Loiola XXI

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Papel de los abuelos en la sociedad actual. Palabras del Papa Francisco.

El Papa: también yo soy anciano; favorezcamos la cultura de la vida

Francisco recibió en audiencia a 7 mil ancianos, en ocasión de la Fiesta de los Abuelos. «Ustedes son como árboles que siguen dando fruto: a pesar del peso de los años, pueden dar una contribución original a la sociedad»
ANSA

El Papa: también yo soy un abuelo; favorezcamos la cultura de la vida

«La Iglesia ve a las personas ancianas con afecto, reconocimiento y gran aprecio. Ellas forman parte esencial de la comunidad cristiana y de la sociedad, en particular representan las raíces y la memoria de un pueblo». Papa Francisco expresó la cercanía y el agradecimiento de la Iglesia a la llamada «tercera edad» durante la audiencia que concedió hoy, 15 de octubre, a alrededor de 7000 abuelos y abuelas que participan en la fiesta a ellos dedicada, organizada por la Asociación Nacional de Trabajadores Ancianos (Anla) y por la Federación Senior Italia FederAnziani. E insistió, entre los aplausos de los presentes, en su no fuerte a la cultura del descarte que «margina a los ancianos» porque los considera «improductivos». «Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».«Ustedes —dijo el Pontífice— son una presencia importante, porque su experiencia constituye un tesoro precioso, indispensable para ver hacia el futuro con esperanza y responsabilidad. Su madurez y sabiduría, acumuladas a lo largo de los años, pueden ayudar a los más jóvenes, sosteniéndolos en el camino del crecimiento y de la apertura al porvenir, en la búsqueda de su camino. Los ancianos, de hecho, atestiguan que, incluso en las pruebas más difíciles, no hay que perder nunca la confianza en Dios y en un futuro mejor».

Bergoglio recurrió a una imagen para explicarse mejor: «Los ancianos —observó— son como árboles que siguen dando frutos: a pesar del peso de los años, pueden dar su contribución original para una sociedad rica de valores y para la afirmación de la cultura de la vida».

El Pontífice también les agradeció por su compromiso. «Pienso —subrayó— en todos los que se ponen a disposición en las parroquias para un servicio verdaderamente precioso: algunos se dedican a decorar la casa del Señor, otros como catequistas, animadores de la liturgia, testimonio de caridad. Y ¿qué decir de su papel en el ámbito familiar? ¡Cuántos abuelos cuidan a los nietos, transmitiéndoles con simplicidad a los más pequeños la experiencia de la vida, los valores espirituales y culturales de una comunidad y de un pueblo! En los países que han sufrido una grave persecución religiosa, han sido los abuelos los que han transmitido la fe a las nuevas generaciones, llevando a los niños a recibir el Bautismo en un contexto de dolorosa clandestinidad».

Francisco resaltó la «misión» de los abuelos. «En un mundo como el de hoy, en el que a menudo prevalecen la fuerza y la apariencia, ustedes tienen la misión de ofrecer testimonio de los valores que cuentan de verdad y que permanecen para siempre, porque están inscritos en el corazón de cada ser humano y están garantizados por la Palabra de Dios. Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, o mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».

Después, el Papa se refirió a los ancianos que conviven con la enfermedad y que necesitan asistencia. «Agradezco —subrayó— hoy al Señor por todas las personas y estructuras que se dedican a un servicio cotidiano a los ancianos, para favorecer adecuados contextos humanos, en los que cada uno pueda vivir dignamente esta importante etapa de la propia vida. Los institutos que alojan a los ancianos están llamados a ser lugares de humanidad y de atención amorosa, en donde las personas más débiles no sean olvidadas o descuidadas, sino visitadas, recordadas y custodiadas como hermanos y hermanas mayores. Se expresa así el reconocimiento hacia los que tanto han dado a la comunidad y que son su raíz».

