Loiola XXI

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Celebración de los difuntos en el Vaticano. Homilía del Papa

“Ante la muerte seamos hombres de esperanza, no de desesperación”

Francisco celebra en San Pedro la misa por los cardenales y obispos fallecidos el pasado año: “La comunión con los difuntos no es un deseo, es real”
ANSA

El Papa durante la misa en recuerdo de los cardenales y obispos fallecidos el pasado año

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Pubblicato il 03/11/2017
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

Por una parte “la senda de la vida”, que “nos lleva a la comunión con Dios”. Por la otra “la senda de la muerte”, que “nos lleva lejos de Él”. Es una “encrucijada” que ya está ante nosotros aquí, en este mundo, y que la muerte hace “definitiva”. Francisco lo recuerda durante la homilía de la misa celebrada en el Altar de la Catedral de la Basílica Vaticana en recuerdo de los cardenales y obispos fallecidos el pasado año. Y afirma: “El despertar de la muerte no es en sí mismo una vuelta a la vida: algunos de hecho se despertarán para una vida eterna, otros para una vergüenza eterna”.

 

El Pontífice conmemora los purpurados difuntos: “hermanos” que “nos han dejado después de haber servido a la Iglesia y al pueblo que se les había confiado, en la perspectiva de la eternidad”. A la gratitud por el trabajo hecho el Papa une “la esperanza”: la esperanza que, repetía el apóstol Pablo, “no decepciona”. “Sí, ¡no decepciona!”, afirma Francisco, “Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es en vano”. Al contrario, es más fuerte del “disgusto por la separación de las personas que han estado cerca de nosotros y nos han hecho del bien”.

 

Es la “esperanza en la resurrección de los justos” de los que hablaba la primera Lectura de la misa, de “los que duermen en la región del polvo, es decir, en la tierra”. “Los ’muchos’ que resucitarán para una vida eterna hay que entenderlos como los ’muchos’ por los que Cristo vierte su sangre”, comenta el Papa, “son la multitud que, gracias a la misericordia de Dios, pueden experimentar la realidad de la vida que no pasa, la victoria completa sobre la muerte a través de la resurrección”.

 

“Jesús refuerza nuestra esperanza”, prosigue Francisco. Con su cuerpo y su sangre Él “lleva en sí mismo la esperanza de la victoria definitiva del bien sobre el mal, sobre el sufrimiento y sobre la muerte”. Una unión “divina” en virtud de la cual “la comunión con los difuntos no permanece solo un deseo, una imaginación, sino que se transforma en real”.

 

El papa Francisco exhorta a ser “hombres de esperanza y no de desesperación” y a asumir “una actitud de confianza frente a la muerte” que Jesús nos ha demostrado no es “la última palabra”. “El amor misericordioso del Padre se transfigura y nos hace vivir la comunión eterna con Él”, afirma el Papa. Por eso el cristiano vive en un sentido de “espera trepidante” por el encuentro final con Dios. Una espera “vigilante”, concluye Bergolio, “sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios”.

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Homilía del Papa en el cementerio de Nettuno (Italia)

Homilía del Papa en la Conmemoración de los fieles difuntos «Por favor, nunca más la guerra»

2017-11-02 Radio Vaticana

 

En el jueves 2 de noviembre, en la Conmemoración de los fieles difuntos, el Santo Padre celebró la Santa Misa, por primera vez, en el cementerio americano de Nettuno,  construido en el año 1944 en memoria de los caídos estadounidenses de todas las operaciones militares que se llevaron a cabo con el fin de liberar a Italia. Son 7861 los caídos, hombres y mujeres, que tienen su eterno descanso en este cementerio o que son allí conmemorados.

A su llegada el Obispo de Roma se detuvo en medio de las lápidas blancas, entre las cuales una de un desconocido, un ítalo americano y un judío, y fue acogido por el Obispo de Albano, S.E. Mons. Marcello Semeraro, la Directora del Cementerio, y los alcaldes de Nettuno y de Anzio.

