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Difícil situación humanitaria de los Rohinyas en Myanmar y Bangladesh

La doble crisis humanitaria de los rohinyás en Myanmar y Bangladesh

OCHA
Ursula Mueller conversa con desplazados del campamento de Dar Pai en el estado de Rakhine en Myanmar.

17 Abril 2018

La situación de los rohinyás en Bangladesh es muy difícil pero no debe olvidarse a los que aún viven en Myanmar, donde el acceso humanitario ha empeorado significativamente en el último año según la subsecretaria de la ONU para Asuntos Humanitarios.

Ursulla Mueller comentó este martes su reciente visita de seis días a Myanmar, donde se reunió con autoridades y desplazados internos y fue testigo de la difícil situación que se vive en estados como el de Rakhine.

Además de los cerca de 700,000 refugiados rohinyás que han huido a través de la frontera con Myanmar, otros 400,000 viven en “situación difícil”  dentro del país, sin acceso a servicios de salud o educación, informó Mueller este martes.

“Proteger a los más vulnerables en Myanmar debe estar en el centro de la respuesta humanitaria de la comunidad internacional y del Gobierno. Sin importar donde estén, o cuál sea su etnia, religión o ciudadanía, debemos trabajar juntos para que nadie esté privado de la protección y de la ayuda humanitaria”, expresó la subsecretaria ante la prensa.

Mueller mantuvo conversaciones con funcionarios gubernamentales sobre la difícil situación de la minoría étnica mayoritariamente musulmana basada principalmente en el estado de Rakhine.

También se reunió con el consejero de Estado y Premio Nobel Daw Aung San Suu Kyi, con quien habló sobre la importancia de “acabar con la violencia”, y alcanzar la paz y la reconciliación.

“En esta reunión, reafirmé el compromiso de las Naciones Unidas de apoyar la paz, la estabilidad y el desarrollo en Myanmar y ofrecí el apoyo continuo de la ONU para garantizar que todas las personas afectadas por conflictos y desastres naturales reciban la protección y asistencia que necesitan”, dijo Mueller.

En el estado de Rakhine, la funcionaria visitó campamentos donde unas 130,000 personas, la mayoría de las cuales se identifican como rohinyás, permanecen confinadas en condiciones deplorables después de casi seis años de desplazamiento.

En el municipio de Maungdaw, se reunió con las comunidades locales afectadas por la violencia del año pasado y visitó un nuevo sitio de tránsito de retorno de refugiados que el Gobierno está construyendo, así como algunos proyectos de viviendas nuevas y zonas en las que aldeas fueron quemadas o demolidas.

“Hay una crisis humanitaria en ambos lados de la frontera entre Bangladesh y Myanmar que está afectando al grupo más grande de apátridas del mundo”, expresó.

La tragedia que se desarrolla en los campamentos de Cox Bazar es terrible pero que no debe olvidarse a los 400.000 musulmanes que aún viven en el estado de Rakhine, quienes siguen enfrentando una vida de marginación debido a la restricción de su libertad de movimiento.

Mueller recalcó que estas restricciones comprometen gravemente sus derechos y obstaculizan su acceso a la salud, los medios de subsistencia, la protección, la educación y otros servicios esenciales.

Sobre el regreso de los refugiados en Myanmar, la funcionaria dijo que las condiciones solo pueden alcanzarse si se abordan los problemas críticos como la libertad de circulación, la cohesión social, los medios de subsistencia y el acceso a los servicios.

“La Comisión Asesora del Estado de Rakhine ha proporcionado una hoja de ruta importante hacia un futuro mejor para todas las comunidades allí, pero sus recomendaciones deben aplicarse de manera integral e imparcial, en el espíritu en que fueron escritas”, dijo la subsecretaria humanitaria.

También resaltó que si los consejos de esta comisión liderada por el exsecretario general Kofi Annan se aplican, las vidas de las personas más pobres se verán profundamente transformadas.

