Loiola XXI

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Cómo comportarse ante el sufrimiento ajeno. Palabras del Papa.

El Papa: para secar una lágrima hay que llorar con quien sufre

«Para hablar de esperanza a los que están desesperados, hay que compartir su desesperación». En la Audiencia general, el Pontífice hizo un llamado por los detenidos después de la masacre en la cárcel brasileña de Manaos
AFP

El Papa: para secar una lágrima hay que llorar con quien sufre

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Pubblicato il 04/01/2017
Ultima modifica il 04/01/2017 alle ore 11:19
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO
«Frente a la tragedia de la pérdida de los hijos, una madre no puede aceptar palabras o gestos de consolación, que siempre son inadecuados, que nunca son capaces de mitigar el dolor de una herida que no puede y no quiere ser curada. Un dolor proporcional al amor». Durante la Audiencia general, el Papa reflexionó sobre la figura bíblica de Raquel para subrayar que las lágrimas pueden ser «semillas de esperanza»: «Para hablar de esperanza a los que están desesperados, hay que compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, hay que unir al suyo nuestro llanto», dijo el Papa. Al final de la catequesis recordó la «masacre» que se verificó en la cárcel de Manaos, en Brasil, e hizo un nuevo llamado «para que los institutos penitenciarios sean lugares de reeducación y de reinserción social, y las condiciones de vida de los detenidos sean dignas de personas humanas».Raquel, que en el libro del Génesis muere al dar a luz a su segundo hijo, es presentada por el profeta Jeremías, que se dirige a los israelitas exiliados, «en una realidad de dolor y llanto», mientras llora por los hijos que «murieron yendo hacia el exilio».

«Por ello —explicó Jorge Mario Bergoglio—, Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto. Frente a la tragedia de la pérdida de los hijos —prosiguió el Papa— una madre no puede aceptar palabras o gestos de consolación, que son siempre inadecuados, que nunca son capaces de mitigar el dolor de una herida que no puede y no quiere ser curada. Un dolor proporcional al amor. Cualquier madre sabe todo esto; y son muchas, incluso hoy, las madres que lloran, que no se resignan a la pérdida de un hijo, inconsolables frente a una muerte imposible de aceptar. Raquel encierra en sí el dolor de todas las madres del mundo de todos los tiempos, y las lágrimas de todos los seres humanos que lloran pérdidas irreparables».

El rechazo de Raquel que no quiere ser consolada, dijo el Papa, «nos enseña también cuánta delicadeza se nos pide ante el dolor ajeno. Para hablar de esperanza a quien está desesperado, hay que compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, hay que unir al suyo nuestro llanto. Solo de esta manera nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Y si no puedo decir palabras así, con el llanto, con el dolor, mejor el silencio, la caricia, el gesto y nada de palabras».

Dios, «con su delicadeza y su amor», responde al llanto de Raquel «con palabras verdaderas, no de mentiras», prosiguió Francisco: «Reprime tus sollozos, ahoga tus lágrimas, porque tu obra recibirá su recompensa (oráculo del Señor) y ellos volverán del país enemigo. Sí, hay esperanza para tu futuro (oráculo del Señor) los hijos regresarán a su patria». El Papa explicó: «Esta mujer, que había aceptado morir, en el momento del parto, para que su hijo pudiera vivir, con su llanto es ahora principio de vida para los nuevos hijos exiliados, prisioneros, lejos de la patria. Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de verdadera consolación: el pueblo podrá regresar del exilio y vivir en la fe, libre, la propia relación con Dios. Las lágrimas han generado esperanza. Y esto nos fácil de entender, pero es verdadero —insistió el Papa. Tantas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza».

