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El Papa ante las tumbas de los niños que no nacieron.

El Papa entre las tumbas de los niños que no nacieron: es un día de esperanza

Francisco celebró la misa por los difuntos en el Cementerio Laurentino de Roma. En oración en “El Jardín de los Ángeles”, en donde se encuentran los fetos de abortos espontáneos o provocados. «Veamos el horizonte, no permanezcamos cerrados ante un muro»

El Papa Francisco en el Cementerio (Foto: Vatican Media)

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Pubblicato il 02/11/2018
Ultima modifica il 02/11/2018 alle ore 21:25
SALVATORE CERNUZIO
ROMA

 

Los colores encendidos de las flores, los muñecos, los molinillos destacan con el color gris de las lápidas de mármol en la que descansan los restos de niños que nunca nacieron en “El Jardín de los Ángeles”, la zona dedicada a la sepultura de fetos de abortos espontáneos o provocados dentro del Cementerio Laurentino de Roma. Este es el lugar que eligió el Papa Francisco para transcurrir el 2 de noviembre, día en el que la Iglesia recuerda a todos los difuntos. Es el primer Pontífice que ha visitado este terreno de alrededor de 27 hectáreas de la capital italiana. El 4 de enero de 2012 fue inaugurado un espacio verde para los niños que nunca vieron la luz, simbólicamente custodiado por las estatuas de dos ángeles.

 

Bergoglio llegó alrededor de las 15.40 y caminó entre las tumbas en las que están enterrados los pequeños, con una única fecha. El Papa estuvo durante algunos instantes solo y dejó una ofrenda de flores. Después saludó personalmente a algunas personas. Fue un momento de fuerte conmoción.

 

Pocos minutos antes de las 16 se dirigió en un automóvil a la capilla de Jesús Resucitado para la celebración de la misa. Lo recibieron la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, y el vicario, Angelo De Donatis, además del obispo del sector Sur Paolo Lojudice, el capellán Claudio Palma. Participaron, dentro y fuera de la capilla, alrededor de un millar de personas (había también muchos niños), en silencio o con rosarios en las manos. Todos trataban de protegerse del fuerte viento y de la lluvia.

 

Después de la lectura del Evangelio, el de las Bienaventuranzas, el Papa Francisco pronunció una homilía conmovedora: «Memoria y esperanza» fueron las primeras palabras que pronunció con un hilo de voz. «La liturgia de hoy es realista, es concreta, nos enmarca en las tres dimensiones d ella vida, las dimensiones que también los niños entienden: pasado, futuro, presente», afirmó. «Hoy es un día de memoria, un día para recordar a aquellos que caminaron antes que nosotros, que nos han acompañado, nos han dado la vida».

 

REUTERS

 

«Recordar, hacer memoria», exhortó el Papa, porque «la memoria es lo que hace fuerte a un pueblo, porque se siente arraigado en un camino, en una historia. La memoria nos hace comprender que no estamos solos, somos un pueblo que tiene historia, que tiene pasado, que tiene vida». «No es fácil hacer memoria», indicó, pero hoy es un día para «volver a las raíces». También es un «día de esperanza», un día para ver «lo que nos espera: cielo nuevo, tierra nueva, la santa ciudad de Jerusalén. Nos espera la belleza».

 

«Memoria y esperanza, esperanza de encontrarnos, de llegar a donde está el amor que nos creó, que nos espera, el amor del Padre», subrayó Francisco. Entre la memoria del pasado y la esperanza del futuro se encuentra «el camino que debemos recorrer» ahora, en el presente. «¿Cómo recorrer el camino sin equivocarse?», se preguntó Bergoglio. «¿Cuáles so las luces que me ayudarán a no equivocarme, cuál es el navegador que el mismo Dios nos ha dado para no equivocarnos de camino?». Nos lo dice el Evangelio. «Son las Bienaventuranzas que Jesús nos enseñó: mansedumbre, pobreza, justicia, misericordia, pureza de corazón». Todas estas son «luces que nos acompañan y nos guían en el camino para no equivocarnos».

