Loiola XXI

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Acusaciones de católicos a los Papas.

De Pablo VI a Juan Pablo II, las acusaciones de “herejía y escándalo”

En 1983, el Abad Georges de Nantes entregó en el Vaticano un libro entero de acusaciones contra Juan Pablo II por supuesta herejía. Unos 10 años antes, Pablo VI había recibido señalamientos similares y, según pretendidas “investigaciones periodísticas” Juan XXIII era supuestamente parte de la masonería

El cardenal Joseph Ratzinger con el Papa Pablo VI

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Pubblicato il 27/09/2017
Ultima modifica il 27/09/2017 alle ore 15:37
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

Pablo VI recibió 487 acusaciones de “herejía, cisma y escándalo”. Más tarde, Juan Pablo II se hizo acreedor de los mismos señalamientos. Quien lo beatificó, Benedicto XVI, fue censurado por “engañar y perpetrar una farsa”. Mucho antes Juan XXIII resultó ser “miembro de la masonería”, según pretendidas “investigaciones periodísticas”. Ahora que un grupo de intelectuales culpa a Francisco de propalar herejías, resulta útil recordar que muchos Papas anteriores fueron denunciados como “falsos profetas, traidores a la doctrina” e, incluso, de personificar “al anticristo”.

 

Parece que la historia se repite, con relativas diferencias. El pasado fin de semana, una carta de 27 páginas captó la atención de la prensa internacional. Se trata de la “Correctio Filialis De Haeresibus Propagatis”. Una “corrección filial” que indica siete supuestas herejías en las cuales habría incurrido Jorge Mario Bergoglio en sus casi cinco años de pontificado. Aunque los firmantes, primero 40 y después 62 y ahora 147, aseguraron que “no osan juzgar el grado de conciencia con el cual el Papa ha propagado las herejías”, insistieron, “respetuosamente”, en que las condene.

 

Por más clamorosa que parezca, esta iniciativa tiene muchos antecedentes. En febrero de 2011, la revista “Il Est Ressuscitè!” (“¡Él resucitó!”) en su número 102 dedicó un incendiario artículo a la inminente beatificación de Juan Pablo II que tituló: “Apoteosis del anticristo”. En él, recordó que el Abad Georges de Nantes (1942-2010) denunció a Karol Wojtyla, cuando todavía estaba vivo, por “herejía, cisma y escándalo”. Los motivos de sus afirmaciones fueron recogidos en un “Libro de acusaciones” entregado en el Vaticano el 13 de mayo de 1983.

 

 

 

 

“Obviamente, si lo denunciado por el Abad de Nantes fuese objetivamente falso, no legítimo o indefendible, la beatificación de Juan Pablo II, anunciada para el 1 de mayo de 2011, pondría indirectamente fin a la disputa. Pero en la actual catastrófica situación de la Iglesia, en la cual hechos y estadísticas confirman cada día las previsiones y los análisis presentados a Roma en 1983 como consecuencia de los errores doctrinales reclamados a Juan Pablo II por el Abad de Nantes, no es posible considerar la mencionada beatificación en otro modo sino como un abuso de poder, un golpe de fuerza mediático y un hecho de crónica monstruoso”, siguió la nota firmada por Fray Bruno de Jesús.

 

Aquellas originales afirmaciones del Abad, fundador del movimiento francés “La Contrarreforma católica”, fueron recuperadas por los Pequeños Frailes y las Pequeñas Hermanas del Sagrado Corazón en una memoria enviada al postulador de la causa de canonización de Juan Pablo II el 6 de agosto de 2005. Ni uno, ni el otro documento recibieron respuesta. Por eso el artículo exigió: “¡Si estamos en el error, esperamos una respuesta clarificadora!”.

 

A Wojtyla se le reclamó –entre otras cosas- el “difundir una fe en el hombre hasta sustituir a Jesucristo”, una “reivindicación propia del anticristo”, y su participación en el encuentro interreligioso universal de oración, ayuno y marcha silenciosa por la paz mundial, organizado por el movimiento católico Comunidad de San Egidio el 27 de octubre de 1986 en Asís.

 

En esa ocasión, el Papa y los líderes de las más importantes religiones rezaron juntos en la plaza central de la ciudad. Eso no gustó al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, quien protagonizó una vistosa ausencia. Empero, eso no impidió que 25 años después, esta vez como Papa Benedicto, viajase a Asís a conmemorar el aniversario de ese encuentro. Pero en esta ocasión los rezos se hicieron en lugares separados. Ese detalle lo respetó Francisco en 2016, cuando también asistió a la jornada por la paz. Las oraciones en espacios diversos.

 

El Abad Georges de Nantes ya tenía experiencia en el acusar a los Papas de herejía. En 1973 lo había hecho con Pablo VI. El 10 de abril de ese año, acompañado por 60 delegados de la Liga de la Contrarreforma Católica, se presentó en la Santa Sede con su primer “Liber Acussationis”, un compilado de 487 correcciones al pontífice. Pero la policía italiana le impidió la entrega física del texto, cuyo objetivo era el inicio formal un proceso contra el vicario de Cristo en los tribunales eclesiásticos.

“A nuestro Santo Padre el Papa Pablo VI por la gracia de Dios y la ley de la Iglesia, juez soberano de todos los fieles de Cristo, denuncia por herejía, cisma y escándalo con respecto a nuestro hermano en la fe el Papa Pablo VI”, podía leerse en la portada del panfleto, en cuya última frase el clérigo se despedía como “vuestro muy humilde servidor e hijo”.

 

En ese libro, Giovanni Battista Montini era declarado culpable de poner “a la humanidad en lugar de la Iglesia”, de la “desaparición del magisterio eclesiástico”, de la “devaluación de la religión” y era señalado como “el gran corruptor de la Iglesia del siglo XX”.

 

Yendo más atrás en el tiempo, también Juan XXIII se granjeó señalamientos disparatados. En 1983, el libro “Introducción a la Francmasonería” de Jaime Ayala Ponce, publicado en México, aseguraba que, siendo nuncio apostólico en Turquía, Ángelo Roncalli había sido reclutado en una logia. Una afirmación basada en otro texto, de Pier Carpi, titulado “Las profecías del Papa Juan XXIII”. Aunque Ayala Ponce atribuyó a Carpi una “investigación seria”, en realidad se trataba de una obra periodísticamente débil, una novela fantasiosa sin la menor prueba documental.

 

Las sucesivas acusaciones de herejía contra los pontífices parecen tener muchos aspectos en común. Quienes las formulan sostienen hacerlo siempre “por el bien de la Iglesia”, aclaran que su objetivo no es poner en duda al papado, sino las acciones de quien ejercita ese ministerio y dicen sentirse “en la obligación moral” de corregir al líder católico.

 

Entre los tiempos del Abad de Nantes, un sacerdote sedevacantista suspendido “ad divinis”, y la actualidad se registran algunas diferencias. Hoy es el tiempo del internet y la comunicación, donde la disidencia puede convertirse rápidamente en noticia planetaria y captar mucho mayor atención que en el pasado. Algo que seguramente está ocurriendo con la “corrección filial”.

 

Pero un aspecto resulta sugestivo, en este caso los señalamientos contra Francisco no provienen solamente de sectores “sedevacantistas”. Ahora, las acusaciones surgen de grupos y personalidades dentro de la misma Iglesia católica, que crecieron bajo el pontificado de Juan Pablo II, que sostuvieron a Benedicto XVI y que ahora demuestran una evidente incapacidad para asimilar el renovado curso impreso a la barca de Pedro por su legítimo timonel, el Papa Francisco.

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El Papa Montini y su intención de renuncia al papado.

Las cartas autógrafas con la renuncia preventiva de Pablo VI

El cardenal Re confirmó la existencia de los dos documentos. Montini temía perder habilidades por un largo periodo. Don Malnati, colaborador del secretario del Papa: «Macchi se lo dijo a Ratzinger, quien comentó: “sabia decisión”»

Pablo VI

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Pubblicato il 26/08/2017
Ultima modifica il 26/08/2017 alle ore 11:39
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Pablo VI, pensando en la posibilidad de perder habilidades durante un largo periodo y en el peligro de paralizar el gobierno de la Iglesia, preparó dos cartas autógrafas de renuncia. Lo confirmó el cardenal Giovanni Battista Re, Prefecto emérito de la Congregación de los Obispos y Subdecano del colegio cardenalicio, quien fue estrecho colaborador del Papa Wojtyla. El purpurado italiano concedió una entrevista a la revista de Bérgamo «Araberara» en la que explicó que las dos cartas «me las enseñó Juan Pablo II».