El texto de Jeremías «luego es retomado por el evangelista Mateo y aplicado a la matanza de los inocentes», recordó el Pontífice argentino. «Un texto que nos pone ante la tragedia de la matanza de seres humanos indefensos, del horror del poder que desprecia y destruye la vida. Los niños Belén murieron a causa de Jesús. Y Él, Cordero inocente, luego morirá, a su vez, por todos nosotros. El Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres: no se olviden de esto. Cuando alguien se dirige a mí y me hace una pregunta difícil —continuó el Papa—, por ejemplo: “Dígame padre: ¿Por qué sufren los niños?”. De verdad, yo no sé qué cosa responder. Solamente digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y tal vez ahí encontraras una respuesta. No hay otras respuestas. Solamente mirando el amor de Dios que da en su Hijo que ofrece su vida por nosotros, se puede indicar el camino de la consolación”. Y por esto decimos que el Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres, los ha compartido y ha recibido la muerte; su Palabra es definitivamente palabra de consolación, porque nace del llanto».

Después de la catequesis, que prosigue con el ciclo dedicado a la esperanza, el Papa recordó que «Ayer llegaron desde Brasil las noticias dramáticas de las matanzas ocurridas en la cárcel de Manaos, donde un violento choque entre bandas rivales ha causado decenas de muertos. Expreso dolor y preocupación por lo que sucedió. Invito a rezar por los difuntos, por sus familiares, por todos los detenidos en esa cárcel y por los que trabajan en ella. Y renuevo mi llamamiento para que los institutos penitenciarios sean lugares de reeducación y reinserción social, y las condiciones de vida de los detenidos sean dignas de personas humanas. Los invito a rezar por los detenidos – muertos y vivos – y también por todos los detenidos del mundo, para que las cárceles sirvan para reinsertar y no estén hacinadas, que sean lugares de reinserción. Recemos a la Virgen Madre de los detenidos».


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Jóvenes: el mundo os mira. El Papa en el Via Crucis de Cracovia.

El Papa pide a los jóvenes en el Vía Crucis de la Misericordia que sean “sembradores de esperanza”

2016-07-29 Radio Vaticana

(RV).- Catorce estaciones que fueron acompañadas de catorce obras de misericordia. Así fue el Vía Crucis de la Jornada Mundial de la Juventud en la explana de Blonia la tarde del viernes donde en cada estación la cruz fue llevada por diferentes grupos de jóvenes de diversas asociaciones, como la ‘Comunidad Cenáculo’, la fundación ‘Ayuda a la Iglesia Necesitada’ o la asociación ‘Mutual Help’. Con ellos, Papa Francisco viviendo y sintiendo el dolor del hombre.

El Vía Crucis de la Misericordia comenzó con un grupo de refugiados sirios acogidos en Roma por la Comunidad Sant Egido. A ellos Papa Francisco les dedicó un mensaje especial durante su discurso, recordándoles que “Jesús les abraza con amor”.

El Santo Padre después de haber vivido un día lleno de emociones dolorosas que enmudecen, explicó que en muchas situaciones de la vida donde está presente el dolor de hombre, nos preguntamos ¿Dónde está Dios?. Papa Francisco, conmovido, explicó que la respuesta de Jesús es esta: “Dios está en ellos, Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como un solo cuerpo”.

El Papa recordó que también Jesús “muriendo en la cruz, se entregó en las manos del Padre (…) y cargó consigo las heridas físicas, morales y espirituales de toda la humanidad”. Y en este sentido pidió a los jóvenes que no vivieran su vida “a medias”, que estén dispuestos a servir generosamente a los hermanos más pobres y débiles, “a semejanza de Cristo”.

(Mónica Zorita- Radio Vaticano)

 

Discurso de Papa Francisco:

«Tuve hambre y me disteis de comer,

tuve sed y me disteis de beber,

fui forastero y me hospedasteis,

estuve desnudo y me vestisteis,

enfermo y me visitasteis,

en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).

Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que a menudo resuena en nuestra mente y en nuestro corazón: «¿Dónde está Dios?». ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida? Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y la respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos», Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como «un solo cuerpo».