 

«Pidamos al Señor —concluyó el Papa— que nos dé la gracia de nunca perder la memoria, de no ocultar la memoria. Que nos dé la gracia de la esperanza, de saber ver el horizonte y no permanecer encerrados frente a un muro. Que nos dé la gracia para comprender cuáles son las luces que nos acompañarán a lo largo del camino para llegar a donde nos esperan con tanto amor».

 

Al final de esta breve misa, que concluyó tres cuartos de hora antes de lo previsto, el Papa Francisco se subió al automóvil azul que lo había conducido al lugar entre los aplausos de los fieles y volvió al Vaticano, en donde se dirigió a las Grutas de la Basílica de San Pedro para visitar las tumbas de los Pontífices anteriores y rezar en privado.

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Funeral en el Vaticano por los fallecidos de la curia

El Papa: “Lo que el mundo busca y ostenta, pasa sin dejar rastro”

El Papa Francisco presidió este sábado 3 de noviembre de 2018, en la Basílica Vaticana, la celebración Eucarística en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante el año.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Mientras rezamos por los Cardenales y los Obispos difuntos durante el año pasado, pidamos la intercesión de quien ha vivido sin querer aparentar, de quien ha servido de corazón, de quien se ha preparado día a día al encuentro con el Señor”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Santa Misa en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante el año, celebrada en la Basílica de San Pedro, del Vaticano, este sábado 3 de noviembre de 2018.

La vida es una llamada continua a salir

Comentando la parábola de las diez vírgenes que presenta el Evangelio de San Mateo para esta ocasión, el Santo Padre dijo que, para todos, la vida es una llamada continua a salir: del seno materno, de la casa donde nacimos, de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, hasta que salgamos de este mundo. “También para los ministros del Evangelio – precisó el Pontífice – la vida es una salida continua: de la casa de nuestra familia hacia donde la Iglesia nos envía, de un servicio a otro; estamos siempre de paso, hasta el paso final”.

“El Evangelio nos recuerda el sentido de esta continua salida que es la vida: ir al encuentro del esposo. Vivimos por ese anuncio que en el Evangelio resuena en la noche, y que podremos acoger plenamente en el momento de la muerte: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”

La vida, es un camino en salida hacia el esposo

El encuentro con Jesús, Esposo que «amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella», da sentido y orientación a la vida, afirmó el Papa, no hay otro. El final ilumina lo que precede. “Entonces la vida, si es un camino en salida hacia el esposo, es el tiempo que se nos da para crecer en el amor. Vivir es una cotidiana preparación a las nupcias, un gran noviazgo. Preguntémonos, dice el Pontífice: ¿Vivo como quien prepara el encuentro con el esposo? En el ministerio, ante todos los encuentros, las actividades que se organizan y las prácticas que se tramitan, no se debe olvidar el hilo conductor de toda la historia: la espera del esposo. El centro está en un corazón que ama al Señor. Solo así el cuerpo visible de nuestro ministerio estará sostenido por un alma invisible.

“No nos quedemos en las dinámicas terrenas, miremos más allá. Es verdad lo que dice la célebre expresión: «Lo esencial es invisible a los ojos». Lo esencial de la vida es escuchar la voz del esposo. Esta nos invita a que vislumbremos cada día al Señor que viene y a que transformemos cada actividad en una preparación para las bodas con Él”

El Evangelio nos recuerda lo esencial

Por ello, es importante estar bien preparados, señaló el Papa Francisco, y el Evangelio nos  recuerda el elemento que es esencial para las vírgenes que esperan las nupcias: no el vestido, ni tampoco las lámparas, sino el aceite, custodiado en pequeños vasos. “Se evidencia una primera característica de este aceite: no es vistoso. Permanece escondido, no aparece, pero sin él no hay luz. ¿Qué nos sugiere esto? Que ante el Señor no cuentan las apariencias, sino el corazón (cf. 1 Sam 16,7). Lo que el mundo busca y ostenta —los honores, el poder, las apariencias, la gloria— pasa, sin dejar rastro. Tomar distancia de las apariencias mundanas es indispensable para prepararse para el cielo”.