A la celebración de la Santa Misa seguirá la visita del Romano Pontífice a las Fosas Ardeatinas, un monumento a la barbarie acaecida el 23 de marzo de 1944, cuando Hitler mandó ejecutar como represalia a 10 italianos por cada alemán muerto, a raíz de un ataque del grupo partisano GAP, perpetrando así la masacre de 335 civiles.

Allí presentes también los miembros de la Asociación nacional de las familias italianas de los mártires caídos por la libertad de la Patria.

Tras el Evangelio, el Papa pronunció una homilía improvisada que transcribimos a continuación: 

 

Todos nosotros estamos hoy reunidos en la esperanza. Cada uno de nosotros, en el propio corazón, puede repetir las palabras de Job que oímos en la primera lectura: « yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo». La esperanza de reencontrar a Dios, de reencontrarnos todos nosotros como hermanos, esa esperanza no desilusiona. Pablo fue fuerte en esa expresión de la segunda lectura « la esperanza no quedará defraudada».

Pero la esperanza muchas veces nace y hecha sus raíces en tantas llagas humanas, en tantos dolores humanos, y en ese momento de dolor, de herida, de sufrimiento, nos hace mirar al cielo y decir: yo creo que mi Redentor está vivo. Pero deténte Señor. Y esa es la oración que tal vez sale de todos nosotros cuando miramos este cementerio: “estoy seguro Señor que estoy contigo. Estoy seguro”: nosotros decimos esto. “Pero por favor, Señor, detente. No más, nunca más la guerra. Nunca más esta «inútil matanza»”, como dijo Benedicto XV. Mejor esperar sin esta destrucción: jóvenes, miles, miles, miles, y miles… esperanzas rotas, ¡no más Señor! Y esto debemos decirlo hoy, que rezamos por todos los difuntos, pero en este lugar rezamos en modo especial por estos chicos. Hoy, en que el mundo está de nuevo en guerra y se prepara para ir más fuertemente en guerra. No más Señor, no más. Con la guerra se pierde todo.

Me viene a la mente aquella anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima con resignación sapiencial, pero con mucho dolor, con esa resignación lamentosa que saben vivir las mujeres, porque es su carisma, decía: “los hombres hacen de todo por declarar y hacer la guerra, y al final, se destruyen a sí mismos”. Ésta es la guerra: la destrucción de nosotros mismos. Seguramente aquella mujer, esa anciana había perdido hijos, y nietos. Sólo tenía la herida en el corazón y las lágrimas. Y si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas. Lágrimas como las que sentían y lloraban las mujeres cuando llegaba el correo: “usted señora tiene el honor de que su marido haya sido un héroe de la Patria”; “que sus hijos, sean héroes de la Patria”. Son lágrimas que hoy la humanidad no debe olvidar. Este orgullo de esta humanidad que no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla.

Cuando muchas veces en la historia los hombres piensan con hacer una guerra, están convencidos de traer un mundo nuevo, de hacer una “primavera”. Y termina en un invierno, feo, cruel, con el reino del terror y de la muerte. Hoy rezamos por todos los difuntos, por todos. Pero en modo especial por estos jóvenes, en un momento en el que muchos mueren en las batallas de cada día, en esta guerra a pedazos. Rezamos también por los muertos de hoy, los muertos de guerra, también niños inocentes. Éste es el fruto de la guerra: la muerte. Y que el Señor nos de la gracia de llorar.

Una vez de regreso en el Vaticano el Santo Padre Francisco se dirigirá a las Grutas de la Basílica Vaticana para un momento de oración en privado, como es tradicional en esta fecha, en sufragio de sus predecesores y de todos los difuntos.


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El día de difuntos la visita del Papa a dos cementerios.