ONU/Mark Garten
Ursula Mueller, subsecretaria general para Asuntos Humanitarios durante una conferencia de prensa en la sede de la ONU

La violencia se extiende más allá de Rakhine

El acceso humanitario en Myanmar ha empeorado significativamente en el último año, no solo en Rakhine sino también en los estados de Kachin y Shan. “Cuando cortas esa línea humanitaria, hay un impacto humano muy real”, recalcó la funcionaria.

Agregó que al menos 10.000 personas han sido recientemente desplazadas o reubicadas por combates entre los militares de Myanmar y los grupos armados étnicos en los estados de Kachin y Shan desde el comienzo del año, mientras que unas 100.000 personas siguen desplazadas como resultado del conflicto entre las autoridades y el Ejército de Independencia de Kachin que se reinició en 2011.

“El conflicto en Kachin es uno de los más antiguos  del mundo, sin embargo, es una crisis humanitaria olvidada”, alertó Mueller, asegurando que constantemente se producen enfrentamientos cerca de campos de desplazados y zonas civiles y que aún se ponen minas antipersonales en los campos y carreteras.

La subsecretaria llamó a todas las partes para que garanticen la protección de todos los civiles de conformidad con el derecho internacional.

La prevención de desastres

Durante su misión Mueller discutió formas de fortalecer la preparación y respuesta ante desastres. Myanmar es uno de los países más propensos a los desastres en el mundo. “Precisamente la última vez que la visité fue hace casi diez años en la tragedia del ciclón Nargis”, recordó.

La funcionaria dijo que, si bien los esfuerzos de reducción del riesgo de desastres deben mejorarse aún más, el Gobierno y las organizaciones nacionales han logrado excelentes progresos en los últimos años en la creación de capacidad nacional para la preparación y respuesta en casos de desastre.

Mueller reiteró que se necesita con urgencia más fondos para el Plan de respuesta humanitaria de Myanmar para 2018, que exige 183 millones de dólares para satisfacer las necesidades de 832,000 personas en los estados de Rakhine, Kachin, Shan y Kayin.

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El regreso de los Rohingyas; pero a qué condiciones?

Repatriación de rohingyas: ¿por qué tanta prisa?

Por Charmain Mohamed, directora de Amnistía Internacional para los derechos de las personas migrantes y refugiadas,

Era una pregunta sencilla, pero a Maimuna, de 50 años, se le llenaron los ojos de lágrimas mientras meditaba la respuesta. Llevábamos media hora hablando en el campo de refugiados de Kutupalong, en Bangladesh, pero cuando le pregunté si quería volver a casa, en Myanmar, comenzó a llorar en silencio, cubriéndose con el pañuelo.

“No sé”, dijo finalmente. “Que sea la voluntad de Dios. Sí quiero regresar a Myanmar, pero sólo si hay paz allí.”

Han pasado ya tres meses y parece aún más improbable que Maimuna tenga dónde escoger a este respecto. La semana pasada, los gobiernos de Bangladesh y Myanmar intensificaron las negociaciones entabladas para el retorno en dos años de los 650.000 rohingyas que huyeron el año pasado a causa de la represión militar. El anuncio que hizo Bangladesh cuando dijo que los retornos iban a retrasarse mientras se hacían más “preparativos”, se ha acogido con satisfacción, pero lo cierto es que este acuerdo se ha alcanzado sin consultar en absoluto a la población rohingya.

Aunque en el acuerdo se reconoce el requisito legal de que los retornos sean voluntarios y se efectúen con seguridad y dignidad, cuesta imaginar cómo podrá lograrse esto sin una modificación radical de la política de Myanmar hacia la población rohingya. La ofuscación del ejército de Myanmar y su negación de las atrocidades que ha cometido contra los rohingyas no inspiran confianza y no cabe esperar que la suerte de los que están en Myanmar vaya a mejorar pronto. Hasta ahora el ejército ha admitido el homicidio de sólo 10 personas de las miles que probablemente haya matado, y todavía tacha de “terroristas” a los hombres, mujeres, niños y niñas asesinados y torturados durante la represión.


