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En la agenda del Papa no consta, por ahora, un viaje a Argentina.

El Papa a Hebe: “Nada decidido sobre el viaje a Argentina”

Francisco responde a una carta enviada por la titular de las Madres de Plaza de Mayo y reafirma que ante el dolor de una madre él tiene necesidad de acompañarla. Pero el texto sale a la luz luego que la destinataria fue procesada en un caso de corrupción
AFP

Manifestación en la Plaza de Mayo, en el centro de Buenos Aires

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Pubblicato il 17/05/2017
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Todavía no hay nada decidido sobre mi viaje a Argentina”. El Papa respondió así a la petición insistente de Hebe de Bonafini, presidente de la asociación argentina de las Madres de Plaza de Mayo. Ella le había escrito una carta para implorarle que viaje pronto a la Argentina. Francisco le respondió con un texto autógrafo, en el cual la trató con confianza. Y aunque precisó que aún no existe nada decidido sobre una futura visita apostólica a su país, no cerró definitivamente la posibilidad. Y a la mujer le señaló: “Tengo en cuenta tus palabras”.

 

El intercambio epistolar salió a la luz este martes en Buenos Aires. Lo dio a conocer la propia asociación, pocas horas después que el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi ordenó el procesamiento de Bonafini y su ex apoderado, Sergio Schoklender, por el supuesto desvía de 200 millones de pesos públicos (unos 13 millones de dólares de la actualidad) por un programa de construcción de viviendas sociales llamado Sueños Compartidos.

 

Las cartas datan de unos días atrás. La mujer escribió al “queridísimo Papa Francisco” el 14 de abril para decirle “cuánto lo necesitan todos” en Argentina. “La estamos pasando muy mal, el país parece una montaña que se cae a pedazos como cuando sucede un terremoto”, indicó.

 

“Sé que no vas a venir”, apuntó. Recordó que el pasado 30 de abril las Madres cumplieron 40 años de lucha sin faltar un solo jueves a la Plaza de Mayo, lo cual significa dos mil 36 marchas. “Quedamos muy pocas, pero construimos un puente indestructible entre nuestros hijos y las nuevas generaciones que se tomaron la patria en serio, así que las Madres moriremos tranquilas porque la lucha y la defensa de la vida está en las mejores manos, ¡la juventud! que está comprometida con la lucha por los otros y para los otros”, siguió.

 

Luego le pidió al pontífice que ese día, el 30 de abril, no se olvide de ellas, que le pida al “Tatita Dios” que no las abandone. Se despidió con un “fuerte abrazo” y un “vení que te necesitamos”. Y agregó una postdata: “Sé que vos pensás que si venís le hacés un favor al pastor Mauricio. Yo te pido que pienses en cuanto bien le harías a millones si venís”.

 

En estas últimas líneas, Bonafini hizo referencia a Mauricio Macri, el presidente argentino. Sobre la religiosidad personal del mandatario, existen numerosos rumores. Pero existe también, cierta convicción en los ambientes políticos, de su adscripción a cultos de tipo “new age”. Sólo así podría explicarse aquello de “pastor Mauricio”.

 

La respuesta del Papa se escribió el 5 de mayo. De su puño y letra, el pontífice encabezó el texto a la “Sra. Hebe de Bonafini” y después añadió: “Querida Hebe”. En el texto, es vistoso que Jorge Mario Bergoglio no hizo referencia a las críticas políticas de la señora ni se manifieste, a favor o en contra. En cambio, le agradeció la carta que le llegó el 19 de abril, así como un libro que le envió con motivo de la conmemoración de los 40 años de Asociación Madres de Plaza de Mayo.

 

“Te agradezco lo que me decís en la carta y quisiera reiterar lo que dije tantas veces y te lo expresé cuando estuviste en el Vaticano: frente al dolor de una madre que pierde a sus hijos de una manera tan cruel y violenta siento un profundo respeto y la necesidad de acompañarla con mi cercanía y oración. Sólo ella sabe lo que es ese sufrimiento”, señaló. En esta ocasión usó las mismas palabras con las cuales explicó su decisión de recibir en audiencia a la propia Bonafini el 27 de mayo de 2016, un encuentro largo y cordial en la Casa Santa Marta del Vaticano.

 

Ya entonces, la reunión había dividido las aguas en Argentina. Sobre todo por el alto perfil público de las Madres de Plaza de Mayo y su alineación política con el “kirchnerismo”, el movimiento de adhesión al ex presidente Néstor Kirchner y su esposa, que también fue presidenta, Cristina Fernández. Durante ese diálogo en el Vaticano, Bonafini le pidió perdón a Bergoglio por haberlo tratado en pésimos términos cuando él era arzobispo de Buenos Aires e, incluso, por haberle tomado la catedral a la fuerza en alguna ocasión.

 

Hacia el final de su carta, el Papa apuntó: “Todavía no hay nada decidido sobre mi viaje a Argentina. Tengo en cuenta tus palabras. Por favor, no te olvides de rezar por mí. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide”. Y se despidió con un “afectuosamente, Francisco”.

 

Por estas horas, el intercambio epistolar divide a la opinión pública argentina. Tratándose de una carta autógrafa, pertenece a las comunicaciones privadas del pontífice. Pero en Buenos Aires las interpretaciones sobre su contenido y el gesto se han multiplicado al infinito. Empero, la única información objetiva que se desprende del texto es que el Papa no tiene en agenda visitar su país natal, como lo anticipó hace días el Vatican Insider.


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Papa Francisco: cambios en su pontificado. Comentario.

Cambios que el Papa representa

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El Papa Francisco es señal de grandes cambios. Algunos de estos, Francisco los ha comenzado, otros los desea, otros los deseamos nosotros. No sabemos si él también. Lo que nadie puede dudar es que el Papa agita las aguas adrede. Que los cambios que impulsa provoquen reacciones, no debiera extrañarnos. No son pequeños.

LOS CAMBIOS COMENZADOS

Francisco ha empezado cambios. El Papa pareciera querer dar un tranco adelante. La reforma de la Iglesia, según parece, le es aún más importante que la reforma de la Curia. Se dice que el cónclave de cardenales que lo eligió le pidió la reforma de esta. Todo indica que no imaginaron que comenzaría por lo más importante: procurar que la Iglesia vuelva al Evangelio.