 

En una conversación telefónica con «La Stampa», el cardenal Re añadió: «Eran dos cartas escritas a mano, no recuerdo exactamente la fecha, pero no se trataba del último periodo de vida del Papa Montini. Me parece que eran de finales de los años sesenta o de 1970. Pablo VI estaba preocupado por una posible futura inhabilidad, de un grave impedimento que no le permitiera desempeñar su ministerio —continuó el purpurado—, y por esto quiso cautelarse».

 

Estamos aquí frente a un caso histórico muy diferente del de la renuncia por ancianidad o porque faltan las fuerzas, como sucedió por primera vez en la historia de la Iglesia en febrero de 2013 con el gesto de Benedicto XVI. Desde la Edad Media, Bonifaz VIII, sucesor de Celestino V que renunció, racionalizó la dimisión con un decreto especial. La renuncia del Pontífice después entró al Código de Derecho Canónico en 1917 y continúa en el Código vigente, de 1983.

 

La hipótesis de Montini se relacionaba con un problema diferente: ¿qué hay que hacer si el Papa se enferma y permanece durante un largo periodo inconsciente o afectado por una enfermedad que disminuye sus capacidades mentales? Hay que recordar que Pablo VI en noviembre de 1967 fue sometido a una cirugía de próstata bajo anestesia total. La operación no se llevó a cabo en el hospital, sino en una quirófano improvisado en el aposento papal: ¿qué habría sucedido si, por ejemplo, no se hubiera despertado y hubiera permanecido en coma durante un periodo largo? Para tratar de resolver el dilema, frente a la mayor longevidad de las personas debido a los descubrimientos de la medicina, el Papa decidió cautelarse con dos declaraciones autógrafas, que debían salir a la luz solamente si ya no hubiera sido capaz de hacer presente su voluntad (cosa que hizo claramente Benedicto XVI en 2013, con pleno dominio de sus facultades y de su libertad para decidir, por lo que ambos casos no pueden ser comparables).

 

La de Montini fue una decisión que seguía la huella de Pontificados anteriores: Pío XI meditó sobre la posibilidad de abandonar su ministerio en caso de enfermedad, mientras que Pío XII predispuso algo semejante en caso de deportación por parte de los nazis: «Si me secuestran, tendrán al cardenal Pacelli, no al Papa».

 

Con la carta dirigida a los purpurinos del Colegio cardenalicio, Pablo VI anunció, pues, su renuncia. Con la segunda carta, dirigida, según nos explicó el cardenal Re, al «Secretario de Estado “pro tempore”, es decir a su principal colaborador en ese momento, sin indicar el nombre», el Pontífice le encargaba que insistiera en el Colegio cardenalicio para que aceptara su renuncia.

 

Ya no se trataba de la época de los Papas secuestrados o deportados (Pío VI en 1799 fue el último que murió en el exilio, prisionero de Napoleón, en Valence-sur-Rhône, pero también su sucesor, Pío VII, estuvo en manos del emperador francés), y tampoco era la época en la que los dictadores amenazaban Roma, como hizo Hitler. Los motivos eran diferentes, temía caer en una enfermedad que no le permitiera manifestar libremente su decisión de abandonar el ministerio. «Le preocupaba —contó el jesuita Paolo Dezza, confesor del Papa Montini— pensar en una enfermedad que lo dejara sin habilidad para el trabajo, por el daño que se habría hecho a la Iglesia».

 

Las cartas deberían encontrarse en el archivo de la Secretaría de Estado, pero el secretario particular de Pablo VI, Pasquale Macchi, que falleció en 2006, se quedó con una copia. Es también significativo que Juan Pablo II le haya enseñado estos documentos al cardenal Re, pues el Papa polaco sufrió el Parkinson y, con la degeneración de su salud, tomó en consideración también la posibilidad de renunciar.

 

Monseñor Ettore Malnati (párroco y vicario para la cultura de la diócesis de Trieste, además de amigo de don Pasquale Macchi, el secretario particular del Papa Montini) confirmó la existencia de los dos documentos y el hecho de que su contenido llegara a conocimiento del entonces cardenal Joseph Ratzinger. «Recuerdo que monseñor Macchi una vez también me enseñó las cartas con la renuncia preventiva de Pablo VI, en caso de inhabilidad —nos dijo Malnati. Y una vez habló de ellas en presencia del cardenal Joseph Ratzinger».

 

«Si no me equivoco con las fechas —continuó el prelado—, era octubre de 2003, y con monseñor Macchi me encontraba en la Plaza San Pedro para participar en el Ángelus recitado por san Juan Pablo II. En esa ocasión, el Papa anunció el nombramiento de un consistente número de nuevos cardenales, entre los que había dos lombardos, el Patriarca de Venecia, Angelo Scola, y el presidente de la Apsa, Attilio Nicora. Cerca de nosotros, en la plaza, también estaba escuchando el anuncio del nuevo Consistorio el cardenal Joseph Ratzinger, en esa época Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe».

 

«Recuerdo que después del Ángelus, en compañía de monseñor Macchi —explicó Malnati—, acompañamos al cardenal Ratzinger hacia su habitación en la Plaza de la Ciudad Leonina. Fue durante ese trayecto cuando Macchi le habló al futuro Papa sobre la decisión de Pablo VI y sobre las cartas de renuncia que había preparado en caso de una grave enfermedad y de un impedimento largo».

 

El vicario para la cultura de la diócesis de Trieste también describió cuál fue la reacción del futuro Papa: «Recuerdo que el cardenal Ratzinger dijo algo como: “Esta es una cosa muy sabia, que cada Papa debería hacer”. Era evidente la preocupación de Pablo VI: temía que la pérdida de la lucidez o que alguna enfermedad le impidieran desempeñar como debía su ministerio, y temía que la misma enfermedad, una vez manifestada, le impidiera expresar su libre voluntad de renuncia. Las cartas, cuya existencia fue confirmada también por el cardenal Giovanni Battista Re, debían servir precisamente para obviar este hipotético “impasse”. Como sabemos, no fue necesario, porque el Papa Montini permaneció en su puesto hasta el final de sus días. No es ningún misterio que también Juan Pablo II y algunos de sus más estrechos colaboradores hayan reflexionado sobre la posibilidad de que se retirara mientras iba degenerando su enfermedad. Por este motivo ya se hablaba de ello en 2003. Como se sabe, el Papa después decidió seguir adelante».


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Un Papa latinoamericano. Comentario de Costadoat.

Un Papa Latino Americano

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(Jorge Costadoat, SJ).-

La elección de Jorge Bergoglio como Papa constituye uno de los acontecimientos más extraordinarios en la historia de la Iglesia. Ya había sido único el caso de la renuncia de Benedicto XVI. Primera vez que un Papa dejaba el cargo libremente. Francisco Papa, independientemente de su peculiar personalidad, representa un giro de la Iglesia universal en favor de las iglesias periféricas. Un Papa latinoamericano equivale en cierto sentido a uno africano o asiático.

De aquí que sea relevante ahondar en la índole latinoamericana del Papa Francisco. Lo haremos teniendo presente los signos de los tiempos, la recepción del Concilio Vaticano II en América Latina y el estilo personal de Jorge Bergoglio como pontífice.

1.- SIGNOS DE LOS TIEMPOS

El mayor signo de los tiempos hoy –sobre esto hay pocas dudas- lo constituye la globalización. En palabras de Aparecida:

La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente se los caracteriza como el fenómeno de la globalización. Un factor determinante de estos cambios es la ciencia y la tecnología, con su capacidad de manipular genéticamente la vida misma de los seres vivos, y con su capacidad de crear una red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para interactuar en tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las distancias geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran velocidad a todos los rincones del planeta (Aparecida 34).

