consejo de Europa, a través de sus Comités y Grupos de Expertos, juega un papel importante y significativo en la lucha contra estas formas de inhumanidad.

            Con todo, la paz no es solamente ausencia de guerra, de conflictos y tensiones. En la visión cristiana, es al mismo tiempo un don de Dios y fruto de la acción libre y racional del hombre, que intenta buscar el bien común en la verdad y el amor. «Este orden racional y moral se apoya precisamente en la decisión de la conciencia de los seres humanos de buscar la armonía en sus relaciones mutuas, respetando la justicia en todos».

            Entonces, ¿cómo lograr el objetivo ambicioso de la paz?
El camino elegido por el Consejo de Europa es ante todo el de la promoción de los derechos humanos, que enlaza con el desarrollo de la democracia y el estado de derecho. Es una tarea particularmente valiosa, con significativas implicaciones éticas y sociales, puesto que de una correcta comprensión de estos términos y una reflexión constante sobre ellos, depende el desarrollo de nuestras sociedades, su convivencia pacífica y su futuro. Este estudio es una de las grandes aportaciones que Europa ha ofrecido y sigue ofreciendo al mundo entero.

            Así pues, en esta sede siento el deber de señalar la importancia de la contribución y la responsabilidad europea en el desarrollo cultural de la humanidad. Quisiera hacerlo a partir de una imagen tomada de un poeta italiano del siglo XX, Clemente Rebora, que, en uno de sus poemas, describe un álamo, con sus ramas tendidas al cielo y movidas por el viento, su tronco sólido y firme, y sus raíces profundamente ancladas en la tierra. En cierto sentido, podemos pensar en Europa a la luz de esta imagen.

            A lo largo de su historia, siempre ha tendido hacia lo alto, hacia nuevas y ambiciosas metas, impulsada por un deseo insaciable de conocimientos, desarrollo, progreso, paz y unidad. Pero el crecimiento del pensamiento, la cultura, los descubrimientos científicos son posibles por la solidez del tronco y la profundidad de las raíces que lo alimentan. Si pierde las raíces, el tronco se vacía lentamente y muere, y las ramas – antes exuberantes y rectas – se pliegan hacia la tierra y caen. Aquí está tal vez una de las paradojas más incomprensibles para una mentalidad científica aislada: para caminar hacia el futuro hace falta el pasado, se necesitan raíces profundas, y también se requiere el valor de no esconderse ante el presente y sus desafíos. Hace falta memoria, valor y una sana y humana utopía.

            Por otro lado – observa Rebora – «el tronco se ahonda donde es más verdadero». Las raíces se nutren de la verdad, que es el alimento, la linfa vital de toda sociedad que quiera ser auténticamente libre, humana y solidaria. Además, la verdad hace un llamamiento a la conciencia, que es irreductible a los condicionamientos, y por tanto capaz de conocer su propia dignidad y estar abierta a lo absoluto, convirtiéndose en fuente de opciones fundamentales guiadas por la búsqueda del bien para los demás y para sí mismo, y la sede de una libertad responsable.

            También hay que tener en cuenta que, sin esta búsqueda de la verdad, cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos, abriendo el camino a una afirmación subjetiva de los derechos, por lo que el concepto de derecho humano, que tiene en sí mismo un valor universal, queda sustituido por la idea del derecho individualista. Esto lleva al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social.

            Este individualismo nos hace humanamente pobres y culturalmente estériles, pues cercena de hecho esas raíces fecundas que mantienen la vida del árbol. Del individualismo indiferente nace el culto a la opulencia, que corresponde a la cultura del descarte en la que estamos inmersos. Efectivamente, tenemos demasiadas cosas, que a menudo no sirven, pero ya no somos capaces de construir auténticas relaciones humanas, basadas en la verdad y el respeto mutuo. Así, hoy tenemos ante nuestros ojos la imagen de una Europa herida, por las muchas pruebas del pasado, pero también por la crisis del presente, que ya no parece ser capaz de hacerle frente con la vitalidad y la energía del pasado. Una Europa un poco cansada y pesimista, que se siente asediada por las novedades de otros continentes.

            Podemos preguntar a Europa: ¿Dónde está tu vigor? ¿Dónde está esa tensión ideal que ha animado y hecho grande tu historia? ¿Dónde está tu espíritu de emprendedor curioso? ¿Dónde está tu sed de verdad, que hasta ahora has comunicado al mundo con pasión?