“Una Iglesia pobre y para los pobres”

La frase “cuánto quisiera una Iglesia pobre y para los pobres” fue el pitazo inicial del partido que Francisco ha querido jugar. Mi opinión es que este constituye el motivo central de su pontificado. En la medida que Francisco ha querido gobernar la Iglesia con este motivo, ha debido enfrentar reacciones en contra de variada índole.

Francisco sorprendió a todos con sus primeros viajes fuera de Roma: Lampedusa, Albania… Fueron, sin duda, intencionales. A los latinoamericanos no nos sorprendió del todo que el Papa realizara estos gestos, pues son acordes de la “opción por los pobres” de la Iglesia de nuestro continente. El magisterio latinoamericano ha sido consistente en la proclamación de esta opción. Pero las palabras y gestos realizados por Francisco en esta línea han podido incomodar otros sectores de la Iglesia. En el mundo el neoliberalismo reina y la riqueza se  acumula. La otra frase de Francisco: “esta economía mata”, ha podido servir para hacerse una idea clara de su manera de pensar. No todos los católicos están de acuerdo con él.

¿Qué hay en este giro hacia los pobres? Francisco ha re-puesto a la Iglesia en la vía del Evangelio. El primer papa latinoamericano, si algo tiene que aportar, es una compresión del Evangelio desde la periferia. Hace prácticamente 50 años la Iglesia latinoamericana, concretamente en Medellín (1968), se autocomprendió a sí misma como la Iglesia de un continente pobre y empobrecido. Hoy, con Francisco, la Iglesia de América Latina devuelve a Europa y comparte con el resto del mundo, el Evangelio que ella recibió de sus mayores.

Francisco pone a la Iglesia en camino a “las periferias existenciales”. A cada rato hace señales en la dirección de una opción por pobres y marginados. La otra expresión que dio vuelta al planeta fue: “quién soy yo para juzgar a un gay”. El puro uso de la palabra “gay” sonó a una aceptación de una realidad que la posición eclesiástica oficial no ha querido reconocer. El “no juzgarlos”, por otra parte, nos recordó al Jesús que pasó por Galilea escandalizando a los fariseos que se creían mejores y excluían a los demás.

En Amoris laetitia son muchas las indicaciones de lo mismo. No hay una familia ideal. Para Francisco, “hay un collage” de familias. El papa como papa tiene que tener una palabra de aliento para las familias y personas reales más que para las “ideales”. Estas, en realidad, no existen. Pero cuando la Iglesia juega en favor de esta hipótesis termina por excluir precisamente a aquellos que Jesús habría incluido e integrado. En Amoris laetitia hay un lugar para cada uno con su realidad familiar, con lo quedó de su familia, con su lucha por levantar un nuevo matrimonio y darle un hogar a niños regulares o irregulares.

Francisco ha hecho todo lo posible para que se dé la comunión a los divorciados vueltos a casar. ¿Quiénes no han querido? Figuras eclesiásticas y laicos muy parecidos a los fariseos que combatieron a Jesús. En contrario, merece un especial reconocimiento el coraje de los episcopados de Alemania y Malta que han explicado a sus fieles los alcances de la Exhortación apostólica.

Francisco ha puesto un grito en el cielo en favor de los migrantes. La Tierra es para todos. Nos recuerda la clave de bóveda de la enseñanza social de la Iglesia: el destino universal de los bienes. Un migrante es un ser humano al que se le niega un derecho fundamental. Se le niega y se le culpa de luchar por la vida propia y de sus hijos.

Este Papa, en fin, ha asumido el grito de los pobres y el grito de la Tierra, fenómenos dramáticos que tiene una sola causa: el capitalismo que se sirve de la tecno-ciencia. El planeta está al borde del abismo. La codicia y un sistema económico centrado en la búsqueda de la mayor ganancia posible, amenaza gravemente el futuro de la humanidad

Libertad de expresión

Otro cambio notable, pero talvez no suficientemente advertido y destacado, es la libertad para hablar y expresarse. Un Papa que habla en vez de leer, que da entrevistas, que a veces dice leseras como afirmar que la gente de Osorno “es tonta” porque rechaza al obispo que él mismo le ha impuesto, un Papa que, en suma, es capaz, por lo mismo, de decir “no soy infalible”, ha generado la posibilidad de que otros hagan lo mismo.

Hasta hace poco en la Iglesia la palabra estaba reservada para la autoridades y estas, las más, no hacían más que citar a los papas o salir del paso con respuestas alambicadas. Muchas veces hemos tenido la impresión de oír a obispos o sacerdotes que pareciera que, en realidad, no tienen nada que decir. Hemos vivido en silencio por muchos años. Miedo y silencio. Hemos tenido la impresión que nuestros propios obispos han vivido atemorizados y silenciados.

A decir verdad, esta situación persiste en buena medida. Es inevitable sospechar. ¿No será que las autoridades se están cuidando? Francisco es un hombre mayor… ¿Cuánto le queda? El efecto péndulo es conocido. Más en este caso. El próximo Papa probablemente será más comedido que este. Si un eclesiástico se entusiasma mucho con Francisco, puede quedar mal parado con el papa siguiente.

Pero también cabe la posibilidad de que se instale en la Iglesia la costumbre de hablar abiertamente y de discrepar. El mismo Sínodo, seguido con interés por la opinión pública, fue ocasión de ver a los prelados discutir abiertamente sobre temas hasta hace poco “intocables”. ¿Ha hecho mal esta apertura? Todo lo contrario. La libertad para hablar ha devuelto protagonismo a católicos ya cansados de no ser considerados en nada.

La Iglesia ingresa, con Francisco, al registro 2.0. Este no consiste en un progreso, sino en la posibilidad que ofrece el mundo digital de interactuar horizontalmente, de expresarse de igual a igual. En esta Iglesia ha de primar el diálogo y la argumentación. No la imposición de la verdad.

Si el Papa admite que puede equivocarse, este es un derecho de todo el Pueblo de Dios.