El fenómeno, en realidad, es antiguo. El descubrimiento y conquista de América completó, en cierto sentido, el conocimiento que hasta entonces se tenía del globo terráqueo. Desde entonces pudo pensarse en términos mundiales. El mundo tomó conciencia de sí mismo como de una unidad cerrada. Los intercambios entre las distintas zonas aumentaron, hasta ir tejiendo una red de relaciones comerciales, culturales y políticas cada vez más tupida. Hoy la internet es una telaraña que multiplica espectacularmente las relaciones, transformándolas, aligerando los compromisos, y ofreciendo información de todo tipo en cantidades siderales. Esto y aquello en tiempo real. Por otra parte, la catástrofe socio-ambiental en curso es signo aún más claro, por ser aún más universal, de la toma de conciencia del peligro que acosa a la Tierra (LS 19). En la actualidad el centro cultural predominante, la sociedad de mercado gestionada por un capitalismo casi imposible de controlar, incluye y excluye, integra y desintegra, pero en relativamente poco tiempo puede destruir a la vida por parejo. Por lo mismo, el Acuerdo de París (2015) puede convertirse en uno de los acontecimientos más importantes no solo en la historia de la humanidad, sino también del planeta. Comprometerse a que la temperatura media del planeta a fin del siglo XXI no se eleve por encima de los 2 grados centígrados, y que idealmente llegue a solo 1,5 grados, constituye en sí mismo un triunfo de la política global que augura nuevos acuerdos solidarios internacionales.

La Iglesia, por su parte, tiene sus propios signos de los tiempos. El más importante de todos, si damos razón a Karl Rahner, es la constitución de una iglesia mundial. A propósito de la interpretación fundamental del Vaticano II, uno de sus principales teólogos sostuvo años después que en esta ocasión por primera vez la Iglesia actuó, a través del magisterio, con una representación de obispos venidos de todas partes de la tierra. Hasta entonces no había habido más que una versión del cristianismo, la occidental, presente y dominante en los diversos continentes. Desde entonces se hicieron sentir con más fuerza las iglesias locales con sus características propias y una incipiente autonomía. Primera vez en la historia que ha quedado abierta la posibilidad de una inculturación plural del Evangelio. Lo que hasta ahora prevalece con mucha fuerza es la versión judeo-cristiana, greco-latina y germánica occidental.

En palabras del mismo Rahner:

Bajo el respecto teológico, existen en la historia de la Iglesia tres grandes épocas, la tercera de las cuales apenas ha comenzado y se ha manifestado a nivel oficial en el Vaticano II. El primer período, breve, fue el del judeocristianismo; el segundo, de la Iglesia existente en áreas culturales determinadas, a saber, en el área del helenismo y de la cultura y civilización europea. El tercer período es en el cual el espacio vital de la Iglesia, en principio, es todo el mundo.

Rahner quiere mostrar la originalidad de las etapas, pero es consciente de que la historia de la Iglesia puede subdividirse mucho más. Continúa:

Estos tres períodos, que indican tres situaciones fundamentales, esenciales y distintas entre ellas, del cristianismo, de su predicación y de su Iglesia, pueden naturalmente ser subdivididas a su vez de manera muy profunda; así, por ejemplo, el segundo período contiene las cesuras representadas por la transición de la antigüedad al medioevo y la transición de la cultura medieval a la época del colonialismo europeo y del iluminismo.

Lo más interesante es que la tercera gran época de esta división de Rahner ayuda a entender qué está ocurriendo en la Iglesia latinoamericana y por qué la elección de Francisco es tan novedosa. A nuestro parecer, en el postconcilio los latinoamericanos levantaron la cabeza y quisieron pensar por sí mismos, en pocas palabras, ensayaron su mayoría de edad. Lo dice Gustavo Gutiérrez en estos términos: “La teología de la liberación es una de las expresiones de la adultez que comienza a alcanzar la sociedad latinoamericana y la Iglesia presente en ella en las últimas décadas. Medellín tomó acta de esta edad mayor y ello contribuyó poderosamente a su significación y alcance históricos”.

En cuanto a nuestra iglesia continental, el Concilio ha facilitado que ella tome conciencia de la posibilidad de ser adulta. Ya Pío XII había auspiciado el despliegue de iglesias continentales y locales. En América Latina pudo constituirse el Celam, única conferencia episcopal que en el Concilio actuó organizadamente. Medellín (1968), Puebla (1979) y Aparecida (2007) fueron conferencias que nos encaminaron por la senda de la autonomía católica, a saber, una que se nutre de su relación con la iglesia de Roma. Santo Domingo, en cambio, representa un retroceso. Esta conferencia, de hecho, no ha sido bien recibida. Esta conferencia fue intervenida por la curia romana. Y, sin embargo, Santo Domingo (1992) ratificó la opción preferencial por los pobres que, podríamos decir, es el nombre de la recepción latinoamericana del Concilio.

En las otras regiones del mundo ocurre hoy algo semejante. En Oriente, por ejemplo, ha sido muy difícil desarrollar una Iglesia “oriental”. Sin embargo, allí donde los cristianos se encuentran con tradiciones religiosas milenarias e inmensamente mayoritarias, el Concilio ha abierto en ellas su valoración. Según Rahner, esta apertura religiosa ha supuesto un progreso doctrinal:

Pero se puede también decir que, bajo el aspecto doctrinal, el Concilio ha hecho cosas que son de importancia fundamental para una misión de escala mundial: en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas ha abierto por primera vez en la historia del Magisterio eclesiástico la vía a una valoración también positiva de las grandes religiones mundiales.

Rahner hace ver que en documentos claves del Vaticano II la doctrina hizo progresos notables:

Una voluntad salvífica universal y eficaz de Dios que encuentra un único límite en la decisión mala de la conciencia del hombre y en nada más, admitiendo así la posibilidad de una fe salvífica verdadera y propia también fuera de la revelación verbal cristiana, de modo que se han puesto las premisas fundamentales para la misión mundial de la Iglesia, las cuales no existían en la teología precedente.

El Concilio, sin hablar de inculturación –concepto usado con posterioridad- supone que Cristo, a través de su Espíritu, está actuando en todos los pueblos. La Constitución de la Iglesia en el mundo de hoy afirma:

“…esto vale no sólo para los que creen en Cristo, sino aun para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible. Puesto que Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es efectivamente una tan sólo, es decir, la vocación divina, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, lleguen a asociarse a este misterio pascual” (Gaudium et spes, 22).

En suma, el Concilio puso las bases de la que tendría que ser una Iglesia mundial, policéntrica, dirá Juan Bautista Metz. Una iglesia no solo más autónoma, desde el punto de vista del gobierno, sino culturalmente más diversificada. Que Jorge Bergoglio haya llegado a ser papa, representa la valoración que la Iglesia hace de la posibilidad de una iglesia mundial (Rahner).

2.- LA IGLESIA LATINOAMERICANA POST-CONCILIAR

El impacto del Vaticano II en América Latina en los últimos cincuenta años ha sido enorme. Este es el contexto que mejor explica quién es Jorge Bergoglio y, también, en cierto sentido, por qué ha podido llegar a ser Papa.

Pocas iglesias parecieron estar mejor preparadas que la de América Latina para asimilar tan positivamente el Concilio. Este, de hecho, respondía a los desafíos de la Reforma y de la modernidad. Se ha dicho muchas veces que es un concilio europeo. Sin embargo, el Vaticano II fue absorbido con protagonismo y creatividad por las varias iglesias locales. El mismo contexto de alta tensión en el continente latinoamericano había exigido una atención y urgencia para responder a las expectativas de liberación y de paz con el Evangelio. Medellín fue la ocasión más significativa en que la Iglesia Latinoamericana respondió pastoralmente a las circunstancias de acuerdo a las grandes pautas que el Concilio le dio. En el camino a la adultez de esta Iglesia, el Vaticano II marcará un antes y un después.

La elección de Bergoglio como Papa representa en buena medida a una iglesia “hija” que llega a la mayoría de edad. Este era tema en la década de los sesenta. A la dependencia económica de las grandes potencias había que sumar otras dependencias, en todos los ámbitos, del continente y de la Iglesia latinoamericana. El estilo de gobierno de Francisco, algo refleja la irrupción de una Iglesia joven entre las mayores. Esta iglesia local se instala entre las más antiguas como el adolescente que hace sentir la casa es “su” casa y no tiene, en consecuencia, que cuidar mucho sus modos de expresarse.