En esta fotografía tomada el 7 de septiembre de 2017, se ve una casa humeante consumida por el fuego en la aldea de Gawdu Tharya, cerca de Maungdaw, estado de Rakhine, en el norte de Myanmar. © STR / AFP / Getty Images

Con toda probabilidad, los rohingyas que regresen sufrirán las mismas condiciones de precariedad y apartheid de las que acaban de huir. Hay partes concretas del acuerdo que parecen confirmarlo. Por ejemplo, se establece en él que la libertad de circulación de los rohingyas estará basada en “la legislación y los reglamentos existentes”; en otras palabras, supondrá una vuelta al statu quo, que los discrimina, los segrega en barriadas asoladas por la pobreza y les prohíbe viajar.

Por eso es tan importante que se pida su opinión a las propias personas refugiadas. Un grupo de ancianos rohingyas del campo de Maimuna mostraron a un reportero de Reuters una petición que estaban elaborando. Se enumeran en ella las condiciones que quieren que se cumplan antes de que comience el proceso de repatriación, entre ellas la demanda de que se reconozca a los rohingyas la ciudadanía y se les devuelva la tierra que ocupaban y que se haga rendir cuentas al ejército por las violaciones de derechos humanos cometidas contra ellos. En los últimos días, las personas refugiadas se han organizado para manifestarse con lemas y pancartas dentro los campos a fin de que se garanticen sus derechos y su dignidad antes de que comiencen los retornos. Es en este tipo de demandas en lo que debe basarse la política de retornos, no en plazos establecidos.

Como muchos rohingyas no tienen ya vivienda en Myanmar, ambos gobiernos han propuesto trasladarlos entre una serie de campos de tránsito y centros de recepción. Teniendo en cuenta que unos 120.000 rohingyas viven en campos “temporales” de desplazamiento en el estado de Rajine desde 2012, el desplazamiento de los que regresen será, con toda probabilidad, largo al otro lado de la frontera.

Así que ¿por qué tanta prisa?


Las personas refugiadas rohingyas en Kutupalong Camp hacen cola para saber dónde se asientan. Kutupalong alberga a más de 200,000 refugiados rohingya desde el 25 de agosto de 2017. © Andrew Stanbridge / Amnesty International

Bangladesh es uno de los países más pobres del mundo, y la presencia de alrededor de un millón de personas refugiadas rohingyas allí –las llegadas recientemente se han sumado a los millares que han sido desplazadas durante las crisis anteriores– ha llevado al límite la presión a que estaban ya sometidos los servicios y la infraestructura. El fracaso a la hora de aliviar esta presión ha sido internacional.

El 23 de octubre, una conferencia de alto nivel sobre promesas de contribuciones, organizada en Ginebra con el fin de recaudar fondos para la respuesta humanitaria en Bangladesh, no consiguió la cantidad total solicitada. Los fondos prometidos no se destinarán en absoluto a las necesidades de infraestructura de Bangladesh, y, en cualquier caso, están pensados únicamente para cubrir las necesidades más básicas de la población refugiada –alimentos y abrigo– y sólo durante seis meses. Cuando comience la primavera, Bangladesh estará otra vez como al principio. Es necesario que otros países se comprometan urgentemente a apoyar a Bangladesh, económicamente y de otros modos, para que continúe albergando a quienes buscan asilo.

El desinterés de la comunidad internacional por la población rohingya no es nuevo. En 2015, miles de rohingyas pasaron meses abandonados a suerte en el mar de Andamán, tras rechazar reiteradamente sus barcos las autoridades marítimas de Indonesia, Tailandia y Malasia. En septiembre del año pasado, en plena represión militar, Australia intentó persuadir a refugiados rohingyas que se encontraban en su centro de detención de la isla de Manus para que regresaran a Myanmar.