Jesús mismo eligió identificarse con estos hermanos y hermanas que sufren por el dolor y la angustia, aceptando recorrer la vía dolorosa que lleva al calvario. Él, muriendo en la cruz, se entregó en las manos del Padre y, con amor que se entrega, cargó consigo las heridas físicas, morales y espirituales de toda la humanidad. Abrazando el madero de la cruz, Jesús abrazó la desnudez y el hambre, la sed y la soledad, el dolor y la muerte de los hombres y mujeres de todos los tiempos. En esta tarde, Jesús —y nosotros con él— abraza con especial amor a nuestros hermanos sirios, que huyeron de la guerra. Los saludamos y acogemos con amor fraternal y simpatía.

Recorriendo el Via Crucis de Jesús, hemos descubierto de nuevo la importancia de configurarnos con él mediante las 14 obras de misericordia. Ellas nos ayudan a abrirnos a la misericordia de Dios, a pedir la gracia de comprender que sin la misericordia no se puede hacer nada, sin la misericordia yo, tú, todos nosotros, no podemos hacer nada. Veamos primero las siete obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; acoger al forastero; asistir al enfermo; visitar a los presos; enterrar a los muertos. Gratis lo hemos recibido, gratis lo hemos de dar. Estamos llamados a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido, tiene hambre o sed, está desnudo, preso, enfermo, desempleado, perseguido, refugiado, emigrante. Allí encontramos a nuestro Dios, allí tocamos al Señor. Jesús mismo nos lo ha dicho, explicando el «protocolo» por el cual seremos juzgados: cada vez que hagamos esto con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos con él (cf. Mt 25,31-46).

Después de las obras de misericordia corporales vienen las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos. Nuestra credibilidad como cristianos depende del modo en que acogemos a los marginados que están heridos en el cuerpo y al pecador herido en el alma. En la acogida del emigrado que está herido en su cuerpo y en la acogida del pecador que está herido en el alma, se juega nuestra credibilidad como cristianos!¡No en las ideas: ahí!

Hoy la humanidad necesita hombres y mujeres, y en especial jóvenes como vosotros, que no quieran vivir sus vidas «a medias», jóvenes dispuestos a entregar sus vidas para servir generosamente a los hermanos más pobres y débiles, a semejanza de Cristo, que se entregó completamente por nuestra salvación. Ante el mal, el sufrimiento, el pecado, la única respuesta posible para el discípulo de Jesús es el don de sí mismo, incluso de la vida, a imitación de Cristo; es la actitud de servicio. Si uno, que se dice cristiano, no vive para servir, no sirve para vivir. Con su vida reniega de Jesucristo.

En esta tarde, queridos jóvenes, el Señor os invita de nuevo a que seáis protagonistas de vuestro servicio; quiere hacer de vosotros una respuesta concreta a las necesidades y sufrimientos de la humanidad; quiere que seáis un signo de su amor misericordioso para nuestra época. Para cumplir esta misión, él os señala la vía del compromiso personal y del sacrificio de sí mismo: es la vía de la cruz. La vía de la cruz es la vía de la felicidad de seguir a Cristo hasta el final, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida cotidiana; es la vía que no teme el fracaso, el aislamiento o la soledad, porque colma el corazón del hombre de la plenitud de Cristo. La vía de la cruz es la vía de la vida y del estilo de Dios, que Jesús manda recorrer a través también de los senderos de una sociedad a veces dividida, injusta y corrupta.

La vía de la cruz no es una actitud sadomasoquista: la vía de la cruz es la única que vence el pecado, el mal y la muerte, porque desemboca en la luz radiante de la resurrección de Cristo, abriendo el horizonte a una vida nueva y plena. Es la vía de la esperanza y del futuro. Quien la recorre con generosidad y fe, da esperanza y futuro a la humanidad. Quien la recorre con generosidad y con fe, siembra esperanza. Y yo querría que ustedes fueran sembradores de esperanza.