Lo que despunta en la América Latina post-conciliar, y en el mismo Bergoglio, como realmente importante, todavía está por prosperar con fuerza. Está pendiente una mayor inculturación del Evangelio. Falta, en primer lugar, una valoración de la cultura de las iglesias. Los latinoamericanos, ante Europa y EE.UU., no se han valorado suficientemente a sí mismos. La Iglesia del continente es aún, en buena medida, una iglesia europea.

Esto no obstante, la Iglesia del continente ha ido tomando conciencia y ha valorado su diferencia cultural respecto de Europa, y su propia pluralidad cultural. Lo dice Francisco en términos rotundos:

No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador (EG 117).

El Papa argentino reclama contra la versión occidental del cristianismo, pues las iglesias regionales y locales no europeas han sufrido el irrespeto a su posibilidad de desarrollarse con protagonismo. ¿Será posible alguna vez una inculturación latinoamericana en los campos del dogma, de la moral, de la liturgia y de derecho canónico? Rahner ha osado ir tan lejos. Probablemente Bergoglio también. Los dos son jesuitas. Los dos han sabido de la frustración de las misiones de China, India y tantas veces en la misma América Latina.

Sabemos, sin embargo, que el cristianismo, no obstante la marca occidental con que se impuso en el continente siempre pudo ser recibido en las categorías culturales locales. Hay numerosos ejemplos, aun cuando el sincretismo tan propio de encuentro cultural entre pueblos distintos no puede no expresarse con ambigüedad. La Virgen de Guadalupe y la historia de Juan Diego son el caso por excelencia de apropiación cultural del cristianismo. La música sacra de las reducciones jesuitas de Paraguay, los bailes religiosos de la triple frontera de Bolivia, Chile y Perú, y otras expresiones semejantes son prueba de que la fe en Cristo ha tenido una recepción latinoamericana importante.

Pues bien, nuestra opinión es que en este suelo latinoamericano la mayor inculturación del Evangelio ha sido la formulación la opción por los pobres. Esta opción, por otra parte, ha sido reconocida como esencial del Evangelio en otras partes del mundo y se ha difundido gracias a los mismos papas. Francisco la entiende del modo siguiente:

Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga “su primera misericordia”.Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una “forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”. Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”. Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos (EG 198).

Ha sido sin duda la Teología latinoamericana de la liberación que ha elevado a concepto esta opción de la Iglesia en América Latina. La inculturación en este continente pobre ha encontrado en esta teología una reflexión original, propia de una Iglesia que piensa por sí misma. La opción por los pobres u opción preferencial por ellos se ha convertido en el nombre de la recepción latinoamericana del Concilio. Por cincuenta años, una Iglesia que ha querido arraigar entre los pobres para anunciar a ellos el Evangelio y oír el Evangelio de los mismos pobres, es el ambiente natural que mejor explica a Jorge Bergoglio. La expresión suya: “cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, hizo fortuna en el continente, especialmente en los sectores populares de la Iglesia, porque sonó aquí como una fórmula representativa de su manera de entender el cristianismo.

No es fácil ubicar a Jorge Bergoglio en el movimiento de la Teología de la liberación. No siendo él teólogo, tampoco se puede decir que haya sido un simpatizante de ella. He aquí un punto de discusión interesante. Bergoglio sí ha podido identificarse con la Teología argentina del pueblo. El ahora Papa, siendo obispo de Buenos Aires, hizo sepultar en la catedral de la ciudad a Lucio Gera, el principal representante de esta teología. Esta teología local no ha tenido tal vez influjo en el resto de América Latina por su acento peronista. Bergoglio es peronista en algún sentido del término que solo un argentino podría descifrar. Pero sí ha podido tener influjo como una teología del “pueblo”, del mismo pueblo en cuanto “fiel”, en cuanto a su religión popular. De aquí que J. C. Scannone ha acertado ubicando a esta teología entre una de las corrientes de la Teología de la liberación. Este mismo teólogo puede ser ubicado tanto en esta como en aquella. Los tres, Scannone, Gera y Bergoglio, sin embargo, no han querido saber nada del marxismo. Los teólogos de la liberación filo-marxistas no han querido reconocer en sus filas a la Teología del pueblo, y tampoco estos han querido que se los incorpore entre los teólogos de la liberación si por esta se entiende un intento de hibridaje con el marxismo.

Esto no obstante, ya que la Teología de la liberación y la Teología argentina tienen en común lo más importante, esto es, la opción por los pobres, la llegada al papado de Bergoglio ha sido recibida con fuertes aplausos por el ala izquierda de la Iglesia del continente. Ambas teologías, además, comparten un talante marcadamente pastoral y espiritual. El paso de Benedicto XVI a Francisco, en este punto, ha podido ser muy desconcertante para muchos. Se dirá que uno es un teólogo y otro un pastor. En realidad, ambos papas han reflejado dos modos de ser iglesia. En Francisco aparece claramente una orientación decididamente pastoral, que los latinoamericanos celebran. Se reconoce que no se necesita ser teólogo para ser Papa. Habrá ocurrido muchas veces en la Iglesia. Lo que en este caso llama la atención es el desenfado con que Francisco se empeña en sacar fuera a la Iglesia, urgiéndola a cumplir su misión pastoral universal.

La elección de Bergoglio representa un giro extraordinario del centro a la periferia. El mismo Papa remira la encarnación en esta clave:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre” (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del ‘sí’ de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio (EG 197).

Las periferias para Francisco pueden ser de distinta índole. Puede tratarse de territorios periféricos o de ambientes socio-culturales (cf., EG 20. 30). Le hemos oído hablar de “periferias existenciales”. La que más le preocupa, insiste en ello, es la de los que son excluidos:

Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’ (EG 53).

En Evangelii Gaudium Francisco cita varias veces a conferencias episcopales regionales: EE.UU. (EG 64), Francia (EG 66), Brasil (EG 191), Filipinas (EG 215), Congo (EG 230), India (EG 250). Queda atrás la costumbre papal de citarse solo a sí mismo. Al citar a otros episcopados, el Papa cumple con dos característica que aquí hemos querido subrayar. La sensibilidad periférica de alguien que sabe que el “sur” existe. Y, segundo, la necesidad de descentralizar el gobierno de la Iglesia. En cuestión de magisterio Roma no puede seguir monopolizándolo todo.

La gran pregunta que espera respuesta es acaso el papa Bergoglio, que ha sido elegido principalmente para reformar la Curia, será capaz de emprender una reforma de las relaciones de la iglesia de Roma con las iglesias del resto del mundo. Solo en este caso, creemos, se liberará la posibilidad de la iglesia mundial prevista por Rahner y será posible que la Iglesia Católica realmente se constituya desde la periferia. “Una Iglesia pobre y para los pobres” solo será tal cuando las iglesias periféricas sean protagonistas culturales y teológicas.

3.- UN ESTILO DE CRISTIANISMO LATINOAMERICANO

Francisco Papa representa un giro único en la historia de la Iglesia: un desplazamiento del gobierno hacia la periferia. Con él, el papado ha saltado, por así decirlo, de Europa al otro lado del Atlántico. ¿Augura este giro la constitución de una Iglesia policéntrica (Metz)? Talvez, pero sí presagia una Iglesia que puede inculturarse en otras latitudes. Desde el triunfo de Pablo sobre Pedro en Jerusalén, desde el triunfo del latín sobre el griego como idioma del cristianismo de los primeros siglos, no se daba un paso tan significativo. El nuevo Papa, que habla castellano, se defiende en italiano y parece no tener el mínimo interés por mantener el latín como idioma oficial de la Iglesia, constituye una prueba de la madurez de la Iglesia para convertirse en “mundial”.