“Es necesario decir no a la “cultura del maquillaje”, que enseña a cuidar las formas externas. Sin embargo, debe purificarse y custodiarse el corazón, el interior del hombre, precioso a los ojos de Dios; no lo externo, que desaparece”

La vida se gasta en el servicio

Después de esta primera característica, el de no ser vistoso sino esencial, el Santo Padre indicó que, hay un segundo aspecto del aceite: existe para ser consumido. Solo ilumina quemándose. “Así es la vida – precisó el Pontífice – difunde luz solo si se consume, si se gasta en el servicio. El secreto de la vida es vivir para servir. El servicio es el billete que se debe presentar en la entrada de las bodas eternas. Lo que queda de la vida, ante el umbral de la eternidad, no es cuánto hemos ganado, sino cuánto hemos dado (cf. Mt 6,19-21; 1 Co 13,8). El sentido de la vida es dar respuesta a la propuesta de amor de Dios. Y la respuesta pasa a través del amor verdadero, del don de sí mismo, del servicio”.

“Servir cuesta, porque significa gastarse, consumirse; pero, en nuestro ministerio, no sirve para vivir quien no vive para servir. Quien custodia demasiado la propia vida, la pierde”

Renovemos el primer amor con el Señor

Finalmente, el Papa Francisco señaló que el Evangelio de hoy nos presenta una tercera característica del aceite que surge de modo relevante: la preparación. El aceite se prepara con tiempo y se lleva consigo (cf. vv. 4.7). “El amor es ciertamente espontáneo, pero no se improvisa. Precisamente en la falta de preparación está la imprudencia de las vírgenes que quedan fuera de las nupcias. Ahora es el tiempo de la preparación: en el momento presente, día tras día, el amor necesita ser alimentado. Pidamos la gracia para que se renueve cada día el primer amor con el Señor (cf. Ap 2,4), para no dejar que se apague. La gran tentación – advirtió el Santo Padre – es conformarse con una vida sin amor, que es como un vaso vacío, como una lámpara apagada. Si no se invierte en amor, la vida se apaga”.

“Los llamados a las bodas con Dios no pueden acomodarse a una vida sedentaria, siempre igual y horizontal, que va adelante sin ímpetu, buscando pequeñas satisfacciones y persiguiendo reconocimientos efímeros. Una vida desvaída, rutinaria, que se contenta con hacer su deber sin darse, no es digna del esposo”

Pidiendo por los Cardenales y Obispos fallecidos durante el año, el Papa Francisco invitó a que, “no nos conformemos con una mirada furtiva a nuestro presente; deseemos más bien una mirada que vaya más allá, a las nupcias que nos esperan. Una vida atravesada por el deseo de Dios y entrenada en el amor estará preparada para entrar por siempre en la morada del Esposo”.

Escuche la homilía del Pontífice

Homilía del Papa Francisco en Misa en sufragio por cardenales y obispos difuntos


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Visita del Papa a un cementerio romano en el día de los difuntos,

Día de los fieles difuntos. El Papa: Hoy es el día de la memoria y esperanza

El Santo Padre celebró la Eucaristía en el cementerio Laurentino de Roma en el día en el que la Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos.

Ciudad del Vaticano

La tarde del 2 de noviembre, conmemoración de todos los Fieles Difuntos, el Papa Francisco celebró la Santa Misa en torno a las 4 de la tarde, hora local, en el cementerio Laurentino de Roma.

Se trata de una fiesta litúrgica que responde a una larga tradición de fe en la Iglesia: orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrena y que por tanto, han trascendido el misterio de la muerte, que da inicio a un misterio aún mayor: el de la vida eterna.

Oración por los niños no nacidos

Junto con el Santo Padre concelebraron el Vicario de Roma, Cardenal Angelo de Donatis, el Obispo Auxiliar del sector sur, Mons. Paolo Lojudice, y el capellán de la Iglesia de Jesús Resucitado, ubicada dentro del cementerio, Mons. Claudio Palma.

El Laurentino es el cuarto cementerio romano en el que el Pontífice, celebra la Misa de los difuntos. En los años 2013, 2014 y 2015 la celebración eucarística tuvo lugar en el cementerio monumental del Verano. En 2016 en el cementerio de Prima Porta, y en 2017 en el cementerio americano de la localidad de Nettuno (al sur de la capital italiana).

