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Día mundial contra el trabajo infantil

El mundo debe erradicar el trabajo infantil en todas las instancias del sector agrícola

© UNICEF/Kamuran Feyizoglu
Un niño turco trabajando en el campo. El 70% del trabajo infantil ocurre en la agricultura.

12 Junio 2019

La mayor parte de los niños que trabajan en el campo, lo hacen en las cadenas locales de suministro de alimentos y en la agricultura de subsistencia; sin embargo, son categorías generalmente ignoradas en la asignación de recursos financieros para combatir el trabajo infantil en el sector.

En el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) instó a los países a prestar más atención y a otorgar partidas suficientes a la lucha contra la labor de los menores en las cadenas nacionales y locales de suministro de alimentos y en la agricultura de subsistencia, las instancias donde ocurre la mayor parte de la actividad de menores en la agricultura.

Para marcar la jornada, la FAO coauspicia con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Comisión Europea este miércoles en Bruselas la conferencia “Unidos para poner fin al trabajo infantil en la agricultura”, foro en el que advirtió que en la actualidad casi todos los recursos financieros para combatir ese flagelo se canalizan a las cadenas de suministro mundiales, olvidando la alta participación de los niños en la producción en pequeña escala y de subsistencia.

Ante esta situación, el director general de la FAO llamó a invertir en la lucha contra el trabajo infantil “en todo tipo de situaciones” y afirmó que en esta lucha es esencial involucrar a los trabajadores agrícolas y a las organizaciones de productores.

“Sólo juntos podremos cambiar hacia un futuro mejor, más saludable y próspero para nuestros hijos”, dijo José Graziano da Silva.

¿Qué es el trabajo infantil?

UNICEF/Khoy Bona
Una niña de cuatro años trabaja en un campo de mimosas acuáticas en Camboya.

La FAO y la OIT aclararon que no toda la participación de los niños en labores agrícolas es trabajo infantil y subrayaron que algunas de esas actividades pueden ser positivas ya que les ayudan a adquirir conocimientos y desarrollar habilidades que les beneficiarán en el futuro. Tal es el caso de los niños que aprenden a cultivar hortalizas o a alimentar a los pollos en las granjas de sus familias.

El trabajo infantil se define como aquel que es inapropiado para la edad de un niño, que le impide beneficiarse de la educación obligatoria o que puede perjudicar su salud, seguridad o integridad moral.

“Cuando los niños trabajan muchas horas al día, realizan labores duras, llevan a cabo tareas peligrosas o inapropiadas para su edad, y cuando esto dificulta su educación, se trata de trabajo infantil y debe ser eliminado”, apuntó Graziano da Silva.

Ejemplos de lo anterior son los menores que trabajan en campos donde se han aplicado plaguicidas, los que permanecen despiertos toda la noche en botes de pesca y los transportan cargas pesadas o utilizan motosierras en el bosque, porque estas actividades pueden interferir con su desarrollo social y físico y con su capacidad de acceder a oportunidades de empleo decente y productivo más adelante en sus vidas.

Las causas

Según los datos de la ONU, en el mundo hay 152 millones de menores de entre 5 y 17 años que trabajan y 108 millones de ellos, más del 70%, lo hacen en la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la pesca o la acuicultura. La cifra de niños en el sector agrícola aumentó 10 millones de 2012 a la fecha.

Entre los factores que propician el trabajo infantil en las zonas rurales destacan los bajos ingresos familiares y la pobreza de los hogares, las escasas alternativas de subsistencia, la falta de acceso a la educación y la limitada aplicación de la legislación laboral.

“La pobreza en el hogar sigue siendo una causa común del trabajo infantil en la agricultura. En este contexto, los programas de protección social y las iniciativas de alimentación escolar vinculadas a los agricultores familiares han demostrado ser buenos antídotos contra el fenómeno”, señaló el titular de la FAO.

Los niños no son los únicos perjudicados

Pero el trabajo infantil en la agricultura es un problema mundial que no nada más perjudica a los niños, sino que también daña al sector agrícola al perpetuar la pobreza rural.

La FAO aseveró que los Objetivos de Desarrollo Sostenible serán inalcanzables si se deja atrás al numeroso colectivo de niños que trabajan en la agricultura. “Es necesario asignar más inversiones y recursos específicos a la lucha contra el trabajo infantil en el sector agrícola”, recalcó la agencia de la ONU.

“Para avanzar hacia el trabajo infantil cero, una meta de los Objetivos de Desarrollo, la comunidad internacional necesita llegar a un nivel que no se logrará con unos pocos programas y proyectos dedicados a ese lastre”, aseguró el subdirector general de la FAO para Desarrollo Económico y Social, Máximo Torero Cullen.