LOS CAMBIOS QUE ESPERO VER

No se puede decir que Francisco haya comenzado un cambio en cuanto a la participación de la mujer en la toma de decisiones y los cargos en la Iglesia.

Debe reconocérsele una mirada benévola, misericordiosa, con la mujer en Amoris laetitia. Las aperturas en la concepción de la sexualidad, el matrimonio y la familia, junto a la ya mencionada posibilidad de comulgar en misa para los divorciados vueltos a casar, deben imputarse como favorables a las mujeres católicas.

¿Cómo no será un enorme progreso haber entregado la decisión del control de natalidad a la conciencia de las parejas? Se dirá que esto atañe también a los esposos. No de igual manera. Tomar o no tomar la píldora ha sido un cuidado de la mujer. Ella ha sido quien ha debido cargar con un eventual embarazo y la angustia de dar a luz un niño no querido. Los hombres muchas veces se han desentendido de la paternidad responsable. Simplemente han descansado en que esta preocupación le corresponde a su pareja. La encíclica Humanae vitae (1968), por casi cincuenta años, ha sido un tormento moral para las mujeres. La pretensión de imponer su observancia sin contemplaciones ha significa una angustia moral y el motivo de la ida de la Iglesia de muchísimas mujeres.

Ahora último el Papa ha abierto un estudio sobre la posibilidad de ordenar diaconisas. Es otro paso, aunque tímido, en favor de la integración de la mujer. ¿Vendrá luego la posibilidad del sacerdocio femenino? Hoy es culturalmente impresentable su exclusión. La teología tiene dificultades para encontrar en la tradición de la Iglesia antecedentes significativos. Será necesario que la teología, y el magisterio que necesita fundamentar sus decisiones, se abran a considerar la autoridad que tiene oír hoy la voz de Dios en los signos de los tiempos.

Independientemente del sacerdocio femenino, se requiere que las mujeres sean admitidas por igual en los cargos de gobierno de la Iglesia. En este campo esperamos mucho de Francisco, aunque es improbable que tenga fuerzas para tanto.

Otro cambio importante, que esperamos se realice algún día, aunque estamos muy lejos de ello, es la constitución de una Iglesia policéntrica como la han pensado Rahner y Metz. Hoy la concentración del poder en Roma y la curia es impresionante. Las demás Iglesias tienen poquísima autonomía para desarrollarse. Aún conferencias como la latinoamericana son humilladas por Roma. Recuérdese aquí las intervenciones vaticanas en las dos últimas conferencias episcopales. En Santo Domingo la intervención de la curia fue grotesca. La conferencia estuvo a punto de fracasar. Luego en Aparecida una serie de textos aprobados por la asamblea volvieron del Vaticano gravemente cambiados. Estos son botones de muestra de una falta de respecto que no sería posible si el problema no fuera estructural.

Lo que está pendiente es el desarrollo de Iglesia regionales autónomas. Unidas unas a otras, sin duda, en virtud del obispo de Roma. Pero con la capacidad de abordar con creatividad las tareas de una evangelización que siempre debe ser inculturada. Los nuncios, en esto, no ayudan. Ellos, especialmente con los nombramientos de obispos afines, aseguran el predominio cultural del centro sobre las periferias.

Dudamos que este cambio sea posible con Francisco. Apenas podrá hacer algunos cambios en la Curia, plano en el que tiene mucho viento en contra. Solo podemos esperar que la libertad que el Papa está desencadenando en la Iglesia ayude a que las iglesias locales pierdan miedo y se atrevan a exigir mayor participación.

UN CAMBIO PROPUESTO

 Francisco en Evangelii Gaudium promueve un “Iglesia en salida”. El diagnóstico callado es que la Iglesia está enferma de encierro, de volcarse sobre sí misma. Habría que agregar que la institución eclesiástica suele parapetarse contra un mundo que le parece equivocado y amenazante. En muchos aspectos esto es verdad, pero lo propio de la Iglesia no es defenderse, menos aún condenar al mundo sino colaborar con Cristo en su salvación.

Se trata de “salir”, de ir a los otros, de llegar todos. Es más, si se analizan bien los textos del documento, descubrimos que ir a los demás equivale a acogerlos con todas sus diferencias. Esta es la Iglesia católica. Es católica, es decir, universal: de ella nadie debiera ser excluido.

No podemos pasar por alto que una Iglesia “en salida”, tal como Francisco la quiere, es una Iglesia alegre. Fijémonos en los títulos de los tres documentos principales: Evangelii Gaudium, Laudato si, Amoris laetitia. Son títulos que evocan la alegría que predominó en la Iglesia de los orígenes. La Iglesia es alegre cuando se entrega por completo a anunciar que Jesucristo es una buena noticia. Ella sale contenta a anunciarlo, esta es su misión, aunque no sabe si este éxodo tendrá éxito o terminará en un fracaso. La Iglesia no debiera controlar resultados. Los frutos auténticos son obras del Espíritu.

Francisco entiende que la Iglesia es una realidad histórica cuyo éxito no se puede calcular ni controlar. Su actitud pastoral principal es la de acompañar al Pueblo de Dios, involucrándose con él, respetando el camino que las personas van haciendo. Los sacerdotes y otros guías han de ser cercanos y respetuosos de las decisiones que las personas toman. La Iglesia institucional ha de ayudar a discernir el llamado que el Señor hace a los católicos individual o colectivamente considerados. Al promover la actitud de discernimiento, el Papa da vuelta todo. La verdad fundamental no es la de la doctrina, sino la que las personas van descubriendo en sus vidas, no sin los demás, como una verdad personal y vivificadora. El cristianismo no consiste en ajustarse a una enseñanza sino en seguir a una persona, a Jesucristo, iluminados por su Espíritu.

