Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


Deja un comentario

Comisión pontificia para el estudio del diaconado de las mujeres

El Papa crea Comisión de Estudio sobre Diaconado de mujeres

(RV).- El 12 de mayo de 2016, en un encuentro – desarrollado en forma de diálogo en el Aula Pablo VI – con las participantes en la Asamblea Plenaria de las Superioras Generales, el Papa Francisco expresó la intención de «constituir una comisión oficial que pueda estudiar la cuestión» del Diaconado de las mujeres, «sobre todo en lo que respecta a los primeros tiempos de la Iglesia».

«Después de intensa oración y de madura reflexión, Su Santidad ha decidido instituir laComisión de Estudio sobre el Diaconado de las mujeres, llamando a formar parte de ella a las siguientes personas»:

Presidente:

Mons. Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., Arzobispo tit. de Tibica, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Miembros:

Sor Nuria Calduch‑Benages, M.H.S.F.N., Miembro de la Pontificia Comisión Bíblica;

Francesca Cocchini, Docente en la Universidad «La Sapienza» y el Instituto Patrístico «Augustinianum», Roma;

Mons. Piero Coda, Presidente del Instituto Universitario «Sophia», Loppiano, y Membro de la Comisión Teológica Internacional;

P. Robert Dodaro, O.S.A., Presidente del Instituto Patrístico «Augustinianum», Roma, y Docente di patrología;

P. Santiago Madrigal Terrazas, S.I., Docente de Eclesiología en la Universidad Pontificia «Comillas», Madrid;

Sor Mary Melone, S.F.A., Rectore Magnífico de la Pontificia Universidad «Antonianum», Roma;

Rev.do Karl‑Heinz Menke, Docente emérito de Teología dogmática en la Universidad de Bonn y Miembro de la Comisión Teológica Internacional;

Rev.do Aimable Musoni, S.D.B., Docente de Eclesiología en la Pontificia Universidad Salesiana, Roma;

Rev.do P. Bernard Pottier, S.I., Docente en el «Institut d’Etudes Théologiques», Bruselas, y Miembro de la Comisión Teológica Internacional;

Marianne Schlosser, Docente de Teología espiritual en la Universidad de Viena y Miembro de la Comisión Teológica Internacional;

Michelina Tenace, Docente de Teología fundamental en la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma;

Phyllis Zagano, Docente en la «Hofstra University», Hempstead, Nueva York.

(CdM – RV)

(from Vatican Radio)

Anuncios


Deja un comentario

El jubileo de los diáconos en Roma

“Servir es el estilo mediante el cual se vive la misión de evangelizar”, el Papa en el Jubileo de los Diáconos

(RV).- “Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Celebración Eucarística en el Jubileo de los Diáconos. El evento jubilar que congregó a diáconos de todo el mundo bajo el lema: “El diácono, imagen de la misericordia para la promoción de la nueva evangelización”, concluyó con la Misa presidida por el Santo Padre.

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10).

En su homilía, el Obispo de Roma recordó las expresiones con las cuales se define el apóstol Pablo cuando escribe a los Gálatas, a ellos se presenta como servidor y apóstol. “Ambos términos, apóstol y servidor, afirma el Papa, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús”. En este sentido, el Pontífice explicó que el Señor ha sido el primero que nos ha mostrado el servicio, Él se hizo servidor para traernos la Buena Noticia. Por ello, “el discípulo de Jesús – afirma el Papa – no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús”.

Invitados a vivir la disponibilidad

Y el verdadero testigo de Cristo, señala el Sucesor de Pedro, es el que hace como Él, es decir, el que sirve sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio. Y para ser testigos de Cristo, como primer paso, estamos invitados a vivir la disponibilidad. “El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí – subraya el Papa – y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí”. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo. “El siervo – agrega el Pontífice – sabe  abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece”. Solo así, queridos diáconos, los alentó el Papa, viviendo en la disponibilidad, su servicio estarán exentos de cualquier tipo de provecho y serán evangélicamente fecundos.