            De la respuesta a estas preguntas dependerá el futuro del Continente. Por otro lado – volviendo a la imagen de Rebora – un tronco sin raíces puede seguir teniendo una apariencia vital, pero por dentro se vacía y muere. Europa debe reflexionar sobre si su inmenso patrimonio humano, artístico, técnico, social, político, económico y religioso es un simple retazo del pasado para museo, o si todavía es capaz de inspirar la cultura y abrir sus tesoros a toda la humanidad. En la respuesta a este interrogante, el Consejo de Europa y sus instituciones tienen un papel de primera importancia.

            Pienso especialmente en el papel de la Corte Europea de los Derechos Humanos, que es de alguna manera la «conciencia» de Europa en el respeto de los derechos humanos. Mi esperanza es que dicha conciencia madure cada vez más, no por un mero consenso entre las partes, sino como resultado de la tensión hacia esas raíces profundas, que es el pilar sobre los que los Padres fundadores de la Europa contemporánea decidieron edificar.

            Junto a las raíces – que se deben buscar, encontrar y mantener vivas con el ejercicio cotidiano de la memoria, pues constituyen el patrimonio genético de Europa –, están los desafíos actuales del Continente, que nos obligan a una creatividad continua, para que estas raíces sean fructíferas hoy, y se proyecten hacia utopías del futuro. Permítanme mencionar sólo dos: el reto de la multipolaridad y el desafío de la transversalidad.

            La historia de Europa puede llevarnos a concebirla ingenuamente como una bipolaridad o, como mucho, una tripolaridad (pensemos en la antigua concepción: Roma – Bizancio – Moscú), y dentro de este esquema, fruto de reduccionismos geopolíticos hegemónicos, movernos en la interpretación del presente y en la proyección hacia la utopía del futuro.

            Hoy las cosas no son así, y podemos hablar legítimamente  de una Europa multipolar. Las tensiones – tanto las que construyen como las que disgregan – se producen entre múltiples polos culturales, religiosos y políticos. Europa afronta hoy el reto de «globalizar» de modo original esta multipolaridad. Las culturas no se identifican necesariamente con los países: algunos de ellos tienen diferentes culturas y algunas culturas se manifiestan en diferentes países. Lo mismo ocurre con las expresiones políticas, religiosas y asociativas.

            Globalizar de modo original la multipolaridad comporta el reto de una armonía constructiva, libre de hegemonías que, aunque pragmáticamente parecen facilitar el camino, terminan por destruir la originalidad cultural y religiosa de los pueblos.

            Hablar de la multipolaridad europea es hablar de pueblos que nacen, crecen y se proyectan hacia el futuro. La tarea de globalizar la multipolaridad de Europa no se puede imaginar con la figura de la esfera – donde todo es igual y ordenado, pero que resulta reductiva puesto que cada punto es equidistante del centro –, sino más bien con la del poliedro, donde la unidad armónica del todo conserva la particularidad de cada una de las partes. Hoy Europa es multipolar en sus relaciones y tensiones; no se puede pensar ni construir Europa sin asumir a fondo esta realidad multipolar.

            El otro reto que quisiera mencionar es la transversalidad. Comienzo con una experiencia personal: en los encuentros con políticos de diferentes países de Europa, he notado que los jóvenes afrontan la realidad política desde una perspectiva diferente a la de sus colegas más adultos. Tal vez dicen cosas aparentemente semejantes, pero el enfoque es diverso. Esto ocurre en los jóvenes políticos de diferentes partidos. Y es un dato que indica una realidad de la Europa actual de la que no se puede prescindir en el camino de la consolidación continental y de su proyección de futuro: tener en cuenta esta transversalidad que se percibe en todos los campos. No se puede recorrer este camino sin recurrir al diálogo, también intergeneracional. Si quisiéramos definir hoy el Continente, debemos hablar de una Europa dialogante, que sabe poner la transversalidad de opiniones y reflexiones al servicio de pueblos armónicamente unidos.

            Asumir este camino de la comunicación transversal no sólo comporta empatía intergeneracional, sino metodología histórica de crecimiento. En el mundo político actual de Europa, resulta estéril el diálogo meramente en el seno de los organismos (políticos, religiosos, culturales) de la propia pertenencia. La historia pide hoy la capacidad de salir de las estructuras que «contienen» la propia identidad, con el fin de hacerla más fuerte y más fructífera en la confrontación fraterna de la transversalidad. Una Europa que dialogue únicamente dentro de los grupos cerrados de pertenencia se queda a mitad de camino; se necesita el espíritu juvenil que acepte el reto de la transversalidad.

            En esta perspectiva, acojo favorablemente la voluntad del Consejo de Europa de invertir en el diálogo intercultural, incluyendo su dimensión religiosa, mediante los Encuentros sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural. Es una oportunidad provechosa para el intercambio abierto, respetuoso y enriquecedor entre las personas y grupos de diverso origen, tradición étnica, lingüística y religiosa, en un espíritu de comprensión y respeto mutuo.