UN CAMBIO DIFÍCIL DE ESPERAR

Confieso, por último, que tengo pocas esperanzas que Francisco cambie la concepción y el lugar del sacerdote en la Iglesia. Hoy predomina por doquier una versión eclesiástica de la Iglesia. Congar, años atrás, hablaba de “jerarcología”. Una Iglesia vertical como la que tenemos, en la cual el poder, además, se encuentra “sacralizado”, es culturalmente insostenible. Siempre habrá laicos sumisos a poderes sacros o deseosos de conseguir el favor de Dios por la vía de la magia. Pero en los sectores sanos del cristianismo un sacerdocio de seres revestidos de una divinidad que les exige evacuar su humanidad, no debiera tener autoridad alguna. El Papa ha sido duro con el clericalismo que se sirve de la separación de lo sagrado y lo profano para dominar a los fieles y,  de paso, escalar posiciones. Dudo que Francisco, en esta materia, logre cambios importantes.

Jorge Costadoat, S.J.

Ponencia expuesta en la Presentación del libro: “Francisco. Palabra Profética y Misión” en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile y en la Iglesia de San Antón en Madrid.


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Los viajes del Papa y Argentina.

¿Un viaje a Argentina? “No lo tengo en agenda”

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Tras las especulaciones en su país natal, el Papa Francisco confiesa a un amigo que no tiene previsto visitar Argentina en 2018 y habla por primera vez de una gira por Perú y Chile, “para cerrar el eje del Pacífico”.

“No lo tengo en agenda”. La respuesta no dejó espacio a la especulación. Este domingo, tras cumplir sus actividades públicas, el Papa llamó a Luis Liberman, director general de la Cátedra del Diálogo y la Cultura del Encuentro. Lo felicitó por su cumpleaños y, en la conversación, quiso despejar dudas. No viajará a Argentina el próximo año, como trascendió semanas atrás. En cambio, sí tiene planeado visitar Chile y Perú, “con el fin de cerrar el eje del Pacífico”. 

 

Pero la negativa fue clara. Entonces, el felicitado recordó que algunas semanas atrás la prensa argentina difundió informaciones precisas sobre el supuesto viaje papal. Según se publicó entonces, durante una reunión con la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, y con la ministra de Desarrollo Social de la Nación, Carolina Stanley, el pontífice habría revelado su voluntad de pisar suelo argentino en 2018.

Incluso se aportaron datos muy concretos: la visita sería “entre marzo y abril”, incluiría etapas en “cinco provincias” para congregar “a más de 20 millones de personas” y “un equipo ya está trabajando en Roma”. Planteados así, los datos resultaban (al menos) extraños. Hasta ahora, el Papa no ha cumplido una visita apostólica con tantas paradas dentro de un mismo país. Claro, siendo Argentina podría hacer una excepción. No obstante, en medio de los dos meses indicados se encuentra la Semana Santa, que el próximo año irá del 25 de marzo al 1 de abril. Eso restringía aún más las opciones.

Inmediatamente después de la filtración periodística, la Santa Sede negó con firmeza el particular. “Ni siquiera está en estudio”, indicaron acreditadas fuentes vaticanas. Aun así, en Argentina las especulaciones siguieron. Se llegó a indicar una fecha específica: el 18 de marzo y hasta los mismos amigos del Papa creyeron en la versión.

El gobierno argentino no recibió el debate público sobre un hipotético viaje papal como una buena noticia. Se temió, con razón, que unos datos inconexos filtrados sin más a la prensa “embarraran la cancha”, afectando la relación institucional. “El gobierno quiere que el Papa venga, es un deseo, pero que salgan estas informaciones no ayuda”, confió por esos días una fuente acreditada al Vatican Insider.

Al respecto, fue indicativa la respuesta que dio la canciller argentina, Susana Malcorra, a la pregunta de si había hablado con el pontífice sobre la ansiada visita, el pasado viernes 21 de abril. Ella precisó: “No hablamos. El santo padre ha sido invitado en reiteradas ocasiones, todas las veces que habló o se vio con el presidente. La invitación de parte de la Argentina está abierta y se va a hacer en el momento en que el Papa juzgue oportuno, en función de su amplia agenda. Así que ni siquiera toqué el tema”.

Con estos antecedentes, el comentario de Francisco de este domingo tuvo un valor aclaratorio. “Nunca hubo interacciones en esa línea”, precisó el líder católico a su amigo. Es más, recordó que él mismo le había dicho a Liberman que no tenía agendada una visita a Argentina en 2018 cuando ambos se vieron en el Vaticano en febrero último, con motivo de un seminario mundial sobre el derecho al agua organizado por la Cátedra del Diálogo y la Pontificia Academia para las Ciencias Sociales.

En la llamada, en cambio, sí confirmó su intención de volver a América Latina, con una gira por Chile y Perú. Algo que ya había informado a los obispos chilenos y que adquiere sentido si se considera la anterior visita a Ecuador y Bolivia, o la futura a Colombia. De allí la frase “cerrar el eje del Pacífico”.

Los amigos hablaron de otras cosas. Sobre su paso por El Cairo, este viernes 28 y sábado 29 de abril, Jorge Mario Bergoglio expresó entusiasmo. Un tema propio de la cultura del encuentro. “Fue un viaje extraordinario, conmovedor. Me fui con la certeza de que hay un pueblo que ama la paz”, apuntó.

También felicitó a Liberman por “impulsar desde la Cátedra actividades centradas en el medio ambiente, la educación y el trabajo”. Una apuesta que va a redoblar ese espacio “académico y plural”, como se autodenomina. Esta semana que comienza, el organismo tendrá en Colombia reuniones preparatorias para un taller sobre el derecho humano al agua en la cuenca del Amazonas, a realizarse en septiembre próximo en ese país, en coincidencia con la visita apostólica a esa nación, prevista del 6 al 10.

En esos encuentros participarán referentes de la Red Eclesial Panamazónica (Repam), que preside el cardenal brasileño Claudio Hummes, arzobispo emérito de Sao Paulo, y actores locales, entre los que destacan integrantes de la fundación Goias Amazonas.

Andrés Beltramo  –  Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación


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Entrevista sobre el Papa con un excolaborador suyo.