Queridos jóvenes, en aquel Viernes Santo muchos discípulos regresaron a sus casas tristes, otros prefirieron ir al campo para olvidar un poco la cruz. Les pregunto: pero respondan cada uno en silencio, en su corazón, en el propio corazón ¿Cómo deseáis regresar esta noche a vuestras casas, a vuestros alojamientos, a vuestras tiendas? ¿Cómo deseáis volver esta noche a encontraros con vosotros mismos? El mundo nos mira. Corresponde a cada uno de vosotros responder al desafío de esta pregunta.


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Hoy también se sufre mucho en el mundo. Palabras del Papa Francisco en Cracovia.

Francisco: después de Auschwitz, también hoy hay crueldad, torturas y cárceles

El Papa se asomó desde el balcón del arzobispado de Cracovia: en muchos lugares del mundo en donde hay guerra sucede lo mismo

El Papa desde el balcón del arzobispado de Cracovia

30/07/2016
REDACCIÓN
ROMA

También ayer noche Papa Francisco se asomó a la ventana del arzobispado de Cracovia para saludar a las personas que se agrupaban a su puerta entre los que se encontraban esta vez varios enfermos, personas sin hogar y discapacitados, según indicó la Radio Vaticana..

«Dobry wieczór! (Buenas noches) –dijo el Santo Padre. Hoy ha sido un día especial, una jornada de dolor. El viernes es el día que recordamos la muerte de Jesús, y hemos terminado con los jóvenes la jornada con la oración del Via Crucis. Hemos rezado el Via Crucis: el dolor y la muerte de Jesús por todos nosotros. Estamos unidos a Jesús sufriente. Pero no sólo sufriente hace dos mil años, sino también hoy. Sufre tanta gente: los enfermos, los que están en guerra, los sin techo, los hambrientos, los que dudan de la vida, que no sienten la felicidad, la salvación, o que sienten el peso del propio pecado».

«En la tarde he estado en el hospital de niños –recordó. También allí Jesús sufre en tantos niños enfermos. Y siempre me viene la pregunta: ¿Por qué sufren los niños? Es un misterio. No hay respuesta para estas preguntas.En la mañana, también otro dolor: he estado en Auschwitz, en Birkenau, para recordar los dolores de hace 70 años. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas? Se han cometido estas. No quisiera entristeceros, pero debo decir la verdad. La crueldad no ha terminado en Auschwitz, en Birkenau: también hoy, hoy se tortura a la gente; tantos presos son torturados, inmediatamente, para hacerlos hablar. Es terrible. Hoy, hombres y mujeres están en las cárceles superpobladas; viven ―perdonadme― como animales. Hoy se da esta crueldad. Nosotros decimos: Sí, hemos visto la crueldad de hace 70 años, como morían fusilados, o ahorcados, o con el gas. Pero hoy, en tanto lugares del mundo, donde hay guerra, sucede lo mismo».

«En esta realidad, Jesús ha venido para cargarla sobre su espalda. Y nos pide rezar –indicó. Pedimos por todos los Jesús que hoy existen en el mundo: los hambrientos, los sedientos, los dudosos, los enfermos, los que están solos, los que sienten el peso de tantas dudas y culpas. Sufren mucho. Recemos por tantos niños enfermos, inocentes, que llevan la cruz desde pequeños. Y recemos por tantos hombres y mujeres que hoy son torturados en muchos países del mundo; por los encarcelados hacinados allí, como si fueran animales. Es triste lo que os digo, pero es la realidad. Pero también es realidad que Jesús ha cargado con todas estas cosas. También con nuestro pecado».

«Todos los que estamos aquí –concluyó– somos pecadores, llevamos el peso de nuestros pecados. No sé si alguno no se siente pecador. Si alguno no se siente pecador que levante la mano. Todos somos pecadores. Pero él nos ama, nos ama. Y obramos, como pecadores, pero como hijos de Dios, hijos de su Padre. Recemos todos juntos una oración por esta gente que hoy sufre en el mundo tantas cosas feas, tantas maldades. Y cuando hay lágrimas, el niño busca a la mamá; también nosotros, pecadores, somos niños, buscamos a la Mamá, y recemos todos juntos a la Virgen, cada uno en su idioma».