Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


Deja un comentario

El miércoles de ceniza con el Papa

Papa Francisco Procesión Penitencial Santa Misa Miércoles de Ceniza Basílica Santa SabinaEl Papa Francisco presidió la Procesión Penitencial y sucesiva Santa Misa el Miércoles de Ceniza en Basílica romana de Santa Sabina 

Papa, Miércoles de Ceniza: ¡Detente, mira y vuelve! El Señor te dará un corazón nuevo

El Papa Francisco presidió la Procesión Penitencial y Santa Misa de este Miércoles de Ceniza instando a detenernos para afirnar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana y volver con confianza a los brazos expectantes del Padre misericordioso

María Cecilia Mutual – Ciudad del Vaticano

La Cuaresma es tiempo rico para desenmascarar tentaciones y dejar que nuestro corazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús: fue ésta la reflexión del Papa en la homilía de la misa del Miércoles de Ceniza en la Basílica de Santa Sabina, tras finalizar la Procesión Penitencial desde la Iglesia de San Anselmo en la colina romana del Aventino.

El Papa focalizó su homilía en las múltiples tentaciones a las que estamos expuestos, constatando cómo “frente a las vicisitudes cotidianas, se alzan voces que, aprovechándose del dolor y la incertidumbre, lo único que saben es sembrar desconfianza”.

Desconfianza, apatía y resignación son los tres demonios que cauterizan y paralizan el alma del pueblo creyente” afirmó Francisco, señalando tres palabras guía para ‘recalentar el corazón creyente’: “Detente, mira y vuelve”.

Detente un poco

Así, a través de la primera palabra, Francisco exhortó a detenerse “ante el mandamiento de vivir acelerado que dispersa, divide y termina destruyendo el tiempo de la familia, el tiempo de la amistad, el tiempo de Dios; a detenerse ante la necesidad de aparecer y ser visto por todos,  de estar continuamente en “cartelera”; ante la mirada altanera, el comentario fugaz y despreciante que nace del olvido de la ternura, y la reverencia para encontrar a los otros. “Detente un poco – continuó el Papa –  ante la compulsión de querer controlar todo, saberlo todo, devastar todo”. “Detente un poco – pidió aun Francisco – ante el ruido ensordecedor que atrofia y aturde nuestros oídos y nos hace olvidar del poder fecundo y creador del silencio”; “ante la actitud de fomentar sentimientos estériles, infecundos, que brotan del encierro y la auto-compasión; ante la vacuidad de lo instantáneo, momentáneo y fugaz que nos priva de las raíces”.

Detente, mira y contempla

“¡Detente para mirar y contemplar!” insistió el Papa… “Mira los  signos que impiden apagar la caridad, mira el rostro de nuestras familias que siguen apostando día a día, con mucho esfuerzo para sacar la vida adelante y, entre tantas premuras y penurias, no dejan todos los intentos de hacer de sus hogares una escuela de amor”; “el rostro interpelante de nuestros niños y jóvenes cargados de futuro y esperanza, cargados de mañana y posibilidad, que exigen dedicación y protección”. Francisco invitó también a mirar “el rostro surcado por el paso del tiempo de nuestros ancianos” que son – dijo – “rostros de la sabiduría operante de Dios”; “el rostro de nuestros enfermos y de tantos que se hacen cargo de ellos” y el “rostro arrepentido” de quienes intentan revertir sus errores y equivocaciones y “luchan por transformar las situaciones y salir adelante”.

Mira y contempla el rostro del Amor crucificado, exhortó el Obispo de Roma,  que hoy desde la cruz sigue siendo portador de esperanza, porque -explicó- “mirar su rostro es la invitación esperanzadora de este tiempo de Cuaresma para vencer los demonios de la desconfianza, la apatía y la resignación”.

Vuelve a los brazos del Padre

Vuelve a la casa de tu Padre” dijo finalmente el Santo Padre. “Sin miedo”, vuelve a los brazos de un Padre “rico en misericordia”, recordando que éste es el “tiempo para dejarse tocar el corazón” y “experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios”. “Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: ‘Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo’.