¿Qué lo distingue como cristiano latinoamericano? Se ha de ser cuidadoso en el análisis. Lo que aquí más interesa son los rasgos de alguien que encarna personalmente una inculturación del Evangelio. Bergoglio es argentino hijo de inmigrantes. Él ha sabido en carne propia lo que significó para sus padres sintetizar la cultura europea con la latinoamericana en un país que, por otra parte, es fruto antiguo de esta misma síntesis. Pero esta experiencia de inmigrantes no es por sí misma lo que llama nuestra atención. En América Latina son muchos los inmigrantes, pero no todos han inculturado el Evangelio. Tampoco nos interesa particularmente que sea porteño y no argentino del interior. Hay en él rasgos de carácter que podrían resultar odiosos para argentinos de Córdova. El perfil psicológico y cultural del Papa ciertamente juega un rol importante en su modo de gobernar la Iglesia, pero estas características humanas gozan para nosotros de importancia en la medida que son asumidas por una cristiano periférico latinoamericano.

Algo muy parecido hay que decir de su ser jesuita. Es evidente que lo es, pero sus características en cuanto tal las encontraremos también en los jesuitas europeos y asiáticos. Aquí, en cambio, nos resulta interesante que él sea jesuita en la medida que es un cristiano latinoamericano del post-concilio. En este sentido, no podemos pasar de largo que Bergoglio pertenece a la generación de jesuitas que, a lo largo de la historia de la Compañía de Jesús, se encuentran en la tercera gran etapa. La primera, de Ignacio y sus compañeros duró hasta la supresión. La segunda se extendió desde la restauración hasta el Concilio Vaticano II y se caracterizó más bien por adaptarse a las orientaciones de la Propaganda Fidei. En esta tercera etapa, la del Concilio en adelante, la Compañía de Jesús ha intentado realizar precisamente una inculturación del Evangelio, que como hemos mencionado no ha sido del todo nueva en su historia, y que en el caso de América Latina se ha caracterizado, más que en otras partes, por acoger la fórmula de misión de la Congregación General XXXII del “servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Desde su Congregación General XXXI los jesuitas latinoamericanos han hecho suyo el Concilio con una intensidad extraordinaria y en Latinoamérica han sintonizado y promovido la opción por los pobres hasta el martirio. Bergoglio es un jesuita de Medellín y Puebla. En Aparecida fue un redactor importante del texto final precisamente en aquellos temas que mejor representan la inculturación latinoamericana del Evangelio.

Hay otros rasgos de Francisco muy marcados en su pontificado que, sin ser necesariamente latinoamericanos, se nutren de su mirada evangélica periférica. No podemos pasar por alto su deseo de una Iglesia misericordiosa. Bergoglio ha sido un crítico implacable de la versión farisaica del cristianismo predominante en el llamado “invierno eclesial”, período inaugurado con Juan Pablo II, dominado por católicos tradicionalistas. Esta iglesia ha caído en la antigua tentación del menosprecio de los pecadores de parte de los justos y de la prevalencia de la doctrina sobre la realidad de la vida, a veces desgarradora, de las personas. Esta actitud del Papa Francisco que ha podido ser aplaudida en Europa y otras partes, también podemos pensar que proviene de su opción por los pobres. El Sínodo de la familia, por ejemplo, lleva la marca de la misericordia que este Papa ha querido imprimirle.

Hay tres asuntos de estilo de Francisco que sí parecen subrayar el surgimiento de una iglesia latinoamericana adulta. Hemos dicho que este Papa ha sido elegido para reformar la Curia romana. Lo que nadie esperaba es el trato que muchas veces ha dado a sus integrantes. Por cierto, recibió de Benedicto un aparato de gobierno deteriorado y con señales preocupantes de corrupción. La llegada de Bergoglio ha debido irritar tremendamente a personas que han profitado de sus cargos e influencias, y que han vivido de una cultura cortesana que poco tiene que ver con los valores de las bienaventuranzas. Famosos fueron sus puntos de oración dados por él mismo a los purpurados, señalándoles con todas sus letras la enfermedades de la Curia. ¿Cómo habrán tomado los asistentes que se les haya dicho que pueden adolecer de Alzheimer espiritual? Francisco ha irrumpido en este ambiente a contracorriente. En esto no hay que ver un asunto de carácter –aunque de carácter tiene mucho -sino de un propósito latinoamericano por cortar con un gobierno centralizado de la Iglesia que ha abusado de su poder. Las iglesias latinoamericanas y de otras partes del mundo han padecido humillaciones sin fin de parte de los funcionarios vaticanos. Difícilmente podrá olvidarse que el texto de Aparecida volvió de Roma cambiado por un cardenal de la Curia. Francisco estima que esta situación no puede continuar.

Otro asunto notable, ciertamente el que más, ha sido su impresionante opción por los pobres. Ha viajado a los lugares más pobres. Su ida a Lampedusa fue profética. Hizo instalar duchas en el Vaticano para los mendigos que viven en las calles. Ha almorzado con los pobres en comedores populares. Ha pedido a las congregaciones religiosas en crisis de vocaciones que abran sus enormes casas en Roma a los inmigrantes. La lista de iniciativas de este tipo es interminable. Todas estas expresiones de ida a los más pobres son consistentes con sus gestos que indican un deseo de un estilo más sencillo de representación del Papa. Por ejemplo: cambió el majestuoso sillón pontificio por uno más modesto; se le ha visto retirando la basura de la casa Santa Marta; si hubo de necesitar anteojos nuevos, los fue a comprar a una óptica corriente, en vez de hacer ir a los ópticos al Vaticano; cambió el uso de un auto millonario por el más humilde de los Fiat. Nada de esto es casual. No puede ser visto como un asunto de virtud personal de Jorge Bergoglio, sino como una indicación neta del Papa de recuperar el Evangelio, lo cual ha sido muy propio de una Iglesia latinoamericana que en el período postconciliar ha querido ser la “Iglesia de los pobres”.

Por último, un tercer rasgo de Francisco es su modo directo y horizontal, incluso descuidado, de expresarse. Hasta Francisco, parecía que los papas debían ser infalibles en cada una de sus palabras. Prácticamente no podían decir nada que no fuera por escrito. La costumbre de citarse solo a sí mismo reforzaba el priurito de tener que enseñar la verdad sin sombra de error. El Papa actual habla sin papeles. Acepta responder a los periodistas en on. No teme a cometer errores, y los ha cometido. Habla con libertad y, en consecuencia, deja espacio a que otros también lo hagan. Tal vez lo más sorprendente es haber lanzado 38 preguntas sobre moral familiar y sexual a toda la Iglesia, sin temor a que los católicos, laicos y consagrados, pudieran dudar de la doctrina tradicional. Este modo de expresarse tal vez no sea del todo latinoamericano, mucho tiene que ver con su carácter bastante italiano, pero tiene un aire de novedad, la novedad de quien viene de otra área del mundo. En Francisco predomina la urgencia de desarrollar relaciones horizontales entre los sacerdotes y los laicos, tal como parece haberlo querido el Vaticano II. Su disposición general es pastoral. Como pastoral ha sido la impronta de la Iglesia liberadora del continente.

El excesivo protagonismo del Papa hacer pensar acaso él no terminará traicionando lo que representa, a saber, este giro eclesial hacia los márgenes. ¿Tiene claro Francisco que debe ceder más espacio a los otros episcopados? Lo suponemos. Sí sabemos que quiere cambios importantes. Talvez no tenga otro medio para alcanzar una iglesia policéntrica que utilizando el poder que tiene para orientarlo en la dirección correcta. La prueba de fuego, en cualquier caso, será la reforma de la Curia. No se necesita tanto una Curia mejor como un nuevo modo de relacionarse el centro con la periferia, es decir, la iglesia de Roma con las otras iglesias del mundo. La demanda unánime es por más autonomía. Por esta vía los cristianos latinoamericanos llegaremos a una apropiación original del Evangelio.


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Las vacaciones de los Papas.

