Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


Hoy miércoles, audiencia semanal del Papa. La inculturación

El Papa en la catequesis: inculturar con delicadeza el mensaje de la fe

Aun cuando no lo esperamos, la semilla del Evangelio “arraiga”: por eso debemos pedir al Espíritu Santo “la capacidad de inculturar con delicadeza el mensaje de la fe”, porque “el fuego de su amor, es capaz de inflamar el corazón más endurecido”

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

Prosiguiendo con el “viaje” por el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Papa Francisco se detuvo este miércoles 6 de noviembre en la vivencia de Pablo en Atenas, “la gran ciudad de la cultura griega”. Al llegar a Atenas, dijo el Papa, el espíritu del Apóstol “se enardeció al ver que la ciudad estaba entregada a la idolatría”.  Sin embargo, eligió “familiarizarse”, con ella, comenzando a frecuentar “los lugares y las personas más significativas”.

El apóstol frecuenta la sinagoga, símbolo de la fe en Dios; la plaza, centro de la vida ciudadana, y el Areópago, corazón de la vida cultural y política. El contacto con el paganismo no le asusta, sino que lo empuja a crear un puente para dialogar con aquella cultura. Con mirada contemplativa, Pablo descubre que Dios habita en las casas de los atenienses, en sus calles, en sus plazas; no mira el paganismo con hostilidad, sino que, en un ejemplo extraordinario de inculturación, anuncia a Cristo partiendo de su fe en un “Dios desconocido”, al que han construido un ídolo.

El Apóstol Pablo, constructor de puentes

La mirada de Pablo, que observa la ciudad de Atenas “con los ojos de la fe”, nos hace interrogar sobre “nuestra forma de ver nuestras ciudades”, planteó Francisco. “¿Las observamos con indiferencia? ¿Con desprecio? ¿O con la fe que reconoce a los hijos de Dios en medio de las multitudes anónimas?, cuestionó. Y señaló la estela dejada por el Apóstol al elegir “la mirada que lo lleva a abrir una brecha entre el Evangelio y el mundo pagano”.

En el corazón de una de las instituciones más famosas del mundo antiguo, el Areópago, realiza un ejemplo extraordinario de inculturación del mensaje de la fe: proclama a Jesucristo a los adoradores de ídolos, y no los hace agrediéndolos, sino haciéndose “pontífice, constructor de puentes”.

Dios no se esconde de los que lo buscan con corazón sincero

Después de captar su benevolencia desde este puente, prosiguió el Papa, Pablo “comienza a explicar paso a paso la revelación, desde la creación hasta la resurrección de Cristo”. Comienza por el altar de la ciudad, dedicado a “un dios desconocido”. A partir de esa “devoción”, y para entrar en empatía con sus oyentes, proclama que Dios “vive entre los ciudadanos” y “no se esconde de los que lo buscan con corazón sincero, aunque lo hagan a tientas”:

Es precisamente esta presencia la que Pablo quiere revelar: “yo vengo a anunciarles a Aquel que ustedes adoran sin conocer”.

La semilla del Evangelio arraiga, aun cuando no lo esperamos

Francisco añadió que Pablo, “para revelar la identidad del dios” que adoraban los atenienses, muestra la desproporción “entre la grandeza del Creador y los templos construidos por el hombre”. Anuncia a Cristo, a “aquel a quien los hombres ignoran, pero que sin embargo conocen”. Y alude a Cristo, definiéndolo como “el hombre a quien Dios ha designado, dando a todos una prueba segura al resucitarlo de entre los muertos”. Es allí cuando se presenta “el problema”, dijo el Pontífice:

Aparentemente este camino no dio el resultado esperado, por un tiempo escucharon con simpatía, pero la muerte y resurrección de Cristo se reveló como un escándalo para los judíos y necedad para los paganos, suscitando desprecio y burlas. Pero no es así, algunos se convirtieron y quedaron como semilla de la fe también en Atenas.