Escuche la homilía del Santo Padre en la Misa del Miércoles de Ceniza

14 febrero 2018, 17:13

Anuncios


Deja un comentario

Mensaje del Papa para la cuaresma 2018

Pranco con i poveriEl Papa Francisco durante un almuerzo con los pobres  (@L’Osservatore Romano)

Mensaje pontificio de Cuaresma: Atentos a los falsos profetas que enfrían el amor

“Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”. Así se titula el Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de este año que se presentó esta mañana en la Sala de Prensa de la Santa Sede. Intervinieron en la presentación el Cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral; Monseñor Graham Bell, Subsecretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y la Dra. Natalia Peiró, Secretaria General de Caritas España

María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

En su mensaje para la Cuaresma – firmado en la Ciudad del Vaticano el 1 de noviembre de 2017, en la Solemnidad de Todos los Santos – el Papa Francisco escribe que “una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor”, y explica que para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, que define “signo sacramental de nuestra conversión”.

Tal como lo expone el Pontífice, mediante este mensaje desea “ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia”; y lo hace inspirándose en una expresión de Jesús según el Evangelio de Mateo: “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”.

Frase que proviene de la enseñanza sobre el fin de los tiempos, ambientada en el Monte de los Olivos de Jerusalén, donde precisamente tendrá inicio la pasión del Señor, que en este caso respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia “una gran tribulación” y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

En el primer punto de este mensaje, titulado “los falsos profetas”, el Pontífice invita a preguntarnos ¿qué formas asumen? Y no duda en responder que “son como ‘encantadores de serpientes’”, que “se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren”. De ahí su exclamación ante los tantos hijos de Dios que “se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se lo confunde con la felicidad”. O acerca de cuántos hombres y mujeres que “viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos”; sin olvidar a quienes “viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad”.

También se refiere a esos otros falsos profetas que denomina “charlatanes”, que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles. Tanto es así que el Pontífice dirige su pensamiento a los numerosos jóvenes “a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de ‘usar y tirar’, de ganancias fáciles pero deshonestas; o que “se dejan cautivar por una vida completamente virtual”, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después “resultan dramáticamente sin sentido”.

Dignidad, libertad y capacidad de amar

Se trata de “estafadores” –  tal como escribe el Papa Bergoglio – que no sólo ofrecen cosas sin valor, sino que quitan lo más valioso, es decir “la dignidad, la libertad y la capacidad de amar”. Sí porque como leemos en este mensaje pontificio, “es el engaño de la vanidad”, lo que lleva a “pavonearse” hasta caer en lo ridículo. De manera que no es una sorpresa, puesto que “desde siempre el demonio, que es ‘mentiroso y padre de la mentira’, presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre”.

Por esta razón el Sucesor de Pedro insiste en la necesidad de discernir y examinar en el propio corazón si nos sentimos amenazados por las mentiras de estos falsos profetas. Y reafirma que hay que “aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien”.

Un corazón frío

En el segundo punto de este texto – que lleva por subtítulo “un corazón frío” –  Francisco recuerda que Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; “su morada es el hielo del amor extinguido”, escribe e invita a preguntarnos: “¿Cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?”.

Entre las causas el Papa destaca “la avidez por el dinero”, “raíz de todos los males”, a la que sigue “el rechazo de Dios” y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación “antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos”. Y añade que todo esto se transforma en una violencia que se dirige contra los que consideramos una amenaza para nuestras “certezas”, como “el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas”.

Enfriamiento de la caridad

Sin olvidar que la creación también es un testigo silencioso de este “enfriamiento de la caridad”, el Pontífice escribe que el amor se enfría asimismo en nuestras comunidades y recuerda que en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium ha tratado también de describir las señales más evidentes de esta falta de amor, como el egoísmo, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, o la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, con lo que disminuye el entusiasmo misionero.

¿Qué podemos hacer?

Todo esto sugiere al Obispo de Roma plantearse la pregunta – en su tercer punto – acerca de lo que podemos hacer. Aquí Francisco reafirma que la Iglesia, en su carácter de “madre y maestra”, además de la medicina, a veces amarga de la verdad, “nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno”.