En esta ocasión, el Sucesor de Pedro visitó también el Jardín de los Ángeles, un espacio creado en el año 2012 dedicado especialmente en memoria de los bebés no nacidos.

Certeza cristiana: la muerte no es el final

Un año más y como es ya habitual desde el inicio de su Pontificado, Francisco oró por el eterno descanso de quienes han abandonado este mundo, e hizo especial hincapié en que contemplando el misterio de la resurrección de Jesús, el cristiano tiene la certeza de que la muerte no es el final; sino un paso más hacia la vida plena junto al Padre.

Hoy es un día de memoria

En su homilía pronunciada de manera espontánea, el Papa señaló que, “la liturgia de hoy es realista, es concreta. Nos enmarca en las tres dimensiones de la vida, dimensiones que hasta los niños entienden: el pasado, el futuro, el presente. Hoy es un día de memoria del pasado, un día para recordar a aquellos que han caminado antes que nosotros, incluso nos han acompañado, nos han dado vida. Recordar, hacer memoria. La memoria es lo que hace fuerte a un pueblo, porque se siente arraigada en un camino, arraigada en una historia, arraigada en un pueblo. La memoria nos hace comprender que no estamos solos, somos un pueblo: un pueblo que tiene historia, que tiene pasado, que tiene vida. Memoria de muchos que han compartido un viaje con nosotros, y están aquí. No es fácil de recordar. Nosotros – precisa el Pontífice – muchas veces, estamos cansados de volver atrás y pensar en lo que pasó: en mi vida, en mi familia, en mi gente. Pero hoy es un día de memoria, la memoria que nos lleva a las raíces: a mis raíces, a las raíces de mi pueblo”.

Hoy es un día de esperanza

Y también hoy, dijo el Papa Francisco, es un día de esperanza: la segunda lectura nos ha mostrado lo que nos espera. El Cielo nuevo, la tierra nueva y la ciudad santa de Jerusalén, nueva, hermosa. “La imagen que nos hace comprender lo que nos espera – señala el Papa – es la siguiente: La vi descender del cielo, descender de Dios, dispuesta como una novia adornada para su esposo”. Se espera la belleza. Memoria y esperanza, esperanza de encontrarnos, esperanza de llegar donde está el amor que nos creó, donde está el amor que nos espera: el amor del Padre.

Hoy es un día de camino

Y entre la memoria y la esperanza está la tercera dimensión, precisa el Pontífice, la del camino que debemos tomar y que hacemos. ¿Y cómo recorrer este camino sin equivocarnos? ¿Cuáles son las luces que me ayudarán a no equivocarme? ¿Cuál es el navegador que Dios mismo nos ha dado para no equivocarnos? Estas son las bienaventuranzas que Jesús nos enseñó en el Evangelio. Estas Bienaventuranzas – mansedumbre, pobreza de espíritu, justicia, misericordia, pureza de corazón – son las luces que nos acompañan para no equivocarnos: este es nuestro presente”.

Hoy pidamos la gracia de no perder la memoria

“Pidamos hoy al Señor que nos conceda la gracia de no perder nunca la memoria – invoca el Papa Francisco – de no ocultar nunca nuestra memoria, la memoria de una persona, la memoria de una familia, la memoria de un pueblo. Que nos conceda la gracia de la esperanza, porque la esperanza es un don suyo: saber esperar, mirar al horizonte, no permanecer cerrados frente a un muro. Siempre mirar al horizonte y esperar. Y nos  dé la gracia de comprender cuáles son las luces que nos acompañarán en el camino para no equivocarnos, y así llegar a donde nos esperan con tanto amor”.

“En este cementerio están las tres dimensiones de la vida: la memoria, la vemos allí; la esperanza, la celebraremos ahora en la fe, no en la visión; y las luces que nos guían en el camino para no equivocarnos, las hemos escuchado en el Evangelio: son las Bienaventuranzas”

Bendición de las tumbas

Al concluir la ceremonia religiosa, el Santo Padre bendijo las tumbas del camposanto:

“En la visita al Cementerio, de nuestros hermanos y hermanas fallecidos, renovamos nuestra fe en Cristo, muerto, sepultado y resucitado para nuestra salvación”- dijo- afirmando que con esta certeza pedimos al Padre por todos nuestros seres queridos que han dejado este mundo.