La mansedumbre y humildad del servicio cristiano

Comentando el Evangelio que la liturgia presenta este IX Domingo del Tiempo Ordinario, el Vicario de Cristo señaló que de él podemos sacar enseñanzas preciosas sobre el servicio. Sobre todo de la actitud del Centurión. “Le asombra la gran humildad del centurión, afirma el Papa, su mansedumbre… Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29)”. En efecto, agrega el Pontífice, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. “Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve”.

Jesús, «no nos llama más siervos, sino amigos»

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco recordó que además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. “De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro”. Por ello, afirma el Papa, “nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús. Pidan cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida”. Sólo así encontraran la presencia de Jesús, que se entrega, para que ustedes se den a los demás, los alentó el Papa, sólo así, podrán ser disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, sólo así, no tendrán temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Hemos escuchado esta expresión, con la que el apóstol Pablo se define cuando escribe a los Gálatas. Al comienzo de la carta, se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor Jesús (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.

El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre; él, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus anunciadores. El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.

¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? Como primer paso, estamos invitados a vivir la disponibilidad. El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: sólo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El servidor está abierto a las sorpresas, a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. El servidor descuida los horarios. A mí me hace mal el corazón cuando veo un horario – en las parroquias – de tal hora a tal hora. ¿Después? No hay una puerta abierta, no está el sacerdote, no está el diácono, no hay un laico que reciba a la gente… esto hace mal. Descuidar los horarios: tienen esta valentía, de descuidar los horarios. Así, queridos diáconos, viviendo en la disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.

También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos, ¿eh? Cuando el diácono es manso, es servidor y no juega a imitar a los sacerdotes, no, no… es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y jamás gritar: ¡jamás! Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.

Además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás.

Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.

(from Vatican Radio)


Deja un comentario

Mujeres diáconos: un camino largo. Análisis

Women deacons to be studied

  • Pope Francis greets a nun during an audience with the heads of women’s religious orders in Paul VI hall at the Vatican May 12. (CNS/Paul Haring)
Thursday morning, our Vatican correspondent Joshua McElwee broke the story that the pope had agreed to establish a commission to study the possibility of women deacons in the church.

It is significant that this decision was made in response to questions from religious sisters at the triennial assembly of the International Union of Superiors General (UISG), where some 900 sisters are meeting in Rome. Pope Francis showed that he is willing to listen to women and respond immediately to their suggestions.

The pope made clear that he wanted the commission to look into the history of women deacons in the church. Yes, there were women deacons in the ancient church. The apostle Paul refers to Phoebe in his letter to the Romans, (16:1-2).

Some believe that deaconesses arose because baptisms were by immersion, which required the total submersion of the naked neophyte under water. Thus deaconesses were needed for women’s baptisms.

If the pope really wants to know the history of the women deacons, he could not do better than to appoint Phyllis Zagano to the commission. She holds a research appointment at Hofstra University and is a columnist at NCRonline.org. Her many books include her award-winning Holy Saturday: An Argument for the Restoration of the Female Diaconate in the Catholic Church (Crossroad Publishing, 2000).

“Run by lay people inspired by the Gospel and Vatican II, the NCR plays an irreplaceable role in promoting transparency and spiritual renewal in the church.”

-NCR Senior Analyst
Fr. Tom Reese

rectangular-logo.jpg

The permanent male diaconate was restored to the church at the Second Vatican Council. Before that, the diaconate was given mostly to men destined for the priesthood.

The permanent diaconate, which is available to married men, was promoted at the council as a solution to the shortage of priests in missionary territories. In fact, the United States has more than 18,000, or almost half of the 43,000 plus deacons in the world. Many bishops in Africa, the continent the council fathers thought would be best served by deacons, preferred catechists to deacons. Plus, Africa has lots of priestly vocations.

When permanent deacons were first ordained in the United States, most had full-time secular jobs and only functioned as deacons on Sundays by reading the gospel and giving out Communion. After the laity were allowed to distribute Communion, some wondered why the church was ordaining men for insignificant functions when it had full-time employees doing ministry without ordination.