Y agrega que el hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que “nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios”, que es nuestro Padre y que desea la vida para nosotros. Al mismo tiempo – añade – el ejercicio de la limosna “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano”; mientras el ayuno, “debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer”.

El Santo Padre manifiesta en su mensaje que desearía que su voz “traspasara las fronteras de la Iglesia Católica”, para llegar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, “dispuestos a escuchar a Dios”. A todos ellos les dice directamente que “si se sienten afligidos porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios”, ayunar juntos y juntos ayudar a nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

El Papa concluye invitando de modo especial a los miembros de la Iglesia “a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración”. Y destaca que una ocasión propicia para esto será la iniciativa titulada “24 horas para el Señor”, que este año invita a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística.

En efecto destaca que esta iniciativa se llevará a cabo los días 9 y 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130 que reza: “De ti procede el perdón”. De este modo, al menos una iglesia en cada diócesis, permanecerá abierta durante las 24 horas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

Tras bendecir a todos de corazón, asegurando su oraciones y pidiendo que se rece por él, el Obispo de Roma escribe que “en la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual”, con lo cual “la luz que proviene del ‘fuego nuevo’ poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica”. De ahí su deseo de que “la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu, para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús”.

Síntesis del Mensaje del Papa para la Cuaresma
Texto oficial del mensaje

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2018

 

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

Francisco

 


[1] Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.

[2] «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29).

[3] «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).

[4] Núms. 76-109.

[5] Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.

[6] Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.

[7] Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.

 


Deja un comentario

Miércoles de ceniza; homilía del Papa

«Cuaresma es el camino de la esclavitud a la libertad», homilía del Papa en el Miércoles de Ceniza

2017-03-01 Radio Vaticana

(RV).- «La cuaresma es el camino de la esclavitud a la libertad, del sufrimiento a la alegría, de la muerte a la vida», lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa del Miércoles de Ceniza, con la cual inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma y que presidió en la Basílica de Santa Sabina, ubicada en el barrio romano del Aventino, después del acto penitencial y de la tradicional procesión de fieles que partió desde la cercana Iglesia de San Anselmo.

Profundizando sobre el sentido de la imposición de las cenizas, el Santo Padre explicó que se trata de un gesto que nos recuerda nuestra condición original: «hemos sido tomados de la tierra, somos de barro…sí, pero barro en las manos amorosas de Dios, que sopló su espíritu de vida sobre cada uno de nosotros y que quiere seguir dándonos ese aliento de vida que nos salva de otro tipo de aliento», añadió el Pontífice, citando nuestros egoísmos humanos, nuestras mezquinas ambiciones y nuestras silenciosas indiferencias, como algunos ejemplos prácticos de la vida diaria que asfixian y «ahogan el espíritu cristiano, reduciendo nuestro horizonte y anestesiando el palpitar del corazón».

No obstante, el Sucesor de Pedro propuso un camino de esperanza mediante el cual podemos liberarnos de esa asfixia: «el aliento de la vida de Dios que es más fuerte que el aire sofocante de tristeza, pánico y aversión al cual el hombre de hoy se ha acostumbrado».

«Y ese camino comienza con la Cuaresma», insistió Francisco, un tiempo de preparación para la Pascua enfocado desde la perspectiva de tres puntos fundamentales:

-Cuaresma como un tiempo para decir no. No a esa asfixia del espíritu, no a la indiferencia, no a las palabras vacías, críticas burdas; no al rechazo del prójimo.

-Cuaresma como un tiempo de memoria, de pensar y preguntarnos… ¿qué sería de nosotros si Dios nos hubiera cerrado las puertas?

-Y por último Cuaresma como tiempo para volver a respirar. Es el tiempo para abrir el corazón al aliento del único capaz de transformar nuestro barro en humanidad. «Nuestro barro, que por la fuerza del aliento de vida de Dios, se convierte en barro enamorado», concluyó el Papa.

(SL-RV)

Audio y Texto comp