“Abre los brazos de tu misericordia, y recíbelos en la gloriosa asamblea de la Santa Jerusalén. Conforta a cuantos atraviesan el dolor de la muerte con la certeza de que los muertos viven en ti”, concluyó Francisco invocando a la Santísima Virgen María como signo de luz, “para que con su intercesión sostenga nuestra fe, para que ningún obstáculo pueda hacernos desviar del camino que conduce a hacia el Padre”.

Homilía del Papa Francisco


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Celebración de los difuntos en el Vaticano. Homilía del Papa

“Ante la muerte seamos hombres de esperanza, no de desesperación”

Francisco celebra en San Pedro la misa por los cardenales y obispos fallecidos el pasado año: “La comunión con los difuntos no es un deseo, es real”
ANSA

El Papa durante la misa en recuerdo de los cardenales y obispos fallecidos el pasado año

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Pubblicato il 03/11/2017
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

Por una parte “la senda de la vida”, que “nos lleva a la comunión con Dios”. Por la otra “la senda de la muerte”, que “nos lleva lejos de Él”. Es una “encrucijada” que ya está ante nosotros aquí, en este mundo, y que la muerte hace “definitiva”. Francisco lo recuerda durante la homilía de la misa celebrada en el Altar de la Catedral de la Basílica Vaticana en recuerdo de los cardenales y obispos fallecidos el pasado año. Y afirma: “El despertar de la muerte no es en sí mismo una vuelta a la vida: algunos de hecho se despertarán para una vida eterna, otros para una vergüenza eterna”.

 

El Pontífice conmemora los purpurados difuntos: “hermanos” que “nos han dejado después de haber servido a la Iglesia y al pueblo que se les había confiado, en la perspectiva de la eternidad”. A la gratitud por el trabajo hecho el Papa une “la esperanza”: la esperanza que, repetía el apóstol Pablo, “no decepciona”. “Sí, ¡no decepciona!”, afirma Francisco, “Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es en vano”. Al contrario, es más fuerte del “disgusto por la separación de las personas que han estado cerca de nosotros y nos han hecho del bien”.

 

Es la “esperanza en la resurrección de los justos” de los que hablaba la primera Lectura de la misa, de “los que duermen en la región del polvo, es decir, en la tierra”. “Los ’muchos’ que resucitarán para una vida eterna hay que entenderlos como los ’muchos’ por los que Cristo vierte su sangre”, comenta el Papa, “son la multitud que, gracias a la misericordia de Dios, pueden experimentar la realidad de la vida que no pasa, la victoria completa sobre la muerte a través de la resurrección”.

 

“Jesús refuerza nuestra esperanza”, prosigue Francisco. Con su cuerpo y su sangre Él “lleva en sí mismo la esperanza de la victoria definitiva del bien sobre el mal, sobre el sufrimiento y sobre la muerte”. Una unión “divina” en virtud de la cual “la comunión con los difuntos no permanece solo un deseo, una imaginación, sino que se transforma en real”.

 

El papa Francisco exhorta a ser “hombres de esperanza y no de desesperación” y a asumir “una actitud de confianza frente a la muerte” que Jesús nos ha demostrado no es “la última palabra”. “El amor misericordioso del Padre se transfigura y nos hace vivir la comunión eterna con Él”, afirma el Papa. Por eso el cristiano vive en un sentido de “espera trepidante” por el encuentro final con Dios. Una espera “vigilante”, concluye Bergolio, “sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios”.


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Homilía del Papa en el cementerio de Nettuno (Italia)

Homilía del Papa en la Conmemoración de los fieles difuntos «Por favor, nunca más la guerra»

2017-11-02 Radio Vaticana

 

En el jueves 2 de noviembre, en la Conmemoración de los fieles difuntos, el Santo Padre celebró la Santa Misa, por primera vez, en el cementerio americano de Nettuno,  construido en el año 1944 en memoria de los caídos estadounidenses de todas las operaciones militares que se llevaron a cabo con el fin de liberar a Italia. Son 7861 los caídos, hombres y mujeres, que tienen su eterno descanso en este cementerio o que son allí conmemorados.