Las personas refugiadas rohingyas cavan agujeros que serán utilizados como letrinas, en el campo de refugiados de Kutupalong en Bangladesh, 29 de septiembre de 2017. © Andrew Stanbridge / Amnesty International

Tanto gobiernos extranjeros como el suyo propio han martilleado una y otra vez a los rohingyas con el mismo mensaje: no los quieren. Preparar un acuerdo sobre retornos sin ninguna consulta a las personas refugiadas es el último golpe asestado a una comunidad acostumbrada ya, desgraciadamente, a que no tener voz a la hora de decidir su suerte.

El derecho de las personas refugiadas rohingyas a regresar a Myanmar es inalienable. Por consiguiente, toda persona que desee regresar en virtud del acuerdo ha de poder hacerlo. Bangladesh y Myanmar deben facilitar tales retornos, y una vez en Myanmar, las autoridades están obligadas a proteger los derechos humanos de las personas retornadas. Pero antes de que comiencen los retornos bajos los auspicios del Estado, Myanmar debe modificar de manera fundamental su manera de tratar a la población rohingya, desmantelar el régimen de apartheid en que viven los rohingyas y comprometerse a garantizar la rendición de cuentas por los crímenes perpetrados por las fuerzas de seguridad.

Hasta entonces, los retornos a Myanmar bajo los auspicios del Estado no pueden ser considerados verdaderamente retornos voluntarios. Maimuna resumió a la perfección la situación diciendo simplemente: “Si el gobierno no nos quiere en Myanmar, no quiero ir allí.”


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Los pueblos latinoamericanos y la Virgen de Guadalupe. Comentario a la homilía del Papa

“Defender a los pueblos latinoamericanos de intentos de homogeneización”

Misa en el Vaticano por la fiesta de la Beata Virgen María de Guadalupe. El Papa reza por los indígenas, privados de la dignidad, por las mujeres excluidas, por los jóvenes desempleados, por los niños víctimas de la prostitución: «Que nadie se sienta poca cosa. La diversidad es una riqueza»
AFP
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Pubblicato il 12/12/2017
Ultima modifica il 12/12/2017 alle ore 19:13
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

 

Una Iglesia de rostro mestizo, indígena, afro-americano. Con el rostro de una campesina, de un pobre, de un desempleado, de un niño o de un anciano. Es la Iglesia que quiere el Papa Francisco para que nadie nunca más en el mundo pueda sentirse «estéril o infecundo», y para que nadie se avergüence de sí mismo o se defina «nada». Frente a la imagen de la “Morenita”, ante la presencia de cientos de fieles y sacerdotes provenientes de América Latina, con cantos y oraciones tradicionales, Francisco celebró la misa en la Basílica de San Pedro por la fiesta de la Beata Virgen María de Guadalupe, patrona de América Latina, y rezó por todos los que al ver la propia vida exclaman, como el joven indígena Juan Diego: «En verdad no valgo nada».

 

Son las comunidades indígenas y afroamericanas, «que en muchos casos no son tratadas con dignidad e igualdad», subrayó Bergoglio; o todas las mujeres, demasiadas para este siglo, «excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica». O los jóvenes, «que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia»; o todo los «pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra», que tratan de «sobrevivir en la economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada muchas veces al turismo sexual».

 

Esta gente lleva «un sentimiento de vergüenza» en la propia carne, acusó el Papa, que puede acabar «paralizando toda la vida». Como sucedió con Isabel, la prima de María, sobre la que pesaba la esterilidad considerada por la mentalidad de la época como «un castigo divino, fruto del propio pecado o el del esposo». Esta esterilidad en nuestro tiempo «puede tomar muchos nombres y formas cada vez que una persona siente en su carne la vergüenza al verse estigmatizada o sentirse poca cosa», dijo el Pontífice en su homilía.