“Se exageran las críticas al Papa Francisco”

Dialogo con Eduardo García, quien trabajó codo a codo con Jorge Mario Bergoglio durante más de 10 años en Buenos Aires, arquidiócesis de la cual era vicario general

El Papa Francisco, “una persona desbordante de alegría”

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Pubblicato il 31/03/2017
Ultima modifica il 31/03/2017 alle ore 13:36
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Cuatro críticos no son nada, frente al concierto de las naciones y la figura de Pedro”. De eso está convencido Eduardo Horacio García, actual obispo de San Justo en Argentina. Durante más de 10 años fue vicario general de Jorge Mario Bergoglio en la Arquidiócesis de Buenos Aires. Miembro de la Acción Católica desde hace 45 años, ahora es asesor espiritual de esa institución a nivel global. En entrevista con el Vatican Insider trazó un balance del pontificado de Francisco.

 

Hace pocos días se cumplieron cuatro años del pontificado de Francisco, ¿cuál es su balance?

Lo veo muy sólido, a pesar de los ataques de ciertos sectores, las incomprensiones frente a ciertas cosas, lo veo con la solidez de alguien que no es un improvisado, que tiene un pensamiento que va creciendo. Un pensamiento ampliado y desde ese lugar va tocando los distintos ámbitos de la Iglesia que, en algunos casos, son los neurálgicos. Su pensamiento está condensado en la Evangelii Gaudium, pero dando una “vuelta de tuerca” a la dimensión evangelizadora de la Iglesia, metiéndola en la dimensión social y ecológica a través de Laudato Sii. No sería dimensión evangelizadora sin comprometerse con la realidad más cotidiana de los hombres y las mujeres, eso lo tocó en Amoris Laetitiae. Él es un factor de unidad y de integración a nivel mundial, no sólo religioso. Esto lo prueban los lugares que ha visitado y las personas con las cuales se ha entrevistado. No hace falta para eso ninguna visita protocolar, ni que le armen un desfile con alfombra roja, él va y viene, es su misión y la ha asumido profundamente.

 

¿Qué es lo que más le ha sorprendido desde su elección?

Me sigue sorprendiendo su alegría, acostumbrado a ver –allá en Argentina- a una persona más bien parca en la expresión de su afecto. Ver a esta persona desbordante de alegría me sigue admirando.

 

¿Lo extraña?

Claro. Después de tantos años de vivir en la habitación de arriba de él y compartir charlas todos los días, consultas y convivencia, ahora lo veo una vez por año, con suerte. Naturalmente se extraña. Es el precio que uno debe pagar para tener la gracia de tener un Papa de tamaña altura.

 

Usted mencionó antes los ataques contra el Papa, ¿era lo mismo en Argentina?

Los ataques allá provenían de otros sectores y entonces no era Papa, era un obispo más y bastaba con restarle importancia a lo que decía sugiriendo que su doctrina era “particular”. Siendo Papa, su enseñanza es universal y tiene un magisterio propio que tiene muchas consecuencias para la vida de la Iglesia. Cuando era obispo, se decía: “no le damos importancia”. Oían sus palabras, pero la vida seguía igual. Ahora no se puede seguir la vida igual sin ponerte de la vereda de enfrente, y eso marca una diferencia notable.

 

¿Ese puede ser el motivo por el cual se exageran muchas de las críticas contra el Papa?

Si, se exagera mucho. A la gente y a los periodistas les encanta el conflicto, entonces se magnifica mucho. Cuando cuatro personas, ilustres, no están de acuerdo con lo que dice el Papa se les otorga categoría universal pero esa manifestación no deja de ser de cuatro personas contra un líder moral indiscutido de la Iglesia y con un magisterio sólido. En eso, a veces, la prensa no nos hace un favor. Porque son cuatro personas en medio del concierto de las naciones. De los miles de obispos, decenas de cardenales, cuatro personas son nada, frente a la figura de Pedro.

 

¿Cuánto influye la predicación del Papa en estas críticas?

Lo que él dice tiene implicancias. Llama a un cambio, necesariamente provoca esta resistencia. Ante eso no se puede permanecer indiferentes, no se puede decir: “me da lo mismo… y me quedo del otro lado”. Tengo que acatar una serie de cosas que implican una novedad, no puedo quedarme al margen.

 

¿Y la gente?

Está feliz. Lo constatamos todos los días. Es un líder, provoca que la gente saque lo mejor de sí. Por eso digo que ciertas críticas, provienen de un grupo reducido. No es la gente en general, el pueblo de Dios e, incluso, quienes no creen.

 

¿Todo esto surge de católicos “ilustrados”?

Católicos ilustrados o aferrados a ciertas tradiciones, que sea esto u otra cosa, lo que les mueve el “establishment” les molesta.

 

Usted es el asistente espiritual de la Acción Católica a nivel global, ¿qué desea el Papa para esa realidad de la Iglesia?

Quiere una realidad en salida, no de puertas para adentro sino compartiendo la vida del mundo y evangelizando allí donde la gente está.

 

¿Qué significa cuando él anuncia: “es la hora de los laicos, pero parece que el reloj se paró”?

Que después del Concilio (Vaticano II), el laico no ha terminado de asumir su responsabilidad como constructor de la historia. Él solía decir: “Están los laicos que les gusta ser clericalizados, y están los curas a los que les gusta clericalizar a los laicos”. La mayor aspiración de un laico no puede ser convertirse en un “sacristán diplomado”. Tiene que ser alguien con valores evangélicos en el mundo de la política, en la empresa, en el mundo del trabajo. Ese es el laico comprometido, no el parroquial, el “chupacirio”. Ese no es. Hay que promover que asuma su responsabilidad en el mundo social, ese es el laico al cual él se refiere.

 

¿Cómo se ejerce ese laicado en un mundo plural?

Muchas veces se habla de pluralidad, pero ejercerla es difícil. Uno no puede pretender que todo pase por el ombligo del ojal de la Iglesia católica. Hay gente que vive de determinada manera, a la cual no puedo pedirle que viva de otra forma porque yo soy católico. Tengo que aceptar que existen otras opciones frente a la vida. No puedo imponerle mi matriz a quien distinto.

 

¿Eso significa renunciar a una manifestación pública del propio credo?

Yo no renuncio a lo que creo, pero en la vida íntima de los demás no puedo meterme.

 

¿Cuál es el principal desafío del Papa, de ahora en más?

Consolidar. Creo que se consolida andando, poner en marcha este engranaje.