Por ello destacó la necesidad de desarrollar un enfoque intersectorial que garantice que las políticas, estrategias, programas nacionales y otros programas a gran escala en agricultura, desarrollo rural, educación, sanidad, seguridad alimentaria, reducción de la pobreza, empleo juvenil, protección social, desarrollo comunitario, infraestructura y comercio, incluyan medidas específicas que prevengan y mitiguen el trabajo infanti


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Puede equivocarse el Papa? Opinión de Mz. Gordo

Un papa falible

UN PAPA FALIBLE

Jesús Martínez Gordo. [El Diario Vasco] Sí, falible, es decir, que se equivoca y que, por ello, tiene que rectificar porque ha realizado un comentario improcedente o ha tomado una decisión errónea. Es lo que acabamos de constatar, no hace muchos días, en el transcurso de su visita a Chile y Perú. A preguntas de una periodista, sobre qué tenía que decir acerca del obispo J. Barros (acusado de encubrir los abusos del cura F. Karadima), Francisco declaró, de manera contundente y enojado, que hablaría el día que le trajeran “una prueba” porque lo aportado hasta el presente era “todo calumnia”. Para sorpresa de propios y extraños, el cardenal de Boston y máximo responsable de la lucha contra la pederastia, Sean O’Malley, le criticó en púbico porque sus palabras habían sido “fuente de gran dolor” para las víctimas de abusos sexuales.

Pero, una vez más, en la rueda de prensa que el papa Bergoglio mantuvo con los periodistas en el avión de regreso, volvió a dar la campanada al pedir perdón si había “herido a las víctimas de abusos”. “Mi expresión, reconoció, no fue feliz”. Y, ya en Roma, ha enviado a Chile al arzobispo Charles J. Scicluna, encargándole “escuchar a quienes han manifestado su voluntad de dar a conocer elementos que poseen en torno a la posición del obispo de Osorno, Mons. J. Barros”. La investigación realizada en su día por este arzobispo maltés con las víctimas de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, fue determinante en la condena del pederasta mejicano. Como también lo fue en la de F. Karadima por “abuso de menores” y por crear “súbditos psicológicos suyos”, tal y como se ha podido mostrar “de modo inequívoco” -sostuvieron los jueces de la Santa Sede- en los testimonios aportados en “la investigación previa”.

Ante esta rectificación, han sido numerosas las reacciones. Están, en primer lugar, las de quienes han disfrutado -y mucho- por esta “metedura de pata” de Francisco. Es, se les ha oído decir, una clara señal de que empieza a estar acartonado y de que comienza a pagar, ¡ya era hora! el precio del populismo al que se ha abonado desde el primer día en que fue elegido. Están, en segundo lugar, quienes, católicos o laicistas, se encuentran desconcertados. Los católicos, porque echan de menos en el actual papa algo de la seguridad e, incluso, obstinación que les fascinaba de sus antecesores en la silla de Pedro. Los laicistas, porque les molesta ver cómo se derrumba el estereotipo de un papa “sabe-lo-todo-por-ciencia-infusa” al que, cargados de razones y con buen humor, “daban estopa”. Unos y otros están asociados (por diferentes razones y motivos) a lo que, desde hace décadas, se tipifica como “papolatría” e “infalibilismo”; dos extrapolaciones puestas en circulación por la “Civiltà Cattolica” (la revista de los jesuitas) finalizando el siglo XIX: cuando “habla el sucesor de Pedro, sostenían los hijos de S. Ignacio en aquellos años, es Dios quien lo hace por medio de él”.

Es cierto, recuerdan los críticos de esta inaceptable extrapolación, que en 1870 (Vaticano I) se reconoció al papa la capacidad para tomar decisiones por sí mismo (“ex sese”) y sin necesidad de consenso alguno por parte de la Iglesia en situaciones excepcionales en las que no fuera posible preservar la libertad y la unidad de manera colegial y sinodal. La infalibilidad papal, así entendida, vendría a ser como una especie de “bomba atómica”, a la vez, preventiva y disuasoria. Pero también lo es que, desde entonces, se ha venido incrementando el número de quienes se decantan por una extensión de esta infalibilidad, excepcional, a todas las decisiones ordinarias, magisteriales y gubernativas, de los papas y de su curia, obviando que “Roma” también se equivoca. Y, a veces, ¡de qué manera! Es lo que ha mostrado Francisco con su petición de perdón. Rectificando, ha dado un primer paso para superar la “papolatría y el “infalibilismo” que todavía se enseñorean de muchos, dentro y fuera de la Iglesia.

Pero, sin dejar de reconocer la importancia de este primer paso, es indudable que sigue estando pendiente la “conversión” del papado; lo que supone dejar de ser una especie de “super-obispo” del mundo para pasar a ser lo que realmente es: el obispo de Roma. Y que, por serlo, tiene la responsabilidad de cuidar la unidad en la fe y la comunión eclesial, reservando su intervención en otras iglesias solo en situaciones y por razones excepcionales. Pero, además, tampoco se puede ignorar que el papa y su curia se ahorrarían éstos y otros muchos problemas si los católicos intervinieran en el nombramiento de sus respectivos obispos, presentando -previa consulta a todos ellos- una terna para que el sucesor de Pedro eligiera uno de entre los propuestos. La llamada “conversión” del papado y la superación de la “papolatría” y del “infalibilismo” (propios o ajenos) también requiere adoptar medidas de este estilo. Somos millones los que agradeceríamos alguna rectificación en este sentido. Y, cuanto antes, mejor