Los lugares de las vacaciones de los Papas

A lo largo de los siglos los Pontífices han salido de Roma para huir del calor, asistir a batallas navales espectaculares, jugar billar o cazar jabalíes

Benedicto XVI en Les Combes (Valle de Aosta) – (foto Il Sismografo)

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Pubblicato il 10/08/2017
Ultima modifica il 10/08/2017 alle ore 15:04
MARCO RONCALLI
ROMA

Es difícil establecer con certeza cuándo nació entre los obispos de Roma la costumbre de las vacaciones veraniegas. Retrocediendo a lo largo de siglos y hojeando los pesados tomos de la “Historia de los Papas” de Ludwig von Pastor, o el mítico “Diccionario de erudición histórico-eclesiástica” de Gaetano Moroni, se encuentran los nombres de los que se alejaban de Roma para huir de la Canícula, pero también del aire viciado, causa de enfermedades, que provocaban algunos cursos de agua empantanados. «Roma, devoradora de hombres, feraz de fiebres y de muertos», se quejaba Pier Damiani. Y seguramente hay que remontarse a Inocencio III (1198-1216) para hablar de vacaciones estivas papales como de una costumbre regular. Bajo su Pontificado los romanos llamaban Letrán “palacio de invierno”. Las localidades elegidas para construir edificios rodeados de verde se encuentran principalmente en los alrededores de Roma. Si, para huir del siroco, Eugenio III (1145-1153) mandó construir un palacio en Señi, otros, como Clemente IV (1265-1268) y Nicolás III (1277-1280) preferían Anañi y Viterbo, ciudad en la que antes procedían con las medidas más disparatadas: expulsar a las prostitutas presentes, eliminar las tinas insalubres en las que se fabricaba el lino… Otros, en cambio, se dejaban encantar por los espactáculosd e la naturaleza entre las ruinas de Sora, Tívoli, Montefiascone… Esas bellezas, rodeadas de bosques frescos, que sedujeron a Pío II (1458-1464), Papa humanista que no desdeñaba los baños sulfúreos de Petriolo con algún cardenal, pero que, sobre todo, nos dejó (en los “Comentarios”) sus apuntes de viajes por la Apia antigua, incluida su visita papal a las colinas Ablani. O esas bellezas naturales, pobladas por una rica fauna que estimulaba la pasión venatoria de León X (1513-1521), cazador de jabalíes en la finca de la Magliana.

 

La costumbre de breves vacaciones se consolidó en el siglo XVII, con el palacio que mandó construir Urbano VIII (1623-1644), cerca del lago de Albano, en Castel Gandolfo, meta privilegiada hasta ahora por quince diferentes Papas. Así, con el tiempo, el lugar cedido en 1596 con una venta forzada por la familia Savelli a la Cámara Apostólica, por la suma de 24.000 escudos, y que fue incorporado por Clemente VIII entre las propiedades de la Santa Sede, se convirtió en una especie de Vaticano de verano (o “segundo Vaticano”). Aunque Piazza escribió, a propósito de la “villa de los Sumos Pontífices” que «Pablo V [1605-1621] fue el primero que, impulsado por la amenidad admirable por sobre cualquier otra del Lacio, por el sitio y por la cercanía de Roma, y por las delicias del lago, y la salubridad del aire, comenzara a echar los cimientos para la habitación Pontificia», fue Urbano VIII, que llegó al trono en 1623, quien puso en march alas obras de la villa en donde surgía la antigua acrópolis de Alba Longa, en donde los Gandulfos habían construido la propiedad que después habrían ocupado los Savelli. En su libro “Los Papas en el campo” (1953), Emilio Bonomelli, que fue bastante tiempo director de las Villas Pontificias, narró esa mañana del 10 de mayo de 1626 en la que los Papas comenzaron un nuevo viaje, el primero de una larga serie de “mudanzas” a Castel Gandolfo. Leemos que el Papa partió en esos días «en buena hora, en carroza de seis caballos» desde el Palacio del Quirinal, «antecedido por el crucífero a caballo, seguido por la corte en hábito corto de viaje, algunos a caballo, otros en litera», y en compañía de «monseñor Maestro de casa, el confesor, el secretario de los estados, de los memoriales, el secretario de las cifras, el médico secreto, el limosnero, el caudatario, el ayudante de cámara, el copero, el mayordomo, el maestro de cartas, los clérigos secretos, los capellanes, los ujieres, los porteadores, etc.», sin olvidar los «esbirros de campo», que habían sido ya informados por el gobernador de Roma para que garantizaran la seguridad del séquito papal a lo largo de su recorrido. Gracias a Maffeo Barberini, que como refirió el pintor Sandrart fue visto cerca del lago «arrojar las redes de pesca con deleite», poco a poco la residencia papal se fue ampliando y en la construcción del Palacio Pontificio trabajaron el arquitecto Carlo Maderno, Bartolomeo Breccioli y Domenico Castelli.

 

El segundo Papa que habitó en el Palacio Pontificio fue Alejandro VII (1655-1667), que «en la residencia estiva –escribió Pastor– hizo que Bernini añadiera la fachada y la galería, de la que se goza la vista del mar». El Papa Alejandro es recordado mientras observaba divertido desde las ventanas las fiestas populares, respirando a todo pulmón, como escribió Jacovacci en sus “Noticias sobre Castel Gandolfo”, el «aire más purgado». Pero Fabio Chigi también se sentía fascinado por el lago: más que los peces, lo que más lo atraía era el espejo de agua que atravesaba en faluca o bergantín. También se narra, en las crónicas en su honor sobre la primera estancia en Castel Gandolfo, que los Cabelleros de Malta organizaron una espectacular batalla naval entre dos grupos de actores-marineros (caballeros y turcos, estos últimos, obviamente, perdedores). Pero sobre todo es el jardín (que incluso en la actualidad se encuentra perfectamente conservado) el que se convierte en el protagonista de los paseos papales. «Contiene, en sí, espaciosos paseos y bellos y altos setos, por lo que el reinante Pontífice a menudo baja allí a hacer ejercicio», se lee en un documento de 1667.

 

Después de Alejandro VII, ningún Pontífice fue a Castel Gandolfo, hasta Clemente XI (1700-1721). Y de él habla Lancisi en sus “Efemérides de las vacaciones de Clemente XI”, en las que lo describe paseando escoltado por guardias suizos, rezando en las iglesias de Castello, o en las parroquias cercanas mientras asiste a los catecismos e interroga a los jóvenes.

 

El cuarto sucesor de Clemente XI, Benedicto XIV (1740-1758), pasó largos periodos en Castel Gandolfo. Fue uno de los Pontífices más encariñados con este sitio, en donde, como escribió Caraccioli, «podía relajar el alma». El Papa Lambertini no amaba las escoltas (que redujo), paseaba de buena gana por los bosques, conversaba con los campesinos y organizaba “justas” de lectura con sus huéspedes: como el prior Bouget, eminente hebraísta. Este Pontífice, en Castello, recarga sus energías y templa su temperamento. «No quiero rompecabezas. Esos llegarán cuando estemos en Roma», se quejó con el cardenal Alberoni que lo atormentaba con problemas.

 

Y después llegan las vacaciones de otros dos Clementes, XIII (1758-1769) y XIV (1769-1774). Este último, en particular, extendió la residencia al añadir la Villa Cybo con su parque y prefería pasar en un mes de otoño en Castello: le encantaba pasear y salir a caballo vestido de blanco, trotando sin estribos, ejercicio abandonado en 1771, después de dos caídas.

 

Hacia finales del siglo XVIII los eventos no permitieron que los Papas pasaran periodos fuera de Roma. Las tropas francesas llegaron incluso a ocupar el palacio. Pero, si Pío VI (1775-1799) no pudo viajar debido a las amenazas de los soldados de la revolución (y porque estaba ocupado con la limpieza pontina), Pío VII (1800-1823) retomó la tradición antes de su prisión y durante los años que siguieron a la Restauración, para alegría de los pobladores locales que lo festejaban con fuegos de artificio. Con Pío VII llegó el billar al Palacio Pontificio. Lo colocaron en una sala que tomó su nombre. EL mismo Pontífice se concedía algunas partidas con sus familiares, colaboradores y huéspedes. Entre estos últimos, el privilegio de jugar con Su Santidad le tocó al joven Massimo D’Azeglio, quien con su hermano Próspero, jesuita, y con su padre, Ministro del rey de Cerdeña ante la corte de Roma, visitó al Papa en 1814.

 

Otro Papa que visitó frecuentemente Castel Gandolfo fue Gregorio XVI (1831-1846). Amante de la pesca, aparece citado en un soneto de Gioacchino Belli a orillas del lago tratando de «pescar tencas por el ayuno».