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Hacia el 4º aniversario de la elección del Papa. Una biografía de Svidercoschi

“FRANCISCO EL INCENDIARIO”. A pocos días del IV aniversario de la elección de Bergoglio, anticipamos un capítulo del libro que está por salir del vaticanista Svidercoschi

Los comienzos en Lampedusa

Los comienzos en Lampedusa

Es suficiente ir a Google y tipear “las herejías de Francisco” para descubrir que hay medio millón de resultados donde se acusa al Papa Bergoglio de hacer afirmaciones gravemente erróneas respecto de la Tradición y de la doctrina católica. En realidad muchos de sus predecesores, sobre todo Juan Pablo II y Benedicto XVI, fueron expresamente culpados de herejía. Pero el Papa actual tiene el primado absoluto de ataques –y es un primado que sigue creciendo en número- de parte de esa caótica mezcolanza de mitómanos, integristas, nostálgicos, tradicionalistas y en términos generales opositores a Francisco. Opositores, todos ellos, extremadamente intolerantes e injuriosos.

Pues bien, esta podría ser también una confirmación más de cuánto ha cambiado en cuatro años el rostro del catolicismo. Y ha cambiado, obviamente, porque desde aquel 13 de marzo hay un Papa como Francisco, que es portador de un gran proyecto de renovación que en ciertos aspectos es incluso revolucionario. Por esa razón es un Papa que inevitablemente divide, es decir, que está destinado a hacer entrar en crisis muchas conciencias pero también a provocar rechazo, a crear divisiones o acentuarlas. La Fraternidad San Pío X, la de los lefebvristas más radicales, ha decidido rezar y hacer penitencia para que el Papa – al que considera uno de los principales responsables de la “grande y dolorosa confusión” que actualmente reina en la Iglesia – “tenga la fuerza para proclamar integralmente la fe y la moral”.

Ya no es la misma Iglesia. Pero si en estos cuatro años ha cambiado el rostro del catolicismo no es solo por el Efecto Francisco. También se debe a que las semillas del proyecto bergogliano, pese a las resistencias y hostilidades, han comenzado a echar raíces en el terreno de la Iglesia. Aunque no siempre los mismos creyentes lo perciben verdaderamente.

En efecto, ésta ya no es la Iglesia que –vista a través del prisma deformante de lo que estaba ocurriendo en el Vaticano y sus alrededores – parecía ser solo escándalos, luchas de poder, intrigas, negocios sucios, curas pedófilos y eclesiásticos carreristas. Sin duda no todos los problemas están resueltos y dentro de la muralla leonina siempre existe el riesgo de que vuelva a formarse una “casta”, menos visible pero precisamente por eso más insidiosa que la anterior. Sin embargo, ahora por lo menos hay transparencia. Están haciendo limpieza y ya no volverá a ocurrir que laven dinero sucio en el IOR. Hay un compromiso concreto de demoler el aparato burocrático y el sistema clerical que proliferaba en su interior.

Ya no es la Iglesia que daba la impresión de sentirse constantemente acosada, rodeada de enemigos, atemorizada por una modernidad que solo se identificaba por sus aspectos negativos como el secularismo, el relativismo ético, el anticlericalismo y ciertas investigaciones temerarias de la ciencia médica. Ahora, según uno de los pilares fundamentales del pensamiento de Francisco, es una “Iglesia en salida”. Por lo tanto es una Iglesia misionera, abierta a todos, en diálogo con todos y que debe anunciar el Evangelio en todas partes, en cualquier situación y oportunidad, sin miedos ni complejos. Es la famosa “cultura del encuentro” que se abrió paso entre los agnósticos, ateos recalcitrantes y laicistas, primero sorprendidos y después conquistados por un Pontífice que se mostraba severo en primer lugar con la gente que estaba “dentro” de su propia casa, empezando por los obispos y los curas.

Tampoco es ya la Iglesia que asistía en silencio, y cuya voz de todos modos pocos escuchaban, a la trágica involución de un mundo presa de nuevos conflictos, de nuevas macroscópicas injusticias, de nuevas violencias y de un nuevo y más terrible terrorismo. Ahora la Iglesia católica no solo ha recuperado toda su autoridad moral, no solo (gracias naturalmente a un Papa que vino del Sur) se ha convertido en la “voz” de los países pobres, de los pueblos arrasados por las guerras y reducidos a la miseria por las migraciones forzadas, sino que es capaz de ejercer una función mediadora en algunas situaciones de crisis e incluso movilizar las energías de otras Confesiones cristianas para apoyar la paz y la solidaridad.

Dureza de corazón. En síntesis, hace cuatro años predominaba una Iglesia que se consideraba detentora, si no dueña absoluta, de la “verdad”. Una Iglesia autorreferencial y contraria a los cambios, a las novedades, por miedo a debilitar sus defensas, a perder sus privilegios. En cambio ahora la Iglesia debe trabajar y esforzarse porque ya no tiene la centralidad ni puntos de apoyo institucionales. Y lo que más impresiona es que tiene grandes dificultades para pasar de lo que era una dialéctica puramente interna del poder eclesiástico a una confrontación directa con la palabra misma del Evangelio. Dicho de otro modo, a pasar de una dureza de corazón a la lógica evangélica del amor y de la misericordia.

Hace cuatro años la Iglesia plasmada por el Concilio Vaticano II estaba, de hecho, bloqueada. Bloqueada debido a los atrasos para poner en práctica los documentos conciliares; pero también debido a la preocupación de muchos representantes de la jerarquía por el “fantasma” de nuevas reformas. Por eso era una Iglesia imposibilitada para expresar su carga carismática, su representación de todo el pueblo de Dios (formado en su amplia mayoría por laicos, cosa que a menudo se olvidaba) y la riqueza de su diversidad de tradiciones, culturas, lenguas y experiencias. Ahora esta Iglesia se ha puesto nuevamente en camino. Y, remodelada por Francisco, está experimentando nuevas vías para anunciar la perenne novedad del mensaje de Cristo.