A su llegada el Obispo de Roma se detuvo en medio de las lápidas blancas, entre las cuales una de un desconocido, un ítalo americano y un judío, y fue acogido por el Obispo de Albano, S.E. Mons. Marcello Semeraro, la Directora del Cementerio, y los alcaldes de Nettuno y de Anzio.

A la celebración de la Santa Misa seguirá la visita del Romano Pontífice a las Fosas Ardeatinas, un monumento a la barbarie acaecida el 23 de marzo de 1944, cuando Hitler mandó ejecutar como represalia a 10 italianos por cada alemán muerto, a raíz de un ataque del grupo partisano GAP, perpetrando así la masacre de 335 civiles.

Allí presentes también los miembros de la Asociación nacional de las familias italianas de los mártires caídos por la libertad de la Patria.

Tras el Evangelio, el Papa pronunció una homilía improvisada que transcribimos a continuación: 

 

Todos nosotros estamos hoy reunidos en la esperanza. Cada uno de nosotros, en el propio corazón, puede repetir las palabras de Job que oímos en la primera lectura: « yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo». La esperanza de reencontrar a Dios, de reencontrarnos todos nosotros como hermanos, esa esperanza no desilusiona. Pablo fue fuerte en esa expresión de la segunda lectura « la esperanza no quedará defraudada».

Pero la esperanza muchas veces nace y hecha sus raíces en tantas llagas humanas, en tantos dolores humanos, y en ese momento de dolor, de herida, de sufrimiento, nos hace mirar al cielo y decir: yo creo que mi Redentor está vivo. Pero deténte Señor. Y esa es la oración que tal vez sale de todos nosotros cuando miramos este cementerio: “estoy seguro Señor que estoy contigo. Estoy seguro”: nosotros decimos esto. “Pero por favor, Señor, detente. No más, nunca más la guerra. Nunca más esta «inútil matanza»”, como dijo Benedicto XV. Mejor esperar sin esta destrucción: jóvenes, miles, miles, miles, y miles… esperanzas rotas, ¡no más Señor! Y esto debemos decirlo hoy, que rezamos por todos los difuntos, pero en este lugar rezamos en modo especial por estos chicos. Hoy, en que el mundo está de nuevo en guerra y se prepara para ir más fuertemente en guerra. No más Señor, no más. Con la guerra se pierde todo.

Me viene a la mente aquella anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima con resignación sapiencial, pero con mucho dolor, con esa resignación lamentosa que saben vivir las mujeres, porque es su carisma, decía: “los hombres hacen de todo por declarar y hacer la guerra, y al final, se destruyen a sí mismos”. Ésta es la guerra: la destrucción de nosotros mismos. Seguramente aquella mujer, esa anciana había perdido hijos, y nietos. Sólo tenía la herida en el corazón y las lágrimas. Y si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas. Lágrimas como las que sentían y lloraban las mujeres cuando llegaba el correo: “usted señora tiene el honor de que su marido haya sido un héroe de la Patria”; “que sus hijos, sean héroes de la Patria”. Son lágrimas que hoy la humanidad no debe olvidar. Este orgullo de esta humanidad que no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla.

Cuando muchas veces en la historia los hombres piensan con hacer una guerra, están convencidos de traer un mundo nuevo, de hacer una “primavera”. Y termina en un invierno, feo, cruel, con el reino del terror y de la muerte. Hoy rezamos por todos los difuntos, por todos. Pero en modo especial por estos jóvenes, en un momento en el que muchos mueren en las batallas de cada día, en esta guerra a pedazos. Rezamos también por los muertos de hoy, los muertos de guerra, también niños inocentes. Éste es el fruto de la guerra: la muerte. Y que el Señor nos de la gracia de llorar.

Una vez de regreso en el Vaticano el Santo Padre Francisco se dirigirá a las Grutas de la Basílica Vaticana para un momento de oración en privado, como es tradicional en esta fecha, en sufragio de sus predecesores y de todos los difuntos.


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El día de difuntos la visita del Papa a dos cementerios.