 

Al lado de la imagen de esta mujer, ya anciana y resignada, se puede ver también, recordó el Papa, esa otra Isabel, «fecunda-asombrada». Asombrada de ver cumplirse en su vejez, «en su vida, en su carne, el cumplimiento de la promesa hecha por Dios. La que no podía tener hijos llevó en su seno al precursor de la salvación». Con Isabel, afirmó el Papa, «entendemos que el sueño de Dios no es ni será la esterilidad ni estigmatizar o llenar de vergüenza a sus hijos, sino hacer brotar en ellos y de ellos un canto de bendición».

 

Este sueño está impreso también en el rostro de Juan Diego, el joven y humilde mexica a quien en 1531 se le apareció en cuatro ocasiones la Virgen (una Virgen «de piel morena y rostro mestizo, sostenida por un ángel con alas de quetzal, pelícano y guacamayo»), quien le pidió que construyera un santuario en su honor, a pesar de que él se sintiera completamente incapaz de hacerlo. Esto es lo que hace la Madre, dijo el Papa, que es capaz «de tomar los rasgos de sus hijos para hacerlos sentir parte de su bendición».

 

Es la «la piedra que desecharon los constructores» la que «se vuelve la piedra angular». Y sobre esa piedra habla Cristo en el Evangelio, recordó el Pontífice: en medio de la dialéctica de fecundidad y esterilidad, hay que mirar «la riqueza y la diversidad cultural de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe». Un signo, evidenció, «de la gran riqueza que estamos invitados no solo a cultivar, sino especialmente en nuestro tiempo, a defender valientemente de todo intento homogeneizador que termina imponiendo — bajo slogans atrayentes — una única manera de pensar, de ser, de sentir, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores».

 

Y que acaba por aplastar sobre todo a las nuevas generaciones, que se sienten «poca cosa», por «pertenecer a tal o cual cultura. En definitiva, nuestra fecundidad nos exige –subrayó Bergoglio– defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericano s, mestizos, campesinos, o suburbanos».

 

Sus últimas palabras fueron para animar a la esperanza: cada uno de nosotros, concluyó, es «portador de una promesa» y cada uno puede decir: «¡Abba!, es decir, ¡Padre!», sintiéndose parte de un «misterio de esa filiación que, sin cancelar los rasgos de cada uno, nos universaliza constituyéndonos pueblo».


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El Papa y los Rohynias en Myanmar, opinión de AMN. INT.

Myanmar: La visita del Papa destaca los terribles crímenes contra población rohingya

Photo: Abaca/Sipa USA(Sipa via AP Images)

Ante las palabras pronunciadas hoy por el Papa Francisco durante su visita a Myanmar, Ming Yu Hah, directora adjunta de campañas de Amnistía Internacional para Asia meridional y Oceanía, ha declarado:

“Aunque es decepcionante que el Papa Francisco no hay usado la palabra rohingya durante su discurso de hoy en Myanmar,acogemos con satisfacción sus llamamientos para que se respete a todos los grupos étnicos y en favor de una sociedad inclusiva. La visita del Papa también ha contribuido a llevar la atención de la comunidad internacional a Myanmar y a los terribles crímenes que las autoridades de Myanmar están cometiendo contra el pueblo rohingya.

“El auténtico escándalo de la visita fue la insistencia del comandante en jefe Min Aung Hlaing en que ‘no hay discriminación entre los grupos étnicos en Myanmar’. Las autoridades de Myanmar mantienen a la comunidad rohingya atrapada en un sistema de represión y segregación que constituye el crimen de lesa humanidad de apartheid. Las fuerzas de seguridad de Myanmar, al mando del general Min Aung Hlaing, están llevando a cabo asimismo en los últimos meses una cruel campaña de limpieza étnica contra la población rohingya.

“Otras minorías étnicas y religiosas de Myanmar sufren también discriminación y están expuestas a un amplio abanico de violaciones de derechos humanos a manos del ejército. Estas violaciones deben acabar, deben respetarse los derechos de todos los grupos étnicos y los perpetradores deben rendir cuentas de sus actos, con independencia de su rango o cargo. En esto es en lo que debe poner su atención la comunidad internacional”.


