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Un libanés vicario de la comunidad católica hebrea de Jerusalén.

Un sacerdote árabe para la Iglesia que habla hebreo

El padre Rafic Nahra, libanés, desde hace algunas semanas es el nuevo responsable en Jerusalén del Vicariato de los católicos de lengua hebrea. Su historia y los desafíos de la comunidad

El padre Rafic Nahra

Pubblicato il 22/11/2017
GIORGIO BERNARDELLI
JERUSALÉN

Su casa en Jerusalén se encuentra en la calle dedicada a HaRav Kook, el rabino jefe durante el Mandato británico; Mea Shearim, el célebre barrio de los “haredim”, se encuentra aun centenar de metros. En la capilla del candelabro de siete brazos, la misa se celebra en hebreo y la Eucaristía es una “matzah” partida por quien celebra, como debe haber hecho Jesús en la Última Cena. Junto con las comunidades de Haifa, Tel Aviv y Beer Sheva, la Casa San Simeón y Ana en Jerusalén se encuentra el corazón del Vicariato para los católicos de lengua hebrea en Israel. Es la pequeña comunidad que renació en la década de los años 50, dentro del Patriarcado latino de Jerusalén, como herencia viva de la comunidad judeo-cristiana que de la primera predicación de Jesús y sus apóstoles. Conformada por personas que llegaron al cristianismo por caminos diferentes, pero fuertemente vinculadas con el contexto hebraico, se trata de un puente natural entre la Iglesia católica y el Israel del presente. Y desde hace algunas semanas cuenta con un nuevo guía que, en cierto sentido, representa un nuevo paso: el jesuita israelí David Neuhaus le ha pasado la estafeta al padre Rafic Nahra, libanés de 58 años. Un árabe, pues, como vicario de la comunidad que es signo vivo del vínculo inseparable entre la Iglesia y el pueblo hebraico.

 

Padre Rafic, ¿por qué un sacerdote libanés con esta tarea?

 

Desde hace algunos años ya era yo el responsable de la comunidad local de Jerusalén. Mi historia aquí comienza cuando en 1979 dejé el Líbano con una beca de estudios para la facultad de ingeniería en París; creía que iba a volver, pero debido a la guerra permanecí más tiempo en Francia. Empecé a trabajar allí. Y entonces llegó la llamada al sacerdocio: me convertí en uno de los sacerdotes de la arquidiócesis de París, durante los años en los que el arzobispo era el cardenal Jean-Marie Lustiger.

 

¿Cómo llegó a Jerusalén desde París?

 

Vine por primera vez en 1993: estaba estudiando en Roma, en el Pontificio Instituto Bíblico, y mi plan de estudios incluía un semestre en Jerusalén. Era la primera vez que entraba en contacto con el mundo hebraico en Israel; veía a esta comunidad y, como árabe, me daba cuenta de lo profundas que eran la incomprensión y la ignorancia recíproca. Fue una experiencia decisiva para mí. Antes de venir a Jerusalén era más sensible al tema del Ecumenismo; en mi familia misma hay católicos, ortodoxos, protestantes. Pero entonces, esta separación entre los hebreos y los árabes me afectaba. No tanto la dimensión religiosa: la herida entre hebreos y cristianos es más sensible en Europa, en donde los hebreos sufrieron mucho. En Jerusalén, en cambio, veía el miedo, el odio, la incomprensión entre los dos pueblos. Así, surgió en mi interior el deseo de volver como sacerdote: no para proponer soluciones políticas, no es mi ámbito; lo que me preocupaba era hacer algo que ayudara a vivir mejor juntos. Hacer comprender que detrás de la desconfianza no solo está la política, sino también esa esfera tan humana que es el miedo al otro. Así, comencé a ocuparme de las relaciones entre cristianos y hebreos en París; después, en 2004, pedí volver a Jerusalén para estudiar el pensamiento hebraico. Obtuve un doctorado en literatura judeo-arábiga en la Hebrew University y, como sacerdote, comencé a trabajar en el Vicariato de Santiago.