El Papa en Nettuno y en las Fosas Ardeatinas: “La guerra nos destruye”

Francisco en el Cementerio militar americano: el mundo se prepara para ir más fuertemente hacia un conflicto. Visita al Memorial de la masacre del ’44, el saludo a los familiares de las víctimas y la oración con el rabino Di Segni: “Abandonemos egoísmo e indiferencia”

El Papa Francisco en el Cementerio militar de Nettuno

Pubblicato il 02/11/2017
Ultima modifica il 02/11/2017 alle ore 18:26
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

El papa Francisco camina en silencio y con la cabeza baja en mitad de las cruces blancas que caracterizan el Cementerio americano de Nettuno. Después de los cementerios romanos de Verano y de Prima Porta, el pontífice argentino ha elegido pasar el día en el que la Iglesia conmemora todos los difuntos entre las lápidas de los soldados americanos –y, entre ellos, también las de las mujeres de la Cruz Roja– que perdieron la vida en una cruel batalla iniciada en enero de 1944 y que duró cerca de cuatro meses tras el desembarco en Anzio, pueblo de la baja costa del Lazio convertido en teatro de sangre y muerte de cientos de miles de personas.

 

Bergoglio reza por todos e, idealmente, por quien murió en aquella “inútil masacre”, según la definición de Benedicto XV, que cada guerra representa. Mientras los feligreses reunidos allí recitan el Ave Maria, Bergoglio se para y reza o lee los nombres de los 7.861 militares sobre los cuales se apoyan las rosas blancas y las banderas con estrellas y rayas. Entre las víctimas hay un desconocido, un italo-americano y un judío.

 

Siempre en silencio el Papa se acerca a la sacrestía, recibido por el obispo de Albano, Marcello Semeraro, por la directora del cementerio, Melanie Resto, y por los alcaldes de Anzio y Nettuno, para celebrar la misa en el altar delante del Memorial que hace de ingreso a la capilla. Cuatro imponentes muros de mármol sobre los cuales están incisos los nombres de 3.094 desaparecidos y en 490 tumbas están recogidos los restos de aquellos que han sido identificados. Y es allí que el Obispo de Roma lanza su grito: “Por favor, Señor, nunca más la guerra, nunca más. Nunca más esta masacre inútil”. Grito, susurrado con un hilo de voz, que reverba lo que ya afirmó durante el Àngelus ayer: “Las guerras no producen nada más que cementerio y muerte”.

 

Hoy, dice Francisco en su homilía improvisada, “que el mundo está de nuevo en guerra y se prepara para ir más fuertemente a la guerra, decimos: nunca mas Señor. Con la guerra se pierde todo…”. Ante este escenario dramático el Papa habla sin embargo de esperanza: “Hoy es un día de esperanza”, afirma. Una esperanza “que no decepciona” como decía San Pablo en la segunda Carta leída durante la celebración. “La esperanza nace muchas veces y pone su raíz en tantas plagas humanas, en tantos dolores humanos, y aquel momento de sufrimiento nos hace mirar el Cielo y, como Job, decir: yo creo que mi Redentor está vivo pero párate Señor”. Es necesario decirlo, es más, gritarlo en este día en el que se reza por todos los difuntos y en este “lugar especial” que conmemora la muerte de tantos que eran poco más que veinteañeros. Bergoglio recuerda a la anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima devastadas por la bomba nuclear, “con sabiduría resignada pero con tanta pena, con la lamentable resignación que saben vivir las mujeres porque es su carisma decía: “Los hombres hacen todo para declarar y hacer una guerra y al final se destruyen a sí mismos”.

 

“Esta es la guerra, la destrucción de nosotros mismos”, comenta el Papa, “seguramente aquella mujer había perdido hijos y nietos, tenía una plaga en su corazón y lágrimas. Si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas”. Lágrimas como las de las esposas y madres que durante los conflictos mundiales vieron llegar una carta acompañada de la frase trágica: “Usted, señora, tiene el honor de que su esposo fue un héroe de la patria, que sus hijos son héroes de la patria”. Lágrimas “que la humanidad de hoy no debe olvidar”, dice el Papa Francisco, “el orgullo de esta humanidad que no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla. Cuando tantas veces en la historia los hombres piensan en hacer una guerra, están convencidos de traer un nuevo mundo, de hacer una primavera y, sin embargo, termina un invierno, feo, cruel, el reino del terror y de la muerte”.