 

También su sucesor, Pío IX (1846-1878), a pesar de todo, logró pasar algunos periodos en el “vaticano estivo” (con dos excursiones hasta Anzio). Además, en 1859 llegó a Albano y a Castello en carroza después de haber llegado a Cecchina, utilizando por primera vez el «noble tren a vapor». Sus últimas vacaciones, en la residencia gandolfina son las de mayo de 1869. Pero lo impedirán a partir de entonces el aumento de los robos, la cólera y la situación política italiana.

 

Así, la villa de los Papas permaneció cerrada desde 1870 hasta 1929, año de los Pactos Lateranenses. En virtud del artículo 14 del Concordato, Italia reconoció a la Santa Sede la propiedad del Palacio de Castel Gandolfo, con anexos (Villa Cybo) y la antigua Villa Barberini, de mayores dimensiones y que surgió sobre los restos de la villa de Domiciano. Con el Pontificado de Pío XI (1922-1939) volvió a comenzar la tradición de las vacaciones que se había afirmado, como se dijo, desde inicios del siglo XVII y que habían seguido la mayor parte de los Papas a partir de entonces.

Se cuenta que Achille Ratti llegó a Castel Gandolfo por primera vez el 24 de agosto de 1933, viajando de incógnito en un automóvil al que se le ponchó una rueda. Fue él quien comenzó restauraciones importantes, que fueron muy apreciadas por sus sucesores: desde Pío XII (1939-1958), que cuando estaba en Castello caminaba kilómetros mientras leía, o Juan XXIII (1958-1963), que en sus agendas anotaba sobre sí: «incluso en la calma de la residencia estiva, el Santo Padre prosigue sus actividades». Y también escribió que el sitio, «por encanto de la naturaleza, parece un jardín», o que «todo allí se encuentra en orden perfecto, y con sentido práctico y de belleza». Y también Pablo VI (1963-1978), que allí falleció precisamente durante el último verano de su vida.

 

Pero fue con el Pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) cuando llegaron novedades para las vacaciones papales. No solo porque ya como Papa, así como su predecesor Pablo VI desde 1975, podía llegar a Castel Gandolfo en diez minutos con el helicóptero. En la residencia de Castel Gandolfo (en donde también reposaba al final de extenuantes viajes) también se encontró el espacio para una pequeña piscina, regalo de los polacos de Estados Unidos. Una piscina que permitía una media hora de brazadas antes del almuerzo, ejercicio saludable que alivia la nostalgia por los ríos de los Cárpatos o de los lagos Masuri. Pero no es todo, pues Wojtyla también se dirigió a caminar por los senderos alpinos: desde Cadore hasta el Valle de Aosta, etc. Y también lo hizo después Benedicto XVI.

 

Luego llegó el Papa Francisco, quien cuenta entre sus tantas alergias la de las vacaciones. Probablemente no sabe ni siquiera qué son, puesto que nunca se ha ido de vacaciones, ni siquiera cuando era arzobispo. Mientras tanto, abrió a los turistas buena parte de la residencia estiva de Castel Gandolfo, que podría convertirse en un museo. Es decir, esta historia de las vacaciones papales, por ahora, se ha terminado.


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Chile: se prepara la visita del Papa en enero 2018

Chile se prepara para recibir al Papa Francisco en 2018

2017-07-14 Radio Vaticana

 

(RV).- Ya está en marcha la máquina de los preparativos del viaje del Papa a Chile y Perú a realizarse entre el 15 y el 21 de enero de 2018.

El Romano pontífice iniciará el nuevo año abrazando a estos dos países del “continente muy querido por él”, tal como él mismo expresara en viajes anteriores, los cuales serán el noveno y décimo país visitado de este continente, tras Brasil en 2013, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba y Estados Unidos en 2015, México en 2016 y aquel a realizarse en Colombia el próximo mes de setiembre.

En Chile el Santo Padre visitará Santiago, Temuco e Iquique del 15 al 18 de enero, y en Perú, del 18 al 21, visitará Lima, Puerto Maldonado y Trujillo.

Precisamente en esta semana se recibieron delegaciones de ambos países en el Vaticano para coordinar preparativos, que consideran además una masiva participación de fieles provenientes de los países limítrofes, especialmente en el caso de Chile, el cual por ser además una meta turística privilegiada por los argentinos, espera un incremento de ese flujo de personas provenientes de la tierra natal del pontífice latinoamericano.

Sobre los preparativos entrevistamos a Haydée Rojas Escobar, Encargada de las Comunicaciones para la visita del Papa por parte de la Presidencia de la República de Chile.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)


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Colombia:; la visita del Papa en Septiembre, según Carriquiri

“El Papa en Colombia en el signo de la reconciliación”

Habla el vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, Guzmán Carriquiry. «En el país el verdadero objetivo es arrancar la cultura de la violencia». El narcotráfico es una tragedia para toda la región

El profesor Guzmán Carriquiry

Pubblicato il 14/06/2017
FRANCESCO PELOSO
ROMA

Papa Francisco visitará Colombia del 6 al 11 de septiembre de 2017 y allí también participará en un «encuentro de reconciliación» entre las víctimas de la guerrilla y algunos miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En encuentro se llevará a cabo en la ciudad de Villavicencio (localidad simbólica por el papel que ha tenido en el conflicto con la guerrilla y en las recientes negociaciones entre el gobierno y las FARC) y será un signo tangible de esa propuesta de reconciliación que el Pontífice llevará consigo. Como telón de fondo, naturalmente, estarán los acuerdos de paz suscritos, y que van entrando lentamente en vigor, entre el gobierno guiado por el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, y la guerrilla más antigua de América Latina, cuyos objetivos revolucionarios se desdibujaron hace tiempo.

 

El presidente colombiano fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2016 precisamente por haber sacado adelante una difícil negociación, marcada por fuertes y bruscas pausas (como el referéndum popular que bloqueó en un primer momento los acuerdos, aunque la participación fue bastante baja), críticas, temores, sentimientos de venganza. Pero al final venció la negociación, y no es ningún misterio que la apoyaban, entre otros muchos, el Papa y la diplomacia vaticana.

 

Francisco jugó un papel muy importante en este caso, tal y como también sucedió con el fin del «hielo» entre Cuba y Estados Unidos (ahora un poco amenazado por la nueva administración); en ambas situaciones la Santa Sede dio un impulso importante para acabar con conflictos particularmente largos cuyo origen, en el siglo pasado, fueron las contraposiciones que nacieron con la Guerra Fría. No es casual, en este sentido, que una parte de las negociaciones entre el gobierno y las FARC se haya llevado a cabo en la isla caribeña.

 

Sin embargo, ahora el problema es otro: «Hay que tener presente que el país viene de 60 años de violencia, que se ha arraigado una cultura de la violencia que es difícil de arrancar, que hay contradicciones muy fuertes por lo que quienes asesinan pueden llevar al cuello el rosario o la imagen de la Virgen María». Lo afirmó el profesor Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, uno de los hombres clave del Papa para la región latinoamericana. Carriquiry se reunió con la prensa durante un congreso promovido por «Aleteia». «El viaje del Papa —dijo— no debe ser instumentalizado políticamente, ni por parte de quienes están a favor de los acuerdos de paz, ni por parte de los que están en contra; por otro lado, en el país la expectación por la visita del Papa es muy fuerte, cada día se habla sobre el viaje que Francisco hará en septiembre». Misericordia, perdón, verdad y justicia son las palabras del Papa para Colombia, y ninguna de estas debe ser interpretada sin las demás.

 

Pero decir Colombia también quiere decir narcotráfico, es decir una de las razones profundas por las cuales la violencia está tan difundida. Las FARC también se dedican al tráfico de droga, y con esta actividad reunieron mucho dinero, pero el problema también afecta desde hace mucho (demasiado) tiempo a otros Estados como México, los países centroamericanos o la misma Argentina, y, sobre todo, las grandes organizaciones criminales tienen entre las manos un negocio inmenso.