“ Incluso en Atenas el Evangelio arraiga y puede correr a dos voces: ¡la del hombre y la de la mujer! ”

Construyamos puentes con quienes no creen, sin agresividad

El Papa Francisco concluyó su catequesis llamando a “construir puentes”, tanto con la cultura, con los que no creen o con quienes tienen un credo distinto al nuestro, y a hacerlo “sin agresividad”:

Pidamos hoy al Espíritu Santo de enseñarnos a construir puentes con quienes no creen o tienen otra fe distinta a la nuestra. Pidamos la capacidad de inculturar con delicadeza el mensaje de la fe. Que el fuego de su amor que es capaz de inflamar el corazón más endurecido abra los ojos de los que todavía no conocen a Cristo


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Perú; día de las lenguas originarias. Mensaje de los obispos

Perú celebra el Día de las Lenguas Originarias con el Padrenuestro y Ave María

En el marco de la celebración del Año Internacional de las Lenguas Indígenas, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, compartimos las oraciones del Padre Nuestro y del Ave María en lengua quechua, publicadas por el Arzobispado de Lima, Perú.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Toribio recoge una tradición importante de los Dominicos: tener en cuenta las culturas de la gente”, con estas palabras el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Mons. Carlos Castillo destacaba en su homilía en honor a este pastor, la figura de Santo Toribio de Mogrovejo como «una persona que vivió transparentemente al Señor, un hombre santo y sabio antes inclusive de ser Arzobispo, y uno de los profesores de derecho más importantes. Siempre quiso hacer la voluntad de Dios” y consideró siempre importante la cultura de la gente.

El Padrenuestro y el Ave María en quechua

Por ello, en el día en el que el Perú celebra el Día de las Lenguas Originarias, con el fin de promover el reconocimiento por las lenguas indígenas y fomentar el respeto por los idiomas ancestrales de este país, el Arzobispado de Lima publicó las oraciones del Padre Nuestro y el Ave María en lengua quechua, ya que como Pueblo de Dios somos responsables de mantener vivas nuestras raíces, conociendo y compartiendo a través de la fe, la riqueza cultural de nuestras lenguas.

Día de las Lenguas originarias del Perú

El 27 de mayo se conmemora el Día de las Lenguas Originarias del Perú. La finalidad de esta celebración es fomentar el uso, preservación, desarrollo, recuperación y difusión de las lenguas originarias en su calidad de patrimonio cultural inmaterial. Esta fecha se remonta a 1975 con el reconocimiento del quechua como lengua oficial de la República y la publicación del Decreto Ley N.° 21156 que instauraba el Día del Idioma Nativo.

La oración del Much’ Aykusqayki María (Ave María)

¿Qué son las lenguas originarias?

Las Lenguas originarias son todas aquellas lenguas que se empleaban con anterioridad a la difusión del idioma español y que se preservan y emplean en el ámbito del territorio nacional. Todas las lenguas originarias son la expresión de una identidad colectiva y de una manera distinta de concebir y de describir la realidad; por tanto, gozan de las condiciones necesarias para su mantenimiento y desarrollo en todas las funciones.

¿Cuántas lenguas originarias existen en el Perú?

Existen 47 lenguas indígenas vivas (4 andinas y 43 amazónicas) en el Perú. Estás lenguas están agrupadas en 19 familias lingüísticas y constituyen medios de comunicación de 55 pueblos indígenas u originarios. Entre las primeras destaca el quechua, que es la más hablada del país, seguida por el aimara. Ambas son lenguas vibrantes que suman millones de hablantes en toda Américas Latina. Entre las segundas, por su parte, la más vital es el ashaninka, que es hablada por 97.477 personas en las regiones peruanas de Junín, Pasco, Ucayali, Apurímac, Ayacucho, Huánuco, Cusco y Loreto. Pero también hay idiomas como el sharanahua, que apenas cuentan con 600 hablantes. De la misma forma, varias de las lenguas originarias ya tienen sus propios alfabetos, como el awajún, el jaqaru, el shawi o el yanesha. Mientras que otras, como el nahua y el nanti se encuentran en proceso de formalización en sus respectivos alfabetos.