 

Esta es la guerra y este es su único fruto: la “muerte”. Del futuro, de los jóvenes, de niños “inocentes”. El Papa invoca a Dios la “gracia del llanto” e invita a orar por las muchas, demasiadas, víctimas que “mueren en las batallas diarias en esta amarga guerra que está arruinando nuestro mundo”.

 

AFP

 

Después de la etapa en Nettuno, el Papa Francisco se trasladó al Santuario de las Fosas Ardeatinas, un símbolo de la Resistencia y las masacres Nazi-fascistas. Aquí, el 24 de marzo de 1944, 335 personas, civiles y soldados italianos, fueron asesinados por las tropas de ocupación alemanas como represalia por el ataque partisano contra los soldados de las SS alemanas de Via Rasella.

 

Aquí Francisco –cuarto Pontífice en visitar el Sacrario (el último fue Benedicto XVI el 27 de marzo de 2011 en ocasión del aniversario de la Resistencia)– opone a las palabras el silencio y llevó a cabo una oración durante algunos minutos en el lugar donde tuvo lugar la masacre de diez italianos, entre militares, civiles y prisioneros políticos, por cada alemán muerto. La víctima más joven (todos hombres) tenía 14 años, el más anciano era un hombre de 74 años.

 

Francisco entra solo, recorriendo un largo pasillo oscuro de piedra. El silencio de su ingreso es interrumpido por el aplauso espontáneo de los feligreses reunidos en la plaza Marzabotto, entre los cuales destacan miembros de la Asociación nacional familias italianas mártires de caídos por la libertad de la Patria y diversas mujeres ancianas, emocionadas, a las cuales el Papa había dado la mano. A su llegada el Papa fue recibido por el comisario de ’Onorcaduti’ y director del Sacrario, el rabino jefe de Roma, Riccardo Di Segni, y la presidenta de la Comunidad judía de Roma, Ruth Dureghello.

 

El Pontífice escucha la historia de aquel dramático evento: hombres, arrastrados con las manos y los pies atados, asesinados de cinco en cinco con un disparo en la nuca y apilados uno sobre el otro. Frente a la puerta de hierro que delimitaba el lugar de las ejecuciones de los inocentes, reza durante casi 4 minutos y después intercambia algunas palabras con el rabino Di Segni que le explica que 75 de los 335 muertos eran judíos: “Todo compartido… Nos encontramos juntos para recordar cosas terribles que no deben volver a suceder”. Juntos, el Papa y el rabino, se acercan al mausoleo donde reposan las tumbas de las víctimas; sobre algunas de ellas Bergoglio posa una rosa blanca y, como en el Cementerio de Nettuno, camina lentamente para leer los nombres grabados en la piedra.

 

Por turnos Di Segni y el Papa pronuncian sus oraciones. La del papa, escrita sobre un folio conservado en el bolsillo, se dirige al “Dios de los 335 hombres muertos aquí, cuyos restos yacen en estas tumbas: “Tú, Señor, conoces sus rostros y sus nombres, todos ellos, incluso los 12 que nosotros desconocemos. Para ti ninguno es desconocido. Dios de Jesús, Padre nuestro que estás en el cielo, gracias a Él, el crucifijo resucitado, sabemos que no eres el Dios de los muertos, sino de los vivos y tu alianza es más fuerte que la muerte y garantía de la resurrección. Haz que en este lugar dedicado a la memoria de los caídos por la libertad y la justicia nos quitemos las botas del egoísmo y la indiferencia y, a través del arbusto ardiente de este mausoleo, escuchamos en silencio su nombre”.

 

Para terminar el papa Francisco firma en el Libro de Honor: “Estos son los frutos de la guerra: odio, muerte, venganza…”, escribe. Después, una vez abandonadas las Fosas Ardeatinas, concluye su 2 de noviembre con otro momento de oración. Esta vez en el Vaticano, en las Grutas de la Basílica, donde reposan los Papas del pasado, a los que conmemora de nuevo en absoluto silencio.