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Encuentro emotivo del Papa con los Rohinyas en Bangladesh

El Papa: “¡La presencia de Dios hoy se llama también Rohinyá!”

Conmovedor encuentro de Francisco con los prófugos que huyeron de la persecución en Myanmar: «Les pido perdón por la indiferencia del mundo. Sigamos ayudándolos, no cerremos nuestros corazones, no miremos a otra parte»
REUTERS

El Papa se encuentra con un grupo de refugiados de la etnia Rohinyá

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Pubblicato il 01/12/2017
Ultima modifica il 01/12/2017 alle ore 14:08
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A DHAKA (BANGLADESH)

Fue un encuentro conmovedor, lleno de miradas, gestos y lágrimas, más que de palabras. Después de la oración ecuménica presidida por el obispo anglicano, que se arrodilló frente al Pontífice pidiendo su bendición, los Rohinyá subieron al palco. Las dos mujeres llevaban el velo y también el niqab, pero descubrieron su rostro. Miles de personas los recibieron con un gran aplauso y, después de que el Papa los saludó uno por uno, dejaron de transmitir tanto las imágenes como el audio.

 

Pasaron, pues, a saludar al Papa, que decidió pasar unos minutos con ellos después del evento público. Francisco apoyó la mano sobre la cabeza de algunos de ellos, escuchó con rostro serio y visiblemente interesado sus historias y peticiones. Las imagenes de este encuentro, lleno de gestos y miradas, más que de palabras, son un mensaje poderoso, que cierra dos días de polémicas inútiles sobre el hecho de que el Pontífice no haya pronunciado la palabra “Rohinyá” en sus discursos. Bergoglio lanzó un fuerte llamado público a favor de esta población en agosto de este año, refiriéndose a los derechos de las minorías al dirigirse a las autoridades de Myanmar. También pidió que la comunidad internacional interviniera en esta emergencia humanitaria y ahora, finalmente, pudo hacer visible su cercanía y participación en el sufrimiento de los Rohinyá.

 

El Papa les dijo: «Estamos cerca de ustedes, su situación es muy dura. En nombre de todos los que les han hecho daño, por la indiferencia del mundo, pido perdón». «Queridos hermanos y hermanas –añadió Bergoglio– todos nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, todos nosotros somos imágenes del Dios vivo. Su religión enseña que Dios, al comienzo, tomó un poco de sal y la arrojó al agua, que es el alma de todos los hombres, y cada uno de nosotros lleva un poco de esta sal. Estos hermanos y hermanas llevan dentro de sí la sal de Dios».

 

Algunos Rohinyá lloraban. «Queridos hermanos y hermanas, solamente hagamos que el mundo vea lo que hace el egoísmo del mundo con la imagen de Dios. Sigamos haciendo el bien a ellos, ayudándolos, sigamos moviéndonos para que sean reconocidos sus derechos, no cerremos el corazón. No miremos hacia otra parte. La presencia de Dios hoy también se llama Rohinyá. Que cada uno de nosotros dé la propia respuesta». Francisco aseguró al final del encuentro que hará «¡todo lo pisoble para ayudarlos!».


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Bangladesh: Encuentro del Papa con los líderes religiosos incluídos representantes de los Rohynia.

El Papa: la diversidad no es una amenaza; construyamos la paz con confianza

Francisco reza por la paz con los musulmanes, hinduistas y budistas: «un llamado respetuoso pero firme a los que traten de fomentar la división, el odio y la violencia en nombre de la religión». El recuerdo de la tragedia del Rama Plaza
AP

El Papa llegando al encuentro interreligioso y ecuménico

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Pubblicato il 01/12/2017
Ultima modifica il 01/12/2017 alle ore 14:30
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A DHAKA (BANGLADESH)

Llega a bordo de un carrito tradicional guiado por un joven bangladesí a la tienda montada en el amplio jardín del arzobispado de Dhaka. El encuentro interreligioso y ecuménico, la última cita del día que concluye con el abrazo entre el Papa y un grupo de refugiados de la etnia Rohinyá. El mensaje de Francisco es una invitación a construir la paz y a vivir entre las diferentes religiones no solo una «mera tolerancia», sino una auténtica «apertura del corazón».