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Cultura japonesa y religión cristiana.

Cristo con kimono y la misión en el Sol Levante

Una serie de iniciativas promovidas en ocasión de los 75 años de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Japón para replantear los caminos y las formas de evangelización en el Asia oriental

Un momento de la representación de la “Resurrección de Cristo”, del jesuita alemán Hermann Heuvers

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Pubblicato il 22/07/2017
Ultima modifica il 22/07/2017 alle ore 14:16
PAOLO AFFATATO
CIUDAD DEL VATICANO

La “Virgen con kimono” se puede admirar en la iglesia del siglo XIX de los santos mártires japoneses en Civitavecchia, Italia, gracias a los sugestivos frescos que llevó a cabo en la década de los 50 del siglo pasado el pintor japonés Luca Hasegawa, conocido por la profunda fe que inspira su obra.

 

También es una experiencia mística observar los solemnes movimientos del Cristo con kimono, máscara y abanico, que fue regalado al público italiano en la representación teatral que organizó la Embajada de Japón ante la Santa Sede. Este es el primero de una serie de eventos para celebrar los 75 años de las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el país del Sol Levante, que comenzaron en 1942.

María Magdalena o Jesús resucitado, representados con las formas características del teatro Noh, son personajes de la “Resurrección de Cristo”, pieza teatral escrita a mediados del siglo XX por el misionero jesuita alemán Hermann Heuvers y llevada al escenario durante las últimas semanas en el Palacio Vaticano de la Cancillería. El Noh es una de las manifestaciones del drama musical japonés que surgió en el siglo XIV y tuvo su apogeo en el siglo XVII, en la que los actores utilizan máscaras para representar tanto papeles masculinos como femeninos.

 

La fecunda relación entre el arte japonés y la fe cristiana prosigue con un espectáculo de música lírica: se trata de “O la espada o el amor. Takayama Ukon, el rey beato”, que será representado en la iglesia del Jesús en Roma el próximo primero de agosto. Producido por la Sociedad de la Ópera de Tokyo, el drama lírico, dedicado a la conocida figura del samurái cristiano que fue beatificado este año en Osaka, fue compuesto por el maestro Edward Ishita, con la colaboración del sacerdote filipino Manuel Maramba.

 

Este experimento recuerda la intuición de Vincenzo Cimatti, misionero salesiano en tierras japonesas, autor de la composición musical en tres actos “Hosokawa Gracia”, ejecutada por primera vez en 1960 y disponible en dvd desde hace poco gracias a los Hijos de don Bosco en Tokyo. La obra narra la historia de Gracia, que viviría su fe hasta el martirio, durante la época del conquistador Hideyoshi, que en 1587 emanó el decreto para prohibir el cristianismo.

 

La inspiración del embajador japonés ante el Vaticano, Yoshio Nakamura, ha sido brillante, pues, consciente de sus preciosas tradiciones, eligió la vía del arte y de la música para narrar, en ocasión del aniversario celebrado, la profundidad de los v’inculos y la compatibilidad definitiva entre la cultura nipona y la fe católica.

 

Este tema, que ha vuelto a surgir con fuerza en el debate internacional gracias a la película “Silence” (inspirada en la novela de 1966 del escritor Shusaku Endo), en la que Martin Scorsese narra una historia que sucedió durante la época de la violenta persecución de los cristianos que puso en marcha el shogun Hideyoshi y que continuó el shogun Tokugawa a partir de 1614. Scorsese subraya la estrategia de los perseguidores que, obligando a los misioneros a la apostasía, creían poder «cortar las raíces» del árbol del cristianismo, para impulsar a multitudes de humildes campesinos y pescadores a renunciar a la propia fe.