            Dichos encuentros parecen particularmente importantes en el ambiente actual multicultural, multipolar, en busca de una propia fisionomía, para combinar con sabiduría la identidad europea que se ha formado a lo largo de los siglos con las solicitudes que llegan de otros pueblos que ahora se asoman al Continente.

            En esta lógica se incluye la aportación que el cristianismo puede ofrecer hoy al desarrollo cultural y social europeo en el ámbito de una correcta relación entre religión y sociedad. En la visión cristiana, razón y fe, religión y sociedad, están llamadas a iluminarse una a otra, apoyándose mutuamente y, si fuera necesario, purificándose recíprocamente de los extremismos ideológicos en que pueden caer. Toda la sociedad europea se beneficiará de una reavivada relación entre los dos ámbitos, tanto para hacer frente a un fundamentalismo religioso, que es sobre todo enemigo de Dios, como para evitar una razón «reducida», que no honra al hombre.

            Estoy convencido de que hay muchos temas, y actuales, en los que puede haber un enriquecimiento mutuo, en los que la Iglesia Católica – especialmente a través del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) – puede colaborar con el Consejo de Europa y ofrecer una contribución fundamental. En primer lugar, a la luz de lo que acabo de decir, en el ámbito de una reflexión ética sobre los derechos humanos, sobre los que esta Organización está frecuentemente llamada a reflexionar. Pienso particularmente en las cuestiones relacionadas con la protección de la vida humana, cuestiones delicadas que han de ser sometidas a un examen cuidadoso, que tenga en cuenta la verdad de todo el ser humano, sin limitarse a campos específicos, médicos, científicos o jurídicos.

            También hay numerosos retos del mundo contemporáneo que precisan estudio y un compromiso común, comenzando por la acogida  de los emigrantes, que necesitan antes que nada lo esencial para vivir, pero, sobre todo, que se les reconozca su dignidad como personas. Después tenemos todo el grave problema del trabajo, especialmente por los elevados niveles de desempleo juvenil que se produce en muchos países – una verdadera hipoteca para el futuro –,  pero también por la cuestión de la dignidad del trabajo.

            Espero ardientemente que se instaure una nueva colaboración social y económica, libre de condicionamientos ideológicos, que sepa afrontar el mundo globalizado, manteniendo vivo el sentido de la solidaridad y de la caridad mutua, que tanto ha caracterizado el rostro de Europa, gracias a la generosa labor de cientos de hombres y mujeres –  algunos de los cuales la Iglesia Católica considera santos – que, a lo largo de los siglos, se han esforzado por desarrollar el Continente, tanto mediante la actividad empresarial como con obras educativas, asistenciales y de promoción humana. Estas últimas, sobre todo, son un punto de referencia importante para tantos pobres que viven en Europa. ¡Cuántos hay por nuestras calles! No sólo piden pan para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere.

            En fin, entre los temas que requieren nuestra reflexión y nuestra colaboración está la defensa del medio ambiente, de nuestra querida Tierra, el gran recurso que Dios nos ha dado y que está a nuestra disposición, no para ser desfigurada, explotada y denigrada, sino para que, disfrutando de su inmensa belleza, podamos vivir con dignidad.

 

            Señora Presidenta, señor Secretario General, Excelencias, Señoras y Señores,

            El beato Pablo VI calificó a la Iglesia como «experta en humanidad». En el mundo, a imitación de Cristo, y no obstante los pecados de sus hijos, ella no busca más que servir y dar testimonio de la verdad. Nada más, sino sólo este espíritu, nos guía en el alentar el camino de la humanidad.

            Con esta disposición, la Santa Sede tiene la intención de continuar su colaboración con el Consejo de Europa, que hoy desempeña un papel fundamental para forjar la mentalidad de las futuras generaciones de europeos. Se trata de realizar juntos una reflexión a todo campo, para que se instaure una especie de «nueva agorá», en la que toda instancia civil y religiosa pueda confrontarse libremente con las otras, si bien en la separación de ámbitos y en la diversidad de posiciones, animada exclusivamente por el deseo de verdad y de edificar el bien común. En efecto, la cultura nace siempre del encuentro mutuo, orientado a estimular la riqueza intelectual y la creatividad de cuantos participan; y esto, además de ser una práctica del bien, es belleza. Mi esperanza es que Europa, redescubriendo su patrimonio histórico y la profundidad de sus raíces, asumiendo su acentuada multipolaridad y el fenómeno de la transversalidad dialogante, reencuentre esa juventud de espíritu que la ha hecho fecunda y grande.

            Gracias.