Deacons can also preside over marriages, baptisms, and funerals, but if these are to occur in the context of the Eucharist, as is desired by most families, a priest is needed. As the number of priests continues to decline, deacons will have to take over these responsibilities whether people like it or not.

But even today, only about 18 percent of active permanent deacons are financially compensated for their work. And of these, almost a third are being compensated for non-ministerial work. In other words, most are employed outside the church or retired volunteers.

In short, the odds of making a living as a deacon are minuscule.

Although deacons can give the homily at Mass, priests rarely are willing to give up that privilege except when they do not know the language of the congregation.

Some have hoped that deacons would be allowed to anoint the sick, where there is a great pastoral need not being met by priests. The days of calling up the parish rectory to get a priest in the middle of the night to pray at the bedside of a dying person are over. You are more likely to get voicemail. Anointing, if done at all, is done once a week by chaplains at a hospital or once a month at a weekly Mass, for example on First Friday.

Allowing deacons to anoint the sick would fulfill a real pastoral need.

In the mid-1980s, the Hartford archdiocese, which at that time had more deacons than any other diocese in the country, decided it would not ordain any more deacons unless the deacon had a contract with a pastor giving the deacon principal responsibility for a major ministry in the parish, for example, religious education, marriage or baptismal preparation, youth ministry, or charities.

Archbishop John Whealon was responding to the complaint that deacons were simply glorified altar boys. He even tried putting a team made up of a priest, a deacon, and a sister in charge of a parish, but this experiment did not catch on.

One additional problem faced by deacons is the church law that requires a deacon whose wife dies to remain celibate the rest of his life. The rule is both stupid and unchristian.

Opponents to women deacons will come from two sides. Traditionalists will argue it is the camel’s nose opening the way for ordination to the priesthood. On the left will be some who say this is too little, too late. It is time for women priests.

But before we get ahead of ourselves, note that the pope is simply forming a commission to study the possibility of women deacons. One should not presume that this commission will inevitably conclude in favor of women deacons. And even if it does, that does not mean that the pope, whoever he is when the commission finishes its work, will agree.

One only has to recall the famous birth control commission, whose 1966 recommendation in favor of artificial contraception was ignored by Pope Paul VI in Humanae Vitae (1968).

There was also the 1976 Pontifical Biblical Commission report which found no scriptural reasons against the ordination of women. That was followed by a 1976 declaration against the ordination of women by the Congregation for Doctrine of the Faith.

But what is most significant in Pope Francis’ response is the way it shows how open he is to discussion in the church of ideas and how he wants discernment to be the process by which the church makes decisions.

“Open and fraternal debate makes theological and pastoral thought grow,” he told the bishops at the synod on the family. “That doesn’t frighten me. What’s more, I look for it.” He wants that kind of discussion of women deacons.

In the past, the clerical establishment would discuss church matters behind closed doors so as not to “confuse the faithful.” With Francis, that day is over. It is clear he hates anything that smells of clericalism.

In responding to a question from the sisters about possible changes in religious life that are blocked by the limitations placed on them by canon law, he laid out his vision about how change should occur in the church. Changes must come only after a process of discernment and discussion with the Holy Spirit, and not just in weighing pros and cons of the possible arguments.

“Every change that you must do… enter into this process of discernment,” he said. “This will give you more freedom.”

This is the way he proceeded with the synod of bishops when considering admission to Communion for divorced and remarried Catholics. Discernment is what he recommended as the process by which priests and individual divorced Catholics resolve this pastoral issue.

This same process of discernment is what Francis is calling the church to do in examining the possibility of ordaining women to the diaconate.

The pattern is clear. Discernment is his preferred way of dealing with change in the church. It is a slow process, and sometimes it is not pretty. But it is a process that trusts in the Holy Spirit and the people of God.

[Jesuit Fr. Thomas Reese is a senior analyst for NCR and author of Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church. His email address is treesesj@ncronline.org.]