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Primera jornada mundial de los indigentes el próximo 19 nov.

La pobreza crece mientras pocos acumulan riquezas descaradas”

El Mensaje del Papa para la Primera Jornada Mundial de los Pobres del próximo 19 de noviembre. La presentación en el Vaticano con monseñor Fisichella: «Francisco, después de la misa, almorzará con 500 indigentes en el Aula Pablo VI»

El Mensaje del Papa para la Primera Jornada Mundial de los Pobres

Pubblicato il 13/06/2017
Ultima modifica il 13/06/2017 alle ore 15:01
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

El «grito» de los pobres continúa resonando en el mundo pero sigue sin ser escuchado, sofocado por una indiferencia colectiva que a menudo anestesia a los mismos cristianos contagiados «por la mentalidad mundana», o por visiones engañosas de la caridad como «buena práctica del voluntariado» para ayudar «una vez a la semana».

 

El Papa Francisco solicita que este grito no caiga en el vacío, sino a convertir el servicio a los miserables de la tierra en «un estilo de vida». Lo hizo en su mensaje, publicado hoy en ocho lenguas, para la Primera Jornada Mundial de los Pobres que se celebrará el próximo 19 de noviembre. En el texto pidió sustituir «las palabras vacías que a menudo están en nuestra boca» con «hechos concretos».

 

Por ello pidió a los sacerdotes, voluntarios, obispos, diáconos y parroquias, pero también a los simples laicos o fieles de otras confesiones, llevar a cabo iniciativas concretas para que sea más visible esa actitud de compartir con los últimos que es «uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en el escenario del mundo». Es suficiente solo una limosna, una oración, una invitación a la misa del domingo, tal vez acompañado con un almuerzo después, o un gesto de acercamiento para los que no tienen casa en el propio barrio.

 

«No amemos de palabras sino con obras», es el tema, además del objetivo, de esta Jornada instituida al final del Jubileo de la Misericordia por voluntad del mismo Pontífice que quiere cancelar etiquetas, prejuicios y categorías preconcebidas. El Papa recordó que detrás de estos pobres, a quienes ofrecemos «gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia», hay unos rostros. Rostros de «mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero»

 

Miles de caras «marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada», afirmó el Pontífice en su mensaje.

 

«¡Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada!», observó con énfasis. «Hoy en día, desafortunadamente —prosigue el texto del mensaje—, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera.

 

Un escenario ante el que «no se puede permanecer inactivos» y mucho menos «resignados». «A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad», incitó el Papa.

 

Francisco también recordó, siguiendo las huellas de Pablo VI, que todos los pobres pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» y «obligan a la opción fundamental por ellos». Para los cristianos, por lo tanto, se trata de un llamado impostergable, a pesar de que en varios momentos no lo hayan escuchado hasta el fondo. Francisco recordó lo que sucedió en los siglos pasados, cuando la Iglesia a veces permanecía insensible al grito de los débiles y marginados; sin embargo, el Espíritu Santo, anotó, «no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. ¡Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres!».

 

El ejemplo más evidente es el de san Francisco de Asís, quien «no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos». Muchos hombres y muchas mujeres han seguido su ejemplo: «estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida», escribió el Papa.

 

La llamada es a «tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad». «Benditas las manos —insistió Francisco— que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni “condiciones”: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios».

 

«Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía». Además, la pobreza, recordó el Papa Bergoglio, ayuda a comprender «la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales». La pobreza es «una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad», afirmó el obispo de Roma. «La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido».

 

Al final del mensaje, el Papa Francisco encomendó a la Iglesia y al pueblo de Dios las tareas que deben llevar a cabo en esta Jornada Mundial que se suma y «completa» las que habían instituido los Pontífices anteriores. Iniciativas que pretenden estimular una reacción «a la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro». La invitación se dirige a todos, «independientemente de la pertenencia religiosa», para que cada uno pueda abrirse «a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad».

 

El Pontífice también invitó a las comunidades cristianas, en la semana que precede a la Jornada, a «crear momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta». «Después podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo (19 de noviembre de 2017)». En este domingo, añadió, «si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos». Y la base de todas las iniciativas deberá ser la oración, recomendó el Papa: «No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es “nuestro”, y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación».

 

Con esta Jornada Mundial de los Pobres el Papa desea que se instaure «una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo». «Que esta nueva Jornada Mundial —concluyó Jorge Mario Bergoglio— se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio».

 

El Mensaje y las iniciativas de la Santa Sede para la Jornada Mundial de los Pobres fueron presentados en la Sala de Prensa vaticana, en la que monseñor Rino Fisichella anunció que el domingo 19 de noviembre el Papa Francisco alojará, después de la misa en San Pedro «a por lo menos 500 pobres» en el Aula Pablo VI para almorzar con ellos.

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