El Papa en Nettuno y en las Fosas Ardeatinas: “La guerra nos destruye”

Francisco en el Cementerio militar americano: el mundo se prepara para ir más fuertemente hacia un conflicto. Visita al Memorial de la masacre del ’44, el saludo a los familiares de las víctimas y la oración con el rabino Di Segni: “Abandonemos egoísmo e indiferencia”

El Papa Francisco en el Cementerio militar de Nettuno

Pubblicato il 02/11/2017
Ultima modifica il 02/11/2017 alle ore 18:26
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

El papa Francisco camina en silencio y con la cabeza baja en mitad de las cruces blancas que caracterizan el Cementerio americano de Nettuno. Después de los cementerios romanos de Verano y de Prima Porta, el pontífice argentino ha elegido pasar el día en el que la Iglesia conmemora todos los difuntos entre las lápidas de los soldados americanos –y, entre ellos, también las de las mujeres de la Cruz Roja– que perdieron la vida en una cruel batalla iniciada en enero de 1944 y que duró cerca de cuatro meses tras el desembarco en Anzio, pueblo de la baja costa del Lazio convertido en teatro de sangre y muerte de cientos de miles de personas.

 

Bergoglio reza por todos e, idealmente, por quien murió en aquella “inútil masacre”, según la definición de Benedicto XV, que cada guerra representa. Mientras los feligreses reunidos allí recitan el Ave Maria, Bergoglio se para y reza o lee los nombres de los 7.861 militares sobre los cuales se apoyan las rosas blancas y las banderas con estrellas y rayas. Entre las víctimas hay un desconocido, un italo-americano y un judío.

 

Siempre en silencio el Papa se acerca a la sacrestía, recibido por el obispo de Albano, Marcello Semeraro, por la directora del cementerio, Melanie Resto, y por los alcaldes de Anzio y Nettuno, para celebrar la misa en el altar delante del Memorial que hace de ingreso a la capilla. Cuatro imponentes muros de mármol sobre los cuales están incisos los nombres de 3.094 desaparecidos y en 490 tumbas están recogidos los restos de aquellos que han sido identificados. Y es allí que el Obispo de Roma lanza su grito: “Por favor, Señor, nunca más la guerra, nunca más. Nunca más esta masacre inútil”. Grito, susurrado con un hilo de voz, que reverba lo que ya afirmó durante el Àngelus ayer: “Las guerras no producen nada más que cementerio y muerte”.

 

Hoy, dice Francisco en su homilía improvisada, “que el mundo está de nuevo en guerra y se prepara para ir más fuertemente a la guerra, decimos: nunca mas Señor. Con la guerra se pierde todo…”. Ante este escenario dramático el Papa habla sin embargo de esperanza: “Hoy es un día de esperanza”, afirma. Una esperanza “que no decepciona” como decía San Pablo en la segunda Carta leída durante la celebración. “La esperanza nace muchas veces y pone su raíz en tantas plagas humanas, en tantos dolores humanos, y aquel momento de sufrimiento nos hace mirar el Cielo y, como Job, decir: yo creo que mi Redentor está vivo pero párate Señor”. Es necesario decirlo, es más, gritarlo en este día en el que se reza por todos los difuntos y en este “lugar especial” que conmemora la muerte de tantos que eran poco más que veinteañeros. Bergoglio recuerda a la anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima devastadas por la bomba nuclear, “con sabiduría resignada pero con tanta pena, con la lamentable resignación que saben vivir las mujeres porque es su carisma decía: “Los hombres hacen todo para declarar y hacer una guerra y al final se destruyen a sí mismos”.

 

“Esta es la guerra, la destrucción de nosotros mismos”, comenta el Papa, “seguramente aquella mujer había perdido hijos y nietos, tenía una plaga en su corazón y lágrimas. Si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas”. Lágrimas como las de las esposas y madres que durante los conflictos mundiales vieron llegar una carta acompañada de la frase trágica: “Usted, señora, tiene el honor de que su esposo fue un héroe de la patria, que sus hijos son héroes de la patria”. Lágrimas “que la humanidad de hoy no debe olvidar”, dice el Papa Francisco, “el orgullo de esta humanidad que no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla. Cuando tantas veces en la historia los hombres piensan en hacer una guerra, están convencidos de traer un nuevo mundo, de hacer una primavera y, sin embargo, termina un invierno, feo, cruel, el reino del terror y de la muerte”.