Y una advertencia contra la cultura del descarte: «Las instituciones y las diferentes realidades sociales —continuó Francisco— pueden hacer mucho más para ayudar a los ancianos a expresar de la mejor manera sus capacidades, para facilitar su activa participación, sobre todo para que su dignidad de personas sea siempre respetada y valorada. Para hacer esto hay que contrarrestar la cultura novia del descarte, que margina a los ancianos, considerándolos improductivos».

El Papa contó una anécdota: «Una de mis abuelas me contaba esta historia: en una familia el abuelo vivía con ellos, era viudo y comenzó a enfermarse y no comía bien en la mesa. Se le caía un poco la comida, y un día el papá decidió que el abuelo ya no comiera con ellos en la mesa y que comiera en la cocina; y así, la familia comía sin el abuelo. Algunos días después, cuando volvió a casa del trabajo, se encontró a uno de los hijos jugando con una madera, clavos y martillo, y le preguntó: “¿Qué estás haciendo?». El niño le respondió: “Estoy haciendo una mesa”. “Pero, ¿para qué?”, le preguntó el papá. “Para que cuanto te vuelvas viejo puedas comer ahí”». Los niños, dijo el Papa, «naturalmente están muy apegados a los abuelos y comprenden que solo los abuelos pueden explicar con sus vidas. No dejen que esta cultura del descarte salga adelante, que sea siempre una cultura incluyente. Los abuelos son necesarios, para dar sabiduría. Me hace muy bien leer cuando José y María llevan al Niño Jesús al Templo y se encuentran con dos abuelos, u estos dos abuelos eran la sabiduría del pueblo y alababan a Dios, para que esta sabiduría podría salir adelante con este niño. Son los abuelos los que reciben a Jesús en el Templo, no el sacerdote. Este llega después. ¡Léanlo, es el Evangelio de Lucas, es muy bello!».

«Los responsables públicos, las realidades culturales, educativas y religiosas, así como todos los hombres de buena voluntad —concluyó el Pontífice— están llamados a comprometerse para construir una sociedad cada vez más incluyente y acogedora. Es importante también favorecer los vínculos entre las generaciones. El futuro de un pueblo exige el encuentro entre jóvenes y ancianos: los jóvenes son la vitalidad de un pueblo en camino, y los ancianos refuerzan esta vitalidad con la memoria y la sabiduría».

«Queridos abuelos y abuelas, gracias por el ejemplo que ofrecen de amor, de dedicación y de sabiduría. ¡Sigan, con valentía, ofreciendo testimonio de estos valores! ¡Que no les falten a la sociedad sus bellas sonrisas ni la bella luminosidad de sus ojos! Yo los acompaño con mi oración, y ustedes no se olviden de rezar por mí».

Antes de la bendición, el Papa pidió a los presentes que rezaran a Santa Ana, la abuela de Jesús.


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Jornada de los ancianos; homilía del Papa

Papamicrófono

(RV).- Este domingo la Plaza de San Pedro, abraza al Papa Francisco y a Benedicto XVI, invitado por él, con los ancianos y abuelos del mundo. Encuentro, diálogo y testimonios con el título «La bendición de la larga vida», para luego culminar con la celebración presidida por el Papa Bergoglio de la Santa Misa y el rezo mariano del Ángelus. Una fiesta en familia, transmitida en mundovisión, cargada de fe, ternura, alegría y conmoción. Un gran aplauso lleno de cariño recibió a Benedicto XVI cuando llegó a la Plaza de San Pedro, para participar en la primera parte de este evento. Intensos aplausos también algunos instantes después cuando el Papa Francisco llegó y fue a abrazar a su amado predecesor.