 

Hablemos sobre el cardenal Lustiger (hijo de una familia hebrea, con su historia personal de figura-puente entre hebreos y cristianos). ¿Fue y sigue siendo un punto d referencia para usted?

 

Para mí fue un hombre de Dios, una figura profética. Era un hombre que vivía profundamente lo que decía. Es evidente: él animó mi interés por la relación entre la Iglesia y el mundo hebraico, pero esta vocación fue madurando poco a poco. Sin embargo, creo que su herencia permanece principalmente en Francia. Es cierto, también entre los fundadores de nuestro Vicariato había muchos franceses: parejas mixtas hebraico-cristianas, personas que volvieron a Jerusalén después de la Shoah con la intención de reestablecer la relación entre los cristianos y los hebreos. Para ellos, Lustiger fue un punto de referencia fundamental. Pero después las cosas siguieron adelante: claro, nos seguimos preguntando qué tipo de relación existe entre nosotros y el pueblo hebraico. Pero más que como reflexión teológica, aquí en Jerusalén la vivimos como experiencia de vida compartida. Por ejemplo, cada mes nos reunimos con algunos amigos de una sinagoga para estudiar juntos los textos del Antiguo Testamento y también algunas páginas del Nuevo Testamento. Es un grupo que se preocupa por ciertas formas de cerrazón que existen ahora en la sociedad israelí. Y es una manera para conocernos recíprocamente y vivir verdaderamente juntos.

 

¿Los prejuicios siguen siendo tan fuertes como cuando usted llegó en 1993? 

 

Los prejuicios siguen existiendo: veo todavía muchos, por todas partes. Pero es imposible trabajar, en general, con los prejuicios; la única manera para combatirlos es mediante el encuentro concreto entre las personas. Y es lo que, como comunidad, tratamos de hacer en Jerusalén con nuestros contactos con las comunidades del mundo hebraico, pero también con muchos musulmanes abiertos al diálogo. Es el método de la irradiación, en lugar de hacer congresos internacionales. Porque al final cuando acaban los congresos, se escriben artículos y documentos muy bellos, pero inciden demasiado poco en la realidad.

 

Hoy su comunidad está fuertemente comprometida con los cristianos migrantes y con los que piden asilo (filipinos, hindúes, eritreos, sudaneses), que llegan a Israel para trabajar o huyendo de situaciones de guerra y persecución. En los pequeños centros de Tel Aviv y en la Casa Raquel en Jerusalén, en particular, ustedes se ocupan de sus hijos, que crezcan en un contexto que no les ofrece ninguna tutela jurídica…

 

No solo es un compromiso nuestro: es un desafío de todo el Patriarcado Latino. Pero estos chicos hablan hebreo, crecen en la sociedad israelí y, por lo tanto, es natural que nos llamen a nosotros en primer lugar. Se sienten israelíes: van a la escuela, conocen solamente Israel, nunca han visto los países de sus padres, sostienen al ejército isarelí (hacer el servicio militar para ellos es la única posibilidad para obtener la ciudadanía). Cuando los políticos hablan de regresarlos a sus países de origen es una catástrofe: tienen sus raíces aquí, aman Israel, no comprenden. Además de la asistencia, tratamos de darles una identidad cristiana, pero sin crear guetos que obstaculicen la necesidad que tienen de integrarse en la sociedad israelí. No es fácil: estas son cosas de adultos. Por ejemplo, la lectura de la Biblia que se propone en las escuelas es la hebraica. Por ello tratamos de leer con ellos los mismos textos con una mirada cristiana. Por lo demás, cuando hablas con sus padres sobre el cumplimiento de las profecías el conocimiento no siempre es inmediato. No que sea imposible, pero es un camino que exige compromiso. Desupés, obviamente, está también toda la parte social de este trabajo: son pobres, en condiciones precarias, les pagan muy poco por sus trabajos, muchos niños y chicos filipinos están aquí solamente con sus madres… Vivimos de los dones que recibimos para ayudarlos; de lo contrario cerraríamos mañana mismo. Y también hay hebreos israelíes que vienen a ayudarnos: saben que somos cristianos, pero no vienen por la religión; vienen para ayudar a los niños con sus tareas.