 

Participan en el encuentro líderes musulmanes, hinduistas, budistas y cristianos (católicos y anglicanos). Casi todos, en sus saludos, citan la tragedia de los Rohinyá y pronuncian palabras muy duras contra el terrorismo fundamentalist. Al tomar la palabra, Bergoglio se ve muy cansado por el día intenso que ha tenido. Dice que el objetivo del encuentro es «profundizar nuestra amistad y para expresar el deseo unánime del don de una paz genuina y duradera». Cita también los cantos y las danzas que animaron la asamblea, como signo de «armonía, fraternidad y paz encarnado en las enseñanzas de las religiones del mundo».

 

 

«Que nuestro encuentro de esta tarde –añade Francisco– pueda ser un signo claro del esfuerzo de los líderes y de los seguidores de las religiones presentes en este país por vivir juntos con respeto recíproco y buena voluntad. Que este compromiso, aquí en Bangladesh, donde el derecho a la libertad religiosa es un principio fundamental, sea una llamada de atención respetuosa pero firme hacia quien busque fomentar la división, el odio y la violencia en nombre de la religión».

Se requiere «más que una mera tolerancia», hay que «tender la mano al otro en actitud de comprensión y confianza recíproca, para construir una unidad que considere la diversidad no como amenaza, sino como fuente de enriquecimiento y crecimiento. Nos exhorta a tener apertura de corazón, para ver en los otros un camino, no un obstáculo». Y esta apertura del corazón, explica Bergoglio, tiene tres características: es una puerta, «no es una teoría abstracta, sino una experiencia vivida. Nos permite entablar un diálogo de vida, no un simple intercambio de ideas. Requiere buena voluntad y capacidad de acogida, pero no debe ser confundida con la indiferencia o la reticencia al expresar nuestras convicciones más profundas. Implicarse fructuosamente con el otro significa compartir nuestra identidad religiosa y cultural, pero siempre con humildad, honestidad y respeto».

 

También es semejante a una «escalera que se eleva hacia el Absoluto. Recordando esta dimensión trascendente de nuestra actividad, nos damos cuenta de la necesidad de purificar nuestros corazones, para poder ver las cosas en su justa perspectiva». Y al final también dice que es un camino, que «conduce a la búsqueda de la bondad, la justicia y la solidaridad».

 

Francisco recuerda que las diferentes comunidades religiosas de Bangladesh «han abrazado este camino mediante el compromiso por el cuidado de la tierra, nuestra casa común, y la respuesta a los desastres naturales que han asolado la nación en los últimos años». Y cita «la manifestación común de dolor, oración y solidaridad que ha acompañado el trágico derrumbe del Rana Plaza, que sigue impreso en la mente de todos. En estas diversas expresiones vemos cómo el camino de la bondad conduce a la cooperación para servir a los demás». Una referencia al terrible derrumbe de un edificio comercial de ocho pisos, en abril de 2013, en Savar, un distrito de la gran zona de Dhaka, en donde perdieron la vida 1129 personas que trabajaban en una fábrica textil y fueron obligadas a trabajar a pesar de las enormes grietas que tenía la estructura.

 

El Papa concluye invocando un «espíritu de apertura, aceptación y cooperación entre los creyentes no contribuye simplemente a una cultura de armonía y paz, sino que es su corazón palpitante. ¡Cuánto necesita el mundo de este corazón que late con fuerza, para combatir el virus de la corrupción política, las ideologías religiosas destructivas, la tentación de cerrar los ojos a las necesidades de los pobres, de los refugiados, de las minorías perseguidas y de los más vulnerables!».