 

«El Papa hablará seguramente sobre el problema del narcotráfico —explicó el vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina—, por lo demás Colombia es el primer país productor de hojas de coca; habrá que convertir todas las tierras utilizadas para el cultivo de la coca, pero sobre todo el desafío más importante es el desafío de la educación para los jóvenes. En contra del narcotráfico, la Iglesia está comprometida a todos los niveles, en la denuncia, claramente, en la transformación social, pero sobre todo a nivel educativo, con estructuras para recuperar a los jóvenes, en el trabajo con los chicos».

 

«El tráfico de la droga —subrayó el profesor— constituye la mayor multinacional de América Latina; en este sentido se ha dado un salto de cualidad que ha creado una ola enorme de corrupción que envenena el tejido social y desacredita la política». En efecto, el avance del narcotráfico procede al mismo paso que la difusión de elementos de crisis social y política: «En el continente estamos asistiendo a una fase de regresión social, de depresión, después de una década de “vacas gordas” en la que todos los índices económicos eran positivos».

 

Otro capítulo importante sobre lo que está sucediendo en América Latina tiene que ver con Venezuela, sobra la que el Papa podría, con mucha probabilidad, pronunciar algunas palabras para animar a la población venezolana que tanto está sufriendo por la crisis tan grave que se está prolongando demasiado. «La Santa Sede —dijo Carriquiry— tiene una preocupación enorme por lo que está sucediendo en Venezuela; en un primer momento trató de facilitar el diálogo y las negociaciones entre el gobierno y la oposición», pero las negociaciones no acabaron nada bien. «La Santa Sede —continuó— no puede no estar abierta a cualquier pequeño espacio de diálogo y negociación; por su parte, el episcopado venezolano comparte los sufrimientos de su pueblo, pero es equivocado (como ha hecho una de las partes más radicales de la oposición a Maduro) contraponer al Papa con el episcopado del país. El problema fundamental es evitar que todo acabe en una especie de guerra civil».

 

Entre las citas importantes que tendrá el Papa en Colombia está su reunión con el Celam, el Consejo Episcopal Latinoamericano, encuentro en el que participarán obispos de todos los países del continente y, probablemente, será la ocasión para que el Papa hable sobre toda América Latina con un mensaje muy específico. Para concluir, siempre en sintonía latinoamericana, existe la hipótesis de que se lleve a cabo un Sínodo para la Amazonia; Bergoglio se había referido a esta posibilidad durante un encuentro con el Celam de 2016, después habló de ello nuevamente con los obispos peruanos. «El Papa está madurando algo dentro el propio corazón sobre este tema», dijo al respecto Carriquiry. Tal vez, pero es solo una hipótesis, relacionará a la Amazonia con otros temas semejantes, como el de los grandes lagos en África; pero lo que es cierto es que un tema muy importante que se relaciona con la Amazonia es el de una Iglesia que debe ser cada vez más misionera; de cualquier manera, en la hipótesis de un Sínodo de este tipo, habrá que tener en cuenta la elaboración fundamental que constituye la “Laudato si’”».


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En la agenda del Papa no consta, por ahora, un viaje a Argentina.

El Papa a Hebe: “Nada decidido sobre el viaje a Argentina”

Francisco responde a una carta enviada por la titular de las Madres de Plaza de Mayo y reafirma que ante el dolor de una madre él tiene necesidad de acompañarla. Pero el texto sale a la luz luego que la destinataria fue procesada en un caso de corrupción
AFP

Manifestación en la Plaza de Mayo, en el centro de Buenos Aires

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Pubblicato il 17/05/2017
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO

“Todavía no hay nada decidido sobre mi viaje a Argentina”. El Papa respondió así a la petición insistente de Hebe de Bonafini, presidente de la asociación argentina de las Madres de Plaza de Mayo. Ella le había escrito una carta para implorarle que viaje pronto a la Argentina. Francisco le respondió con un texto autógrafo, en el cual la trató con confianza. Y aunque precisó que aún no existe nada decidido sobre una futura visita apostólica a su país, no cerró definitivamente la posibilidad. Y a la mujer le señaló: “Tengo en cuenta tus palabras”.

 

El intercambio epistolar salió a la luz este martes en Buenos Aires. Lo dio a conocer la propia asociación, pocas horas después que el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi ordenó el procesamiento de Bonafini y su ex apoderado, Sergio Schoklender, por el supuesto desvía de 200 millones de pesos públicos (unos 13 millones de dólares de la actualidad) por un programa de construcción de viviendas sociales llamado Sueños Compartidos.

 

Las cartas datan de unos días atrás. La mujer escribió al “queridísimo Papa Francisco” el 14 de abril para decirle “cuánto lo necesitan todos” en Argentina. “La estamos pasando muy mal, el país parece una montaña que se cae a pedazos como cuando sucede un terremoto”, indicó.

 

“Sé que no vas a venir”, apuntó. Recordó que el pasado 30 de abril las Madres cumplieron 40 años de lucha sin faltar un solo jueves a la Plaza de Mayo, lo cual significa dos mil 36 marchas. “Quedamos muy pocas, pero construimos un puente indestructible entre nuestros hijos y las nuevas generaciones que se tomaron la patria en serio, así que las Madres moriremos tranquilas porque la lucha y la defensa de la vida está en las mejores manos, ¡la juventud! que está comprometida con la lucha por los otros y para los otros”, siguió.

 

Luego le pidió al pontífice que ese día, el 30 de abril, no se olvide de ellas, que le pida al “Tatita Dios” que no las abandone. Se despidió con un “fuerte abrazo” y un “vení que te necesitamos”. Y agregó una postdata: “Sé que vos pensás que si venís le hacés un favor al pastor Mauricio. Yo te pido que pienses en cuanto bien le harías a millones si venís”.

 

En estas últimas líneas, Bonafini hizo referencia a Mauricio Macri, el presidente argentino. Sobre la religiosidad personal del mandatario, existen numerosos rumores. Pero existe también, cierta convicción en los ambientes políticos, de su adscripción a cultos de tipo “new age”. Sólo así podría explicarse aquello de “pastor Mauricio”.

 

La respuesta del Papa se escribió el 5 de mayo. De su puño y letra, el pontífice encabezó el texto a la “Sra. Hebe de Bonafini” y después añadió: “Querida Hebe”. En el texto, es vistoso que Jorge Mario Bergoglio no hizo referencia a las críticas políticas de la señora ni se manifieste, a favor o en contra. En cambio, le agradeció la carta que le llegó el 19 de abril, así como un libro que le envió con motivo de la conmemoración de los 40 años de Asociación Madres de Plaza de Mayo.

 

“Te agradezco lo que me decís en la carta y quisiera reiterar lo que dije tantas veces y te lo expresé cuando estuviste en el Vaticano: frente al dolor de una madre que pierde a sus hijos de una manera tan cruel y violenta siento un profundo respeto y la necesidad de acompañarla con mi cercanía y oración. Sólo ella sabe lo que es ese sufrimiento”, señaló. En esta ocasión usó las mismas palabras con las cuales explicó su decisión de recibir en audiencia a la propia Bonafini el 27 de mayo de 2016, un encuentro largo y cordial en la Casa Santa Marta del Vaticano.

 

Ya entonces, la reunión había dividido las aguas en Argentina. Sobre todo por el alto perfil público de las Madres de Plaza de Mayo y su alineación política con el “kirchnerismo”, el movimiento de adhesión al ex presidente Néstor Kirchner y su esposa, que también fue presidenta, Cristina Fernández. Durante ese diálogo en el Vaticano, Bonafini le pidió perdón a Bergoglio por haberlo tratado en pésimos términos cuando él era arzobispo de Buenos Aires e, incluso, por haberle tomado la catedral a la fuerza en alguna ocasión.

 

Hacia el final de su carta, el Papa apuntó: “Todavía no hay nada decidido sobre mi viaje a Argentina. Tengo en cuenta tus palabras. Por favor, no te olvides de rezar por mí. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide”. Y se despidió con un “afectuosamente, Francisco”.

 

Por estas horas, el intercambio epistolar divide a la opinión pública argentina. Tratándose de una carta autógrafa, pertenece a las comunicaciones privadas del pontífice. Pero en Buenos Aires las interpretaciones sobre su contenido y el gesto se han multiplicado al infinito. Empero, la única información objetiva que se desprende del texto es que el Papa no tiene en agenda visitar su país natal, como lo anticipó hace días el Vatican Insider.