 

Esta es la guerra y este es su único fruto: la “muerte”. Del futuro, de los jóvenes, de niños “inocentes”. El Papa invoca a Dios la “gracia del llanto” e invita a orar por las muchas, demasiadas, víctimas que “mueren en las batallas diarias en esta amarga guerra que está arruinando nuestro mundo”.

 

AFP

 

Después de la etapa en Nettuno, el Papa Francisco se trasladó al Santuario de las Fosas Ardeatinas, un símbolo de la Resistencia y las masacres Nazi-fascistas. Aquí, el 24 de marzo de 1944, 335 personas, civiles y soldados italianos, fueron asesinados por las tropas de ocupación alemanas como represalia por el ataque partisano contra los soldados de las SS alemanas de Via Rasella.

 

Aquí Francisco –cuarto Pontífice en visitar el Sacrario (el último fue Benedicto XVI el 27 de marzo de 2011 en ocasión del aniversario de la Resistencia)– opone a las palabras el silencio y llevó a cabo una oración durante algunos minutos en el lugar donde tuvo lugar la masacre de diez italianos, entre militares, civiles y prisioneros políticos, por cada alemán muerto. La víctima más joven (todos hombres) tenía 14 años, el más anciano era un hombre de 74 años.

 

Francisco entra solo, recorriendo un largo pasillo oscuro de piedra. El silencio de su ingreso es interrumpido por el aplauso espontáneo de los feligreses reunidos en la plaza Marzabotto, entre los cuales destacan miembros de la Asociación nacional familias italianas mártires de caídos por la libertad de la Patria y diversas mujeres ancianas, emocionadas, a las cuales el Papa había dado la mano. A su llegada el Papa fue recibido por el comisario de ’Onorcaduti’ y director del Sacrario, el rabino jefe de Roma, Riccardo Di Segni, y la presidenta de la Comunidad judía de Roma, Ruth Dureghello.

 

El Pontífice escucha la historia de aquel dramático evento: hombres, arrastrados con las manos y los pies atados, asesinados de cinco en cinco con un disparo en la nuca y apilados uno sobre el otro. Frente a la puerta de hierro que delimitaba el lugar de las ejecuciones de los inocentes, reza durante casi 4 minutos y después intercambia algunas palabras con el rabino Di Segni que le explica que 75 de los 335 muertos eran judíos: “Todo compartido… Nos encontramos juntos para recordar cosas terribles que no deben volver a suceder”. Juntos, el Papa y el rabino, se acercan al mausoleo donde reposan las tumbas de las víctimas; sobre algunas de ellas Bergoglio posa una rosa blanca y, como en el Cementerio de Nettuno, camina lentamente para leer los nombres grabados en la piedra.

 

Por turnos Di Segni y el Papa pronuncian sus oraciones. La del papa, escrita sobre un folio conservado en el bolsillo, se dirige al “Dios de los 335 hombres muertos aquí, cuyos restos yacen en estas tumbas: “Tú, Señor, conoces sus rostros y sus nombres, todos ellos, incluso los 12 que nosotros desconocemos. Para ti ninguno es desconocido. Dios de Jesús, Padre nuestro que estás en el cielo, gracias a Él, el crucifijo resucitado, sabemos que no eres el Dios de los muertos, sino de los vivos y tu alianza es más fuerte que la muerte y garantía de la resurrección. Haz que en este lugar dedicado a la memoria de los caídos por la libertad y la justicia nos quitemos las botas del egoísmo y la indiferencia y, a través del arbusto ardiente de este mausoleo, escuchamos en silencio su nombre”.

 

Para terminar el papa Francisco firma en el Libro de Honor: “Estos son los frutos de la guerra: odio, muerte, venganza…”, escribe. Después, una vez abandonadas las Fosas Ardeatinas, concluye su 2 de noviembre con otro momento de oración. Esta vez en el Vaticano, en las Grutas de la Basílica, donde reposan los Papas del pasado, a los que conmemora de nuevo en absoluto silencio.