 

Según el axioma en boga, la fe cristiana no puede conciliarse con la cultura japonesa, por lo que será siempre un “cuerpo ajeno”. Este plan todavía existe en las doctrinas misiológicas que teorizan la presunta “incapacidad genética de realidades humanas individuales o colectivas para encontrarse con el Evangelio”, como señala la revista teológica “Omins Terra”, editada en línea por las Pontificias Obras Misionales. Esa semilla, afirman algunos, puede germinar, como máximo, solamente después de un sistemático proceso de colonización de carácter cultural.

 

El magisterio de la Iglesia ha explicado bien con el término de “inculturación” «el esfuerzo de la Iglesia para que penetre el mensaje de Cristo en un ambiente socio-cultural determinado, invitándolo a creer según todos sus valores propios, que son conciliables con el Evangelio», explica el documento “Fe e inculturación” (1989) de la Comisión teológica internacional. Un enfoque diferente, de hecho, negaría a la gracia de Cristo el poder de hacerse presente en cada ser humano, más allá de las particularidades. «A nadie y en ningún lugar Él puede parecer ajeno», recordó la “Ad Gentes”, citando el pasaje de San Pablo a los Gálatas: «No existe judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre o mujer, puesto que todos ustedes son uno en Jesucristo». La gracia de Cristo alcanza al ser humano en la diversidad y en la complementariedad de las culturas humanas. Estas, efectivamente, demuestran la múltiple «fecundidad de la que son capaz las enseñanzas y las energías del mismo Evangelio», insiste el documento.

 

El Cristo con kimono, entonces, es una respuesta a las cuestiones que plantean Endo y Scorsese, y demuestra, plásticamente, la fecunda compenetración entre la fe cristiana y la cultura japonesa: una intuición que los misioneros tenían muy clara y que es oportuno subrayar en la en la actualidad, para sacarla del olvido. Lo demuestra otra primitiva y valiente película, dedicada a un grupo de creyentes que fueron crucificados en tiempos de Takayama Ukon: la película muda de 1931, del director Tomiyasu Ikeda, se titula “Los 26 mártires de Japón” y fue hallada en el archivo audiovisual de la Congregación salesiana. Fue proyectada en el Vaticano en febrero de este año. Se trata de una producción completamente japonesa difundida gracias a las misiones de don Bosco.

 

Todas estas obras invitan a una seria reflexión sobre la actualidad de la misión en el Japó secularizado de hoy. Y podría comenzar recordando a los primeros evangelizadores como san Francisco Javier. Como explica el historiador Giovanni Isgrò en el ensayo “La aventura escénica de los jesuitas en Japón”, el jesuita intuyó que su predicación debía ser rica en factores escénicos, porque, escribe Isgrò, «debía llamar la atención de un pueblo que no conocía el significado de sus palabras». Francisco Javier, entonces, adoptando una actitud típica de los artistas ambulantes, se exhibía en la calle. Después de él, otros jesuitas fueron afinando las técnicas, enriquecieron las representaciones bíblicas con canto y música y utilizando una especie de teatro sacro que se acerca mucho a los modelos del teatro Noh, recordó el historiador.

 

La población japonesa es una de las más sensibles a la música, y este aspecto también se puede relacionar con la misión: «Creo que la religión se parece, en primer lugar, mucho más a un “sentido musical” que a un sistema racional de enseñanzas y explicaciones –explica Adolfo Nicolás, ex prepósito de la Compañía de Jesús y que fue durante años misionero en Japón–, puesto que incluye, antes que nada, una “sensibilidad”, una apertura a las dimensiones de la trascendencia, profundidad, gratuidad, belleza, que se encuentran en la base de las experiencias humanas».

 

Esta sensibilidad se ha debilitado por una mentalidad puramente económica o materialista, «justamente como el sentido musical ha sido erosionado y debilitado por el ruido». «La misión en Japón y en Asia hoy –observó Nicolás– debería, en primer lugar, ayudar a descubrir o redescubrir este “sentido musical”, esta “sensibilidad religiosa”, la conciencia y el aprecio de dimensiones de realidades más profundas», terreno fecundo para el encuentro personal con Dios.