Mucho ha cambiado, desde aquel 13 de marzo, el rostro del catolicismo. Así como está cambiando progresivamente su dimensión interior. Ha mejorado el clima de fraternidad, de relaciones de comunión, del vivir juntos, del diálogo, dentro del mundo eclesial. Y además, sobre todo, se empiezan a advertir los primeros efectos de un retorno de la Iglesia a la inspiración evangélica,  a una fe más límpida, más transparente, liberada de tantas formalidades, de demasiados preceptos, de demasiadas construcciones (y restricciones) doctrinales, de tantas “jaulas” institucionales y tantas intromisiones ideológicas.

“Nostalgia” del Evangelio. Esta “nostalgia” del Evangelio, si se la puede llamar de esa manera, se agitaba desde hace tiempo en la profundidad de la conciencia de grandes sectores del pueblo católico; pero era algo indefinido, algo vago, algo que quedaba siempre al nivel de una aspiración y nada más. O quizás era un gran deseo de escuchar el Evangelio, eso sí, pero ¿cómo se hace para vivirlo? ¿dónde se lo puede vivir?

Y vaya a saber cuándo habría aflorado ese deseo, esa necesidad, si no hubiera llegado alguien como Francisco. La primera revolución la llevó a cabo en sí mismo, porque inmediatamente transformó la manera de “ser”, la manera de “actuar como Papa”. Era un estilo que podía parecer solo algo personal, pero muy pronto se pudo ver el sello “bíblico”, la completa identificación con las raíces, con las fuentes del cristianismo. Entonces es un Papa que vive el Evangelio. Anunciándolo siempre de nuevo, todos los días, como si fuera la primera vez. Y dando testimonio con su propia vida, en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión.

Es cierto que a veces su manera de hablar resulta chocante y puede desconcertar. Pero dejando de lado las bromas y algunas frases ocurrentes, resulta evidente que las palabras de Bergoglio son palabras del Evangelio y por eso, al igual que las palabras del Evangelio, pueden escandalizar. Palabras que llegan directamente a la gente, que anulan las distancias, porque traen a colación –como hacía Jesús en sus relatos- imágenes y situaciones de la vida cotidiana. Y además estas palabras acompañan los gestos, los interpretan. O bien son gestos que toman el lugar de las palabras. Un gesto de ternura, de solidaridad – como aquellos encuentros con los prófugos de Lesbos – es capaz de transmitir mucho mejor un sentimiento de cercanía, de comprensión.

Y el silencio, que a veces puede tener más fuerza que un gesto, que puede ser más elocuente que las palabras. Por ejemplo cuando Francisco fue a Auschwitz y pasó sin acompañantes bajo ese espantoso cartel, “Arbeit macht frei”, recorrió el campo de exterminio y después Birkenau, rezando, en silencio. Sus predecesores, el polaco Wojtyla y el alemán Ratzinger, habían hablado, se habían visto obligados a hablar. Bergoglio en cambio venía del otro lado del mundo, era la primera vez que estaba allí. Y el silencio quería expresar toda su angustia al ver directamente el lugar del dolor absoluto y descubrir que esa crueldad sigue existiendo.

Un espíritu reformador. Muchos otros Papas, naturalmente, han vivido la radicalidad del Evangelio y han dado un testimonio ejemplar del primado, en cuanto fundamento originario y decisivo de la vocación cristiana. Y cada Papa lo ha hecho a partir de su propia sensibilidad personal y espiritual. Cada Papa se ha caracterizado por una determinada “cualidad” evangélica, en íntima relación con la situación de la Iglesia en ese determinado momento histórico y eclesial.

Por ejemplo, Juan XXIII y Pablo VI, a través del Concilio Vaticano II se preocuparon por mostrar en qué sentido el Evangelio también puede ser una “buena noticia” para el hombre del siglo XX. El Papa Luciani, a pesar de la brevedad de su pontificado, tuvo tiempo para volver a proponer la extraordinaria normalidad de la humanidad de Cristo. Juan Pablo II comenzó a viajar por todo el mundo como “peregrino del Evangelio” y cuando estuvo en la laica Francia, un “comecuras” como Eugène Ionesco fue quien hizo notar que hacía mucho tiempo que no se escuchaba a un hombre de la Iglesia hablar de Dios y de amor, y no de política. Y Benedicto XVI cuando fue elegido se presentó diciendo que su verdadero programa de gobierno sería ponerse a la escucha, junto con toda la comunidad católica, “de la palabra y la voluntad el Señor”.

El Papa Bergoglio vive la fidelidad al Evangelio con la misma transparencia y totalidad que sus predecesores. Pero tal vez por sus orígenes o por su experiencia latinoamericana, por la combinación ignaciano-franciscana o porque ha podido observar (y juzgar) el “centro” de la catolicidad desde otra perspectiva, o quizás por todo el conjunto de su vivencia humana y religiosa, lo cierto es que la figura de Francisco termina identificándose automática y linealmente con la de un reformador.

Mirándolo, no solo se puede entender sino que también se puede “ver” por qué un Papa, viviendo el Evangelio en lo concreto de la historia, en los problemas de su tiempo, de este tiempo, se ve impulsado e incluso obligado a asumir una actitud profundamente renovadora en su ministerio, en su manera de conducir la catolicidad.

Queriendo hacer una síntesis, casi se podría decir que no es Francisco el que quiere cambiar y renovar la Iglesia, sino que es el Evangelio – habiendo encontrado en Francisco un “intérprete ideal” – el que obliga a la Iglesia a convertirse, a purificarse y en consecuencia a cambiar.

Es difícil prever a dónde llevará este retorno – un retorno que no puede ser meramente simbólico – a los orígenes del cristianismo. Indudablemente si este estilo evangélico, que por ahora encarna el Papa Francisco, llegara a convertirse en el signo distintivo de la presencia y el testimonio de la Iglesia en el mundo, ¡entonces sí que sería una revolución! Una Iglesia que se sometiera constantemente al juicio del Evangelio recuperaría su identidad más íntima, más verdadera. Y recobraría coraje y profecía para ayudar a los hombres de hoy – como dice san Buenaventura en una cita que tanto le gusta a Bergoglio – a “encontrar a Dios en todas las cosas”.