 

¿Este compromiso está cambiando su comunidad?

 

Es un desafío un poco inesperado. En el Vicariato somos un millar y las necesidades de estos hermanos son enormes. Se necesitaría mucho más. A veces incluso entre nosotros hay un poco de inquietud. Hay algunos que dicen: “Tenemos nuestra identidad de Iglesia local, si trabajamos con tantas personas que vienen de otros países, ¿no podríamos perderla?”. La respuesta a esta pregunta no puede ser teórica. Cuando nos encontramos con estos niños que viven aquí, hablan nuestra lengua, se sienten parte de la sociedad en la que vivimos, ¿cómo podríamos decirles que no, que nosotros no podemos ayudarlos porque tenemos esta o aquella identidad? Si el pobre está a tu lado, debes ayudarlo. Ya llegará el momento para la identidad… Por lo demás, decimos que ellos son migrantes, pero a final de cuentas, ¿qué somos nosotros? Yo vengo de Francia. ¿Tengo más derecho a estar aquí que una mujer que viene de Filipinas? Y ¿quién es Israel mismo? También los hebreos que vinieron en 1948 eran migrantes; claro, para ellos era volver a la Tierra de Israel, pero fue, como sea, una migración. ¿Estamos seguros de que para los filipinos, eritreos o sudaneses es diferente? ¿Y que la profecía sobre Jerusalén como casa de oración para todos los pueblos no nos dice nada sobre esto?

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Entre Jerusaén y Roma: diálogo católico-hebreo

“Entre Jerusalén y Roma”: los rabinos se encuentran con el Papa

 

(RV).- “En nuestro camino común, gracias a la benevolencia del Altísimo, estamos atravesando un fecundo momento de diálogo”. Lo afirmó el Papa Francisco al recibir en el Vaticano – el último jueves de agosto – a los representantes de la Conferencia de los Rabinos Europeos, del Consejo Rabínico de los EEUU de América y de la Comisión Rabínica de Israel, empeñada en dialogar con la Comisión para las Relaciones religiosas con el Judaísmo de la Santa Sede. Se trata – recordamos – de un grupo de expertos que han trabajado juntos en la elaboración del Documento titulado “Entre Jerusalén y Roma”, y que en esta ocasión se lo han entregado al Pontífice.

El Obispo de Roma explicó que se trata de un texto que tributa su reconocimiento a la Declaración Conciliar Nostra aetate, que en su cuarto capítulo – dijo – “constituye para nosotros la magna charta del diálogo con el mundo judío”. Y añadió que su actuación progresiva ha permitido que las relaciones entre ambos credos llegaran a ser cada vez más cordiales y fraternas. Sí, porque como afirmó el Santo Padre la declaración Nostra aetate destaca que el inicio de la fe cristiana ya se encuentra, según el misterio divino de la salvación, en los Patriarcas, en Moisés y en los Profetas.

De ahí que haya destacado, teniendo en cuenta el gran patrimonio espiritual compartido, la necesidad de promover el conocimiento mutuo, especialmente a través de los estudios bíblicos y del diálogo fraterno.

“De este modo, en el curso de los últimos decenios hemos podido acercarnos, dialogando de manera eficaz y fructuosa; hemos profundizado nuestra conocimiento recíproca e intensificado nuestros lazos de amistad”.

Ante la presencia también del Rabino Jefe de Roma, Riccardo Di SegniFrancisco puso de manifiesto que el documento “Entre Jerusalén y Roma” alude a los católicos llamándolos estrechos aliados, amigos y hermanos en la búsqueda común de un mundo mejor que pueda gozar “de la paz, de la justicia social y de la seguridad”.

Y esto “es tanto importante” – añadió el Papa – así como “la afirmación de que las religiones deben utilizar el comportamiento moral y la educación religiosa – y no la guerra, la coerción o la presión social – para ejercer su propia capacidad de influir e inspirar”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

(from Vatican Radio)