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Myanmar: los Rohinyas y otros grupos étnicos.

Los Rohinyá y los demás

La historia de las demás minorías de Myanmar, víctimas de la violencia y obligadas a vivir en campos para refugiados: el caso de los Kachin

El báculo del Papa para la Misa en Rangún (Foto: Fides)

Pubblicato il 29/11/2017
Ultima modifica il 29/11/2017 alle ore 05:06
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A RANGÚN (MYANMAR)

 

En el circuito de los medios de comunicación internacional se discute (e incluso polemiza) sobre si el Papa pronunció o no la palabra “Rohinyá” en su discurso ante las autoridades de Myanmar. Bergoglio ya había lanzado varios llamados a favor de los Rohinyá (uno muy fuerte fue el del pasado 27 de agosto durante el Ángelus) y nombraba por su nombre específicamente a la minoría étnica de religión musulmana perseguida en el estado birmano de Rakhine. Pero aquí, como no se han cansado de pedirle y de repetirle diferentes exponentes de la Iglesia local, el Papa habló sobre el respeto de los derechos de las minorías sin nombrar a ninguna.

 

Hay algunos que consideran este gesto un ejemplo de grande política, y otros hacen notar que con su decisión el Papa trató de alejar el peligro de nuevas reacciones violentas de los nacionalistas budistas en contra de los Rohinyá, en un momento en el que el gobierno birmano acaba de firmar un memorándum con el gobierno de Bangladesh para permitir la vuelta a Rakhine de más de 500 mil prófugos que se vieron obligados a huir en agosto de este año.

 

Pero también existe otra razón. Los Rohinyá, efectivamente, no son la única minoría discriminada en Myanmar. Lo indica silenciosamente el bastón pastoral de madera que Francisco utilizó para celebrar la misa en el Kyaikkasan Ground de Rangún. Un objeto artesanal que le regalaron algunos refugiados católicos de la minoría Kachin, que viven en el campo parra refugiados de la ciudad de Winemaw, en el estado de Kachin, en el sur del país. Una zona principalmente cristiana.

 

Como describió la agencia vaticana Fides, los fieles Kachin se encuentran en el campo para desplazados de Winemaw debido a la guerra civil entre el ejército birmano y los grupos armados Kachin: es uno de los muchos conflictos de carácter étnico que se registran en el país, compuesto, a nivel social, por la mayoría bamar (los birmanos) y 135 minorías étnico lingüísticas. Los prófugos Kachin le regalaron el báculo de madera al Pontífice con la esperanza de que «vuelva la paz al estado de Kachin, puesto que no será posible para ellos participar en la misa en Rangún, debido al estado de indigencia en el que viven».

 

 

La guerra civil entre el Kachin Independent Army (KIA) y las tropas gubernamentales comenzó en 1965. Este conflicto ha obligado a cientos de miles de Kachin (uno de los 7 principales grupos étnicos de Myanmar) a encontrar refugio en los campos para desplazados. «La Iglesia católica local –informa la Fides– los estáapoyando: en la diócesis de Myitkyina hay más de 8 mil desplazados que no pueden volver a sus aldeas por la violencia que continúa. La Caritas los asiste, tratando de darles también la posibilidad para cultivar tierras, para que puedan contribuir en el propio sustento»

 

El año pasado, los obispos birmanos denunciaron que «más de 150.000 personas languidecen en los campos para prófugos, reducidas a la condición de desplazados y esperando ayuda internacional». Además, criticaron duramente que «una guerra crónica ha producido solo perdedores, es decir las personas inocentes abandonadas en los campos, mientras sus tierras fueron sembradas con minas, el tráfico de seres humanos se recrudece, la droga es una sentencia de muerte para los jóvenes kachin, los recursos naturales como las minas de jade son saqueados. Esta es la causa principal del conflicto».