Gianfranco Svidercoschi, “U.Francisco el incendiario”. “Un papado entre resistencias, contradicciones y reformas”, Editrice TA


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Los tradicionalistas y sus especulaciones sobre la renuncia de Benedicto XVI.

Negri: “Motivos muy graves detrás de la renuncia de Benedicto XVI”

El arzobispo emérito de Ferrara acredita la hipótesis del presunto complot internacional y dentro del Vaticano para que renunciara Ratzinger

El arzobispo emérito de Ferrara, Luigi Negri

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Pubblicato il 07/03/2017
Ultima modifica il 07/03/2017 alle ore 18:38
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Es la primera vez que un arzobispo da crédito a la idea de un complot, de presiones y de un chantaje detrás de la renuncia de Benedicto XVI, dando a entender sin medias tintas que Papa Ratzinger no se fue por su voluntad. Una tesis que hasta ahora ha circulado en ciertas reconstrucciones mediáticas, corroborada y sostenida por quienes no se resignan a que el ex Pontífice alemán ya no esté en el trono ni a que el ministerio petrino haya pasado a su legítimo sucesor. Luigi Negri, de 75 años, arzobispo emérito de Ferrara también es autor de ensayos sobre la historia de la Iglesia y por ello sus incandescentes declaraciones harán mucho ruido.

 

El prelado concedió una entrevista al periódico en línea Riminiduepuntozero. Quiso recordar e insistir, como había hecho hace algunos meses durante un encuentro público en Milán, en su relación de «fuerte amistad» con Benedicto XVI, indicando que lo había visitado varias veces e incluso recientemente. «En estos últimos cuatro años he encontrado varias veces a Benedicto XVI. Fue él quien me pidió que guiara la diócesis de Ferrara, porque estaba muy preocupado por la situación en la que estaba la diócesis. Con Benedicto nació una relación de fuerte amistad. Siempre me he dirigido a él en los momentos más importantes para discutir sobre las decisiones que había que tomar y nunca me negó su parecer, siempre en espíritu de amistad».

 

El entrevistador le pidió después su opinión sobre la renuncia al papado. Y esto es lo que respondió el arzobispo emérito de Ferrara: «Se trató de un gesto inaudito. En los últimos encuentros lo encontré más frágil físicamente, pero muy lúcido de pensamiento. Conozco poco (por fortuna) los hechos de la Curia romana, pero estoy seguro de que un día surgirán graves responsabilidades dentro y fuera del Vaticano. Benedicto XVI sufrió presiones enormes. No es casualidad que en Estados Unidos, incluso con base en lo que ha publicado Wikileaks, algunos grupos católicos hayan pedido al presidente Trump que abra una comisión de investigación para averiguar si la administración de Barack Obama ejerció presiones sobre Benedicto. Por ahora sigue siendo un misterio muy grave, pero estoy seguro de que las responsabilidades saltarán fuera. Se acerca mi personal “fin del mundo” y la primera pregunta que le haré a San Pedro será justamente sobre esta historia».

 

Negri, pues, está seguro de que Benedicto abandonó su ministerio porque fue sometido a fuertes presiones y de que hay personas responsables de su decisión, evidentemente considerada involuntaria por el arzobispo. Exactamente como repiten los complotistas, que ven justamente en estas presiones un condicionamiento que invalidaría la renuncia misma. Es lo que permite que una galaxia de grupos y grupúsculos pseudo-tradicionalistas considere todavía a Ratzinger como el «verdadero Papa», aunque el arzobispo de Ferrara no haya llegado a estas conclusiones en la entrevista citada.

 

Esta lectura de los hechos, pues, presenta al Papa emérito como víctima de presiones y también como alguien incapaz de resistir a las mismas. En el libro-entrevista «Últimas conversaciones» con Peter Seewald, el periodista alemán le hizo una pregunta explícita a Ratzinger sobre los periódicos que hablaban de «chantajes y conspiraciones». «Son todas absurdidades», respondió perentoriamente el Papa emérito «muy lúcido de pensamiento», sin dar lugar a estas elucubraciones. «Debo decir —añadió— que el hecho de que un hombre, por cualquier razón, se haya imaginado deber provocar un escándalo para purificar a la Iglesia es una historia insignificante. Pero nadie ha tratado de chantajearme. No lo habría ni siquiera permitido. Si hubieran intentado hacerlo, no me habría ido, porque no hay que abandonar cuando uno está bajo presión. Y tampoco es verdadero que yo estuviera desilusionado o cosas semejantes. Es más, gracias a Dios, estaba en el estado de ánimo pacífico de quien ha superado las dificultades. El estado de ánimo en el que se puede pasar tranquilamente el timón a quien viene después».

 

Hay que notar que Benedicto XVI quiso subrayar lo siguiente: «Si hubieran tratado de hacerlo no me habría ido, porque no hay que abandonar cuando uno está bajo presión». Después de la publicación del libro-entrevista, así como del coloquio con el que termina el hermoso libro biográfico de Elio Guerriero, que además de explicar los motivos de la renuncia contiene también palabras de aprecio por su sucesor, los teóricos del complot reaccionaron diciendo que Ratzinger era un mentiroso: habría renunciado porque estaba bajo fuertes presiones, pero, obviamente, no sería capaz de confirmarlo, porque lo habrían obligado a decir en público lo contrario.

 

Este «fanta-thriller» va por el mismo camino de otras afirmaciones todavía más graves: las teorías sobre el «Papado compartido» y sobre el «ministerio petrino» en co-gestión. Teorías que en los últimos años se han granjeado algunos patrocinadores, poniendo en discusión, y esta vez de verdad, la tradición de la Iglesia y su divina constitución. Sigue pendiente la pregunta sobre el peso que algunas decisiones personales, nunca puestas por escrito, de Benedicto XVI (como la de mantener el hábito blanco y el nombre papal, así como la decisión de la figura del Papa emérito), han tenido para alimentar, involuntariamente, a los seguidores de la teoría de los dos Papas que después habría degenerado en la teoría del Papa que renunció por chantajes. También queda abierta la pregunta sobre esos visitantes que han ido a ver frecuentemente a Benedicto y después utilizan sus visitas para afirmar exactamente lo opuesto de lo que el mismo Ratzinger ha dicho públicamente.