“Los jóvenes dan fuerza y los ancianos robustecen esta fuerza”, el Papa en la homilía de la misa con los mayores

(RV).- (actualizado con texto y audio) El Santo Padre durante su homilía en la misa por la celebración de la jornada dedicada a los abuelos y ancianos, recordó la figura de la Virgen María como ejemplo en la dedicación y el cariño a los más mayores. “María nos muestra el camino a seguir: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, pero también para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida”, dijo. El Obispo de Roma, en una plaza de San Pedro repleta de fieles explicó que es común que los jóvenes en una etapa adolescente de la vida, se alejen de los padres y de los abuelos para “liberarse del legado generacional”, pero especificó que el problema llega si no se recupera este encuentro, y entonces se llega a un “grave empobrecimiento del pueblo y una libertad que prevalece en una sociedad falsa”.
Al final de su homilía el Papa Francisco hizo hincapié en que “los jóvenes dan fuerza para hacer avanzar al pueblo, y los ancianos robustecen esta fuerza con la memoria y la sabiduría popular”. (MZ-RV)
Palabras del Santo Padre en la homilía(audio de la crónica de Radio Vaticano con la voz del Papa:
El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza.María es joven, muy joven. Isabel es anciana, pero en ella se ha manifestado la misericordia de Dios, y, junto a con su esposo Zacarías, está en espera de un hijo desde hace seis meses.
También en esta ocasión, María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida.La Primera Lectura recuerda de varios modos el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre: así se prolongarán tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12). No hay futuro para el pueblo sin este encuentro entre generaciones, sin que los niños reciban con gratitud el testigo de la vida por parte de los padres. Y, en esta gratitud a quien te ha transmitido la vida, hay también un agradecimiento al Padre que está en los cielos.
Hay a veces generaciones de jóvenes que, por complejas razones históricas y culturales, viven más intensamente la necesidad de independizarse de sus padres, casi de «liberarse» del legado de la generación anterior. Es como un momento de adolescencia rebelde. Pero, si después no se recupera el encuentro, si no se logra un nuevo equilibrio fecundo entre las generaciones, se llega a un grave empobrecimiento del pueblo, y la libertad que prevalece en la sociedad es una falsa libertad, que casi siempre se convierte en autoritarismo.
El mismo mensaje nos llega de la exhortación del apóstol Pablo dirigida a Timoteo y, a través de él, a la comunidad cristiana. Jesús no abolió la ley de la familia y la transición entre las generaciones, sino que la llevó a su plenitud. El Señor ha formado una nueva familia, en la que, por encima de los lazos de sangre, prevalece la relación con él y el cumplir la voluntad de Dios Padre. Pero el amor por Jesús y por el Padre eleva el amor a los padres, hermanos y abuelos, renueva las relaciones familiares con la savia del Evangelio y del Espíritu Santo. Y así, san Pablo recomienda a Timoteo, que es Pastor, y por tanto padre de la comunidad, que se respete a los ancianos y a los familiares, y exhorta a que se haga con actitud filial: al anciano «como un padre», a las ancianas «como a madres» (cf. 1 Tm 5,1). El jefe de la comunidad no está exento de esta voluntad de Dios, sino que, por el contrario, la caridad de Cristo le insta a hacerlo con un amor más grande. Como la Virgen María, que aun habiéndose convertido en la Madre del Mesías, se siente impulsada por el amor de Dios, que en ella se está encarnando, a ir de prisa hacia su anciana pariente.
Volvamos, pues, a este «icono» lleno de alegría y de esperanza, lleno de fe, lleno de caridad. Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón. La sabiduría de Isabel y Zacarías ha enriquecido su ánimo joven; no eran expertos en maternidad y paternidad, porque también para ellos era el primer embarazo, pero eran expertos de la fe, expertos en Dios, expertos en esa esperanza que de él proviene: esto es lo que necesita el mundo en todos los tiempos. María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre.
Así, la Virgen María nos muestra el camino: el camino del encuentro entre jóvenes y ancianos. El futuro de un pueblo supone necesariamente este encuentro: los jóvenes dan la fuerza para hacer avanzar al pueblo, y los ancianos robustecen esta fuerza con la memoria y la sabiduría popular.